Tolkien

J.R.R Tolkien y la Guerra

Tolkien vivió en carne propia el trauma de la Primera Guerra Mundial, probablemente el conflicto bélico más traumático de la historia inglesa. En este relato, en el que lo amargo y lo dulce se entremezclan, sir Martin Gilbert cuenta lo que oyó de la boca del escritor cuando se conocieron como profesores en la Universidad de Oxford.

J. R.R Tolkien y la batalla del Somme están intrínsecamente unidos. Aprendí esto hace cuarenta y cuatro años, tras haber sido elegido para mi primera entrevista universitaria en el Merton College de la Universidad de Oxford, cuando yo tenía veintitrés años. En esos días existía una norma muy estricta en las comidas de los college. La autoridad se sentaba al centro, los miembros más antiguos a ambos costados de él y los miembros novatos en la parte final de la mesa. También al final estaban los miembros eméritos, hace largo tiempo retirados, muchas veces venerables y grandes guardianes del nombre del college. Muchos de ellos habían servido en la Primera Guerra Mundial. Cuando descubrían un historiador  nuevo en el ambiente, se sentían muy contentos de poder hablar de esos días distantes de más de cuarenta años atrás. A algunos les gustaba cantar las canciones de las trincheras, en  una versión más ruda de la que se cantaba en esa época. Tolkien era más reticente, de hecho jamás se auto glorificaba y se negaba a embellecer esos recuerdos.

En 1916, Tolkien de veinticuatro años era segundo lugarteniente de los fusileros de Lancashire. En la tarde del 14 de julio, dos días después de comenzada la batalla del Somme, su batallón fue enviado al frente. Lo que más tarde llamó “el horror animal” de las trincheras era para entonces deconocido para él. Pronto se enteraría que uno de sus más cercanos amigos, Robert Gilson, había muerto ese mismo día. Gilson era dos años menor que Tolkien, había escrito a su casa dos días antes de su muerte. “El tronar de las armas durante la noche es hasta hermoso- no se siente muy terrible. Suenan los enormes estruendos, pero como una garra que irrumpe en una escena pacífica. Sería maravilloso poder estar a cientos de millas de la línea de fuego otra vez”

Tolkien debió experimentar muchas noches como ésta, incluso tendrá que perder más amigos. El 22 de julio, tres días después de su primer turno de cinco días en la trinchera, su amigo Ralph Payton murió en acción y su cuerpo de Payton nunca fue identificado, su nombre está inscrito hoy en el Memorial Thiepval a los desaparecidos. Dos días después que Payton murió, Tolkien regresó a las trincheras por un segundo turno de cinco días de deberes en la línea del frente. Como oficial de señal del batallón, su objetivo cada vez que iba “arriba a la linea” era supervisar las comunicaciones de la posta del comando de la brigada en una milla y media tras las trincheras. El mejor método de comunicaciones era a través de palomas.

Cuando hablábamos de esos lejanos tiempos, Tolkien recordaba, tan vívidamente como si fuese ayer, el constante daño de la artillería alemana en las zonas circundantes, acompañados de sus chirridos y bramidos, las nubes de polvo y lodo, y los llantos desconsolados de hombres que habían sido heridos. Como todos los soldados de la Primera Guerra Mundial en la comida del college, Tolkien sabía que su historia sonaba anticuada comparada con las memorias más recientes de aquellos que habían peleado en la Segunda Guerra Mundial. Algunas veces me dijo, en palabras que más tarde usó en la segunda edición de El Señor de los Anillos: “parece que para ser tomado en cuenta por la juventud, 1914 no es una experiencia en comparación con los hechos ocurridos desde 1939 en adelante”.

Cuarenta y cuatro años antes de mis conversaciones en el Merton College con Tolkien, pasé por la Iglesia Católica de Bertrancourt, tres millas atrás de la antigua línea del frente. Ahí el 6 de Agosto, asistió a misa, antes de partir a la mañana siguiente a la primera línea de la trinchera. Era su tercer turno en la parte alta de la línea y había sido afortunado. Durante los cinco días que estuvo a cargo de las comunicaciones, no hubo ningún asalto y sólo cuatro hombres murieron. Uno escribió “solamente” porque, en ese tiempo, la muerte de cuatro soldados de un batallón parecía un número muy reducido.

Como muchos otros soldados, Tolkien hablaba de la desolación, del vacío de las cosas cotidianas de la vida que muchos sentían en el campo de batalla. Pero ahí no había falta de acción. El 27 de Septiembre Tolkien estaba de vuelta en el frente, organizando las comunicaciones entre el laberinto de astilleros del bosque de Thiepval, como parte de la lucha vana de subatallón por entrar al Schwaben Redoubt, un importante punto fuerte alemán que había resistido a todos los esfuerzos de ser capturados desde el primero de julio. Al día siguiente cuando el batallón realizaba una incursión efectiva sobre una ametralladora alemana que había causado varias bajas con sus ataques, más de treinta alemanes fueron prisioneros.

Tolkien, que hablaba alemán, recordaba con un gesto, entre de asombro y risa, que cuando le ofrecía agua a los oficiales alemanes heridos, éstos aceptaban, pero no sin antes corregir su pronunciación. Tolkien y su equipo eran siempre vulnerables. Uno de ellos, el soldado Sydney Sumner, desapareció tras un intenso bombardeo el 9 de julio. Por dos meses no se encontró ningún rastro de él. “Querido señor”, escribía su mujer a Tolkien con esperanza y desesperación, “No me importaría si sólo pudiera saber cómo se fue”, y agregaba. “Yo sé que todos no se pueden salvar y regresar a casa”. Sumner había dejado una hija de tan sólo un año. Su nombre está en el Memorial Thiepval de los desaparecidos: un memorial con más de 73.335 nombres grabados. Ninguno de esos hombres fue nunca reconocido debido a la crueldad del campo de batalla, otra cara del “horror animal” del que hablaba Tolkien.

El 21 de octubre Tolkien estaba otra vez en la línea del frente con sus compañeros y seguían a las primeras oleadas de infantería, la que había atrapado una trinchera alemana frente a ellos. Durante el ataque, una granada alemana alcanzó a uno de sus compañeros. Otros pudieron rescatar el canasto de palomas del equipo. Al día siguiente el encargado del batallón, el capitán Evers, quien había desaparecido  durante la contienda, regresó a las línea británicas cubierto de sangre. Había pasado la noche en la llamada tierra de nadie, bajo el fuego de la artillería alemana, tendido bajo los heridos.

El 26 de Octubre, cuando estaba de reserva, el batallón de Tolkien fue inspeccionado por Sir Douglas Hais. Al día siguiente Tolkien cayó enfermo. Había contraído la llamada “Fiebre de la trinchera”, una bacteria en el sistema sanguíneo. Tras esto no volvería al servicio. El 18 de noviembre, el último día de la Batalla del Somme, Tolkien fue evacuado a Inglaterra. Nunca olvidaría esos cinco meses en el Somme. En El Señor de los Anillos, Sam Gangee- el personaje ficticio del cual Tolkien dice que se trata de una “reflexión acerca del soldado inglés  anónimo que él conoció en la guerra de 1914, a quienes reconoce superior a él mismo” viaja, “sosteniendo sus pies en una vieja raíz o alguna mata de hierba. Se caía y sentía el peso en sus manos, las cuales transpiraban desde sus pegajosas heridas, de manera que su cara era llevada cerca de la superficie oscura. Había un casi imperceptible silbido, un fétido olor subía… Sacando sus manos del charco volvía a romper en llantos: había cosas muertas, caras muertas en el agua” decía con horror.

Me siento orgulloso de haber podido contar la historia de una batalla en la cual  mi primer testigo fue Tolkien.

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Tolkien vivió en carne propia el trauma de la Primera Guerra Mundial, probablemente el conflicto bélico más traumático de la historia inglesa. En este relato,