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Rasputin

El Monje Loco en la sombra de los últimos Romanov

En diciembre de 2016 se cumplen 100 años del asesinato de Rasputín, el llamado Monje Loco, que gran influencia ejerció en los últimos zares de Rusia. Su muerte fue planeada como en una conspiración palaciega, como un servicio a la patria por parte de miembros de la nobleza. La historia de este hombre, llena de misterio, intrigas y sospechas, ha llenado por un siglo las páginas de los libros que desean comprender su real influencia en el trágico desenlace de la familia real rusa y en los acontecimientos que marcan el inicio de la Revolución Rusa de 1917.

A comienzos del siglo XX el ambiente en San Petersburgo, capital del imperio ruso, era extraño. Los zares de la dinastía Romanov y toda la familia imperial, estaban cautivos, casi hechizados por un personaje tan extraño como difícil de definir. Grigori Yefímovich Rasputín, una mezcla de guía religioso, mago, adivino y taumaturgo.

Había llegado a la corte unos años antes. De origen rural como la gran mayoría de los rusos de ese entonces, había nacido en 1869 en Pokróvskoe, en la  región de Tiumen, en  la Siberia Occidental donde vivió toda su infancia. De niño le impresionó mucho la muerte de su hermano mayor y muy pronto comenzó a mostrar una actitud hacia el sexo poco normal para un joven de su edad.

A los diecinueve años se casó con Proskovia Fiódorovna, con quien tuvo cuatro hijos. Luego de unos años, inició una vida religiosa al decidir abandonar a su familia para residir en un pequeño convento en las cercanías. Hacia 1900 ya se había convertido en un strannik, una especie de peregrino o vagabundo religioso que iba de pueblo en pueblo predicando sus enseñanzas. Incluso habría viajado por Grecia y Jerusalén. Durante esta peregrinación Rasputín vivió de la caridad de los campesinos que encontraba a su paso.

Muy pronto comenzó a adquirir fama de sanador y se convirtió en un especie de guía espiritual campesino. De mirada penetrante, modales muchas veces bruscos y groseros, pero de gran carisma y facilidad de palabra, impresionaba positiva y negativamente a todo aquel que le rodeaba. Era una especie de mago del pasado, entretenía con sus historias de Siberia y por sobre todo con las historias de los campesinos. Sus aparentes poderes místicos convirtieron a Rasputín en la sensación de la alta sociedad rusa.

Los últimos Romanov

La familia Romanov había gobernado el imperio por más de trecientos años. Desde fines del siglo XIX era el turno del zar Nicolás II, el último de los zares de Rusia. Su figura es controvertida y habitualmente ha sido considerado como un hombre débil e influenciable hasta el punto de ser incapaz de tomar una decisión por si sólo.

Desde muy niño tuvo que familiarizarse con la muerte. Sin duda uno de los momentos que más marcó al joven Nicolás, en ese entonces de quince años, fue el asesinato de su abuelo, Alejandro II en 1881. El terrible acontecimiento dejó una huella imborrable en el futuro zar que al igual que su padre decidió aferrarse a la seguridad de la fórmula autocrática.

Eran tiempos turbulentos que exigían poner en juego grandes habilidades políticas. Pero el zar fue incapaz de adaptarse a unas circunstancias políticas, sociales y económicas muy distintas de las que habían tenido que afrontar sus antecesores. A este respecto el historiador Nicholas Riasanovsky, en su obra Historia de Rusia estima que “…el último zar no carecía de cualidades, por ejemplo, la simplicidad, la modestia y el apego a su familia. Pero estos rasgos de carácter pesaban poco en una situación que exigía fuerza, resolución, flexibilidad y capacidad de prever los acontecimientos. Un segundo Pedro el Grande podría, quizá, haber salvado a los Romanov y a la Rusia imperial (…). Pero Nicolás II no era Pedro el Grande…”. El tiempo de la Rusia de los Zares se extinguía y Nicolás fue ciego a los signos de sus tiempos.

Su matrimonio con la princesa alemana Alix de Hesse se celebró poco tiempo después de su ascensión al trono imperial. La princesa, huérfana de madre, había sido criada en la corte de su abuela materna, la Reina Victoria de Inglaterra, quien la consideraba una de sus nietas más queridas. La mayoría de los historiadores concuerdan, sin embargo, en que poco aprendió del espíritu liberal y parlamentario de aquella monarquía, al contrario se convirtió con los años en la más fiel defensora del control autocrático sobre la que sería su nueva patria.

Como era tradicional en la corte rusa, Alix debió convertirse a la ortodoxia y cambió su nombre por el de Alejandra Fiódorovna. A pasar del rechazo del pueblo ruso por la princesa alemana a la que consideraban fría y distante, el matrimonio imperial se mantuvo unido hasta el trágico y desgraciado final de la familia imperial en 1918.

Después de años de matrimonio y cuatro hijas, las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, la ansiedad se apoderó de la zarina Alejandra. Su obsesión era tener un hijo varón que se transformará en el heredero al trono.

El zarévich Alekséi Nikoláyevich Romanov llegó al mundo el 12 de agosto de 1904. Pero  cuando apenas contaba con seis semanas de vida el niño comenzó a sangrar sin que hubiera manera de detener la hemorragia. Alekséi había nacido con una enfermedad que ponía en riesgo la continuidad de la dinastía: la hemofilia.  Esta condición heredada de su madre, significaba que un mal golpe podría significar la muerte del heredero.

La obsesión del pasado de Alejandra por tener un hijo se transformaba ahora en una obsesión por salvar a ese niño de la muerte. La zarina se refugió en la Iglesia Ortodoxa pero ni su actitud devota ni su fe traían la calma. La enfermedad de Alekséi puso fin a cualquier atisbo de normalidad que pudiera existir en aquella familia que decidió guardar aquel secreto tras las puertas del palacio imperial.

1905

En ese ambiente de desesperación aparece en sus vidas Grigori Rasputín. A oídos de la zarina llegaron noticias de las increíbles habilidades del monje siberiano. Era el año 1905, año que se inicio, sin embargo, con graves problemas políticos para la familia imperial.

En enero una protesta pacífica en San Petersburgo que pretendía entregar al zar una petición de mejoras salariales finalizó con el ejército reprimiendo violentamente a los manifestantes frente al Palacio de Invierno. Fue el Domingo Sangriento. El zar se vio obligado a iniciar una serie de reformas políticas, pero que no serán suficientes para evitar el inicio de una conmoción mayor.

En el ambiente familiar las noticias eran buenas. Nicolás y Alejandra quedan gratamente impresionados en el primer encuentro con Rasputín. Incluso se le permitió al monje visitar el lecho del joven príncipe. Se produce entonces la primera milagrosa sanación y la hemorragia se detiene. El gran poder hipnótico de Rasputín había dado su primer resultado, la zarina se convence de que el monje campesino obraba milagros.

Al parecer Rasputín era capaz de detener las hemorragias del zarévich mediante la hipnosis. Pero hay distintas teorías al respecto, algunas hablan de misteriosas drogas y otras de un estado psicológico generado por medio de la imposición de las manos del monje siberiano.

Lo cierto es que la fama de Rasputín comenzó a crecer en la sociedad rusa. Tanto es así que el propio zar da la orden a la Ojrana, policía secreta del régimen zarista, de que protegiera a Rasputín, ya que todos querían ser recibidos por el famoso monje taumaturgo.

A medida que el poder de Rasputín crecía, también lo hacían las leyendas sobre su vida.  Lo que ocurría en su departamento ubicado en la calle Gorójovaia 64 de San Petersburgo pronto se transformaría en el mayor rumor de la época. Se especulaba sobre su libertino estilo de vida y sobre su forma de vivir escandalosa, sus excesos con la bebida y el poco cuidado de su imagen. Pero lo más dañino políticamente fue el infundado rumor sobre su aventura amorosa con la Zarina Alejandra.

A pesar de ello, el poder de Rasputín para sanar al pequeño Alekséi le aseguró la confianza de la familia real, convirtiéndose en uno de sus principales confidentes, sobre todo de Alejandra quien seguía dócilmente las sugerencias del “hombre santo”. Pero no sólo se convirtió en el consejero personal y médico de la familia, sino que comenzó a intervenir activamente en los asuntos políticos.

Para la opinión pública de la época y sobre todo para una escéptica aristocracia, Rasputín parecía tener prisioneros a los zares. Gran parte de la nobleza comenzó a mirarlo con desconfianza, más aun cuando se opuso a la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial. Desde Siberia enviaba telegramas a Alejandra rogándole convencer al zar de no entrar en el conflicto: ¡Que Papá no haga la guerra! Porque la guerra significará el fin de Rusia y de vosotros. ¡Pereceréis todos!”.

La I Guerra Mundial

Pero el Zar Nicolás no quiso dejar pasar la oportunidad de ser protagonista de la historia y ubicar a Rusia al nivel de las grandes potencias europeas. Por ello, no sólo  se alió a Francia e Inglaterra y declaró la guerra a Alemania, sino que decidió asumir el mando supremo del ejército y dirigir personalmente a las tropas de 15 millones de soldados mal armados y poco abastecidos en el frente de batalla.

El mando del gobierno y los asuntos internos quedaron en manos de la zarina, quien se convertía en el verdadero autócrata, y tras ella, en las sombras, el monje. Alejandra se jactaba de ser la primera mujer en Rusia que recibía a ministros desde tiempos Catalina la Grande.

Rasputín la animaba en esos delirios de grandeza y la manipulaba en favor de sus propias pretensiones políticas y con el objetivo de dirigir estrechamente al zar Nicolás, a quien calificaba de “Hijo de Dios” y “Alma Cándida”, para que no cometiera errores. El principal, en ese momento, la participación de Rusia en la guerra. Por ello le escribe, instándolo a retirar al país del conflicto y firmar la paz con Alemania:

Querido Amigo. Lo digo una vez más. Una nube terrorífica cubre Rusia. Desgracia y pena inmensas, noche sin claridad sobre un mar de lágrimas sin límites. Y pronto la sangre […]. Tú eres el Zar, el Padre del Pueblo; no permitas que los dementes se salgan con la suya y pierdan al pueblo. De acuerdo, se vencerá a Alemania. Pero ¿y Rusia? Cuando pienso en ella, no veo víctima más desolada en todos los siglos. Está toda ella ahogada en sangre. Sus palabras eran proféticas y su influencia cada vez mayor. Existen antecedentes de que las intrigas del monje llegaron a tal punto a finales de 1915 de maquinar una abdicación de Nicolás II en beneficio del zarévich quien gobernaría bajo la regencia de la emperatriz, lo que habría significado para Rasputín detentar todo el poder del Imperio.

En este período, la evolución política de Rusia encaminaba al país a una de las mayores revoluciones de la historia; los siglos de férrea autocracia y la grave situación económica de la gran mayoría de la población habían convertido a Rusia en el caldo de cultivo perfecto para la agitación revolucionaria. Y precisamente en ese momento crítico de la historia la situación de la familia imperial se encontraba absolutamente entrelazada con los acontecimientos históricos.

Alejandra, calificada como su Eminencia Gris, controlaba de un modo evidente a su esposo e incluso, pasando por encima de él, a sus ministros. El zar parecía no saber lo que verdaderamente ocurría a su alrededor, y nunca se atrevió a oponerse a una decisión de la zarina. Así en sus diecisiete meses del gobierno Alejandra manejaba el gobierno en términos de amigos y enemigos de la causa llevada a cabo por ella y por Rasputín. La consecuencia fue que Rusia tuvo, entre otros, a cuatro primeros ministros, cinco ministros del interior, tres ministros de relaciones exteriores. Ello no sólo dejó fuera del poder a los hombres más competentes, sino que además generó desorden y desorganización en el trabajo del gobierno.

Hacia septiembre de 1916 la molestia y sospechas de la aristocracia por el poder de Rasputín llegaron a un punto culmine. En una reunión de la Duma, su presidente, Mijail Rodzianco se refiere al monje diciendo: Él ha marcado el comienzo de la decadencia de la sociedad rusa y la pérdida de prestigio de la corona y del mismo zar. Desde este momento la vida de Rasputín corría peligro.

La Muerte de Rasputín

Durante meses y con la participación del gran duque Dimitri, de Vladimir Pouritchkevitch, miembro del parlamento, del médico Lazovet, del capitán Soukhotin y de algunas personas del servicio de su palacio, el príncipe Félix Yusúpov tramó una conspiración para poner fin a la vida y nefasta influencia del monje.

Yusúpov, miembro de la familia real, era hijo de una de las familias más ricas y antiguas de Rusia y esposo de una sobrina del zar. La aristocracia de la cual él era parte no podía asumir lo que estaba ocurriendo; el monje loco era para ellos un obstáculo, por lo que debía ser eliminado.

El 29 de Diciembre de 1916, Rasputín es invitado a una velada en palacio Yusúpov ubicado a orillas del Moika. El vino y la comida estaban envenenados con cianuro. Rasputín bebió y comió sin que nada hiciera efecto. El príncipe entonces decide disparar, pero el monje de Siberia parecía inmortal. El nerviosismo se apoderó de los conspiradores que no tuvieron otra salida que rematarlo a tiros y deshacerse del cadáver arrojándolo, desde el puente Petrovski a las heladas aguas del Neva.

Dos días después, el cuerpo fue recuperado. La autopsia reveló que los pulmones estaban llenos de agua, los brazos en posición vertical, como si hubiese intentado salir de las aguas. Rasputín había muerto ahogado.

Yusúpov y compañía, protegidos por su condición, nunca fueron acusados directamente del crimen. La orden del zar fue deportarlos, el príncipe Félix a su hacienda de Rakitnoe  y el gran duque Dimitri a Persia. El destierro les salvaría la vida.

Algunas investigaciones y documentales recientes ofrecen una nueva versión no oficial ni aceptada sobre lo que ocurrió aquella noche. Agentes británicos, conscientes de que Rasputín era una de las personas más influyentes en Rusia y que abogaba por un tratado de paz con los alemanes, habrían estado implicados en el asesinato.

El cuerpo de Rasputín  fue enterrado en el parque del palacio Tsárskoye Seló, y luego de la Revolución de 1917, por orden del jefe del gobierno provisional Alexander Kerenski, el cuerpo de Rasputín fue desenterrado y quemado. Pero más allá de las controversias respecto a la muerte y autopsia, el asesinato del monje puso fin simbólicamente a una etapa, la de los zares, y de alguna manera dio inicio al período revolucionario en Rusia.

Su profecía final

Poco antes de morir, Rasputín habría dirigido una carta al zar Nicolás II, en ella hacia un vaticinio inquietante para los Romanov ya que suponía la muerte no sólo del zar sino que de toda la familia imperial:

(…) Tengo el presentimiento de que moriré antes del 1 de enero [1917]. Le escribo al pueblo ruso, a Papá [el Zar Nicolás], a Mamá [la Zarina Alejandra] y sus hijos, a toda la Patria Rusia, aquello que ellos deben saber y comprender. (…) Si voy a ser asesinado por gente común, especialmente por mis hermanos los campesinos rusos, entonces el zar de Rusia no debe preocuparse por sus hijos, que reinarán en Rusia otros cien años (…) Pero si soy asesinado por los boyardos y nobles te digo a ti que ninguno de tu familia, ninguno de tus hijos, vivirán más de dos años (…) Ellos serán asesinados por el pueblo ruso. Y si viven rogarán a Dios la muerte, pues verán la desgracia y la vergüenza de la tierra rusa, la llegada del anticristo, la pestilencia, la pobreza: serán profanados los templos y escupirán en los santuarios donde todos se volverán cadáveres. Tres veces 25 años los bandidos de negro, sirvientes del anticristo, destruirán al pueblo ruso y a la fe ortodoxa. Y la tierra rusa perecerá. (.…)Voy a ser asesinado. Ya no estoy entre los vivos. Reza, reza, se fuerte, piensa en tu familia bendecida(…). Grigori.

Sólo unos pocos meses después de la muerte de Rasputín, Nicolás II abdicó como zar en marzo de 1917. Y menos de dos años más tarde ningún miembro de la familia real  sobrevivió en Ekaterimburgo, fueron ejecutados por una orden del gobierno bolchevique en la madrugada del 17 de julio de 1918.

Finalmente tanto el zar como su familia fueron arrastrados por una revolución de la cual ellos, al parecer, eran absolutamente ajenos. Desde finales de 1916 y el fin de Rasputín, la agitación cada vez mayor del movimiento obrero, las constantes conspiraciones políticas comenzaron a ser una muestra del agotamiento del sistema, siglos de autocracia y servidumbre, sin posibilidad para reinventarse o generar algún cambio verdadero hacían más que probable la llegada de la revolución. Alejandro Muñoz Alonso describe aquel momento como si desde las entrañas de la Tierra rusa, la aplazada Revolución de 1905 pugnara por salir a la superficie para retomar la marcha que la represión no la había permitido completar. La revolución estalló y ejerció desde el principio, y no sólo desde la etapa de Stalin, una crueldad verdaderamente inconcebible.

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