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Educar la libertad humana (II)

Hablábamos en un número anterior acerca de la educación de la libertad de nuestros hijos, y decíamos allí, que el fin de nuestra actividad educativa no es otro que  posibilitarles amar en plenitud, de tal modo que puedan entregarse a los demás por amor. Ese es el mejor modo de encaminarlos hacia la felicidad. Pero claro, esto no es fácil, y por eso, es necesario continuar con aquella reflexión deteniéndonos esta vez en los medios que nos permiten realizar tan ardua labor. 

 ¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos sean capaces de amar más unas cosas que otras, cómo podemos hacer para que sean capaces de amar libremente aquello que vale la pena ser amado y, por el contrario, que rechacen aquellas cosas que exigen ser rechazadas? Seguramente, si el querido lector es madre o padre, ya habrá dado la respuesta en el fondo de su corazón, porque no tiene mayor secreto: amando incondicionalmente a los hijos. El lugar donde los hijos aprenden a amar es en el seno de la familia y si no lo aprenden allí, no lo aprenderán en ningún libro de autoayuda o de psicología contemporánea. Es en la familia, en esa comunidad de vida y de amor, donde el hijo es amado por lo que es, donde vive esa experiencia de ser amado por el hecho mismo de ser, sin tener que realizar ninguna acción especial, ni extraordinaria. Lo único que valdría la pena recordar aquí es que ese amor a los hijos será plenamente educativo si está fundado en el amor profundo y comprometido entre los esposos. Los hijos aprenden a amar no solo con la experiencia de ser amados, sino en la contemplación del amor que tienen sus padres entre sí. Los hijos quieren que sus padres se quieran y, por ello, todo lo que altere esa comunión de amor afectará inevitablemente a la actividad de los padres como educadores. 

Ahora bien, junto a este amor incondicional de los padres es preciso, en orden a educar la verdadera libertad, que los hijos conozcan lo que es verdadero y bueno, de tal modo que puedan elegirlo, siendo para ello necesaria una firme y tierna autoridad. Requieren que se le presente el bien, que se les haga atractivo, que lo vean como perfectivo. Solos, no son capaces de conocer lo bueno, de tal manera, que si quisieran moverse desde sí mismos sin conocer el bien que les perfecciona, se moverán de un modo parcial, limitado, no completamente libre. Es por eso que requieren la autoridad de alguien que les muestre lo que es digno de ser amado; requieren, exigen, la autoridad de los padres que les guíen y les conduzcan hacia el estado de virtud; requieren de los padres que les sirvan de sustento; exigen una palabra que les dé sentido a su existencia, que los oriente en el camino de la verdadera felicidad. 

Autoridad educativa, afirma Monseñor Carlo Cafarra: “Significa posesión segura y vivida de una interpretación de la realidad que se ofrece-propone para la verificación existencial de quien es educado”. En efecto, si no se conoce lo bueno, si no se conoce lo que es verdaderamente valioso, si no se posee una interpretación segura de la realidad que proponerle al hijo, no hay educación posible. Sin esa autoridad, complemento indispensable del amor incondicional, los hijos podrían terminar encerrados en sí mismos, con una personalidad inmadura, porque aún recibiendo la experiencia del amor de los padres, no sabrán lo que deben elegir y amar, pudiendo incluso pensar que no hay nada suficientemente digno de ser amado como para realizarlos, volviendo así imposible la educación de la libertad.

En nuestros días la autoridad está bastante desprestigiada, hay una verdadera crisis de autoridad. Ella se ve como imposición arbitraria de la mentalidad de quien tiene el poder, se la hace sinónimo de autoritarismo y no se la considera o no se la quiere ejercer. No nos atrevemos a decirles a nuestros jóvenes: “esto es verdadero”, “esto vale la pena”, “esto es bueno y debe amarse”, porque muchas veces pensamos que no hay verdad, ni bien, ni cosas valiosas. Pero así abdicamos de nuestra tarea. Mostrarles lo bueno – mostrarles, proponerles, no imponerles – lo digno de ser amado, no es autoritarismo sino verdadera autoridad, supone estar al servicio de la vida de otro, acompañando el proceso de mejora y de crecimiento de ese otro. 

Así entendía la autoridad San Agustín, para quien el que manda sirve. En casa del justo, decía el obispo de Hipona, “hasta los que mandan están al servicio de los que son mandados, y no mandan por afán de sobresalir, sino que lo hacen por un amor lleno de servicio”. En efecto, la autoridad tiene como finalidad servir a nuestros hijos, custodiar el bien de nuestros hijos. No se ejerce para que todo el mundo vea lo bien que van las cosas en la propia casa, lo ordenado que está todo, lo poco que molestan los críos, sino porque a través de ella nos empeñamos en conseguir el bien de nuestros hijos y ese bien es que sean verdaderamente libres para amar en plenitud. Para lo cual la autoridad debe ejercerse estableciendo los límites y las obligaciones necesarias para el desarrollo de su personalidad, límites que están encaminados a la felicidad y plenitud del hijo, así como también deben establecerse sus derechos y posibilidades. 

Es esta autoridad así entendida, la que permite apuntalar, guiar para que se eviten las desviaciones o para corregirlas si aparecen, y en esa corrección, en ese indicar los límites y reglas del juego, el padre y la madre deben ser firmes, porque de su firmeza depende el bien de su hijo. De tal manera que en las correcciones uno debe decir o más propiamente manifestar que se lo ama demasiado como para permitir aquel desvío. “Te amo tanto, hijo mío, quiero con tanta fuerza tu bien, que no me puedo permitir dejarte hacer esto”.   

No obstante, esa firmeza en el ejercicio de la autoridad debe ejercerse a la vez con paciencia, con ternura y con cariño, frutos estos de aquel amor incondicional del que hablábamos al principio, puesto que faltándole estos ingredientes puede perfectamente convertirse en autoritarismo. De modo especial hay que tener esto en cuenta en la adolescencia, puesto que en esta etapa la autoridad pasa de ser un mandato meramente externo a tener la dimensión de un consejo. Los adolescentes tienen que descubrir que no se les imponen las cosas sino que también se les aconseja, se les deja un ámbito propio. Se ejerce sobre ellos una autoridad razonada. Una autoridad que supone exigirles responsabilidades. Ha llegado el momento en que han de darse cuenta que son capaces de determinarse hacia lo que es bueno para sí mismos, no solo por la autoridad paterna-materna, como en la infancia. Ahora ya tienen un mundo interior, ya pueden ordenarse o negarse a lo que es bueno desde su propia interioridad. Ahora  es el tiempo en el que deben ser fortalecidos, por su propio bien, con responsabilidades. 

Recordemos que no son niños chicos y, por eso, no puede tratárselos como tales. El hogar, la vida en familia, es de todos no solo de los padres. No puede ser que los padres sean los que se esfuerzan día a día mientras el adolescente se dedica a pasarlo bien. La familia entera está comprometida, la vida familiar no es solo cosa de los padres, sino de todos sus integrantes, de allí que debe ayudárseles a implicarse en las tareas y actividades familiares. No es posible que algunos adolescentes vayan al colegio sin haber tenido nunca una responsabilidad en casa. Así, el colegio mismo tampoco puede verse como un compromiso serio. Un adolescente sin responsabilidades, en un momento en el que está emergiendo su interioridad, su personalidad, no podrá descubrir verdaderamente de qué es capaz. 

Debe darse una autoridad fuerte, exigente, que le suponga responsabilidades y obligaciones, pero que se mueve no solo en la línea de la fuerza o poder para conseguir cosas, sino en la línea del consejo. La autoridad es la garantía de la libertad, porque es ella una fuerza para garantizar lo bueno y no hay que tener miedo de ejercerla. A veces puede pensarse que exigiendo, que poniendo límites, que diciendo “no”, alteraremos la paz familiar o traumatizaremos a nuestros hijos o peor aún, perderemos su cariño y su amor. Pero esto, no solamente es falso, sino que además es profundamente injusto. No es justo tener miedo a mandar a los hijos. Tener miedo significa dudar del amor que los hijos tienen a sus padres. Ellos son los que están pidiendo a gritos una palabra que los oriente. Una palabra con sentido que les de una sólida razón para vivir. Pero cuidado, esa palabra que sale del corazón de sus padres, debe ser respaldada con hechos. De aquí que, a mi juicio, el mejor medio en orden a educar la libertad verdadera de nuestros hijos es el ejemplo. El ejemplo que los padres dan en su obrar es aquello a cuya imitación se hace algo y es para el hijo el punto de referencia para su propio comportamiento. Mirando la acción de sus padres, los hijos pueden realizar su propia acción de modo que ésta se asemeje a aquella. De este modo, el actuar moral de los padres se convierte en algo que es conocido, que es mirado por el hijo cuando pone en obra su propia acción. Es ese el mejor modo por el cual los padres son capaces de inclinar a sus hijos hacia el bien concreto que le proponen.  Mediante su amor desinteresado, gratuito, consiguen paulatinamente que el hijo quiera las acciones buenas que el padre le propone con su acción. Con su acción educativa, siempre constante, siempre firme y a la vez tierna, delicada y conforme al modo individual del hijo, los padres van posibilitando que los hijos sean verdaderamente libres y capaces de amar en plenitud. Por eso, la mejor receta si queremos que nuestros hijos sean verdaderamente libres, amantes de lo verdadero, lo bueno y lo bello; la mejor receta que tenemos que aplicar es serlo nosotros mismos, porque en definitiva, uno no educa gracias a diversas metodologías especialmente avanzadas, no educa gracias a frases bonitas, no educa por las cosas que dice, sino que se educa por lo que uno es. “Nos esforzamos en educar a los hijos de cierta manera y al final, me decía un hombre sabio en una sobremesa, salen tal como somos nosotros”. Por eso, es preciso que nos esforcemos en ser mejores personas ya que así nuestros hijos lo serán también. 

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