Categoría: Historia

  • A ochenta años de la Guerra Civil China

    A ochenta años de la Guerra Civil China

    El largo conflicto que enfrentó a Chiang Kai-shek y Mao Zedong sentó las bases de una tensa y compleja convivencia entre la República Popular China y Taiwán, que perdura hasta hoy.

    Cuando se revisa la historia política del siglo XX, las revoluciones y guerras civiles aparecen como verdaderos puntos de inflexión en los que los países –o incluso áreas geográficas completas– cambiaron violentamente su rumbo. En parte, producto del choque interno de las fuerzas en conflicto, pero muchas veces también por la intervención de actores externos.

    Los ejemplos son variados: México (1910), Rusia (1917), España (1936), Cuba (1959), Irán (1979), etc. Pero en este contexto, la Guerra Civil China (1927-1949) parece haber permanecido en un segundo plano para Occidente. Eso probablemente cambiará durante los próximos meses, en la medida que nos acerquemos a octubre, cuando se conmemoren los 80 años del término de este conflicto que desgarró a China. Pero, ¿cuál fue su origen y de qué manera sus consecuencias persisten hasta hoy?

    Chiang vs. Mao:

    Las primeras décadas del siglo XX fueron particularmente turbulentas para China, que durante el siglo XIX había vivido en carne propia el avance colonial de Occidente, en busca de sus riquezas y materias primas. Esta situación había ido socavando la autoridad imperial, que durante siglos había determinado el presente y el futuro de millones de chinos. Fue así como en 1911, el intelectual y líder político Sun Yatsen –apoyado por militares, comerciantes, estudiantes e intelectuales– fundó en Cantón el Kuomintang: el Partido Nacionalista chino. Sus objetivos eran claros: lograr la unificación nacional, instalar un modelo de democracia al estilo europeo y mejorar el paupérrimo nivel de vida del país.

    Pero para alcanzar esos objetivos, era necesario un cambio radical en la manera en que China había sido gobernada hasta entonces. Y fue así como se produjo el alzamiento de las tropas de Wuchang, con el cual se inició la revolución que terminó con la caída de la dinastía Qing y la abdicación del –literalmente– último emperador chino: Pu Yi (1906-1967). Una figura compleja, trágica y muchas veces contradictoria, que el director de cine Bernardo Bertolucci (1941-2018) logró retratar de manera magistral en su cinta El último emperador (1987), ganadora de nueve premios Oscar.

    Desmantelada la corte imperial, Sun Yatsen intentó iniciar la construcción de las bases de un modelo republicano y, lejos de asumir él mismo la conducción de China, ofreció la Presidencia a Yuan Shikai, un destacado general del Ejército real. Pero la decepción fue temprana, al constatar que Yuan –lejos de promover la consolidación de la joven democracia– prefirió proclamarse como un nuevo emperador.

    A pesar de este episodio, Sun logró reencausar el rumbo de su país, enfocándose en los esfuerzos para resolver complejos temas, como la falta de alimentos y medicinas, además de educación y seguridad. En ese contexto, dos figuras comenzaron a emerger, posicionándose cada una en un segmento diferente del espectro político de la China post imperial: un joven general de nombre Chiang Kai-shek y un profesor de secundaria llamado Mao Zedong. Así, la segunda década del siglo XX vio nuevos cambios en China, como la fundación del Primer Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), en 1921. Y dos años después, Mao fue elegido para el Comité Central, transformándose en el principal dirigente del PCCh.

    El punto es que el Kuomintang veía con preocupación y desconfianza la aparición del comunismo en China. Hasta que, finalmente, Chiang Kai-shek encabezó un golpe anticomunista a espaldas del Kuomintang. Entre 1927 y 1928, Chiang ordenó acabar con el PCCh, llegando a exterminar a cuatro quintas partes de sus militantes, lo que dio inicio a la llamada Primera Guerra Comunista-Nacionalista (1927-1937). A pesar de este golpe directo al corazón del partido, en 1929, el Ejército Rojo conquistó los territorios de Kiangsi y Juichin, donde proclamó el nacimiento de un gobierno pro-soviético, iniciando una fuerte resistencia. Pero ni Chiang ni Mao, inmersos en el fragor de la guerra civil, advirtieron que un nuevo y temido actor regional habría de entrar en escena.

    Un país dividido:

    En 1931, Japón invadió el territorio chino de Manchuria, sumando una conquista más a su larga lista de éxitos militares. Al año siguiente, tomó el control de la importante ciudad-puerto de Shanghai y a partir de ahí siguió adelante con la ocupación del país. Y con esto, China sumó a su guerra civil una invasión de la principal potencia militar de esa época en Asia.

    En los años posteriores, Chiang y Mao enfrentaron a los japoneses por separado, al mismo tiempo que continuaban combatiendo entre ellos. Y aunque también hubo momentos en que unieron fuerzas –el llamado Frente Unido–, estas alianzas fueron frágiles y breves. Finalmente, con la derrota de Japón en 1945, Estados Unidos vio la oportunidad de buscar una solución negociada de la guerra civil. Y para eso, el embajador estadounidense Patrick J. Hurley intentó mediar entre Chiang y Mao, aunque sin éxito.

    De esta forma, tras el fracaso de la opción diplomática, se inició la Segunda Guerra Comunista-Nacionalista (1946-1949), que terminó con la derrota de Chiang, quien junto a sus fuerzas –poco más de dos millones de personas– abandonó China continental para refugiarse en la isla de Formosa (posteriormente, Taiwán), mientras Mao consolidaba su victoria a escala nacional, tras tomar el control de Beijing, en octubre de 1949.

    De esta forma, en el escenario mundial surgieron dos actores diferentes: la República China, bajo el gobierno de Chiang; y la República Popular China, liderada por Mao. En los años posteriores, la comunidad internacional se inclinó abiertamente –en un contexto de Guerra Fría– por reconocer a Taiwán como “la China legítima”, desconociendo al gobierno comunista de Mao. Pero todo eso cambió a partir de 1964, cuando China detonó su primera bomba nuclear. Un episodio que tuvo un profundo impacto mundial. Además, en esos años, el gobierno de Richard Nixon comenzó a ver con interés el distanciamiento de Beijing con Moscú, producto de sus crecientes diferencias políticas. Y apoyó la idea de que China ingresara a las Naciones Unidas.

    El punto fue que el gobierno chino estableció con claridad y  fuerza su posición de que a nivel mundial no existían “dos Chinas” –la República China en Taiwán y la República Popular China–, porque Taiwán era una provincia china “en rebeldía” y no un Estado independiente. Todo esto llevó a que en 1971, Naciones Unidas (a través de su Resolución 2758) estableciera, con el voto de dos tercios de los miembros, que Taiwán dejaba de ser miembro de la ONU, entregando su asiento a China hasta hoy.

    De esta forma, la República Popular China sentó las bases de su política hacia la isla y comenzó su imparable ascenso como potencia mundial. Y, en ese sentido, el histórico viaje de Richard Nixon a China en febrero de 1972 –convirtiéndose en el primer presidente de EE.UU. y de Occidente en visitar este país–, fue la primera prueba de eso.

    El frágil statu quo:

    Chiang Kai-shek murió en 1975, dejando a Taiwán en manos de su hijo Chiang Ching-kuo, quien gobernó la isla hasta su muerte, en 1988. Tras su fallecimiento, lo reemplazó Lee Teng-hui –una importante figura del Kuomintang–, tras ser designado por la Asamblea Nacional. A pesar de eso, años más tarde, en 1996, Lee se convirtió en el primer presidente electo en la historia de Taiwán, iniciando una serie de gobiernos civiles y democráticos.

    Por su parte, Mao Zedong murió en 1976, dejando un vacío de poder que solo pudo ser llenado por otra figura icónica del PCCh, Deng Xiaoping (1904-1997), quien lideró a China durante los turbulentos tiempos del fin de la Guerra Fría, e impulsó las reformas que permitieron posicionar –a partir de la década de 1990– a este gigante asiático como la segunda economía más importante de mundo después de la estadounidense.

    Mientras tanto, la comunidad internacional se inclinó mayoritariamente por formalizar relaciones diplomáticas con Beijing, dejando los vínculos con Taiwán solo a nivel económico y cultural. Actualmente, de los 193 países que son miembros de Naciones Unidas, solo 17 mantienen relaciones diplomáticas plenas con Taiwán. Básicamente, países de Centroamérica y pequeñas islas del Pacífico. En este contexto, en enero pasado, el presidente chino Xi Jinping aseguró que la reunificación con Taiwán será un hecho concreto para 2050 y que, incluso, no descartaba el uso de la fuerza para lograrlo. Palabras que causaron profunda inquietud en las autoridades de esta isla de tan solo 23 millones de habitantes.

    La oferta de Xi Jinping es que Taiwán tenga el mismo estatus que tiene Hong Kong, es decir, el modelo de “un país, dos sistemas”. Sin embargo, si bien la ex colonia británica mantiene su autonomía económica y financiera desde 1997 –cuando volvió definitivamente a manos chinas–, lo cierto es que cuando se realizan elecciones de gobernador, los hongkoneses pueden elegir entre varios candidatos, aunque todos designados por el gobierno en Beijing. Y por eso, el gobierno de la presidenta Tsai Ing-wen ha rechazado de plano las palabras de Xi.

    Al margen de eso, la idea de una reunificación forzada es un tema que también involucra a Estados Unidos, que durante décadas ha protegido a la isla y le ha vendido armas en condiciones privilegiadas. Algo que China siempre ha criticado. Aunque aún faltan décadas para 2050, lo cierto es que las declaraciones de Beijing sobre Taipei reviven un conflicto que se había mantenido relativamente congelado y cuyas implicancias pueden impactar más allá del Asia Pacífico.

    En ese sentido, es muy probable que la conmemoración de los 80 años del término de la Guerra Civil China –en los próximos meses– dé pie a ceremonias a ambos lados del estrecho de Formosa. Pero también será un claro recordatorio de que la relación entre Beijing y Taipei sigue siendo un asunto no resuelto, frente al cual la comunidad internacional ha preferido mantener un conveniente statu quo. La pregunta: ¿por cuánto tiempo más?

  • 11 de agosto de 1968: la toma de la Catedral de Santiago

    11 de agosto de 1968: la toma de la Catedral de Santiago

    La toma de la Catedral de Santiago el día domingo 11 de agosto de 1969 generó enormes repercusiones en el mundo católico chileno y fue un símbolo que visibilizó a distintos grupos rebeldes que surgían en su interior.

    La madrugada del domingo 11 de agosto de 1968 las rejas de la Catedral de Santiago amanecieron con cadenas y candado. De sus torres, que miran a la Plaza de Armas, colgaba un lienzo que decía: “Cristo es igual a la verdad. Por una Iglesia junto al pueblo y su lucha. Justicia y amor”. Un grupo de laicos, sacerdotes y religiosas – llamado “Iglesia Joven”–, realizaron una toma del recinto. Adentro, celebraron una misa, pidieron por las víctimas de la guerra de Vietnam, por los obreros de América Latina y por los procesados políticos de Brasil. La “Iglesia Joven”, con este acto espectacular, buscaba hacer un llamado de atención a los católicos chilenos.

    La toma de la Catedral generó enormes repercusiones en el mundo católico chileno y fue un símbolo que visibilizó a distintos grupos rebeldes que surgían en su interior. La ocurrencia del acto en un recinto religioso era una novedad. En primer lugar, porque las “tomas” eran una práctica política esencialmente de izquierda y los espacios tomados hasta ese momento habían sido fábricas, fundos y terrenos urbanos. Salvo exactamente un año atrás, el 11 de agosto de 1967, en que la Casa Central de la Universidad Católica había sido tomada por un grupo de estudiantes. En segundo lugar, la novedad estaba dada por la participación de sacerdotes en un acto de esta naturaleza.

    La toma de la Catedral –a pesar de no haber durado más de unas pocas horas– puso de manifiesto las divisiones religiosas, ideológicas y políticas que se acrecentaban en el catolicismo chileno. En el debate estuvieron presentes los sacerdotes que –insertos en las poblaciones– pedían mayor compromiso de la Iglesia con el mundo de los pobres; los obispos, desconcertados y tironeados al ver cómo se cuestionaba el sello social y renovador de la Iglesia chilena, y los laicos; algunos participaron y apoyaron la toma, otros se escandalizaron frente a este acto violento –y, para algunos, subversivo– que ponía en evidencia aquel “desvío” posconciliar en que una parte de la Iglesia católica había incurrido. Ahí estuvieron también las fuerzas de derecha que plantearon que era una obra más del comunismo en su escalada por la toma del poder en Chile. Parecía ser que todos los hilos que se estaban discutiendo dentro del mundo católico con respecto a su acción temporal y propiamente política confluían en este acto de ocupación de la Catedral.

    La antesala de la toma fue organizada por el grupo Iglesia Joven, que formaba parte de aquellos sectores críticos que surgían dentro de la Iglesia. Entre sus planteamientos generales, destacaba su deseo de volver al cristianismo de los primeros tiempos. Criticaban la escasa renovación pastoral y acercamiento a los pobres por parte de la Iglesia, y sentían que su posición crítica no trascendía, que no se les tomaba en cuenta en la estructura eclesiástica. Ya habían realizado algunos actos previamente, cómo enviarle una carta al Papa Pablo VI, con motivo de su visita a Colombia, y una protesta de cincuenta fieles como rechazo a la construcción del Templo Votivo de Maipú, en julio de 1968.

    En una jornada de reflexión en la población de Barrancas surgió la idea de realizar un acto contundente, llamativo, que no dejará a nadie indiferente. Así nació la toma de la Catedral. Fueron trece horas las que estuvo en manos de Iglesia Joven. Entre el grupo de laicos estaba el conocido líder sindical Clotario Blest, algunos pobladores pertenecientes a parroquias de la zona sur de Santiago, estudiantes universitarios, como el ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC) y protagonista de la toma de la casa central de la Universidad Católica un año antes, Miguel Ángel Solar, y otros miembros del movimiento cristiano “Camilo Torres”, escindido del Partido Demócrata Cristiano. Entre los participantes también había un grupo de siete sacerdotes: el cura obrero jesuita Ignacio Vergara; el sacerdote de los Sagrados Corazones Carlos Langue; un asesor de la Asociación de Universitarios Católicos, Diego Palma; el español Paulino García y Francisco Guzmán, ambos de la parroquia San Luis Beltrán, y, finalmente, Andrés Opazo y Gonzalo Aguirre.

    El primer sacerdote en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo fue el vicario deán de la Catedral, Augusto Molina, quien debía oficiar la misa de las siete de la mañana ese domingo. Rápidamente informó al Vicario General, monseñor Jorge Gómez Ugarte, quien llegó prontamente. Desde el otro lado de la reja, los ocupantes les explicaban sus motivos, les calmaban diciendo que era una manifestación pacífica y les informaban que ese mismo día en la tarde harían abandono del templo. Las misas dominicales se debieron oficiar en la iglesia del Sagrario, la cual sirvió además de corredor para los periodistas que comenzaron a llegar y la policía de investigaciones que también se hizo presente. Monseñor Gómez fue interrogado por los periodistas tras su encuentro con los ocupantes, señalando: “Todo esto es muy lamentable. Por muy buenas que fueran las intenciones de estos cristianos, no es éste el procedimiento para expresarlas”. Para sorpresa de muchos, Gómez afirmaba no oponerse a las ideas que habían detrás de la toma, sino al procedimiento elegido para manifestarse. Un periodista le interrogó sobre la posibilidad de un desalojo policial de los ocupantes, a lo cual Gómez planteó su total rechazo, aludiendo que la Iglesia se oponía “a cualquier situación de violencia”.

    Como la prensa seguía agolpada a las afueras de la Catedral, los ocupantes decidieron –cerca del mediodía de ese domingo– permitir su entrada para que así fueran testigos de lo que ocurría. En la nave central de la Catedral realizaron una conferencia de prensa y fue el sacerdote español Paulino García el primero en hablar, intentando explicar que no se trataba de una “‘toma’ propiamente tal”, sino sólo de “una manifestación” por parte de un grupo de cristianos en contra del Congreso Eucarístico de Bogotá. El objetivo era “llamar la atención del Papa sobre la realidad latinoamericana”. La prensa fijó su atención también en el emblemático líder sindical Clotario Blest, quien al ser entrevistado puso hincapié en la unidad de los trabajadores y en la posibilidad de plantear un camino juntos los cristianos y los marxistas. “Estaremos de la mano con nuestros hermanos marxistas en la barricada del pueblo contra el capitalismo”, dijo Blest e invitó a seguir los ejemplos de Camilo Torres y el Che Guevara.

    Durante la toma, se distribuyeron algunas proclamas y declaraciones que venían en hojas mimeografiadas, lo que puso de manifiesto la preparación del acto. El tono era de protesta y su alcance era amplio: se protestó contra la Encíclica Humanae Vitae y el autoritarismo del Vaticano en la materia; se denunció una serie de injusticias del sistema imperante, al que llamaron “desorden establecido”, caracterizado por la “violencia de los ricos y poderosos”, “la explotación del hombre por un sistema basado en el lucro”, “el imperialismo internacional del dinero”, “el engaño de una falsa democracia”, “la segregación racial, cultural y económica” y “la instrumentalización de la educación a favor de las clases dirigentes”.

    Una de estas proclamas, “Manifiesto de la Iglesia Joven”, fue la que tuvo mayor publicidad y difusión en la prensa. En ella se expresaron los motivos de la toma. En primer lugar, dejaban claro que la manifestación no era contra el Cardenal ni tampoco contra el Papa, sino contra “las estructuras caducas” de la institución eclesiástica. Planteaban un cambio dentro de la Iglesia, sobre todo en torno a los valores actuales de obediencia, disciplina, uniformidad, prudencia, por otros más evangélicos, como pobreza, libertad, servicio, comprensión abierta y audaz. La Iglesia tenía una esencia autoritaria, que no respetaba las opciones de cada persona, y además daba excesiva importancia a los sacramentos. La acción de la Iglesia debía estar más enfocada en llevar al hombre a comprometerse con la vida y su pobreza debía ser visible y tangible. Pedían una Iglesia libre, que se desentendiera de las rigideces y de aquellas estructuras que se imponían desde Roma. Se declaraban una “Iglesia del pueblo”, que estuviera con los pobres no solo compartiendo su miseria, sino también sus luchas, para terminar haciendo un llamado a un compromiso con “la auténtica liberación del pueblo”.

    La toma de la Catedral tuvo una serie de símbolos religiosos y políticos que se realizaron en su nave central. Los ocupantes celebraron una misa, pero no en el altar central, sino en un altar improvisado por una mesa, rodeada de bancas. La eucaristía se hizo con panes y vino, que se partieron y compartieron entre los asistentes, y dentro de las lecturas bíblicas se analizó el pasaje en que Jesús expulsaba del templo a los mercaderes. Jóvenes con guitarras entonaron himnos y canciones no cantadas comúnmente en misa. Al término de la misa, al momento de las letanías, cada concurrente fue improvisando una plegaria, en las cuales se pidió “por el angustiado pueblo de Biafra que muere de hambre”, “por los caídos en la absurda guerra de Vietnam”, “por el pueblo uruguayo que lucha por una vida mejor”, “por todos aquellos hermanos nuestros que han muerto en las luchas por la libertad de América Latina”. Tras lo cual el resto repetía “escúchanos Señor te rogamos”.

    Por la tarde, los cantantes de música folklórica Ángel e Isabel Parra interpretaron su “Oratorio para el Pueblo”, serie de diez canciones de sello folklórico. Frente a esto, una reportera comentaba atónita que dicho acto se asemejaba más a “la Peña de los Parra” que a un acto litúrgico. Pasadas las cinco de la tarde los ocupantes abandonaron la Catedral. La salida se hizo de forma ordenada y pacífica, mientras un tumulto de gente los esperaba afuera. La Plaza de Armas se convirtió en un foro ciudadano. Grupos a favor y en contra discutían y se enfrentaban apasionadamente entre sí. Hasta ahí llegaron algunos miembros del Grupo “Tradición, Familia y Propiedad”, quienes gritaban consignas especialmente dirigidas en contra de los sacerdotes que habían participado: “¡No queremos curas marxistas!”.

    Las consecuencias de la toma de la Catedral fueron enormes y tal como sus organizadores querían, el mundo católico no quedó indiferente. La toma causó un gran revuelo en la prensa –que duró por varias semanas–, sobre todo en aquella vinculada a la derecha. Una prueba de esto –específicamente en El Mercurio de Santiago y Valparaíso–, fue la notoria publicidad de los sucesos de Santiago, a diferencia de la escasa cobertura de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano que se encontraba por esos días reunida en Medellín. La jerarquía eclesiástica, representada en la figura del cardenal Silva Henríquez, quedó sorprendida y podríamos decir sobrepasada por la toma de la Catedral. No comprendía el fundamento y los motivos de aquellos grupos cristianos que habían participado, y, sobre todo, no entendía la prepotencia y violencia que este acto encerraba. Los obispos de Valdivia, José Manuel Santos, y de San Felipe, Enrique Alvear, emitieron una declaración pública en defensa del Cardenal, condenando el “sufrimiento injusto inferido” a este. Los argumentos centrales fueron que la Iglesia de Santiago había dado pruebas claras de un mayor servicio a los pobres, de estar en la línea del Concilio. Por tal razón, el acto de la toma no podía ser explicado, ni “cristiana” ni “razonablemente” por parte de sus autores.

    El Cardenal, un par de días después, a través de una declaración oficial junto a algunas autoridades de la Arquidiócesis de Santiago, se refirió a estos hechos. Los obispos mostraron su desconcierto y defendieron el trabajo apostólico de la Iglesia de Santiago con su “generosa entrega al servicio de los humildes”. El desconcierto era aún mayor al considerar la vocación de diálogo y “equilibrada apertura” hacia todas las tendencias dentro del catolicismo, incluida la Iglesia Joven. Los obispos usaron duras palabras como “extremismo”, “motín”, “escándalo” y “profanación” en contra de “las hermosas tradiciones de nuestra patria en materia religiosa”. Según ellos, en la toma había primado la violencia y se había olvidado el amor, por lo que la crítica más dura se dirigió a los sacerdotes participantes, “los principales culpables de este acto de violencia”: “La acción de unos pocos sacerdotes descontrolados, olvidados de su misión de Paz y Amor, ha llevado a un grupo de laicos y de jóvenes a efectuar uno de los actos más tristes de la historia eclesiástica de Chile”.

    Por todas estas razones, las autoridades eclesiásticas decidían sancionar a los sacerdotes participantes, con una suspensión ad divinis, que les privaba de realizar sus labores sacerdotales. Dicha medida tendría vigencia hasta que los sacerdotes recapacitaran y manifestaran personalmente su obediencia y respeto a la jerarquía eclesiástica. Por último, los obispos hacían una invitación amplia a todos los fieles para ofrecer una misa de desagravio tras “los enojosos acontecimientos que hemos presenciado”. Algunos de los laicos participantes en la toma intentaron poner paños fríos en el debate. Defendieron a los sacerdotes y manifestaron que estos no los habían influido ni mucho menos manejado, sino por el contrario, que era un acto de esencia laica, surgido como iniciativa de los mismos obreros. De tal modo, si la jerarquía eclesiástica se decidía a castigar, este castigo debía ser para “todos los participantes, o ninguno de ellos”.

    Asimismo, los laicos se defendieron de las acusaciones de profanación, destacando la esencia religiosa de esta “convivencia comunitaria”, semejante a las reuniones de los “cristianos de los primeros tiempos”. Se debía, por tanto, dejar de lado el acto de toma de la Catedral para observar la reunión que se había generado, caracterizada por su “meditación, recogimiento y oración”.

    Los sacerdotes participantes de la toma y castigados por el Cardenal le enviaron inmediatamente una carta personal que explicaba las motivaciones de sus acciones. En la misma línea que los laicos, los sacerdotes argumentaban que su acción era una prueba de  “solidaridad” con el pueblo, a lo que agregaban una disculpa frente al posible daño provocado a su persona. Se refirieron a la suspensión ad divinis, pidiendo que se les levantara para “poder continuar en el sincero y entusiasta servicio del Pueblo de Dios”. Finalmente, denunciaban las malas intenciones y malentendidos surgidos tras la toma, considerando incluso “falsas y sensacionalistas” algunas de las noticias publicadas en torno a ella. Tras esta misiva, el cardenal Silva Henríquez decidió levantar su sanción y, con esto –en vez de calmarse– la polémica se encendió aún más.

    El día 15 de agosto, el Cardenal intentó cerrar el debate en un acto litúrgico en la misma Catedral. En su homilía se encargó de aclarar que la misa no representaba condenación o sentencia contra nadie, e incluso se atrevió a plantear una serie de cuestionamientos a la estructura eclesiástica: “Creíamos a nuestra Iglesia sin manchas ni arrugas […] Creíamos que deseando el progreso estábamos ya cumpliendo. Nuestra entrega a los demás no ha sido suficiente. Tal vez sentíamos demasiado el peso de la autoridad”. El Cardenal también mostró palabras de comprensión hacia los sacerdotes que habían participado en la toma. Ellos eran quienes palpaban a diario “el dolor, la injusticia, el hambre y la miseria” de los pobres. Esta realidad, decía el Cardenal, “les ofusca el corazón y tal vez el razonamiento”. Ellos llevaban “ese dolor y esa cruz”, por lo tanto, había que tenerles “una tremenda comprensión”.

    A pesar de este arreglo de cuentas entre el Cardenal y los sacerdotes participantes, el debate intraeclesial estaba lejos de acallarse y en este aparecieron temores que sobrepasaban el suceso mismo de la toma. Un elemento común de las críticas de círculos clericales fue centrar su argumento en los excesos y desviaciones en las que incurrían algunos sacerdotes y el daño que esto causaba a la institución. El Cardenal debió salir a calmar los ánimos, como se puso de manifiesto en un intercambio epistolar con un grupo de sacerdotes de Santiago. Estos temían por la “crisis de autoridad” en la Iglesia de Santiago, al tiempo que se preocupaban por el “estupor y escándalo” que este tipo de acciones causaba en los creyentes y las “nuevas rebeldías” que podrían surgir dentro del clero.

    A los pocos días, el Cardenal afirmaba que detrás de este acto había “buenas intenciones”, cargadas de “ardor y espíritu juvenil”. Estas acciones respondían al clima de “incertidumbre” y “confusión” generado por la puesta al día de la Iglesia católica. El tema central para él estaba dado por el olvido de aquella “parte sobrenatural y espiritual” de la Iglesia católica y por una sobrevaloración, a sus ojos equivocada, de la Iglesia como “estructura puramente humana”. Dentro de los artículos publicados en las revistas católicas, una de las críticas más duras a los sacerdotes provino de un sacerdote español que trabajaba en una población marginal de Santiago. Para él, la acción de los sacerdotes en la toma solo era una expresión de un “aggiornamento desviado y malentendido”. El problema central era la incomprensión de los sacerdotes participantes sobre las verdaderas necesidades de los pobres. Estos, al igual que los clérigos revolucionarios de América Latina, habrían pasado de “unos santos anticuados” a otros “nuevos santos”, inspirados en el Che Guevara y Camilo Torres.

    El debate sobre los sucesos de la toma de la Catedral copó la prensa nacional. Se hicieron muchas lecturas e interpretaciones y la prensa escrita se volvió un actor protagónico de este episodio. La prensa pasó a ser una trinchera ideológica en torno a la acción de la Iglesia católica en la sociedad y como –certeramente– puso en evidencia la revista satírica Topaze enfrentó a los sectores de la izquierda y la derecha del espectro político. Para la derecha esto era un acto de violencia y rebeldía, caracterizado por sacerdotes y religiosas con rostros enfurecidos, cargando metralletas y en actitud de guerrilleros. Por el contrario, para la izquierda este parecía ser un acto inofensivo, de impronta religiosa y prueba de una piedad tradicional, representado por un grupo de sacerdotes y religiosas que rezaban de rodillas y elevaban su vista al cielo. Al igual que en la realidad, el acto de la toma parecía ser un problema de carácter clerical y no laical. En ese mismo número, Topaze le dedicaba otra caricatura al tema. Una serie de imágenes describía lo ocurrido dentro de la Catedral y los comentarios posteriores. Hervi con sus caricaturas y humor satírico recreó algunas escenas de la toma y lo que allí ocurrió. Una mirada detallada de estas caricaturas nos pone de manifiesto los elementos y símbolos religiosos que estaban en el centro de la polémica.

    En primer lugar, los protagonistas de la toma y del debate posterior eran principalmente miembros del clero. En segundo lugar, se dejaban ver algunas características exteriores que ponían de manifiesto las diferencias entre aquel clero tradicional y el clero participante de la toma. Estaba aquel nuevo sacerdote, vestido de seglar, con solo una pequeña cruz en la solapa de su chaqueta. Se mostraba relajado, miraba a los manifestantes con cara sonriente, mientras bebía vino del cáliz. A simple vista parecía ser más una manifestación callejera que un rito católico, salvo por un par de símbolos religiosos sobre el altar. Estaban también los sacerdotes y obispos a la vieja usanza, con sotana negra, capa eclesiástica, sombrero de teja y un gran crucifijo colgado al cuello. Uno de ellos con el rostro tenso e irritado, sentenciaba: “Todo empezó cuando se pusieron los pantalones… No sé en qué va a terminar esto”.

    En la crítica de la prensa de derecha se dejó ver el trasfondo político-ideológico que esta atribuyó al acto de la toma. La prensa conservadora, El Diario Ilustrado, centró su crítica en los sacerdotes, a quienes llamó “rebeldes” y exponentes de “una infiltración del comunismo”. El comunismo actuaba encubiertamente a través del uso de guitarras en la liturgia y en el acto de fumar dentro de un recinto eclesiástico. Pero también hacía uso de una de sus prácticas esenciales: el uso de la violencia. El problema estaba en que ahora se evidenciaba un nuevo tipo, la “violencia religiosa”, la que alcanzaba incluso los “lugares sagrados”. Este medio de prensa aprovechaba también de criticar a la jerarquía eclesiástica y en particular a los jesuitas, aludiendo a su grado de responsabilidad en este episodio, al alentar desde hacía ya varios años “todos los movimientos de desquiciamiento y de desorden entre los católicos”. La toma de la Catedral, bajo esta perspectiva, solo venía a poner en evidencia su posición “equivocada” y el mal que habían causado al ahondar y profundizar las diferencias entre los católicos.

    El periódico El Mercurio de Santiago fue uno de los medios de prensa más críticos con el acto y lo conectó directamente con la toma que un año antes había ocurrido en la casa central de la Universidad Católica. El Mercurio fue uno de los mayores opositores a la toma de 1967, afirmando que detrás estaba el Partido Comunista. Esto generó un gran debate y desembocó en el emblemático cartel colgado en el frontis de la universidad: “Chileno: El Mercurio miente”. De igual forma El Mercurio vio la mano del comunismo en la toma de la Catedral. Su preocupación se evidenció en la extensión de su cobertura de la noticia, la centralidad que otorgó en profundizar sobre algunos signos y episodios, además del interés por recopilar las reacciones adversas al acto. Al día siguiente de la toma, El Mercurio describió en detalle los sucesos ocurridos considerándolos “un acto litúrgico desconocido”. Luego incluyó las reacciones de la jerarquía chilena, así como de las otras iglesias de América Latina, que expresaron su rechazo a este “gesto exhibicionista” y “escándalo a la francesa”. Por último, se incorporaban las reacciones de la Santa Sede publicando íntegramente la editorial de L’Obsservatore Romano que había calificado de “profanación” todo lo ocurrido dentro de la Catedral.

    El Mercurio reparaba no solo en el acto de ocupar la Catedral, sino también en las múltiples desviaciones y desórdenes que a sus ojos habían ocurrido dentro de este recinto. El símbolo de un sacerdote fumando en su interior fue uno de los elementos más llamativos para este medio de prensa. La foto del sacerdote español Paulino García fue reproducida varios días seguidos, e incluso, en una de sus ediciones el cigarro era destacado en un círculo. El cigarro de García pasó a ser el símbolo más evidente de la rebeldía del clero y de la transgresión de este acto. Fue calificado como “un acto profanatorio” de todo lo sagrado que había en la Catedral. El Mercurio también reparó en el evidente desorden y suciedad de la Catedral, “con cientos de colillas de cigarrillos en su interior”. Se habrían necesitado varias jornadas de trabajo y un grupo de auxiliares especiales para realizar una “prolija limpieza” en el presbiterio. Sin embargo, lo más grave de todo parecía ser un rayado que había aparecido en la tumba de Monseñor José María Caro: “El pueblo está sufriendo”, firmado por las Juventudes Comunistas. Con este acto, a todos los daños físicos infringidos, se le agregaba, lo que calificaron, un “daño moral” de mayor gravedad.

    Para El Mercurio este rayado pasaba a ser la prueba que desenmascaraba el trasfondo político partidista que había tras la “ocupación” de la Catedral y ponía en evidencia la influencia comunista, a pesar de que sus ocupantes intentaran desmentirla. En una editorial publicada el 13 de agosto, el movimiento Iglesia Joven era calificado de “grupillo”, cargado de “un sentido belicoso y violento”. Iglesia Joven seguía “las aguas de un movimiento amplio de rebeldía espiritual y social” que tenía “sus maestros, sus estrategas y sus agitadores” reconocibles que no pertenecían a la Iglesia, como se evidenciaba en el uso del escándalo como “herramienta subversiva” y el deseo de “derribar las respetabilidades, de desquiciar las instituciones y de desafiar las normas”.

    Para El Mercurio era evidente que la toma de la Catedral tenía un “carácter ideológico”, que se expresaba en “una rebeldía en contra de las estructuras del poder eclesiástico” y en “un afán de situar a la Iglesia Católica en la línea de la protesta que esgrime la nueva izquierda marxista”. Concluía entonces la existencia de una “ultraizquierda cristiana” y una “nueva izquierda católica”, caracterizada principalmente por “su obsesión por el poder para impulsar la revolución permanente”. La crítica de El Mercurio una vez más se entrelazaba con los sucesos de un año atrás con la toma de la Universidad Católica. Ahí la jerarquía eclesiástica había actuado de forma indulgente frente a signos de clara rebeldía. Ahí también estaba esta “izquierda católica”, la cual no había sido detectada ni mucho menos frenada por la jerarquía de la Iglesia. En aquella ocasión habían sido objeto de “la más injuriosa ofensiva publicitaria” por haber denunciado la influencia marxista en dicha ocupación.

    La toma de la Catedral, a ojos de El Mercurio, venía a darles la razón: “Las aseveraciones responsables de este diario acerca del espíritu y carácter de la ocupación de la Universidad Católica han resultado desgraciadamente confirmadas por los hechos, como lo saben ya quienes, en agosto del año pasado, creían de buena fe, lo contrario”. En medio de esta polémica la revista Mensaje intentó tomar distancia y analizar la toma y sus repercusiones. En primer lugar, la consideró un acto “inusitado”, “precipitado” y “no justificado” que dificultaba todo intento de diálogo entre los católicos. Mensaje defendía a la jerarquía de la Iglesia e indicó que los calificativos usados por Iglesia Joven de ser una jerarquía “retrógrada” y “alejada de los anhelos del pueblo” solo constituían una imagen “falsa e injusta”. Uno de sus objetivos centrales fue desviar la atención sobre los sacerdotes participantes y volverla hacia los laicos, de modo tal de aliviar a aquéllos de las responsabilidades en este acto. Eran estos laicos, en su mayoría obreros, los “que trabajaban y sufrían en carne propia las injusticias de nuestras estructuras”, quienes pedían a la Iglesia estar “más efectiva y visiblemente junto al pueblo”.

    Esta revista intentó destacar la esencia religiosa y el compromiso evangélico del acto: la misa celebrada por los “rebeldes”, sus letanías “de alcance ecuménico”, sus diálogos y reflexiones “que fueron borrando diferencias entre obreros, universitarios, profesionales e intelectuales”. Todo esto podía considerarse “el germen de una profunda y auténtica renovación en el cristianismo de nuestra Patria”. El diario comunista El Siglo también dedicó una extensa cobertura a la toma de la Catedral, sobre todo por las acusaciones directas que recibió el Partido Comunista chileno de estar detrás del acto. Para El Siglo la toma de la Catedral formaba parte de una rebelión de los católicos: una muestra de “repudio” hacia aquellos “vicios de la Iglesia” y una aspiración de “identificarla con el pueblo”.

    El Siglo respondió con firmeza a las acusaciones que había recibido de El Mercurio. Le acusaba de levantar “mentiras” y “calumnias” en toda su interpretación de la ocupación de la Catedral. “La certera acusación de los estudiantes de la Universidad Católica, CHILENO: ‘EL MERCURIO’ MIENTE, ha sido ratificada una vez más por los hechos”: “¡Así se definen y redefinen los sectores económicos más poderosos del país! ¡Ay del que lesione en algo sus posiciones! ¡lanzarán toda su maquinaria propagandística y económica para aplastarlo!” […] Pero los errores se les acumulan, se les acumulan y terminarán derrumbándose alguna vez para siempre”. La aproximación al marxismo, a pesar de que no se evidenció en el acto mismo de la toma ni en los documentos publicados por Iglesia Joven, se puso al poco tiempo de manifiesto en las declaraciones utilizadas por algunos de los ocupantes de la Catedral. El sacerdote chileno, Diego Palma, entrevistado por una periodista de El Mercurio en noviembre de 1968 –en tono relajado y lenguaje juvenil– se abría a considerar las posibilidades de un camino compartido entre marxismo y cristianismo. El primero vendría a aportar sus herramientas de análisis económico y social, dejando de lado todo su componente ideológico. Pero fue sobre todo la prensa de izquierda, tanto aquella cercana al Partido Comunista como también al MIR, la que se aventuró en destacar las posibilidades que se abrían para América Latina a través de un diálogo cristiano-marxista.

    La prensa comunista El Siglo destacó la toma de la Catedral como un hito más en aquella historia de convergencias políticas y sociales de cristianos y comunistas, siguiendo la línea de Juan XXIII y Pablo VI quienes defendían “una apertura de los católicos hacia las masas trabajadoras” y se abrían a dialogar con los marxistas. Este diálogo o convergencia no estaría relacionado con un vínculo intelectual, o como llamaron, una “osmosis teórica” entre ambos pensamientos, sino más bien respondía a un deseo de “mancomunar esfuerzos para luchar contra el imperialismo y contra las oligarquías, a fin de desterrar la miseria”. Por su parte, Punto Final mostraba su entusiasmo con el surgimiento de un grupo como Iglesia Joven, al que consideró un movimiento que recuperaba el “verdadero sentido del Evangelio” y que tenía como objetivo central la unidad de la clase trabajadora, siguiendo los modelos de Camilo Torres y el Che Guevara. En sus páginas se incorporaron largos comentarios de Clotario Blest, quien además de hacer su propia interpretación de la toma, sentó las bases del diálogo cristiano-marxista. Blest, con originalidad y atrevimiento, analizaba lo ocurrido en la Catedral como un “acto religioso”. Ahí se había orado con “singular fervor y emoción” y se había cantado con guitarras como el pueblo solía hacerlo.

    La crítica que algunos sectores católicos más tradicionales, como L’ Observatore Romano, había puesto en evidencia, no era más que otra prueba de que a la jerarquía de la Iglesia no le gustaban las expresiones del pueblo. Blest negaba cualquier acusación de “profanación”, planteando que “los verdaderos profanadores del templo de Dios” eran “todos aquellos que entran a él con la bolsa bien llena de escudos y de dólares, robados a sus trabajadores y campesinos”. El marxismo de Blest se evidenciaba en su análisis de la realidad latinoamericana bajo la óptica de la lucha de clases. En esta, la Iglesia Joven se ubicaba “en la barricada de los explotados” sin descartar el uso de la violencia como “un último recurso popular” para conseguir sus reivindicaciones. Para Blest existían elementos fundamentales que homologaban al cristianismo y marxismo: la redención integral del pueblo, la desaparición de las clases sociales, la igualdad y la comunidad de bienes según la necesidad de cada persona o núcleo familiar y, principalmente, la búsqueda de “la felicidad del hombre en esta tierra y no solo esperanzarlo en un cielo donde volverán a encontrarse con sus explotadores y victimarios”.

    Casi dos meses después de la toma, la jerarquía eclesiástica, intentando dar algunas directrices para ordenar el ambiente posconciliar chileno, volvió a aludir a los sucesos de la Catedral. Los obispos resaltaron principalmente las definiciones irreconciliables de los católicos hacia su Iglesia. Se hablaba de una “Iglesia de los pobres”, de una “Iglesia de los jóvenes”, de una “Iglesia tradicional”, de una “Iglesia oficial”, de una “Iglesia clandestina” y de una “Iglesia nueva”. El llamado entonces era a dejar de lado las manipulaciones mundanas y políticas de la Iglesia, lanzando la pregunta: “¿Nos hemos abierto totalmente a su Evangelio, a todas sus exigencias, o hemos elegido arbitrariamente tal o cual versículo que usamos en apoyo de una tesis respetable, pero solamente humana?”.

    Los alcances teológicos de este cuestionamiento fueron evidentes y los obispos manifestaron su interés de que la acción social fuera complementada con “el estudio de su palabra” y “la contemplación de su misterio”, lo cual resumían en la frase “para ser sociólogo o promotor del desarrollo humano” el cristiano debía “ser primero un creyente y un testigo”. La jerarquía eclesiástica intentó frenar los excesos y confusiones que surgieron dentro de algunos miembros del clero por un compromiso apostólico cada vez más politizado. A comienzos de 1970, el Cardenal Silva Henríquez plantearía que el sacerdote estaba llamado a ejercer una acción social, pero no tenía permitido participar en política, salvo en un plano personal y reservado. La política era un terreno propio de los laicos. La jerarquía cambió el tono de sus pastorales anteriores y enfatizó las funciones pastorales de la Iglesia. Sin embargo, ya existía una simbiosis entre lo pastoral y lo social, entre lo pastoral y lo político, que parecía difícil de romper y el acto de la toma de la Catedral lo puso de manifiesto. En términos políticos, este evento enfrentó a los extremos: aquellos que estaban por una Iglesia más comprometida políticamente en la liberación del pueblo contra los que vieron en ella un acto de subversión católica y una izquierda católica.

    Pero la toma de la Catedral también tuvo un trasfondo religioso y sacó a relucir las tensiones existentes dentro de la Iglesia chilena. Puso de manifiesto aquel difícil equilibrio entre el trabajo espiritual y el trabajo temporal de la institución eclesiástica. Las preguntas que resonaron detrás de la espectacularidad del acto se relacionaron con la verdadera misión de la Iglesia y del sacerdote, temas que a partir de entonces estarían en el centro del debate católico local y global

  • “La última cena”  de Leonardo da Vinci sus misterios revelados

    “La última cena” de Leonardo da Vinci sus misterios revelados

    Al cumplirse 500 años de la muerte de uno de los más grandes genios de la historia de Occidente, revelaremos algunos de los misterios de su obra más emblemática: “La última cena”.Hace 500 años, un día 2 de mayo de 1519, después de pedir su extremaunción en el Castillo de Clos-Lucé, Amboise, murió en los brazos del rey de Francia Francisco I, según cuenta una improbable leyenda. 

    Leonardo es el prototipo más acabado del genio del Renacimiento. Esta época, que abre el paso a la Modernidad, nos presenta un nuevo tipo de hombre que se encarna en dos modelos: los “pioneros” y los “patriarcas”. Los pioneros son los célebres hombres encargados de abrir el período que conocemos como Renacimiento, los que inician el despertar del arte y el humanismo en Florencia. Filippo Brunelleschi, Donatello, Paolo Ucello o Lorenzo Ghiberti serán algunos de los que les corresponderá inaugurar esta nueva época y sentar los cimientos del nuevo lenguaje de la arquitectura, la pintura, la escultura y el dibujo. Ellos van a posicionar a la ciudad de Florencia como la capital cultural de Occidente durante el Quattrocento. Los patriarcas, por su parte, fueron aquellos pro-hombres que llevaron el Renacimiento a sus más altas cumbres. Es la generación siguiente, y que estará compuesta, entre otros, por los tres grandes genios: Leonardo, Miguel Ángel y Rafaello. Todos ellos, junto a los humanistas, convirtieron a la ciudad de Florencia en un hervidero de ideas, que se exportarán por la península italiana primero, para después tener una cierta expansión por el resto de Europa. Para aproximarnos al fenómeno, debemos saber que en la Florencia del siglo XV una tercera parte de sus habitantes sabía leer y escribir, lo que constituía la tasa más alta de alfabetización en la Europa de entonces.

    Estos artistas se desplazaban a las distintas cortes buscando mecenas que requiriesen sus servicios, para desarrollar sus inquietudes y estar tranquilos en el plano económico. Por esta razón, me quiero referir a una obra cumbre pintada por Leonardo da Vinci durante su larga estancia en la corte milanesa de Ludovico Sforza, entre 1482 y 1500. Lorenzo de Médici había enviado a Leonardo a la corte de Ludovico con el propósito de afianzar relaciones con este importante rival. Leonardo le entrega a Sforza una carta de Lorenzo, donde este indica que las habilidades de da Vinci son muchas y muy variadas, destacándose en las áreas de la ingeniería y las invenciones. Al final de la carta incluyó que además pintaba.

    Analicemos entonces uno de sus cuadros más famosos y enigmáticos: “La última cena”, pintada en los muros del refectorio del convento dominico de Santa Maria delle Grazie en Milán durante los años 1495-1498. El refectorio era donde comían los frailes predicadores, de allí que el tema de “La última cena” fuera muy adecuado para ese lugar. El sitio elegido para el fresco fue el muro norte, que colinda con la cocina, y abarcaba todo su ancho, 880 cm por 460 cm de alto.

    El convento, con su correspondiente iglesia, había sido elegido por Ludovico para crear un panteón para él y su familia. Se cuenta que habitualmente había personas sentadas en el refectorio, en silencio, mirando cómo el maestro trabajaba en esta impresionante obra. Según nos cuenta un sacerdote de la orden, Leonardo solía llegar a primera hora de la mañana, se subía al andamio y trabajaba en la obra hasta el final del día. Otras veces, iba un par de horas a contemplar su obra sin pintar nada. Este trabajo reflexivo e incluso obsesivo –su divisa era el obstinate rigore–, se contradecía con la técnica del fresco, cuya pintura embebida en yeso era de secado muy rápido, impidiendo meditar durante su ejecución. Para retardar el proceso, Leonardo mezcló la técnica del fresco agregando óleo, que tenía un secado muchísimo más lento, lo que le permitiría meditar más acerca de la acción o dinamismo que quería imprimirle a la acción. Lamentablemente, esta idea trajo su desgracia. El muro que colindaba con la cocina, como se podrá imaginar, absorbía la humedad y vapores propios de la actividad de una cocina, por lo que el óleo selló los poros del muro, impidiéndole respirar. Esto hizo que aun en tiempos de Leonardo, fuera llamado a restaurar su magnífica obra. A través de estos 500 años, muchas manos fueron las que intervinieron el fresco para conservarlo, con diversos grados de talento, y a veces con carencia de él. Lo que podemos ver hoy es un pálido reflejo de lo que debió ser esta soberbia obra. Así y todo, es una experiencia memorable.

    Uno de los muchos méritos que presenta “La última cena” de Leonardo es lo que denominaremos “transitividad”, es decir, cómo la acción viaja y transcurre dentro del cuadro, plasmando el movimiento y las emociones en sucesivas oleadas, representando las diversas reacciones, escenificando un drama coreografiado por los distintos participantes del relato en cuestión, de una manera tal, que asemeja a un Evangelio dramatizado. El relato está basado principalmente en la versión de san Mateo y también de san Juan, y transcurre entre el preciso momento en que Jesús anuncia solemnemente que uno de los presentes lo va a traicionar o entregar, hasta el momento previo en que se iniciará la consagración eucarística. En general, el episodio preferido de “La última cena” para ser representado por los artistas no era la consagración de las especies –el pan y el vino–, tampoco el significativo episodio del lavado de pies, o las últimas enseñanzas de Cristo a sus apóstoles, sino que era habitual representar el anuncio de la traición. El motivo eucarístico recién será desarrollado a partir del Concilio de Trento (1545-1563) para rebatir algunos postulados con respecto a esta y otras cuestiones.

    Trescientos años de dominación griega y 100 años de dominación romana habían posibilitado la helenización y romanización de algunos hábitos de la cultura judía, por lo que no es extraño que tanto “La última cena” y otros episodios en torno a la comida narrados en los Evangelios hayan ocurrido según la usanza de estos. Por eso es muy probable que hayan sido realizados a la manera clásica con triclinium, es decir, con el pecho de uno recostado sobre el pecho del que está detrás, con los pies hacia atrás. Esta forma permite explicar por qué Juan estaba recostado en el pecho del Señor, según una postura normal y no forzada, como cuando lo vemos en las representaciones medievales o renacentistas. También nos explicaría cómo María Magdalena lavó con sus lágrimas los pies de Cristo. Sería como el cuadro de Nicolás Poussin del barroco francés.

    La narrativa del Evangelio que se relata en el fresco arranca cuando Jesús les anuncia que esa noche, uno de ellos le traicionará. Todos saltan hacia atrás, turbados y ofendidos, preguntándose quién es ese que lo traicionará, y todos hacen una introspección. Jesús queda completamente solo al centro de la composición, como en una especie de intriga de anticipación de la soledad que habría de vivir en el Calvario en tan solo unas horas. Pedro se acerca a Juan y le conmina: “Juan, tú que estás recostado en el pecho del Señor, pregúntale quién es el que le ha de traicionar”. Juan le preguntará aquello al Maestro y este le responderá: “el que ha metido conmigo la mano en el plato, ése me entregará” (Mt. 26, 20-25 y Mc. 14, 17-21).

    El fresco es una obra maestra en cuanto al tratamiento de la acción que se despliega tras este anuncio, pues Leonardo intuía, como se sabe hoy, sobre la relevancia de la comunicación no verbal. El investigador Albert Mehrabian descompuso en porcentajes el impacto de un mensaje: 7% es verbal, 38% vocal (tono, matices y otras características) y un 55% señales y gestos. Pues bien, es en esas señales y gestos donde Leonardo quiso poner el acento dramático del relato de “La última cena”. Para ello estudió con suma detención y diligencia cada aspecto del movimiento y expresión corporal y de gestualidad de los rostros. El resultado, una sorprendente transitividad que recorre la obra, como una piedra que cae sobre el agua iniciando una serie de ondas en la superficie. La piedra es el anuncio de la traición que hace Jesús y que hace vibrar toda la escena, dividiendo a los apóstoles en cuatro grupos de a tres: seis ubicados a la misma altura de Jesús, otros tres levemente más abajo y otros tres un poco más arriba, generando esa onda que recorre toda la escena.

    Este cuadro desató una gran polémica a partir del libro de Dan Brown, el Código da Vinci (2003), que se inspiraba a su vez en el Enigma Sagrado (1982) de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, y en La revelación de los Templarios (1997) de Lynn Picknett y Clive Prince. La hipótesis que maneja es muy sugerente por el giro argumental que intenta sostener. Las atractivas pruebas que presenta despiertan teorías conspirativas que pondrían en duda la divinidad de Cristo, que san Juan, por sus rasgos afeminados no sería tal, sino que María Magdalena, con la cual el propio Cristo se habría unido en matrimonio y engendrado una descendencia, y que el Santo Grial no sería un cáliz –que no aparece en el cuadro–, sino que sería una especie de acróstico que significaría Sangre Real, que aludiría a la supuesta descendencia de Cristo. Además, Leonardo habría sido Gran Maestre de una Logia hermética esotérica denominada el Priorato de Sión, que hundiría sus raíces en el origen de la orden de los Templarios. El fresco de “La última cena” tendría todos estos códigos ocultos. Veamos algunos:

    El cáliz sería el triángulo que queda entre las figuras de Juan (o Magdalena) y el Santo Grial sería la Sangre Real del linaje entre Cristo y Magdalena. Las figuras de Cristo y la supuesta María Magdalena forman una gran M, que haría alusión a los conceptos de Magdalena, Matrimonio y Maternidad. Si desplazamos la figura de Magdalena al costado izquierdo de Cristo, los colores de los ropajes de ambos, que están invertidos, se acoplan formal y cromáticamente, revelando un fuerte afecto entre ambos.

    El rostro de san Juan es completamente afeminado si se le observa de cerca y con detención. También si lo comparamos con otras imágenes femeninas hechas por Leonardo. Podemos incluir también el boceto del rostro para san Felipe, el discípulo griego de Jesús, para “La última cena”. La verdad es que debemos reconocer lo imaginativas, atractivas y estimulantes que son estas interpretaciones. Pero están equivocadas, porque el relato que narra da Vinci es absolutamente ortodoxo y conforme a los Evangelios. Veamos: vasos sí hay, y Jesús está a punto de tomar uno de ellos. El rostro de Juan está atento para ver quién será el discípulo que untará el pan en el pocillo cercano a Jesús.

    Dicho esto, nos queda responder el corazón de la tesis de Dan Brown y Cía.: ¿por qué el rostro de san Juan presenta rasgos tan acusadamente femeninos? Recordemos que Juan es el apóstol más joven de los doce y es presentado por su comunidad en su Evangelio como el discípulo más amado. Por otro lado, Juan es el único de los doce que lo acompaña en la Pasión del Calvario, y también es el único que no muere martirizado, sino de muerte natural. También es interesante saber que los medievales representaban iconográficamente a Juan con la imagen del águila, que aludía a la Ascensión de Cristo al cielo; y esto se debía a dos razones: primero, el águila es el ave que vuela más alto, y por tanto se asocia a un nivel espiritual superior, razón por la cual lo vinculan al ascenso de Cristo al cielo. Y en segundo lugar, los medievales habían observado que el águila era la única ave que volaba hacia el sol, mirándolo de frente, mientras que todo el resto de las aves volaban con el sol a sus espaldas, para evitar encandilarse. Cristo es el Sol de Justicia y el Evangelio de Juan es el único de los cuatro que proclama sin ninguna duda, y lleno de convicción, que Cristo es el Verbo, que Él es Dios de Dios, y su Evangelio es lejos el más profundo y el más teológico, y por tanto, el que revela más plenamente la verdadera naturaleza de Dios. En ese sentido, Juan sería el apóstol más perfecto de Cristo.

    ¿Y qué tiene que ver eso con que a Juan se le represente con rasgos afeminados?, se preguntará el amable lector. Para responder eso tenemos que agregar que esta época estaba claramente influenciada por el Neoplatonismo, doctrina según la cual la realidad no es como es, sino como debiera ser, en el que el mundo material no es más que un espejismo, un remedo o sombra de la verdadera realidad, que es la región celeste –el topos uranos–, el mundo de las ideas en que moran en los arquetipos y que se encarnan pálidamente en el mundo material o sensible. El arquetipo de la perfección humana estaba representado por la figura del andrógino psíquico (ver El Banquete de Platón), es decir, el que integra en su psiquis, eficazmente, tanto la dimensión masculina como la femenina. Y ese mundo interior se expresa exteriormente con los rasgos físicos del andrógino, como símbolo de completitud e integración psíquica y espiritual. Y Juan sería el que encarna de modo preclaro esas actitudes. Desde su primera obra, los ángeles de “El bautismo de Cristo” de Verrocchio (1472-1475), hasta sus últimos trabajos, como su “Juan Bautista” (1508-1513), vamos a ver la constancia de estos rasgos en cada una de sus obras. 

  • Recuperando la Capilla Sixtina

    Recuperando la Capilla Sixtina

    La “Cappella Sistina”, construida por el Papa Sisto IV entre los años 1475 y 1481 en pleno inicio del Renacimiento, es la Capilla privada oficial de los Pontífices, en la que se realizan los Cónclaves. Sus dimensiones son 40.50 metros de largo por 13.20 metros de ancho y una altura de 20.70 metros. Los frescos de la Bóveda son obra de Michelangelo Buonarroti pintados entre los años 1508 y 1512, por encargo del Papa Giulio II.

    En este artículo me referiré específicamente a la restauración de la Bóveda de la Capilla, la que ha generado una serie de mitos y controversias. Entre los años 1987 y 1990, por razones académicas vivía en Roma, y tuve la oportunidad de conocer al Arquitecto autor de la obra, como también, invitado por él, a visitarla “en curso”, instancia que me permitió descifrar sus secretos.

    En primer lugar, la obra fue restaurada por un equipo de expertos italianos y los japoneses, a diferencia de lo que pensaban algunos, sólo la financiaron. Por otra parte, los hermosos y llamativos colores, que algunos juzgaron como demasiado intensos, aparecidos luego de la intervención, no son más que parte de la gama cromática propia y característica de la pintura de frescos del Renacimiento Italiano “il Cinquecento”.

    La restauración desde sus inicios tuvo que superar una serie de problemas y requerimientos. De partida la obra que duraría varios años no debía impedir que la Capilla siguiese siendo visitada regularmente por el público y esto se logró de forma magistral inventando un “laboratorio móvil motorizado”, que recorría “flotando en las alturas” la totalidad de la Bóveda, a la distancia adecuada de los frescos. A ellos se accedía por un ascensor que conectaba el pavimento con un “muelle” de embarque al laboratorio, que poseía todo el equipamiento técnico para manejarlo por control remoto. El dilema era dónde fijar los “rieles de tren” por donde circularía el laboratorio, problema principal que fue resuelto sabiamente por Michelangelo, sí, el Maestro intuyendo que su obra debería ser restaurada en el futuro, no eliminó los anclajes metálicos originales que sostuvieron sus andamios, los que durante casi 500 años permanecieron ocultos detrás de las cornisas de la Capilla.

    Por lo tanto sin ningún sacrificio al edificio, los rieles se fijaron a los soportes originales. La restauración se basó esencialmente en un profundo “trabajo de limpieza”, de una dañina estratificación patológica principalmente de depósitos carbonosos, suciedad de diversas procedencias, barnices basados en aceites animales y una serie de intervenciones pictóricas de pseudo restauraciones poco afortunadas e invasivas. Esta superposición de estratos, no sólo dañaban la película pictórica original, en el plano químico, físico, biótico, sino que también creaba “una suerte de lente”, que distorsionaba radicalmente la gama cromática y los colores y formas de los frescos de la Bóveda, que durante siglos los espectadores creían los originales. Luego de esta operación medular que tardó varios años, se generaron algunas  reintegraciones de “lagunas”, o sea zonas donde la pintura había desaparecido en su totalidad o parcialmente, y finalmente se aplicaron sobre la superficie pictórica de la Bóveda, una serie de sustancias químicas inocuas que protegerán la obra de todos los agentes patógenos externos, garantizando la conservación de éste relevante y único monumento para ser apreciado por la posteridad.

  • Rebeca Matte

    Rebeca Matte

    Movimientos sutiles, rostros expresivos, realismo viviente, minuciosas esculturas y un sin fin de sensibilidades emergen de las manos de esta pionera artista del siglo XIX: Rebeca Matte Bello. A través del fascinante relato de Isabel Cruz de Amenábar, conoceremos la vida y obra de la primera artista moderna en Chile.

    Escultora, chilena y mujer, Rebeca Matte es una figura paradigmática del arte y la cultura de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Una artista trágica en su modo de ser, una obra de potente dramaticidad y una época en que colapsa el antiguo orden para dar paso al mundo contemporáneo constituyen una trilogía donde el arte se configura y, a su vez, configura ese ámbito.

    Como escultora, se enfrenta al problema de la forma concreta por antonomasia y a sus avatares, cuando la herencia del clasicismo, mantenida a través de las academias artísticas, va cediendo paso a la palpitación vital de la modernidad. Como chilena, cuestiona el vínculo del artista con su lugar de origen y muestra la movilidad cultural; las redes e intercambios que nutren la obra de un creador. Como mujer, encara la emergencia, el modelado de su propia identidad femenina en un proceso de autogestión, audaz y doloroso, que provoca dilemas y quiebres, alimento a su vez, de su propia reflexión y quehacer artísticos.

    Nacida el 29 de octubre de 1875, Rebeca Matte es hija de Augusto Matte Pérez y de Rebeca Bello Reyes, nieta de Andrés Bello. El destino adverso del artista romántico se cumple para ella desde su nacimiento. Su madre, aquejada de una grave y desconocida dolencia psíquica, abandona sus funciones y, recluida en una de las propiedades de su esposo, vegetará privada de razón por más de 50 años.

    El padre, hombre múltiple, abogado y político, Ministro de Hacienda durante la guerra contra el Perú y Bolivia, empresario, diplomático y educador, toma a su cargo la formación de su única hija. Sus tareas públicas no le impiden orientarla y cultivarla excepcionalmente en relación a la educación femenina de la época. La lectura de los clásicos, la historia y la filosofía, clases de piano, aprendizaje de idiomas y todas las oportunidades culturales que podía ofrecer Santiago a finales del siglo XIX: exposiciones, visitas al Museo de Bellas Artes, ópera y teatro.

    Privada desde la más temprana infancia del cariño y del ejemplo materno, el temperamento introvertido y melancólico de Rebeca Matte es encauzado positivamente no sólo por el padre, sino también por la abuela materna, Rosario Reyes de Bello, quien estimula en la niña la sociabilidad y la discusión intelectual a través de un “salón”, donde reúne en su casa de la calle Miraflores a destacados hombres de letras e intelectuales de la época.

    Los avatares de la política, la muerte de Rosario Reyes y el proyecto de completar la educación de su hija, llevan a Augusto Matte a iniciar un voluntario autoexilio en París en 1889. Rebeca tiene 15 años y la capital francesa ofrece oportunidades culturales que la fascinan. Mientras el padre trabaja, Rebeca Matte completa su educación secundaria. En 1896, sin mediar un aprendizaje especializado, realiza sus primeras esculturas. El modernismo, entonces en pleno auge en la capital francesa, y su atracción por la mitología se fusionan en los bocetos en greda de los jarros “La Tierra”, “El Vino” y “El Agua”, los que traspasados después al bronce muestran una decidida impronta estética.

    Estas primeras obras, decisivas en su orientación artística, motivan al padre a viajar a Roma, la escuela del arte clásico por excelencia, en 1898 y matricular a su hija con uno de los maestros académicos más afamados del momento: Giulio Monteverde. El aprendizaje tradicional que recibe allí Rebeca Matte, junto a la visión del verdadero museo arqueológico al aire libre que constituye Roma en ese entonces y la frecuentación de las grandes colecciones artísticas de la Antigüedad y del Renacimiento, constituyen un sólido bagaje. Allí realiza, entre otras obras, un “Retrato de Augusto Matte” y una alegoría en mármol al modo clásico: “La Grecia”.

    Encauzada ya en la escultura —la más concreta y también la más ardua de las artes visuales, que en los años entre los dos siglos está aún en la cúspide de su función pública de didáctica cívica— Rebeca Matte, apoyada por su padre, continúa su aprendizaje artístico en París en 1899. Acude a la prestigiosa Academia Julian, institución especializada en la formación de mujeres artistas, a nivel europeo y latinoamericano. Ernest Dubois y Denys Puech son sus maestros. La huella de su estadía en Italia es perceptible en dos obras realizadas en este período: el mármol “Horacio”, y la figura en bronce de “Meditación”. Más que la huella de estos escultores académicos, la impacta en 1900, en la gran Exposición Universal de Artes e Industrias que tiene lugar en París, el genio poderoso y antiacadémico de Rodin, influencia que madurará posteriormente.

    Ese año de inicio del nuevo siglo es también el inicio oficial de Rebeca Matte como escultora, pues es aceptada, como primera artista chilena mujer, en el Salón de París, con dos obras de tema femenino: “Militza” y “Eco”. Por la primera obtiene una Mención Honrosa, que no había recibido anteriormente ninguna artista chilena.

    Joven promesa de la escultura chilena y latinoamericana, Rebeca Matte presenta su “Militza” junto a “Eco” en la Exposición Internacional de Buffalo, Estados Unidos, en 1901. Por ellas obtiene Medalla de Bronce en la categoría Bellas Artes. Es la única mujer chilena que muestra esculturas en este evento y también la única chilena premiada. Ese mismo año contrae matrimonio con el diplomático Pedro Felipe Íñiguez Larraín y un año después nace su hija Lily: María Eleonora Íñiguez Matte. La producción de los años siguientes es menos intensa, pero no se encuentra suspendida, como ha señalado la historiografía artística tradicional.

    Su vocación se fortalece y su viaje a Chile a finales de 1902, junto a su padre y su familia, donde permanece hasta comienzos de 1905, constituye para ella una prueba de que en su patria no se dan las condiciones para que ella pueda llegar a ser artista a cabalidad. El regreso a Europa de toda la familia, el período de desajustes y desavenencias conyugales que le sucede y la tónica de las obras de estos años —“Esclava en el mercado”, “Santa Teresa” y “Desesperanza”— constituyen un testimonio de la lucha interior que sostiene la artista, dividida entre sus deberes familiares y su carrera artística. Ello se ve agravado por la falta de un hogar estable y sus continuos desplazamientos entre París, donde reside con su esposo e hija, y Berlín, donde su padre cumple un nuevo período como diplomático.

    El conflicto conyugal estalla y también el conflicto psicológico de la escultora, quien pasa largas temporadas en lugares de reposo para mejorar sus “nervios”, como se denomina en esa época al estado anímico. Recuperada, cae enfermo el padre en Berlín, y Rebeca Matte se establece allí para cuidarlo. El clima intelectual que se respira en la capital alemana es marcadamente pesimista, ante el belicismo del Imperio y los fracasos para instaurar la paz. Se percibe que Europa, como civilización, declina y está a las puertas de la decadencia. Estas preocupaciones quedan plasmadas en los bronces que realiza en Berlín: “Crudo invierno”, “Un vencido” y “Hamlet”.

    Con la muerte de Augusto Matte, en febrero de 1913, la artista abandona Berlín y se establece en Florencia, junto a su hija Lily de 11 años, en un “villino” de la vía Faentina. Su esposo regresa a Chile para dedicarse a la política y viajará todos los veranos para estar con su familia. La ciudad del Arno acoge a Rebeca con sus tesoros artísticos. El halo prístino de sus pintores “primitivos”, la presencia del Dante y Miguel Ángel, la actualidad del tema patrimonial, del coleccionismo y la musealización, y la existencia de una elite intelectual cosmopolita y cultivada, que restaura y actualiza antiguas viviendas para mantener la tradición, seducen a Rebeca Matte.

    En Florencia concluye la escultora, a fines de 1913, el primero de sus grandes monumentos, gestado en los días de Berlín imperial y el pangermanismo belicista, al que premonitoriamente titula “La Guerra”. Es instalado en los idílicos jardines del “Palacio” edificado para sellar la paz entre las potencias europeas, como contribución del gobierno de Chile a esta causa, en el verano de 1914, momento en el que estalla el conflicto. A pesar del clima de angustia que se vive en toda Europa y del ingreso de Italia a la guerra en 1915, Rebeca Matte viaja y trabaja intensamente durante este período, el más productivo de su vida.

    Su amor por la naturaleza, el paisaje y la vida retirada de la densidad urbana la han decidido a adquirir una villa antigua en las colinas de Fiésole, en medio de un anfiteatro montañoso que circunda Florencia y desde donde se goza de una vista privilegiada de la ciudad. La restaura, acondiciona e instala allí un gran taller, donde transcurre su jornada. La extraordinaria acogida de “La Guerra” entre la crítica especializada florentina y el respaldo de las asociaciones artísticas internacionales la motivan a continuar creando. La Academia Latina de Ciencias, Artes y Bellas Letras de París le otorga, en 1914, el Diploma de Miembro de Honor. Asimismo, le llegó el reconocimiento de parte de la Sociedad Académica de Historia Internacional, que la nombra Miembro de Honor en 1915. Las desilusiones y quiebres provocados por el conflicto y sus lecturas de los clásicos y la poesía simbolista, la motivan en la realización de dos mármoles de gran formato: “Ulises y Calipso” en 1915 y “Los ciegos” en 1916.

    1917 es para Rebeca Matte un año de triunfos y realizaciones Una artista trágica como ella creaba sus más logradas obras en ese ámbito de absoluta devastación. Mientras los soldados italianos caen por miles en el frente véneto, concluye otro monumento que le ha encargado el gobierno de Chile, para conmemorar otro episodio dramático: el de los “Héroes de la Concepción”; la gesta de los héroes-niños, acribillados, mutilados y carbonizados en esa aldea de la sierra peruana el 9 y 10 de julio de 1882. Conjuntamente le llega el máximo reconocimiento institucional; la Academia de Arte y Diseño de Florencia —fundada en 1563 con la protección del duque Cosme de Medici, bajo la dirección del pintor y tratadista Giorgio Vassari, cuyo primer miembro fue Miguel Ángel— la nombra miembro. Es una de las primeras mujeres en la historia de la institución y no había hasta ese momento artistas chilenos ni sudamericanos que hubiesen recibido esta distinción.

    Los desórdenes sociales en Italia con posterioridad a la conclusión de la guerra, hacen que la vida allí sea difícil para Rebeca Matte y su hija. Con todo, ella continúa trabajando recluida en su taller y realiza obras como “Silencio. Retrato de Ignacia Zañartu” y el pequeño bronce “Lasitud”. Otra gran tragedia adviene sobre Rebeca Matte en 1921. Su hija Lily, de 19 años, enferma de tuberculosis y debe ser trasladada al sanatorio de Leysin en Suiza. La artista se ve dividida entre sus funciones maternales y su carrera artística. Pero no vacila; la niña la necesita y acude a acompañarla.

    Como no puede ascender a la montaña con los pesado materiales de su escultura, reparte su tiempo entre Suiza y Florencia, donde alcanza a concluir dos de sus grandes monumentos: “Dolor”, iniciado en 1913 a la muerte de su padre y que termina tras el fallecimiento de su madre, en 1922, y “Unidos en la gloria y en la muerte”, encargado una vez más por el gobierno de Chile, para donarlo a Brasil con motivo de su independencia. Una nueva etapa se abre en la vida de Rebeca Matte, dedicada no ya al cultivo del ideal artístico, sino a la práctica del mensaje cristiano de la caridad. Ha redescubierto el catolicismo de su infancia. Los enfermos y los abandonados son la nueva materia a la que dedica sus desvelos, como ella misma lo testimonia por escrito.

    También la escritura —poesías, prosa poética, pequeñas oraciones y correspondencia— se le muestra como una nueva vertiente artística que actualiza la herencia intelectual del bisabuelo Andrés Bello. La muerte de su hija Lily en 1926, a los 24 años, es un golpe que la conmueve hasta los cimientos de su ser. Dotada escritora, Lily deja un interesante y conmovedor “Diario” y un tomo de poemas en francés, “Breve Chanson”, que su madre hace publicar en Milán.

    En memoria de su madre y de su hija concibe una fundación de caridad que acoja en Chile a las niñas más desamparadas, “Los Nidos”, palabra que es para ella sinónimo de calor de hogar. Con la salud quebrantada viaja a Chile en 1927 para dar a conocer los poemas de su hija e inaugurar su fundación, proyecto en el que la secundan su marido y fieles colaboradoras. Permanece en la patria hasta comienzos de 1929. De regreso a su villa La Torrosa en Florencia, sola entre sus mármoles y enredaderas, ha podido exclamar: “Sufrirlo todo, para amarlo todo”.

    Muere el 14 de mayo de 1929. Una ola de fervor y de admiración recorre a su patria. Se le tributan homenajes en Italia y en Estados Unidos. Es ya una figura artística de relieve universal, que en Chile adquiere las connotaciones de un mito: el mito de sus artistas que los países conforman para construir su identidad cultural. Pero el tiempo, el olvido o los cambios de gusto, pueden privar a una figura artística de su relieve e incluso borrarla del horizonte cultural de un país.

    Es un deber de justicia rescatar a Rebeca Matte y su arte, un deber con su personalidad y su obra, con una artista notable, una mujer extraordinaria, cuya concepción de la belleza traspasa el contexto estético para volcarse hacia el ámbito moral; al heroísmo, al amor, a la caridad. He ahí el mensaje de Rebeca Matte, que sus manos de mujer han transmitido íntegro: en sus mármoles, en sus bronces.

  • Plaza de Armas de Santiago

    Plaza de Armas de Santiago

    La idea de la plaza, como lugar en donde los ciudadanos se reúnen es antiquísima. Sus orígenes pueden rastrearse en los griegos con su ágora, o en el foro romano donde se congregaban los ciudadanos del Imperio. Más tarde estos espacios derivaron en las explanadas ubicadas frente a las catedrales medievales. Si bien estos esquemas europeos fueron clave para dar forma y significación a las plazas hispanoamericanas, la herencia indígena también fue importante. Las plazas de las ciudades se cargaron de un fuerte simbolismo religioso y social que no estaba presente en el Viejo Continente y que era heredado de las creencias propias de los pueblos americanos.

    En las ciudades precolombinas de América la plaza era considerada como un centro sagrado. Tanto los mayas como los aztecas e incas tenían en sus ciudades un “centro”, una “plaza central”, indicada como núcleo político, secular y religioso. Alrededor de éste se situaban edificios de naturaleza ritual y política, se distribuían las residencias de los nobles (cuya cercanía respecto de la plaza determinaba el estatus del noble: a más cercano al centro, mayor nivel en la escala social), se encontraba el mercado central de la ciudad y estaba el terreno abierto en que se desarrollaban las actividades masivas que reunían al pueblo.

    A su llegada a América los conquistadores y misioneros  se embarcaron en la aventura de poblar y evangelizar nuevos horizontes. Poseedores de una cultura urbana, fundaron ciudades a lo largo de América reproduciendo en el continente la cuadrícula del campamento militar romano. Durante los trescientos años de dominio español se establecieron en el continente una serie de centros urbanos interconectados, diversos por su tamaño y jerarquía. Estas nuevas ciudades fueron únicas, pues añadieron los elementos prehispánicos (espacios abiertos, el contacto con la naturaleza y la valoración religiosa de la plaza) al modelo español haciendo de ellas una manifestación única del sincretismo en el Nuevo Mundo.

    A medida que la conquista avanzaba se requería de nuevas  ciudades para afianzar el dominio español. La Corona entregó las primeras directrices para su urbanización, primero en 1526 y luego en 1542. Las normativas exponían claramente cómo había que organizar el plano urbano; los fundadores debían dividir el espacio en plazas, calles y solares, a cordel y regla. Algo fundamental era el punto físico de partida de este ordenamiento, que marcaba el corazón de la ciudad: la plaza Mayor. Desde ella salían no sólo las calles que habrían de formar la grilla de la ciudad, sino también los caminos principales que la comunicarían con las demás ciudades.

    La ciudad se organizaba en torno a la Plaza Mayor, que debía estar al centro en el caso de las ciudades tierra adentro y frente al puerto en las ciudades costeras. En ella se celebraban las actividades más importantes de la sociedad colonial, especialmente las festividades cívicas y religiosas. También la vida comercial tenía su foco en este espacio donde tenía lugar el mercado de abastos; incluso, con el pasar del tiempo se ordenó construir a su alrededor portales para facilitar la instalación de los comerciantes. El poder religioso, tan importante para la conquista española, tenía generalmente su correlato físico en la Plaza Mayor, pues la iglesia más importante solía instalarse en alguna de sus veredas. El poder político estaba también a su vera: los edificios del cabildo y, cuando correspondiera, la “casa real” también miraban a la explanada.

    La vida social también tenía su centro en la plaza: en ella se veían y dejaban ver personas de las más diversas clases sociales. Además era el lugar indicado para informarse de noticias y chismes del Reino y del resto del imperio. Como tantas plazas del mundo hispanoamericano, la Plaza de Armas de Santiago ejerce un rol orientador para sus habitantes; es un lugar que refleja nuestra historia a través de sus edificios y monumentos; y se ha convertido con el paso de los años en un espacio físico importante en el sustento de nuestra memoria e identidad; esta plaza nos recuerda el pasado de nuestro país, que prácticamente nació a su alero, y encarna en ella el progreso de la ciudad, pues es un espacio que ha sufrido transformaciones físicas según el espíritu de cada época.

    La apertura y vinculación del país al comercio internacional y la riqueza resultante de las exportaciones de plata, cobre, cereales y finalmente del salitre incrementaron de manera significativa las arcas fiscales y el desarrollo del país durante el siglo XIX. Reflejando estos nuevos aires de riqueza, Santiago pasó de ser poco más que un pueblo a principios de la República, a ser una ciudad muy viva. La Plaza de Armas no fue la excepción y fue mudando su aspecto conforme avanzaba el siglo. Durante el siglo XX se mantiene a grandes rasgos, el aspecto de paseo que la plaza había adquirido durante el siglo anterior. Se renuevan los bancos, faroles, jardines y, los edificios que rodean la plaza sufren importantes cambios.

    La Plaza de Armas entra al siglo XXI completamente renovada: pierde su apariencia de jardín público para convertirse en una explanada que aspira a reunir los ciudadanos. Tras tantos años en que la Plaza de Armas ha ido cambiando de aspecto y significado para adaptarse a los nuevos tiempos, durante estas primeras décadas del siglo XXI el espacio parece haber aunado, por fin, los diferentes sentidos que a lo largo de los siglos le han ido otorgando los habitantes de la ciudad. Es a la vez un espacio privilegiado de reunión de los citadinos, uno de los lugares preferidos de las autoridades civiles y religiosas, un terreno en que el comercio florece y un ambiente propicio para que chilenos y extranjeros paseen y entablen relaciones, aunque todo bañado en un barniz de modernidad que responde al espíritu de estos años.

    “La escena es tan bella como me la había imaginado. Todos los pequeños puestos están iluminados: las mejores mercaderías salen a relucir; y las señoras, que para este paseo nocturno se visten con elegancia…” Maria Graham, 1822

    La Plaza de Armas era “el centro del movimiento santiaguino, el término de la carrera de los tranvías, la gran estación de coches y el paseo de lujo de la tarde… ¡Qué aspecto tan alegre tiene una plaza latina!” Theodoro Child, 1890

  • Pedro Lira

    Pedro Lira

    Pedro Lira nació en Santiago el 17 de mayo de 1845, en una familia acomodada, y sus padres fueron don Santos Lira y doña Teresa Rencoret. Desde sus primeros años se hizo evidente que Pedro tenía talento para diferentes manifestaciones artísticas, especialmente para la pintura y la poesía.

    Lira cursó sus estudios en el Instituto Nacional. Pero el colegio no ocupaba toda su vida: aprovechaba su tiempo libre para pintar. A los 16 años, participó en la exposición de pintura para aficionados organizada por la sociedad de Instrucción de Educación Primaria, donde logró favorables comentarios. Además se inscribió en la Academia que entonces dirigía Alejandro Cicarelli y fue alumno de Antonio Smith.

    Estaba seguro de que su vocación era la pintura, pero a su familia la decisión no le agradaba. Don Santos lo presionó para que entrara a estudiar Derecho a la Universidad de Chile, y Pedro aceptó. Mientras cursaba Leyes asistía también a la Academia. Cuando se tituló en 1867, renunció al mundo de la abogacía y optó por el arte. Cuatro años después se casó con Elena Orrego Luco, con quien luego tuvo tres hijos, Alberto, Jorge y Pedro. En 1873, el pintor decidió ampliar sus horizontes culturales en París y conocer directamente las obras de sus artistas favoritos, como Delacroix.

    Su educación, influida por el modelo francés, le permitió orientarse en el panorama parisino, y su personalidad cercana al romanticismo lo llevó a inclinarse por un perfeccionamiento, siguiendo los últimos ecos de ese movimiento. Pero en esas décadas finales del siglo europeo era el realismo el que marcaba la tendencia artística y el inquieto pintor rápidamente adquirió algunos rasgos de este movimiento. Luego de 10 años, Pedro Lira volvió definitivamente a Chile en 1882. Con este regreso se inició la etapa que sus estudiosos han considerado “el periodo más fecundo de su carrera como pintor, crítico y maestro”. En esos años Lira se estableció como el referente más importante del panorama artístico nacional, tanto por la calidad de su pintura como por el peso que tuvo su opinión como crítico de arte, además de su activo trabajo por impulsar eventos y políticas que fortalecieran la escena artística nacional.

    En sus últimos años el artista continuó, infatigable, influyendo en el panorama cultural chileno con su quehacer artístico. Aunque la diabetes lo tenía bastante mal, el espíritu de Lira conservaba el ímpetu de su juventud. Murió a los 66 años en Santiago, el 20 de abril de 1912, dejando tras de sí un legado fundamental para el arte chileno.

  • J.R.R Tolkien y la Guerra

    J.R.R Tolkien y la Guerra

    Tolkien vivió en carne propia el trauma de la Primera Guerra Mundial, probablemente el conflicto bélico más traumático de la historia inglesa. En este relato, en el que lo amargo y lo dulce se entremezclan, sir Martin Gilbert cuenta lo que oyó de la boca del escritor cuando se conocieron como profesores en la Universidad de Oxford.

    J. R.R Tolkien y la batalla del Somme están intrínsecamente unidos. Aprendí esto hace cuarenta y cuatro años, tras haber sido elegido para mi primera entrevista universitaria en el Merton College de la Universidad de Oxford, cuando yo tenía veintitrés años. En esos días existía una norma muy estricta en las comidas de los college. La autoridad se sentaba al centro, los miembros más antiguos a ambos costados de él y los miembros novatos en la parte final de la mesa. También al final estaban los miembros eméritos, hace largo tiempo retirados, muchas veces venerables y grandes guardianes del nombre del college. Muchos de ellos habían servido en la Primera Guerra Mundial. Cuando descubrían un historiador  nuevo en el ambiente, se sentían muy contentos de poder hablar de esos días distantes de más de cuarenta años atrás. A algunos les gustaba cantar las canciones de las trincheras, en  una versión más ruda de la que se cantaba en esa época. Tolkien era más reticente, de hecho jamás se auto glorificaba y se negaba a embellecer esos recuerdos.

    En 1916, Tolkien de veinticuatro años era segundo lugarteniente de los fusileros de Lancashire. En la tarde del 14 de julio, dos días después de comenzada la batalla del Somme, su batallón fue enviado al frente. Lo que más tarde llamó “el horror animal” de las trincheras era para entonces deconocido para él. Pronto se enteraría que uno de sus más cercanos amigos, Robert Gilson, había muerto ese mismo día. Gilson era dos años menor que Tolkien, había escrito a su casa dos días antes de su muerte. “El tronar de las armas durante la noche es hasta hermoso- no se siente muy terrible. Suenan los enormes estruendos, pero como una garra que irrumpe en una escena pacífica. Sería maravilloso poder estar a cientos de millas de la línea de fuego otra vez”

    Tolkien debió experimentar muchas noches como ésta, incluso tendrá que perder más amigos. El 22 de julio, tres días después de su primer turno de cinco días en la trinchera, su amigo Ralph Payton murió en acción y su cuerpo de Payton nunca fue identificado, su nombre está inscrito hoy en el Memorial Thiepval a los desaparecidos. Dos días después que Payton murió, Tolkien regresó a las trincheras por un segundo turno de cinco días de deberes en la línea del frente. Como oficial de señal del batallón, su objetivo cada vez que iba “arriba a la linea” era supervisar las comunicaciones de la posta del comando de la brigada en una milla y media tras las trincheras. El mejor método de comunicaciones era a través de palomas.

    Cuando hablábamos de esos lejanos tiempos, Tolkien recordaba, tan vívidamente como si fuese ayer, el constante daño de la artillería alemana en las zonas circundantes, acompañados de sus chirridos y bramidos, las nubes de polvo y lodo, y los llantos desconsolados de hombres que habían sido heridos. Como todos los soldados de la Primera Guerra Mundial en la comida del college, Tolkien sabía que su historia sonaba anticuada comparada con las memorias más recientes de aquellos que habían peleado en la Segunda Guerra Mundial. Algunas veces me dijo, en palabras que más tarde usó en la segunda edición de El Señor de los Anillos: “parece que para ser tomado en cuenta por la juventud, 1914 no es una experiencia en comparación con los hechos ocurridos desde 1939 en adelante”.

    Cuarenta y cuatro años antes de mis conversaciones en el Merton College con Tolkien, pasé por la Iglesia Católica de Bertrancourt, tres millas atrás de la antigua línea del frente. Ahí el 6 de Agosto, asistió a misa, antes de partir a la mañana siguiente a la primera línea de la trinchera. Era su tercer turno en la parte alta de la línea y había sido afortunado. Durante los cinco días que estuvo a cargo de las comunicaciones, no hubo ningún asalto y sólo cuatro hombres murieron. Uno escribió “solamente” porque, en ese tiempo, la muerte de cuatro soldados de un batallón parecía un número muy reducido.

    Como muchos otros soldados, Tolkien hablaba de la desolación, del vacío de las cosas cotidianas de la vida que muchos sentían en el campo de batalla. Pero ahí no había falta de acción. El 27 de Septiembre Tolkien estaba de vuelta en el frente, organizando las comunicaciones entre el laberinto de astilleros del bosque de Thiepval, como parte de la lucha vana de subatallón por entrar al Schwaben Redoubt, un importante punto fuerte alemán que había resistido a todos los esfuerzos de ser capturados desde el primero de julio. Al día siguiente cuando el batallón realizaba una incursión efectiva sobre una ametralladora alemana que había causado varias bajas con sus ataques, más de treinta alemanes fueron prisioneros.

    Tolkien, que hablaba alemán, recordaba con un gesto, entre de asombro y risa, que cuando le ofrecía agua a los oficiales alemanes heridos, éstos aceptaban, pero no sin antes corregir su pronunciación. Tolkien y su equipo eran siempre vulnerables. Uno de ellos, el soldado Sydney Sumner, desapareció tras un intenso bombardeo el 9 de julio. Por dos meses no se encontró ningún rastro de él. “Querido señor”, escribía su mujer a Tolkien con esperanza y desesperación, “No me importaría si sólo pudiera saber cómo se fue”, y agregaba. “Yo sé que todos no se pueden salvar y regresar a casa”. Sumner había dejado una hija de tan sólo un año. Su nombre está en el Memorial Thiepval de los desaparecidos: un memorial con más de 73.335 nombres grabados. Ninguno de esos hombres fue nunca reconocido debido a la crueldad del campo de batalla, otra cara del “horror animal” del que hablaba Tolkien.

    El 21 de octubre Tolkien estaba otra vez en la línea del frente con sus compañeros y seguían a las primeras oleadas de infantería, la que había atrapado una trinchera alemana frente a ellos. Durante el ataque, una granada alemana alcanzó a uno de sus compañeros. Otros pudieron rescatar el canasto de palomas del equipo. Al día siguiente el encargado del batallón, el capitán Evers, quien había desaparecido  durante la contienda, regresó a las línea británicas cubierto de sangre. Había pasado la noche en la llamada tierra de nadie, bajo el fuego de la artillería alemana, tendido bajo los heridos.

    El 26 de Octubre, cuando estaba de reserva, el batallón de Tolkien fue inspeccionado por Sir Douglas Hais. Al día siguiente Tolkien cayó enfermo. Había contraído la llamada “Fiebre de la trinchera”, una bacteria en el sistema sanguíneo. Tras esto no volvería al servicio. El 18 de noviembre, el último día de la Batalla del Somme, Tolkien fue evacuado a Inglaterra. Nunca olvidaría esos cinco meses en el Somme. En El Señor de los Anillos, Sam Gangee- el personaje ficticio del cual Tolkien dice que se trata de una “reflexión acerca del soldado inglés  anónimo que él conoció en la guerra de 1914, a quienes reconoce superior a él mismo” viaja, “sosteniendo sus pies en una vieja raíz o alguna mata de hierba. Se caía y sentía el peso en sus manos, las cuales transpiraban desde sus pegajosas heridas, de manera que su cara era llevada cerca de la superficie oscura. Había un casi imperceptible silbido, un fétido olor subía… Sacando sus manos del charco volvía a romper en llantos: había cosas muertas, caras muertas en el agua” decía con horror.

    Me siento orgulloso de haber podido contar la historia de una batalla en la cual  mi primer testigo fue Tolkien.

  • El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católico conservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    El tiempo develará lo que astutos planes esconden…(Time shall unfold what plighted cunning hides…) – Cordelia (King Lear, I,1.282)

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católicoconservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    Diversos autores, en distintas épocas, han propuesto que  Shakespeare era católico. G.K. Chesterton, por ejemplo, pensaba que la evidencia apuntaba a esta conclusión, aduciendo a que el “sentido común convergente” que llevara a pensar en que el poeta fuera un católico estaba “apoyado por algunos hechos externos y políticos de nuestro conocimiento”Se desprende de esta declaración que Chesterton, estaba al tanto de la considerable evidencia textual e histórica, acumulada por el erudito shakesperiano del siglo XIX, Richard Simpson, que apoya la tesis del catolicismo de Shakespeare.

    Sin embargo, Simpson no fue el primer erudito en concluir que había suficiente evidencia para aseverar que Shakespeare habría sido católico. En 1808, el escritor francés, Francois René de Chateaubriand, ya declaraba que “de tener alguna religión, la de Shakespeare era la católica. El mismo Thomas Carlyle escribió en su momento que “la era Isabelina, con Shakespeare incluido, es el resultado del florecimiento de todo lo que la precediera, es decir, que en sí es atribuible al catolicismo de la Edad Media”. Carlyle, gran contemporáneo de John Henry Newman, era todavía más enfático respecto de esta dimensión católica, agregando que Shakespeare “tiene tan poco de protestante en él, que los católicos han podido,sin extravagancia, proclamarlo como uno de los suyos”. A su vez, Hillaire Belloc, haciendo eco de Newman, insistía en que “las obras de Shakespeare habían sido escritas por un hombre con los hábitos mentales indudables de un católico”.

    Estos grandes escritores de la era victoriana y eduardiana, habrían percibido el catolicismo de Shakespeare en la visión moral que emerge de sus obras. Al contrario, “eruditos” modernos, ciegos a esta dimensión moral de las obras de Shakespeare, las han malinterpretado en forma habitual. En vez de ver la evidencia de la tradición moral cristiana, ven las obras como un reflejo de sus propios prejuicios fundamentalistas seculares. Por eso, hay que re-descubrir al verdadero Shakespeare y las creencias que el sostenía para, de una vez, exponer el abuso literario que se ha hecho de sus obras. Afortunadamente, un cuerpo sólido de erudición histórica reciente ha contribuido de forma significativa a considerar “los hechos externos y políticos”, conocidos por Chesterton y sus contemporáneos. Así, las aseveraciones de Carol Curt Enos en su reciente libro “Shakespeare and the Catholic Religión” (“Shakespeare y la religión católica”) contienen una confianza adicional a la de Chesterton en el énfasis de que “cuando las muchas piezas existentes del rompecabezas de la vida de Shakespeare se ensamblan, es muy difícil no ver su catolicismo”. Cada pieza, pacientemente ubicada en su lugar, nos revela una imagen objetivamente verificable del autor de estas magnas obras, y ese hombre emerge como un católico creyente, en una época en que los católicos eran ferozmente perseguidos por su fe.

    Examinemos la evidencia:

    La investigación sobre la vida de Shakespeare comienza con la evidencia innegable del catolicismo desafiante de su familia. Mucha de la erudición histórica en los años recientes se ha centrado en el legado espiritual de John Shakespeare, el padre del poeta, que claramente demuestra su buena fe católica y manifiesta su intenso deseo de morir como católico, en buena fe y en conciencia. El ítem IV es de especial interés: en él enuncia su deseo de recibir los últimos sacramentos de la iglesia, con la esperanza que este deseo fuera suficiente en caso de que no hubiera un sacerdote disponible para ejecutarlos en el momento de su muerte. Hay que recordar que en tiempos de John Shakespeare, de amplia persecución anticatólica, el proteger o refugiar a un sacerdote era penado con la muerte; por eso, era más que probable que no hubiera un sacerdote disponible para los católicos agonizantes. Es en este contexto oscuro de persecución, con nubes de incertidumbre pendiendo sobre los católicos, que debería ser interpretado el desafiante deseo de John Shakespeare de tener la extremaunción.

    Otros párrafos en el testamento de John Shakespeare, lamentan y expresan remordimiento por “cualquier murmuración en contra de Dios o la fe católica” y ofrece “gracias infinitas” a Dios por los beneficios recibidos, incluyendo “el sagrado conocimiento de ÉL y la verdadera fe católica”. La evidencia que John Shakespeare permaneció como católico desafiante, en medio de la amplia persecución anticatólica del estado isabelino, ha obligado a los eruditos modernos a aceptar que William Shakespeare fue criado como un católico creyente. Esto además es respaldado por el hecho de que John Shakespeare tuvo problemas con la ley debido a su compromiso irrestricto con la resistencia católica: en 1592 fue multado por su falta de sumisión, al negarse a asistir a los servicios anglicanos. Hay que agregar que la madre de Shakespeare, era miembro de una de las familias católicas más desafiantes en toda Inglaterra, la familia Arden.

    Shakespeare, ¿un católico en Londres?:

    Si este mar de evidencia ha obligado a la mayoría de los eruditos a aceptar que Shakespeare fue criado y educado en una familia católica, hay algunos que insisten que Shakespeare habría perdido su fe después de ir en busca de fortuna a Londres. Esto es altamente conveniente para los eruditos seculares, ya que les permite ver cualquier influencia católica en las obras como un rezago de la fe de niño que el poeta habría rechazado más tarde. Desafortunadamente para estos eruditos, los hechos de la vida de Shakespeare sugieren que él se mantuvo fiel a sus creencias católicas durantes sus años en Londres y que este apego a la fe habría influenciado sus obras. De nuevo, examinemos la evidencia.

    Antes de llegar a Londres, Shakespeare habría sido profesor en un hogar profundamente católico en Lancashire, y hay evidencia también de que tuvo que escapar de Stratford para evitar ser arrestado por Sir Thomas Lucy, un notorio perseguidor de los católicos. Una vez en Londres, su benefactor, el Earl of Southampton, era un devoto católico, cuyo confesor era el jesuita San Robert Southwell. Existe vasta evidencia documental que demuestra que Shakespeare y Southwell eran amigos desde antes que este último fuera arrestado en 1592. Southwell fue repetidamente torturado durante su prisión en la torre de Londres, ahorcado y cuarteado en Tyburn en 1595; más tarde fue canonizado como uno de los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales. Además, Shakespeare conoció a otro mártir jesuita, San Edmund Campion, y es probable que también conociera al martirizado sacerdote Robert Dibdale, quien fue más tarde beatificado por la iglesia como mártir.

    Si Shakespeare tenía amigos sacerdotes, sabemos también que tenía enemigos entre quienes perseguían a los católicos. Registros  de las cortes demuestran que Shakespeare estuvo involucrado en una disputa legal con William Gardiner. Éste era un Juez de Paz de un carácter particularmente deshonroso, quien “habría cometido fraude en contra de la familia de su esposa, en contra de su yerno y de su hijastro; que además persiguiera a sus vecinos y explotara a sus arrendatarios”. Gardiner y su igualmente deshonroso hijastro, William Wayte (“un cierto tipo suelto sin valores ni responsabilidad, enteramente a merced de las órdenes de Gardiner”), interpuso un recurso de protección, buscando una orden que garantizara la paz y seguridad. Esta orden nombraba a William Shakespeare, Francis Langley, Dorothy Soer, esposa de John Soer y de Ann Lee, y pedía protección por temor a ser asesinado por estas personas y otras cosas por el estilo. Si bien es cierto que algunas fuentes hablan de que Shakespeare fue demandado por asaltar físicamente a William Wayte, esto es poco probable. Que se sepa, Shakespeare no tenía un carácter violento, y el que dos de los acusados fueran mujeres casadas, sugiere que cualquier “violencia” aplicada en contra de Wayte habría sido efectuada con la lengua o la pluma, pero no con otra parte de la anatomía humana o implemento cualquiera. Sea como fuere, este curioso caso legal nos entrega una visión clara de la clase de personas a quienes Shakespeare consideraba amigos y enemigos en 1596.

    Es interesante, por ejemplo, que Ann Lee fuera la esposa del insumiso y rebelde Roger Lee, en cuya casa muchos sacerdotes proscritos encontraron refugio; y que una denuncia hubiera sido hecha en contra de la misma Ann por asistir a misa, y por haber ayudado al jesuita John Gerard a esconderse de las autoridades. Más curioso aún es el temperamento de su enemigo, William Gardiner. A este se le habría acusado por sus contemporáneos de ser “poco cristiano”, irreligioso”, “pagano”, e “impío”; y hombre de “opiniones extrañas”. Algunos lo consideraban un ateo, mientras que otros creían que era brujo o alquimista. En un pleito legal en 1588, se le acusaba de “magia, brujería….y de tener opiniones irreligiosas”. Así y todo, Gardiner podía estar seguro de que nunca sería acusado de ser católico. Aunque fuera puritano, ateo o brujo, todo el mundo sabía que no era “papista”, sobre todo porque tenía reputación de persecutor de la comunidad católica de Londres, a la que pertenecía Shakespeare.

    El virulento anti catolicismo de Gardiner se ha manifestado para la posteridad en un informe que le envió al consejo privado de Isabel en enero de 1585, en el que documentaba un allanamiento a una morada católica de Londres. Allí, Gardiner manifiesta vehemente su “anti papismo”, y entrega una visión bastante completa de quien Shakespeare considerara un enemigo. Shakespeare se vengaría tanto de Gardiner como de Wayte al insertarlos en “The Merry Wives of Windsor” (Las felices doncellas de Windsor), y en la segunda parte de “Henry IV”(Enrique IV) como los personajes del juez Shallow y de Slender, respectivamente. Ambas obras fueron estrenadas en 1597, por lo que es probable que el Juez Gardiner, quien murió en Noviembre de ese mismo año, hubiera alcanzado a enterarse de la “dramatización” de la venganza de Shakespeare.

    En los estertores del reino de Isabel, Shakespeare se vio envuelto en una obra controversial acerca de Tomás Moro, quien más de sesenta años antes había sido martirizado por su fe católica bajo las órdenes del padre de la reina, Enrique VIII. No es sorprendente que la obra fuera suspendida por Sir Edmund Tilney, jefe de los Calaveras y el censurador oficial de Isabel. A décadas de su muerte, Tomás Moro aún era una “papa caliente” que no sólo tocaba el nervio de Isabel —cuyo padre tenía la sangre del mártir en sus manos—, sino también de todo el reino. Moro había sido ejecutado por el monarca por negarse a comprometer su conciencia católica en el altar maquiavélico de la “realpolitik”, convirtiéndose así en modelo para Campion, Walpole, Southwell y muchos otros que sufrieron una suerte semejante durante el reino de Isabel. Por ende, cualquier retrato positivo de Tomás Moro, se veía como una condena peligrosa de los gobernantes del momento.

    La obra había sido escrita por Anthony Munday, pero Shakespeare se habría involucrado personalmente en su proceso de producción y revisión. El manuscrito original aún existe, y contiene correcciones al original de Munday que se cree fueron hechas por Shakespeare. Al parecer Shakespeare habría tratado de enmendar el trabajo para lograr su paso por la censura. Estas enmiendas claramente ilustran la simpatía de Shakespeare por Moro, y su convicción de que habían lecciones que sacar para su época de su santo ejemplo.

    Evidencia adicional de la admiración del poeta por Moro es discernible en el Soneto 23, en el que utiliza el mismo juego de vocablos con el nombre de Moro que usó en sus correcciones a la obra de Munday. Si la palabra “more” (“más”) aparece en la duodécima línea del soneto con mayúscula (“More than that love which More hath more expressed”), el soneto es transfigurado en un homenaje al santo: Shakespeare contrasta su propio imperfecto (unperfect) amor, debilitado por el miedo y la ira, con el amor santo “que [M]ore había expresado” (“[M]ore hath more expressed”). También aparece una alusión sublime a la misa como “la perfect ceremonia del derecho al amor” (“the perfect ceremony of love ́s right”), reforzado por el juego de vocablos de “right (derecho) / rite (rito)”; así, ilustraba un profundo entendimiento teológico de la misa como la “ceremonia perfecta” y “el rito del amor” (love ́s rite”). Abriendo aún más este seductor soneto, vemos que el poeta lamenta de no estar presente en esta “perfecta ceremonia” tan a menudo como quisiera, “por temor (falta) de confianza”, quizás como referencia a los espías que acudían a estas misas secretas para reportar los nombres de los “papistas” y entregar a los sacerdotes a las autoridades. Sin tener el heroico amor de auto sacrificio, que podía llevar a la muerte —como en el caso de Tomás Moro—, el poeta desea que “sus libros” sean “su elocuencia”, los “mudos presagios de su elocuente pecho”. Las últimas dos líneas son sin duda dirigidas a sí mismo y al lector, rogándole a este último que “aprenda a leer” en sus obras lo que el amor del poeta, silenciado por el miedo, no se atreve a decir abiertamente. Dado que los lectores no oirán al poeta hablar, deben ver lo que quiere decir en sus obras, oyendo con sus ojos y usando su propia “inteligencia refinada de amor” para discernir su significado más profundo.

    “O, aprended a leer lo que el silencioso amor ha escrito, Oir con los ojos es parte de la inteligencia más refinada del amor” (“O learn to read what silent love hath writ To hear with eyes belongs to love ́s finest wit”)

    Recordando la devoción de Shakespeare por Moro, no es sorprendente que le convencieran de participar en el esfuerzo para que la obra de Munday pasara la censura. Finalmente, la censura indicó al margen del texto,:“montar esta obra a riesgo propio”.  Pero a pesar de los esfuerzos de Shakespeare, Tilney se negó a levantar la censura y prohibió su presentación. Tuvieron que pasar cuatrocientos años para que, en el reino de otra Isabel, “Thomas More “ de Munday debutara. Cuando, en el verano del 2004, la compañía Royal Shakespeare montó la obra en el New Globe Theatre, Shakespeare y Moro finalmente fueron reunificados en el arte, del mismo modo que lo habían estado en sus creencias. El poeta, de cuya obra Ben Jonson dijera que “no es de una época sino para todos los tiempos”, había podido al fin rendir homenaje al santo, quien, según el título de la memorable obra de Robert Bolt, fue “un hombre para todos los tiempos”.

    Una de las piezas de evidencia más convincentes del catolicismo de Shakespeare está en la compra de Blackfriars Gatehouse, en Marzo de 1613. Esta casa era un “reconocido centro de actividades católicas”, con “puertas diversas y salidas de escape escondidas, cámaras secretas y recovecos” y “tenía una historia de sospechas y de allanamientos en busca de “Papistas””. En 1598, sobre la base de una denuncia de que Gatehouse era una colmena de actividades de insumisos, con “muchos escondites y pasajes secretos” y “salidas secretas al río” (Thames) por las que los sacerdotes podían escaparse, la casa fue allanada por las autoridades. John Fortescue —el propietario católico de la casa—, estaba ausente, pero su esposa e hijas fueron interrogadas. Ellas admitieron que eran insumisas, pero negaron que hubieran escondido a sacerdotes en la casa. En 1605. El jesuita John Gerard, el hombre más buscado de Inglaterra, se presentó desesperado en la casa, portando una peluca, barba postiza y un disfraz. Pedía refugio ya que no sabía donde esconderse.

    Poco se sabe de la historia de Gatehouse entre el periodo en que los Fortescue optaran por el exilio y la compra de la casa por parte de Shakespeare, pero en 1610 se comentaba en Nápoles que la casa era la base de un complot de los jesuitas para “enviar al rey un par de medias bordadas, envenenadas, que causaran la muerte a quien las portaran”(xii). Aún cuando tales elucubraciones pueden ser ignoradas como febriles imágenes de exiliados amargados o trampas de espías anti católicos, el hecho es que Shakespeare había decidido comprar esta propiedad londinense, teñida con actividades católicas. Es, por decir lo menos curioso, pero no termina de dilucidar el rompecabezas.

    Shakespeare decidió alquilar Gatehouse a John Robinson, un católico activo, cuyo hermano había ingresado al Colegio Inglés (English College) en Roma para prepararse al sacerdocio. Es obvio que Shakespeare sabía que al alquilar Gatehouse a John Robinson, la dejaba en manos de un insumiso católico. Por ende, como conjeturara Ian Wilson en Shakespeare: La Evidencia, Robinson “no era tanto el arrendatario de Shakespeare, sino su representante y guardián de uno de los mejores lugares de Londres para refugiar sacerdotes católicos”. Más aún, John Robinson no era sólo un arrendatario sino también un valioso amigo. Robinson visitó Stratford durante el retiro del poeta y fue, aparentemente, el único de los amigos londinenses del poeta que estuviera presente durante sus últimos días, firmando como testigo en su testamento.

    Se necesita más prueba de que Shakespeare había comprado Gatehouse sabiendo que sería usado como refugio para sacerdotes católicos. Esto es algo que el post scriptum podría clarificar de una vez por todas. El 23 de Octubre de 1623 una congregación clandestina de católicos se reunió en una buhardilla secreta “en los altos de Gatehouse”, para, supuestamente, celebrar la misa dominical. De pronto, una viga del piso cedió por el peso de los ocupantes, muriendo en este evento más de noventa personas. Fue este desastre el que hizo que las autoridades descubrieron esta “iglesia” secreta, que posiblemente había sido usada como tal durante años. Si bien Shakespeare había fallecido seis años antes de esta tragedia, el evento sirve para armar el rompecabezas sobre una base de sentido común y probabilidades.. El hecho de que John Robinson continuará alquilando la propiedad después de la muerte de Shakespeare sugiere que la propiedad había sido utilizada para actividades católicas clandestinas, incluyendo la celebración de la misa en los años en que Shakesperae fuera el dueño. Esto es reforzado por el hecho de que después de su muerte Gatehouse continuaba siendo usada para celebrar la misa.

    Shakespeare murió el día de San Jorge en 1616, dejando la mayor parte de su herencia a su hija Susana, a quien se considera como católica insumisa diez años antes. El resto de su herencia tenía como beneficiarios a varios católicos insumisos. Queda claro por lo tanto como lamentará el presbítero anglicano Richard Davies a fines de 1600 que “muriera como un papista”. Resulta abundantemente claro también que Shakespéare vivió como “papista”, un hecho que los ingleses trataron por mucho tiempo de esconder y que críticos literarios modernos tratan de negar hoy. La noticia de que el vate de Avon fuera un comprometido miembro de la iglesia de Roma es chocante para aquellos que falazmente han erigido su reputación sobre una lectura equívoca de sus obras. Es de esperar que no se recuperen de ese choque. Es sin embargo, una profunda alegría para los católicos de saber que William Shakespeare está del lado de los ángeles.

  • El misterio de las pirámides

    El misterio de las pirámides

    Invocar la imagen de las antiguas pirámides egipcias, nos hace pensar en un paisaje seco, solitario, casi anaranjado, donde el camello es la bucólica manera de aproximarse a ellas. Imaginamos numerosos esclavos, trabajando bajo la orden del látigo y hasta fuerzas casi sobrenaturales participando de la construcción. Incluso podemos responder memorizadamente, casi como una trivia, que sus faraones fueron Keops, Kefrén y Mecerinos. Pero …, nada de esto es cierto.

    ¿Es un misterio la construcción de las pirámides? ¿Realmente  es incomprensible para el entender humano que sigan aún en pie? ¿Podemos justificar en el trabajo esclavo la subsistencia de tan antiguas edificaciones Ciertamente entender el ¿Misterio? de las Pirámides exige, en primer lugar, retroceder en el tiempo unos 5 mil años. Cuando el mundo acostumbraba ver pasar numerosas tribus primitivas, todas nómades, sin dejar casi huella. Sin embargo hubo un lugar diferente, donde comenzó a forjarse una historia distinta. Un río Nilo privilegiado, cargado de riquezas (fertilizantes naturales minerales y vegetales) que arrastraban sus aguas desde sus remotos afluentes procedentes del centro africano. Aún más, el río era tan generoso, que cada año, religiosamente, inundaba ordenadamente las tierras aledañas, haciendo de la agricultura una de las mejores excusas para que algunos de esas tribus decidieran asentarse.

    Si el tema del alimento ya estaba resuelto y la razón para quedarse en un solo lugar ya estaba dada, entonces ¿a qué dedicarían su tiempo estos nuevos pueblos? La respuesta fue inmediata. El arte, la literatura, la religión, la escritura, la educación, la medicina, la música y, por supuesto, la arquitectura. Todo ello desarrollándose velozmente. Ya se habían transformado en una civilización.

    Las Pirámides de Giza (nombre dado por el lugar en el que se encuentran emplazadas), son entonces una excelente muestra del nivel de desarrollo que alcanzaron los egipcios. Nos detallan su capacidad de construcción, sin olvidar que datan del siglo XXVI a.C. De hecho, se trata de las construcciones más antiguas del mundo que aún siguen levantadas. No por nada son una de las Siete Maravilla del Mundo Antiguo, las más antiguas y las únicas que no han caído.

    Los egipcios creían en la trascendencia, en la vida más allá de la muerte. Por eso debían prepararse muy bien y, llegado el momento, enfrentarse al juicio de Osiris, dios que resolvería su paso al paraíso (o el castigo del monstruo devorador). Si era tan importante, había que preparar el cuerpo –y por eso las momificaciones-. Pero también había que buscar el lugar más adecuado para depositarlo. En los comienzos, se dejaban bajo la arena, pero ello no siempre funcionaba. La volatilidad de la arena a veces dejaba el descanso a la deriva, por tanto la solución estuvo dada en una nueva alternativa: las mastabas. Cajones de piedra que cubrirían, de ahí en adelante, los cuerpos debidamente preparados. Así trascenderían.

    Pero, la gran figura del faraón, máxima autoridad y representante de los dioses en la tierra, buscaría siempre una mejor forma de trascender. Uno de ellos, Netjerjet, entregó la tarea a su visir Imhotep: debía encontrar una manera majestuosa. No le fue tan difícil. Mandó a posar una mastaba sobre otra. Seis en total. El único requisito era que las mastabas superiores, fueran más pequeñas que las donde se posaban. Así nació la primera pirámide escalonada. Era el año 2.650 a.C.

    Un siglo después, los faraones sofisticaron las líneas de aquella primera estructura, convirtiendo sus tumbas en las Pirámides de Giza. Ellos fueron Jufu, Jafra y Menkaura. Sus nombres no fueron Keops, Kefrén y Micerinos. Así fue como los llamaron los griegos, dos mil años después, al relatarnos –por primera vez- sus experiencias en el antiguo Egipto. La orden fue clara. Había que construir esas enormes estructuras, de hasta 146 metros de altura. Requerirían pesadisimos bloques de piedra y habría que montarlos con mucha precisión para que la estructura no cediera. Encontraron la manera. Cada bloque iba encajado en el otro, con un efecto similar al juego moderno de lego. Así, su efectividad fue absoluta, permitiendo mantener en pie las construcciones hasta nuestros días.

    Sí fue necesaria también, muchísima mano de obra. Pero no fueron esclavos. Los esclavos no existieron en la cultura egipcia. Todos los ciudadanos tenían el mismo derecho dentro de su sociedad. Así, los que hicieron estas labores fueron los propios campesinos, quienes pasaban varios meses al año sin trabajar, esperando que el Nilo regara sus tierras y volviera luego a su cauce. Es así como el faraón daba un salario a dichos campesinos, además de alimento, alojamiento, herramientas y vestimenta. Muy lejos de la idea de esclavo… El trabajo era duro. Había que transportar los pesados bloques por la arena. Encontraron la manera usando largos rollizos de madera que ponían a modo de trineos, avanzando a fuerza humana. Y una vez en el lugar, levantaban rampas en torno a la construcción, subiendo cada bloque hasta el nivel correcto.

    Ni fuerzas sobrenaturales, ni esclavos. Tampoco nombres griegos. Pero aún resta un mito. Cuando hoy en día nos animamos a visitarlas, ni el desierto es tan solitario ni anaranjado, ni el camello es la manera de acercarse. Una moderna carretera entorpece la visión, cruzándose entre ellas, impidiendo la imagen bucólica de los sueños infantiles.