Mes: Septiembre 2021

  • Civilización y barbarie: Estados Modernos

    Civilización y barbarie: Estados Modernos

    No hay sociedad sin alguna forma de poder político. Si este falta, el grupo se disgrega y acaba desapareciendo. En nuestras sociedades modernas ese poder se encarna en el Estado, que ha crecido de modo extraordinario. Regula y controla casi todos los aspectos de la vida social y emplea a su servicio una ingente cantidad de recursos –materiales y personales–. Dos circunstancias entre otras, la guerra y la revolución, han contribuido de modo decisivo al crecimiento de los Estados modernos.

    Nuestras sociedades occidentales dan la impresión, a primera vista, de funcionar casi solas, sin necesidad de que los agentes del Estado nos coaccionen físicamente. Es así de modo ordinario, pero en última instancia éste se apoya en la fuerza física –ejército, policía, jueces, cárceles–. Lo notamos en cuanto hay cualquier desorden y la policía tiene que reprimir algaradas o manifestaciones.

    Ejercer el poder, de modo especial si es tan grande como el de los Estados modernos, tiene un particular atractivo. En las sociedades anglosajonas este fenómeno es menos acusado, pues hay en ellas una sociedad civil más robusta. En cambio, en sociedades europeas como la española, manda el Estado. Mantenemos con él una peculiar y casi contradictoria relación: nos rebelamos contra su hegemonía y, a la vez, lo esperamos todo de él. Mucha gente joven, que comienza su vida profesional, aspira a trabajar justamente en la función pública. Se da hoy en España una notable desafección hacia la clase política y hacia las instituciones del sistema democrático – partidos políticos, parlamentos, ayuntamientos, etcétera–, pero, a la vez, esos mismos ciudadanos esperan la solución a sus problemas de los políticos que mantienen el aparato estatal, ante el que se postran en actitud reverente. Ya he mencionado antes cómo el Estado se ha “adueñado” de la gestión de ámbitos tan importantes como la sanidad o la educación. El clima de opinión en la Europa continental es básicamente socialdemócrata: la ciudadanía acepta encantada que sea el Estado quien tome el mando, se encuentra muy cómoda bajo esa tutela y parece que al cabo de dos siglos se hubiera olvidado el llamamiento de Kant.

    Por fortuna, la violencia ha desaparecido en buena medida de nuestra vida cotidiana. Generalmente no tenemos la necesidad de salir armados a la calle y, si hay conflictos que lleguen a la confrontación física, los agentes del orden se encargan de resolverlos. Aun así, con inquietante frecuencia hay estallidos de violencia: delincuencia, terrorismo, huelgas y manifestaciones salvajes. Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas. Se pone de manifiesto entonces que el orden social es frágil, que la aparente estabilidad institucional puede esfumarse a las primeras de cambio. También en el orden social adquiere vigencia la ley de la entropía, en virtud de la cual todo sistema físico cerrado está condenado al enfriamiento y al desorden. Mantener el orden, cualquier tipo de orden –en la mesa de trabajo, en el armario, en el jardín, en la sociedad–, exige un notable y constante esfuerzo. Platón ya explicó que todo orden se arranca con esfuerzo al caos primordial.

    Esa presencia de la violencia, siquiera latente, en medio de Estados tan bien organizados constituye un motivo de “escándalo”. ¿Cómo se compagina un grado tan alto de civilización con esa brutalidad salvaje? Ya he aludido antes a la peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Además de la guerra y de la revolución, hay otros factores que explican el prodigioso desarrollo del Estado moderno. Por ejemplo, la ciencia y la tecnología. He descrito antes a la ciencia como el buque insignia de la cultura moderna, como su logro más destacado –junto con la tecnología–.

    Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas.

    La ciencia es, de entrada, una forma de saber, aunque muy distinta del conocimiento intuitivo de la vida cotidiana. Se trata de un saber riguroso, bien fundado, de validez objetiva –quien lo rechaza parece un loco, se autodescalifica–, que se basa en un método específico (hipotético–deductivo y experimental). Pero ya desde el principio de su prodigiosa historia, la ciencia moderna ha sido también poder. “Saber es poder; tanto puedes cuanto sabes”, escribió Francis Bacon, el sistematizador del método científico experimental. Desde que la ciencia moderna empieza su singladura (siglo XVII) y hasta el día de hoy, ese poder, ese talante de dominio y explotación se ha ido aplicando sucesivamente a tres ámbitos. Voy a distinguirlos a efectos de la exposición, pues en la realidad todo se mezcla. En primer lugar, se somete el medio físico, como exigencia de la revolución industrial. La producción masiva de todo tipo de bienes exige la extracción de recursos –minerales, vegetales y animales–, algunos de los cuales no resultan fácilmente renovables. Además, el proceso industrial produce basura y contamina. Esto ya se advirtió desde el comienzo de la revolución industrial, lo denuncia, por ejemplo, el Romanticismo, pero los campeones de la industria tranquilizan a los críticos: “No hay problema; es verdad que las fábricas contaminan, pero la naturaleza es fuerte y puede autoregenerarse”. Sin embargo, desde hace unos años advertimos que esto ya no es así: peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    La Libertad Guiando al Pueblo de Eugène Delacroix.

    Peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    En segundo término, el poder de la ciencia y la tecnología se ejerce sobre el medio social. El moderno ve la sociedad como un artificio, como una convención (contrato social). Si no nos convence la que tenemos, podemos idear diseños alternativos y proponernos llevarlos a la práctica, incluso de modo violento (revolución). La sociedad se concibe como un mecanismo, que podemos desarmar y volver a armar conforme a nuestro designio. Cuando el gobierno de la sociedad se plantea como una técnica, al modo ingenieril, hablamos de tecnocracia. Se trata de trasladar al ámbito social la eficacia mostrada por la tecnología en el campo industrial. El siglo XX nos ha enseñado cómo terminan esos experimentos: en regímenes totalitarios, que han dejado el campo sembrado de millones de cadáveres. La pretensión de instaurar el paraíso en la tierra desemboca fácilmente en el infierno más inhumano. En tercer lugar, el talante dominador afecta a la vida del organismo humano, en el nacimiento y en la muerte. Se trata en todos los casos de imponerse a la espontaneidad natural, que ya no merece ningún respeto. La revolución sexual favorece una práctica promiscua, con la inevitable consecuencia de los embarazos no previstos y a esa indeseable situación se responde con el aborto masivo. Y a la inversa: la infertilidad aumenta y se quiere descendencia a toda costa. Para dar respuesta a esa exigencia –el juego oferta–demanda es consustancial a la economía de mercado– surge toda una industria de la fecundación asistida: in vitro, clonación (como proyecto, de casi imposible realización), útero artificial. En el final de la vida se repite la situación. De una parte, el prejuicio intervencionista, propio de la medicina moderna, lleva al ensañamiento terapéutico. La tecnología y la farmacología ofrecen muchas posibilidades de actuación (y de lucro) que sería absurdo desperdiciar. Al médico le cuesta aceptar su fracaso y asistir pasivamente a la muerte del paciente, siente la imperiosa necesidad de hacer algo. Además, esa fase terminal de la vida constituye un interesante reto científico y permite experimentar en condiciones únicas. Y a la inversa: si el paciente es una carga, bien para el personal sanitario o para la familia, o no termina de morir, se le elimina sin más (eutanasia) o se le persuade para que él mismo se quite de en medio (suicidio asistido). Y siempre, en cada una de esas manifestaciones del control sobre la naturaleza humana, acecha el negocio. Es más, con frecuencia son intereses económicos los que están detrás de proyectos, investigaciones o legislaciones.

    Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    Salta a la vista la conexión de este afán de dominio, posibilitado por la ciencia, con la aparición y consolidación de la cultura de la muerte. El moderno no va a respetar nada, tampoco la vida del no nacido o del enfermo terminal. El “yo quiero” de Nietzsche se convierte en el nuevo imperativo categórico. Lo que se puede hacer, se hará, también cuando implique eliminar vidas. El moderno se propone tomar el mando también sobre la totalidad del proceso evolutivo. Si hasta el momento hemos asistido al despliegue de la “evolución biológica”, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora vamos a entrar en la denominada “evolución cultural”, en la que el propio hombre determinará el rumbo Se habla de enhancement, de condición transhumana, de la simbiosis hombre–máquina (cyborg), de la inmortalidad, de la creación de una nueva modalidad humana. Gran parte de esas pretensiones son quiméricas, pero nos dicen mucho sobre la mentalidad del moderno. Y abren un panorama sombrío. Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    La inquietante presencia de la violencia, latente o manifiesta, en medio de sociedades modernas y refinadas ha reabierto el debate sobre sus causas o raíces. ¿Somos violentos por naturaleza o aprendemos a serlo en sociedad? Tenemos aquí una nueva modalidad de la clásica contraposición entre naturaleza y cultura. Como hemos ido viendo en estas páginas, el moderno se esfuerza por quitar protagonismo o relevancia a la naturaleza para poner en su lugar la propia voluntad.La etología, que estudia el comportamiento animal y lo compara con el humano, habla de raíces biológicas de la violencia, pues cierta dosis de agresividad es útil, casi imprescindible, para la supervivencia de la especie. Tenemos así violencia ligada al territorio, a la jerarquía dentro del grupo, a la sexualidad, a la supervivencia (cadena trófica). Incluso hay una violencia lúdica: los animales juegan, igual que el hombre.

    En el caso del hombre también entran en liza factores culturales, de muy diverso tipo. Enumero algunos, sin ánimo de ser exhaustivo: el cambio social rápido y profundo (los individuos o grupos que no son capaces de adaptarse pueden reaccionar con violencia); la tecnología, (el prodigioso desarrollo del armamento facilita y, en ocasiones, incita a su utilización); el desarrollo urbano (tanta gente hacinada en tan poco espacio da lugar a fricciones); patrones culturales en proceso de cambio, (por ejemplo, el machismo de algunas sociedades tradicionales); la droga (la mayor parte de los delitos cometidos en Occidente tienen que ver con ella); el negocio del sexo (trata de mujeres, pedofilia, pornografía; la asociación de sexo y violencia es clásica); la ideología, (el terrorismo como fenómeno moderno, los totalitarismos); la codicia; el odio; la xenofobia.

    Son muchos los factores capaces de originar comportamientos violentos. Me pregunto si se podría hablar de un factor radical. ¿Qué persigue, en última instancia, el homicida? ¿Qué es lo que hay en juego cuando un hombre mata a otro? He apuntado más arriba que no hay grupo humano sin poder y que la sociedad moderna ha desarrollado mecanismos para la concentración de un poder nunca visto anteriormente (Estado moderno). Pero esos poderes, a pesar de modos de ejercicio de una crueldad inédita, son limitados. El hombre, también el déspota, está sometido a un poder superior:la muerte. Nadie escapa a su jurisdicción. En última instancia, el homicida se asocia a la muerte, al poder supremo. En el límite, puede aspirar a ser el último en morir, lo que no deja de ser un consuelo. El que mata ejerce la suprema soberanía, decide sobre la vida y la muerte de los demás, se coloca por encima del bien y del mal, juega a ser Dios.

    Las autoridades, el personal sanitario, los padres que deciden sobre la vida o la muerte de hijos no nacidos o de enfermos desahuciados participan de ese mismo juego. Sucumben a una fascinación particularmente insidiosa, que es erigirse en juez supremo (esto no impide que intervengan también otras motivaciones: económicas, políticas, de conveniencia personal). Ya lo escribió Hegel: “La obra de la libertad absoluta es la muerte”.

    LA RELIGIÓN TAMBIÉN TIENE ALGO QUE DECIR

    Vengo razonando en términos sociológicos, al margen de cualquier fe religiosa. El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias. Hecha esta salvedad, añado que la religión contribuye a enriquecer la argumentación y el debate. La apertura a la trascendencia ensancha el horizonte y abre nuevas perspectivas.

    Max Horkheimer, marxista y cabeza de la Escuela de Frankfurt, lo intuyó agudamente al escribir: “En última instancia, el argumento decisivo contra el homicidio es de tipo religioso”. ¿Por qué tenemos que respetar al otro? ¿Qué nos impedirá eliminarlo si supone un obstáculo para nuestros intereses? La pertenencia a la común especie humana no garantiza nada (homo homini lupus, en expresión de Hobbes). El hombre ha visto siempre en la vida algo sagrado, de valor eminente. En la tradición occidental eso se ha llamado “dignidad humana”, y tiene una inherente connotación religiosa. La vida humana adquiere un valor absoluto solo si el hombre es imagen del Absoluto.

    Manifestación de 1917 en Rusia.

    Kant ha sido tal vez el autor moderno que con más profundidad ha reflexionado sobre la dignidad humana. Distingue dos tipos de fines, el fin para sí y el fin en sí. El primero caracteriza el egocentrismo puramente animal: cualquier ser vivo es el centro de su mundo y puede referirse a los demás seres en función de su propio bienestar orgánico (por ejemplo, el bebé espera que el mundo atienda sus necesidades orgánicas). Para Kant, el hombre es además fin en sí. Sería inmoral considerar a los demás únicamente como medios, como instrumentos para el logro de nuestros objetivos. Seguramente es inevitable verlos desde esta perspectiva utilitarista, pero hay que procurar mirarlos también como fines en sí. La antropología del siglo XX ha hablado en este sentido de la “posición excéntrica” del hombre (Helmut Plessner): el ser humano puede advertir que hay otros centros, para los que uno mismo es periferia, reconocerlo e incluso ponerse al servicio de los demás (amor). Reflexiones como las de Kant o Plessner son atinadas, pero tal vez se quedan cortas. Los hombres solo pueden considerarse hermanos si comparten un Padre común (la retórica invocación a la fraternidad universal en la Revolución francesa fue de la mano con el genocidio de La Vendée y el recurso a la guillotina). Ver al otro como una amenaza, como un enemigo al que hay que exterminar implica que hemos roto antes el lazo de la fraternidad radical. –¿Soy acaso el guardián de mi hermano?-, responde Caín a Yahvé cuando le pregunta por el paradero de Abel. Platón añade otro elemento a esta reflexión: hay en el hombre un anhelo natural de justicia. La realidad de este mundo enseña que, con demasiada frecuencia, los malos triunfan y los buenos son oprimidos. Es necesario, supone Platón, que al término de esta vida haya un arreglo de cuentas definitivo, en el que unos y otros reciban su merecido. Así argumenta a favor de la inmortalidad del alma.

    El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias.

    Si nos fijamos en Occidente, ya vimos la poca estima por la vida humana que caracteriza a las antiguas culturas, Grecia y Roma incluidas. El cristianismo humanizó las leyes y las costumbres. La práctica de la caridad protegió a los más débiles e indefensos: huérfanos, viudas, enfermos, esclavos. Cuando en el siglo IV el emperador Juliano el Apóstata intenta borrar el cristianismo y recuperar el viejo paganismo, reconoce que el enemigo a batir es la institucionalización de la caridad cristiana, y se propone (sin conseguirlo) hacer algo parecido en términos paganos. En cierto modo, la situación es la misma a día de hoy. Heinrich Böll, premio Nobel de literatura y hombre de izquierda, dijo que prefería vivir en el peor país cristiano antes que en el mejor país pagano. En el primero se podía dar algo por seguro: la misericordia, la compasión hacia los más débiles. En continuidad con esa tradición, los Papas y la Iglesia en general han asumido en nuestro tiempo un destacado protagonismo en la defensa de la vida frente a los embates de la cultura de la muerte. La Iglesia aporta a ese debate su acervo de reflexión teológica y filosófica y su condición de veterana experta en humanidad. A la luz de la situación, no sorprende que los promotores de la muerte hayan visto en la Iglesia a su principal enemiga, de la misma forma que el homicida se enfrenta a Dios. Si el moderno se siente llamado a ocupar el lugar de Dios –el poder que le proporcionan la ciencia y la tecnología así lo autoriza–, deberá procurar con todos los medios a su alcance neutralizar la influencia de la Iglesia (proceso de secularización).

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia.

    Esto puede hacerse “por las buenas”, sin dramatismo, tal como lo formula Feuerbach: “La religión es algo conveniente, pues hace a los hombres pacíficos, benevolentes, solidarios; es uno de los más maravillosos inventos humanos, del cual sería peligroso prescindir. Pero, en definitiva, la religión es un invento: no es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre el que con su genio ha creado a Dios”. Una vez que el moderno ha logrado el adecuado nivel de madurez, ya no necesita esas muletas y Dios y la religión son invitados a hacer mutis por el foro. El tono empleado por Nietzsche es más perentorio: “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”.

    “Guérnica”, inspirada en el bombardeo alemán a esta ciudad en 1937. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia.

    En su versión moderada, este programa apunta a eliminar la presencia pública del hecho religioso y a recluirlo en la esfera privada. En su expresión más radical, el objetivo es la eliminación física de la Iglesia y la implantación del ateísmo. La secuencia que se da en Europa a partir del siglo XVII –deísmo, agnosticismo, ateísmo– permitía suponer que la victoria de la Ilustración sería definitiva y que la religión quedaría completamente extirpada del cuerpo social. No ha sido así. Es evidente que la religión ha perdido vigencia en Occidente, inspira en mucha menor medida que antes, las costumbres, leyes e instituciones. Pero no ha desaparecido, ni mucho menos. El país más moderno del mundo, Estados Unidos, es el que cuenta con una mayor densidad de templos por habitante. Y en otros continentes la religión prospera (Occidente no equivale a la totalidad del mundo, hay que evitar el etnocentrismo). En cambio, quien sí ha entrado en una crisis de grandes dimensiones es la cultura ilustrada. Por tanto, hoy se tiende a revisar “a labaja” la tesis de la secularización como proceso inherente a toda modernización.

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia. Hay un rechazo militante, que encuentra una favorable cobertura en muchos foros y medios de comunicación, y que querría negar a la religión –más en concreto, a la Iglesia católica– el pan y la sal. Son constantes las manifestaciones de esta nueva Kulturkampf: “guerras de los crucifijos”; intentos para borrar el carácter cristiano de fiestas como la Navidad; cambios en la denominación de las vacaciones escolares; supresión de los juramentos en las tomas de posesiones de representantes electos y de Gobiernos; eliminación de cualquier referencia a Dios en constituciones y otros textos legales. Ejemplo reciente y de los más ilustrativos: el intento de suprimir toda mención al cristianismo en el prólogo del fallido proyecto de Constitución europea, para lo que se saltaba directamente de la Grecia clásica a la Ilustración del siglo XVIII al tratar las raíces de la cultura europea. Generalmente son minorías las que plantean estas batallas, pero con gran encono y con notable eco en los medios y en las redes sociales. El enfrentamiento entre las culturas de la vida y de la muerte se lleva también al campo religioso, con una especial virulencia. Encontramos manifestaciones, y no solamente verbales, de auténtico odio. Los enemigos de la vida suelen serlo también de Dios y de la Iglesia. Siquiera implícitamente vienen a reconocer en Dios al autor de la vida y en la Iglesia a su representante cualificado en la tierra, y no soportan que se crucen en su camino para recordarles la vigencia del “no matarás”.

    Es lógico que se produzca esa confrontación. El positivismo jurídico había pretendido independizar el derecho de la moral (vano intento, como ya hemos visto). Cabe ir más allá todavía y preguntarse si es posible en absoluto una moral sin religión. Probablemente, no. La fe religiosa da razón de la estructura y sentido último del mundo y del papel de Dios y del hombre en él. Del dogma deriva la moral: si Dios, el mundo y el hombre son de tal manera, de ahí se deduce el modo correcto de comportarse. Sin el anclaje religioso la moral queda coja. En última instancia, los grandes debates morales acaban teniendo una implicación religiosa, y esto es lo que sucede con la cultura de la muerte, que afecta a aspectos esenciales de la condición humana. ¿Cómo dialogar con alguien que, en virtud de una supuesta libertad absoluta, invoca el derecho a matar a su hijo y, además, con cargo a los presupuestos del Estado? No resulta fácil razonar en ese contexto con un mínimo de serenidad. Los razonamientos abstractos no alcanzan su objetivo. Cabe confiar en que esa persona hará algún día la experiencia del amor verdadero, incondicionado, bien porque amará a alguien o porque se sentirá amada. El amor está íntimamente unido a la auténtica apertura a la realidad, a una actitud que no busca la manipulación interesada. De hecho, en cierto modo son la misma cosa. Al que se sabe querido –y creado– por Dios le resulta más fácil aceptar y querer al otro. En clave cristiana, incluso verá al mismo Cristo en el otro. Jesucristo es nuestro hermano mayor, la cabeza de la humanidad y de la Iglesia, quien revela el ser íntimo del hombre al propio hombre.

    Hay una peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Quien vive así aprende a estar en el mundo de una manera nueva. Hay continuidad entre la relación que tenemos con Dios y la que tenemos con los demás hombres y con la naturaleza. Nos encontramos aquí con una profunda intuición, presente en muchas religiones: la paz con los hombres y con la naturaleza no se pueden separar de la paz, de la armonía con Dios. Podemos hablar así de una ecología integradora, en la que el respeto a la vida encuentra su pleno sentido.

  • La Respuesta Romántica

    La Respuesta Romántica

    ¿Que es el Romanticismo?; ¿es algo errático o una certeza?; ¿es de izquierda o de derecha?; ¿es revolucionario o reaccionario?; ¿que es lo que es? Tales preguntas no son académicas pero no por eso sin importancia. Al contrario, nos ayudan a entender el mundo en que vivimos.

    John William Waterhouse. The Lady of the Shalott, 1888

    En el Epílogo de la tercera edición de “La Vuelta del Peregrino” , C.S. Lewis se quejaba que por Romanticismo se entendían tantas cosas, que como palabra había pasado a no tener significación. “No usaría esta palabra para describir ningún fenómeno”, protestaba, ya que la considera “una palabra con tantas acepciones al punto de ser inútil y debería por ende, borrarse del vocabulario”. Con calma, Lewis!, si elimináramos palabras simplemente por tener múltiples y vagos significados, o porque se abuse de su significado, o éste se corrompa por una mala aplicación, resultaría casi imposible poder hablar o expresarnos. Tomemos como ejemplo la palabra “amor”. Pocas palabras han sido tan manoseadas como “amor” y sin embargo, pocas palabras son de tal importancia axiomática para el entendimiento de sí mismo.

    John Lennon y Jesucristo no quieren decir lo mismo cuando hablan del amor. Uno se pone una flor en el pelo y se embarca en un viaje alucinógeno a San Francisco, mientras que el otro acepta que le pon- gan una corona de espina en su cabeza y va al Gólgota a encontrar SU muerte. El uno se desvía, el otro muestra el CAMINO. El uno es sublime, y el otro ridículo. Por supuesto que C.S. Lewis entendía esto perfectamente. De hecho lo entendía tan bién que escribió un libroentero sobre el asunto. En “Cuatro Amores” quiso definir “el amor”. Y lo que es verdad de esa palabra “amor”, es igualmente verdad de la palabra “romanticismo”.

    Si queremos avanzar en entender el romanticismo, debemos aban- donar la noción de abolir la palabra “romanticismo”, y comenzar, en vez, a definir los términos. Lewis, a pesar de sus protestas, entendía perfectamente esto y del deseo de abolir la palabra, pasó a enumerar varias definiciones de la misma, argumentando que“podemos distinguir al menos siete especies de cosas a las que se le llaman románticas”. ¡De cuatro amores a siete romanticismos!, Lewis no estaba para abandonar el significado, o “mens sana” a otros hombres sin mente ni pecho!

    Ya que las siete definiciones del romanticismo, de Lewis son difíciles de manejar, es necesario afinar nuestra definición del romanticismo en una unidad comprensiva de la cual las otras definiciones sean sub sets. Que caracteriza o distingue al romanticismo, o volviendo a la pregunta inicial, ¿que es?. De acuerdo al Diccionario de Filosofía, Collins; el romanticismo es “un estilo de pensamiento y de percepción del mundo, que dominara la Europa del siglo XIX”. Partiendo en la cultura medieval temprana, se refería originalmente a los cuentos en la lengua Romance sobre el amor cortesano y otros temas sentimentales que se distinguen de las obras escritas en latín clásico. Desde el comienzo, por ende, “el romanticismo” estuvo en contra distinción del “clasicismo”. El primero se refiere a un punto de vista marcado por sentimientos refinados y recíprocos, y por lo tanto se puede decir que es introvertido, subjetivo, “sensible” y dado a los sueños nobles; el último está marcado por el empirismo, gobernado por la ciencia y medición precisa y podría llamársele extrovertido.

    Joseph Karl Stieler (1781–1858). Retrato de Ludwig van Beethoven Componiendo la Missa Solemnis. 1820 Current location Beethoven-Haus.

    Habiendo definido nuestros términos, entendiendo, en el sentido más amplio y general; podemos proceder a una discusión de la forma en que la sociedad humana ha oscilado entre las dos visiones alternativas de la realidad representada por el clasicismo y el romanticismo. Antes que nada, sin embargo, debemos insistir en que esta oscilación es en sí una aberración, producto de la modernidad. En la Edad Media no existía tal oscilación entre los dos extremos de la percepción. Al contrario, el mundo medieval se caracterizaba, y de hecho se definía por, una unidad teológica y filosófica que trascendía la división entre romanticismo y clasicismo. El nexo entre filosofía y teología en la visión del hombre en el Platonismo Agustino y el Aristotelismo Tomista estaba representado en la fusión de fides ratio, la unión de fe y razón. Tómese como ejemplo el uso figurativo o alegórico en la literatura medieval, o el uso del simbolismo en el arte de la época. La función de lo figurativo en el arte y la literatura medieval no tenía como propósito principal producir sentimientos espontáneos en el observador o lector, sino estimular al observador o lector a ver el significado filosófico o teológico contenido en la configuración simbólica. En este sentido, el arte medieval, iluminado por la filosofía y teología medieval, es mucho más objetivo y extrovertido que el ejemplo más “realista” del arte moderno. El primero apunta a las ideas abstractas que son el fruto de una tradición filosófica que existe independiente tanto del artista como del observador; el segundo recibe su “realismo” sólo de las emociones y sentimientos de aquellos que lo “experimentan” o “sienten”. Uno exige que el artista o el observador se proyecten más allá de sí mismos a la verdad trascendente que está afuera; mientras que el otro se desliza por los sentimientos de la experiencia subjetiva. El rendir lo trascendental a lo transitorio, lo perenne a lo efímero, es la característica de la sociedad post cristiana y por ende, post racional. Es la marca de la bestia. La fusión medieval de la fe y la razón se fragmentó, teológicamente, con la Reforma, y filosóficamente, con el neo clasicismo de fines del Renacimiento. El romanticismo y el clasicismo, puede decirse, representan intentos de reparar los fragmentos del huevo Humpty Dumpty del cuento. Son en realidad intentos de darle sentido al sinsentido de la fragmentación de fe y razón.

    La pretenciosa auto nominada “Ilustración” era el Fenix-Frankestein filosófico que se elevó de las cenizas de esta fragmentada unidad. Representa la razón sin fe, o mejor dicho, una fe ciega en la pura razón. De la misma forma que la fragmentación teológica de la Reforma Protestante había llevado a un rechazo de la ratio (razón) escolástica, incluyendo solo el fides; la fragmentación de la Ilustración-Renacimiento, llevó a un rechazo del fides, incluyendo sólo la ratio. La creencia que el hombre había destronado a los dioses de la superstición, llevaría muy rápidamente a la supersticiosa elevación del hombre a ser un dios auto adorador. En el tiempo esto llevó a la veneración de la diosa Razón en la Catedral Notre Dame de París durante el Reino del terror que surgió a continuación de la Revolución Francesa, la primera manifestación del totalitarismo racionalista. Si la Ilustración se caracterizó por el cientificismo y el escepticismo, es decir, la veneración de la ciencia y la denigración de la religión; la Respuesta Romántica en contra de la Ilustración se caracterizó por el escepticismo hacia la ciencia y la resurrección de la religión. El Romanticismo emergería, de hecho, como la reacción de “fe inarticulada” en contra de la “razón inarticulada”; es decir la veneración del corazón en guerra contra la veneración del seso. Fue un espectáculo muy alejado del paisaje de unión de corazón y seso que caracterizara a la civilización cristiana. La Respuesta Romántica, sería, sin embar- go, un paso significativo en la dirección correcta, llevando a muchos románticos de corazón noble, al corazón de Roma. Este fue el caso de al menos Inglaterra, Francia, aunque en Alemania se desvió vía el genio de Wagner y la locura de Nietzsche, a la psicosis de Hitler.

    La respuesta romántica en Inglaterra, puede decirse, tuvo su génesis en 1798 con la publicación de Las Baladas Líricas (Lyrical Ballads), de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge. Publicado sólo nueve años después de la Revolución Francesa, el poema Lyrical Ballads representaba el alejamiento y rechazo del racionalismo que había llevado al Reino del Terror. Wordsworth pasó de un “estado espiritual sereno y sublime” de un panteísmo optimista, evidente en sus “Lineas Compuesta varias millas sobre la Abadía de Tintern”, a un completo acuerdo con la Cristiandad Anglicana, evidente en la descripción alegórica de Cristo en “Resolución e Independencia”. Coleridge echó el guante del desafío de la Cristiandad en la sublimación de los sublime en “la Rima del Viejo Marinero”; y en sus “Himno al Alba en el valle de Chamouti” apuntó más allá de la naturaleza majestuosa (OSovran Blanc!) a la majestuosidad del Dios de la naturaleza:

    Quién te dio gloria como las Puertas del Cielo
    bajo la espléndida luna llena? Quién ordenó al sol
    que te vistiera con el arco iris? Quién ordenó guirnaldas a tus pies del azul más bello?
    Dios! Deja que los torrentes, como el clamor de naciones contesten! Y deja que las mesetas heladas hagan eco, Dios! Dios! Que canten los esteros de las praderas con voces alegres!
    Y los pinares, con sus suaves sonidos del alma!
    Que alcance su voz, más allá de los picos nevados,
    y que en su peligrosa caída, truenen, Oh Dios!

    En su reacción en contra de la Ilustración y sus monstruosos en- gendros, la Revolución Francesa, Wordsworth y Coleridge pasarían por sobre los errores y el terror de los tres siglos precedentes para redescubrir la pureza y un pasado cristiano, saltándose la herejía para encontrar la ortodoxia. Esta forma de reacción se repetiría en varias de las manifestaciones del neo-medievalismo que seguiría al Romanticismo de Wordsworth y de Coleridge. El renacimiento gótico, anunciado por el arquitecto Augustus Pugin en 1830 y defendido por el crítico de arte, John Ruskin, veinte años más tarde, buscaba descubrir una estética más pura a través de de las nociones de belleza del Medioevo. El Movimiento de Oxford, liderado por John Henry Newman, Edward Pussey y John Keble, buscaba un retorno a una visión católica más pura para la Iglesia de Inglaterra, saltándose la Reforma en un intento por injertar la Iglesia Anglicana Victoriana a la Iglesia Católica de la Inglaterra medieval, promoviendo la liturgia católica y la interpretación católica de los sacramentos. La hermandad pre-Rafaelita, formada después de 1850 por Dante Gabriel Rosseti, John Everett Millais, William Holman Hunt, y otros; buscaba una visión más pura del arte, pasando por sobre el arte de Renacimiento tardío, buscando la claridad de la pintura medieval y del Renacimiento temprano, pintura que, como lo sugiere la rúbrica de pre-Rafaelita, era anterior a las innovaciones de Rafael.

    John Everett Millais: Ophelia. 1851 – 1852 Tate Britain, London

    Quizás la voz poética emergente más importante de la Respuesta Romántica es la de Gerard Manley Hopkins, quien fuera recibido en la Iglesia Católica por John Henry Newman en 1866, veintiún años más tarde de la propia conversión de Newman. Influenciado por las figuras de la pre Reforma, como San Francisco y Duns Scotus, y por el rigor anti reformista de San Ignacio de Loyola, Hopkins escribió poesía llena del dinamismo de la ortodoxia religiosa. No publicado en vida, Hopkins estaba destinado a surgir como uno de los poetas más influyentes del siglo XX, después de la publicación de sus versos en 1918, casi treinta años después de su muerte. Aunque estas manifestaciones del Romanticismo neo medieval, transformaron la cultura del siglo XIX, contrastando con el optimismo y triunfalismo cientificista de la psiquis imperial Victoriana, sería un grave error sugerir que el Romanticismo siempre desembocó en el medievalismo. Las tendencias neo medievales de lo que podría denominarse Romanticismo Luminoso eran acompañadas a la par por un Romanticismo Oscuro, evidenciado en la vida y obra de Byron y Shelley, quienes demostraban tendencias nihilistas y desesperación ensimismada.

    Si Wordsworth y Coleridge reaccionaban en contra del ícono racionalista de la Revolución Francesa, Byron y Shelley pretendían reaccionar en contra de la propia reacción de Wordsworth y Coleridge!. Fuertemente influenciado por las Lyrical BalladsI, Byron y Shelley se sentían incómodos con el tradicionalismo Cristiano que Wodsworth y Coleridge comenzaban a hacer suyo. Byron dedicó bastante espacio en el Prefacio del Pergrinaje del Niño Harold, para atacar las monstruosas necedades de la edad media”, y Shelley en su “Defensa de la Poesía”, declaraba su horror de la Tradición, insistiendo que los poetas debían ser los esclavos del espíritu de los tiempos, y que “debían reflejar las sombras gigantescas que el futuro echa sobre el presente”. Esclavos del espíritu del Presente, y espejos de la Gigante presencia del Futuro, los poetas eran guerreros del Progreso que buscaba vencer los supers- ticiosos retazos de la Tradición. Es posible que estas soserías pudieran ser excusadas como locuras y liviandades de la juventud, sobre todo considerando que hay evidencia de que Byron aspiraba a algo más sólido que un deísmo inarticulado y sin credo, como en su “ The Prayer of Nature” (Oración de la Naturaleza); y que el ateísmo militante de Shelley se estaba convirtiendo en un panteísmo fugaz. Sus tempranas muertes así como la temprana muerte de su menos tenebroso colega Keats , truncaron su intento de encontrar la luz a partir de sus ensimismadas y oscuras existencias y anhelos. Como un ladrón furtivo en la noche, la muerte los ha preservado para siempre como íconos de la locura que a menudo, y casi a pesar de ellos mismos, alcanza alturas de belleza y percepción notables.

    En lo esencial, al comparar Wordsworth and Coleridge con Byron y Shelley, vemos la separación entre la altura de miras del Romanti- cismo Luminoso y el camino de profundidades de los Románticos oscuros. Sin embargo, si supusiéramos que la separación fuera permanente y que como en el caso de Oriente-Occidente de Kipling, “hebras que nunca se han de encontrar”, cometeríamos un grave error. Las dos vertientes del Romanticismo tienen más en común que el camino alto y el camino bajo que conducen a los “bellos, bellos bancos del Lago Lomond”, o visto de otra forma, convergen donde todos los caminos lo hacen, en Roma! Porque, como corresponde a un romance, el Romanticismo aún cuando sea Oscuro, a menudo lleva a Roma. La Influencia de Byron en la corriente oscura, cruzó la Mancha, y se entronizó en la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysmans, todos eximios exploradores de la desesperación, que en su momento descubrieron la realidad del infierno y retornaron despavoridos al seno de la madre Iglesia. Baudelaire fue recibido por la Iglesia en su lecho de muerte, Verlaine se convirtió en prisión; y Huysmans, habiendo intimado con lo diabólico, terminó sus días en un monasterio. La principal diferencia entre el Romanticismo Oscuro de Byron y Shelley y la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysman, es que los primeros se internaron en la oscuridad de sus propios egos con nada, sino la Nada, que iluminara sus divagaciones; mientras que los últimos, se internaron profundo en su propia oscuridad interior aprovechando la luz de la teología. Los primeros se perdieron en las elocuciones circulares de la navegación ensimis- mada en redondo, mientras que los últimos descubrieron la Bestia, que habitaba en el pozo sin fondo de la obsesión consigo mismo y, golpeándose el pecho, se arrodillaron al fin ante el Cristo que sus propios pecados habían crucificado. Es interesante notar que la Decadencia Francesa, fue caracterizada por su preocupación con el simbolismo, que en sí, era un retorno al modo de comunicación que se empleaba en el arte medieval.

    Si el Romanticismo oscuro había cruzado la Mancha en disfraz Byroneano, metamorfoseándose en el simbolismo de la Decadencia Francesa, cruzó el Canal de nuevo, bajo el auspicio de Oscar Wilde, que era aficionado de Baudelaire y Verlain. De manera quizás perversa, Wilde había leído la obra recién publicada de Huysmans, A ReboursI, una obra maestra de la decadencia, durante su luna de miel en París que influenciaría profundamente su propia obra decadente: El Retrato de Dorian Gray. Tal como sus antecesores franceses, los decanos de la Decadencia Inglesa, también encontraron su camino a la Iglesia Católica, volviéndole la espalda al exceso y a la modernidad, favoreciendo el Cristianismo tradicional. Fuera de Wilde, que fue recibido en la Iglesia Católica en su lecho de muerte, otras figuras de la Decadencia Inglesa, se decidieron por el Papa, como Aubrey Beardsley, Lionel Johnson, John Gray, Ernest Dowson e incluso el enfant terrible de los 1890 ́s, Lord Alfred Douglas. Se puede ver, por lo tanto, que el camino alto y el camino bajo convergen en la vía de la Conversión Romana. El camino alto de la santidad fue seguido por Newman y Hopkins, ambos convertidos sacerdotes católicos, mientras que en el camino bajo del pecado, o la vía del hijo pródigo, fue elegido por un grupo amplio de decaden- tes franceses e Ingleses. No hay que olvidar que Oscar Wilde nunca se cansó de recordarnos que, incluso los santos han sido pecadores, y que todos los pecadores son llamados a la santidad.

    Caminante sobre el Mar de Nubes, Caspar David Friedrich. Kunsthalle de Hamburgo (1818).

    Desde la publicación de Lyrical Ballads en 1798, hasta la muerte de Oscar Wilde en 1900, la Respuesta Romántica podría verse , en general, como una reacción contra el superfluo racionalismo y la anti religión de la Ilustración. Pero a pesar de sus muchas faltas y desvíos, se las arregló para seguir el camino correcto, perdiendo el rumbo en pocas ocasiones. Concluyamos, volviendo a las preguntas iniciales.

    ¿Qué es el Romanticismo?
    Es la reacción generalmente sana del corazón a la testarudez de la cabeza. Es errático o una certitud? A menudo está en lo correcto, aunque también se equivoca, pero como en las palabras del mal entendido romántico, el Rey Lear “ se peca más en su contra sin ser un pecado en sí”.

    ¿Es de izquierda o de derecha?
    Ha sido sabio para no caer en esa trampa clasificatoria. Los conceptos políticos de izquierda o derecha son el producto del racionalismo “irracional” de la Revolución Francesa, es el lenguaje del parlamento de los necios. El verdadero Romanticismo, como el verdadero Clasicismo, siempre se ha preocupado de los asuntos del bien y el mal, contentándose con dejar la retórica de izquierda y derecha a los sinvergüenzas y charlatanes.

    ¿Es revolucionario o reaccionario?
    Depende, de cómo se definan los términos. Si hablamos de revoluciones políticas como la de 1789 o 1917, el Romanticismo es contra revolucionario yespléndidamente reaccionario, por lo menos en su manifestación Inglesa.

    ¿Que es, entonces?
    Es un esfuerzo de redescubrir lo que se ha perdido, un anhelar en las profundidades de la oscuridad de la modernidad por la luz de la verdad que preserva la tradición. Oscar Wilde nos recuerda “que estamos todos en el barro, pero algunos de nosotros, buscamos las estrellas”

    *Este artículo fue publicado en Diciembre del 2005 en Chronicles
    ** Traducción: Enrique Romo

  • Winston Churchill, El mejor Primer Ministro de la Historia de Inglaterra

    Winston Churchill, El mejor Primer Ministro de la Historia de Inglaterra

    Estadista, escritor, político, orador brillante, Premio Nobel de Literatura, ciudadano honorario de los Estados Unidos, talentoso pintor, gran equitador y jugador de polo, periodista, hábil estratega y Primer Ministro de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Para muchos el mejor Primer Ministro que ha tenido el Reino Unido en toda su historia. Fue el primero en advertir la amenaza del nazismo y luego, en 1946 condenó el comunismo soviético y fue también el primero que habló del “telón de acero” que había caído sobre Europa.

    Churchill junto al Presidente Franklin D. Roosvelt

    Al cumplirse 50 años de su muerte el pasado 24 de enero, el Reino Unido ha dedicado este año 2015, a recordar con diferentes actividades, a este hombre que ya hace una década fue nombrado “el más grande de los británicos” y que en el año 2000 la publicación francesa Historia designó como “el estadista del siglo XX”.
    En su discurso del 24 de enero, en uno de los tantos homenajes dedicados a su memoria, el Primer Ministro, David Cameron recordó: “Churchill fue nuestro mejor primer ministro de todos los tiempos y siempre estaremos en deuda con él. Su crucial decisión en mayo de 1940 de combatir a Hitler salvó a nuestro país y seguramente a todo el mundo”, y en ese mi¿Quién es Winston Churchill?smo discurso mencionó su cita favorita de Churchill cuando habló al pueblo en mayo de 1940: “Defenderemos nuestra isla, cueste lo que cueste. Los combatiremos en las playas, los combatiremos por tierra, en las calles, en las colinas, nunca nos rendiremos”. Y citó también las palabras que han quedado grabadas en la historia cuando dijo: “No tengo otra cosa que ofrecer que sangre, lágrimas, fatiga y sudor”.

    ¿Quién es Winston Churchill?

    Es muy difícil hablar en estas pocas líneas de un hombre que ocupó tantas páginas de la Historia y que es uno de los personajes más sobresalientes del siglo XX. Su imagen, con su sombrero de copa, su bastón, su puro eterno entre los labios, sus dedos en alto con la V de la victoria y su ancha sonrisa se han perpetuado para siempre en la memoria colectiva. También se lo asocia con su afición al whisky, al cognac, al champagne y al buen vino. Hombre de respuestas rápidas e incisivas no se dejaba sorprender por nadie y siempre tenía la respuesta adecuada a cada situación. Con respecto al alcohol, afición cuidadosamente controlada que nunca escondió, tiene algunas frases memorables. Una vez le preguntaron si le gustaba el té y contestó : “ Mi médico me ha indicado que no debo tomar nada que no tenga alcohol entre el desayuno y la cena”. En 1952 dicen que le contestó al rey Jorge VI: “Mi regla era no tomar bebidas alcohólicas antes del almuerzo, pero ahora es no hacerlo antes del desayuno”. Fue un personaje que estuvo muchas veces en el centro de la polémica y que en sus más de sesenta años de vida política dejó una profunda huella en la época en la que le tocó vivir. A él se le han adjudicado casi todos los adjetivos, tanto para alabarlo como para denostarlo. Se lo ha descrito como carismático, egocéntrico, vanidoso, convincente, enérgico, audaz, valiente, temerario, imprudente, intuitivo, agresivo, incansable, magnánimo, ingenuo, reaccionario, grosero, ambicioso, brillante y muchos otros más.
    Era el Primer Lord del Almirantazgo cuando estalló la Primera Guerra Mundial. En esta guerra ocurrió un hecho que significó el alejamiento de Churchill de su cargo y que estuvo en su conciencia toda la vida. Se temía que el ejército otomano atacara el Canal de Suez y para protegerlo, sugirió en el mes de noviembre de 1914 que la mejor manera de defender Egipto era tomar la península de Gallípoli, en los Dardanelos. Todos tenían alguna opinión y nadie se ponía de acuerdo. Pasó el tiempo y al momento de tomar la decisión, el ejército otomano se hizo muy fuerte y todo terminó en una masacre. Se trató de inculpar solo a Churchill, pero más adelante se hizo una investigación y fue rehabilitado. De todas maneras fue separado de su cargo y marchó a combatir a las trincheras de Francia. Esta acción le penó para siempre. Clementine, su mujer comentó a un amigo:” Yo creí que nunca superaría los Dardanelos, pensé que moriría de pena”. Pero la Segunda Guerra Mundial fue la vitrina en donde se agigantó su figura y es esa imagen suya la que recuerda hoy el mundo. Fue el primero que advirtió las intenciones de Hitler y anunció casi en forma clarividente lo que iba a ocurrir si no se tomaban urgentes medidas. Cuando el Primer Ministro Neville Chamberlain en 1939 regresó triunfal luego del pacto de paz de Munich, Churchill fue uno de los pocos que no celebró la noticia. Y tenía razón pues al poco andar el líder nazi rompió todas sus promesas. Churchill era en ese momento Primer Lord del Almirantazgo, el mismo cargo que ocupaba al declararse la Primera Guerra en 1914. Cuando Hitler invadió Polonia, Inglaterra declaró la guerra a Alemania, Chamberlain renunció y Winston Churchill ocupó el cargo de Primer Ministro. Ahí se dirigió al país con su famosa frase: “No tengo otra cosa que ofrecer que sangre, lágrimas, fatiga y sudor”. Su poder de oratoria se puso a prueba y y sus palabras estallaban en cada discurso, cada vez más convincentes y verdaderas y llegaban a todos los que las oían como una respuesta y una esperanza.

    Cuando Francia cayó Inglaterra estaba sola, pero después eran tres los aliados. Los Tres Grandes les decían a Stalin, Roosevelt y Churchill. Pero como dijo De Gaulle, Churchill era el más grande. Infatigable, Churchill, apodado el león, es un hombre de mil facetas, “un hombre orquesta” como dicen algunos de sus biógrafos y a lo largo de su vida se dedicó con apasionada energía, además de a la política, al periodismo, a la pintura, a la oratoria, a la literatura. Fue un destacado escritor y publicó libros históricos y biografías. Sus excelentes discursos como también su “dominio de la descripción histórica y biográfica” lo hicieron merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1953. Pero a su vez la literatura que existe sobre él es extensa y su nombre figura en casi todos los libros relacionados con la historia del siglo XX en Gran Bretaña y el mundo. Sobre su persona se han escrito alrededor de doscientos libros y existe un flujo de comentarios constantes en documentos y biografías políticas. No todos los escritos son favorables ya que Winston Churchill tuvo a lo largo de su vida fervientes partidarios y grandes detractores. Estos últimos le reprochan especialmente su actuación en los Dardanelos en la Primera Guerra Mundial y Dresde y Mers El- Kébir en la Segunda Guerra Mundial. Pero sus logros fueron más fuertes que sus errores y las críticas no logran empañar su figura que emerge grandiosa ante la historia. Clement Attlee, Primer Ministro en 1945 y opositor político de Churchill dijo en sus funerales: “Tenía simpatía, una simpatía increíblemente amplia para toda la gente común de todo el mundo. Hemos perdido al británico más grande de nuestro tiempo. Creo que ha sido el ciudadano del mundo más grande de nuestro tiempo”.
    A su vez el general Charles De Gaulle con quién Churchill nunca tuvo muy buenas relaciones expresó: “En este gran drama él fue el más grande” Pero la más importante y completa de las biografías que se han escrito sobre Churchill, es la que empezó su hijo Randolph y continuó con minuciosidad y perfección el historiador británico, Martin Gilbert. Esta obra comenzada en 1966 culminó en 1988 con la publicación del séptimo y último volumen.

    Su vida, su familia, la política

    Winston Leonard Spencer-Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 en Oxfordshire (Inglaterra), en el palacio de Blenheim, propiedad de su abuelo, séptimo duque de Marlborough. Fue el hijo mayor de lord Randolph Churchill y de Jennie Jerome, una norteamericana de gran belleza. Con su padre, miembro del Parlamento y muy activo en la política, que murió muy joven, cuando Winston tenía 20 años, no tuvo nunca una buena relación pero si con su madre a quién amó y admiró profundamente. De todas formas su infancia fue muy solitaria ya que Jennie y Randolph Churchill eran muy aficionados a la vida social y sus innumerables compromisos no les daban tiempo de ocuparse de sus hijos. Como era la usanza de esa época era la niñera la que tomaba todas las responsabilidades y para fortuna de Winston, la institutriz elegida, Mrs Everest le dio el cariño que el niño necesitaba desesperadamente: “Mrs. Everest era mi confidente, le contaba todas mis penas”.

    Winston Churchill a los siete años

    A los siete años fue al internado Saint Georges. El griego, el latín y las matemáticas no eran el fuerte de Winston y sus notas no eran de las mejores. Además por su conducta fue tachado siempre de “muy revoltoso” hasta “insoportable”. Los castigos físicos, frecuentes en esa época fueron utilizados en Winston. Su madre decidió sacarlo del Saint Georges para llevarlo a una pequeña escuela en Brighton que consideraron mejor para sus bronquios. Su conducta continuó siendo tan mala como siempre y en este ítem obtuvo el número 29 entre 32 alumnos. Un profesor dijo años después:” Era un alumnito pelirrojo, el más malo de la clase”. Era un gran lector y leía con entusiasmo lo que caía en sus manos. En 1888 ingresó al colegio secundario y como todos los Spencer- Churchill debería haber ido a Eton pero el clima al lado del Támesis iba a ser malo para sus bronquios por lo que fue inscrito en el también afamado Harrow, cerca de Londres. Allí tampoco tuvo una actuación destacada. Era insolente, peleador y desobedecía todas las reglas de la escuela. Seguía, eso si, siendo un voraz lector. Para su cumpleaños número trece pidió la Historia de la guerra civil norteamericana escrita por el general Grant y a los catorce descubrió y leyó con pasión la Historia de Inglaterra de Macaulay. Su memoria era prodigiosa y su manejo del idioma inglés insuperable. Estudiaba solo lo que le interesaba y luego de un año en Harrow, entró en una clase especial del mismo colegio que preparaba para los exámenes militares. En septiembre de 1893 ingresó a la Academia Militar de Sandhurst y en diciembre de 1894 se graduó, el octavo entre los ciento cincuenta de su promoción. Al egresar se incorporó al Regimiento de Caballería Cuarto de Húsares. En el año 1895 el Regimiento le dio cuatro meses de licencia y decidió viajar a Cuba atraído por la pelea que libraban los ejércitos españoles contra un grupo de rebeldes de la isla. Fue contratado por el periódico The Daily Graphic a quién ofreció enviar notas y comentarios. Cumplió así el sueño de participar de una guerra y sentir el peligro de las balas y por otra parte obtuvo bastante dinero con las excelentes crónicas que envió al diario. Aprovechó este viaje para visitar los Estados Unidos y fue presentado a la sociedad de Nueva York por un conocido de su madre.

    Winston Churchill con su uniforme militar en 1895

    A su regreso sabía que el destino con los Húsares era ahora la India. Cuando llegó a Bombay, en su apresuramiento por desembarcar sufrió un accidente y se dislocó un hombro, lo que le provocó dolores y molestias de por vida. En Bangalore dónde estaba asentado su regimiento, la principal ocupación era jugar al polo. El equipo tuvo bastantes éxitos, siendo el primer regimiento del Sur de la India en ganar la Copa Inter- Regimientos. Churchill también dedicó tiempo a leer gran cantidad de libros con temas muy variados. Sus autores, Macauly, Gibbon, La República de Platón, Wealth of de Nations, de Adam Smith, Modern Science and Modern Thougt, de Laing, entre muchos otros. En 1897 cuando estaba en Gran Bretaña con licencia se enteró de algunas sublevaciones en el noroeste de la India. Con esas ansias suyas de tener acción en la guerra, volvió a la India y como no había vacantes para pelear se lo invitó a participar como corresponsal de guerra. En septiembre de ese año fue la batalla de Malakand, zona de los pathans, musulmanes con hábitos guerreros y famosos por su ferocidad. Winston se hizo famoso por sus despachos como corresponsal y además a su regreso a Bangalore escribió el libro La Historia de la Fuerza de Tareas de Malakand . Fue tal el éxito, que hasta el Príncipe de Gales le mandó una felicitación. En 1898 el general Sir Herbert Kitchener estaba organizando una campaña para reconquistar el Sudán, y Churchill luego de muchos intentos logró que lo aceptaran. El Morning Post de Londres lo contrató como corresponsal. Allí participó en la batalla de Omdurmán en la que se produjo la última carga de caballería que precedió al uso de la ametralladora. En octubre de 1898 regresó a Inglaterra y comenzó a escribir The River War, una brillante descripción de la campaña, obra de dos volúmenes publicada en 1899. Luego de terminar este libro decidió seguir los pasos de su padre y a su vez su verdadera vocación e ingresó a la política como candidato del Partido Conservador. A pesar del entusiasmo y el empeño perdió la elección y decidió partir a la guerra de los Boer en Africa del Sur, originada por un desacuerdo entre el gobierno británico y los farmers holandeses en las repúblicas del Transval y el estado Libre de Orange. Winston a quién el peligro atraía con una fuerza irresistible partió como corresponsal del Morning Post con gastos pagados y en primera clase. Y fue ahí en Sudáfrica dónde vivió un episodio que le dio gloria y fama. El tren blindado en que viajaba junto a un regimiento británico fue atacado y el tren descarriló. Churchill, con gran valentía se hizo cargo de la situación y logró soltar la locomotora y ayudar al maquinista. Finalmente todos fueron hechos prisioneros y llevados a Pretoria. Desde allí escapó atravesando miles de peligros y arriesgando su vida a cada momento. Finalmente logró llegar a Durban donde fue recibido como un héroe. Todos los detalles de su cautiverio y sus peripecias para escapar los escribió en su libro My Early Life cuando regresó a Inglaterra en julio de 1900. Sus hazañas habían alcanzado notoriedad y los diarios comentaban en forma muy elogiosa su desempeño. Winston decidió intentar de nuevo ingresar a la política y lo consiguió. Fue elegido miembro del Parlamento el 1 de octubre de 1900 cuando faltaban unos meses para que cumpliera 26 años. En 1904 se pasó a las filas del Partido Liberal y aparentemente por su firme convicción en el libre comercio. Veinte años después volvió al Partido Conservador.

    Churchill con su esposa

    Su carrera política ya sea del lado liberal o conservador fue siempre en ascenso. En 1905 fue nombrado Subsecretario para las Colonias y en esta función estaba dichoso. Trabajaba frenéticamente, estaban a su cargo unos setenta países, leía todos los informes y agregaba unas notas interminables de su puño y letra, evaluando situaciones y dando su opinión. En 1908, Asquith que acababa de ser nombrado Primer Ministro le ofreció el Ministerio de Comercio. Desde allí participó sin descanso en mejorar las condiciones de los trabajadores. Acortó las horas de trabajo a los mineros, luchó contra el desempleo. En 1910 fue nombrado Ministro del Interior, convirtiéndose a la edad de 35 años en el Ministro del Interior más joven desde Sir Robert Peel en 1822. Desde allí tuvo que enfrentar serios problemas sociales. Su manejo en la huelga de los mineros de Gales le trajo muchas críticas. En 1911, fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo. Y ejerciendo este cargo enfrentó la Primera Guerra Mundial.

    Su matrimonio, su familia

    Hacemos un alto en la carrera política de Winston Churchill para hablar sobre su matrimonio y su familia.
    No se conocen romances intensos en la vida de Churchill hasta que conoció a Clementine, que sería la mujer de su vida. Antes de esto estaba muy entusiasmado con la actriz Ethel Barrymore a la que le propuso matrimonio pero fue rechazado. Según un biógrafo, “ se le declaró a Ethel poco después de conocerla y con la misma rapidez fue rechazado”. Pamela Plowden, otra mujer en la vida de Churchill a quién conoció en la India, dijo: ”La primera vez que se lo encuentra se notan todos sus defectos, pero el resto de tu vida lo ocupas descubriendo sus virtudes”. Una conocida economista de izquierda escribió en su diario:” Fui a cenar con Winston Churchill. Primeras impresiones, inquieto casi de un modo intolerable, egocéntrico, ostentoso, reaccionario, pero con cierto magnetismo personal”. Cuando conoció a Clementine Hozier quedó fascinado con su belleza y su encanto. En 1908 contrajeron matrimonio y a la ceremonia asistieron los personajes más connotados de la época incluido el rey que le regaló un bastón con cabo de oro. Clementine que le acompañó y lo alentó siempre, no tuvo una vida muy fácil con un personaje de esa vitalidad y de esa capacidad de trabajo pero estuvo a su lado en todas las circunstancias. Tuvieron cinco hijos, cuatro mujeres y un hombre. El hombre Randolph, le daría problemas siempre por su temperamento agresivo y su alcoholismo. Fue un matrimonio largo y feliz. Hay una anécdota que dice que una vez en una reunión de amigos se hizo un juego y se pidió a los concurrentes que en forma sucesiva contestaran la pregunta: “Si usted no fuera quién es, quién desearía ser?. Cuando llegó su turno, Winston miró a Clementina y dijo: Me gustaría ser el segundo marido de Mrs. Churchill”. Una vez Winston le escribió: ”La cosa más preciada que tengo en la vida es tu amor. Tu eres una roca y yo dependo de ti y descanso en ti…” Desde 1924 hasta el día de su muerte, Churchill vivió en Chartwell, una propiedad en Kent que adquirió por un legado y en que fue muy feliz. Cuando tenía algún tiempo libre, que eran pocos, se dedicaba a la chacra, hacía obras de albañilería y arreglaba el jardín.

    Su muerte

    Churchill, el León, como se le apodaba, está enterrado en el pueblo de Bladon, cerca de Oxford, a unos 100 kilómetros de Londres. Tras su muerte, la reina Isabel decretó que su cuerpo fuera velado tres días en el Palacio de Westminster y que su funeral de Estado fuera llevado a cabo en la Catedral de San Pablo. El ataúd que contenía los restos de Churchill cruzó el río Támesis la tarde del 30 de enero, y mientras lo hacía, las grúas de carga, situadas en la orilla, se inclinaban a su paso haciendo reverencia. Miles presenciaron el último camino de Churchill con un silencio absoluto, pagándole su máximo respeto. Antes del funeral del papa Juan Pablo II el de Churchill había sido el que más líderes mundiales había recibido.

    “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido a través del continente”. Es probablemente la frase más famosa de Winston Churchill, la cual formó parte de su célebre discurso del 5 de marzo de 1946 respecto a la situación geopolítica de Europa durante la Segunda Guerra Mundial

  • Crisis en Afganistán

    Crisis en Afganistán

    Los acontecimientos de estas últimas semanas han vuelto a poner en los titulares del mundo al Medio Oriente. Todo el tiempo estamos observado cómo la región estalla con diferentes conflictos locales. Desde hace ya un siglo esto se ha vuelto una constante. ¿Por qué? 

    Tal vez una de las formas de comprenderlo es entendiendo la historia que hay detrás. Cómo se fue forjando la identidad de una civilización en torno al siglo VII d.C. cuando nacía el Islam de la mano del Profeta Mahoma, el arcángel Gabriel y el mismísimo Dios. Ello permitió a la comunidad beduina tener un marco social común, que finalmente se transformó en un poderoso Imperio o Califato árabe. Su caída los dejó en manos de los igualmente poderosos turcos y tras ellos, con su fin en la Primera Guerra Mundial, ¿qué pasó con el Medio Oriente? Quedó en gran parte en manos de los ganadores de la Gran Guerra: europeos, cristianos, ninguno de ellos representantes del Islam que por siglos los habían gobernado. Esto fue hace un siglo, el mismo siglo que la región lleva en crisis. Las decisiones tomadas por Occidente para ellos hace 100 años atrás y en adelante, han convertido al Medio Oriente en un polvorín que no cesa de estallar. 

    100 años viviendo con fronteras que trazaron para ellos los dominadores europeos. Límites que no se ajustaban a la realidad de la región ni por historia, ni por etnia, ni por lengua. Nunca habían tenido barreras. Siempre circularon con libertad por los desiertos, montañas y valles. Ahora Europa les dibujaba nuevos mapas que debían acatar sin ser consultados. El Islam se convertiría en su refugio. En el único elemento que aún les quedaba para seguir sintiéndose parte de esa comunidad original. Las reglas del juego habían cambiado y ellos debían adaptarse.

    Fue el caso de Afganistán, de identidad completamente tribal y libre. Nunca conocieron fronteras hasta que se independizaron en 1919 de los ingleses, quienes ya las habían dibujado. Intentaron una monarquía, que con dificultades sostuvo el poder durante algunas décadas, ya que la población más que una identidad nacional, afgana, seguía sintiéndose únicamente parte de su clan. No sentían ser parte de un “Afganistán inventado”. Finalmente la crisis no demoró en llegar y desde entonces, casi ininterrumpidamente, han vivido en guerra civil. Cómo conciliar tribus que antes de sentirse nacionales, se saben tribales. ¿Habrá alguna solución parecida al modelo occidental para ellos? Probablemente no. Esa es la lección que acaba de sacar Occidente después de décadas de invasiones. ¿Qué vendrá para ellos ahora? Es la enorme pregunta que sólo deja incertidumbres como respuesta.