Xi Jinping

Xi Jinping: camino hacia un nuevo y desconocido imperialismo cibernético

En este artículo se pretende explicar lo que podría ocurrir los próximos años a partir de las acciones que tome China en la construcción de una nueva forma de imperialismo y poder hegemónico. El poder económico de China y la forma de hacer política de su líder, Xi Jinping, no son un tema nuevo en el debate actual. La incógnita más bien se ubica en el ámbito de los efectos que esa política podría tener sobre el poderío económico, militar y tecnológico de los Estados Unidos. La pregunta que intentan responder los analistas es: ¿será la China liderada por Xi Jinping capaz de amenazar la hegemonía de los Estados Unidos?

La guerra comercial ha sido una de las aristas más visibles de esta nueva forma de disputa por la hegemonía de los mercados y la necesidad de equilibrar una balanza comercial cada vez más inclinada hacia China. En este artículo pretendemos explicar lo que a nuestro juicio podría ocurrir los próximos años a partir de las acciones que tome China en la construcción de una nueva forma de imperialismo y poder hegemónico.

Todo bajo el Cielo (Tian Xia). Consideraciones previas:

Sin duda que el completo libro de Henry Kissinger sobre China nos entrega algunas pistas sobre las diversas consideraciones que se deben tener a la vista cuando se aborda el fenómeno político chino. La primera de estas es que China posee tal amplitud y variedad de territorio que le ha permitido pensar a su pueblo que son un mundo en sí mismo y su emperador (léase Xi Jinping) una figura de trascendencia universal (Tian Xia).

Asimismo, China poseería un rasgo característico que sus dirigentes no deben descuidar: parece vivir siempre entre el caos y el orden. La historia china presenta muchos períodos de guerra civil y caos; no obstante, después de cada desmoronamiento el Estado chino se reconstruye como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza. “El Imperio, luego de un largo tiempo dividido, tiene que unirse. El Imperio, luego de largo tiempo unido, tiene que dividirse. Así ha sucedido siempre” (Luo Guanzhong, “Romance de los Tres Reinos”, siglo XIV). Se sostiene que Mao sintió una gran obsesión por esta obra en su adolescencia, la que en su opinión resumía perfectamente la naturaleza de su país, por ello pensaba que todos los chinos en algún momento de su vida debían leerla.

Biografía, carrera política y Programa de Gobierno de Xi Jinping: 

El actual Príncipe Rojo (denominación asociada al hecho de que su padre fue uno de los cercanos a Mao), nace el año 1953 en la etnia Han, provincia de Shaanxi. Hijo de Xi Zhongxun (ex vice primer ministro de China), uno de los fundadores de la guerrilla comunista que actuó contra el Kuomintang. Estudió Ingeniería química en la Universidad de Tsinghua y poseería un doctorado en teoría marxista de la escuela de Humanidades y Ciencias Sociales de la misma universidad. Durante su juventud fue enviado a trabajar al campo. El mito dice que vivió esos años en una cueva (localidad de Liangjiabe), “esos años moldearon mi carácter y mi visión”, ha dicho Xi Jinping.

Es casado con la soprano y cantante de música popular Peng Liyuan (se afirma que cuando se casaron ella era más conocida y popular que él). Tiene una hija, Xi Mingze (Xiao Muzi), la que estudiaría en Harvard. Su carrera política comienza el año 1974 (con 21 años de edad) ingresando al Partido Comunista Chino (PCCH). Su talento e inteligencia le habrían permitido alcanzar un rápido éxito al interior del Partido. Fue nombrado gobernador de Fujian (1999), más tarde secretario del PCCH en la provincia de Zhejiang y su desempeño sobresaliente lo llevó a la Secretaria del PCCH en Shanghai. Su mayor logro fue el año 2008, cuando asumió como encargado de los Juegos Olímpicos de Beijing. De allí su ascenso político es inminente, al ser nombrado vicepresidente de la República Popular China (XI Asamblea). Los años siguientes son definitivos al sumar nuevas responsabilidades como vicepresidente de la Comisión Militar, secretario general del PCCH y luego presidente de la República Popular China en 2013.

Existe consenso en que su carrera siempre contó con la protección del ex presidente Jiang Zemin, aglutinador de los tecnócratas y desarrollistas. Quienes han seguido de cerca la trayectoria de Xi indican que es un gran promotor del mercado, heterodoxo en cuestiones ideológicas, pragmático, y con una amplia experiencia burocrática. Los analistas sostienen que Mao Zedong hizo independientes a los chinos (época de la “humillación”), y que por tanto la tarea de Xi Jinping es hacerlos fuertes (“dignidad”).

Las tareas de la actual dirigencia china, presidida por Xi, se resumen en cuatro puntos: lucha contra la corrupción (Hu Jintao no logró cumplir con esta tarea en su mandato); desarrollo de la parte occidental del país; el establecimiento de vínculos entre la dirección del Partido y el campesinado, y por último, abordar el problema del envejecimiento progresivo de su población (en el 2050 la mitad de la población superará los 45 años y un 25% habrá superado los 65 años). ¿Cómo conseguir esto? En palabras de Xi Jinping, “manteniéndose alto, para poder mirar lejos, contar con un plan global en el que se tengan en cuenta todos los factores y lograr que los latidos del corazón sean los mismos que los del pueblo”.

Ahora bien, los desafíos del nuevo emperador amarillo (aludiendo a la antigua denominación para el encargado de reconstruir la nación), serían producir los cambios necesarios en la economía sin afectar el empleo, terminar con la corrupción sin afectar ni reprimir a la sociedad civil, disminuir los privilegios de los burócratas del gobierno sin generar una crisis al interior del Partido, mantener y consolidar la influencia en Asia, África y América Latina, y por último, reinventar la milenaria “Ruta de la Seda”.

Sin duda, Xi Jinping ha demostrado desde su primer mandato gran experiencia burocrática para mejorar la administración del país y consolidar un poder sin contrapeso, hecho que le ha permitido reformar las fuerzas armadas y producir mediante la formación de muchas comisiones de trabajo una vigorosa integración cívico militar para la profundización de las reformas, incluyendo en ello un moderno sistema de ciberseguridad. Su estrategia alcanzó un punto culminante cuando el PCCH eliminó el límite de tiempo aplicable al mandato presidencial, en aquello que la propaganda del Partido tituló “Presidente de todo” y “Presidente para siempre”.

Su pensamiento, expuesto en el texto “Socialismo con características chinas para la Nueva Era” (incorporado en la Constitución del PCCH), le dio la oportunidad de fijar el marco teórico y el marco institucional para convertirse de manera definitiva en un emperador de por vida, solo comparable al poder alcanzado por Mao Zedong. Su forma de hacer política popular tiene mucho de inspiración occidental. La propaganda dice: “Xi recorre casas con goteras en  barrios sombríos, esquivando cuerdas donde se cuelga la ropa, sin usar mascarillas en su rostro. Hace fila para almorzar en un restaurante y paga por su comida… Habla en prosa terrena diciéndoles a los estudiantes que la vida es como una camisa con botones en la que tienes que abrochar bien los primeros porque, si no, los demás quedarán mal”. Es un líder preparado para respirar y vivir el mismo aire que su pueblo.

Pero quizás lo más relevante de todo esto sea que la propaganda ha hecho que sus retratos estén omnipresentes en todas partes de las ciudades, generando una devoción y adhesión sólo comparable con la vivida por Mao. Pero Xi tiene algo que Mao no tenía: Internet y teléfonos inteligentes. Por ello existe consenso entre los analistas y expertos en tecnología que Xi está construyendo el régimen vigilante más poderoso e intrusivo de la historia.

En nuestra opinión, la tradición política del PCCH, así como el sentido de su historia, está tan enraizada en el Partido y en la propia sociedad que le permite desarrollar una estrategia de Estado a largo plazo, por lo que se puede afirmar que el reforzamiento del liderazgo de Xi Jinping representa más la necesidad del Partido en tiempos difíciles, que un impulso de ambición personal. El XIX Congreso del PCCH presentó una hoja de ruta que debe llevar a China a convertirse en un país desarrollado el 2035 y una potencia global el 2050.

Muchos analistas tienen la esperanza de que, como  consecuencia de sus propios problemas internos, China no  llegue a alcanzar una posición de primacía mundial. El peligro permanente (caos y orden) de una crisis interna provocada por un potencial proceso de subversión, así como los complejos reajustes económicos que el país requiere, explicarían que el PCCH haya nuevamente aceptado un cierto grado de concentración del poder en una sola persona, cuestión que parecía muy difícil que ocurriese nuevamente en el Partido después de la experiencia con Mao y su revolución cultural.

De lo que no existe duda es que el modelo de hacer política de Xi le ha dado un poder sin contrapeso, poseyendo tal control del Estado, que se encamina a trascender sus fronteras a través del diseño de una nueva forma de imperialismo.

Camino hacia un imperio cibernético:

El modelo de desarrollo propuesto bajo el mandato de Xi busca posicionar a China como líder, en lo que se ha venido en denominar la cuarta revolución industrial, cuestión que significa alcanzar un  alto desarrollo en robótica, inteligencia artificial, nanotecnología y especialmente en el Internet de las cosas.

Tal vez la mayor sorpresa para el mundo ha estado en que los avances chinos han sido más rápidos de lo previsto. El caso más emblemático es lo ocurrido con la empresa Huawei, respecto de la cual se ha observado una reacción de rechazo sin precedentes por parte de los Estados Unidos, alertando al mundo de las verdaderas (ocultas) intenciones de la compañía. Sin duda, detrás de todo aquello existe una competencia por la tecnología, especialmente en la red 5G. Algunos analistas estiman que lo que está en juego es la posibilidad de capturar la mayor tajada del crecimiento económico y la posibilidad cierta de desarrollar capacidades militares cada vez más letales. Ahora bien, la disputa que se prevé no tendrá ganadores, sino que podría terminar provocando un daño muy duro para la economía de ambos países.

Las acciones pioneras de China respecto del 5G, quinta generación de la telefonía celular, le ha dado una ventaja de al menos un par de años sobre sus competidores. Las conexiones 5G aseguran ser 100 veces más rápidas que la 4G. Lo que de ser cierto, tendrían un efecto muy importante en el desarrollo de varias industrias, como la automotriz, la robótica y servicios como la salud.

La red inalámbrica de la próxima generación, 5G, como se le denomina, permitirá abordar la evolución más allá del Internet móvil, y alcanzará al Internet de las cosas masivo en el 2019 y 2020. La evolución más notable del 5G, en comparación con las redes 4G y 4.5G (LTE avanzado) actuales, es que, aparte del aumento en la velocidad de los datos, los nuevos casos de uso del Internet de las cosas y de la comunicación requerirán nuevos tipos de desempeño mejorado; como la “latencia baja”, que brinda una interacción en tiempo real a los servicios que utilizan la nube, lo que resulta clave, por ejemplo, para los vehículos autónomos. Además, el bajo consumo de energía permitirá que los objetos conectados funcionen durante meses o años sin la necesidad de intervención humana.

A diferencia de los servicios actuales del Internet de las cosas que sacrifican rendimiento para sacar el máximo provecho a las tecnologías inalámbricas existentes (3G, 4G, WiFi, Bluetooth, Zigbee, etc.), las redes 5G estarán diseñadas para alcanzar el nivel de rendimiento que necesita el Internet de las cosas masivo. Esto hará posible que se perciba un mundo completamente ubicuo y conectado.

Teniendo en cuenta estos desarrollos proyectados, la empresa Huawei se ha convertido en el segundo mayor vendedor de celulares del mundo, teniendo ganancias estratosféricas, las que han sido invertidas en investigación y, por tanto, en la solicitud de nuevas patentes. Se dice que ha inscrito alrededor de 5.405, convirtiéndose en líder mundial en este ámbito.

Pero no todo ha sido éxito para Huawei. El gobierno norteamericano la ha acusado de ser un brazo del PCCH, y ha sido el propio Trump el que ha encabezado una ofensiva muy dura sobre la compañía. La mayor acusación es que sus redes y celulares pueden ser una moderna forma de espionaje cibernético. Pero el tema no se queda allí, dado que se traslada a algo que es menos público: nos referimos al desarrollo de los supercomputadores. En la actualidad, la máquina más poderosa del mundo es norteamericana: Summit, desarrollada por IBM. Su capacidad de cómputo es equivalente a 200 petaflops; puede realizar 200 mil billones de operaciones por segundo. Por su parte, China posee 227 supercomputadoras, lo que equivale al 45% del total mundial.

Estados Unidos espera desarrollar una nueva máquina que supere por primera vez un exaflop (procesamiento de un trillón de operaciones por segundo). La noticia es que China ha señalado que también quiere desarrollar una máquina similar, pero la diferencia es que se puso como meta el 2020, un año antes que los Estados Unidos. Además, China quiere poner en marcha una economía espacial, esto es, entre otras cosas, la captura de asteroides para explotar sus recursos mineros y un proyecto de instalación en el 2030 de la primera estación solar en la estratósfera. En el caso norteamericano, quizás el equilibrio venga por el lado de los proyectos privados de SpaceX de Elon Musk o el Blue Origin de Jeff Bezos.

El impacto de lo aquí propuesto es desconocido para la humanidad, por lo que sus consecuencias son impredecibles. El desarrollo de la inteligencia artificial nos permitirá ver cambios notables en la medicina robótica, las ciudades inteligentes y la producción de nuevas armas militares. Estados Unidos, en este ámbito, todavía tiene ventajas con las numerosas compañías que en Sillicon Valley trabajan en inteligencia artificial, especialmente en vehículos no tripulados o sistema de machine learning, reconocimiento facial y de voz.

La mayor incógnita es el desarrollo de inteligencia artificial de carácter militar, una revolución que terminaría por dejar atrás las formas de guerra hasta ahora conocidas. De este modo, cuando Donald Trump lidera acciones que nos parecen desproporcionadas en contra de Huawei y la propia China, quizás deberíamos incorporar en nuestro análisis que quizás no está completamente equivocado. El peligro es inminente. Es innegable que Estados Unidos ha sabido eludir, a lo largo de su historia, muchas amenazas externas, el problema es que ahora se trata de un adversario extremadamente poderoso, el cual propone una forma de hegemonía para la cual el país del norte parece no estar lo suficientemente preparado

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