Mes: Julio 2020

  • Africa, Joseph Conrad y el Corazón de las Tinieblas

    Africa, Joseph Conrad y el Corazón de las Tinieblas

    Al hablar de África se nos viene a la mente hambre, miseria, pobreza. Pensamos también en crueles luchas tribales, nativos hostiles,  en gobernantes sanguinarios, en peligro, en muerte. Nuestra mente occidental a veces no nos permite aceptar a otras culturas diferentes y respetarlas por lo que son. Es cierto que los propios Áfricanos tienen su parte de responsabilidad en la situación que se vive actualmente en casi todos sus países, pero afrontando los hechos con honestidad  debemos asumir que desde el momento en que los países europeos se interesaron por África y ocuparon el territorio,  fue el comienzo de un horror sin límites. 

    Joseph Conrad, escritor británico

    Ese interés del mundo occidental por África fue netamente comercial, la ambición, la avaricia y el ansia de riquezas llevaron a los europeos a saquear y ocupar esas tierras, ocupación que culminó muchos años después en la Conferencia de Berlín de 1884 con la repartición absoluta del “botín”, excepto Liberia y Etiopía,  ignorando todos los derechos de los habitantes naturales a pesar que trataban de convencer al mundo que actuaban en África por causa de la paz y de la humanidad. Y así lo proclamaron en esta Conferencia aunque sabemos que no tenían en mente ningún propósito altruista. 

    La Conferencia de Berlín convocada por Francia y Alemania se realizó entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero  de 1885 y las naciones que estuvieron presentes fueron: Bélgica, Francia, Dinamarca, España, Alemania, Austria, Hungría,Gran Bretaña, Holanda, Italia, Portugal, Suecia, Noruega y Turquía con  la total ausencia de algún país Áfricano.  Bismark abrió la sesión y aceptó la presidencia diciendo en su discurso que el propósito de la conferencia era promover la civilización de los Áfricanos abriendo el interior del continente al comercio.  

    Hasta el siglo XVIII los europeos ignoraban absolutamente todo del interior de África y no demostraban  mucho interés por conocerlo por temor a las enfermedades, a las tribus hostiles, a lo desconocido En esos años África Negra era para Europa un continente misterioso y más aún un continente peligroso Desde hacía mucho tiempo gozaban de sus  riquezas pero no tenían motivos para exponerse y adentrarse en esas tierras oscuras. Incursionaban en las costas practicando el rentable comercio del tráfico de esclavos.  Una fuente inagotable de demanda fueron las colonias europeas del Nuevo Mundo que necesitaban mano de obra esclava para trabajar en las plantaciones. 

    Durante ese siglo se dice que entre siete y diez millones de esclavos fueron transportados a las costas de América. Los portugueses eran los principales negreros de la cuenca del Congo pero también los daneses, franceses y holandeses hacían grandes ganancias con este comercio. Pero fue la Gran Bretaña Imperial la que dominó ampliamente en este lucrativo negocio. De las crueldades a las que fueron sometidos los esclavos hay una muy nutrida literatura y es inconcebible pensar que seres humanos “civilizados” fueran capaces de tanta crueldad. Para los europeos, los negros no eran personas,  estaban a la altura de los animales.

    Georges Cuvier un gran naturalista de su época dijo de la raza negra:” La prominencia de la parte inferior del rostro y el grosor de los labios lo aproximan a todas luces a la familia de los simios; y las hordas que la componen han permanecido siempre en el estado de la más absoluta barbarie” 

    La exhibición de negros Áfricanos fue una práctica muy popular en las grandes ciudades de Europa. Allí, como si fueran animales de circo eran exhibidos ante miles de espectadores que mostraban una morbosa curiosidad por verlos, se reían de ellos y les arrojaban alimentos 

    Si mencionamos hace un momento que Gran Bretaña fue quién más usufructuó del tráfico de esclavos, quizás por eso fue la primera en alzar voces para acabar con tal signo de barbarie. Recordemos además que el siglo XVIII fue la época de las Luces, el siglo de la Ilustración y surgieron con Rousseau, Voltaire, Monstesquieu, Hume, los conceptos de Derechos del Hombre, del Buen Salvaje, movimientos como el Humanismo y eventos tales como la Revolución Francesa. Escritores y filósofos comenzaron a atacar la esclavitud. En los primeros años del siglo XIX ésta prácticamente desapareció,  por lo menos en teoría,  ya que en la práctica muchos siguieron a escondidas con este comercio y cientos de  miles de Áfricanos fueron todavía presa de la codicia de los negreros.

    Pero a partir del momento en que el blanco incursiona hacia el interior del continente,  el saqueo de África está verdaderamente comenzando. La ambición va a llevar a límites insospechados y la explotación humana no va a decaer. Los negros siguen siendo para los colonizadores sólo una herramienta necesaria para lograr los objetivos 

    África se ha convertido en un imán irresistible que atrae a mucho tipo de gente de todo tipo y calaña: desde el misionero con buenas intenciones hasta el más codicioso y cruel traficante de marfil, pasando por el aventurero, el cazador y el buscador de oro.  

    El Corazón de las Tinieblas

    En 1902 un gran escritor, Joseph Conrad publica un cuento, El Corazón de las Tinieblas”, una crítica feroz al colonialismo que denuncia  las atrocidades que se cometen  con los negros y que comienza a abrir los ojos del mundo. La historia transcurre primero en una de las estaciones de la compañía y luego en las aguas de un gran río Áfricano, el Congo.  Conrad  pinta de forma estremecedora toda la situación que se vivía alrededor del tráfico de marfil, la explotación de los negros llevada al límite,  las condiciones miserables de estos esclavos que morían como moscas sin importarle a nadie ya que eran inmediatamente reemplazados por otros.  El escritor Jorge Luis Borges lo seleccionó entre los diez cuentos memorables  porque está escrito en forma magnífica, pero además de su calidad literaria, el autor se mete en las profundidades del alma humana y nos  trasmite todo el horror que puede desencadenar el accionar del hombre. Muchos escritores y artistas han tratado de diversas maneras el tema de este libro que además sirvió de inspiración a Francis F. Coppola para su película Apocalypse Now.

    La novela apareció en Inglaterra en un momento en que el mundo europeo comenzaba a   conocer las atrocidades que se cometían en el Estado Libre del Congo, propiedad del soberano belga, Leopoldo II. El libro vino a corroborar los ya insistentes rumores que corrían y que poco tiempo después fueron confirmados.

    Cuenta la historia de un marinero inglés, Marlow,  que viaja por un río en busca de un agente europeo, Kurtz, uno de los mejores y más brillantes hombres que trabaja en una empresa que trafica marfil.  Este hombre ejemplar de la compañía, que trabaja en pos del progreso y la civilización,  se ha vuelto loco por causa de su trabajo, ha abandonado las instalaciones de la empresa  y vive ahora en las profundidades de la selva. 

    En  el relato se mezclan los indígenas y colonizadores en un mismo caos y desesperación, el ritmo es lento y opresivo;”Morían lentamente…eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales, no eran nada terrenal, solo sombras negras de enfermedad y agotamiento  que yacían confusamente en la tiniebla verdosa” 

    En esa travesía en busca de Kurtz,  tensa, peligrosa, rodeada de caníbales que acechan el paso del barco en la profundidad de las tinieblas, sentimos el silencio, los ruidos, el olor de esa selva misteriosa que guarda los secretos de la degradación, de la codicia, de la vida y de la muerte. El relato tiene ritmo, las palabras se estremecen ante nuestros ojos describiendo  todas las sensaciones humanas, haciendo volar la imaginación y el pensamiento Y las tinieblas y el miedo y el calor, y de nuevo las tinieblas, envuelven al lector en una atmósfera densa, húmeda, caliente y oscura.:”Nada podíamos ver mas allá del vapor; veíamos su punta borrosa como si estuviera a punto de disolverse, y una línea brumosa,  de quizás dos pies de anchura, a su alrededor. Nada más. El resto del mundo no existía para nuestros ojos y oídos. Aquello era nuestra tierra de nadie, todo se había ido, desaparecido, barrido, sin dejar murmullos ni sombras detrás” 

    La novela está tan llena de descripciones de dolor, de miseria, de resignación que uno se empapa de esa cadencia y se deja arrastrar, igual que el barco por el río, en una ola de pensamientos oscuros y angustiosos. Se vive esa decadencia humana, ese vacío existencial donde no cabe la esperanza y donde la locura es el único escape a las tinieblas y a la desesperación.. Y eso le pasó a Kurtz, se dejó arrastrar por los instintos más bajos que anidan en el corazón del hombre y que se desataron en contacto con esa realidad que supera cualquier horror. Kurtz se convirtió en un asesino que dominaba a los indígenas por el terror y la muerte. Se rebeló, se escapó de todas las normas que habían regido su vida, no aguantó ese infierno y él mismo fue parte de él:”Por fin lo encontrarán enfermo en una choza cercada de cabezas humanas empaladas, adorado por tribus indígenas a las que subyuga con el terror”  

    El encuentro con Kurtz es impactante. Está enfermo, no sabemos si se da cuenta del mundo monstruoso en que se ha sumergido. Casi al final,  cuando va a morir,  dice Marlow:”No he visto nunca nada semejante al cambio que se operó en sus rasgos, y espero no volver a verlo. No es que me conmoviera, estaba fascinado. Era como si se hubiera rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror…, de una intensa e irredimible desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de total lucidez?. Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro. ¡Ah, el horror!, ¡El horror!” 

    La novela es en resumen un magnífico relato que pretende abrir los ojos del mundo contra la cruel colonización del África, pero que nos muestra también los abismos profundos y oscuros en que puede caer el hombre cuando pierde los límites de su dignidad; porque el verdadero corazón de las tinieblas es el corazón del hombre.    

  • Júpiter, Mitra y Cia

    Júpiter, Mitra y Cia

    En Roma, la religión era un asunto de Estado. Cada aspecto de la vida tenía un numen tutelar, desde la política hasta el abono para el huerto.

    Identidad popular

    En mil años de historia, el “buen ciudadano” romano pasó del politeísmo griego y etrusco al monoteísmo cristiano, del culto al emperador divinizado a las religiones orientales. Pero siempre con una certeza: el culto público representaba al Estado. Lo demuestra el culto de la diosa Roma: la ciudad que se transforma en divinidad, confirma que en la religión se encontraba la identidad de un pueblo.

    La religión tradicional (aquella de los Cerialia y de las Floralia) seguía los ciclos de la agricultura y de la guerra. Desde el siglo IV a.C. el calendario romano dividía los días del año en “fasti” (de fas, lícito) y “nefasti” (ilícitos): en los primeros, que hoy llamaríamos días laborales, las actividades públicas estaban permitidas (como la administración de la justicia, actividades laborales, políticas, etc.), en los segundos (los festivos) no. Los días nefastos eran dedicados a los dioses o a las festividades asociadas a ellos y, como el ciudadano romano era muy supersticioso, el no rendir culto a los dioses le podría acarrear funestas consecuencias. Una organización de la vida pública tan eficaz, capaz de sobrevivir por milenios, plasmada en el calendario que aún hoy utilizamos y que en aquel entonces estaba colgado en las murallas de los templos y era anunciado cada mes a viva voz.
    La religión del Estado tenía raíces antiquísimas. Como en muchas otras culturas, el rey de la Roma arcaica era, antes que un administrador, un sacerdote. El rex era el intermediario con la divinidad, el pontífice (o sea aquel que hacía de pons, “puente”) en el cual las funciones religiosa y política coincidían. En pocas palabras, era el puente entre lo humano y lo divino.

    En paz con Dios

    El primer mandamiento era el de respetar los procedimientos, sea en el culto público como en el privado. De eso dependían los favores de los dioses, la pax deorum. La raíz de la palabra pax (paz) es la misma de la palabra “pacto”. El sistema religioso romano mantenía separados los universos humano y divino; si el hombre violaba el pacto, lo divino irrumpía en lo humano, con consecuencias catastróficas. Respetar este contrato era una condición esencial para que un negocio o una batalla tuvieran buen fin. Tampoco había que subvalorar las señales o presagios negativos: un rayo o un trueno podían hacer decidir si había batalla o no. Así se explica la historia de Marco Licinio Crasso, que en el 53 a.C. fue a combatir a los Partos ignorando un omen (presagio casual): una anciana que le ofrecía unos higos. ¿Qué había gritado la mujer? ¿Cauneas (“higos secos” en latín) o Cave ne eas, “Cuidado, no partas”? Lo que sí es cierto, es que poco después Crasso murió en la batalla de Carras de forma no muy grata. Según fuentes antiguas, se le habría hecho ingerir oro fundido por la boca (era de hecho considerado por los Partos como el hombre más rico del mundo) ordenado por el rey Orodes II. 

    Resumiendo, en el mundo romano, la necesidad de mantener abierta la comunicación con las divinidades a través de los sacrificios y de las interpretaciones de los signos naturales, produjo el florecimiento de la divinización.

    El vuelo de las aves y los fenómenos naturales eran materia reservada para los adivinos (augurem), los cuales sacaban sus auspicia. En cambio, los arúspices “leían” los interiores de los animales, prosiguiendo con una tradición heredada de los etruscos. En casos extremos se recurría a la consulta de los Libros Sibilinos, una recolección secreta de profecías que llegó a Roma en el siglo VI a.C. Al contrario de los griegos, los romanos interpelaban raramente a los oráculos, los cuales, según ellos, sustraían al hombre de las propias responsabilidades individuales. Aquello no impidió que más tarde, en la Roma imperial, prosperasen los charlatanes de cualquier tipo y vendedores de oráculos “garantizados”. 

    FUNERALES A LA ROMANA:
    SEPULTADOS O CREMADOS

    A pesar de que en la Roma arcaica los muertos se enterraban (inhumación), la cremación fue el rito fúnebre principal hasta el siglo II d.C., aunque fuese negada a los recién nacidos y a quien muriese golpeado por un rayo.

    El adiós

    Con un beso en los labios un familiar recogía el espíritu del difunto y después de haberle puesto una moneda en la boca para pagarle a Caronte el viaje hacia el Averno (Hades), se encendía la pira funeraria. Los restos de los huesos, lavados con miel y vino, se disponían en urnas, las cuales a su vez eran sepultadas en tumbas consagradas por el sacrificio de un cerdo. Posteriormente, se celebraba un banquete en el mismo lugar. En la edad imperial volvió imprevistamente a prevalecer la inhumación. ¿Por qué? Se piensa que los dos ritos reflejasen el estatus social del muerto: cremación para los ricos, inhumación para los pobres. Las sepulturas eran individuales o “condominiales”, en los llamados columbarios (colombari). 

    El más allá

    La sombra del muerto alcanzaba los Mani (los antepasados) en el mundo subterráneo. Con la influencia griega, el ultratumba fue dividido en Tartaro (lugar oscuro habitado por los Titanes) y los Campos Elíseos, las islas felices de las almas elegidas.

    Los romanos no eran tipos que desencadenasen guerras religiosas. Tenían un gran sentido práctico. Lo prueba la antigua ceremonia del evocatio, con la cual las divinidades de las ciudades con las que Roma combatía de vez en cuando eran acogidas en la urbe. Esta ceremonia tenía la finalidad de sustraer a los enemigos de la protección de sus dioses, invitándolos a Roma, donde habrían recibido los más altos honores. Es como si hoy día, antes de lanzar un ataque a un país musulmán, los Estados Unidos construyesen una mezquita en Washington e invitasen a Alá.

    ¿Pero quién se sentaba en el pantheon romano? Los dioses más antiguos (heredados, según algunos estudiosos, por cultos precedentes y tal vez comunes a todos los pueblos indoeuropeos) eran la base de la “tríada arcaica”, una creación original romana, compuesta por Júpiter, Marte y Quirino (identificado después con Rómulo), pero que más tarde fue sustituida por la más conocida “tríada capitolina” (Júpiter, Minerva y Juno), basada en el modelo griego (Zeus, Atenas y Hera). A estos dioses se les agregaban una miríada de otros: Venus, una divinidad itálica después helenizada; Diana, “adquirida” de Nemi, en las Colinas Albanas; Mercurio, de origen incierto, pero anterior a la fundación de Roma; Esculapio, adoptado en el siglo III a.C. como muchos otros dioses griegos. Romana “ad hoc” era en cambio Vesta, diosa del fuego (focolare). Hasta los tiempos de Cicerón se evocaban y se dirigían también a los numina. Numen, en origen, significaba “una voluntad que se expresa”: existía el numen (la voluntad) de Júpiter, pero también aquel del Senado. Fueron los poetas del tiempo de Augusto los que transformaron a los numina en deidades. ¡En su cúlmine, en Roma se llegaron a adorar alrededor de 30.000 divinidades!

    Las deidades más influyentes tenían derecho a templos más elevados, con un número de escalones (rigurosamente impares) mayores.

    Había, de hecho, un dios o un espíritu para cada aspecto de la vida: Fabulina para las primeras palabras de la guagua, Fornax para el cuidado del horno, Pomona para proteger los frutales, Sterculinus para el abono de los campos y así muchos otros. Grandes organizadores de la cosa pública, los romanos le asignaron desde sus orígenes a cada dios un flamen (sacerdote) y un templo. Ya en época arcaica se contaban 12 “flamens” menores, además de los tres consagrados en la tríada mayor.

    El templo de Vulcano, dios del fuego, surgía en las afueras de las murallas para alejar así de la ciudad los peligros de incendios.

    Misterios de Oriente

    La influencia griega, fuente de enriquecimiento en materia de cultos, puso en crisis a la religión del Estado, cuando desde el Oriente llegaron las religiones místicas. Se trataba de cultos antiquísimos, no administrados por sacerdotes romanos y que por esto se sustraían al control del Estado. Como anécdota: Apuleyo, iniciado en el culto egipcio de Isis, recuerda el gasto de dinero que eso comportaba. Parecido a los miembros de grupos como los de Scientology (Cienciología) o algunas sectas de dudosos fundamentos. La crisis de la religión tradicional fue enfrentada por el Estado con la expulsión de los magos, astrólogos orientales y filósofos no ortodoxos. A eso se le agregó la introducción del culto imperial, que preveía la divinización de los emperadores después de su muerte (los primeros fueron César y Augusto), basado en el modelo de Alejandro El Grande. De todas formas, los cultos orientales terminaron finalmente por ser adoptados por la corte (Calígula hizo erigir un templo de Isis en plena Roma) y el período imperial se caracterizó por el llamado sincretismo religioso, o sea, por la práctica mixta de varios cultos.

    RITOS DE SANGRE

    La carne del animal descuartizado era consumida en un banquete, mientras los huesos y la grasa ardían en el altar. Es esta la escena que se le presentaría a un testigo de un sacrificio cruento durante una ceremonia romana. Algunos ejemplos:

    October ecuus

    Cerraba la estación de la guerra (el verano). Después de una carrera de carros, el caballo vencedor de la derecha era sacrificado y su cabeza era disputada entre los habitantes de los barrios Velia y Suburra.

    Taurobolium

    Era un rito común de iniciación a varios cultos orientales, en los cuales la purificación se obtenía bañándose con la sangre de un toro recién sacrificado.

    Sacrificios humanos

    Antiguamente, el nombramiento del sacerdote de Diana sucedía con el asesinato ritual del antecesor. En el 228, el 216 y en el 113 a.C., fueron en cambio los Libros Sibilinos los que ordenaron sacrificios humanos: en estas tres ocasiones dos griegos y dos galos fueron sepultados vivos. El histórico Livio, eso sí, nos asegura: el sacrificio humano era “un rito poco romano”.

    Cristianismo de Estado

    Casi 800 años después de la fundación de Roma, en Jerusalén, Jesús de Nazaret moría en la cruz: para aquellos tiempos, una condena como muchas otras. Pero la historia, lentamente, tomó un nuevo curso. El cristianismo, inicialmente visto por los romanos como cualquier otra secta oriental, no pareció ser una amenaza. El conflicto entre la aristocracia fiel al culto imperial y la nueva fe explotó solo cuando esta última se hizo camino entre las más altas jerarquías, amenazando a la religión pública. Hasta que Constantino, en el siglo IV d.C., pensó en transformar al cristianismo en la nueva religión del imperio. Empujado, quién sabe, más que por el fervor del convertido, por un “romanísimo” sentido del Estado.

  • Cleopatra: Reina de Leyenda y Leyendas

    Cleopatra: Reina de Leyenda y Leyendas

    Cuando hablaba, el sonido mismo de su voz tenía cierta dulzura, y con la mayor facilidad acomodaba su lengua, como un órgano de muchas cuerdas, al idioma que se quisiese. 

    PLUTARCO, Vidas Paralelas

    “La sierpe del Nilo”, “la hechicera de oriente”, “la reina ramera”, “la gran seductora”… a Cleopatra la han llamado de muchas maneras desde la antigüedad hasta nuestros días, y casi todas ellas erróneas. La infundada fama de mujer bellísima e irresistible, de fuerte atractivo sexual y de amoríos caprichosos, ha creado en torno a ella una imagen muy distorsionada de lo que realmente fue, ocultando sus verdaderas capacidades bajo una capa de superficialidad que nada tiene que ver con la última faraón de Egipto.

    Ante todo, Cleopatra fue una mujer fuerte, de carácter decidido y con una visión clara de cuáles eran sus objetivos y sus compromisos ante la imponente responsabilidad que cayó sobre sus hombros cuando, con apenas 18 años, heredó el trono del país más rico de la antigüedad. No solo no se arredró ante la gran tarea que tenía ante sí, sino que asumió sus deberes con gran sentido de Estado, afrontando con coraje las graves situaciones que tuvo que vivir a lo largo de su reinado.

    No fue la única mujer que gobernó Egipto en solitario, a lo largo de la extensa historia del país, ya otras lo habían hecho antes. Pero a ella le tocó hacerlo en un momento histórico particularmente difícil, a caballo entre la decadencia inevitable del mundo helenístico en el que se crió y el empuje inexorable de Roma, cuyo objetivo era adueñarse de toda la cuenca Mediterránea. El reto era considerable, aunque fascinante.

    Nacida en Alejandría, creció en el seno de la familia de los ptolomeos, una saga de gobernantes cuya fama de crueles era bien conocida. Sus miembros no vacilaban en eliminarse unos a otros para conseguir el apetecido poder. Segunda en la línea sucesoria de su padre, Ptolomeo XII, la joven Cleopatra asistió a algunos episodios sangrientos que contribuyeron a fortalecer su carácter y a desarrollar su astucia para defenderse de los ataques a los que sus hermanos la sometieron en sus primeros años de reinado.

    Dotada de una destacable inteligencia, desde niña demostró un insaciable interés por aprender. No había ninguna rama de la ciencia conocida en su época que Cleopatra no dominara. Incluso se decía que tuvo un laboratorio privado en el que experimentaba con pociones, filtros amorosos y venenos. Contaba para ello con los mejores instructores y con la inmensa fuente de cultura que era la renombrada Biblioteca de Alejandría. Tenía igualmente una facilidad innata para el aprendizaje de lenguas, llegando a dominar nueve de ellas. Estaba dotada de gran capacidad para la oratoria, y su conversación era viva, fluida y ocurrente. Todo ello unido a una voz armoniosa, impresionó a cuantos la conocieron. Este bagaje cultural la hizo estar mucho mejor preparada para gobernar Egipto que sus indolentes e intrigantes hermanos.

    A pesar de ser y sentirse griega a todos los efectos, quiso conocer a fondo el país que gobernaría, para lo que viajó a lo largo de Egipto, aprendiendo todo sobre la cultura faraónica, los usos y costumbres de los egipcios, sus ritos religiosos y sus inquietudes. Fue la única de los ptolomeos que aprendió la lengua egipcia. Enamorada de su tierra, su objetivo primordial fue mantenerla independiente tanto de los países limítrofes como de la poderosa Roma, buscando pactos y apoyos, pero sin ceder un ápice de la soberanía de su patria.

    La figura de Cleopatra se alza triunfante en un mundo donde las cuestiones militares y territoriales se dirimían exclusivamente en clave masculina. Sorprendió al mundo con sus grandes dotes para la diplomacia y con el juego de alianzas que supo establecer entre partidarios y oponentes, ganándose un merecido prestigio en un momento especialmente convulso en la geopolítica mediterránea, en el que todos querían su parte del pastel.

    Su gran cultura y atractivo personal influyeron de modo determinante en dos de los personajes más importantes de Roma: Julio César y Marco Antonio. Dejando aparte la supuesta seducción a Julio César, su unión hizo que Egipto gozara de la protección de Roma, y, a su vez, Roma disfrutara de la ayuda económica de Egipto. Una alianza fructífera para ambos países. De César aprendió tácticas militares y políticas, y maduró como mujer. Con Marco Antonio, en cambio, las cosas fueron distintas. La legendaria y apasionada historia de amor que ambos protagonizaron no hizo que Cleopatra olvidara ni por un momento cuál era su compromiso para con su pueblo: mantenerlo a salvo de invasiones o conquistas extranjeras. A pesar de su incansable lucha por que así fuera, finalmente no pudo conseguirlo.

    Resulta importante destacar que ni después de la derrota, ni siquiera estando cautiva, se dio por vencida. Su gran habilidad para manejar situaciones adversas le fue tremendamente útil a la hora de engañar y confundir al poderoso Octaviano, el futuro César Augusto.

     La presencia de esta gran mujer como figura destacada entre los gobernantes de la época, de alguna manera marcó el camino a las mujeres romanas, que comenzaron a pensar que ellas no eran inferiores a los hombres y que no tenían por qué conformarse con un papel secundario. Siguiendo su ejemplo, acometieron labores y responsabilidades que tradicionalmente les habían estado vetadas. Lamentablemente, esta incipiente revolución femenina pronto fue sofocada y, pasado un tiempo, las cosas volvieron al estado anterior.

    Su poderoso magnetismo “puso de moda” a Egipto en la sociedad romana y gracias a su influencia en Roma se vivió una especie de pasión por lo oriental, de egiptomanía, tanto en arquitectura y costumbres, como en modos de vestir o de peinarse. Nadie quedaba indiferente ante la magnífica reina de Egipto, y todos la imitaban, a pesar de la antipatía que suscitaba en personajes tan influyentes como Cicerón, quien no cesó de criticarla hasta su muerte en época de Marco Antonio.

    No encontramos muchas mujeres cuya trayectoria permanezca viva a lo largo de los siglos, como es el caso de Cleopatra, a pesar de que la historia no siempre la ha tratado bien, confundiendo atractivo personal con belleza infinita, lucidez y capacidad oratoria con coquetería e impudicia, y conocimiento y cultura con hechicería. En la actualidad son muchas las voces que se alzan reivindicando a Cleopatra como una gran reina y una gran mujer de Estado, desmitificando la imagen banal y superflua que de ella se nos ha venido presentando.

    Su corta e intensa vida supuso el último momento de esplendor para Egipto. Durante su próspero reinado fue amada y respetada por sus súbditos en todo el país, y muchos años después de su muerte se siguieron celebrando ceremonias en honor a su soberana.

    La anexión de Egipto a Roma acabó con su sueño de mantener la independencia de su amado país, a pesar de que por ella luchó toda su vida sin escatimar esfuerzos tanto militares como personales. La desaparición de Cleopatra fue el punto final de la larga y brillante historia del Egipto faraónico. Fue la última reina de un país que ya no recobraría su soberanía hasta 1925.

    Pero repasemos su historia, basándonos en hechos contrastados.

    Cleopatra nace en el año 69 a.C. en Alejandría, la costa norte de Egipto. Su nombre era Cleopatra Nea Thea Filopator Netcher Meritites. Este nombre formado por palabras griegas y egipcias significa “la nueva diosa amada de su padre”. Era hija del faraón Ptolomeo XII, apodado “Auletes” por su afición a tocar la flauta. Tuvo cuatro hermanos, dos mujeres, Berenice y Arsínoe, y dos varones, ambos llamados Ptolomeo como era tradición familiar. Ella era la segunda tras Berenice.

    Tras unas revueltas en Egipto, el faraón Ptolomeo XII decidió viajar a Roma para pedir la ayuda militar de Pompeyo, a quien el rey de Egipto había regado con abundante dinero a cambio de protección. Durante este viaje, su hija mayor, Berenice, aprovechó para dar un golpe de Estado y proclamarse reina de Egipto, desterrando a su padre. Este, conseguida la ayuda de Pompeyo, recobró el trono y mandó decapitar a su hija traidora.

    A la vista de estos hechos, el faraón decidió asociar al trono a su segunda hija, Cleopatra, que también era su favorita, con apenas 14 años. Con él, la joven Cleopatra se formó para desempeñar el papel que la historia le había reservado, viajando por todo Egipto, aprendiendo la lengua del país y su cultura. Así, en el año 51 a.C., Cleopatra, con apenas 17 años se convirtió en faraón de Egipto, Señora de las Dos Tierras, Reina del Alto y el Bajo Egipto, Hija de Ra. Aunque por ley debió casarse con su hermano de apenas diez, que subió al trono con el nombre de Ptolomeo XIII. Como es natural, la opinión de un niño de diez años no tenía valor ninguno a la hora de gobernar y Cleopatra, a lo largo de sus primeros años de reinado, lo hizo prácticamente en solitario.

    Pero el niño creció y se sentía ignorado, por lo que junto a tres perversos consejeros, Potino, Aquilas y Teódoto, se confabuló con su otra hermana, Arsínoe, para declarar la guerra a Cleopatra, quien temió por su vida y se vio obligada a huir del país, refugiándose en las costas de Siria junto con un pequeño ejército de fieles. Antes de huir, Cleopatra había accedido al tesoro de Egipto, por lo que no le resultó difícil organizar otro ejército, si bien formado por mercenarios y piratas.

    Así estaban las cosas en Egipto mientras al otro lado del Mediterráneo, en Roma, seguía la Guerra Civil entre César y Pompeyo. El famoso estratega que fue Julio César finalmente derrotó a Pompeyo en la batalla de Farsalia. El vencido huyó a Egipto en busca de la protección de sus gobernantes, en pago por la que él les brindó años atrás.

    Pero las cosas habían cambiado en el país del Nilo y los tres consejeros de Ptolomeo XIII decidieron que lo mejor era hacer desaparecer a Pompeyo para así congraciarse con el nuevo hombre fuerte de Roma: Julio César. Lo mataron apenas puso el pie en Egipto y allí mismo le cortaron la cabeza para ofrecérsela como presente a César, que ya estaba de camino a Alejandría en su ciega persecución a Pompeyo.

    Julio César no solo no se alegró cuando le presentaron el macabro tributo, sino que se enfureció con los hermanos gobernantes, afeándoles sus maneras y tratándolos de salvajes. Entonces tomó la decisión de arreglar la situación entre los hermanos discrepantes. A Roma no le convenía la inestabilidad de Egipto, puesto que era uno de sus activos económicos principales. Con esta idea ordenó enviar emisarios a buscar a Cleopatra para reunirlos a los tres y llegar a un acuerdo. Pero Ptolomeo desoyó esta orden y no convocó a su hermana.

    Cleopatra, que estaba informada de cuanto sucedía en palacio, se dispuso a viajar a Alejandría de incógnito para relatar a César la situación y buscar una vez más la protección de Roma. No se sabe a ciencia cierta si fue Julio César quien, desconfiando del rey-niño y sus perversos asesores, envió a sus soldados por ella, o si fue por propia iniciativa de la reina, pero aquí es donde pudo tener lugar el cinematográfico episodio de la alfombra del que tanto se ha hablado y escrito. El hecho cierto es que la joven reina se las ingenió para ser llevada a los aposentos de Julio César dentro de una alfombra enrollada, o quizás metida en un saco de ropa de cama. La impresión que causó en el veterano militar parece evidente, puesto que se dice que Cleopatra no salió de las habitaciones privadas de César hasta pasados tres días. La faraón se había convertido en la amante oficial de Julio César. Era un arreglo beneficioso para ambos: César ayudaría a Cleopatra a recuperar su trono usurpado y le ofrecería la protección de Roma, que de este modo se aseguraba seguir contando con la inmensa aportación económica de Egipto.

    No se logró el acuerdo apetecido entre los hermanos y estalló lo que se llamó la Guerra Alejandrina, que acabó con la victoria de las tropas de César y Cleopatra. Las batallas en el puerto propiciaron que en un momento dado César decidiera quemar sus naves para impedir el avance del enemigo, y lamentablemente el fuego se propagó dañando muy seriamente la famosa Biblioteca. El hermano de la reina, Ptolomeo XIII, pereció ahogado en uno de estos combates. Así, Cleopatra volvió al trono, aunque de nuevo hubo de casarse con su otro hermano, Ptolomeo XIV, de diez años. La usurpadora Arsínoe fue apresada y llevada a Roma para exhibirla como botín de guerra. Posteriormente fue desterrada, muriendo finalmente en Éfeso.

    Tras un viaje por el Nilo en la galera real, en el que Cleopatra mostró a su amante la grandeza de su país, César fue reclamado y tuvo que volver a Roma, dejando a la reina embarazada. En el año 47 a.C. Cleopatra dio a luz a su primer hijo, Cesarión, fruto de su relación con el romano.

    Un año después, la reina decidió viajar a Roma para legitimar la posición de su hijo, pero las leyes romanas eran muy claras a este respecto. César ya estaba casado con Calpurnia, y aunque se divorciase de ella, un matrimonio con Cleopatra no sería válido puesto que ella no era ciudadana romana. En cuanto a Cesarión, él lo reconoció, pero ahí acabó todo. Aun así ella estuvo una larga temporada en Roma, donde suscitó filias y fobias, quizás más críticas que alabanzas, sobre todo por parte de los mordaces escritores y políticos romanos.

    Finalmente, tras el asesinato de Julio César en el año 44 a.C., Cleopatra consideró que su lugar estaba en Alejandría y que su etapa romana había llegado a su fin. Ella y su hijo emprendieron la travesía hacia Alejandría poniendo distancia de por medio y evitando la guerra entre partidarios y detractores de César, que se extendió por toda la cuenca mediterránea. Llegados a Alejandría, Cleopatra se dedicó a reparar cuanto había quedado dañado por la Guerra Alejandrina, a embellecer su ciudad y a educar a su hijo tranquilamente.

    De nuevo surgieron rumores de que su hermana Arsínoe, desde su exilio, se estaba confabulando con su esposo-hermano para intentar de nuevo derrocarla del trono de Egipto. La muerte inesperada de su hermano-marido Ptolomeo XIV acabó con este supuesto complot. Hay autores que ven la mano de Cleopatra tras esta muerte, pero esto no está confirmado. La reina decidió asociar al trono a su hijo Cesarión para cumplir con la ley que obligaba a que el poder fuera ostentado por un varón. Parecía que las cosas se iban tranquilizando para nuestra reina, ya que un niño de cortísima edad no podía suponer amenaza alguna para ella

    En Roma el panorama no era tan claro. Tras muchas negociaciones se formó un segundo triunvirato formado por Octaviano (Octavio), Marco Antonio y Lépido. Octaviano sería quien permanecería en Roma, Lépido iría a defender y conquistar el norte de África y el militar Marco Antonio quedaba como gobernador de la parte oriental del imperio.

    En su posición de gobernador, Marco Antonio mandó llamar a Cleopatra desde Tarso para pedirle cuentas por su neutralidad en las guerras entre seguidores y enemigos de César. La reina se sintió ofendida y no le hizo caso a pesar de su insistencia, aunque finalmente accedió a acudir a la llamada de Marco Antonio. El militar, de enamoramiento fácil, cayó rendido ante el atractivo de la reina y el lujo de su nave y su séquito (se dice que incluso perfumaba las velas de su embarcación y que sus vajillas eran de oro puro). Ella tampoco se mostró indiferente ante el veterano militar e iniciaron una relación amorosa, que el tiempo demostraría pasional y tumultuosa.

    Estuvieron juntos en Alejandría durante un par de años, hasta que el romano debió regresar a Roma, donde se vio obligado a desposarse con Octavia Minor, la hermana de Octaviano, para sellar la paz entre los dos bandos. Cleopatra queda sola, embarazada y deprimida. En el año 40 a.C. Cleopatra da a luz a dos gemelos, niño y niña, a quienes llamó Cleopatra Selene y Alejandro Helios. ¿La habría olvidado Marco Antonio?

    Tres años duró la ausencia de Marco Antonio hasta que regresó a Oriente. No, él no la había olvidado, su matrimonio romano fue una mera cuestión política. Así, en cuanto regresó, volvió a llamar a Cleopatra, quien acudió inmediatamente a su lado con los dos niños. El amor volvió a florecer entre ellos. Además, el militar quería financiación para sus campañas militares. A cambio, la reina recibiría los territorios de Chipre, Libia y Líbano, Cilicia, la costa este de Turquía, parte de Creta y dos ciudades fenicias. Cleopatra no solo le aportaría fondos para sus campañas, sino que puso su ejército a disposición de su amante.

    La relación amorosa entre Marco Antonio y Cleopatra se estrechó y en el año 36 a.C., ella dio a a luz a un tercer hijo del militar, al que llamó Ptolomeo Filadelfo. Marco Antonio estaba decidido a casarse con ella, a pesar de lo que pensaran en Roma. Incluso se produce un hecho llamado las “Donaciones de Alejandría”, en las que Marco Antonio reparte los territorios orientales conquistados y por conquistar entre Cleopatra y sus hijos. Naturalmente, esto sienta muy mal en Roma, donde Octaviano, con el apoyo del Senado, declara la guerra a Marco Antonio y Cleopatra.

    A pesar de que desde Éfeso la pareja intenta formar un ejército para hacer frente a la ofensiva romana, finalmente el día 2 de septiembre del año 31 a.C. tiene lugar la decisiva batalla de Accio, donde Marco Antonio y Cleopatra son totalmente derrotados por la poderosa maquinaria de guerra romana. Marco Antonio se sume en una depresión de la que ya no saldría jamás.

    El día 1 de agosto del año 30 a.C. Octaviano toma formalmente Alejandría sin apenas resistencia. Ese mismo día sería el último de Marco Antonio, quien se quitó la vida al llegar a sus oídos noticias de que su amante se había suicidado. Las noticias no eran ciertas, y se dice que fue ella misma quien fingió su propia muerte para animar a su amante a tener una muerte digna.

    Tras el entierro de Marco Antonio, Cleopatra quedó confinada en el palacio bajo la vigilancia de Octaviano, con quien intentó negociar los territorios que Marco Antonio había legado a sus hijos sin conseguirlo. Ella sabía que el futuro emperador soñaba con llevarla a Roma cargada de cadenas para exhibirla en un triunfo, y no estaba dispuesta a permitirlo. Tras estas reuniones infructuosas, Cleopatra engañó a Octaviano, que la quería viva, diciéndole que iba a hacer una ofrenda a Marco Antonio. Con esta excusa, se encerró con sus dos doncellas en su mausoleo y se suicidó el día 10 de agosto del año 30 a.C. Mucho se ha hablado sobre la muerte de Cleopatra, supuestamente causada por una serpiente. Esto es difícil de constatar, puesto que murieron las tres mujeres que había en el interior del mausoleo. Más bien pudo ser que ella y sus doncellas tomaran alguna sustancia venenosa, en las que Cleopatra era muy experta. Solo tenía 39 años.

    El día 31 de agosto del año 30 Roma se anexionó Egipto, no como país amigo y aliado como había sido hasta entonces, sino como una provincia más del imperio.

    DESPUÉS DE CLEOPATRA

    Tras estos acontecimientos, Cesarión, ya con 17 años, huyó hasta el Mar Rojo. Para el nuevo dueño de Egipto, el muchacho resultaba un fastidio. Apresarlo y llevarlo a Roma para exhibirlo en triunfo no le parecía una buena idea. Además de ser primo suyo, era el hijo del Divino César. Los romanos no lo verían con buenos ojos. Octaviano atajó el problema ordenando matarlo, probablemente después de someterlo a torturas.

    El resto de la descendencia de Cleopatra y Antonio no representaba peligro alguno para Roma y Octaviano los dejó al cuidado de su siempre dispuesta hermanastra Octavia Minor, viuda de Antonio. Los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene, de diez años, y Ptolomeo Filadelfo, de seis, vivieron en un ambiente confortable, compartiendo hogar con las hijas que su padre tuvo con ella. Un año después de la muerte de su madre, Octaviano los hizo desfilar en su triunfo. A partir de este momento, el rastro de los hijos varones de Antonio y Cleopatra se pierde.

    Años más tarde, el ya emperador Octaviano casó a Cleopatra Selene con Juba II de Mauritania. El joven también había sido capturado cuando tenía cinco años y se había educado en Roma. Marido y mujer habían tenido parecida educación y habían sufrido humillaciones similares. Octaviano los envió a Mauritania. Allí, la hija de Cleopatra trató de conservar el legado de su madre. Siguiendo la tradición, llamó a su hijo Ptolomeo, y se asoció a la diosa Isis. El único nieto conocido de Cleopatra sucedió a su padre, Juba II, en el año 23 a.C. Años después, Ptolomeo de Mauritania fue a Roma invitado por Calígula y recibido con grandes honores. Ambos descendían de César y eran primos lejanos. No obstante, Calígula, cuyas veleidades son sobradamente conocidas, ordenó matarlo. Y aquí terminó la historia de los descendientes de la gran Cleopatra.

    Por su parte, Octaviano trató obsesivamente de borrar las huellas de Cleopatra y Antonio. Para ello, declaró nefasto el día 14 de enero, día del nacimiento del general romano, y prohibió la combinación de los nombres Marco y Antonio. Nadie en Roma volvería a llamarse Marco Antonio. Todo valía para borrar la memoria del general de la faz de la tierra. Por supuesto, cuando en alguna conversación Octaviano se refería a la batalla de Accio, jamás pronunciaba los nombres de sus oponentes. El círculo más cercano a Cleopatra y Antonio también fue purgado.

    Además, Octaviano, como era de esperar, se apropió de los inmensos tesoros de los ptolomeos. Tal inyección de liquidez aportó aire a las menguadas finanzas romanas. Devolvió a sus lugares de origen las estatuas y obras de arte que Cleopatra y Antonio habían traído de otros países a modo de botín de guerra o de “regalo” de sus dirigentes. Aunque muchas de ellas acabaron en Roma.

    Se sabe que un representante de los sacerdotes egipcios ofreció a Octaviano 20.000 talentos para que se permitiera a los egipcios conservar las estatuas de Cleopatra. El romano aceptó gustoso, en parte por el sustancioso importe del negocio y en parte para quitarse preocupaciones. Ya sabemos que Cleopatra gustaba de hacerse representar como Isis, y en muchas de sus efigies no quedaba claro si la figura representada era la reina o la diosa. Naturalmente, no podía ir contra la imagen de una divinidad, cuyo culto, además, estaba muy extendido por todo el Mediterráneo. La veneración a la figura de Cleopatra continuó durante muchos años en Alejandría, e igualmente se sucedieron conmemoraciones y procesiones en las que las mujeres rasgaban sus vestidos en señal de duelo y los habitantes de la ciudad recordaban a su adorada reina que tan valientemente se opuso a la invasión romana.

    En honor a la verdad, Octaviano no destrozó ni vandalizó la ciudad, más bien al contrario, 17 años después de la muerte de la reina, se concluyó el Cesareum, el inmenso complejo templario que Cleopatra había empezado a construir en honor a Julio César. Octaviano fue uno de los pocos emperadores romanos que no pretendió imitar a Alejandro Magno, aunque tampoco demostró gran interés por la cultura egipcia ni por los anteriores ptolomeos muertos. Tan solo le interesó Alejandro, cuyo cuerpo sacó de su sarcófago para ponerlo en otro de cristal en un lugar donde la gente pudiera visitarlo.

    Quizás el hecho histórico más importante tras la muerte de Cleopatra fue el opulento triunfo de tres días que celebró Octaviano. Naturalmente, el suicidio de Cleopatra había arruinado su gran momento, que hubiera sido exponerla cautiva ante el pueblo. Por este motivo, Octaviano mandó hacer una efigie de la reina a tamaño natural, con una serpiente mordiéndole el pecho. Los tres hijos de la soberana desfilaron junto a esta imagen. El inmenso tesoro de Egipto, cargado en carros, causó sensación entre los romanos, que jamás habían visto tal cantidad de oro, plata, joyas, cascos, corazas, armas, muebles, vajillas y obras de arte. Por supuesto, no hubo la menor mención para Antonio.

    No se atrevió tampoco a tocar la imagen de Cleopatra como Venus Genétrix que hizo erigir Julio César, y que seguía en su Foro en Roma. Era lo menos que podía hacer por alguien que tanto beneficio económico le había proporcionado. Así, Cleopatra fue la gran vencida, pero también la gran admirada en esta ciudad extranjera.

    La influencia de Cleopatra se tradujo en una verdadera explosión de la egiptomanía. La arquitectura y el arte egipcios se hicieron presentes en edificios, elementos decorativos, e incluso en vestidos y peinados. Comenzaron a aparecer obeliscos, hojas de acanto, esfinges, cobras, jeroglíficos y flores de loto por todas partes. Todos los patricios querían poner motivos egipcios en sus palacios y villas. Se puede decir que la famosa reina puso de moda Egipto en aquel mundo occidental que se abría paso.

    ¿Se podría hablar de la muerte de Cleopatra como un hito en la historia? Resulta notorio que a partir de ese momento Occidente se orientalizó. Los emperadores romanos empezaron a considerarse dioses. Se hicieron representar como Serapis o como Dioniso, lo que tanto se criticó a Antonio. El propio Octaviano se autodenominó César Augusto y sería recordado tanto por sus conquistas, Hispania entre ellas, como por su actividad constructora por todo el imperio. Quedó tan impresionado por el fastuoso mausoleo de Cleopatra, que mandó construir uno similar en Roma para él.

    No obstante, el legado de Cleopatra fue mucho más allá. La primera y más importante consecuencia de la leyenda creada en torno a su vida y su muerte fue el sorprendente resurgir del papel de la mujer en la sociedad romana. Las mujeres de clase alta comenzaron a influir decisivamente en la vida pública romana, y a desempeñar tareas de Estado como consejeras de sus maridos, a relacionarse con embajadores de otros países, o incluso a gestionar ellas mismas sus propios patrimonios al margen de sus padres o esposos. Entre las clases más populares, también fue calando este atisbo de independencia femenina, y muchas romanas comenzaron a emprender oficios que hasta entonces les habían estado vedados. Fue tal la influencia que ejerció esta gran reina, que sirvió de ejemplo a muchas otras mujeres que, mirándose en su espejo, decidieron que no eran menos que los varones. Si Cleopatra había conseguido estar a la misma altura que los hombres, ¿por qué ellas tenían de conformarse con estar en segundo plano?

    Existen pocas fuentes directas y conocemos la vida de Cleopatra a partir de historiadores y filósofos clásicos, en su mayor parte críticos con la gran faraón, tanto por motivaciones políticas como culturales, aunque en sus obras siempre se percibe cierta admiración implícita. Casi todos la tildaban de seductora, lasciva o embaucadora, si bien todas estas apreciaciones tienen un denominador común: se negaban a aceptar que una mujer hubiera ejercido su poder sobre dos de los personajes más importantes del momento, Julio César y Marco Antonio, más por su inteligencia y capacidad que por su belleza física. Para su mentalidad, la única manera de salvaguardar el honor de un hombre era hacer ver que había caído en las redes de una mujer, dando por hecho que ella usaba sus armas femeninas para atrapar y dominar al varón, quedando el hombre como la pobre víctima indefensa que caía bajo sus encantos. Eso se perdonaba y se toleraba. Pero admitir que una mujer podía ser más capaz que un hombre no formaba parte de los esquemas mentales de la época. Una mujer resultaba menos peligrosa si se la consideraba extremadamente atractiva en vez de extremadamente inteligente. “Un hombre que enseña a una mujer a escribir debería reconocer que está suministrando veneno a una serpiente”, aseguraba Menandro, comediógrafo griego del siglo III a.C. Esa era la idea que se tenía de las mujeres en la antigua Grecia y que pervivió en Roma. La muerte de Cleopatra coincidió con el nacimiento de la literatura latina, y su influjo inspiró a muchos cronistas a crear el mito alrededor de su figura, que se convertiría en la “reina ramera”, o “una mujer de sexualidad insaciable”. Esta caracterización perduró en el tiempo e incluso, muchos siglos después, Dante la llamaría “pecadora carnal” y Bocaccio, “la puta de los reyes orientales”.

    No obstante, a pesar de estas críticas, a veces tremendamente ofensivas en el terreno personal, todas las fuentes coinciden en admitir que fue una mujer sobresaliente, que gobernó su país durante 20 años sin guerras ni invasiones, con una economía más que saneada, y que siempre contó con el favor y la lealtad de su pueblo. Esto era mucho más de lo que habitualmente consiguieron los hombres que gobernaron en los países de su entorno.

    En cambio, Marco Antonio no sale tan bien parado en las crónicas de la época. Los clásicos se ceban con él y todos lo consideran un militar indigno que rehuyó el combate para refugiarse bajo las faldas de su amante. Quizás, viendo la historia desde nuestra actual perspectiva, no seríamos tan severos con alguien que, indudablemente merece un lugar en la historia, y no solo por haber amado a Cleopatra.

    Sin lugar a dudas, la historia y, sobre todo, la leyenda de Cleopatra no acabó el día 10 de agosto del año 31 a.C., sino que sigue viva más de 20 siglos después en la literatura, el teatro, la música, e incluso el cine. Todos los campos del arte se han encargado de que la figura de Cleopatra siga resultando fascinante, si bien la imagen que se ha dado de ella es tan errónea como exageradas fueron las apreciaciones de los escritores clásicos. El nombre de Cleopatra quedará para siempre escrito en letras de oro en la larga lista de mujeres valientes y decididas que, a lo largo de la historia, dejaron su huella imborrable.

    Para los antiguos egipcios, era muy importante que se conservara el nombre de una persona, ya que, según sus creencias, solo alcanzarían la inmortalidad si este se repetía. El nombre de Cleopatra, para alabarla o para denostarla, como mujer fascinante o como perversa, como gran gobernante o como simple reina caprichosa, como paradigma o como aberración, se ha repetido tantas y tantas veces a través de los siglos, que no cabe duda de que ya es inmortal.

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  • La Virgen del Carmen en la Génesis de la Nación

    La Virgen del Carmen en la Génesis de la Nación

    El desastre de Rancagua marcó el término de la Patria Vieja y significó la restauración del régimen realista. Para los patriotas fue el fin de una etapa pero no de sus sueños de libertad y autonomía. Muchos emprendieron el éxodo a Mendoza desde donde retomaron la bandera de la Independencia chilena y americana.

    O’Higgins, acompañado de su madre y hermana, inició la travesía de los Andes en dirección a Mendoza el 3 de octubre de 1814 donde fue recibido por el gobernador de Cuyo, José de San Martín. El general chileno permaneció en esta ciudad un par de meses y a principios de diciembre se dirigió a Buenos Aires, donde vivió hasta los primeros días de febrero de 1816, fecha en que retornó a Cuyo para comenzar la preparación del Ejército Libertador.

    Durante el tiempo de preparación del Ejército en Mendoza, San Martín pudo observar que gran parte de los soldados y oficiales portaban el escapulario del Carmen y tenían la costumbre de rezar el rosario al atardecer. Al acercarse el momento de iniciar el cruce del macizo andino, San Martín, al mando de aproximadamente 5.000 hombres y con el destino de dos naciones en sus manos, quiso poner al ejército bajo la protección de la Virgen en alguna de sus advocaciones. Conocía San Martín el ejemplo del general Belgrano quien se había encomendado a la Virgen de la Merced en Tucumán y que ya en 1814 le había aconsejado, “no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre Nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa”. Al mismo tiempo, poco antes del cruce de los Andes, Pueyrredón le recomendaba, “ojalá sea usted oído por nuestra Madre y Señora de las Mercedes”. 

    La costumbre de nombrar patronas celestiales encuentra algunos antecedentes en América del Sur. En 1783 el presidente de Quito, José García de León y Pizarro, obsequió a Nuestra Señora del Guápulo un bastón de marfil en acción de gracias por preservar la paz. También dispuso se pusiera un cuadro alusivo al hecho en el cual aparece él de rodillas ofreciendo a la Virgen del Guápulo el bastón presidencial. Otra ocasión se produjo en 1811 cuando el virrey Abascal, en una solemne misa que se celebró en el Templo de Santo Domingo de Lima, con motivo de la instalación del regimiento de la Concordia, depositó un bastón de oro en las manos de la imagen de la Virgen del Rosario, al mismo tiempo que colocó en su altar todas las banderas ganadas al enemigo.

    No obstante las sugerencias de sus superiores, San Martín no nombró como Patrona del Ejército Libertador a la Virgen de La Merced. Había observado que la devoción a la Virgen del Carmen estaba muy arraigada en la provincia de Cuyo y que además numerosos oficiales chilenos eran miembros de la Cofradía del Carmen de Concepción, figurando entre estos los hermanos Francisco y Manuel Bulnes, Luis de la Cruz, Joaquín Prieto y Ramón Freire. 

    En clara muestra de su sentido práctico y para evitar disputas sobre este punto, tomó la decisión de llamar a una junta compuesta por los oficiales de mayor graduación a quienes les pidió que eligieran una advocación mariana bajo la cual se encomendaría el Ejército de los Andes. Los oficiales después de reunirse y votar, le comunicaron a San Martín que la triunfadora había sido la Virgen del Carmen. 

    El 5 de enero de 1817, en vísperas de iniciar el memorable cruce de los Andes, las máximas autoridades del ejército y de la ciudad de Mendoza, se reunieron con la finalidad de jurar a la Patrona del Ejército y a la nueva bandera nacional argentina, que había sido reconocida como tal por el Congreso de Tucumán. 

    Los actos se iniciaron a las diez de la mañana en la iglesia de San Francisco, justo en el momento en que los ocho templos de Mendoza comenzaron el repique de sus campanas. Al unísono, el Ejército inició su marcha por La Cañada en dirección al lugar donde se desarrollaría la ceremonia oficial. Los días previos las autoridades habían llamado a los mendocinos a adornar sus casas y volcarse a las calles para despedir a los hombres que pronto emprenderían el cruce de la cordillera. Se culminaba de esta forma el proceso de preparación y se iniciaba el que llevaría a la obtención de la libertad de Chile.

    El desfile militar detuvo su camino por primera vez frente al templo de San Francisco para esperar que saliera de él la Patrona Electa, la Virgen del Carmen, y después, continuó su marcha en dirección a la iglesia Matriz para bendecir el bastón de mando de San Martín y la bandera. Después de una misa solemne, las autoridades, el público y las tropas se dirigieron a un altar emplazado en el exterior de la iglesia, donde estaba instalada la imagen de la Virgen del Carmen. Según relato de Bartolomé Mitre, “San Martín puso su bastón en la mano derecha de la imagen, como Belgrano lo había hecho en vísperas de la Batalla de Salta con la Virgen de las Mercedes… y tomando la bandera subió con ella a la plataforma levantada en la plaza. Todos los cuerpos presentaron armas: los tambores batieron marcha de honor, y siguió un religioso silencio. ‘Soldados -señaló San Martín- esta es la primera bandera independiente que se bendice en América’. La batió por tres veces mientras el pueblo y las tropas lanzaban un estruendoso ¡Viva la Patria! Después de una triple descarga de fusilería, a la cual siguió una salva de 25 cañonazos, San Martín escoltó la imagen de la Virgen hasta su iglesia”. Una de esas banderas, serviría décadas después para amortajar los restos del prócer cuando estos fueron repatriados desde Francia a Argentina.

    La imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo que presidió esa histórica ceremonia se conserva hasta nuestros días en el altar mayor de la Iglesia de San Francisco en Mendoza. Su veneración data de comienzos del siglo XVIII, cuando Pedro de Núñez, hombre de gran fortuna y devoción, la hizo llevar desde Chile para donarla al templo de los jesuitas donde funcionó desde 1705 la primera Cofradía del Carmen de la ciudad. Con posterioridad a la expulsión de los jesuitas en 1767, la cofradía y la imagen se trasladaron a su actual ubicación.

    La Virgen del Carmen, un símbolo para la nueva república

    Los sucesos políticos ocurridos a partir de 1810 alteraron la normal comunicación entre las distintas órdenes religiosas al modificar las relaciones entre peninsulares y criollos. En esos años, la devoción por la Virgen María ocupaba un primerísimo lugar en la fe de los habitantes del Reino. Un interesante estudio del padre Gabriel Guarda señala que la mayoría de los templos en esos años tenía por titular alguna advocación mariana, siendo las más populares la Virgen del Rosario, la de la Merced, la de la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora del Carmen. Durante el periodo de la Independencia las preferencias de los realistas se inclinaron hacia la Virgen del Rosario o de la Merced mientras la Virgen del Carmen fue quien acaparó el fervor de los patriotas.

    El ascenso oficial de la Virgen del Carmen al primer lugar del culto mariano se inició con posterioridad a la batalla de Chacabuco (1817) de la mano de O’Higgins. El prócer, al igual que en el caso de San Martín, no registra antecedentes previos a la Independencia que atestigüen su especial devoción por ella. De hecho, la única pertenencia oficial que se le conoce es a la Hermandad de la Virgen de los Dolores, fundada por un grupo de criollos desterrado en la isla de Juan Fernández durante la reconquista y a la cual O’Higgins se integró cuando estos fueron liberados. Sin embargo, el fervor que la Virgen del Carmen despertaba en sus hombres lo llevó a transformarla en la protectora de la incipiente república. El 11 de febrero de 1817, pocas horas antes del enfrentamiento con los realistas en Chacabuco, O’Higgins, en un primer acto de autonomía respecto a los argentinos, reiteró el juramento realizado a la Virgen del Carmen en Mendoza pero proclamándola ahora Patrona y Generalísima de las Armas de Chile.

    A partir de entonces la Virgen del Carmen estuvo presente en casi todos los actos de la naciente república que él encabezó, uniéndose la devoción religiosa con el sentimiento patriótico.

    Con posterioridad a Chacabuco, la primera ceremonia oficial de celebración del Ejército de los Andes se realizó cuando éste hacía su ingreso a Santiago por la calle de la Cañadilla, que era en esa época el acceso norte de la capital. Las tropas se detuvieron frente a la iglesia de la Estampa Volada de Nuestra Señora del Carmen, realizándose un primer acto en honor a la Patrona del Ejército. En ese entonces, sólo habían siete parroquias en Santiago: El Sagrario, San Isidro, San Lázaro, Santa Ana, San Pablo, la Estampa y Ñuñoa. Cabe señalar que solo estas dos últimas estaban bajo una advocación mariana y ambas veneraban a la Virgen del Carmen. 

    Para la primera celebración de la fiesta del Carmen del Chile independiente, el gobierno dispuso la realización de una serie de actos oficiales. La noche del 15 de julio hizo su estreno la bandera “de transición”, la cual fue conducida altar de la Virgen del Carmen de la iglesia de San Francisco para pasar la noche a los pies de su imagen, escoltada por soldados del Ejército de los Andes. Al amanecer del día siguiente, se dispararon 15 cañonazos en honor del nuevo emblema patrio ante la presencia de tropas chilenas y argentinas. Después de la misa fueron condecorados, en medio de la algarabía popular, los héroes de Chacabuco. 

    En los meses siguientes coexistieron la bandera de la Patria Vieja, la de transición de 1817 y la argentina, que presidió al Ejército de los Andes. El 18 de octubre de 1817 fue sustituida la bandera de transición por el actual emblema patrio. Este, hizo su primera aparición pública en la iglesia de San Agustín de Concepción el 12 de noviembre de ese año, en la misma fecha que se realizaba en esta ciudad la procesión de la Virgen del Carmen.  

    La nueva bandera había sido confeccionada en Concepción por las hermanas Pineda, quienes hicieron presente a las autoridades que no cobrarían por su trabajo en obsequio de la Patrona del Ejército y pusieron una estrella en la bandera tricolor, porque en las letanías a la Virgen se le invoca como “Stella Matutina” (estrella de la Mañana). Esa estrella representó por tanto a la Virgen del Carmen.

    La promesa de O’Higgins

    Desde principios de marzo de 1818 se vivía en el país gran expectación. La suerte de Chile estaba en juego con la llegada de la expedición de Mariano Osorio, lo que había provocado gran desazón.

    La mañana del 14 de marzo Santiago amaneció con sus tiendas cerradas. Se estimaba, con acierto, que pronto se libraría la gran batalla que sellaría el destino de la independencia. Es en este contexto que las autoridades, encabezadas por Luis de la Cruz y el Obispo José Ignacio Cienfuegos, convocaron a los capitalinos a una misa en la Catedral para invocar la protección de la Virgen del Carmen. Fue en esta ocasión cuando todos los presentes en el templo ofrecieron erigir en el lugar en que se obtuviese la victoria definitiva, una iglesia en honor a la Patrona Jurada del Ejército. O’Higgins se encontraba en el sur combatiendo a los realistas, pero al llegar a la capital hizo suyo el voto del pueblo de Santiago. La Gaceta Ministerial en los días siguientes dejó constancia de dicha promesa al señalar, “en el mismo sitio donde se dé la batalla y se obtenga la victoria, se levantará un Santuario a la Virgen del Carmen, Patrona y Generala de los Ejércitos de Chile, y los cimientos serán colocados en el mismo lugar de su misericordia, que será el de su gloria”. 

    Al ponerse el sol se dispararon salvas de artillería en la Plaza de Armas y ese mismo día en homenaje a la Virgen del Carmen se perdonó la vida de unos condenados a muerte. 

    El triunfo patriota en los llanos de Maipú fue el día más glorioso de la historia patria. Con posterioridad a esta victoria, el cumplimiento de la promesa realizada a la Virgen en la Catedral por el pueblo de Santiago se convirtió en un imperativo para el gobierno. 

    El 7 de mayo de 1818 O’Higgins dispuso, “no debe tardarse un momento el cumplimiento de esta sagrada promesa” y procedió a designar como superintendentes de la construcción del futuro templo a Juan Agustín Alcalde y a Agustín de Eyzaguirre, para que estos presentasen a la brevedad un plano y correspondiente presupuesto de las obras. También les encargó proponer la forma en que se debían financiar y organizar los trabajos recurriendo para esto a las corporaciones y vecinos.

    El deseo de agradecer a la Virgen por la victoria obtenida se refleja claramente en algunas disposiciones gubernamentales. El 29 de octubre de 1818 se decretó que una de las fragatas que se construían en Estados Unidos se llamara María del Carmen de Maipú, “en agradecimiento a la singular protección con que ha favorecido a nuestras armas la serenísima Reina de los Ángeles, bajo el título del Carmelo”. Pocos días después, el 15 de noviembre del mismo año, O’Higgins y San Martín encabezaron la larga fila de autoridades y fieles que peregrinaron hasta el lugar de la batalla de Maipú para poner la primera piedra del templo que pensaban construir. Algunos fueron a caballo, en carretas o carruajes, pero gran parte de la muchedumbre hizo el camino a pie. Tres días después, se abrió una suscripción particular para la construcción del templo, y algún tiempo después se iniciaron las obras las que poco después serían interrumpidas. El mismo 1818 se estableció que la procesión del Carmen sería realizada cada año el tercer domingo de octubre, para conmemorar así la fecha en que Bernardo O’Higgins peregrinó a Maipú. 

    Cuando se produjo en 1819, la reapertura del Instituto Nacional, el recuerdo de la promesa a la Virgen del Carmen estaba muy presente y por eso las autoridades decidieron que la ceremonia de inauguración debía hacerse el 16 de julio, a fin que la iniciativa educacional prosperara bajo sus auspicios de la Virgen del Carmen.

    Durante el gobierno de O’Higgins la energía de los hombres de Estado fue consumida, entre otras obras, por la organización de la expedición libertadora del Perú,  el desarrollo de las incipientes fuerzas militares chilenas, el establecimiento de nuevas instituciones y la realización de numerosas e importantes obras públicas. La promesa del prócer de levantar un templo en honor a la Virgen del Carmen fue paulatinamente postergada. No lo sabía O’Higgins en ese entonces, pero el cumplimiento de su promesa sólo se concretaría 156 años más tarde.

    En la década de 1870, cuando Benjamín Vicuña Mackenna escribía “La batalla de Maipú”, visitó el sitio histórico de la célebre batalla y pudo observar el abandono en que se encontraba el Templo de O’Higgins. Escribió en su libro refiriéndose a los miles de muertos que yacían en este lugar, “cuando la barreta del explorador de estos osarios (refiriéndose a él mismo) cavaba en la tierra con su propio brazo, venía a la superficie el polvo calcinado de los que murieron por un rey que no conocían y por una patria que les ha olvidado”. Implacable con los chilenos, señalaba, “otros pueblos habrían guardado y venerado esas cenizas sagradas, y concluido con premura las obras destinadas a su recuerdo… pero los chilenos son más prácticos que todo eso: sobre las faldas santas de Maipo han sembrado alfalfa, y de la iglesia votiva e inconclusa, si alguna vez le ponen cobertor de teja o de paja, harán los hacendados limítrofes un espacioso granero… Nosotros… solo querríamos que sobre los muros inconclusos del templo de Maipo una mano humilde escribiese esta leyenda de amargo reproche, pero de eterna y reparadora justicia, que algo siquiera enseñaría a nuestro orgullo: ‘Aquí, envuelto en su sudario de gloria, yace el patriotismo chileno’”.