Mes: Enero 2021

  • Cuaderno de viaje de Villard de Honncourts

    Cuaderno de viaje de Villard de Honncourts

    Villard de Honnecourt es un arquitecto viajero de la Europa del siglo XIII, en la precisa época de la eclosión de las grandes catedrales que poblaron Francia y Europa después, que va registrando sus observaciones en un cuaderno único donde se han conservado los estados precisos de construcción y los proyectos de lo que iban a ser esas magníficas construcciones que son las catedrales.

    He querido presentar este artículo a fin de establecer algunas estrechas relaciones de tipo vivencial y profesional que me unen a un viejo arquitecto viajero del siglo XIII. La impúdica razón que me motiva, es que pude reconstruir un trayecto considerable de un viaje de tipo iniciático que realizó un hombre formidable, pero prácticamente desconocido entre los propios arquitectos, en plena época de la masiva eclosión del furor constructivo de las viejas catedrales del gótico clásico, y que hoy pueblan Europa. Hoy, 800 años después, pude realizar gran parte del trayecto de la ruta de las catedrales hecho por Villard durante los años 2006, 2007 y 2008, mientras hacía mi doctorado por esas tierras. Es recién este último año cuando cae en mis manos el cuaderno completo de Villard, con sus apuntes de viaje traducidos, que antes sólo había podido mirar parcialmente a través de reproducciones bastante mediatizadas en distintos libros de arquitectura. Al contemplar sus estupendos dibujos y observaciones, es que comencé a reparar en las similitudes de la mirada, y como él registró elementos por medio del dibujo, que a mí también me habían llamado poderosamente la atención, y que a su vez había registrado con mi cámara fotográfica. Ambos viajes son distintos en tanto a medios y tiempo, pero en un espacio y espíritu que nos hermanaba.

    Villard de Honnecourt registraba planos y levantamientos plagados de minuciosas observaciones, para tal vez construir en algún momento una summa arquitectónica sobre el arte de levantar catedrales y otras construcciones. Yo, a su vez registraba cuidadosamente, a distintas horas del día, cada catedral, cada programa escultórico y cada programa iconográfico de sus vitrales para poder traerme a extremo occidente, de algún modo, una exigua porción de esas portentosas y embriagantes obras arquitectónicas para poder contemplarlas, analizarlas y discutirlas con mis estudiantes y futuros arquitectos, en clases de Historia y Teoría de la Arquitectura. Había algo de íntimo en mi experiencia que compartía con el viejo Villard. Esto era precisamente el hecho de que las catedrales, a diferencia de casi cualquier otro tipo de monumentos, son organismos completamente vivos y participan de modo elocuente y activo en la vida de sus ciudades, con muchas de sus funciones originales, manteniendo una asombrosa solución de continuidad hasta aún hoy en día, proyectando una fuerza e irradiando una vitalidad que las hace demasiado únicas, como para pasar a formar parte del disecado panteón de obras de mundos ignotos; entiéndase por estas ruinas, reutilizaciones, puestas en valor, resemantizaciones, fachadas históricas, reacondicionamientos, etc. No es que ignore el valor de estas operaciones arquitectónicas, sencillamente es poder apreciar el inmenso valor de la obra arquitectónica en cuanto a su fidelidad a los propósitos originales.

    Portada Real de la Catedral de Chartres 

    Es así que el cuaderno de viaje de Villard de Honnecourt, que data de comienzo del siglo XIII, constituye un documento verdaderamente único y extraordinario por el valor de testimonio excepcional sobre el arte, la arquitectura y la ingeniería que intenta compendiar este personaje, especie de precursor que se anticipa en más de doscientos años a la actitud de personalidades tan vigorosas y espectaculares como Leonardo Da Vinci en el siglo XV y comienzos del XVI. Este documento está conservado actualmente en la Biblioteca Nacional de París en el departamento de Manuscritos (Fondos Franceses, 19093), ya que antes estuvo en la importante biblioteca del Monasterio de Saint-Germain-des-Prés en París. También sabemos que el manuscrito ha llegado hasta nosotros mutilado, pues está registrado que hasta el siglo XV tenía 41 folios. Aunque algunos autores creen que llegó a tener 62 folios. Actualmente sólo se conservan 33, lo cual nos obliga a ser prudentes sobre cualquier interpretación posible.
    Villard de Honnecourt fue un arquitecto viajero que recorrió el norte y este de Europa en la época en que se erigían las grandes catedrales en la época dorada del estilo gótico, donde se levantan Notre Dame de París, Chartres, Amiens, Reims, Beauvais, Bourges, San Denis, Rouen y tantas otras por el resto de Europa como Westminster, Colonia, Estrasburgo y Upsala, pero donde ya se habían levantado los primeros ensayos góticos como Senlis, Laon y Noyon. Aunque son muchas las sutilezas a las que nos podríamos referir sobre este extraordinario documento, lo primero es la intención declarada por el propio autor, quien nos dice: “…en este libro encontraréis gran ayuda en la albañilería y en las máquinas de carpintería, lo mismo que en el retrato, los dibujos, tal como el arte de la geometría lo manda y enseña”, por lo tanto estaríamos frente a un manual de carácter técnico destinados a los artesanos dedicados a la construcción de catedrales y otras obras de arquitectura, como así al arte de la escultura y el dibujo, y cómo participa la geometría en su elaboración. Podríamos decir que los textos y láminas que nos sobreviven carecen de cualquier alusión al arte de los vitrales, que con toda seguridad Villard vio en su paso por Chartres ejemplos insuperables, como el de la Notre-Dame-de-la-Belle-Verriére; pero eso no lo registra. Es a sus aspectos constructivos, a la tectónica del edificio, donde Villard concentra todo su talento observador y su envidiable capacidad de registro.

    Interior de la Catedral de Reims

    Por otro lado podemos observar que, al parecer, saca apuntes y croquis de detalles arquitectónicos que aún se encuentran en fase de estudio y no construidos, como observamos en el rosetón occidental de la fachada de la Catedral de Chartres, principalmente levantada entre el 1195 al 1220. Por lo que podemos elucubrar que este arquitecto viajero tuvo acceso a los planos ejecutados en pergaminos, o aun en superficies vaciadas en yeso, incluso podríamos aventurar que pudo, eventualmente, discutir con los arquitectos de la catedral. Lo que sí podemos afirmar es que la solución final es bastante más adecuada y estable que la frágil  estructura que nos presenta Villard en su cuaderno, donde las estructuras de los rosetones periféricos menores apenas se unen con el rosetón central del gran rosetón, lo que indudablemente podría comprometer la estabilidad de toda esta delicada estructura. Otro elemento que llama poderosamente la atención, es la capacidad de observación en un detalle que seguramente pasaría inadvertido en gran cantidad de visitantes. Nos referimos a la elevación interior que Villard hace -aunque no sin cierta exageración- de la Catedral de Reims (1211-1260), donde la columnilla central del triforio es visiblemente más gruesa que el resto, al parecer, sutileza del arquitecto constructor, para dar continuidad a la columna que divide las amplias ventanas tanto superiores como inferiores. Este detalle no se le escapó al célebre teórico del arte y la arquitectura Erwin Panofsky, que lo explica en términos de una reacción contra el horizontalismo extremo, para en cambio, acentuar su verticalidad. Lo importante, en todo caso, para nosotros, es que Villard lo hace conscientemente más grueso para que a quienes iba dirigidos, ese detalle no se les pasara por alto.

    Una tercera observación la constituye el registro de los bueyes de las torres de la fachada occidental de la catedral de Laon (1160- 1220), donde el Villard declara en sus Cuadernos: “He viajado por numerosas tierras, como podréis constatar por este libro; y en ningún otro lugar vi una torre como la de Laon. Veamos su primera altura, con las primeras ventanas. En esta altura, la torre está rodeada de ocho caras, las cuatro torrecillas son cuadradas, (apoyándose) sobre triples columnas, a continuación vienen las semitorrecillas de ocho columnas, y entre dos columnas hay unbuey…”. De verdad que las torres de esta Catedral del gótico primitivo son impresionantes, poseen una potente imagen no sólo dado por la particular articulación y dinamismo de sus elementos constructivos, sino que también por que la coronan 16 colosales bueyes, que según las leyendas fueron inmortalizados allí por su trabajo duro e incesante durante tantos años trayendo piedras de la cantera a los pies de la catedral como devotos cristianos.

  • Album de un Viaje por la República de Chile por Claudio Gay

    Album de un Viaje por la República de Chile por Claudio Gay

    En febrero de 1856, en una carta dirigida al presidente de la Academia de Ciencias de Francia, a la cual aspiraba ingresar, Claudio Gay alude a su condición de botánico-viajero. En la misiva en que presentaba su candidatura para la sección botánica de la reconocida institución, el naturalista recordaba que la que llama “categoría de botánico-viajero” se encontraba vacante, y que la tradición hasta entonces había sido la de conservar la representación de esa actividad encarnada en una persona de gran experiencia e interesada vivamente en la mayor parte de las materias científicas extraeuropeas, a las cuales, sostenía, da vida en todo momento “la frecuencia de los viajes”. A continuación exponía sus méritos, todos relacionados con sus trabajos científicos en Chile desde 1828 en adelante, recordando que “me marché de aquel país en 1842, sólo después de haberlo recorrido durante once años sin descanso y con la satisfacción de no haber dejado casi ninguna región inexplorada”.

    Resultado de su quehacer científico su Historia física y política de Chile, que en 1856 ya contaba “con 24 volúmenes y 2 atlas en cuarto, comprendiendo 315 láminas coloreadas de las cuales la mayor parte fueron realizadas a base de mis propios dibujos”. En este trascendental manuscrito para la trayectoria de Claudio Gay se encuentran todos los elementos que explican su Álbum de un viaje por la República de Chile.
    Gay nació en marzo de 1800 en la Provenza francesa. Desde su infancia demostró una inclinación por el estudio de las ciencias naturales y las excursiones dedicadas a ello. Alrededor de 1820 llegó a París para estudiar medicina y farmacia. Luego asistió a cursos públicos de Ciencias Naturales del Museo de Historia Natural y de La Sorbonne. En sus vacaciones hacía excursiones para herborizar fuera de Francia, o cumplir comisiones encargadas por el Museo. Además de Botánica y Entomología, sus aficiones preferidas, se adentró como autodidacta en la Física y la Química, para más tarde seguir cursos de Geología y de Anatomía comparada.
    Años después, y al comienzo de su monumental obra, el naturalista afirmó que fueron sus maestros en París quienes le señalaron la República de Chile como la más indicada para satisfacer su desmedida curiosidad por investigar las producciones de algún remoto clima. Desde entonces comenzó a tomar nota de lo muy poco que se había dicho de la historia y de la geografía de esta parte de América.

    Llegó a Chile tras aceptar la oferta del periodista y aventurero Pedro Chapuis, quien en 1828 organizó en París un grupo de profesores para establecer un colegio en Santiago. Claudio Gay vio en este viaje la posibilidad de dedicarse a la investigación en un país casi total y absolutamente desconocido para los hombres de ciencia europeos. Además de hacer sus clases en el Colegio de Santiago, se dio tiempo para recorrer diversos sitios y recolectar material científico, formando interesantes colecciones de plantas, animales y rocas.

    El celo y la pasión que Gay mostraba por la historia natural, expresada en su infatigable actividad y dedicación al estudio, no sólo llamaron la atención de los pocos sujetos con interés por las Ciencias Naturales existentes en Santiago sino que también llegaron a conocimiento de las autoridades, en las cuales rondaba la idea de estudiar científicamente el país, una antigua aspiración que no había podido materializarse por falta de una persona idónea para acometer la empresa. Entonces ni siquiera existían mapas medianamente aceptables; poco se sabía de la situación exacta de las ciudades y puntos geográficos de importancia; nadie había estudiado sistemáticamente las especies naturales; y, menos aún, preocupado de las características geológicas o de precisar adecuadamente las condiciones climáticas de los ambientes en que comenzaba a desenvolverse la república.

    En 1830, en los inicios de la república, el gobierno chileno contrató a Claudio Gay. Afortunadamente para Chile, el naturalista no solo cumplió con creces la tarea que se le encomendó: además, con los conocimientos que generó sobre la historia, el territorio y el mundo natural y cultural del país, contribuyó decididamente al proceso de organización republicana, ejercicio de la soberanía y consolidación de la nación. Un elemento decisivo en la determinación que el gobierno tomó, finalmente, fue el trabajo ya adelantado, que demostraba su capacidad como naturalista: en el lapso de un año había podido investigar acerca de la historia natural y la geología de los alrededores de Santiago; describir y pintar la  mayor parte de los objetos relacionados con ellas; preparar un plano de la ciudad capital y cartas geográficas del territorio; analizar las aguas minerales de Apoquindo; recopilar estadísticas del país en casi todas las administraciones y, por último, recorrer parte del litoral central y de la cordillera frente a Santiago.
    De acuerdo con el contrato firmado el 14 de septiembre de 1830, Gay quedó obligado a hacer un viaje científico por todo el territorio de la república, en el término de tres años y medio, con el objeto de investigar la historia natural de Chile, su geografía, geología, estadística, y todo aquello que contribuyera a dar a conocer los productos naturales del país, su industria, comercio y administración.

    Concluidos los trámites administrativos y los preparativos indispensables para emprender el viaje científico, Claudio Gay se  dispuso a acometer la exploración del territorio nacional, empresa que inició por la provincia de Colchagua en diciembre de 1830. Al año siguiente, y a la espera de poder abordar un barco para Europa, donde se dirigía para comprar instrumentos y libros adecuados para su trabajo, exploró los sitios cercanos a Valparaíso, que se extendió hasta mediados de febrero, zarpando hacia Francia el 14 de marzo de 1832.

    En París Gay fue recibido entusiastamente por sus maestros, con  los cuales mantenía contacto epistolar, y frente a quienes, ahora personalmente, desplegó el fruto de su trabajo científico en Chile. El reconocimiento por su labor fue inmediato y se materializó, entre otras medidas, en que el gobierno francés lo distinguió con la Cruz de la Legión de Honor.
    Ya de regreso, en mayo de 1834, y provisto de los instrumentos científicos necesarios para sus trabajos, así como de material para incrementar el gabinete de historia natural, Claudio Gay se trasladó  a Melipilla y Casablanca en junio, para regresar a Santiago y dirigirse a Valdivia en octubre del mismo año, llegando a la bahía de Corral a fines de mes. Allí recorre y explora los sitios aledaños. La siguiente etapa de su viaje lo llevó a la provincia de Coquimbo, instalándose en La Serena en septiembre de 1836. A fines de diciembre del mismo año reinició sus excursiones dirigiéndose hacia Andacollo y a las minas de sus alrededores. Luego emprendió viaje hacia el extremo sur de la provincia de Coquimbo.
    En septiembre de 1837 se dispuso a volver al sur. Durante el mes de enero y parte de febrero de 1838 el sabio francés se dedicó a excursionar en los parajes cordilleranos frente a Santiago. Desde septiembre hasta diciembre de 1838 recorre las provincias del llano central, visitó la costa de Arauco hasta Tirúa, Nacimiento, la cordillera de Nahuelbuta y diversas localidades cercanas.

    La mayor parte de la serie araucana de sus ilustraciones, como  “Juego de chueca”, “Un machitún” y “Araucanos” tiene su origen entonces; aunque también “Pinales de Nahuelbuta”, “Visita al volcán de Antuco”, “Caza a los guanacos”, “Vista de la laguna de la Laja”, “Molino de Puchacay” y “Salto de la Laja”, algunas de las cuales muestran elocuentes escenas del paisaje y la vida natural. Luego de un viaje al Perú iniciado en marzo de 1839, que le significó alejarse poco más de un año y cuyo propósito fue revisar los archivos limeños en busca de documentación relativa a la historia de Chile, se dirigió al norte de Chile en diciembre de 1841. Con esta última excursión, y luego de cuatro o cinco intentos fallidos por llegar a la provincia de Atacama, finalmente Claudio Gay cumplía su íntimo anhelo de “no dejar ningún punto de Chile sin haberlo realmente visitado”, como se lo hizo saber a Ignacio Domeyko en una carta fechada el 8 de diciembre de 1841. Al respecto, no debe olvidarse que en esa época el desierto de Atacama era el límite septentrional del país, y que todavía no se iniciaba el esfuerzo destinado a asegurar la soberanía nacional sobre el estrecho de Magallanes y su entorno.

    Durante sus excursiones, y gracias a haber permanecido sucesivamente en cada una de las provincias, el naturalista recogió la mayor parte de las especies animales y vegetales existentes en el territorio considerado chileno en ese entonces. Preocupación especial mostró siempre por fijar con exactitud la situación de los puntos geográficos, los estudios geológicos,  el levantamiento de la respectiva carta geográfica de la zona visitada, realizar observaciones climáticas, conversar con la gente y observar sus formas de vida, práctica que le sirvió par obtener antecedentes de los hechos históricos e identificar los rasgos propios del pueblo chileno.
    Una vez concluida la etapa de la investigación en terreno, Claudio Gay debía iniciar las tareas destinadas a dar a la prensa el fruto de años de trabajo. En su propuesta explicaba que editaría su obra sobre Chile dividida en varias secciones: la flora, la fauna, la minería y geología, la física terrestre y meteorológica, la estadística, la geografía, la historia y la costumbre y usos de los araucanos. El sabio francés tuvo clara noción de la necesidad de acompañar sus textos de “una gran cantidad de láminas iluminadas”, no sólo de los animales, plantas y restos que el mundo natural le proporcionaría; también, “con láminas de vistas, vestuarios y planos de las principales ciudades”, es decir, con dibujos que ilustrarían la sociedad y sus habitantes.

    Dos grandes volúmenes de ilustraciones conforman el atlas geográfico, científico y de escenas pintorescas de la Historia física y política de Chile, cuyas primeras estampas se publicaron en 1844 y las últimas en 1854. La primera edición del Atlas de la historia física y política de Chile data de 1854. La mayor parte de ellos apareció con sus ilustraciones iluminadas, es decir, coloreadas, aunque también los hubo con láminas en blanco y negro.
    Con las estampas sobrantes de la edición original el naturalista formó ejemplares, muy escasos, que obsequió a algunos de sus más cercanos e íntimos amigos y colaboradores y que llevan por título Album d`un voyage dans la république du Chili par Claude Gay, fechado también en 1854. Luego de estas ediciones, en 1864, realizó una segunda de los tomos I y II, esta vez compuesta casi en su totalidad por ilustraciones en blanco y negro.
    En el que llamó Álbum de un viaje por la república de Chile de ClaudioGay incluyó un número variable de láminas que, en el caso del que fue reproducido en 1982 por Editorial Antártica, alcanzaba a 70 estampas. Muchos de los grabados del Atlas dan cuenta de los hechos, costumbres y modos de vida que habían formado el ir y venir de los chilenos de la época en que Claudio Gay vivió en el país, y que el naturalista viajero apuntó durante sus excursiones. Ellas son producto de las exploraciones, de las experiencias en terreno que pudo conocer, vivir, percibir y, en ocasiones, sufrir.

    Las estampas contienen escenas que representan labores agrícolas y mineras, formas de sociabilidad, manifestaciones de piedad, edificios, espacios públicos, poblaciones, tipos y costumbres populares y vistas de paisajes del territorio. Junto a estas, el Atlas también ofrece ilustraciones de especies vegetales y animales, dibujos del sabio francés para explicar lo que se nombró “la ecología del país, su paisaje, sus flores y sus frutos”. Una serie de mapas de las provincias de Chile, de algunos de sus principales puertos, de sus accidentes geográficos más notorios, y planos de Santiago y de la batalla de Maipú también fueron incluidos. Todos, encabezados por el gran Mapa para la inteligencia de la Historia física y política de Chile.
    Considerando el valor de las estampas, Claudio Gay reúne en su Atlas, y luego en su Álbum, además de las cartas y planos, cuarenta y seis ilustraciones que permiten apreciar el estado de una población particular, la belleza de un paisaje natural o la representación de un hecho significativo para la historia, como por ejemplo un parlamento en la Araucanía o el incendio de Valparaíso. Todas ellas son preciosos testimonios del quehacer de culturas originales, como los restos arqueológicos presentados, o bien de espacios urbanos o hábitat naturales tal vez hoy inexistentes. Pero también de costumbres, modos de ser, hábitos, faenas y tareas campesinas y mineras, medios de transporte, vestidos, diversiones y tipos sociales ya desaparecidos.

    La sola existencia de una obra como la compuesta por Claudio Gay a mediados del siglo XIX muestra la intención de ofrecer una visión amplia de la realidad de Chile. En él se produce la conjunción entre el afán por el estudio de la naturaleza y el de la sociedad; entre la descripción del ambiente natural y la exposición de la realidad social generada por el desarrollo de la humanidad en el territorio chileno.

  • Hampton Court celebra a Enrique VIII

    Hampton Court celebra a Enrique VIII

    En 2009 se conmemoran los 500 años de la ascensión al trono de uno de los reyes más famosos de la historia. En el palacio, ubicado en Kingston, se mantiene vivo su legado y también, alguno de sus “fantasmas”.

    Hampton Court y St. James son los únicos palacios construidos por el Rey Enrique VIII que todavía sobreviven. El primero, ubicado en la ciudad de Kingston a unos 20 kilómetros del centro de Londres, es el mejor exponente del carácter de este monarca que llegó al poder en junio de 1509. Para conmemorar los 500 años de su ascensión al trono, se han organizado festejos y recreaciones de la época. Si bien Hampton Court Palace ofrece una muestra única de la historia de las cortes inglesas entre los años 1500 y mediados de 1700, es la herencia de Enrique VIII la que más encanta a los turistas. No sólo por el magnífico estilo Tudor, presente en muchos rincones del palacio, sino también por las misteriosas historias que subsisten y aún recuerdan a este monarca. Por ejemplo, dicen que todavía se sienten los gritos de Catalina Howard, quinta señora del rey, en una de las galerías del palacio donde vivió el arresto,domiciliario tras ser acusada de adulterio.
    Muchas de estas experiencias, además de un desarrollo integral que busca transmitir el valor patrimonial de este tipo de construcciones, es lo que mantiene vivo al palacio. Como explica William Le Fleming, education officer de Hampton Court, este recinto año a año cautiva a más de 5.000 visitantes. Pero lo más relevante es el trabajo que se ha realizado para atraer a niños y jóvenes. “Hemos implementado un concepto denominado family learning, con actividades que permiten que padres e hijos compartan juntos una experiencia entretenida. Además, gracias a distintas iniciativas puestas en marcha, cerca de 65 mil alumnos vienen a este recinto cada año”.

    Las visitas en terreno son usualmente las más memorables experiencias de aprendizaje que los estudiantes pueden tener, agrega Le Fleming. La Torre de Londres y Hampton Court Palace han ganado el Sandford Award que premia los esfuerzos por transmitir el legado patrimonial de Inglaterra. “El apoyo para estudiantes y profesores comprende recursos como entradas rebajadas y gratuitas, en algunos casos; sesiones interactivas; presentadores expertos vestidos con los atuendos de la época; cursos para profesores y entrega de materiales pedagógicos; cuenta-cuentos, y recreación de deportes”.Para este año se espera un 30% más de visitantes. Se cumplen cinco siglos de la ascensión al trono de Enrique VIII, y todo gira en torno a su memoria. Hay tours guiados por sus apartamentos, por los espacios habitados por sus mujeres, por las cocinas, juegos de justas y caza, entre otras muchas actividades que incluyen hasta la gastronomía del siglo XVI.
    El encanto de los Tudor.

    Famoso por sus seis señoras y varias otras excentricidades, Enrique VIII (1491 – 1547) buscó la inmortalidad en todas las tareas que emprendió. Quería una Inglaterra fuerte y poderosa, y para eso, era esencial mantener la dinastía a través de un heredero. La búsqueda de ese ansiado hijo fue lo que llevó a este monarca a desconocer la autoridad del Papa y a declararse cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Así cambió la historia para siempre.
    En Hampton Court se encuentran diversas muestras de su semblante. Enrique VIII se destacó desde niño por su carisma, inteligencia y sensibilidad artística. Aprendió latín, griego, leyes, matemáticas, teología, música y los secretos de la caballería. También el arte de la guerra, que lo llevó a consolidar el poderío naval inglés y, entre otros logros, a anexar Gales al Reino Unido. Si bien los orígenes de Hampton Court Palace se remontan a la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén en el siglo XIII, fue el cardenal Thomas Wolsey, arzobispo de York, quien le dio su magnificencia hacia el año 1514.

    Cuando en 1528 Wolsey entrega esta propiedad a Enrique VIII, Hampton Court era ya un palacio importante. Las ampliaciones y remodelaciones del monarca consolidaron este espacio como uno de los puntos más emblemáticos de reunión de la corte. Las cocinas del palacio son un monumento vivo a la cocina real y del entretenimiento. La construcción de más de 50 habitaciones destinadas a este propósito, le valieron a Enrique VIII la fama de “consumidor de alimentos y de mujeres”. Para ser justos, estos espacios se construyeron no sólo para alimentar al rey, sino más bien a los más de 1.200 miembros de la corte.

    Excepcionalmente rico en colorido y en decoración es la Royal Chapel. Fue en esta capilla, en 1540, que el arzobispo Cranmer entregó una carta a Enrique VIII, incriminando de adulterio a su joven señora, Catalina Howard, quien más tarde fue ejecutada en la Torre de Londres. En tanto, en el Great Hall se puede contemplar el exquisito gusto del monarca. Sus paredes están cubiertas por enormes tapices, que rememoran la historia de Abraham. Para conocer más de Enrique VIII se puede seguir el recorrido por sus habitaciones, comedores y hasta su peculiar baño. Si de intimidad se trata, Hampton Court tiene habilitada una sala con una muestra especial, denominada “Young Henry VIII” que da cuenta de sus distintas facetas, incluso como marido de seis mujeres (Catalina de Aragón, Ana Bolena, Jane Seymour, Anne de Cleves, Catalina Howard y Catalina Parr).

    Las mujeres de Enrique VIII:
    Catalina de Aragón se casa con Enrique VIII en 1509, mismo año que asciende al trono. En 1511 nace el Enrique, quien muere a los dos meses. La princesa María nace en 1516. En 1533 el monarca se divorcia de Catalina.

    Autor desconocido. National Portrait Gallery, London.

    Enrique VIII se casa con Ana Bolena en 1533, una de las damas de honor de Catalina de Aragón. Da a luz a la futura Reina Isabel I. Tres años después es decapitada bajo la acusación de adulterio, incesto y traición.

    National Portrait Gallery, London.

    En 1536 Enrique VIII contrae matrimonio con Jane Seymour y al año siguiente nace el príncipe Eduardo. Jane muere poco después del parto.
    Ana de Cleves, cuarta señora de Enrique VIII. El matrimonio, realizado en 1540,dura menos de un año y se anula en buenos términos y de mutuo acuerdo. 

    Catalina Howard, se casa con Enrique VIII en 1540. Al poco tiempo es puesta en arresto domiciliario bajo el cargo de traición. Fue ejecutada en 1542 en la Torre de Londres. La única mujer que sobrevivió a Enrique VIII fue Catalina Parr. Este matrimonio se efectuó en 1543 y duró cuatro años. En 1547 muere el monarca.

    Pintor desconocido. National Portrait Gallery.

  • ¿Es aburrido ser Virtuoso?

    ¿Es aburrido ser Virtuoso?

    Hablar de “virtud” en nuestros días es algo bastante inusual. Es difícil incluso encontrar la palabra en el vocabulario de los padres, de los maestros y para qué decir, de los medios de comunicación. Ya en el siglo pasado, Paul Valéry, en un discurso en la Academia Francesa señalaba: “Virtud, señores, la palabra virtud ha muerto, o por lo menos, está a punto de extinguirse. A los espíritus de hoy no se les muestra como la expresión de una realidad imaginable de nuestro presente. Yo mismo he de confesarlo: no la he escuchado jamás”.
    En el lenguaje cotidiano, “virtud” sugiere algo que tiene que ver con apocamiento o represión; la sola palabra evoca algo así como ñoñería, falta de alegría, ausencia de espíritu libre. Y si hablamos de “virtuoso” parece que hablamos de una persona llena de complejos, media amargada y triste, que no puede disfrutar de cosas que puede y debe disfrutar.
    En el mejor de los casos, la palabra virtud ha sido reemplazada por la de “valor”, sin que nos demos cuenta que, según explica Nietzsche, esta voz ha sido introducida para relativizar el bien, de manera que lo bueno, es lo que cada uno “valora” como tal, perdiéndose de esa manera el auténtico bien. En este sentido, parece que la respuesta a la pregunta que  nos planteamos es afirmativa, y por tanto, lo que mejor convendría es esforzarse en adquirir ciertos valores (los que cada uno considere) y vivirlos en libertad. Pero, sería ésta una respuesta apresurada que no hace honor al verdadero sentido de la virtud. Veamos por qué.
    Cuando uno analiza en profundidad sus actos, descubre generalmente, que muchos de ellos distan de hacernos sentir orgullosos. Muchos de nuestros actos han provocado en nosotros el arrepentimiento, el deseo terrible de querer volver el tiempo atrás. Todos, sin excepción, queremos obrar bien, pero en varias oportunidades terminamos obrando mal. El mismo San Pablo expresaba esta realidad diciendo: “Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. La pregunta que podemos hacernos es ¿Por qué tendrá el hombre esa extraña capacidad de volverse contra sí mismo? ¿Por qué sabemos lo que es bueno y hacemos lo malo?
    Lo que sucede es que hay en el hombre una disarmonía interior. Hay en nosotros una falla, una herida, que nos inclina a satisfacer nuestro egoísmo, nuestro orgullo y que hace más costosa nuestra felicidad. Lo que la razón nos dice que es bueno, a veces nuestras pasiones, lo ven como malo; y al revés, lo que la razón nos dice que es malo, a veces, nuestra pasiones, lo ven como bueno. Sé perfectamente, por ejemplo, que debo decirle la verdad a mi jefe, pero, se también que si se la digo, supondrá una sanción.
    Pero no quiero soportar dicha sanción, por lo que para evitarla, le miento. La razón nos presenta la realidad en términos de bien y de mal, mientras que las pasiones, nos la presentan en términos de placer o dolor. Y si bien, hay cosas que son placenteras y son buenas; y hay cosas que son dolorosas y son malas; también es posible encontrarnos con cosas que son placenteras y son malas y hay cosas que son dolorosas y son buenas.
    De manera que si actuamos siguiendo a las pasiones, muchas veces disfrutaremos o evitaremos un dolor o una tristeza, pero nos habremos perdido de llenar y enriquecer nuestra vida con un bien o malograremos nuestra vida con un mal. En el ejemplo recién citado, efectivamente el hombre no ha sufrido la consecuencia de la sanción, pero a costa de hacerse mentiroso. Lo que permite que podamos restaurar esa disarmonía interior, aquello que nos permite ordenar nuestras pasiones a fin de que obedezcan a la razón y podamos actuar bien, no es otra cosa que la virtud. La virtud, lejos de hacernos personas aburridas, son las que le otorgan nobleza y excelencia a nuestro ser. En efecto, aquello a lo que hoy le denominamos virtudes, los griegos les denominaban areté, que significa excelencia y los latinos, les llamaban fuerzas. Las virtudes son esas fuerzas, esas excelencias que necesitamos para actuar bien, para actuar como le corresponde al ser humano.
    Ellas despliegan todas nuestras capacidades de tal manera que nos hacen fácil lo que en sí mismo puede resultar difícil. ¿Es fácil decir la verdad cuando puede ocasionarme algún perjuicio? ¿Es fácil cumplir la promesa que  le he hecho a mi esposa de serle fiel, cuando mi vecina resulta muy atractiva? ¿Es fácil ser obediente a los padres cuando nos piden algo que va contra aquello que nos gustaría?
    La respuesta a estas preguntas y a otras similares es no. No es nada fácil. Y aunque alguno pueda decir que le resulta fácil, o que no le cuesta nada realizar actos buenos, lo cierto es que no basta con eso para ser buena persona. Puesto que si bien es posible realizar actos buenos esporádicamente, no lo es tanto, realizarlo de modo habitual. No es sincero quien dice la verdad una vez, sino quien la dice habitualmente; no es generoso, quien da una vez de sus bienes a otro con vistas a ayudarle, sino quien lo realiza habitualmente; etc. Las virtudes son, precisamente, aquellos hábitos buenos que modifican nuestro ser, aquellos hábitos que de tal modo nos mejoran que no sólo nos permiten actuar bien, sino que nos hacen ser buenos. Son esas perfecciones que al ordenar nuestras pasiones, permitiéndonos ser dueños de nosotros mismos y no esclavos de ellas, nos permiten amar verdaderamente. San Agustín lo decía maravillosamente: “La virtud es el orden del amor”. Esto significa que mediante la virtud nuestros apetitos, nuestros deseos, nuestra voluntad, desean, estiman, aman y se gozan en lo que es bueno y en la medida en que lo es, es decir, que mediante la virtud nos perfeccionamos en orden a amar a las personas como personas y a las cosas como cosas.
    ¿Es bueno amar a las cosas? Por supuesto que sí. Amamos los libros o el descanso, amamos el deporte o la comida, amamos la historia o las matemáticas, amamos el cine o el teatro, amamos la música o el baile, etc. El problema está en amarlas de modo desordenado, esto es, como fines, poniéndolas por encima de las personas. ¿Es bueno amar a las personas? Por supuesto que sí, pero no de cualquier forma, sino como merecen ser amadas, esto es, como fines, como lo más digno y bueno que existe. Amar a una persona por la utilidad que me presta o por el placer que me entrega, es no respetar aquella excelsa dignidad. Y el problema, precisamente está en que muchas veces nuestras pasiones nos hacen amar a las cosas como fines y a las personas como medios, poniendo en peligro nuestra propia realización. La virtud nos ordena de tal modo que nos vuelve capaces de amar en plenitud, nos hace capaces de amar lo bueno y digno de ser amado en su debida proporción y medida.
    Así las virtudes lejos de convertirnos en personas aburridas, nos transforman en personas que no sólo aman lo bueno, que no sólo practican el bien, sino en personas buenas y felices, personas que viven una vida tal que merece ser llamada “vida lograda” o “vida realizada”, digna de ser vivida.