akenaton

Akhenatón: El Faraón Hereje

¿El Primer Monoteísmo de la Historia?

Un Reformador Religioso

Akhenatón, el faraón que decidió romper con la tradición religiosa politeísta típica de la religión egipcia, introduciendo una nueva religión monoteísta, no eligió para ello al dios-sol Amón-Ra, sino a una manifestación de éste, el disco solar Atón. La exaltación de esta divinidad un tanto especial, las reformas que la acompañan y la energía y vigor que el propio faraón le imprimió a su reforma religiosa, hacen de Akhenatón una de las figuras más apasionantes de la historia del Antiguo Egipto.

El reinado de Amenhotep IV o Akhenatón constituye uno de los episodios más problemáticos y ciertamente uno de los más atractivos no sólo del Imperio Nuevo, sino de la historia de Egipto en general. Dependiendo de la óptica desde la cual se ha analizado la reforma religiosa introducida por este faraón, su figura ha sido considerada de diversas maneras: el primer monoteísta de la historia, el faraón hereje, un revolucionario y pacifista, o un verdadero estratega que intentó fortalecer y recuperar la función que la realeza había tenido en épocas de mayor esplendor.
Su reinado datado entre 1377-1358 a.C es denominado como el período de Amarna, debido al nombre árabe actual del lugar elegido por el faraón para fundar su nueva capital: Akhetatón, esto es, el Horizonte de Atón.

Neferjeperura Amenhotep IV llegó al trono con el mismo nombre de nacimiento de su padre, Amenhotep III, que en antiguo egipcio significa Amón está satisfecho o Amón está en paz. Su Gran Esposa Real, Nefertiti, quien ha pasado a la historia por ser la dueña de una gran belleza física y por poseer grandes dotes como gobernante.

Para adentrarse en este período controvertido, es imprescindible mirar el pacífico reinado Amenhotep III, uno de los períodos de oro del Imperio Nuevo. Gobernó por alrededor de treinta ocho años, a los treinta años trasladó su residencia de Menfis a Tebas, en momentos en que algunos principios de la religión adquirían una renovada importancia. Uno de ellos fue el creciente énfasis en la universalidad del dios sol Amón-Ra y particularmente su conexión con la ideología de la realeza que hacia que el faraón fuera considerado el Hijo de Ra.

Ya desde el Imperio Antiguo, la religión egipcia se había ido centrando en la figura del sol como base, y los himnos a los dioses solares y a su beneficiosa actividad se multiplicaban. Así en la dinastía XII Amón se transformará en Amón-Ra, y se pondrá al frente del panteón egipcio. Luego, y a causa del dominio de los invasores hicsos, Amón-Ra se convertirá en dios nacional, y en la lucha por la independencia será la divinidad liberadora. A la llegada la XVIII dinastía, y debido a la ampliación del territorio egipcio a expensas de Asia, pasó a ser la deidad conquistadora. Todo un proceso que lo convirtió en el dios universal, supremo y de primacía indiscutida.

Cabe suponer que siendo todavía príncipe heredero, Amenhotep IV vio el interés de su padre de afirmar su propio carácter divino, que participó en las discusiones relacionadas con el culto dinástico del rey y de su dios Sol, y que maquinó desde muy temprano la que sería su gran reforma religiosa, sustituir al dios Amón por el disco solar, Atón.

Por otra parte, tanto económica como social y militarmente, Egipto conoció uno de sus períodos de mayor gloria bajo esta dinastía XVIII. El espectacular crecimiento económico y la importancia de las instituciones religiosas, particularmente el templo de Amón en Tebas, hizo que los sacerdotes consolidaran y ostentaran gran poder. El que junto a sus riquezas llegó a ser asfixiante, el clero recibía una parte de los tesoros capturados a los enemigos en las campañas de expansión territorial y de los cautivos ganados al adversario, además de las donaciones de tierras debidas a la piedad de los príncipes y altos dignatarios.

En este escenario y a la muerte de su padre, el joven Amenhotep IV es coronado faraón. Durante los primeros años de su reinado su actitud se ajustó a las normas de sus predecesores residiendo en la ciudad de Tebas. Sin embargo, a poco andar dio inicio a su reforma. Disolvió el culto de Amón en la gigantesca ciudad-templo de Karnak, prohibió al Sumo Sacerdote de Amón administrar sus bienes, ordenó borrar sistemáticamente el nombre de Amón por todo el país y mandó a construir en la parte Este de la ciudad grandes instalaciones consagradas al culto de su nuevo dios Sol: Atón.

Pero eso no bastó, y al aparecer como la atmósfera que se vivía Tebas no terminaba por satisfacer al soberano, ya que el enorme peso de la tradición del culto a Amón impedía que su reforma religiosa resultara satisfactoria, en el quinto año de su reinado, Akhenatón y toda la corte fijaron su residencia en su nueva capital Akhetatón.

A primera vista la elección del lugar en el que se construye esta nueva capital genera ciertas interrogantes, se trata de un lugar extraño, en la parte oriental del Nilo, en medio de la llanura de la actual Tell el-Amarna. Al parecer, se abstuvo de fundar su metrópoli sobre un territorio perteneciente ya a alguna otra divinidad. Akhenatón buscaba un lugar virgen, no tocado por la acción humana y libre a sí mismo de la presencia de otras divinidades, un lugar puro en el que su dios solar demiurgo dio comienzo a la creación.

Akhetatón se construyó rápidamente. La arquitectura de sus instalaciones diferirá de la usada en los templos consagrados a los demás dioses. No existían edificios cerrados con la imagen sagrada del dios, sino patios abiertos con altares como lugares de culto. En uno de estos patios y en el centro de la ciudad se elevaba el elemento esencial de la nueva religión, un gran altar al que se subía por escaleras y en el que se celebraba el culto, sin estatuas, sin misterios, sólo frente a la luz del sol.

Y será el propio faraón quien ejercerá personalmente el cargo de intermediario en el culto. Ese es el momento, el faraón decide cambiar su nombre por el de Akhenatón, el servidor de Atón.

La nueva divinidad se manifestaba en el Sol, y en los rayos que de él emanan. Atón no será representado, por tanto, con figuras humanas, ni animales, como los demás dioses, sino como un disco solar cuyos rayos terminan en forma de manos humanas que parecen acariciar al faraón y su familia. Su carácter será el de ser creador del mundo y responsable del orden y la vida.

El faraón convertido ahora en Akhenatón había logrado dar vida a su nueva religión, centrada en el culto al disco solar Atón, como representación última de la divinidad solar, de la que se resalta fundamentalmente su carácter de creador y regenerador de la vida, como el mismo lo expresa en su Himno a Atón.

Pero, ¿por qué?, ¿cuáles son las razones que llevaron a Akhenatón a realizar esta reforma?. Se trata de una conversión de fe, acción religiosa que convertiría el culto a Atón en el primer monoteísmo de la historia, y al Faraón, en hereje al haber negado el reconocimiento a todos los dioses excepto a uno, e intentar convertir a todos los que pensaban de una manera distinta. O se trata de un hábil político que trató de suprimir la molestia que suponía para la autoridad faraónica, el clero y el culto a Amón, y lograr con ello dotar al faraón del poder que había ido perdiendo.

Al parecer el culto a lo solar no es algo nuevo, sino más bien, una tendencia general que ya venía desarrollándose desde los inicios del Imperio Nuevo. Por ello, cabe postular, que el culto de Atón fue la culminación de un proceso que llevaba ya algún tiempo verificándose desde comienzos de la dinastía XVIII.

El dios del sol Ra, había asumido de hecho rasgos de otras divinidades, de suerte que se había producido una especie de monoteísmo sincrético, en el que los demás dioses eran considerados encarnaciones de Ra. En muchos aspectos Ra se hallaba estrechamente vinculado con el faraón y la monarquía. Así, el protagonismo concedido a Ra constituía en realidad un modo de subrayar la naturaleza omnipotente y divina del faraón. El disco solar surgió, por tanto, dentro de este proceso, como un aspecto distinto y cada vez más importante de la divinidad solar, que venía a poner de relieve su relación con el soberano, llegando a su cúlmine con Akhenatón como encarnación en la tierra del único rey celestial Atón.

Lo que si es original en la nueva religión es la representación solar que Akhenatón elige, dejando de lado las representaciones animales o humanas tan típicas de las divinidades egipcias. La imagen no antropomórfica de Atón permitía representar al dios simplemente como un disco suspendido sobre la cabeza del faraón, del que salen rayos que terminan en manos que sujetan el símbolo de vida egipcio, el ankh.

También es nuevo el carácter exclusivo de la nueva divinidad, no sólo Amón será rechazado, sino que todos los demás incluido Osiris el dios de los muertos, quien será sorprendentemente silenciado en este período. La elección de Atón como único dios será incompatible con el panteón tradicional, ya que la religión egipcia no era exclusivista, por el contrario, reconocía a un número ilimitado de dioses y no poseía ni un libro sagrado ni un dogma central.

Lo que es cierto es que el faraón escoge para adorar al sol, creador por excelencia, un sólo aspecto, el disco solar. El resultado de esta elección tendrá un tono universal que presenta apariencias de monoteísmo. Se trata de una transformación de Amón en Atón. Hay autores que han afirmado que el cambio en sí no tiene nada de revolucionario, y que está lejos de ser una religión revelada. Se trata más bien de la cristalización de la tendencia heliopolitana que se define como la “solarización” de los principales dioses”, tal como había sucedido con Amón mediante la forma de Amón Ra.

Se trató también de un modo de incrementar el estatus divino de la monarquía a través de una justificación religiosa. La reforma religiosa tenía en el fondo razones políticas ya que nunca se había afirmado de forma tan rotunda el dogma de la divinidad del faraón. Como ya no existía la obligación de acudir a un clero especializado, único con capacidad para servir de intermediario entre los hombres y un dios impenetrable. El faraón se transformó en ese intermediario privilegiado y único con la divinidad, logrando a través de su figura la percepción de lo divino, de Atón, en oposición al dios oculto, Amón.

La importancia del faraón adquiere límites insospechados. Los textos oficiales parecen otorgar a Atón y a su Akhenatón el mismo rango, por ello se rodeaba el nombre de Atón con el cartucho de los reyes y se colocaba a continuación el epíteto real dotado de vida eternamente. Akhenatón, por su parte, se dejaba adorar como si fuera dios, sus nombres se encontraban al lado y ocupaban el mismo rango que los de Atón, como si el faraón participara plenamente de la dignidad de su padre divino.

Akhenatón murió sin designar un sucesor. Poco tiempo después de su muerte, sus reformas se abolieron. Amón fue rehabilitado y vuelto a entronizar en sus templos, la capital se trasladó nuevamente a Menfis, quedando Akhetatón abandonada.
La existencia de un único dios había sido implantada por una orden del rey. Y probablemente, por ello la población no siguió al monarca en sus ideas, por lo que al poco tiempo se desplomó por sí mismo el intento de implantar en Egipto un monoteísmo.

Al parecer el pueblo apenas tuvo ocasión de apreciar el nuevo culto, el que prácticamente se encontraba restringido en torno a la figura del faraón. El pueblo continuo viviendo conforme a las bases religiosas tradicionales sobre todo en el culto a Osiris y el mundo de los muertos. El culto a Atón proclamaba admirablemente su amor a la vida y la belleza del universo, pero permanencia totalmente mudo frente al problema esencial de cualquier religión, el destino del alma después de la muerte.

El culto a Atón llevó al límite la tolerancia del sentimiento religioso egipcio. Su sucesor, Tutankatón, “imagen viviente de Atón”, luego de restaurar el culto a Amón cambia su nombre por el de Tutankamón,“imagen viva de Amón”.
El nombre del faraón Akhenatón será anatematizado, la ciudad y sus templos arrasados. Tan completa fue la venganza que son pocos los testimonios que han llegado hasta nosotros para reconstruir los acontecimientos y evaluar la personalidad y razones que guiaron al faraón Akhenatón.

El Himno a Atón, atribuido al propio Akhenatón:

Apareces resplandeciente en el horizonte del cielo,
Oh Atón vivo, creador de la vida!
Cuando amaneces en el horizonte oriental,
Llenas todas las regiones con tu perfección.
Eres hermoso, grande y brillante.
Te elevas por encima de todas las tierras.
Tus rayos abarcan las regiones
Hasta el límite de cuanto has creado.
Siendo Ra alcanzas sus límites,
y los dominas para este hijo bienamado por ti (Akhenatón).
(…) El que alimenta al hijo en el seno de su madre,
el que lo tranquiliza para calmar su llanto.
Nodriza en el seno,
Dador del aliento
Con que alimenta a todas sus criaturas (…)
¡Cuántas son tus obras,
aunque estén ocultas a la vista,
oh dios único aparte del cual no existe ninguno!

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