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  • Principio y término de la verdadera libertad

    Principio y término de la verdadera libertad

    No es raro escuchar decir que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro. De esa manera, dicen, se garantiza y se asegura el respeto entre las personas. El principio de mi libertad, así, encuentra su fundamentación en el término de la libertad de los demás. Pero, cuando se afirma esto: ¿se piensa bien lo que se quiere significar? ¿Termina realmente mi libertad donde empieza la de mi vecino? ¿Dónde empieza y dónde termina verdaderamente la libertad humana?

    Para responder a esta pregunta conviene examinar con detenimiento la naturaleza de la libertad humana. Y lo primero que es necesario afirmar, contrariamente a lo que afirman ciertas corrientes materialistas y deterministas, es que el hombre es libre. Porque ¿quién de nosotros no ha advertido alguna vez que a pesar de la limitación, a pesar de los condicionamientos que nos rodean, hemos tomado algunas decisiones libres, en el sentido de realmente mías? ¿Quién no ha sentido alguna vez en la vida el vértigo de la libertad cuando debes tomar una decisión definitiva, absoluta, comprometedora, en la que muchos de tus amigos te decían: “no lo hagas”; “piénsalo bien”, y sin embargo, incluso aún con temor, con miedo, terminamos decidiéndonos por lo que queríamos en el fondo de nuestro corazón?

    Por mucho que afirmemos diversos determinismos, lo importante es que a pesar de esos condicionamientos, es posible darnos cuenta de que cada una de las decisiones que tomamos son decisiones que hemos tomado nosotros en lo más íntimo de nuestro ser. No estamos determinados por nuestros instintos, antes bien, podemos autodeterminarnos a elegir o no elegir; podemos autodeterminarnos a elegir una cosa u otra. Esta autodeterminación de nuestra voluntad es lo que suele llamarse libre albedrío o libre arbitrio. Mientras que los animales están totalmente determinados a hacer lo que su propia naturaleza les dicta, el hombre es capaz de actuar contra esa naturaleza, como se ve, por ejemplo en el caso de aquellos que realizan una huelga de hambre. Ser libres supone la capacidad de autodeterminarnos a actuar o, lo que es lo mismo, ser libre es tener la capacidad de elegir entre distintas alternativas.

    Ahora bien, si la libertad humana se reduce a este libre albedrío, si la naturaleza más propia de la libertad del hombre se queda en esta capacidad de elegir, es evidente que como muchas de nuestras elecciones podrían perjudicar a otra persona (por ejemplo cuando elijo mentirle a mi amigo o cuando elijo apropiarme de algo ajeno) es conveniente proteger la integridad de las personas afirmando que el término o límite de mi libertad debe ponerse allí donde el otro pueda verse perjudicado, porque, se entiende que no podemos perjudicar a las  personas. Pero, este modo de razonar olvida que quien ejerce la libertad es también una persona y, por tanto, tampoco ella puede perjudicarse a sí misma porque todos los hombres aspiran a su perfección y felicidad; y no a su degradación e infelicidad.

    Es precisamente a la luz de esa tendencia hacia la felicidad humana que aparece la verdadera dimensión de la  libertad. Si la libertad es solo capacidad de autodeterminarme, capacidad de elegir una cosa u otra, no es muy difícil terminar concluyendo que entonces con mi libertad puedo hacer lo que me da la gana, puedo elegir lo que quiera cuando quiera con quien quiera, y continuar siendo libre. Puedo elegir obedecer a mis padres o no;puedo elegir dar una limosna o no, puedo elegir estudiar o no, puedo abortar o no, puedo romper los vidrios de un negocio  en medio de una manifestación o no, y un larguísimo y extenso etc. Pero, esto sería entender la libertad, pero no entender su sentido, sería acercarse a la libertad de manera impropia, por cuanto supondría no considerar que la libertad de la que hablamos es la libertad de la persona humana, no es una libertad abstracta de no sé sabe bien quién, sino que es nuestra libertad. Y la persona humana no es una criatura sin destino, no es alguien que deambula por la vida sin saber a donde ir, sino que aspira con toda las fuerzas de su corazón a la felicidad. El hombre es un ser finalizado, tiene un fin que conseguir, que no es otro que su plenitud, que su realización personal, la cual no es solamente una realización superficial, una especie de pincelada que me permita al menos aparentar ante los demás que me porto más o menos bien, sino que supone la realización de lo más íntimo y profundo de nuestro ser personal, de aquello más noble que hay en nosotros: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Aspiramos a contemplar el ser de las cosas, a conocer la verdad y a amar el bien. Todos y cada uno de nosotros queremos ser felices, queremos poseer un bien que nos sacie y nos colme completamente y que una vez poseído ya no deseemos nada más, lo cual sólo puede encontrarse en un bien infinito.

    El hombre tiene sed de infinito, tiene sed  de un bien absoluto, de allí que no pueda verse saciado con ninguno de los bienes imperfectos que nos rodean. Ahora bien, precisamente porque el hombre tiende a poseer un bien absoluto es que los bienes que no son ese bien, los bienes finitos, imperfectos, los bienes singulares y concretos, nos son indiferentes y solo los queremos, sólo los amamos, si queremos. A diferencia de los animales que están absolutamente determinados por sus instintos a desear bienes concretos y singulares, bienes que deben buscar porque así se los determina su naturaleza específica. Así el ratón busca y ama el queso; así el león busca a la gacela para alimentarse; así la oveja huye del lobo; en cambio, el hombre, que aspira a la felicidad, que aspira a un bien absoluto y perfecto, al no encontrarlo, tiende a los diversos bienes particulares, si quiere, pero si no quiere no, porque los bienes particulares no llenan el corazón del hombre.

    Somos libres de todo lo finito porque tenemos un innato amor a lo Infinito. Lo finito sólo, buscado como fin y felicidad última, deja un vacío no siempre fácil de llenar. Es en este horizonte, es en esta perspectiva y sólo en ésta, que podemos apreciar la libertad, que podemos llamar libertad humana. Sólo a la luz de la tendencia humana a la plenitud aparece la verdadera dimensión de la libertad, sólo en esa perspectiva aparece el principio y el término de la libertad, porque, evidentemente, que si el ser humano quiere alcanzar su realización, ha de tender a los bienes que le acerquen a aquella felicidad que anhela, que como hemos dicho, supone la realización de lo más noble que posee. Una libertad que impida la felicidad y a la plenitud humana es sólo apariencia de libertad.

    La libertad rectamente entendida no puede ser sino aquel don que hemos recibido para ordenarnos por nosotros mismos a nuestra felicidad. La libertad no puede ser nunca el valor supremo, nunca debemos ponerla como fin. Es ella un maravilloso y grandísimo medio para ordenarnos a nuestro fin. Claro que es valiosa, y mucho. Por eso ha sido bueno que se la exija, que se la celebre, que se la proclame, pero es valiosa como medio que nos conduce a otros valores más altos como la verdad, el bien, la belleza, la justicia, etc. La libertad nos ha sido dada para ser felices, no infelices, nos ha sido dada para realizarnos como personas, no para fracasar como tales. Una libertad que conduzca a mi ruina no la podemos desear. Por eso, si queremos acercarnos convenientemente a la libertad, hay que entenderla en el horizonte de la realización y plenitud humana. Sólo así nos aparece como lo que es: el medio por el cual, gobernandonos a nosotros mismos, siendo plena y perfectamente dueños de nosotros mismos, nos orientamos a nuestro mayor bien. La libertad personal es señorío sobre mis actos y por eso sobre mí mismo. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por mí mismo, en cada momento, lo que he de hacer para ser lo que quiero ser, lo que debo llegar a ser: una persona plena, realizada, feliz. Ahí, en el bien humano, está el principio y el término de la libertad y no en donde comienza la libertad del otro, porque de otro modo, podríamos cometer las peores atrocidades con el consentimiento de ese otro. 

  • La Libertad en el Señor de los Anillos

    La Libertad en el Señor de los Anillos

    La libertad es un emblema por el cual el hombre ha luchado en forma continua. Aún resuena en los oídos de muchos el grito de William Wallace en la película de Mel Gibson, Corazón Valiente. Lo cierto es que en la Historia fue Robert de Bruce quien levantó la libertad como emblema de lucha. La Libertad es un bien deseado, pero no siempre respetado, ni menos entendido. Tal vez unos de los autores que mejor comprendió el sentido del término en su plenitud y lo convirtió en el centro de su obra fue John Ronald Ruel Tolkien. El Señor de los Anillos su obra magna es en si misma una oda a la libertad. 

    Tolkien entiende la libertad no solo como ausencia de coacción, sino más bien como capacidad de autodeterminación – la capacidad real de decir que no. Muchos creen que la libertad es hacer lo que uno quiere, cuando quiere y cómo quiere. La verdad es  que esto difiere de la visión  Tolkiana y de la definición esencial de la libertad como tal. La libertad no es libertinaje – hacer cualquier cosa, sino que hacer el bien. Por lo tanto un acto libre se aleja del mal y solo elige el bien y rechaza el mal, por tanto el acto libre implica la real capacidad de poder decir que no, lo que parece al menos a simple vista, algo contradictorio. ¿Como voy a ser libre si me niego posibilidades?  Hay que comprender que la libertad es intrínseca y que todo hombre quiere en lo más profundo de su alma ser feliz. Además hay que considerar que cualquier hombre mentalmente sano siempre elige el bien. ¿Y como entendemos entonces cuando elegimos el mal? Nadie sano elige el mal por el mal. El mal siempre se presenta con apariencia de bien y por eso lo elegimos.  Nos damos cuenta tras elegirlo que no era un bien, sino que un mal y nos arrepentimos. Así opera nuestro mecanismo de dicernimiento.  Vivimos en un mundo pleno de escacés y debemos elegir en forma constante y es en esta elección en la que se ejercita nuestra libertad. Podemos ser lo que elijamos ser. No estamos determinados y estamos llamados a autodeterminarnos. Esta es la visión cristiana del libre albedrío. Somos lo que decidamos ser. No estamos determinados, por lo que en lo que nos convirtamos es responsabilidad propia, sea para bien o para mal. Por eso la noción del libre albedrío cree que si un cristiano va al cielo se debe a sus buenas acciones y si va al Infierno se debe a sus malas acciones. En ambos casos es simple y completamente la responsabilidad de cada uno. No debemos culpar a nadie de nuestras decisiones y acciones y es por eso que el pasaje del Génesis de Adán y Eva tiene mucho que decirnos. Cuando Dios le pregunta a Adán que hizo, este dice que fue Eva y cuando le pregunta a Eva esta dice que fue la Serpiente. La verdad es que la culpa nunca es de otro. Adán pudo decir que no y no lo hizo, por tanto fue su elección y es culpable y Eva pudo decir que no y no lo hizo y es ella entonces culpable. El hombre tiende a culpar a otros de sus propios errores, pero los culpables somos siempre nosotros mismos. Es por eso que la Libertad siempre va acompañada de la responsabilidad, ya que yo debo ser responsable de mis acciones y de las consecuencias de las mismas. Teniendo estas ideas claras  intentemos comprender a Tolkien y su obra. 

    John Ronald Ruel Tolkien nació a fines del siglo XIX en Sudáfrica, entonces parte del Imperio británico. Era un inglés en las colonias, como muchos. Su padre era un funcionario en el Cabo. Tras permanecer algunos años en la zona, la familia decide volver a Inglaterra. Mabel, la madre, junto a sus dos hijos John Ruel y Hilary Ruel viajarían primero y Arhur el padre se les uniría al poco tiempo. De este modo, Mabel viajó hasta el sur de Inglaterra a la casa de sus padre en la campiña inglesa. El padre nunca se les unió , ya que murió de una fiebre reumática. Los niños crecieron con sus abuelos en al campo. Tolkien recuerda esta época como un tiempo feliz en el que el campo y la simpleza le permitían  ser libre de cuerpo y alma. 

    Era una época de resurgir católico en Inglaterra tras el decreto que les dio libertad de práctica (1829). El catolicismo había estado prohibido y había sido perseguido en Inglaterra desde la Reforma Anglicana del siglo XVI. Enrique VIII separó la Iglesia de Inglaterra de la romana por razones más carnales que espirituales. Confiscó los bienes de la Iglesia y no realizó grandes cambios dogmáticos. Tras su muerte  es sucedido por 

    su hijo hombre, Eduardo VI, quien por el lado materno pertenecía a una familia Presbiteriana. Como es un niño, sus regentes son sus tíos Seymour quienes incorporan cambios religiosos profundos a la ya realizada Reforma. Pero el niño muere adolescente y asume su hermana mayor, María , hija de Catalina de Aragón, nieta de los Reyes Católicos. Ella intenta volver al catolicismo y se enfrenta violentamente con los “reformados” es conocida por la historia oficial como “María al Sangrienta”. Pero muere sin descendencia y la suceda su hermana, Isabel, hija de Ana Bolena quien no vuelve al catolicismo y afirma la nueva religión establecida a través del Acta de Supremacía y el Acta de Uniformidad. Ella persigue activamente a los llamados “papistas” obedientes de la Iglesia romana y conspiradores en su contra. De ahí en adelante la historia de los católicos en Inglaterra será una historia de privaciones y persecuciones. Luego se prohibirá que un católico pueda ser rey. Muchas familias permanecerán católicas en silencio, manifestando su fe en esferas cerradas. Finalmente en 1829 se les dará libertad de ejercicio lo que implicará una reorganización de la diócesis para una nueva realidad industrial. Se harán nuevas fundaciones y se reestructurarán los obispados. Este resurgir atraerá a varios intelectuales de la época. Personajes fundamentales del Anglicanismo se harán católicos como John Henry Newman y Henry Edward Manning. Ambos llegarán a ser cardenales de la Iglesia de Roma. Esto hará que en círculos intelectuales especialmente en la Universidad de Oxford muchos se conviertan al catolicismo con lo que  se comenzará a hablar del Movimiento Católico de Oxford.  

    Este es el contexto que encuentra a Mabel de vuelta en Inglaterra. Ella comienza a relacionarse con sacerdotes del Oratorio, lo que la llevan a convertirse al catolicismo. Esto será un revés para sus padres que pertenecen a las Iglesias Reformadas y le hacen elegir, permanecer con ellos y abandonar el catolicismo o marcharse. Ella decide irse con sus niños a vivir a Birmingham y seguir su nueva fe. Birmingham es una ciudad industrial, Tolkien no se siente tranquilo con este cambio, ama el campo y considera que las chimeneas humeantes son antinaturales y esclavizantes. La madre encarga la educación de sus dos hijos al sacerdote católico oratoniano, Francis Morgan. Mabel enferma y se le complica la diabetes con lo que muy temprano en la vida, muere. Solo tenía 34 años y su hijo mayor John Ronald Ruel tenía 12 años y ahora era huérfano. Ambos niños quedaron a cargo del padre Francis, quien era estricto, pero cariñoso. Para Tolkien será una de las personas más importantes de su vida a tal punto que cuando ya es famoso y le critican a la Iglesia católica el asiente a los defectos que muchos ven en ella y afirma “con que haya un solo Padre Francis en la Iglesia, ésta se salva entera”. Crece como un católico devoto. No sólo es un creyente sino que un practicante de misa diaria, lo que explica mucho de su visión de mundo. 

    Será un gran alumno en el Kings college de Birmingham. Será aceptado en Oxford para estudiar Lengua Inglesa. En esta época conocerá a Edith Bratt, joven anglicana huérfana mayor que él de la que se enamorará. El Padre Francis le prohibirá verla hasta que termine su carrera. No le gustaba que saliese con una anglicana, consideraba que el sacrificio de su madre no podía ser mancillado. Tolkien obedece, se dedica a estudiar. Será un excelente alumno. Una vez que termina su carrera, le escribe a Edith para verla. Ella le dice que está comprometida para casarse con otro. El insiste, finalmente Edith devuelve el anillo a su otro pretendiente y se casa con Tolkien. Era 1916 y Europa estaba sumida en la Primera Guerra Mundial por lo que la felicidad de los recién casados se vio truncada, ya que Tolkien ahora graduado, debía ir al frente. Será jefe de los fusileros de Lancasshire  en la batalla del Somme. La Guerra lo marcará para siempre.  Allí en el horror de las trincheras conoció a los Hobbits, gente simple que se contenta con poco. El un profesor universitario de la Universidad de Oxford tenía certeza de los horrores que representaba la Guerra y se preguntaba en forma recurrente si esto era o no algo humano. Al modo Shaespeareano su pregunta era “to be or not to be human”. Mientras tanto esos soldados rasos, gente simple de la campiña inglesa, que nunca habían salido de sus casas, mostraban una valentía y valía que él no imaginaba. Como diría más adelante Gandalf  ”los Hobbits están llenos de sorpresas”, valen más de los que ellos creen.  Todos los amigos de Tolkien de el colegio con lo que él había formado su primer Club de intereses comunes, llamado el Tea Club and Barrowian Society murieron en la Guerra. Tolkien se salvó ya que sufrió la llamada “ Fiebre de trincheras” y fue llevado al hospital. Durante su recuperación ya comenzará  a escribir parte de lo que será el Silmarillion, obra que lo acompañará toda su vida y que nunca terminará. Será publicada póstumamente por su hijo, Christopher. 

    Finalizada la Guerra Tolkien vuelve a donde su amada Edith con la que comenzará a formar una bella familia. Juntos tendrán cuatro hijos y Tolkien será un padre devoto.  Su vida será para muchos algo predecible. Un profesor universitario de rutinas, amante del mundo germano y anglosajón, dedicado a la traducción de textos ancestrales y conocedor de historias memorables y amante de los valores entregados en éstas.  Un hombre simple con  pasiones intelectuales  influyente y creencias sólidas que le permitirán desde lo que parece predecible, crear algo impredecible y único, El Señor de los Anillos, tal vez el mejor libro escrito durante el siglo XX y probablemente uno de los mejores libros de todos los tiempos.

    ¿Qué tiene esta historia para hacerla tan única? Se trata de una recreación perfecta de nuestro mundo. Tolkien es un lingusita y primero creó lenguas, para luego inventar seres para que las hablases y finalmente una tierra para que la habitasen. El Señor de los Anillos tiene un presente que representa la historia misma y cuenta con un pasado que es el Silmarillion obra que escribía y completaba al mismo tiempo que escribía El Señor de los Anillos.

    De vuelta de la Guerra Tolkien tradujo Sir Gawain y el Caballero Verde y el Beowulf al Inglés. Una historia del mundo celta y otra la obra magna del Anglosajón. Tolkien era un conocedor el mundo celta, Anglosajón y Nórdico. Era profesor de Anglosajón y de nórdico antiguo y pertenecía a un grupo llamado los “Coalbitters “en el que se juntaban a leer Sagas Islandesas en nórdico antiguo. Conocía  cabalidad las tradiciones medievales y compartía su visión de mundo y este conocimiento se traspasara a su obra. Comenzará con la publicación de El Hobbit, una obra simple y como muchos mal interpretan “para niños”. Hay que comprender que la noción de Tolkien sobre la fantasía y los cuentos de hadas es que estos son para niños de 0 a 99 años, por lo que es errático pensar en El Hobbit como una historia sólo para niños. Se trata de una buena historia donde ya podemos ver la noción de Libertad trascendental en Tolkien en plena acción. Tolkien considera que las buenas acciones traen buenas consecuencias y las malas acciones traen malas consecuencias. Nada se debe a la simple suerte. De hecho muchos aquellos que no comprenden este libro han criticado al autor por dejar que las cosas sucedan por “simple suerte”. Lo que esos críticos no entienden es que Tolkien no cree en la suerte. Todo se debe a las acciones de cada uno, ya que cada acción, cada decisión tiene consecuencias. Hay que agregar el hecho que el autor como buen católico  cree que Dios actúa en el mundo a través de la Divina Providencia. Eso a lo que muchos llaman “ justo en ese minuto” o “ suerte”, Tolkien lo llama “la Acción de Dios en el Mundo”. Nada es por suerte. Tolkien comprende y muestra, ya en esta obra que es simple, que cada uno hace su camino y que nuestra vida es como un viaje. Somos un “Homo Viator” que se hace en el camino y que dependiendo de las elecciones que cada uno hagamos libremente podemos ser más, crecer o deteriorarnos. No es culpa de nadie, solo de cada uno. Por eso las buenas acciones llevan a “buena suerte” y las malas acciones encuentran perdición. El hombre es libre y se autodetermina, cada uno hace su camino y toma decisiones en el trascurso dela ruta y eso determinará las consecuencias al fin del camino. Cuando Bilbo Baggins es invitado por el mago Gandalf a una aventura, trata de negarse. Los hobbits no son seres propicios para las aventuras. Tras ser invadido por un montón de enanos en su propia casa, sentirse vejado  e intentar negarse de esta locura de ir a una montaña a quitarle un tesoro a un dragón, cosa que no parecía muy segura, finalmente se ve embarcado en la aventura que nunca buscó.  Es entonces cuando le pide a Gandalf que le asegure que no le va a pasar nada y que volverá, sano y salvo. Gandalf le dice que no puede hacer tal promesa y que lo único que le puede asegurar es que si es que vuelve, ya no será el mismo. Las aventuras cambian a las personas, para bien o para mal y eso depende de cada uno de los aventureros. Somos dueños de nuestras vidas y no depende nada de terceros. Bilbo será mucho más de lo que él hubiese pensado, encontrará la valentía y la generosidad. Estará dispuesto a sacrificarse por su amigos, lo que sólo lo harán crecer en sabiduría y virtud, lo que harán que para cuando regrese de la montaña solitaria será una mejor persona. Dueño de si mismo. Bilbo era un Hobbit de la comarca poseído por sus posesiones, preocupado de las cosas que tenía y que era incapaz de usar. Tuvo que ir a la cueva del Dragón, ser que se caracteriza por acumular lo que no puede usar “ el mal del dragón”, enfrentarlo para así él curarse de ese mismo mal que antes él poseía. Por otra parte Thorin, el jefe de los enanos de la historia,  tomando malas decisiones se enceguece con el mal del dragón y encuentra su propia perdición. Cada uno forja su camino haciendo uso del bien más preciado que poseemos, la libertad. Como se puede ver el Hobbits no es simplemente una historia de niños.

    Cuando Tolkien publica El Hobbit, el editor muy complacido con la historia, le pide más historias de “Hobbits”, esperando que el autor trajese para el año siguiente otra historia para publicar. Pero Tolkien era una persona muy meticulosa y perfeccionista y tardó 20 años en volver a donde el editor con más historias de Hobbits, con El Señor de los Anillos. Tolkien nunca sentía que las obras estaban terminadas. Tras trabajar muchos años en lo que sería El Señor de los Anillos le dice a su amigo C.S. Lewis que él dejó gran parte de su vida en esta obra y que lamenta que “nadie lo vaya a leer”. Pero estaba más que equivocado. Se trata de uno de los libros más leídos del siglo XX y objeto de culto para muchos, pero sobretodo, se trata de una obra en la cual el autor expresa una completa cosmovisión con una pluma magistral. 

    Para Tolkien existe un Creador de quien emana la Creación. Solo Dios puede crear de la nada – at nihil. El hombre solo puede crear de lo ya creado. Por eso Tolkien lo define como subcreador. Hay dos tipos de creaciones humanas, las que sirven al hombre, tecnología y las que ensalzan a Dios, arte. Para Tolkien esta chispa divina que posee el hombre que le permite crear radica su esencia en la libertad que éste posee. Su entendimiento en relación de lo que se entiende por acto libre se ve en pleno en el Silmarillion . Dios – Eru o Iluvatar crea desde su pensamiento a los Ainurs o Valar – los primeros vástagos. El que es el Logos (hace referencia a la definición del Dios Cristiano). Luego compone una  música creadora  e invita a sus vástagos a acompañarle en la creación. Todo comienza a surgir de la armonía, la tierra, las montañas , los mares, se ve la creación que ya es y lo que será.  Se ve el venir de los Primeros nacidos, los Elfos y de sus seguidores, los hombres. Todo es perfección hasta que uno de los valars, el más bello, decide desentonar.  Dios creó a sus seres libres y por tanto Melkor decide desentonar. Cree que él puede hacer mejor música que Dios. De la soberbia de Melkor surgen en la creación cosas que no estaban en el plan de Iluvatar.  En este pasaje del Silmarillion Tolkien resume un problema trascendental en la teología cristiana, el problema del mal. ¿Si Dios creo todo bueno, como el mal? Dios no creó el mal, pero permite el mal, porque nos creó libres. De la voluntad del hombre nacen las malas acciones que tienen consecuencias. Todo ejercicio de la libertad tiene consecuencias.  Melkor decidió desentonar y aparecieron cosas en la creación cosas que no estaban en el plan divino. Pero el gran problema de Melkor es creerse mejor que Dios pero saber a ciencia cierta que no es Dios. Solo Dios puede crear de la nada, Melkor necesita de la ceración divina para cambiarla para subcrear, para pervertirla. El gran fracaso del demonio es que no puede crear at nihil. 

    Melkor baja a la Tierra Media y se llena de odio. Sabe que no es Dios y no lo soporta. Atrapa a criaturas buenas y las corrompe , no puede crear de cero sus diabólicos secuaces, necesita degenerar. Odia tanto que no soporta ver el bien y la alegría. Ataca la luz e intenta romper la idea de simetría de Iluatar.  Busca el poder por lo que necesita contar con el poder militar para lograr imponerse. Quiere cambiar el plan de Iluvatar por su propio plan. Quiere subyugar a toda la Tierra Media. Esto provocará una serie de luchas y batallas en su contra en la que hombres y Elfos pelearán codo a codo por la Libertad. Será derrotado y caerá al vacío. Muchos creerán que es el fin del mal. Pero lo que Tolkien tiene claro en su obra y en su vida, en la realidad es que el mal nunca descansa. Sauron, seguidor de Melkor o Morgoth se levantará como el nuevo Señor Oscuro que querrá subyugar a la Tierra Media.  

    Tolkien cree en la libertad de las criaturas creadas y muestra fervientemente que Dios es respetuoso de esa libertad, de otro modo el mal no existiría.  En la historia de Turin Turambar que aparece en el Silmarillion y que es recontada en el libro publicado el 2008 “ Los Hijos de Hurin” se cuenta una historia de condena. Hurin, hijo de Huor , quien permaneció una estancia en la ciudad Oculta de Gondolin es capturado por Melkor quien quiere saber la ubicación de la ciudad. Lo encadena y lo tortura por años. Lo condena a él y a toda su familia a morir. Encadenado al trono de Melkor desde donde todo se ve, debe ver como sus dos hijos, Turin y Niniel mueren.  Turin es un joven impetuoso que conoce la condena de Melkor y trata de escapar de ella ocultándose y cambiando su identidad. Sabe que está condenado y actúa erráticamente. Lo que nunca entendió Turin es que nadie nunca puede condenarlo, que las condenas de un tercero no existen y que él con sus malas decisiones se condena solo. El usa mal su libertad y hace cumplir la supuesta condena. Buenas acciones traen buenas consecuencias y malas acciones traen malas consecuencias. Turin y su fatalidad es resultado de sus propias acciones y sólo él es culpable de sus desgracias.  El Señor Oscuro es inteligente y sabiéndose no todopoderoso canaliza los errores de los seres libres y los doblega por voluntad propia.  Es la libertad la que nos hace vulnerables.  La libertad es entonces un arma de doble filo, es lo que hace que la vida sea digna de vivir y lo que puede condenarnos. Es mucho más fácil estar determinados, no hay que elegir, ni hay responsabilidad en el actuar. El ser libres implica la difícil situación de decidir  y la real posibilidad de equivocarse. 

    Esto mismo se replica en forma constante en el Señor de  los Anillos. Sauron es ahora el nuevo Señor Oscuro que mediante engaños logró quebrar la voluntad de los hombres. Recordemos que nadie en su sano juicio elige el mal por el mal. Es por esto que Sauron se presenta como el Señor de los Regalos, como consejero con buenas intenciones y se apodera de las mentes de quienes acecha. Forja los anillos de poder para cada una de razas de la Tierra Media, Elfos, hombres y enanos para luego forjar un anillo único y gobernar sus mentes, tando los anillos y hundiéndolos en las tinieblas. Los anillos de poder son la máxima expresión de dominio y la pérdida total de la libertad. Además logra pervertir a los hombre y quiere el fin de la especie humana tentando a los Numeronianos (habitantes de la Isla de Numenor) a hacer lo único que tenía prohibido, navegar hacia Valinor. Es la réplica de la manzana de Adán. Dios castigará a los numerionianos y su isla se hundirá en el mar. Saurón  pierde su cuerpo pero desde el anillo único que tiene en si parte de su propio ser malvado se levanta desde la Torre Oscura para dominar toda la realidad. Se logra la última alianza de hombres y Elfos para combatir al señor oscuro y luchar por la libertad en la Tierra Media. Pero cuando finalmente hubo una real opción cuando Isildur le corta el dedo a Saurón y le quita el anillo único haciendo que Saurón se desintegre, no acepta terminar con el Anillo  que sabía tenía parte del ser del Señor del mal. Es la tentación del poder, de usarlo para el bien. Pero Tolkien sabe que el objeto malo no puede ser usado para el bien y que como ente de mal corrompe. El poder entiende Tolkien corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Esto le sucedió a Melkor que se convirtió en Morgoth y le volvió a suceder a Saurón. El mal no descansa siempre puede elevarse un nuevo señor Oscuro. Isildur será traicionado y asesinado en los campos Gladios y el anillo único caerá al fondo del río. Años más tarde será  encontrado por Deagol quien junto a su amigo Smeagol pescaban. Smeagol desea el anillo y mata a Deagol. El anillo tortura a Smeagol por años, él lo usa en forma permanente y se hace adicto a él. Smeagol se convierte en un esclavo del anillo y olvida quien es en verdad. Hasta olvida su nombre y pasa a ser Gollum.  El anillo es como  el pecado cuando se lo usa se es invisible par este mundo , pero visible para el Señor Oscuro. Mientras más se peca , más edicto se es a ese pecado y hay que continuar en el pecado. El anillo es adictivo y quien lo posee lo necesita como “ su tesoro precioso”.  Al pecar uno se olvida de quien es en verdad y pasa a justificarse desde un nuevo yo pervertido. Por eso Smeagol pasa a ser Gollum. Perdió su “ humanidad , perdió su libertad, es esclavo del anillo.

    Para el inicio de la obra Magna de Tolkien, The Lord of the Ring, Saurón debilitado busca el anillo único. Los Nazgul dominados desde los anillos menores lo ayudan en su búsqueda. El anillo quiere volver a su dueño y si lo hace el mal logrará el poder absoluto y con ello la perdición y el dominio de la corrupción absoluta y el fin de las libertades para siempre.  El anillo había sido encontrado en la cueva de Gollum por el ser meas simple e invisible jamás pensado, un Hobbit de la Comarca llamado Bilbo Bolsón. Allí permaneció en silencio  por años hasta que Gollum quien necesitaba el anillo y lo buscaba también cae en manos de Saurón y dice dos palabras claves – Comarca ( Shire) y Bolson ( Baggins). Con esto los Nazgul dejan la torre oscura y salen en búsqueda del anillo único. Galdalf , el mago gris, quien ya sospechaba que el anillo de Bilbo no era otro que el anillo único confirma sus temores y llega a tiempo para pedirle a Frodo que saque el anillo de la Comarca y que lo lleve hasta Bree donde él lo esperará. Frodo sale de la Comarca con su amigo Sam  a quien Galdalf le encomienda su cuidado. Se les unen dos Hobbits más, Merry y Pippin. Al llegar a Bree, no solo Gandalf no está sino que no les queda meas uqe confiar en un montarás que es llamado Trancos, Aragorn. Son 5 viajeros que ahora se dirigen con la pesada carga a Rivendel.  Tras ser perseguidos y atacados por los Nazguls, logran llegar a Rivendel donde son recibidos por el Sennor Elrond de los Elfosy el mago Gandalf y donde se celebra el consejo para saber que hacer con el anillo. Se trata de una carga pesada que todos saben hay que destruir. El único modo de destruirlo es lanzarlo al fuego en donde fue forjado, en el Monte del Destino en la Tierra de Mordor donde habita Saurón. O sea se trata de una aventura  peligrosísima, llevar el anillo literalmente a la “ boca del lobo”. Pero no solo la tarea es difícil, el gran problema es quien llevará el anillo para ser destruido. Los poderosos temen, saben que el anillo es el poder absoluto y que los corromperá absolutamente y lo rechazan. Finalmente el meas sencillo, el meas pequeño – Frodo se ofrece para ser el portador. Se viene a la cabeza la idea que los últimos serán los primeros y que de los humildes es el reino de los cielos. Junto a Frodo el portador se arma una hermandad para acompañarlo que será conocida como la Comunidad del Anillo. Dos hombres, un elfo un enano, un mago y cuatro Hobbits trabajarán cono a codo y en equipo para lograr la difícil y casi imposible tarea de destruir el anillo. 

    La aventura cambiará a todos los actores involucrados. La vida vista como un viaje, el viaje los cambiará a todos y durate la historia muchos tomarán buenas y malas decisiones. Galdalf parece morir en las minas de Moria, debe enfrentar su propia aventura, descender a los infiernos para desde ahí resucitar como Galdalf el Blanco. Pero sus amigos sólo lo ven morir. Boromir es seducido por el poder del anillo e intenta quitarle el anillo a Frodo, lo que hará que éste huya y la comunidad se separe. Tras esto intentará revindicarse protegiendo a Merry y a Pipin y mueriendo en el intento. Su libertad lo traicionará y tomará malas decisiones que traerán malas consecuencia y se redimirá dando la vida por sus amigos. Doblemente libre para el mal y para el bien.  Aragorn, Gimli y Legolás intentarán salvar a Merry y Pipin que habían sido capturados por Orcos y otros seres temibles. San y Frodo se dirigen nada meas y nada menos hacia Mordor. Los menos poderosos van al lugar más peligroso.  

    Todos encuentran su destino que nace de las decisiones que cada uno toma. Galdaf enfrenta sus temores y reemerge fortalecido como Gandalf el Blanco. Aragorn asume quien es, enfreta  elmundo de los muertso ( deciende también a los infiernos) y sale dispuesto a ser rey. Gimli y Legolás descubren que el potencial enemigo puede ser amigo y Merry y Pipin crecen y maduran siendo los gestores de la caída de Sarumán. Frodo y Sam para poder llegar a cumplir su misión no les queda meas que confuar en la criatura que los ha seguido casi todo el camino. Gollum, quien los guía hasta la puerta del destino. Gollum es repugnante y traicionero, lo que lleva a San a desearlo muerto, pero Sam no elige matarlo, sino que lo perdona. Frodo también elige el camino de la misericordia. Cuando Frodo en Moria le comenta a Gandalf que su tío Bilbo debió matar a Golum cuando pudo, Gandalf les responde diciéndole que cada cual cumple su rol y que sólo Dios da y quita la vida. Lo más increíble es que al momento final las fuerzas y la voluntad traicionan a Frodo y si Gollum no hubiese actuado, el anillo no habría sido destruido. 

    Como se puede ver Tolkien entiende la libertad como una lucha externa contra la coacción e interna contra uno mismo. Si las buenas acciones tienen buenos resultados y las malas acciones malos resultados el hombre por naturaleza busca el bien, solo que a veces se le nubla la visión y confunde. La verdadera libertad liberadora siempre está en el camino del bien , ya que el hombre por naturaleza busca fervientemente y anhela ser feliz.  En todas sus obras el autor muestra a cabalidad la aplicación de la visión cristiana de la libertad y sus dimensiones teológicas de un modo magistral y ejemplificador.  Se trata de ver la vida como una aventura, una “queste” (búsqueda), siendo el camino caminado lo que resultará en las consecuencias posteriores. Somos libres, algo tremendamente difícil y de gran responsabilidad. Pero porque somos libres vibramos con la vida de un modo que otros seres son incapaces de hacerlo. La libertad es el don mayor del hombre es en si lo que lo hace humano como tal y lo que lo hace persona única e irrepetible. 

  • Educar la libertad humana (II)

    Educar la libertad humana (II)

    Hablábamos en un número anterior acerca de la educación de la libertad de nuestros hijos, y decíamos allí, que el fin de nuestra actividad educativa no es otro que  posibilitarles amar en plenitud, de tal modo que puedan entregarse a los demás por amor. Ese es el mejor modo de encaminarlos hacia la felicidad. Pero claro, esto no es fácil, y por eso, es necesario continuar con aquella reflexión deteniéndonos esta vez en los medios que nos permiten realizar tan ardua labor. 

     ¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos sean capaces de amar más unas cosas que otras, cómo podemos hacer para que sean capaces de amar libremente aquello que vale la pena ser amado y, por el contrario, que rechacen aquellas cosas que exigen ser rechazadas? Seguramente, si el querido lector es madre o padre, ya habrá dado la respuesta en el fondo de su corazón, porque no tiene mayor secreto: amando incondicionalmente a los hijos. El lugar donde los hijos aprenden a amar es en el seno de la familia y si no lo aprenden allí, no lo aprenderán en ningún libro de autoayuda o de psicología contemporánea. Es en la familia, en esa comunidad de vida y de amor, donde el hijo es amado por lo que es, donde vive esa experiencia de ser amado por el hecho mismo de ser, sin tener que realizar ninguna acción especial, ni extraordinaria. Lo único que valdría la pena recordar aquí es que ese amor a los hijos será plenamente educativo si está fundado en el amor profundo y comprometido entre los esposos. Los hijos aprenden a amar no solo con la experiencia de ser amados, sino en la contemplación del amor que tienen sus padres entre sí. Los hijos quieren que sus padres se quieran y, por ello, todo lo que altere esa comunión de amor afectará inevitablemente a la actividad de los padres como educadores. 

    Ahora bien, junto a este amor incondicional de los padres es preciso, en orden a educar la verdadera libertad, que los hijos conozcan lo que es verdadero y bueno, de tal modo que puedan elegirlo, siendo para ello necesaria una firme y tierna autoridad. Requieren que se le presente el bien, que se les haga atractivo, que lo vean como perfectivo. Solos, no son capaces de conocer lo bueno, de tal manera, que si quisieran moverse desde sí mismos sin conocer el bien que les perfecciona, se moverán de un modo parcial, limitado, no completamente libre. Es por eso que requieren la autoridad de alguien que les muestre lo que es digno de ser amado; requieren, exigen, la autoridad de los padres que les guíen y les conduzcan hacia el estado de virtud; requieren de los padres que les sirvan de sustento; exigen una palabra que les dé sentido a su existencia, que los oriente en el camino de la verdadera felicidad. 

    Autoridad educativa, afirma Monseñor Carlo Cafarra: “Significa posesión segura y vivida de una interpretación de la realidad que se ofrece-propone para la verificación existencial de quien es educado”. En efecto, si no se conoce lo bueno, si no se conoce lo que es verdaderamente valioso, si no se posee una interpretación segura de la realidad que proponerle al hijo, no hay educación posible. Sin esa autoridad, complemento indispensable del amor incondicional, los hijos podrían terminar encerrados en sí mismos, con una personalidad inmadura, porque aún recibiendo la experiencia del amor de los padres, no sabrán lo que deben elegir y amar, pudiendo incluso pensar que no hay nada suficientemente digno de ser amado como para realizarlos, volviendo así imposible la educación de la libertad.

    En nuestros días la autoridad está bastante desprestigiada, hay una verdadera crisis de autoridad. Ella se ve como imposición arbitraria de la mentalidad de quien tiene el poder, se la hace sinónimo de autoritarismo y no se la considera o no se la quiere ejercer. No nos atrevemos a decirles a nuestros jóvenes: “esto es verdadero”, “esto vale la pena”, “esto es bueno y debe amarse”, porque muchas veces pensamos que no hay verdad, ni bien, ni cosas valiosas. Pero así abdicamos de nuestra tarea. Mostrarles lo bueno – mostrarles, proponerles, no imponerles – lo digno de ser amado, no es autoritarismo sino verdadera autoridad, supone estar al servicio de la vida de otro, acompañando el proceso de mejora y de crecimiento de ese otro. 

    Así entendía la autoridad San Agustín, para quien el que manda sirve. En casa del justo, decía el obispo de Hipona, “hasta los que mandan están al servicio de los que son mandados, y no mandan por afán de sobresalir, sino que lo hacen por un amor lleno de servicio”. En efecto, la autoridad tiene como finalidad servir a nuestros hijos, custodiar el bien de nuestros hijos. No se ejerce para que todo el mundo vea lo bien que van las cosas en la propia casa, lo ordenado que está todo, lo poco que molestan los críos, sino porque a través de ella nos empeñamos en conseguir el bien de nuestros hijos y ese bien es que sean verdaderamente libres para amar en plenitud. Para lo cual la autoridad debe ejercerse estableciendo los límites y las obligaciones necesarias para el desarrollo de su personalidad, límites que están encaminados a la felicidad y plenitud del hijo, así como también deben establecerse sus derechos y posibilidades. 

    Es esta autoridad así entendida, la que permite apuntalar, guiar para que se eviten las desviaciones o para corregirlas si aparecen, y en esa corrección, en ese indicar los límites y reglas del juego, el padre y la madre deben ser firmes, porque de su firmeza depende el bien de su hijo. De tal manera que en las correcciones uno debe decir o más propiamente manifestar que se lo ama demasiado como para permitir aquel desvío. “Te amo tanto, hijo mío, quiero con tanta fuerza tu bien, que no me puedo permitir dejarte hacer esto”.   

    No obstante, esa firmeza en el ejercicio de la autoridad debe ejercerse a la vez con paciencia, con ternura y con cariño, frutos estos de aquel amor incondicional del que hablábamos al principio, puesto que faltándole estos ingredientes puede perfectamente convertirse en autoritarismo. De modo especial hay que tener esto en cuenta en la adolescencia, puesto que en esta etapa la autoridad pasa de ser un mandato meramente externo a tener la dimensión de un consejo. Los adolescentes tienen que descubrir que no se les imponen las cosas sino que también se les aconseja, se les deja un ámbito propio. Se ejerce sobre ellos una autoridad razonada. Una autoridad que supone exigirles responsabilidades. Ha llegado el momento en que han de darse cuenta que son capaces de determinarse hacia lo que es bueno para sí mismos, no solo por la autoridad paterna-materna, como en la infancia. Ahora ya tienen un mundo interior, ya pueden ordenarse o negarse a lo que es bueno desde su propia interioridad. Ahora  es el tiempo en el que deben ser fortalecidos, por su propio bien, con responsabilidades. 

    Recordemos que no son niños chicos y, por eso, no puede tratárselos como tales. El hogar, la vida en familia, es de todos no solo de los padres. No puede ser que los padres sean los que se esfuerzan día a día mientras el adolescente se dedica a pasarlo bien. La familia entera está comprometida, la vida familiar no es solo cosa de los padres, sino de todos sus integrantes, de allí que debe ayudárseles a implicarse en las tareas y actividades familiares. No es posible que algunos adolescentes vayan al colegio sin haber tenido nunca una responsabilidad en casa. Así, el colegio mismo tampoco puede verse como un compromiso serio. Un adolescente sin responsabilidades, en un momento en el que está emergiendo su interioridad, su personalidad, no podrá descubrir verdaderamente de qué es capaz. 

    Debe darse una autoridad fuerte, exigente, que le suponga responsabilidades y obligaciones, pero que se mueve no solo en la línea de la fuerza o poder para conseguir cosas, sino en la línea del consejo. La autoridad es la garantía de la libertad, porque es ella una fuerza para garantizar lo bueno y no hay que tener miedo de ejercerla. A veces puede pensarse que exigiendo, que poniendo límites, que diciendo “no”, alteraremos la paz familiar o traumatizaremos a nuestros hijos o peor aún, perderemos su cariño y su amor. Pero esto, no solamente es falso, sino que además es profundamente injusto. No es justo tener miedo a mandar a los hijos. Tener miedo significa dudar del amor que los hijos tienen a sus padres. Ellos son los que están pidiendo a gritos una palabra que los oriente. Una palabra con sentido que les de una sólida razón para vivir. Pero cuidado, esa palabra que sale del corazón de sus padres, debe ser respaldada con hechos. De aquí que, a mi juicio, el mejor medio en orden a educar la libertad verdadera de nuestros hijos es el ejemplo. El ejemplo que los padres dan en su obrar es aquello a cuya imitación se hace algo y es para el hijo el punto de referencia para su propio comportamiento. Mirando la acción de sus padres, los hijos pueden realizar su propia acción de modo que ésta se asemeje a aquella. De este modo, el actuar moral de los padres se convierte en algo que es conocido, que es mirado por el hijo cuando pone en obra su propia acción. Es ese el mejor modo por el cual los padres son capaces de inclinar a sus hijos hacia el bien concreto que le proponen.  Mediante su amor desinteresado, gratuito, consiguen paulatinamente que el hijo quiera las acciones buenas que el padre le propone con su acción. Con su acción educativa, siempre constante, siempre firme y a la vez tierna, delicada y conforme al modo individual del hijo, los padres van posibilitando que los hijos sean verdaderamente libres y capaces de amar en plenitud. Por eso, la mejor receta si queremos que nuestros hijos sean verdaderamente libres, amantes de lo verdadero, lo bueno y lo bello; la mejor receta que tenemos que aplicar es serlo nosotros mismos, porque en definitiva, uno no educa gracias a diversas metodologías especialmente avanzadas, no educa gracias a frases bonitas, no educa por las cosas que dice, sino que se educa por lo que uno es. “Nos esforzamos en educar a los hijos de cierta manera y al final, me decía un hombre sabio en una sobremesa, salen tal como somos nosotros”. Por eso, es preciso que nos esforcemos en ser mejores personas ya que así nuestros hijos lo serán también. 

  • Educar la libertad humana

    Educar la libertad humana

    Cuando hablamos de educación, sea cual sea la postura filosófica que se adopte, debe reconocerse que se está hablando de una actividad que tiene como finalidad la mejora de la persona humana. La actividad educativa debe entenderse siempre como una actividad encaminada a hacer que la persona que nos ha sido confiada, que nos ha sido encomendada, llegue a ser más y mejor persona, que alcance ese Bien y esa Felicidad a la que se encuentra naturalmente inclinada. Quienes mejor ven y aprecian esta verdad son las madres que anhelan con todas las fuerzas de su corazón ver a sus hijos felices. Esa es su mayor pretensión cuando emprenden la obra educativa. 

    De esta concepción de la educación que se arraiga en el más profundo sentido común humano se sigue, con total claridad, que no podemos reducirla ni limitarla a una mera adquisición de informaciones y enseñanzas útiles para la vida que hagan del educando una persona instruida, culta, preparada, técnicamente competente para enfrentar las tareas y los desafíos del nuevo siglo. Ciertamente que es importante que tenga una adecuada preparación intelectual y técnica, pero no consiste en eso la esencia de la educación. Si lo que se quiere es educar a los hijos, no se puede reducir la acción formativa a brindarles medios que le permitan adquirir ventajas sociales, económicas o bienestar material. Educar es mucho más que enseñar determinadas cosas para que se “ganen la vida”, sin perjuicio de lo útil que pueda llegar a ser.

    Chesterton nos advertía del peligro de reducir la educación a mera capacitación cuando decía, con su particular ironía: “Sé que hay animales que entrenan a sus crías con trucos especiales, como los gatos enseñan a los pequeños gatos a cazar ratones. Pero es una educación muy limitada y más bien rudimentaria. Es lo que los industriales millonarios llaman educación para los negocios o para la administración de empresas; es decir, no es de ninguna manera educación”. En efecto, no es eso educar. Educar es, como apuntábamos al comienzo, llevar a la persona a su plenitud y realización en cuanto persona; es comprometerse a fondo en el crecimiento hondo, profundo, del educando en tanto que es un ser personal. En síntesis, y utilizando las palabras del papa Juan Pablo II: Educar es “hacer a la persona más y mejor persona”.   

    La pregunta que surge inevitablemente entonces es ¿en qué consiste esa plenitud humana hacia la cual la persona está ordenada? La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos dice al respecto: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Sólo en la medida en que somos capaces de donarnos, de entregarnos, por amor y con amor a otro ser personal (primeramente a Dios y a otra persona humana, secundariamente), nos realizamos como personas. 

    Víctor Frankl, judío, psiquiatra y neurólogo austríaco, se expresa en términos semejantes: “Nos sale aquí al paso un fenómeno humano que yo considero fundamental desde el punto de vista antropológico: la autotrascendencia de la existencia humana. Quiero describir con esta expresión el hecho de que en todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo. Cuanto más sale al encuentro de su tarea, cuanto más se entrega a su compañero, tanto más es él mismo hombre y tanto más es sí mismo. Así pues, propiamente hablando sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida de sí mismo, en que se pasa por alto a sí mismo”. Somos felices en la medida en que libremente nos damos. Cuando más vivimos para nosotros, menos nos realizamos y menos felices somos, por mucho que la pasemos estupendamente bien. 

    Nuestra actividad educativa, por tanto, debe ir en la línea de permitir esa donación, de permitir que el educando se trascienda a sí mismo, busque salir del amor propio y se aventure a amar en plenitud, pero que lo haga no como coaccionado por los educadores, no como obligado por quien lo conduce a ser mejor, sino que la educación (y en esto radica su dificultad) debe disponer al educando para que libremente se decida por lo bueno y mejor, para que libre y voluntariamente se decida a vivir para los demás. En este sentido, el educador no es el que hace feliz, sino el que mediante la formación en las virtudes humanas, dispone al educando a que libremente se ordene a la felicidad. 

    Ahora bien, no se puede propiamente donarse a los demás, si no se es plenamente libre. Sólo en la medida en que se es libre, puede el hombre entregarse por amor a los demás, y por tanto, ser más persona. Porque de lo contrario se obraría de manera determinada, necesaria y no habría propiamente donación. Sería amar como ama el pingüinito a la pingüinita, esto es, necesariamente. El pingüinito no puede decirle que no, está determinado a amarla. 

    La persona humana, en cambio, se mueve libremente hacia lo amado, de tal manera que ama, que se entrega, que se compromete, si quiere. De lo que se sigue que hacer a la persona más persona, es hacerla más libre, hacer a la persona más persona es educarla para la libertad. Y en este sentido hay que amar profundamente la libertad de nuestros hijos. Sí, hay que desear y promover la libertad de nuestros hijos, tanto niños, como adolescentes, como jóvenes. Pero, claro, afirmar eso supone correr el riesgo de entender impropiamente lo que eso significa, de manera que bien vale aclarar qué se entiende por libertad. 

    Ser libre significa, en primer lugar: no estar determinado, sino que autodeterminarse a actuar. Los seres irracionales, lo seres no personales, realizan sus actos absolutamente determinados por su naturaleza específica. Ellos sí que están completamente determinados. No hay ovejas que desafíen al lobo, ni leones que se apiaden frente a las cebras. Ellos  realizan sus operaciones siguiendo la determinación de la especie, obran desde su especie, lo que hace uno, lo hacen los demás, porque no obran desde su individualidad, sino desde su especie. La persona humana, por su racionalidad, no obra desde su especie, sino desde su individualidad. Ella decide poner un acto en la existencia o no; es ella la que decidirá qué hacer en cada momento. El hombre puede elegir, los animales no. Esta autodeterminación, esta capacidad de elegir, por la que actuamos o no actuamos, hacemos una cosa u otra es la raíz y el fundamento de la libertad humana. Sin embargo, no es, ni puede ser toda la libertad. La elección es un momento de la libertad pero no es lo esencial a ella.

    En tanto que la persona humana está ordenada a su realización, lo esencial de la  libertad para que sea propiamente humana será su ordenación a dicha perfección. La libertad es un medio, no un fin, por lo que el hombre dispone de la libertad para ordenarse por sí mismo a su felicidad y no a su desgracia. De este modo, la libertad supone elegir lo bueno; moderar las apetencias sensibles, de tal modo que el hombre sea capaz de obrar en la línea de su realización personal; tender a bienes verdaderamente humanos y no dejarse llevar por falsos placeres egoístas. La libertad personal es, por tanto, señorío sobre uno mismo y sobre sus propios actos. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por uno mismo, en cada momento, aquello a lo que por naturaleza está uno ordenado a ser: una persona plena, realizada, feliz; más propiamente, según lo que venimos diciendo: una persona capaz de amar y ser amada en plenitud. 

    Educar para la libertad significa entonces, formar jóvenes que sean verdaderamente dueños de sí mismos, jóvenes empeñados en lograr su propia perfección y no su ruina, jóvenes que sin coacciones, desde sí mismos, se muevan hacia lo bueno, jóvenes capaces de decirle “no” a aquellas cosas que no les perfeccionan, pero, que a la vez tengan la alegría y la vitalidad de decirle “sí” a las cosas que los engrandecen. Dicho más simplemente, educar para la libertad, no es otra cosa sino educar para el amor, para el amor de aquello que es digno de ser amado; formar a los jóvenes para que sean capaces de amar bien, de amar más unas cosas que otras y así lograr su realización.

    La actual mentalidad relativista, al desconfiar de la capacidad de la inteligencia humana para conocer lo verdadero, se ve obligada en el orden de la realización humana a no establecer diferencias entre los bienes existentes, dejando a los mismos jóvenes la determinación de lo que ellos mismos consideran bueno. Si todos los bienes son del mismo valor, será igualmente bueno ayudar a los pobres como drogarse; sacrificarse por la familia, que ir de fiesta; etc. El educando, precisamente porque es educando, exige una palabra orientadora de la existencia que le permita apreciar la mayor bondad de unas opciones sobre otras. Son los educandos mismos los que esperan que aquellos que los aman les digan qué vale la pena elegir o qué vale la pena amar. Faltando esa palabra, se instalará un profundo vacío en sus almas que intentarán llenar con placeres o diversiones incapaces de satisfacer su anhelo de felicidad. De allí la especial responsabilidad de los padres y educadores en el ejercicio de la actividad educativa. 

    Por eso cuando hablamos de educar para la libertad, cuando decimos que hay que amar la libertad del adolescente, de ninguna manera estamos pretendiendo que haya que favorecer y promover una independencia frente a la autoridad o a las normas, no estamos diciendo que haya que promover la irresponsabilidad del adolescente o permitir que haga lo que quiera hacer, cuando quiera y con quien quiera. 

    Lo que estamos significando cuando decimos que es preciso educar para la libertad, es que nuestra actividad educativa debe encaminarse a posibilitar al adolescente a amar en plenitud, a ser verdaderamente suyo, de tal modo que pueda entregarse a los demás por amor. Eso es lo que debemos anhelar: educar para el amor y para la libertad, no para la frustración y la esclavitud de las pasiones. Sobre cómo llevar a cabo esta maravillosa tarea hablaremos en una próxima oportunidad.