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La Peste Negra: El fin de la Sociedad Medieval

Amplia popularidad ha tenido en los últimos años el género de películas apocalípticas. En ellas la tierra es parcial o totalmente destruida por maremotos, glaciaciones, tormentas solares, terremotos, asteroides “asesinos”, o invasiones alienígenas.

Muchos se sienten atraídos para observar –desde la comodidad de sus casas o la butaca de un cine- el desafío que significa sobrevivir en condiciones extremas y las distintas reacciones que los seres humanos y, en definitiva la sociedad, tienen en situaciones límite . Pero muchos no son conscientes que nuestra civilización, en su historia reciente ya ha pasado realmente por un evento de este tipo: La Peste negra que azotó Europa entre 1347 y 1350.

Existe coincidencia entre los historiadores que habrían muerto por la peste a lo menos unas 25 millones de personas en Europa, un tercio de la población de esa época. En África y Asia habrían fallecido otros 30 a 70 millones adicionales según la fuente consultada. En total habría desaparecido cerca de un 20% de la población mundial. Para tener una idea de la dimensión de este cataclismo demográfico, sería en nuestros días equivalente a la muerte de toda la población europea y la mayor parte de la americana.

La Medicina medieval no logró detener el avance de la peste

Las crónicas de la época mencionan que, por ejemplo. en la ciudad papal de Aviñón fue tan grande el número de víctimas que el papa Clemente VI consagró el río Ródano para poder echar en sus aguas los cadáveres que no podían ser enterrados. También otorgó una remisión completa de los pecados a aquellos que morían por la peste ante la imposibilidad de poder escuchar tantas confesiones.

Pero el impacto de la peste fue mucho más allá que la pérdida de vidas. Habría herido de muerte las bases espirituales, sociales y económicas del mundo medieval, hasta el punto que podría corregirse la cronología tradicional y situar como verdadero fin de la Edad Media a 1347, el año de inicio de la peste.

La mayoría de los historiadores contextualiza a la Peste Negra dentro de la cadena de desgraciados hechos que asolaron a Europa en el siglo XIV. Explican los cambios sociales y económicos que conducen al fin de la sociedad medieval también por la Guerra de los Cien años; la crisis del papado; la proliferación de las herejías y el fortalecimiento de la burguesía, los estados nacionales y la monarquía. La tesis que propongo, por el contario, es que el fin del Medioevo debe situarse en torno al evento que cambia los fundamentos de esta civilización Cristiana Occidental; a saber, el sistema social político y económico nacido del feudalismo; la percepción de una sociedad jerárquica y ordenada; y la visión trascendente que aporta el cristianismo.

Las instituciones sobreviven mientras son necesarias y útiles a las sociedades que las generan. Según la tesis del historiador Arnold Toynbee las civilizaciones se desarrollan y crecen en un proceso de incitación y respuesta frente a desafíos externos y la decadencia se produce cuando la minoría creadora pierde su capacidad de dirigir a la mayoría sin tener que recurrir a la fuerza.

El feudalismo y la Iglesia medieval habrían logrado, en el período turbulento que sucedió al Imperio Romano, entregar protección, sentido de trascendencia, desarrollo económico e importantes avances en la educación y el arte. La Peste Negra habría terminado con este “encantamiento”.

A partir del imperio Carolingio y hasta finales del siglo XIII el feudalismo significó seguridad y protección, en medio de un largo período de tiempos turbulentos. Las frecuentes invasiones, inseguridad en los caminos y la distancia con un rey debilitado y sin ejército propio, explican que la mejor respuesta fue la fragmentación del poder. La sociedad medieval sobrevivió económica y socialmente al amparo de una caballería guerrera que la defendió, impartió justicia y mantuvo el orden.

Uno de los fundamentos del feudalismo era la ligazón del siervo a la tierra, a una comarca determinada. Esta se había originado por diversos mecanismos: impuestos sobre la propiedad agrícola que había obligado a los campesinos pobres a ponerse al servicio de los campesinos más ricos; masas de aldeanos traspasadas como botines de guerra; cesiones de territorios a nobles destacados; la necesidad de protección en tiempos turbulentos o sencillamente el hambre. Esta relación que se había mantenido estable por provecho mutuo, o en el peor de los casos porque el siervo no tenía otra alternativa, se rompe con la Peste Negra. Por la alta mortandad, el trabajador se hace escaso en relación a la tierra y grandes masas de siervos se independizan, se van a las ciudades, a otras tierras con una mejor paga o renegocian una nueva relación.

En muchos feudos el trabajo a cambio del derecho a labrar la tierra del señor, se cambia por el pago en metálico. Los nobles pronto se dieron cuenta de que los campesinos, forzados a trabajar en condiciones inferiores a la “competencia” (los salarios que ofrecía el vecino o la ciudad cercana), ejercían una resistencia pasiva y tenían una productividad muy inferior respecto a los remunerados, de manera que no compensaban siquiera la alimentación requerida.

Un segundo pilar que queda desmoronado es la confianza en las instituciones, en la tradición. La visión de una sociedad jerárquica, estable y protectora. El noble, la Iglesia y las autoridades, en que el hombre común había puesto su confianza y buscado seguridad, fueron incapaces de detener a la peste. Ante la epidemia fueron inútiles las recetas de los médicos, las bulas papales, las oraciones y las medidas de las autoridades políticas. El ciudadano observó atónito que muchos dignatarios morían igual que ellos o, mucho peor, huían olvidando sus responsabilidades.

El sistema jerárquico de la sociedad se resquebraja. Hasta entonces romper el lazo feudal no sólo era un crimen; era motivo de deshonor. El sistema falla en su esencia, al ser incapaz el señor de proteger a su vasallo. Con la Peste Negra la relación queda en muchos casos reducida a una dimensión meramente económica y contractual y se hace común el cuestionamiento a la autoridad.

Los campesinos y los burgueses exigen un nuevo trato, menos impuestos y mejores condiciones de vida, tienen más poder de negociación y lo ejercen. Muchos disminuyen la productividad de su trabajo, o no pagan las rentas, en algunos casos incluso persiguen a los cobradores de impuestos. Muchos huyen del señor feudal y se refugian en nuevos territorios o ciudades con mejores condiciones. Por ejemplo, entre 1368 y 1370 el Arzobispo de Magdeburgo, Albrecht III, aumentó tanto la carga fiscal, que 3000 campesinos abandonaron sus tierras.

Por último, surge lo impensable, grandes rebeliones populares en que se asalta y mata por igual al noble y al eclesiástico. Las rebeliones más importantes fueron las de la “Jacquerie” francesa de 1357, la sublevación campesina inglesa de 1381 dirigida por Wat Tyler y John Ball; la revuelta de los trabajadores textiles de Florencia, los “Ciompi” en 1378; la de los trabajadores del norte de Francia y los Países Bajos en 1381-1382; la de Siena en 1371 y la revolución portuguesa en 1383. Todas ellas fracasaron, pero fueron el preludio de reivindicaciones que resurgirían más tarde. Sólo una reacción monárquica fuerte logra restablecer el orden, pero ya es una jerarquía impuesta por la fuerza y no por la mutua conveniencia.

Se aceleró entonces un proceso de pérdida de poder político, social y económico de la antigua aristocracia guerrera, que se refugió en fiestas, torneos y ceremonias. Se endeudó, hipotecó y vendió sus tierras para llevar una vida lujosa, intentó compensar con refinamiento la riqueza y el poder que traspasaba paulatinamente a la burguesía. Una crónica de la época cuenta que una viuda vendió una aldea para hacerse un hermoso vestido de terciopelo verde.

El triunfo de la muerte

El tercer vértice de la sociedad medieval era la influencia de la Iglesia, que excedía a la meramente espiritual. Europa, si bien tenía numerosos príncipes y reyes, tenía una sola religión. La iglesia era la fuente de legitimidad del poder terrenal, el elemento aglutinante más importante de la sociedad europea.

Era además la gran protectora espiritual de Occidente. La sociedad confiaba en que la red de iglesias, monasterios y abadías que había construido y mantenido, le serviría para conseguir la protección divina y evitar el castigo del cielo. La Iglesia era su abogada ante Dios y debía mantener a raya lo que Duby llama ‘las fuerzas oscuras que lanzan el hambre, la epidemia y la invasión’. La muerte de un tercio de los habitantes de la Europa cristiana fue un duro golpe a esa esperanza. Más aún, esta muerte era pestilente, masiva, y repentina, lo que en la época era un estigma vergonzoso ya que impedía la adecuada preparación cristiana.

La iglesia había construido su prestigio no solo por la fuerza de su mensaje, sino que también en base al ejemplo de miles de mártires que, inspirados por el testimonio de San Pedro y los Apóstoles, habían señalado con sus vidas el camino a seguir. A la inversa, el ejemplo del Papa Clemente VI, al recluirse para salvar su vida, marcaría el camino de una parte importante de los Obispos y la curia, que habría tenido una tasa de mortalidad equivalente a la mitad de la población y casi la tercera parte de clero regular. En lo peor de la peste, el médico personal del Papa, Guy de Chauliac, lo aisló en el Palacio Papal de Aviñón y lo sentó en medio de dos enormes fuegos que lo aislaron del contagio. ¡En pleno verano!.

La cobardía de un sector de la Iglesia y la equivocada visión de atribuir la peste a un origen divino debilitaron en forma importante el prestigio de la Iglesia. Se sumaron nuevas críticas a los cuestionamientos que ya existían por las acusaciones de herejía, las querellas con el poder político y la conducta poco apropiada de parte de los sacerdotes.

El Papado y la mayoría de los eclesiásticos cometieron, además, un error importante al darle a la peste un origen sobrenatural. La creencia de que la mortandad era un castigo divino alejó a muchos cristianos de un “dios cruel” que se complacía en hacer sufrir a sus creyentes. La Iglesia no tuvo la visión para darse cuenta que la sociedad medieval no sólo estaba diezmada físicamente sino que además estaba sicológicamente herida, desesperanzada, sin siquiera ánimo vital para trabajar, casarse y tener hijos. Se estima que en las décadas posteriores a la peste el 25% de la población permaneció soltera. Cuando explicó la peste por “los pecados del hombre” acentuó el cataclismo social y la dejó en la orilla del frente de muchos de sus fieles.

La disminución de sacerdotes, y en muchos casos el abandono de las poblaciones sufrientes privándolas del consuelo de la extremaunción y del funeral, generaron una desconfianza hacia la iglesia. El hombre medieval sintió que la Iglesia, y particularmente su jerarquía, le había fallado. Lothar de Sajonia resumió el sentir de muchos al expresar “aquellos que tenían el título de pastores jugaron el rol de los lobos.” Acusación para muchos injusta, ya que la mayoría del clero sí cumplió su deber, como lo demuestra la mayor mortalidad de éste en relación a la población general.

Este resentimiento, unido a que el clero que se ordenó para reemplazar a los caídos no siempre estuvo a la altura de sus predecesores, facilitó la propagación de ideas heréticas, en vastos sectores el agnosticismo e, incluso por oposición, algunos se vuelcan a prácticas ocultistas y a la brujería. Se comenta que incluso el piadoso Carlos V de Francia contrató al astrólogo Tomás de Pizan para que confeccionara imágenes de cera para destruir a los ingleses en la Guerra de los 100 años.

En vastos sectores se genera un resentimiento que sería la base del protestantismo. No cabe duda que la Iglesia que emergió tras la Peste Negra no tendría la misma influencia y credibilidad que la del período anterior. Si bien antes de la peste ya tenía problemas, después de ella su prestigio e influencia habían mermado en forma importante.

Como en todas las crisis, salió lo mejor y lo peor del ser humano. Una mayoría profundizó su fe y se multiplicaron capillas, el culto a los santos y las peregrinaciones. Pero también existieron padres que abandonaron a sus hijos; persecuciones a los judíos y los leprosos; flagelaciones públicas y masivas para expiar el sentimiento de “sociedad pecadora”; desenfreno, y una fatalidad que empujaba a vivir sólo el presente. La relajación de las costumbres con posterioridad al paso de la peste fue tal, que en 1394 una bula papal sancionó con la excomunión a aquellos que bailaban, bebían, jugaban y copulaban ¡en los cementerios!

La oveja se sentía sin pastor, y además estaba resentida con él. Una parte importante de la sociedad se vuelca al goce de los placeres terrenos y ante la amenaza de la muerte, intenta aprovechar al máximo su tiempo finito, reflejo de ello es que comienzan a aparecer relojes en las plazas de la mayoría de las ciudades.

Entierros masivos

La cultura, las artes y la ética se vieron afectados por la muerte. Se le cantó como gran niveladora; corruptora de la belleza y de los poderosos; como fin de linajes gloriosos o del placer terrenal. El horror y el miedo quedaron plasmados como testimonios en cuentos, oraciones, novelas, pinturas y danzas infantiles.

El arte volcó sus ojos hacia el hombre y desarrolló nuevas técnicas para mostrar más realistamente al ser humano, en esta época por ejemplo se desarrolla la técnica de pintura al óleo. Ya no se presenta a Cristo crucificado en gloria y majestad, prefigurando la resurrección; sino que abatido por el dolor y la muerte, recordando la fragilidad de la vida. De alguna manera lo hacen compartir con los sobrevivientes de la peste, el sufrimiento y las desventuras que estaban experimentando.

La Iglesia advierte y atemoriza a la población sobre la fragilidad de la vida y la necesidad de vivir una vida más cristiana. Representa en cementerios, capillas, y poemas la universalidad de la muerte y lo pasajero de la fama y de los placeres terrenales. Intenta corregir a su grey por el temor. Ejemplos de este arte son las “danzas de la muerte” en que esqueletos bailan y se llevan por igual al campesino, al noble y al obispo.

Con todo, la peste negra tuvo algunos efectos positivos. Generó por décadas un cierto bienestar económico derivado del aumento de salarios y de las herencias recibidas de parientes fallecidos. Promovió un gusto por el lujo y el arte y obligó también a los sobrevivientes a mejorar los hábitos de higiene; y a construir viviendas más espaciosas y separadas de la crianza de animales. Finalmente, la escasez de mano de obra obligó a probar nuevas tecnologías de labranza y manufactura, más eficientes y que requerían menos mano de obra.

En conclusión, Occidente nunca volvería a ser el mismo después de la hecatombe demográfica y espiritual de la Peste Negra. Muchos contemporáneos sintieron que su mundo se hundía y que era el fin de la raza humana. Con la perspectiva del tiempo podemos decir que al menos fue un punto de quiebre, probablemente el fin del Medioevo.

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