Categoría: Reflexiones

  • Educar la libertad humana (II)

    Educar la libertad humana (II)

    Hablábamos en un número anterior acerca de la educación de la libertad de nuestros hijos, y decíamos allí, que el fin de nuestra actividad educativa no es otro que  posibilitarles amar en plenitud, de tal modo que puedan entregarse a los demás por amor. Ese es el mejor modo de encaminarlos hacia la felicidad. Pero claro, esto no es fácil, y por eso, es necesario continuar con aquella reflexión deteniéndonos esta vez en los medios que nos permiten realizar tan ardua labor. 

     ¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos sean capaces de amar más unas cosas que otras, cómo podemos hacer para que sean capaces de amar libremente aquello que vale la pena ser amado y, por el contrario, que rechacen aquellas cosas que exigen ser rechazadas? Seguramente, si el querido lector es madre o padre, ya habrá dado la respuesta en el fondo de su corazón, porque no tiene mayor secreto: amando incondicionalmente a los hijos. El lugar donde los hijos aprenden a amar es en el seno de la familia y si no lo aprenden allí, no lo aprenderán en ningún libro de autoayuda o de psicología contemporánea. Es en la familia, en esa comunidad de vida y de amor, donde el hijo es amado por lo que es, donde vive esa experiencia de ser amado por el hecho mismo de ser, sin tener que realizar ninguna acción especial, ni extraordinaria. Lo único que valdría la pena recordar aquí es que ese amor a los hijos será plenamente educativo si está fundado en el amor profundo y comprometido entre los esposos. Los hijos aprenden a amar no solo con la experiencia de ser amados, sino en la contemplación del amor que tienen sus padres entre sí. Los hijos quieren que sus padres se quieran y, por ello, todo lo que altere esa comunión de amor afectará inevitablemente a la actividad de los padres como educadores. 

    Ahora bien, junto a este amor incondicional de los padres es preciso, en orden a educar la verdadera libertad, que los hijos conozcan lo que es verdadero y bueno, de tal modo que puedan elegirlo, siendo para ello necesaria una firme y tierna autoridad. Requieren que se le presente el bien, que se les haga atractivo, que lo vean como perfectivo. Solos, no son capaces de conocer lo bueno, de tal manera, que si quisieran moverse desde sí mismos sin conocer el bien que les perfecciona, se moverán de un modo parcial, limitado, no completamente libre. Es por eso que requieren la autoridad de alguien que les muestre lo que es digno de ser amado; requieren, exigen, la autoridad de los padres que les guíen y les conduzcan hacia el estado de virtud; requieren de los padres que les sirvan de sustento; exigen una palabra que les dé sentido a su existencia, que los oriente en el camino de la verdadera felicidad. 

    Autoridad educativa, afirma Monseñor Carlo Cafarra: “Significa posesión segura y vivida de una interpretación de la realidad que se ofrece-propone para la verificación existencial de quien es educado”. En efecto, si no se conoce lo bueno, si no se conoce lo que es verdaderamente valioso, si no se posee una interpretación segura de la realidad que proponerle al hijo, no hay educación posible. Sin esa autoridad, complemento indispensable del amor incondicional, los hijos podrían terminar encerrados en sí mismos, con una personalidad inmadura, porque aún recibiendo la experiencia del amor de los padres, no sabrán lo que deben elegir y amar, pudiendo incluso pensar que no hay nada suficientemente digno de ser amado como para realizarlos, volviendo así imposible la educación de la libertad.

    En nuestros días la autoridad está bastante desprestigiada, hay una verdadera crisis de autoridad. Ella se ve como imposición arbitraria de la mentalidad de quien tiene el poder, se la hace sinónimo de autoritarismo y no se la considera o no se la quiere ejercer. No nos atrevemos a decirles a nuestros jóvenes: “esto es verdadero”, “esto vale la pena”, “esto es bueno y debe amarse”, porque muchas veces pensamos que no hay verdad, ni bien, ni cosas valiosas. Pero así abdicamos de nuestra tarea. Mostrarles lo bueno – mostrarles, proponerles, no imponerles – lo digno de ser amado, no es autoritarismo sino verdadera autoridad, supone estar al servicio de la vida de otro, acompañando el proceso de mejora y de crecimiento de ese otro. 

    Así entendía la autoridad San Agustín, para quien el que manda sirve. En casa del justo, decía el obispo de Hipona, “hasta los que mandan están al servicio de los que son mandados, y no mandan por afán de sobresalir, sino que lo hacen por un amor lleno de servicio”. En efecto, la autoridad tiene como finalidad servir a nuestros hijos, custodiar el bien de nuestros hijos. No se ejerce para que todo el mundo vea lo bien que van las cosas en la propia casa, lo ordenado que está todo, lo poco que molestan los críos, sino porque a través de ella nos empeñamos en conseguir el bien de nuestros hijos y ese bien es que sean verdaderamente libres para amar en plenitud. Para lo cual la autoridad debe ejercerse estableciendo los límites y las obligaciones necesarias para el desarrollo de su personalidad, límites que están encaminados a la felicidad y plenitud del hijo, así como también deben establecerse sus derechos y posibilidades. 

    Es esta autoridad así entendida, la que permite apuntalar, guiar para que se eviten las desviaciones o para corregirlas si aparecen, y en esa corrección, en ese indicar los límites y reglas del juego, el padre y la madre deben ser firmes, porque de su firmeza depende el bien de su hijo. De tal manera que en las correcciones uno debe decir o más propiamente manifestar que se lo ama demasiado como para permitir aquel desvío. “Te amo tanto, hijo mío, quiero con tanta fuerza tu bien, que no me puedo permitir dejarte hacer esto”.   

    No obstante, esa firmeza en el ejercicio de la autoridad debe ejercerse a la vez con paciencia, con ternura y con cariño, frutos estos de aquel amor incondicional del que hablábamos al principio, puesto que faltándole estos ingredientes puede perfectamente convertirse en autoritarismo. De modo especial hay que tener esto en cuenta en la adolescencia, puesto que en esta etapa la autoridad pasa de ser un mandato meramente externo a tener la dimensión de un consejo. Los adolescentes tienen que descubrir que no se les imponen las cosas sino que también se les aconseja, se les deja un ámbito propio. Se ejerce sobre ellos una autoridad razonada. Una autoridad que supone exigirles responsabilidades. Ha llegado el momento en que han de darse cuenta que son capaces de determinarse hacia lo que es bueno para sí mismos, no solo por la autoridad paterna-materna, como en la infancia. Ahora ya tienen un mundo interior, ya pueden ordenarse o negarse a lo que es bueno desde su propia interioridad. Ahora  es el tiempo en el que deben ser fortalecidos, por su propio bien, con responsabilidades. 

    Recordemos que no son niños chicos y, por eso, no puede tratárselos como tales. El hogar, la vida en familia, es de todos no solo de los padres. No puede ser que los padres sean los que se esfuerzan día a día mientras el adolescente se dedica a pasarlo bien. La familia entera está comprometida, la vida familiar no es solo cosa de los padres, sino de todos sus integrantes, de allí que debe ayudárseles a implicarse en las tareas y actividades familiares. No es posible que algunos adolescentes vayan al colegio sin haber tenido nunca una responsabilidad en casa. Así, el colegio mismo tampoco puede verse como un compromiso serio. Un adolescente sin responsabilidades, en un momento en el que está emergiendo su interioridad, su personalidad, no podrá descubrir verdaderamente de qué es capaz. 

    Debe darse una autoridad fuerte, exigente, que le suponga responsabilidades y obligaciones, pero que se mueve no solo en la línea de la fuerza o poder para conseguir cosas, sino en la línea del consejo. La autoridad es la garantía de la libertad, porque es ella una fuerza para garantizar lo bueno y no hay que tener miedo de ejercerla. A veces puede pensarse que exigiendo, que poniendo límites, que diciendo “no”, alteraremos la paz familiar o traumatizaremos a nuestros hijos o peor aún, perderemos su cariño y su amor. Pero esto, no solamente es falso, sino que además es profundamente injusto. No es justo tener miedo a mandar a los hijos. Tener miedo significa dudar del amor que los hijos tienen a sus padres. Ellos son los que están pidiendo a gritos una palabra que los oriente. Una palabra con sentido que les de una sólida razón para vivir. Pero cuidado, esa palabra que sale del corazón de sus padres, debe ser respaldada con hechos. De aquí que, a mi juicio, el mejor medio en orden a educar la libertad verdadera de nuestros hijos es el ejemplo. El ejemplo que los padres dan en su obrar es aquello a cuya imitación se hace algo y es para el hijo el punto de referencia para su propio comportamiento. Mirando la acción de sus padres, los hijos pueden realizar su propia acción de modo que ésta se asemeje a aquella. De este modo, el actuar moral de los padres se convierte en algo que es conocido, que es mirado por el hijo cuando pone en obra su propia acción. Es ese el mejor modo por el cual los padres son capaces de inclinar a sus hijos hacia el bien concreto que le proponen.  Mediante su amor desinteresado, gratuito, consiguen paulatinamente que el hijo quiera las acciones buenas que el padre le propone con su acción. Con su acción educativa, siempre constante, siempre firme y a la vez tierna, delicada y conforme al modo individual del hijo, los padres van posibilitando que los hijos sean verdaderamente libres y capaces de amar en plenitud. Por eso, la mejor receta si queremos que nuestros hijos sean verdaderamente libres, amantes de lo verdadero, lo bueno y lo bello; la mejor receta que tenemos que aplicar es serlo nosotros mismos, porque en definitiva, uno no educa gracias a diversas metodologías especialmente avanzadas, no educa gracias a frases bonitas, no educa por las cosas que dice, sino que se educa por lo que uno es. “Nos esforzamos en educar a los hijos de cierta manera y al final, me decía un hombre sabio en una sobremesa, salen tal como somos nosotros”. Por eso, es preciso que nos esforcemos en ser mejores personas ya que así nuestros hijos lo serán también. 

  • Educar la libertad humana

    Educar la libertad humana

    Cuando hablamos de educación, sea cual sea la postura filosófica que se adopte, debe reconocerse que se está hablando de una actividad que tiene como finalidad la mejora de la persona humana. La actividad educativa debe entenderse siempre como una actividad encaminada a hacer que la persona que nos ha sido confiada, que nos ha sido encomendada, llegue a ser más y mejor persona, que alcance ese Bien y esa Felicidad a la que se encuentra naturalmente inclinada. Quienes mejor ven y aprecian esta verdad son las madres que anhelan con todas las fuerzas de su corazón ver a sus hijos felices. Esa es su mayor pretensión cuando emprenden la obra educativa. 

    De esta concepción de la educación que se arraiga en el más profundo sentido común humano se sigue, con total claridad, que no podemos reducirla ni limitarla a una mera adquisición de informaciones y enseñanzas útiles para la vida que hagan del educando una persona instruida, culta, preparada, técnicamente competente para enfrentar las tareas y los desafíos del nuevo siglo. Ciertamente que es importante que tenga una adecuada preparación intelectual y técnica, pero no consiste en eso la esencia de la educación. Si lo que se quiere es educar a los hijos, no se puede reducir la acción formativa a brindarles medios que le permitan adquirir ventajas sociales, económicas o bienestar material. Educar es mucho más que enseñar determinadas cosas para que se “ganen la vida”, sin perjuicio de lo útil que pueda llegar a ser.

    Chesterton nos advertía del peligro de reducir la educación a mera capacitación cuando decía, con su particular ironía: “Sé que hay animales que entrenan a sus crías con trucos especiales, como los gatos enseñan a los pequeños gatos a cazar ratones. Pero es una educación muy limitada y más bien rudimentaria. Es lo que los industriales millonarios llaman educación para los negocios o para la administración de empresas; es decir, no es de ninguna manera educación”. En efecto, no es eso educar. Educar es, como apuntábamos al comienzo, llevar a la persona a su plenitud y realización en cuanto persona; es comprometerse a fondo en el crecimiento hondo, profundo, del educando en tanto que es un ser personal. En síntesis, y utilizando las palabras del papa Juan Pablo II: Educar es “hacer a la persona más y mejor persona”.   

    La pregunta que surge inevitablemente entonces es ¿en qué consiste esa plenitud humana hacia la cual la persona está ordenada? La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos dice al respecto: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. Sólo en la medida en que somos capaces de donarnos, de entregarnos, por amor y con amor a otro ser personal (primeramente a Dios y a otra persona humana, secundariamente), nos realizamos como personas. 

    Víctor Frankl, judío, psiquiatra y neurólogo austríaco, se expresa en términos semejantes: “Nos sale aquí al paso un fenómeno humano que yo considero fundamental desde el punto de vista antropológico: la autotrascendencia de la existencia humana. Quiero describir con esta expresión el hecho de que en todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo que no es él mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir, o hacia otro ser humano, a cuyo encuentro vamos con amor. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo. Cuanto más sale al encuentro de su tarea, cuanto más se entrega a su compañero, tanto más es él mismo hombre y tanto más es sí mismo. Así pues, propiamente hablando sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida de sí mismo, en que se pasa por alto a sí mismo”. Somos felices en la medida en que libremente nos damos. Cuando más vivimos para nosotros, menos nos realizamos y menos felices somos, por mucho que la pasemos estupendamente bien. 

    Nuestra actividad educativa, por tanto, debe ir en la línea de permitir esa donación, de permitir que el educando se trascienda a sí mismo, busque salir del amor propio y se aventure a amar en plenitud, pero que lo haga no como coaccionado por los educadores, no como obligado por quien lo conduce a ser mejor, sino que la educación (y en esto radica su dificultad) debe disponer al educando para que libremente se decida por lo bueno y mejor, para que libre y voluntariamente se decida a vivir para los demás. En este sentido, el educador no es el que hace feliz, sino el que mediante la formación en las virtudes humanas, dispone al educando a que libremente se ordene a la felicidad. 

    Ahora bien, no se puede propiamente donarse a los demás, si no se es plenamente libre. Sólo en la medida en que se es libre, puede el hombre entregarse por amor a los demás, y por tanto, ser más persona. Porque de lo contrario se obraría de manera determinada, necesaria y no habría propiamente donación. Sería amar como ama el pingüinito a la pingüinita, esto es, necesariamente. El pingüinito no puede decirle que no, está determinado a amarla. 

    La persona humana, en cambio, se mueve libremente hacia lo amado, de tal manera que ama, que se entrega, que se compromete, si quiere. De lo que se sigue que hacer a la persona más persona, es hacerla más libre, hacer a la persona más persona es educarla para la libertad. Y en este sentido hay que amar profundamente la libertad de nuestros hijos. Sí, hay que desear y promover la libertad de nuestros hijos, tanto niños, como adolescentes, como jóvenes. Pero, claro, afirmar eso supone correr el riesgo de entender impropiamente lo que eso significa, de manera que bien vale aclarar qué se entiende por libertad. 

    Ser libre significa, en primer lugar: no estar determinado, sino que autodeterminarse a actuar. Los seres irracionales, lo seres no personales, realizan sus actos absolutamente determinados por su naturaleza específica. Ellos sí que están completamente determinados. No hay ovejas que desafíen al lobo, ni leones que se apiaden frente a las cebras. Ellos  realizan sus operaciones siguiendo la determinación de la especie, obran desde su especie, lo que hace uno, lo hacen los demás, porque no obran desde su individualidad, sino desde su especie. La persona humana, por su racionalidad, no obra desde su especie, sino desde su individualidad. Ella decide poner un acto en la existencia o no; es ella la que decidirá qué hacer en cada momento. El hombre puede elegir, los animales no. Esta autodeterminación, esta capacidad de elegir, por la que actuamos o no actuamos, hacemos una cosa u otra es la raíz y el fundamento de la libertad humana. Sin embargo, no es, ni puede ser toda la libertad. La elección es un momento de la libertad pero no es lo esencial a ella.

    En tanto que la persona humana está ordenada a su realización, lo esencial de la  libertad para que sea propiamente humana será su ordenación a dicha perfección. La libertad es un medio, no un fin, por lo que el hombre dispone de la libertad para ordenarse por sí mismo a su felicidad y no a su desgracia. De este modo, la libertad supone elegir lo bueno; moderar las apetencias sensibles, de tal modo que el hombre sea capaz de obrar en la línea de su realización personal; tender a bienes verdaderamente humanos y no dejarse llevar por falsos placeres egoístas. La libertad personal es, por tanto, señorío sobre uno mismo y sobre sus propios actos. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por uno mismo, en cada momento, aquello a lo que por naturaleza está uno ordenado a ser: una persona plena, realizada, feliz; más propiamente, según lo que venimos diciendo: una persona capaz de amar y ser amada en plenitud. 

    Educar para la libertad significa entonces, formar jóvenes que sean verdaderamente dueños de sí mismos, jóvenes empeñados en lograr su propia perfección y no su ruina, jóvenes que sin coacciones, desde sí mismos, se muevan hacia lo bueno, jóvenes capaces de decirle “no” a aquellas cosas que no les perfeccionan, pero, que a la vez tengan la alegría y la vitalidad de decirle “sí” a las cosas que los engrandecen. Dicho más simplemente, educar para la libertad, no es otra cosa sino educar para el amor, para el amor de aquello que es digno de ser amado; formar a los jóvenes para que sean capaces de amar bien, de amar más unas cosas que otras y así lograr su realización.

    La actual mentalidad relativista, al desconfiar de la capacidad de la inteligencia humana para conocer lo verdadero, se ve obligada en el orden de la realización humana a no establecer diferencias entre los bienes existentes, dejando a los mismos jóvenes la determinación de lo que ellos mismos consideran bueno. Si todos los bienes son del mismo valor, será igualmente bueno ayudar a los pobres como drogarse; sacrificarse por la familia, que ir de fiesta; etc. El educando, precisamente porque es educando, exige una palabra orientadora de la existencia que le permita apreciar la mayor bondad de unas opciones sobre otras. Son los educandos mismos los que esperan que aquellos que los aman les digan qué vale la pena elegir o qué vale la pena amar. Faltando esa palabra, se instalará un profundo vacío en sus almas que intentarán llenar con placeres o diversiones incapaces de satisfacer su anhelo de felicidad. De allí la especial responsabilidad de los padres y educadores en el ejercicio de la actividad educativa. 

    Por eso cuando hablamos de educar para la libertad, cuando decimos que hay que amar la libertad del adolescente, de ninguna manera estamos pretendiendo que haya que favorecer y promover una independencia frente a la autoridad o a las normas, no estamos diciendo que haya que promover la irresponsabilidad del adolescente o permitir que haga lo que quiera hacer, cuando quiera y con quien quiera. 

    Lo que estamos significando cuando decimos que es preciso educar para la libertad, es que nuestra actividad educativa debe encaminarse a posibilitar al adolescente a amar en plenitud, a ser verdaderamente suyo, de tal modo que pueda entregarse a los demás por amor. Eso es lo que debemos anhelar: educar para el amor y para la libertad, no para la frustración y la esclavitud de las pasiones. Sobre cómo llevar a cabo esta maravillosa tarea hablaremos en una próxima oportunidad. 

  • ¿Descansar para trabajar o trabajar para descansar?

    ¿Descansar para trabajar o trabajar para descansar?

    El sentido del
    descanso humano

    El término de las vacaciones, la finalización de ese tiempo de descanso y diversión, suele provocar cierta tristeza y desazón, a la vez que un profundo desgano al enfrentar otra vez las actividades intelectuales y laborales. Se vuelve al trabajo, pero se esperan y anhelan de manera ferviente las vacaciones futuras. Se retoman las ocupaciones, pero con el espíritu aún enredado en “la arena y el mar”. No suelen ser frecuentes las manifestaciones de júbilo causadas por el regreso a la sala de clases o al puesto de trabajo. 

    Pero este sentimiento generalizado, que más de alguna vez ha embargado al que escribe estas líneas, manifiesta una apreciación impropia de lo que significan el descanso y la actividad en la vida humana, ya que considera al primero como fin y al segundo como medio, manifestando con ello una visión del hombre reducida a que éste viva en orden al descanso y no hacia la realización de sí mismo mediante alguna actividad perfectiva. Por eso, es conveniente realizar algunas reflexiones en torno al verdadero sentido del descanso, la diversión y el juego; y su relación con las actividades humanas. 

    En primer lugar es preciso señalar que el descanso y la diversión son realidades no solo convenientes sino también necesarias. San Agustín, refiriéndose a aquel que se dedica a labores intelectuales, dice: “Quiero que seas indulgente contigo mismo, porque conviene que el sabio relaje de vez en vez el rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer”. El descanso, por tanto, es un deber, no sólo para aquel que se dedica al trabajo que implica un esfuerzo corporal, sino también para el que realiza actividades intelectuales. Y lo es en la medida en que es necesaria la conservación de las propias fuerzas. No es posible mantener la tensión del estudio, de la entrega constante al conocimiento, al saber y al trabajo, sin padecer el cansancio que generan dichas actividades. Cansancio que exige ser reparado para continuar realizando plena y perfectamente las actividades que lo ocasionaron. 

    En el caso del cansancio físico lo que se exige es la suspensión de las actividades. Mientras que para el descanso del intelecto, la diversión y el juego son los medios más eficaces. El alma humana encuentra la reparación en la medida en que dirige su atención hacia otras cosas, distintas del trabajo habitual, en la medida en que se di-vierte, en que se vuelca, se vierte hacia otra realidad. De allí que diga Tomás de Aquino que el juego y la diversión tienen cierta razón de bien en cuanto son útiles para la vida humana y cuenta aquella historia del evangelista Juan, en la que algunos de los que lo frecuentaban se escandalizaron al verlo jugar con sus discípulos. Entonces, Juan “mandó a uno de ellos, que tenía un arco, que tensara una flecha. Después de hacerlo muchas veces, le preguntó si podría hacerlo ininterrumpidamente, a lo que el otro respondió que, si lo hiciera así, se rompería el arco. San Juan hizo notar entonces que, al igual que el arco, se rompería también el alma humana si se mantuviera siempre en la misma tensión”.  

    De lo cual concluimos que si bien es necesario el descanso y la diversión, lo son en la medida en que se ordenan a reparar las fuerzas para retomar la acción. No son buenos en sí mismos, sino como un medio exigido para retomar la acción con fuerza renovada. Y es que el trabajo, tanto físico como intelectual, no es simplemente una actividad mediante la cual conseguimos lo necesario para sobrevivir, sino que es mucho más que eso. El trabajo es un acto personal ordenado al perfeccionamiento integral del sujeto que lo realiza. Mediante el trabajo la persona se autorrealiza y se dignifica. Es erróneo pensar que el valor del trabajo se mide en función de la productividad y no por la dignificación que la persona adquiere en su obrar. No es el descanso lo que nos realiza en cuanto personas, por ello no puede ser nunca buscado como fin. Aquello que propiamente debe ser buscado en orden a nuestro crecimiento personal es esa actividad con la que de alguna manera aportamos novedad a lo ya dado, colaboramos al progreso social y a la obra creadora de Dios. 

    De lo que se sigue que por muy noble y necesario que sea el descanso y la diversión no pueden ser lo más importante en nuestra vida, no podemos ordenar nuestra vida teniéndolos como centro. Así lo enseña Aristóteles: “La felicidad no consiste en el juego y el descanso. Sería un absurdo que la diversión fuera el fin de la vida. La diversión es una especie de reposo, y como no se puede trabajar sin descanso, el ocio es una necesidad. Pero este ocio, ciertamente, no es el fin de la vida, porque sólo tiene lugar en razón de la futura operación. La vida dichosa es la vida conforme a la virtud; ésta va con el gozo, pero no con el gozo del juego. Las cosas serias son mejores que las que mueven a risa y a chanza, y el acto de la mejor parte del hombre, o de lo mejor del hombre, esto es el intelecto, se considera como el acto más serio”. Una vida dedicada al descanso y a la diversión como fin es poco seria; de hecho, tiene más semejanza con la vida animal que con la vida propiamente humana. Es cosa de ver a algunos animales, como el gato o el león, cómo pasan gran parte de su día recostados, durmiendo o descansando y solo se animan para alimentarse y procrear; pero su estado natural es, para decirlo coloquialmente, “estar echados”. De allí que aún teniendo aseguradas de por vida la satisfacción de nuestras necesidades básicas, es decir, aún no necesitando del trabajo para conseguir los recursos que me permiten subsistir, aún así no podríamos dejar de realizar alguna actividad intelectual o productiva que nos enriquezca espiritualmente. Es a ella a la que debemos amar más que al descanso. 

    Luego de haber afirmado la necesidad y la conveniencia del descanso, el juego y la diversión, es preciso en segundo lugar, referirse al orden propio que debe animarlos. Porque la relajación del alma y del cuerpo no significa dejar de obrar humanamente. El abandono de las actividades laborales no supone el abandono del obrar que enriquece al ser humano. Santo Tomás nos llama a recurrir al deleite que proporciona el juego, la diversión y el descanso, para “relajar la tensión del espíritu”, pero nunca para olvidarnos del espíritu. Si bien divertirse supone un salir en cierta manera de uno mismo, salir un poco de lo habitual, del esfuerzo constante; sin embargo, no puede ser un salir que pierda de vista nuestra realización personal. El Doctor Angélico señala tres cosas que es preciso evitar en el descanso y la diversión. “La primera y principal, que este deleite se busque en obras o palabras torpes o nocivas. En segundo lugar, hay que evitar que la gravedad del espíritu se pierda totalmente. En tercer lugar, concluye, hay que procurar, como en todos los demás actos humanos, que el juego se acomode a la dignidad de la persona y el tiempo”. Este orden de la razón en la diversión es lo que Aristóteles llama eutrapelia, esto es, la virtud que ha de moderar el descanso y la diversión, de manera que no caiga en excesos. 

    Muchas veces, sin darnos cuenta, la diversión da paso a un mayor cansancio o lo que es peor, a la amargura. Esto se debe a que no sabemos descansar, no guardamos el orden debido, entregándonos a una diversión que altera la tranquilidad del alma, porque preferimos ambientes ruidosos y masificados, o nos entregamos a acciones torpes que no guardan ninguna relación con aquello que nos perfecciona. Santo Tomás nos enseña que el verdadero descanso del alma es el gozo y Sertillanges nos ilustra esto al decir: “Los juegos, las conversaciones familiares, la amistad, la vida de familia, las lecturas agradables, el contacto con la naturaleza, el arte fácil, un moderado trabajo manual, la visita a una ciudad, los espectáculos poco absorbentes, los deportes moderados, son elementos de expansión”. Cuan diferente es esta visión del descanso con la que parece reinar en la sociedad moderna basada en la televisión, Internet y videojuegos. Divertirse no puede ir de la mano con el olvido del perfeccionamiento humano. El descanso no es un momento en el que hacemos un paréntesis en nuestro empeño por ser mejores, sino sólo un descanso en el esfuerzo cotidiano en orden a tomar nuevas fuerzas para continuar realizando aquello que de verdad amamos. Dicho de otro modo, para divertirse y descansar es preciso ocuparnos en esas actividades que relajan, distienden, sosiegan, reparan fuerzas para que después seamos capaces de mayores esfuerzos. Cuando se plantean las cosas de modo inverso y se tiene la diversión como fin en sí mismo, se espera de la diversión algo que ella no nos puede dar. Eso explica las tristezas al volver de las vacaciones o al concluir los fines de semanas. Cuando el descanso que se había tomado como fin termina, lógicamente comienza el desencanto, la desazón del alma. Quizá se anhelan entonces nuevas diversiones, nuevos descansos, que si siguen tomándose como razón de ser de la existencia, nunca conseguirán hacer feliz. ¿Cuál es el sentimiento que a usted, estimado lector, le embarga después de haber concluido las vacaciones?  

  • La curiosidad intelectual: ¿virtud o vicio?

    La curiosidad intelectual: ¿virtud o vicio?

    “Es preciso incentivar la curiosidad de los alumnos”; “mi hijo es muy curioso intelectualmente”; o “la curiosidad es necesaria para la ciencia”, son expresiones comunes en nuestros días. Pero cuando uno recuerda que “la curiosidad mató al gato”, entonces tiene sentido preguntarse si acaso la curiosidad es una virtud que debe adquirirse para la perfección de nuestro entendimiento; o, por el contrario, es un vicio en el que es preciso evitar caer para que no muera, en este caso, nuestra vida intelectual.

    Para comprender la naturaleza de la curiosidad es preciso entender primero que el hombre posee una naturaleza espiritual y en virtud de ello, posee naturalmente el deseo de saber. Todo hombre tiende por naturaleza a saber, dice Aristóteles al comienzo de la Metafísica, todo hombre desea por naturaleza conocer algo. En tanto que el hombre vive una vida intelectiva, en tanto que vive de los razonamientos, existe en su corazón un deseo de conocer tan profundo que renunciar a ello comprometería su propia existencia. Pero, ¿puede el deseo por conocer la verdad ser moralmente incorrecto? ¿Existe verdaderamente la necesidad de una moderación del deseo de conocer o todo puede y debe ser conocido? Siendo una tendencia natural a algo tan perfectivo del hombre, es lícito pensar que no se requiere de ninguna moderación y que el hombre puede desear conocer todo lo que es verdadero. Millán Puelles ordena ésta objeción de la siguiente manera: “a) No es posible que la verdad sea moralmente mala; b) Tampoco cabe que sea moralmente malo el conocimiento de la verdad; c) En consecuencia, el interés por conocer la verdad no puede ser malo moralmente”. 

    Sin embargo, esto es sólo una apariencia, ya que así como es natural al hombre nutrirse en vistas a conservar su ser, no por ello decimos que no deba moderar y regular dicho apetito, antes al contrario, requiere para ello de la virtud de la abstinencia, que ordena a la razón el apetito de los bienes comestibles; lo mismo podemos decir de la tendencia natural de conservar la especie mediante los actos procreativos. El apetito sexual debe ser moderado por la virtud de la castidad para que permanezca en el orden humano y contribuya efectivamente al bien del hombre. Precisamente porque son naturales, estas tendencias son particularmente fuertes y resulta fácil que se desordenen de aquello que dicta la razón. 

    Es esto lo que sucede también en el orden espiritual con respecto al deseo de conocer. El hombre desea conocer y conocerlo todo, pero debe moderar su deseo en orden a que lo conocido sea perfectivo para él y no termine desordenándolo de aquello que es su verdadero Bien. La virtud que regula este deseo de saber se denomina estudiosidad. La estudiosidad se ordena a que el hombre conozca la verdad, no al modo como lo hacen las virtudes intelectuales, perfeccionando el intelecto; sino que lo hace disponiendo al hombre para que quiera conocerla, esto es, perfeccionando el apetito. Lo que modera y perfecciona esta virtud es el apetito, el deseo de conocer la verdad. 

    Ahora bien, no hay que olvidar que, como dice Santo Tomás, “el afecto humano arrastra a la mente hacia la consecución de aquello hacia lo cual se siente atraída”. Y, como el hombre se siente atraído especialmente por aquello que halaga su carne, es natural que su pensamiento se dirija a eso. Así, es preciso ordenar el deseo de conocer hacia aquello que perfecciona al espíritu, aquello que perfecciona al hombre mismo. De ahí la necesidad de una virtud que saque al hombre de la materialidad y lo eleve hacia la verdad, haciéndolo más hombre, conocedor de Dios y de las cosas y de sí mismo en orden a Dios.

    La falta de esta virtud, muy olvidada en nuestros días, puede ocasionar la aparición de dos vicios opuestos: la negligencia, es decir, la despreocupación y falta de atención a aquellas cosas que deben conocerse; y la curiosidad vana, esto es el exceso inmoderado en el conocimiento. En efecto, lejos de ser una virtud, la curiosidad es un vicio del apetito humano. De ella nos ocuparemos en estas reflexiones.

    La curiosidad aparece primeramente como el deseo que posee alguien de saber o averiguar lo que no le concierne. En efecto, apoyada en nuestro natural deseo de saber, en aquel instinto propio de nuestra naturaleza cognoscitiva, la curiosidad lo dirige hacia aquellas realidades que no conviene sean conocidas por el hombre o no deben ser conocidas. 

    Pero ¿de qué manera puede uno excederse en el deseo de conocer? ¿Cuándo es desordenado el deseo de saber? ¿Cuáles son los criterios para establecer que el deseo de conocer la verdad es desordenado y, por tanto, ilícito moralmente? Santo Tomás establece cuatro modos en los cuales puede darse este vicio de la curiosidad en lo que se refiere al deseo de conocer la verdad. 

     En primer lugar, “en cuanto que por el estudio menos útil se retraen del estudio que les es necesario”. Esto, a nuestro juicio, debe entenderse en un doble sentido. En primer lugar en un sentido restringido a aquel que se dedica a la vida intelectual. Y en este caso, ha de entenderse, que se excede en el deseo de conocer la verdad y por tanto, obra mal, aquel que desechando aquello que debe atender en orden a cumplir con sus obligaciones, se dedica a conocer u aprender otras cosa, que aunque más perfectas e importantes, son menos “útiles” en ese particular momento. Es lo que sucede con el estudiante que ante una evaluación de matemáticas, sin haber preparado aún convenientemente su examen, se dedica a leer libros de literatura, muy educativos y formativos; o el maestro que debiendo preparar y repasar su clase, sólo atiende a sus gustos por lecturas personales. Santo Tomás pone el caso de un juez que está tan enamorado de la geometría que descuida sus obligaciones en la persecución de la justicia. Especial mención merece Internet, herramienta muy útil en nuestros días, pero  que puede ser una especial fuente de curiosidad y perdida de tiempo para el que entra a navegar sin saber muy bien lo que quiere y desde luego, para aquel que es incapaz de moderar su deseo de conocer. 

    No obstante lo anterior, en un sentido más propio, obra  contra el recto deseo de saber, aquel que aspirando a alcanzar altos conocimientos científicos, técnicos o artísticos, descuida aquellos más necesarios, esto es, aquellos que tienen que ver con su felicidad y perfección última. 

    Este descuido de lo necesario se ha vuelto en nuestros días algo muy extendido y se manifiesta especialmente en el desprecio por la filosofía y en el extendido desinterés por las cuestiones últimas. Sólo interesa lo frívolo, lo superficial y pasajero. Santo Tomás enseña que la buena vida requiere de la necesaria atención a “cosas más altas”, cosas que el curioso desdeña y prefiere no atender. Gran Hermano, los programas del corazón o la tele basura, constituyen ejemplos de ese deseo de conocer cosas que no se ordenan a la perfección del hombre en ningún sentido. 

    En segundo lugar, se cae en el vicio de la curiosidad “en cuanto que uno se afana por aprender de quien no debe”. En el afán incontrolado de saber, el hombre no repara en la legitimidad para enseñar del sujeto que enseña. Santo Tomás se refiere explícitamente a los que preguntan a los demonios algunas cosas futuras, es decir, a la magia de la adivinación. Esto que podría pensarse como cosa pasada y propia de la época del Aquinate, es tremendamente actual y vuelve a aparecer de la mano de ciertos futurólogos o pretendidos adivinos que nos ofrecen develarnos los acontecimientos que hemos de vivir. No se trata de que sea o no verdad aquello que nos manifiestan, sino de que querer saberlo obedece exclusivamente a una vana curiosidad que de ninguna manera nos es lícito consentir. Llenos de una profunda humildad ante los acontecimientos que nos van sucediendo en la historia de nuestra vida, hemos de seguir el ejemplo de San Agustín quien con profundo realismo afirmaba en sus Confesiones: “Ya no me preocupo de la marcha de las estrellas, ni busco jamás una respuesta en el mundo de las sombras. Aborrezco todas las obras de la magia. No obstante, ¿cómo no iba a intentar el demonio seducirme con el deseo de exigir de Ti, mi Dios y Señor, una señal clara a la que seguir fiel y ciegamente?”.

    Pero, ciertamente, no son estos pretendidos adivinos los únicos falsos maestros del mundo contemporáneo. Hoy en día, se yergue ante nosotros todo un conjunto de opinólogos televisivos y mediáticos, que intentan transmitir una visión del mundo y de la vida alejada completamente de la verdad. Muchos hombres, instruidos sólo por estos falsos maestros, parecen creer que nada les queda por saber, y lo más terrible es que muchas veces se confunde lo que es realmente cierto con lo que no lo es. Por el sólo hecho de aparecer en la pantalla las cosas se vuelven reales y ciertas.

    En tercer lugar, señala Tomás de Aquino que es curioso quien desea“conocer la verdad sobre las criaturas sin ordenarlo a su debido fin, es decir, al conocimiento de Dios”. En un mundo secularizado y que vive como si Dios no existiera, este parece ser el punto de más difícil comprensión, no obstante, es una verdad que no se puede callar. En efecto, si nuestra inteligencia se ordena naturalmente a conocer aquella verdad total y absoluta que es Dios y, precisamente por ello, no se ve satisfecha con el conocimiento de las criaturas. Permanecer en el conocimiento de ellas y no ordenarse a trascenderlas es ir contra el mismo orden natural de la razón. Es forzar a la razón que está orientada hacia lo alto, a que, como los animales, dirija su mirada al suelo. Santo Tomás refuerza este punto con una cita admirable de San Agustín que señala: “Al considerar las criaturas, no debemos poner una curiosidad vana y perecedera, sino que debemos utilizarlas como medios para elevarnos al conocimiento de las cosas inmortales”. De lo cual se deduce claramente que de ninguna manera se debe interpretar este punto como una condena al deseo de descubrir los secretos de la naturaleza. Pero, pretender agotar las capacidades del entendimiento humano, en cierto modo infinito, con aquellos conocimientos que proceden exclusivamente de las criaturas, es como pretender alcanzar la felicidad poseyendo todos los bienes materiales. Y la verdad que aunque sepamos todo lo que es posible saber acerca de las criaturas, aunque poseamos todo el conocimiento científico, limitándonos de esa manera a las causas segundas, en realidad, aún no conocemos nada, ya que poseemos ciencia, pero carecemos de sabiduría. 

    Finalmente, se cae en el vicio de la curiosidad “aplicándose a la verdad por encima de la capacidad de nuestro ingenio, lo cual da lugar a que los hombres caigan fácilmente en errores”. Muchas veces movidos por la vanidad o el orgullo suele aspirarse a cosas más altas de las que uno en realidad puede, y es ese espíritu el que nos aconseja moderar Santo Tomás. Por ello, si bien no brinda ningún ejemplo concreto, a lo que apunta en definitiva es a que se practique la modestia y la humildad en el estudio, a que se busque la verdad por sí misma y no los beneficios que de ello se siguen, tal como lo hacían los sofistas en tiempos de Sócrates. 

    De esta manera, hemos visto que la curiosidad más que una virtud es un vicio, en tanto, supone un deseo inmoderado de conocer. Aquello que debemos incentivar en los jóvenes y cultivar nosotros mismos, no es la curiosidad, sino la estudiosidad. Es esta virtud la que ordena al hombre a la mejor y más perfecta adquisición de la ciencia y la sabiduría, mientras que la curiosidad lo desordena, entregándolo a conocimientos vanos e insustanciales.