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  • La conquista de la luz – Exposición retrospectiva de Alberto Valenzuela Llanos

    La conquista de la luz – Exposición retrospectiva de Alberto Valenzuela Llanos

    Así como Eric Hobsbawm postula que el siglo XIX finaliza con la Primera Guerra Mundial, podríamos sostener que la historia de la pintura chilena del siglo XIX se extiende aún más en el siglo XX, hasta 1925, cuando fallece Alberto Valenzuela Llanos y una nueva generación de artistas de vanguardia comienza a posicionarse en la escena nacional en el Primer Salón de Arte Libre. Antes de esa fecha, las fuerzas que revolucionaban la forma de concebir y ejercer la pintura en Occidente no se habían hecho sentir en el país, pero los esfuerzos de difusión de Juan Emar en sus “Notas de Arte” del diario La Nación, la obra de Vicente Huidobro y el trabajo del Grupo Montparnasse, con Luis Vargas Rosas, Henriette Petit, Camilo Mori y Julio Ortiz de Zárate, fueron creando las condiciones para que se iniciara la transformación de la escena artística local. Además, el año 25 marca también un hito en la historia política del país, con la proclamación de una nueva constitución. El régimen parlamentarista que rigió en Chile tras la guerra civil de 1891 llegaba a su fin y con él, la hegemonía ejercida por la “fronda aristocrática” en todos los ámbitos del país, incluidas las artes.

    Alberto Valenzuela Llanos fue el pintor chileno que alcanzó el mayor reconocimiento internacional entre los artistas chilenos de su época. La institucionalidad artística de Francia, la entonces capital cultural del mundo, le otorgó un segundo premio en el Salón de París de 1913 y tuvo votos para el primer premio en varios salones posteriores. Fue nombrado Caballero de la Legión de Honor y miembro de la Sociedad de Artistas Franceses (que otorgaba solo un cupo para cada país extranjero) y tuvo dos exposiciones individuales, en la Galerie Allard (1922) y en la Galerie George Petit (1924). Asimismo, tuvo una exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Madrid (1925) y en las salas de Retiro en Buenos Aires (1925). Ninguno de los otros tres artistas chilenos considerados como “maestros fundadores”, Pedro Lira, Alfredo Valenzuela Puelma y Juan Francisco González, tuvieron reconocimiento semejante.

    En tanto, Valenzuela Llanos contaba con los contactos adecuados para llevar adelante sus proyectos. Fernand Cormon y Fernando Álvarez de Sotomayor fueron los gestores de sus dos últimas exposiciones en París y Madrid, respectivamente, que gozaron del aplauso de la oficialidad artística y el público. En momentos en que la lucha entre fauves y pompiers se volvía cada vez más intensa, Valenzuela Llanos recibía la consagración final por parte de una institucionalidad que decaía ostensiblemente. Su amigo Julio Fossa Calderón le advertía del ambiente enrarecido que se vivía en París por esos años: “Respecto al Salón de Otoño, he aquí lo que pasa: A los socios y exponentes des Artistes Français no les está prohibido exponer allí, pero no conozco ninguno que exponga porque moralmente se sienten no estar allí en su sitio. Ud. sabe que aparte de un reducido número que encabeza ese Salón, el resto son de tendencias opuestas a la sana tradición conservada por los Artistes Français, que les han dado el nombre de fauves y estos en revancha llaman a los exponentes de los Artistes Français, pompiers, de suerte que di su contraorden a Mme. Lamorelle de no exponer su cuadro “Le torrent” y conservarlo para la exposición de Georges Petit” (Díaz: 268).

    Pero él, coherente con su carácter templado y poco beligerante, no se refugió en ninguna trinchera. Se limitó a seguir desarrollando su lenguaje pictórico, ajeno al fervor de la batalla. Supo equilibrar las distintas tendencias pictóricas que se sucedieron durante la segunda mitad del siglo XIX, sin adherir estrictamente a ninguna de ellas. De ahí la impresión de consistencia y continuidad que refleja su obra, sin sobresaltos ni quiebres repentinos. Pero el cambio de paradigma estético e ideológico que supusieron las vanguardias históricas europeas hicieron imposible el tránsito de Valenzuela Llanos hasta esos nuevos derroteros. Por cierto que miraba con temor los ánimos iconoclastas, en la medida en que se proponían acabar con todo lo que él creía, pero estaba consciente en que solo su obra podría hablar por él. De nada servía sumarse a las críticas destempladas que unos y otros se prodigaban en la prensa, y nunca tuvo el menor interés por buscar prosélitos que defendieran su legado. De manera silenciosa y abnegada continuó pintando hasta el último de sus días. Y con él murió uno de los mejores paisajistas chilenos del siglo XIX.

    Cuando se cumplieron 10 años de su muerte, se celebró una exposición retrospectiva de su obra en la Escuela de Bellas Artes. Augusto d ́Halmar, quien había regresado al país el año anterior, pudo asistir a la exposición y resaltó el contraste que se apreciaba entre la obra de Valenzuela Llanos y la exaltación ambiente: “Una tapicería de tonos sordos o quién sabe sofocados por un gusto enemigo de estridencias, amigo de la sobriedad y la distinción. ¡Se sabe siquiera lo que esto significa! En tierras detonantes, en medios estridentes, un artista se expresa en justa sordina y establece como una trasposición a diapasones más bajos y discretos, a masas dominantes y envolventes, a prescindencia de detalles y de recursos, fundiendo el todo y confundiéndolo en un todo” (d ́Halmar: 146).

    Es relevante el testimonio de d ́Halmar porque, al igual que Juan Francisco González, pudieron transitar entre dos épocas y fueron receptivos a las nuevas corrientes. Y así como se conmueve ante la  exposición retrospectiva de Valenzuela Llanos y rescata su valor, difunde y promueve la obra de Camilo Mori y otros autores contemporáneos. Las exposiciones individuales de Valenzuela Llanos fueron poco a poco espaciándose (1948, 1961, 1966), para luego solo ser incorporado en exposiciones colectivas junto a sus contemporáneos, como Lira, Valenzuela Puelma y González, o como parte de colecciones privadas o públicas. Sufrió el desplazamiento natural que experimentan los artistas con el paso de los años y la emergencia de nuevos actores en la escena local, por lo mismo, admirar hoy una obra de Valenzuela Llanos se ha vuelto especialmente difícil, lo que afecta profundamente su valoración y vigencia.

    En razón de lo anterior, el principal propósito de esta muestra consiste en darle la oportunidad al público contemporáneo de apreciar una selección representativa de la obra de Alberto Valenzuela Llanos en el momento en que se celebran 150 años de su nacimiento. De esta forma, buscamos fortalecer la tradición artística chilena, promoviendo una parte muy valiosa de su inmenso repertorio. Y hemos querido darle un especial énfasis a las obras de mediano y pequeño formato, porque revelan su versión más fresca y espontánea, libre del riguroso método de sus obras de gran formato. Pedro Prado, en el discurso que leyó durante el funeral de Valenzuela Llanos, en representación de la Comisión de Bellas Artes, hizo hincapié en esas diferencias: “El aspecto lírico de su obra queda de manifiesto en sus obras pequeñas, en las mayores, la pasión desbordada dio en el cauce de su ciencia y allí le serenó para mayor equilibrio y más fácil comprensión” (Prado: III, 304). Además, fueron precisamente sus obras de gran formato las que tuvieron mayor repercusión en su época y las que han sido adquiridas por las colecciones de museos, bancos y otras instituciones, y exhibidas a lo largo de los años. Quizás una excepción a esa valoración generalizada de sus obras de gran formato se produjo en el Salón de París de 1923, cuando del envío de Valenzuela Llanos, que contemplaba dos obras grandes y cuatro pequeñas, sólo seleccionaron las últimas, ante la sorpresa del corresponsal que tenía Valenzuela Llanos en París, Julio Fossa Calderón: “En interés de su exposición, me dijo, conservaban los cuatros chicos, dos de ellos con el No 2 para ser colocados en cimaisse y los otros dos más arriba, lo que constituiría un solo grupo. […] Yo lamento de todo corazón este contratiempo que lo priva de exponer este año sus dos grandes cuadros y así se lo manifesté a mi maestro Cormon” (Díaz: 266).

    Valenzuela Llanos trabajó principalmente en cinco formatos. El más pequeño eran tablitas de 15 x 10 cm, donde ensayaba colores o boceteaba detalles de nubes, árboles o botes que luego incorporaba en obras más grandes. El segundo eran cartones entelados de 23,5 x 16 cm, que compraba en la tienda Sennelier de París, que existe hasta el día de hoy, y que eran del mismo tamaño de su caja de pinturas, por lo que era el formato más práctico para salir a pintar a plein air o sobre la cubierta del barco. El tercer formato es de 35 x 27 cm, también cartones entelados de la tienda Sennelier, y son los cuadros pequeños que Valenzuela Llanos sí exhibió y comercializó en vida. Luego vienen los cuadros que suelen denominarse “de metro”, que son telas de 98 x 77 cm, aprox. Luis Strozzi, uno de los pocos artistas que podría considerarse como discípulo de Valenzuela Llanos recuerda sus salidas a pintar con el maestro, usando las telas de “metro”: “Salía al campo llevando las telas de más de un metro. Colocaba un gran paraguas a la manera de los impresionistas o como el suave Corot” (Romera: 85). Por último, sus grandes formatos eran telas de 250 x 170 cm, aproximadamente. Así como hemos privilegiado las obras de mediano y pequeño formato, hemos también puesto especial atención en los cuadros efectuados a partir del año 1901, momento en que se inicia su segunda etapa o período artístico.

    Durante su primera etapa, como es natural, Valenzuela Llanos da curso a una exploración formal y temática que la vuelve muy heterogénea. Podemos encontrar escenas costumbristas especialmente oscuras, afectadas de cierto pintoresquismo, representaciones de sitios de valor histórico o simbólico, como el viaducto del Malleco, que no se repetirán en sus etapas posteriores, marinas esquemáticas, con toscos roqueríos en primer plano y veleros decorativos de fondo, y también paisajes que anticipan lo mejor de su arte, con una delicada gradación cromática, una composición equilibrada y el dibujo vibrante de árboles y arbustos. Pero en líneas generales, se aprecian en estas obras un resabio de los aprendizajes académicos recientes, encontrándose “sujeto aún a las normas docentes” (Romera: 72).

    Alberto Valenzuela Llanos ingresó a la Academia de Bellas Artes en 1887, justo en el momento que se funda el Museo Nacional de Bellas Artes en el Partenón de la Quinta Normal. Sus profesores fueron Giovanni Mochi y Cosme San Martín. Lo aprendido de ellos le será de gran utilidad para las clases que dictará años más tarde en la misma Escuela, pero no dejarán huella en su propia obra. Al fragor de una de las tantas querellas producidas al interior de la Escuela de Bellas Artes durante la dirección de Joaquín Díaz Garcés en 1916, en donde sus clases de dibujo fueron objeto de duda por tratarse de un pintor esencialmente de paisajes, Valenzuela Llanos expresó: “alguien ha dicho que solo puedo ser profesor en este ramo [paisaje] por ser paisajista y no figurista. Pero esto se ha dicho malévolamente porque todos saben que los estudios que he efectuado tanto aquí con Mochi, como en París con Jean Paul Laurens han sido sólo de figura, de modo que mal puedo ignorar lo que he aprendido” (Maldonado: 103). A pesar de que Pedro Lira no fue su profesor, porque asume como interino de la clase de pintura y dibujo en 1892, sucediendo  a Cosme San Martín, justo cuando Valenzuela Llanos ha terminado su formación en la Academia, ejercerá una gran influencia en él y sostendrán una activa relación hasta la muerte de Lira en 1912. Si bien Valenzuela Llanos fue siempre reacio a intervenir en las feroces disputas que caracterizaron todo el período en que Lira lideró sin contrapeso la Escuela de Bellas Artes (1892-1900) y que continuaron tras el nombramiento de Virginio Arias como director (1900- 1910), se alineó siempre en su bando. Si bien la influencia de Lira puede apreciarse durante su primera etapa, se diluye en sus períodos posteriores.

    Coincidiendo con lo señalado por Romera, consideramos que la obra de Valenzuela Llanos se entronca más con el legado de Antonio Smith que con el de Lira. Incluso podríamos decir de Valenzuela Llanos lo que Catalina Valdés dice de Smith, al momento de compararlo con los pintores norteamericanos de la escuela del río Hudson: “parece expresarse en un tono más reflexivo e íntimo; es más bien un individuo, no un pueblo, y una experiencia lírica, pero no sublime, la que se expresa en estos paisajes” (Valdés: 103). Otro hito relevante ocurrido durante los primeros años de Valenzuela Llanos en la Academia fue la instauración del Certamen Edwards en enero de 1888, que consideró un premio al paisaje o naturaleza muerta. Si bien el Certamen Edwards conservaba la jerarquía entre los distintos géneros de pintura vigentes en la época, por cuanto premiaba con $300 al paisaje o naturaleza muerta, $400 a cuadros de costumbres, de retratos o de animales y $800 para la pintura histórica nacional, supone un avance en la consolidación del género de paisaje en Chile.

    Tras la obtención de los principales premios otorgados en el Salón Oficial de Santiago durante la década de 1890, Valenzuela Llanos recibió una beca para perfeccionarse en París, a donde llegó en abril de 1901. Su amigo Marcial Plaza Ferrand había llegado el año anterior y lo recibió en un pequeño departamento. En cartas a Manuel Magallanes Moure, Plaza Ferrand describe parte de la rutina que tenían con Valenzuela Llanos: “Ingresamos juntos a una academia regentada por Jean Paul Laurens, uno de los maestros distinguidos de Francia: es presidente de la sociedad de artistas franceses, miembro del Instituto y comendador de la Legión de Honor. Por títulos no se queda. Asistimos desde las ocho hasta las doce diariamente y por las tardes nos vamos a los museos a estudiar a los clásicos, completar las otras notas e investigaciones pendientes. Nos recogemos temprano y nos levantamos con el alba. Observamos una vida completamente tranquila, como verdaderos ermitaños en pleno París. ¿Qué tal?

    Valenzuela ha tenido la suerte de que se le haya admitido en el Salón uno de los dos paisajes que envió. Comienza con éxito. Cuando el tiempo lo permite hacemos excursiones a los alrededores de París a pintar paisajes que los hay preciosos. El domingo pasado estuvimos en Versalles. Pudimos admirar en el Museo de pintura el soberbio cuadro de Delacroix “Los caballeros cruzados en Constantinopla”, que es una de las mejores telas de este Museo, en general escaso en obras de verdadero mérito. […] Y nosotros en nuestro petit appartement de la rue Saints Peres No 16, tu casa, quietitos, sin que nada haya venido a interrumpir esta tranquilidad a la que estamos ya habituados” (Díaz: 46).

    Su arribo a París, que él mismo definió como la patria del progreso y de las bellas artes, representó un cambio significativo en la forma de entender su oficio. El hallazgo de los alrededores de la capital francesa como espacios idóneos para la práctica pictórica, y que luego buscará tras su regreso a Chile, marcarán un antes y un después en su obra. Se trata de lugares no solamente ricos en asuntos o motivos para sus cuadros, sino también con una atmósfera afín a su sensibilidad. La aldea de Bas Meudon será tan significativa en el imaginario pictórico de Valenzuela Llanos como más tarde lo serán Lo Contador, el Cajón del Maipo, Lolol y Algarrobo. “Eso que mira es Bas Meudon, pequeña aldea a orillas del Sena, cerca de París. Es aquello encantador. Hay siempre ahí un gran silencio, tanto, que se oye el chapotear del agua en las orillas: es decir, esas pequeñas ondas que chocan en las riberas. Aquellos chalets veraniegos parecen dormidos. Yo iba muy a menudo ahí” (Yáñez: 1909).

    En esta etapa parisina, Valenzuela Llanos irá gradualmente abandonando el dato narrativo y el color local “para orientarse hacia motivos mínimos o esenciales donde confirmó su búsqueda de la luz, más allá de la ilustración topográfica o geopolítica” (Castillo: 10). Se aprecia una consolidación de su lenguaje pictórico y una cierta consistencia de sus motivos, en donde primarán los escenarios suburbanos a la hora del crepúsculo, que expresan esa “serenidad” y “tranquilidad poética” que él tanto buscaba. “Elijo siempre esa hora. Me gusta la serenidad en general. Creo que esta pintura no cansa, no fatiga el espíritu ni la vista” (Yáñez: 1909). Todo aquello que se volverá característico en la obra de Valenzuela Llanos tiene su origen en esta segunda etapa creativa.

    Su participación en los salones oficiales de París se volverá frecuente e irá progresivamente ganando terreno entre los jurados. Pero su estadía en Europa se verá interrumpida en cuatro oportunidades por la suspensión de su beca entre los años 1901 y 1906. La frenética rotación ministerial propiciada por el régimen parlamentarista que imperaba en Chile en esa época y la consiguiente parálisis del ejecutivo afectó también a los artistas pensionados en París. Pero a diferencia de otros artistas chilenos, que ante la mala noticia del fin de su beca decidían permanecer en Europa financiándose ellos mismos su manutención, Valenzuela Llanos regresó a Chile en cada ocasión para gestionar su renovación. Tarea que realizó con éxito en tres oportunidades. Y durante esos viajes trasatlánticos pudo realizar numerosos paisajes de altamar y de las costas por donde recalaban los barcos, como “Pernambuco” y “Amanecer en altamar”, entre otros. Tras su regreso definitivo al país en 1906, Valenzuela Llanos encontrará en el fundo de Lo Contador o Contadora el espacio ideal para dar continuidad al trabajo iniciado en París.

    “Como siempre, mi sitio es La Contadora, donde tanto he pintado y donde siempre encuentro asuntos interesantes. (…) Para mi temperamento y mi manera de ver, está muy bien aquello. Esa atmósfera, por estar quizás cerca de la ciudad, preséntase más envuelta y las imágenes tienen más valor, distintamente. Y también por una razón al parecer insignificante. Estaba acostumbrado al cielo de los alrededores de París, tan interesante, y algo encuentro en esa atmósfera, en la tonalidad tranquila, que se parece a aquel paisaje” (Yáñez: 1909). Romera ha querido ver en estas palabras de Valenzuela Llanos el esbozo de un “arte poética”, en donde el “temperamento” (sentir) y la “manera de ver” (conocer) se enfrentan y equilibran para dar paso a la obra de arte. Más de treinta años después, Ramón Castillo hablará del arte de Valenzuela Llanos como “correspondencia entre sentimiento, mirada y gesto” (Castillo: 10). Y el lugar donde se pinta es determinante para que esa correspondencia ocurra.

    Los espacios elegidos por Valenzuela Llanos son también frecuentados por otros pintores, con quienes establece una suerte de sintonía espiritual. Con Pedro Lira compartió la predilección por Lo Contador, así como con Magallanes Moure su interés por el Cajón del Maipo y con Pedro Prado las costas del balneario central, como Algarrobo, Cartagena y Las Cruces. Esta mención a Magallanes y Prado nos permiten mencionar el vínculo de Valenzuela Llanos con el Grupo de Los Diez, que lideró el campo artístico chileno entre los años 1914 y 1924. En el prospecto editorial del grupo, aparecido en 1916, Valenzuela Llanos figura entre los colaboradores confirmados y más tarde incluso se prometerá la publicación de un libro con sus mejores obras, impresas en tricromía, que al igual que los libros de Juan Francisco González y Julio Ortiz de Zárate, no pudieron materializarse. La poesía de Magallanes Moure y los cuentos de Federico Gana, publicados por Los Diez bajo el título Días de campo, parecen haber sido escritos bajo el mismo compás de las obras de Valenzuela Llanos. La misma austeridad formal y temática, el mismo tono menor, pausado, la misma nota íntima.

    Sus años en Santiago, tras el regreso de París, corresponden a una tercera etapa de su obra, marcada por dos grandes reconocimientos oficiales, como el premio de honor del Certamen Edwards en el Salón Oficial de Santiago de 1908 con el cuadro “Hora solemne”, y la segunda medalla en el Salón Oficial de París de 1913, con “Puesta de sol en los Andes”. Artistas, escritores, críticos de arte, políticos y diplomáticos quisieron rendir homenaje a Valenzuela Llanos por su logro y él recordó en ese momento de su consagración artística a Pedro Lira, muerto el año anterior: “No puedo dejar de asociar a este momento el recuerdo del querido amigo y maestro, don Pedro Lira, quien fue el primero en tener fe en mi porvenir; ahora, como en todos los momentos de triunfo para mí, su memoria viene a llenar cariñosamente el vacío de que lo él hubiera hecho en tales circunstancias, si aún estuviese con nosotros” (Maldonado: 97).

    Para conmemorar sus 25 años de carrera artística, se celebró en 1915 su primera gran exposición retrospectiva en el Palacio de Bellas Artes. Se trataba ya de un artista consagrado tanto dentro como fuera del país, pero el éxito en nada cambió sus hábitos de vida casi franciscanos. En 1910 contrajo matrimonio con Julia Montero, lo que en términos estrictamente pictóricos, le abrió las puertas a Lolol, donde comenzó a pasar los veranos junto a la familia de su mujer. Del fundo El Portezuelo provienen varias de las pinturas de pequeño formato presentes en esta muestra. Durante este período ejerce como profesor de la cátedra de pintura y composición en la Escuela de Bellas Artes, con cuyos estudiantes frecuentaba el fundo de Lo Contador todas las semanas. Sin el poder de seducción de Juan Francisco González, a cargo de la cátedra de dibujo, el paso de Valenzuela Llanos por la Escuela no tuvo una significación profunda entre sus estudiantes. Se trataba de una labor que debía desarrollar por fines estrictamente prácticos y que le quitaba tiempo para pintar.

    El estallido de la Primera Guerra Mundial lo conmovió seriamente. Julio Fossa Calderón lo mantuvo al tanto de los pormenores del conflicto y las repercusiones en el ambiente parisino. Se suspendieron los salones y Valenzuela Llanos veía muy lejos la posibilidad de un potencial retorno. Y con el propósito de colaborar con la causa de Francia, envío un cuadro suyo para ser subastado. “Quedo haciendo votos porque con la ayuda de Dios termine cuanto antes este estado de cosas y vuelva la paz a nuestra querida Francia, para que siga siendo la patria del progreso y de las Bellas Artes” (Maldonado: 99). Años más tarde, una vez terminada la guerra, hará un nuevo envío para costear un premio que favoreciera a los artistas veteranos de guerra. Y su anhelado regreso a París se produjo a fines del año 1922, momento en que se inauguró una exposición suya en la Galerie J. Allard. Este quinto viaje a Europa gatilló un nuevo cambio, inaugurando la etapa final de su pintura, en donde alcanzó su mayor plenitud: “Su pupila se torna más aguda para la observación y el análisis de los fenómenos luminosos y atmosféricos. Desde el punto de vista de la técnica, renueva su factura por la división de los tonos y manchas de colores yuxtapuestos. (…) El paisaje, por consiguiente, no es otra cosa que una serie de resonancias cromáticas sujetas a la acción de la luz” (Lira: 1935).

    Sigue frecuentando Lo Contador y el Cajón del Maipo, pero en este período se incorpora un nuevo escenario: Algarrobo La luminosidad que progresivamente ha ido ganando terreno en su pintura a partir de 1901 llega a su máxima expresión. Desaparecen por completo esos roqueríos densos y oscuros de su primera etapa, para dar paso a telas llenas de movimiento en medio de atmósferas brillantes. “Golpe de olas en Algarrobo”, pintada en el verano de 1925, es un buen ejemplo de lo que Valenzuela Llanos buscaba en sus últimos días. Ni el éxito ni la indiferencia hicieron nunca mella en el espíritu laborioso y exigente del autor. Tampoco lo afectaron los nacionalistas ni los snobs, que quisieron instrumentalizar su obra, constriñéndola a sus mezquinos criterios. El valor de la obra de Valenzuela Llanos no reside en su carácter nacional ni en su cercanía o distancia con el impresionismo francés. Su mérito consiste, entre otras cosas, en haber desarrollado un lenguaje pictórico capaz de conciliar su temperamento, melancólico e inquisitivo, con su singular manera de ver el paisaje, sin ninguna restricción fronteriza. “Aspiró a la rebelde perfección suprema, aquella que consiste en eludir la anécdota para captar con definitiva simplicidad de medios, con rigurosa economía plástica, el sentido universal yacente en un trozo de paisaje” (Romera: 66)

  • 11 de agosto de 1968: la toma de la Catedral de Santiago

    11 de agosto de 1968: la toma de la Catedral de Santiago

    La toma de la Catedral de Santiago el día domingo 11 de agosto de 1969 generó enormes repercusiones en el mundo católico chileno y fue un símbolo que visibilizó a distintos grupos rebeldes que surgían en su interior.

    La madrugada del domingo 11 de agosto de 1968 las rejas de la Catedral de Santiago amanecieron con cadenas y candado. De sus torres, que miran a la Plaza de Armas, colgaba un lienzo que decía: “Cristo es igual a la verdad. Por una Iglesia junto al pueblo y su lucha. Justicia y amor”. Un grupo de laicos, sacerdotes y religiosas – llamado “Iglesia Joven”–, realizaron una toma del recinto. Adentro, celebraron una misa, pidieron por las víctimas de la guerra de Vietnam, por los obreros de América Latina y por los procesados políticos de Brasil. La “Iglesia Joven”, con este acto espectacular, buscaba hacer un llamado de atención a los católicos chilenos.

    La toma de la Catedral generó enormes repercusiones en el mundo católico chileno y fue un símbolo que visibilizó a distintos grupos rebeldes que surgían en su interior. La ocurrencia del acto en un recinto religioso era una novedad. En primer lugar, porque las “tomas” eran una práctica política esencialmente de izquierda y los espacios tomados hasta ese momento habían sido fábricas, fundos y terrenos urbanos. Salvo exactamente un año atrás, el 11 de agosto de 1967, en que la Casa Central de la Universidad Católica había sido tomada por un grupo de estudiantes. En segundo lugar, la novedad estaba dada por la participación de sacerdotes en un acto de esta naturaleza.

    La toma de la Catedral –a pesar de no haber durado más de unas pocas horas– puso de manifiesto las divisiones religiosas, ideológicas y políticas que se acrecentaban en el catolicismo chileno. En el debate estuvieron presentes los sacerdotes que –insertos en las poblaciones– pedían mayor compromiso de la Iglesia con el mundo de los pobres; los obispos, desconcertados y tironeados al ver cómo se cuestionaba el sello social y renovador de la Iglesia chilena, y los laicos; algunos participaron y apoyaron la toma, otros se escandalizaron frente a este acto violento –y, para algunos, subversivo– que ponía en evidencia aquel “desvío” posconciliar en que una parte de la Iglesia católica había incurrido. Ahí estuvieron también las fuerzas de derecha que plantearon que era una obra más del comunismo en su escalada por la toma del poder en Chile. Parecía ser que todos los hilos que se estaban discutiendo dentro del mundo católico con respecto a su acción temporal y propiamente política confluían en este acto de ocupación de la Catedral.

    La antesala de la toma fue organizada por el grupo Iglesia Joven, que formaba parte de aquellos sectores críticos que surgían dentro de la Iglesia. Entre sus planteamientos generales, destacaba su deseo de volver al cristianismo de los primeros tiempos. Criticaban la escasa renovación pastoral y acercamiento a los pobres por parte de la Iglesia, y sentían que su posición crítica no trascendía, que no se les tomaba en cuenta en la estructura eclesiástica. Ya habían realizado algunos actos previamente, cómo enviarle una carta al Papa Pablo VI, con motivo de su visita a Colombia, y una protesta de cincuenta fieles como rechazo a la construcción del Templo Votivo de Maipú, en julio de 1968.

    En una jornada de reflexión en la población de Barrancas surgió la idea de realizar un acto contundente, llamativo, que no dejará a nadie indiferente. Así nació la toma de la Catedral. Fueron trece horas las que estuvo en manos de Iglesia Joven. Entre el grupo de laicos estaba el conocido líder sindical Clotario Blest, algunos pobladores pertenecientes a parroquias de la zona sur de Santiago, estudiantes universitarios, como el ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC) y protagonista de la toma de la casa central de la Universidad Católica un año antes, Miguel Ángel Solar, y otros miembros del movimiento cristiano “Camilo Torres”, escindido del Partido Demócrata Cristiano. Entre los participantes también había un grupo de siete sacerdotes: el cura obrero jesuita Ignacio Vergara; el sacerdote de los Sagrados Corazones Carlos Langue; un asesor de la Asociación de Universitarios Católicos, Diego Palma; el español Paulino García y Francisco Guzmán, ambos de la parroquia San Luis Beltrán, y, finalmente, Andrés Opazo y Gonzalo Aguirre.

    El primer sacerdote en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo fue el vicario deán de la Catedral, Augusto Molina, quien debía oficiar la misa de las siete de la mañana ese domingo. Rápidamente informó al Vicario General, monseñor Jorge Gómez Ugarte, quien llegó prontamente. Desde el otro lado de la reja, los ocupantes les explicaban sus motivos, les calmaban diciendo que era una manifestación pacífica y les informaban que ese mismo día en la tarde harían abandono del templo. Las misas dominicales se debieron oficiar en la iglesia del Sagrario, la cual sirvió además de corredor para los periodistas que comenzaron a llegar y la policía de investigaciones que también se hizo presente. Monseñor Gómez fue interrogado por los periodistas tras su encuentro con los ocupantes, señalando: “Todo esto es muy lamentable. Por muy buenas que fueran las intenciones de estos cristianos, no es éste el procedimiento para expresarlas”. Para sorpresa de muchos, Gómez afirmaba no oponerse a las ideas que habían detrás de la toma, sino al procedimiento elegido para manifestarse. Un periodista le interrogó sobre la posibilidad de un desalojo policial de los ocupantes, a lo cual Gómez planteó su total rechazo, aludiendo que la Iglesia se oponía “a cualquier situación de violencia”.

    Como la prensa seguía agolpada a las afueras de la Catedral, los ocupantes decidieron –cerca del mediodía de ese domingo– permitir su entrada para que así fueran testigos de lo que ocurría. En la nave central de la Catedral realizaron una conferencia de prensa y fue el sacerdote español Paulino García el primero en hablar, intentando explicar que no se trataba de una “‘toma’ propiamente tal”, sino sólo de “una manifestación” por parte de un grupo de cristianos en contra del Congreso Eucarístico de Bogotá. El objetivo era “llamar la atención del Papa sobre la realidad latinoamericana”. La prensa fijó su atención también en el emblemático líder sindical Clotario Blest, quien al ser entrevistado puso hincapié en la unidad de los trabajadores y en la posibilidad de plantear un camino juntos los cristianos y los marxistas. “Estaremos de la mano con nuestros hermanos marxistas en la barricada del pueblo contra el capitalismo”, dijo Blest e invitó a seguir los ejemplos de Camilo Torres y el Che Guevara.

    Durante la toma, se distribuyeron algunas proclamas y declaraciones que venían en hojas mimeografiadas, lo que puso de manifiesto la preparación del acto. El tono era de protesta y su alcance era amplio: se protestó contra la Encíclica Humanae Vitae y el autoritarismo del Vaticano en la materia; se denunció una serie de injusticias del sistema imperante, al que llamaron “desorden establecido”, caracterizado por la “violencia de los ricos y poderosos”, “la explotación del hombre por un sistema basado en el lucro”, “el imperialismo internacional del dinero”, “el engaño de una falsa democracia”, “la segregación racial, cultural y económica” y “la instrumentalización de la educación a favor de las clases dirigentes”.

    Una de estas proclamas, “Manifiesto de la Iglesia Joven”, fue la que tuvo mayor publicidad y difusión en la prensa. En ella se expresaron los motivos de la toma. En primer lugar, dejaban claro que la manifestación no era contra el Cardenal ni tampoco contra el Papa, sino contra “las estructuras caducas” de la institución eclesiástica. Planteaban un cambio dentro de la Iglesia, sobre todo en torno a los valores actuales de obediencia, disciplina, uniformidad, prudencia, por otros más evangélicos, como pobreza, libertad, servicio, comprensión abierta y audaz. La Iglesia tenía una esencia autoritaria, que no respetaba las opciones de cada persona, y además daba excesiva importancia a los sacramentos. La acción de la Iglesia debía estar más enfocada en llevar al hombre a comprometerse con la vida y su pobreza debía ser visible y tangible. Pedían una Iglesia libre, que se desentendiera de las rigideces y de aquellas estructuras que se imponían desde Roma. Se declaraban una “Iglesia del pueblo”, que estuviera con los pobres no solo compartiendo su miseria, sino también sus luchas, para terminar haciendo un llamado a un compromiso con “la auténtica liberación del pueblo”.

    La toma de la Catedral tuvo una serie de símbolos religiosos y políticos que se realizaron en su nave central. Los ocupantes celebraron una misa, pero no en el altar central, sino en un altar improvisado por una mesa, rodeada de bancas. La eucaristía se hizo con panes y vino, que se partieron y compartieron entre los asistentes, y dentro de las lecturas bíblicas se analizó el pasaje en que Jesús expulsaba del templo a los mercaderes. Jóvenes con guitarras entonaron himnos y canciones no cantadas comúnmente en misa. Al término de la misa, al momento de las letanías, cada concurrente fue improvisando una plegaria, en las cuales se pidió “por el angustiado pueblo de Biafra que muere de hambre”, “por los caídos en la absurda guerra de Vietnam”, “por el pueblo uruguayo que lucha por una vida mejor”, “por todos aquellos hermanos nuestros que han muerto en las luchas por la libertad de América Latina”. Tras lo cual el resto repetía “escúchanos Señor te rogamos”.

    Por la tarde, los cantantes de música folklórica Ángel e Isabel Parra interpretaron su “Oratorio para el Pueblo”, serie de diez canciones de sello folklórico. Frente a esto, una reportera comentaba atónita que dicho acto se asemejaba más a “la Peña de los Parra” que a un acto litúrgico. Pasadas las cinco de la tarde los ocupantes abandonaron la Catedral. La salida se hizo de forma ordenada y pacífica, mientras un tumulto de gente los esperaba afuera. La Plaza de Armas se convirtió en un foro ciudadano. Grupos a favor y en contra discutían y se enfrentaban apasionadamente entre sí. Hasta ahí llegaron algunos miembros del Grupo “Tradición, Familia y Propiedad”, quienes gritaban consignas especialmente dirigidas en contra de los sacerdotes que habían participado: “¡No queremos curas marxistas!”.

    Las consecuencias de la toma de la Catedral fueron enormes y tal como sus organizadores querían, el mundo católico no quedó indiferente. La toma causó un gran revuelo en la prensa –que duró por varias semanas–, sobre todo en aquella vinculada a la derecha. Una prueba de esto –específicamente en El Mercurio de Santiago y Valparaíso–, fue la notoria publicidad de los sucesos de Santiago, a diferencia de la escasa cobertura de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano que se encontraba por esos días reunida en Medellín. La jerarquía eclesiástica, representada en la figura del cardenal Silva Henríquez, quedó sorprendida y podríamos decir sobrepasada por la toma de la Catedral. No comprendía el fundamento y los motivos de aquellos grupos cristianos que habían participado, y, sobre todo, no entendía la prepotencia y violencia que este acto encerraba. Los obispos de Valdivia, José Manuel Santos, y de San Felipe, Enrique Alvear, emitieron una declaración pública en defensa del Cardenal, condenando el “sufrimiento injusto inferido” a este. Los argumentos centrales fueron que la Iglesia de Santiago había dado pruebas claras de un mayor servicio a los pobres, de estar en la línea del Concilio. Por tal razón, el acto de la toma no podía ser explicado, ni “cristiana” ni “razonablemente” por parte de sus autores.

    El Cardenal, un par de días después, a través de una declaración oficial junto a algunas autoridades de la Arquidiócesis de Santiago, se refirió a estos hechos. Los obispos mostraron su desconcierto y defendieron el trabajo apostólico de la Iglesia de Santiago con su “generosa entrega al servicio de los humildes”. El desconcierto era aún mayor al considerar la vocación de diálogo y “equilibrada apertura” hacia todas las tendencias dentro del catolicismo, incluida la Iglesia Joven. Los obispos usaron duras palabras como “extremismo”, “motín”, “escándalo” y “profanación” en contra de “las hermosas tradiciones de nuestra patria en materia religiosa”. Según ellos, en la toma había primado la violencia y se había olvidado el amor, por lo que la crítica más dura se dirigió a los sacerdotes participantes, “los principales culpables de este acto de violencia”: “La acción de unos pocos sacerdotes descontrolados, olvidados de su misión de Paz y Amor, ha llevado a un grupo de laicos y de jóvenes a efectuar uno de los actos más tristes de la historia eclesiástica de Chile”.

    Por todas estas razones, las autoridades eclesiásticas decidían sancionar a los sacerdotes participantes, con una suspensión ad divinis, que les privaba de realizar sus labores sacerdotales. Dicha medida tendría vigencia hasta que los sacerdotes recapacitaran y manifestaran personalmente su obediencia y respeto a la jerarquía eclesiástica. Por último, los obispos hacían una invitación amplia a todos los fieles para ofrecer una misa de desagravio tras “los enojosos acontecimientos que hemos presenciado”. Algunos de los laicos participantes en la toma intentaron poner paños fríos en el debate. Defendieron a los sacerdotes y manifestaron que estos no los habían influido ni mucho menos manejado, sino por el contrario, que era un acto de esencia laica, surgido como iniciativa de los mismos obreros. De tal modo, si la jerarquía eclesiástica se decidía a castigar, este castigo debía ser para “todos los participantes, o ninguno de ellos”.

    Asimismo, los laicos se defendieron de las acusaciones de profanación, destacando la esencia religiosa de esta “convivencia comunitaria”, semejante a las reuniones de los “cristianos de los primeros tiempos”. Se debía, por tanto, dejar de lado el acto de toma de la Catedral para observar la reunión que se había generado, caracterizada por su “meditación, recogimiento y oración”.

    Los sacerdotes participantes de la toma y castigados por el Cardenal le enviaron inmediatamente una carta personal que explicaba las motivaciones de sus acciones. En la misma línea que los laicos, los sacerdotes argumentaban que su acción era una prueba de  “solidaridad” con el pueblo, a lo que agregaban una disculpa frente al posible daño provocado a su persona. Se refirieron a la suspensión ad divinis, pidiendo que se les levantara para “poder continuar en el sincero y entusiasta servicio del Pueblo de Dios”. Finalmente, denunciaban las malas intenciones y malentendidos surgidos tras la toma, considerando incluso “falsas y sensacionalistas” algunas de las noticias publicadas en torno a ella. Tras esta misiva, el cardenal Silva Henríquez decidió levantar su sanción y, con esto –en vez de calmarse– la polémica se encendió aún más.

    El día 15 de agosto, el Cardenal intentó cerrar el debate en un acto litúrgico en la misma Catedral. En su homilía se encargó de aclarar que la misa no representaba condenación o sentencia contra nadie, e incluso se atrevió a plantear una serie de cuestionamientos a la estructura eclesiástica: “Creíamos a nuestra Iglesia sin manchas ni arrugas […] Creíamos que deseando el progreso estábamos ya cumpliendo. Nuestra entrega a los demás no ha sido suficiente. Tal vez sentíamos demasiado el peso de la autoridad”. El Cardenal también mostró palabras de comprensión hacia los sacerdotes que habían participado en la toma. Ellos eran quienes palpaban a diario “el dolor, la injusticia, el hambre y la miseria” de los pobres. Esta realidad, decía el Cardenal, “les ofusca el corazón y tal vez el razonamiento”. Ellos llevaban “ese dolor y esa cruz”, por lo tanto, había que tenerles “una tremenda comprensión”.

    A pesar de este arreglo de cuentas entre el Cardenal y los sacerdotes participantes, el debate intraeclesial estaba lejos de acallarse y en este aparecieron temores que sobrepasaban el suceso mismo de la toma. Un elemento común de las críticas de círculos clericales fue centrar su argumento en los excesos y desviaciones en las que incurrían algunos sacerdotes y el daño que esto causaba a la institución. El Cardenal debió salir a calmar los ánimos, como se puso de manifiesto en un intercambio epistolar con un grupo de sacerdotes de Santiago. Estos temían por la “crisis de autoridad” en la Iglesia de Santiago, al tiempo que se preocupaban por el “estupor y escándalo” que este tipo de acciones causaba en los creyentes y las “nuevas rebeldías” que podrían surgir dentro del clero.

    A los pocos días, el Cardenal afirmaba que detrás de este acto había “buenas intenciones”, cargadas de “ardor y espíritu juvenil”. Estas acciones respondían al clima de “incertidumbre” y “confusión” generado por la puesta al día de la Iglesia católica. El tema central para él estaba dado por el olvido de aquella “parte sobrenatural y espiritual” de la Iglesia católica y por una sobrevaloración, a sus ojos equivocada, de la Iglesia como “estructura puramente humana”. Dentro de los artículos publicados en las revistas católicas, una de las críticas más duras a los sacerdotes provino de un sacerdote español que trabajaba en una población marginal de Santiago. Para él, la acción de los sacerdotes en la toma solo era una expresión de un “aggiornamento desviado y malentendido”. El problema central era la incomprensión de los sacerdotes participantes sobre las verdaderas necesidades de los pobres. Estos, al igual que los clérigos revolucionarios de América Latina, habrían pasado de “unos santos anticuados” a otros “nuevos santos”, inspirados en el Che Guevara y Camilo Torres.

    El debate sobre los sucesos de la toma de la Catedral copó la prensa nacional. Se hicieron muchas lecturas e interpretaciones y la prensa escrita se volvió un actor protagónico de este episodio. La prensa pasó a ser una trinchera ideológica en torno a la acción de la Iglesia católica en la sociedad y como –certeramente– puso en evidencia la revista satírica Topaze enfrentó a los sectores de la izquierda y la derecha del espectro político. Para la derecha esto era un acto de violencia y rebeldía, caracterizado por sacerdotes y religiosas con rostros enfurecidos, cargando metralletas y en actitud de guerrilleros. Por el contrario, para la izquierda este parecía ser un acto inofensivo, de impronta religiosa y prueba de una piedad tradicional, representado por un grupo de sacerdotes y religiosas que rezaban de rodillas y elevaban su vista al cielo. Al igual que en la realidad, el acto de la toma parecía ser un problema de carácter clerical y no laical. En ese mismo número, Topaze le dedicaba otra caricatura al tema. Una serie de imágenes describía lo ocurrido dentro de la Catedral y los comentarios posteriores. Hervi con sus caricaturas y humor satírico recreó algunas escenas de la toma y lo que allí ocurrió. Una mirada detallada de estas caricaturas nos pone de manifiesto los elementos y símbolos religiosos que estaban en el centro de la polémica.

    En primer lugar, los protagonistas de la toma y del debate posterior eran principalmente miembros del clero. En segundo lugar, se dejaban ver algunas características exteriores que ponían de manifiesto las diferencias entre aquel clero tradicional y el clero participante de la toma. Estaba aquel nuevo sacerdote, vestido de seglar, con solo una pequeña cruz en la solapa de su chaqueta. Se mostraba relajado, miraba a los manifestantes con cara sonriente, mientras bebía vino del cáliz. A simple vista parecía ser más una manifestación callejera que un rito católico, salvo por un par de símbolos religiosos sobre el altar. Estaban también los sacerdotes y obispos a la vieja usanza, con sotana negra, capa eclesiástica, sombrero de teja y un gran crucifijo colgado al cuello. Uno de ellos con el rostro tenso e irritado, sentenciaba: “Todo empezó cuando se pusieron los pantalones… No sé en qué va a terminar esto”.

    En la crítica de la prensa de derecha se dejó ver el trasfondo político-ideológico que esta atribuyó al acto de la toma. La prensa conservadora, El Diario Ilustrado, centró su crítica en los sacerdotes, a quienes llamó “rebeldes” y exponentes de “una infiltración del comunismo”. El comunismo actuaba encubiertamente a través del uso de guitarras en la liturgia y en el acto de fumar dentro de un recinto eclesiástico. Pero también hacía uso de una de sus prácticas esenciales: el uso de la violencia. El problema estaba en que ahora se evidenciaba un nuevo tipo, la “violencia religiosa”, la que alcanzaba incluso los “lugares sagrados”. Este medio de prensa aprovechaba también de criticar a la jerarquía eclesiástica y en particular a los jesuitas, aludiendo a su grado de responsabilidad en este episodio, al alentar desde hacía ya varios años “todos los movimientos de desquiciamiento y de desorden entre los católicos”. La toma de la Catedral, bajo esta perspectiva, solo venía a poner en evidencia su posición “equivocada” y el mal que habían causado al ahondar y profundizar las diferencias entre los católicos.

    El periódico El Mercurio de Santiago fue uno de los medios de prensa más críticos con el acto y lo conectó directamente con la toma que un año antes había ocurrido en la casa central de la Universidad Católica. El Mercurio fue uno de los mayores opositores a la toma de 1967, afirmando que detrás estaba el Partido Comunista. Esto generó un gran debate y desembocó en el emblemático cartel colgado en el frontis de la universidad: “Chileno: El Mercurio miente”. De igual forma El Mercurio vio la mano del comunismo en la toma de la Catedral. Su preocupación se evidenció en la extensión de su cobertura de la noticia, la centralidad que otorgó en profundizar sobre algunos signos y episodios, además del interés por recopilar las reacciones adversas al acto. Al día siguiente de la toma, El Mercurio describió en detalle los sucesos ocurridos considerándolos “un acto litúrgico desconocido”. Luego incluyó las reacciones de la jerarquía chilena, así como de las otras iglesias de América Latina, que expresaron su rechazo a este “gesto exhibicionista” y “escándalo a la francesa”. Por último, se incorporaban las reacciones de la Santa Sede publicando íntegramente la editorial de L’Obsservatore Romano que había calificado de “profanación” todo lo ocurrido dentro de la Catedral.

    El Mercurio reparaba no solo en el acto de ocupar la Catedral, sino también en las múltiples desviaciones y desórdenes que a sus ojos habían ocurrido dentro de este recinto. El símbolo de un sacerdote fumando en su interior fue uno de los elementos más llamativos para este medio de prensa. La foto del sacerdote español Paulino García fue reproducida varios días seguidos, e incluso, en una de sus ediciones el cigarro era destacado en un círculo. El cigarro de García pasó a ser el símbolo más evidente de la rebeldía del clero y de la transgresión de este acto. Fue calificado como “un acto profanatorio” de todo lo sagrado que había en la Catedral. El Mercurio también reparó en el evidente desorden y suciedad de la Catedral, “con cientos de colillas de cigarrillos en su interior”. Se habrían necesitado varias jornadas de trabajo y un grupo de auxiliares especiales para realizar una “prolija limpieza” en el presbiterio. Sin embargo, lo más grave de todo parecía ser un rayado que había aparecido en la tumba de Monseñor José María Caro: “El pueblo está sufriendo”, firmado por las Juventudes Comunistas. Con este acto, a todos los daños físicos infringidos, se le agregaba, lo que calificaron, un “daño moral” de mayor gravedad.

    Para El Mercurio este rayado pasaba a ser la prueba que desenmascaraba el trasfondo político partidista que había tras la “ocupación” de la Catedral y ponía en evidencia la influencia comunista, a pesar de que sus ocupantes intentaran desmentirla. En una editorial publicada el 13 de agosto, el movimiento Iglesia Joven era calificado de “grupillo”, cargado de “un sentido belicoso y violento”. Iglesia Joven seguía “las aguas de un movimiento amplio de rebeldía espiritual y social” que tenía “sus maestros, sus estrategas y sus agitadores” reconocibles que no pertenecían a la Iglesia, como se evidenciaba en el uso del escándalo como “herramienta subversiva” y el deseo de “derribar las respetabilidades, de desquiciar las instituciones y de desafiar las normas”.

    Para El Mercurio era evidente que la toma de la Catedral tenía un “carácter ideológico”, que se expresaba en “una rebeldía en contra de las estructuras del poder eclesiástico” y en “un afán de situar a la Iglesia Católica en la línea de la protesta que esgrime la nueva izquierda marxista”. Concluía entonces la existencia de una “ultraizquierda cristiana” y una “nueva izquierda católica”, caracterizada principalmente por “su obsesión por el poder para impulsar la revolución permanente”. La crítica de El Mercurio una vez más se entrelazaba con los sucesos de un año atrás con la toma de la Universidad Católica. Ahí la jerarquía eclesiástica había actuado de forma indulgente frente a signos de clara rebeldía. Ahí también estaba esta “izquierda católica”, la cual no había sido detectada ni mucho menos frenada por la jerarquía de la Iglesia. En aquella ocasión habían sido objeto de “la más injuriosa ofensiva publicitaria” por haber denunciado la influencia marxista en dicha ocupación.

    La toma de la Catedral, a ojos de El Mercurio, venía a darles la razón: “Las aseveraciones responsables de este diario acerca del espíritu y carácter de la ocupación de la Universidad Católica han resultado desgraciadamente confirmadas por los hechos, como lo saben ya quienes, en agosto del año pasado, creían de buena fe, lo contrario”. En medio de esta polémica la revista Mensaje intentó tomar distancia y analizar la toma y sus repercusiones. En primer lugar, la consideró un acto “inusitado”, “precipitado” y “no justificado” que dificultaba todo intento de diálogo entre los católicos. Mensaje defendía a la jerarquía de la Iglesia e indicó que los calificativos usados por Iglesia Joven de ser una jerarquía “retrógrada” y “alejada de los anhelos del pueblo” solo constituían una imagen “falsa e injusta”. Uno de sus objetivos centrales fue desviar la atención sobre los sacerdotes participantes y volverla hacia los laicos, de modo tal de aliviar a aquéllos de las responsabilidades en este acto. Eran estos laicos, en su mayoría obreros, los “que trabajaban y sufrían en carne propia las injusticias de nuestras estructuras”, quienes pedían a la Iglesia estar “más efectiva y visiblemente junto al pueblo”.

    Esta revista intentó destacar la esencia religiosa y el compromiso evangélico del acto: la misa celebrada por los “rebeldes”, sus letanías “de alcance ecuménico”, sus diálogos y reflexiones “que fueron borrando diferencias entre obreros, universitarios, profesionales e intelectuales”. Todo esto podía considerarse “el germen de una profunda y auténtica renovación en el cristianismo de nuestra Patria”. El diario comunista El Siglo también dedicó una extensa cobertura a la toma de la Catedral, sobre todo por las acusaciones directas que recibió el Partido Comunista chileno de estar detrás del acto. Para El Siglo la toma de la Catedral formaba parte de una rebelión de los católicos: una muestra de “repudio” hacia aquellos “vicios de la Iglesia” y una aspiración de “identificarla con el pueblo”.

    El Siglo respondió con firmeza a las acusaciones que había recibido de El Mercurio. Le acusaba de levantar “mentiras” y “calumnias” en toda su interpretación de la ocupación de la Catedral. “La certera acusación de los estudiantes de la Universidad Católica, CHILENO: ‘EL MERCURIO’ MIENTE, ha sido ratificada una vez más por los hechos”: “¡Así se definen y redefinen los sectores económicos más poderosos del país! ¡Ay del que lesione en algo sus posiciones! ¡lanzarán toda su maquinaria propagandística y económica para aplastarlo!” […] Pero los errores se les acumulan, se les acumulan y terminarán derrumbándose alguna vez para siempre”. La aproximación al marxismo, a pesar de que no se evidenció en el acto mismo de la toma ni en los documentos publicados por Iglesia Joven, se puso al poco tiempo de manifiesto en las declaraciones utilizadas por algunos de los ocupantes de la Catedral. El sacerdote chileno, Diego Palma, entrevistado por una periodista de El Mercurio en noviembre de 1968 –en tono relajado y lenguaje juvenil– se abría a considerar las posibilidades de un camino compartido entre marxismo y cristianismo. El primero vendría a aportar sus herramientas de análisis económico y social, dejando de lado todo su componente ideológico. Pero fue sobre todo la prensa de izquierda, tanto aquella cercana al Partido Comunista como también al MIR, la que se aventuró en destacar las posibilidades que se abrían para América Latina a través de un diálogo cristiano-marxista.

    La prensa comunista El Siglo destacó la toma de la Catedral como un hito más en aquella historia de convergencias políticas y sociales de cristianos y comunistas, siguiendo la línea de Juan XXIII y Pablo VI quienes defendían “una apertura de los católicos hacia las masas trabajadoras” y se abrían a dialogar con los marxistas. Este diálogo o convergencia no estaría relacionado con un vínculo intelectual, o como llamaron, una “osmosis teórica” entre ambos pensamientos, sino más bien respondía a un deseo de “mancomunar esfuerzos para luchar contra el imperialismo y contra las oligarquías, a fin de desterrar la miseria”. Por su parte, Punto Final mostraba su entusiasmo con el surgimiento de un grupo como Iglesia Joven, al que consideró un movimiento que recuperaba el “verdadero sentido del Evangelio” y que tenía como objetivo central la unidad de la clase trabajadora, siguiendo los modelos de Camilo Torres y el Che Guevara. En sus páginas se incorporaron largos comentarios de Clotario Blest, quien además de hacer su propia interpretación de la toma, sentó las bases del diálogo cristiano-marxista. Blest, con originalidad y atrevimiento, analizaba lo ocurrido en la Catedral como un “acto religioso”. Ahí se había orado con “singular fervor y emoción” y se había cantado con guitarras como el pueblo solía hacerlo.

    La crítica que algunos sectores católicos más tradicionales, como L’ Observatore Romano, había puesto en evidencia, no era más que otra prueba de que a la jerarquía de la Iglesia no le gustaban las expresiones del pueblo. Blest negaba cualquier acusación de “profanación”, planteando que “los verdaderos profanadores del templo de Dios” eran “todos aquellos que entran a él con la bolsa bien llena de escudos y de dólares, robados a sus trabajadores y campesinos”. El marxismo de Blest se evidenciaba en su análisis de la realidad latinoamericana bajo la óptica de la lucha de clases. En esta, la Iglesia Joven se ubicaba “en la barricada de los explotados” sin descartar el uso de la violencia como “un último recurso popular” para conseguir sus reivindicaciones. Para Blest existían elementos fundamentales que homologaban al cristianismo y marxismo: la redención integral del pueblo, la desaparición de las clases sociales, la igualdad y la comunidad de bienes según la necesidad de cada persona o núcleo familiar y, principalmente, la búsqueda de “la felicidad del hombre en esta tierra y no solo esperanzarlo en un cielo donde volverán a encontrarse con sus explotadores y victimarios”.

    Casi dos meses después de la toma, la jerarquía eclesiástica, intentando dar algunas directrices para ordenar el ambiente posconciliar chileno, volvió a aludir a los sucesos de la Catedral. Los obispos resaltaron principalmente las definiciones irreconciliables de los católicos hacia su Iglesia. Se hablaba de una “Iglesia de los pobres”, de una “Iglesia de los jóvenes”, de una “Iglesia tradicional”, de una “Iglesia oficial”, de una “Iglesia clandestina” y de una “Iglesia nueva”. El llamado entonces era a dejar de lado las manipulaciones mundanas y políticas de la Iglesia, lanzando la pregunta: “¿Nos hemos abierto totalmente a su Evangelio, a todas sus exigencias, o hemos elegido arbitrariamente tal o cual versículo que usamos en apoyo de una tesis respetable, pero solamente humana?”.

    Los alcances teológicos de este cuestionamiento fueron evidentes y los obispos manifestaron su interés de que la acción social fuera complementada con “el estudio de su palabra” y “la contemplación de su misterio”, lo cual resumían en la frase “para ser sociólogo o promotor del desarrollo humano” el cristiano debía “ser primero un creyente y un testigo”. La jerarquía eclesiástica intentó frenar los excesos y confusiones que surgieron dentro de algunos miembros del clero por un compromiso apostólico cada vez más politizado. A comienzos de 1970, el Cardenal Silva Henríquez plantearía que el sacerdote estaba llamado a ejercer una acción social, pero no tenía permitido participar en política, salvo en un plano personal y reservado. La política era un terreno propio de los laicos. La jerarquía cambió el tono de sus pastorales anteriores y enfatizó las funciones pastorales de la Iglesia. Sin embargo, ya existía una simbiosis entre lo pastoral y lo social, entre lo pastoral y lo político, que parecía difícil de romper y el acto de la toma de la Catedral lo puso de manifiesto. En términos políticos, este evento enfrentó a los extremos: aquellos que estaban por una Iglesia más comprometida políticamente en la liberación del pueblo contra los que vieron en ella un acto de subversión católica y una izquierda católica.

    Pero la toma de la Catedral también tuvo un trasfondo religioso y sacó a relucir las tensiones existentes dentro de la Iglesia chilena. Puso de manifiesto aquel difícil equilibrio entre el trabajo espiritual y el trabajo temporal de la institución eclesiástica. Las preguntas que resonaron detrás de la espectacularidad del acto se relacionaron con la verdadera misión de la Iglesia y del sacerdote, temas que a partir de entonces estarían en el centro del debate católico local y global

  • La Virgen del Carmen en la Génesis de la Nación

    La Virgen del Carmen en la Génesis de la Nación

    El desastre de Rancagua marcó el término de la Patria Vieja y significó la restauración del régimen realista. Para los patriotas fue el fin de una etapa pero no de sus sueños de libertad y autonomía. Muchos emprendieron el éxodo a Mendoza desde donde retomaron la bandera de la Independencia chilena y americana.

    O’Higgins, acompañado de su madre y hermana, inició la travesía de los Andes en dirección a Mendoza el 3 de octubre de 1814 donde fue recibido por el gobernador de Cuyo, José de San Martín. El general chileno permaneció en esta ciudad un par de meses y a principios de diciembre se dirigió a Buenos Aires, donde vivió hasta los primeros días de febrero de 1816, fecha en que retornó a Cuyo para comenzar la preparación del Ejército Libertador.

    Durante el tiempo de preparación del Ejército en Mendoza, San Martín pudo observar que gran parte de los soldados y oficiales portaban el escapulario del Carmen y tenían la costumbre de rezar el rosario al atardecer. Al acercarse el momento de iniciar el cruce del macizo andino, San Martín, al mando de aproximadamente 5.000 hombres y con el destino de dos naciones en sus manos, quiso poner al ejército bajo la protección de la Virgen en alguna de sus advocaciones. Conocía San Martín el ejemplo del general Belgrano quien se había encomendado a la Virgen de la Merced en Tucumán y que ya en 1814 le había aconsejado, “no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre Nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa”. Al mismo tiempo, poco antes del cruce de los Andes, Pueyrredón le recomendaba, “ojalá sea usted oído por nuestra Madre y Señora de las Mercedes”. 

    La costumbre de nombrar patronas celestiales encuentra algunos antecedentes en América del Sur. En 1783 el presidente de Quito, José García de León y Pizarro, obsequió a Nuestra Señora del Guápulo un bastón de marfil en acción de gracias por preservar la paz. También dispuso se pusiera un cuadro alusivo al hecho en el cual aparece él de rodillas ofreciendo a la Virgen del Guápulo el bastón presidencial. Otra ocasión se produjo en 1811 cuando el virrey Abascal, en una solemne misa que se celebró en el Templo de Santo Domingo de Lima, con motivo de la instalación del regimiento de la Concordia, depositó un bastón de oro en las manos de la imagen de la Virgen del Rosario, al mismo tiempo que colocó en su altar todas las banderas ganadas al enemigo.

    No obstante las sugerencias de sus superiores, San Martín no nombró como Patrona del Ejército Libertador a la Virgen de La Merced. Había observado que la devoción a la Virgen del Carmen estaba muy arraigada en la provincia de Cuyo y que además numerosos oficiales chilenos eran miembros de la Cofradía del Carmen de Concepción, figurando entre estos los hermanos Francisco y Manuel Bulnes, Luis de la Cruz, Joaquín Prieto y Ramón Freire. 

    En clara muestra de su sentido práctico y para evitar disputas sobre este punto, tomó la decisión de llamar a una junta compuesta por los oficiales de mayor graduación a quienes les pidió que eligieran una advocación mariana bajo la cual se encomendaría el Ejército de los Andes. Los oficiales después de reunirse y votar, le comunicaron a San Martín que la triunfadora había sido la Virgen del Carmen. 

    El 5 de enero de 1817, en vísperas de iniciar el memorable cruce de los Andes, las máximas autoridades del ejército y de la ciudad de Mendoza, se reunieron con la finalidad de jurar a la Patrona del Ejército y a la nueva bandera nacional argentina, que había sido reconocida como tal por el Congreso de Tucumán. 

    Los actos se iniciaron a las diez de la mañana en la iglesia de San Francisco, justo en el momento en que los ocho templos de Mendoza comenzaron el repique de sus campanas. Al unísono, el Ejército inició su marcha por La Cañada en dirección al lugar donde se desarrollaría la ceremonia oficial. Los días previos las autoridades habían llamado a los mendocinos a adornar sus casas y volcarse a las calles para despedir a los hombres que pronto emprenderían el cruce de la cordillera. Se culminaba de esta forma el proceso de preparación y se iniciaba el que llevaría a la obtención de la libertad de Chile.

    El desfile militar detuvo su camino por primera vez frente al templo de San Francisco para esperar que saliera de él la Patrona Electa, la Virgen del Carmen, y después, continuó su marcha en dirección a la iglesia Matriz para bendecir el bastón de mando de San Martín y la bandera. Después de una misa solemne, las autoridades, el público y las tropas se dirigieron a un altar emplazado en el exterior de la iglesia, donde estaba instalada la imagen de la Virgen del Carmen. Según relato de Bartolomé Mitre, “San Martín puso su bastón en la mano derecha de la imagen, como Belgrano lo había hecho en vísperas de la Batalla de Salta con la Virgen de las Mercedes… y tomando la bandera subió con ella a la plataforma levantada en la plaza. Todos los cuerpos presentaron armas: los tambores batieron marcha de honor, y siguió un religioso silencio. ‘Soldados -señaló San Martín- esta es la primera bandera independiente que se bendice en América’. La batió por tres veces mientras el pueblo y las tropas lanzaban un estruendoso ¡Viva la Patria! Después de una triple descarga de fusilería, a la cual siguió una salva de 25 cañonazos, San Martín escoltó la imagen de la Virgen hasta su iglesia”. Una de esas banderas, serviría décadas después para amortajar los restos del prócer cuando estos fueron repatriados desde Francia a Argentina.

    La imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo que presidió esa histórica ceremonia se conserva hasta nuestros días en el altar mayor de la Iglesia de San Francisco en Mendoza. Su veneración data de comienzos del siglo XVIII, cuando Pedro de Núñez, hombre de gran fortuna y devoción, la hizo llevar desde Chile para donarla al templo de los jesuitas donde funcionó desde 1705 la primera Cofradía del Carmen de la ciudad. Con posterioridad a la expulsión de los jesuitas en 1767, la cofradía y la imagen se trasladaron a su actual ubicación.

    La Virgen del Carmen, un símbolo para la nueva república

    Los sucesos políticos ocurridos a partir de 1810 alteraron la normal comunicación entre las distintas órdenes religiosas al modificar las relaciones entre peninsulares y criollos. En esos años, la devoción por la Virgen María ocupaba un primerísimo lugar en la fe de los habitantes del Reino. Un interesante estudio del padre Gabriel Guarda señala que la mayoría de los templos en esos años tenía por titular alguna advocación mariana, siendo las más populares la Virgen del Rosario, la de la Merced, la de la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora del Carmen. Durante el periodo de la Independencia las preferencias de los realistas se inclinaron hacia la Virgen del Rosario o de la Merced mientras la Virgen del Carmen fue quien acaparó el fervor de los patriotas.

    El ascenso oficial de la Virgen del Carmen al primer lugar del culto mariano se inició con posterioridad a la batalla de Chacabuco (1817) de la mano de O’Higgins. El prócer, al igual que en el caso de San Martín, no registra antecedentes previos a la Independencia que atestigüen su especial devoción por ella. De hecho, la única pertenencia oficial que se le conoce es a la Hermandad de la Virgen de los Dolores, fundada por un grupo de criollos desterrado en la isla de Juan Fernández durante la reconquista y a la cual O’Higgins se integró cuando estos fueron liberados. Sin embargo, el fervor que la Virgen del Carmen despertaba en sus hombres lo llevó a transformarla en la protectora de la incipiente república. El 11 de febrero de 1817, pocas horas antes del enfrentamiento con los realistas en Chacabuco, O’Higgins, en un primer acto de autonomía respecto a los argentinos, reiteró el juramento realizado a la Virgen del Carmen en Mendoza pero proclamándola ahora Patrona y Generalísima de las Armas de Chile.

    A partir de entonces la Virgen del Carmen estuvo presente en casi todos los actos de la naciente república que él encabezó, uniéndose la devoción religiosa con el sentimiento patriótico.

    Con posterioridad a Chacabuco, la primera ceremonia oficial de celebración del Ejército de los Andes se realizó cuando éste hacía su ingreso a Santiago por la calle de la Cañadilla, que era en esa época el acceso norte de la capital. Las tropas se detuvieron frente a la iglesia de la Estampa Volada de Nuestra Señora del Carmen, realizándose un primer acto en honor a la Patrona del Ejército. En ese entonces, sólo habían siete parroquias en Santiago: El Sagrario, San Isidro, San Lázaro, Santa Ana, San Pablo, la Estampa y Ñuñoa. Cabe señalar que solo estas dos últimas estaban bajo una advocación mariana y ambas veneraban a la Virgen del Carmen. 

    Para la primera celebración de la fiesta del Carmen del Chile independiente, el gobierno dispuso la realización de una serie de actos oficiales. La noche del 15 de julio hizo su estreno la bandera “de transición”, la cual fue conducida altar de la Virgen del Carmen de la iglesia de San Francisco para pasar la noche a los pies de su imagen, escoltada por soldados del Ejército de los Andes. Al amanecer del día siguiente, se dispararon 15 cañonazos en honor del nuevo emblema patrio ante la presencia de tropas chilenas y argentinas. Después de la misa fueron condecorados, en medio de la algarabía popular, los héroes de Chacabuco. 

    En los meses siguientes coexistieron la bandera de la Patria Vieja, la de transición de 1817 y la argentina, que presidió al Ejército de los Andes. El 18 de octubre de 1817 fue sustituida la bandera de transición por el actual emblema patrio. Este, hizo su primera aparición pública en la iglesia de San Agustín de Concepción el 12 de noviembre de ese año, en la misma fecha que se realizaba en esta ciudad la procesión de la Virgen del Carmen.  

    La nueva bandera había sido confeccionada en Concepción por las hermanas Pineda, quienes hicieron presente a las autoridades que no cobrarían por su trabajo en obsequio de la Patrona del Ejército y pusieron una estrella en la bandera tricolor, porque en las letanías a la Virgen se le invoca como “Stella Matutina” (estrella de la Mañana). Esa estrella representó por tanto a la Virgen del Carmen.

    La promesa de O’Higgins

    Desde principios de marzo de 1818 se vivía en el país gran expectación. La suerte de Chile estaba en juego con la llegada de la expedición de Mariano Osorio, lo que había provocado gran desazón.

    La mañana del 14 de marzo Santiago amaneció con sus tiendas cerradas. Se estimaba, con acierto, que pronto se libraría la gran batalla que sellaría el destino de la independencia. Es en este contexto que las autoridades, encabezadas por Luis de la Cruz y el Obispo José Ignacio Cienfuegos, convocaron a los capitalinos a una misa en la Catedral para invocar la protección de la Virgen del Carmen. Fue en esta ocasión cuando todos los presentes en el templo ofrecieron erigir en el lugar en que se obtuviese la victoria definitiva, una iglesia en honor a la Patrona Jurada del Ejército. O’Higgins se encontraba en el sur combatiendo a los realistas, pero al llegar a la capital hizo suyo el voto del pueblo de Santiago. La Gaceta Ministerial en los días siguientes dejó constancia de dicha promesa al señalar, “en el mismo sitio donde se dé la batalla y se obtenga la victoria, se levantará un Santuario a la Virgen del Carmen, Patrona y Generala de los Ejércitos de Chile, y los cimientos serán colocados en el mismo lugar de su misericordia, que será el de su gloria”. 

    Al ponerse el sol se dispararon salvas de artillería en la Plaza de Armas y ese mismo día en homenaje a la Virgen del Carmen se perdonó la vida de unos condenados a muerte. 

    El triunfo patriota en los llanos de Maipú fue el día más glorioso de la historia patria. Con posterioridad a esta victoria, el cumplimiento de la promesa realizada a la Virgen en la Catedral por el pueblo de Santiago se convirtió en un imperativo para el gobierno. 

    El 7 de mayo de 1818 O’Higgins dispuso, “no debe tardarse un momento el cumplimiento de esta sagrada promesa” y procedió a designar como superintendentes de la construcción del futuro templo a Juan Agustín Alcalde y a Agustín de Eyzaguirre, para que estos presentasen a la brevedad un plano y correspondiente presupuesto de las obras. También les encargó proponer la forma en que se debían financiar y organizar los trabajos recurriendo para esto a las corporaciones y vecinos.

    El deseo de agradecer a la Virgen por la victoria obtenida se refleja claramente en algunas disposiciones gubernamentales. El 29 de octubre de 1818 se decretó que una de las fragatas que se construían en Estados Unidos se llamara María del Carmen de Maipú, “en agradecimiento a la singular protección con que ha favorecido a nuestras armas la serenísima Reina de los Ángeles, bajo el título del Carmelo”. Pocos días después, el 15 de noviembre del mismo año, O’Higgins y San Martín encabezaron la larga fila de autoridades y fieles que peregrinaron hasta el lugar de la batalla de Maipú para poner la primera piedra del templo que pensaban construir. Algunos fueron a caballo, en carretas o carruajes, pero gran parte de la muchedumbre hizo el camino a pie. Tres días después, se abrió una suscripción particular para la construcción del templo, y algún tiempo después se iniciaron las obras las que poco después serían interrumpidas. El mismo 1818 se estableció que la procesión del Carmen sería realizada cada año el tercer domingo de octubre, para conmemorar así la fecha en que Bernardo O’Higgins peregrinó a Maipú. 

    Cuando se produjo en 1819, la reapertura del Instituto Nacional, el recuerdo de la promesa a la Virgen del Carmen estaba muy presente y por eso las autoridades decidieron que la ceremonia de inauguración debía hacerse el 16 de julio, a fin que la iniciativa educacional prosperara bajo sus auspicios de la Virgen del Carmen.

    Durante el gobierno de O’Higgins la energía de los hombres de Estado fue consumida, entre otras obras, por la organización de la expedición libertadora del Perú,  el desarrollo de las incipientes fuerzas militares chilenas, el establecimiento de nuevas instituciones y la realización de numerosas e importantes obras públicas. La promesa del prócer de levantar un templo en honor a la Virgen del Carmen fue paulatinamente postergada. No lo sabía O’Higgins en ese entonces, pero el cumplimiento de su promesa sólo se concretaría 156 años más tarde.

    En la década de 1870, cuando Benjamín Vicuña Mackenna escribía “La batalla de Maipú”, visitó el sitio histórico de la célebre batalla y pudo observar el abandono en que se encontraba el Templo de O’Higgins. Escribió en su libro refiriéndose a los miles de muertos que yacían en este lugar, “cuando la barreta del explorador de estos osarios (refiriéndose a él mismo) cavaba en la tierra con su propio brazo, venía a la superficie el polvo calcinado de los que murieron por un rey que no conocían y por una patria que les ha olvidado”. Implacable con los chilenos, señalaba, “otros pueblos habrían guardado y venerado esas cenizas sagradas, y concluido con premura las obras destinadas a su recuerdo… pero los chilenos son más prácticos que todo eso: sobre las faldas santas de Maipo han sembrado alfalfa, y de la iglesia votiva e inconclusa, si alguna vez le ponen cobertor de teja o de paja, harán los hacendados limítrofes un espacioso granero… Nosotros… solo querríamos que sobre los muros inconclusos del templo de Maipo una mano humilde escribiese esta leyenda de amargo reproche, pero de eterna y reparadora justicia, que algo siquiera enseñaría a nuestro orgullo: ‘Aquí, envuelto en su sudario de gloria, yace el patriotismo chileno’”.