Mes: Abril 2020

  • Akhenatón: El Faraón Hereje

    Akhenatón: El Faraón Hereje

    ¿El Primer Monoteísmo de la Historia?

    Un Reformador Religioso

    Akhenatón, el faraón que decidió romper con la tradición religiosa politeísta típica de la religión egipcia, introduciendo una nueva religión monoteísta, no eligió para ello al dios-sol Amón-Ra, sino a una manifestación de éste, el disco solar Atón. La exaltación de esta divinidad un tanto especial, las reformas que la acompañan y la energía y vigor que el propio faraón le imprimió a su reforma religiosa, hacen de Akhenatón una de las figuras más apasionantes de la historia del Antiguo Egipto.

    El reinado de Amenhotep IV o Akhenatón constituye uno de los episodios más problemáticos y ciertamente uno de los más atractivos no sólo del Imperio Nuevo, sino de la historia de Egipto en general. Dependiendo de la óptica desde la cual se ha analizado la reforma religiosa introducida por este faraón, su figura ha sido considerada de diversas maneras: el primer monoteísta de la historia, el faraón hereje, un revolucionario y pacifista, o un verdadero estratega que intentó fortalecer y recuperar la función que la realeza había tenido en épocas de mayor esplendor.
    Su reinado datado entre 1377-1358 a.C es denominado como el período de Amarna, debido al nombre árabe actual del lugar elegido por el faraón para fundar su nueva capital: Akhetatón, esto es, el Horizonte de Atón.

    Neferjeperura Amenhotep IV llegó al trono con el mismo nombre de nacimiento de su padre, Amenhotep III, que en antiguo egipcio significa Amón está satisfecho o Amón está en paz. Su Gran Esposa Real, Nefertiti, quien ha pasado a la historia por ser la dueña de una gran belleza física y por poseer grandes dotes como gobernante.

    Para adentrarse en este período controvertido, es imprescindible mirar el pacífico reinado Amenhotep III, uno de los períodos de oro del Imperio Nuevo. Gobernó por alrededor de treinta ocho años, a los treinta años trasladó su residencia de Menfis a Tebas, en momentos en que algunos principios de la religión adquirían una renovada importancia. Uno de ellos fue el creciente énfasis en la universalidad del dios sol Amón-Ra y particularmente su conexión con la ideología de la realeza que hacia que el faraón fuera considerado el Hijo de Ra.

    Ya desde el Imperio Antiguo, la religión egipcia se había ido centrando en la figura del sol como base, y los himnos a los dioses solares y a su beneficiosa actividad se multiplicaban. Así en la dinastía XII Amón se transformará en Amón-Ra, y se pondrá al frente del panteón egipcio. Luego, y a causa del dominio de los invasores hicsos, Amón-Ra se convertirá en dios nacional, y en la lucha por la independencia será la divinidad liberadora. A la llegada la XVIII dinastía, y debido a la ampliación del territorio egipcio a expensas de Asia, pasó a ser la deidad conquistadora. Todo un proceso que lo convirtió en el dios universal, supremo y de primacía indiscutida.

    Cabe suponer que siendo todavía príncipe heredero, Amenhotep IV vio el interés de su padre de afirmar su propio carácter divino, que participó en las discusiones relacionadas con el culto dinástico del rey y de su dios Sol, y que maquinó desde muy temprano la que sería su gran reforma religiosa, sustituir al dios Amón por el disco solar, Atón.

    Por otra parte, tanto económica como social y militarmente, Egipto conoció uno de sus períodos de mayor gloria bajo esta dinastía XVIII. El espectacular crecimiento económico y la importancia de las instituciones religiosas, particularmente el templo de Amón en Tebas, hizo que los sacerdotes consolidaran y ostentaran gran poder. El que junto a sus riquezas llegó a ser asfixiante, el clero recibía una parte de los tesoros capturados a los enemigos en las campañas de expansión territorial y de los cautivos ganados al adversario, además de las donaciones de tierras debidas a la piedad de los príncipes y altos dignatarios.

    En este escenario y a la muerte de su padre, el joven Amenhotep IV es coronado faraón. Durante los primeros años de su reinado su actitud se ajustó a las normas de sus predecesores residiendo en la ciudad de Tebas. Sin embargo, a poco andar dio inicio a su reforma. Disolvió el culto de Amón en la gigantesca ciudad-templo de Karnak, prohibió al Sumo Sacerdote de Amón administrar sus bienes, ordenó borrar sistemáticamente el nombre de Amón por todo el país y mandó a construir en la parte Este de la ciudad grandes instalaciones consagradas al culto de su nuevo dios Sol: Atón.

    Pero eso no bastó, y al aparecer como la atmósfera que se vivía Tebas no terminaba por satisfacer al soberano, ya que el enorme peso de la tradición del culto a Amón impedía que su reforma religiosa resultara satisfactoria, en el quinto año de su reinado, Akhenatón y toda la corte fijaron su residencia en su nueva capital Akhetatón.

    A primera vista la elección del lugar en el que se construye esta nueva capital genera ciertas interrogantes, se trata de un lugar extraño, en la parte oriental del Nilo, en medio de la llanura de la actual Tell el-Amarna. Al parecer, se abstuvo de fundar su metrópoli sobre un territorio perteneciente ya a alguna otra divinidad. Akhenatón buscaba un lugar virgen, no tocado por la acción humana y libre a sí mismo de la presencia de otras divinidades, un lugar puro en el que su dios solar demiurgo dio comienzo a la creación.

    Akhetatón se construyó rápidamente. La arquitectura de sus instalaciones diferirá de la usada en los templos consagrados a los demás dioses. No existían edificios cerrados con la imagen sagrada del dios, sino patios abiertos con altares como lugares de culto. En uno de estos patios y en el centro de la ciudad se elevaba el elemento esencial de la nueva religión, un gran altar al que se subía por escaleras y en el que se celebraba el culto, sin estatuas, sin misterios, sólo frente a la luz del sol.

    Y será el propio faraón quien ejercerá personalmente el cargo de intermediario en el culto. Ese es el momento, el faraón decide cambiar su nombre por el de Akhenatón, el servidor de Atón.

    La nueva divinidad se manifestaba en el Sol, y en los rayos que de él emanan. Atón no será representado, por tanto, con figuras humanas, ni animales, como los demás dioses, sino como un disco solar cuyos rayos terminan en forma de manos humanas que parecen acariciar al faraón y su familia. Su carácter será el de ser creador del mundo y responsable del orden y la vida.

    El faraón convertido ahora en Akhenatón había logrado dar vida a su nueva religión, centrada en el culto al disco solar Atón, como representación última de la divinidad solar, de la que se resalta fundamentalmente su carácter de creador y regenerador de la vida, como el mismo lo expresa en su Himno a Atón.

    Pero, ¿por qué?, ¿cuáles son las razones que llevaron a Akhenatón a realizar esta reforma?. Se trata de una conversión de fe, acción religiosa que convertiría el culto a Atón en el primer monoteísmo de la historia, y al Faraón, en hereje al haber negado el reconocimiento a todos los dioses excepto a uno, e intentar convertir a todos los que pensaban de una manera distinta. O se trata de un hábil político que trató de suprimir la molestia que suponía para la autoridad faraónica, el clero y el culto a Amón, y lograr con ello dotar al faraón del poder que había ido perdiendo.

    Al parecer el culto a lo solar no es algo nuevo, sino más bien, una tendencia general que ya venía desarrollándose desde los inicios del Imperio Nuevo. Por ello, cabe postular, que el culto de Atón fue la culminación de un proceso que llevaba ya algún tiempo verificándose desde comienzos de la dinastía XVIII.

    El dios del sol Ra, había asumido de hecho rasgos de otras divinidades, de suerte que se había producido una especie de monoteísmo sincrético, en el que los demás dioses eran considerados encarnaciones de Ra. En muchos aspectos Ra se hallaba estrechamente vinculado con el faraón y la monarquía. Así, el protagonismo concedido a Ra constituía en realidad un modo de subrayar la naturaleza omnipotente y divina del faraón. El disco solar surgió, por tanto, dentro de este proceso, como un aspecto distinto y cada vez más importante de la divinidad solar, que venía a poner de relieve su relación con el soberano, llegando a su cúlmine con Akhenatón como encarnación en la tierra del único rey celestial Atón.

    Lo que si es original en la nueva religión es la representación solar que Akhenatón elige, dejando de lado las representaciones animales o humanas tan típicas de las divinidades egipcias. La imagen no antropomórfica de Atón permitía representar al dios simplemente como un disco suspendido sobre la cabeza del faraón, del que salen rayos que terminan en manos que sujetan el símbolo de vida egipcio, el ankh.

    También es nuevo el carácter exclusivo de la nueva divinidad, no sólo Amón será rechazado, sino que todos los demás incluido Osiris el dios de los muertos, quien será sorprendentemente silenciado en este período. La elección de Atón como único dios será incompatible con el panteón tradicional, ya que la religión egipcia no era exclusivista, por el contrario, reconocía a un número ilimitado de dioses y no poseía ni un libro sagrado ni un dogma central.

    Lo que es cierto es que el faraón escoge para adorar al sol, creador por excelencia, un sólo aspecto, el disco solar. El resultado de esta elección tendrá un tono universal que presenta apariencias de monoteísmo. Se trata de una transformación de Amón en Atón. Hay autores que han afirmado que el cambio en sí no tiene nada de revolucionario, y que está lejos de ser una religión revelada. Se trata más bien de la cristalización de la tendencia heliopolitana que se define como la “solarización” de los principales dioses”, tal como había sucedido con Amón mediante la forma de Amón Ra.

    Se trató también de un modo de incrementar el estatus divino de la monarquía a través de una justificación religiosa. La reforma religiosa tenía en el fondo razones políticas ya que nunca se había afirmado de forma tan rotunda el dogma de la divinidad del faraón. Como ya no existía la obligación de acudir a un clero especializado, único con capacidad para servir de intermediario entre los hombres y un dios impenetrable. El faraón se transformó en ese intermediario privilegiado y único con la divinidad, logrando a través de su figura la percepción de lo divino, de Atón, en oposición al dios oculto, Amón.

    La importancia del faraón adquiere límites insospechados. Los textos oficiales parecen otorgar a Atón y a su Akhenatón el mismo rango, por ello se rodeaba el nombre de Atón con el cartucho de los reyes y se colocaba a continuación el epíteto real dotado de vida eternamente. Akhenatón, por su parte, se dejaba adorar como si fuera dios, sus nombres se encontraban al lado y ocupaban el mismo rango que los de Atón, como si el faraón participara plenamente de la dignidad de su padre divino.

    Akhenatón murió sin designar un sucesor. Poco tiempo después de su muerte, sus reformas se abolieron. Amón fue rehabilitado y vuelto a entronizar en sus templos, la capital se trasladó nuevamente a Menfis, quedando Akhetatón abandonada.
    La existencia de un único dios había sido implantada por una orden del rey. Y probablemente, por ello la población no siguió al monarca en sus ideas, por lo que al poco tiempo se desplomó por sí mismo el intento de implantar en Egipto un monoteísmo.

    Al parecer el pueblo apenas tuvo ocasión de apreciar el nuevo culto, el que prácticamente se encontraba restringido en torno a la figura del faraón. El pueblo continuo viviendo conforme a las bases religiosas tradicionales sobre todo en el culto a Osiris y el mundo de los muertos. El culto a Atón proclamaba admirablemente su amor a la vida y la belleza del universo, pero permanencia totalmente mudo frente al problema esencial de cualquier religión, el destino del alma después de la muerte.

    El culto a Atón llevó al límite la tolerancia del sentimiento religioso egipcio. Su sucesor, Tutankatón, “imagen viviente de Atón”, luego de restaurar el culto a Amón cambia su nombre por el de Tutankamón,“imagen viva de Amón”.
    El nombre del faraón Akhenatón será anatematizado, la ciudad y sus templos arrasados. Tan completa fue la venganza que son pocos los testimonios que han llegado hasta nosotros para reconstruir los acontecimientos y evaluar la personalidad y razones que guiaron al faraón Akhenatón.

    El Himno a Atón, atribuido al propio Akhenatón:

    Apareces resplandeciente en el horizonte del cielo,
    Oh Atón vivo, creador de la vida!
    Cuando amaneces en el horizonte oriental,
    Llenas todas las regiones con tu perfección.
    Eres hermoso, grande y brillante.
    Te elevas por encima de todas las tierras.
    Tus rayos abarcan las regiones
    Hasta el límite de cuanto has creado.
    Siendo Ra alcanzas sus límites,
    y los dominas para este hijo bienamado por ti (Akhenatón).
    (…) El que alimenta al hijo en el seno de su madre,
    el que lo tranquiliza para calmar su llanto.
    Nodriza en el seno,
    Dador del aliento
    Con que alimenta a todas sus criaturas (…)
    ¡Cuántas son tus obras,
    aunque estén ocultas a la vista,
    oh dios único aparte del cual no existe ninguno!

  • La Península de Crimea

    La Península de Crimea

    Su historia y el regreso
    a la Madre Patria

    El 16 de marzo de 2014 casi el 97% de los habitantes de la península de Crimea votaron a favor de la reunificación con Rusia. Dos días más tarde el presidente ruso Vladimir Putin alabó el hecho con un discurso histórico, en el que, según sus palabras el hecho de que la península es parte fundamental de Rusia era algo absolutamente indiscutible. ¿Qué significa Crimea para la nación rusa?, ¿cuáles son los hechos que nos permiten explicar que su población haya deseado tan ardientemente el regreso a la Madre Patria?.

    Crimea ha sido una verdadera obsesión para varias culturas. Desde tiempos remotos, la península de algo más de 26.000 km cuadrados, y ubicada estratégicamente en la costa norte del Mar Negro, ha sido poblada por diferentes pueblos, quienes atraídos por su geografía, su clima, sus recursos terrestres y marítimos han tratado de dominarla.

    Escitas, griegos, bizantinos, godos, hunos y turcos; sólo por nombrar algunos. Sin embargo, fuertes lazos históricos, culturales, militares y económicos la unen a Rusia. Es difícil expresar en toda su magnitud lo que Crimea representa en el sentimiento nacional ruso, pero la noción de una historia común, de un sentimiento nacionalista y de orgullo patrio compartido nos ayudan a hacernos una idea de porqué la península es para Rusia parte de su historia.

    La Tauris griega

    Los primeros vestigios de la historia de Crimea nos remontan a la antigüedad. Sus primeros habitantes se conocen en las fuentes antiguas como los cimerios, quienes se habrían establecido ahí alrededor del siglo XII a.C. fundando Kymeria o Cimeria.

    Siglos más tarde, alrededor del VII a.C., parte del territorio de la península fue ocupado por escitas de origen iranio. Y en la Crimea montañosa de la costa sur se asentaron los taurus, una tribu descendiente de los cimerios. Ambas tribus serían reducidas posteriormente por los ataques de los sármatas, también de origen iranio.

    Los antiguos griegos instalaron sus primeras colonias en la península en el siglo V a.C. y fueron los primeros en llamar a la región Tauris por los indígenas que la habitaban. Las ciudades griegas fueron estableciéndose a lo largo de toda la costa del Mar Negro, una de ellas será el puerto marítimo de Quersoneso, ubicada al sudeste de la península, en las afueras de la actual Sebastopol.

    Tauris, también llamada Táuride o Quersoneso Táurico, es en las antiguas leyendas griegas el lugar al que fue enviada Ifigenia luego de ser rescatada por la diosa Artemisa del sacrificio humano ordenado por Agamenón, su padre. Artemisa convirtió a la joven princesa en sacerdotisa de su templo, con la misión de sacrificar a los extranjeros que llegaran a esa tierra.

    En el siglo II a.C. la parte oriental de Tauris pasó a formar parte del Reino del Bósforo, para luego ser incorporada al Imperio Romano en el siglo I. En época romana comienza a difundirse el cristianismo, dejando importantes huellas. Crimea sería el lugar de sacrificio de San Clemente; quien, según la leyenda, fue deportado al Quersoneso Táurico y muere ahogado en sus aguas. Además, en el lugar predicaron el evangelio los hermanos Cirilo y Metodio, también conocidos como los apóstoles de los eslavos, quien provenientes de Tesalónica en el Imperio bizantino, se convirtieron en siglo IX en misioneros del cristianismo primero en Crimea, y después en la Gran Moravia.

    A lo largo de los siglos posteriores, y hasta el VIII d.C., Crimea fue invadida y ocupada sucesivamente por varios pueblos como godos, hunos, búlgaros y jázaros. Por su parte, la ciudad de Quersoneso quedó desde finales del siglo IV d.C. bajo la influencia del Imperio Bizantino.

    Del dominio del Rus de Kiev al Kanato de Crimea

    En la segunda mitad del siglo X, la zona oriental de Crimea fue conquistada por el príncipe Sviatoslav I de Kiev, pasando a formar parte del principado de la Rus de Kiev, el estado eslavo antiguo que es reivindicado hoy como origen por los estados modernos de Rusia, Bielorusia e Ucrania. Fue una época crucial para la historia de Crimea, en la que los eslavos de la Rus de Kiev comenzaron a habitar poco a poco todo el territorio de la península.

    El Gran Príncipe Vladimir I de Kiev, hijo de Sviatoslav, amplía las conquistas capturando la ciudad bizantina de Quersoneso. En ella, en el año 988 de nuestra era, fue bautizado bajo el rito ortodoxo. De regreso en su patria derribó monumentos paganos e inició la cristianización de los rus de Kiev. Una impresionante catedral ortodoxa rusa fue construida ahí para conmemorar este importante acontecimiento histórico.

    Sin embargo, el dominio de los rus de Kiev entró en decadencia a raíz de las invasiones de los mongoles. Entre 1239 y 1441 la península, salvo el territorio en manos bizantinas, quedó bajo el dominio de la Horda de Oro, el estado mongol que surge tras la ruptura del Imperio Mongol en la década de 1240.

    Después de la destrucción del ejército de la Horda Dorada en manos del  líder militar y político Tamerlán o Timur, serán los tártaros quienes se instalan en la península y fundan ahí el Kanato de Crimea en 1441, un estado tártaro e islámico con capital en la ciudad de Bakhchisaray. El kanato se convierte en protectorado otomano en 1475 y bajo esta protección, por más de trescientos años, controló no sólo la península de Crimea, sino también las costas y los territorios al norte del Mar Negro.

    La conquista rusa:
    una guerra religiosa

    Los antecedentes de la anexión del territorio del Kanato de Crimea al Imperio Ruso en  son múltiples. Desde el deseo de acceder al mar negro, crucial para la defensa militar del imperio en la frontera con el mundo musulmán, y hacer con ello viable su imagen de potencia en el continente europeo; hasta razones religiosas que le permitieron a los rusos reclamar Crimea como un lugar cristiano sagrado. Todas esas razones tomaron un carácter formal durante los años del reinado de Catalina la Grande.

    Como consecuencia de su derrota en la guerra ruso-turca de 1768 a 1774, los turcos se ven obligados a firmar el tratado de Kuchuck Kainarji, por medio del cual deben deponer su soberanía sobre el Kanato y conceder la independencia a los tártaros. Los rusos, por su parte, no ganaron muchos territorios pero si asumieron el derecho de proteger a la población cristiana ortodoxa.

    Los otomanos se mostraron reticentes a aceptar la independencia de Crimea, temiendo que muy pronto sería sometida por los rusos. Y así fue, aprovechando la débil independencia del Kanato, el Imperio Ruso de Catalina la Grande ocupa y anexiona Crimea en 1783 deponiendo a su último Khan, Sagin Giray.

    En opinión del historiador británico Orlando Figes, la anexión rusa de Crimea fue una amarga humillación para los turcos, se trataba del primer territorio musulmán que el Imperio Otomano perdía a manos de los cristianos.

    Catalina la Grande había tenido éxito en su esfuerzo por llevar a Crimea al seno de Rusia, lo que permitió salvar del olvido los vestigios de Quersoneso, cuna de la cristiandad eslava y símbolo sagrado dentro de la historia de Rusia. La antigua Táuride griega será a partir de entonces la Gubernia rusa de Táurida, el lugar en el que Rusia enlaza tanto con el mundo antiguo, como con la civilización helénica de Bizancio.

    En su primer viaje a Crimea, la Emperatriz Catalina definió a la península como una tierra de cuento de hadas de Las Mil y una Noche. De esa manera las tierras tártaras de Crimea pasarán a ocupar un lugar importante en el imaginario ruso, precisamente en el momento en el que Rusia de la mano de escritores, artistas y compositores buscaban la manera de definir el alma y el ser de los rusos.

    La Guerra de Crimea

    La península se verá enfrentada nuevamente a una guerra en 1853. Los afanes expansionistas del zar Nicolás I llevaron a Rusia a enfrentarse en Crimea con una alianza formada por el Imperio Otomano apoyado por el Reino Unido, Francia, y Piamonte-Cerdeña.

    Se trató de una guerra por territorio. Si el Imperio Otomano se derrumbaba, Rusia avanzaría y podría controlar una enorme franja de tierra desde los Balcanes hasta el Golfo Pérsico, de ahí la decisión del Reino Unido y Francia de apoyar a los turcos frente a la amenaza rusa.

    Pero fue además, y nuevamente, una guerra religiosa debido a la creencia cada vez más arraigada en el zar de que se trataba de una cruzada ortodoxa. El destino del Imperio Ruso era cumplir con la misión divina de defender a los cristianos ortodoxos del imperio islámico de los otomanos y llegar incluso a controlar Tierra Santa.

    Así en octubre de 1853 el zar Nicolás I exigió al sultán turco, a través de su emisario el príncipe Ménshikov, que le otorgara la protección de todos los habitantes ortodoxos del Imperio y la capacidad de intervenir en Palestina si la situación lo requería.

    Presionado por la diplomacia británica y francesa, el Sultán Abd-ul-Mejid I rechazó la petición provocando la invasión rusa de posesiones otomanas en el Mar Negro y el posterior desencadenamiento de la guerra.

    Fueron tres años de combates en las costas turcas, el Danubio y en la Península de Crimea que dejaron alrededor 800.000 muertos y episodios míticos como la  Batalla de Balaclava en la que se produjo la tristemente famosa Carga de la Brigada Ligera,  la batalla del río Alma o el asedio de meses al puerto de Sebastopol, ejemplo de coraje, valentía y resistencia del soldado ruso.

    La Guerra de Crimea fue la primera gran guerra industrial, en la que las viejas costumbres caballerescas chocaron con nuevas tecnologías. Se trató también del primer conflicto armado cubierto por periodistas, el primero en ser documentado y fotografiado ampliamente, el primero en emplear el telégrafo y, por cierto, un antecedente de la Primera Guerra Mundial.

    El Tratado de París de 1856 puso fin al conflicto, estableció la desmilitarización del Mar Negro y Rusia perdió sus posesiones en el Danubio y Besarabia lo que supuso un duro revés para la influencia rusa en la región.

    La guerra fue vivida como una terrible humillación para los  rusos, lo que exacerbó los ánimos contra Occidente, pero alimentó el sentido de orgullo nacional en aquellos hombres que lucharon por la defensa de Sebastopol, quienes sentían que sus sacrificios y los motivos cristianos por los que luchaban habían convertido su derrota en una victoria moral.

    La caída de Sebastopol se convirtió en un triunfo nacional y su capacidad de resistencia en un motivo de orgullo patriótico. Como consecuencia de la guerra se produjo un despertar nacional de Rusia que era reflejo de las actitudes heroicas del pueblo ruso durante la Guerra de Crimea .

    El convulso siglo XX

    Durante la Guerra Civil Rusa, y tras la revolución de octubre de 1917, Crimea se convierte en la base del anticomunista Ejército Blanco contra el Ejército Rojo. Sin embargo, tras la victoria de los comunistas en 1921, los bolcheviques anexionaron Crimea estableciéndola como República Autónoma Socialista Soviética de Crimea.

    Durante la Segunda Guerra Mundial Crimea sufrió duramente. En 1941 es invadida y ocupada por el ejército alemán, quienes en diez días alcanzaron Sebastopol. Tras un largo asedio de once meses, la ciudad fue destruida; sin embargo, los encarnizados combates por su defensa mostraron nuevamente la abnegación y el heroísmo de los soldados rusos.

    La reconquista soviética de Crimea se produce a partir de mayo de 1944. Stalin toma la decisión de acusar a los tártaros de Crimea de colaborar con la Alemania nazi, lo que significó la deportación de al menos 200.000 tártaros, permitiéndoseles regresar recién en 1989, bajo el gobierno de Mijail Gorbachov.

    Y será precisamente en Crimea, en la ciudad de Yalta, donde una vez terminada la guerra, en el lujoso Palacio de Livadia donde se celebró la histórica Conferencia de Yalta. En ella, Churchill, Roosevelt y Stalin en representación de las potencias ganadoras definieron cómo se organizaría el mundo después del conflicto, lo que marcará profundamente el curso de la historia hasta nuestros días. En ella se selló la división de Europa y se sentaron las bases de la Guerra Fría.

    Será en 1954 cuando la historia de Crimea tenga nuevamente un vuelco inesperado. El entonces presidente de la Unión Soviética Nikita Kruschev, de origen ucraniano, transfirió la península y convirtió a Crimea en parte de la República Soviética de Ucrania. Para muchos un error e injusticia histórica que debía ser reparada.

    Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991 Crimea se transformará en foco de disputas permanentes entre Rusia y Ucrania. En 1992 el gobierno de Kiev impidió la celebración de un referéndum sobre la independencia de Crimea apoyado por los rusos. Sin embargo, y a modo de concesión, se creó la República Autónoma de Crimea, ampliando sus derechos dentro de Ucrania, pero eso no bastó.

    Años más tarde, Kiev y Moscú firmaron un acuerdo que permitió el establecimiento de la Flota rusa del Mar Negro en la ciudad de Sebastopol. La ciudad, además de formar parte del imaginario ruso por las grandes hazañas heroicas protagonizadas por sus soldados, es de importancia estratégica para Moscú ya que le permite mantener control del Mar Negro y un rápido acceso y presencia naval en el Mar Mediterráneo.

    El regreso a Rusia

    En noviembre del año 2013, Viktor Yanukovich, en ese entonces presidente ucraniano, anunció que su gobierno abandonaría los planes de fortalecer lazos con la Unión Europea y, por el contrario, reafirmaría los vínculos con Rusia. Inmediatamente comenzaron las protestas de la población que anhelaba una Ucrania cada vez más unida a Europa.

    Las protestas y disturbios en Maidan, la plaza central de Kiev, fueron en ascenso. En febrero de 2014 manifestantes mueren en las confrontaciones, pero logran sacar a Yanukovich de la presidencia e instalar un gobierno provisional.

    El gobierno del Kremlin decide intervenir en la política ucraniana, tal vez por temor a que esas manifestaciones pudieran traspasarse eventualmente a Moscú.  A principios de marzo, el Presidente ruso Vladimir Putin envía tropas rusas a ocupar Crimea, había comenzado el plan por llevar de regreso a casa a la Península. Por su parte, el gobierno prorruso de Crimea declara la independencia del territorio y organiza un referéndum sobre su adhesión a Rusia.

    El domingo 16 de marzo, los resultados de ese plebiscito son casi unánimes. La votación demostró la convicción de que Crimea era parte de Rusia. Ni siquiera los grandes cambios del siglo XX, ni los más de veinte años en que fue parte de otra nación lograron alterar esa convicción. La anexión de Crimea fue celebrada tanto en Rusia como en la propia península. Crimea había conservado su alma rusa y deseaba el regreso a la madre patria.

    Según la constitución ucraniana y las leyes internacionales el referéndum fue inconstitucional. De eso, no hay dudas. Hoy ha pasado un año desde esos acontecimientos y a pesar de las presiones y sanciones occidentales en contra de Rusia, la situación sigue siendo la misma; nada ha podido hacerse en contra de esa anexión. Rusia sigue defendiendo la idea de que Crimea es parte fundamental de la nación ya que representa un capítulo en su historia sin el cual no existiría la Rusia actual.

      

  • Rasputin

    Rasputin

    El Monje Loco en la sombra de los últimos Romanov

    En diciembre de 2016 se cumplen 100 años del asesinato de Rasputín, el llamado Monje Loco, que gran influencia ejerció en los últimos zares de Rusia. Su muerte fue planeada como en una conspiración palaciega, como un servicio a la patria por parte de miembros de la nobleza. La historia de este hombre, llena de misterio, intrigas y sospechas, ha llenado por un siglo las páginas de los libros que desean comprender su real influencia en el trágico desenlace de la familia real rusa y en los acontecimientos que marcan el inicio de la Revolución Rusa de 1917.

    A comienzos del siglo XX el ambiente en San Petersburgo, capital del imperio ruso, era extraño. Los zares de la dinastía Romanov y toda la familia imperial, estaban cautivos, casi hechizados por un personaje tan extraño como difícil de definir. Grigori Yefímovich Rasputín, una mezcla de guía religioso, mago, adivino y taumaturgo.

    Había llegado a la corte unos años antes. De origen rural como la gran mayoría de los rusos de ese entonces, había nacido en 1869 en Pokróvskoe, en la  región de Tiumen, en  la Siberia Occidental donde vivió toda su infancia. De niño le impresionó mucho la muerte de su hermano mayor y muy pronto comenzó a mostrar una actitud hacia el sexo poco normal para un joven de su edad.

    A los diecinueve años se casó con Proskovia Fiódorovna, con quien tuvo cuatro hijos. Luego de unos años, inició una vida religiosa al decidir abandonar a su familia para residir en un pequeño convento en las cercanías. Hacia 1900 ya se había convertido en un strannik, una especie de peregrino o vagabundo religioso que iba de pueblo en pueblo predicando sus enseñanzas. Incluso habría viajado por Grecia y Jerusalén. Durante esta peregrinación Rasputín vivió de la caridad de los campesinos que encontraba a su paso.

    Muy pronto comenzó a adquirir fama de sanador y se convirtió en un especie de guía espiritual campesino. De mirada penetrante, modales muchas veces bruscos y groseros, pero de gran carisma y facilidad de palabra, impresionaba positiva y negativamente a todo aquel que le rodeaba. Era una especie de mago del pasado, entretenía con sus historias de Siberia y por sobre todo con las historias de los campesinos. Sus aparentes poderes místicos convirtieron a Rasputín en la sensación de la alta sociedad rusa.

    Los últimos Romanov

    La familia Romanov había gobernado el imperio por más de trecientos años. Desde fines del siglo XIX era el turno del zar Nicolás II, el último de los zares de Rusia. Su figura es controvertida y habitualmente ha sido considerado como un hombre débil e influenciable hasta el punto de ser incapaz de tomar una decisión por si sólo.

    Desde muy niño tuvo que familiarizarse con la muerte. Sin duda uno de los momentos que más marcó al joven Nicolás, en ese entonces de quince años, fue el asesinato de su abuelo, Alejandro II en 1881. El terrible acontecimiento dejó una huella imborrable en el futuro zar que al igual que su padre decidió aferrarse a la seguridad de la fórmula autocrática.

    Eran tiempos turbulentos que exigían poner en juego grandes habilidades políticas. Pero el zar fue incapaz de adaptarse a unas circunstancias políticas, sociales y económicas muy distintas de las que habían tenido que afrontar sus antecesores. A este respecto el historiador Nicholas Riasanovsky, en su obra Historia de Rusia estima que “…el último zar no carecía de cualidades, por ejemplo, la simplicidad, la modestia y el apego a su familia. Pero estos rasgos de carácter pesaban poco en una situación que exigía fuerza, resolución, flexibilidad y capacidad de prever los acontecimientos. Un segundo Pedro el Grande podría, quizá, haber salvado a los Romanov y a la Rusia imperial (…). Pero Nicolás II no era Pedro el Grande…”. El tiempo de la Rusia de los Zares se extinguía y Nicolás fue ciego a los signos de sus tiempos.

    Su matrimonio con la princesa alemana Alix de Hesse se celebró poco tiempo después de su ascensión al trono imperial. La princesa, huérfana de madre, había sido criada en la corte de su abuela materna, la Reina Victoria de Inglaterra, quien la consideraba una de sus nietas más queridas. La mayoría de los historiadores concuerdan, sin embargo, en que poco aprendió del espíritu liberal y parlamentario de aquella monarquía, al contrario se convirtió con los años en la más fiel defensora del control autocrático sobre la que sería su nueva patria.

    Como era tradicional en la corte rusa, Alix debió convertirse a la ortodoxia y cambió su nombre por el de Alejandra Fiódorovna. A pasar del rechazo del pueblo ruso por la princesa alemana a la que consideraban fría y distante, el matrimonio imperial se mantuvo unido hasta el trágico y desgraciado final de la familia imperial en 1918.

    Después de años de matrimonio y cuatro hijas, las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, la ansiedad se apoderó de la zarina Alejandra. Su obsesión era tener un hijo varón que se transformará en el heredero al trono.

    El zarévich Alekséi Nikoláyevich Romanov llegó al mundo el 12 de agosto de 1904. Pero  cuando apenas contaba con seis semanas de vida el niño comenzó a sangrar sin que hubiera manera de detener la hemorragia. Alekséi había nacido con una enfermedad que ponía en riesgo la continuidad de la dinastía: la hemofilia.  Esta condición heredada de su madre, significaba que un mal golpe podría significar la muerte del heredero.

    La obsesión del pasado de Alejandra por tener un hijo se transformaba ahora en una obsesión por salvar a ese niño de la muerte. La zarina se refugió en la Iglesia Ortodoxa pero ni su actitud devota ni su fe traían la calma. La enfermedad de Alekséi puso fin a cualquier atisbo de normalidad que pudiera existir en aquella familia que decidió guardar aquel secreto tras las puertas del palacio imperial.

    1905

    En ese ambiente de desesperación aparece en sus vidas Grigori Rasputín. A oídos de la zarina llegaron noticias de las increíbles habilidades del monje siberiano. Era el año 1905, año que se inicio, sin embargo, con graves problemas políticos para la familia imperial.

    En enero una protesta pacífica en San Petersburgo que pretendía entregar al zar una petición de mejoras salariales finalizó con el ejército reprimiendo violentamente a los manifestantes frente al Palacio de Invierno. Fue el Domingo Sangriento. El zar se vio obligado a iniciar una serie de reformas políticas, pero que no serán suficientes para evitar el inicio de una conmoción mayor.

    En el ambiente familiar las noticias eran buenas. Nicolás y Alejandra quedan gratamente impresionados en el primer encuentro con Rasputín. Incluso se le permitió al monje visitar el lecho del joven príncipe. Se produce entonces la primera milagrosa sanación y la hemorragia se detiene. El gran poder hipnótico de Rasputín había dado su primer resultado, la zarina se convence de que el monje campesino obraba milagros.

    Al parecer Rasputín era capaz de detener las hemorragias del zarévich mediante la hipnosis. Pero hay distintas teorías al respecto, algunas hablan de misteriosas drogas y otras de un estado psicológico generado por medio de la imposición de las manos del monje siberiano.

    Lo cierto es que la fama de Rasputín comenzó a crecer en la sociedad rusa. Tanto es así que el propio zar da la orden a la Ojrana, policía secreta del régimen zarista, de que protegiera a Rasputín, ya que todos querían ser recibidos por el famoso monje taumaturgo.

    A medida que el poder de Rasputín crecía, también lo hacían las leyendas sobre su vida.  Lo que ocurría en su departamento ubicado en la calle Gorójovaia 64 de San Petersburgo pronto se transformaría en el mayor rumor de la época. Se especulaba sobre su libertino estilo de vida y sobre su forma de vivir escandalosa, sus excesos con la bebida y el poco cuidado de su imagen. Pero lo más dañino políticamente fue el infundado rumor sobre su aventura amorosa con la Zarina Alejandra.

    A pesar de ello, el poder de Rasputín para sanar al pequeño Alekséi le aseguró la confianza de la familia real, convirtiéndose en uno de sus principales confidentes, sobre todo de Alejandra quien seguía dócilmente las sugerencias del “hombre santo”. Pero no sólo se convirtió en el consejero personal y médico de la familia, sino que comenzó a intervenir activamente en los asuntos políticos.

    Para la opinión pública de la época y sobre todo para una escéptica aristocracia, Rasputín parecía tener prisioneros a los zares. Gran parte de la nobleza comenzó a mirarlo con desconfianza, más aun cuando se opuso a la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial. Desde Siberia enviaba telegramas a Alejandra rogándole convencer al zar de no entrar en el conflicto: ¡Que Papá no haga la guerra! Porque la guerra significará el fin de Rusia y de vosotros. ¡Pereceréis todos!”.

    La I Guerra Mundial

    Pero el Zar Nicolás no quiso dejar pasar la oportunidad de ser protagonista de la historia y ubicar a Rusia al nivel de las grandes potencias europeas. Por ello, no sólo  se alió a Francia e Inglaterra y declaró la guerra a Alemania, sino que decidió asumir el mando supremo del ejército y dirigir personalmente a las tropas de 15 millones de soldados mal armados y poco abastecidos en el frente de batalla.

    El mando del gobierno y los asuntos internos quedaron en manos de la zarina, quien se convertía en el verdadero autócrata, y tras ella, en las sombras, el monje. Alejandra se jactaba de ser la primera mujer en Rusia que recibía a ministros desde tiempos Catalina la Grande.

    Rasputín la animaba en esos delirios de grandeza y la manipulaba en favor de sus propias pretensiones políticas y con el objetivo de dirigir estrechamente al zar Nicolás, a quien calificaba de “Hijo de Dios” y “Alma Cándida”, para que no cometiera errores. El principal, en ese momento, la participación de Rusia en la guerra. Por ello le escribe, instándolo a retirar al país del conflicto y firmar la paz con Alemania:

    Querido Amigo. Lo digo una vez más. Una nube terrorífica cubre Rusia. Desgracia y pena inmensas, noche sin claridad sobre un mar de lágrimas sin límites. Y pronto la sangre […]. Tú eres el Zar, el Padre del Pueblo; no permitas que los dementes se salgan con la suya y pierdan al pueblo. De acuerdo, se vencerá a Alemania. Pero ¿y Rusia? Cuando pienso en ella, no veo víctima más desolada en todos los siglos. Está toda ella ahogada en sangre. Sus palabras eran proféticas y su influencia cada vez mayor. Existen antecedentes de que las intrigas del monje llegaron a tal punto a finales de 1915 de maquinar una abdicación de Nicolás II en beneficio del zarévich quien gobernaría bajo la regencia de la emperatriz, lo que habría significado para Rasputín detentar todo el poder del Imperio.

    En este período, la evolución política de Rusia encaminaba al país a una de las mayores revoluciones de la historia; los siglos de férrea autocracia y la grave situación económica de la gran mayoría de la población habían convertido a Rusia en el caldo de cultivo perfecto para la agitación revolucionaria. Y precisamente en ese momento crítico de la historia la situación de la familia imperial se encontraba absolutamente entrelazada con los acontecimientos históricos.

    Alejandra, calificada como su Eminencia Gris, controlaba de un modo evidente a su esposo e incluso, pasando por encima de él, a sus ministros. El zar parecía no saber lo que verdaderamente ocurría a su alrededor, y nunca se atrevió a oponerse a una decisión de la zarina. Así en sus diecisiete meses del gobierno Alejandra manejaba el gobierno en términos de amigos y enemigos de la causa llevada a cabo por ella y por Rasputín. La consecuencia fue que Rusia tuvo, entre otros, a cuatro primeros ministros, cinco ministros del interior, tres ministros de relaciones exteriores. Ello no sólo dejó fuera del poder a los hombres más competentes, sino que además generó desorden y desorganización en el trabajo del gobierno.

    Hacia septiembre de 1916 la molestia y sospechas de la aristocracia por el poder de Rasputín llegaron a un punto culmine. En una reunión de la Duma, su presidente, Mijail Rodzianco se refiere al monje diciendo: Él ha marcado el comienzo de la decadencia de la sociedad rusa y la pérdida de prestigio de la corona y del mismo zar. Desde este momento la vida de Rasputín corría peligro.

    La Muerte de Rasputín

    Durante meses y con la participación del gran duque Dimitri, de Vladimir Pouritchkevitch, miembro del parlamento, del médico Lazovet, del capitán Soukhotin y de algunas personas del servicio de su palacio, el príncipe Félix Yusúpov tramó una conspiración para poner fin a la vida y nefasta influencia del monje.

    Yusúpov, miembro de la familia real, era hijo de una de las familias más ricas y antiguas de Rusia y esposo de una sobrina del zar. La aristocracia de la cual él era parte no podía asumir lo que estaba ocurriendo; el monje loco era para ellos un obstáculo, por lo que debía ser eliminado.

    El 29 de Diciembre de 1916, Rasputín es invitado a una velada en palacio Yusúpov ubicado a orillas del Moika. El vino y la comida estaban envenenados con cianuro. Rasputín bebió y comió sin que nada hiciera efecto. El príncipe entonces decide disparar, pero el monje de Siberia parecía inmortal. El nerviosismo se apoderó de los conspiradores que no tuvieron otra salida que rematarlo a tiros y deshacerse del cadáver arrojándolo, desde el puente Petrovski a las heladas aguas del Neva.

    Dos días después, el cuerpo fue recuperado. La autopsia reveló que los pulmones estaban llenos de agua, los brazos en posición vertical, como si hubiese intentado salir de las aguas. Rasputín había muerto ahogado.

    Yusúpov y compañía, protegidos por su condición, nunca fueron acusados directamente del crimen. La orden del zar fue deportarlos, el príncipe Félix a su hacienda de Rakitnoe  y el gran duque Dimitri a Persia. El destierro les salvaría la vida.

    Algunas investigaciones y documentales recientes ofrecen una nueva versión no oficial ni aceptada sobre lo que ocurrió aquella noche. Agentes británicos, conscientes de que Rasputín era una de las personas más influyentes en Rusia y que abogaba por un tratado de paz con los alemanes, habrían estado implicados en el asesinato.

    El cuerpo de Rasputín  fue enterrado en el parque del palacio Tsárskoye Seló, y luego de la Revolución de 1917, por orden del jefe del gobierno provisional Alexander Kerenski, el cuerpo de Rasputín fue desenterrado y quemado. Pero más allá de las controversias respecto a la muerte y autopsia, el asesinato del monje puso fin simbólicamente a una etapa, la de los zares, y de alguna manera dio inicio al período revolucionario en Rusia.

    Su profecía final

    Poco antes de morir, Rasputín habría dirigido una carta al zar Nicolás II, en ella hacia un vaticinio inquietante para los Romanov ya que suponía la muerte no sólo del zar sino que de toda la familia imperial:

    (…) Tengo el presentimiento de que moriré antes del 1 de enero [1917]. Le escribo al pueblo ruso, a Papá [el Zar Nicolás], a Mamá [la Zarina Alejandra] y sus hijos, a toda la Patria Rusia, aquello que ellos deben saber y comprender. (…) Si voy a ser asesinado por gente común, especialmente por mis hermanos los campesinos rusos, entonces el zar de Rusia no debe preocuparse por sus hijos, que reinarán en Rusia otros cien años (…) Pero si soy asesinado por los boyardos y nobles te digo a ti que ninguno de tu familia, ninguno de tus hijos, vivirán más de dos años (…) Ellos serán asesinados por el pueblo ruso. Y si viven rogarán a Dios la muerte, pues verán la desgracia y la vergüenza de la tierra rusa, la llegada del anticristo, la pestilencia, la pobreza: serán profanados los templos y escupirán en los santuarios donde todos se volverán cadáveres. Tres veces 25 años los bandidos de negro, sirvientes del anticristo, destruirán al pueblo ruso y a la fe ortodoxa. Y la tierra rusa perecerá. (.…)Voy a ser asesinado. Ya no estoy entre los vivos. Reza, reza, se fuerte, piensa en tu familia bendecida(…). Grigori.

    Sólo unos pocos meses después de la muerte de Rasputín, Nicolás II abdicó como zar en marzo de 1917. Y menos de dos años más tarde ningún miembro de la familia real  sobrevivió en Ekaterimburgo, fueron ejecutados por una orden del gobierno bolchevique en la madrugada del 17 de julio de 1918.

    Finalmente tanto el zar como su familia fueron arrastrados por una revolución de la cual ellos, al parecer, eran absolutamente ajenos. Desde finales de 1916 y el fin de Rasputín, la agitación cada vez mayor del movimiento obrero, las constantes conspiraciones políticas comenzaron a ser una muestra del agotamiento del sistema, siglos de autocracia y servidumbre, sin posibilidad para reinventarse o generar algún cambio verdadero hacían más que probable la llegada de la revolución. Alejandro Muñoz Alonso describe aquel momento como si desde las entrañas de la Tierra rusa, la aplazada Revolución de 1905 pugnara por salir a la superficie para retomar la marcha que la represión no la había permitido completar. La revolución estalló y ejerció desde el principio, y no sólo desde la etapa de Stalin, una crueldad verdaderamente inconcebible.

  • San Petersburgo

    San Petersburgo

    La joya de Pedro el Grande

    San Petersburgo es una una de las ciudades más grandes de Europa, hoy la segunda ciudad más poblada de Rusia. Fue la capital del imperio ruso por más de 200 años. Conocida como la ciudad de los tres nombres, coloquialmente los peterburgueses y rusos en general llaman a esta metrópolis Peterburg o de manera aún más familiar Píter. El centro de la ciudad, junto a monumentos en sus alrededores, son considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1990.

    Tres han sido las ciudades más importantes para la historia de Rusia. Kiev, la ciudad madre, Moscú, el corazón y San Petersburgo, su cabeza. Situada en el noroeste del país, en la costa del mar Báltico, San Petersburgo siempre ha tenido una importancia estratégica para Rusia. Imaginada, ideada y creada por el Zar Pedro el Grande, es para muchos la ciudad más bella de Rusia y la que representa el apogeo de la Rusia imperial. 

    La joya del Neva, como también es conocida, es la ciudad que enlaza a Rusia con Occidente. Es el bastión de la Rusia europea y occidental, cuya contraparte es Moscú como la ciudad que representa a la Rusia eslava y asiática. 

    Para entender su origen es necesario adentrarse en uno de los reinados más importantes para la historia de Rusia, el del Zar Pedro el Grande de la Dinastía Romanov. Hijo del zar Alejo I, Pedro gobernó desde 1682 hasta su muerte en 1725 y durante su reinado se vivió una las épocas de mayor esplendor en Rusia. 

    Fue proclamado como el zar de todas las Rusias, y con sus reformas logró transformar a la Rusia Moscovita en una de las principales potencias europeas. Desarrolló la industria, el comercio, la educación y las ciencias, reorganizó el Ejercito y la Armada. Todo de acuerdo a lo que vio en los años en los que viajó y estudió en Europa. 

    Pedro no sentía mayor apreció por Moscú ni por su nobleza. Por ello uno de las reformas por él emprendidas significó un cambio en el estilo de vida de la sociedad rusa. Mandó a la nobleza a cortar los abrigos, las barbas y el pelo, símbolos tradicionales de los viejos boyardos, principales nobles de Moscovia. Ordenó, por el contrario usar pelucas y tacos altos, muy al estilo de la Europa de entonces. 

    Amplió las fronteras del imperio enormemente. Sin embargo, a fines del siglo XVII, Rusia no contaba durante la mayor parte del año con una sálida viable hacia el mar, lo que limitaba su poder y su crecimiento económico. Pedro lo sabía, por ello el sueño del joven zar, era corregir esta situación y conseguir así la supremacía marítima rusa. 

    La pregunta era por dónde lograrlo, por el Mar Negro o por el Báltico. Dado que no podía hacerlo hacía el sur ya que había firmado la paz con el Imperio Otomano que controlaba el acceso al Mar Negro, Pedro apuntó en dirección contraria, hacia el Báltico, controlado por Suecia desde medio siglo antes.  

    Por esa razón el zar decidió involucrarse en la Guerra del Norte y declaró la guerra a Suecia. Su primer intento contra el rey Carlos XII terminó en el desastre de la Batalla de Narva de 1700. Pero su creencia de que lo imposible podía ocurrir lo hizo seguir adelante. El historiador británico Orlando Figues en su obra El Baile de Natasha, relata que en una neblinosa mañana de la primavera de 1703 “una docena de jinetes rusos cabalgaban por las desoladas y yermas tierras pantanosas donde del río Neva desemboca en el mar Báltico. Estaban buscando un sitio donde construir una fortaleza contra los suecos. (…) para el Zar que encabezaba esa pequeña tropa de exploradores, la visión de aquel río ancho y lleno de recodos que desembocaba en el océano era una promesa y una esperanza. Desmontó su caballo. Con su bayoneta, cortó dos tiras de turba y las dispuso en forma de cruz sobre el suelo pantanoso. Entonces, él, Pedro, dijo: aquí habrá una ciudad”. 

    Y así fue, pero pocos lugares podrían haber sido más inadecuados para levantar una gran metrópolis: pantanos, marismas, bruma, nieve, animales feroces y un río que se helaba casi la mitad del año hacían del terreno un lugar no apto para ser habitado por los hombres. Sin embargo, la voluntad férrea de Pedro hizo que, tras algunos triunfos sobre los suecos, decidiera levantar inmediatamente una fortificación en la pequeña isla Záyachi. Se inició así la construcción de la fortaleza de Pedro y Pablo. El hecho se considera el acto de fundación de San Petersburgo, en mayo de 1703. Pedro la bautizó como la ciudad de San Pedro, en honor del apóstol, su santo patrono. Pero lo hizo a la manera holandesa y alemana, rechanzando el de Petrogrado.  

    La ciudad se construyó con un ritmo vertiginoso para la época. Pedro se inspiró en Venecia y en Amsterdam para la creación de la ciudad promoviendo la construcción de canales en las calles. Hizo traer a arquitectos e ingenieros franceses, alemanes e italianos como Doménico Trezzini, los que se involucraronen en el desarrrollo y construcción de la ciudad, uno de los núcleos urbanos más espléndidos y armoniosos de Europa.

    Una enorme fuerza laboral de siervos fue traída desde todos los rincones del imperio. La cuota anual llegó a ser de 40.000 hombres que se trasladaban sólo con sus pertenencias para trabajar en hacer realidad el sueño del zar. Llegaban ahí a pasar hambre, frío y vivir en condiciones extremas muriendo gran catidad de ellos. Se calcula que la mortalidad entre los trabajadores en ocasiones alcanzaba incluso el 50 %.

    Mientras se construía, los siervos encontraban agua a poco más de un metro de profundidad, por ello la ciudad y sus cimientos se contruían arrojando a los pantanos troncos y basura. Pero pese a los inconvenientes del lugar, el zar decidió seguir adelante con su empresa. La necesidad de maderas y piedras para crear cimientos sólidos lo llevaron a tomar medidas urgentes. Mandó traer madera de la región del Ládoga y de Nóvgorod. Y dio ódenes para conseguir las piedras para las edificaciones a cualquier precio. Estipuló, cuotas que debía aportar todo aquel que quisera comerciar en la naciente ciudad y luego prohibió que se construyera en Moscú y más tarde en cualquier parte del imperio con este material. Todo el esfuerzo y recursos del Imperio debían estar al sevicio de la creación de Pedro. 

    A pesar de las dificultades, Pedro la hizo realidad. La imaginación popular hizo creer a los rusos de que la ciudad tenía un plan celestial. Pedro la había construido en el cielo y luego la había hecho desdender al suelo. 

    Rápidamente se construyeron un gran número conjuntos de arquitectura barroca y neoclásica y se iniciaron las obras de un astillero, el Almirantazgo, que luego se convertiría en el cuartel general de la armada rusa. En 1712 la ciudad ya estaba lista para convertirse en capital del Imperio, lo que no gustó a los más tradicionalistas de la Iglesia ortodoxa rusa. Moscú era la capital patriarcal, símbolo de la Santa Rusia, la Tercera Roma. 

    La ciudad había tenido un crecimiento asombroso, hasta el punto que tenía cerca de 34.000 habitantes cuando Pedro la declaró capital del Imperio, medida que contribuyó aún más a su florecimiento. Alemanes, finlandeses, suecos, armenios, tártaros y representantes de muchas otras nacionalidades comenzaron a establecerse ahí desde principios del siglo XVIII.

    Ese mismo año, Pedro ordenó la construcción a orillas del Neva del Palacio de Invierno, icono de la ciudad que ha sido reedificado en diversas ocasiones a lo largo de la historia. El actual cuenta con unas 1.100 habitaciones y forma parte del céntrico museo, el famosísimo Hermitage.

    Pero Pedro muere en 1725 a los 52 años, antes de ver el mayor esplendor de la ciudad y sus restos descansan hoy en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Un poco más de un siglo después uno de los más grandes poestas rusos y creador de la literatura rusa moderna, Aleksander Pushkin, escribirá “El Jinete de Bronce” donde dirá de Pedro el Grande, como una especie de profecía a posteriori: “Y pensaba: Desde aquí amenazaremos a los suecos. Aquí se edificará una ciudad que encolerizará a nuestro altivo vecino. Aquí la naturaleza nos ordena abrir una ventana sobre Europa”.

    Y efectivamente San Petersburgo será aquella ventana, y no sólo eso. Será, en plabras de Orlando Figues, una puerta abierta a través de la cual Europa entraba en Rusia y los rusos entraban en el mundo. Ser ciudadano de San Petersburgo significaba dejar atrás las costumbres atrasadas del pasado ruso de Moscú y entrar, como ruso europeo, al mundo moderno occidental.  

    Pedro falleció sin dejar un heredero digno y fuerte, una de las páginas más oscuras de su reinado. Tras su muerte le sucedieron una serie de reinados débiles hasta la coronación de la emperatriz Catalina II la Grande. Princesa alemana de nacimiento, sucedió en el trono a su marido Pedro II, sobrino de Pedro el Grande. Ávida de poder hizo todo lo posible por parecer rusa pura, aprendió el idioma, se convirtió a la fe ortodoxa y no tuvo dudas de que el destino de Rusia, estaba absulotamente ligado al suyo. Su misión era acercar a Rusia al resto del mundo y lograr la gloria de aquel país en el que Dios la había puesto.  

    Catalina expandió ampliamente el imperio. A expensas del Imperio Turco logró cumplir el otro sueño de Pedro el Grande, al dominar los puertos del Mar Negro en 1783 cuando ocupa y anexiona Crimea deponiendo a su último Khan, Sagin Giray. La  Gubernia rusa de Táurida transformó a Rusia en una potencia meridional.

    Desde San Petersburgo, Catalina siguió con atención las novedades parisinas y se transformó en protectora de ilustrados e intelectuales franceses quienes dominaban la vida artística y cultural del momento. La metropoli se transformó en una ciudad ilustrada y Catalina contribuyó mucho al embellecimiento de la ciudad. 

    Ansiosa de obtener legitimidad a los ojos del pueblo y ser relacionada con la figura de Pedro ordenó la construcción de una estatua en bronce como forma de homenajearlo. Por consejo de Denis Diderot con quien Catalina intercambiaba correspondencia encargó al escultor francés Étienne-Maurice Falconet la creación de la obra. El Jinete o Caballero de Bronce, que recibe este nombre por la influencia del poema homónimo de Pushkin lleva la inscripción “Catalina Segunda a Pedro Primero, 1782”.

    A pesar de la difícil situación financiera, la emperatriz gastó sus últimos años y casi sus últimos rublos en fundar el mueso de El Hermitage y dotarlo de valiosísimas obras de arte y en construir pretenciosos y majestuosos palacios, la mayoria para sus favoritos. El Palacio Táuride, para el artífice de la anexión de Crimea, Grirori Potemkin. Gatchina a 45 km de San Petersburgo, para el Conde Grigori Orlov. Y Tsarskoe Selo, en las inmediaciones de la capital. Hoy Pushkin, en honor al poeta quien estudió en el Liceo de la ciudad, contruído en 1811 por órdenes del Zar Alejandro I. 

    Con los reinados de los sucesores de Pedro y Catalina se construyeron en la ciudad el resto de los que hoy son sus principales atractivos turísticos. Con ello, San Petersburgo se convirtió en el centro político, cultural, científico, comercial e industrial de Rusia.  Y Rusia en una de las potencias hegemónicas de Europa. 

    El zar Alejandro I, nieto favorito de Catalina, será el salvador de Europa al triunfar sobre Napoleón y ser protagonista del Congreso de Viena. Pero al interior del Imperio la situación emperoraba, la posibilidad de perder la soberanía nacional había generado una heroíca lucha del pueblo ruso contra los invasores franceses, una Guerra Patria, pero a su regreso se encontraron con que la autocracia, la servidumbre y la politica de Alejandro se volvía cada vez más autoritaria. 

    San Petersburgo será el lugar donde comiencen a manifestarse los primeros síntomas de descontento. Tras la muerte de Alejandro en 1825, un grupo de jóvenes liberales rusos, que venían soñando con cambios, creen que ha llegado el momento de llevar a cabo una serie de reformas tendientes a establecer un tipo de monarquía que consagre sus aspiraciones más democráticas. 

    El zar había muerto sin hijos, y le corresponde al gran duque Constantino ocupar el poder. Las sociedades secretas lo apoyan, sin saber que Constantino, en ese momento en Varsovia, había renunciado al poder en favor del tercer hermano, el gran duque Nicolás. Mientras se dilucidaba la sucesión entre los dos hermanos, los rebeldes aprovecharon la situación para organizar una insurrección con el fin de restringir e incluso derrocar la autocracia. Los sublevados tomaron la Plaza del Senado en San Petersburgo, hoy Plaza Decembrista. El resultado será la Revolución Decembrista de diciembre de 1825, la que será duramente sofocada por el nuevo Zar Nicolás.

    San Petersburgo se transforma así en el lugar de fermentación de los movimientos revolucionarios, que poco a poco serán protagonistas de la historia rusa en la medida que nos acercamos al siglo XX. No sin antes ser la ciudad en la que es asesinado el Zar Alejandro II, víctima de un atentado. 

    Alejandro había iniciado una serie de reformas que llegaron demasiado tarde. El 13 de marzo de 1881 el zar se dirigió al Cuartel de la Manege en San Petersburgo para revisar los regimientos de la Guardia de Infantería cuando es alcanzado por un explosivo que le destruyó ambas piernas y horas más tarde le provocó la muerte. Alejandro murió rodeado de los miembros de la familia Románov, uno de ellos su nieto de trece años de edad, el que luego sería Nicolás II, último zar de Rusia. 

    En el lugar exacto del atentado, se erigió en 1883 una catedral por orden de Alejandro III en homenaje a Alejandro II. Ubicada a orillas del canal Griboedov, la Catedral de la Sangre Derramada es el típico ejemplo de la llamada arquitectura al estilo ruso. Nueve cúpulas, algunas doradas y otras esmaltadas, con una altura de 81 metros la más alta, su construcción demoró mas de 20 años, siendo finalizada recién en 1907.

     A raíz de lo ocurrido Alejandro III refuerza aun más la autocracia, mientras San Petersburgo crece y se transforma en la cuna cultural de Rusia, inspiración de poetas, artistas, músicos y escritores. Pero aumenta también su industrialización, y con ello la mano de obra que verá como empeoran sus condiciones de trabajo y forma de vida. Los intelectuales emigran a Europa para evitar la persecución y entran en contacto con las ideas de Marx.

    En San Petersburgo se gestaron las dos grandes revoluciones del Siglo XX. La de 1905 que limitó el poder de los zares y estableció la Duma. Y la de 1917 que puso fin al régimen zarista, exterminó a los últimos representantes de la dinastía Romanov y finalizó en la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS.

    A comienzos del siglo XX el descontento era generalizado. Rusia se había transformado en el caldo de cultivo necesario para la revolución. La ineficacia del zar se reflejó abruptamente en 1905 cuando Japón derrota a la que se consideraba una gran potencia europea. Y luego cuando una protesta pacífica en San Petersburgo que pretendía entregar al zar una petición de mejoras salariales, terminó siendo violentamente reprimida frente al palacio de invierno.

    Los intentos posteriores de otorgar mayores libertades, no fueron suficientes porque el tiempo para la Rusia de los Zares se acercaba a su fin. En 1914 estalla la I Guerra Mundial. El Zar Nicolás II no quiso dejar pasar la oportunidad de ser protagonista junto a las demás potencias europeas. Alrededor de 15 millones de soldados mal armados y poco abastecidos fueron enviados al frente de batalla dirigidos por el propio Zar. Dejando el mando del gobierno en San Petersburgo en manos de la Zarina Alejandra, quien estaba fuertemente influenciada por el monje Grigori Rasputín quien había llegado a vivir y a encandilar a la sociedad peterburguesa en 1903. 

    Al empezar la guerra, la capital del Imperio cambió su nombre de San Petersburgo, por sus evidentes resonancias alemanas, a Petrogrado, de contundentes raíces rusas y mucho más patriótico para el juicio de las autoriades de entonces. 

    El soviet de San Petersburgo será el motor principal de la agitación revolucionaria. Con el estallido de la revolución en 1917 la ciudad se convierte en el centro de la rebelión que provoca la caida del régimen del zar. Luego, tras una efímera experiencia liberal, el líder bolchevique Vladimir Ilich Ulianov, Lenin liderará el golpe de Estado en San Petesburgo contra el gobierno provisional de Kerensky. Y bajo la promesa de “Paz, Tierra y Pan” en octubre de 1917 triunfa la primera revolución comunista de la historia. 

    Una de las primeras medidas del régimen será en marzo de 1918 trasladar la capital nuevamente, y luego de 200 años, a Moscú. El Ejército Rojo organizado bajo la férrea disciplina de León Trotsky puso fin a la guerra civil entre blancos y rojos el 25 de octubre de 1922. Nace la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dos años más tarde, en 1924, ante la muerte de Lenin la ciudad de San Petersburgo cambió nuevamente su nombre por el de Leningrado, en honor al líder de la revolución. Y así permanecerá por años.  

    La ciudad de Petrogrado primero y Leningrado después, sobrevivió a las dos  revoluciones, a la I Guerra Mundial, a la creación de URSS, a la pérdida de la capitalidad, a las matanzas comunistas y las purgas de Josif Stalin. Pero, sin lugar a dudas, el pasaje más dramático y traumático fue la II Guerra Mundial, cuando la ciudad fue sitiada por las fuerzas armadas de la Alemania nazi durante 29 meses, quienes la bombardearon constantemente y la bloquearon para que no pudiera abastecerse. 

    La metropoli sobrevivió y tras la derrota de Alemania en 1945, la ciudad fue nombrada Ciudad Heróica por las autoridades soviéticas. Tras el fin de la guerra se iniciaron las labores de reconstrucción muchas de las cuáles continúan hasta el día de hoy. En 1991, luego del fin de la Unión Soviética y tras un plebiscito, la ciudad volvió a recobrar su nombre: San Petersburgo, para muchos la ciudad más bella de Rusia. 

    En esta ciudad:

    • Se encuentra la mayor pinacoteca del mundo, el mueso estatal Del Hermitage. Fundado Catalina II en 1764. La emperatriz era una gran amante del arte, su colección era sorprendente e incluía destacadas obras de arte de artistas famosos como Rembrandt, Rubens, Tiziano, Rafael, Miguel Ángel. Hoy es un conjunto arquitectónico de 6 edificios que incluye el Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares. Abrió sus puertas al público en 1852, en tiempos de Nicolás I. El Hermitage atesora más de 3 millones de obras de arte de todo el arte repartidas en  450 salas. 
    • Ahí muere Aleksander Pushkin en 1837, padre y fundador de la literatura rusa moderna. Y considerado por los rusos como el más grande de sus escritores. Otro de los grandes Nikolai Gogol, muerto en 1852 escribió varios de sus más famsos  cuentos inspirado en la ciudad de San petersbrugo. A la ciudad llegará a vivir, escribir y morir en 1881 Fiodor Dostoyevski, uno de los más grandes escritores de la literatura universal. Ahí transcurre su obra Crimen y Castigo reflejo la vida y las costumbres de San Petersburgo.
    • En San Petersburgo triunfó y murió en 1840 uno de los más grandes compositores de todos los tiempos Piotr Ilich Tchaikovski. Sus clásicos como El Lago de los Cisnes o El Cascanueces se encuentran dentro de las obras de música clásica más famosas del mundo. 
    • En la ciudad se encuentra el mundialmente famoso Teatro Mariinsky. Construido inicialmente en 1783 bajo el reinado de Catalina II, pero que en aquel entonces se llamaba el Gran Teatro, ha sobrevivido a varios incendios y ha sido reconstruido y renovado varias veces, hasta que en 1848, un nuevo edificio fue construido en la Plaza del Teatro. Es sede del célebre Ballet Mariinski.
    • La Venecia del Norte, como también es conocida, es una ciudad rodeada de agua. Además del río Neva, recorren la ciudad el río Fontanka, el río Bolshaya Nevka, el río Moyka y otros ríos más pequeños. En la ciudad hay más de un centenar de lagos y lagunas y tiene un total de 800 puentes, 218 de ellos son peatonales. 
    • La Catedral de San Isaac, la de la cúpula dorada, está ubicada en la plaza del mismo nombre. Ahí se encuentran también edificios de gobierno, entre ellos el edificio de la Asamblea Legislativa y el Palacio Mariinsky. La catedral fue construida en honor a San Isaac de Dalamcia en el años 1858. Diseñada por Auguste Montferrand, su cúpula tiene una altura de 101 metros. En 1928 la catedral fue cerrada y sirvió como un museo antireligioso. Durante la II Guerra Mundial sufrió graves daños. Pero fue renovada y hoy luce nuevamente majestuosa y hermosa. Recién en el año 1992 se volvieron a realizar servicios religiosos en la catedral.