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  • ¿Es aburrido ser Virtuoso?

    ¿Es aburrido ser Virtuoso?

    Hablar de “virtud” en nuestros días es algo bastante inusual. Es difícil incluso encontrar la palabra en el vocabulario de los padres, de los maestros y para qué decir, de los medios de comunicación. Ya en el siglo pasado, Paul Valéry, en un discurso en la Academia Francesa señalaba: “Virtud, señores, la palabra virtud ha muerto, o por lo menos, está a punto de extinguirse. A los espíritus de hoy no se les muestra como la expresión de una realidad imaginable de nuestro presente. Yo mismo he de confesarlo: no la he escuchado jamás”.
    En el lenguaje cotidiano, “virtud” sugiere algo que tiene que ver con apocamiento o represión; la sola palabra evoca algo así como ñoñería, falta de alegría, ausencia de espíritu libre. Y si hablamos de “virtuoso” parece que hablamos de una persona llena de complejos, media amargada y triste, que no puede disfrutar de cosas que puede y debe disfrutar.
    En el mejor de los casos, la palabra virtud ha sido reemplazada por la de “valor”, sin que nos demos cuenta que, según explica Nietzsche, esta voz ha sido introducida para relativizar el bien, de manera que lo bueno, es lo que cada uno “valora” como tal, perdiéndose de esa manera el auténtico bien. En este sentido, parece que la respuesta a la pregunta que  nos planteamos es afirmativa, y por tanto, lo que mejor convendría es esforzarse en adquirir ciertos valores (los que cada uno considere) y vivirlos en libertad. Pero, sería ésta una respuesta apresurada que no hace honor al verdadero sentido de la virtud. Veamos por qué.
    Cuando uno analiza en profundidad sus actos, descubre generalmente, que muchos de ellos distan de hacernos sentir orgullosos. Muchos de nuestros actos han provocado en nosotros el arrepentimiento, el deseo terrible de querer volver el tiempo atrás. Todos, sin excepción, queremos obrar bien, pero en varias oportunidades terminamos obrando mal. El mismo San Pablo expresaba esta realidad diciendo: “Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. La pregunta que podemos hacernos es ¿Por qué tendrá el hombre esa extraña capacidad de volverse contra sí mismo? ¿Por qué sabemos lo que es bueno y hacemos lo malo?
    Lo que sucede es que hay en el hombre una disarmonía interior. Hay en nosotros una falla, una herida, que nos inclina a satisfacer nuestro egoísmo, nuestro orgullo y que hace más costosa nuestra felicidad. Lo que la razón nos dice que es bueno, a veces nuestras pasiones, lo ven como malo; y al revés, lo que la razón nos dice que es malo, a veces, nuestra pasiones, lo ven como bueno. Sé perfectamente, por ejemplo, que debo decirle la verdad a mi jefe, pero, se también que si se la digo, supondrá una sanción.
    Pero no quiero soportar dicha sanción, por lo que para evitarla, le miento. La razón nos presenta la realidad en términos de bien y de mal, mientras que las pasiones, nos la presentan en términos de placer o dolor. Y si bien, hay cosas que son placenteras y son buenas; y hay cosas que son dolorosas y son malas; también es posible encontrarnos con cosas que son placenteras y son malas y hay cosas que son dolorosas y son buenas.
    De manera que si actuamos siguiendo a las pasiones, muchas veces disfrutaremos o evitaremos un dolor o una tristeza, pero nos habremos perdido de llenar y enriquecer nuestra vida con un bien o malograremos nuestra vida con un mal. En el ejemplo recién citado, efectivamente el hombre no ha sufrido la consecuencia de la sanción, pero a costa de hacerse mentiroso. Lo que permite que podamos restaurar esa disarmonía interior, aquello que nos permite ordenar nuestras pasiones a fin de que obedezcan a la razón y podamos actuar bien, no es otra cosa que la virtud. La virtud, lejos de hacernos personas aburridas, son las que le otorgan nobleza y excelencia a nuestro ser. En efecto, aquello a lo que hoy le denominamos virtudes, los griegos les denominaban areté, que significa excelencia y los latinos, les llamaban fuerzas. Las virtudes son esas fuerzas, esas excelencias que necesitamos para actuar bien, para actuar como le corresponde al ser humano.
    Ellas despliegan todas nuestras capacidades de tal manera que nos hacen fácil lo que en sí mismo puede resultar difícil. ¿Es fácil decir la verdad cuando puede ocasionarme algún perjuicio? ¿Es fácil cumplir la promesa que  le he hecho a mi esposa de serle fiel, cuando mi vecina resulta muy atractiva? ¿Es fácil ser obediente a los padres cuando nos piden algo que va contra aquello que nos gustaría?
    La respuesta a estas preguntas y a otras similares es no. No es nada fácil. Y aunque alguno pueda decir que le resulta fácil, o que no le cuesta nada realizar actos buenos, lo cierto es que no basta con eso para ser buena persona. Puesto que si bien es posible realizar actos buenos esporádicamente, no lo es tanto, realizarlo de modo habitual. No es sincero quien dice la verdad una vez, sino quien la dice habitualmente; no es generoso, quien da una vez de sus bienes a otro con vistas a ayudarle, sino quien lo realiza habitualmente; etc. Las virtudes son, precisamente, aquellos hábitos buenos que modifican nuestro ser, aquellos hábitos que de tal modo nos mejoran que no sólo nos permiten actuar bien, sino que nos hacen ser buenos. Son esas perfecciones que al ordenar nuestras pasiones, permitiéndonos ser dueños de nosotros mismos y no esclavos de ellas, nos permiten amar verdaderamente. San Agustín lo decía maravillosamente: “La virtud es el orden del amor”. Esto significa que mediante la virtud nuestros apetitos, nuestros deseos, nuestra voluntad, desean, estiman, aman y se gozan en lo que es bueno y en la medida en que lo es, es decir, que mediante la virtud nos perfeccionamos en orden a amar a las personas como personas y a las cosas como cosas.
    ¿Es bueno amar a las cosas? Por supuesto que sí. Amamos los libros o el descanso, amamos el deporte o la comida, amamos la historia o las matemáticas, amamos el cine o el teatro, amamos la música o el baile, etc. El problema está en amarlas de modo desordenado, esto es, como fines, poniéndolas por encima de las personas. ¿Es bueno amar a las personas? Por supuesto que sí, pero no de cualquier forma, sino como merecen ser amadas, esto es, como fines, como lo más digno y bueno que existe. Amar a una persona por la utilidad que me presta o por el placer que me entrega, es no respetar aquella excelsa dignidad. Y el problema, precisamente está en que muchas veces nuestras pasiones nos hacen amar a las cosas como fines y a las personas como medios, poniendo en peligro nuestra propia realización. La virtud nos ordena de tal modo que nos vuelve capaces de amar en plenitud, nos hace capaces de amar lo bueno y digno de ser amado en su debida proporción y medida.
    Así las virtudes lejos de convertirnos en personas aburridas, nos transforman en personas que no sólo aman lo bueno, que no sólo practican el bien, sino en personas buenas y felices, personas que viven una vida tal que merece ser llamada “vida lograda” o “vida realizada”, digna de ser vivida.
     

  • La importancia de la familia en la formación de la resiliencia

    La importancia de la familia en la formación de la resiliencia

    La resiliencia es un concepto que aparece de modo recurrente en ámbitos especialmente psicológicos, pero que se ha trasladado con mucha fuerza también al mundo educativo. Si bien es un término que dice relación con el mundo de la física, puesto que designa la “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”, pasa por analogía a designar aquella personalidad que luego de enfrentar grandes digicultades y dolores, vuelve a enfrentar el desafío de la búsqueda y consecución de su propia felicidad. La misma etimilogía de la palabra alude a  “saltar hacia atrás”, “rebotar”, “replegarse”, es decir, volver donde estábamos, continuar y rehacerse del daño o las heridas recibidas llevando la vida con normalidad y con buen ánimo. A lo largo del tiempo, aquellos que volcaron su interés y su tiempo en estudiar el concepto “resiliencia” aportaban un sentido innovador al significado de la palabra. Existen diferentes definiciones de resiliencia, todas ellas similares que expresan un mismo sentido. Entre las principales destacan la propuesta por el Bureau International Catholique de l’enfance, BICE, que afirma que se trata de “la habilidad para surgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva”; o la de Vanistendael y Lecomte quienes sostienen que la resiliencia es “la capacidad para proteger la propia integridad bajo presión y de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles”. En ambos casos estamos ante una virtud muy semejante a una dimensión de la clásica virtud de la fortaleza que supone la perfección del ánimo frente a los males difíciles de soportar, aquella virtud de los enamorados que por amor son capaces de soportar las más diversas adversidades. Como lo expresa Boris Cyrulnik de modo sintético y muy preciso es el arte de navegar en los torrentes.

    El dolor es parte constitutiva de la vida humana, las dificultades aunque puedan tardar en llegar, sabemos que llegarán eventualmente, y en algunos casos son de una magnitud inesperada, pudiendo comprometer nuestra búsqueda y deseo de felicidad. Por ello es necesario y fundamental estar provistos de una personalidad resiliente, fuerte, valiente, para enfrentar dichos momentos. Pero, ¿cómo es posible formar una personalidad así? ¿qué hacer para ayudar a otros a enfrentar las dificultades de manera que no decaigan en la búsqueda de la felicidad? El mismo Cyrulnik explica que “un trauma empuja al herido en una dirección en la que hubiera preferido no ir. Pero como ha caído en una ola que le arrolla y le arrastra hacia una cascada de heridas, el resiliente ha de apelar a los recursos internos impresos en su memoria, ha de luchar para no dejarse arrastrar por la pendiente natural de los traumatismos, que le llevan dando tumbos de golpe en golpe  hasta que una mano tendida le ofrezca un recurso externo, una relación afectiva, una institución social o cultural que le permita recuperarse”. Como vemos, son necesario “recursos internos impresos en la memoria”, vivencias, de tal modo arraigadas en el propio interior, que permitan enfrentar las situaciones difíciles. Dicha adquisición, continúa Cyrulnik,  está estrechamente relacionada con aptitudes desencadenantes de un apego seguro. Lo cual favorecerá al individuo en cuanto a su desarrollo o por el contrario lo perjudicará: “Podremos constatar que los que han sido privados de estas adquisiciones precoces podrán desarrollarlas más tarde aunque más lentamente, a condición de que el medio, habiendo comprendido cómo se modela  un temperamento, disponga guías de resiliencia en torno a los heridos”.

    Hace tiempo, no obstante, esta característica poco común se atribuyó a una “constitución” especial, a algo que se tenía o no se tenía. No era algo que fuera posible adquirir. Pero, recientemente, se ha constatado la posibilidad clara de su adquisición según influencia de factores mayores que determinarán el desarrollo de esta virtud en nosotros mismos. Estos factores se han clasificados en: Factores de riesgo y factores de protección. Los primeros, los factores de riesgo, son aquellos factores estresores o condiciones ambientales que incrementan la probabilidad  de que un niño experimente un ajuste promedio pobre o tenga resultados negativos en áreas particulares como la salud física, la salud mental, el resultado académico o el ajuste social. Algunos de los factores de riesgo más importantes que se han identificado son experiencias traumáticas (como la muerte de un padre), pobreza, conflicto familiar, exposición crónica a la violencia, problemas de sus padres como abuso de drogas, conducta criminal o salud mental. La presencia de estos factores indudablemente condiciona negativamente la personalidad del niño haciéndole difícil la adquisición de la resiliencia. Los segundos, los factores de protección, por el contrario, son aquellos que reducen el riesgo de la persona ante distintas conductas problema, y el paralelo concepto de resiliencia que se ha elaborado para explicar la superación de situaciones difíciles o extremas en la niñez, cara a sus consecuencias para la vida adulta. Estos son los que directamente contribuyen a la formación de la resiliencia.

    Aparece claro que para adquirir una personalidad resiliente será necesario reducir tanto como sea posible los factores de riesgo y potenciar, fomentar y hacer crecer los factores de protección. ¿Cuáles son los factores de riesgo más comúnes? Los diversos autores señalan: la rigidez, la confusión de vínculos, la la rigidez, la ausencia de relaciones solidarias, el estrés y la afectación de los problemas de adultos a los niños. Mientras que si nos preguntamos por los factores de protección puede mencionarse, entre otros: la flexibilidad, cohesión entre los miembros de la familia, sentimiento de pertenencia, autoestima, autoconciencia, capacidad de resolución de problemas. En relación con estos últimos, Forés y Grané proponen una clasificación más precisa. Hablan de factores de protección internos, externos y sociales. Los internos son aquellos que tienen suma relación con el carácter y la personalidad del individuo además de sus creencias; los segundos, se refieren a los apoyos externos de la familia, vínculo de amigos, modelo de conducta y o servicios institucionales; finalmente los terceros, se refieren a la interacción con los demás y la capacidad de resolver problemas.

    Es evidente, luego de lo dicho, que la familia es absolutamente decisiva en la formación de personlidades resilientes capaces de enfrentar las dificultades de la vida de forma satisfactoria. Mancioux advierte que es importante estimular a los niños de temprana edad a partir de la interacción con sus padres para lograr un desarrollo significativo. Desde que llegamos al mundo, incluso en el seno materno, tenemos la necesidad de ser amados por nuestros padres y estar en continuo contacto con ellos ya que es el camino para sentirnos seguros y protegidos. Estamos hechos así, desde el primer momento necesitamos del amor del prójimo, que nos llevará a desarrolar en plenitud unos vínculos afectivos seguros y sanos que desencadenará la formación de nosotros mismos como seres humanos. 

    Estos principios consagrados y enseñados por la psicología más reciente, son aquellos que desde la Antigüedad los pensadores clásicos afirmaron continuamente. De modo más claro desde el Cristianismo, que ve en el hombre una creatura que procede del Amor y que se ordena al Amor y que no puede realizarse si no se da a sí mismo a los demás. La familia, escuela de amor, es el lugar idóneo en el que la persona recibe el amor de sus padres y se vuelve capaz de amar. No es en una clase de metafísica donde se aprende a amar a los demás y a enfrentar las dificultades –aunque las clases de metafísica hacen muy bien–, sino en el calor del hogar familiar. Allí por tanto se reciben esos factores de protección y se reducen los factores de riesgo posibilitando de manera exponencial la adquisición de una personalidad resiliente que permite enfrentar las adversidades de la vida con optimismo y alegría.  

    Para continuar con los factores de riesgo y protección, es importante tener en cuenta según menciona Delage (2010) el papel que toma el apego. Ambos factores de los que hablamos en este apartado del trabajo surgen dependiendo del apego o del vínculo establecido. Por tanto, desde este enfoque:

    – Los factores de riesgo son: la rigidez, la confusión de vínculos, la la rigidez, la confusión de vínculos, la ausencia de relaciones solidarias, el estrés y la afectación de los problemas de adultos a los niños.

    En cambio, en la otra vertiente:

    – Contamos con factores de protección como: la flexibilidad, cohesión entre los miembros, sentimiento de pertenencia, autoestima, autoconciencia, capacidad de resolución de problemas.

    Según el tipo de apego, seguro o inseguro, podemos desencadenar una de las dos vertientes expuestas que estarán de nuestro lado, potenciando los factores de protección y por tanto de resiliencia o, por el contrario, actuará a la inversa dictaminando un apego inseguro y una vulnerabilidad que afectará en todos los ámbitos del desarrollo del individuo.

    Sopesando las puntualizaciones hasta el momento, Forés y Grané (2011) proponen una clasificación de los segundos y últimos factores que se han mencionado, los factores de protección. Remiten a tres tipos:

    a) Internos: tienen suma relación con el carácter y la personalidad del individuo además de sus creencias.

    b) La dimensión externa: se refiere a los apoyos externos de la familia, vínculo de amigos, modelo de conducta y o servicios institucionales.

    c) La dimensión social: consolidada mediante a la interacción con los demás y la capacidad de resolver problemas.

    Es así cómo lo relata Boris Cyrulnik (2002) en Los patitos feos:

    Para volver a vivir, es preciso no pensar demasiado en la herida . Pero con el tiempo, la emoción provocada por el golpe  tiende a apagarse lentamente para no dejar en la memoria más que la representación del golpe. Ahora bien, esta representación que se construye laboriosamente depende de la manera como el herido ha conseguido historizar el hecho. […] El tiempo mitiga el recuerdo y los relatos metamorfosean los sentimientos.  A fuerza de tratar de comprender, de tratar de encontrar las palabras para convencer y construir imágenes que evoquen la realidad, el herido consigue curar la herida y modificar la representación del trauma.

    A partir de la progresión de las definiciones vistas hasta ahora vemos cómo la resiliencia es un término muy amplio que ha existido desde antiguo pero solo hace unas décadas que lo relacionamos con una vida sana, fuerte y feliz. Además, es importante destacar la existencia de factores que intervienen en este proceso como los de riesgo y de protección, de los que también hablaremos a lo largo del trabajo.

    • Génesis

     Y esta capacidad ¿cómo nos viene dada? Igual que estar en este mundo no ha dependido de nosotros, dicha capacidad no solo se centra en nuestra persona, sino en todo lo que ha tenido que ver con nosotros desde nuestro nacimiento e incluso antes. Cierto que también la consolidación de la resiliencia tiene algo que ver con los genes que nos son dados.

    Pues la resiliencia no es inamovible. Según Cyrulnik, es una variante que incrementará si los factores son favorables y hará que la virtud sea más fuerte y se expanda. Así que no podemos afirmar que una persona resiliente vaya a serlo hasta el final de sus días. Todo dependerá en la afectación de los contextos que, consecuentemente, hará posible el proceso contínuo de construcción de la resiliencia a lo largo de nuestra vida.

    Se ha estudiado la resistencia ante un suceso de inestabilidad y todo aquello que nos desestabiliza. Mancioux (2010) relata que algunas personas son más resilientes que otras aunque no se pueda dar una razón específica de ello. Pero lo que ha permitido avanzar en los estudios de la resiliencia y en todo su camino hacia conseguirla ha sido identificar las competencias como aptitudes. Las competencias designan al niño, por ello, a parte de ser reconocidas deben estar estimuladas para crar un clima estable de afectividad en el vínculo familiar que une al niño y a sus progenitores. Desarrollar estas capacidades potenciales, será un papel decisivo en la aparición de la resiliencia en la persona de edad adulta y, con más énfasis, en la infancia.

    Así que, nos dice Mancioux que es importante estimular a los niños de temprana edad a partir de la interacción con sus padres para lograr un desarrollo significativo. Desde que llegamos al mundo, incluso en el seno materno, tenemos la necesidad de ser amados por nuestros padres y estar en continuo contacto con ellos ya que es el camino para sentirnos seguros y protegidos. Estamos hechos así, desde el primer momento necesitamos del amor del prójimo, que nos llevará a desarrolar en plenitud unos vínculos afectivos seguros y sanos que desencadenará la formación de nosotros mismos como seres humanos.

    Depende entonces de contextos sociales y afectivos la posibilidad de desarrollar la resiliencia primaria, en primer término, para facilitar una vida llena de oportunidades. Con el paso del tiempo, evolucionaremos  y nos desenvolveremos en la vida potenciando nuestras capacidades y aptitudes formándonos  como personas y seres resilientes por nosotros mismos. A esto se le llama, resiliencia secundaria.

    • La resiliencia primaria y secundaria

    Hemos mencinado una resiliencia primaria y secundaria. Pero esto no significa que exístan dos tipos de resiliencia. Ambos se refieren a lo mismo; al hecho de sobreponerse a cualquier adversidad. Pero veámos más detalladamente a qué se refiere cada uno de ellos. 

    a) Resiliencia primaria: llamamos resiliencia primaria a aquella que se refiere al propio nacimiento, en el momento que respiramos por nosotros mismos y somos llevados a la vida real. Barudy y Dantagnan (2009), citado en Rojas Marcos, (2010) nombran así este proceso de construcción humana en que los recién nacidos hacen frente a los primeros desafíos del mismo nacimiento, de estar con los demás y recibir vínculos afectivos y sanos.

    De esta manera facilitaremos la emergencia de la resiliencia secundaria.

    b) Resiliencia secundaria: la resiliencia secundaria según Forés y Grané (2008), es aquella en la que se vuelve a la vida después de haber pasado por una situación desdichada. Si hemos dicho anteriormente que la primaria tiene que ver exclusivamente con nuestro nacimiento y atender a las necesidades afectivas del recién nacido, la secundaria se refiere a un segundo nacimiento. Es una dinámica reparadora de vida. Por ello, podemos decir que la resiliencia tiene cualidades constructivas, ya que se trata de una construcción, o mejor dicho, de una reconstrucción humana. 

    También podemos añadir la propiedad generativa al hacer referencia a la felicidad, como fin último. Ya que únicamente se puede obtener si se mantiene y se proporciona unas raíces desde pequeños que les llevará a divagar hacia una vida llena de oportunidades.

    Además de generar felicidad, esta cualidad transmite la idea que la resiliencia es mucho más que adaptabilidad, más que ser robusto o rígido. Nos referimos a crecer hacia algo nuevo avanzando hacia adelante y, por tanto, evitando los factores que nos puedan desestabilizar.

    Como ejemplo de esta resiliencia secundaria, Tim Guénard, quién con solo tres años fue abandonado por su madre y atado a un poster de electricidad y maltratado por su padre pero que años más tarde, gracias a varias personas que se cruzaron en su camino, pudo apagar el odio que había en su interior. Y así volvió a nacer, se reconstruyó y volvió a la vida. Su vida está narrada en una obra autobiográfica en la que expone su testimonio como un evidente caso de resiliencia. Acostumbrado a un mundo debastado por el egoísmo, escasez y peligros, se encontró con unos gestos llenos de bondad que dieron un vuelco en su vida. De esta manera se convierte en un referente y en uno de los padres de la virtud resiliente.

    1.3. Metáforas vinculadas a la resiliencia

    Algunas metáforas ejemplifican muy bien el proceso resiliente. He aquí el Ave Fénix. Grandiosa como un águila y de colores intensos. Después de morir renace de sus propias cenizas y vuelve a su situación inicial. 

    A pesar de las heridas y de consumirse por el fuego vuelve a la vida. Hace referencia al proceso de reconstrucción de la resiliencia. Un proceso de adaptación positiva sobre cualquier problema o adversidad que nos perturba. 

    Por otro lado, se debe tener en cuenta que volvemos a vivir por segunda vez y vencemos a la adversidad pero, como personas que somos, aunque nos recuperemos satisfactoriamente, no vivimos de la misma manera. Evolucionaremos a mejor pero seremos diferentes.

    En esta ocasión, podemos acercar este significado a la agricultura. La tierra puede ser fértil después de un incendio pero deben pasar años de reconstrucción para volver a la vida. Una vez haya pasado este tiempo, flora y fauna volverá a la vida, aunque no igual que antes. Este ejemplo refleja a el significado generativo en cuanto a la resiliencia como metamorfosis, algo nuevo que se genera y surge. Esta generación se realiza en la persona cuando los demás provocan en uno mismo una sensación nueva e innovadora. 

    1.4. Factores de riesgo y de protección

    Es importante según Mancioux (2010) tener en cuenta que la respuesta de la resiliencia es favorable al individuo si todos aquellos factores potenciadores de la misma también lo son. Nos referimos si estos agentes son portadores de protección o, por el contrario, crea en el niño un estado de vulnerabilidad. De aquí podemos hablar de los factores de riesgo y de los factores de protección. 

    Además de estudiar las ventajas que obtenemos por parte de la resiliencia y lo que supone disponer de su ayuda, hemos de estudiar también los acontecimientos y lo que supone en el ser humano vivir una situación buena o vulnerable.

    a) Factores de riesgo: Braverman (2001) los define como:

    aquellos factores estresores o condiciones ambientales que incrementan la probabilidad  de que un niño experimente un ajuste promedio pobre o tenga resultados negativos en áreas particulares como la salud física, la salud mental, el resultado académico o el ajuste social […] algunos de los factores de riesgo más importantes que se han identificado son experiencias traumáticas (como la muerte de un padre), pobreza, conflicto familiar, exposición crónica a la violencia, problemas de sus padres como abuso de drogas, conducta criminal o salud mental.

    b) Factores de protección: Entendemos como factores de protección los que según Braverman (2001):

    reducen el riesgo de la persona ante distintas conductas problema, y el paralelo concepto de resiliencia que se ha elaborado para explicar la superación de situaciones difíciles o extremas en la niñez, cara a sus consecuencias para la vida adulta […] los factores de  protección contribuyen claramente a explicar la resiliencia.

    Los factores de riesgo, que son los primeros que se han definido, suscita a la estrecha relación que muestra con situaciones delicadas o de máxima vulnerabilidad. El nivel de negatividad que contienen condicionan al individuo en todas sus áreas particulares. Autores importantes como Pollard, Hawkins y Arthur (1999), entre otros, consideran reducir los factores de riesgo y los de protección, potenciarlos. Pero insisten en la importancia de unos y de otros. Por ejemplo, en la perspectiva de la drogodependencia, debemos dirigirnos a los factores de riesgo sin olvidarnos los de protección. En el caso de olvidarnos completamente, esto conllevaría a “reducir los factores de protección meramente a los factores individuales, los que posee el individuo, relegando otros de la misma importancia, como son los sociales y contextuales” tal y como menciona Pollard et al. (1999).

    Además de la importancia de ambos factores es importante hacer la distinción que relata Braverman (2001) en cuánto al término “niño resiliente”. En la mayoría de casos se alude a dicho término con la idea de crear al niño inmune por encima de cualquier calamidad. Este error proviene según Luthar et al. (2000) de relacionar la causa de los problemas con el individuo y no sopesar la posibilidad de los factores de riesgo ambientales como la sociedad, el sistema social, diferencias sociales, guerras, etc.

    Para continuar con los factores de riesgo y protección, es importante tener en cuenta según menciona Delage (2010) el papel que toma el apego. Ambos factores de los que hablamos en este apartado del trabajo surgen dependiendo del apego o del vínculo establecido. Por tanto, desde este enfoque:

    – Los factores de riesgo son: la rigidez, la confusión de vínculos, la ausencia de relaciones solidarias, el estrés y la afectación de los problemas de adultos a los niños.

    En cambio, en la otra vertiente:

    – Contamos con factores de protección como: la flexibilidad, cohesión entre los miembros, sentimiento de pertenencia, autoestima, autoconciencia, capacidad de resolución de problemas.

    Según el tipo de apego, seguro o inseguro, podemos desencadenar una de las dos vertientes expuestas que estarán de nuestro lado, potenciando los factores de protección y por tanto de resiliencia o, por el contrario, actuará a la inversa dictaminando un apego inseguro y una vulnerabilidad que afectará en todos los ámbitos del desarrollo del individuo.

    Sopesando las puntualizaciones hasta el momento, Forés y Grané (2011) proponen una clasificación de los segundos y últimos factores que se han mencionado, los factores de protección. Remiten a tres tipos:

    a) Internos: tienen suma relación con el carácter y la personalidad del individuo además de sus creencias.

    b) La dimensión externa: se refiere a los apoyos externos de la familia, vínculo de amigos, modelo de conducta y o servicios institucionales.

    c) La dimensión social: consolidada mediante a la interacción con los demás y la capacidad de resolver problemas.

    Mancioux et al. (2010) sostienen que si divagamos en la gravedad de los acontecimientos, es obvio que no todos suponen la misma reacción en la persona. A simple vista, los factores de riesgo no permiten una solución ante el problema. Es una confusión de vínculos y provoca una clara rigidez además de una ausencia de coherencia y solidaridad. Esta situación no conlleva nada bueno, ya que contamina a las vidas de los más allegados.

    Como causa principal de una vida alejada de la resiliencia tal y como hemos mencionado, es un apego inseguro. Tal y como apunta Cyrulnik (2016) “el afecto ayuda entre un 70% y un 80% a la resiliencia, a superar las dificultades y resituarse en el mundo de una manera más sana y segura” (Criterios de Resiliencia. Entrevista a Boris Cyrulnik. Sanchez Ana, Gutiérrez Laura, 2016).

    Por tanto, el apego es un factor de protección evidente ya que permite un vínculo y una cohesión entre un grupo de personas, por ejemplo, en la familia como primer grupo social al que pertenecemos. Si el niño forma parte de un vínculo bueno y, por tanto, afectivo y protector, todo serán ventajas para su desarrollo y capacidades: Obtendrá seguridad que permetirá al niño explorar lo que le rodea y hará posible una autoestima buena.

    Por otro lado, hemos de mencionar que los excesos tampoco son buenos. En este caso podríamos llamar sobreprotección al fenómeno que se caracteriza por evitar el sufrimiento al individuo. Este apego excesivo no ayuda a la persona en su proceso de superación. Así que, tal y como decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco que la virtud está en el punto medio. 

  • Reflexiones sobre la generosidad

    Reflexiones sobre la generosidad

    Ha comenzado noviembre y ya aparecen en las vitrinas de las tiendas de muchas ciudades del mundo, los adornos y los símbolos que nos anuncian la llegada de la Navidad. Aún no es Adviento, esto es, el tiempo litúrgico que nos prepara para vivir en toda su plenitud la fiesta en la que celebramos el nacimiento del Redentor (y no, por cierto la fiesta del cumpleaños de Papá Noel), y sin embargo, en las calles, y de modo especial en el comercio, todo nos habla de la Navidad. Pero ¿para qué? ¿Para disponer nuestro espíritu a la contemplación? ¿Para preparar el alma para acoger las gracias que Dios tiene preparadas para nosotros en estas fechas? Pareciera que no. Pareciera que en realidad todo este despliegue de colorido es para “recordarnos” las compras que debemos hacer en estas semanas. Y es que, lamentablemente, el consumismo y el materialismo que invade todo en nuestra sociedad occidental, también ha invadido con ferocidad una de las más importantes celebraciones del mundo cristiano. Tanto que, incluso en algunos lugares más descristianizados, se desean felices fiestas; así sin más, en desmedro de la más cristiana salutación: ¡Feliz Navidad! 

    El tiempo para la oración, la acción de gracias, la reflexión sobre los misterios que revivimos, la vida familiar a la que invita de suyo esta fiesta; todo el tiempo que estas realidades exigen, en gran parte se ve reducido y hasta suprimido por el ajetreo y la vorágine de las compras, del consumo; en síntesis, de los bienes materiales. Cierto es que muchas de esas compras se ordenan a procurar un bien para otros, y es verdad, que en ese ir y venir por los pasillos de un mall, nuestra mente y nuestro corazón está ocupado por la persona amada; no obstante, nos hemos ido acostumbrando a que identificamos el grado de amor con el valor del bien comprado; nos hemos ido habituando a considerar que si no compramos, no amamos. ¡Y esto es grave! Pareciera que somos más generosos cuanto más grande y valioso es el bien que adquirimos con nuestra tarjeta. Por eso es que creo necesario hacer una breve reflexión sobre la naturaleza de la generosidad, a fin de ejercerla con más conciencia, no sólo en las próximas navidades, sino en toda nuestra vida. 

    La virtud de la generosidad tiene íntima relación con la justicia. Digo íntima relación, porque sin ser justicia propiamente, es una virtud que se le asemeja en algo y se diferencia en algo. Expliquemos esto un poco más. Sabido es que la justicia es la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno su derecho, lo debido. Es, por tanto, la virtud que pone orden en nuestras relaciones con los demás; en primer lugar con Dios y luego con el prójimo, es la que ordena no sólo al hombre en sí mismo sino que con relación a los demás. Dicho de modo más sencillo, es la capacidad de vivir en la verdad «con el prójimo». Es por ella por la que respetamos los derechos de los demás, lo que les es debido y es por ella también, que cumplimos nuestros propios deberes.

    No vivimos solos en este mundo, el hombre es social por naturaleza y desde su nacimiento está en relación con otras personas que tienen también aspiraciones, necesidades que les deben ser saciadas y nosotros podemos cooperar con ellas. Por esto que lo que realmente persigue la acción de la justicia es que el hombre en su acción externa, se oriente hacia  la persona del otro; que no solo evite el perjudicarle sino que, ante todo, busque realizar el bien que le conviene a otro. De lo que se sigue que la acción justa pone en juego lo más entrañable del querer humano, porque trasciende la esfera personal y de lo meramente sensitivo para realizar el bien a los demás. La búsqueda del bien ajeno, propio de la justicia, refleja así, lo más íntimo del hombre hecho para la entrega de sí mismo a los demás. 

    Entendiendo siempre que ese bien que debemos procurar al otro es un bien que le es debido, tanto por la naturaleza, como por la ley escrita. Si no le robamos al vecino, no es solo porque hay una ley que me dice que si le robo iré a la cárcel; sino porque entendemos que su bien supone poder disponer de aquellas cosas que le pertenecen en justicia y que son parte de su propiedad. Por eso es que no sólo no debemos robarle, sino procurar que no le roben, alertándolo si vemos al ladrón, ya que lo que verdadera y últimamente buscamos es realizar el bien que perfecciona al vecino, que en este caso es que tenga lo que le es debido. Ver al ladrón y dejar que actúe, evidentemente que no es robar, pero no supone asegurarle al otro el disfrute de sus propios bienes. 

    No obstante lo anterior, el hombre debe ir más allá de la justicia. Puesto que aún, esforzándose en dar a cada uno lo que le corresponde, experimenta en lo más profundo de sí, que él recibe de otros, cosas que los otros no están obligados a dar. Y de ese modo la justicia se le hace insuficiente en la misma medida en que, como dice Joseph Pieper en su libro Las virtudes fundamentales, “aumenta la conciencia de ser un sujeto obligado ante Dios y ante los hombres. Y es ante esta realidad cuando el justo se ve capaz de estar dispuesto a dar aun lo que no se debe a nadie, a dar lo que ninguno podría forzarle a dar”. Este texto es maravilloso porque nos descubre que, en la misma medida en que nos reconocemos como deudores, como habiendo recibido algo que nadie estaba obligado a darnos, vamos ordenándonos hacia la gratitud primero, y luego hacia la imitación de esa liberalidad. Cuanto más reconozco el don recibido, más me lleva a agradecer, y más me impulsa a estar disponible para los demás, a través de la generosidad. Por eso que mientras que ser justo es dar a otro lo que es suyo, ser generoso, es dar a otro lo que es propio, no porque me sea debido legalmente, no porque haya un deber legal, sino porque hay un deber moral, que no es otra cosa que el reconocimiento de una norma no escrita, que está escrita en nuestro corazón y a la que nos adherimos con libertad. ¿Por qué muchas veces damos limosna, o ayudamos a alguien, por miedo a lo que va a pensar la gente? O más aún ¿por qué nos sentimos mal cuando no lo hacemos, o nos ponemos mil excusas para no serlo? Esto no es sino porque ayudar al que lo necesita es una inclinación de la naturaleza humana y no hacerlo contradice lo que somos y a lo que estamos inclinados. 

    La generosidad, así entendida, se asemeja a la justicia en el hecho de que hay algo debido a otro, pero se distingue de ella, en tanto lo debido no es legal, sino moral. Nuestra naturaleza social y nuestra radical inclinación a darnos, a vivir para los demás, nos lleva a encontrar nuestra felicidad en hacer bien a los demás en quienes vemos que la justicia no se cumple plenamente. 

    Pero la generosidad supone algo mucho más profundo que el mismo hecho de ayudar con liberalidad a otro que lo necesita. La generosidad es una virtud que tiene como finalidad moderar en la persona el amor y el deseo de riquezas y bienes materiales. Esta moderación es la que permite al hombre usar de las riquezas como conviene, esto es, acorde con las propias necesidades y con las necesidades de los demás. Sólo porque le doy a las riquezas el valor propio que tienen, es que puedo darlas con generosidad para paliar o aliviar el mal ajeno, puesto que si las valorara más de lo debido, no se verá razón para desprenderse de ellas. No hay ninguna coerción ni ninguna obligación que mande dar a los demás, pero la propia persona descubre la bondad que supone amar más a las personas que a las riquezas y usar estas como medio que manifieste ese amor. Por eso es que cuanto más amo las riquezas materiales y más las deseo para mí, menos persona me hago en cuanto hago de mí un avaro: mientras que cuanto más libre y generosamente me desprendo de esos bienes materiales, más y mejor persona me hago, en tanto, hago de mí un ser generoso. 

    La medida de nuestra generosidad no estará, en estas fiestas y en nuestra vida, tanto en lo que demos, en lo que compremos, en lo que regalemos, sino en nuestra capacidad de moderar nuestra apetencia de estos bienes materiales, de modo que no sean ellos los que manden y dominen nuestras existencia, sino que siendo dueños de  nosotros mismos, nos dispongamos a usar de esos bienes para colmar o aliviar las necesidades (que no los caprichos), de aquellos que los necesitan. Sólo siendo capaces de moderar ese deseo de riquezas y bienes materiales nuestro espíritu quedará libre para entregarse al amor y a la compañía tanto de aquellos con quienes compartimos nuestra vida como con los que no.   

  • La curiosidad intelectual: ¿virtud o vicio?

    La curiosidad intelectual: ¿virtud o vicio?

    “Es preciso incentivar la curiosidad de los alumnos”; “mi hijo es muy curioso intelectualmente”; o “la curiosidad es necesaria para la ciencia”, son expresiones comunes en nuestros días. Pero cuando uno recuerda que “la curiosidad mató al gato”, entonces tiene sentido preguntarse si acaso la curiosidad es una virtud que debe adquirirse para la perfección de nuestro entendimiento; o, por el contrario, es un vicio en el que es preciso evitar caer para que no muera, en este caso, nuestra vida intelectual.

    Para comprender la naturaleza de la curiosidad es preciso entender primero que el hombre posee una naturaleza espiritual y en virtud de ello, posee naturalmente el deseo de saber. Todo hombre tiende por naturaleza a saber, dice Aristóteles al comienzo de la Metafísica, todo hombre desea por naturaleza conocer algo. En tanto que el hombre vive una vida intelectiva, en tanto que vive de los razonamientos, existe en su corazón un deseo de conocer tan profundo que renunciar a ello comprometería su propia existencia. Pero, ¿puede el deseo por conocer la verdad ser moralmente incorrecto? ¿Existe verdaderamente la necesidad de una moderación del deseo de conocer o todo puede y debe ser conocido? Siendo una tendencia natural a algo tan perfectivo del hombre, es lícito pensar que no se requiere de ninguna moderación y que el hombre puede desear conocer todo lo que es verdadero. Millán Puelles ordena ésta objeción de la siguiente manera: “a) No es posible que la verdad sea moralmente mala; b) Tampoco cabe que sea moralmente malo el conocimiento de la verdad; c) En consecuencia, el interés por conocer la verdad no puede ser malo moralmente”. 

    Sin embargo, esto es sólo una apariencia, ya que así como es natural al hombre nutrirse en vistas a conservar su ser, no por ello decimos que no deba moderar y regular dicho apetito, antes al contrario, requiere para ello de la virtud de la abstinencia, que ordena a la razón el apetito de los bienes comestibles; lo mismo podemos decir de la tendencia natural de conservar la especie mediante los actos procreativos. El apetito sexual debe ser moderado por la virtud de la castidad para que permanezca en el orden humano y contribuya efectivamente al bien del hombre. Precisamente porque son naturales, estas tendencias son particularmente fuertes y resulta fácil que se desordenen de aquello que dicta la razón. 

    Es esto lo que sucede también en el orden espiritual con respecto al deseo de conocer. El hombre desea conocer y conocerlo todo, pero debe moderar su deseo en orden a que lo conocido sea perfectivo para él y no termine desordenándolo de aquello que es su verdadero Bien. La virtud que regula este deseo de saber se denomina estudiosidad. La estudiosidad se ordena a que el hombre conozca la verdad, no al modo como lo hacen las virtudes intelectuales, perfeccionando el intelecto; sino que lo hace disponiendo al hombre para que quiera conocerla, esto es, perfeccionando el apetito. Lo que modera y perfecciona esta virtud es el apetito, el deseo de conocer la verdad. 

    Ahora bien, no hay que olvidar que, como dice Santo Tomás, “el afecto humano arrastra a la mente hacia la consecución de aquello hacia lo cual se siente atraída”. Y, como el hombre se siente atraído especialmente por aquello que halaga su carne, es natural que su pensamiento se dirija a eso. Así, es preciso ordenar el deseo de conocer hacia aquello que perfecciona al espíritu, aquello que perfecciona al hombre mismo. De ahí la necesidad de una virtud que saque al hombre de la materialidad y lo eleve hacia la verdad, haciéndolo más hombre, conocedor de Dios y de las cosas y de sí mismo en orden a Dios.

    La falta de esta virtud, muy olvidada en nuestros días, puede ocasionar la aparición de dos vicios opuestos: la negligencia, es decir, la despreocupación y falta de atención a aquellas cosas que deben conocerse; y la curiosidad vana, esto es el exceso inmoderado en el conocimiento. En efecto, lejos de ser una virtud, la curiosidad es un vicio del apetito humano. De ella nos ocuparemos en estas reflexiones.

    La curiosidad aparece primeramente como el deseo que posee alguien de saber o averiguar lo que no le concierne. En efecto, apoyada en nuestro natural deseo de saber, en aquel instinto propio de nuestra naturaleza cognoscitiva, la curiosidad lo dirige hacia aquellas realidades que no conviene sean conocidas por el hombre o no deben ser conocidas. 

    Pero ¿de qué manera puede uno excederse en el deseo de conocer? ¿Cuándo es desordenado el deseo de saber? ¿Cuáles son los criterios para establecer que el deseo de conocer la verdad es desordenado y, por tanto, ilícito moralmente? Santo Tomás establece cuatro modos en los cuales puede darse este vicio de la curiosidad en lo que se refiere al deseo de conocer la verdad. 

     En primer lugar, “en cuanto que por el estudio menos útil se retraen del estudio que les es necesario”. Esto, a nuestro juicio, debe entenderse en un doble sentido. En primer lugar en un sentido restringido a aquel que se dedica a la vida intelectual. Y en este caso, ha de entenderse, que se excede en el deseo de conocer la verdad y por tanto, obra mal, aquel que desechando aquello que debe atender en orden a cumplir con sus obligaciones, se dedica a conocer u aprender otras cosa, que aunque más perfectas e importantes, son menos “útiles” en ese particular momento. Es lo que sucede con el estudiante que ante una evaluación de matemáticas, sin haber preparado aún convenientemente su examen, se dedica a leer libros de literatura, muy educativos y formativos; o el maestro que debiendo preparar y repasar su clase, sólo atiende a sus gustos por lecturas personales. Santo Tomás pone el caso de un juez que está tan enamorado de la geometría que descuida sus obligaciones en la persecución de la justicia. Especial mención merece Internet, herramienta muy útil en nuestros días, pero  que puede ser una especial fuente de curiosidad y perdida de tiempo para el que entra a navegar sin saber muy bien lo que quiere y desde luego, para aquel que es incapaz de moderar su deseo de conocer. 

    No obstante lo anterior, en un sentido más propio, obra  contra el recto deseo de saber, aquel que aspirando a alcanzar altos conocimientos científicos, técnicos o artísticos, descuida aquellos más necesarios, esto es, aquellos que tienen que ver con su felicidad y perfección última. 

    Este descuido de lo necesario se ha vuelto en nuestros días algo muy extendido y se manifiesta especialmente en el desprecio por la filosofía y en el extendido desinterés por las cuestiones últimas. Sólo interesa lo frívolo, lo superficial y pasajero. Santo Tomás enseña que la buena vida requiere de la necesaria atención a “cosas más altas”, cosas que el curioso desdeña y prefiere no atender. Gran Hermano, los programas del corazón o la tele basura, constituyen ejemplos de ese deseo de conocer cosas que no se ordenan a la perfección del hombre en ningún sentido. 

    En segundo lugar, se cae en el vicio de la curiosidad “en cuanto que uno se afana por aprender de quien no debe”. En el afán incontrolado de saber, el hombre no repara en la legitimidad para enseñar del sujeto que enseña. Santo Tomás se refiere explícitamente a los que preguntan a los demonios algunas cosas futuras, es decir, a la magia de la adivinación. Esto que podría pensarse como cosa pasada y propia de la época del Aquinate, es tremendamente actual y vuelve a aparecer de la mano de ciertos futurólogos o pretendidos adivinos que nos ofrecen develarnos los acontecimientos que hemos de vivir. No se trata de que sea o no verdad aquello que nos manifiestan, sino de que querer saberlo obedece exclusivamente a una vana curiosidad que de ninguna manera nos es lícito consentir. Llenos de una profunda humildad ante los acontecimientos que nos van sucediendo en la historia de nuestra vida, hemos de seguir el ejemplo de San Agustín quien con profundo realismo afirmaba en sus Confesiones: “Ya no me preocupo de la marcha de las estrellas, ni busco jamás una respuesta en el mundo de las sombras. Aborrezco todas las obras de la magia. No obstante, ¿cómo no iba a intentar el demonio seducirme con el deseo de exigir de Ti, mi Dios y Señor, una señal clara a la que seguir fiel y ciegamente?”.

    Pero, ciertamente, no son estos pretendidos adivinos los únicos falsos maestros del mundo contemporáneo. Hoy en día, se yergue ante nosotros todo un conjunto de opinólogos televisivos y mediáticos, que intentan transmitir una visión del mundo y de la vida alejada completamente de la verdad. Muchos hombres, instruidos sólo por estos falsos maestros, parecen creer que nada les queda por saber, y lo más terrible es que muchas veces se confunde lo que es realmente cierto con lo que no lo es. Por el sólo hecho de aparecer en la pantalla las cosas se vuelven reales y ciertas.

    En tercer lugar, señala Tomás de Aquino que es curioso quien desea“conocer la verdad sobre las criaturas sin ordenarlo a su debido fin, es decir, al conocimiento de Dios”. En un mundo secularizado y que vive como si Dios no existiera, este parece ser el punto de más difícil comprensión, no obstante, es una verdad que no se puede callar. En efecto, si nuestra inteligencia se ordena naturalmente a conocer aquella verdad total y absoluta que es Dios y, precisamente por ello, no se ve satisfecha con el conocimiento de las criaturas. Permanecer en el conocimiento de ellas y no ordenarse a trascenderlas es ir contra el mismo orden natural de la razón. Es forzar a la razón que está orientada hacia lo alto, a que, como los animales, dirija su mirada al suelo. Santo Tomás refuerza este punto con una cita admirable de San Agustín que señala: “Al considerar las criaturas, no debemos poner una curiosidad vana y perecedera, sino que debemos utilizarlas como medios para elevarnos al conocimiento de las cosas inmortales”. De lo cual se deduce claramente que de ninguna manera se debe interpretar este punto como una condena al deseo de descubrir los secretos de la naturaleza. Pero, pretender agotar las capacidades del entendimiento humano, en cierto modo infinito, con aquellos conocimientos que proceden exclusivamente de las criaturas, es como pretender alcanzar la felicidad poseyendo todos los bienes materiales. Y la verdad que aunque sepamos todo lo que es posible saber acerca de las criaturas, aunque poseamos todo el conocimiento científico, limitándonos de esa manera a las causas segundas, en realidad, aún no conocemos nada, ya que poseemos ciencia, pero carecemos de sabiduría. 

    Finalmente, se cae en el vicio de la curiosidad “aplicándose a la verdad por encima de la capacidad de nuestro ingenio, lo cual da lugar a que los hombres caigan fácilmente en errores”. Muchas veces movidos por la vanidad o el orgullo suele aspirarse a cosas más altas de las que uno en realidad puede, y es ese espíritu el que nos aconseja moderar Santo Tomás. Por ello, si bien no brinda ningún ejemplo concreto, a lo que apunta en definitiva es a que se practique la modestia y la humildad en el estudio, a que se busque la verdad por sí misma y no los beneficios que de ello se siguen, tal como lo hacían los sofistas en tiempos de Sócrates. 

    De esta manera, hemos visto que la curiosidad más que una virtud es un vicio, en tanto, supone un deseo inmoderado de conocer. Aquello que debemos incentivar en los jóvenes y cultivar nosotros mismos, no es la curiosidad, sino la estudiosidad. Es esta virtud la que ordena al hombre a la mejor y más perfecta adquisición de la ciencia y la sabiduría, mientras que la curiosidad lo desordena, entregándolo a conocimientos vanos e insustanciales.