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  • Civilización y barbarie: Estados Modernos

    Civilización y barbarie: Estados Modernos

    No hay sociedad sin alguna forma de poder político. Si este falta, el grupo se disgrega y acaba desapareciendo. En nuestras sociedades modernas ese poder se encarna en el Estado, que ha crecido de modo extraordinario. Regula y controla casi todos los aspectos de la vida social y emplea a su servicio una ingente cantidad de recursos –materiales y personales–. Dos circunstancias entre otras, la guerra y la revolución, han contribuido de modo decisivo al crecimiento de los Estados modernos.

    Nuestras sociedades occidentales dan la impresión, a primera vista, de funcionar casi solas, sin necesidad de que los agentes del Estado nos coaccionen físicamente. Es así de modo ordinario, pero en última instancia éste se apoya en la fuerza física –ejército, policía, jueces, cárceles–. Lo notamos en cuanto hay cualquier desorden y la policía tiene que reprimir algaradas o manifestaciones.

    Ejercer el poder, de modo especial si es tan grande como el de los Estados modernos, tiene un particular atractivo. En las sociedades anglosajonas este fenómeno es menos acusado, pues hay en ellas una sociedad civil más robusta. En cambio, en sociedades europeas como la española, manda el Estado. Mantenemos con él una peculiar y casi contradictoria relación: nos rebelamos contra su hegemonía y, a la vez, lo esperamos todo de él. Mucha gente joven, que comienza su vida profesional, aspira a trabajar justamente en la función pública. Se da hoy en España una notable desafección hacia la clase política y hacia las instituciones del sistema democrático – partidos políticos, parlamentos, ayuntamientos, etcétera–, pero, a la vez, esos mismos ciudadanos esperan la solución a sus problemas de los políticos que mantienen el aparato estatal, ante el que se postran en actitud reverente. Ya he mencionado antes cómo el Estado se ha “adueñado” de la gestión de ámbitos tan importantes como la sanidad o la educación. El clima de opinión en la Europa continental es básicamente socialdemócrata: la ciudadanía acepta encantada que sea el Estado quien tome el mando, se encuentra muy cómoda bajo esa tutela y parece que al cabo de dos siglos se hubiera olvidado el llamamiento de Kant.

    Por fortuna, la violencia ha desaparecido en buena medida de nuestra vida cotidiana. Generalmente no tenemos la necesidad de salir armados a la calle y, si hay conflictos que lleguen a la confrontación física, los agentes del orden se encargan de resolverlos. Aun así, con inquietante frecuencia hay estallidos de violencia: delincuencia, terrorismo, huelgas y manifestaciones salvajes. Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas. Se pone de manifiesto entonces que el orden social es frágil, que la aparente estabilidad institucional puede esfumarse a las primeras de cambio. También en el orden social adquiere vigencia la ley de la entropía, en virtud de la cual todo sistema físico cerrado está condenado al enfriamiento y al desorden. Mantener el orden, cualquier tipo de orden –en la mesa de trabajo, en el armario, en el jardín, en la sociedad–, exige un notable y constante esfuerzo. Platón ya explicó que todo orden se arranca con esfuerzo al caos primordial.

    Esa presencia de la violencia, siquiera latente, en medio de Estados tan bien organizados constituye un motivo de “escándalo”. ¿Cómo se compagina un grado tan alto de civilización con esa brutalidad salvaje? Ya he aludido antes a la peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Además de la guerra y de la revolución, hay otros factores que explican el prodigioso desarrollo del Estado moderno. Por ejemplo, la ciencia y la tecnología. He descrito antes a la ciencia como el buque insignia de la cultura moderna, como su logro más destacado –junto con la tecnología–.

    Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas.

    La ciencia es, de entrada, una forma de saber, aunque muy distinta del conocimiento intuitivo de la vida cotidiana. Se trata de un saber riguroso, bien fundado, de validez objetiva –quien lo rechaza parece un loco, se autodescalifica–, que se basa en un método específico (hipotético–deductivo y experimental). Pero ya desde el principio de su prodigiosa historia, la ciencia moderna ha sido también poder. “Saber es poder; tanto puedes cuanto sabes”, escribió Francis Bacon, el sistematizador del método científico experimental. Desde que la ciencia moderna empieza su singladura (siglo XVII) y hasta el día de hoy, ese poder, ese talante de dominio y explotación se ha ido aplicando sucesivamente a tres ámbitos. Voy a distinguirlos a efectos de la exposición, pues en la realidad todo se mezcla. En primer lugar, se somete el medio físico, como exigencia de la revolución industrial. La producción masiva de todo tipo de bienes exige la extracción de recursos –minerales, vegetales y animales–, algunos de los cuales no resultan fácilmente renovables. Además, el proceso industrial produce basura y contamina. Esto ya se advirtió desde el comienzo de la revolución industrial, lo denuncia, por ejemplo, el Romanticismo, pero los campeones de la industria tranquilizan a los críticos: “No hay problema; es verdad que las fábricas contaminan, pero la naturaleza es fuerte y puede autoregenerarse”. Sin embargo, desde hace unos años advertimos que esto ya no es así: peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    La Libertad Guiando al Pueblo de Eugène Delacroix.

    Peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    En segundo término, el poder de la ciencia y la tecnología se ejerce sobre el medio social. El moderno ve la sociedad como un artificio, como una convención (contrato social). Si no nos convence la que tenemos, podemos idear diseños alternativos y proponernos llevarlos a la práctica, incluso de modo violento (revolución). La sociedad se concibe como un mecanismo, que podemos desarmar y volver a armar conforme a nuestro designio. Cuando el gobierno de la sociedad se plantea como una técnica, al modo ingenieril, hablamos de tecnocracia. Se trata de trasladar al ámbito social la eficacia mostrada por la tecnología en el campo industrial. El siglo XX nos ha enseñado cómo terminan esos experimentos: en regímenes totalitarios, que han dejado el campo sembrado de millones de cadáveres. La pretensión de instaurar el paraíso en la tierra desemboca fácilmente en el infierno más inhumano. En tercer lugar, el talante dominador afecta a la vida del organismo humano, en el nacimiento y en la muerte. Se trata en todos los casos de imponerse a la espontaneidad natural, que ya no merece ningún respeto. La revolución sexual favorece una práctica promiscua, con la inevitable consecuencia de los embarazos no previstos y a esa indeseable situación se responde con el aborto masivo. Y a la inversa: la infertilidad aumenta y se quiere descendencia a toda costa. Para dar respuesta a esa exigencia –el juego oferta–demanda es consustancial a la economía de mercado– surge toda una industria de la fecundación asistida: in vitro, clonación (como proyecto, de casi imposible realización), útero artificial. En el final de la vida se repite la situación. De una parte, el prejuicio intervencionista, propio de la medicina moderna, lleva al ensañamiento terapéutico. La tecnología y la farmacología ofrecen muchas posibilidades de actuación (y de lucro) que sería absurdo desperdiciar. Al médico le cuesta aceptar su fracaso y asistir pasivamente a la muerte del paciente, siente la imperiosa necesidad de hacer algo. Además, esa fase terminal de la vida constituye un interesante reto científico y permite experimentar en condiciones únicas. Y a la inversa: si el paciente es una carga, bien para el personal sanitario o para la familia, o no termina de morir, se le elimina sin más (eutanasia) o se le persuade para que él mismo se quite de en medio (suicidio asistido). Y siempre, en cada una de esas manifestaciones del control sobre la naturaleza humana, acecha el negocio. Es más, con frecuencia son intereses económicos los que están detrás de proyectos, investigaciones o legislaciones.

    Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    Salta a la vista la conexión de este afán de dominio, posibilitado por la ciencia, con la aparición y consolidación de la cultura de la muerte. El moderno no va a respetar nada, tampoco la vida del no nacido o del enfermo terminal. El “yo quiero” de Nietzsche se convierte en el nuevo imperativo categórico. Lo que se puede hacer, se hará, también cuando implique eliminar vidas. El moderno se propone tomar el mando también sobre la totalidad del proceso evolutivo. Si hasta el momento hemos asistido al despliegue de la “evolución biológica”, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora vamos a entrar en la denominada “evolución cultural”, en la que el propio hombre determinará el rumbo Se habla de enhancement, de condición transhumana, de la simbiosis hombre–máquina (cyborg), de la inmortalidad, de la creación de una nueva modalidad humana. Gran parte de esas pretensiones son quiméricas, pero nos dicen mucho sobre la mentalidad del moderno. Y abren un panorama sombrío. Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    La inquietante presencia de la violencia, latente o manifiesta, en medio de sociedades modernas y refinadas ha reabierto el debate sobre sus causas o raíces. ¿Somos violentos por naturaleza o aprendemos a serlo en sociedad? Tenemos aquí una nueva modalidad de la clásica contraposición entre naturaleza y cultura. Como hemos ido viendo en estas páginas, el moderno se esfuerza por quitar protagonismo o relevancia a la naturaleza para poner en su lugar la propia voluntad.La etología, que estudia el comportamiento animal y lo compara con el humano, habla de raíces biológicas de la violencia, pues cierta dosis de agresividad es útil, casi imprescindible, para la supervivencia de la especie. Tenemos así violencia ligada al territorio, a la jerarquía dentro del grupo, a la sexualidad, a la supervivencia (cadena trófica). Incluso hay una violencia lúdica: los animales juegan, igual que el hombre.

    En el caso del hombre también entran en liza factores culturales, de muy diverso tipo. Enumero algunos, sin ánimo de ser exhaustivo: el cambio social rápido y profundo (los individuos o grupos que no son capaces de adaptarse pueden reaccionar con violencia); la tecnología, (el prodigioso desarrollo del armamento facilita y, en ocasiones, incita a su utilización); el desarrollo urbano (tanta gente hacinada en tan poco espacio da lugar a fricciones); patrones culturales en proceso de cambio, (por ejemplo, el machismo de algunas sociedades tradicionales); la droga (la mayor parte de los delitos cometidos en Occidente tienen que ver con ella); el negocio del sexo (trata de mujeres, pedofilia, pornografía; la asociación de sexo y violencia es clásica); la ideología, (el terrorismo como fenómeno moderno, los totalitarismos); la codicia; el odio; la xenofobia.

    Son muchos los factores capaces de originar comportamientos violentos. Me pregunto si se podría hablar de un factor radical. ¿Qué persigue, en última instancia, el homicida? ¿Qué es lo que hay en juego cuando un hombre mata a otro? He apuntado más arriba que no hay grupo humano sin poder y que la sociedad moderna ha desarrollado mecanismos para la concentración de un poder nunca visto anteriormente (Estado moderno). Pero esos poderes, a pesar de modos de ejercicio de una crueldad inédita, son limitados. El hombre, también el déspota, está sometido a un poder superior:la muerte. Nadie escapa a su jurisdicción. En última instancia, el homicida se asocia a la muerte, al poder supremo. En el límite, puede aspirar a ser el último en morir, lo que no deja de ser un consuelo. El que mata ejerce la suprema soberanía, decide sobre la vida y la muerte de los demás, se coloca por encima del bien y del mal, juega a ser Dios.

    Las autoridades, el personal sanitario, los padres que deciden sobre la vida o la muerte de hijos no nacidos o de enfermos desahuciados participan de ese mismo juego. Sucumben a una fascinación particularmente insidiosa, que es erigirse en juez supremo (esto no impide que intervengan también otras motivaciones: económicas, políticas, de conveniencia personal). Ya lo escribió Hegel: “La obra de la libertad absoluta es la muerte”.

    LA RELIGIÓN TAMBIÉN TIENE ALGO QUE DECIR

    Vengo razonando en términos sociológicos, al margen de cualquier fe religiosa. El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias. Hecha esta salvedad, añado que la religión contribuye a enriquecer la argumentación y el debate. La apertura a la trascendencia ensancha el horizonte y abre nuevas perspectivas.

    Max Horkheimer, marxista y cabeza de la Escuela de Frankfurt, lo intuyó agudamente al escribir: “En última instancia, el argumento decisivo contra el homicidio es de tipo religioso”. ¿Por qué tenemos que respetar al otro? ¿Qué nos impedirá eliminarlo si supone un obstáculo para nuestros intereses? La pertenencia a la común especie humana no garantiza nada (homo homini lupus, en expresión de Hobbes). El hombre ha visto siempre en la vida algo sagrado, de valor eminente. En la tradición occidental eso se ha llamado “dignidad humana”, y tiene una inherente connotación religiosa. La vida humana adquiere un valor absoluto solo si el hombre es imagen del Absoluto.

    Manifestación de 1917 en Rusia.

    Kant ha sido tal vez el autor moderno que con más profundidad ha reflexionado sobre la dignidad humana. Distingue dos tipos de fines, el fin para sí y el fin en sí. El primero caracteriza el egocentrismo puramente animal: cualquier ser vivo es el centro de su mundo y puede referirse a los demás seres en función de su propio bienestar orgánico (por ejemplo, el bebé espera que el mundo atienda sus necesidades orgánicas). Para Kant, el hombre es además fin en sí. Sería inmoral considerar a los demás únicamente como medios, como instrumentos para el logro de nuestros objetivos. Seguramente es inevitable verlos desde esta perspectiva utilitarista, pero hay que procurar mirarlos también como fines en sí. La antropología del siglo XX ha hablado en este sentido de la “posición excéntrica” del hombre (Helmut Plessner): el ser humano puede advertir que hay otros centros, para los que uno mismo es periferia, reconocerlo e incluso ponerse al servicio de los demás (amor). Reflexiones como las de Kant o Plessner son atinadas, pero tal vez se quedan cortas. Los hombres solo pueden considerarse hermanos si comparten un Padre común (la retórica invocación a la fraternidad universal en la Revolución francesa fue de la mano con el genocidio de La Vendée y el recurso a la guillotina). Ver al otro como una amenaza, como un enemigo al que hay que exterminar implica que hemos roto antes el lazo de la fraternidad radical. –¿Soy acaso el guardián de mi hermano?-, responde Caín a Yahvé cuando le pregunta por el paradero de Abel. Platón añade otro elemento a esta reflexión: hay en el hombre un anhelo natural de justicia. La realidad de este mundo enseña que, con demasiada frecuencia, los malos triunfan y los buenos son oprimidos. Es necesario, supone Platón, que al término de esta vida haya un arreglo de cuentas definitivo, en el que unos y otros reciban su merecido. Así argumenta a favor de la inmortalidad del alma.

    El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias.

    Si nos fijamos en Occidente, ya vimos la poca estima por la vida humana que caracteriza a las antiguas culturas, Grecia y Roma incluidas. El cristianismo humanizó las leyes y las costumbres. La práctica de la caridad protegió a los más débiles e indefensos: huérfanos, viudas, enfermos, esclavos. Cuando en el siglo IV el emperador Juliano el Apóstata intenta borrar el cristianismo y recuperar el viejo paganismo, reconoce que el enemigo a batir es la institucionalización de la caridad cristiana, y se propone (sin conseguirlo) hacer algo parecido en términos paganos. En cierto modo, la situación es la misma a día de hoy. Heinrich Böll, premio Nobel de literatura y hombre de izquierda, dijo que prefería vivir en el peor país cristiano antes que en el mejor país pagano. En el primero se podía dar algo por seguro: la misericordia, la compasión hacia los más débiles. En continuidad con esa tradición, los Papas y la Iglesia en general han asumido en nuestro tiempo un destacado protagonismo en la defensa de la vida frente a los embates de la cultura de la muerte. La Iglesia aporta a ese debate su acervo de reflexión teológica y filosófica y su condición de veterana experta en humanidad. A la luz de la situación, no sorprende que los promotores de la muerte hayan visto en la Iglesia a su principal enemiga, de la misma forma que el homicida se enfrenta a Dios. Si el moderno se siente llamado a ocupar el lugar de Dios –el poder que le proporcionan la ciencia y la tecnología así lo autoriza–, deberá procurar con todos los medios a su alcance neutralizar la influencia de la Iglesia (proceso de secularización).

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia.

    Esto puede hacerse “por las buenas”, sin dramatismo, tal como lo formula Feuerbach: “La religión es algo conveniente, pues hace a los hombres pacíficos, benevolentes, solidarios; es uno de los más maravillosos inventos humanos, del cual sería peligroso prescindir. Pero, en definitiva, la religión es un invento: no es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre el que con su genio ha creado a Dios”. Una vez que el moderno ha logrado el adecuado nivel de madurez, ya no necesita esas muletas y Dios y la religión son invitados a hacer mutis por el foro. El tono empleado por Nietzsche es más perentorio: “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”.

    “Guérnica”, inspirada en el bombardeo alemán a esta ciudad en 1937. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia.

    En su versión moderada, este programa apunta a eliminar la presencia pública del hecho religioso y a recluirlo en la esfera privada. En su expresión más radical, el objetivo es la eliminación física de la Iglesia y la implantación del ateísmo. La secuencia que se da en Europa a partir del siglo XVII –deísmo, agnosticismo, ateísmo– permitía suponer que la victoria de la Ilustración sería definitiva y que la religión quedaría completamente extirpada del cuerpo social. No ha sido así. Es evidente que la religión ha perdido vigencia en Occidente, inspira en mucha menor medida que antes, las costumbres, leyes e instituciones. Pero no ha desaparecido, ni mucho menos. El país más moderno del mundo, Estados Unidos, es el que cuenta con una mayor densidad de templos por habitante. Y en otros continentes la religión prospera (Occidente no equivale a la totalidad del mundo, hay que evitar el etnocentrismo). En cambio, quien sí ha entrado en una crisis de grandes dimensiones es la cultura ilustrada. Por tanto, hoy se tiende a revisar “a labaja” la tesis de la secularización como proceso inherente a toda modernización.

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia. Hay un rechazo militante, que encuentra una favorable cobertura en muchos foros y medios de comunicación, y que querría negar a la religión –más en concreto, a la Iglesia católica– el pan y la sal. Son constantes las manifestaciones de esta nueva Kulturkampf: “guerras de los crucifijos”; intentos para borrar el carácter cristiano de fiestas como la Navidad; cambios en la denominación de las vacaciones escolares; supresión de los juramentos en las tomas de posesiones de representantes electos y de Gobiernos; eliminación de cualquier referencia a Dios en constituciones y otros textos legales. Ejemplo reciente y de los más ilustrativos: el intento de suprimir toda mención al cristianismo en el prólogo del fallido proyecto de Constitución europea, para lo que se saltaba directamente de la Grecia clásica a la Ilustración del siglo XVIII al tratar las raíces de la cultura europea. Generalmente son minorías las que plantean estas batallas, pero con gran encono y con notable eco en los medios y en las redes sociales. El enfrentamiento entre las culturas de la vida y de la muerte se lleva también al campo religioso, con una especial virulencia. Encontramos manifestaciones, y no solamente verbales, de auténtico odio. Los enemigos de la vida suelen serlo también de Dios y de la Iglesia. Siquiera implícitamente vienen a reconocer en Dios al autor de la vida y en la Iglesia a su representante cualificado en la tierra, y no soportan que se crucen en su camino para recordarles la vigencia del “no matarás”.

    Es lógico que se produzca esa confrontación. El positivismo jurídico había pretendido independizar el derecho de la moral (vano intento, como ya hemos visto). Cabe ir más allá todavía y preguntarse si es posible en absoluto una moral sin religión. Probablemente, no. La fe religiosa da razón de la estructura y sentido último del mundo y del papel de Dios y del hombre en él. Del dogma deriva la moral: si Dios, el mundo y el hombre son de tal manera, de ahí se deduce el modo correcto de comportarse. Sin el anclaje religioso la moral queda coja. En última instancia, los grandes debates morales acaban teniendo una implicación religiosa, y esto es lo que sucede con la cultura de la muerte, que afecta a aspectos esenciales de la condición humana. ¿Cómo dialogar con alguien que, en virtud de una supuesta libertad absoluta, invoca el derecho a matar a su hijo y, además, con cargo a los presupuestos del Estado? No resulta fácil razonar en ese contexto con un mínimo de serenidad. Los razonamientos abstractos no alcanzan su objetivo. Cabe confiar en que esa persona hará algún día la experiencia del amor verdadero, incondicionado, bien porque amará a alguien o porque se sentirá amada. El amor está íntimamente unido a la auténtica apertura a la realidad, a una actitud que no busca la manipulación interesada. De hecho, en cierto modo son la misma cosa. Al que se sabe querido –y creado– por Dios le resulta más fácil aceptar y querer al otro. En clave cristiana, incluso verá al mismo Cristo en el otro. Jesucristo es nuestro hermano mayor, la cabeza de la humanidad y de la Iglesia, quien revela el ser íntimo del hombre al propio hombre.

    Hay una peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Quien vive así aprende a estar en el mundo de una manera nueva. Hay continuidad entre la relación que tenemos con Dios y la que tenemos con los demás hombres y con la naturaleza. Nos encontramos aquí con una profunda intuición, presente en muchas religiones: la paz con los hombres y con la naturaleza no se pueden separar de la paz, de la armonía con Dios. Podemos hablar así de una ecología integradora, en la que el respeto a la vida encuentra su pleno sentido.

  • Friedrich  Hayek y la Filosofía de la Humildad

    Friedrich Hayek y la Filosofía de la Humildad

    Se recuerdan los debates de Hayek con John Maynard Keynes sobre política monetaria, la teoría de los ciclos de negocios, y su crítica de la planificación central. La mayor contribución de Hayek, sin embargo, es un corto ensayo publicado en 1945: “El Uso del Conocimiento en la Sociedad”. En este ensayo se argumenta a favor de la libertad económica y la economía de mercado, argumentos que continuaría expandiendo y refinando por el resto de su vida.

    Para Hayek las limitaciones del conocimiento humano nos obligan a depender del mercado, ya que el conocimiento sobre las preferencias del consumidor y de los procesos productivos está esparcido por toda la sociedad y es imposible juntarlo sistemáticamente para propósitos de planificación central. Hay demasiada gente con sus correspondientes deseos y necesidades como para manejarlos y procesarlos a través de una autoridad central. Pero ésto se puede resolver con súper computadoras que almacenen y traten la información para efectos de planificación central.

    El problema mayor es que mucho del conocimiento o información económica relevante es tácito y no está expresado. Un granjero puede saber como manejar su granja para obtener mayor productividad, pero no puede explicar sus habilidades de manera que puedan ser entendidas por observadores objetivos para transformarlas en datos útiles para la planificación central. Saber “como” hacer algo, no es equivalente a explicar el “que” se hace. Por eso, los comentaristas deportivos no son eximios atletas o los críticos de teatro, grandes actores.

    La información para efectuar transacciones económicas es insuficiente. Los consumidores no conocen a fondo sus propios deseos ni sus necesidades, ni tampoco los productores sus posibilidades técnicas, sino hasta que se enfrentan a las opciones del mundo real. Hayek sentencia de manera simple para este fenómeno: “lo desconocido no se puede planificar”. Es difícil imaginar desear tener un teléfono móvil, un iPod o un notebook, antes de haberlos visto a la venta por primera vez en alguna vitrina. Por eso sólo la economía de mercado descentralizada puede producir las maravillas tecnológicas que nos rodean hoy, pero no un sistema de planificación central. El mercado es un proceso de descubrimiento y no sólo un sistema de asignación de recursos.

    El terrible desempeño de los sistemas económicos de planificación central al estilo soviético validan las observaciones de Hayek. Las economías enclaustradas de Europa del Este tuvieron logros específicos: conquista militar, exploración del espacio, competencias olímpicas; pero nunca fueron capaces de proveer viviendas decentes, buen transporte o bienes de consumo para su gente. A sus sistemas de planificación siempre les faltó la información necesaria para manejar los multi variados procesos de interpretar necesidades y de producción eficiente de las sociedades avanzadas, así como la capacidad de innovar. ¿Qué invento fuera del fusil AK-47, el resto del mundo estaba dispuesto a comprar?

    Los economistas están de acuerdo que Hayek fue un distinguido economista, pero no leen ni se refieren mucho a su trabajo que no era de índole matemática. De hecho Hayek era muy crítico de los modelos matemáticos que dominan la economía contemporánea. Hayek era un economista en la gran tradición de Adam Smith y de John Stuart Mill . Hayek se distinguió más como filósofo que como economista. En sus últimos trabajos, desarrolló su entendimiento de los procesos de mercado en una teoría más amplia de la sociedad humana. Milton Friedmann pensaba que Hayek “fue el más importante pensador social del siglo XX”.

    Hayek, hacía distinción entre orden elaborado u organización por una parte; y orden emergente o espontáneo, por otra. Las organizaciones, como los departamentos administrativos de gobierno son sistemas estructurados de “arriba a abajo”, con una pirámide de autoridad con el ministro en el tope. Las órdenes de arriba son transmitidas a través de la cadena de mando hacia abajo, de manera que el ministro sea responsable por lo que realiza el departamento en todos su niveles. Las organizaciones formales como departamentos de gobierno, corporaciones, iglesias, hospitales, universidades, etc.; son indispensables para lograr objetivos bien definidos, pero están limitadas por los tacos de información en la cima, con los resultantes cuellos de botella.

    Si la organización es una pirámide de autoridad, el orden espontáneo es una red de interrelaciones. La interacción de los ejecutivos, siguiendo reglas locales producen un orden global. En el caso paradigmático del mercado económico, los individuos persiguiendo obtener ganancias y evitar pérdidas, negocian entre ellos, de donde surgen los precios flotantes para equilibrar oferta y demanda. Nadie tiene ésta a cargo, nadie tiene que decidir cuánto se debe producir o cual será el precio del mercado. Así el mercado evita la pérdida de información que afecta el orden organizacional. Las necesidades y habilidades de cada comprador y vendedor son parte de una red compleja de información. Cuando un huracán interrumpe laextracción de petróleo en el Golfo de México, los precios suben en todo Norte América. Se les avisa a los consumidores de economizar, mientras que los productores en otras zonas sacan inventarios o bombean más petróleo de los pozos. El tráfico automotriz continúa fluido e ininterrumpido sin órdenes del gobierno desde la altura. El conocimiento humano es un orden espontáneo, que no está bajo la autoridad o control de nadie. El lenguaje no fue creado por nadie en particular; es un ejemplo clásico de lo que el filósofo escocés Adam Ferguson llamara “el resultado de la acción humana pero no del diseño humano”. El lenguaje hablado consiste en emitir sonidos de acuerdo a ciertas reglas que entendemos en el sentido tácito de ser capaces de seguir, pero no de explicar lo que son. Los lingüistas pueden descubrir estas reglas a través de su investigación, pero no se necesita ser lingüista para comunicarse a través del lenguaje. Una vez que el lenguaje tiene existencia podemos valernos de las técnicas de organización para mejorar la comunicación. Los lexicógrafos pueden desarrollar listas de palabras, establecer definiciones, y publicar los resultados en diccionarios. Los gramáticos pueden a su vez establecer la reglas del lenguaje y publicarlos en textos de gramática. Pero todos esos esfuerzos son sólo momentos en el tiempo, reflejando el uso del leguaje pero no determinándolo. Con el paso del tiempo, el uso cambia inexorablemente, así que los diccionarios y la gramática deben ser revisados constantemente para seguir siendo útiles. La evolución lingüística se produce en forma espontánea, pero con un alto grado de orden y coherencia.

    Otro ejemplo de orden espontáneo es el “Common Law” (derecho consuetudinario) de los pueblos anglo sajones. El Common Law es el compendio de reglas de conducta que surgen de las decisiones de las Cortes desde la Edad Media. Estas reglas nunca fueron escritas como principios generales en formato legislativo; más bien son reglas inferidas de las decisiones de los jueces en casos particulares. La coherencia de este sistema se deriva del principio de stare decisis (queda decidido), bajo el cual los jueces deben seguir los precedentes legales de decisiones anteriores, apartándose de las mismas sólo si las circunstancias de un nuevo caso, hacen imposible seguir el modelo ya delineado por casos anteriores. Los jueces deciden en forma local casos particulares, aplicando el concepto de justicia como ellos lo interpretan; mientras que las reglas generales de precepto emergen en forma global, a medida que los jueces siguen las decisiones anteriores como precedentes.

    Un tercer y más contemporáneo ejemplo de orden espontáneo es Wikipedia, hoy por hoy la enciclopedia más usada a nivel mundial.. Uno de los fundadores de Wikipedia, Jimmy Wales, ha expresado como fue influenciado por Hayek a través de la lectura de uno de sus ensayos: “El uso del Conocimiento en la Sociedad”. “Uno no puede entender mis ideas acerca de Wikipedia sin entender el mensaje de Hayek”, escribió hace un tiempo, Wales. Wikipedia funciona permitiéndole a quien sea, “postear” artículos sobre el tema de su preferencia, con algunas limitaciones y salvedades con respecto a responsabilidad legal de autor en términos de difamación. Una vez “posteados” los artículos pueden ser revisados y enmendados por cualquier lector. Los empleados de Wikipedia intervienen sólo cuando se producen guerras inflamatorias entre autores con agendas de propaganda política. Todo el proyecto de Wikipedia está apoyado por aportes voluntarios. Wikipedia es una organización en el sentido de que Wales y sus colaboradores tuvieron que crear una entidad legal, diseñar el software y reservar un URL en la Red; pero por otra parte constituye un orden espontáneo en cuanto su funcionamiento cotidiano, tiene que ver con “posteos” y revisiones de un sinnúmero de autores. Fiel a la formula de Hayek, este sitio ayuda a juntar los pedacitos de conocimiento distribuido por el globo en las mentes de millones de seres humanos y en sólo pocos años ha llegado muy cerca de hacer realidad la filosofía programática de Wales de “imaginar un mundo en el cual cada persona en el planeta tenga acceso libre a la suma total del conocimiento humano”

    Para Hayek, la sociedad es una red de órdenes emergentes, la interrelación de los órdenes que ocurren espontáneamente como el lenguaje, la ley de costumbres, tradiciones morales, y el mercado; o en algunos ejemplos específicos como Wikipedia, deliberadamente creada por el ingenio humano. Organizaciones como los ejércitos, las burocracias y las corporaciones también tienen un lugar en este cuadro, pero la sociedad como tal, es un orden espontáneo no una organización. El totalitarismo es un intento de transformar la sociedad en una organización total, manejada por el estado. Mussolini lo expresó mejor que nadie y en forma memorable: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”

    Hayek le da un nombre especial al error intelectual que subyace el impulso totalitario: “constructivismo”. El constructivismo es la falacia intelectual de pensar que el orden social no puede emerger espontáneamente sino que debe ser diseñado a través de la articulación de la razón humana. Los ejemplos abundan: en el socialismo se supone que el estado debe planificar la economía; en el positivismo legal, se supone que el soberano es la única fuente legítima de la ley; y en el cientificismo de Compte, se propone someter la sociedad al control de la autoridad de la tecnocracia. Cuando se le permite al constructivismo hacerse realidad con el impulso y entusiasmo de algunos, el sueño se convierte rápidamente en pesadillas totalitarias.

    La crítica de Hayek de la razón articulada implica la aprobación tácita de la razón implícita. Es el caso con las reglas de conducta que se siguen sin poder explicarlas o siquiera expresarlas; el comportamiento moral siendo un buen ejemplo de esto. Los niños pequeños tienen un sentido innato del yo, expresado en conceptos como “mío y tuyo”, lo cual lleva directamente a discusiones sobre lo que es justo y lo que es justicia. A medida que crecemos aprendemos a tratar a los otros con ecuanimidad en todo tipo de situaciones: compartiendo el alimento con familiares; respetando la fila en la parada de bus; dándole una nota justa a un buen alumno u otorgándole aumentos a los empleados productivos. Es posible y normal, incorporar la virtud de ser justo sin detenerse a ponderar las teorías de la justicia ontológicas o utilitaristas. Lo que importa es actuar correctamente y no teorizar sobre como hacerlo en forma consciente.

    El conocimiento tácito es uno de los grandes temas unificadores de la filosofía de Hayek. Se aplica no sólo a la moral y al lenguaje, que a pesar de ser la base de todo avance humano, lo usamos sin conciencia inmediata de las reglas que lo gobiernan y que le dan coherencia. En suma, la filosofía de Hayek es una filosofía de la humildad, que apunta a lo tácito, lo implícito, lo inconsciente, y desconfía de las supuestas muchas virtudes de la razón articulada y consciente. La importancia del conocimiento tácito es el argumento fundamental en beneficio de la libertad humana: “Lo desconocido no se puede planificar”. Aún el más brillante y erudito de los intelectuales no puede asimilar el conocimiento tácito de los demás. Pero los resultados sociales serían óptimos si a cada persona se le permitiera utilizar el conocimiento que solo él o ella posee con respecto a sus aspiraciones, sus gustos y sus habilidades. Suplantando la decisión individual con planificación puede aparecer superficialmente racional, pero es en verdad irracional porque entorpece el proceso a través del cual la información realmente útil puede utilizarse para el servicio de otros. En el fondo, la defensa de la libertad de Hayek se basa no en una concepción de derechos humanos sino más bien en argumentos sobre utilidad en un mundo de información incompleta e imperfecta.

    Hayek también aborda temas como la libertad individual, el poder de los mercados, los límites del Estado y la sujeción del poder gubernamental a la ley. Hayek se veía a sí mismo como un liberal del siglo XX , no como un conservador. De hecho escribió en su momento un ensayo titulado “Por Que No Soy Conservador”. Pero sus opositores lo tildaron de conservador por la importancia que Hayek le daba a la libertad humana, los derechos de propiedad y a los mercados. Su versión del liberalismo tiene similitudes al conservadurismo dado el énfasis en las limitaciones de la razón humana y la importancia en conservar la sabiduría del pasado incorporada en las costumbres y tradiciones. Muchos liberales clásicos como Jeremy Bentham y John Stuart Mill, eran altamente racionalistas, glorificando la habilidad de la razón humana para entender procesos sociales y mejorarlos a través del diseño consciente de alternativas superiores. Pero Hayek, consciente de la debilidad de la razón, entendía tradición más a la manera de Edmund Burke quien la entendía como un depósito de sabiduría heredada, fruto de la experiencia práctica. Hayek pudo haber sido el autor de las famosas palabras de Burke: “ tememos poner a los hombres a negociar y a vivir sobre la base de su capital individual de razón, porque creemos que ese capital es pequeño y que sería preferible que dependieran del banco y capital de naciones enteras y del pasado ancestral”. La gran amenaza para la sociedad es el intelectual racionalista que pretende arrasar con todo para recomenzar con principios claros y simples en vez de respetar la sabiduría tácita de los ancestros. Tal racionalismo es un “engreimiento fatal”, la presunción de que el hombre pueda diseñar la sociedad en la que va a vivir.

    Típico de los liberales europeos, Hayek no fue un pensador religioso y siempre se consideró agnóstico, pero sí se convenció del valor y aporte positivo de la religión como una manifestación de la tradición. Después de su muerte en 1992, fue sepultado en una ceremonia católica en Viena. El sacerdote que presidiera el entierro dijo de Hayek lo siguiente: “él era alguien siempre en busca de una respuesta al problema de la religión y vivía una batalla interna constante con el concepto de lo que llamamos Dios. Siempre se resistió a un Dios antropomórfico. No quería un Dios que fuera sólo un poco más que un hombre”

    En la piedra sepulcral, traída de los Alpes Tiroleses, donde Hayek amaba pasear y escalar, hay una simple cruz. Quizás esta simple cruz sea un reflejo de lo que el escribiera en su momento: “Me pregunto que si lo que mucha gente quiere decir cuando hablan de Dios no es solo la personificación de la tradición moral y valores que mantienen a sus comunidades vivas”. La importancia de Hayek es ofrecer una base intelectual para las diferentes corrientes del conservadurismo moderno. Para aquellos que desean ver una economía de mercado, ofrece una explicación sofisticada de los derechos de propiedad y el libre intercambio.

    Para los conservadores religiosos, perturbados por la declinación de la religión y la moralidad tradicional, explica la importancia de confiar en la sabiduría heredada. Para los populistas, furiosos por los esquemas reformistas de las elites culturales y sociales, apunta a la importancia del sentido común y a la fragilidad del racionalismo de los intelectuales. Y para aquellos preocupados por las amenazas externas como el comunismo, o más recientemente, el Islamismo radical, ofrece una crítica coherente de todas las formas de teocracia y de totalitarismo.

    Hayek siempre se mantuvo alejado de la política contingente, a sabiendas que era incompatible con su rol de erudito y de filósofo. En 1947 fundó la Sociedad Mont Pelerin, que aún se dedica a difundir la visión liberal de la sociedad libre. Triunfó a través del poder de su pensamiento iluminado. En los 80, sus obra influenció los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su pensamiento renació en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín; sirviendo de inspiración y guía a muchos reformadores de mercado y políticos conservadores. Aún cuando siempre negó ser un conservador, sigue siendo la mejor guía práctica de lo que significa ser conservador en el mundo moderno.

  • La Red Cultural o la inutilidad de una revista

    La Red Cultural o la inutilidad de una revista

    Esta es una revista inútil. Sí, sí, ha leído bien. Es una revista que no sirve para nada, con el agravante de que exige para su lectura una especial concentración, contiene textos arduos que requieren en muchos casos volver a releer algún párrafo, los temas son profundos y de tiempos remotos e incluso se puede encontrar algún texto en latín, todo ello en un mundo marcado por el utilitarismo y el pragmatismo que exalta el valor de lo útil, de lo práctico, en el que triunfan los mensajes cortos, las redes sociales, la abundancia de información, la extensión de la tecnologías, etc. Sí, la revista Red Cultural parece de otra época y me reafirmo en su inutilidad, pero precisamente por eso, (y lo digo otra vez), precisamente por eso, es tremendamente necesaria y no podemos prescindir de ella. No, no podemos.

    La sociedad actual está dominada, es fácil entenderlo,  por el homo aeconomicus (se lo dije, habría latín), por la primacía de lo práctico. Todo el mundo moderno, desde Descartes en adelante, ha ido absolutizando la práxis sobre la theoría (¡uy, ahora en griego, qué barbaridad!) y ha ido transformando al hombre en un dominador de la naturaleza, la cual aparece solo como fuente de beneficio y riqueza. La exaltación de este modo de entender la realidad es alcanzada por Marx al proclamar aquello de que a los filósofos ya no les tocaba contemplar o pensar el mundo, sino transformarlo (vaya que lo transformó el amigo Carlos, al punto que aparecieron realidades nuevas como el Gulag y otras lindezas). En este contexto aquello que no tenga utilidad, que no sea práctico, que no reporte algún beneficio concreto, carece de valor. Leída así la afirmación inicial sobre esta revista, podría hacer pensar que no es valiosa o que podemos prescindir de ella. Pero ya hemos dicho que es precisamente (y lo dije dos veces, con esta tres), todo lo contrario. Expliquémonos (se pone arduo, le aviso): 

    Hablando sobre los bienes humanos, sobre aquellas cosas más convenientes para el hombre, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles (¡qué autores más antiguos que cita este hombre!), afirma que si se considera la razón de bien de forma más elevada y universal, encontramos que puede dividirse el bien en tres tipos. Y esto porque el bien, que es aquello apetecible, es fin de la tendencia del apetito (le advertí que era arduo). De esta manera puede considerarse como bueno, tanto el fin o término del movimiento del apetito, como los medios que permiten conseguirlo. Haciendo la salvedad de que el fin puede considerarse de dos modos: Uno, como aquello a lo que uno se dirige, como puede ser un lugar a una forma; otro, como reposo en aquello a lo que uno se dirige (lea otra vez el párrafo si es necesario). Lo explicamos. Es bueno tanto el vino (si es chileno, mejor y lo he comprobado estando lejos), como el disfrutar de tomárselo. Uno es el término del apetito (vino), otro es el reposo en su posesión (tomárselo). Pues bien, de acuerdo a ello tenemos que lo que es apetecido como medio para conseguir el fin último de la tendencia del apetito, se llama bien útil; y lo que es apetecido como fin último de la tendencia del apetito, se llama bien honesto, porque se llama honesto a aquello que es apetecido por lo que es. Aquello en lo que termina la tendencia del apetito, es decir, la consecución de lo buscado, es el bien deleitable. Bien útil, bien honesto y bien deleitable. El primero es el bien medio, aquel que sirve para otra cosa, aquello que no se quiere por sí mismo, que no está en él la razón de por qué lo queremos, sino que dicha razón está en aquello que el bien útil me da. El medio o instrumento lo amamos solo para poder conseguir lo que verdaderamente amamos, lo honesto. Solo este es lo que vale por sí mismo, lo que no es querido para otra cosa sino por el valor intrínseco que él posee y cuya posesión causa gozo o deleite. 

    Se aprecia entonces claramente que lo útil o práctico, lo que causa o trae algún beneficio, es verdaderamente un bien, pero no el único y exclusivo, ni el más perfecto, sino un bien que tiene su razón y justificación en la posibilidad de conseguir bienes en los que el espíritu humano repose y descanse. Afirmar que si algo no tiene utilidad es algo carente de valor, es olvidar que los bienes humanos no se reducen al mero “bien medio”, que la riqueza de lo humano se nutre y crece sobre todo por lo que vale por sí mismo, por lo honesto, por lo “inútil”, que no vale para otra cosa, porque lo amamos por sí mismo (creo que se entendió, y si no pregúntese a sí mismo “¿para qué sirven mis amigos?”, y descubrirá lo absurdo de la pregunta. ¡Ah! y no intente decir que “sirven” para pasar buenos ratos o que “sirven” porque me alegran la vida, porque estaría absolutizando el bien útil. No sirven, pero son lo más valioso que tenemos). Un claro ejemplo: el poeta ama más la poesía que el lápiz, pero sin este no escribe aquella. El lápiz es útil, la poesía, honesta o también, puede decirse, que es inútil (sí, no se angustie, puede decirse “inútil”). ¿Puede alguien decir que no es valiosa la poesía o que es menos valiosa que un lápiz? No, precisamente porque la queremos por ser poesía, por ser lo que es, es más valiosa y necesaria para el ser humano. La inutilidad de la poesía es la razón de su valor y dignidad. Podemos vivir sin lápices, pero no sin los versos de los poetas, como este de Salinas: “¿Qué hermoso el mundo, qué entero si todo, besos y luces, y gozo, viniese solo de ti!”. (Para entretenerse y descansar: imagine que un volcán entra en erupción en Madrid. ¿Qué intentaría salvar: Una lavadora, un coche Audi A7, un computador, o Las Meninas de Velázquez? Ojo: Las futuras generaciones no le perdonarán lo que haya decidido).   

    En este sentido, y siguiendo con el ejemplo, es doloroso ver como actualmente la gente se preocupa más por tener “lápices” que por “leer poesía”, entregados exclusivamente a acumular dinero y poder, los hombres van secando su espíritu. Es triste ver cómo  triunfan en las televisiones y los medios las nuevas maneras del éxito encarnadas en el emprendedor que ha tenido una genial idea, en el ganador de un reality que lleva 23 ediciones o en la exclusiva copucha que ha sido lanzada para comentario de todos. Es desilusionante ver a las personas preocupadas solo por el “para qué sirve” y no por el ¡qué bello!, y solo porque tienen la mirada fija en lo útil y son incapaces de contemplar lo cotidiano, lo sencillo, la belleza de la naturaleza o del arte.

    Por eso es que proclamamos con orgullo la inutilidad de la Red Cultural, es ella inútil como la poesía es inútil, como la música de Mozart o los diálogos de Platón (le dejo a usted que deduzca que es imprescindible como cada una de las obras señaladas). Es inútil porque no es útil, porque es un bien honesto en el cual se deleita y crece el espíritu humano. Hay en esta Revista verdades que el mundo necesita y le urge mantener. ¿Por qué releer a Chesterton? ¿Por qué adentrarse en los recovecos de la historia del mundo antiguo? ¿Por qué descubrir los anhelos de Alejandro o de Carlomagno? ¿Por qué deleitarse con el mundo de Verdi o de Wagner? ¿Por qué contemplar la belleza de las catedrales góticas o de la pintura chilena? No porque nos sirvan para ser mejores médicos, maestros, abogados, jardineros, vendedores, etc. (por supuesto, con su correspondiente femenino), sino porque en ellos subsisten verdades eternas, bienes sublimes, bellezas ocultas que es preciso volver a poner frente al hombre de hoy para que mantenga su humanidad. Vivir de lo útil únicamente esclaviza y deshumaniza. Piense en una sociedad en la que no se regalen flores, que no haya museos, que no tenga teatros, que no haya conciertos, etc., sería una sociedad en la que seguro que usted no querría vivir. Sobre esto dice Theophile Gautier: “Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores, el mundo no sufriría materialmente. ¿Quién desearía, no obstante, que ya no hubiese flores? Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas, y creo que en el mundo solo un utilitario sería capaz de arrancar un parterre de tulipanes para plantar coles (¡¡yo quiero regalar flores!!).

     Nuccio Ordine, un autor que reflexiona sobre la inutilidad de manera brillante, afirma con contundencia: “Si dejamos morir lo gratuito. Si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida”. Puede ser que leer artículos difíciles de filosofía, arte, historia y literatura, no sirva para nada, pero permite elevar nuestra condición personal, eso que se ha dado en llamar la “dignitas hominis” (otra vez latín). Las humanidades no sirven para nada, simplemente ayudan a vivir con más lucidez y humanidad. Si uno es capaz de distinguir entre una vida lúcida, una vida más humana y una vida estúpida, entonces está en condiciones de entender que hay cosas cuyo valor no estriba en valer para algo (es una frase fuerte pero había que decirlo). De este tipo de valor están provistas las realidades que en el fondo consideramos más valiosas, que son aquellas de las que se ocupa la revista. Por eso, parafraseando a Ionesco me atrevo a sostener que “si es absolutamente necesario que la revista Red Cultural (él dice “arte”) sirva para alguna cosa, yo diré que debe servir para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya”. En efecto, es indispensable que haya realidades inútiles, que sean objeto solo de contemplación y de reflexión, como una conversación con los amigos, que no cambiaríamos por nada aunque de ella no se sigan ningún beneficio práctico y pecuniario (más aún, si se “pierde” tiempo y dinero porque se les hemos pagado la cuenta). La Red es una conversación con “amigos” muy sabios que han pensado y dejado por escrito o pintado o esculpido…, verdaderas maravillas que no nos es posible desconocer. 

    Para terminar, y hablando de amigos, no puedo evitar recordar el proyecto que llevó a cabo, entre 1831 y 1832, Giacomo Leopardi junto a su estimado amigo Antonio Ranieri: se trataba de un periódico semanal llamado Lo Spectatore Fiorentino, que al final nunca vio la luz, pero que en sus primeras páginas declaraba: “Reconocemos con franqueza que nuestro periódico no tendrá ninguna utilidad. En un siglo enteramente dedicado a lo útil, cobra fundamental importancia, llamar la atención sobre lo inútil. Y creemos razonable que en un siglo en el que todos los libros, todos los pedazos de papel impresos, todas las tarjetas de visita son útiles, aparezca finalmente un periódico que hace profesión de ser inútil: porque el hombre tiende a distinguirse de los demás y porque, cuando todo es útil, no queda sino que uno prometa lo inútil para especular”(No es necesario que explicite la comparación con la revista ¿no?).  Por medio de la filosofía de lo inútil, Leopardi no solo busca defender la supervivencia del pensamiento, sino que además pretende reivindicar la importancia de la vida, de la literatura, del amor, de la poesía, de todas las cosas consideradas inútiles. Creo, sinceramente, que la revista que usted tiene entre sus manos es necesaria, hoy más que nunca, por la misma razón, porque estando hecha con el esfuerzo y la pasión de unos amigos y amigas, busca salvaguardar la importancia y el valor de las humanidades, para que los que a ellas se acerquen engrandezcan su propio espíritu. Afirmaba Victor Hugo (el de Los Miserables, sí, ese), que ardiente y apasionadamente quería el pan del obrero, el pan del trabajador, porque es un hermano, pero con la misma fuerza exigía: “quiero, además el pan del pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero multiplicar el pan del espíritu como el pan del cuerpo”. Sí, la Red Cultura es inútil, y por eso, no nos permitirá cocinar mejor la cazuela, pero es tremendamente necesaria porque alimenta el espíritu. Léala que hace bien.