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  • Moscú: Entre la mesura y el imperio

    Moscú: Entre la mesura y el imperio

    Resulta difícil referirse a cualquier tema relacionado con Rusia porque pesa en la opinión pública una mala imagen de ella. La prensa internacional se solaza en destacar los lunares de la vida rusa: los ricos excéntricos, las mafias, el consumismo y los abusos del poder político. Ello parece continuar una larga tradición de desinformación sobre Rusia, que seguramente tuvo su origen en la Guerra Fría ¿Podemos pensar acaso que el gran gasto en armas nucleares de Estados Unidos y de los países de Europa Occidental, no iba acompañado de un gigantesco presupuesto para movilizar a la opinión pública de estos países en contra de Rusia, cuando parecía jugarse la destrucción y peor el aniquilamiento de los adversarios? Mayor es el desafío entonces para los que quieren la verdad sobre la historia y la cultura rusa.

    NUESTRO AMADO MOSCÚ:

    Ante el escenario de ignorancia y desinformación sobre Rusia, se hace necesario recurrir a una autoridad tan destacada como Solzshenitsyn. “Nuestro amado Moscú”: así se refiere este autor a la ciudad capital de la Unión Soviética, al manifestar su pesar por el cambio que ella sufriera después de la Revolución, la misma ciudad que fuera el gran centro de la cultura rusa en el siglo XIX y hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Pero la suya no es una expresión al pasar. Él proporciona suficientes elementos para concluir que este sentimiento de los rusos hacia el antiguo Moscú no estaba fuera de lugar. Dice de las antiguas ciudades rusas, que “eran lugares humanos, amistosos, cómodos, en donde el aire estaba siempre limpio, se cubrían de nieve en el invierno y en primavera se volvían fragantes con el aroma de los jardines que trascendía de los cercos hacia la calle. Casi todas las casas tenían jardín y apenas había casas de más de dos pisos –la altura más agradable para la habitación humana”.
    Orlando Figes, destacado historiador inglés que visitará en Chile en abril, gracias a la Red Cultural, dedica el capítulo “Moscú, Moscú” de su libro “El Baile de Natacha”, a esta ciudad en su época de esplendor, la que terminara abruptamente por las desgraciadas circunstancias del siglo XX. A ella se refiere como “un lugar cálido y amistoso”, “hospitalario y de costumbres relajadas”. Con el respaldo de estos destacados intelectuales es posible abordar Moscú sin aparecer como un excéntrico, alejado de la opinión que prevalece en el mundo. De inmediato hay que hacer una distinción: en Moscú conviven dos ciudades con un espíritu diferente. Por un lado nos encontramos con la ciudad que fuera el emblema de la cultura tradicional rusa y que llegara a poco más de un millón de habitantes al comienzo del siglo XX, ocupando una superficie de un quinto de la actual ciudad. Se desarrolla en forma concéntrica, en torno al Kremlin, que constituye el centro de la ciudad. Por otra parte existe la otra ciudad, la soviética, que incrementará dramáticamente la población, llegando ésta en nuestros días, a 12 millones de habitantes. Esta vasta sección soviética cubre las cuatro quintas partes del área urbana, y se sitúa al exterior de los anillos de la ciudad tradicional. Comencemos por esta última.

    CAPITAL DEL IMPERIO SOVIÉTICO:

    De la ciudad soviética habría que decir que ella no es tan terrorífica como la pintan o como la imaginamos (nuevamente las imágenes que nos han creado). El Moscú soviético es sin duda frío, poco acogedor y sin muchas consideraciones estéticas y urbanísticas, las que por lo demás no parecen haber sido la tónica de las construcciones santiaguinas y de las de muchas ciudades del mundo, a partir de los años treinta y hasta los sesenta. Pero al fin y al cabo Moscú cumplió su misión de entonces al albergar a la enorme población del campo que debió emigrar a esta ciudad, como mano de obra del intenso proceso de industrialización que experimentara Rusia a partir de 1925, y al acoger también a muchos millones de ciudadanos que perdieron sus viviendas en la Guerra Civil y en la Segunda Guerra Mundial. No fue éste un esfuerzo menor del régimen comunista, más aún si se considera que el clima no hace livianas las exigencias para las construcciones en Rusia.
    Resulta fácil descalificar al Moscú Soviético contrastándolo con los barrios más conspicuos de Santiago, pero me temo que la comparación no nos resulte ventajosa si ésta la hacemos con grandes áreas de nuestra capital, que surgieron como solución a los deplorables problemas de vivienda que plagaron a nuestro Santiago del siglo XX . Y aunque no lo imaginemos, Moscú ha sido constantemente una ciudad de muchos parques y árboles, amén de estar rodeada por bosques. Tanto es así que cuenta con diez veces más áreas verdes que Londres, que para nosotros ya representa un estándar casi inalcanzable. Tanta naturaleza próxima permite gozar intensamente la primavera rusa. La “Consagración de la Primavera” o más propiamente traducida, “La Primavera Sagrada”, resulta un nombre muy adecuado para describir esta resurrección maravillosa de la naturaleza después del largo invierno. ¿No será ella una explicación de la fuerte creencia tradicional rusa en la resurrección del hombre? Pero hay que decir que carga el Moscú Soviético con un reflejo de una gran tragedia: el aniquilamiento de la vida y cultura campesinas, pues el campo ruso fue el que soportó el precio de la industrialización forzada por la vía de las requisiciones de sus productos, la colectivización de la agricultura, los precios absurdos otorgados a las cosechas agrícola, y por las deportaciones masivas para los rebeldes o sospechosos de rebeldía.
    Ello significó la muerte de millones de campesinos y la ruina y destrucción de la vida campesina, vida que durante cientos de años fue el origen de la cultura rusa. De este modo, el Moscú soviético como una gran ciudad que emerge como consecuencia de la industrialización forzada y que requiere concentrar grandes masas de población, es una cara de la medalla, siendo la otra cara, la sombría, el asesinato masivo de los campesinos y la extinción de esta fuente maravillosa que originó y alimentó el ser ruso tal como lo conocemos. El gran culpable de este verdadero cataclismo, el régimen comunista, recibió oportunamente su merecido de manos de su misma criatura: no hay duda que las grandes ciudades rusas que emergieron de la industrialización, a su debido tiempo dieron origen a una opinión pública más independiente y menos controlable que la existente en la aldea rural, y, por ende, originaron las fuerzas que en definitiva derrumbaron al régimen comunista.

    LA CIUDAD DE LA MESURA:

    El Moscú de la mesura, “nuestro amado Moscú” de Solzshenitsyn, es el Moscú tradicional, la ciudad que existió hasta la Primera Guerra Mundial, y que hoy día hay que salir a buscar caminando en los alrededores del Kremlin. Es una sorpresa: ciudad de individualidades, fruto de la espontaneidad más que de la planificación, de casas de baja altura, hecha para caminarla, ciudad que no busca la monumentalidad sino que el buen vivir, aquel donde el espíritu humano no se agobia, ciudad que muestra sus raíces campesinas y que no reniega de la naturaleza. Fue esta ciudad la que se convirtió en el centro cultural de las provincias rusas. A poco andar se descubren las numerosas pequeñas iglesias que nos hablan de una intensa religiosidad, y esto a pesar de las que fueron destruidas a partir de la revolución. Son varios cientos de iglesias las que todavía existen y cada vez mejor conservadas, con una concentración que es difícil de encontrar en otras ciudades. Esto hace que en Moscú se pueda tener una experiencia ya prácticamente desaparecida en nuestras ciudades: el tañido de las campanas. Es otro gesto de humildad el de esta ciudad antigua, que en forma frecuente a lo largo del día, invitaba a sus ciudadanos al recogimiento y a no olvidar el deber de honrar a Dios. Nos sorprendemos porque no hemos aquilatado suficientemente la profunda religiosidad que caracterizó a la sociedad rusa de amantes de la Revolución, la sociedad que construyó este “Moscú de la mesura”. Sin que sea contradictorio con lo anterior, sino propio de un mundo bien equilibrado, este Moscú fue tremendamente creativo tanto intelectualmente, como en las artes y los negocios, y fue también un mundo alegre.

    Así, todo resulta bien diferente a lo que nos imaginamos sobre el Moscú pre-revolucionario. Nosotros nos hemos quedado con la imagen del Moscú soviético. Se nos aparece entonces que la misma ciudad en breve período de tiempo, cambió radicalmente. Porque no pueden haber dos estilos de vidas más contradictorios que los que muestran el Moscú tradicional y el Moscú soviético.¡ Para reflexionar sobre las mudanzas de la fortuna de las sociedades humanas! Porque quién habría pensado, en medio del apogeo del Moscú de comienzos del siglo XX, en lo que se convertiría la ciudad y cómo cambiaría su estilo de vida. El Moscú tradicional se conserva gracias a que prácticamente no sufrió por los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial, y ello a pesar que el ejército alemán estuvo en las puertas de Moscú. Habla bien de la capacidad defensiva de Rusia y particularmente de la capacidad de su aviación y de muy buenas defensas antiaéreas. Tanta seguridad sintieron los rusos en su ciudad capital, cuatro meses después del comienzo de la invasión alemana, que el gobierno ruso decidió efectuar el tradicional desfile con el que todos los años se celebraba el aniversario de la revolución, sin que le importara la cercanía de la aviación alemana. A propósito de la guerra, es interesante resaltar la disciplina que se auto impusieron los ciudadanos de Moscú en cuanto a tratar de continuar su vida en forma normal, y particularmente en cuanto a no perder su ánimo festivo, obligándose a celebrar fiestas prácticamente todas las semanas. ¡Cuánto nos dice este gesto de la templanza y del carácter ruso! 

    Hoy Moscú está retomando sus antiguas tradiciones, rescatando su energía cultural y su creatividad. Ello le permitirá, a corto plazo, recuperar una posición expectante en medio de sus pares europeos. No será raro en el futuro cercano que los viajes de turismo a Europa incluyan una visita a Moscú, el que mostrará para entonces, su gran vitalidad. Ya hoy es casi apabullante la oferta de buenos conciertos, ballet, óperas y exhibiciones de arte, además de espectáculos más frívolos. Al constatar las abundantes obras de teatro en cartelera, es una verdadera lástima la limitación que para nosotros los extranjeros impone el desconocimiento del idioma ruso. Así también, en la medida que ha mejorado la capacidad de consumo de los rusos, hoy más o menos equivalente a la de los chilenos, aumenta la oferta de un comercio moderno y muy activo, además de una buena oferta gastronómica y hotelera. Pareciera que comienza a surgir un nuevo Moscú de la mano de la modernidad.

    Pareciera que comienza a surgir un nuevo Moscú de la mano de la modernidad. Lamentablemente la globalización deja sus huellas y eso hace que surjan en esta nueva ciudad, edificios que no difieren mayormente en su estilo, de los occidentales. Habrá que esperar que esto no vaya más allá de un breve encandilamiento después del largo período de reclusión de Rusia. Hay que confiar en las profundas raíces rusas y en la vitalidad de ellas, para asumir que se manifestarán y mantendrán una identidad nacional ¿Veremos en el Moscú del futuro la reaparición de la mesura y del buen vivir? ¿Habrán generado tantos años de sufrimiento y de sacrificios, sólidos cimientos para que perduren las virtudes que caracterizaron al viejo Moscú?

  • La Península de Crimea

    La Península de Crimea

    Su historia y el regreso
    a la Madre Patria

    El 16 de marzo de 2014 casi el 97% de los habitantes de la península de Crimea votaron a favor de la reunificación con Rusia. Dos días más tarde el presidente ruso Vladimir Putin alabó el hecho con un discurso histórico, en el que, según sus palabras el hecho de que la península es parte fundamental de Rusia era algo absolutamente indiscutible. ¿Qué significa Crimea para la nación rusa?, ¿cuáles son los hechos que nos permiten explicar que su población haya deseado tan ardientemente el regreso a la Madre Patria?.

    Crimea ha sido una verdadera obsesión para varias culturas. Desde tiempos remotos, la península de algo más de 26.000 km cuadrados, y ubicada estratégicamente en la costa norte del Mar Negro, ha sido poblada por diferentes pueblos, quienes atraídos por su geografía, su clima, sus recursos terrestres y marítimos han tratado de dominarla.

    Escitas, griegos, bizantinos, godos, hunos y turcos; sólo por nombrar algunos. Sin embargo, fuertes lazos históricos, culturales, militares y económicos la unen a Rusia. Es difícil expresar en toda su magnitud lo que Crimea representa en el sentimiento nacional ruso, pero la noción de una historia común, de un sentimiento nacionalista y de orgullo patrio compartido nos ayudan a hacernos una idea de porqué la península es para Rusia parte de su historia.

    La Tauris griega

    Los primeros vestigios de la historia de Crimea nos remontan a la antigüedad. Sus primeros habitantes se conocen en las fuentes antiguas como los cimerios, quienes se habrían establecido ahí alrededor del siglo XII a.C. fundando Kymeria o Cimeria.

    Siglos más tarde, alrededor del VII a.C., parte del territorio de la península fue ocupado por escitas de origen iranio. Y en la Crimea montañosa de la costa sur se asentaron los taurus, una tribu descendiente de los cimerios. Ambas tribus serían reducidas posteriormente por los ataques de los sármatas, también de origen iranio.

    Los antiguos griegos instalaron sus primeras colonias en la península en el siglo V a.C. y fueron los primeros en llamar a la región Tauris por los indígenas que la habitaban. Las ciudades griegas fueron estableciéndose a lo largo de toda la costa del Mar Negro, una de ellas será el puerto marítimo de Quersoneso, ubicada al sudeste de la península, en las afueras de la actual Sebastopol.

    Tauris, también llamada Táuride o Quersoneso Táurico, es en las antiguas leyendas griegas el lugar al que fue enviada Ifigenia luego de ser rescatada por la diosa Artemisa del sacrificio humano ordenado por Agamenón, su padre. Artemisa convirtió a la joven princesa en sacerdotisa de su templo, con la misión de sacrificar a los extranjeros que llegaran a esa tierra.

    En el siglo II a.C. la parte oriental de Tauris pasó a formar parte del Reino del Bósforo, para luego ser incorporada al Imperio Romano en el siglo I. En época romana comienza a difundirse el cristianismo, dejando importantes huellas. Crimea sería el lugar de sacrificio de San Clemente; quien, según la leyenda, fue deportado al Quersoneso Táurico y muere ahogado en sus aguas. Además, en el lugar predicaron el evangelio los hermanos Cirilo y Metodio, también conocidos como los apóstoles de los eslavos, quien provenientes de Tesalónica en el Imperio bizantino, se convirtieron en siglo IX en misioneros del cristianismo primero en Crimea, y después en la Gran Moravia.

    A lo largo de los siglos posteriores, y hasta el VIII d.C., Crimea fue invadida y ocupada sucesivamente por varios pueblos como godos, hunos, búlgaros y jázaros. Por su parte, la ciudad de Quersoneso quedó desde finales del siglo IV d.C. bajo la influencia del Imperio Bizantino.

    Del dominio del Rus de Kiev al Kanato de Crimea

    En la segunda mitad del siglo X, la zona oriental de Crimea fue conquistada por el príncipe Sviatoslav I de Kiev, pasando a formar parte del principado de la Rus de Kiev, el estado eslavo antiguo que es reivindicado hoy como origen por los estados modernos de Rusia, Bielorusia e Ucrania. Fue una época crucial para la historia de Crimea, en la que los eslavos de la Rus de Kiev comenzaron a habitar poco a poco todo el territorio de la península.

    El Gran Príncipe Vladimir I de Kiev, hijo de Sviatoslav, amplía las conquistas capturando la ciudad bizantina de Quersoneso. En ella, en el año 988 de nuestra era, fue bautizado bajo el rito ortodoxo. De regreso en su patria derribó monumentos paganos e inició la cristianización de los rus de Kiev. Una impresionante catedral ortodoxa rusa fue construida ahí para conmemorar este importante acontecimiento histórico.

    Sin embargo, el dominio de los rus de Kiev entró en decadencia a raíz de las invasiones de los mongoles. Entre 1239 y 1441 la península, salvo el territorio en manos bizantinas, quedó bajo el dominio de la Horda de Oro, el estado mongol que surge tras la ruptura del Imperio Mongol en la década de 1240.

    Después de la destrucción del ejército de la Horda Dorada en manos del  líder militar y político Tamerlán o Timur, serán los tártaros quienes se instalan en la península y fundan ahí el Kanato de Crimea en 1441, un estado tártaro e islámico con capital en la ciudad de Bakhchisaray. El kanato se convierte en protectorado otomano en 1475 y bajo esta protección, por más de trescientos años, controló no sólo la península de Crimea, sino también las costas y los territorios al norte del Mar Negro.

    La conquista rusa:
    una guerra religiosa

    Los antecedentes de la anexión del territorio del Kanato de Crimea al Imperio Ruso en  son múltiples. Desde el deseo de acceder al mar negro, crucial para la defensa militar del imperio en la frontera con el mundo musulmán, y hacer con ello viable su imagen de potencia en el continente europeo; hasta razones religiosas que le permitieron a los rusos reclamar Crimea como un lugar cristiano sagrado. Todas esas razones tomaron un carácter formal durante los años del reinado de Catalina la Grande.

    Como consecuencia de su derrota en la guerra ruso-turca de 1768 a 1774, los turcos se ven obligados a firmar el tratado de Kuchuck Kainarji, por medio del cual deben deponer su soberanía sobre el Kanato y conceder la independencia a los tártaros. Los rusos, por su parte, no ganaron muchos territorios pero si asumieron el derecho de proteger a la población cristiana ortodoxa.

    Los otomanos se mostraron reticentes a aceptar la independencia de Crimea, temiendo que muy pronto sería sometida por los rusos. Y así fue, aprovechando la débil independencia del Kanato, el Imperio Ruso de Catalina la Grande ocupa y anexiona Crimea en 1783 deponiendo a su último Khan, Sagin Giray.

    En opinión del historiador británico Orlando Figes, la anexión rusa de Crimea fue una amarga humillación para los turcos, se trataba del primer territorio musulmán que el Imperio Otomano perdía a manos de los cristianos.

    Catalina la Grande había tenido éxito en su esfuerzo por llevar a Crimea al seno de Rusia, lo que permitió salvar del olvido los vestigios de Quersoneso, cuna de la cristiandad eslava y símbolo sagrado dentro de la historia de Rusia. La antigua Táuride griega será a partir de entonces la Gubernia rusa de Táurida, el lugar en el que Rusia enlaza tanto con el mundo antiguo, como con la civilización helénica de Bizancio.

    En su primer viaje a Crimea, la Emperatriz Catalina definió a la península como una tierra de cuento de hadas de Las Mil y una Noche. De esa manera las tierras tártaras de Crimea pasarán a ocupar un lugar importante en el imaginario ruso, precisamente en el momento en el que Rusia de la mano de escritores, artistas y compositores buscaban la manera de definir el alma y el ser de los rusos.

    La Guerra de Crimea

    La península se verá enfrentada nuevamente a una guerra en 1853. Los afanes expansionistas del zar Nicolás I llevaron a Rusia a enfrentarse en Crimea con una alianza formada por el Imperio Otomano apoyado por el Reino Unido, Francia, y Piamonte-Cerdeña.

    Se trató de una guerra por territorio. Si el Imperio Otomano se derrumbaba, Rusia avanzaría y podría controlar una enorme franja de tierra desde los Balcanes hasta el Golfo Pérsico, de ahí la decisión del Reino Unido y Francia de apoyar a los turcos frente a la amenaza rusa.

    Pero fue además, y nuevamente, una guerra religiosa debido a la creencia cada vez más arraigada en el zar de que se trataba de una cruzada ortodoxa. El destino del Imperio Ruso era cumplir con la misión divina de defender a los cristianos ortodoxos del imperio islámico de los otomanos y llegar incluso a controlar Tierra Santa.

    Así en octubre de 1853 el zar Nicolás I exigió al sultán turco, a través de su emisario el príncipe Ménshikov, que le otorgara la protección de todos los habitantes ortodoxos del Imperio y la capacidad de intervenir en Palestina si la situación lo requería.

    Presionado por la diplomacia británica y francesa, el Sultán Abd-ul-Mejid I rechazó la petición provocando la invasión rusa de posesiones otomanas en el Mar Negro y el posterior desencadenamiento de la guerra.

    Fueron tres años de combates en las costas turcas, el Danubio y en la Península de Crimea que dejaron alrededor 800.000 muertos y episodios míticos como la  Batalla de Balaclava en la que se produjo la tristemente famosa Carga de la Brigada Ligera,  la batalla del río Alma o el asedio de meses al puerto de Sebastopol, ejemplo de coraje, valentía y resistencia del soldado ruso.

    La Guerra de Crimea fue la primera gran guerra industrial, en la que las viejas costumbres caballerescas chocaron con nuevas tecnologías. Se trató también del primer conflicto armado cubierto por periodistas, el primero en ser documentado y fotografiado ampliamente, el primero en emplear el telégrafo y, por cierto, un antecedente de la Primera Guerra Mundial.

    El Tratado de París de 1856 puso fin al conflicto, estableció la desmilitarización del Mar Negro y Rusia perdió sus posesiones en el Danubio y Besarabia lo que supuso un duro revés para la influencia rusa en la región.

    La guerra fue vivida como una terrible humillación para los  rusos, lo que exacerbó los ánimos contra Occidente, pero alimentó el sentido de orgullo nacional en aquellos hombres que lucharon por la defensa de Sebastopol, quienes sentían que sus sacrificios y los motivos cristianos por los que luchaban habían convertido su derrota en una victoria moral.

    La caída de Sebastopol se convirtió en un triunfo nacional y su capacidad de resistencia en un motivo de orgullo patriótico. Como consecuencia de la guerra se produjo un despertar nacional de Rusia que era reflejo de las actitudes heroicas del pueblo ruso durante la Guerra de Crimea .

    El convulso siglo XX

    Durante la Guerra Civil Rusa, y tras la revolución de octubre de 1917, Crimea se convierte en la base del anticomunista Ejército Blanco contra el Ejército Rojo. Sin embargo, tras la victoria de los comunistas en 1921, los bolcheviques anexionaron Crimea estableciéndola como República Autónoma Socialista Soviética de Crimea.

    Durante la Segunda Guerra Mundial Crimea sufrió duramente. En 1941 es invadida y ocupada por el ejército alemán, quienes en diez días alcanzaron Sebastopol. Tras un largo asedio de once meses, la ciudad fue destruida; sin embargo, los encarnizados combates por su defensa mostraron nuevamente la abnegación y el heroísmo de los soldados rusos.

    La reconquista soviética de Crimea se produce a partir de mayo de 1944. Stalin toma la decisión de acusar a los tártaros de Crimea de colaborar con la Alemania nazi, lo que significó la deportación de al menos 200.000 tártaros, permitiéndoseles regresar recién en 1989, bajo el gobierno de Mijail Gorbachov.

    Y será precisamente en Crimea, en la ciudad de Yalta, donde una vez terminada la guerra, en el lujoso Palacio de Livadia donde se celebró la histórica Conferencia de Yalta. En ella, Churchill, Roosevelt y Stalin en representación de las potencias ganadoras definieron cómo se organizaría el mundo después del conflicto, lo que marcará profundamente el curso de la historia hasta nuestros días. En ella se selló la división de Europa y se sentaron las bases de la Guerra Fría.

    Será en 1954 cuando la historia de Crimea tenga nuevamente un vuelco inesperado. El entonces presidente de la Unión Soviética Nikita Kruschev, de origen ucraniano, transfirió la península y convirtió a Crimea en parte de la República Soviética de Ucrania. Para muchos un error e injusticia histórica que debía ser reparada.

    Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991 Crimea se transformará en foco de disputas permanentes entre Rusia y Ucrania. En 1992 el gobierno de Kiev impidió la celebración de un referéndum sobre la independencia de Crimea apoyado por los rusos. Sin embargo, y a modo de concesión, se creó la República Autónoma de Crimea, ampliando sus derechos dentro de Ucrania, pero eso no bastó.

    Años más tarde, Kiev y Moscú firmaron un acuerdo que permitió el establecimiento de la Flota rusa del Mar Negro en la ciudad de Sebastopol. La ciudad, además de formar parte del imaginario ruso por las grandes hazañas heroicas protagonizadas por sus soldados, es de importancia estratégica para Moscú ya que le permite mantener control del Mar Negro y un rápido acceso y presencia naval en el Mar Mediterráneo.

    El regreso a Rusia

    En noviembre del año 2013, Viktor Yanukovich, en ese entonces presidente ucraniano, anunció que su gobierno abandonaría los planes de fortalecer lazos con la Unión Europea y, por el contrario, reafirmaría los vínculos con Rusia. Inmediatamente comenzaron las protestas de la población que anhelaba una Ucrania cada vez más unida a Europa.

    Las protestas y disturbios en Maidan, la plaza central de Kiev, fueron en ascenso. En febrero de 2014 manifestantes mueren en las confrontaciones, pero logran sacar a Yanukovich de la presidencia e instalar un gobierno provisional.

    El gobierno del Kremlin decide intervenir en la política ucraniana, tal vez por temor a que esas manifestaciones pudieran traspasarse eventualmente a Moscú.  A principios de marzo, el Presidente ruso Vladimir Putin envía tropas rusas a ocupar Crimea, había comenzado el plan por llevar de regreso a casa a la Península. Por su parte, el gobierno prorruso de Crimea declara la independencia del territorio y organiza un referéndum sobre su adhesión a Rusia.

    El domingo 16 de marzo, los resultados de ese plebiscito son casi unánimes. La votación demostró la convicción de que Crimea era parte de Rusia. Ni siquiera los grandes cambios del siglo XX, ni los más de veinte años en que fue parte de otra nación lograron alterar esa convicción. La anexión de Crimea fue celebrada tanto en Rusia como en la propia península. Crimea había conservado su alma rusa y deseaba el regreso a la madre patria.

    Según la constitución ucraniana y las leyes internacionales el referéndum fue inconstitucional. De eso, no hay dudas. Hoy ha pasado un año desde esos acontecimientos y a pesar de las presiones y sanciones occidentales en contra de Rusia, la situación sigue siendo la misma; nada ha podido hacerse en contra de esa anexión. Rusia sigue defendiendo la idea de que Crimea es parte fundamental de la nación ya que representa un capítulo en su historia sin el cual no existiría la Rusia actual.