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  • La Resurreción de G.K. Chesterton

    La Resurreción de G.K. Chesterton

    Después de décadas de indiferencia, hoy vemos en los jóvenes un renovado interés por la obra de G.K. Chesterton. Así queda demostrado con el aumento en la venta de sus libros, con el interés de los alumnos universitario de pre y postgrado  en los cursos que se imparten de este importante autor, y en la asistencia a las conferencias que se realizan en su nombre.

    “Las noticias de mi muerte han sido muy exageradas”, bromeaba Mark Twain al saber que su obituario había sido publicado en un diario local. De todas maneras debe haber sido una experiencia halagadora para este gran escritor norteamericano leer su propia muerte estando aún vivo. Sería aún más halagador para él si supiera que sigue vivo tantos años después de su muerte. Sin embargo los autores que sobreviven en sus libros, están sentenciados a sufrir una segunda muerte cuando pasan al olvido. C.S. Lewis estaba convencido de esto, que sus libros serían leídos mientras él viviera, pero que sería olvidado años después de su muerte. Cuán equivocado estaba!

    Que alentador es saber que un autor cristiano como C.S. Lewis esté viviendo un renacimiento, y aún más alentador es saber que G.K. Chesterton, cuya obra es una defensa a la Verdad Cristiana esté viviendo este mismo fenómeno: “Hace veinte años había menos de diez obras de Chesterton en imprenta” asegura Dale Ahlquist, presidente de la Sociedad Americana de Chesterton: “Hoy, hay más de setenta, incluyendo nuevas colecciones de material inédito. Y más títulos salen a la luz”

    El entusiasmo de Ahlquist es igual al de Tony Ryan, Director de Marketing de Ignatius Press: “Claramente las ventas de los libros de y sobre Chesterton han aumentado notablemente en los últimos diez años” dice Ryan, “lo que es una gran noticia para la Iglesia y los Católicos en el mundo ya que Chesterton fue un autor muy prolífico que tocó temas muy importantes para el género humano”.

    Pocos habrían pensado en los años  ́ 60 que la popularidad de Chesterton viviría un renacimiento. En esa época eran pocos los fanáticos que leían su obra. En Estados Unidos el padre Ian Boyd fundó en 1974 el “Chesterton Review” que es en la actualidad el periódico literario más importante del mercado académico. En los 80′, cuando yo era un adolescente y conocí la obra de Chesterton, era fácil encontrar sus obras y había ediciones baratas en las librerías que habían sido vendidas por conventos o teólogos más liberales. No es una locura hacer un paralelo entre el renacimiento del interés por las obras de Chesterton y la disminución de las vocaciones pertenecientes a las órdenes que siguieron las enseñanza del Concilio Vaticano II. El mismo análisis podemos hacer con la obra de C.S. Lewis y el anglicanismo. Así, podemos imaginar que, mientras más gente lee a C.S. Lewis, menos gente asiste a las misas anglicanas. Y, claro, los millones de lectores de C.S. Lewis deben agradecerle a Chesterton ya que a él le debe Lewis su conversión: “Al leer a Chesterton no sabía en lo que me estaba metiendo”.

    La lógica inexorable y el encanto irresistible de Chesterton en su apología al Cristianismo de “El Hombre Eterno” terminó por derrumbar el ateísmo de Lewis: “Al leer el Hombre Eterno encontré sentido al Cristianismo por primera vez”. Y no es sólo Lewis quien debe a G.K Chesterton su conversión, hay una horneada completa de escritores que se rindieron al ingenio y sabiduría del escritor. Entre ellos destacan Maurice Baring, Ronald Knox, Christopher Dawson, Theodor Maynard, Alfred Noyes, y Graham Greene. Hoy no sólo más gente lee a Chesterton, sino que se ven cada vez más conversiones como consecuencia de esta lectura.

    Dawn Eden, una periodista rockera y de vida disipada leyó por casualidad “El Hombre que fue Jueves” y quedó tan impresionada por la verdad encerrada en ese libro que lo leyó dos veces más y luego leyó todo lo que pudo sobre el autor. Esta periodista no sólo se convirtió sino que además, su conferencia “La Mujer que Tenía Sed: cómo leer a Chesterton me llevó a mi conversión” fue la principal en la última “Chesterton Conference” en Saint Paul, MN. Esta conferencia, que en los   ́ 80 congregaba a un poco más de 20 personas, hoy atrae a quinientas. Vienen de tan lejos como Australia o Nueva Zelanda y no solo a oír las conferencias, sino que a vivir el espíritu chestertoniano. Los sedientos participantes llevan vino hechos en viñas personales gratis, mientras que el agua en botella debe ser comprada. Esto habría sido aprobado por Chesterton que decía “no me importa donde el agua vaya, mientras no sea a mi vino”.

    Esta Conferencia anual es organizada por la Sociedad Americana Chesterton, una organización que es el eje del renacimiento de la obra de GKC. Su sitio web (www.chesterton.org) tuvo 100 mil visitas los primeros seis años, y en los cuatro siguientes ha excedido medio millón. También publican “Gilbert Magazine, más popular y fácil de leer que la académica “Chesterton Review”. Es increíble ver como los moradores de la postmodernidad buscan detener la ola emergente de interés por la obra de Chesterton: “De todas partes del mundo me buscan alumnos de pre y postgrado para hacer sus tesis sobre Chesterton”, dice Ahlquist. “Lo han descubierto pero el problema es que muy pocos profesores saben de él. La Asociación Americana es, por supuesto, el mejor lugar para ayudarlos”.

    Yo soy uno de esos profesores que descubrieron a Chesterton y que, gracias a Dios, encontraron entre sus palabras la Verdad y me convertí al Catolicismo. Yo lo enseño siempre en mis clase de Literatura del Siglo XX e incluyó “El Hombre que fue Jueves” y “Lepanto”. En el 2006, el curso “Chesterton y Belloc” fue el electivo más popular en la Ave María University, de Naples Florida. La generación más joven es la más entusiasta por los escritos de Gilbert Keith Chesterton y cada vez se lee con mayor interés toda su obra. Puede que con esta nueva popularidad del escritor algunas de sus obras, en un futuro no muy lejano, sean llevadas al cine. Ya hemos visto en la pantalla gigante la magnífica obra de Peter Jackson con el Señor de los Anillos de Tolkien y con las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis representadas con Disney. Con esto ya sabemos que la moral y la literatura cristiana vende en la taquilla. Esto sería magnífico, pero por ahora nos conformamos con saber que Chesterton vive en el siglo XXI. Su lugar no está en la tumba de los autores cuya influencia se desvanece como una moda. Ocupa un lugar de honor entre los vivos. No lo busquen junto a los hombres de letras que ya se han ido. No está ahí. Ha resucitado de su muerte.

  • G.K. Chesterton un autor que cautiva el alma

    G.K. Chesterton un autor que cautiva el alma

    El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su inteligencia, su capacidad para maravillarse aún de las cosas más pequeñas y cotidianas provocan asombro. Con Chesterton pasa, que uno cree descubrirlo, cuando en realidad es él quién nos atrapa.

    G. K Chesterton es un personaje que despierta la curiosidad del lector por conocerlo más, por leer su obra, por entenderlo; pero escribir sobre él es una tarea difícil porque siempre queda la sensación de no hacerle plena justicia. Su pluma y su retórica tienen tanta profundidad y sabiduría que sería presuntuoso decir que a través de estas líneas vamos a conocerlo en toda su verdadera dimensión. Las siguientes páginas son sólo una aproximación a su genio y a su persona, un bosquejo, para tratar de entender al hombre que a través de sus ideas marcó definitivamente a la gente de su tiempo y cuyo pensamiento trascendió, con la misma fuerza de entonces, hasta nuestros días.

    Joseph Pearce, escritor inglés, autor de numerosas biografías, entre ellas la del mismo Chesterton, visitó el año pasado nuestro país invitado por la Universidad Gabriela Mistral. En una de sus charlas contó que en su juventud había sido activista, violento, racista y sobre todo anti- católico. Su agresividad, que lo hacía salir a las calles a gritar y provocar desórdenes lo llevó dos veces a la cárcel. La segunda vez cayó en sus manos en forma accidental un libro de Chesterton “La Poza y los Charcos”. Esta lectura le hizo reflexionar profundamente y al poco andar se convirtió al catolicismo.

    Pearce en su libro “Los Autores Conversos” relata la influencia que tuvo este autor en la conversión de numerosos escritores ingleses de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Fueron muchísimos los que influenciados por la pasión, por la vitalidad y por los argumentos de G.K. Chesteron se convirtieron al catolicismo. Dice Pearce: “El profundo agradecimiento de Belloc, ante ese ejército de conversos, tenía como objeto, en buena parte al menos, a la obra de su amigo G.K. Chesterton. Fue éste antes que cualquier otro escritor, quién en la primera década del nuevo siglo se midió con el laicismo, plantando batalla a “herejes” como Shaw o como Wells, con una amable jovialidad que se pegaba. El cristianismo de Chesterton era contagioso y gracias a sus penetrantes paradojas y a su quijotesco entusiasmo, muchos comenzaron a descubrir el atractivo de la ortodoxia” .

    Pero lo curioso es que mientras sus obras y su testimonio convencían a los demás de engrosar las filas de la Iglesia de Roma,  el propio Chesterton no daba el paso decisivo. Dice Luis Ignacio Seco en su libro, Chesterton, un Escritor para todos los Tiempos: “Eran muchos los que se preguntaban dentro y fuera de la Iglesia Católica que detenía a Chesterton en el umbral de su decisión. En Herejes (1905) en Ortodoxia (1908) y en escritos posteriores estaba claro que veía a Dios en Jesús de Nazaret, que admiraba la fidelidad de la Iglesia a su mensaje a lo largo de los siglos, que hablaba de los sacramentos como encuentros de Dios con los hombres, que contemplaba al hombre como hijo de Dios”.

    Jorge Luis Borges, considerado por muchos uno de los mejores escritores del siglo XX, era un gran admirador de Chesterton y en el primer Ensayo que escribió sobre él se había declarado el más devoto de sus lectores. En el segundo Ensayo escrito después de la muerte de Chesterton en 1936 dijo: “Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa invención, por su imaginación visual o por la felicidad pueril o divina  que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza”.

    Además de citarlo siempre en sus conferencias, entrevistas, ensayos, artículos y cuentos, Borges hizo una maravillosa traducción al español de su poema Lepanto. Debemos agregar que Borges declaró siempre su gusto por la literatura inglesa y dentro de ella por Chesterton especialmente. Todos estos elementos, despiertan la curiosidad por conocerlo,  por leer su obra y todo lo que otros han escrito sobre él. El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su capacidad para maravillarse aún de las cosas más pequeñas y cotidianas provocan asombro. Con Chesterton pasa, que uno cree descubrirlo, cuando en realidad es él quién nos atrapa.

    ¿Quién es Gilbert K. Chesterton?:

    Que difícil tarea la de tratar de describir a este hombre, poeta, ensayista, escritor, periodista, orador, polemista, porque como dice Luis Ignacio Seco: “A Chesterton hay que verlo de cuerpo entero, como lo vio Borges y como lo ven en definitiva la multitud de lectores anónimos que una vez descubierto ya no le abandonan.  Hay que verlo como un solitario genial que entró de rondón en la transición del siglo XIX al XX, que fue un testigo excepcional de su época y que supo trazar diagnósticos tan certeros que siguen y seguirán sobre el tapete de la Historia”

    Y aún así, viéndolo de cuerpo entero, hay partes de él que se nos escapan, su vida es tan intensa, tan vertiginosa, que en esta  loca carrera por alcanzarlo lo perdemos y lo encontramos una y otra vez. Su pensamiento vuela, sus ideas se multiplican, su pluma corre entre uno y otro tema, sus argumentos sólidos y punzantes “Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa  invención, por su imaginación visual o por la felicidad pueril o divina que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza” Jorge Luis Borges

    Considerado un gozador de la vida, siempre defendió el buen tomar en oposición al abuso. “Si hay un grupo tomando cerveza y riéndose siempre son católicos“especial desarman a cualquier adversario, su marcha es incansable, su imaginación sin límites. Su apariencia es única. Es un hombre gordo, grande, majestuoso, vestido con una amplísima capa para cubrir su gordura y desaliño, un sombrero de ala ancha y un bastón. Su físico es imponente, más de un metro noventa de estatura y alrededor de ciento treinta kilos de peso. Se ríe de sí mismo como nadie: “no soy tan gordo como parezco, dijo una vez en una conferencia, es que me ven ustedes amplificado por el micrófono”. El humor y la alegría no lo abandonan nunca. Alfonso Reyes en el prólogo de El Hombre que fue Jueves lo describe así: “Siempre combativo, de una combatividad alegre y tremenda, tiene un buen humor y una gracia de hombre gordo, una risa madura de hombre de cuarenta y cinco años. Su cara redonda, sus cabellos enmarañados de “rorro”, inspiran una simpatía instantánea”

    Chesterton nació en Londres un 29 de mayo de 1874 y murió en 1936. Con su clásico sentido del humor nos cuenta en su Autobiografía de su infancia y de su familia “Lamento no tener un padre siniestro y brutal que ofrecer a la mirada pública como la verdadera causa de mis trágicas inclinaciones; ni una madre pálida y aficionada al veneno, cuyos instintos suicidas me hayan abocado a las trampas del temperamento artístico. Lamento que no hubiera nadie en mi familia más audaz que un tío lejano ligeramente indigente y siento no poder cumplir con mi deber de hombre verdaderamente moderno y culpar a los demás de haberme hecho como soy. No tengo muy claro como soy, pero estoy seguro que soy responsable en gran medida del resultado final” y más adelante agrega: “Lo maravilloso de la niñez es que cualquier cosa en ella puede ser una maravilla. No era simplemente un mundo lleno de milagros, era un mundo milagroso”

    Y no cabe duda que en el resultado final influyó sobremanera esa infancia prodigiosa y feliz aunque en su adolescencia y juventud Chesterton buscará por diferentes caminos esa Verdad que llegó finalmente después de varios años dándole todo el sentido a su existencia. Dice Luis Ignacio Seco: “El valor más efectivo en la vida y la obra de Chesterton fue su inquietud religiosa, su necesidad de buscar respuestas a los interrogantes ineludibles para dar sentido a su existencia y a la ajena”

    Después de esta infancia feliz y llena de recuerdos mágicos, Chesterton se enfrentó a una juventud llena de dudas y escepticismo. A pedido de su padre ingresó a la Slade School para estudiar dibujo y pintura, pero la dejó al poco tiempo para dedicarse a escribir. Comenzó a interesarse por el espiritismo y la literatura teosófica, conocida también por ocultismo. Como él lo cuenta en su Autobiografía fue una época oscura de su vida, se sentía sumido en el pesimismo del entorno y entonces para librarse de esa pesadilla con la ayuda de la filosofía, pero no todavía de ninguna religión, se inventó una teoría mística que lo sacara de todas las pesadillas de su alma. Sintió que todavía había un pequeño hilo de agradecimiento que lo ligaba a una cierta religiosidad: “Lo que me sorprende al volver la vista a mi juventud e incluso a mi adolescencia es la enorme rapidez con la que se cree estar de vuelta de lo fundamental y con la que incluso se niega lo fundamental”

    Años después trata de plasmar todo este proceso en su libro “El Hombre que fue Jueves” y que pone como subtítulo: Pesadilla. Pero sigamos intentando delinear a este hombre, que sorprende por su capacidad infinita de reinventarse a sí mismo y reinventar el mundo con él. Valiente, audaz, se lanzaba siempre a la defensa de lo que creía justo, estaba al lado del hombre de la calle, del hombre común como gustaba llamarle. Fue tildado de anti imperialista y de ser pro boer y lo era. Para él los boers eran los verdaderos patriotas y justificaba ampliamente que usaran las armas para defender sus campos y sus casas que los usurpadores británicos querían quitarles. Argumentaba a quién quisiera escucharlo de su repudio tanto al socialismo como al capitalismo.

    Defensor acérrimo de la propiedad privada, apoyó abiertamente la corriente llamada del distributismo impulsada por la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII y que era en definitiva la Doctrina Social de la Iglesia. Le molestaba el materialismo imperante y sobre todas las cosas odiaba la sociedad industrial y el progreso. Tuvo un largo noviazgo con Frances Blogg, a quién amó apenas conocerla y a quién siguió amando toda su vida. Se casó con ella en 1901. Callada y tranquila, Frances comprendía y aceptaba el carácter desbordante y a veces excéntrico de su marido.Hay una anécdota que relata el mismo Chesterton que es de la época en que viajaba dando conferencias por toda Inglaterra, y que lo pinta de cuerpo entero: “Cuentan que un día de aquellos envié un telegrama a mi esposa, que estaba en Londres, y que decía así:”Estoy en Market Harborough. ¿dónde debería estar?. No recuerdo si la historia es cierta, pero no es improbable ni creo que sea poco razonable”

    En esa infancia feliz tuvo un papel importantísimo su queridísimo hermano Cecil, cinco años menor que él, que murió al final de la Primera Guerra Mundial: “Nació cuando yo tenía casi cinco años; tras una breve pausa empezó a discutir y continuó discutiendo hasta el final, porque estoy seguro que discutía enérgicamente con los soldados entre los que murió, en las gloriosas postrimerías de la Gran Guerra” Dice Chesterton que cuando Cecil nació, se alegró pensando que al fin iba a tener público que lo escuchara. Que equivocado estaba. Cecil resultó tanto o más vehemente y testarudo que su hermano Gilbert. Sus discusiones eran interminables y así lo recuerda en su Autobiografía “No dejamos de discutir en toda nuestra adolescencia y juventud, hasta convertirnos en una auténtica pesadilla para nuestro círculo social. Nos gritábamos de un lado a otro de la mesa, a propósito de Parnell, el puritanismo o la cabeza de Carlos I, hasta que los más próximos y queridos huían al vernos aparecer y solo encontrábamos un enorme desierto alrededor”

    Con cierta alegría llena de nostalgia Chesterton aclara en su Autobiografía que a pesar de sus interminables discusiones no riñeron jamás. Pero indudablemente las dotes de polemista de su hermano las consideró siempre extraordinarias: “El hombre acostumbrado a discutir con Cecil Chesterton no tiene porqué temer discutir con nadie” Cecil era un “pagano más rebelde”, gran enemigo de los puritanos, Gilbert defendía, aunque tibiamente, el idealismo y la religiosidad victoriana. Ambos hermanos, socialistas y agnósticos en un comienzo, terminaron juntos en la fe católica. Cecil lo hizo primero, Gilbert varios años después.

    Tuvo amigos y muy buenos. Pero hay dos que están demasiado unidos a su vida y no se pueden dejar de nombrar: Hilaire Belloc y Maurice Baring. Hay un célebre cuadro pintado en 1932 por Sir James Gunn “Tertulia”, hoy en la National Portrait Gallery, en que aparecen los tres alrededor de una mesa. De esta relación entre los tres dice Joseph Pearce: “No sólo participaban de una amistad común, también compartían una misma filosofía y una misma fe. Sí no llegaban a ser tan indivisibles como la Santísima Trinidad, desde luego si eran tan indómitos como los Tres Mosqueteros. En el caso de la quimera Belloc-Baring- Chesterton el grito de guerra de, uno para todos y todos para uno, nunca resultó inapropiado”

    De esta amistad, especialmente la de Belloc, a quién conoció en un café del Soho y le marcó la vida, comenzó la lenta transformación que llevaría a Chesterton a convertirse en el transcurso de los años en un católico ferviente, y de esta amistad nació la ocurrencia de Bernard Shaw de hablar de Chesterbelloc, estas dos mitades de un “divertido elefante de circo”. Pero no podemos dejar de mencionar a Bernard Shaw en la vida de Chesterton. Dice Joseph Pearce en Sabiduría e Inocencia: “Lo cierto es que la relación entre los dos estuvo presidida por un cálido afecto que se oponía a su antagonismo intelectual. Fueron amigos y también enemigos y ambos obtuvieron un inmenso provecho tanto de su amistad como de su enemistad”

    Y Maisie Ward, biógrafa de Chesterton, citada por Joseph Pearce en Sabiduría e Inocencia: “Hasta que apareció Chesterton, Bernard Shaw había tenido el mundo de la polémica para él solo, pero tan pronto como aquél saltó al cuadrilátero, Shaw tuvo que empezar a medir sus pasos y a aprovechar su habilidad en la palestra. Chesterton podía romper la guardia del viejo irlandés en cualquier momento y ello aportaba una emoción especial a sus encuentros en las tribunas o en las páginas del G.K. ́s Weekley o del New Witness”

    Chesterton era un contendor temible y temido. Un orador extraordinario pero con un respeto profundo por sus adversarios sí éstos tenían altura; a los que no la tenían, no titubeaba en liquidarlos. Tuvo largas discusiones con H.G. Wells pero lo estimaba: “Siempre había sido un liberal un fabiano, un amigo de Henry James o Bernard Shaw. Y tenía razón con tanta frecuencia que sus movimientos me irritaban como la contemplación de un sombrero mecido perpetuamente por el mar sin llegar nunca a la orilla”. Pero Bernard Shaw era su preferido. En su Autobiografía citada en este trabajo, Chesterton habla con cariño y con admiración de él: “Mi experiencia fundamental, desde el principio hasta el final, ha consistido en polemizar con él. Vale la pena señalar que he aprendido a profesarle afecto y un respeto cálido más a partir de nuestra disensión que a partir de lo que la mayoría de la gente logra a través del acuerdo. Bernard Shaw, a diferencia de algunos de los que he hablado aquí, muestra su mejor lado en el antagonismo. Diría que muestra su lado mejor cuando se equivoca; o mejor aún, todo en él es erróneo salvo él mismo”.

    Y los dos mejores polemistas de Inglaterra no sólo eran diferentes en sus ideas, sino absolutamente en todo. Uno, Chesterton, gordo y jovial, el otro, Shaw, flaco y austero. El primero amante de la buena mesa y el trago, “de las chuletas y la cerveza” y Shaw vegetariano y abstemio. Pero los dos se necesitaban y se potenciaban y el público necesitaba de sus intensas polémicas que marcaron época. Cuando Chesterton murió, Bernard Shaw le escribió a Frances: “Parece totalmente ridículo que yo, dieciocho años mayor que Gilbert, sobreviva a él de forma tan despiadada… Las trompetas están sonando en su honor”

    Ortodoxia y El Hombre Eterno:

    En 1908, Chesterton pública Ortodoxia, su primer libro explícitamente cristiano y que muchos consideran un aporte fundamental para el desarrollo del pensamiento de la Iglesia. Lo cierto es que muchos de sus lectores se sintieron tocados en lo más profundo e influyó, como mencionamos en la introducción, en ese “ejército de conversos” que cita Joseph Pearce del cuál Hilaire Belloc se siente tan feliz.

    En Ortodoxia, Chesterton exalta el cristianismo, pero más concretamente escribe y siente como un católico aunque faltan todavía catorce años para dar el paso definitivo. La clave del éxito de este libro es el modo en que Chesterton se comunica con el lector. Usa un estilo directo, potente, franco. Las palabras estallan, se mueven, se levantan del libro para tocar al lector y abrazarlo sin darle tregua alguna. En 1952, la escritora Dorothy L. Sayers diría:” Para los jóvenes de mi generación, G.K.C era una especie de libertador cristiano. Como si de una bomba beneficiosa se tratara, hizo saltar por los aires en la Iglesia un buen número de vidrieras de una época poco brillante para dejar paso a una fresca brisa en que las hojas muertas de la doctrina danzaban con todo el vigor y la falta de decoro de Juglar de Nuestra Señora” .

    Y acerca de la influencia en la conversión de tantos, cita Joseph Pearce varios casos, en el libro “Escritores Conversos”: “No está claro si Ortodoxia tuvo algo que ver con la eminente conversión de Maurice Baring, pero dada su admiración por las primeras obras de Chesterton y el creciente cariño que sentía hacia él, raro sería que no lo hubiera leído en los meses inmediatamente previos a su recepción en la Iglesia, ocurrida el 1 de febrero de 1909”. En Ortodoxia pone Chesterton su propia experiencia en la búsqueda espiritual. Se compara a un hombre, un aventurero que sale a explorar mundos nuevos, que cree haber descubierto una lejana isla y de pronto se da cuenta que está en su propio país, en el mismo lugar de dónde había partido: “A menudo he soñado en escribir la historia de un piloto inglés que, habiendo calculado mal su derrotero, descubrió nada menos que la antigua Inglaterra, bajo la impresión de que era una ignorada isla del Mar del Sur… su equivocación fue en verdad la más envidiable de las equivocaciones posible; y mi hombre, si era como yo lo supongo, no dejaría de reconocerlo así. Porque ¿puede haber nada más delicioso que pasar en unos cuantos minutos, por todos los grados de la escala patética, desde las fascinaciones y terrores de arrojarse a lo desconocido hasta la humanisima seguridad de volver a lo familiar y propio?… Tengo mis razones para insistir porque yo mismo soy ese hombre, yo descubrí Inglaterra”

    Y es la llaneza y frescura de su prosa lo que encanta y como dice Alfonso Reyes: “Así en Chesterton, este nuevo padre de la Iglesia, la paradoja humorística sustituye a la parábola cristiana. Habla de las verdades más antiguas de la Iglesia, pero con el mismo tono de voz con que describe los ritos misteriosos de la isla recién descubierta en el Mar del Sur. Así en Chesterton, este salteador de su propia bodega, aprendemos a gustar otra vez el vino de nuestros abuelos”

    Recordemos que Ortodoxia fue escrito en respuesta a la crítica de su libro “Herejías”, 1905. Se le reprocha que enumera allí todas las herejías presentes en la sociedad pero no dice cuál es su propia posición y filosofía de la vida. Chesterton encontrando quizás certera la crítica se embarca en este libro, dónde expone sus verdaderos sentimientos en cuanto a religión. No cabe ninguna duda que es un católico verdadero y su libro es un himno que exalta su fe. Sin embargo asentado en la Iglesia Anglicana- Católica, incomprensiblemente para muchos, no da el salto definitivo. El propio Chesterton expresa: “Ante todo debo considerar mi postura acerca si debo estar dentro o fuera. Yo pensaba que uno podía ser anglocatólico y estar realmente dentro, pero si eso significa quedarse solo en el pórtico, creo que no quiero estar en el pórtico, y desde luego no en un pórtico separado del edificio”. Dicen que Belloc su gran amigo y ferviente católico de toda la vida, fue uno de los grandes sorprendidos cuando supo en 1922 de su conversión. Parece que había perdido totalmente las esperanzas.

    Pero el gran obstáculo para Chesterton era Frances, su mujer con quién había compartido todo en la vida y ella se oponía tenazmente a convertirse al catolicismo. Joseph Pearce dice en Escritores Conversos que Frances había dicho una vez que no haría jamás tres cosas: tener una secretaria eficiente, cortarse el pelo, y ser católica. Por lo menos esta última no la cumplió porque cuatro años después de su marido ingresó a la fe Católica. Pero, volvamos a G.K. Chesterton y a su largo proceso espiritual para llegar al fin a la fe presentida y anhelada toda su vida. Para hablar de ello tenemos que nombrar inevitablemente a dos personas que influyeron notablemente en su decisión de “pasarse al Papa”.

    Ellos fueron Ronald Knox y el padre John O’Connor. A Knox lo conoció un par de años antes de su conversión a través de su amigo Baring. Knox había sido sacerdote anglicano hasta 1917 cuando luego de pasar años de incertidumbre y angustia decidió entrar a la Iglesia Católica de Roma. Chesterton y sus escritos habían tenido alguna influencia en su decisión. Por cierto le admiraba y lo único que quería era ayudarlo a profesar el catolicismo. Al padre O’Connor, quién fuera inspirador de su famoso personaje de cuentos policiales, padre Brown, lo había conocido muchísimo antes en Yorkshire y le había impresionado desde el primer momento su sencillez, su inteligencia y su bondad. Cuando llegó el momento de la decisión final, fue la propia Frances, su mujer quién le aconsejó que llamara al padre O’Connor. En julio de 1922 Chesterton fue recibido dentro de la Iglesia. Pero la verdad es que lo único que hacía falta era su consentimiento, no necesitaba ser instruido en esta fe porque hacía más de veinte años que hablaba del catolicismo sin ser católico, sus conocimientos de la ortodoxia y el dogma eran mucho más profundos que los de muchos creyentes.

    Dice en su Autobiografía: “Estoy orgulloso de mi religión hasta donde puede estarlo un hombre de una religión que hunde sus raíces en la humildad; sobretodo estoy orgulloso de esos aspectos que con mayor frecuencia se califican de superstición. Me siento orgulloso de estar sujeto a dogmas anticuados y esclavizado por credos muertos (como repiten sin descanso mis amigos periodistas), porque sé muy bien que los credos heréticos son los que mueren y solo los dogmas razonables viven lo suficiente para que se les llame anticuados”

    No se puede terminar este esbozo de la persona y la vida de Chesterton sin mencionar su libro “El Hombre Eterno”: El Hombre Eterno que muchos consideran su mejor obra es una fulminante y clara reflexión histórica que solo podía escribir en un período de relativa calma, sin los agobios de la urgencia periodística. Según Evelyn Waugh surgió para cubrir una necesidad temporal y quedó como un monumento permanente y Borges lo considera una “extraña historia universal que prescinde fechas y en la que casi no hay nombres propios y que expresa la trágica hermosura del destino del hombre sobre la tierra”. Esta obra escrita en 1925 surge como respuesta a “Esquema de la Historia” de H.G. Wells. En ese libro Wells, con una visión materialista del mundo, considera que el hombre es solamente el resultado de la evolución. Nada podría haber exasperado más a Chesterton que tiene una opinión diametralmente opuesta: José Manuel de la Prada en el prólogo a este libro dice “El hombre según Chesterton no es el fruto de una evolución, sino de una revolución y para mejor explicar este aserto nos lleva de la mano al interior de las cavernas que habitaron nuestros antepasados”

    Pero veamos como el mismo Chesterton nos explica que este libro está considerado mucho más desde el punto de vista histórico que el teológico y que no debe relacionarse con su reciente conversión a la fe Católica. Aquí hay dos conceptos que quiere tratar: la criatura llamada hombre y el hombre llamado Cristo: “He dividido este libro en dos partes: la primera es un esbozo de la aventura más importante vivida por la raza humana hasta el término de su itinerario pagano; la segunda, un resumen de la sustancial diferencia que supuso su transformación al cristianismo”

    Y así como “Ortodoxia” provocó una serie de conversiones, también lo hizo “El Hombre Eterno”. Entre los que fueron impactados profundamente por el mensaje y contenido del libro se encuentra el escritor C.S Lewis quién en su libro Sorprendido por la Alegría dice: “Entonces leí El Hombre Eterno de Chesterton y por primera vez ví toda la concepción cristiana de la historia expuesta en una forma que me parecía tener sentido. De alguna manera me las arreglé para que el remezón no fuera demasiado fuerte. Recordarán que ya creía a Chesterton el hombre vivo más sensato que existía, dejando de lado su cristianismo”

    Quiero citar algunas palabras de Chesterton en las conclusiones de El Hombre Eterno: “Sin embargo (la Iglesia Católica) ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte, que todo el mundo que no se acoge a ella”.

  • El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católico conservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    El tiempo develará lo que astutos planes esconden…(Time shall unfold what plighted cunning hides…) – Cordelia (King Lear, I,1.282)

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católicoconservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    Diversos autores, en distintas épocas, han propuesto que  Shakespeare era católico. G.K. Chesterton, por ejemplo, pensaba que la evidencia apuntaba a esta conclusión, aduciendo a que el “sentido común convergente” que llevara a pensar en que el poeta fuera un católico estaba “apoyado por algunos hechos externos y políticos de nuestro conocimiento”Se desprende de esta declaración que Chesterton, estaba al tanto de la considerable evidencia textual e histórica, acumulada por el erudito shakesperiano del siglo XIX, Richard Simpson, que apoya la tesis del catolicismo de Shakespeare.

    Sin embargo, Simpson no fue el primer erudito en concluir que había suficiente evidencia para aseverar que Shakespeare habría sido católico. En 1808, el escritor francés, Francois René de Chateaubriand, ya declaraba que “de tener alguna religión, la de Shakespeare era la católica. El mismo Thomas Carlyle escribió en su momento que “la era Isabelina, con Shakespeare incluido, es el resultado del florecimiento de todo lo que la precediera, es decir, que en sí es atribuible al catolicismo de la Edad Media”. Carlyle, gran contemporáneo de John Henry Newman, era todavía más enfático respecto de esta dimensión católica, agregando que Shakespeare “tiene tan poco de protestante en él, que los católicos han podido,sin extravagancia, proclamarlo como uno de los suyos”. A su vez, Hillaire Belloc, haciendo eco de Newman, insistía en que “las obras de Shakespeare habían sido escritas por un hombre con los hábitos mentales indudables de un católico”.

    Estos grandes escritores de la era victoriana y eduardiana, habrían percibido el catolicismo de Shakespeare en la visión moral que emerge de sus obras. Al contrario, “eruditos” modernos, ciegos a esta dimensión moral de las obras de Shakespeare, las han malinterpretado en forma habitual. En vez de ver la evidencia de la tradición moral cristiana, ven las obras como un reflejo de sus propios prejuicios fundamentalistas seculares. Por eso, hay que re-descubrir al verdadero Shakespeare y las creencias que el sostenía para, de una vez, exponer el abuso literario que se ha hecho de sus obras. Afortunadamente, un cuerpo sólido de erudición histórica reciente ha contribuido de forma significativa a considerar “los hechos externos y políticos”, conocidos por Chesterton y sus contemporáneos. Así, las aseveraciones de Carol Curt Enos en su reciente libro “Shakespeare and the Catholic Religión” (“Shakespeare y la religión católica”) contienen una confianza adicional a la de Chesterton en el énfasis de que “cuando las muchas piezas existentes del rompecabezas de la vida de Shakespeare se ensamblan, es muy difícil no ver su catolicismo”. Cada pieza, pacientemente ubicada en su lugar, nos revela una imagen objetivamente verificable del autor de estas magnas obras, y ese hombre emerge como un católico creyente, en una época en que los católicos eran ferozmente perseguidos por su fe.

    Examinemos la evidencia:

    La investigación sobre la vida de Shakespeare comienza con la evidencia innegable del catolicismo desafiante de su familia. Mucha de la erudición histórica en los años recientes se ha centrado en el legado espiritual de John Shakespeare, el padre del poeta, que claramente demuestra su buena fe católica y manifiesta su intenso deseo de morir como católico, en buena fe y en conciencia. El ítem IV es de especial interés: en él enuncia su deseo de recibir los últimos sacramentos de la iglesia, con la esperanza que este deseo fuera suficiente en caso de que no hubiera un sacerdote disponible para ejecutarlos en el momento de su muerte. Hay que recordar que en tiempos de John Shakespeare, de amplia persecución anticatólica, el proteger o refugiar a un sacerdote era penado con la muerte; por eso, era más que probable que no hubiera un sacerdote disponible para los católicos agonizantes. Es en este contexto oscuro de persecución, con nubes de incertidumbre pendiendo sobre los católicos, que debería ser interpretado el desafiante deseo de John Shakespeare de tener la extremaunción.

    Otros párrafos en el testamento de John Shakespeare, lamentan y expresan remordimiento por “cualquier murmuración en contra de Dios o la fe católica” y ofrece “gracias infinitas” a Dios por los beneficios recibidos, incluyendo “el sagrado conocimiento de ÉL y la verdadera fe católica”. La evidencia que John Shakespeare permaneció como católico desafiante, en medio de la amplia persecución anticatólica del estado isabelino, ha obligado a los eruditos modernos a aceptar que William Shakespeare fue criado como un católico creyente. Esto además es respaldado por el hecho de que John Shakespeare tuvo problemas con la ley debido a su compromiso irrestricto con la resistencia católica: en 1592 fue multado por su falta de sumisión, al negarse a asistir a los servicios anglicanos. Hay que agregar que la madre de Shakespeare, era miembro de una de las familias católicas más desafiantes en toda Inglaterra, la familia Arden.

    Shakespeare, ¿un católico en Londres?:

    Si este mar de evidencia ha obligado a la mayoría de los eruditos a aceptar que Shakespeare fue criado y educado en una familia católica, hay algunos que insisten que Shakespeare habría perdido su fe después de ir en busca de fortuna a Londres. Esto es altamente conveniente para los eruditos seculares, ya que les permite ver cualquier influencia católica en las obras como un rezago de la fe de niño que el poeta habría rechazado más tarde. Desafortunadamente para estos eruditos, los hechos de la vida de Shakespeare sugieren que él se mantuvo fiel a sus creencias católicas durantes sus años en Londres y que este apego a la fe habría influenciado sus obras. De nuevo, examinemos la evidencia.

    Antes de llegar a Londres, Shakespeare habría sido profesor en un hogar profundamente católico en Lancashire, y hay evidencia también de que tuvo que escapar de Stratford para evitar ser arrestado por Sir Thomas Lucy, un notorio perseguidor de los católicos. Una vez en Londres, su benefactor, el Earl of Southampton, era un devoto católico, cuyo confesor era el jesuita San Robert Southwell. Existe vasta evidencia documental que demuestra que Shakespeare y Southwell eran amigos desde antes que este último fuera arrestado en 1592. Southwell fue repetidamente torturado durante su prisión en la torre de Londres, ahorcado y cuarteado en Tyburn en 1595; más tarde fue canonizado como uno de los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales. Además, Shakespeare conoció a otro mártir jesuita, San Edmund Campion, y es probable que también conociera al martirizado sacerdote Robert Dibdale, quien fue más tarde beatificado por la iglesia como mártir.

    Si Shakespeare tenía amigos sacerdotes, sabemos también que tenía enemigos entre quienes perseguían a los católicos. Registros  de las cortes demuestran que Shakespeare estuvo involucrado en una disputa legal con William Gardiner. Éste era un Juez de Paz de un carácter particularmente deshonroso, quien “habría cometido fraude en contra de la familia de su esposa, en contra de su yerno y de su hijastro; que además persiguiera a sus vecinos y explotara a sus arrendatarios”. Gardiner y su igualmente deshonroso hijastro, William Wayte (“un cierto tipo suelto sin valores ni responsabilidad, enteramente a merced de las órdenes de Gardiner”), interpuso un recurso de protección, buscando una orden que garantizara la paz y seguridad. Esta orden nombraba a William Shakespeare, Francis Langley, Dorothy Soer, esposa de John Soer y de Ann Lee, y pedía protección por temor a ser asesinado por estas personas y otras cosas por el estilo. Si bien es cierto que algunas fuentes hablan de que Shakespeare fue demandado por asaltar físicamente a William Wayte, esto es poco probable. Que se sepa, Shakespeare no tenía un carácter violento, y el que dos de los acusados fueran mujeres casadas, sugiere que cualquier “violencia” aplicada en contra de Wayte habría sido efectuada con la lengua o la pluma, pero no con otra parte de la anatomía humana o implemento cualquiera. Sea como fuere, este curioso caso legal nos entrega una visión clara de la clase de personas a quienes Shakespeare consideraba amigos y enemigos en 1596.

    Es interesante, por ejemplo, que Ann Lee fuera la esposa del insumiso y rebelde Roger Lee, en cuya casa muchos sacerdotes proscritos encontraron refugio; y que una denuncia hubiera sido hecha en contra de la misma Ann por asistir a misa, y por haber ayudado al jesuita John Gerard a esconderse de las autoridades. Más curioso aún es el temperamento de su enemigo, William Gardiner. A este se le habría acusado por sus contemporáneos de ser “poco cristiano”, irreligioso”, “pagano”, e “impío”; y hombre de “opiniones extrañas”. Algunos lo consideraban un ateo, mientras que otros creían que era brujo o alquimista. En un pleito legal en 1588, se le acusaba de “magia, brujería….y de tener opiniones irreligiosas”. Así y todo, Gardiner podía estar seguro de que nunca sería acusado de ser católico. Aunque fuera puritano, ateo o brujo, todo el mundo sabía que no era “papista”, sobre todo porque tenía reputación de persecutor de la comunidad católica de Londres, a la que pertenecía Shakespeare.

    El virulento anti catolicismo de Gardiner se ha manifestado para la posteridad en un informe que le envió al consejo privado de Isabel en enero de 1585, en el que documentaba un allanamiento a una morada católica de Londres. Allí, Gardiner manifiesta vehemente su “anti papismo”, y entrega una visión bastante completa de quien Shakespeare considerara un enemigo. Shakespeare se vengaría tanto de Gardiner como de Wayte al insertarlos en “The Merry Wives of Windsor” (Las felices doncellas de Windsor), y en la segunda parte de “Henry IV”(Enrique IV) como los personajes del juez Shallow y de Slender, respectivamente. Ambas obras fueron estrenadas en 1597, por lo que es probable que el Juez Gardiner, quien murió en Noviembre de ese mismo año, hubiera alcanzado a enterarse de la “dramatización” de la venganza de Shakespeare.

    En los estertores del reino de Isabel, Shakespeare se vio envuelto en una obra controversial acerca de Tomás Moro, quien más de sesenta años antes había sido martirizado por su fe católica bajo las órdenes del padre de la reina, Enrique VIII. No es sorprendente que la obra fuera suspendida por Sir Edmund Tilney, jefe de los Calaveras y el censurador oficial de Isabel. A décadas de su muerte, Tomás Moro aún era una “papa caliente” que no sólo tocaba el nervio de Isabel —cuyo padre tenía la sangre del mártir en sus manos—, sino también de todo el reino. Moro había sido ejecutado por el monarca por negarse a comprometer su conciencia católica en el altar maquiavélico de la “realpolitik”, convirtiéndose así en modelo para Campion, Walpole, Southwell y muchos otros que sufrieron una suerte semejante durante el reino de Isabel. Por ende, cualquier retrato positivo de Tomás Moro, se veía como una condena peligrosa de los gobernantes del momento.

    La obra había sido escrita por Anthony Munday, pero Shakespeare se habría involucrado personalmente en su proceso de producción y revisión. El manuscrito original aún existe, y contiene correcciones al original de Munday que se cree fueron hechas por Shakespeare. Al parecer Shakespeare habría tratado de enmendar el trabajo para lograr su paso por la censura. Estas enmiendas claramente ilustran la simpatía de Shakespeare por Moro, y su convicción de que habían lecciones que sacar para su época de su santo ejemplo.

    Evidencia adicional de la admiración del poeta por Moro es discernible en el Soneto 23, en el que utiliza el mismo juego de vocablos con el nombre de Moro que usó en sus correcciones a la obra de Munday. Si la palabra “more” (“más”) aparece en la duodécima línea del soneto con mayúscula (“More than that love which More hath more expressed”), el soneto es transfigurado en un homenaje al santo: Shakespeare contrasta su propio imperfecto (unperfect) amor, debilitado por el miedo y la ira, con el amor santo “que [M]ore había expresado” (“[M]ore hath more expressed”). También aparece una alusión sublime a la misa como “la perfect ceremonia del derecho al amor” (“the perfect ceremony of love ́s right”), reforzado por el juego de vocablos de “right (derecho) / rite (rito)”; así, ilustraba un profundo entendimiento teológico de la misa como la “ceremonia perfecta” y “el rito del amor” (love ́s rite”). Abriendo aún más este seductor soneto, vemos que el poeta lamenta de no estar presente en esta “perfecta ceremonia” tan a menudo como quisiera, “por temor (falta) de confianza”, quizás como referencia a los espías que acudían a estas misas secretas para reportar los nombres de los “papistas” y entregar a los sacerdotes a las autoridades. Sin tener el heroico amor de auto sacrificio, que podía llevar a la muerte —como en el caso de Tomás Moro—, el poeta desea que “sus libros” sean “su elocuencia”, los “mudos presagios de su elocuente pecho”. Las últimas dos líneas son sin duda dirigidas a sí mismo y al lector, rogándole a este último que “aprenda a leer” en sus obras lo que el amor del poeta, silenciado por el miedo, no se atreve a decir abiertamente. Dado que los lectores no oirán al poeta hablar, deben ver lo que quiere decir en sus obras, oyendo con sus ojos y usando su propia “inteligencia refinada de amor” para discernir su significado más profundo.

    “O, aprended a leer lo que el silencioso amor ha escrito, Oir con los ojos es parte de la inteligencia más refinada del amor” (“O learn to read what silent love hath writ To hear with eyes belongs to love ́s finest wit”)

    Recordando la devoción de Shakespeare por Moro, no es sorprendente que le convencieran de participar en el esfuerzo para que la obra de Munday pasara la censura. Finalmente, la censura indicó al margen del texto,:“montar esta obra a riesgo propio”.  Pero a pesar de los esfuerzos de Shakespeare, Tilney se negó a levantar la censura y prohibió su presentación. Tuvieron que pasar cuatrocientos años para que, en el reino de otra Isabel, “Thomas More “ de Munday debutara. Cuando, en el verano del 2004, la compañía Royal Shakespeare montó la obra en el New Globe Theatre, Shakespeare y Moro finalmente fueron reunificados en el arte, del mismo modo que lo habían estado en sus creencias. El poeta, de cuya obra Ben Jonson dijera que “no es de una época sino para todos los tiempos”, había podido al fin rendir homenaje al santo, quien, según el título de la memorable obra de Robert Bolt, fue “un hombre para todos los tiempos”.

    Una de las piezas de evidencia más convincentes del catolicismo de Shakespeare está en la compra de Blackfriars Gatehouse, en Marzo de 1613. Esta casa era un “reconocido centro de actividades católicas”, con “puertas diversas y salidas de escape escondidas, cámaras secretas y recovecos” y “tenía una historia de sospechas y de allanamientos en busca de “Papistas””. En 1598, sobre la base de una denuncia de que Gatehouse era una colmena de actividades de insumisos, con “muchos escondites y pasajes secretos” y “salidas secretas al río” (Thames) por las que los sacerdotes podían escaparse, la casa fue allanada por las autoridades. John Fortescue —el propietario católico de la casa—, estaba ausente, pero su esposa e hijas fueron interrogadas. Ellas admitieron que eran insumisas, pero negaron que hubieran escondido a sacerdotes en la casa. En 1605. El jesuita John Gerard, el hombre más buscado de Inglaterra, se presentó desesperado en la casa, portando una peluca, barba postiza y un disfraz. Pedía refugio ya que no sabía donde esconderse.

    Poco se sabe de la historia de Gatehouse entre el periodo en que los Fortescue optaran por el exilio y la compra de la casa por parte de Shakespeare, pero en 1610 se comentaba en Nápoles que la casa era la base de un complot de los jesuitas para “enviar al rey un par de medias bordadas, envenenadas, que causaran la muerte a quien las portaran”(xii). Aún cuando tales elucubraciones pueden ser ignoradas como febriles imágenes de exiliados amargados o trampas de espías anti católicos, el hecho es que Shakespeare había decidido comprar esta propiedad londinense, teñida con actividades católicas. Es, por decir lo menos curioso, pero no termina de dilucidar el rompecabezas.

    Shakespeare decidió alquilar Gatehouse a John Robinson, un católico activo, cuyo hermano había ingresado al Colegio Inglés (English College) en Roma para prepararse al sacerdocio. Es obvio que Shakespeare sabía que al alquilar Gatehouse a John Robinson, la dejaba en manos de un insumiso católico. Por ende, como conjeturara Ian Wilson en Shakespeare: La Evidencia, Robinson “no era tanto el arrendatario de Shakespeare, sino su representante y guardián de uno de los mejores lugares de Londres para refugiar sacerdotes católicos”. Más aún, John Robinson no era sólo un arrendatario sino también un valioso amigo. Robinson visitó Stratford durante el retiro del poeta y fue, aparentemente, el único de los amigos londinenses del poeta que estuviera presente durante sus últimos días, firmando como testigo en su testamento.

    Se necesita más prueba de que Shakespeare había comprado Gatehouse sabiendo que sería usado como refugio para sacerdotes católicos. Esto es algo que el post scriptum podría clarificar de una vez por todas. El 23 de Octubre de 1623 una congregación clandestina de católicos se reunió en una buhardilla secreta “en los altos de Gatehouse”, para, supuestamente, celebrar la misa dominical. De pronto, una viga del piso cedió por el peso de los ocupantes, muriendo en este evento más de noventa personas. Fue este desastre el que hizo que las autoridades descubrieron esta “iglesia” secreta, que posiblemente había sido usada como tal durante años. Si bien Shakespeare había fallecido seis años antes de esta tragedia, el evento sirve para armar el rompecabezas sobre una base de sentido común y probabilidades.. El hecho de que John Robinson continuará alquilando la propiedad después de la muerte de Shakespeare sugiere que la propiedad había sido utilizada para actividades católicas clandestinas, incluyendo la celebración de la misa en los años en que Shakesperae fuera el dueño. Esto es reforzado por el hecho de que después de su muerte Gatehouse continuaba siendo usada para celebrar la misa.

    Shakespeare murió el día de San Jorge en 1616, dejando la mayor parte de su herencia a su hija Susana, a quien se considera como católica insumisa diez años antes. El resto de su herencia tenía como beneficiarios a varios católicos insumisos. Queda claro por lo tanto como lamentará el presbítero anglicano Richard Davies a fines de 1600 que “muriera como un papista”. Resulta abundantemente claro también que Shakespéare vivió como “papista”, un hecho que los ingleses trataron por mucho tiempo de esconder y que críticos literarios modernos tratan de negar hoy. La noticia de que el vate de Avon fuera un comprometido miembro de la iglesia de Roma es chocante para aquellos que falazmente han erigido su reputación sobre una lectura equívoca de sus obras. Es de esperar que no se recuperen de ese choque. Es sin embargo, una profunda alegría para los católicos de saber que William Shakespeare está del lado de los ángeles.

  • Educar la libertad humana

    Educar la libertad humana

    Cuando hablamos de educación, sea cual sea la postura filosófica que se adopte, debe reconocerse que se está hablando de una actividad que tiene como finalidad la mejora de la persona humana. La actividad educativa debe entenderse siempre como una actividad encaminada a hacer que la persona que nos ha sido confiada, que nos ha sido encomendada, llegue a ser más y mejor persona, que alcance ese Bien y esa Felicidad a la que se encuentra naturalmente inclinada. Quienes mejor ven y aprecian esta verdad son las madres que anhelan con todas las fuerzas de su corazón ver a sus hijos felices. Esa es su mayor pretensión cuando emprenden la obra educativa. 

    De esta concepción de la educación que se arraiga en el más profundo sentido común humano se sigue, con total claridad, que no podemos reducirla ni limitarla a una mera adquisición de informaciones y enseñanzas útiles para la vida que hagan del educando una persona instruida, culta, preparada, técnicamente competente para enfrentar las tareas y los desafíos del nuevo siglo. Ciertamente que es importante que tenga una adecuada preparación intelectual y técnica, pero no consiste en eso la esencia de la educación. Si lo que se quiere es educar a los hijos, no se puede reducir la acción formativa a brindarles medios que le permitan adquirir ventajas sociales, económicas o bienestar material. Educar es mucho más que enseñar determinadas cosas para que se “ganen la vida”, sin perjuicio de lo útil que pueda llegar a ser.

    Chesterton nos advertía del peligro de reducir la educación a mera capacitación cuando decía, con su particular ironía: “Sé que hay animales que entrenan a sus crías con trucos especiales, como los gatos enseñan a los pequeños gatos a cazar ratones. Pero es una educación muy limitada y más bien rudimentaria. Es lo que los industriales millonarios llaman educación para los negocios o para la administración de empresas; es decir, no es de ninguna manera educación”. En efecto, no es eso educar. Educar es, como apuntábamos al comienzo, llevar a la persona a su plenitud y realización en cuanto persona; es comprometerse a fondo en el crecimiento hondo, profundo, del educando en tanto que es un ser personal. En síntesis, y utilizando las palabras del papa Juan Pablo II: Educar es “hacer a la persona más y mejor persona”.   

    La pregunta que surge inevitablemente entonces es ¿en qué consiste esa plenitud humana hacia la cual la persona está ordenada? La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos dice al respecto: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Sólo en la medida en que somos capaces de donarnos, de entregarnos, por amor y con amor a otro ser personal (primeramente a Dios y a otra persona humana, secundariamente), nos realizamos como personas. 

    Víctor Frankl, judío, psiquiatra y neurólogo austríaco, se expresa en términos semejantes: “Nos sale aquí al paso un fenómeno humano que yo considero fundamental desde el punto de vista antropológico: la autotrascendencia de la existencia humana. Quiero describir con esta expresión el hecho de que en todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo. Cuanto más sale al encuentro de su tarea, cuanto más se entrega a su compañero, tanto más es él mismo hombre y tanto más es sí mismo. Así pues, propiamente hablando sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida de sí mismo, en que se pasa por alto a sí mismo”. Somos felices en la medida en que libremente nos damos. Cuando más vivimos para nosotros, menos nos realizamos y menos felices somos, por mucho que la pasemos estupendamente bien. 

    Nuestra actividad educativa, por tanto, debe ir en la línea de permitir esa donación, de permitir que el educando se trascienda a sí mismo, busque salir del amor propio y se aventure a amar en plenitud, pero que lo haga no como coaccionado por los educadores, no como obligado por quien lo conduce a ser mejor, sino que la educación (y en esto radica su dificultad) debe disponer al educando para que libremente se decida por lo bueno y mejor, para que libre y voluntariamente se decida a vivir para los demás. En este sentido, el educador no es el que hace feliz, sino el que mediante la formación en las virtudes humanas, dispone al educando a que libremente se ordene a la felicidad. 

    Ahora bien, no se puede propiamente donarse a los demás, si no se es plenamente libre. Sólo en la medida en que se es libre, puede el hombre entregarse por amor a los demás, y por tanto, ser más persona. Porque de lo contrario se obraría de manera determinada, necesaria y no habría propiamente donación. Sería amar como ama el pingüinito a la pingüinita, esto es, necesariamente. El pingüinito no puede decirle que no, está determinado a amarla. 

    La persona humana, en cambio, se mueve libremente hacia lo amado, de tal manera que ama, que se entrega, que se compromete, si quiere. De lo que se sigue que hacer a la persona más persona, es hacerla más libre, hacer a la persona más persona es educarla para la libertad. Y en este sentido hay que amar profundamente la libertad de nuestros hijos. Sí, hay que desear y promover la libertad de nuestros hijos, tanto niños, como adolescentes, como jóvenes. Pero, claro, afirmar eso supone correr el riesgo de entender impropiamente lo que eso significa, de manera que bien vale aclarar qué se entiende por libertad. 

    Ser libre significa, en primer lugar: no estar determinado, sino que autodeterminarse a actuar. Los seres irracionales, lo seres no personales, realizan sus actos absolutamente determinados por su naturaleza específica. Ellos sí que están completamente determinados. No hay ovejas que desafíen al lobo, ni leones que se apiaden frente a las cebras. Ellos  realizan sus operaciones siguiendo la determinación de la especie, obran desde su especie, lo que hace uno, lo hacen los demás, porque no obran desde su individualidad, sino desde su especie. La persona humana, por su racionalidad, no obra desde su especie, sino desde su individualidad. Ella decide poner un acto en la existencia o no; es ella la que decidirá qué hacer en cada momento. El hombre puede elegir, los animales no. Esta autodeterminación, esta capacidad de elegir, por la que actuamos o no actuamos, hacemos una cosa u otra es la raíz y el fundamento de la libertad humana. Sin embargo, no es, ni puede ser toda la libertad. La elección es un momento de la libertad pero no es lo esencial a ella.

    En tanto que la persona humana está ordenada a su realización, lo esencial de la  libertad para que sea propiamente humana será su ordenación a dicha perfección. La libertad es un medio, no un fin, por lo que el hombre dispone de la libertad para ordenarse por sí mismo a su felicidad y no a su desgracia. De este modo, la libertad supone elegir lo bueno; moderar las apetencias sensibles, de tal modo que el hombre sea capaz de obrar en la línea de su realización personal; tender a bienes verdaderamente humanos y no dejarse llevar por falsos placeres egoístas. La libertad personal es, por tanto, señorío sobre uno mismo y sobre sus propios actos. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por uno mismo, en cada momento, aquello a lo que por naturaleza está uno ordenado a ser: una persona plena, realizada, feliz; más propiamente, según lo que venimos diciendo: una persona capaz de amar y ser amada en plenitud. 

    Educar para la libertad significa entonces, formar jóvenes que sean verdaderamente dueños de sí mismos, jóvenes empeñados en lograr su propia perfección y no su ruina, jóvenes que sin coacciones, desde sí mismos, se muevan hacia lo bueno, jóvenes capaces de decirle “no” a aquellas cosas que no les perfeccionan, pero, que a la vez tengan la alegría y la vitalidad de decirle “sí” a las cosas que los engrandecen. Dicho más simplemente, educar para la libertad, no es otra cosa sino educar para el amor, para el amor de aquello que es digno de ser amado; formar a los jóvenes para que sean capaces de amar bien, de amar más unas cosas que otras y así lograr su realización.

    La actual mentalidad relativista, al desconfiar de la capacidad de la inteligencia humana para conocer lo verdadero, se ve obligada en el orden de la realización humana a no establecer diferencias entre los bienes existentes, dejando a los mismos jóvenes la determinación de lo que ellos mismos consideran bueno. Si todos los bienes son del mismo valor, será igualmente bueno ayudar a los pobres como drogarse; sacrificarse por la familia, que ir de fiesta; etc. El educando, precisamente porque es educando, exige una palabra orientadora de la existencia que le permita apreciar la mayor bondad de unas opciones sobre otras. Son los educandos mismos los que esperan que aquellos que los aman les digan qué vale la pena elegir o qué vale la pena amar. Faltando esa palabra, se instalará un profundo vacío en sus almas que intentarán llenar con placeres o diversiones incapaces de satisfacer su anhelo de felicidad. De allí la especial responsabilidad de los padres y educadores en el ejercicio de la actividad educativa. 

    Por eso cuando hablamos de educar para la libertad, cuando decimos que hay que amar la libertad del adolescente, de ninguna manera estamos pretendiendo que haya que favorecer y promover una independencia frente a la autoridad o a las normas, no estamos diciendo que haya que promover la irresponsabilidad del adolescente o permitir que haga lo que quiera hacer, cuando quiera y con quien quiera. 

    Lo que estamos significando cuando decimos que es preciso educar para la libertad, es que nuestra actividad educativa debe encaminarse a posibilitar al adolescente a amar en plenitud, a ser verdaderamente suyo, de tal modo que pueda entregarse a los demás por amor. Eso es lo que debemos anhelar: educar para el amor y para la libertad, no para la frustración y la esclavitud de las pasiones. Sobre cómo llevar a cabo esta maravillosa tarea hablaremos en una próxima oportunidad.