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Apuntes sobre el sentido de la Universidad

En la actualidad, la institución universitaria vive una profunda crisis y confusión que exige ser restablecida para dirigir sus pasos hacia lo que ella esencialmente es. Dicha exigencia viene dada por la misma nobleza de la institución, pero también por la necesidad de ofrecer a las generaciones jóvenes una formación que posibilite dirigir la sociedad a su fin último, que es el Bien común, entendido este como el bien más pleno de la persona en sociedad.

Debido a lo anterior es que hago mías las palabras del papa Benedicto XVI: “A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en  cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la capacitación técnica… Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la universidad, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre”.

Estas palabras, llenas de sentido, sintetizan lo que queremos expresar sobre la misión de la universidad en general y de la universidad católica en particular. Por una parte, aparece la afirmación según la cual la universidad no puede ser reducida a una institución de formación técnica, en la que se busque únicamente la utilidad y el pragmatismo inmediato, menos aún, que se absolutice en ella la lógica economicista y empresarial. No es un lugar para formar a los alumnos en un mero saber técnico y útil que les capacite para ejercer una determinada función. Sin negar esta dimensión, sin desconocer que es la universidad “el lugar donde los estudiosos examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica, contribuyendo así al enriquecimiento del saber humano”, el Papa, por otra parte, nos ilustra sobre lo que exige la vida universitaria, afirmando que la universidad se eleva y brinda mucho más. En efecto, es ella, como enseña Antonio Amado, el lugar donde se cultiva el saber superior, aquel que está pensado desde los fundamentos últimos de la realidad y que permite dar sentido y significado a los saberes particulares, esto es, donde la actitud sapiencial busca integrar todo conocimiento en la unidad del saber sobre la realidad. Es a la vez el lugar donde crece y se desarrolla el saber científico que eleva la cultura y el bienestar general, y a la vez, el lugar que orienta ese conocimiento al bien de la persona. Decía Tomás de Aquino que “todas las artes y todas las ciencias se ordenan a una sola cosa, a saber, la perfección del hombre en qué consiste su felicidad”. Por eso, la ciencia en sí misma  no nos dice nada si no está integrada en un orden superior, que es precisamente el de la dignidad de la persona humana. De allí  que bien ha definido la universidad el rey Alfonso X al decir que es “el ayuntamiento de maestros y discípulos que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes” Solo el vínculo voluntario con otros que están movidos por un amor común puede constituir vida universitaria. Amor a la verdad, pero sobre todo, amor a la Verdad, lo cual excede la sola formación intelectual y trasciende a lo humano, a lo moral. Esto es lo que posibilita la formación integral de aquellos que tienen el privilegio de ser parte de ella. Privar a la universidad de esta formación moral, como propia de su misión, es reducirla a un centro de formación técnica que nada tiene que ver con el espíritu que tradicionalmente animaba a dicha institución.

Como se ve, no solo busca la universidad comunicar una serie de habilidades y conocimientos superficiales, sino que busca formar a la persona en su integridad, lo que supone la formación de “todas sus dimensiones”: corporal, afectiva, moral, intelectual e incluso, sobrenatural. De ese modo, el abogado no es solo un profesional que conoce los códigos y procedimientos, sino que ama la justicia y el derecho; el maestro no es solo un funcionario que aplica metodologías y tecnologías en el aula, sino que le mueve la vocación de educar en la verdad, el bien y la belleza; el periodista no es solo aquel que escribe y comunica, sino que defiende la verdad y su conocimiento; el médico no es solo quien trata enfermedades, sino que se busca la salud de las personas, etc. La universidad no solo capacita profesionalmente, sino que eleva humanamente, ya que el auténtico cultivo del conocimiento se vuelve imposible para quien no tiene una disciplina interior que le vincule con el orden de la verdad.

Esta visión de la universidad, consiguientemente, supone y exige entre otras cosas, profesores, o mejor, maestros universitarios que posean no solo una seria formación intelectual que permita comunicar el saber que posee al que no sabe, sino que una humanidad cultivada, un sentido profundo de lo humano y del bien moral, y una libertad orientada a la comunicación de los grandes bienes del conocimiento al servicio de la formación de los alumnos.

En efecto, ser maestro universitario no supone entretener a los alumnos y fomentar sus opiniones y juicios personales, sino transmitirles un saber profundo y hondo sobre la realidad, lo cual exige la posesión de ese saber, el amor por aquello que enseña, por sobre el dominio de la metodología concreta. No es el modo de comunicar lo que sabe lo que mueve al alumno a apasionarse por lo que estudia, sino la profundidad de lo que se le propone y el amor con el que se le transmite. Por otra parte, conscientes de la formación humana, el maestro universitario ha de ser ejemplo vivo para su alumno de aquel ideal de vida que busca proponerle. Como enseña Benedicto XVI: “En ese sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros: personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar, personas convencidas, sobre todo de la capacidad humana de avanzar”.

En lo que respecta a una universidad de inspiración católica, en tanto que universidad, participa de la misma finalidad, esto es, en palabras de Juan Pablo II: “una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales”. No obstante, en tanto que católica se ha de dedicar por entero a “la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida», el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro”.

En efecto, toda universidad católica debe garantizar de forma institucional, esto es, no dejando a la benevolencia de algunos de sus miembros, una presencia cristiana en la sociedad en la que existe, iluminando los problemas y cuestiones más urgentes de la cultura actual. De allí que, como sostenía el mismo Juan Pablo II, “en cuanto católica, debe poseer las características siguientes: Una inspiración cristiana por parte, no solo de cada miembro, sino también de la comunidad universitaria como tal. Una reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones. La fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia. El esfuerzo institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida. Más allá de las dificultades, los que tienen la gracia de ser parte de la vida universitaria, por el bien de los mismos alumnos y de la sociedad, deben esforzarse en llevar a la práctica estos y los anteriores principios

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