Etiqueta: sociedad medieval

  • Recuperando la Edad Media

    Recuperando la Edad Media

    La Edad Media en el Siglo XX:
    En el siglo XX aparecieron dos fuerzas muy diferentes que contribuyeron a formar nuestra visión del pasado medieval. La primera fue la gran cantidad de estudios sobre la Edad Media que se realizaron en las universidades. Miles de tesis doctorales y de facultades de literatura han estudiado la historia y la cultura del período, generando cientos de libros de texto, de estudios y de monografías. Al mismo tiempo, surgió otra fuerza que presentó su propia imagen de la Edad Media: el cine.

    A finales del siglo XIX y principios del XX, la historia, la literatura, y luego la historia del arte se constituyeron en profesiones diferenciadas. Se establecieron cátedras para su enseñanza y se multiplicaron los cursos, las titulaciones y los departamentos universitarios que giraban en torno a ellas. Aparecieron entidades especializadas, como la Academia Medieval de Estados Unidos, que se fundó en 1925.

    El pueblo de Saint Andrew era un centro de peregrinación medieval

    El resultado de estos grandes adelantos de la organización y el financiamiento fue que la Edad Media quedó en manos de académicos profesionales, que trataban de imprimir su imagen del pasado en los jóvenes de clase media a los que educaban. Las opiniones de los académicos, no siempre bien entendidas, dieron forma a las imágenes del período que se formaron sus discípulos, y estas mismas imágenes han sufrido cambios.

    La historiografía medieval ha atravesado tres grandes momentos. El primero, a principios del siglo XX, privilegiaba la historia política y constitucional, y era un sistema de formación de funcionarios públicos y de administradores imperiales; la segunda dio más peso a la historia económica y social, y estuvo muy influida por las controversias de las décadas medias del siglo; la tercera se origina en el consumismo, el hedonismo y el feminismo de los tiempos actuales, que han encontrado su objeto natural en la historia de la cultura.
    Por supuesto, en todos estos momentos se pueden encontrar ejemplos de los demás, pero la tendencia es clara. Las anteriores generaciones de estudiantes, acostumbradas a investigar los grandes documentos de la historia constitucional de su país, contrastan con quienes defienden la interpretación marxista de la Edad Media o el valor de la escuela francesa de los Annales, influida por el marxismo, o con los estudiantes de los cursos superiores de la actualidad, que se interesan por el papel del género o del cuerpo en aquella época.

    Los cambios sociológicos y educativos del estudiantado se han visto acompañados por cambios paralelos de la imagen misma de la Edad Media que se les enseña. No sólo las modas han dado forma a los estudios medievales durante el siglo XX. Lamentablemente, la nueva disciplina también se ha visto sometida a los regímenes políticos del momento. En 1937, el nombre de la principal revista alemana de estudios medievales dejó de ser Neues Archiv (Archivo Nuevo) para convertirse en Deutsches Archiv (Archivo Alemán), abandonando también la tipografía moderna para adoptar la pseudomedieval, llamada Fraktur o gótica. El primer artículo de la nueva revista se titulaba «La Edad Media alemana», y su primera frase rezaba: «Para el nacionalsocialismo es indispensable que la validez universal de su cosmovisión conforme la base de la ciencia alemana, y que siga conformándola durante todo el porvenir». No todos los eruditos alemanes abrazaron el nazismo, como lo testimonia el hecho de que tantos de ellos abandonaran el país y pasaran a enriquecer las universidades inglesas, pero muchos lo hicieron.

    Castillo de Warwick 

    En los países comunistas, los estudiosos estaban obligados a incluir a Marx y a Engels en sus bibliografías y a organizar su pensamiento de acuerdo con la teoría decimonónica de la evolución social de los dos fundadores del comunismo. De ello no siempre resultaron estudios empíricos de mala calidad: una de las investigaciones precursoras sobre el campesinado medieval inglés pertenece a un marxista impecable, E. A. Kosminsky. Sus estudios sobre la historia agraria de Inglaterra en el siglo XII aparecieron en traducción inglesa en 1956, con un prefacio donde el autor proclamaba: «He basado mi trabajo en el método marxista- leninista», y en una nota al pie citaba respetuosamente los últimos trabajos de José Stalin. El libro constituye un estudio histórico esencial sobre los modelos de propiedad del período medieval. Para la investigación histórica, la rigidez del marxismo demostró ser un veneno menos letal que las doctrinas racistas de los nazis.
    De este modo, entre el año 1900 y el momento actual se desarrolló un amplio sector académico y universitario dedicado a explicar y representar la Edad Media ante un público relativamente amplio. Esto tiene su importancia, pero mucho más la tiene el cine, a causa de, su capacidad para transmitir imágenes. Muy poco después de su nacimiento, se comenzaron a hacer películas de tema medieval. Juana de Arco pasó al celuloide en 1900, y la primera película sobre Robin Hood data de 1908. Así como las ideas que tenemos en la actualidad del imperio romano o del salvaje oeste están compuestas por un 90 % de cine y un 10 % de realidad, del mismo modo cuando pensamos en la Edad Media lo más probable es que nos la representemos según lo que hemos visto en la pantalla.

    Como es lógico, en el cine europeo se pueden encontrar ejemplos de poderosas imágenes del Medievo: la versión expresionista de Lang de las antiguas leyendas germánicas del Nibelungenlied (1924), el clásico nacionalista épico de Eisenstein, Alexander Nevski, o El Séptimo Sello (1957), la sombría y evocadora pintura de la conciencia y la muerte durante la Edad Media tardía de Bergman. El cine francés ha ofrecido muchas interpretaciones memorables de Juana de Arco. Pero quien dominó el género fue Hollywood, con sus versiones de hechos históricos, de leyendas de la Edad Media y de obras de ficción ambientadas en el período medieval. Las novelas históricas de los románticos, que ya había hecho tanto para crear una Edad Media vívida y pintoresca, fueron objeto de traducción cinematográfica. La MGM adaptó una de las novelas medievales más leídas de Scott: en la producción de Ivanhoe de 1952 se ve un castillo especialmente construido para la película, y que se dejó envejecer durante todo un año antes de comenzar el rodaje. En 1958, el mismo libro dio origen a una serie de televisión. Nuestra Señora de París de Víctor Hugo fue llevada siete veces al cine, primero en Francia en 1906 y noventa años después en la versión de Disney de 1996.

    Las producciones épicas de Hollywood como El Cid (1961) han influido tan poderosamente en la imagen popular de la Edad Media como todo lo que han escrito los historiadores. En esa película, Charlton Heston, muy erguido y leal, sigue su camino en un mundo lleno de peligros, de príncipes malvados y de temibles invasores. De acuerdo con la apología convencional de la paz que se hacen los filmes bélicos de la época, no se retrata al Cid como en realidad fue, un buen capitán de mercenarios, ni como campeón del cristianismo contra los musulmanes. En lugar de ello, es un hijo leal de «España», una España multicultural donde todos, hasta los musulmanes son muy educados. Los enemigos de todos ellos son los invasores fundamentalistas de Marruecos, vestidos de negro. Heston-Cid interviene en un complejo torneo ante las murallas de la ciudad de Calahorra, demuestra su coraje y su clemencia en los combates y muere defendiendo Valencia contra los sitiadores africanos. Sofía Loren añade la intriga amorosa haciendo el papel de doña Jimena, la esposa del Cid, cuyos sentimientos se ven complicados por el hecho de que su marido ha dado muerte a su padre (lo cual, contrariamente a lo que podía suponerse, es un recurso romántico ya empleado en la tragedia clásica francesa del siglo XVII).

    Las tumbas medievales son un ejemplo excelso de arte

    Al igual que los grandes cuadros históricos del siglo XIX o las óperas de Richard Wagner y de otros compositores, las películas de tema medieval presentan imágenes vigorosas, imponentes e inolvidables a un público mucho más numeroso que los lectores de los estudios académicos. En realidad, las películas históricas hollywoodenses son una continuación sin fisuras de la pintura histórica y de las óperas del período anterior. Pertenecen a la misma cultura romántica tardía, lo que no sólo se ve claramente en la música, sino también en la idealización del heroísmo, en lo elemental de sus modelos de la masculinidad y la feminidad, y en su tono ingenuo y moralizante. Reforzada por toda una corriente de fantasías pseudomedievales como los libros de Tolkien, y habiendo encontrado una nueva expresión en los juegos electrónicos, la Edad Media romántica ha logrado transmitirse por los medios informáticos y convertirse en una imagen ampliamente difundida. 

  • Cuaderno de viaje de Villard de Honncourts

    Cuaderno de viaje de Villard de Honncourts

    Villard de Honnecourt es un arquitecto viajero de la Europa del siglo XIII, en la precisa época de la eclosión de las grandes catedrales que poblaron Francia y Europa después, que va registrando sus observaciones en un cuaderno único donde se han conservado los estados precisos de construcción y los proyectos de lo que iban a ser esas magníficas construcciones que son las catedrales.

    He querido presentar este artículo a fin de establecer algunas estrechas relaciones de tipo vivencial y profesional que me unen a un viejo arquitecto viajero del siglo XIII. La impúdica razón que me motiva, es que pude reconstruir un trayecto considerable de un viaje de tipo iniciático que realizó un hombre formidable, pero prácticamente desconocido entre los propios arquitectos, en plena época de la masiva eclosión del furor constructivo de las viejas catedrales del gótico clásico, y que hoy pueblan Europa. Hoy, 800 años después, pude realizar gran parte del trayecto de la ruta de las catedrales hecho por Villard durante los años 2006, 2007 y 2008, mientras hacía mi doctorado por esas tierras. Es recién este último año cuando cae en mis manos el cuaderno completo de Villard, con sus apuntes de viaje traducidos, que antes sólo había podido mirar parcialmente a través de reproducciones bastante mediatizadas en distintos libros de arquitectura. Al contemplar sus estupendos dibujos y observaciones, es que comencé a reparar en las similitudes de la mirada, y como él registró elementos por medio del dibujo, que a mí también me habían llamado poderosamente la atención, y que a su vez había registrado con mi cámara fotográfica. Ambos viajes son distintos en tanto a medios y tiempo, pero en un espacio y espíritu que nos hermanaba.

    Villard de Honnecourt registraba planos y levantamientos plagados de minuciosas observaciones, para tal vez construir en algún momento una summa arquitectónica sobre el arte de levantar catedrales y otras construcciones. Yo, a su vez registraba cuidadosamente, a distintas horas del día, cada catedral, cada programa escultórico y cada programa iconográfico de sus vitrales para poder traerme a extremo occidente, de algún modo, una exigua porción de esas portentosas y embriagantes obras arquitectónicas para poder contemplarlas, analizarlas y discutirlas con mis estudiantes y futuros arquitectos, en clases de Historia y Teoría de la Arquitectura. Había algo de íntimo en mi experiencia que compartía con el viejo Villard. Esto era precisamente el hecho de que las catedrales, a diferencia de casi cualquier otro tipo de monumentos, son organismos completamente vivos y participan de modo elocuente y activo en la vida de sus ciudades, con muchas de sus funciones originales, manteniendo una asombrosa solución de continuidad hasta aún hoy en día, proyectando una fuerza e irradiando una vitalidad que las hace demasiado únicas, como para pasar a formar parte del disecado panteón de obras de mundos ignotos; entiéndase por estas ruinas, reutilizaciones, puestas en valor, resemantizaciones, fachadas históricas, reacondicionamientos, etc. No es que ignore el valor de estas operaciones arquitectónicas, sencillamente es poder apreciar el inmenso valor de la obra arquitectónica en cuanto a su fidelidad a los propósitos originales.

    Portada Real de la Catedral de Chartres 

    Es así que el cuaderno de viaje de Villard de Honnecourt, que data de comienzo del siglo XIII, constituye un documento verdaderamente único y extraordinario por el valor de testimonio excepcional sobre el arte, la arquitectura y la ingeniería que intenta compendiar este personaje, especie de precursor que se anticipa en más de doscientos años a la actitud de personalidades tan vigorosas y espectaculares como Leonardo Da Vinci en el siglo XV y comienzos del XVI. Este documento está conservado actualmente en la Biblioteca Nacional de París en el departamento de Manuscritos (Fondos Franceses, 19093), ya que antes estuvo en la importante biblioteca del Monasterio de Saint-Germain-des-Prés en París. También sabemos que el manuscrito ha llegado hasta nosotros mutilado, pues está registrado que hasta el siglo XV tenía 41 folios. Aunque algunos autores creen que llegó a tener 62 folios. Actualmente sólo se conservan 33, lo cual nos obliga a ser prudentes sobre cualquier interpretación posible.
    Villard de Honnecourt fue un arquitecto viajero que recorrió el norte y este de Europa en la época en que se erigían las grandes catedrales en la época dorada del estilo gótico, donde se levantan Notre Dame de París, Chartres, Amiens, Reims, Beauvais, Bourges, San Denis, Rouen y tantas otras por el resto de Europa como Westminster, Colonia, Estrasburgo y Upsala, pero donde ya se habían levantado los primeros ensayos góticos como Senlis, Laon y Noyon. Aunque son muchas las sutilezas a las que nos podríamos referir sobre este extraordinario documento, lo primero es la intención declarada por el propio autor, quien nos dice: “…en este libro encontraréis gran ayuda en la albañilería y en las máquinas de carpintería, lo mismo que en el retrato, los dibujos, tal como el arte de la geometría lo manda y enseña”, por lo tanto estaríamos frente a un manual de carácter técnico destinados a los artesanos dedicados a la construcción de catedrales y otras obras de arquitectura, como así al arte de la escultura y el dibujo, y cómo participa la geometría en su elaboración. Podríamos decir que los textos y láminas que nos sobreviven carecen de cualquier alusión al arte de los vitrales, que con toda seguridad Villard vio en su paso por Chartres ejemplos insuperables, como el de la Notre-Dame-de-la-Belle-Verriére; pero eso no lo registra. Es a sus aspectos constructivos, a la tectónica del edificio, donde Villard concentra todo su talento observador y su envidiable capacidad de registro.

    Interior de la Catedral de Reims

    Por otro lado podemos observar que, al parecer, saca apuntes y croquis de detalles arquitectónicos que aún se encuentran en fase de estudio y no construidos, como observamos en el rosetón occidental de la fachada de la Catedral de Chartres, principalmente levantada entre el 1195 al 1220. Por lo que podemos elucubrar que este arquitecto viajero tuvo acceso a los planos ejecutados en pergaminos, o aun en superficies vaciadas en yeso, incluso podríamos aventurar que pudo, eventualmente, discutir con los arquitectos de la catedral. Lo que sí podemos afirmar es que la solución final es bastante más adecuada y estable que la frágil  estructura que nos presenta Villard en su cuaderno, donde las estructuras de los rosetones periféricos menores apenas se unen con el rosetón central del gran rosetón, lo que indudablemente podría comprometer la estabilidad de toda esta delicada estructura. Otro elemento que llama poderosamente la atención, es la capacidad de observación en un detalle que seguramente pasaría inadvertido en gran cantidad de visitantes. Nos referimos a la elevación interior que Villard hace -aunque no sin cierta exageración- de la Catedral de Reims (1211-1260), donde la columnilla central del triforio es visiblemente más gruesa que el resto, al parecer, sutileza del arquitecto constructor, para dar continuidad a la columna que divide las amplias ventanas tanto superiores como inferiores. Este detalle no se le escapó al célebre teórico del arte y la arquitectura Erwin Panofsky, que lo explica en términos de una reacción contra el horizontalismo extremo, para en cambio, acentuar su verticalidad. Lo importante, en todo caso, para nosotros, es que Villard lo hace conscientemente más grueso para que a quienes iba dirigidos, ese detalle no se les pasara por alto.

    Una tercera observación la constituye el registro de los bueyes de las torres de la fachada occidental de la catedral de Laon (1160- 1220), donde el Villard declara en sus Cuadernos: “He viajado por numerosas tierras, como podréis constatar por este libro; y en ningún otro lugar vi una torre como la de Laon. Veamos su primera altura, con las primeras ventanas. En esta altura, la torre está rodeada de ocho caras, las cuatro torrecillas son cuadradas, (apoyándose) sobre triples columnas, a continuación vienen las semitorrecillas de ocho columnas, y entre dos columnas hay unbuey…”. De verdad que las torres de esta Catedral del gótico primitivo son impresionantes, poseen una potente imagen no sólo dado por la particular articulación y dinamismo de sus elementos constructivos, sino que también por que la coronan 16 colosales bueyes, que según las leyendas fueron inmortalizados allí por su trabajo duro e incesante durante tantos años trayendo piedras de la cantera a los pies de la catedral como devotos cristianos.

  • La Peste Negra: El fin de la Sociedad Medieval

    La Peste Negra: El fin de la Sociedad Medieval

    Amplia popularidad ha tenido en los últimos años el género de películas apocalípticas. En ellas la tierra es parcial o totalmente destruida por maremotos, glaciaciones, tormentas solares, terremotos, asteroides “asesinos”, o invasiones alienígenas.

    Muchos se sienten atraídos para observar –desde la comodidad de sus casas o la butaca de un cine- el desafío que significa sobrevivir en condiciones extremas y las distintas reacciones que los seres humanos y, en definitiva la sociedad, tienen en situaciones límite . Pero muchos no son conscientes que nuestra civilización, en su historia reciente ya ha pasado realmente por un evento de este tipo: La Peste negra que azotó Europa entre 1347 y 1350.

    Existe coincidencia entre los historiadores que habrían muerto por la peste a lo menos unas 25 millones de personas en Europa, un tercio de la población de esa época. En África y Asia habrían fallecido otros 30 a 70 millones adicionales según la fuente consultada. En total habría desaparecido cerca de un 20% de la población mundial. Para tener una idea de la dimensión de este cataclismo demográfico, sería en nuestros días equivalente a la muerte de toda la población europea y la mayor parte de la americana.

    La Medicina medieval no logró detener el avance de la peste

    Las crónicas de la época mencionan que, por ejemplo. en la ciudad papal de Aviñón fue tan grande el número de víctimas que el papa Clemente VI consagró el río Ródano para poder echar en sus aguas los cadáveres que no podían ser enterrados. También otorgó una remisión completa de los pecados a aquellos que morían por la peste ante la imposibilidad de poder escuchar tantas confesiones.

    Pero el impacto de la peste fue mucho más allá que la pérdida de vidas. Habría herido de muerte las bases espirituales, sociales y económicas del mundo medieval, hasta el punto que podría corregirse la cronología tradicional y situar como verdadero fin de la Edad Media a 1347, el año de inicio de la peste.

    La mayoría de los historiadores contextualiza a la Peste Negra dentro de la cadena de desgraciados hechos que asolaron a Europa en el siglo XIV. Explican los cambios sociales y económicos que conducen al fin de la sociedad medieval también por la Guerra de los Cien años; la crisis del papado; la proliferación de las herejías y el fortalecimiento de la burguesía, los estados nacionales y la monarquía. La tesis que propongo, por el contario, es que el fin del Medioevo debe situarse en torno al evento que cambia los fundamentos de esta civilización Cristiana Occidental; a saber, el sistema social político y económico nacido del feudalismo; la percepción de una sociedad jerárquica y ordenada; y la visión trascendente que aporta el cristianismo.

    Las instituciones sobreviven mientras son necesarias y útiles a las sociedades que las generan. Según la tesis del historiador Arnold Toynbee las civilizaciones se desarrollan y crecen en un proceso de incitación y respuesta frente a desafíos externos y la decadencia se produce cuando la minoría creadora pierde su capacidad de dirigir a la mayoría sin tener que recurrir a la fuerza.

    El feudalismo y la Iglesia medieval habrían logrado, en el período turbulento que sucedió al Imperio Romano, entregar protección, sentido de trascendencia, desarrollo económico e importantes avances en la educación y el arte. La Peste Negra habría terminado con este “encantamiento”.

    A partir del imperio Carolingio y hasta finales del siglo XIII el feudalismo significó seguridad y protección, en medio de un largo período de tiempos turbulentos. Las frecuentes invasiones, inseguridad en los caminos y la distancia con un rey debilitado y sin ejército propio, explican que la mejor respuesta fue la fragmentación del poder. La sociedad medieval sobrevivió económica y socialmente al amparo de una caballería guerrera que la defendió, impartió justicia y mantuvo el orden.

    Uno de los fundamentos del feudalismo era la ligazón del siervo a la tierra, a una comarca determinada. Esta se había originado por diversos mecanismos: impuestos sobre la propiedad agrícola que había obligado a los campesinos pobres a ponerse al servicio de los campesinos más ricos; masas de aldeanos traspasadas como botines de guerra; cesiones de territorios a nobles destacados; la necesidad de protección en tiempos turbulentos o sencillamente el hambre. Esta relación que se había mantenido estable por provecho mutuo, o en el peor de los casos porque el siervo no tenía otra alternativa, se rompe con la Peste Negra. Por la alta mortandad, el trabajador se hace escaso en relación a la tierra y grandes masas de siervos se independizan, se van a las ciudades, a otras tierras con una mejor paga o renegocian una nueva relación.

    En muchos feudos el trabajo a cambio del derecho a labrar la tierra del señor, se cambia por el pago en metálico. Los nobles pronto se dieron cuenta de que los campesinos, forzados a trabajar en condiciones inferiores a la “competencia” (los salarios que ofrecía el vecino o la ciudad cercana), ejercían una resistencia pasiva y tenían una productividad muy inferior respecto a los remunerados, de manera que no compensaban siquiera la alimentación requerida.

    Un segundo pilar que queda desmoronado es la confianza en las instituciones, en la tradición. La visión de una sociedad jerárquica, estable y protectora. El noble, la Iglesia y las autoridades, en que el hombre común había puesto su confianza y buscado seguridad, fueron incapaces de detener a la peste. Ante la epidemia fueron inútiles las recetas de los médicos, las bulas papales, las oraciones y las medidas de las autoridades políticas. El ciudadano observó atónito que muchos dignatarios morían igual que ellos o, mucho peor, huían olvidando sus responsabilidades.

    El sistema jerárquico de la sociedad se resquebraja. Hasta entonces romper el lazo feudal no sólo era un crimen; era motivo de deshonor. El sistema falla en su esencia, al ser incapaz el señor de proteger a su vasallo. Con la Peste Negra la relación queda en muchos casos reducida a una dimensión meramente económica y contractual y se hace común el cuestionamiento a la autoridad.

    Los campesinos y los burgueses exigen un nuevo trato, menos impuestos y mejores condiciones de vida, tienen más poder de negociación y lo ejercen. Muchos disminuyen la productividad de su trabajo, o no pagan las rentas, en algunos casos incluso persiguen a los cobradores de impuestos. Muchos huyen del señor feudal y se refugian en nuevos territorios o ciudades con mejores condiciones. Por ejemplo, entre 1368 y 1370 el Arzobispo de Magdeburgo, Albrecht III, aumentó tanto la carga fiscal, que 3000 campesinos abandonaron sus tierras.

    Por último, surge lo impensable, grandes rebeliones populares en que se asalta y mata por igual al noble y al eclesiástico. Las rebeliones más importantes fueron las de la “Jacquerie” francesa de 1357, la sublevación campesina inglesa de 1381 dirigida por Wat Tyler y John Ball; la revuelta de los trabajadores textiles de Florencia, los “Ciompi” en 1378; la de los trabajadores del norte de Francia y los Países Bajos en 1381-1382; la de Siena en 1371 y la revolución portuguesa en 1383. Todas ellas fracasaron, pero fueron el preludio de reivindicaciones que resurgirían más tarde. Sólo una reacción monárquica fuerte logra restablecer el orden, pero ya es una jerarquía impuesta por la fuerza y no por la mutua conveniencia.

    Se aceleró entonces un proceso de pérdida de poder político, social y económico de la antigua aristocracia guerrera, que se refugió en fiestas, torneos y ceremonias. Se endeudó, hipotecó y vendió sus tierras para llevar una vida lujosa, intentó compensar con refinamiento la riqueza y el poder que traspasaba paulatinamente a la burguesía. Una crónica de la época cuenta que una viuda vendió una aldea para hacerse un hermoso vestido de terciopelo verde.

    El triunfo de la muerte

    El tercer vértice de la sociedad medieval era la influencia de la Iglesia, que excedía a la meramente espiritual. Europa, si bien tenía numerosos príncipes y reyes, tenía una sola religión. La iglesia era la fuente de legitimidad del poder terrenal, el elemento aglutinante más importante de la sociedad europea.

    Era además la gran protectora espiritual de Occidente. La sociedad confiaba en que la red de iglesias, monasterios y abadías que había construido y mantenido, le serviría para conseguir la protección divina y evitar el castigo del cielo. La Iglesia era su abogada ante Dios y debía mantener a raya lo que Duby llama ‘las fuerzas oscuras que lanzan el hambre, la epidemia y la invasión’. La muerte de un tercio de los habitantes de la Europa cristiana fue un duro golpe a esa esperanza. Más aún, esta muerte era pestilente, masiva, y repentina, lo que en la época era un estigma vergonzoso ya que impedía la adecuada preparación cristiana.

    La iglesia había construido su prestigio no solo por la fuerza de su mensaje, sino que también en base al ejemplo de miles de mártires que, inspirados por el testimonio de San Pedro y los Apóstoles, habían señalado con sus vidas el camino a seguir. A la inversa, el ejemplo del Papa Clemente VI, al recluirse para salvar su vida, marcaría el camino de una parte importante de los Obispos y la curia, que habría tenido una tasa de mortalidad equivalente a la mitad de la población y casi la tercera parte de clero regular. En lo peor de la peste, el médico personal del Papa, Guy de Chauliac, lo aisló en el Palacio Papal de Aviñón y lo sentó en medio de dos enormes fuegos que lo aislaron del contagio. ¡En pleno verano!.

    La cobardía de un sector de la Iglesia y la equivocada visión de atribuir la peste a un origen divino debilitaron en forma importante el prestigio de la Iglesia. Se sumaron nuevas críticas a los cuestionamientos que ya existían por las acusaciones de herejía, las querellas con el poder político y la conducta poco apropiada de parte de los sacerdotes.

    El Papado y la mayoría de los eclesiásticos cometieron, además, un error importante al darle a la peste un origen sobrenatural. La creencia de que la mortandad era un castigo divino alejó a muchos cristianos de un “dios cruel” que se complacía en hacer sufrir a sus creyentes. La Iglesia no tuvo la visión para darse cuenta que la sociedad medieval no sólo estaba diezmada físicamente sino que además estaba sicológicamente herida, desesperanzada, sin siquiera ánimo vital para trabajar, casarse y tener hijos. Se estima que en las décadas posteriores a la peste el 25% de la población permaneció soltera. Cuando explicó la peste por “los pecados del hombre” acentuó el cataclismo social y la dejó en la orilla del frente de muchos de sus fieles.

    La disminución de sacerdotes, y en muchos casos el abandono de las poblaciones sufrientes privándolas del consuelo de la extremaunción y del funeral, generaron una desconfianza hacia la iglesia. El hombre medieval sintió que la Iglesia, y particularmente su jerarquía, le había fallado. Lothar de Sajonia resumió el sentir de muchos al expresar “aquellos que tenían el título de pastores jugaron el rol de los lobos.” Acusación para muchos injusta, ya que la mayoría del clero sí cumplió su deber, como lo demuestra la mayor mortalidad de éste en relación a la población general.

    Este resentimiento, unido a que el clero que se ordenó para reemplazar a los caídos no siempre estuvo a la altura de sus predecesores, facilitó la propagación de ideas heréticas, en vastos sectores el agnosticismo e, incluso por oposición, algunos se vuelcan a prácticas ocultistas y a la brujería. Se comenta que incluso el piadoso Carlos V de Francia contrató al astrólogo Tomás de Pizan para que confeccionara imágenes de cera para destruir a los ingleses en la Guerra de los 100 años.

    En vastos sectores se genera un resentimiento que sería la base del protestantismo. No cabe duda que la Iglesia que emergió tras la Peste Negra no tendría la misma influencia y credibilidad que la del período anterior. Si bien antes de la peste ya tenía problemas, después de ella su prestigio e influencia habían mermado en forma importante.

    Como en todas las crisis, salió lo mejor y lo peor del ser humano. Una mayoría profundizó su fe y se multiplicaron capillas, el culto a los santos y las peregrinaciones. Pero también existieron padres que abandonaron a sus hijos; persecuciones a los judíos y los leprosos; flagelaciones públicas y masivas para expiar el sentimiento de “sociedad pecadora”; desenfreno, y una fatalidad que empujaba a vivir sólo el presente. La relajación de las costumbres con posterioridad al paso de la peste fue tal, que en 1394 una bula papal sancionó con la excomunión a aquellos que bailaban, bebían, jugaban y copulaban ¡en los cementerios!

    La oveja se sentía sin pastor, y además estaba resentida con él. Una parte importante de la sociedad se vuelca al goce de los placeres terrenos y ante la amenaza de la muerte, intenta aprovechar al máximo su tiempo finito, reflejo de ello es que comienzan a aparecer relojes en las plazas de la mayoría de las ciudades.

    Entierros masivos

    La cultura, las artes y la ética se vieron afectados por la muerte. Se le cantó como gran niveladora; corruptora de la belleza y de los poderosos; como fin de linajes gloriosos o del placer terrenal. El horror y el miedo quedaron plasmados como testimonios en cuentos, oraciones, novelas, pinturas y danzas infantiles.

    El arte volcó sus ojos hacia el hombre y desarrolló nuevas técnicas para mostrar más realistamente al ser humano, en esta época por ejemplo se desarrolla la técnica de pintura al óleo. Ya no se presenta a Cristo crucificado en gloria y majestad, prefigurando la resurrección; sino que abatido por el dolor y la muerte, recordando la fragilidad de la vida. De alguna manera lo hacen compartir con los sobrevivientes de la peste, el sufrimiento y las desventuras que estaban experimentando.

    La Iglesia advierte y atemoriza a la población sobre la fragilidad de la vida y la necesidad de vivir una vida más cristiana. Representa en cementerios, capillas, y poemas la universalidad de la muerte y lo pasajero de la fama y de los placeres terrenales. Intenta corregir a su grey por el temor. Ejemplos de este arte son las “danzas de la muerte” en que esqueletos bailan y se llevan por igual al campesino, al noble y al obispo.

    Con todo, la peste negra tuvo algunos efectos positivos. Generó por décadas un cierto bienestar económico derivado del aumento de salarios y de las herencias recibidas de parientes fallecidos. Promovió un gusto por el lujo y el arte y obligó también a los sobrevivientes a mejorar los hábitos de higiene; y a construir viviendas más espaciosas y separadas de la crianza de animales. Finalmente, la escasez de mano de obra obligó a probar nuevas tecnologías de labranza y manufactura, más eficientes y que requerían menos mano de obra.

    En conclusión, Occidente nunca volvería a ser el mismo después de la hecatombe demográfica y espiritual de la Peste Negra. Muchos contemporáneos sintieron que su mundo se hundía y que era el fin de la raza humana. Con la perspectiva del tiempo podemos decir que al menos fue un punto de quiebre, probablemente el fin del Medioevo.