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  • A ochenta años de la Guerra Civil China

    A ochenta años de la Guerra Civil China

    El largo conflicto que enfrentó a Chiang Kai-shek y Mao Zedong sentó las bases de una tensa y compleja convivencia entre la República Popular China y Taiwán, que perdura hasta hoy.

    Cuando se revisa la historia política del siglo XX, las revoluciones y guerras civiles aparecen como verdaderos puntos de inflexión en los que los países –o incluso áreas geográficas completas– cambiaron violentamente su rumbo. En parte, producto del choque interno de las fuerzas en conflicto, pero muchas veces también por la intervención de actores externos.

    Los ejemplos son variados: México (1910), Rusia (1917), España (1936), Cuba (1959), Irán (1979), etc. Pero en este contexto, la Guerra Civil China (1927-1949) parece haber permanecido en un segundo plano para Occidente. Eso probablemente cambiará durante los próximos meses, en la medida que nos acerquemos a octubre, cuando se conmemoren los 80 años del término de este conflicto que desgarró a China. Pero, ¿cuál fue su origen y de qué manera sus consecuencias persisten hasta hoy?

    Chiang vs. Mao:

    Las primeras décadas del siglo XX fueron particularmente turbulentas para China, que durante el siglo XIX había vivido en carne propia el avance colonial de Occidente, en busca de sus riquezas y materias primas. Esta situación había ido socavando la autoridad imperial, que durante siglos había determinado el presente y el futuro de millones de chinos. Fue así como en 1911, el intelectual y líder político Sun Yatsen –apoyado por militares, comerciantes, estudiantes e intelectuales– fundó en Cantón el Kuomintang: el Partido Nacionalista chino. Sus objetivos eran claros: lograr la unificación nacional, instalar un modelo de democracia al estilo europeo y mejorar el paupérrimo nivel de vida del país.

    Pero para alcanzar esos objetivos, era necesario un cambio radical en la manera en que China había sido gobernada hasta entonces. Y fue así como se produjo el alzamiento de las tropas de Wuchang, con el cual se inició la revolución que terminó con la caída de la dinastía Qing y la abdicación del –literalmente– último emperador chino: Pu Yi (1906-1967). Una figura compleja, trágica y muchas veces contradictoria, que el director de cine Bernardo Bertolucci (1941-2018) logró retratar de manera magistral en su cinta El último emperador (1987), ganadora de nueve premios Oscar.

    Desmantelada la corte imperial, Sun Yatsen intentó iniciar la construcción de las bases de un modelo republicano y, lejos de asumir él mismo la conducción de China, ofreció la Presidencia a Yuan Shikai, un destacado general del Ejército real. Pero la decepción fue temprana, al constatar que Yuan –lejos de promover la consolidación de la joven democracia– prefirió proclamarse como un nuevo emperador.

    A pesar de este episodio, Sun logró reencausar el rumbo de su país, enfocándose en los esfuerzos para resolver complejos temas, como la falta de alimentos y medicinas, además de educación y seguridad. En ese contexto, dos figuras comenzaron a emerger, posicionándose cada una en un segmento diferente del espectro político de la China post imperial: un joven general de nombre Chiang Kai-shek y un profesor de secundaria llamado Mao Zedong. Así, la segunda década del siglo XX vio nuevos cambios en China, como la fundación del Primer Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), en 1921. Y dos años después, Mao fue elegido para el Comité Central, transformándose en el principal dirigente del PCCh.

    El punto es que el Kuomintang veía con preocupación y desconfianza la aparición del comunismo en China. Hasta que, finalmente, Chiang Kai-shek encabezó un golpe anticomunista a espaldas del Kuomintang. Entre 1927 y 1928, Chiang ordenó acabar con el PCCh, llegando a exterminar a cuatro quintas partes de sus militantes, lo que dio inicio a la llamada Primera Guerra Comunista-Nacionalista (1927-1937). A pesar de este golpe directo al corazón del partido, en 1929, el Ejército Rojo conquistó los territorios de Kiangsi y Juichin, donde proclamó el nacimiento de un gobierno pro-soviético, iniciando una fuerte resistencia. Pero ni Chiang ni Mao, inmersos en el fragor de la guerra civil, advirtieron que un nuevo y temido actor regional habría de entrar en escena.

    Un país dividido:

    En 1931, Japón invadió el territorio chino de Manchuria, sumando una conquista más a su larga lista de éxitos militares. Al año siguiente, tomó el control de la importante ciudad-puerto de Shanghai y a partir de ahí siguió adelante con la ocupación del país. Y con esto, China sumó a su guerra civil una invasión de la principal potencia militar de esa época en Asia.

    En los años posteriores, Chiang y Mao enfrentaron a los japoneses por separado, al mismo tiempo que continuaban combatiendo entre ellos. Y aunque también hubo momentos en que unieron fuerzas –el llamado Frente Unido–, estas alianzas fueron frágiles y breves. Finalmente, con la derrota de Japón en 1945, Estados Unidos vio la oportunidad de buscar una solución negociada de la guerra civil. Y para eso, el embajador estadounidense Patrick J. Hurley intentó mediar entre Chiang y Mao, aunque sin éxito.

    De esta forma, tras el fracaso de la opción diplomática, se inició la Segunda Guerra Comunista-Nacionalista (1946-1949), que terminó con la derrota de Chiang, quien junto a sus fuerzas –poco más de dos millones de personas– abandonó China continental para refugiarse en la isla de Formosa (posteriormente, Taiwán), mientras Mao consolidaba su victoria a escala nacional, tras tomar el control de Beijing, en octubre de 1949.

    De esta forma, en el escenario mundial surgieron dos actores diferentes: la República China, bajo el gobierno de Chiang; y la República Popular China, liderada por Mao. En los años posteriores, la comunidad internacional se inclinó abiertamente –en un contexto de Guerra Fría– por reconocer a Taiwán como “la China legítima”, desconociendo al gobierno comunista de Mao. Pero todo eso cambió a partir de 1964, cuando China detonó su primera bomba nuclear. Un episodio que tuvo un profundo impacto mundial. Además, en esos años, el gobierno de Richard Nixon comenzó a ver con interés el distanciamiento de Beijing con Moscú, producto de sus crecientes diferencias políticas. Y apoyó la idea de que China ingresara a las Naciones Unidas.

    El punto fue que el gobierno chino estableció con claridad y  fuerza su posición de que a nivel mundial no existían “dos Chinas” –la República China en Taiwán y la República Popular China–, porque Taiwán era una provincia china “en rebeldía” y no un Estado independiente. Todo esto llevó a que en 1971, Naciones Unidas (a través de su Resolución 2758) estableciera, con el voto de dos tercios de los miembros, que Taiwán dejaba de ser miembro de la ONU, entregando su asiento a China hasta hoy.

    De esta forma, la República Popular China sentó las bases de su política hacia la isla y comenzó su imparable ascenso como potencia mundial. Y, en ese sentido, el histórico viaje de Richard Nixon a China en febrero de 1972 –convirtiéndose en el primer presidente de EE.UU. y de Occidente en visitar este país–, fue la primera prueba de eso.

    El frágil statu quo:

    Chiang Kai-shek murió en 1975, dejando a Taiwán en manos de su hijo Chiang Ching-kuo, quien gobernó la isla hasta su muerte, en 1988. Tras su fallecimiento, lo reemplazó Lee Teng-hui –una importante figura del Kuomintang–, tras ser designado por la Asamblea Nacional. A pesar de eso, años más tarde, en 1996, Lee se convirtió en el primer presidente electo en la historia de Taiwán, iniciando una serie de gobiernos civiles y democráticos.

    Por su parte, Mao Zedong murió en 1976, dejando un vacío de poder que solo pudo ser llenado por otra figura icónica del PCCh, Deng Xiaoping (1904-1997), quien lideró a China durante los turbulentos tiempos del fin de la Guerra Fría, e impulsó las reformas que permitieron posicionar –a partir de la década de 1990– a este gigante asiático como la segunda economía más importante de mundo después de la estadounidense.

    Mientras tanto, la comunidad internacional se inclinó mayoritariamente por formalizar relaciones diplomáticas con Beijing, dejando los vínculos con Taiwán solo a nivel económico y cultural. Actualmente, de los 193 países que son miembros de Naciones Unidas, solo 17 mantienen relaciones diplomáticas plenas con Taiwán. Básicamente, países de Centroamérica y pequeñas islas del Pacífico. En este contexto, en enero pasado, el presidente chino Xi Jinping aseguró que la reunificación con Taiwán será un hecho concreto para 2050 y que, incluso, no descartaba el uso de la fuerza para lograrlo. Palabras que causaron profunda inquietud en las autoridades de esta isla de tan solo 23 millones de habitantes.

    La oferta de Xi Jinping es que Taiwán tenga el mismo estatus que tiene Hong Kong, es decir, el modelo de “un país, dos sistemas”. Sin embargo, si bien la ex colonia británica mantiene su autonomía económica y financiera desde 1997 –cuando volvió definitivamente a manos chinas–, lo cierto es que cuando se realizan elecciones de gobernador, los hongkoneses pueden elegir entre varios candidatos, aunque todos designados por el gobierno en Beijing. Y por eso, el gobierno de la presidenta Tsai Ing-wen ha rechazado de plano las palabras de Xi.

    Al margen de eso, la idea de una reunificación forzada es un tema que también involucra a Estados Unidos, que durante décadas ha protegido a la isla y le ha vendido armas en condiciones privilegiadas. Algo que China siempre ha criticado. Aunque aún faltan décadas para 2050, lo cierto es que las declaraciones de Beijing sobre Taipei reviven un conflicto que se había mantenido relativamente congelado y cuyas implicancias pueden impactar más allá del Asia Pacífico.

    En ese sentido, es muy probable que la conmemoración de los 80 años del término de la Guerra Civil China –en los próximos meses– dé pie a ceremonias a ambos lados del estrecho de Formosa. Pero también será un claro recordatorio de que la relación entre Beijing y Taipei sigue siendo un asunto no resuelto, frente al cual la comunidad internacional ha preferido mantener un conveniente statu quo. La pregunta: ¿por cuánto tiempo más?

  • 11 de agosto de 1968: la toma de la Catedral de Santiago

    11 de agosto de 1968: la toma de la Catedral de Santiago

    La toma de la Catedral de Santiago el día domingo 11 de agosto de 1969 generó enormes repercusiones en el mundo católico chileno y fue un símbolo que visibilizó a distintos grupos rebeldes que surgían en su interior.

    La madrugada del domingo 11 de agosto de 1968 las rejas de la Catedral de Santiago amanecieron con cadenas y candado. De sus torres, que miran a la Plaza de Armas, colgaba un lienzo que decía: “Cristo es igual a la verdad. Por una Iglesia junto al pueblo y su lucha. Justicia y amor”. Un grupo de laicos, sacerdotes y religiosas – llamado “Iglesia Joven”–, realizaron una toma del recinto. Adentro, celebraron una misa, pidieron por las víctimas de la guerra de Vietnam, por los obreros de América Latina y por los procesados políticos de Brasil. La “Iglesia Joven”, con este acto espectacular, buscaba hacer un llamado de atención a los católicos chilenos.

    La toma de la Catedral generó enormes repercusiones en el mundo católico chileno y fue un símbolo que visibilizó a distintos grupos rebeldes que surgían en su interior. La ocurrencia del acto en un recinto religioso era una novedad. En primer lugar, porque las “tomas” eran una práctica política esencialmente de izquierda y los espacios tomados hasta ese momento habían sido fábricas, fundos y terrenos urbanos. Salvo exactamente un año atrás, el 11 de agosto de 1967, en que la Casa Central de la Universidad Católica había sido tomada por un grupo de estudiantes. En segundo lugar, la novedad estaba dada por la participación de sacerdotes en un acto de esta naturaleza.

    La toma de la Catedral –a pesar de no haber durado más de unas pocas horas– puso de manifiesto las divisiones religiosas, ideológicas y políticas que se acrecentaban en el catolicismo chileno. En el debate estuvieron presentes los sacerdotes que –insertos en las poblaciones– pedían mayor compromiso de la Iglesia con el mundo de los pobres; los obispos, desconcertados y tironeados al ver cómo se cuestionaba el sello social y renovador de la Iglesia chilena, y los laicos; algunos participaron y apoyaron la toma, otros se escandalizaron frente a este acto violento –y, para algunos, subversivo– que ponía en evidencia aquel “desvío” posconciliar en que una parte de la Iglesia católica había incurrido. Ahí estuvieron también las fuerzas de derecha que plantearon que era una obra más del comunismo en su escalada por la toma del poder en Chile. Parecía ser que todos los hilos que se estaban discutiendo dentro del mundo católico con respecto a su acción temporal y propiamente política confluían en este acto de ocupación de la Catedral.

    La antesala de la toma fue organizada por el grupo Iglesia Joven, que formaba parte de aquellos sectores críticos que surgían dentro de la Iglesia. Entre sus planteamientos generales, destacaba su deseo de volver al cristianismo de los primeros tiempos. Criticaban la escasa renovación pastoral y acercamiento a los pobres por parte de la Iglesia, y sentían que su posición crítica no trascendía, que no se les tomaba en cuenta en la estructura eclesiástica. Ya habían realizado algunos actos previamente, cómo enviarle una carta al Papa Pablo VI, con motivo de su visita a Colombia, y una protesta de cincuenta fieles como rechazo a la construcción del Templo Votivo de Maipú, en julio de 1968.

    En una jornada de reflexión en la población de Barrancas surgió la idea de realizar un acto contundente, llamativo, que no dejará a nadie indiferente. Así nació la toma de la Catedral. Fueron trece horas las que estuvo en manos de Iglesia Joven. Entre el grupo de laicos estaba el conocido líder sindical Clotario Blest, algunos pobladores pertenecientes a parroquias de la zona sur de Santiago, estudiantes universitarios, como el ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC) y protagonista de la toma de la casa central de la Universidad Católica un año antes, Miguel Ángel Solar, y otros miembros del movimiento cristiano “Camilo Torres”, escindido del Partido Demócrata Cristiano. Entre los participantes también había un grupo de siete sacerdotes: el cura obrero jesuita Ignacio Vergara; el sacerdote de los Sagrados Corazones Carlos Langue; un asesor de la Asociación de Universitarios Católicos, Diego Palma; el español Paulino García y Francisco Guzmán, ambos de la parroquia San Luis Beltrán, y, finalmente, Andrés Opazo y Gonzalo Aguirre.

    El primer sacerdote en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo fue el vicario deán de la Catedral, Augusto Molina, quien debía oficiar la misa de las siete de la mañana ese domingo. Rápidamente informó al Vicario General, monseñor Jorge Gómez Ugarte, quien llegó prontamente. Desde el otro lado de la reja, los ocupantes les explicaban sus motivos, les calmaban diciendo que era una manifestación pacífica y les informaban que ese mismo día en la tarde harían abandono del templo. Las misas dominicales se debieron oficiar en la iglesia del Sagrario, la cual sirvió además de corredor para los periodistas que comenzaron a llegar y la policía de investigaciones que también se hizo presente. Monseñor Gómez fue interrogado por los periodistas tras su encuentro con los ocupantes, señalando: “Todo esto es muy lamentable. Por muy buenas que fueran las intenciones de estos cristianos, no es éste el procedimiento para expresarlas”. Para sorpresa de muchos, Gómez afirmaba no oponerse a las ideas que habían detrás de la toma, sino al procedimiento elegido para manifestarse. Un periodista le interrogó sobre la posibilidad de un desalojo policial de los ocupantes, a lo cual Gómez planteó su total rechazo, aludiendo que la Iglesia se oponía “a cualquier situación de violencia”.

    Como la prensa seguía agolpada a las afueras de la Catedral, los ocupantes decidieron –cerca del mediodía de ese domingo– permitir su entrada para que así fueran testigos de lo que ocurría. En la nave central de la Catedral realizaron una conferencia de prensa y fue el sacerdote español Paulino García el primero en hablar, intentando explicar que no se trataba de una “‘toma’ propiamente tal”, sino sólo de “una manifestación” por parte de un grupo de cristianos en contra del Congreso Eucarístico de Bogotá. El objetivo era “llamar la atención del Papa sobre la realidad latinoamericana”. La prensa fijó su atención también en el emblemático líder sindical Clotario Blest, quien al ser entrevistado puso hincapié en la unidad de los trabajadores y en la posibilidad de plantear un camino juntos los cristianos y los marxistas. “Estaremos de la mano con nuestros hermanos marxistas en la barricada del pueblo contra el capitalismo”, dijo Blest e invitó a seguir los ejemplos de Camilo Torres y el Che Guevara.

    Durante la toma, se distribuyeron algunas proclamas y declaraciones que venían en hojas mimeografiadas, lo que puso de manifiesto la preparación del acto. El tono era de protesta y su alcance era amplio: se protestó contra la Encíclica Humanae Vitae y el autoritarismo del Vaticano en la materia; se denunció una serie de injusticias del sistema imperante, al que llamaron “desorden establecido”, caracterizado por la “violencia de los ricos y poderosos”, “la explotación del hombre por un sistema basado en el lucro”, “el imperialismo internacional del dinero”, “el engaño de una falsa democracia”, “la segregación racial, cultural y económica” y “la instrumentalización de la educación a favor de las clases dirigentes”.

    Una de estas proclamas, “Manifiesto de la Iglesia Joven”, fue la que tuvo mayor publicidad y difusión en la prensa. En ella se expresaron los motivos de la toma. En primer lugar, dejaban claro que la manifestación no era contra el Cardenal ni tampoco contra el Papa, sino contra “las estructuras caducas” de la institución eclesiástica. Planteaban un cambio dentro de la Iglesia, sobre todo en torno a los valores actuales de obediencia, disciplina, uniformidad, prudencia, por otros más evangélicos, como pobreza, libertad, servicio, comprensión abierta y audaz. La Iglesia tenía una esencia autoritaria, que no respetaba las opciones de cada persona, y además daba excesiva importancia a los sacramentos. La acción de la Iglesia debía estar más enfocada en llevar al hombre a comprometerse con la vida y su pobreza debía ser visible y tangible. Pedían una Iglesia libre, que se desentendiera de las rigideces y de aquellas estructuras que se imponían desde Roma. Se declaraban una “Iglesia del pueblo”, que estuviera con los pobres no solo compartiendo su miseria, sino también sus luchas, para terminar haciendo un llamado a un compromiso con “la auténtica liberación del pueblo”.

    La toma de la Catedral tuvo una serie de símbolos religiosos y políticos que se realizaron en su nave central. Los ocupantes celebraron una misa, pero no en el altar central, sino en un altar improvisado por una mesa, rodeada de bancas. La eucaristía se hizo con panes y vino, que se partieron y compartieron entre los asistentes, y dentro de las lecturas bíblicas se analizó el pasaje en que Jesús expulsaba del templo a los mercaderes. Jóvenes con guitarras entonaron himnos y canciones no cantadas comúnmente en misa. Al término de la misa, al momento de las letanías, cada concurrente fue improvisando una plegaria, en las cuales se pidió “por el angustiado pueblo de Biafra que muere de hambre”, “por los caídos en la absurda guerra de Vietnam”, “por el pueblo uruguayo que lucha por una vida mejor”, “por todos aquellos hermanos nuestros que han muerto en las luchas por la libertad de América Latina”. Tras lo cual el resto repetía “escúchanos Señor te rogamos”.

    Por la tarde, los cantantes de música folklórica Ángel e Isabel Parra interpretaron su “Oratorio para el Pueblo”, serie de diez canciones de sello folklórico. Frente a esto, una reportera comentaba atónita que dicho acto se asemejaba más a “la Peña de los Parra” que a un acto litúrgico. Pasadas las cinco de la tarde los ocupantes abandonaron la Catedral. La salida se hizo de forma ordenada y pacífica, mientras un tumulto de gente los esperaba afuera. La Plaza de Armas se convirtió en un foro ciudadano. Grupos a favor y en contra discutían y se enfrentaban apasionadamente entre sí. Hasta ahí llegaron algunos miembros del Grupo “Tradición, Familia y Propiedad”, quienes gritaban consignas especialmente dirigidas en contra de los sacerdotes que habían participado: “¡No queremos curas marxistas!”.

    Las consecuencias de la toma de la Catedral fueron enormes y tal como sus organizadores querían, el mundo católico no quedó indiferente. La toma causó un gran revuelo en la prensa –que duró por varias semanas–, sobre todo en aquella vinculada a la derecha. Una prueba de esto –específicamente en El Mercurio de Santiago y Valparaíso–, fue la notoria publicidad de los sucesos de Santiago, a diferencia de la escasa cobertura de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano que se encontraba por esos días reunida en Medellín. La jerarquía eclesiástica, representada en la figura del cardenal Silva Henríquez, quedó sorprendida y podríamos decir sobrepasada por la toma de la Catedral. No comprendía el fundamento y los motivos de aquellos grupos cristianos que habían participado, y, sobre todo, no entendía la prepotencia y violencia que este acto encerraba. Los obispos de Valdivia, José Manuel Santos, y de San Felipe, Enrique Alvear, emitieron una declaración pública en defensa del Cardenal, condenando el “sufrimiento injusto inferido” a este. Los argumentos centrales fueron que la Iglesia de Santiago había dado pruebas claras de un mayor servicio a los pobres, de estar en la línea del Concilio. Por tal razón, el acto de la toma no podía ser explicado, ni “cristiana” ni “razonablemente” por parte de sus autores.

    El Cardenal, un par de días después, a través de una declaración oficial junto a algunas autoridades de la Arquidiócesis de Santiago, se refirió a estos hechos. Los obispos mostraron su desconcierto y defendieron el trabajo apostólico de la Iglesia de Santiago con su “generosa entrega al servicio de los humildes”. El desconcierto era aún mayor al considerar la vocación de diálogo y “equilibrada apertura” hacia todas las tendencias dentro del catolicismo, incluida la Iglesia Joven. Los obispos usaron duras palabras como “extremismo”, “motín”, “escándalo” y “profanación” en contra de “las hermosas tradiciones de nuestra patria en materia religiosa”. Según ellos, en la toma había primado la violencia y se había olvidado el amor, por lo que la crítica más dura se dirigió a los sacerdotes participantes, “los principales culpables de este acto de violencia”: “La acción de unos pocos sacerdotes descontrolados, olvidados de su misión de Paz y Amor, ha llevado a un grupo de laicos y de jóvenes a efectuar uno de los actos más tristes de la historia eclesiástica de Chile”.

    Por todas estas razones, las autoridades eclesiásticas decidían sancionar a los sacerdotes participantes, con una suspensión ad divinis, que les privaba de realizar sus labores sacerdotales. Dicha medida tendría vigencia hasta que los sacerdotes recapacitaran y manifestaran personalmente su obediencia y respeto a la jerarquía eclesiástica. Por último, los obispos hacían una invitación amplia a todos los fieles para ofrecer una misa de desagravio tras “los enojosos acontecimientos que hemos presenciado”. Algunos de los laicos participantes en la toma intentaron poner paños fríos en el debate. Defendieron a los sacerdotes y manifestaron que estos no los habían influido ni mucho menos manejado, sino por el contrario, que era un acto de esencia laica, surgido como iniciativa de los mismos obreros. De tal modo, si la jerarquía eclesiástica se decidía a castigar, este castigo debía ser para “todos los participantes, o ninguno de ellos”.

    Asimismo, los laicos se defendieron de las acusaciones de profanación, destacando la esencia religiosa de esta “convivencia comunitaria”, semejante a las reuniones de los “cristianos de los primeros tiempos”. Se debía, por tanto, dejar de lado el acto de toma de la Catedral para observar la reunión que se había generado, caracterizada por su “meditación, recogimiento y oración”.

    Los sacerdotes participantes de la toma y castigados por el Cardenal le enviaron inmediatamente una carta personal que explicaba las motivaciones de sus acciones. En la misma línea que los laicos, los sacerdotes argumentaban que su acción era una prueba de  “solidaridad” con el pueblo, a lo que agregaban una disculpa frente al posible daño provocado a su persona. Se refirieron a la suspensión ad divinis, pidiendo que se les levantara para “poder continuar en el sincero y entusiasta servicio del Pueblo de Dios”. Finalmente, denunciaban las malas intenciones y malentendidos surgidos tras la toma, considerando incluso “falsas y sensacionalistas” algunas de las noticias publicadas en torno a ella. Tras esta misiva, el cardenal Silva Henríquez decidió levantar su sanción y, con esto –en vez de calmarse– la polémica se encendió aún más.

    El día 15 de agosto, el Cardenal intentó cerrar el debate en un acto litúrgico en la misma Catedral. En su homilía se encargó de aclarar que la misa no representaba condenación o sentencia contra nadie, e incluso se atrevió a plantear una serie de cuestionamientos a la estructura eclesiástica: “Creíamos a nuestra Iglesia sin manchas ni arrugas […] Creíamos que deseando el progreso estábamos ya cumpliendo. Nuestra entrega a los demás no ha sido suficiente. Tal vez sentíamos demasiado el peso de la autoridad”. El Cardenal también mostró palabras de comprensión hacia los sacerdotes que habían participado en la toma. Ellos eran quienes palpaban a diario “el dolor, la injusticia, el hambre y la miseria” de los pobres. Esta realidad, decía el Cardenal, “les ofusca el corazón y tal vez el razonamiento”. Ellos llevaban “ese dolor y esa cruz”, por lo tanto, había que tenerles “una tremenda comprensión”.

    A pesar de este arreglo de cuentas entre el Cardenal y los sacerdotes participantes, el debate intraeclesial estaba lejos de acallarse y en este aparecieron temores que sobrepasaban el suceso mismo de la toma. Un elemento común de las críticas de círculos clericales fue centrar su argumento en los excesos y desviaciones en las que incurrían algunos sacerdotes y el daño que esto causaba a la institución. El Cardenal debió salir a calmar los ánimos, como se puso de manifiesto en un intercambio epistolar con un grupo de sacerdotes de Santiago. Estos temían por la “crisis de autoridad” en la Iglesia de Santiago, al tiempo que se preocupaban por el “estupor y escándalo” que este tipo de acciones causaba en los creyentes y las “nuevas rebeldías” que podrían surgir dentro del clero.

    A los pocos días, el Cardenal afirmaba que detrás de este acto había “buenas intenciones”, cargadas de “ardor y espíritu juvenil”. Estas acciones respondían al clima de “incertidumbre” y “confusión” generado por la puesta al día de la Iglesia católica. El tema central para él estaba dado por el olvido de aquella “parte sobrenatural y espiritual” de la Iglesia católica y por una sobrevaloración, a sus ojos equivocada, de la Iglesia como “estructura puramente humana”. Dentro de los artículos publicados en las revistas católicas, una de las críticas más duras a los sacerdotes provino de un sacerdote español que trabajaba en una población marginal de Santiago. Para él, la acción de los sacerdotes en la toma solo era una expresión de un “aggiornamento desviado y malentendido”. El problema central era la incomprensión de los sacerdotes participantes sobre las verdaderas necesidades de los pobres. Estos, al igual que los clérigos revolucionarios de América Latina, habrían pasado de “unos santos anticuados” a otros “nuevos santos”, inspirados en el Che Guevara y Camilo Torres.

    El debate sobre los sucesos de la toma de la Catedral copó la prensa nacional. Se hicieron muchas lecturas e interpretaciones y la prensa escrita se volvió un actor protagónico de este episodio. La prensa pasó a ser una trinchera ideológica en torno a la acción de la Iglesia católica en la sociedad y como –certeramente– puso en evidencia la revista satírica Topaze enfrentó a los sectores de la izquierda y la derecha del espectro político. Para la derecha esto era un acto de violencia y rebeldía, caracterizado por sacerdotes y religiosas con rostros enfurecidos, cargando metralletas y en actitud de guerrilleros. Por el contrario, para la izquierda este parecía ser un acto inofensivo, de impronta religiosa y prueba de una piedad tradicional, representado por un grupo de sacerdotes y religiosas que rezaban de rodillas y elevaban su vista al cielo. Al igual que en la realidad, el acto de la toma parecía ser un problema de carácter clerical y no laical. En ese mismo número, Topaze le dedicaba otra caricatura al tema. Una serie de imágenes describía lo ocurrido dentro de la Catedral y los comentarios posteriores. Hervi con sus caricaturas y humor satírico recreó algunas escenas de la toma y lo que allí ocurrió. Una mirada detallada de estas caricaturas nos pone de manifiesto los elementos y símbolos religiosos que estaban en el centro de la polémica.

    En primer lugar, los protagonistas de la toma y del debate posterior eran principalmente miembros del clero. En segundo lugar, se dejaban ver algunas características exteriores que ponían de manifiesto las diferencias entre aquel clero tradicional y el clero participante de la toma. Estaba aquel nuevo sacerdote, vestido de seglar, con solo una pequeña cruz en la solapa de su chaqueta. Se mostraba relajado, miraba a los manifestantes con cara sonriente, mientras bebía vino del cáliz. A simple vista parecía ser más una manifestación callejera que un rito católico, salvo por un par de símbolos religiosos sobre el altar. Estaban también los sacerdotes y obispos a la vieja usanza, con sotana negra, capa eclesiástica, sombrero de teja y un gran crucifijo colgado al cuello. Uno de ellos con el rostro tenso e irritado, sentenciaba: “Todo empezó cuando se pusieron los pantalones… No sé en qué va a terminar esto”.

    En la crítica de la prensa de derecha se dejó ver el trasfondo político-ideológico que esta atribuyó al acto de la toma. La prensa conservadora, El Diario Ilustrado, centró su crítica en los sacerdotes, a quienes llamó “rebeldes” y exponentes de “una infiltración del comunismo”. El comunismo actuaba encubiertamente a través del uso de guitarras en la liturgia y en el acto de fumar dentro de un recinto eclesiástico. Pero también hacía uso de una de sus prácticas esenciales: el uso de la violencia. El problema estaba en que ahora se evidenciaba un nuevo tipo, la “violencia religiosa”, la que alcanzaba incluso los “lugares sagrados”. Este medio de prensa aprovechaba también de criticar a la jerarquía eclesiástica y en particular a los jesuitas, aludiendo a su grado de responsabilidad en este episodio, al alentar desde hacía ya varios años “todos los movimientos de desquiciamiento y de desorden entre los católicos”. La toma de la Catedral, bajo esta perspectiva, solo venía a poner en evidencia su posición “equivocada” y el mal que habían causado al ahondar y profundizar las diferencias entre los católicos.

    El periódico El Mercurio de Santiago fue uno de los medios de prensa más críticos con el acto y lo conectó directamente con la toma que un año antes había ocurrido en la casa central de la Universidad Católica. El Mercurio fue uno de los mayores opositores a la toma de 1967, afirmando que detrás estaba el Partido Comunista. Esto generó un gran debate y desembocó en el emblemático cartel colgado en el frontis de la universidad: “Chileno: El Mercurio miente”. De igual forma El Mercurio vio la mano del comunismo en la toma de la Catedral. Su preocupación se evidenció en la extensión de su cobertura de la noticia, la centralidad que otorgó en profundizar sobre algunos signos y episodios, además del interés por recopilar las reacciones adversas al acto. Al día siguiente de la toma, El Mercurio describió en detalle los sucesos ocurridos considerándolos “un acto litúrgico desconocido”. Luego incluyó las reacciones de la jerarquía chilena, así como de las otras iglesias de América Latina, que expresaron su rechazo a este “gesto exhibicionista” y “escándalo a la francesa”. Por último, se incorporaban las reacciones de la Santa Sede publicando íntegramente la editorial de L’Obsservatore Romano que había calificado de “profanación” todo lo ocurrido dentro de la Catedral.

    El Mercurio reparaba no solo en el acto de ocupar la Catedral, sino también en las múltiples desviaciones y desórdenes que a sus ojos habían ocurrido dentro de este recinto. El símbolo de un sacerdote fumando en su interior fue uno de los elementos más llamativos para este medio de prensa. La foto del sacerdote español Paulino García fue reproducida varios días seguidos, e incluso, en una de sus ediciones el cigarro era destacado en un círculo. El cigarro de García pasó a ser el símbolo más evidente de la rebeldía del clero y de la transgresión de este acto. Fue calificado como “un acto profanatorio” de todo lo sagrado que había en la Catedral. El Mercurio también reparó en el evidente desorden y suciedad de la Catedral, “con cientos de colillas de cigarrillos en su interior”. Se habrían necesitado varias jornadas de trabajo y un grupo de auxiliares especiales para realizar una “prolija limpieza” en el presbiterio. Sin embargo, lo más grave de todo parecía ser un rayado que había aparecido en la tumba de Monseñor José María Caro: “El pueblo está sufriendo”, firmado por las Juventudes Comunistas. Con este acto, a todos los daños físicos infringidos, se le agregaba, lo que calificaron, un “daño moral” de mayor gravedad.

    Para El Mercurio este rayado pasaba a ser la prueba que desenmascaraba el trasfondo político partidista que había tras la “ocupación” de la Catedral y ponía en evidencia la influencia comunista, a pesar de que sus ocupantes intentaran desmentirla. En una editorial publicada el 13 de agosto, el movimiento Iglesia Joven era calificado de “grupillo”, cargado de “un sentido belicoso y violento”. Iglesia Joven seguía “las aguas de un movimiento amplio de rebeldía espiritual y social” que tenía “sus maestros, sus estrategas y sus agitadores” reconocibles que no pertenecían a la Iglesia, como se evidenciaba en el uso del escándalo como “herramienta subversiva” y el deseo de “derribar las respetabilidades, de desquiciar las instituciones y de desafiar las normas”.

    Para El Mercurio era evidente que la toma de la Catedral tenía un “carácter ideológico”, que se expresaba en “una rebeldía en contra de las estructuras del poder eclesiástico” y en “un afán de situar a la Iglesia Católica en la línea de la protesta que esgrime la nueva izquierda marxista”. Concluía entonces la existencia de una “ultraizquierda cristiana” y una “nueva izquierda católica”, caracterizada principalmente por “su obsesión por el poder para impulsar la revolución permanente”. La crítica de El Mercurio una vez más se entrelazaba con los sucesos de un año atrás con la toma de la Universidad Católica. Ahí la jerarquía eclesiástica había actuado de forma indulgente frente a signos de clara rebeldía. Ahí también estaba esta “izquierda católica”, la cual no había sido detectada ni mucho menos frenada por la jerarquía de la Iglesia. En aquella ocasión habían sido objeto de “la más injuriosa ofensiva publicitaria” por haber denunciado la influencia marxista en dicha ocupación.

    La toma de la Catedral, a ojos de El Mercurio, venía a darles la razón: “Las aseveraciones responsables de este diario acerca del espíritu y carácter de la ocupación de la Universidad Católica han resultado desgraciadamente confirmadas por los hechos, como lo saben ya quienes, en agosto del año pasado, creían de buena fe, lo contrario”. En medio de esta polémica la revista Mensaje intentó tomar distancia y analizar la toma y sus repercusiones. En primer lugar, la consideró un acto “inusitado”, “precipitado” y “no justificado” que dificultaba todo intento de diálogo entre los católicos. Mensaje defendía a la jerarquía de la Iglesia e indicó que los calificativos usados por Iglesia Joven de ser una jerarquía “retrógrada” y “alejada de los anhelos del pueblo” solo constituían una imagen “falsa e injusta”. Uno de sus objetivos centrales fue desviar la atención sobre los sacerdotes participantes y volverla hacia los laicos, de modo tal de aliviar a aquéllos de las responsabilidades en este acto. Eran estos laicos, en su mayoría obreros, los “que trabajaban y sufrían en carne propia las injusticias de nuestras estructuras”, quienes pedían a la Iglesia estar “más efectiva y visiblemente junto al pueblo”.

    Esta revista intentó destacar la esencia religiosa y el compromiso evangélico del acto: la misa celebrada por los “rebeldes”, sus letanías “de alcance ecuménico”, sus diálogos y reflexiones “que fueron borrando diferencias entre obreros, universitarios, profesionales e intelectuales”. Todo esto podía considerarse “el germen de una profunda y auténtica renovación en el cristianismo de nuestra Patria”. El diario comunista El Siglo también dedicó una extensa cobertura a la toma de la Catedral, sobre todo por las acusaciones directas que recibió el Partido Comunista chileno de estar detrás del acto. Para El Siglo la toma de la Catedral formaba parte de una rebelión de los católicos: una muestra de “repudio” hacia aquellos “vicios de la Iglesia” y una aspiración de “identificarla con el pueblo”.

    El Siglo respondió con firmeza a las acusaciones que había recibido de El Mercurio. Le acusaba de levantar “mentiras” y “calumnias” en toda su interpretación de la ocupación de la Catedral. “La certera acusación de los estudiantes de la Universidad Católica, CHILENO: ‘EL MERCURIO’ MIENTE, ha sido ratificada una vez más por los hechos”: “¡Así se definen y redefinen los sectores económicos más poderosos del país! ¡Ay del que lesione en algo sus posiciones! ¡lanzarán toda su maquinaria propagandística y económica para aplastarlo!” […] Pero los errores se les acumulan, se les acumulan y terminarán derrumbándose alguna vez para siempre”. La aproximación al marxismo, a pesar de que no se evidenció en el acto mismo de la toma ni en los documentos publicados por Iglesia Joven, se puso al poco tiempo de manifiesto en las declaraciones utilizadas por algunos de los ocupantes de la Catedral. El sacerdote chileno, Diego Palma, entrevistado por una periodista de El Mercurio en noviembre de 1968 –en tono relajado y lenguaje juvenil– se abría a considerar las posibilidades de un camino compartido entre marxismo y cristianismo. El primero vendría a aportar sus herramientas de análisis económico y social, dejando de lado todo su componente ideológico. Pero fue sobre todo la prensa de izquierda, tanto aquella cercana al Partido Comunista como también al MIR, la que se aventuró en destacar las posibilidades que se abrían para América Latina a través de un diálogo cristiano-marxista.

    La prensa comunista El Siglo destacó la toma de la Catedral como un hito más en aquella historia de convergencias políticas y sociales de cristianos y comunistas, siguiendo la línea de Juan XXIII y Pablo VI quienes defendían “una apertura de los católicos hacia las masas trabajadoras” y se abrían a dialogar con los marxistas. Este diálogo o convergencia no estaría relacionado con un vínculo intelectual, o como llamaron, una “osmosis teórica” entre ambos pensamientos, sino más bien respondía a un deseo de “mancomunar esfuerzos para luchar contra el imperialismo y contra las oligarquías, a fin de desterrar la miseria”. Por su parte, Punto Final mostraba su entusiasmo con el surgimiento de un grupo como Iglesia Joven, al que consideró un movimiento que recuperaba el “verdadero sentido del Evangelio” y que tenía como objetivo central la unidad de la clase trabajadora, siguiendo los modelos de Camilo Torres y el Che Guevara. En sus páginas se incorporaron largos comentarios de Clotario Blest, quien además de hacer su propia interpretación de la toma, sentó las bases del diálogo cristiano-marxista. Blest, con originalidad y atrevimiento, analizaba lo ocurrido en la Catedral como un “acto religioso”. Ahí se había orado con “singular fervor y emoción” y se había cantado con guitarras como el pueblo solía hacerlo.

    La crítica que algunos sectores católicos más tradicionales, como L’ Observatore Romano, había puesto en evidencia, no era más que otra prueba de que a la jerarquía de la Iglesia no le gustaban las expresiones del pueblo. Blest negaba cualquier acusación de “profanación”, planteando que “los verdaderos profanadores del templo de Dios” eran “todos aquellos que entran a él con la bolsa bien llena de escudos y de dólares, robados a sus trabajadores y campesinos”. El marxismo de Blest se evidenciaba en su análisis de la realidad latinoamericana bajo la óptica de la lucha de clases. En esta, la Iglesia Joven se ubicaba “en la barricada de los explotados” sin descartar el uso de la violencia como “un último recurso popular” para conseguir sus reivindicaciones. Para Blest existían elementos fundamentales que homologaban al cristianismo y marxismo: la redención integral del pueblo, la desaparición de las clases sociales, la igualdad y la comunidad de bienes según la necesidad de cada persona o núcleo familiar y, principalmente, la búsqueda de “la felicidad del hombre en esta tierra y no solo esperanzarlo en un cielo donde volverán a encontrarse con sus explotadores y victimarios”.

    Casi dos meses después de la toma, la jerarquía eclesiástica, intentando dar algunas directrices para ordenar el ambiente posconciliar chileno, volvió a aludir a los sucesos de la Catedral. Los obispos resaltaron principalmente las definiciones irreconciliables de los católicos hacia su Iglesia. Se hablaba de una “Iglesia de los pobres”, de una “Iglesia de los jóvenes”, de una “Iglesia tradicional”, de una “Iglesia oficial”, de una “Iglesia clandestina” y de una “Iglesia nueva”. El llamado entonces era a dejar de lado las manipulaciones mundanas y políticas de la Iglesia, lanzando la pregunta: “¿Nos hemos abierto totalmente a su Evangelio, a todas sus exigencias, o hemos elegido arbitrariamente tal o cual versículo que usamos en apoyo de una tesis respetable, pero solamente humana?”.

    Los alcances teológicos de este cuestionamiento fueron evidentes y los obispos manifestaron su interés de que la acción social fuera complementada con “el estudio de su palabra” y “la contemplación de su misterio”, lo cual resumían en la frase “para ser sociólogo o promotor del desarrollo humano” el cristiano debía “ser primero un creyente y un testigo”. La jerarquía eclesiástica intentó frenar los excesos y confusiones que surgieron dentro de algunos miembros del clero por un compromiso apostólico cada vez más politizado. A comienzos de 1970, el Cardenal Silva Henríquez plantearía que el sacerdote estaba llamado a ejercer una acción social, pero no tenía permitido participar en política, salvo en un plano personal y reservado. La política era un terreno propio de los laicos. La jerarquía cambió el tono de sus pastorales anteriores y enfatizó las funciones pastorales de la Iglesia. Sin embargo, ya existía una simbiosis entre lo pastoral y lo social, entre lo pastoral y lo político, que parecía difícil de romper y el acto de la toma de la Catedral lo puso de manifiesto. En términos políticos, este evento enfrentó a los extremos: aquellos que estaban por una Iglesia más comprometida políticamente en la liberación del pueblo contra los que vieron en ella un acto de subversión católica y una izquierda católica.

    Pero la toma de la Catedral también tuvo un trasfondo religioso y sacó a relucir las tensiones existentes dentro de la Iglesia chilena. Puso de manifiesto aquel difícil equilibrio entre el trabajo espiritual y el trabajo temporal de la institución eclesiástica. Las preguntas que resonaron detrás de la espectacularidad del acto se relacionaron con la verdadera misión de la Iglesia y del sacerdote, temas que a partir de entonces estarían en el centro del debate católico local y global

  • Mao Zedong o la refundación de China

    Mao Zedong o la refundación de China

    Introducción. La figura de Mao Zedong habitualmente no despierta las simpatías ni las adhesiones del gran público. Se le considera un mandatario tiránico que gobernaba por medio de la fuerza y el terror. Se dice que fomentaba la realización de un culto hacia su persona que aparecía intolerable a los ojos occidentales y, reafirmando esta negativa opinión, se agrega que condujo a millones de sus compatriotas a guerras o revoluciones que tuvieron como resultado períodos de hambrunas o grandes cantidades de muertos.

    Pese a todo lo anterior, nadie se atrevería a negar la importancia que Mao Zedong ha tenido en el largo período de cambios que ha vivido China desde los inicios del siglo pasado hasta nuestros días. De allí entonces que todo historiador que pretenda escribir la nómina de los líderes mundiales más notables del siglo XX debería incluir en ella a Mao Zedong quien, junto al Partido Comunista Chino, deben ser considerados como los refundadores de China.

    Durante el siglo pasado ocurrieron en el territorio del gigante asiático acontecimientos que podríamos calificar, a la vez, de fascinantes y dramáticos. No existe probablemente en la historia contemporánea otro país que haya tenido tantos y tan profundos cambios a lo largo de una centuria. Todos ellos fueron construidos sobre las bases de privaciones y sufrimientos inmensos en la población china que han dejado huellas imperecederas en sus gentes.

    Si damos una amplia y desprejuiciada mirada histórica que logre empinarse por sobre objetivos de corto y mediano plazo, podremos darnos cuenta que todos aquellos esfuerzos o penurias que Mao Zedong hizo asumir a su pueblo pretendían, con decisión inquebrantable, alcanzar un solo objetivo: hacer resurgir a China desde sus cenizas y reubicarla en el sitial de Gran País que había tenido por muchos siglos en la antigüedad.

    A continuación hacemos un breve resumen de lo que fue la agitada vida de Mao Zedong que, como la de todo ser humano, la constituye un mosaico de aciertos y errores, de sueños y realidades, de grandezas y mezquindades entre las que resalta, con nitidez, su irrenunciable compromiso con la recuperación de la dignidad de su pueblo.

    Los primeros años. Mao Zedong nació el 26 de diciembre de 1893 en el seno de una familia campesina del Valle de Shaoshan, lugar de bucólicas colinas y cursos de agua, ubicado cerca de la ciudad de Changsha, la capital de la provincia de Hunan, corazón de la China campesina. Desde niño, la relación con su padre, Mao Yichang, fue difícil ya que intentó en dos ocasiones fugarse de la casa y, cuando cumplía los catorce años, se negó a concretar el matrimonio concertado por su progenitor con la familia de la “Señorita Lou”, una muchacha hija de un granjero vecino. Su madre, siguiendo las antiguas costumbres campesinas, no tenía nombre propio. Era simplemente, Séptima Hermana Wen, aludiendo al clan al que pertenecía. La perdió en 1919 por culpa de la difteria cuando él contaba con veinticinco años de edad.

    Mao se graduó como profesor en 1918, a los veinticuatro años de edad, luego de lo cual viajó por primera vez hasta la ciudad de Beijing donde obtuvo un trabajo de asistente en la biblioteca de la Universidad de Beijing. La cercanía con la universidad facilitó que conociera las ideas marxistas, principalmente a través del bibliotecario de la Universidad llamado Li Dazhao, un intelectual chino que seguía de cerca los acontecimientos que se desarrollaban en Rusia, donde los bolcheviques habían proclamado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Fue así como Mao, junto a otros jóvenes, integró un grupo de simpatizantes marxistas que no organizado aún como partido, despertó el interés del Comintern, la organización soviética destinada a propagar y coordinar el comunismo en diferentes países. Fue así como logró estar presente el 23 de julio de 1921, en Shanghai, cuando se llevó a cabo el acto fundacional del Partido Comunista Chino.

    Los difíciles años veinte y el Kuomintang. Hacia el año 1922, China se encontraba en medio de una gran conmoción. La crisis ocasionada por la desaparición del Emperador había producido la fractura del país en varias zonas geográficas dominadas por caudillos locales o “Señores de la Guerra” que ejercían el control de la población. El doctor Sun Yat-sen, líder nacionalista que había combatido al régimen imperial desde fines del siglo XIX, vio estas circunstancias como propicias para formar en la ciudad de Cantón o Guangzhou un gobierno revolucionario encabezado por el Partido Nacionalista o Kuomintang que él había fundado en 1912. Sun Yat-sen pretendía así luchar en contra de los Señores de la Guerra con el objetivo de lograr la reunificación del país e instalar un gobierno nacionalista de corte democrático.

    Además, en China aún continuaban existiendo numerosos enclaves territoriales extranjeros (ingleses, franceses, portugueses y japoneses) de carácter comercial. Cada zona de concesión contaba con sus fuerzas policiales o militares que resguardaban sus intereses comerciales. Sumándose a lo anterior, perduraba aún la ocupación de la provincia de Shandong por tropas japonesas conforme a la resolución final del Tratado de Versalles. Todo este entramado de poderes constituía un sistema peligrosamente inestable que no tardaría en desmoronarse al estallar los conflictos que siguieron.

    Fue el Comintern, por órdenes de Stalin, el que ofreció dinero y armas al Kuomintang para que, en alianza con el joven Partido Comunista Chino, emprendieran juntos una campaña militar contra de los Señores de la Guerra capaz de reunificar el país. Sin embargo, el 12 de marzo de 1925 falleció Sun Yat-sen víctima de un cáncer al hígado siendo reemplazado en la dirección del Kuomintang por el general Chiang Kai-shek, un militar profesional de treinta y ocho años formado en Japón.

    Pese a la muerte de Sun, los planes de llevar a cabo la reconquista nacional no se cancelaron, de forma tal que el 1º de julio 1926 se dio inicio a la llamada Expedición al Norte. En este escenario la labor de Mao y su equipo consistió en organizar en diferentes ciudades agitaciones, huelgas o manifestaciones que ocasionaran dificultades a las autoridades locales. En el campo, preparar a los campesinos para brindar el máximo apoyo al ejército conquistador. La campaña en general fue un éxito completo hasta alcanzar, en octubre de 1926, la altura del río Yangtzé. De esta forma, la mitad sur de China ya se encontraba en manos de los nacionalistas.

    Se quiebra la alianza entre el Kuomintang y el Partido Comunista. Shanghai fue tomada por las fuerzas nacionalistas en la primavera de 1927. Sin embargo, sucedió algo inesperado. Chiang Kai-shek comenzó, en ésta y en otras ciudades del país, la detención y el asesinato de los principales líderes locales del Partido Comunista hasta ese momento su socio en la campaña militar. La explicación se conoció pronto: Chiang Kai-shek nunca creyó realmente en el pacto político entre el Kuomintang y el Partido Comunista, pero calló su opinión hasta el final. Ahora, cuando ya se había logrado gran parte del objetivo perseguido por la Expedición al Norte, estimó que era el momento preciso para asestar el golpe de gracia a los comunistas. Si no lo hacía ahora, en poco tiempo más los comunistas lo harían en contra suyo.

    El quiebre de la alianza obligó al reordenamiento de las fuerzas en lucha. Por un lado se encontraba el Kuomintang aliado con la poderosa burguesía nacional. Logró continuar por su cuenta con la Expedición al Norte e imponer su dominio sobre la totalidad del territorio nacional. El gobierno del Kuomintang eligió con sede la ciudad de Nankín y mantuvo un control relativo sobre el territorio continental chino hasta 1949, año en que, tras su derrota definitiva, huyó a la isla de Taiwan. Por otro lado, el Partido Comunista, con su proyecto socialista como objetivo final, buscó apoyo en los sectores rurales en espera de mejores tiempos para contraatacar. Los comunistas aparecían ahora diezmados y perseguidos por las autoridades tras el golpe asestado por Chiang.

    Mao se convierte en guerrillero. La Larga Marcha. Fue en este escenario en el que surgió el Mao guerrillero, reorganizador de las fuerzas comunistas que, dispersas, buscaban una nueva forma de articularse. Mao, con un pequeño grupo guerrillero, buscó una zona adecuada para mantener el control sobre la población campesina y formó lo que él llamó el primer Soviet Chino. Este enclave se ubicaba en la provincia de Jiangxi al sureste de China. Tuvo existencia entre el año 1929 y el mes de octubre de 1934, fecha esta en que sucumbió después de cuatro asaltos del ejército del Kuomintang. El Soviet de Jiangxi fue uno de los proyectos más exitosos acometidos por Mao permitiéndole practicar las reformas sociales en los campos y organizar el nuevo Ejército Rojo con eficiencia y profesionalismo.

    Luego de la caída del Soviet de Jiangxi en manos de los nacionalistas, Mao y su ejército emprendieron la llamada Larga Marcha, un desplazamiento estratégico que tenía por finalidad superar una difícil situación y posicionarse junto a otras fuerzas comunistas en la zona norte del país en donde era más fácil recibir el apoyo soviético en armas y dinero. Para alcanzar este objetivo fue necesario que el ejército de Mao rompiera el cerco de los nacionalistas e iniciara la huida hacia el oeste internándose en la China Central. Debieron cruzara seis provincias del país en condiciones extremadamente duras. Cruzaron ríos, superaron cadenas montañosas, atravesaron pantanos y zonas desérticas cargando con los pertrechos que el ejército debía llevar. Soportaron frecuentes ataques nacionalistas por tierra y aire. De los 80.000 combatientes que salieron de Ruijin arribaron, en octubre de 1935, alrededor de 10.000 a Yanan, provincia de Shaanxi. Recorrieron 9.700 kilómetros en 370 días. La Larga Marcha pronto adquirió perfiles épicos que contribuyó a formar una leyenda en torno a Mao y a los líderes que lo acompañaban.

    Las invasiones japonesas y la II Guerra Mundial (1931-1945). Hacia 1931 surgió una nueva amenaza para China y para el gobierno del Kuomintang. Ese año el gobierno Imperial del Japón invadió Manchuria y ocupó militarmente las provincias de Heilongjiang, Jiling y Liaoning. Al año siguiente Japón estableció allí un gobierno títere del Japón denominado Gran Estado Manchú o Manchukuo. En una segunda etapa en su política expansionista, Japón inició en 1937 la llamada Segunda Guerra Sino Japonesa, oportunidad donde ocupó extensas zonas del norte y de la costa Este de China ingresando por la cuenca del Yantzé hasta la ciudad de Wuhan.

    Mao vio en la amenaza japonesa una gran oportunidad para detener el castigo de los nacionalistas en contra de las fuerzas comunistas. Lanzó la campaña “Que un chino no luche contra otro chino” (eslogan que quería indicar que todos, nacionalistas y comunistas, deberían hacer frente al invasor japonés). Si los comunistas eran capaces de capitalizar el estado de ánimo de la población, podrían liderar el movimiento anti- japonés debilitando así a Chiang Kai-shek. Este último, inicialmente reacio a llegar a un nuevo acuerdo estratégico con los comunistas, tuvo que ceder por la presión de sus generales.

    En agosto de 1945 el emperador Hirohito comunicó al mundo la rendición del Japón tras las explosiones nucleares detonadas en su territorio. Las tropas japonesas, invasoras de China, retrocedieron o fueron derrotadas por los ejércitos nacionalistas o comunistas, quienes viendo próximo el final de la II Guerra Mundial, se apresuraban a tomar posiciones ventajosas para reiniciar la larga guerra civil que estaba viviendo China desde 1926.

    El Kuomintang se derrumba y surge la República Popular China (1949). Pero estos acontecimientos encontraron al Kuomintang desmoralizado por los años de lucha, debilitado por los conflictos personales entre sus líderes y penetradas las altas esferas por la corrupción. El gobierno del Kuomintang se había vuelto impopular dentro de China por los errores cometidos durante los veinte años en el poder. En especial, la inflación había golpeado cruelmente al sufrido pueblo chino. Los comunistas, por su parte, estaban con la moral alta, y dirigidos hábilmente por Mao se apresuraron a arrebatar a los derrotados japoneses el armamento y las principales bases de apoyo del norte del país lanzando desde allí el ataque definitivo en contra de Chiang Kai-shek. En los tres años siguientes las fuerzas nacionalistas se desintegraron y a finales de 1949, el líder nacionalista se retiró a la isla de Taiwan con sus últimos partidarios.

    El 1º de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la creación de la República Popular China en un gran acto público llevado a cabo en la Plaza de Tiananmen de Beijing, ciudad que ahora volvía a convertirse en la capital de China. Mao continuó desempeñando su papel de Presidente del Partido Comunista Chino y asumió, en la fecha ya indicada, el cargo de Presidente de la República Popular China.

    El gobierno de Mao: Tensión y ruptura con la Unión Soviética. El Gran Salto Adelante (1958-19862). Poco después de la llegada al poder de Nikita Khrushchev como Secretario General del Comité Central del Partido Comunista Soviético, Mao se alertó debido a que la mayoría de los dirigentes soviéticos llegados con Khrushchev formaban parte de una corriente revisionista del Partido Comunista de la Unión Soviética, caracterizada porque sus miembros eran afines a ciertas ideas políticas que Mao consideraba interpretaciones espurias de los principios marxistas. Además, Mao percibía que los nuevos jerarcas soviéticos tenían ciertos comportamientos burgueses. Entre las actitudes criticadas por el líder chino estaban el empleo de un nuevo lenguaje conciliador con occidente, un cierto abandono de la postura combatiente que distinguía a los cuadros comunistas de la vieja guardia y una cierta inclinación hacia las comodidades y el lujo, dejando de lado la tradicional austeridad socialista. A partir de entonces comenzaron a distanciarse, como dos líneas divergentes, las posturas chinas y soviéticas en los foros internacionales. Un peligro real de conflagración entre ambos gigantes comunistas surgió hacia fines de la década de los sesenta.

    El Gran Salto Adelante, iniciado en 1958, fue un gigantesco ejercicio de ingeniería social que pretendía acelerar el desarrollo agrícola e industrial de China basándose principalmente en el esfuerzo voluntarista de las masas campesinas. Deterioradas las relaciones sino-soviéticas ya no se contaba con el apoyo de los expertos rusos que habían organizado y dirigido el primer Plan Quinquenal. Sin embargo, esto no desanimó al presidente Mao quien, recordando hazañas como la Larga Marcha y las luchas contra el Kuomintang, confiaba que las masas populares de China realizarían verdaderas proezas si se las motivaba y conducía adecuadamente.

    Tempranamente empezaron a aparecer los errores que contenía el Gran Salto Adelante. Fallas de coordinación entre los centros productivos, abultamientos de las metas por temor a represalias, falta de incentivos en el trabajo de los agricultores a quienes se les redujo las propias cuotas de cereales para poder cubrir la demanda de los centros urbanos del país y dar cumplimiento a compromisos de exportación.

    A los malos resultados del experimento colectivo se sumaron las adversas condiciones climáticas de los años 1959 y 1960 que dieron como resultados pésimas cosechas en esos dos años. Se hizo entonces evidente que el país sería golpeado por una gran hambruna que afectaría especialmente a los sectores cuya calidad agrícola fuera inferior a la media. Cerca de veinte millones de vidas cobró el Gran Salto Adelante durante el período 1959-1962, sin contar a quienes murieron posteriormente aquejados por los daños de una severa desnutrición.

    La Revolución Cultural China, el último proyecto de Mao Zedong (1966-1976). Al iniciarse el nuevo año de 1965, el presidente Mao resolvió pasar a la acción y poner en marcha una nueva campaña destinada ahora a desenmascarar y enfrentar a sus adversarios. Lo impulsaban dos propósitos. Primero, recuperar el control del poder que había perdido a manos de los críticos del Gran Salto Adelante. Segundo, realizar una limpieza total y definitiva de cualquier elemento revisionista o antirrevolucionario enquistado ya sea en el Partido, en la administración del Estado o en la población en general.

    Para llevar adelante esta nueva revolución en los momentos en que ya habían transcurrido diecisiete años de gobierno comunista, Mao tuvo en cuenta a quienes habían sido siempre sus aliadas: las masas populares. Se daba inicio así a la Gran Revolución Cultural Proletaria.

    Acerca de la Revolución Cultural digamos que finalizó siendo un proceso histórico traumático, que afectó dolorosamente a la sociedad china, la que tuvo que lamentar muchos miles de muertos y daños graves a su economía.

    La muerte de Mao. Junto a las primeras horas de la madrugada del 9 de septiembre de 1976, la vida del presidente Mao Zedong se apagó tras haber cumplido los ochenta y dos años y ocho meses de edad. En sus últimos años debió soportar la enfermedad llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica que lo fue inmovilizando sin afectar sus facultades intelectuales. Sin embargo, la causa directa de su muerte fue un cuarto y devastador infarto al corazón.

    El recientemente nombrado Primer Ministro, Hua Guofeng, adoptó de inmediato las medidas que ya estaban acordadas para el momento del deceso del líder chino. A las cuatro de la tarde de ese día, la Agencia Oficial de Noticias Xinhua, a través de sus servicios en chino e inglés, difundió la noticia al país y al mundo. La reacción popular a la muerte de Mao fue silenciosa. Hubo muchos que lloraron desconsoladamente, era la segunda pérdida de un viejo líder dentro de los últimos cuatro meses. En enero de ese año había partido el Primer Ministro Zhou Enlai. Era el fin de una época y el nacimiento de la China Moderna.

  • 1919 el año de la “Marea Roja”

    1919 el año de la “Marea Roja”

    Hace 100 años el mundo vivió una masiva expansión del comunismo por todas partes del globo terrestre. Las ideas de Marx encontraron un caldo perfecto en el mundo post Primera Guerra Mundial y como una marea roja comenzaron a teñir el mapa mundial. Parecía ser que el futuro era del socialismo y que el sueño de instalar el Paraíso Terrenal en el mundo podría hacerse realidad. Tras la Gran Guerra habrá varios movimientos revolucionarios que intentarán instaurar gobiernos marxistas en varios lugares de Europa. Durante la guerra en 1917 una revolución había logrado instaurar el primer gobierno marxista en Rusia estableciendo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS. Lenin había tenido que ajustar la teoría de Marx que estaba hecha para una sociedad industrial a una sociedad agraria. Marx había pensado en Gran Bretaña o Alemania como bases para la transformación social. Naciones donde el capitalismo había llegado a su segunda fase que lo conduciría naturalmente al socialismo. El intento soviético en Rusia no había sido fácil. La Revolución en Rusia había amenazado desde fines del siglo XIX, las ideas socialistas habían entrado al Imperio y se habían fortalecido. Tras la derrota en la Guerra Ruso Japonesa pareció el momento de la gran oportunidad que se perdió en un contraataque de represiones que dejó a los líderes socialdemócratas en el exilio. Fue la Gran Guerra la oportunidad para replantear la Revolución en el Imperio de los Zares. La impopularidad del conflicto mundial fue la que creó las condiciones para la abdicación forzada del zar en febrero de 1917 y el establecimiento de un gobierno provisional bajo el mando de Alexander Kerensky, quien si bien aplicó medidas de corte democratizantes, mantuvo la guerra. Rusia había perdido gran parte de sus territorios más fértiles, por lo que un pacto de paz con los alemanes implicaba renunciar a esas tierras. Lenin llega a San Petersburgo prometiendo “Tierra, Pan y Paz” y radicaliza la revolución tomándose el poder en Octubre de 1917, estableciendo la URSS. Para imponer su visión y al ver que no tenían mayoría, Lenin provoca la Guerra civil lo que le permite desde el “Terror Rojo” imponerse. Tras esto, la Internacional Comunista establecida en la Unión Soviética sueña con lograr “Octubres”, revoluciones soviéticas en otros lugares. El fin de la Guerra, con Europa en ruinas, era un caldo perfecto para hacerse de economías industriales en las que la teoría de Marx pudiese ser aplicada a cabalidad. El Octubre alemán era el gran anhelo. Tras la Paz de Versalles una oleada roja inundó el continente y el fantasma del comunismo se hizo más patente y real que nunca. 1919 fue el año rojo en el que el mundo se sovietizó enormemente dividiendo a la sociedad toda. Estos eventos tienen su origen en cambios del pensamiento que permitirán la creación del pensamiento marxista como una nueva religión laica. Eso explica su fanatismo y mesianismo.

    Las ideas han movido al hombre y construido la sociedad en que estos habitan. La racionalidad humana se ha explicado la realidad y ha inventado sistemas racionales acordes a su modo de pensamiento. Estos modos de pensar han cambiado en el tiempo. La Cultura Cristiano Occidental nació tras la caída del Imperio Romano y fundió los elementos que estaban en el ambiente, permitiendo constituirse como una nueva cultura. Esta tomó el modo de pensar de los griegos que confiaba en la existencia de la Verdad y la real posibilidad de alcanzarla. Del mismo modo, de los germanos tomó la estructura social y económica y su organización jurídica y finalmente del cristianismo la visión de mundo y concepción de lo que el hombre es en relación con Dios su creador. De este modo nacería una cultura cristiana con pensamiento racional griego que entendería que la verdad existe y se puede alcanzar; solo que ahora agregaría que la verdad se llama Dios. Con esto se crearía una visión de mundo teocéntrico en la que en el centro de toda explicación estaría Dios. La realidad tiene un orden lógico, Dios, Hombre y mundo, siendo Dios lo primero y central y apuntando como fin llegar a él. Todo el período medieval se moverá con esta visión de mundo y la sociedad que ellos crearán responderá a esa visión de mundo. Todo esto cambiará con el advenimiento del Racionalismo el que confiará en la razón humana como creadora de la realidad. René Descartes definirá al hombre como una “cosa pensante” y será el pensamiento humano el que creará la realidad. – “Pienso, luego Existo”. Con esto cambiará el modo de ver y habitar humano. Aparecerá un verdadero antropocentrismo que colocará la hombre en primer plano y relegará a Dios a un segundo lugar. Estas ideas del racionalismo dieron paso a la llamado sociedad ilustrada, iluminada por la luz de la razón las que cambiaron el modo de ser y de habitar del ser humano. La idea de la luz que contrasta con la oscuridad medieval teocéntrica que debía ser superada. Ya no era Dios el creador providente que actúa en el mundo, sino que la construcción del mundo estaba encomendada a Adán, el hombre. Toda la realidad será repensada desde el punto de vista humano, con lo que el arte comenzará a pintar lo humano, la cotidianidad. La Arquitectura buscará ensalzar a reyes y en política se concebirá que el soberano, el que ostenta el poder, será el hombre y no Dios. 

    El antropocentrismo no llegará solo desde la línea cartesiana, sino que también desde la vía inglesa del Empirismo de Sir Francis Bacon que se centrará en la creación de un método que permitirá a la Ciencia progresar. La confianza en el hombre y en la ciencia llevarán a intentar dominar y controlar la naturaleza y a la obsesión por medir y catalogar toda la realidad. Galileo usará ambos métodos y entenderá que la Naturaleza está escrita en lenguaje matemáticos, por lo que develar sus secretos es posible y buscado. Newton elaborará las leyes que permitirán determinar y comprender el “plan divino”. El hombre había develado sus secretos. Ahora es él el maestro que domina y controla.

    Esta confianza en el hombre llevarán a comenzar a pedir mayor representatividad y las ideas políticas de soberanía popular de John Locke llevarán a la Independencia de los Estados Unidos de Norte América. La visión lockiana creía que el individuo estaba primero que el Estado. El individuo era sujeto de derechos inalienables que existían antes que la sociedad, los derechos a la vida, la propiedad y la libertad y que los Estados se constituían para garantizar que esos derechos individuales no fuesen pasados a llevar. El Estado debía ser pequeño para no atentar contra los derechos de los individuos. La libertad para Locke era más importante que la igualdad. Su visión de sociedad es libertaria.

    Por otra parte, en el continente europeo la visión se la soberanía popular adquiriría otra concepción. Jean Jacques Rousseau, suizo radicado en Francia considerará que el hombre por naturaleza es bueno, pero que es la sociedad la que los corrompe y hace malvados. El hombre era libre, bueno un “buen Salvaje” nómade que habitaba el mundo en conjunto con la naturaleza. Todos vivían compartiendo todo, un mundo colectivo ideal en igualdad. Para él la revolución agrícola que trajo la sedentarización fue el comienzo de los problemas. El hombre sedentario, acumula. Para Rousseau la propiedad es el origen de los males porque genera la desigualdad. Por esto el considera que para recuperar la bondad perdida los hombres deben hacer un pacto social y elegir un Estado grande que redistribuya los bienes para volver a recuperar l a igualdad. Para Rousseau el Estado es más importante que el individuo y la igualdad más importante que la libertad. Este es el origen de toda idea socialista que crecería en el tiempo desde el siglo XVIII. Estas ideas llevarían a la Revolución Francesa, movimiento que buscará establecer la igualdad y que aboliendo la sociedad estamental y los privilegios establecerá la igualdad ante la ley. Con esto se terminará el sistema estamental que dividía a la sociedad según funciones y que diferenciaba tanto en la justicia como en los tributos según estas funciones. Los Estamentos como el clero y la nobleza que prestaban funciones sociales, como velar por las almas de todos las personas y encargarse de la defensa de la sociedad, no pagaban impuestos, ya que estas funciones eran financiadas por el mismo estamento. Ahora, tras la Revolución francesa, todos pagarán impuestos y todos quedarán bajo las mismas leyes. Del mismo modo, se terminará con el sistema gremial que era parte de los privilegios de la sociedad estamental. Cualquier persona para ejercer un oficio debía ser aceptado por el gremio específico e iniciar una carrera desde aprendiz hasta maestro, por lo que capital y trabajo estaban unidos. El fin de los gremios permitirá que quien quiera invertir en un oficio lo haga, sin necesidad de ser parte de ese oficio- capital y trabajo quedarán separados. Esto será parte del problema de la llamada “Cuestión Social”.

    La revolución iniciará con el espíritu de la igualdad, pero rápidamente desarrollará otra dimensión que será parte de las ideas socialistas en el futuro. Los Revolucionarios radicales, los llamados “jacobinos”, dirán que su actuar es por y para el “pueblo”. Pero redefinirán el concepto “pueblo”, ya no serán las personas de origen humilde, sino que el “pueblo” serán los “amigos de la revolución”. Por lo que el que no esté con los revolucionarios, sin importar su origen, no será pueblo. Como dirá Maximilien de Robespierre, “a los amigos de la revolución se los gobierna con la razón y a los enemigos de ésta se los gobierna con el terror”. La idea jacobina era “renovar la humanidad desde la sangre”, que manifiesta luego Saint Just. 

    Aunque la Revolución Francesa copiando a los americanos publicarían una declaración de derechos humanos, considerando que la vida humana era sagrada, el concepto de los amigos y enemigos de la revolución permitirían que algunas, o más bien muchas muertes, fuesen consideradas justificadas por la causa. Democratizar la sociedad, estableciendo la igualdad como el fin añorado. De modo maquiavélico y considerando que el “fin justifica los medios” asesinaron a todo opositor, sin importar su origen social. La mayoría de los muertos en la revolución Francesa fueron artesanos, campesinos y miembros del clero. Las ideas eran más importantes que las vidas. Era un movimiento refindante que creaba una nueva sociedad y un nuevo tipo humano, por eso su fanatismo anticlerical, ya que el clero representaba a la sociedad del Ancienne Regime. Esta lección caló profundo en la historia y este modelo se instalará para quedarse. Y Aunque los revolucionarios terminaron eliminándose entre ellos, Napoleón, un hijo de la revolución al invadir Europa exportaría estas ideas y las repartiría como un virus en Occidente, incluso más allá del viejo continente. 

    Con este panorama de ideas políticas se producirá la revolución industrial que cambiará el modo de habitar el mundo para siempre, reduciendo el planeta al acortar las distancias y creando la sociedad de consumo. Junto con estos cambios positivos que permitirían por primera vez una sociedad de abundancia y tiempo libre, los colaterales no deseados de este proceso, la llamada “cuestión social” parecerá darle la razón a las ideas socialistas ya en el ambiente. La literatura y los artistas acusarán de realidades infrahumanas y se convertirán en los “Dantes que muestran el Infierno”, como dice Benjamin Disraeli en su novela Sybil. Los llamados socialistas utópicos intentarán dar solución y teorizar sobre el problema sin gran éxito, excepto quedar como buenas intenciones. Junto con esto el desasosiego político y las demandas por mayor participación se manifestarán en Europa en las llamadas Revoluciones burguesas, movimientos espontáneos que se darán en diversas ciudades del viejo continente en 1830 y 1848. El afán por lo científico hará que en 1848 Karl Marx y Friedrich Engels pretendan teorizar para lograr un socialismo científico, que establezca reglas seguras y replicables. Tras publicar el Manifiesto del Partido Comunista se empeñarán en el desarrollo de una obra magna para instaurar el socialismo en la tierra, El Capital. El fin de Marx y Engels era lograr liberar a aquellos que “no tenían nada excepto su prole”, los oprimidos sociales de sus cadenas. Hacerlos despertar y tomar conciencia de clase para lograr cambiar lo esencial de toda sociedad, la economía. Marx un materialista admiraba el éxito del capitalismo, pero entendía que éste tenía un problema intrínseco que lo llevaría a autodestruirse. La plusvalía hacía a los ricos más ricos y a los pobres más pobres, por lo que éstos finalmente no podrían consumir y el sistema colapsaría. Por eso, había que cambiar la base de todo sistema, la llamada infraestructura de la sociedad, la economía. Según Marx era la economía la que determinaba todo el resto de las supra estructuras, por lo que si cambiaba la economía cambiaba toda la sociedad. Su fin era instaurar el “paraíso terrenal sobre la tierra”, una sociedad sin clases en la que la igualdad y la fraternidad reinaran para siempre. 

    Estas ideas se hicieron atractivas durante la segunda mitad del siglo XIX haciendo que en mayor o menor medidas todos estuviesen impregnados de socialismo en mayor o menor medida. Parecía ser que la idea de mayor participación, democratización se habían instalado en el continente. Junto con esto la idea latente detrás de la idea socialista que la igualdad es el bien esencial y que está sobre la libertad, así como la idea que esto solo puede lograrse desde el Estado. Esa idea que el Estado es más importante que el individuo es algo que se impuso como dogma en todas partes. Fue aceptado de más de un modo, por incluso los antisocialistas. Para fines del siglo XIX estas ideas eran parte del llamado “sentido común” imperante. 

    Tras la derrota francesa en la Guerra Franco Prusiana en 1871, un movimiento revolucionario comunista se tomará el gobierno de la ciudad de París instaurando la llamada Commune de Paris. Louis Blanqui estaba inspirado en las ideas marxistas y sería alavado por el mismo Marx, quien luego explicará en un escrito “La Guerra civil en Francia” el por qué esta acción no habría fructificado. El movimiento será aplacado por las fuerzas francesas y dejará como corolario una ciudad destruida y sus líderes y partidarios masacrados. 

    Por otra parte tras la Unificación de Alemania en 1871 en el llamado Segundo Imperio Alemán, su artífice Otto von Bismark entendía que este proceso democratizador había llegado para quedarse y decidió crear el primer Estado de Bienestar que buscaba acompañar a los ciudadanos desde la cuna hasta la tumba, creando un sistema de asistencia social con seguros de salud y pensiones. El se adelanta a lo que sabe que va a suceder, “o se los damos nosotros o se lo van a querer tomar”. En un mundo con mayor electorado el mantener contento a los ciudadanos pasa a ser algo esencial. Pero esta vía alemana desde la ley y el gobierno no sería una vía muy imitada y la vía violenta será vista como la única forma de lograr que la supuesta revolución natural llegue. 

    En 1883 muere Marx y Engels continúa con el legado, incluso culmina El Capital. Marx muerto, antes admirado y seguido, se convierte en una espacie de dios de una nueva religión laica. Sus ideas inspiran la creación e ligas socialistas en todas partes de Europa y más allá de ella. La idea internacionalista marxista de unir a los obreros del mundo se impone como una idea de lucha fraternal. Walter Crane ilustrador socialista inglés hace los afiches para los movimientos alemanes, para las protestas de la ciudad de Chicago y para las convocatorias de las reuniones generalizadas en las llamadas Internacionales socialistas. El lema era que el socialismo era la esperanza del mundo y que soplaba como el viento y se extendía en la tierra. Ya no era simplemente un fantasma como habían dicho Marx y Engels, sino que una realidad. La idea de terminar con la división social de explotadores y explotados, levantaba al socialismo encarnado en Mariane, la diosa laica de la Revolución francesa como la esperanza de los desposeídos. Las ilustraciones y la prensa en pleno apogeo a fines del siglo XIX serían el medio de masas para expandir y extender estas ideas. 

    A estos movimientos socialistas se sumarían otros movimientos que buscaban destruir lo existente como los anarquistas. Aunque el primer anarquista será William Godwin en Inglaterra, ideas de este tipo se extenderán por toda Europa. Pierre Joseph Proudhon postulará la ideas del Orden espontáneo y Mikhail Bakunin postulará que será libre cuando la humanidad lo sea. Aunque estos autores se definirán asistémicos, pronto aparecerán corrientes eclécticas que combinarán el anarquismo con el comunismo en el llamado anarco-comunismo de Kropotki y Malatesta. A estos e le agregará la dimensión terrorista en el anarco terrorismo que actuarán en distintos lugares de Europa y Rusia a fines del siglo XIX. En 1881 un movimiento de estas características asesinará al Zar reformador Alejandro II, impidiendo que las medidas democratizadoras se hiciesen de modo legal en Rusia. Anarquistas y comunistas colaboraban por transformar el sistema establecido.

    Si bien en Alemania Otto von Bismark había reprimido y perseguido a los socialistas estableciendo orden en el Imperio Alemán, con la muerte del viejo Kaiser y el ascenso de su nieto Guillermo II la situación cambió. Otto von Bismark abandonó su cargo tras ser invitado a retirarse y los socialistas pudieron reorganizarse en Alemania. Ferdinand Lassalle se convirtió en su líder, quien retomando las ideas de Marx logró un espacio importante en la sociedad alemana. Junto a él, August Babel fundaron en 1869 el Sozialdemokratische Arbeiterpartei (SDAP) y en 1875 el Partido Socialista de los Trabajadores Alemanes (SAPD). Plantearon el llamado Programa Gotha en el que proponían sufragio universal, libertad de asociación, limitar la jornada de trabajo, leyes de protección de los derechos y salud de los trabajadores. Marx en vida criticó la aproximación. Wilhelm Liebknecht será uno de los líderes del movimiento y uno de los cinco asistentes al Funeral de Karl Marx en 1871 (Sus dos hijas, Paul Lafargue, Friedrich Engels y él). Una de las figuras emblemáticas del socialismo alemán será Rosa Luxemburgo. Polaca de origen llegará a Alemania siendo una niña. Ella incitará a la agitación bajo el concepto de que quien no se mueve no siente sus cadenas. Ella será una ideóloga de gran peso quien abordará la teoría dura en sendos escritos sobre economía. Se convertirá en activista y agitadora de masas. La Política de fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX es una política de masas y de choques en la que las facciones contrincantes se enfrentaban en riñas callejeras de gran violencia. Rosa junto a Karl Liebknecht serán los “espartaquistas” de la segunda generación del socialismo en Alemania. Marx era su dios y Lassalle y Babel sus enviados. Buscaban el cambio desde la agitación y la revolución.

    El socialismo soplaba en toda Europa, en 1879 Pablo Iglesias forma el Partido Socialista Español PSOE el que es apoyado por publicaciones como “La Lucha de Clases”, “El Obrero”, “La Solidaridad Obrera”, entre otros. Pedían reformas sociales y reformas laborales. Del mismo modo, en esta época se funda también el Partido Comunista de Norte América. La industrialización americana se había acelerado tras el término de la Guerra de Secesión en 1865, por lo que la potencia industrial arremetió con gran fuerza. Las Ciudades industriales crecieron de un modo inimaginable y el liderazgo americano se hizo notar. Chicago fue uno de los centros de desasociego en el que las huelgas y las demandas sociales que pedían 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de recreación llevaron al fatídico “May Day” en 1886 en el Haymarket de la ciudad, el que será ensalzado por parte del socialismo y comunismo internacional como “El día del Trabajo” en la convención internacional de 1904. Esta fecha comienza a ser celebrada en todas partes del mundo por parte de los socialistas.

    Para 1907 el socialismo alemán es uno de los líderes. Rosa Luxemburgo es admirada y seguida. No es la única mujer activa. El socialismo le da opciones de participación política a la mujer, Clara Zetkin, Luise Zietz en Alemania; Emeline Pankhurst, líder de la Suffragistas en Inglaterra abogan por un lugar real para la mujer en la sociedad exigiendo el derecho a voto. 

    Antes de la Guerra en 1914 en Italia se produce lo que se conoce como “La Semana Roja” en la que el paro amenaza la sociedad establecida en Italia y la producción. Movimientos refundantes que llaman a la acción elevan sus voces, los llamados Futuristas, liderados por Tomasso Marinetti, buscan el cambio total. La tónica de comienzos del siglo XX es el enfrentamiento callejero en el que partisanos se enfrentan en riñas violentas en medio de la Galería Vittorio Emanuelle de Milán, eventos inmortalizados en los cuadros de Humberto Boccioni. El joven socialista, Benito Mussolini dirige el periódico socialista “La Lotta de Classe” y luego “El Avanti”. Con su pluma logra aumentar los adeptos al socialismo.

    Esta tendencia cruza toda frontera, en 1894 se funda el Primer Grupo Socialista de Buenos Aires y el 4 de junio de 1912 se funda el Partido Socialista Chileno por Luis Emilio Recabarren. 

    Las ideas socialistas penetraron también en la Rusia Zarista. El joven Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, aunque de una familia burguesa había sido acercado a estas ideas por su hermano quien habiendo atentado contra el zar será condenado a muerte. Esta pérdida acercará al joven Lenin a la causa. Conocerá a Georgi Plekhanov quien lo acercará a la obra de Marx. Será expulsado de la Universidad de Kazan y deberá culminar sus estudios de derecho por correspondencia en San Petersburgo. En 1897 se vinculará con la Liga por la Lucha de la Emancipación de la Clase Obrera. Hará su primer viaje a Europa donde conocerá a Pavel Axelrod, Paul Lafargue, Lous Blanqui (líder de la Commune) y a Wilhelm Liebknecht. El movimiento era internacional y buscaba el cambio. Sus acciones en la Liga lo llevarán a ser detenido e enviado a Siberia. Tras ser liberado se exiliará en Europa donde tendrá amplias conexiones con el socialismo internacional. En Munchen comenzará a publicar Iskra, periódico activista en ruso que se imprimía en Europa para incitar la revolución en el Imperio Zarista. Pasará un tiempo en Londres, para luego establecerse en Suiza. Allí escribirá su escrito “Qué es lo que hay que hacer?” proponiendo las acciones para lograr la anhelada revolución socialista. Frecuentará a Leon Trotski, Rosa Luxemburgo y otros próceres socialistas mundiales.

    La Guerra Ruso Japonesa pareció ser el momento de la Revolución, pero los movimientos populares que se levantaron culminaron en el fatídico Domingo Sangriento, lo que obligó al Zar a aceptar ciertos cambios que por la vía democrática minaron las opciones de la veía violenta. Lenin estaba convencido que la revolución no llegaría sola y que había que provocarla. La aceptación de una asamblea de representación, la Duma y de reformas de corte democrático hacían pensar a Lenin que la oportunidad había pasado para él. Hablaba de las dos tácticas valorando la verdadera revolución a la refundante.

    El estallido de la Primera Guerra Mundial, vista como una guerra imperialista causada por el capitalismo compulsivo hará que los socialistas se declaren pacifistas. Lenin escribe “El Capitalismo y el Imperialismo” y Rosa Luxemburgo habla del mal de la acumulación de capital. La impopularidad de la Guerra y las malas medidas zaristas darán una oportunidad a Lenin. El febrero de 1917 el tren que llevaba a Nicolás II es detenido por descontentos que exigen que abdique. Quiere hacerlo a favor de su hijo hemofílico, le aconsejan que no lo haga; intenta abdicar a favor se su hermano, quien se niega a tomar la responsabilidad por lo que la monarquía es abolida y se establece un gobierno provisional de corte socialista. En Octubre de ese año debido al mantenimiento de la guerra y al descontento popular y del ejercito y de los marineros de Kronstaad se da la posibilidad para Lenin de radicalizar la revolución. Aunque prometía “Tierra, Paz y Pan”, él había establecido en sus llamadas “Tesis de Abril” que quería transformar la Guerra Capitalista en una Guerra Civil, traspasar todo el poder a los soviets para lograr el Control Obrero y establecer la autodeterminación naciones. Ya había ajustado la teoría en su libros “El Estado y la Revolución”, manifestaba que habría una transición entre capitalismo y comunismo, la llamada “dictadura del proletariado” para lograr construir un verdadero comunismo. Al encontrarse con resistencia, la guerra civil le permitirá aplicar la lección jacobita de eliminar a todos los “no pueblo”, “enemigos de la Revolución” y construir un Estado todopoderoso bajo las bases del terror. 

    El socialismo mundial llamaba a la paz y al fin de la Gran Guerra capitalista. La idea de un mundo internacional en armonía era parte del anhelo utópico que entre otras cosas llevó a crear un nuevo idioma el Esperanto, para la paz. Los agitadores de la paz no eran especialmente pacíficos, tenían su lucha propia. 

    Con el fin de la Guerra la esperanza de aplicar el socialismo residía en el ejemplo soviético. La Internacional Comunista que ahora residía de modo permanente en la URSS establecía los dictámenes para todos los partidos comunistas del mundo. Su gran sueño era el Octubre en países industrializados. Alemania era el gran objetivo. Habían sido derrotados en la Guerra y el Kaiser Guillermo II había sido obligado a abdicar. Se había establecido la llamada República de Weimar, un gobierno carente de poder real en medio del caos político y económico de la postguerra germana. Los comunistas alemanes llamados los “espartaquistas” comenzaron a arremeter en la política. El Partido Comunista Alemán (KPD) o Spartakusbund prometía barrer con los políticos traidores que habían firmado el tratado de Versalles. Alemania era el país más industrial de Europa antes de la Guerra y ahora estaba en ruinas. Versalles había castigado de forma excesiva a Alemania, lo que les impedía levantar la cabeza. Desde su periódico llamado “Die Rote Fahne”(La Bandera Roja) buscaban apelar a las emociones de la audiencia que se sentía mancillada y humillada. Manifestaciones en las calles exigiendo pan a las que se cuadró parte del ejercito permitió que los espartaquistas se lograsen tomar el poder de la ciudad de Berlín en el año 1919. El ejército desorganizado tras la guerra salió a las calles y se produjeron sendos enfrentamientos en este intento de Revolución proletaria alemana. Los líderes comunistas fueron atrapados en un hotel, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknechts resultaron muertos en los enfrentamientos. Con funerales masivos, los espartaquistas siguieron arremetiendo en la política de Weimar. El temor a los comunistas hace que en 1919 se organice la Liga anticomunista para evitar que los rojos se tomen el poder. El año 1923 es un año fatal para Alemania, se produce la mayor hiperinflación registrada en la historia. El dinero literalmente muere y el fracaso total de la economía alemana, que hace insostenible la vida cotidiana de sus habitantes, colapsa también la política. Las únicas opciones viables que aparecían eran las de cambio radical, comunismo o nacionalsocialismo, una nueva vertiente socialista nacionalista que aparece como alternativa al comunismo internacionalista que quería una Alemania soviética. La solución a la crisis económica era socialismo, de un modo u otro. La idea de la intervención del Estado en economía. Ambos bandos prometían Trabajo y Pan en un momento de desesperación. 

    Pero 1919 no se manifestó solo en Alemania, en Italia la Liga Proletaria y el Partido Socialista Italiano arremetieron con fuerza. El llamado al paro hizo que el país prácticamente se paralizara denominando a los años 1919 y 1920 el Biennio Rosso (los dos años Rojos). El comunismo parecía tener el control del país al paralizar al norte productivo y apoderarse de los medios de producción, incluida la emblemática fábrica de Fiat de Turín. Las Guardias Rossa de Occupazione tomaban las fábricas y con fuerzas armadas lograban el control de éstas. Por su parte, Antonio Gramci desarrolló el concepto de la otra vía, es decir la revolución no había que hacerla desde abajo, sino desde arriba. El partido comunista debía apoderarse de las áreas estratégicas de la sociedad, la educación, la Cultura y las comunicaciones para lograr transformar de modo real la sociedad. La fuerza Rossa parecía imparable. Benito Mussolini que había sido expulsado del partido socialista escribe en Il Popolo d’Italia un artículo «Trincerocrazia», en el que reivindicaba para los soldados italianos que habían combatido en las trincheras el derecho a gobernar Italia tras la guerra. Cree en un socialismo para Italia, no soviético. Funda los facci de combatimento, brigadas de choque que debían impedir que los “partisanos” comunistas se hiciesen del país. Logra gran apoyo empresarial y de personas del norte del país quienes querían liberarse de los rojos. En dos años desocupa las fábricas, los campos , los pueblos y las ciudades y hace la Marcha sobre Roma y se toma el gobierno de Italia. Creía en el Estado, “Todo con el Estado, todo para el Estado y nada sin el Estado”, era un socialismo pleno, solo que nacionalista y no internacional.

    En otros lugares como España en 1919 acciones comunistas que buscan la Revolución soviética se manifiestan en Andalucía, Cataluña, Madrid entre otros. Del mismo modo, en Hungría en 1919 Bela Kun se toma el poder y funda la República soviética de Hungría. Llena las calles de afiches que muestran como el parlamento se tiñe de rojo y al obrero tomando el poder para demoler lo establecido. Hasta Inglaterra tendrá manifestaciones comunistas y las banderas rojas se verán desfilar en Hyde Park. En los Estados Unidos los movimientos comunistas se levantarán con fuerza en las ciudades industriales, Chicago, Detroit y otras llamarán a las huelgas. Hasta Canadá, país en general tranquilo, tendrá acciones de esta marea roja. En México el comunismo calará hondo. La revolución mexicana será de corte socialista profundo, por lo que el comunismo de comienzos del siglo XX ensalzará a Zapata como su referente. El artista Diego Rivera será una de las figuras emblemáticas del comunismo mexicano. De hecho frente a las huelgas en Detroit se lo contratará para hacer unos murales para pacificar la situación y pintará a los obreros orgullosos con Lenin y Trotski como referentes. La presencia soviética parecía imparable. Hasta Chile organiza su partido comunista estableciendo sus estatutos.

    Pero el comunismo aplicado en la Unión Soviética será un desastre económico. La colectivización de las tierras llevará a una hambruna causada por el Estado que matará a millones de personas. Lenin intentará buscar una forma de reactivar la economía e instaurará la NEP ( Nueva Política económica) en la que aceptará un cierto grado de propiedad privada, con lo que la economía comenzará a crecer. En su afán refundante arremeterá contra la Iglesia ortodoxa y establecerá la Liga del ateísmo militante. Una nueva religión laica donde los nuevos dioses eran Marx, Engels y Lenin. Estatuas de los próceres del marxismo se levantarían en toda la Unión soviética. 

    El temor al socialismo crecerá en el mundo y la propaganda anti roja aparecerá activamente en todas partes. La idea que los bolcheviques venían a comerse todo y que buscaban el control mundial trayendo la muerte y desolación estarán presente en los afiches callejeros y en los medios de prensa. Representados como una serpiente de imagen demoniaca que debe ser combatido la sociedad se organizará para repelerlos. Esta reacción hará que en Alemania los Nazis, aunque socialistas de visión, por ser nacionalistas serán anticomunistas ya que estos son internacionales. Esto les permitirá tener con el apoyo de empresarios y políticos de todos los espectros incluido el Partido Agrario Conservador.

    La violencia de las acciones de 1919 del año rojo harán que la sociedad europea y mundial se organicen para repeler el avance comunista en el mundo. Esto explica que 1919 no fuera finalmente el triunfo rojo. Pero independiente de no haber logrado el Octubre en Alemania, ni en otro lugar industrial emblemático, el socialismo triunfará. Para 1920 todos creían en la intervención del Estado y en política prácticamente no había “Derechas” políticas (los que creen en el individuo por sobre el Estado). Los Estatistas encontarán un terreno perfecto y 10 años después, en 1929 a causa del el crash de la Bolsa de Nueva York en el Jueves negro la idea socialista de la intervención estatal crecerá y se impondrá. El joven economista inglés, Keynes, será el gurú que todos seguirán incluso aquellos que consideraríamos “de derecha”. Es el momento de la historia en que la derecha desaparece, todos eran socialistas y se produce la socialistización de la sociedad toda. Se creía en la necesidad del control del Estado de las Areas de producción estratégica, los llamados Commanding Heights. Los Totalitarismos se impondrán en Europa, todo Estado, cero individuo. La Izquierdización absoluta, unos internacionales y los otros nacionalistas. Para efectos prácticos todos socialistas. La marea roja había tenido éxito el mundo entero creía en el socialismo y se mantendrá así hasta fines de 1970 en que la aplicación de las ideas neoliberales permitirán un crecimiento económico ya olvidado y cuestionarán el modelo socialista. Comenzará el retroceso de la marea roja.

  • 100 años del triunfo de las Suffraguettes

    100 años del triunfo de las Suffraguettes

    El año 1918 se logra en Inglaterra que se apruebe la ley que autoriza el voto femenino en ciertas circunstancias, mujeres de más de 30 años con propiedad. Es el primer triunfo de una larga lucha por lograr los derechos de las mujeres. Cosas que hoy nos parecen evidentes, no lo eran ni siquiera en Occidente. Es cierto que aún no se ha logrado equiparar los derechos femeninos con los de los hombres y que una mujer hoy, por el simple hecho de ser mujer, gana menos que un hombre haciendo el mismo trabajo, pero hay que entender que mucho es lo que se ha avanzado. Es cierto también que en muchas partes del planeta aún las mujeres no son más que el sexo decorativo y procreador, pero hay que comprender que nunca, en ninguna otra época fue más fascinante ser mujer. Y hay que conocer el hecho que hubo grandes luchadoras que arriesgaron mucho para permitirnos a nosotras hoy poder disfrutar un mundo más equilibrado y menos chauvinista. Esta es la historia de Emmeline Pankhurts y el llamado grupo de las Suffraguettes, esas mujeres que a comienzo del siglo pasado arriesgaron todo por lograr el voto femenino. 

    Emmeline Goulden nació en Manchester el 15 de julio de 1858. Funda en 1903 el grupo llamado Women Social and Political Union WSPU, que más tarde recibiría el nombre peyorativo por parte de la prensa como de “Suffraguettes”, nombre que ellas abrazarán y harán propio de este movimiento de mujeres que buscaban un lugar en la sociedad. En 1999 la Revista Times nombró a Pankhurst como una de las 100 personas más influyentes del siglo XX. Ella sería la bandera de lucha de una causa que ya tenía larga historia. Para entender y dimensionar lo logrado hay que comprender cual era la situación de la mujer en la historia y específicamente en la historia reciente. La historia en general nunca fue muy permisiva en relación con la mujer, con excepción de Roma imperial en la que incluso existía la figura de la Restitución de la dote, la mujer ocupaba un lugar secundario en muchas culturas. El código de Hammurabi consideraba que las mujeres tenía un valor inferior al hombre, al punto que la perdida de un ojo de un hombre valía tres veces más que la vida de una mujer. En Occidente el Cristianismo le dio valor a la vida humana como otras culturas no lo habían vist,o pero consideró a la mujer legalmente incapaz relativa, es decir, dependiente de un hombre, del padre al marido. Para el siglo XVIII las mujeres en Inglaterra representaban en todos los sentidos lo opuesto a los hombres. Dos tipos de vida completamente diferentes. El hombre vivía una vida pública fuera de la casa, mientras que la mujer vivía una vida privada dentro de la casa. Estos roles eran perpetuados por la educación. Se les enseñaba a asentir con esta distinción de roles. La primera mujer que se rebeló contra esta realidad fue Mary Wolstonecraft, madre de Mary Shelley que es considerada la primera feminista. Ella escribe un libro fundamental “The Vindication of the Rights of Women” en el que expone la idea de la necesidad de cambiar la educación de las mujeres, de la necesidad de fomentar su intelectualidad y, desde y con eso, cambiar su rol en la sociedad. Ella como buena feminista se interesa en los cambios producidos en Francia y cruza el Canal de la Mancha para presenciar la llamada Revolución , que entre otras cosas quiere cambiar el rol de la mujer en la sociedad. Una vez que la Revolución Francesa deja el camino de la razón, por el de la barbarie, Marie Wolstonecraft, como muchos otros británicos abandonan el ideario revolucionario a causa de sus excesos. Ella como un modo de defender la libertad femenina se junta con un americano con quien tiene una hija. Una vez que él la abandona, Mary incluso intenta suicidarse. Ser madre soltera a fines del siglo XVIII, no era algo menor. Es entonces cuando conoce a William Godwin, famoso intelectual ateo, con quien tiene un romance y de quien queda nuevamente embarazada. Ella defiende la idea que el matrimonio no es más que “prostitución legal” y se muestra contraria a esta institución. Sin embargo, una vez embarazada se casa con William Godwin y dará a luz a una hija que luego será conocida como Mary Shelley, ya que ésta se casa con Percy Shelley y es, nada más y nada menos, que la autora de Frankestein. Mary Wollstonecraft muere poco después de dar a luz a la pequeña Mary. Su marido William Godwin se preocupará de hacer conocido el pensamiento de su mujer y cuando el joven Percy Shelley, hijo de un barón es expulsado de la Universidad de Oxford por escribir un panfleto titulado “ Las razones para el Ateismo”, busca a Godwin como un referente. Shelley estaba casado y tenía dos hijos, pero eso no le impidió arrancarse con la hija de Godwin y Wolstonecraft, la joven Mary Shelley de tan solo 16 años. A la muerte de la mujer de Shelley se casaron y tuvieron una vida tormentosa. Mary Shelley junto a Jane Austen serán de las primeras autoras mujeres que lograrán vivir de sus escritos. El escribir será una de las pocas actividades respetables que podía ejecutar una mujer. 

    La situación de la mujer durante el siglo XIX era muy precaria. Legalmente debía ser representada primero por su padre y luego por su marido. Esto explica la desesperación de una madre por asegurar el futuro de sus hijas mujeres. Solo el matrimonio salvaba a las mujeres. No eran posibles herederas y por tanto si no se casaban quedaban destituidas. Las mujeres una vez que se casaban, todo pasaba a ser propiedad del marido, incluida ella y los hijos, lo que era una compleja situación. Esta preocupación se ve claramente en las novelas de Jane Austen quien está obsesionada con le dinero y por la situación económica de las mujeres. Ella era una admiradora de Mary Wolstonecraft y entendía que si el matrimonio no era por amor, no era más que prostitución legal. Sus heroínas se casan por amor y ella nunca se casa, a pesar de que su situación financiera fue más que precaria en varias oportunidades. Logró vivir de sus escritos. Ella se ríe de lo que se espera de las mujeres, la idea del sexo decorativo. Las mujeres debían saber tocar piano, cantar y pintar. Debían ser formadas para obedecer y ser serviles. La naturaleza misma de lo femenino tenía que ver con la fragilidad y la carencia , más que con la determinación y la intelectualidad. 

    La idea de la necesidad de educación para las mujeres según la mirada de Mary Wollstonecraft se mantuvo en el ambiente con lo que aparecerán algunas versiones de colegios femeninos que aspiraban a complementar el curriculum de las mujeres con actividades de ejercicio intelectual. La expansión de la sociedad e consumo hará que por primera vez las mujeres salgan de la casa y caminen por las calles. No son pocas las quejas de padres de familia que escriben en periódicos diciendo que sus hijas fueron tratadas como prostitutas. Esto solo demuestra dos cosas, que las mujeres que caminaban solas en la calle solían ser prostitutas y que éstas se vestían igual que las mujeres respetables, lo que permitía que se las pudiese confundir. Los tiempos estaban cambiando y las mujeres comienzan a salir de compras solas y a frecuentar lugares públicos como nunca antes. Pero la situación contractual de la mujer a causa del matrimonio la hacía completamente dependiente. En una sociedad chauvinista el que los hombres fuesen infieles no era un tema, era común que un hombre respetable buscase los servicios de prostitutas y que eso no lo hiciese menos respetable. Pero que una mujer fuese infiel, implicaba ser anatema. Podía ser expulsada de la casa y la sociedad victoriana era tremendamente dura frente a estas situaciones, solo les quedaba la prostitución. Esta situación era tremendamente compleja y será la situación de Caroline Norton, quien tras haber sido acusada por su marido de adulterio le será negado el ver a sus hijos pequeños y se convertirá en la bandera de lucha contra este abuso. Ella peleará en la corte y logrará que una vez disuelto el vínculo, si no hay adulterio, los niños pequeños menores de 7 años quedarán bajo la custodia de la madre y luego podrán elegir. La lucha de Caroline Norton, quien no verá nunca más a sus hijos, asegurará la tuición compartida de los hijos a las mujeres que vendrán tras ella. Pero la lucha por mejorar la condiciones de la mujer seguirá teniendo heroínas. Tras aprobarse el Contagious Disease Act, que permitía la examinación forzosa a mujeres para evitar la propagación de las llamadas enfermedades venéreas, una mujer, Josephine Butler se levantará contra esta injusticia. ¿No eran acaso los hombres los que principalmente infectaban a la población? La lucha tendrá resultados y esta polémica acta será suspendida. Artistas como Cristina Rosetti defenderán a las mujeres e inclusos darán una dimensión humana a las prostitutas. Para los victorianos había dos tipos de mujer, “The angel of the house” y la inmoral prostituta. 

    Tras la guerra de Crimea, Florence Nightingale dará una nueva opción de trabajo a las mujeres respetables. Ya no era el único camino el ser institutriz, ahora se podía ser también enfermera. De hecho el ser enfermera y trabajar en los grandes hospitales victorianos era cercano a ser monja, se asumía que debían ser hasta célibes. En la medida que el siglo avanza varias mujeres aparecen como contestatarias a las reglas sociales establecidas. Harriet Martineu, periodista y atea es vista como el emblema de lo antifemenino. Marianne Evans, conocida como George Eliot, será una mujer tremendamente escandalosa. No solo es una intelectual que traduce a los autores ateos alemanes, a Strauss con su “Vida de Jesús” y a Hegel. Sino que además se escapa con un hombre casado, lo que le hace cambiarse el nombre para publicar sus novelas. Para fines del siglo XIX los cambios eran totales y absolutos. La sociedad de consumo se había impuesto y las mujeres comenzaron a aparecer de un modo jamás visto en la vida pública. Se crean colleges femeninos en las universidades que les permiten estudiar, sin conseguir aún el título. Intelectuales que consideraban que la mujer tenía que ocupar un lugar importante en la sociedad y que el derecho a voto para las mujeres sería la única opción para que la situación de la mujer cambiase. Dos reformas electorales habían cambiado los antiguos condados y dado más representantes a las ciudades industriales. El electorado había crecido notablemente. Aun el voto era censitario y solo masculino, pero incorporaba a la emergente clase media. Una voz se convirtió en la gran defensora de los derechos femeninos y era el filósofo utilitarista Stuart Mill. Su amante Helen Taylor era una ardiente luchadora para lograr el voto femenino. Ambos se admiraban intelectualmente y muchas de las obras de Mill eran coautoría. El era la voz de la mujer que amaba, para lograr un lugar real para la mujer en la sociedad. Logró proponer el voto femenino en el Parlamento. La moción de ley no pasó y la prensa ridiculizó constante mente a Mill caricaturizándolo en forma permanente vestido de mujer. Pero no todos los intelectuales apoyaban los cambios de la mujer en la sociedad. El gran referente intelectual victoriano, John Ruskin consideraba que la intelectualidad podía dejar estériles a las mujeres y que el futuro del Imperio Británico estaba en asegurar el rol de la mujer en el hogar. Para él su ideal de mujer era servil y obediente a su marido. Esta era una idea seguida por muchos. 

    Pero los avances del siglo fueron incorporando a la mujer a cada vez más actividades. La bicicleta representó la libertad de movimiento nunca antes tenida por las mujeres. Ya no solo frecuentaban las tiendas en las calles de moda, sino que recorrían libremente la ciudad. Los deportes, que fueron inventados y reglamentados a fines del siglo XIX incorporaron a la mujer. Las actividades en general de la nueva invesión, el tiempo libre, consideraba a la mujer. Esta era un segmento de consumo. Así como era considerada parte importante en muchos aspectos no podía opinar sobre la sociedad y las leyes que le afectaban,. La lucha por ganar el voto femenino se convertirá en el emblema de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX y Emmeline Pankhurt será la heroína de la lucha. 

    Elmmeline Goulden nació el 15 de Julio de 1858 en Manchester. Hija de activistas políticos, llevaba en el ADN la bandera de lucha. Su madre Sophia Jane Crane era oriunda de la Isla de Man, que será le primer lugar en aceptar el voto femenino para elecciones nacionales. Su padre Robert Goulden era un comerciante de Manchester. Su abuela había sido una activista contraria a las leyes de Grano en la llamada ‘Anti Corn Law Leage”. Su abuelo había estado presente en la Masacre de Peterloo, en la que mujeres activistas apoyaron a los obreros de Manchester y fueron masacradas por el ejército, la sola idea de mujeres participando en política parecía anatema. Fueron parte activa de las leyes de ampliación del electorado en las llamadas Reform Bill, que fueron la tónica del siglo XIX. La democratización no incluía la idea de aceptar a las mujeres también. Asimismo habían sido parte del movimiento antiesclavista y fomentaban la lectura de la polémica novela “La Cabaña del Tío Tom” de Harriet Beecher Stowe. La idea de mujeres luchadoras tan celebradas en la idea revolucionaria francesa era parte del ideario de la familia Goulden. 

    Emmiline Goulden era una ávida lectora, por lo que desde muy temprano desafía la tradicional educación de las mujeres de las que se esperaba que desarrollaran actividades para lograr un hogar atractivo y habilidades deseables para los hombres y potenciales esposos. Su madre leía The Woman Journal y estaba al tanto de las posturas de las mujeres independentistas, entre ellas su editora Lydia Becker. Ella había sido la líder de los primeros movimientos pro voto femenino y no era querida por la prensa. Sus posturas radicales habías sido ridiculizadas en los medios ingleses y era sujeto permanente de caricaturas. Cuando Emmeline tenía 14 años acompañó a su madre a una convención en la que Lydia Becker hablaría. Ella recuerda en sus memorias que después de escuchar a Lydia abandonó la reunión ya convertida en una ferviente sufragista. Tras esto fue enviada a París a la Ecole Normale de Neully, lugar que enseñaba otras materias a las mujeres, muchas de las cuales eran consideradas para hombres, entre las que destacaban la química y la contabilidad.

    En 1878 conoce a Richard Pankhurts, abogado luchador por el sufragio femenino, 24 años mayor que ella, con quien se casa en 1879 y con quien tendrá 5 hijos (Cristabel 1880, Estela Sylvia 1882, Francis Henry 1884, Adela 1885 y Francis Henry segundo en 1889). El creía en la libertad de expresión y en lograr una reforma educacional conforme a los tiempos. Ella lo acompañaba en las idea radicales. En 1888 muere su hijo hombre Henry Francis de solo 4 años y al año siguiente se cambian a Londres y nace otro hijo hombre a quien bautizan igual que el difunto hijo. 

    El matrimonio Pankhurst formarán una primera asociación femenina llamada Society for Women Suffrage (NSWS) entre la que estaban Lydia Becket y Millicent Fawcett. Pero las discusiones al interior del grupo referente a si las mujeres casadas necesitaban o no el voto, llevó a que Emmeline y su marido crearan una agrupación que abogaba por el voto para todas las mujeres, casadas y no casadas. Importantes mujeres como Josephine Butler, la luchadora contra el Acta de Enfermedades Venereas, Elizabeth Wolstenholme Elmy, Harriot Eaton Staton Blatch y Elizabeth Cady Stanton eran parte del movimiento. La Women Freedom Leage fue considerada como una agrupación radical ya que aparte de pedir el voto femenino abogaban por la igualdad de derechos para las mujeres en áreas de divorcio y herencia. Además apoyaban la idea de sindicatos femeninos y fomentaban a la organizaciones de izquierdas. En 1888 conoce a Keir Hardy, socialista escocés, que ayudó a crear el Partido Laborista Independiente PLI. Emmeline entusiasmada con la visión social del partido, pidió afiliarse a este Una de sus primeras actividades fue repartir comida a hombres y mujeres a través del comité de asistencia los desempleados. Fue elegida como Poor Law Guardian de Chorlton on Medlock, lo que la enfrentó a la realidad de las llamadas Workhouses.

    En 1898 muere su marido Richard, con lo que pierde su aliado masculino que le permitía tener una vida pública. Se desilusiona del partido Laborista ya que no estaba comprometido con la causa del voto femenino. Junto a sus hijas Christabel y Sylvia deciden fundar una agrupación más radical para lograr el voto femenino – Women Social and Political Union WSPU, que se concentró en acciones directas para lograr el voto. Comenzaron a hacer reuniones públicas para congregar a mujeres y lograr la atención del público para la causa. Decidieron que su lema sería ”acciones, no palabras” (Deeds, not Words). Cuando en 1905 la propuesta de ley para el voto femenino fue obstruida en el parlamento, Emmeline Pankhurst y la WSPU organizan una gran protesta frente al parlamento. Al no dejarlas pasar deciden obstruir la entrada. Christabel se da cuenta que el hecho que las tomaran presas podía servir de publicidad para el movimiento. Para lograr este fin decide escupirle a un policía en la cara, con lo que es detenida. Con estas acciones Emmeline Pankhurst declaró en 1906 “Finalmente somos reconocidas como un partido político: nos encontramos en el centro de la política y somos una fuerza política”. Hacían marchas públicas en lugares de gran visibilidad para hacerse notar. La idea era llenar de letreros pro voto femenino todos los lugares públicos y aparecer en la prensa. Muchas comenzaron a ser detenidas por obstrucción. Algunas de ellas se encadenaban frente al parlamento, lo que obligaba a la policía a tocarlas más allá de lo deseado para la época Edwardiana, lo que hacía que el tema apareciera en la prensa. Emmeline Pankhurst fue detenida en 1908 cuando quiso entrar al Parlamento para entregarle una queja al Primer Ministro Asquith, quien siendo un liberal reformador era un contrario a la idea del voto femenino. Asquith se había convertido en el principal objetivo de las ahora llamadas Suffraguettes. Este término peyorativo inventado por un periodista fue abrazado por el grupo en forma ferviente. Pankhurst se quejará de las malas condiciones y malos tratos para con ella y las Suffraguettes en prisión y ve estos encarcelamientos como una opción de publicidad. 

    En 1908 organizan una marca masiva en Hyde Park en la que congregan entre 300.000 y 5000.000 mujeres, pero Lord Asquith no responde. Frente a esto las Suffraguettes deciden poner en marcha su lema ‘Deeds, No Words” y varias militantes deciden romper las vidrieras de las tiendas de Londres y apostarse frente al nro 10 de Downing Street. Incluso tiran piedras a la casa del Primer Ministro. A pesar que estas acciones eran de mujeres independientes, Emmeline Pankhurst aprobó las acciones. Cuando varias mujeres fueron sentenciadas a Newgate por sus acciones, Pankhurts recordó a la corte el hecho que en la Historia de Gran Bretaña agitadores políticos masculinos habían roto ventanas para lograr derechos civiles y legales. 

    Muchas Suffraguettes fueron detenidas. Marion Wallace Dunlop escribe un grafity en el hall del Parlamento con parte del Bill of Rights. Es detenida y llevada a la prisión de Holloway donde decide iniciar una huelga de hambre. Esta decisión es seguida por varias de las Suffraguettes detenidas, cosa que complica terriblemente al gobierno. Si una de ellas moría en prisión, el movimiento adquiriría una mártir, con lo que se fortalecería. Había que evitar que ninguna de ellas muriese. Es por esto que el gobierno decide alimentarlas en forma forzosa. Los procedimientos de alimentación a la fuerza no eran ni gratos ni amables a la vista. Por lo que el movimiento comienza a ganar adeptos en el público. Las Suffraguettes usan estos abusos como publicidad para lograr apoyo a su causa. La prensa cubre con horror las prácticas. Al gobierno no le queda más que liberarlas. Establece la Ley del Gato y el Ratón, es decir, las tomaban presas por pocos días y las liberaban. 

    En 1910 parlamentarios logran proponer al Parlamento la llamada Conciliation Bill que incluía el voto femenino en algunos casos. A pesar de que la moción levantó las esperanzas del movimiento de las Suffraguettes fue rechazada. Las Suffraguettes convocaron a una manifestación de protesta frente al Parlamento y frente a Buckinham Palace. La Policía actúo con firmeza y brutalidad y más de 150 mujeres fueron detenidas en un evento conocido como el Black Friday

    Con más razón el llamado de las Suffraguettes a ‘Deeds, No Words “ se hizo escuchar. Muchas activistas volvieron a circular en las calles de Londres portando pequeños martillos para romper las vidrieras de tiendas y clubes masculinos en Pall Mall. Nuevamente en 1911 parecía que la Conciliation Bill podía ser aprobada, por lo que las Sufrraguettes convocaron a una gran manifestación que reunió a miles de mujeres y que desfilaron masivamente por las calles de Londres. Todas aquellas que habían sido presas o forzosamente alimentadas por la causa vestían de blanco y portaban lanzas plateadas. Las lideres del movimiento encabezaban la multitudinaria procesión. Estaban seguras que estaban a semanas de lograr el voto femenino. Pero fue tal vez la masividad de este evento, que pasó frente a los clubes de hombres en Pall Mall, lo que tal vez causó que la causa que, dependía de la aprobación de los hombres, no pasara. No querían el cambio de Status quo, ni perder el poder y el control.

    Las Sufraguettes convocaron meetines en lugares masivos y optaron por acciones más violentas. Se formaron asociaciones anti suffraguettes e incluso una asociación de hombres que abogaba por negar el voto a las mujeres, ya que esto era algo anti natural, que ponía en riesgo el futuro del Imperio. Hubo juntas masivas de las Suffraguettes y de los anti suffraguettes en el Royal Albert Hall. La prensa comenzó a mostrar a las Suffraguettes como violentas. En la medida que la sociedad se tornaba contarria a las Suffragistas, éstas comenzaron a ejecutar acciones que hoy calificaríamos de terroristas. Bombas incendiarias, destrucción de líneas telefónicas, buzones, quema de iglesias estaban a la orden del día incluso atentados contra la casa de Lord Asquith. Las líderes fueron perseguidas. Emmeline Panhurts fue detenida y Christabel se fue a Paris. La prensa publicaba las atrocidades para con las mujeres en la cárcel, lo que les daba el favor del público. Pero las campañas de los antisuffragistas las mostraban como algo contra natura, horrorosas y moralmente indeseables y escandalosas.Simplificaban todo manifestando que las mujeres estaban locas e histéricas, que se debía a algo propio del útero y que no necesitaban el voto, sino que un tratamiento psiquiátrico.

    Las suffraguettes aumentaron la violencia. Varias bombas fueron puestas en lugares públicos, Incluso hubo atentados en Saint Paul y una bomba en Westminster dañó la silla de coronación. La opinión pública se tornó antisuffraguettes. Las fotos de las Suffraguettes peligrosas aparecían en los periódicos. Continuaron las detenciones. Un grupo de activistas ponen una bomba en la casa de Lloyd George, Emmeline Pankhurts es condenada a prisión. Algunas militantes iniciales decidieron dejar el grupo ya que no estaban de acuerdo con las acciones de violencia, con lo que el movimiento se dividió.

    El día 4 de junio de 1913 la activista Emily Wilding Davison logró llamar la atención en el Derby de Epson. Era el evento más importante del año. Toda la realeza y la gente importante estaba ahí. Corría el caballo del rey Jorge V. Una vez iniciada la carrera, Emily cruzó la reja entre el público y los caballos y fue embestida frente a todo el mundo por un caballo. A los pocos días moriría a causa de las heridas. Las Suffraguettes habían logrado su anhelada mártir. Los funerales de Emily fueron multitudinarios. La prensa toda cubrió el evento, la nación estaba en shock. 

    Pero esta mártir no trajo el anhelado voto por lo que las acciones violentistas no terminaron. En 1914 Mary Richardson rasgó el cuadro de Velázquez la Venus del Espejo, por lo que fue detenida. Las Suffraguettes seguían ganando portadas. Otras Sactivistas insultaron al Rey en públic,o por lo que fueron arrestadas y fueron otra vez portadas. Incluso el movimiento se dividió en su esencia misma. Las Pankhurst se pelearon entre ellas. Emmeline mandó a su hija menor, Adela a Australia y Sylvia había tomado una veta más social y no estaba de acuerdo con Christabel y su madre.

    Es en este contexto de división en el que estalla la Primera Guerra Mundial. Para Sylvia era una Guerra Capitalista, su compromiso con los socialismos la hacían ser una pacifista. Emmeline y Chrsitabel decidieron dejar de lado la confrontación y trabajar por Inglaterra. Emmeline comenzó una campaña para ayudar al gobierno a reclutar hombres y lograr que las mujeres entraran al mundo laboral. Tenían claro el peligro alemán y entendían que las mujeres inglesas tenían que seguir el ejemplo de las mujeres francesas. Sabían que las mujeres podían mantener funcionando el país. Se trataba de militancia nacional, no podían ser pacifistas. Un gran problema que preocupaba a Emmeline eran los niños huérfanos de la Guerra. Ella adopta cuatro niños. Cuando le preguntan como era posible que a su edad, 57 años, se atreviese a hacer algo así, ella contesta que habría adoptado a cuarenta.

    Emmeline Pankhurts hará fund rasing para el gobierno británico en Estados Unidos y visitará Rusia tras la revolución de febrero donde conocerá a Kerensky. Su misión era lograr que Rusia no abandonara la Guerra. Su postura política se irá tornando hacia el mundo conservador y se convertirá en una ardiente anti soviética. 

    Tras la Guerra en 1918 se aprobará la Representation of the People Act, no por el hecho que las mujeres se lo merecían por haber trabajado durante la Guerra, sino más bien porque aún el voto masculino no era universal. Muchos de los soldados que pelearon por Gran Bretaña no votaban, por lo que se hacía esencial ampliar el voto masculino primero. Junto con esto, se aprobó el voto femenino en algunas circunstancias. Mujeres sobre 30 años con propiedad. Por lo que muchas mujeres que trabajaron durante la Guerra, no tenían derecho al voto. Pero ya era un gran avance, la lucha ahora era ampliar lo ya logrado. El movimiento de las Suffraguettes se convertirá en Partido Político y abogará por el matrimonio igualitario y por las mismas oportunidades y paga en el trabajo para mujeres y hombres. Se le pedirá a Emmeline que se presente para el Parlamento, pero ella dirá que Christabel, su hija favorita, es mejor carta. No será electa. En las elecciones de 1918 resultará como la primera mujer MP Nancy Astor.

    Emmeline Pankhurst seguirá promoviendo al Imperio Británico como ente civilizador. Sus banderas de lucha serán el antibolchevismo y la grandeza del Imperio. En 1922 se irá a vivir a Canadá con sus 4 hijas adoptadas. Allí ayudará a formar las asociaciones para lograr el voto femenino en Canadá y Estados Unidos. Volverá a Inglaterra en 1925 y se integrará al Partido Conservador. Su separación con su hija Sylvia será total cuando ésta tiene un hijo sin estar casada, cosa que a Emmeline no le parece propio. Muere en 1928, el mismo año que el voto femenino es ampliado a mujeres menores de 30 años y se baja lo censitario. Katherine Marshall recaudará fondos y hará inaugurar una estatua de Emmeline en el patio de the House of Parliament en 1930. En 1929 su retrato es agregado a la National Portrait Gallery de Londres. En la encuesta de la BBC del año 2002 de los 100 más grandes británicos, Emmeline Pankhurst ocupa el número 27. Sin duda su vida y lucha cambiaron el mundo, para al menos la mitad de sus habitantes. La otra mitad tuvo que adaptarse a no ser meas los dueños y señores.