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  • EL CAPITÁN COOK

    EL CAPITÁN COOK

    El capitán James Cook (1728-1779) es uno de los hombres más viajados de la historia: dios tres vueltas al mundo en una época en la que el ser humano quiso conocer, ordenar y catalogar todo. Representa el cambio de mentalidad racionalista en acción y encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación, que lograron que este hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico.

    El capitán Cook es una figura poco conocida en el mundo de habla hispana. Sin embargo, en el mundo anglosajón es un verdadero ícono, contando con estatuas, billetes y estampillas en muchos de los países donde Cook no solo estuvo, sino que cambió su destino. Sin duda, se trata de uno de los hombres más viajados de la historia: dio tres vueltas al mundo en una época en la que el hombre quiso conocer, ordenar y catalogar todo. James Cook representa el cambio de mentalidad racionalista en acción, fruto de la meritocracia incipiente y ascendente desde el siglo XVIII. Encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación que lograron que este joven hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico y, en gran medida, uno de los arquitectos iniciales de la idea del Empire over seas.

    Sello impreso en Nueva Zelanda en homenaje al capitán Cook, ca. 1940

    Nació en Marton, Cleveland, Yorkshire, Inglaterra el 27 de octubre de 1728, en una familia campesina. Sus biógrafos insisten que desde la colina de su casa se veía el mar y que eso marcó su espíritu. Como familia se trasladaron a un cottage en Great Ayton, donde el patrón del lugar, Thomas Scott, notó rápidamente las habilidades del joven y fomentó su educación. Siendo un adolescente se fue a vivir a Staithes, un pueblo pesquero. Terminó su formación allí y luego viajó a Whitby, donde trabajó ocho años en la casa de un comerciante, John Walker. Allí vivió junto a la familia de su patrón, en el ático. Aún se puede visitar la casa del célebre capitán en Whitby. Walker era un mercader y almacenero del pueblo, de una religiosidad y rigor de vida extremo. La estancia con esta familia caló profundamente en el ser de Cook. El espíritu reformado y de disciplina de Walker lo acompañarán toda su vida. Sirvió con esmero y dedicación en su trabajo, por lo que se le ofreció el grado de capitán de un barco mercante, pero él lo rechazó para enrolarse en la Royal Navy. De este modo, Cook dejó Whitby y se trasladó a Londres.

    En dos años, el joven Cook logró llegar por sus propios méritos al grado de capitán. En ese entonces, Inglaterra peleaba la llamada “Guerra de los siete años” en Canadá. Los británicos habían iniciado su colonización en Norteamérica con territorios bastante escasos. Básicamente, las llamadas 13 colonias eran una franja de tierra en la costa este de lo que hoy es Estados Unidos. Francia tenía muchos más territorios que Inglaterra en Norteamérica y la “Guerra de los siete años”, que estalló en 1756, tuvo como propósito hacer retroceder el poderío francés. Esta guerra fue ganada por Inglaterra, quienes con ayuda del mismísimo capitán Cook lograron tomar la estratégica ciudad de Quebec en el río San Lorenzo. Si bien los ingleses ya habían logrado penetrar en la parte sur de lo que hoy es Canadá, con esta guerra llegaron al corazón del enclave francés en el Nuevo Mundo y terminaron con las aspiraciones imperiales francesas en estas tierras para siempre.

    El capitán James Cook arribó a lo que hoy es Canadá en 1758, cuando la guerra ya llevaba dos años. Le tocó presenciar el asedio de Louisbourg y luego se dedicó a trabajar en cartografía, que era uno de sus principales aficiones. Conoció a Samuel Holland, cartógrafo británico que estaba haciendo mapas de lo que hoy es Prince Edwards Island, y trabajó bajo su dirección. Viajó a Halifax para comenzar a mapear toda la costa. Más tarde hizo un trabajo de gran dificultad: mapear las corrientes y profundidades del río San Lorenzo, lo que fue estratégico para la guerra. Ese río era especialmente dificultoso de navegar ya que en su interior hay una serie de rápidos que entorpecían la entrada a Quebec. Los franceses habían mantenido en secreto esta información, lo que era una desventaja para los ingleses, quienes pretendían tomar la ciudad. Las mediciones de James Cook fueron determinantes para que los ingleses pudieran finalmente tomar Quebec y derrotar a los franceses.

    En 1760, Cook regresó a Londres y se instaló en la zona de Mall, para estar cerca del Almirantazgo. En la segunda mitad del siglo XVIII, Londres había crecido mucho y se trataba de una ciudad bullante y llena de movimiento. Un mercado en donde el Támesis era la gran carretera por la que la producción de todo el reino llegaba a Londres y desde ahí se repartía. El movimiento era frenético y las calles estaban repletas de gente. Con el avance de la Revolución Industrial comenzó a proliferar el consumo y Londres era el centro de este nuevo mundo de intercambio. El joven Cook estaba fascinado. En una taberna conoció a la hija del tabernero, Elizabeth, que se convirtió en su mujer y con la que tuvo varios hijos. Se fueron a vivir a Mile End y desde allí Cook iba constantemente al Almirantazgo. Lo nombraron cartógrafo real, en reconocimiento a su labor en el Nuevo Mundo y lo clave de sus mapas para el triunfo. Fue enviado a Canadá, donde estuvo varios meses dedicado a realizar mapas de la isla de Terranova. Trabajó en los mapas junto a Michael Lane y se interesó por la flora y la fauna de Terranova.

    El advenimiento del llamado Racionalismo y la idea que la razón humana era la que creaba la realidad habían cambiado la visión de mundo. Sir Francis Bacon llamaba desde su método experimental a dominar y controlar la naturaleza para establecer el “imperio del hombre en el mundo”. Es cierto que durante este período se cree en la existencia de un Dios creador, pero que después de crear el mundo, se fue y el mundo funciona solo, sin Él. Es un Dios creador, pero no providente, no actúa. El mundo depende del hombre, que tiene el control y dominio de ese hábitat. El interés por la cartografía era parte de ese afán de dominio y control. Ordenar, catalogar, medir todo. Europa se llenó de asociaciones científicas que querían terminar con lo desconocido, dominar lo antes ignorado y terminar con la superstición y el fanatismo. La ciencia estaba de moda y generalmente se incluía entre los pasatiempos y entretenimientos de las personas.

    En aquellos años se sabía que se produciría un alineamiento del planeta Venus con el Sol, evento que podría servir para conocer la distancia entre la Tierra y el Sol. Como el lugar donde se podría apreciar mejor este acontecimiento astronómico era desde el Pacífico, llamaron a James Cook para encomendarle un viaje con el fin de hacer la medición en alguna isla del Pacífico. James Cook inició así el primero de sus tres viajes que lo llevaron a dar la vuelta al mundo y a convertirse en el marinero con más millas navegables hasta entonces. Partieron en 1768 y regresaron tres años después, en 1771. Joseph Banks, un millonario y científico amateur, pagó una suma de dinero inimaginable por sumarse a la expedición. El gran terror a bordo de cualquier nave era el escorbuto, que para ese entonces no se sabía que era producido por falta de vitamina A, sino que se pensaba que se generaba casi espontáneamente. Cook ya intuía que tenía que ver con la dieta y había desarrollado unos barriles con repollos en vinagre con cáscaras de naranja que creía evitaban el mal. Obligaba a los marineros a comer estos repollos por turnos. Como no eran sabrosos ni lucían bien, muchos marineros no querían comerlos. Entonces Cook demostró tino y sabiduría. Comenzó a servir esta preparación en el comedor de oficiales y la convirtió en el banquete de los elegidos. Invitaba con regularidad a los marineros al comedor y les servía los repollos y así, no solo comían, sino que se sentían honrados de hacerlo. De este modo, evitó el escorbuto entre sus tripulantes y mostró manejar a su gente con gran psicología.

    Retrato de Sir Joseph Banks, de Sir Joshua Reynolds, 1773

    Después de una larga travesía, llegaron por primera vez a Tahití, isla que había sido descubierta poco tiempo antes por Samuel Wallis, quien la había calificado como el paraíso terrenal. Una isla de esplendoroso verde con mares turquesas y población amable. Un lugar donde los marineros no podían creer el hecho de que los jefes de la zona para halagarlos les ofrecían a sus propias mujeres. Parecía definitivamente el lugar más perfecto sobre la tierra y el lugar en el Pacífico para hacer las mediciones del paso de Venus con precisión. El Endeavour fue recibido por los nativos con gran alegría y los marineros estaban felices. La formación puritana de James Cook le hacía estar muy molesto frente al hecho que sus marineros se entregasen a los placeres carnales. Después de semanas de esparcimiento, lograron establecer lo que llamaron “Fuerte Venus”. James Cook estaba preocupado de preparar todo para cumplir a cabalidad con la medición de la alineación del Venus con el Sol. Otro miembro del equipo, el dibujante Sydney Parkinson, estabainteresado en dibujar lo más fielmente posible todo lo que veía en la isla, especialmente los bailes de las mujeres tahitianas, algo que parecía totalmente novedoso para los estándares europeos. Son numerosas las ilustraciones realizadas por este dibujante sobre las maravillas naturales y lo exótico de esta tierra y sus gentes.

    Finalmente, el día de las mediciones llegó y aunque el capitán James Cook actuó con gran precisión, no pudo lograr la medición exacta del momento en que Venus se alineó en el instante preciso del alineamiento. Aunque todas las observaciones habían sido hechas con rigor, James Cook se sentía frustrado. Antes de partir desde Gran Bretaña, el Almirantazgo le había encomendado dos misiones: medir el alineamiento de Venus y al culminar esa tarea debía abrir un sobre que contenía una misión secreta, que consistía en descubrir el llamado “Continente del Sur”, la llamada “Terra Australis”. La creencia popular establecía que si había una gran masa territorial en el hemisferio norte de la Tierra, debía haber un volumen similar al sur, ya que si no la Tierra misma debía desbalancearse. Su misión era descubrir ese continente perdido e incorporarlo a las tierras de la corona inglesa. Antes de partir en su nueva misión, el capitán Cook realizó los mapas de Tahití. Mientras tanto, los equipos de Joseph Banks se dedicaban a clasificar la flora y la fauna, y junto a Sydney Parkinson realizan múltiples dibujos. Banks embarcó en el Endeavour una serie de muestras botánicas e insistió en que un aborigen llamado Tupaia los acompañara durante el resto del viaje. Tupaia fue de gran utilidad, ya que la lengua de Tahití tiene muchos elementos comunes con las de otras regiones de la polinesia, lo que le permitió servir de intérprete. Sabemos mucho sobre todas estas cosas, ya que el mismo James Cook llevó un diario de su viaje que más tarde fue publicado y se convirtió en un éxito de ventas. Cook no creía en la existencia del continente del sur, pero muchos de su tripulación sí, entre ellos Joseph Banks. Años antes, en 1642, el holandés Abel Tasman arribó a unas tierras en el sur que pensó se trataba de las costas de este misterioso continente, y se esparció la idea que Tasman había llegado a Terra Australis. Las tierras a las que llegó este explorador fueron bautizadas como “Tasmania” en su honor y hoy sabemos que no era un continente, sino una isla frente a otra gran isla que hoy conocemos como Australia. Siguiendo el camino relatado por Tasman, el capitán Cook llegó las costas de Nueva Zelanda. Recorrió la costa y luego desembarcó, produciéndose el primer encuentro entre nativos blancos y maoríes. De hecho, al bajarse con su tripulación y enfrentarse a los maoríes, fueron los primeros blancos en presenciar el Haka, baile maorí de la guerra internacionalizado por el equipo de rugby neozelandés, los Old Blacks. Este baile no debió haber dejado tranquilos a los ingleses y cuando el jefe Terakau sacó una espada, algunos miembros de la tripulación temieron por sus vidas y dispararon. Timaru se encontró cara a cara con el capitán Cook y se saludaron como iguales. Cook le rindió honores al caído y logró el acercamiento con los habitantes de la isla. Tupaia fue esencial para lograr una real comunicación entre las partes. Esta prueba lingüística de comprensión entre la lengua de Tahití y esta nueva isla llevaron a Cook a pensar que se trataba del mismo pueblo. Por su parte, Joseph Banks y Sydney Parkinson realizaron muchos hallazgos e intentos de catalogación. Son múltiples los dibujos sobre la tierra y las gentes de nueva Zelanda de este primer viaje del capitán Cook. Una de las cosas que llamó profundamente la atención de los europeos fue la costumbre de realizar tatuajes simétricos en todo su cuerpo.

    Tras algunas semanas decidieron volver a embarcarse. Cook quería realizar los mapas de la zona. De este modo, se alejaron de la bahía que llamarían “Poverty Bay”. Avanzando por las costas de la isla llegaron a “Tolaga Bay”, lugar donde compartieron con los aborígenes, exploraron y dibujaron, para poder llevar reportesfidedignos a la Corona. Tras completar la cartografía de la isla y constatar que se trataba de dos islas de mediana dimensión y que no era Terra AustralisCook tomó posesión de la isla en nombre de la Corona británica. Tras esto, continuó la ruta, llegando a las costas de lo que hoy es Australia. En este lugar, la actual Sidney, quedaron sorprendidos por la flora abundante que se les presentaba a los ojos, por lo que la bautizaron como “Botany Bay”. Joseph Banks estaba fascinado. Las caricaturas de la época posterior a este viaje reflejan el entusiasmo y asombro que habría experimentado Banks y el equipo del Endeavour. Los dibujos de la flora y fauna encontrada sorprendieron al mundo. El mismo Joseph Banks, de regreso en Inglaterra, publicó un libro al que tituló Florilegium, que le valió el elogio de la comunidad científica londinense. De hecho, Banks y Cook se retrataron junto a lord Sandwich como expertos científicos, lo que los elevó a hombres de su tiempo y de moda. Las descripciones de esta “Botany Bay” llevaron luego al gobierno británico a concluir que se trataba de una fabulosa solución a la sobre densidad de las cárceles británicas. Ya las cárceles no daban abasto y desde hacía años se habían inaugurado los buques prisiones, que resultaban ser instalaciones complejas. Great Expectations, una de las novelas de Charles Dickens maduro, inicia cuando de un buque prisión se escapan dos presos que pelean a muerte. Uno de ellos se esconde en el cementerio y es ayudado por el joven Pip. Con esa primera escena comienza la historia de redención de un gran hombre y se revelan las injusticias del sistema británico. Para solucionar este tema, se pensó dar fin a los barcos prisiones y establecer una colonia penal en “Botany Bay”. Sería un lugar para prisioneros y para aquellos que requerían un nuevo comienzo, como otra vez Dickens deja en evidencia en su obra David Coperfield, donde los caídos y los villanos terminan en Australia, lugar de redención.

    Banksia integrifolia, de Nueva Zelanda, publicada en Florilegium, de Joseph Banks

    Cook y su tripulación continuaron mapeando las costas de Australia hacia el norte, pero su error fue intentar navegar cerca de la costa frente a Queensland, sin saber que ahí se encontraba la Gran Barrera de Coral. Es así como dañaron el casco del Endeavour y casi naufragan. Usando las velas como vendaje del casco, continuaron viaje hasta el norte y llegaron a lo que hoy se llama Cookstown. Eligieron un lugar en el que se juntaban dos ríos, que podía ser de gran utilidad para llevar la madera hasta allí. El río fue bautizado como Endeavour, ya que el barco fue reparado allí entre junio y agosto de 1770. No había muchos aborígenes en la zona, pero la necesidad de alimentos los hizo adentrarse en el territorio y avistaron los primeros canguros, que fueron dibujados por Sydney Parkinson. Luego escribiría en su diario “Cuán diversa y rica es la creación divina”. Nuevamente, Cook reclamó las tierras de la llamada Nueva Holanda para la Corona británica. Este acto fue esencial para la construcción de la idea del Imperio Británico e hizo de Cook un héroe nacional. De regreso a Gran Bretaña, pararon en Batavia, hoy Yakarta, que era colonia holandesa y había sido recién remodelada. Era un buen lugar para descansar, conseguir provisiones y terminar de reparar el Endeavour de modo adecuado. Pero estando allí los azotó la peste y murieron muchos hombres, incluido el joven tahitiano Tupaia. Al partir, se llevaron agua contaminada, por lo que la muerte siguió llevándose a varios tripulantes, entre los que estaba el joven dibujante Sydney Parkinson y el astrónomo Charles Green. En total, murió un tercio de los hombres de Cook. Finalmente, en julio de 1771 divisaron los acantilados de Dover. Habían regresado a casa, con solo parte de los hombres y el preciado tesoro botánico de esta vuelta al mundo de más de tres años.

    Retrato de Omai, de Sir Joshua Reynolds, 1776

    Cook fue directo al Almirantazgo en vez de visitar a su mujer e hijos. Estaba preocupado, temía que la estrella fuera Banks con sus contactos y no él. Y de hecho, fue así. Rápidamente, George III le ofreció dos embarcaciones a Banks para realizar una expedición para encontrar los mares del sur. Cook fue ascendido, sus mapas eran considerados de gran importancia, pero no le ofrecieron barcos ni tenía una próxima expedición. Cook, en vez de alegar contra Banks, le escribió agradeciéndole la oportunidad de haber hecho el viaje juntos; quería acompañarlo. Banks comenzó a exigir muchas comodidades: quería un barco con doble cubierta, lo que era inviable para un viaje como ese. Al no concedérsele lo que pedía, desistió de viajar. Así, en 1771 zarpó una nueva expedición de dos barcos: el Resolution, capitaneado por James Cook, y el Adventure, al mando de Tobias Furneaux. Cook llevó todos los adelantos que le permitieran más precisión en sus mediciones. John Harrison, un relojero importante, le diseñó un reloj que lo ayudaría a medir los grados de latitud al navegar y ser exacto en sus mediciones. La misión nuevamente era encontrar el continente del sur. De este modo, avanzaron hacia el sur y se acercaron a los hielos. El dibujante de a bordo de este segundo viaje fue William Hodges, quien retrató la inmensidad de los hielos de un modo fascinante. Tras avanzar lo más lejos que pudieron, sin llegar a tierra firme, regresaron hasta Tahití. Los hombres de Cook permanecieron ilesos y saludables como siempre, por lo estricto del capitán en relación a la dieta de los marineros. El Adventure, sin embargo, sufrió de escorbuto y Furneaux perdió a algunos hombres. En Tahití, todos los hombres pudieron descansar y gozar del “Paraíso terrenal”. Cook volvió a lamentar las licencias de sus hombres y los excesos en el pecado de la carne. Aparte de los placeres, presenciaron sacrificios humanos, lo que los escandalizó. Furneaux insistió en llevar a un aborigen y fue así como Omai se incorporó a la expedición. Cook exploró los mapas que había hecho Tupaia y resultó ser verídico lo dicho por el aborigen muerto en la hoy Yakarta. Partieron rumbo a Nueva Zelanda. Los barcos habían quedado de encontrarse en el Estrecho de la Reina Carlota, pero Cook llegó antes y esperó dos semanas. Ante la demora de Furneaux, Cook prosiguió camino al sur. Furneaux llegó poco después y al ver que Cook no estaba, decidió explorar y ordenó a sus tripulantes bajarse en una de las islas a buscar provisiones, pero fueron atacados y todos resultaron muertos. El resto de la tripulación, horrorizada por el evento, decidió retornar a Londres. Al arribar a la capital, Omai se convirtió en el centro de la atención de la sociedad londinense. Fue retratado por Sir Joshua Reynolds, el gran pintor del minuto, lo invitaron a eventos sociales de gran envergadura e incluso fue presentado al Rey. Todos querían conocerlo. Representaba lo exótico.

    Mientras tanto, Cook insistía en llegar lo más al sur posible. Sus relatos probablemente inspirarían al propio Coleridge al escribir su Balada del Viejo Marinero. Exploraron el hielo y llega hasta los 71 grados sur, lo que para ese entonces era lo más al sur alcanzado por los europeos. En esta expedición lo acompañó el joven George Vancouver, quien sería después protagonista de otros viajes en la costa oeste de Norteamérica y que dejaría su nombre plasmado en la zona. El joven Vancouver, antes de dar la vuelta para volver al norte, se asomó sobre el mástil para ser el hombre que llegó más al sur. Cook contó luego acerca de su acercamiento al polo antártico entre los hielos, lo que fascinó al público en una era de descubrimientos. Volvieron a Nueva Zelanda y se dirigieron hacia el Cabo de Hornos, donde pasaron la Navidad, para luego regresar a Londres. Volvió a casa en 1775 a casa, lleno de cosas que mostrar y con dos vueltas al mundo en el cuerpo. El mismo William Hodges lo retrató como un hombre maduro y experimentado. Fue aceptado en la Hospedería de Greenwich como reserva. La vida de comodidades había llegado. Era reconocido por sus méritos. La Corona le estaba agradecida y le pagaba con generosidad.

    El siglo XVIII había visto a Inglaterra cambiar. La incipiente Revolución Industrial estaba creando una sociedad de consumo y los bienes importados desde otras regiones gracias a la navegación y el auge de las compañías comerciales habían cambiado los gustos de los británicos. Por primera vez en la historia, había muchos bienes disponibles y la moda pasó a ser algo importante. El té había pasado a ser algo habitual en Inglaterra a tal punto, que el azúcar que lo acompañaba, antes un producto de lujo, era un bien básico. Josiah Wedgwood se había hecho millonario vendiendo porcelana. La reina Ana y Catalina la Grande de Rusia le habían comprado juegos únicos, y todas las mujeres querían su propia “China”. La India, desde donde venía el té y la seda con flores bordadas, se había convertido en un lugar fundamental. Muchos productos esenciales para el incipiente Imperio Británico provenían de allí. Encontrar un camino directo, sin pasar por África, implicaba evitar el control de los portugueses en el comercio. Se pensaba que debía existir un paso por el polo norte y los ingleses estaban empeñados en encontrarlo y controlarlo. El Almirantazgo sabía que Cook estaba retirado, pero no había capitán mejor que él. Por lo tanto, decidieron no llamarlo, sino lograr que él se ofreciera para la expedición. De este modo, James Cook fue invitado a una comida con Sir Hugh Palliser, contralor del Almirantazgo, y John Montagu, cuarto Earl de Sandwich, quienes le contaron lo que necesitaban y le pidieron ayuda para encontrar al capitán idóneo para esta empresa de suma importancia para la nación. Cook rápidamente se ofreció. Echaba de menos el mar, las comodidades estaban bien, pero él sabía que si lograba encontrar el paso, lo que vendría sería la nobleza, título que permanecería en las futuras generaciones. Esta tercera expedición podía ser la más importante de su vida. Cook era famoso, sus diarios de los viajes se habían publicado y se habían convertido en éxito en ventas, era un emblema nacional. La misión era secreta, nadie debía saber que Inglaterra buscaba el paso por el norte, por lo que públicamente se dijo que el viaje del capitán Cook tenía como fin devolver a Omai a su hábitat natural de Tahití. James Cook iría a bordo del Resolution y la otra nave, el Discovery, sería comandada por Charles Clarke. En este viaje lo acompañaron por segunda vez George Vancouver y William Bligh, quien más tarde sería inmortalizado por ser el capitán del motín del Bounty.

    Mapa de Nueva Zelanda realizado por el capitán Cook durante su primer viaje

    Este viaje dio la vuelta a África, pasando por Nueva Zelandia y Tahití, donde dejaron a Omai para luego seguir camino al norte. El genio de Cook se vio afectado, ya no era el mismo. El capitán templado, de decisiones mesuradas, había desaparecido. Era irascible y complejo. En la Isla de Morea ordenó matar a aldeanos por haberse comido la cabra del barco. Pasó por la Isla de Pascua y describió los moais. En 1883, arribó a Nueva Albion, Canadá, y luego a las Nuevas Hébridas. Al llegar a Alaska y al Ártico, concluyó que los mapas rusos que ocupaban no servían para nada. La falta de comida lo obligó a cazar lobos de mar para mantener a la tripulación. El hielo les impedía pasar, por lo que decidió abrirse camino. Así terminó divisando las islas de lo que hoy es Hawai, que él llamó islas Sandwich. Al llegar a lo que hoy es Waimea, fueron recibidos con honores y la gentileza y generosidad de los locales impresionó a toda la tripulación. Por esto, permanecieron varias semanas. Finalmente, decidieron partir para ver si lograban dar con el paso del norte, pero al poco andar, a causa del mal tiempo, el mástil de la embarcación se quebró, por lo que Cook decidió volver a Hawai para reparar el barco. Nadie sabe bien qué pasó, pero al parecer a los nativos no les gustó que Cook y sus hombres regresaran y no les dieron la bienvenida. Sin provisiones ni ayuda, Cook intentó tomar cosas por la fuerza y en la refriega resultó muerto. Allí, en medio del Pacífico, el gran navegante encontraría su última aventura el 14 de febrero de 1779. Tras este evento, la expedición continuó rumbo a Macao, dejando atrás el cuerpo del gran Capitán. La misión del paso del norte no se había logrado y con la muerte de Cook ya solo quedaba regresar a casa. El 11 de enero de 1780, los periódicos de Londres comunicaban la muerte de James Cook en Hawai.

    Hoy, a 250 años de su viaje, es importante apreciar el legado de este hombre. Un self made man que llegó a ser conocido como uno de los forjadores del Imperio Británico. El mundo no sería el mismo después de sus tres grandes viajes. Gran parte de la Tierra quedaría bajo la tutela de Britania gracias a este hombre que ayudó a construir ese Imperio anglosajón. Cook es una muestra del cambio en un mundo donde el mérito comenzaba a ser algo determinante. Es un adelantado. Hay estatuas y monumentos suyos en la mayoría de los lugares donde llegó. Sin embargo, en el siglo XXI ha sido sindicado como el causante de las muertes de miles de aborígenes y presentado como causa de vergüenza. Muchos de los monumentos dedicados a su persona han sido atacados y rayados, y no falta quien pida su eliminación de los lugares públicos. Pero a pesar de estos modernos discursos neomarxistas, que intentan condenar todo lo que huela a imperialismo, siempre y cuando no sea el propio, la historia del capitán Cook tiene mucho que decirles a ellos mismos. Muestra cómo alguien de baja cuna llegó a tocar el cielo creyendo en sus ideales. James Cook es, sin duda, uno de los aventureros más grandes de la historia y sus tres vueltas al mundo lo hacen merecedor todos los homenajes 

  • Album de un Viaje por la República de Chile por Claudio Gay

    Album de un Viaje por la República de Chile por Claudio Gay

    En febrero de 1856, en una carta dirigida al presidente de la Academia de Ciencias de Francia, a la cual aspiraba ingresar, Claudio Gay alude a su condición de botánico-viajero. En la misiva en que presentaba su candidatura para la sección botánica de la reconocida institución, el naturalista recordaba que la que llama “categoría de botánico-viajero” se encontraba vacante, y que la tradición hasta entonces había sido la de conservar la representación de esa actividad encarnada en una persona de gran experiencia e interesada vivamente en la mayor parte de las materias científicas extraeuropeas, a las cuales, sostenía, da vida en todo momento “la frecuencia de los viajes”. A continuación exponía sus méritos, todos relacionados con sus trabajos científicos en Chile desde 1828 en adelante, recordando que “me marché de aquel país en 1842, sólo después de haberlo recorrido durante once años sin descanso y con la satisfacción de no haber dejado casi ninguna región inexplorada”.

    Resultado de su quehacer científico su Historia física y política de Chile, que en 1856 ya contaba “con 24 volúmenes y 2 atlas en cuarto, comprendiendo 315 láminas coloreadas de las cuales la mayor parte fueron realizadas a base de mis propios dibujos”. En este trascendental manuscrito para la trayectoria de Claudio Gay se encuentran todos los elementos que explican su Álbum de un viaje por la República de Chile.
    Gay nació en marzo de 1800 en la Provenza francesa. Desde su infancia demostró una inclinación por el estudio de las ciencias naturales y las excursiones dedicadas a ello. Alrededor de 1820 llegó a París para estudiar medicina y farmacia. Luego asistió a cursos públicos de Ciencias Naturales del Museo de Historia Natural y de La Sorbonne. En sus vacaciones hacía excursiones para herborizar fuera de Francia, o cumplir comisiones encargadas por el Museo. Además de Botánica y Entomología, sus aficiones preferidas, se adentró como autodidacta en la Física y la Química, para más tarde seguir cursos de Geología y de Anatomía comparada.
    Años después, y al comienzo de su monumental obra, el naturalista afirmó que fueron sus maestros en París quienes le señalaron la República de Chile como la más indicada para satisfacer su desmedida curiosidad por investigar las producciones de algún remoto clima. Desde entonces comenzó a tomar nota de lo muy poco que se había dicho de la historia y de la geografía de esta parte de América.

    Llegó a Chile tras aceptar la oferta del periodista y aventurero Pedro Chapuis, quien en 1828 organizó en París un grupo de profesores para establecer un colegio en Santiago. Claudio Gay vio en este viaje la posibilidad de dedicarse a la investigación en un país casi total y absolutamente desconocido para los hombres de ciencia europeos. Además de hacer sus clases en el Colegio de Santiago, se dio tiempo para recorrer diversos sitios y recolectar material científico, formando interesantes colecciones de plantas, animales y rocas.

    El celo y la pasión que Gay mostraba por la historia natural, expresada en su infatigable actividad y dedicación al estudio, no sólo llamaron la atención de los pocos sujetos con interés por las Ciencias Naturales existentes en Santiago sino que también llegaron a conocimiento de las autoridades, en las cuales rondaba la idea de estudiar científicamente el país, una antigua aspiración que no había podido materializarse por falta de una persona idónea para acometer la empresa. Entonces ni siquiera existían mapas medianamente aceptables; poco se sabía de la situación exacta de las ciudades y puntos geográficos de importancia; nadie había estudiado sistemáticamente las especies naturales; y, menos aún, preocupado de las características geológicas o de precisar adecuadamente las condiciones climáticas de los ambientes en que comenzaba a desenvolverse la república.

    En 1830, en los inicios de la república, el gobierno chileno contrató a Claudio Gay. Afortunadamente para Chile, el naturalista no solo cumplió con creces la tarea que se le encomendó: además, con los conocimientos que generó sobre la historia, el territorio y el mundo natural y cultural del país, contribuyó decididamente al proceso de organización republicana, ejercicio de la soberanía y consolidación de la nación. Un elemento decisivo en la determinación que el gobierno tomó, finalmente, fue el trabajo ya adelantado, que demostraba su capacidad como naturalista: en el lapso de un año había podido investigar acerca de la historia natural y la geología de los alrededores de Santiago; describir y pintar la  mayor parte de los objetos relacionados con ellas; preparar un plano de la ciudad capital y cartas geográficas del territorio; analizar las aguas minerales de Apoquindo; recopilar estadísticas del país en casi todas las administraciones y, por último, recorrer parte del litoral central y de la cordillera frente a Santiago.
    De acuerdo con el contrato firmado el 14 de septiembre de 1830, Gay quedó obligado a hacer un viaje científico por todo el territorio de la república, en el término de tres años y medio, con el objeto de investigar la historia natural de Chile, su geografía, geología, estadística, y todo aquello que contribuyera a dar a conocer los productos naturales del país, su industria, comercio y administración.

    Concluidos los trámites administrativos y los preparativos indispensables para emprender el viaje científico, Claudio Gay se  dispuso a acometer la exploración del territorio nacional, empresa que inició por la provincia de Colchagua en diciembre de 1830. Al año siguiente, y a la espera de poder abordar un barco para Europa, donde se dirigía para comprar instrumentos y libros adecuados para su trabajo, exploró los sitios cercanos a Valparaíso, que se extendió hasta mediados de febrero, zarpando hacia Francia el 14 de marzo de 1832.

    En París Gay fue recibido entusiastamente por sus maestros, con  los cuales mantenía contacto epistolar, y frente a quienes, ahora personalmente, desplegó el fruto de su trabajo científico en Chile. El reconocimiento por su labor fue inmediato y se materializó, entre otras medidas, en que el gobierno francés lo distinguió con la Cruz de la Legión de Honor.
    Ya de regreso, en mayo de 1834, y provisto de los instrumentos científicos necesarios para sus trabajos, así como de material para incrementar el gabinete de historia natural, Claudio Gay se trasladó  a Melipilla y Casablanca en junio, para regresar a Santiago y dirigirse a Valdivia en octubre del mismo año, llegando a la bahía de Corral a fines de mes. Allí recorre y explora los sitios aledaños. La siguiente etapa de su viaje lo llevó a la provincia de Coquimbo, instalándose en La Serena en septiembre de 1836. A fines de diciembre del mismo año reinició sus excursiones dirigiéndose hacia Andacollo y a las minas de sus alrededores. Luego emprendió viaje hacia el extremo sur de la provincia de Coquimbo.
    En septiembre de 1837 se dispuso a volver al sur. Durante el mes de enero y parte de febrero de 1838 el sabio francés se dedicó a excursionar en los parajes cordilleranos frente a Santiago. Desde septiembre hasta diciembre de 1838 recorre las provincias del llano central, visitó la costa de Arauco hasta Tirúa, Nacimiento, la cordillera de Nahuelbuta y diversas localidades cercanas.

    La mayor parte de la serie araucana de sus ilustraciones, como  “Juego de chueca”, “Un machitún” y “Araucanos” tiene su origen entonces; aunque también “Pinales de Nahuelbuta”, “Visita al volcán de Antuco”, “Caza a los guanacos”, “Vista de la laguna de la Laja”, “Molino de Puchacay” y “Salto de la Laja”, algunas de las cuales muestran elocuentes escenas del paisaje y la vida natural. Luego de un viaje al Perú iniciado en marzo de 1839, que le significó alejarse poco más de un año y cuyo propósito fue revisar los archivos limeños en busca de documentación relativa a la historia de Chile, se dirigió al norte de Chile en diciembre de 1841. Con esta última excursión, y luego de cuatro o cinco intentos fallidos por llegar a la provincia de Atacama, finalmente Claudio Gay cumplía su íntimo anhelo de “no dejar ningún punto de Chile sin haberlo realmente visitado”, como se lo hizo saber a Ignacio Domeyko en una carta fechada el 8 de diciembre de 1841. Al respecto, no debe olvidarse que en esa época el desierto de Atacama era el límite septentrional del país, y que todavía no se iniciaba el esfuerzo destinado a asegurar la soberanía nacional sobre el estrecho de Magallanes y su entorno.

    Durante sus excursiones, y gracias a haber permanecido sucesivamente en cada una de las provincias, el naturalista recogió la mayor parte de las especies animales y vegetales existentes en el territorio considerado chileno en ese entonces. Preocupación especial mostró siempre por fijar con exactitud la situación de los puntos geográficos, los estudios geológicos,  el levantamiento de la respectiva carta geográfica de la zona visitada, realizar observaciones climáticas, conversar con la gente y observar sus formas de vida, práctica que le sirvió par obtener antecedentes de los hechos históricos e identificar los rasgos propios del pueblo chileno.
    Una vez concluida la etapa de la investigación en terreno, Claudio Gay debía iniciar las tareas destinadas a dar a la prensa el fruto de años de trabajo. En su propuesta explicaba que editaría su obra sobre Chile dividida en varias secciones: la flora, la fauna, la minería y geología, la física terrestre y meteorológica, la estadística, la geografía, la historia y la costumbre y usos de los araucanos. El sabio francés tuvo clara noción de la necesidad de acompañar sus textos de “una gran cantidad de láminas iluminadas”, no sólo de los animales, plantas y restos que el mundo natural le proporcionaría; también, “con láminas de vistas, vestuarios y planos de las principales ciudades”, es decir, con dibujos que ilustrarían la sociedad y sus habitantes.

    Dos grandes volúmenes de ilustraciones conforman el atlas geográfico, científico y de escenas pintorescas de la Historia física y política de Chile, cuyas primeras estampas se publicaron en 1844 y las últimas en 1854. La primera edición del Atlas de la historia física y política de Chile data de 1854. La mayor parte de ellos apareció con sus ilustraciones iluminadas, es decir, coloreadas, aunque también los hubo con láminas en blanco y negro.
    Con las estampas sobrantes de la edición original el naturalista formó ejemplares, muy escasos, que obsequió a algunos de sus más cercanos e íntimos amigos y colaboradores y que llevan por título Album d`un voyage dans la république du Chili par Claude Gay, fechado también en 1854. Luego de estas ediciones, en 1864, realizó una segunda de los tomos I y II, esta vez compuesta casi en su totalidad por ilustraciones en blanco y negro.
    En el que llamó Álbum de un viaje por la república de Chile de ClaudioGay incluyó un número variable de láminas que, en el caso del que fue reproducido en 1982 por Editorial Antártica, alcanzaba a 70 estampas. Muchos de los grabados del Atlas dan cuenta de los hechos, costumbres y modos de vida que habían formado el ir y venir de los chilenos de la época en que Claudio Gay vivió en el país, y que el naturalista viajero apuntó durante sus excursiones. Ellas son producto de las exploraciones, de las experiencias en terreno que pudo conocer, vivir, percibir y, en ocasiones, sufrir.

    Las estampas contienen escenas que representan labores agrícolas y mineras, formas de sociabilidad, manifestaciones de piedad, edificios, espacios públicos, poblaciones, tipos y costumbres populares y vistas de paisajes del territorio. Junto a estas, el Atlas también ofrece ilustraciones de especies vegetales y animales, dibujos del sabio francés para explicar lo que se nombró “la ecología del país, su paisaje, sus flores y sus frutos”. Una serie de mapas de las provincias de Chile, de algunos de sus principales puertos, de sus accidentes geográficos más notorios, y planos de Santiago y de la batalla de Maipú también fueron incluidos. Todos, encabezados por el gran Mapa para la inteligencia de la Historia física y política de Chile.
    Considerando el valor de las estampas, Claudio Gay reúne en su Atlas, y luego en su Álbum, además de las cartas y planos, cuarenta y seis ilustraciones que permiten apreciar el estado de una población particular, la belleza de un paisaje natural o la representación de un hecho significativo para la historia, como por ejemplo un parlamento en la Araucanía o el incendio de Valparaíso. Todas ellas son preciosos testimonios del quehacer de culturas originales, como los restos arqueológicos presentados, o bien de espacios urbanos o hábitat naturales tal vez hoy inexistentes. Pero también de costumbres, modos de ser, hábitos, faenas y tareas campesinas y mineras, medios de transporte, vestidos, diversiones y tipos sociales ya desaparecidos.

    La sola existencia de una obra como la compuesta por Claudio Gay a mediados del siglo XIX muestra la intención de ofrecer una visión amplia de la realidad de Chile. En él se produce la conjunción entre el afán por el estudio de la naturaleza y el de la sociedad; entre la descripción del ambiente natural y la exposición de la realidad social generada por el desarrollo de la humanidad en el territorio chileno.