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La vocación militar de O ́Higgins y las principales acciones militares en las que participó

Bernardo O ́ Higgins se sintió atraído por la carrera de las armas cuando se encontraba estudiando en Europa e hizo algunos intentos por ingresar  al ejército y a una academia de navegación, lo que no fue posible debido a su condición de hijo natural. Su formación, entonces, fue bastante espontánea y se produjo a través de su vida y ante los grandes desafíos que tuvo que enfrentar.

Bernardo O ́Higgins, sin saber cuál sería su destino, se sintió atraído por la carrera de las armas cuando se encontraba estudiando en Europa e hizo algunos intentos por ingresar al Ejército y a una academia de navegación, lo que no fue posible  debido a su condición de hijo natural. Su formación como tal, entonces, fue bastante espontánea y se produjo a través de su vida y ante los desafíos que esta le fue colocando.

Su niñez en el campo, tanto en Chillán como en Talca, lo hizo un experto jinete y un conocedor de los secretos de la naturaleza, que lo ayudaría mucho en su quehacer militar futuro. Su estrecho contacto con los mapuches en Chile y con hijos de caciques en su estadía en Lima también le ayudaría mucho en sus tareas futuras relacionadas con la guerra, al conocer de sus tradiciones, juegos y mentalidad. Así aprendió el futuro soldado no solo a hablar el mapudungún, sino también entender que el ideal del joven mapuche era llegar a ser un famoso guerrero. Sus estudios en Chillán, Lima y Londres le abrieron un panorama insospechado al joven. Tuvo acceso a los clásicos, al estudio de la historia, la geografía, idiomas clásicos, al uso de mapas, técnicas de navegación y también a deportes de aplicación militar como la esgrima. De este modo, sin saberlo, el joven  O ́Higgins iba atesorando experiencias que le servirían mucho en su futura vida militar. Es importante recordar que en la época en que vive en Lima pudo observar de cerca las unidades militares acantonadas que servían de sustento al Virreinato. Luego, cuando viaja a Europa, el mundo estaba en guerra y los mares estaban llenos de peligros, infestados de piratas y de acciones de guerra entre Inglaterra, España y Francia.

O ́Higgins intenta regresar a Chile en abril de 1800 en la fragata mercante La Confianza, parte de un convoy de varios navíos españoles que fue objeto de un sorpresivo ataque por buques ingleses. En una carta a su padre relata lo que sería su primera experiencia de combate. “A las tres de la mañana estando durmiendo, me vinieron a despertar dándome noticia que se divisaban algunas velas por la popa; apenas me había medio vestido, cuando nos tiró un cañonazo con bala que nos pasó por encima de la vela mayor haciéndonos muy poco daño”. En otra parte de la carta señala que en menos de diez minutos se les fue encima una fragata inglesa y dos buques más, lo que los obligó a amainar la navegación y enfrentarse a los agresores. Cuenta que los buques rodearon la fragata española y que desde la inglesa se solicitó un parlamento en inglés, haciéndoles ver  que si no aceptaban, la echarían a pique. El joven chileno tomó un altavoz e inició la conversación con el enemigo. Cuenta el joven O ́Higgins que en cubierta solo quedaba el comandante del buque y él; toda la marinería se había refugiado en el depósito de municiones. La fragata española, que no era de guerra, finalmente se rindió. A O ́Higgins le robaron todo lo que tenía y lo desembarcaron en Gibraltar, desde donde se trasladó a pie hacia Algeciras, medio desmayado de hambre, calor y cansancio.

Entre 1802 y 1810 se inicia el período de agricultor de O ́Higgins en “Las Canteras” (Los Ángeles) junto a sus primeras incursiones en el terreno de la política. Los acontecimientos de 1810 lo llevaron a emprender una incesante actividad, que en lo militar se centró en alistar tropas para conformar un ejército que permitiera defender la autonomía alcanzada. Así propone la organización de dos regimientos de milicias de caballería con inquilinos de “Las Canteras” y de los alrededores. El vocal de la nueva Junta de Gobierno, Juan Martínez de Rozas, lo nombra Teniente Coronel de Milicias de la Laja y le confía la segunda comandancia del Regimiento “Lanceros de la Frontera”, movilizado prácticamente con los inquilinos de su hacienda. Esta sería su primera destinación y nombramiento militar. O ́Higgins estaba muy consciente de su falta de preparación militar, sabía perfectamente que sus estudios, su habilidad como jinete, sus experiencias en Europa y su primera acción de combate en el mar, como su reciente nombramiento de comandante de milicias, no eran suficientes para poder liderar una fuerza militar. De allí, entonces, que buscó consejo en uno de los militares más distinguidos y preparados de la época, también de origen irlandés, que vivía en Chile, el coronel Juan Mackenna O ́Reilly. A través de las cartas que intercambiaron se pueden conocer las inquietudes del alumno y los sabios consejos del profesor.

Es impresionante este rasgo de humildad de O ́Higgins, que abre su corazón al nuevo maestro. Los consejos no tardan en llegar. Mackenna lo alerta ante la  vanidad y la presunción de los uniformes y las charreteras, las que no bastan para mandar un regimiento. Agrega que la preparación de los oficiales es fundamental, como lo pudo comprobar en las campañas en las que participó contra los franceses en 1793, 1794 y 1795, donde tuvo empleos de estado mayor que lo pusieron en condiciones favorables para juzgar tanto a los soldados como a los oficiales. Por lo tanto, insistía Mackenna, no bastaba el talento, sino que el estudio y el entrenamiento se consideraban fundamentales. De allí lo importante de conocer el terreno y de descubrir los secretos del adversario. Le insiste que el espíritu de trabajo es una de las cualidades más indispensables para ser un buen general. Le recuerda el gran ejemplo de su padre en cuanto a su honradez inflexible, el trabajo infatigable y la firmeza inconmovible, y le comenta que estudiando la vida de don Ambrosio encontrará en ella las lecciones militares más útiles y apropiadas a su situación presente, al tener siempre delante de sus ojos su brillante ejemplo. Puede afirmarse, entonces, que la vocación militar del prócer nace como una necesidad para poder cumplir su sueño de ver a Chile libre e independiente.

La llegada de José Miguel Carrera a Chile generó una serie de insurrecciones que afectaron las relaciones entre la capital y Concepción. La rivalidad siguió creciendo, motivando un alzamiento de la oficialidad del Batallón de Infantería de la Frontera en Concepción, firmándose un acta en contra de la autoridad de Santiago. Ante ello, Santiago envió tropas para controlar la situación en marzo de 1812. La reacción de dicha provincia no se hizo esperar, nombrándose Teniente Coronel de Ejército a Bernardo O’Higgins, con la misión de recolectar fondos para el pago de las tropas y otras necesidades, junto con disponerse importantes aprestos militares en toda la zona. O ́ Higgins fue nombrado comandante de un batallón. En pocos días reunió cerca de dos mil hombres, la tensión continuó y las tropas de ambos bandos se acercaron a las riberas del río Maule. O ́ Higgins, desde Los Ángeles, le escribe a su madre a Las Canteras: “Acabo de llegar de Concepción con Don Juan de Dios Mendiburu. Venimos a acuartelar en esta plaza nuestros regimientos”. En la misma carta le detalla los movimientos de tropas desde Concepción y Santiago, y agrega: “Los coligues, que encargué a usted para lanzas, espero ya estarán cortados y si no lo están que se hagan cortar con la mayor brevedad”.

Desilusionado por las intrigas políticas, O ́Higgins se retira a su hacienda para dedicarse de lleno a sus actividades agrícolas. Pasan algunos meses y a fines de marzo de 1813 el territorio es invadido por un ejército realista al mando del brigadier Antonio Pareja, que logra que Concepción y Los Ángeles se plieguen a sus fuerzas. O ́Higgins se traslada rápidamente al norte, colocándose a disposición de Carrera, que ya se encontraba en Talca para enfrentar a los realistas. Se presenta como voluntario y se le encarga la misión de detener un escuadrón realista que había ocupado Linares. Con trece dragones, nueve húsares y treinta y seis soldados, rodea al enemigo, consiguiendo apresar a su comandante y a sus soldados. En el parte que da cuenta, relata: “Es pues de más explicar el entusiasmo, espíritu y valor con que esta división avanzó al enemigo con el mayor orden gritando “Viva la Patria, Viva la Libertad””. Por esta acción, O ́Higgins fue ascendido a Coronel de Ejército en abril de 1813. Las fuerzas realistas continuaron su avance hacia el norte, refugiándose en Chillán, ciudad que establecieron como base de operaciones. O ́Higgins participa entonces en el hostigamiento a estas fuerzas al mando de dos brigadas de caballería. Los realistas se defienden en San Carlos y el nuevo coronel muestra su arrojo en combate frente al enemigo.

Se le encarga entonces recuperar Los Ángeles, actividad que cumple a la cabeza de sus hombres. Se presentó en medio de los Dragones realistas y dando su conocido grito de “¡Viva la Patria!”, los convenció para que se pusieran a su servicio. Sea por efecto natural de la sorpresa o por adhesión al caudillo patriota, los Dragones comenzaron a gritar “¡Viva el Coronel O ́Higgins!”. Los realistas, ante la caída del fuerte el 27 de mayo de 1813, se ensañaron con la hacienda de “Las Canteras”, destruyendo sus siembras y apoderándose de sus animales. Los combates se suceden en el sitio de Chillán y luego en el vado de El Roble, en el río Itata, donde los patriotas son sorprendidos, causando un grave desorden. Pero gracias a la serenidad y rapidez del coronel O ́Higgins, el desorden se transformó en una enérgica reacción. Reunió doscientos soldados, los que concentró protegiendo la artillería. A continuación, contestó el fuego del enemigo, que trataba de desalojar a la infantería de sus posiciones. Se produjo así un reñido combate por espacio de más de una hora. Impacientado el coronel al comprobar que los realistas no cedían, tomó el fusil de un soldado que había caído muerto a su lado y levantándolo en alto, gritó a sus tropas: “O vivir con honor o morir con gloria. ¡El que sea valiente, sígame!”. Sus soldados lo siguieron con su bayoneta calada y al grito de “Viva la Patria” cargaron contra el enemigo, produciéndoles una completa derrota. O ́Higgins recibió una herida de bala en una pierna, siendo vendado por su ayudante, el teniente José María de la Cruz. El enemigo dejó más de ochenta muertos, diecisiete prisioneros, dos cañones, ciento treinta y dos fusiles y cuantiosas municiones.

Su valerosa actitud y los errores cometidos por Carrera en el mando del Ejército hicieron que la Junta de Gobierno, en noviembre de 1813, designara un nuevo General en Jefe, alta responsabilidad que recayó sobre el coronel O ́Higgins. El decreto de su designación resumía el alto prestigio del joven oficial que contaba treinta y cinco años de edad. Se señalaba que era necesario colocar al frente del Ejército que debía decidir la suerte de la patria y formar su futura felicidad, un oficial de valor y mérito, y hallándose estas cualidades reunidas en él, se le nombraba General en Jefe del Ejército Restaurador.

El desembarco de una segunda expedición realista en enero de 1814 agregó preocupaciones al nuevo General en Jefe, escaso de tropas y sin comunicaciones marítimas debido al bloqueo de Talcahuano. Después de un rápido avance, los realistas ocuparon Talca y O ́Higgins, con dos mil quinientos hombres, avanzó desde el sur para enfrentar al enemigo en los combates de Quilo y Membrillar. Las negociaciones detuvieron las operaciones, pero generaron grandes tensiones entre los patriotas, especialmente por el accionar de los hermanos Carrera desde la capital, que  habían apresado al coronel Mackenna y al Director Supremo. O ́Higgins decidió marchar al norte para enfrentar a los sublevados, encuentro que se produjo en el combate de Tres Acequias el 26 de agosto de 1814, que le fue desfavorable y lo obligó a retirarse al sur con sus tropas. Simultáneamente a estas acciones, los realistas desembarcaban una nueva expedición al mando del coronel Mariano Osorio. Ante esta inminente amenaza, O ́Higgins determinó que no era el momento de competencias y discordias y que debía buscarse un arreglo inmediato y definitivo a las dificultades pendientes, reuniendo las fuerzas de la patria para salvarla de la crisis que venía.

Las fuerzas realistas se acercaban peligrosamente a la capital y O ́Higgins, con fecha 14 de septiembre de 1814, le escribía a Carrera que si el enemigo tomaba Rancagua preveía la infeliz suerte de Chile. Carrera aceptó la defensa en Rancagua y el coronel fortificó con los escasos medios disponibles la ciudad, preparando trincheras en las cuatro entradas de la plaza. Con fecha 1 de octubre, Osorio iniciaba el ataque contra Rancagua casi con el triple de las fuerzas patriotas y con dieciséis cañones. O’Higgins dirigió inicialmente las acciones contra el fuerte ataque desde la torre de la iglesia de La Merced, luego montó su caballo y al galope recorrió las trincheras infundiendo valor a sus soldados. Más tarde decidió abandonar la plaza y no rendirse. Así, al frente de sus soldados se abrió paso a través de las filas realistas rompiendo el cerco y salvando a parte de sus hombres, con los que se dirige a Santiago. Fueron cuatro años intensos los de la Patria Vieja para el O ́Higgins soldado, que de Teniente Coronel de Milicias alcanzaba el alto rango de General en Jefe. La valentía y arrojo mostrada en las acciones reseñadas le generó un alto prestigio y, por sobre todo, el respeto y la admiración de sus tropas. Terminadas estas acciones se dirigió a Mendoza, donde fue recibido por el coronel San Martín, que le encargó organizar a los soldados llegados desde Chile.

Su estada en Buenos Aires y en Mendoza fue plena de actividades, preparando con San Martin la invasión a Chile. En su archivo se ha encontrado el Plan que propone al Gobierno argentino para liberar su patria, que titula: “Plan de Campaña para atacar, destruir y exterminar a los tiranos usurpadores de Chile”. O ́Higgins describe con gran conocimiento los detalles geográficos y también el despliegue realista, lo que muestra un detallado trabajo de inteligencia. Sobre esa base propone la invasión con cuatro divisiones: la primera por el sector de Antuco, para conquistar la costa de Arauco; la segunda para atravesar por el boquete de río Claro con la mayor parte de las fuerzas para ocupar Curicó y amenazar la capital; la tercera por el norte por la cordillera de Colanqui para ocupar Coquimbo, y la cuarta embarcada en  una flotilla para desembarcar en las islas Mocha y Santa María para amagar Concepción ocupando la desembocadura del río Carampangue. Insiste en mantener permanentemente una parla con los caciques pehuenches y abajinos para lograr alianza con ellos y luego, a través del bloqueo de los puertos de Talcahuano y Valparaíso, aislar Valdivia y Chiloé. Como puede verse.

A partir de septiembre de 1816 se traslada junto al Ejército de Los Andes al campamento de Plumerillo, a cuatro kilómetros y medio al norte de Mendoza. Allí, los ejercicios fueron intensos y desarrollados en largas y exigentes jornadas. El brigadier O ́Higgins fue designado como comandante de la Segunda División, unidad que debería cruzar la cordillera en el esfuerzo del centro por el Paso de los Patos, simultáneamente con las columnas que lo harían por el norte y el sur. La Segunda División inició su marcha el 19 de enero, cruzando la cordillera a una altura de tres mil seiscientos metros con fecha dos de febrero, después de un desplazamiento de más de doscientos cincuenta kilómetros. O ́ Higgins alcanzó Putaendo, luego San Felipe y el día 11 de febrero de 1817 al anochecer San Martín ordenó el avance de sus tropas a Chacabuco. Al mando de O ́Higgins marchaban el Batallón de Infantería No 7 y el No 8, más dos cañones y dos escuadrones de Granaderos a Caballo, que avanzarían por la cuesta vieja, el camino más corto y accidentado, para alcanzar Chacabuco, mientras la Primera División, al mando del brigadier Estanislao Soler, lo haría por la cuesta nueva para caer a la espalda de las fuerzas que defendían la entrada a la capital.

El parte de la batalla que remite el general San Martín retrata claramente la decidida actuación del comandante de la Segunda División señalando: “La resistencia que nos opuso el enemigo fue vigorosa y tenaz; se empeñó desde luego un fuego horroroso y nos disputaron por más de una hora la victoria con el mayor tesón. Verdad que en este punto se hallaban 1.500 infantes escogidos, que eran la flor de su ejército, y que se veían sostenidas por un cuerpo de caballería respetable. El bravo brigadier O ́ Higgins reúne los batallones 7 y 8, al mando de los comandantes Cramer y Conde, forma columnas cerradas de ataque, y con el 7 a la cabeza carga a la bayoneta sobre la izquierda enemiga. –Continua más adelante–… sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O’ Higgins la expedición no habría tenido resultados tan decisivos. Les estoy muy reconocido”.

Años más tarde, el propio O ́Higgins, ante las acusaciones recibidas por su comportamiento temerario en dicha batalla, señaló: “Ellos ignoran el juramento que hice durante treinta y seis horas de combate en Rancagua, ellos no sabían que los clamores y ruegos que diariamente ofrecía a los cielos desde aquel aciago día hasta el 12 de febrero de 1817….y si mis acusadores hubiesen conocido estas cosas y experimentado sus tormentos, entonces habrían comprendido mis sentimientos de ponerme a la cabeza de mi brava infantería y usando de mis voces del Roble y Rancagua, cuando exclamé “Soldados , vivir con honor o morir con gloria, el valiente siga mi marcha, columnas a la carga”. El enemigo seguía presente en Chile, se reorganizaba en el sur y pronto le llegarían refuerzos desde Lima y España. Había que evitar la resistencia y para ello se requería un nuevo Ejército, tarea a la que se aplicó con tesón el Director Supremo, colocándose al mando de las unidades apenas se pudo, para liderar personalmente las acciones. Así se crearon las primeras unidades de infantería, artillería y caballería, y la Academia Militar para la instrucción de oficiales, sargentos y cabos con los conocimientos necesarios para las maniobras de batallón y escuadrón.

A partir del 16 de abril de 1817 entregó el mando político y se dirigió a Concepción con una división de refuerzo, asumiendo el mando de las operaciones. Asaltó sin éxito las fortificaciones de Talcahuano en  diciembre del mismo año. Santiago recibía con estupor el fracaso de dicha acción y conocía del desembarco de refuerzos importantes de los españoles al mando de Mariano Osorio. Los patriotas decidieron replegarse hacia el Maule desde Concepción, junto a cientos de familias que emigraron hacia el norte. Se dispuso la política de la tierra arrasada. Una audaz maniobra de Osorio sorprendió a los patriotas la noche del 19 de marzo de 1818, en Cancha Rayada a las afueras de Talca. O ́Higgins resistió con valor, el caballo que montaba cayó de un balazo mientras su jinete recibía otro en su brazo derecho. Los patriotas se dispersaron en una confusa retirada hacia el norte. El brigadier chileno, desoyendo las advertencias de los médicos, galopó toda la noche hasta Rancagua. Ya en Santiago, su actividad no decreció en ningún momento, porque había que preparar la capital para la defensa y dispuso con claridad las medidas convenientes. El Ejército logró reconstituirse después del desastre relatado y se encontró preparado para enfrentar a Osorio y sus tropas en el llano de Maipú.

La participación de O ́ Higgins en este destacado triunfo de las armas patriotas fue escasa; sin embargo, pese a su herida, se presentaría con refuerzos al término de ella. El 5 de abril, el día de la batalla de Maipú,  estaba postrado en cama debido a la febril actividad desarrollada el día anterior. Pero así y todo se puso al mando de las tropas con que contaba, quienes a pesar de su discutible valor combativo, se veían animosos. Antes de partir, los arengó, infundiéndoles el espíritu  necesario: “Pertenezco a vuestro cuerpo y moriré a vuestra cabeza”. Con esta batalla, la historia de Chile daba un giro y su Director Supremo dejaba la primera línea de combate para organizar tantos  detalles de la república independiente y continuar con el esfuerzo de conseguir la libertad de América del yugo español. Su figura  estaba en la mente y el corazón de sus soldados.

Las ideas estratégicas que habían iluminado la reconquista de Chile seguían vigentes y muy claras en la mente del Director Supremo de Chile, y lleno de entusiasmo, escribió a San  Martín en mayo de 1819: “Véngase usted, pues, aquí lo dispondremos todo y llevaremos la guerra al Perú”. Y así fue, después de un largo proceso, O ́Higgins y San Martín pasarían revista a las tropas que participarían en la expedición. Una escuadra de siete buques armados con doscientos treinta y tres cañones, más una fuerza expedicionaria de cuatro mil efectivos llevarían la expedición a las costas peruana, bajo el mando de Lord Cochrane.

En 1823, abdicaba al poder y partía al Perú. Simón Bolívar llegaba del norte a ponerse al frente de los ejércitos patriotas que combatían a las fuerzas realistas distribuidas aun en territorio peruano. O ́Higgins hizo gestiones para ingresar al Ejército, las que no tuvieron éxito. En las vísperas de la batalla de Ayacucho, O ́Higgins ardiendo de impaciencia no esperó más y se lanzó a la sierra peruana a plegarse al Ejército Libertador. Fue un largo e infructuoso viaje entre el 9 de Julio y el 6 de noviembre de 1824. Desconfianzas y recelos de parte de Bolívar impidieron que el general chileno tomara parte efectiva en las acciones de guerra de ese año. El general O ́Higgins falleció en Lima en 1842, añorando su regreso al país. En su tumba en Lima una hermosa inscripción rezaba: “Aquí yace esperando la resurrección de la carne el Excmo. Señor D. Bernardo O ́Higgins, Director Supremo y Capitán Jeneral de la República de Chile, su patria; Brigadier en la de Buenos Aires y Gran Mariscal del Perú. Ilustró tan altos cargos con virtudes católicas, militares y políticas; superior en la vida a la felicidad y desgracia, murió en la serenidad del justo el 24 de octubre de 1842; llorado por los pobres, amado y admirado por los que en tres repúblicas vieron los esfuerzos por la independencia y libertad de América”.

Su legado como soldado a las nuevas generaciones:

El relato que antecede no deja de producir una serie de sentimientos profundos al conocer los detalles de su formación militar, al compartir con él las vicisitudes que vivió en los combates en los que participó. Admirar su trabajo conjunto con San Martín, combatir con él en Chacabuco y Cancha Rayada, entender su labor como organizador del nuevo Ejército y del poder naval chileno, y comprender su enorme labor en la organización de la Expedición Libertadora al Perú.

La figura de O ́Higgins como soldado obliga a reflexionar sobre los valores que un buen comandante, un buen líder de cualquier nivel debe tener. Su ejemplo no es solo para los militares, sino para todos los ciudadanos. El amor a la patria sobre los intereses personales, el estar siempre junto a los suyos, el predicar con el ejemplo, liderando la consecución de los objetivos, el resolver las necesidades de sus subalternos, el demostrar austeridad en las costumbres y acciones, la defensa de sus convicciones y el arriesgar la vida si es necesario para conseguir lo más sagrado del hombre: su libertad.

La imagen de su estadía en Perú permanece, ya no tiene ni uniforme, ni grado, ni espada, pero no vacila en colocarse en primera fila para luchar por la Independencia de América. El desarrollo de Chile y su futuro están en su mente hasta el último hálito de su vida. Fue un soldado convencido de su causa, la que abrazó con vocación, devoción, convicción y pasión. En la retina queda fija su figura rígida vestida con sotana franciscana, pero debajo de ella su quepis y su guerrera, símbolos de su entrega por ideales superiores.

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