Categoría: Educación

  • La Red Cultural o la inutilidad de una revista

    La Red Cultural o la inutilidad de una revista

    Esta es una revista inútil. Sí, sí, ha leído bien. Es una revista que no sirve para nada, con el agravante de que exige para su lectura una especial concentración, contiene textos arduos que requieren en muchos casos volver a releer algún párrafo, los temas son profundos y de tiempos remotos e incluso se puede encontrar algún texto en latín, todo ello en un mundo marcado por el utilitarismo y el pragmatismo que exalta el valor de lo útil, de lo práctico, en el que triunfan los mensajes cortos, las redes sociales, la abundancia de información, la extensión de la tecnologías, etc. Sí, la revista Red Cultural parece de otra época y me reafirmo en su inutilidad, pero precisamente por eso, (y lo digo otra vez), precisamente por eso, es tremendamente necesaria y no podemos prescindir de ella. No, no podemos.

    La sociedad actual está dominada, es fácil entenderlo,  por el homo aeconomicus (se lo dije, habría latín), por la primacía de lo práctico. Todo el mundo moderno, desde Descartes en adelante, ha ido absolutizando la práxis sobre la theoría (¡uy, ahora en griego, qué barbaridad!) y ha ido transformando al hombre en un dominador de la naturaleza, la cual aparece solo como fuente de beneficio y riqueza. La exaltación de este modo de entender la realidad es alcanzada por Marx al proclamar aquello de que a los filósofos ya no les tocaba contemplar o pensar el mundo, sino transformarlo (vaya que lo transformó el amigo Carlos, al punto que aparecieron realidades nuevas como el Gulag y otras lindezas). En este contexto aquello que no tenga utilidad, que no sea práctico, que no reporte algún beneficio concreto, carece de valor. Leída así la afirmación inicial sobre esta revista, podría hacer pensar que no es valiosa o que podemos prescindir de ella. Pero ya hemos dicho que es precisamente (y lo dije dos veces, con esta tres), todo lo contrario. Expliquémonos (se pone arduo, le aviso): 

    Hablando sobre los bienes humanos, sobre aquellas cosas más convenientes para el hombre, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles (¡qué autores más antiguos que cita este hombre!), afirma que si se considera la razón de bien de forma más elevada y universal, encontramos que puede dividirse el bien en tres tipos. Y esto porque el bien, que es aquello apetecible, es fin de la tendencia del apetito (le advertí que era arduo). De esta manera puede considerarse como bueno, tanto el fin o término del movimiento del apetito, como los medios que permiten conseguirlo. Haciendo la salvedad de que el fin puede considerarse de dos modos: Uno, como aquello a lo que uno se dirige, como puede ser un lugar a una forma; otro, como reposo en aquello a lo que uno se dirige (lea otra vez el párrafo si es necesario). Lo explicamos. Es bueno tanto el vino (si es chileno, mejor y lo he comprobado estando lejos), como el disfrutar de tomárselo. Uno es el término del apetito (vino), otro es el reposo en su posesión (tomárselo). Pues bien, de acuerdo a ello tenemos que lo que es apetecido como medio para conseguir el fin último de la tendencia del apetito, se llama bien útil; y lo que es apetecido como fin último de la tendencia del apetito, se llama bien honesto, porque se llama honesto a aquello que es apetecido por lo que es. Aquello en lo que termina la tendencia del apetito, es decir, la consecución de lo buscado, es el bien deleitable. Bien útil, bien honesto y bien deleitable. El primero es el bien medio, aquel que sirve para otra cosa, aquello que no se quiere por sí mismo, que no está en él la razón de por qué lo queremos, sino que dicha razón está en aquello que el bien útil me da. El medio o instrumento lo amamos solo para poder conseguir lo que verdaderamente amamos, lo honesto. Solo este es lo que vale por sí mismo, lo que no es querido para otra cosa sino por el valor intrínseco que él posee y cuya posesión causa gozo o deleite. 

    Se aprecia entonces claramente que lo útil o práctico, lo que causa o trae algún beneficio, es verdaderamente un bien, pero no el único y exclusivo, ni el más perfecto, sino un bien que tiene su razón y justificación en la posibilidad de conseguir bienes en los que el espíritu humano repose y descanse. Afirmar que si algo no tiene utilidad es algo carente de valor, es olvidar que los bienes humanos no se reducen al mero “bien medio”, que la riqueza de lo humano se nutre y crece sobre todo por lo que vale por sí mismo, por lo honesto, por lo “inútil”, que no vale para otra cosa, porque lo amamos por sí mismo (creo que se entendió, y si no pregúntese a sí mismo “¿para qué sirven mis amigos?”, y descubrirá lo absurdo de la pregunta. ¡Ah! y no intente decir que “sirven” para pasar buenos ratos o que “sirven” porque me alegran la vida, porque estaría absolutizando el bien útil. No sirven, pero son lo más valioso que tenemos). Un claro ejemplo: el poeta ama más la poesía que el lápiz, pero sin este no escribe aquella. El lápiz es útil, la poesía, honesta o también, puede decirse, que es inútil (sí, no se angustie, puede decirse “inútil”). ¿Puede alguien decir que no es valiosa la poesía o que es menos valiosa que un lápiz? No, precisamente porque la queremos por ser poesía, por ser lo que es, es más valiosa y necesaria para el ser humano. La inutilidad de la poesía es la razón de su valor y dignidad. Podemos vivir sin lápices, pero no sin los versos de los poetas, como este de Salinas: “¿Qué hermoso el mundo, qué entero si todo, besos y luces, y gozo, viniese solo de ti!”. (Para entretenerse y descansar: imagine que un volcán entra en erupción en Madrid. ¿Qué intentaría salvar: Una lavadora, un coche Audi A7, un computador, o Las Meninas de Velázquez? Ojo: Las futuras generaciones no le perdonarán lo que haya decidido).   

    En este sentido, y siguiendo con el ejemplo, es doloroso ver como actualmente la gente se preocupa más por tener “lápices” que por “leer poesía”, entregados exclusivamente a acumular dinero y poder, los hombres van secando su espíritu. Es triste ver cómo  triunfan en las televisiones y los medios las nuevas maneras del éxito encarnadas en el emprendedor que ha tenido una genial idea, en el ganador de un reality que lleva 23 ediciones o en la exclusiva copucha que ha sido lanzada para comentario de todos. Es desilusionante ver a las personas preocupadas solo por el “para qué sirve” y no por el ¡qué bello!, y solo porque tienen la mirada fija en lo útil y son incapaces de contemplar lo cotidiano, lo sencillo, la belleza de la naturaleza o del arte.

    Por eso es que proclamamos con orgullo la inutilidad de la Red Cultural, es ella inútil como la poesía es inútil, como la música de Mozart o los diálogos de Platón (le dejo a usted que deduzca que es imprescindible como cada una de las obras señaladas). Es inútil porque no es útil, porque es un bien honesto en el cual se deleita y crece el espíritu humano. Hay en esta Revista verdades que el mundo necesita y le urge mantener. ¿Por qué releer a Chesterton? ¿Por qué adentrarse en los recovecos de la historia del mundo antiguo? ¿Por qué descubrir los anhelos de Alejandro o de Carlomagno? ¿Por qué deleitarse con el mundo de Verdi o de Wagner? ¿Por qué contemplar la belleza de las catedrales góticas o de la pintura chilena? No porque nos sirvan para ser mejores médicos, maestros, abogados, jardineros, vendedores, etc. (por supuesto, con su correspondiente femenino), sino porque en ellos subsisten verdades eternas, bienes sublimes, bellezas ocultas que es preciso volver a poner frente al hombre de hoy para que mantenga su humanidad. Vivir de lo útil únicamente esclaviza y deshumaniza. Piense en una sociedad en la que no se regalen flores, que no haya museos, que no tenga teatros, que no haya conciertos, etc., sería una sociedad en la que seguro que usted no querría vivir. Sobre esto dice Theophile Gautier: “Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores, el mundo no sufriría materialmente. ¿Quién desearía, no obstante, que ya no hubiese flores? Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas, y creo que en el mundo solo un utilitario sería capaz de arrancar un parterre de tulipanes para plantar coles (¡¡yo quiero regalar flores!!).

     Nuccio Ordine, un autor que reflexiona sobre la inutilidad de manera brillante, afirma con contundencia: “Si dejamos morir lo gratuito. Si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida”. Puede ser que leer artículos difíciles de filosofía, arte, historia y literatura, no sirva para nada, pero permite elevar nuestra condición personal, eso que se ha dado en llamar la “dignitas hominis” (otra vez latín). Las humanidades no sirven para nada, simplemente ayudan a vivir con más lucidez y humanidad. Si uno es capaz de distinguir entre una vida lúcida, una vida más humana y una vida estúpida, entonces está en condiciones de entender que hay cosas cuyo valor no estriba en valer para algo (es una frase fuerte pero había que decirlo). De este tipo de valor están provistas las realidades que en el fondo consideramos más valiosas, que son aquellas de las que se ocupa la revista. Por eso, parafraseando a Ionesco me atrevo a sostener que “si es absolutamente necesario que la revista Red Cultural (él dice “arte”) sirva para alguna cosa, yo diré que debe servir para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya”. En efecto, es indispensable que haya realidades inútiles, que sean objeto solo de contemplación y de reflexión, como una conversación con los amigos, que no cambiaríamos por nada aunque de ella no se sigan ningún beneficio práctico y pecuniario (más aún, si se “pierde” tiempo y dinero porque se les hemos pagado la cuenta). La Red es una conversación con “amigos” muy sabios que han pensado y dejado por escrito o pintado o esculpido…, verdaderas maravillas que no nos es posible desconocer. 

    Para terminar, y hablando de amigos, no puedo evitar recordar el proyecto que llevó a cabo, entre 1831 y 1832, Giacomo Leopardi junto a su estimado amigo Antonio Ranieri: se trataba de un periódico semanal llamado Lo Spectatore Fiorentino, que al final nunca vio la luz, pero que en sus primeras páginas declaraba: “Reconocemos con franqueza que nuestro periódico no tendrá ninguna utilidad. En un siglo enteramente dedicado a lo útil, cobra fundamental importancia, llamar la atención sobre lo inútil. Y creemos razonable que en un siglo en el que todos los libros, todos los pedazos de papel impresos, todas las tarjetas de visita son útiles, aparezca finalmente un periódico que hace profesión de ser inútil: porque el hombre tiende a distinguirse de los demás y porque, cuando todo es útil, no queda sino que uno prometa lo inútil para especular”(No es necesario que explicite la comparación con la revista ¿no?).  Por medio de la filosofía de lo inútil, Leopardi no solo busca defender la supervivencia del pensamiento, sino que además pretende reivindicar la importancia de la vida, de la literatura, del amor, de la poesía, de todas las cosas consideradas inútiles. Creo, sinceramente, que la revista que usted tiene entre sus manos es necesaria, hoy más que nunca, por la misma razón, porque estando hecha con el esfuerzo y la pasión de unos amigos y amigas, busca salvaguardar la importancia y el valor de las humanidades, para que los que a ellas se acerquen engrandezcan su propio espíritu. Afirmaba Victor Hugo (el de Los Miserables, sí, ese), que ardiente y apasionadamente quería el pan del obrero, el pan del trabajador, porque es un hermano, pero con la misma fuerza exigía: “quiero, además el pan del pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero multiplicar el pan del espíritu como el pan del cuerpo”. Sí, la Red Cultura es inútil, y por eso, no nos permitirá cocinar mejor la cazuela, pero es tremendamente necesaria porque alimenta el espíritu. Léala que hace bien.  

  • La importancia de saber leer

    La importancia de saber leer

    En este nuevo comienzo del año académico he querido poner mi atención en los más pequeños. En aquellos alumnos que recién comienzan su vida escolar y que dan sus primeros pasos en el mundo de la lectura y la escritura. Es verdaderamente admirable ver cómo poco a poco estos niños logran descifrar esos caracteres, hasta hace poco extraños para ellos, y que ahora aparecen llenos de sentido, posibilitándoles acceder a mundos nuevos de conocimientos, pero también a historias de aventuras y de fantasía apasionantes. A veces da gusto ver cómo, con tan solo 4 o 5 años consiguen leer y escribir con mucha facilidad. No obstante, la tristeza aparece cuando uno se encentra con jóvenes de 18 o 20 años que no solo leen mal sino que no tienen ningún gusto o afición por la lectura. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde ha quedado, después de 12 años de colegio, su pasión por las letras? ¿Qué ocurrió con esa precocidad literaria tan celebrada por sus padres? ¿Bastaba con enseñarles a leer o era necesaria una acción de otro tipo? A desentrañar lo que supone verdaderamente saber leer es que dedicaremos esta reflexión, la cual estará orientada a los niños como destinatarios últimos, pero dirigida de modo especial y directo a padres y maestros.  

    En su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura en diciembre de 2010, Mario Vargas Llosa comienza con las siguientes palabras: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano (…). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas. La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura”. Este primer párrafo apunta a tres cuestiones que son claves para comprender la importancia de la lectura, así como su verdadero sentido.

    1.- En primer lugar, aparece con claridad que leer no es lo mismo que ser lector. En efecto, leer, en su más pleno sentido, no puede ser solo el acto mecánico por el que desciframos el significado de ciertos signos escritos. Si bien es cierto que saber leer indica, primeramente, la capacidad de decodificar signos –y así cuando decimos que alguien sabe leer o aprendió a leer, es a esto a lo que nos referimos–, no obstante, no puede esto confundirse con el hábito de leer. Solo quien posee este último merece el título de lector. Un niño de 6 años, gracias a la ayuda de la escuela y de sus padres, puede saber leer, pero desde luego, no es un lector. 

    Para comprender bien esta diferencia comparémoslo con la actividad de escribir. Una cosa es saber escribir y otra ser escritor. Un escritor es alguien que no solo escribe, sino que lo hace de un modo habitual, pero además, siendo capaz de comunicar una verdad o una historia con cierto arte. Siguiendo con el ejemplo, no decimos que un niño de 6 años que sabe escribir, sea un escritor. Y si existe en castellano la palabra “escribidor”, que el diccionario de la Real Academia Española define como aquel que es “mal escritor”, también es posible hablar de “leedor”, para referirse al mal lector, esto es, a aquel que sabiendo leer, solo lo hace por motivos extrínsecosa la misma lectura, es decir, usa la lectura para poder enterarse de ciertas cosas útiles, pero que de no mediar dicha necesidad, se mantiene alejado de la actividad lectora. Se ve en Vargas Llosa esa pasión por la lectura y su deseo de leer las historias que se le presentaban. El poeta Salinas en una obra sobre los libros sostenía: “Uno de los efectos del desorden intelectual contemporáneo es que mientras ha crecido el número de leedores, se ha vuelto una rareza singular el tipo de puro lector”. 

    Y ¿en qué consiste ser lector? Pues no en otra cosa que en leer por razones intrínsecas a la lectura, es decir, en la actividad de aquel que lee por el mismo bien que supone leer, no para informarse sobre algo, sino porque ha descubierto que la lectura es un bien en sí mismo. Como señala Salinas es lector “el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas. Ningún ánimo en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la escala social, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo”. El lector sabe leer, por supuesto, pero hay algo más en él que lo distingue y ennoblece: su amor por la lectura, su pasión por estarse junto a un libro descubriendo lo que tiene para ofrecer.

    Este amor por la lectura es descrito también por un prestigioso escritor infantil, Gustavo Martín Garzo, quien se ha referido al lector como alguien “que se olvida de sus ocupaciones cotidianas, que abandona el ámbito de lo estrictamente racional, y que solo vive para desvelar el misterio de una llamada tan desconocida como irresistible. Que lo hace no buscando un mayor conocimiento de sí mismo o del mundo, sino, sobre todo, llevado por un movimiento de fascinación”. El lector, aquel que verdaderamente sabe leer, es alguien que está fascinado por la lectura y le busca en razón del mismo gozo que supone leer. Es obvio que todos somos leedores, el problema está en ser solo eso y no atreverse a ser también un poco lectores, atreverse a disfrutar con la misma lectura. Porque la verdad es que aunque nunca se ha leído tanto como ahora, nunca han existido tan pocos lectores. Leer no está de moda. Los estudios sobre hábitos lectores son unánimes en constatar que los alumnos universitarios no leen o leen poco. Un estudio publicado hace unos años indica que en las preferencias de ocio de los adolescentes españoles, la lectura está anteúltima por delante de “no hacer nada”. De tal manera que si hoy los índices de analfabetismo son bajísimos porque casi todos saben leer, no estaría mal considerar otro tipo de “analfabetismo”: el de aquellos que solo se han quedado en la condición de leedores. Salir de este analfabetismo supone adquirir el gusto por la lectura, dicho de otro modo: querer leer. 

    2.- En segundo lugar, ese gusto por leer está fundado en gran parte en aquello que se lee. En este sentido, saber leer no solo supone realizar la actividad lectora, ni disfrutar con la lectura, sino además saber qué es lo que se lee. Y este párrafo parece apuntarlo con claridad. Aprender a leer es lo más importante que le ha pasado a Vargas Llosa porque ha tenido la posibilidad de conocer a una serie de autores que le han mostrado un mundo absolutamente genial. Dumas, Víctor Hugo, Verne, Calderón, etc., son algunos de los clásicos mencionados por el escritor peruano. No dice que agradece haber aprendido a leer porque de ese modo puede leer el diario cada día y enterarse de las noticias; o leer las cartas de sus amigos y los emails del trabajo, sino que señala que de ese modo ha podido viajar con el capitán Nemo, y vivir diversas aventuras con diversos personajes entrañables. Son los clásicos aquellas obras que han conseguido expresar los más profundos deseos del corazón humano (los abismos de lo humano, dirá en otro lugar el autor) y que, por tanto, siempre se mantienen actuales. Son obras, como dice Italo Calvino que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir”, porque su profundidad es inagotable. Siguen interpelándonos aún después de tantos siglos de haber sido escritos, de allí que sean obras que siempre se están releyendo. Estos son los libros que verdaderamente posibilitan convertirse en lector. No se hace uno lector, no adquiere gusto por la lectura, iniciándose en un tratado de química o de geología, sino en obras que causen gozo al alma. Por eso, el papel de los cuentos clásicos, de los cuentos de hadas, resulta insustituible en la formación del futuro lector. 

    3.- En tercer lugar, aparece aquí lo que a mi juicio es más importante y permite entender más la importancia de la lectura. Si uno pregunta por la importancia de la lectura, es evidente que la respuesta será “sí, es importante”. Pero lo que no es tan claro es para qué es importante. ¿En dónde radica la importancia de la lectura? ¿En que nos permite conocer y acceder a informaciones que de otro modo no tendríamos? ¿Para poder aprobar los exámenes y así obtener un título? ¿Para conseguir trabajo o para leer las instrucciones de funcionamiento de la lavadora nueva? ¿Para qué es importante saber leer? Y Vargas Llosa en este primer párrafo da razón de ese “para qué”: Dice el ganador del Nobel que la literatura “enriqueció mi vida”. La lectura es importante porque enriquece la vida. Porque nos ayuda a ser mejores personas. Sobre esto va a volver después a lo largo de su discurso, pero ya queda claramente establecido: “Agradezco saber leer al hermano Justiniano porque a través de la lectura mi vida ha sido enriquecida”. 

    La lectura literaria aparece como algo necesario, no por su utilidad o por su carácter pragmático, sino por su propia naturaleza, sobre todo en nuestros días, en que vivimos en una sociedad hiperteconologizada. A través de ese encuentro es posible una vida más armónica, equilibrada, más humana. Por eso conseguir que los alumnos se fascinen por la buena literatura es un desafío precioso al que estamos llamados todos. No es, de ninguna manera, algo utópico, aunque sea difícil y complejo. Es hacia allí donde debemos tender tanto los padres como los maestros: no solo a enseñar a leer, no solo a posibilitar que sean capaces de descifrar esos signos que les permiten acceder a la información que posee un texto, sino que debemos procurar transmitir pasión por la lectura acercando a los niños a los clásicos de siempre que les colman la vida de sentido. Y esto del único modo posible que existe para hacerlo: entusiasmarnos nosotros mismos con la buena literatura y practicarla a diario. Al principio puede que cueste, pero luego será parte de nuestra propia vida y solo desde allí podremos educar. 

  • Educar la libertad humana (II)

    Educar la libertad humana (II)

    Hablábamos en un número anterior acerca de la educación de la libertad de nuestros hijos, y decíamos allí, que el fin de nuestra actividad educativa no es otro que  posibilitarles amar en plenitud, de tal modo que puedan entregarse a los demás por amor. Ese es el mejor modo de encaminarlos hacia la felicidad. Pero claro, esto no es fácil, y por eso, es necesario continuar con aquella reflexión deteniéndonos esta vez en los medios que nos permiten realizar tan ardua labor. 

     ¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos sean capaces de amar más unas cosas que otras, cómo podemos hacer para que sean capaces de amar libremente aquello que vale la pena ser amado y, por el contrario, que rechacen aquellas cosas que exigen ser rechazadas? Seguramente, si el querido lector es madre o padre, ya habrá dado la respuesta en el fondo de su corazón, porque no tiene mayor secreto: amando incondicionalmente a los hijos. El lugar donde los hijos aprenden a amar es en el seno de la familia y si no lo aprenden allí, no lo aprenderán en ningún libro de autoayuda o de psicología contemporánea. Es en la familia, en esa comunidad de vida y de amor, donde el hijo es amado por lo que es, donde vive esa experiencia de ser amado por el hecho mismo de ser, sin tener que realizar ninguna acción especial, ni extraordinaria. Lo único que valdría la pena recordar aquí es que ese amor a los hijos será plenamente educativo si está fundado en el amor profundo y comprometido entre los esposos. Los hijos aprenden a amar no solo con la experiencia de ser amados, sino en la contemplación del amor que tienen sus padres entre sí. Los hijos quieren que sus padres se quieran y, por ello, todo lo que altere esa comunión de amor afectará inevitablemente a la actividad de los padres como educadores. 

    Ahora bien, junto a este amor incondicional de los padres es preciso, en orden a educar la verdadera libertad, que los hijos conozcan lo que es verdadero y bueno, de tal modo que puedan elegirlo, siendo para ello necesaria una firme y tierna autoridad. Requieren que se le presente el bien, que se les haga atractivo, que lo vean como perfectivo. Solos, no son capaces de conocer lo bueno, de tal manera, que si quisieran moverse desde sí mismos sin conocer el bien que les perfecciona, se moverán de un modo parcial, limitado, no completamente libre. Es por eso que requieren la autoridad de alguien que les muestre lo que es digno de ser amado; requieren, exigen, la autoridad de los padres que les guíen y les conduzcan hacia el estado de virtud; requieren de los padres que les sirvan de sustento; exigen una palabra que les dé sentido a su existencia, que los oriente en el camino de la verdadera felicidad. 

    Autoridad educativa, afirma Monseñor Carlo Cafarra: “Significa posesión segura y vivida de una interpretación de la realidad que se ofrece-propone para la verificación existencial de quien es educado”. En efecto, si no se conoce lo bueno, si no se conoce lo que es verdaderamente valioso, si no se posee una interpretación segura de la realidad que proponerle al hijo, no hay educación posible. Sin esa autoridad, complemento indispensable del amor incondicional, los hijos podrían terminar encerrados en sí mismos, con una personalidad inmadura, porque aún recibiendo la experiencia del amor de los padres, no sabrán lo que deben elegir y amar, pudiendo incluso pensar que no hay nada suficientemente digno de ser amado como para realizarlos, volviendo así imposible la educación de la libertad.

    En nuestros días la autoridad está bastante desprestigiada, hay una verdadera crisis de autoridad. Ella se ve como imposición arbitraria de la mentalidad de quien tiene el poder, se la hace sinónimo de autoritarismo y no se la considera o no se la quiere ejercer. No nos atrevemos a decirles a nuestros jóvenes: “esto es verdadero”, “esto vale la pena”, “esto es bueno y debe amarse”, porque muchas veces pensamos que no hay verdad, ni bien, ni cosas valiosas. Pero así abdicamos de nuestra tarea. Mostrarles lo bueno – mostrarles, proponerles, no imponerles – lo digno de ser amado, no es autoritarismo sino verdadera autoridad, supone estar al servicio de la vida de otro, acompañando el proceso de mejora y de crecimiento de ese otro. 

    Así entendía la autoridad San Agustín, para quien el que manda sirve. En casa del justo, decía el obispo de Hipona, “hasta los que mandan están al servicio de los que son mandados, y no mandan por afán de sobresalir, sino que lo hacen por un amor lleno de servicio”. En efecto, la autoridad tiene como finalidad servir a nuestros hijos, custodiar el bien de nuestros hijos. No se ejerce para que todo el mundo vea lo bien que van las cosas en la propia casa, lo ordenado que está todo, lo poco que molestan los críos, sino porque a través de ella nos empeñamos en conseguir el bien de nuestros hijos y ese bien es que sean verdaderamente libres para amar en plenitud. Para lo cual la autoridad debe ejercerse estableciendo los límites y las obligaciones necesarias para el desarrollo de su personalidad, límites que están encaminados a la felicidad y plenitud del hijo, así como también deben establecerse sus derechos y posibilidades. 

    Es esta autoridad así entendida, la que permite apuntalar, guiar para que se eviten las desviaciones o para corregirlas si aparecen, y en esa corrección, en ese indicar los límites y reglas del juego, el padre y la madre deben ser firmes, porque de su firmeza depende el bien de su hijo. De tal manera que en las correcciones uno debe decir o más propiamente manifestar que se lo ama demasiado como para permitir aquel desvío. “Te amo tanto, hijo mío, quiero con tanta fuerza tu bien, que no me puedo permitir dejarte hacer esto”.   

    No obstante, esa firmeza en el ejercicio de la autoridad debe ejercerse a la vez con paciencia, con ternura y con cariño, frutos estos de aquel amor incondicional del que hablábamos al principio, puesto que faltándole estos ingredientes puede perfectamente convertirse en autoritarismo. De modo especial hay que tener esto en cuenta en la adolescencia, puesto que en esta etapa la autoridad pasa de ser un mandato meramente externo a tener la dimensión de un consejo. Los adolescentes tienen que descubrir que no se les imponen las cosas sino que también se les aconseja, se les deja un ámbito propio. Se ejerce sobre ellos una autoridad razonada. Una autoridad que supone exigirles responsabilidades. Ha llegado el momento en que han de darse cuenta que son capaces de determinarse hacia lo que es bueno para sí mismos, no solo por la autoridad paterna-materna, como en la infancia. Ahora ya tienen un mundo interior, ya pueden ordenarse o negarse a lo que es bueno desde su propia interioridad. Ahora  es el tiempo en el que deben ser fortalecidos, por su propio bien, con responsabilidades. 

    Recordemos que no son niños chicos y, por eso, no puede tratárselos como tales. El hogar, la vida en familia, es de todos no solo de los padres. No puede ser que los padres sean los que se esfuerzan día a día mientras el adolescente se dedica a pasarlo bien. La familia entera está comprometida, la vida familiar no es solo cosa de los padres, sino de todos sus integrantes, de allí que debe ayudárseles a implicarse en las tareas y actividades familiares. No es posible que algunos adolescentes vayan al colegio sin haber tenido nunca una responsabilidad en casa. Así, el colegio mismo tampoco puede verse como un compromiso serio. Un adolescente sin responsabilidades, en un momento en el que está emergiendo su interioridad, su personalidad, no podrá descubrir verdaderamente de qué es capaz. 

    Debe darse una autoridad fuerte, exigente, que le suponga responsabilidades y obligaciones, pero que se mueve no solo en la línea de la fuerza o poder para conseguir cosas, sino en la línea del consejo. La autoridad es la garantía de la libertad, porque es ella una fuerza para garantizar lo bueno y no hay que tener miedo de ejercerla. A veces puede pensarse que exigiendo, que poniendo límites, que diciendo “no”, alteraremos la paz familiar o traumatizaremos a nuestros hijos o peor aún, perderemos su cariño y su amor. Pero esto, no solamente es falso, sino que además es profundamente injusto. No es justo tener miedo a mandar a los hijos. Tener miedo significa dudar del amor que los hijos tienen a sus padres. Ellos son los que están pidiendo a gritos una palabra que los oriente. Una palabra con sentido que les de una sólida razón para vivir. Pero cuidado, esa palabra que sale del corazón de sus padres, debe ser respaldada con hechos. De aquí que, a mi juicio, el mejor medio en orden a educar la libertad verdadera de nuestros hijos es el ejemplo. El ejemplo que los padres dan en su obrar es aquello a cuya imitación se hace algo y es para el hijo el punto de referencia para su propio comportamiento. Mirando la acción de sus padres, los hijos pueden realizar su propia acción de modo que ésta se asemeje a aquella. De este modo, el actuar moral de los padres se convierte en algo que es conocido, que es mirado por el hijo cuando pone en obra su propia acción. Es ese el mejor modo por el cual los padres son capaces de inclinar a sus hijos hacia el bien concreto que le proponen.  Mediante su amor desinteresado, gratuito, consiguen paulatinamente que el hijo quiera las acciones buenas que el padre le propone con su acción. Con su acción educativa, siempre constante, siempre firme y a la vez tierna, delicada y conforme al modo individual del hijo, los padres van posibilitando que los hijos sean verdaderamente libres y capaces de amar en plenitud. Por eso, la mejor receta si queremos que nuestros hijos sean verdaderamente libres, amantes de lo verdadero, lo bueno y lo bello; la mejor receta que tenemos que aplicar es serlo nosotros mismos, porque en definitiva, uno no educa gracias a diversas metodologías especialmente avanzadas, no educa gracias a frases bonitas, no educa por las cosas que dice, sino que se educa por lo que uno es. “Nos esforzamos en educar a los hijos de cierta manera y al final, me decía un hombre sabio en una sobremesa, salen tal como somos nosotros”. Por eso, es preciso que nos esforcemos en ser mejores personas ya que así nuestros hijos lo serán también. 

  • Educar la libertad humana

    Educar la libertad humana

    Cuando hablamos de educación, sea cual sea la postura filosófica que se adopte, debe reconocerse que se está hablando de una actividad que tiene como finalidad la mejora de la persona humana. La actividad educativa debe entenderse siempre como una actividad encaminada a hacer que la persona que nos ha sido confiada, que nos ha sido encomendada, llegue a ser más y mejor persona, que alcance ese Bien y esa Felicidad a la que se encuentra naturalmente inclinada. Quienes mejor ven y aprecian esta verdad son las madres que anhelan con todas las fuerzas de su corazón ver a sus hijos felices. Esa es su mayor pretensión cuando emprenden la obra educativa. 

    De esta concepción de la educación que se arraiga en el más profundo sentido común humano se sigue, con total claridad, que no podemos reducirla ni limitarla a una mera adquisición de informaciones y enseñanzas útiles para la vida que hagan del educando una persona instruida, culta, preparada, técnicamente competente para enfrentar las tareas y los desafíos del nuevo siglo. Ciertamente que es importante que tenga una adecuada preparación intelectual y técnica, pero no consiste en eso la esencia de la educación. Si lo que se quiere es educar a los hijos, no se puede reducir la acción formativa a brindarles medios que le permitan adquirir ventajas sociales, económicas o bienestar material. Educar es mucho más que enseñar determinadas cosas para que se “ganen la vida”, sin perjuicio de lo útil que pueda llegar a ser.

    Chesterton nos advertía del peligro de reducir la educación a mera capacitación cuando decía, con su particular ironía: “Sé que hay animales que entrenan a sus crías con trucos especiales, como los gatos enseñan a los pequeños gatos a cazar ratones. Pero es una educación muy limitada y más bien rudimentaria. Es lo que los industriales millonarios llaman educación para los negocios o para la administración de empresas; es decir, no es de ninguna manera educación”. En efecto, no es eso educar. Educar es, como apuntábamos al comienzo, llevar a la persona a su plenitud y realización en cuanto persona; es comprometerse a fondo en el crecimiento hondo, profundo, del educando en tanto que es un ser personal. En síntesis, y utilizando las palabras del papa Juan Pablo II: Educar es “hacer a la persona más y mejor persona”.   

    La pregunta que surge inevitablemente entonces es ¿en qué consiste esa plenitud humana hacia la cual la persona está ordenada? La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos dice al respecto: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Sólo en la medida en que somos capaces de donarnos, de entregarnos, por amor y con amor a otro ser personal (primeramente a Dios y a otra persona humana, secundariamente), nos realizamos como personas. 

    Víctor Frankl, judío, psiquiatra y neurólogo austríaco, se expresa en términos semejantes: “Nos sale aquí al paso un fenómeno humano que yo considero fundamental desde el punto de vista antropológico: la autotrascendencia de la existencia humana. Quiero describir con esta expresión el hecho de que en todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo. Cuanto más sale al encuentro de su tarea, cuanto más se entrega a su compañero, tanto más es él mismo hombre y tanto más es sí mismo. Así pues, propiamente hablando sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida de sí mismo, en que se pasa por alto a sí mismo”. Somos felices en la medida en que libremente nos damos. Cuando más vivimos para nosotros, menos nos realizamos y menos felices somos, por mucho que la pasemos estupendamente bien. 

    Nuestra actividad educativa, por tanto, debe ir en la línea de permitir esa donación, de permitir que el educando se trascienda a sí mismo, busque salir del amor propio y se aventure a amar en plenitud, pero que lo haga no como coaccionado por los educadores, no como obligado por quien lo conduce a ser mejor, sino que la educación (y en esto radica su dificultad) debe disponer al educando para que libremente se decida por lo bueno y mejor, para que libre y voluntariamente se decida a vivir para los demás. En este sentido, el educador no es el que hace feliz, sino el que mediante la formación en las virtudes humanas, dispone al educando a que libremente se ordene a la felicidad. 

    Ahora bien, no se puede propiamente donarse a los demás, si no se es plenamente libre. Sólo en la medida en que se es libre, puede el hombre entregarse por amor a los demás, y por tanto, ser más persona. Porque de lo contrario se obraría de manera determinada, necesaria y no habría propiamente donación. Sería amar como ama el pingüinito a la pingüinita, esto es, necesariamente. El pingüinito no puede decirle que no, está determinado a amarla. 

    La persona humana, en cambio, se mueve libremente hacia lo amado, de tal manera que ama, que se entrega, que se compromete, si quiere. De lo que se sigue que hacer a la persona más persona, es hacerla más libre, hacer a la persona más persona es educarla para la libertad. Y en este sentido hay que amar profundamente la libertad de nuestros hijos. Sí, hay que desear y promover la libertad de nuestros hijos, tanto niños, como adolescentes, como jóvenes. Pero, claro, afirmar eso supone correr el riesgo de entender impropiamente lo que eso significa, de manera que bien vale aclarar qué se entiende por libertad. 

    Ser libre significa, en primer lugar: no estar determinado, sino que autodeterminarse a actuar. Los seres irracionales, lo seres no personales, realizan sus actos absolutamente determinados por su naturaleza específica. Ellos sí que están completamente determinados. No hay ovejas que desafíen al lobo, ni leones que se apiaden frente a las cebras. Ellos  realizan sus operaciones siguiendo la determinación de la especie, obran desde su especie, lo que hace uno, lo hacen los demás, porque no obran desde su individualidad, sino desde su especie. La persona humana, por su racionalidad, no obra desde su especie, sino desde su individualidad. Ella decide poner un acto en la existencia o no; es ella la que decidirá qué hacer en cada momento. El hombre puede elegir, los animales no. Esta autodeterminación, esta capacidad de elegir, por la que actuamos o no actuamos, hacemos una cosa u otra es la raíz y el fundamento de la libertad humana. Sin embargo, no es, ni puede ser toda la libertad. La elección es un momento de la libertad pero no es lo esencial a ella.

    En tanto que la persona humana está ordenada a su realización, lo esencial de la  libertad para que sea propiamente humana será su ordenación a dicha perfección. La libertad es un medio, no un fin, por lo que el hombre dispone de la libertad para ordenarse por sí mismo a su felicidad y no a su desgracia. De este modo, la libertad supone elegir lo bueno; moderar las apetencias sensibles, de tal modo que el hombre sea capaz de obrar en la línea de su realización personal; tender a bienes verdaderamente humanos y no dejarse llevar por falsos placeres egoístas. La libertad personal es, por tanto, señorío sobre uno mismo y sobre sus propios actos. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por uno mismo, en cada momento, aquello a lo que por naturaleza está uno ordenado a ser: una persona plena, realizada, feliz; más propiamente, según lo que venimos diciendo: una persona capaz de amar y ser amada en plenitud. 

    Educar para la libertad significa entonces, formar jóvenes que sean verdaderamente dueños de sí mismos, jóvenes empeñados en lograr su propia perfección y no su ruina, jóvenes que sin coacciones, desde sí mismos, se muevan hacia lo bueno, jóvenes capaces de decirle “no” a aquellas cosas que no les perfeccionan, pero, que a la vez tengan la alegría y la vitalidad de decirle “sí” a las cosas que los engrandecen. Dicho más simplemente, educar para la libertad, no es otra cosa sino educar para el amor, para el amor de aquello que es digno de ser amado; formar a los jóvenes para que sean capaces de amar bien, de amar más unas cosas que otras y así lograr su realización.

    La actual mentalidad relativista, al desconfiar de la capacidad de la inteligencia humana para conocer lo verdadero, se ve obligada en el orden de la realización humana a no establecer diferencias entre los bienes existentes, dejando a los mismos jóvenes la determinación de lo que ellos mismos consideran bueno. Si todos los bienes son del mismo valor, será igualmente bueno ayudar a los pobres como drogarse; sacrificarse por la familia, que ir de fiesta; etc. El educando, precisamente porque es educando, exige una palabra orientadora de la existencia que le permita apreciar la mayor bondad de unas opciones sobre otras. Son los educandos mismos los que esperan que aquellos que los aman les digan qué vale la pena elegir o qué vale la pena amar. Faltando esa palabra, se instalará un profundo vacío en sus almas que intentarán llenar con placeres o diversiones incapaces de satisfacer su anhelo de felicidad. De allí la especial responsabilidad de los padres y educadores en el ejercicio de la actividad educativa. 

    Por eso cuando hablamos de educar para la libertad, cuando decimos que hay que amar la libertad del adolescente, de ninguna manera estamos pretendiendo que haya que favorecer y promover una independencia frente a la autoridad o a las normas, no estamos diciendo que haya que promover la irresponsabilidad del adolescente o permitir que haga lo que quiera hacer, cuando quiera y con quien quiera. 

    Lo que estamos significando cuando decimos que es preciso educar para la libertad, es que nuestra actividad educativa debe encaminarse a posibilitar al adolescente a amar en plenitud, a ser verdaderamente suyo, de tal modo que pueda entregarse a los demás por amor. Eso es lo que debemos anhelar: educar para el amor y para la libertad, no para la frustración y la esclavitud de las pasiones. Sobre cómo llevar a cabo esta maravillosa tarea hablaremos en una próxima oportunidad.