Chesterton

G.K. Chesterton un autor que cautiva el alma

El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su inteligencia, su capacidad para maravillarse aún de las cosas más pequeñas y cotidianas provocan asombro. Con Chesterton pasa, que uno cree descubrirlo, cuando en realidad es él quién nos atrapa.

G. K Chesterton es un personaje que despierta la curiosidad del lector por conocerlo más, por leer su obra, por entenderlo; pero escribir sobre él es una tarea difícil porque siempre queda la sensación de no hacerle plena justicia. Su pluma y su retórica tienen tanta profundidad y sabiduría que sería presuntuoso decir que a través de estas líneas vamos a conocerlo en toda su verdadera dimensión. Las siguientes páginas son sólo una aproximación a su genio y a su persona, un bosquejo, para tratar de entender al hombre que a través de sus ideas marcó definitivamente a la gente de su tiempo y cuyo pensamiento trascendió, con la misma fuerza de entonces, hasta nuestros días.

Joseph Pearce, escritor inglés, autor de numerosas biografías, entre ellas la del mismo Chesterton, visitó el año pasado nuestro país invitado por la Universidad Gabriela Mistral. En una de sus charlas contó que en su juventud había sido activista, violento, racista y sobre todo anti- católico. Su agresividad, que lo hacía salir a las calles a gritar y provocar desórdenes lo llevó dos veces a la cárcel. La segunda vez cayó en sus manos en forma accidental un libro de Chesterton “La Poza y los Charcos”. Esta lectura le hizo reflexionar profundamente y al poco andar se convirtió al catolicismo.

Pearce en su libro “Los Autores Conversos” relata la influencia que tuvo este autor en la conversión de numerosos escritores ingleses de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Fueron muchísimos los que influenciados por la pasión, por la vitalidad y por los argumentos de G.K. Chesteron se convirtieron al catolicismo. Dice Pearce: “El profundo agradecimiento de Belloc, ante ese ejército de conversos, tenía como objeto, en buena parte al menos, a la obra de su amigo G.K. Chesterton. Fue éste antes que cualquier otro escritor, quién en la primera década del nuevo siglo se midió con el laicismo, plantando batalla a “herejes” como Shaw o como Wells, con una amable jovialidad que se pegaba. El cristianismo de Chesterton era contagioso y gracias a sus penetrantes paradojas y a su quijotesco entusiasmo, muchos comenzaron a descubrir el atractivo de la ortodoxia” .

Pero lo curioso es que mientras sus obras y su testimonio convencían a los demás de engrosar las filas de la Iglesia de Roma,  el propio Chesterton no daba el paso decisivo. Dice Luis Ignacio Seco en su libro, Chesterton, un Escritor para todos los Tiempos: “Eran muchos los que se preguntaban dentro y fuera de la Iglesia Católica que detenía a Chesterton en el umbral de su decisión. En Herejes (1905) en Ortodoxia (1908) y en escritos posteriores estaba claro que veía a Dios en Jesús de Nazaret, que admiraba la fidelidad de la Iglesia a su mensaje a lo largo de los siglos, que hablaba de los sacramentos como encuentros de Dios con los hombres, que contemplaba al hombre como hijo de Dios”.

Jorge Luis Borges, considerado por muchos uno de los mejores escritores del siglo XX, era un gran admirador de Chesterton y en el primer Ensayo que escribió sobre él se había declarado el más devoto de sus lectores. En el segundo Ensayo escrito después de la muerte de Chesterton en 1936 dijo: “Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa invención, por su imaginación visual o por la felicidad pueril o divina  que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza”.

Además de citarlo siempre en sus conferencias, entrevistas, ensayos, artículos y cuentos, Borges hizo una maravillosa traducción al español de su poema Lepanto. Debemos agregar que Borges declaró siempre su gusto por la literatura inglesa y dentro de ella por Chesterton especialmente. Todos estos elementos, despiertan la curiosidad por conocerlo,  por leer su obra y todo lo que otros han escrito sobre él. El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su capacidad para maravillarse aún de las cosas más pequeñas y cotidianas provocan asombro. Con Chesterton pasa, que uno cree descubrirlo, cuando en realidad es él quién nos atrapa.

¿Quién es Gilbert K. Chesterton?:

Que difícil tarea la de tratar de describir a este hombre, poeta, ensayista, escritor, periodista, orador, polemista, porque como dice Luis Ignacio Seco: “A Chesterton hay que verlo de cuerpo entero, como lo vio Borges y como lo ven en definitiva la multitud de lectores anónimos que una vez descubierto ya no le abandonan.  Hay que verlo como un solitario genial que entró de rondón en la transición del siglo XIX al XX, que fue un testigo excepcional de su época y que supo trazar diagnósticos tan certeros que siguen y seguirán sobre el tapete de la Historia”

Y aún así, viéndolo de cuerpo entero, hay partes de él que se nos escapan, su vida es tan intensa, tan vertiginosa, que en esta  loca carrera por alcanzarlo lo perdemos y lo encontramos una y otra vez. Su pensamiento vuela, sus ideas se multiplican, su pluma corre entre uno y otro tema, sus argumentos sólidos y punzantes “Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa  invención, por su imaginación visual o por la felicidad pueril o divina que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza” Jorge Luis Borges

Considerado un gozador de la vida, siempre defendió el buen tomar en oposición al abuso. “Si hay un grupo tomando cerveza y riéndose siempre son católicos“especial desarman a cualquier adversario, su marcha es incansable, su imaginación sin límites. Su apariencia es única. Es un hombre gordo, grande, majestuoso, vestido con una amplísima capa para cubrir su gordura y desaliño, un sombrero de ala ancha y un bastón. Su físico es imponente, más de un metro noventa de estatura y alrededor de ciento treinta kilos de peso. Se ríe de sí mismo como nadie: “no soy tan gordo como parezco, dijo una vez en una conferencia, es que me ven ustedes amplificado por el micrófono”. El humor y la alegría no lo abandonan nunca. Alfonso Reyes en el prólogo de El Hombre que fue Jueves lo describe así: “Siempre combativo, de una combatividad alegre y tremenda, tiene un buen humor y una gracia de hombre gordo, una risa madura de hombre de cuarenta y cinco años. Su cara redonda, sus cabellos enmarañados de “rorro”, inspiran una simpatía instantánea”

Chesterton nació en Londres un 29 de mayo de 1874 y murió en 1936. Con su clásico sentido del humor nos cuenta en su Autobiografía de su infancia y de su familia “Lamento no tener un padre siniestro y brutal que ofrecer a la mirada pública como la verdadera causa de mis trágicas inclinaciones; ni una madre pálida y aficionada al veneno, cuyos instintos suicidas me hayan abocado a las trampas del temperamento artístico. Lamento que no hubiera nadie en mi familia más audaz que un tío lejano ligeramente indigente y siento no poder cumplir con mi deber de hombre verdaderamente moderno y culpar a los demás de haberme hecho como soy. No tengo muy claro como soy, pero estoy seguro que soy responsable en gran medida del resultado final” y más adelante agrega: “Lo maravilloso de la niñez es que cualquier cosa en ella puede ser una maravilla. No era simplemente un mundo lleno de milagros, era un mundo milagroso”

Y no cabe duda que en el resultado final influyó sobremanera esa infancia prodigiosa y feliz aunque en su adolescencia y juventud Chesterton buscará por diferentes caminos esa Verdad que llegó finalmente después de varios años dándole todo el sentido a su existencia. Dice Luis Ignacio Seco: “El valor más efectivo en la vida y la obra de Chesterton fue su inquietud religiosa, su necesidad de buscar respuestas a los interrogantes ineludibles para dar sentido a su existencia y a la ajena”

Después de esta infancia feliz y llena de recuerdos mágicos, Chesterton se enfrentó a una juventud llena de dudas y escepticismo. A pedido de su padre ingresó a la Slade School para estudiar dibujo y pintura, pero la dejó al poco tiempo para dedicarse a escribir. Comenzó a interesarse por el espiritismo y la literatura teosófica, conocida también por ocultismo. Como él lo cuenta en su Autobiografía fue una época oscura de su vida, se sentía sumido en el pesimismo del entorno y entonces para librarse de esa pesadilla con la ayuda de la filosofía, pero no todavía de ninguna religión, se inventó una teoría mística que lo sacara de todas las pesadillas de su alma. Sintió que todavía había un pequeño hilo de agradecimiento que lo ligaba a una cierta religiosidad: “Lo que me sorprende al volver la vista a mi juventud e incluso a mi adolescencia es la enorme rapidez con la que se cree estar de vuelta de lo fundamental y con la que incluso se niega lo fundamental”

Años después trata de plasmar todo este proceso en su libro “El Hombre que fue Jueves” y que pone como subtítulo: Pesadilla. Pero sigamos intentando delinear a este hombre, que sorprende por su capacidad infinita de reinventarse a sí mismo y reinventar el mundo con él. Valiente, audaz, se lanzaba siempre a la defensa de lo que creía justo, estaba al lado del hombre de la calle, del hombre común como gustaba llamarle. Fue tildado de anti imperialista y de ser pro boer y lo era. Para él los boers eran los verdaderos patriotas y justificaba ampliamente que usaran las armas para defender sus campos y sus casas que los usurpadores británicos querían quitarles. Argumentaba a quién quisiera escucharlo de su repudio tanto al socialismo como al capitalismo.

Defensor acérrimo de la propiedad privada, apoyó abiertamente la corriente llamada del distributismo impulsada por la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII y que era en definitiva la Doctrina Social de la Iglesia. Le molestaba el materialismo imperante y sobre todas las cosas odiaba la sociedad industrial y el progreso. Tuvo un largo noviazgo con Frances Blogg, a quién amó apenas conocerla y a quién siguió amando toda su vida. Se casó con ella en 1901. Callada y tranquila, Frances comprendía y aceptaba el carácter desbordante y a veces excéntrico de su marido.Hay una anécdota que relata el mismo Chesterton que es de la época en que viajaba dando conferencias por toda Inglaterra, y que lo pinta de cuerpo entero: “Cuentan que un día de aquellos envié un telegrama a mi esposa, que estaba en Londres, y que decía así:”Estoy en Market Harborough. ¿dónde debería estar?. No recuerdo si la historia es cierta, pero no es improbable ni creo que sea poco razonable”

En esa infancia feliz tuvo un papel importantísimo su queridísimo hermano Cecil, cinco años menor que él, que murió al final de la Primera Guerra Mundial: “Nació cuando yo tenía casi cinco años; tras una breve pausa empezó a discutir y continuó discutiendo hasta el final, porque estoy seguro que discutía enérgicamente con los soldados entre los que murió, en las gloriosas postrimerías de la Gran Guerra” Dice Chesterton que cuando Cecil nació, se alegró pensando que al fin iba a tener público que lo escuchara. Que equivocado estaba. Cecil resultó tanto o más vehemente y testarudo que su hermano Gilbert. Sus discusiones eran interminables y así lo recuerda en su Autobiografía “No dejamos de discutir en toda nuestra adolescencia y juventud, hasta convertirnos en una auténtica pesadilla para nuestro círculo social. Nos gritábamos de un lado a otro de la mesa, a propósito de Parnell, el puritanismo o la cabeza de Carlos I, hasta que los más próximos y queridos huían al vernos aparecer y solo encontrábamos un enorme desierto alrededor”

Con cierta alegría llena de nostalgia Chesterton aclara en su Autobiografía que a pesar de sus interminables discusiones no riñeron jamás. Pero indudablemente las dotes de polemista de su hermano las consideró siempre extraordinarias: “El hombre acostumbrado a discutir con Cecil Chesterton no tiene porqué temer discutir con nadie” Cecil era un “pagano más rebelde”, gran enemigo de los puritanos, Gilbert defendía, aunque tibiamente, el idealismo y la religiosidad victoriana. Ambos hermanos, socialistas y agnósticos en un comienzo, terminaron juntos en la fe católica. Cecil lo hizo primero, Gilbert varios años después.

Tuvo amigos y muy buenos. Pero hay dos que están demasiado unidos a su vida y no se pueden dejar de nombrar: Hilaire Belloc y Maurice Baring. Hay un célebre cuadro pintado en 1932 por Sir James Gunn “Tertulia”, hoy en la National Portrait Gallery, en que aparecen los tres alrededor de una mesa. De esta relación entre los tres dice Joseph Pearce: “No sólo participaban de una amistad común, también compartían una misma filosofía y una misma fe. Sí no llegaban a ser tan indivisibles como la Santísima Trinidad, desde luego si eran tan indómitos como los Tres Mosqueteros. En el caso de la quimera Belloc-Baring- Chesterton el grito de guerra de, uno para todos y todos para uno, nunca resultó inapropiado”

De esta amistad, especialmente la de Belloc, a quién conoció en un café del Soho y le marcó la vida, comenzó la lenta transformación que llevaría a Chesterton a convertirse en el transcurso de los años en un católico ferviente, y de esta amistad nació la ocurrencia de Bernard Shaw de hablar de Chesterbelloc, estas dos mitades de un “divertido elefante de circo”. Pero no podemos dejar de mencionar a Bernard Shaw en la vida de Chesterton. Dice Joseph Pearce en Sabiduría e Inocencia: “Lo cierto es que la relación entre los dos estuvo presidida por un cálido afecto que se oponía a su antagonismo intelectual. Fueron amigos y también enemigos y ambos obtuvieron un inmenso provecho tanto de su amistad como de su enemistad”

Y Maisie Ward, biógrafa de Chesterton, citada por Joseph Pearce en Sabiduría e Inocencia: “Hasta que apareció Chesterton, Bernard Shaw había tenido el mundo de la polémica para él solo, pero tan pronto como aquél saltó al cuadrilátero, Shaw tuvo que empezar a medir sus pasos y a aprovechar su habilidad en la palestra. Chesterton podía romper la guardia del viejo irlandés en cualquier momento y ello aportaba una emoción especial a sus encuentros en las tribunas o en las páginas del G.K. ́s Weekley o del New Witness”

Chesterton era un contendor temible y temido. Un orador extraordinario pero con un respeto profundo por sus adversarios sí éstos tenían altura; a los que no la tenían, no titubeaba en liquidarlos. Tuvo largas discusiones con H.G. Wells pero lo estimaba: “Siempre había sido un liberal un fabiano, un amigo de Henry James o Bernard Shaw. Y tenía razón con tanta frecuencia que sus movimientos me irritaban como la contemplación de un sombrero mecido perpetuamente por el mar sin llegar nunca a la orilla”. Pero Bernard Shaw era su preferido. En su Autobiografía citada en este trabajo, Chesterton habla con cariño y con admiración de él: “Mi experiencia fundamental, desde el principio hasta el final, ha consistido en polemizar con él. Vale la pena señalar que he aprendido a profesarle afecto y un respeto cálido más a partir de nuestra disensión que a partir de lo que la mayoría de la gente logra a través del acuerdo. Bernard Shaw, a diferencia de algunos de los que he hablado aquí, muestra su mejor lado en el antagonismo. Diría que muestra su lado mejor cuando se equivoca; o mejor aún, todo en él es erróneo salvo él mismo”.

Y los dos mejores polemistas de Inglaterra no sólo eran diferentes en sus ideas, sino absolutamente en todo. Uno, Chesterton, gordo y jovial, el otro, Shaw, flaco y austero. El primero amante de la buena mesa y el trago, “de las chuletas y la cerveza” y Shaw vegetariano y abstemio. Pero los dos se necesitaban y se potenciaban y el público necesitaba de sus intensas polémicas que marcaron época. Cuando Chesterton murió, Bernard Shaw le escribió a Frances: “Parece totalmente ridículo que yo, dieciocho años mayor que Gilbert, sobreviva a él de forma tan despiadada… Las trompetas están sonando en su honor”

Ortodoxia y El Hombre Eterno:

En 1908, Chesterton pública Ortodoxia, su primer libro explícitamente cristiano y que muchos consideran un aporte fundamental para el desarrollo del pensamiento de la Iglesia. Lo cierto es que muchos de sus lectores se sintieron tocados en lo más profundo e influyó, como mencionamos en la introducción, en ese “ejército de conversos” que cita Joseph Pearce del cuál Hilaire Belloc se siente tan feliz.

En Ortodoxia, Chesterton exalta el cristianismo, pero más concretamente escribe y siente como un católico aunque faltan todavía catorce años para dar el paso definitivo. La clave del éxito de este libro es el modo en que Chesterton se comunica con el lector. Usa un estilo directo, potente, franco. Las palabras estallan, se mueven, se levantan del libro para tocar al lector y abrazarlo sin darle tregua alguna. En 1952, la escritora Dorothy L. Sayers diría:” Para los jóvenes de mi generación, G.K.C era una especie de libertador cristiano. Como si de una bomba beneficiosa se tratara, hizo saltar por los aires en la Iglesia un buen número de vidrieras de una época poco brillante para dejar paso a una fresca brisa en que las hojas muertas de la doctrina danzaban con todo el vigor y la falta de decoro de Juglar de Nuestra Señora” .

Y acerca de la influencia en la conversión de tantos, cita Joseph Pearce varios casos, en el libro “Escritores Conversos”: “No está claro si Ortodoxia tuvo algo que ver con la eminente conversión de Maurice Baring, pero dada su admiración por las primeras obras de Chesterton y el creciente cariño que sentía hacia él, raro sería que no lo hubiera leído en los meses inmediatamente previos a su recepción en la Iglesia, ocurrida el 1 de febrero de 1909”. En Ortodoxia pone Chesterton su propia experiencia en la búsqueda espiritual. Se compara a un hombre, un aventurero que sale a explorar mundos nuevos, que cree haber descubierto una lejana isla y de pronto se da cuenta que está en su propio país, en el mismo lugar de dónde había partido: “A menudo he soñado en escribir la historia de un piloto inglés que, habiendo calculado mal su derrotero, descubrió nada menos que la antigua Inglaterra, bajo la impresión de que era una ignorada isla del Mar del Sur… su equivocación fue en verdad la más envidiable de las equivocaciones posible; y mi hombre, si era como yo lo supongo, no dejaría de reconocerlo así. Porque ¿puede haber nada más delicioso que pasar en unos cuantos minutos, por todos los grados de la escala patética, desde las fascinaciones y terrores de arrojarse a lo desconocido hasta la humanisima seguridad de volver a lo familiar y propio?… Tengo mis razones para insistir porque yo mismo soy ese hombre, yo descubrí Inglaterra”

Y es la llaneza y frescura de su prosa lo que encanta y como dice Alfonso Reyes: “Así en Chesterton, este nuevo padre de la Iglesia, la paradoja humorística sustituye a la parábola cristiana. Habla de las verdades más antiguas de la Iglesia, pero con el mismo tono de voz con que describe los ritos misteriosos de la isla recién descubierta en el Mar del Sur. Así en Chesterton, este salteador de su propia bodega, aprendemos a gustar otra vez el vino de nuestros abuelos”

Recordemos que Ortodoxia fue escrito en respuesta a la crítica de su libro “Herejías”, 1905. Se le reprocha que enumera allí todas las herejías presentes en la sociedad pero no dice cuál es su propia posición y filosofía de la vida. Chesterton encontrando quizás certera la crítica se embarca en este libro, dónde expone sus verdaderos sentimientos en cuanto a religión. No cabe ninguna duda que es un católico verdadero y su libro es un himno que exalta su fe. Sin embargo asentado en la Iglesia Anglicana- Católica, incomprensiblemente para muchos, no da el salto definitivo. El propio Chesterton expresa: “Ante todo debo considerar mi postura acerca si debo estar dentro o fuera. Yo pensaba que uno podía ser anglocatólico y estar realmente dentro, pero si eso significa quedarse solo en el pórtico, creo que no quiero estar en el pórtico, y desde luego no en un pórtico separado del edificio”. Dicen que Belloc su gran amigo y ferviente católico de toda la vida, fue uno de los grandes sorprendidos cuando supo en 1922 de su conversión. Parece que había perdido totalmente las esperanzas.

Pero el gran obstáculo para Chesterton era Frances, su mujer con quién había compartido todo en la vida y ella se oponía tenazmente a convertirse al catolicismo. Joseph Pearce dice en Escritores Conversos que Frances había dicho una vez que no haría jamás tres cosas: tener una secretaria eficiente, cortarse el pelo, y ser católica. Por lo menos esta última no la cumplió porque cuatro años después de su marido ingresó a la fe Católica. Pero, volvamos a G.K. Chesterton y a su largo proceso espiritual para llegar al fin a la fe presentida y anhelada toda su vida. Para hablar de ello tenemos que nombrar inevitablemente a dos personas que influyeron notablemente en su decisión de “pasarse al Papa”.

Ellos fueron Ronald Knox y el padre John O’Connor. A Knox lo conoció un par de años antes de su conversión a través de su amigo Baring. Knox había sido sacerdote anglicano hasta 1917 cuando luego de pasar años de incertidumbre y angustia decidió entrar a la Iglesia Católica de Roma. Chesterton y sus escritos habían tenido alguna influencia en su decisión. Por cierto le admiraba y lo único que quería era ayudarlo a profesar el catolicismo. Al padre O’Connor, quién fuera inspirador de su famoso personaje de cuentos policiales, padre Brown, lo había conocido muchísimo antes en Yorkshire y le había impresionado desde el primer momento su sencillez, su inteligencia y su bondad. Cuando llegó el momento de la decisión final, fue la propia Frances, su mujer quién le aconsejó que llamara al padre O’Connor. En julio de 1922 Chesterton fue recibido dentro de la Iglesia. Pero la verdad es que lo único que hacía falta era su consentimiento, no necesitaba ser instruido en esta fe porque hacía más de veinte años que hablaba del catolicismo sin ser católico, sus conocimientos de la ortodoxia y el dogma eran mucho más profundos que los de muchos creyentes.

Dice en su Autobiografía: “Estoy orgulloso de mi religión hasta donde puede estarlo un hombre de una religión que hunde sus raíces en la humildad; sobretodo estoy orgulloso de esos aspectos que con mayor frecuencia se califican de superstición. Me siento orgulloso de estar sujeto a dogmas anticuados y esclavizado por credos muertos (como repiten sin descanso mis amigos periodistas), porque sé muy bien que los credos heréticos son los que mueren y solo los dogmas razonables viven lo suficiente para que se les llame anticuados”

No se puede terminar este esbozo de la persona y la vida de Chesterton sin mencionar su libro “El Hombre Eterno”: El Hombre Eterno que muchos consideran su mejor obra es una fulminante y clara reflexión histórica que solo podía escribir en un período de relativa calma, sin los agobios de la urgencia periodística. Según Evelyn Waugh surgió para cubrir una necesidad temporal y quedó como un monumento permanente y Borges lo considera una “extraña historia universal que prescinde fechas y en la que casi no hay nombres propios y que expresa la trágica hermosura del destino del hombre sobre la tierra”. Esta obra escrita en 1925 surge como respuesta a “Esquema de la Historia” de H.G. Wells. En ese libro Wells, con una visión materialista del mundo, considera que el hombre es solamente el resultado de la evolución. Nada podría haber exasperado más a Chesterton que tiene una opinión diametralmente opuesta: José Manuel de la Prada en el prólogo a este libro dice “El hombre según Chesterton no es el fruto de una evolución, sino de una revolución y para mejor explicar este aserto nos lleva de la mano al interior de las cavernas que habitaron nuestros antepasados”

Pero veamos como el mismo Chesterton nos explica que este libro está considerado mucho más desde el punto de vista histórico que el teológico y que no debe relacionarse con su reciente conversión a la fe Católica. Aquí hay dos conceptos que quiere tratar: la criatura llamada hombre y el hombre llamado Cristo: “He dividido este libro en dos partes: la primera es un esbozo de la aventura más importante vivida por la raza humana hasta el término de su itinerario pagano; la segunda, un resumen de la sustancial diferencia que supuso su transformación al cristianismo”

Y así como “Ortodoxia” provocó una serie de conversiones, también lo hizo “El Hombre Eterno”. Entre los que fueron impactados profundamente por el mensaje y contenido del libro se encuentra el escritor C.S Lewis quién en su libro Sorprendido por la Alegría dice: “Entonces leí El Hombre Eterno de Chesterton y por primera vez ví toda la concepción cristiana de la historia expuesta en una forma que me parecía tener sentido. De alguna manera me las arreglé para que el remezón no fuera demasiado fuerte. Recordarán que ya creía a Chesterton el hombre vivo más sensato que existía, dejando de lado su cristianismo”

Quiero citar algunas palabras de Chesterton en las conclusiones de El Hombre Eterno: “Sin embargo (la Iglesia Católica) ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte, que todo el mundo que no se acoge a ella”.

Comparte

Compartir enfacebook
Compartir engoogle
Compartir entwitter
Compartir enlinkedin
Compartir enpinterest
Compartir enprint
Compartir enemail

G.K. Chesterton un autor que cautiva el alma

El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su inteligencia, su

Confucio y la Familia China

“Conocer lo que es justo y no practicarlo es una cobardía” Analectas, Confucio. En China, en la época de los estados guerreros (403-221 a.C) aparecieron

Joseph Pearce: Un Cruzado del Siglo XXI

“Soy un pecador que trata cada día de ser mejor. Soy también marido, padre, escritor, editor, conferencista y profesor de Literatura. También soy un inglés

El Circo Chileno: Ayer, hoy y siempre

“Circo Hoy” se llama el proyecto de investigación para el Bicentenario de Pilar Ducci y Francisco Bermejo financiado por Fondart, Consejo Nacional de las Artes