Etiqueta: China

  • A ochenta años de la Guerra Civil China

    A ochenta años de la Guerra Civil China

    El largo conflicto que enfrentó a Chiang Kai-shek y Mao Zedong sentó las bases de una tensa y compleja convivencia entre la República Popular China y Taiwán, que perdura hasta hoy.

    Cuando se revisa la historia política del siglo XX, las revoluciones y guerras civiles aparecen como verdaderos puntos de inflexión en los que los países –o incluso áreas geográficas completas– cambiaron violentamente su rumbo. En parte, producto del choque interno de las fuerzas en conflicto, pero muchas veces también por la intervención de actores externos.

    Los ejemplos son variados: México (1910), Rusia (1917), España (1936), Cuba (1959), Irán (1979), etc. Pero en este contexto, la Guerra Civil China (1927-1949) parece haber permanecido en un segundo plano para Occidente. Eso probablemente cambiará durante los próximos meses, en la medida que nos acerquemos a octubre, cuando se conmemoren los 80 años del término de este conflicto que desgarró a China. Pero, ¿cuál fue su origen y de qué manera sus consecuencias persisten hasta hoy?

    Chiang vs. Mao:

    Las primeras décadas del siglo XX fueron particularmente turbulentas para China, que durante el siglo XIX había vivido en carne propia el avance colonial de Occidente, en busca de sus riquezas y materias primas. Esta situación había ido socavando la autoridad imperial, que durante siglos había determinado el presente y el futuro de millones de chinos. Fue así como en 1911, el intelectual y líder político Sun Yatsen –apoyado por militares, comerciantes, estudiantes e intelectuales– fundó en Cantón el Kuomintang: el Partido Nacionalista chino. Sus objetivos eran claros: lograr la unificación nacional, instalar un modelo de democracia al estilo europeo y mejorar el paupérrimo nivel de vida del país.

    Pero para alcanzar esos objetivos, era necesario un cambio radical en la manera en que China había sido gobernada hasta entonces. Y fue así como se produjo el alzamiento de las tropas de Wuchang, con el cual se inició la revolución que terminó con la caída de la dinastía Qing y la abdicación del –literalmente– último emperador chino: Pu Yi (1906-1967). Una figura compleja, trágica y muchas veces contradictoria, que el director de cine Bernardo Bertolucci (1941-2018) logró retratar de manera magistral en su cinta El último emperador (1987), ganadora de nueve premios Oscar.

    Desmantelada la corte imperial, Sun Yatsen intentó iniciar la construcción de las bases de un modelo republicano y, lejos de asumir él mismo la conducción de China, ofreció la Presidencia a Yuan Shikai, un destacado general del Ejército real. Pero la decepción fue temprana, al constatar que Yuan –lejos de promover la consolidación de la joven democracia– prefirió proclamarse como un nuevo emperador.

    A pesar de este episodio, Sun logró reencausar el rumbo de su país, enfocándose en los esfuerzos para resolver complejos temas, como la falta de alimentos y medicinas, además de educación y seguridad. En ese contexto, dos figuras comenzaron a emerger, posicionándose cada una en un segmento diferente del espectro político de la China post imperial: un joven general de nombre Chiang Kai-shek y un profesor de secundaria llamado Mao Zedong. Así, la segunda década del siglo XX vio nuevos cambios en China, como la fundación del Primer Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), en 1921. Y dos años después, Mao fue elegido para el Comité Central, transformándose en el principal dirigente del PCCh.

    El punto es que el Kuomintang veía con preocupación y desconfianza la aparición del comunismo en China. Hasta que, finalmente, Chiang Kai-shek encabezó un golpe anticomunista a espaldas del Kuomintang. Entre 1927 y 1928, Chiang ordenó acabar con el PCCh, llegando a exterminar a cuatro quintas partes de sus militantes, lo que dio inicio a la llamada Primera Guerra Comunista-Nacionalista (1927-1937). A pesar de este golpe directo al corazón del partido, en 1929, el Ejército Rojo conquistó los territorios de Kiangsi y Juichin, donde proclamó el nacimiento de un gobierno pro-soviético, iniciando una fuerte resistencia. Pero ni Chiang ni Mao, inmersos en el fragor de la guerra civil, advirtieron que un nuevo y temido actor regional habría de entrar en escena.

    Un país dividido:

    En 1931, Japón invadió el territorio chino de Manchuria, sumando una conquista más a su larga lista de éxitos militares. Al año siguiente, tomó el control de la importante ciudad-puerto de Shanghai y a partir de ahí siguió adelante con la ocupación del país. Y con esto, China sumó a su guerra civil una invasión de la principal potencia militar de esa época en Asia.

    En los años posteriores, Chiang y Mao enfrentaron a los japoneses por separado, al mismo tiempo que continuaban combatiendo entre ellos. Y aunque también hubo momentos en que unieron fuerzas –el llamado Frente Unido–, estas alianzas fueron frágiles y breves. Finalmente, con la derrota de Japón en 1945, Estados Unidos vio la oportunidad de buscar una solución negociada de la guerra civil. Y para eso, el embajador estadounidense Patrick J. Hurley intentó mediar entre Chiang y Mao, aunque sin éxito.

    De esta forma, tras el fracaso de la opción diplomática, se inició la Segunda Guerra Comunista-Nacionalista (1946-1949), que terminó con la derrota de Chiang, quien junto a sus fuerzas –poco más de dos millones de personas– abandonó China continental para refugiarse en la isla de Formosa (posteriormente, Taiwán), mientras Mao consolidaba su victoria a escala nacional, tras tomar el control de Beijing, en octubre de 1949.

    De esta forma, en el escenario mundial surgieron dos actores diferentes: la República China, bajo el gobierno de Chiang; y la República Popular China, liderada por Mao. En los años posteriores, la comunidad internacional se inclinó abiertamente –en un contexto de Guerra Fría– por reconocer a Taiwán como “la China legítima”, desconociendo al gobierno comunista de Mao. Pero todo eso cambió a partir de 1964, cuando China detonó su primera bomba nuclear. Un episodio que tuvo un profundo impacto mundial. Además, en esos años, el gobierno de Richard Nixon comenzó a ver con interés el distanciamiento de Beijing con Moscú, producto de sus crecientes diferencias políticas. Y apoyó la idea de que China ingresara a las Naciones Unidas.

    El punto fue que el gobierno chino estableció con claridad y  fuerza su posición de que a nivel mundial no existían “dos Chinas” –la República China en Taiwán y la República Popular China–, porque Taiwán era una provincia china “en rebeldía” y no un Estado independiente. Todo esto llevó a que en 1971, Naciones Unidas (a través de su Resolución 2758) estableciera, con el voto de dos tercios de los miembros, que Taiwán dejaba de ser miembro de la ONU, entregando su asiento a China hasta hoy.

    De esta forma, la República Popular China sentó las bases de su política hacia la isla y comenzó su imparable ascenso como potencia mundial. Y, en ese sentido, el histórico viaje de Richard Nixon a China en febrero de 1972 –convirtiéndose en el primer presidente de EE.UU. y de Occidente en visitar este país–, fue la primera prueba de eso.

    El frágil statu quo:

    Chiang Kai-shek murió en 1975, dejando a Taiwán en manos de su hijo Chiang Ching-kuo, quien gobernó la isla hasta su muerte, en 1988. Tras su fallecimiento, lo reemplazó Lee Teng-hui –una importante figura del Kuomintang–, tras ser designado por la Asamblea Nacional. A pesar de eso, años más tarde, en 1996, Lee se convirtió en el primer presidente electo en la historia de Taiwán, iniciando una serie de gobiernos civiles y democráticos.

    Por su parte, Mao Zedong murió en 1976, dejando un vacío de poder que solo pudo ser llenado por otra figura icónica del PCCh, Deng Xiaoping (1904-1997), quien lideró a China durante los turbulentos tiempos del fin de la Guerra Fría, e impulsó las reformas que permitieron posicionar –a partir de la década de 1990– a este gigante asiático como la segunda economía más importante de mundo después de la estadounidense.

    Mientras tanto, la comunidad internacional se inclinó mayoritariamente por formalizar relaciones diplomáticas con Beijing, dejando los vínculos con Taiwán solo a nivel económico y cultural. Actualmente, de los 193 países que son miembros de Naciones Unidas, solo 17 mantienen relaciones diplomáticas plenas con Taiwán. Básicamente, países de Centroamérica y pequeñas islas del Pacífico. En este contexto, en enero pasado, el presidente chino Xi Jinping aseguró que la reunificación con Taiwán será un hecho concreto para 2050 y que, incluso, no descartaba el uso de la fuerza para lograrlo. Palabras que causaron profunda inquietud en las autoridades de esta isla de tan solo 23 millones de habitantes.

    La oferta de Xi Jinping es que Taiwán tenga el mismo estatus que tiene Hong Kong, es decir, el modelo de “un país, dos sistemas”. Sin embargo, si bien la ex colonia británica mantiene su autonomía económica y financiera desde 1997 –cuando volvió definitivamente a manos chinas–, lo cierto es que cuando se realizan elecciones de gobernador, los hongkoneses pueden elegir entre varios candidatos, aunque todos designados por el gobierno en Beijing. Y por eso, el gobierno de la presidenta Tsai Ing-wen ha rechazado de plano las palabras de Xi.

    Al margen de eso, la idea de una reunificación forzada es un tema que también involucra a Estados Unidos, que durante décadas ha protegido a la isla y le ha vendido armas en condiciones privilegiadas. Algo que China siempre ha criticado. Aunque aún faltan décadas para 2050, lo cierto es que las declaraciones de Beijing sobre Taipei reviven un conflicto que se había mantenido relativamente congelado y cuyas implicancias pueden impactar más allá del Asia Pacífico.

    En ese sentido, es muy probable que la conmemoración de los 80 años del término de la Guerra Civil China –en los próximos meses– dé pie a ceremonias a ambos lados del estrecho de Formosa. Pero también será un claro recordatorio de que la relación entre Beijing y Taipei sigue siendo un asunto no resuelto, frente al cual la comunidad internacional ha preferido mantener un conveniente statu quo. La pregunta: ¿por cuánto tiempo más?

  • Xi Jinping: camino hacia un nuevo y desconocido imperialismo cibernético

    Xi Jinping: camino hacia un nuevo y desconocido imperialismo cibernético

    En este artículo se pretende explicar lo que podría ocurrir los próximos años a partir de las acciones que tome China en la construcción de una nueva forma de imperialismo y poder hegemónico. El poder económico de China y la forma de hacer política de su líder, Xi Jinping, no son un tema nuevo en el debate actual. La incógnita más bien se ubica en el ámbito de los efectos que esa política podría tener sobre el poderío económico, militar y tecnológico de los Estados Unidos. La pregunta que intentan responder los analistas es: ¿será la China liderada por Xi Jinping capaz de amenazar la hegemonía de los Estados Unidos?

    La guerra comercial ha sido una de las aristas más visibles de esta nueva forma de disputa por la hegemonía de los mercados y la necesidad de equilibrar una balanza comercial cada vez más inclinada hacia China. En este artículo pretendemos explicar lo que a nuestro juicio podría ocurrir los próximos años a partir de las acciones que tome China en la construcción de una nueva forma de imperialismo y poder hegemónico.

    Todo bajo el Cielo (Tian Xia). Consideraciones previas:

    Sin duda que el completo libro de Henry Kissinger sobre China nos entrega algunas pistas sobre las diversas consideraciones que se deben tener a la vista cuando se aborda el fenómeno político chino. La primera de estas es que China posee tal amplitud y variedad de territorio que le ha permitido pensar a su pueblo que son un mundo en sí mismo y su emperador (léase Xi Jinping) una figura de trascendencia universal (Tian Xia).

    Asimismo, China poseería un rasgo característico que sus dirigentes no deben descuidar: parece vivir siempre entre el caos y el orden. La historia china presenta muchos períodos de guerra civil y caos; no obstante, después de cada desmoronamiento el Estado chino se reconstruye como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza. “El Imperio, luego de un largo tiempo dividido, tiene que unirse. El Imperio, luego de largo tiempo unido, tiene que dividirse. Así ha sucedido siempre” (Luo Guanzhong, “Romance de los Tres Reinos”, siglo XIV). Se sostiene que Mao sintió una gran obsesión por esta obra en su adolescencia, la que en su opinión resumía perfectamente la naturaleza de su país, por ello pensaba que todos los chinos en algún momento de su vida debían leerla.

    Biografía, carrera política y Programa de Gobierno de Xi Jinping: 

    El actual Príncipe Rojo (denominación asociada al hecho de que su padre fue uno de los cercanos a Mao), nace el año 1953 en la etnia Han, provincia de Shaanxi. Hijo de Xi Zhongxun (ex vice primer ministro de China), uno de los fundadores de la guerrilla comunista que actuó contra el Kuomintang. Estudió Ingeniería química en la Universidad de Tsinghua y poseería un doctorado en teoría marxista de la escuela de Humanidades y Ciencias Sociales de la misma universidad. Durante su juventud fue enviado a trabajar al campo. El mito dice que vivió esos años en una cueva (localidad de Liangjiabe), “esos años moldearon mi carácter y mi visión”, ha dicho Xi Jinping.

    Es casado con la soprano y cantante de música popular Peng Liyuan (se afirma que cuando se casaron ella era más conocida y popular que él). Tiene una hija, Xi Mingze (Xiao Muzi), la que estudiaría en Harvard. Su carrera política comienza el año 1974 (con 21 años de edad) ingresando al Partido Comunista Chino (PCCH). Su talento e inteligencia le habrían permitido alcanzar un rápido éxito al interior del Partido. Fue nombrado gobernador de Fujian (1999), más tarde secretario del PCCH en la provincia de Zhejiang y su desempeño sobresaliente lo llevó a la Secretaria del PCCH en Shanghai. Su mayor logro fue el año 2008, cuando asumió como encargado de los Juegos Olímpicos de Beijing. De allí su ascenso político es inminente, al ser nombrado vicepresidente de la República Popular China (XI Asamblea). Los años siguientes son definitivos al sumar nuevas responsabilidades como vicepresidente de la Comisión Militar, secretario general del PCCH y luego presidente de la República Popular China en 2013.

    Existe consenso en que su carrera siempre contó con la protección del ex presidente Jiang Zemin, aglutinador de los tecnócratas y desarrollistas. Quienes han seguido de cerca la trayectoria de Xi indican que es un gran promotor del mercado, heterodoxo en cuestiones ideológicas, pragmático, y con una amplia experiencia burocrática. Los analistas sostienen que Mao Zedong hizo independientes a los chinos (época de la “humillación”), y que por tanto la tarea de Xi Jinping es hacerlos fuertes (“dignidad”).

    Las tareas de la actual dirigencia china, presidida por Xi, se resumen en cuatro puntos: lucha contra la corrupción (Hu Jintao no logró cumplir con esta tarea en su mandato); desarrollo de la parte occidental del país; el establecimiento de vínculos entre la dirección del Partido y el campesinado, y por último, abordar el problema del envejecimiento progresivo de su población (en el 2050 la mitad de la población superará los 45 años y un 25% habrá superado los 65 años). ¿Cómo conseguir esto? En palabras de Xi Jinping, “manteniéndose alto, para poder mirar lejos, contar con un plan global en el que se tengan en cuenta todos los factores y lograr que los latidos del corazón sean los mismos que los del pueblo”.

    Ahora bien, los desafíos del nuevo emperador amarillo (aludiendo a la antigua denominación para el encargado de reconstruir la nación), serían producir los cambios necesarios en la economía sin afectar el empleo, terminar con la corrupción sin afectar ni reprimir a la sociedad civil, disminuir los privilegios de los burócratas del gobierno sin generar una crisis al interior del Partido, mantener y consolidar la influencia en Asia, África y América Latina, y por último, reinventar la milenaria “Ruta de la Seda”.

    Sin duda, Xi Jinping ha demostrado desde su primer mandato gran experiencia burocrática para mejorar la administración del país y consolidar un poder sin contrapeso, hecho que le ha permitido reformar las fuerzas armadas y producir mediante la formación de muchas comisiones de trabajo una vigorosa integración cívico militar para la profundización de las reformas, incluyendo en ello un moderno sistema de ciberseguridad. Su estrategia alcanzó un punto culminante cuando el PCCH eliminó el límite de tiempo aplicable al mandato presidencial, en aquello que la propaganda del Partido tituló “Presidente de todo” y “Presidente para siempre”.

    Su pensamiento, expuesto en el texto “Socialismo con características chinas para la Nueva Era” (incorporado en la Constitución del PCCH), le dio la oportunidad de fijar el marco teórico y el marco institucional para convertirse de manera definitiva en un emperador de por vida, solo comparable al poder alcanzado por Mao Zedong. Su forma de hacer política popular tiene mucho de inspiración occidental. La propaganda dice: “Xi recorre casas con goteras en  barrios sombríos, esquivando cuerdas donde se cuelga la ropa, sin usar mascarillas en su rostro. Hace fila para almorzar en un restaurante y paga por su comida… Habla en prosa terrena diciéndoles a los estudiantes que la vida es como una camisa con botones en la que tienes que abrochar bien los primeros porque, si no, los demás quedarán mal”. Es un líder preparado para respirar y vivir el mismo aire que su pueblo.

    Pero quizás lo más relevante de todo esto sea que la propaganda ha hecho que sus retratos estén omnipresentes en todas partes de las ciudades, generando una devoción y adhesión sólo comparable con la vivida por Mao. Pero Xi tiene algo que Mao no tenía: Internet y teléfonos inteligentes. Por ello existe consenso entre los analistas y expertos en tecnología que Xi está construyendo el régimen vigilante más poderoso e intrusivo de la historia.

    En nuestra opinión, la tradición política del PCCH, así como el sentido de su historia, está tan enraizada en el Partido y en la propia sociedad que le permite desarrollar una estrategia de Estado a largo plazo, por lo que se puede afirmar que el reforzamiento del liderazgo de Xi Jinping representa más la necesidad del Partido en tiempos difíciles, que un impulso de ambición personal. El XIX Congreso del PCCH presentó una hoja de ruta que debe llevar a China a convertirse en un país desarrollado el 2035 y una potencia global el 2050.

    Muchos analistas tienen la esperanza de que, como  consecuencia de sus propios problemas internos, China no  llegue a alcanzar una posición de primacía mundial. El peligro permanente (caos y orden) de una crisis interna provocada por un potencial proceso de subversión, así como los complejos reajustes económicos que el país requiere, explicarían que el PCCH haya nuevamente aceptado un cierto grado de concentración del poder en una sola persona, cuestión que parecía muy difícil que ocurriese nuevamente en el Partido después de la experiencia con Mao y su revolución cultural.

    De lo que no existe duda es que el modelo de hacer política de Xi le ha dado un poder sin contrapeso, poseyendo tal control del Estado, que se encamina a trascender sus fronteras a través del diseño de una nueva forma de imperialismo.

    Camino hacia un imperio cibernético:

    El modelo de desarrollo propuesto bajo el mandato de Xi busca posicionar a China como líder, en lo que se ha venido en denominar la cuarta revolución industrial, cuestión que significa alcanzar un  alto desarrollo en robótica, inteligencia artificial, nanotecnología y especialmente en el Internet de las cosas.

    Tal vez la mayor sorpresa para el mundo ha estado en que los avances chinos han sido más rápidos de lo previsto. El caso más emblemático es lo ocurrido con la empresa Huawei, respecto de la cual se ha observado una reacción de rechazo sin precedentes por parte de los Estados Unidos, alertando al mundo de las verdaderas (ocultas) intenciones de la compañía. Sin duda, detrás de todo aquello existe una competencia por la tecnología, especialmente en la red 5G. Algunos analistas estiman que lo que está en juego es la posibilidad de capturar la mayor tajada del crecimiento económico y la posibilidad cierta de desarrollar capacidades militares cada vez más letales. Ahora bien, la disputa que se prevé no tendrá ganadores, sino que podría terminar provocando un daño muy duro para la economía de ambos países.

    Las acciones pioneras de China respecto del 5G, quinta generación de la telefonía celular, le ha dado una ventaja de al menos un par de años sobre sus competidores. Las conexiones 5G aseguran ser 100 veces más rápidas que la 4G. Lo que de ser cierto, tendrían un efecto muy importante en el desarrollo de varias industrias, como la automotriz, la robótica y servicios como la salud.

    La red inalámbrica de la próxima generación, 5G, como se le denomina, permitirá abordar la evolución más allá del Internet móvil, y alcanzará al Internet de las cosas masivo en el 2019 y 2020. La evolución más notable del 5G, en comparación con las redes 4G y 4.5G (LTE avanzado) actuales, es que, aparte del aumento en la velocidad de los datos, los nuevos casos de uso del Internet de las cosas y de la comunicación requerirán nuevos tipos de desempeño mejorado; como la “latencia baja”, que brinda una interacción en tiempo real a los servicios que utilizan la nube, lo que resulta clave, por ejemplo, para los vehículos autónomos. Además, el bajo consumo de energía permitirá que los objetos conectados funcionen durante meses o años sin la necesidad de intervención humana.

    A diferencia de los servicios actuales del Internet de las cosas que sacrifican rendimiento para sacar el máximo provecho a las tecnologías inalámbricas existentes (3G, 4G, WiFi, Bluetooth, Zigbee, etc.), las redes 5G estarán diseñadas para alcanzar el nivel de rendimiento que necesita el Internet de las cosas masivo. Esto hará posible que se perciba un mundo completamente ubicuo y conectado.

    Teniendo en cuenta estos desarrollos proyectados, la empresa Huawei se ha convertido en el segundo mayor vendedor de celulares del mundo, teniendo ganancias estratosféricas, las que han sido invertidas en investigación y, por tanto, en la solicitud de nuevas patentes. Se dice que ha inscrito alrededor de 5.405, convirtiéndose en líder mundial en este ámbito.

    Pero no todo ha sido éxito para Huawei. El gobierno norteamericano la ha acusado de ser un brazo del PCCH, y ha sido el propio Trump el que ha encabezado una ofensiva muy dura sobre la compañía. La mayor acusación es que sus redes y celulares pueden ser una moderna forma de espionaje cibernético. Pero el tema no se queda allí, dado que se traslada a algo que es menos público: nos referimos al desarrollo de los supercomputadores. En la actualidad, la máquina más poderosa del mundo es norteamericana: Summit, desarrollada por IBM. Su capacidad de cómputo es equivalente a 200 petaflops; puede realizar 200 mil billones de operaciones por segundo. Por su parte, China posee 227 supercomputadoras, lo que equivale al 45% del total mundial.

    Estados Unidos espera desarrollar una nueva máquina que supere por primera vez un exaflop (procesamiento de un trillón de operaciones por segundo). La noticia es que China ha señalado que también quiere desarrollar una máquina similar, pero la diferencia es que se puso como meta el 2020, un año antes que los Estados Unidos. Además, China quiere poner en marcha una economía espacial, esto es, entre otras cosas, la captura de asteroides para explotar sus recursos mineros y un proyecto de instalación en el 2030 de la primera estación solar en la estratósfera. En el caso norteamericano, quizás el equilibrio venga por el lado de los proyectos privados de SpaceX de Elon Musk o el Blue Origin de Jeff Bezos.

    El impacto de lo aquí propuesto es desconocido para la humanidad, por lo que sus consecuencias son impredecibles. El desarrollo de la inteligencia artificial nos permitirá ver cambios notables en la medicina robótica, las ciudades inteligentes y la producción de nuevas armas militares. Estados Unidos, en este ámbito, todavía tiene ventajas con las numerosas compañías que en Sillicon Valley trabajan en inteligencia artificial, especialmente en vehículos no tripulados o sistema de machine learning, reconocimiento facial y de voz.

    La mayor incógnita es el desarrollo de inteligencia artificial de carácter militar, una revolución que terminaría por dejar atrás las formas de guerra hasta ahora conocidas. De este modo, cuando Donald Trump lidera acciones que nos parecen desproporcionadas en contra de Huawei y la propia China, quizás deberíamos incorporar en nuestro análisis que quizás no está completamente equivocado. El peligro es inminente. Es innegable que Estados Unidos ha sabido eludir, a lo largo de su historia, muchas amenazas externas, el problema es que ahora se trata de un adversario extremadamente poderoso, el cual propone una forma de hegemonía para la cual el país del norte parece no estar lo suficientemente preparado

  • Confucio y la Familia China

    Confucio y la Familia China

    “Conocer lo que es justo y no practicarlo es una cobardía” Analectas, Confucio.

    En China, en la época de los estados guerreros (403-221 a.C) aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china, cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país.

    Si hay algo que caracteriza a la historia de China es la existencia de las dinastías, que se sucedieron a lo largo de los siglos al mando del Emperador, Hijo del Cielo, que tenía el Mandato Divino y que decidía sobre la vida y la muerte de todos sus súbditos. La casa Zhou (771-256 a.C) comenzó a ver que su poder disminuía a causa de la aparición de estados familiares que se fueron convirtiendo en verdaderos feudos amurallados y que no pretendían hacer caso del poder central. En el período llamado Primavera- Otoño (722-481 a.C) existían alrededor de 170 de estos estados que luchaban con violencia entre sí para hacerse del poder total. En la era de los estados guerreros subsistían siete de estos estados. Curiosamente estos estados guerreros fueron los (403-221 a.C) que propiciaron la aparición de pensadores y filósofos para que aconsejaran y ayudaran a encontrar un camino para volver a la unificación del país y a la paz entre sus habitantes.

    Así, alentados por este clima propicio, aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china,  cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país. Si pudiéramos decirlo así, la época de las “cien escuelas” fue una época de oro del pensamiento en el mundo. Contemporáneos de Confucio fueron Buda en la India, Platón y Aristóteles en Grecia.

    El sueño de unificación de China se hizo realidad cuando los ejércitos del estado guerrero Qin vencieron a los otros estados en el 221 a.C y el rey Qin se otorgó a sí mismo el título de Primer Emperador. En el año 210 a.C muere y su imperio se desintegra rápidamente. Es así que en el año 206 a.C comienza la dinastía Han y se instala definitivamente el pensamiento de Confucio. Hacia el siglo II a.C el confucionismo se había convertido en el sistema del Estado Chino. Las enseñanzas orales de Confucio se conservaban en las Analectas y éstas junto a los cinco clásicos servían de base para la política gubernativa: Kung-Fu Tsé o Confucio es el personaje que más ha influido en la vida china y que sigue influyendo aún. Su obra más importante es Lun-Yu, Analecta o Conversaciones filosóficas que se divide en dos libros: el Chang- Lun y el Hia-Lun. Estos libros son una colección de sentencias y proverbios que contienen cuanto de importante enseñó o hizo Kung-Fu Tsé, que en estos libros es llamado Tsé, palabra china que significa maestro o por filósofo.

    Se cree que en esa época aparecieron los cinco clásicos confucianos: el Libro de los Cambios, el Libro de Historia, el Libro de Odas, el  Libro de Ritos y los Anales de Primavera y Otoño. En realidad en la  mayoría de ellos, Confucio se limitó a recopilar todas las enseñanzas y pensamientos de los antiguos pensadores y sabios de la China. Es interesante conocer que Confucio basó sus enseñanzas en el fomento de la moralidad, el orden, el estudio, la tradición y la armonía entre los seres humanos y la sociedad. Tradicionalmente la doctrina confuciana tiene tres puntos fuertes institucionales: El Estado, la Escuela y la Familia.

    El confucionismo tenía una gran importancia para el Estado, pues de hecho, las dinastías chinas debían mucho de su estabilidad y continuidad burocrática al saber confuciano, en comparación con la inestabilidad relativa de otros regímenes dinásticos existentes en esas épocas como por ejemplo los de la India. El confucionismo dependía menos del Estado para su supervivencia que éste de aquél, dice Fairbank en su libro China, la verdadera Historia porque aunque se sintiera afectado por el encumbramiento y caída de las dinastías, el confucionismo, encontró la manera de sobrevivir. Además, y eso era quizás su fortaleza, el confucionismo  siempre fue independiente de la dinastía de turno y no le interesaba quedarse con el poder. Así jamás organizaron un partido político ni llevaron a cabo una revolución, ni se hicieron con el poder. Esto no sería del todo nuevo para los confucianos y aún menos para el mismo Confucio y los que supieron comprenderle. A los ojos de Confucio no es necesario un cargo público para prestar un servicio o cumplir con la propia responsabilidad social.

    Y en cuanto a la enseñanza la escuela Confucio quiso educar a una elíte para convertirla en un conjunto de hombres superiores que pudieran aconsejar al gobernante y que fueran respetados por el pueblo. En relación a este tema Theodore de Bary en su libro Civilizaciones del Este Asiático lo explica muy claramente: “En la época moderna aún cuando los sistemas establecidos de cultura confuciana superior padecieron la destrucción de las élites políticas y sociales tradicionales, el respeto por el saber que había inculcado el despliegue de la educación neoconfuciana siguió siendo un estímulo poderoso para adquirir nuevos conocimientos. Aún con el cambio brusco que experimentó el contenido de la enseñanza, este amor profundamente asentado por el saber que tenían los pueblos durante largo tiempo por los valores confucianos, demostró ser una fuente de energía y adaptabilidad continuas, de tal modo que, en la misma China, llegó a contrarrestar el asalto total que la Revolución Cultural lanzó sobre la enseñanza”.

    En cuanto a la familia, Confucio enseñó una ética que colocaba a la familia como centro de la vida política, social y cultural. La familia estaba perfectamente estructurada y las relaciones entre ellos claramente definidas en base a la autoridad y la jerarquía y así se establecían los cinco valores fundamentales que estaban perfectamente estructurados: las relaciones que deben existir entre el príncipe y sus súbditos, entre el padre y sus hijos, entre el marido y la esposa, entre los hermanos mayores y los hermanos menores y entre los amigos entre sí.

    La Familia China.

    La familia ha sido siempre en China la base de la estructura social. La doctrina de Confucio veía a la sociedad como un gran conjunto de familias que vivían bajo el mandato del Emperador. Es decir que el núcleo de la sociedad era la familia y no el individuo. Y aún  antes de Confucio la base familiar ya estaba bastante definida en la cultura china. El individuo al nacer ya tenía establecido cuál era su rol dentro de la familia, cuál era la meta a cumplir y que se esperaba de su conducta. Esta noción perduró a través de los siglos pues era esta institución la que daba estabilidad a la sociedad, al Estado y al individuo. Y de esta manera se lograba la armonía entre los hombres,  y entre éstos, la sociedad y el universo, bien supremo al que aspiraba la doctrina confuciana.

    Ya dijimos que Confucio definía cinco relaciones entre los seres humanos: entre príncipe y ministros, padre e hijos, esposo y esposa, hermano mayor y hermano menor y por último entre amigos. No es casualidad que de estas cinco relaciones fundamentales, tres se refieran a la familia que era vista como un núcleo con jerarquías, protocolo y métodos de gobierno tal como lo era el Estado. El aprendizaje del hombre superior que propiciaba Confucio se iniciaba en la familia.

    Uno de los conceptos más importantes en cuanto al orden familiar y las obligaciones de sus miembros, era la obligación filial que servían a futuro para ser respetuosos y obedientes con las autoridades. El padre dentro del grupo familiar era el jefe indiscutido, la autoridad máxima contra la que las mujeres y los hijos no se atrevían a rebelarse. Si llegaba a pasar esto, el padre tenía todas las atribuciones para castigar a los que osaban transgredir estos códigos de honor. Atribución por lo demás que tenía el Emperador sobre todos los hombres y mujeres de su Imperio.

    En cuanto a la situación de la mujer, es evidente que ocupaba los rangos inferiores dentro de esta estructura firmemente jerarquizada. La principal función de la mujer era tener hijos. No tenía derecho a educación formal excepto las que les transmitía la madre sobre el cuidado del hogar y como ser una perfecta esposa. El sistema de parentesco se transmitía a través de la familia del padre. Las hijas al casarse abandonaban la familia, desaparecían para siempre y pasaban a integrar la familia del marido e incluso tenían la obligación de venerar sus antepasados. Si la mujer no tenía hijos o aún peor si no tenía hijo varón, la suegra podía buscar otras esposas  o concubinas para su hijo. El tener una hija mujer era visto como una desgracia que solo traía gastos a la familia y que llegada a una edad no iba a pertenecer más a ella. Toda esta tradición cultural referente a las mujeres se prestó para abusos como el infanticidio. Además en la dinastía Tang comenzó el mas cruel de todos los rituales que causó innumerables muertes en las niñas entre los seis y siete años: el vendado de los pies que continuaría vigente hasta bien entrado el siglo XX. El suicidio de las mujeres viudas era considerado un acto muy honorable y las mujeres que lo hacían merecían ser recordadas con respeto.

    La Familia china actual:

    Así dentro de estas estructuras se mantuvo la institución familiar a lo largo de la historia hasta que en el siglo XX, para ser más exactos a partir de 1911, con la caída de las dinastías, China comenzó a experimentar cambios bruscos y transformaciones profundas en lo económico, político y social.

    Se producen guerras internas, hay invasiones extranjeras, las ciudades comienzan a crecer, el sistema agrario empieza a cambiar y esto obliga a buscar formas de vivir adaptadas a los tiempos. La familia como era concebida, unida y jerarquizada empieza a perder terreno. El final de las visiones confucianas del mundo y de la sociedad es propiciado por las nuevas formas de gobierno y se agudizan en la época del comunismo y en especial en la Revolución Cultural de Mao. Todo lo viejo, todo lo antiguo debe ser borrado. La crisis es profunda porque destruye lo más esencial del alma nacional china, sin la familia todo se tambalea, todo está a punto de caer. Como veremos, luego de la Revolución Cultural que trató de borrar la identidad cultural y milenaria del pueblo, hay una vuelta atrás y las autoridades comienzan a ser más flexibles.

    A partir del año 1979 una medida drástica del gobierno golpea otra vez a la familia: a raíz del aumento explosivo de la población se determina la política dura e inflexible del “hijo único”. Han pasado más de treinta años desde ese momento y hoy comienzan ya a sentirse los efectos que esta ley ha provocado en la estructura familiar y las interrogantes de lo que pasará en el futuro solo provocan temor e incertidumbre. Al implementar la política de un solo hijo por familia, el gobierno chino ha hecho que muchos padres prefieran tener un hijo varón, que  los sostendrá a ellos en su vejez y no una hija que se casará y deberá permanecer con la familia del esposo.

    Consecuencia de esto es la cantidad de abortos de hijas mujeres. Es tan fuerte el problema que el gobierno ha restringido el acceso a las ecografías para no saber anticipadamente el sexo del hijo y provocar abortos. En resumen el resultado de la política del hijo único es que faltan en la China unos 30 millones de mujeres aptas para el matrimonio. Además está el problema del envejecimiento de la población.

    Hay diversos reportajes y estudios que tratan este problema y la mayoría de los hijos únicos expresa su deseo de haber tenido un hermano para “tener con quién compartir las alegrías y las tristezas” El sentimiento de soledad que ellos tuvieron hace que la mayoría de estos hijos únicos quiera tener dos hijos. Hasta el momento el Estado había dejado la decisión del segundo hijo a los gobiernos locales de las provincias, pero consciente de los problemas que ha acarreado a nivel nacional la política del hijo único, ha flexibilizado su posición y ha anunciado que se permite tener un segundo hijo. Si la familia tiene dos hijos, la carga de mantener a los padres será menos pesada.

    Además de todos los problemas que acarrea esta política de planificación familiar se suma la presión que sufre el hijo único de parte de los padres para que estudie, sea un alumno exitoso y logre entrar a las universidades más prestigiadas del país. El vicepresidente del Centro de Investigación sobre Jóvenes y Adolescentes de China, (CIJA) dice:”Esto es una tarea casi imposible de cumplir teniendo en cuenta que siempre hay 50 estudiantes por clase. Es una expectativa irreal que hace que muchos niños pierdan la confianza en ellos mismos y crean que son unos fracasados cuando apenas han cumplido los 14 años”.

    ¿Tiene validez el pensamiento confuciano en la China de hoy?:

    El pensamiento de Confucio, después de haber sido marginado de la sociedad china por el partido comunista y el maoísmo y acusado de ser responsable del atraso económico, de la desigualdad social y de ser baluarte del sistema feudal, ha vuelto en todo su esplendor. La Revolución Cultural de Mao destruyó y atacó las bases del pensamiento tradicional chino, budismo, taoísmo y sobre todo la doctrina de Confucio, pero después de la muerte del líder comunista, los nuevos dirigentes volvieron a buscar los viejos valores y encuentran en sus ideales culturales una respuesta para el tipo de sociedad a la que aspiran lograr. En un país que crece aceleradamente y la fiebre por el dinero arrasa con todos sus habitantes, los líderes del partido han encontrado en los ideales de Confucio un camino para no caer en un capitalismo salvaje. Hay que volver, dicen, a la moral tradicional, a la unidad familiar, a la lealtad, en resumen a los valores que un día ellos mismos trataron de borrar. Para algunos el pensamiento confuciano vuelve a ser útil al gobierno y es la última esperanza del partido comunista. Lo cierto es que sus gobernantes, los jerarcas del partido y los medios de comunicación  chinos honran públicamente a Confucio. Muchos piensan que el pensamiento de este legendario filósofo tiene un gran papel a jugar no solo en la parte ético-moral sino también en el desarrollo económico del país. Dice Anne Chang, sinóloga y autora de “Historiadel Pensamiento Chino”: “La Revolución Cultural había arrasado sus tradiciones. Entonces empezó a hacer mella el discurso ideológico sobre los valores asiáticos, identificados con el confucionismo, que sirvió para explicar el milagro económico. Incluso comunistas serios se adhirieron a esta tesis: este súbito desarrollo que parecía surgir de la nada se debía a la cultura confuciana (valoración del trabajo, de la educación, de la solidaridad familiar…) En un giro completo, el confucionismo pasó de ser considerado-por chinos y occidentales  como Max Weber- como freno para el desarrollo económico a convertirse en factor de un desarrollo específicamente chino y del mundo sinizado. China continental encuentra en él una explicación ideológica que convienen a los dirigentes autoritarios de Pekín: sí la sociedad está enfrascada en un desarrollo capitalista salvaje, no  se ocupa de política; es estable, fácil de controlar, etc. Todo ello se atribuye al “confucionismo” .

    Recordemos también al neoconfucionismo, cuando mil quinientos años después, los filósofos de la época valoraron la doctrina de Confucio y Mencio y su anhelo era entonces “recuperar el Camino”. ¿Será entonces el confucionismo la ideología de un régimen, como sostiene Anne Chang o el gobierno de la República Popular China ha recuperado “el Camino”?

    Lo cierto es que el gobierno actual de China ha reivindicado a Confucio y así lo pudimos ver en la visita que hizo tiempo atrás a Chile el rector de la Universidad de Pekín, Xu Zhihong, quién expresó en una entrevista al diario El Mercurio que la Universidad  de Pekín tiene como objetivo entrenar a personas para ser líderes: “Queremos formar una clase elitista capaz de dirigir y enfrentar desafíos en todo terreno”.

    Más adelante y ante la pregunta del periodista de cómo insertar la tradición china en el modo de hacer y la competencia occidental, Xu Zhihong dijo que “Ambas culturas tienen sus ventajas. En la cultura china tenemos un tesoro que son los pensamientos confucianos, que hablan sobre la armonía entre los seres humanos y entre estos y la  naturaleza. Es lo que nos falta en la actualidad. Las Ciencias Sociales son muy importantes en la sociedad moderna para que los seres humanos conozcan su esencia”. Las expresiones vertidas por el rector de la Universidad de Pekín casi parecen dichas por el mismo Confucio en cuanto a la formación de una clase elitista, educada, capaz de dirigir y gobernar.

  • El misterioso ejército de terracota

    El misterioso ejército de terracota

    Las celebraciones del Bicentenario en nuestro país han traído una posibilidad casi única para todos nosotros. Una parte del milenario Ejército de Terracota será exhibido a partir de diciembre próximo -y hasta abril del 2010- en el Centro Cultural Palacio de La Moneda.
    La idea de China como una superpotencia es un tema que ha estado comentándose desde hace unos años en el análisis internacional. Su crecimiento económico, su apertura, su numerosa  población, son algunas de las características que han convertido a China en uno de los líderes mundiales actuales.

     La Gran Muralla China

    Pero China no debe esperar para ser super potencia. Ya lo fue. Hace miles de años, cuando el mundo estaba organizándose y algunas de las grandes civilizaciones aún no despertaban. En ese entonces, China ya tenía una historia que contar. La tradición cuenta que hace unos cuatro mil años atrás, los HAN fueron quedándose alrededor del río Amarillo, escogiendo ese lugar para asentarse y comenzar a constituir lo que luego sería una gran civilización. Los mismos HAN que aún hoy pueblan toda la región, siendo más del 90% de los habitantes actuales de China. Cómo será de armónica la historia de este país, que los mismos habitantes originales siguen comandando hasta hoy esas tierras. Primero fueron tribus organizadas, luego, el feudalismo estructuró la región en mini reinos, con “Señores de la Guerra” repartiéndose el poder. Pero llegó un momento, un hombre, que cambió la historia drásticamente.
    QIN SHIHUANG vivió en el siglo III a.C. Era uno de aquellos que ostentaba muchísimo poder, un Señor de la Guerra. Pero él quería más, siempre más. Poco a poco fue aumentando su hegemonía, hasta imponerse del poder completo el año 221 a.C. Él fue realmente quien unificó China. Desde su reinado podemos conocer al país tal como lo comprendemos en la actualidad. De hecho, él también le dio el nombre, ya que QIN, realmente se pronuncia algo parecido a “CHIN”, marcando con evidencia lo que luego sería “CHINA”. Pero no se quedó ahí. No le bastaba con unificar los territorios, convertirse en el primer emperador de China o darle un nombre único a todos ellos. Él quería más, siempre más. Decidió entonces, que los pequeños muros, que protegían sólo algunos latifundios, debían unirse, para conformar una larga protección que defendiera al reino de las amenazantes tribus mongolas del norte. Fue así como dio origen a lo que tras siglos se convertiría en la Gran Muralla China.

    Decidió también que el sistema de pesos y medidas debía ser el mismo para todos. Mal que mal ahora pertenecían a un solo reino. Debía también formalizar un sistema de caminos y hasta canales de regadío. Incluso más difícil aún, impuso que la escritura fuera igual para todos. ¡Qué dificultad! De las más remotas regiones, cada dialecto propio debía homologar la forma de escribir sus conceptos. Nada fácil si pensamos que apenas hoy cuentan con más de ocho mil caracteres. Sin embargo él no se detendría. Él quería más, siempre más. Su poder no bastaba. Ni sus tierras, ni sus riquezas. Buscaba insaciablemente algo más. Siguió entonces en búsqueda de la fuente de la juventud. De la inmortalidad. Quería alcanzarla a toda costa. Probó todo tipo de pócimas y no cesó durante toda su vida buscando lo inalcanzable, ya que la muerte lo obsesionaba. No la podía controlar.                            Soldado de Terracota, modelo tamaño natural

    Fue tal su temor a morir, que quiso estar preparado si es que ella lo alcanzaba. Apenas llegó al poder, uno de sus primeros mandatos fue construir su tumba, la que lo albergaría en el más allá. Debía estar en Xian, la capital imperial y debía ser tan especial que nadie dudara que se trataba de él, de SU morada final. Y además, debía estar protegida. Que nadie se atreviera a acercarse. Debía ser inexpugnable. Y él quería más, siempre más. Fue por eso que mandó a acompañar su tumba con el espléndido Ejército de Terracota. En formación de batalla, las más de 8 mil piezas eran un ejército perfecto. Caballería, infantería, carros, caballos. Todo lo que fuera necesario. Y de tamaño natural. No era para dar una idea de protección. Era real. Con armas verdaderas. Cada uno de los soldados con sus propias armas. Cada uno de ellos de casi dos metros de alto. Hechos con moldes, pero sólo para los cuerpos. Cada rostro, cada expresión, cada tocado, cada postura, todos distintos. Tallados individualmente. Y sus manos también.

    Treinta y seis años demoraron los artesanos en concluir la gran obra. La leyenda dice que al finalizar, fueron asesinados para no revelar los detalles. Pero eso quedará en el misterio. Como también quedará en la incógnita cómo realmente murió el emperador, ya que muchos dicen que fueron sus propias pócimas, inventadas para la inmortalidad, las que lo llevaron a la muerte. Y en el misterio también se quedará, al menos por ahora, su propia tumba. Aún hoy no ha sido desenterrada. Su riqueza todavía es un enigma, ya que se teme que al excavar, se pierda el rico colorido de las figuras, tal como ha sucedido con las piezas desenterradas hasta ahora.
    Los chinos van lento. Desenterrando de a poco. Ensayando nuevos métodos que permitan la conservación del color. Trabajando sólo entre ellos, sin invitar a otros, para evitar que sus piezas terminen en alguna colección privada o, peor aún dicen ellos, en algún importante museo del mundo. Por eso son tan sigilosos con su ejército. Por eso casi no lo prestan. Sólo el British Museum hace un par de años y Colombia han sido privilegiados con algo de la muestra. Por eso que la oportunidad de conocerlo aquí, en Chile, será un lujo que pocos podrían contar sin haber pisado China. 

  • Mao Zedong o la refundación de China

    Mao Zedong o la refundación de China

    Introducción. La figura de Mao Zedong habitualmente no despierta las simpatías ni las adhesiones del gran público. Se le considera un mandatario tiránico que gobernaba por medio de la fuerza y el terror. Se dice que fomentaba la realización de un culto hacia su persona que aparecía intolerable a los ojos occidentales y, reafirmando esta negativa opinión, se agrega que condujo a millones de sus compatriotas a guerras o revoluciones que tuvieron como resultado períodos de hambrunas o grandes cantidades de muertos.

    Pese a todo lo anterior, nadie se atrevería a negar la importancia que Mao Zedong ha tenido en el largo período de cambios que ha vivido China desde los inicios del siglo pasado hasta nuestros días. De allí entonces que todo historiador que pretenda escribir la nómina de los líderes mundiales más notables del siglo XX debería incluir en ella a Mao Zedong quien, junto al Partido Comunista Chino, deben ser considerados como los refundadores de China.

    Durante el siglo pasado ocurrieron en el territorio del gigante asiático acontecimientos que podríamos calificar, a la vez, de fascinantes y dramáticos. No existe probablemente en la historia contemporánea otro país que haya tenido tantos y tan profundos cambios a lo largo de una centuria. Todos ellos fueron construidos sobre las bases de privaciones y sufrimientos inmensos en la población china que han dejado huellas imperecederas en sus gentes.

    Si damos una amplia y desprejuiciada mirada histórica que logre empinarse por sobre objetivos de corto y mediano plazo, podremos darnos cuenta que todos aquellos esfuerzos o penurias que Mao Zedong hizo asumir a su pueblo pretendían, con decisión inquebrantable, alcanzar un solo objetivo: hacer resurgir a China desde sus cenizas y reubicarla en el sitial de Gran País que había tenido por muchos siglos en la antigüedad.

    A continuación hacemos un breve resumen de lo que fue la agitada vida de Mao Zedong que, como la de todo ser humano, la constituye un mosaico de aciertos y errores, de sueños y realidades, de grandezas y mezquindades entre las que resalta, con nitidez, su irrenunciable compromiso con la recuperación de la dignidad de su pueblo.

    Los primeros años. Mao Zedong nació el 26 de diciembre de 1893 en el seno de una familia campesina del Valle de Shaoshan, lugar de bucólicas colinas y cursos de agua, ubicado cerca de la ciudad de Changsha, la capital de la provincia de Hunan, corazón de la China campesina. Desde niño, la relación con su padre, Mao Yichang, fue difícil ya que intentó en dos ocasiones fugarse de la casa y, cuando cumplía los catorce años, se negó a concretar el matrimonio concertado por su progenitor con la familia de la “Señorita Lou”, una muchacha hija de un granjero vecino. Su madre, siguiendo las antiguas costumbres campesinas, no tenía nombre propio. Era simplemente, Séptima Hermana Wen, aludiendo al clan al que pertenecía. La perdió en 1919 por culpa de la difteria cuando él contaba con veinticinco años de edad.

    Mao se graduó como profesor en 1918, a los veinticuatro años de edad, luego de lo cual viajó por primera vez hasta la ciudad de Beijing donde obtuvo un trabajo de asistente en la biblioteca de la Universidad de Beijing. La cercanía con la universidad facilitó que conociera las ideas marxistas, principalmente a través del bibliotecario de la Universidad llamado Li Dazhao, un intelectual chino que seguía de cerca los acontecimientos que se desarrollaban en Rusia, donde los bolcheviques habían proclamado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Fue así como Mao, junto a otros jóvenes, integró un grupo de simpatizantes marxistas que no organizado aún como partido, despertó el interés del Comintern, la organización soviética destinada a propagar y coordinar el comunismo en diferentes países. Fue así como logró estar presente el 23 de julio de 1921, en Shanghai, cuando se llevó a cabo el acto fundacional del Partido Comunista Chino.

    Los difíciles años veinte y el Kuomintang. Hacia el año 1922, China se encontraba en medio de una gran conmoción. La crisis ocasionada por la desaparición del Emperador había producido la fractura del país en varias zonas geográficas dominadas por caudillos locales o “Señores de la Guerra” que ejercían el control de la población. El doctor Sun Yat-sen, líder nacionalista que había combatido al régimen imperial desde fines del siglo XIX, vio estas circunstancias como propicias para formar en la ciudad de Cantón o Guangzhou un gobierno revolucionario encabezado por el Partido Nacionalista o Kuomintang que él había fundado en 1912. Sun Yat-sen pretendía así luchar en contra de los Señores de la Guerra con el objetivo de lograr la reunificación del país e instalar un gobierno nacionalista de corte democrático.

    Además, en China aún continuaban existiendo numerosos enclaves territoriales extranjeros (ingleses, franceses, portugueses y japoneses) de carácter comercial. Cada zona de concesión contaba con sus fuerzas policiales o militares que resguardaban sus intereses comerciales. Sumándose a lo anterior, perduraba aún la ocupación de la provincia de Shandong por tropas japonesas conforme a la resolución final del Tratado de Versalles. Todo este entramado de poderes constituía un sistema peligrosamente inestable que no tardaría en desmoronarse al estallar los conflictos que siguieron.

    Fue el Comintern, por órdenes de Stalin, el que ofreció dinero y armas al Kuomintang para que, en alianza con el joven Partido Comunista Chino, emprendieran juntos una campaña militar contra de los Señores de la Guerra capaz de reunificar el país. Sin embargo, el 12 de marzo de 1925 falleció Sun Yat-sen víctima de un cáncer al hígado siendo reemplazado en la dirección del Kuomintang por el general Chiang Kai-shek, un militar profesional de treinta y ocho años formado en Japón.

    Pese a la muerte de Sun, los planes de llevar a cabo la reconquista nacional no se cancelaron, de forma tal que el 1º de julio 1926 se dio inicio a la llamada Expedición al Norte. En este escenario la labor de Mao y su equipo consistió en organizar en diferentes ciudades agitaciones, huelgas o manifestaciones que ocasionaran dificultades a las autoridades locales. En el campo, preparar a los campesinos para brindar el máximo apoyo al ejército conquistador. La campaña en general fue un éxito completo hasta alcanzar, en octubre de 1926, la altura del río Yangtzé. De esta forma, la mitad sur de China ya se encontraba en manos de los nacionalistas.

    Se quiebra la alianza entre el Kuomintang y el Partido Comunista. Shanghai fue tomada por las fuerzas nacionalistas en la primavera de 1927. Sin embargo, sucedió algo inesperado. Chiang Kai-shek comenzó, en ésta y en otras ciudades del país, la detención y el asesinato de los principales líderes locales del Partido Comunista hasta ese momento su socio en la campaña militar. La explicación se conoció pronto: Chiang Kai-shek nunca creyó realmente en el pacto político entre el Kuomintang y el Partido Comunista, pero calló su opinión hasta el final. Ahora, cuando ya se había logrado gran parte del objetivo perseguido por la Expedición al Norte, estimó que era el momento preciso para asestar el golpe de gracia a los comunistas. Si no lo hacía ahora, en poco tiempo más los comunistas lo harían en contra suyo.

    El quiebre de la alianza obligó al reordenamiento de las fuerzas en lucha. Por un lado se encontraba el Kuomintang aliado con la poderosa burguesía nacional. Logró continuar por su cuenta con la Expedición al Norte e imponer su dominio sobre la totalidad del territorio nacional. El gobierno del Kuomintang eligió con sede la ciudad de Nankín y mantuvo un control relativo sobre el territorio continental chino hasta 1949, año en que, tras su derrota definitiva, huyó a la isla de Taiwan. Por otro lado, el Partido Comunista, con su proyecto socialista como objetivo final, buscó apoyo en los sectores rurales en espera de mejores tiempos para contraatacar. Los comunistas aparecían ahora diezmados y perseguidos por las autoridades tras el golpe asestado por Chiang.

    Mao se convierte en guerrillero. La Larga Marcha. Fue en este escenario en el que surgió el Mao guerrillero, reorganizador de las fuerzas comunistas que, dispersas, buscaban una nueva forma de articularse. Mao, con un pequeño grupo guerrillero, buscó una zona adecuada para mantener el control sobre la población campesina y formó lo que él llamó el primer Soviet Chino. Este enclave se ubicaba en la provincia de Jiangxi al sureste de China. Tuvo existencia entre el año 1929 y el mes de octubre de 1934, fecha esta en que sucumbió después de cuatro asaltos del ejército del Kuomintang. El Soviet de Jiangxi fue uno de los proyectos más exitosos acometidos por Mao permitiéndole practicar las reformas sociales en los campos y organizar el nuevo Ejército Rojo con eficiencia y profesionalismo.

    Luego de la caída del Soviet de Jiangxi en manos de los nacionalistas, Mao y su ejército emprendieron la llamada Larga Marcha, un desplazamiento estratégico que tenía por finalidad superar una difícil situación y posicionarse junto a otras fuerzas comunistas en la zona norte del país en donde era más fácil recibir el apoyo soviético en armas y dinero. Para alcanzar este objetivo fue necesario que el ejército de Mao rompiera el cerco de los nacionalistas e iniciara la huida hacia el oeste internándose en la China Central. Debieron cruzara seis provincias del país en condiciones extremadamente duras. Cruzaron ríos, superaron cadenas montañosas, atravesaron pantanos y zonas desérticas cargando con los pertrechos que el ejército debía llevar. Soportaron frecuentes ataques nacionalistas por tierra y aire. De los 80.000 combatientes que salieron de Ruijin arribaron, en octubre de 1935, alrededor de 10.000 a Yanan, provincia de Shaanxi. Recorrieron 9.700 kilómetros en 370 días. La Larga Marcha pronto adquirió perfiles épicos que contribuyó a formar una leyenda en torno a Mao y a los líderes que lo acompañaban.

    Las invasiones japonesas y la II Guerra Mundial (1931-1945). Hacia 1931 surgió una nueva amenaza para China y para el gobierno del Kuomintang. Ese año el gobierno Imperial del Japón invadió Manchuria y ocupó militarmente las provincias de Heilongjiang, Jiling y Liaoning. Al año siguiente Japón estableció allí un gobierno títere del Japón denominado Gran Estado Manchú o Manchukuo. En una segunda etapa en su política expansionista, Japón inició en 1937 la llamada Segunda Guerra Sino Japonesa, oportunidad donde ocupó extensas zonas del norte y de la costa Este de China ingresando por la cuenca del Yantzé hasta la ciudad de Wuhan.

    Mao vio en la amenaza japonesa una gran oportunidad para detener el castigo de los nacionalistas en contra de las fuerzas comunistas. Lanzó la campaña “Que un chino no luche contra otro chino” (eslogan que quería indicar que todos, nacionalistas y comunistas, deberían hacer frente al invasor japonés). Si los comunistas eran capaces de capitalizar el estado de ánimo de la población, podrían liderar el movimiento anti- japonés debilitando así a Chiang Kai-shek. Este último, inicialmente reacio a llegar a un nuevo acuerdo estratégico con los comunistas, tuvo que ceder por la presión de sus generales.

    En agosto de 1945 el emperador Hirohito comunicó al mundo la rendición del Japón tras las explosiones nucleares detonadas en su territorio. Las tropas japonesas, invasoras de China, retrocedieron o fueron derrotadas por los ejércitos nacionalistas o comunistas, quienes viendo próximo el final de la II Guerra Mundial, se apresuraban a tomar posiciones ventajosas para reiniciar la larga guerra civil que estaba viviendo China desde 1926.

    El Kuomintang se derrumba y surge la República Popular China (1949). Pero estos acontecimientos encontraron al Kuomintang desmoralizado por los años de lucha, debilitado por los conflictos personales entre sus líderes y penetradas las altas esferas por la corrupción. El gobierno del Kuomintang se había vuelto impopular dentro de China por los errores cometidos durante los veinte años en el poder. En especial, la inflación había golpeado cruelmente al sufrido pueblo chino. Los comunistas, por su parte, estaban con la moral alta, y dirigidos hábilmente por Mao se apresuraron a arrebatar a los derrotados japoneses el armamento y las principales bases de apoyo del norte del país lanzando desde allí el ataque definitivo en contra de Chiang Kai-shek. En los tres años siguientes las fuerzas nacionalistas se desintegraron y a finales de 1949, el líder nacionalista se retiró a la isla de Taiwan con sus últimos partidarios.

    El 1º de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la creación de la República Popular China en un gran acto público llevado a cabo en la Plaza de Tiananmen de Beijing, ciudad que ahora volvía a convertirse en la capital de China. Mao continuó desempeñando su papel de Presidente del Partido Comunista Chino y asumió, en la fecha ya indicada, el cargo de Presidente de la República Popular China.

    El gobierno de Mao: Tensión y ruptura con la Unión Soviética. El Gran Salto Adelante (1958-19862). Poco después de la llegada al poder de Nikita Khrushchev como Secretario General del Comité Central del Partido Comunista Soviético, Mao se alertó debido a que la mayoría de los dirigentes soviéticos llegados con Khrushchev formaban parte de una corriente revisionista del Partido Comunista de la Unión Soviética, caracterizada porque sus miembros eran afines a ciertas ideas políticas que Mao consideraba interpretaciones espurias de los principios marxistas. Además, Mao percibía que los nuevos jerarcas soviéticos tenían ciertos comportamientos burgueses. Entre las actitudes criticadas por el líder chino estaban el empleo de un nuevo lenguaje conciliador con occidente, un cierto abandono de la postura combatiente que distinguía a los cuadros comunistas de la vieja guardia y una cierta inclinación hacia las comodidades y el lujo, dejando de lado la tradicional austeridad socialista. A partir de entonces comenzaron a distanciarse, como dos líneas divergentes, las posturas chinas y soviéticas en los foros internacionales. Un peligro real de conflagración entre ambos gigantes comunistas surgió hacia fines de la década de los sesenta.

    El Gran Salto Adelante, iniciado en 1958, fue un gigantesco ejercicio de ingeniería social que pretendía acelerar el desarrollo agrícola e industrial de China basándose principalmente en el esfuerzo voluntarista de las masas campesinas. Deterioradas las relaciones sino-soviéticas ya no se contaba con el apoyo de los expertos rusos que habían organizado y dirigido el primer Plan Quinquenal. Sin embargo, esto no desanimó al presidente Mao quien, recordando hazañas como la Larga Marcha y las luchas contra el Kuomintang, confiaba que las masas populares de China realizarían verdaderas proezas si se las motivaba y conducía adecuadamente.

    Tempranamente empezaron a aparecer los errores que contenía el Gran Salto Adelante. Fallas de coordinación entre los centros productivos, abultamientos de las metas por temor a represalias, falta de incentivos en el trabajo de los agricultores a quienes se les redujo las propias cuotas de cereales para poder cubrir la demanda de los centros urbanos del país y dar cumplimiento a compromisos de exportación.

    A los malos resultados del experimento colectivo se sumaron las adversas condiciones climáticas de los años 1959 y 1960 que dieron como resultados pésimas cosechas en esos dos años. Se hizo entonces evidente que el país sería golpeado por una gran hambruna que afectaría especialmente a los sectores cuya calidad agrícola fuera inferior a la media. Cerca de veinte millones de vidas cobró el Gran Salto Adelante durante el período 1959-1962, sin contar a quienes murieron posteriormente aquejados por los daños de una severa desnutrición.

    La Revolución Cultural China, el último proyecto de Mao Zedong (1966-1976). Al iniciarse el nuevo año de 1965, el presidente Mao resolvió pasar a la acción y poner en marcha una nueva campaña destinada ahora a desenmascarar y enfrentar a sus adversarios. Lo impulsaban dos propósitos. Primero, recuperar el control del poder que había perdido a manos de los críticos del Gran Salto Adelante. Segundo, realizar una limpieza total y definitiva de cualquier elemento revisionista o antirrevolucionario enquistado ya sea en el Partido, en la administración del Estado o en la población en general.

    Para llevar adelante esta nueva revolución en los momentos en que ya habían transcurrido diecisiete años de gobierno comunista, Mao tuvo en cuenta a quienes habían sido siempre sus aliadas: las masas populares. Se daba inicio así a la Gran Revolución Cultural Proletaria.

    Acerca de la Revolución Cultural digamos que finalizó siendo un proceso histórico traumático, que afectó dolorosamente a la sociedad china, la que tuvo que lamentar muchos miles de muertos y daños graves a su economía.

    La muerte de Mao. Junto a las primeras horas de la madrugada del 9 de septiembre de 1976, la vida del presidente Mao Zedong se apagó tras haber cumplido los ochenta y dos años y ocho meses de edad. En sus últimos años debió soportar la enfermedad llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica que lo fue inmovilizando sin afectar sus facultades intelectuales. Sin embargo, la causa directa de su muerte fue un cuarto y devastador infarto al corazón.

    El recientemente nombrado Primer Ministro, Hua Guofeng, adoptó de inmediato las medidas que ya estaban acordadas para el momento del deceso del líder chino. A las cuatro de la tarde de ese día, la Agencia Oficial de Noticias Xinhua, a través de sus servicios en chino e inglés, difundió la noticia al país y al mundo. La reacción popular a la muerte de Mao fue silenciosa. Hubo muchos que lloraron desconsoladamente, era la segunda pérdida de un viejo líder dentro de los últimos cuatro meses. En enero de ese año había partido el Primer Ministro Zhou Enlai. Era el fin de una época y el nacimiento de la China Moderna.