Categoría: Reflexiones

  • Principio y término de la verdadera libertad

    Principio y término de la verdadera libertad

    No es raro escuchar decir que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro. De esa manera, dicen, se garantiza y se asegura el respeto entre las personas. El principio de mi libertad, así, encuentra su fundamentación en el término de la libertad de los demás. Pero, cuando se afirma esto: ¿se piensa bien lo que se quiere significar? ¿Termina realmente mi libertad donde empieza la de mi vecino? ¿Dónde empieza y dónde termina verdaderamente la libertad humana?

    Para responder a esta pregunta conviene examinar con detenimiento la naturaleza de la libertad humana. Y lo primero que es necesario afirmar, contrariamente a lo que afirman ciertas corrientes materialistas y deterministas, es que el hombre es libre. Porque ¿quién de nosotros no ha advertido alguna vez que a pesar de la limitación, a pesar de los condicionamientos que nos rodean, hemos tomado algunas decisiones libres, en el sentido de realmente mías? ¿Quién no ha sentido alguna vez en la vida el vértigo de la libertad cuando debes tomar una decisión definitiva, absoluta, comprometedora, en la que muchos de tus amigos te decían: “no lo hagas”; “piénsalo bien”, y sin embargo, incluso aún con temor, con miedo, terminamos decidiéndonos por lo que queríamos en el fondo de nuestro corazón?

    Por mucho que afirmemos diversos determinismos, lo importante es que a pesar de esos condicionamientos, es posible darnos cuenta de que cada una de las decisiones que tomamos son decisiones que hemos tomado nosotros en lo más íntimo de nuestro ser. No estamos determinados por nuestros instintos, antes bien, podemos autodeterminarnos a elegir o no elegir; podemos autodeterminarnos a elegir una cosa u otra. Esta autodeterminación de nuestra voluntad es lo que suele llamarse libre albedrío o libre arbitrio. Mientras que los animales están totalmente determinados a hacer lo que su propia naturaleza les dicta, el hombre es capaz de actuar contra esa naturaleza, como se ve, por ejemplo en el caso de aquellos que realizan una huelga de hambre. Ser libres supone la capacidad de autodeterminarnos a actuar o, lo que es lo mismo, ser libre es tener la capacidad de elegir entre distintas alternativas.

    Ahora bien, si la libertad humana se reduce a este libre albedrío, si la naturaleza más propia de la libertad del hombre se queda en esta capacidad de elegir, es evidente que como muchas de nuestras elecciones podrían perjudicar a otra persona (por ejemplo cuando elijo mentirle a mi amigo o cuando elijo apropiarme de algo ajeno) es conveniente proteger la integridad de las personas afirmando que el término o límite de mi libertad debe ponerse allí donde el otro pueda verse perjudicado, porque, se entiende que no podemos perjudicar a las  personas. Pero, este modo de razonar olvida que quien ejerce la libertad es también una persona y, por tanto, tampoco ella puede perjudicarse a sí misma porque todos los hombres aspiran a su perfección y felicidad; y no a su degradación e infelicidad.

    Es precisamente a la luz de esa tendencia hacia la felicidad humana que aparece la verdadera dimensión de la  libertad. Si la libertad es solo capacidad de autodeterminarme, capacidad de elegir una cosa u otra, no es muy difícil terminar concluyendo que entonces con mi libertad puedo hacer lo que me da la gana, puedo elegir lo que quiera cuando quiera con quien quiera, y continuar siendo libre. Puedo elegir obedecer a mis padres o no;puedo elegir dar una limosna o no, puedo elegir estudiar o no, puedo abortar o no, puedo romper los vidrios de un negocio  en medio de una manifestación o no, y un larguísimo y extenso etc. Pero, esto sería entender la libertad, pero no entender su sentido, sería acercarse a la libertad de manera impropia, por cuanto supondría no considerar que la libertad de la que hablamos es la libertad de la persona humana, no es una libertad abstracta de no sé sabe bien quién, sino que es nuestra libertad. Y la persona humana no es una criatura sin destino, no es alguien que deambula por la vida sin saber a donde ir, sino que aspira con toda las fuerzas de su corazón a la felicidad. El hombre es un ser finalizado, tiene un fin que conseguir, que no es otro que su plenitud, que su realización personal, la cual no es solamente una realización superficial, una especie de pincelada que me permita al menos aparentar ante los demás que me porto más o menos bien, sino que supone la realización de lo más íntimo y profundo de nuestro ser personal, de aquello más noble que hay en nosotros: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Aspiramos a contemplar el ser de las cosas, a conocer la verdad y a amar el bien. Todos y cada uno de nosotros queremos ser felices, queremos poseer un bien que nos sacie y nos colme completamente y que una vez poseído ya no deseemos nada más, lo cual sólo puede encontrarse en un bien infinito.

    El hombre tiene sed de infinito, tiene sed  de un bien absoluto, de allí que no pueda verse saciado con ninguno de los bienes imperfectos que nos rodean. Ahora bien, precisamente porque el hombre tiende a poseer un bien absoluto es que los bienes que no son ese bien, los bienes finitos, imperfectos, los bienes singulares y concretos, nos son indiferentes y solo los queremos, sólo los amamos, si queremos. A diferencia de los animales que están absolutamente determinados por sus instintos a desear bienes concretos y singulares, bienes que deben buscar porque así se los determina su naturaleza específica. Así el ratón busca y ama el queso; así el león busca a la gacela para alimentarse; así la oveja huye del lobo; en cambio, el hombre, que aspira a la felicidad, que aspira a un bien absoluto y perfecto, al no encontrarlo, tiende a los diversos bienes particulares, si quiere, pero si no quiere no, porque los bienes particulares no llenan el corazón del hombre.

    Somos libres de todo lo finito porque tenemos un innato amor a lo Infinito. Lo finito sólo, buscado como fin y felicidad última, deja un vacío no siempre fácil de llenar. Es en este horizonte, es en esta perspectiva y sólo en ésta, que podemos apreciar la libertad, que podemos llamar libertad humana. Sólo a la luz de la tendencia humana a la plenitud aparece la verdadera dimensión de la libertad, sólo en esa perspectiva aparece el principio y el término de la libertad, porque, evidentemente, que si el ser humano quiere alcanzar su realización, ha de tender a los bienes que le acerquen a aquella felicidad que anhela, que como hemos dicho, supone la realización de lo más noble que posee. Una libertad que impida la felicidad y a la plenitud humana es sólo apariencia de libertad.

    La libertad rectamente entendida no puede ser sino aquel don que hemos recibido para ordenarnos por nosotros mismos a nuestra felicidad. La libertad no puede ser nunca el valor supremo, nunca debemos ponerla como fin. Es ella un maravilloso y grandísimo medio para ordenarnos a nuestro fin. Claro que es valiosa, y mucho. Por eso ha sido bueno que se la exija, que se la celebre, que se la proclame, pero es valiosa como medio que nos conduce a otros valores más altos como la verdad, el bien, la belleza, la justicia, etc. La libertad nos ha sido dada para ser felices, no infelices, nos ha sido dada para realizarnos como personas, no para fracasar como tales. Una libertad que conduzca a mi ruina no la podemos desear. Por eso, si queremos acercarnos convenientemente a la libertad, hay que entenderla en el horizonte de la realización y plenitud humana. Sólo así nos aparece como lo que es: el medio por el cual, gobernandonos a nosotros mismos, siendo plena y perfectamente dueños de nosotros mismos, nos orientamos a nuestro mayor bien. La libertad personal es señorío sobre mis actos y por eso sobre mí mismo. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por mí mismo, en cada momento, lo que he de hacer para ser lo que quiero ser, lo que debo llegar a ser: una persona plena, realizada, feliz. Ahí, en el bien humano, está el principio y el término de la libertad y no en donde comienza la libertad del otro, porque de otro modo, podríamos cometer las peores atrocidades con el consentimiento de ese otro. 

  • ¿Es aburrido ser Virtuoso?

    ¿Es aburrido ser Virtuoso?

    Hablar de “virtud” en nuestros días es algo bastante inusual. Es difícil incluso encontrar la palabra en el vocabulario de los padres, de los maestros y para qué decir, de los medios de comunicación. Ya en el siglo pasado, Paul Valéry, en un discurso en la Academia Francesa señalaba: “Virtud, señores, la palabra virtud ha muerto, o por lo menos, está a punto de extinguirse. A los espíritus de hoy no se les muestra como la expresión de una realidad imaginable de nuestro presente. Yo mismo he de confesarlo: no la he escuchado jamás”.
    En el lenguaje cotidiano, “virtud” sugiere algo que tiene que ver con apocamiento o represión; la sola palabra evoca algo así como ñoñería, falta de alegría, ausencia de espíritu libre. Y si hablamos de “virtuoso” parece que hablamos de una persona llena de complejos, media amargada y triste, que no puede disfrutar de cosas que puede y debe disfrutar.
    En el mejor de los casos, la palabra virtud ha sido reemplazada por la de “valor”, sin que nos demos cuenta que, según explica Nietzsche, esta voz ha sido introducida para relativizar el bien, de manera que lo bueno, es lo que cada uno “valora” como tal, perdiéndose de esa manera el auténtico bien. En este sentido, parece que la respuesta a la pregunta que  nos planteamos es afirmativa, y por tanto, lo que mejor convendría es esforzarse en adquirir ciertos valores (los que cada uno considere) y vivirlos en libertad. Pero, sería ésta una respuesta apresurada que no hace honor al verdadero sentido de la virtud. Veamos por qué.
    Cuando uno analiza en profundidad sus actos, descubre generalmente, que muchos de ellos distan de hacernos sentir orgullosos. Muchos de nuestros actos han provocado en nosotros el arrepentimiento, el deseo terrible de querer volver el tiempo atrás. Todos, sin excepción, queremos obrar bien, pero en varias oportunidades terminamos obrando mal. El mismo San Pablo expresaba esta realidad diciendo: “Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. La pregunta que podemos hacernos es ¿Por qué tendrá el hombre esa extraña capacidad de volverse contra sí mismo? ¿Por qué sabemos lo que es bueno y hacemos lo malo?
    Lo que sucede es que hay en el hombre una disarmonía interior. Hay en nosotros una falla, una herida, que nos inclina a satisfacer nuestro egoísmo, nuestro orgullo y que hace más costosa nuestra felicidad. Lo que la razón nos dice que es bueno, a veces nuestras pasiones, lo ven como malo; y al revés, lo que la razón nos dice que es malo, a veces, nuestra pasiones, lo ven como bueno. Sé perfectamente, por ejemplo, que debo decirle la verdad a mi jefe, pero, se también que si se la digo, supondrá una sanción.
    Pero no quiero soportar dicha sanción, por lo que para evitarla, le miento. La razón nos presenta la realidad en términos de bien y de mal, mientras que las pasiones, nos la presentan en términos de placer o dolor. Y si bien, hay cosas que son placenteras y son buenas; y hay cosas que son dolorosas y son malas; también es posible encontrarnos con cosas que son placenteras y son malas y hay cosas que son dolorosas y son buenas.
    De manera que si actuamos siguiendo a las pasiones, muchas veces disfrutaremos o evitaremos un dolor o una tristeza, pero nos habremos perdido de llenar y enriquecer nuestra vida con un bien o malograremos nuestra vida con un mal. En el ejemplo recién citado, efectivamente el hombre no ha sufrido la consecuencia de la sanción, pero a costa de hacerse mentiroso. Lo que permite que podamos restaurar esa disarmonía interior, aquello que nos permite ordenar nuestras pasiones a fin de que obedezcan a la razón y podamos actuar bien, no es otra cosa que la virtud. La virtud, lejos de hacernos personas aburridas, son las que le otorgan nobleza y excelencia a nuestro ser. En efecto, aquello a lo que hoy le denominamos virtudes, los griegos les denominaban areté, que significa excelencia y los latinos, les llamaban fuerzas. Las virtudes son esas fuerzas, esas excelencias que necesitamos para actuar bien, para actuar como le corresponde al ser humano.
    Ellas despliegan todas nuestras capacidades de tal manera que nos hacen fácil lo que en sí mismo puede resultar difícil. ¿Es fácil decir la verdad cuando puede ocasionarme algún perjuicio? ¿Es fácil cumplir la promesa que  le he hecho a mi esposa de serle fiel, cuando mi vecina resulta muy atractiva? ¿Es fácil ser obediente a los padres cuando nos piden algo que va contra aquello que nos gustaría?
    La respuesta a estas preguntas y a otras similares es no. No es nada fácil. Y aunque alguno pueda decir que le resulta fácil, o que no le cuesta nada realizar actos buenos, lo cierto es que no basta con eso para ser buena persona. Puesto que si bien es posible realizar actos buenos esporádicamente, no lo es tanto, realizarlo de modo habitual. No es sincero quien dice la verdad una vez, sino quien la dice habitualmente; no es generoso, quien da una vez de sus bienes a otro con vistas a ayudarle, sino quien lo realiza habitualmente; etc. Las virtudes son, precisamente, aquellos hábitos buenos que modifican nuestro ser, aquellos hábitos que de tal modo nos mejoran que no sólo nos permiten actuar bien, sino que nos hacen ser buenos. Son esas perfecciones que al ordenar nuestras pasiones, permitiéndonos ser dueños de nosotros mismos y no esclavos de ellas, nos permiten amar verdaderamente. San Agustín lo decía maravillosamente: “La virtud es el orden del amor”. Esto significa que mediante la virtud nuestros apetitos, nuestros deseos, nuestra voluntad, desean, estiman, aman y se gozan en lo que es bueno y en la medida en que lo es, es decir, que mediante la virtud nos perfeccionamos en orden a amar a las personas como personas y a las cosas como cosas.
    ¿Es bueno amar a las cosas? Por supuesto que sí. Amamos los libros o el descanso, amamos el deporte o la comida, amamos la historia o las matemáticas, amamos el cine o el teatro, amamos la música o el baile, etc. El problema está en amarlas de modo desordenado, esto es, como fines, poniéndolas por encima de las personas. ¿Es bueno amar a las personas? Por supuesto que sí, pero no de cualquier forma, sino como merecen ser amadas, esto es, como fines, como lo más digno y bueno que existe. Amar a una persona por la utilidad que me presta o por el placer que me entrega, es no respetar aquella excelsa dignidad. Y el problema, precisamente está en que muchas veces nuestras pasiones nos hacen amar a las cosas como fines y a las personas como medios, poniendo en peligro nuestra propia realización. La virtud nos ordena de tal modo que nos vuelve capaces de amar en plenitud, nos hace capaces de amar lo bueno y digno de ser amado en su debida proporción y medida.
    Así las virtudes lejos de convertirnos en personas aburridas, nos transforman en personas que no sólo aman lo bueno, que no sólo practican el bien, sino en personas buenas y felices, personas que viven una vida tal que merece ser llamada “vida lograda” o “vida realizada”, digna de ser vivida.
     

  • La importancia de saber leer

    La importancia de saber leer

    En este nuevo comienzo del año académico he querido poner mi atención en los más pequeños. En aquellos alumnos que recién comienzan su vida escolar y que dan sus primeros pasos en el mundo de la lectura y la escritura. Es verdaderamente admirable ver cómo poco a poco estos niños logran descifrar esos caracteres, hasta hace poco extraños para ellos, y que ahora aparecen llenos de sentido, posibilitándoles acceder a mundos nuevos de conocimientos, pero también a historias de aventuras y de fantasía apasionantes. A veces da gusto ver cómo, con tan solo 4 o 5 años consiguen leer y escribir con mucha facilidad. No obstante, la tristeza aparece cuando uno se encuentra con jóvenes de 18 o 20 años que no solo leen mal sino que no tienen ningún gusto o afición por la lectura. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde ha quedado, después de 12 años de colegio, su pasión por las letras? ¿Qué ocurrió con esa precocidad literaria tan celebrada por sus padres? ¿Bastaba con enseñarles a leer o era necesaria una acción de otro tipo? A desentrañar lo que supone verdaderamente saber leer es que dedicaremos esta reflexión, la cual estará orientada a los niños como destinatarios últimos, pero dirigida de modo especial y directo a padres y maestros.

    En su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura en diciembre de 2010, Mario Vargas Llosa comienza con las siguientes palabras: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano (…). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas. La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura”. Este primer párrafo apunta a tres cuestiones que son claves para comprender la importancia de la lectura, así como su verdadero sentido.

    1.- En primer lugar, aparece con claridad que leer no es lo mismo que ser lector. En efecto, leer, en su más pleno sentido, no puede ser solo el acto mecánico por el que desciframos el significado de ciertos signos escritos. Si bien es cierto que saber leer indica, primeramente, la capacidad de decodificar signos –y así cuando decimos que alguien sabe leer o aprendió a leer, es a esto a lo que nos referimos–, no obstante, no puede esto confundirse con el hábito de leer. Solo quien posee este último merece el título de lector. Un niño de 6 años, gracias a la ayuda de la escuela y de sus padres, puede saber leer, pero desde luego, no es un lector.

    Para comprender bien esta diferencia comparémoslo con la actividad de escribir. Una cosa es saber escribir y otra ser escritor. Un escritor es alguien que no solo escribe, sino que lo hace de un modo habitual, pero además, siendo capaz de comunicar una verdad o una historia con cierto arte. Siguiendo con el ejemplo, no decimos que un niño de 6 años que sabe escribir, sea un escritor. Y si existe en castellano la palabra “escribidor”, que el diccionario de la Real Academia Española define como aquel que es “mal escritor”, también es posible hablar de “leedor”, para referirse al mal lector, esto es, a aquel que sabiendo leer, solo lo hace por motivos extrínsecos a la misma lectura, es decir, usa la lectura para poder enterarse de ciertas cosas útiles, pero que de no mediar dicha necesidad, se mantiene alejado de la actividad lectora. Se ve en Vargas Llosa esa pasión por la lectura y su deseo de leer las historias que se le presentaban. El poeta Salinas en una obra sobre los libros sostenía: “Uno de los efectos del desorden intelectual contemporáneo es que mientras ha crecido el número de leedores, se ha vuelto una rareza singular el tipo de puro lector”.

    Y ¿en qué consiste ser lector? Pues no en otra cosa que en leer por razones intrínsecas a la lectura, es decir, en la actividad de aquel que lee por el mismo bien que supone leer, no para informarse sobre algo, sino porque ha descubierto que la lectura es un bien en sí mismo. Como señala Salinas es lector “el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas. Ningún ánimo en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la escala social, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo”. El lector sabe leer, por supuesto, pero hay algo más en él que lo distingue y ennoblece: su amor por la lectura, su pasión por estarse junto a un libro descubriendo lo que tiene para ofrecer. Este amor por la lectura es descrito también por un prestigioso escritor infantil, Gustavo Martín Garzo, quien se ha referido al lector como alguien “que se olvida de sus ocupaciones cotidianas, que abandona el ámbito de lo estrictamente racional, y que solo vive para desvelar el misterio de una llamada tan desconocida como irresistible. Que lo hace no buscando un mayor conocimiento de sí mismo o del mundo, sino, sobre todo, llevado por un movimiento de fascinación”. El lector, aquel que verdaderamente sabe leer, es alguien que está fascinado por la lectura y le busca en razón del mismo gozo que supone leer. Es obvio que todos somos leedores, el problema está en ser solo eso y no atreverse a ser también un poco lectores, atreverse a disfrutar con la misma lectura. Porque la verdad es que aunque nunca se ha leído tanto como ahora, nunca han existido tan pocos lectores. Leer no está de moda. Los estudios sobre hábitos lectores son unánimes en constatar que los alumnos universitarios no leen o leen poco. Un estudio publicado hace unos años indica que en las preferencias de ocio de los adolescentes españoles, la lectura está anteúltima por delante de “no hacer nada”. De tal manera que si hoy los índices de analfabetismo son bajísimos porque casi todos saben leer, no estaría mal considerar otro tipo de “analfabetismo”: el de aquellos que solo se han quedado en la condición de leedores. Salir de este analfabetismo supone adquirir el gusto por la lectura, dicho de otro modo: querer leer.

    2.- En segundo lugar, ese gusto por leer está fundado en gran parte en aquello que se lee. En este sentido, saber leer no solo supone realizar la actividad lectora, ni disfrutar con la lectura, sino además saber qué es lo que se lee. Y este párrafo parece apuntarlo con claridad. Aprender a leer es lo más importante que le ha pasado a Vargas Llosa porque ha tenido la posibilidad de conocer a una serie de autores que le han mostrado un mundo absolutamente genial. Dumas, Víctor Hugo, Verne, Calderón, etc., son algunos de los clásicos mencionados por el escritor peruano. No dice que agradece haber aprendido a leer porque de ese modo puede leer el diario cada día y enterarse de las noticias; o leer las cartas de sus amigos y los emails del trabajo, sino que señala que de ese modo ha podido viajar con el capitán Nemo, y vivir diversas aventuras con diversos personajes entrañables. Son los clásicos aquellas obras que han conseguido expresar los más profundos deseos del corazón humano (los abismos de lo humano, dirá en otro lugar el autor) y que, por tanto, siempre se mantienen actuales. Son obras, como dice Italo Calvino que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir”, porque su profundidad es inagotable. Siguen interpelándonos aún después de tantos siglos de haber sido escritos, de allí que sean obras que siempre se están releyendo. Estos son los libros que verdaderamente posibilitan convertirse en lector. No se hace uno lector, no adquiere gusto por la lectura, iniciándose en un tratado de química o de geología, sino en obras que causen gozo al alma. Por eso, el papel de los cuentos clásicos, de los cuentos de hadas, resulta insustituible en la formación del futuro lector.

    3.- En tercer lugar, aparece aquí lo que a mi juicio es más importante y permite entender más la importancia de la lectura. Si uno pregunta por la importancia de la lectura, es evidente que la respuesta será “sí, es importante”. Pero lo que no es tan claro es para qué es importante. ¿En dónde radica la importancia de la lectura? ¿En que nos permite conocer y acceder a informaciones que de otro modo no tendríamos? ¿Para poder aprobar los exámenes y así obtener un título? ¿Para conseguir trabajo o para leer las instrucciones de funcionamiento de la lavadora nueva? ¿Para qué es importante saber leer? Y Vargas Llosa en este primer párrafo da razón de ese “para qué”: Dice el ganador del Nobel que la literatura “enriqueció mi vida”. La lectura es importante porque enriquece la vida. Porque nos ayuda a ser mejores personas. Sobre esto va a volver después a lo largo de su discurso, pero ya queda claramente establecido: “Agradezco saber leer al hermano Justiniano porque a través de la lectura mi vida ha sido enriquecida”.

    La lectura literaria aparece como algo necesario, no por su utilidad o por su carácter pragmático, sino por su propia naturaleza, sobre todo en nuestros días, en que vivimos en una sociedad hiperteconologizada. A través de ese encuentro es posible una vida más armónica, equilibrada, más humana. Por eso conseguir que los alumnos se fascinen por la buena literatura es un desafío precioso al que estamos llamados todos. No es, de ninguna manera, algo utópico, aunque sea difícil y complejo. Es hacia allí donde debemos tender tanto los padres como los maestros: no solo a enseñar a leer, no solo a posibilitar que sean capaces de descifrar esos signos que les permiten acceder a la información que posee un texto, sino que debemos procurar transmitir pasión por la lectura acercando a los niños a los clásicos de siempre que les colman la vida de sentido. Y esto del único modo posible que existe para hacerlo: entusiasmarnos nosotros mismos con la buena literatura y practicarla a diario. Al principio puede que cueste, pero luego será parte de nuestra propia vida y solo desde allí podremos educar.

  • Los remedios de la tristeza y del dolor según Santo Tomás de Aquino

    Los remedios de la tristeza y del dolor según Santo Tomás de Aquino

    El dolor es una de las realidades más conflictivas de la experiencia humana ya que desafía nuestro sentido de búsqueda de paz y de felicidad. El hombre tiende naturalmente a la felicidad, pero el dolor y el sufrimiento parecen querer enturbiarla. Muchos consideran, incluso, que esa presencia del dolor hace que la vida carezca de sentido y tratan de erradicarlo de sus vidas, pero con poco éxito. Y es que el dolor es parte constitutiva de la naturaleza humana. Es algo intrínseco a nuestra condición, a nuestra naturaleza de seres cognoscentes finitos, a nuestra naturaleza de seres libres compuestos de cuerpo y alma racional. 

    No se puede excluir el dolor y el sufrimiento de la vida humana, sin suprimir la vida humana misma, puesto que sufrimos por ser lo que somos. C.S Lewis se plantea la posibilidad de un mundo en el que no exista el dolor y afirma: “Esa clase de mundo sería de tal naturaleza que haría imposible los actos injustos, pero, por lo mismo, el libre albedrío quedaría anulado”. 

    En efecto, suprimir el dolor supone suprimir de la vida humana la libertad y, con ella, ciertamente que evitaremos que nos hagan daño, sin embrago, suprimiremos también el amor humano, la donación libre y voluntaria de la propia persona a los demás; suprimir el dolor supone excluir los sufrimientos padecidos voluntariamente con la finalidad de conseguir lo que amamos, aquello con lo que soñamos, como puede ser la obtención de un título, la adquisición de un saber, una saludable constitución corporal, etc. Para todo lo cual se requiere de un sacrificio, de un esfuerzo, de más de un sufrimiento. Y es que en esta vida todo lo que vale la pena exige nuestra cooperación esforzada y muchas veces dolorosa. 

    Pero, qué sucede con aquellos dolores que no hemos querido voluntariamente, aquellos dolores que se presentan a nosotros muchas veces  como carentes de sentido y que nos desgarran en lo más profundo de nuestro ser, como puede ser la pérdida de alguien que amamos, el sufrimiento de un niño inocente, una enfermedad que no tiene su causa en la propia persona, el desprecio injustificado, el desamor, la pérdida de todo lo que uno posee después de años de esfuerzo a causa de una catástrofe natural, etc. Estos dolores son sobre todo aquellos que nos hacen levantar nuestra mirada al cielo e inquirir a ese Dios que es Infinita Bondad con la pregunta ¿por qué? ¿por qué yo? ¿por qué ahora? ¿cuál es el sentido de este dolor? 

    La razón humana no es suficiente para responder completamente a este misterio, es algo que le escapa, que la enmudece, pero que la dispone para recibir una revelación sobrenatural y poder responder auxiliada por la luz de la fe. Sin embargo, aún cuando se encuentre sentido al dolor, desde la razón natural o desde la fe, el dolor no cesa. El dolor sigue ahí punzando, entorpeciendo el caminar como una piedrita en el zapato; sigue ahí, haciendo más lenta nuestra actividad, quitándole la completa perfección que debería tener.  De allí que muchos suelen preguntar por recetas, por técnicas, por remedios, para aliviar el dolor. Por eso, creo que conviene recordar la enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre los modos de aliviar los dolores. 

    Lo primero que señala el Doctor Angélico, siguiendo a Aristóteles, es que toda delectación, todo deleite o placer es un remedio para mitigar la tristeza. Si el placer es especialmente intenso contribuye a alejar el sufrimiento. Y es que el placer es “cierto reposo del apetito en el bien conveniente”, mientras que el dolor supone lo contrario, es decir, la afección del apetito por un mal. No dice que el placer o deleite suprime el dolor sino que en tanto que el apetito se une a un bien conveniente, ese dolor, el mal que afecta al apetito se mitiga. De manera que aquel que sufre encontrará cierto alivio en realizar actividades que le sean placenteras, como el disfrute de una buena película, actividades deportivas, paseos que le distraigan, la práctica de algún hobbie que le sea de especial deleite, etc. 

    Ahora bien, esta enseñanza podría suponer que cualquier placer es lícito y saludable para alejar la tristeza. No obstante, Santo Tomás se encarga en precisar que aun cuando los placeres ilícitos, esto es, los placeres que tienen su causa en un mal moral, verdaderamente alejan y mitigan la tristeza en el presente, la causan en el futuro, “en cuanto los malos se arrepienten de los males de que se alegraron”. Es común ver a muchas personas que sufren, evadirse o refugiarse en placeres intensos, como el alcohol, las drogas, la promiscuidad sexual, etc. Sin embargo, estos mismos, no solo sufren de dolores físicos y malestares consecuencia de los placeres mencionados, sino sobre todo, se contristan por cuanto se han degradado como personas, agravando su sufrimiento. 

    En segundo lugar nos enseña Santo Tomás que el dolor y el sufrimiento se mitigan con el llanto. Tanto las lágrimas como los gemidos alivian naturalmente la tristeza debido a que permite exteriorizar aquella pena contenida que está causando el dolor. Todo lo nocivo que se guarda en el interior, dice el Aquinate, aflige más, “pues la atención del alma se concentra más sobre ello, pero cuando se manifiesta al exterior, entonces la atención del alma en cierto modo se desparrama sobre las cosas exteriores y así disminuye el dolor interior”. El llanto es un modo de exteriorizar, de quitarle un peso al alma que está siendo atribulada. Al volcarse sobre el exterior disminuye la carga y se alivia el dolor. De ahí que también alivie, por ejemplo, escribir acerca del dolor que se padece, contar las propias penas, incluso a desconocidos, porque suponen un desprendimiento, aunque sea momentáneo, del propio sufrimiento. 

    Pero además, agrega Santo Tomás, el llanto alivia el dolor porque “la operación que conviene al hombre según la disposición en que se encuentra siempre es deleitable”, y el llanto es el efecto o la consecuencia natural del dolor o la pena. El llanto es conveniente a la persona que sufre y no así la risa. Por eso nos duele, nos entristece, si nos reímos en circunstancias en las que deberíamos llorar, puesto que estaríamos haciendo algo impropio. Llorar es lo propio de quien está sufriendo y por eso deleita, agrada, realizar la operación conveniente. Pero si tal como lo señaló anteriormente: todo placer aleja de la tristeza, le es posible concluir que el llorar también alivia el dolor. 

    En tercer lugar, como buen filósofo, señala Santo Tomás que la contemplación de la verdad es otro remedio para el dolor. Para comprender esta afirmación es necesario entender que para el Aquinate la felicidad perfecta consiste en la contemplación de la Verdad que es Dios, contemplación de la que se sigue un máximo deleite. En esta vida presente la contemplación de las cosas divinas son, por tanto, causa también de gozo y, por consiguiente, causa de que las tristezas se alivien. Y más se mitiga la tristeza cuanto más se ame la sabiduría. Pero sobre todo, enseña Santo Tomás, que el conocimiento de la verdad sobre las cuestiones últimas y fundamentales de la vida, permite incluso mantener la alegría en las tribulaciones porque se espera con serenidad la felicidad futura. Y pone el ejemplo del mártir Tiburcio quien andando con los pies desnudos sobre carbones encendidos afirmaba: “Me parece que camino sobre rosas en el nombre de Jesucristo”. 

    En cuarto lugar Santo Tomás, siguiendo la premisa inicial de que toda tristeza se mitiga con un deleite, nos enseña que son excelentes remedios para el dolor los baños y el sueño. Ambos se ordenan a reestablecer el orden en la naturaleza corporal. El dolor y la tristeza contrarían el movimiento vital del cuerpo, generan un cansancio no sólo anímico sino que también físico. De allí que el baño y el sueño permiten recuperar fuerzas, brindar deleite y así mitigar la pena. De hecho, según algunos, la palabra baño tiene su origen en el término griego valanion, que significa “echar fuera la pesadumbre, el malestar”. Con respecto al sueño, nos recuerda a San Ambrosio que decía que “el sueño reestablece los miembros debilitados para el trabajo, alivia las mentes fatigadas y libera a los angustiados de su pena”. Y a San Agustín quien dice en sus Confesiones: “Me dormí y desperté, y hallé en gran parte mitigado mi dolor”.  

    Finalmente, el remedio que considero más importante y fundamental en el alivio del dolor, tanto exterior como interior, de los que nos propone Santo Tomás, es la compañía y compasión de los amigos. El amigo que acompaña y se conduele con quien sufre, se vuelve una fuente inmejorable de consuelo y de alivio, mejor que cualquier analgésico o pastilla tranquilizadora. Esto porque, tal como lo ha señalado antes al hablar del llanto, el dolor es una carga, pesa, y el que sufre quiere precisamente liberarse de esa carga. Pero cuando alguien se da cuenta que otros, por amor,  sufren con él “se hace como una ilusión de que los otros llevan con él aquella carga, como si se esforzaran en aliviarle del peso, y, por eso, lleva más fácilmente la carga de la tristeza, como también ocurre en la transportación de las cargas corporales “. Pero sobre todo, la compasión de los amigos alivia y es remedio para el dolor interior, en tanto, si los amigos sufren y se contristan con quien padece el dolor, éste “entiende que le aman, lo cual es deleitable”, y tal como lo he señalado al comienzo, todo deleite aleja y mitiga el dolor. Pero este es un deleite especial, porque amar y saberse amado es lo que hace que la vida tenga sentido, de tal modo, que aún sufriendo, aún con el dolor que se padece, pero con la convicción de contar con amigos, fortalece la esperanza de seguir adelante. 

  • Reflexiones sobre la religiosidad humana

    Reflexiones sobre la religiosidad humana

    La Navidad pasada fue escenario de una radicalización del laicismo que Europa vive desde hace varios años. En Barcelona, por ejemplo, su alcaldesa, Ada Colau, llamó a celebrar el ‘solsticio de invierno’, privando a aquella fiesta de todo sentido religioso. Durante el solsticio de invierno, decía a través de la página web del ayuntamiento, “los días son más cortos que en ningún otro momento del año, pero es en este periodo cuando se empiezan a alargar. Con el solsticio, por lo tanto, celebramos el triunfo de la luz sobre la oscuridad, un momento que anuncia la primavera que llegará pronto”. Lo que se pretendía era “mostrar a los barceloneses y barcelonesas que hay maneras alternativas de vivir la Navidad de una manera diferente”. Esta “manera diferente” no es otra que una manera no religiosa. Lo confirmó luego con la puesta en una plaza céntrica de la ciudad de un pesebre gigante en el que no había ninguna referencia a los pastores, ni mulas, ni bueyes, ni reyes magos, ni la Sagrada Familia de Nazaret, salvo porque en una ventana de un edificio se veía una pareja con aspecto “hípster”, que tenía un niño en sus brazos. 

    En Madrid también hubo cambios. Su alcaldesa, Manuela Carmena, sustituyó dos Reyes Magos de la tradicional cabalgata, por dos “Reinas Magas”, debido a que según ella es necesario introducir el feminismo en una fiesta que está especialmente dominada por los hombres. De ese modo, despojando el carácter religioso de la celebración, se la utiliza como arma a favor de la ideología de género, de la que dicha edil es partidaria.  

    Estas y otras acciones de diversos alcaldes, van acentuando el rechazo al hecho religioso, ya que este es considerado no solo contrario a la sociedad política, sino a la propia condición humana. Pero, evidentemente, esto exige una reflexión seria que dé razón de la importancia de mantener ciertas tradiciones constitutivas de la sociedad cristiana. Por eso, es lícito preguntarse: ¿es el hecho religioso algo de lo que debe prescindirse en una sociedad democrática? ¿Es el hombre un ser religioso o solo es un aspecto propio de una cultura determinada que debe, en esta sociedad posmoderna, ir desapareciendo poco a poco? Intentemos responder estos interrogantes.    

    El hombre es un ser racional que se interroga, que se hace preguntas de diversa índole: preguntas cotidianas y superficiales, pero también, preguntas últimas y fundamentales. Esa capacidad de cuestionarse sobre temas últimos y de exigir una respuesta, revelan la ordenación de la naturaleza humana a lo religioso o trascendente. Como señala Luigi Giusanni: “El factor religioso representa la naturaleza de nuestro yo en cuanto se expresa en ciertas preguntas: ¿cuál es el significado último de la existencia? ¿Por qué existe el dolor, la muerte? ¿Por qué vale la pena vivir realmente?”. No se trata de la profesión de una determinada religión, no se trata de si se es creyente o no, sino que se trata de que por ser lo que somos, no podemos dejar de hacernos preguntas radicales sobre nuestra vida. Por eso, se puede afirmar que todo hombre es necesariamente religioso ya que, inevitablemente, tiene que situarse ante las cuestiones últimas  y dar una respuesta.

    La experiencia religiosa es una dimensión fundamental del hombre. Toda la historia de la antropología lo demuestra. Efectivamente, la religión ha sido el dinamismo inspirador de las grandes realizaciones del hombre: artes, arquitectura, pintura, poesía, canto, danza, teatro, códigos religiosos, escuela, universidad, etc. El autor francés Comte-Sponville, que abiertamente se declara ateo, confiesa que: “Estamos obligados a admitir que no conocemos ninguna gran civilización sin mitos, sin ritos, sin sacralidad, sin creencias en fuerzas invisibles o sobrenaturales y en suma, sin religión”. Mircea Eliade, un experto en historia de las religiones, pero además un experto que no es creyente sino más bien agnóstico, afirma con rotundidad esto mismo: “Lo sagrado es un elemento de la estructura de la conciencia humana, no un estadio en la historia de la conciencia”. ¿Qué significa esto? Que lo religioso no es un momento, no es una etapa del desarrollo histórico del ser humano, sino un elemento de la estructura de la conciencia humana.  Y concluye: “El hombre arreligioso en estado puro es un fenómeno más bien raro, incluso en la más desacralizada de las sociedades modernas. La mayoría de los sin religión se comportan todavía religiosamente, sin saberlo. No hablamos solamente de la masa de supersticiones o de los tabúes del hombre moderno, todos los cuales tienen una estructura y un origen mágico-religiosos. Sin embargo, el hombre moderno que se siente y se pretende irreligioso dispone todavía de toda una mitología camuflada y de numerosos ritualismos degradados”. La religiosidad, por tanto, es un dato de funcionamiento del hombre, es decir, el hombre funciona así, esté donde esté, en cualquier época, en cualquier cultura. Dicho más claramente: la religiosidad no es un elemento creado por una cultura, sino que pertenece al ser mismo del hombre, de todo hombre. Y lo más curioso: no puede no funcionar así. De manera que en el caso de que niegue a Dios, necesariamente lo reemplazará por otra divinidad, puesto que el deseo de infinito está inscrito en la misma naturaleza humana.  

    La misma universalidad del fenómeno religioso se fundamenta precisamente en esta suerte de necesidad que tiene el corazón del hombre. Karl Jaspers lo expresaba de la siguiente manera: “Queriendo o sin querer el hombre busca el absoluto”. Y continúa: “Si suprimo algo que es absoluto para mí, automáticamente otro absoluto ocupa su puesto”. Suele hablarse de un deseo natural por parte del hombre hacia Dios. Dicho deseo no es otra cosa que la inclinación de la voluntad hacia el Bien. El hombre, dice Tomás de Aquino, “posee una aptitud natural para conocer y amar a Dios, aptitud que consiste en la naturaleza de la mente, y es común a todos los hombres”. De allí que las respuestas religiosas sobre la existencia de Dios es unánime en todas las distintas tradiciones culturales y en todas las épocas de la historia, aunque la respuesta acerca de la naturaleza de Dios sea diversa en muchas de ellas, hasta el punto de que en algunas la imagen aparece completamente deformada, al punto que en ella es más fácil reconocer la huella del hombre que la de Dios. 

    Pero, por más que Dios sea una realidad trascendente, inabarcable para la finita inteligencia humana, lo cierto es que desde el principio el hombre ha sentido la necesidad de entrar en contacto con Él, con esa Realidad trascendente, que la naturaleza de alguna manera le revela y que la propia conciencia presiente. Y allí, en ese deseo del corazón humano de unirse con Dios, de volver a ligarse con su Creador, de intentar responder a todas esas preguntas que le aparecen como sin respuesta, se fundamenta el fenómeno religioso. Las religiones naturales son una manifestación  del deseo natural que posee el hombre de Dios. Como señala Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est: “No son un producto aberrante de la razón pre-científica, fenómenos marginales, más o menos irrelevantes o pintorescos…Al contrario, en las religiones se expresa algo del ser del hombre que no puede ser ignorado ni eliminado sin daño para el mismo hombre; su apertura natural a Dios”. 

    Por eso es necesario tener cuidado con pensar, como es habitual en algunos hombres de nuestros días, que el hombre se inventa a Dios y a la religión para lograr cierta tranquilidad, pero que en el fondo es un engaño para justificar sus dolores, sufrimientos, males y, en definitiva, la propia muerte. Un ejemplo de esto es André Compte-Sponville, ya citado, quien afirma: “Quizás es que necesitan un Dios para consolarse, para tranquilizarse, para escapar del absurdo y de la desesperación”. Pero la realidad es muy diversa. El hombre no se engaña a sí mismo, sino que entra verdaderamente en una relación real con un Ser también real y sumamente importante: Aquel que es Dueño del mundo y de su destino. Y es que el hombre no puede comprenderse a sí mismo de modo total, de modo pleno, si prescinde de Dios. “Nos hiciste señor para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Ti”.

    Ciertamente que el autor de la religión natural es el hombre, que entrevé su existencia y le rinde culto. Pero, sólo lo hace en respuesta a un deseo e inclinación natural, propia de su naturaleza, de reconocer a su Creador, rendirle culto y responder a las preguntas más fundamentales sobre el mismo Dios, el hombre y el mundo. De allí que podamos distinguir como propio de cualquier religión: una doctrina sobre el origen y el destino del hombre, una moralidad y formas de relacionarse con la divinidad, individual y socialmente, esto es, poseer un culto y oración. 

    No inventa el hombre una religión para consolarse y tranquilizarse, sino para relacionarse con Dios. Sin dudas que esas religiones estarán llenas de insuficiencias y errores, pero manifiestan aquella ordenación del hombre a Dios. Sin duda que dichas religiones están llenas de ambigüedades, pero eso es porque solo Dios habla bien de Dios, para decirlo con Pascal. ¿Qué significa eso? Que solo la Revelación rompe el hermetismo del mundo y ofrece la posibilidad de superar todas esas ambigüedades (Romano Guardini). Sólo Él puede decirnos quién es, que quiere de nosotros, como quiere que le adoremos, etc… “Quiso Dios en su Bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo Encarnado, tienen acceso al Padre en Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina”. A diferencia de las religiones naturales que suponen una búsqueda de Dios realizada con el esfuerzo y el deseo del hombre, la religión Revelada, es una búsqueda que Dios mismo hace del hombre para darle a conocer su corazón. Frente a ella, frente al hecho de la Revelación lo que cabe al hombre es la obediencia de la Fe. 

    Pero más allá de esta Revelación de Dios, lo que nos interesa destacar ahora es que la religiosidad es el comportamiento humano más adecuado ante la trascendencia, puesto que significa relacionarse con ella. Por eso es considerada generalmente como una de las cosas más serias de la vida de la que sólo una exigua minoría se atreve a prescindir enteramente. La consideración radical de la religión se eleva a lo más hondo e interior de la persona, es allí donde encontramos a Dios como interlocutor de nuestras más profundas aspiraciones. De allí que desterrarla de la vida social como si se tratarse de algo superfluo, artificial e irrelevante, solo puede producir grandes males que son expresados magníficamente por Henri de Lubac cuando señala que “no es verdad que el hombre no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, en fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre“.

  • Palabra y ejemplo en la educación

    Palabra y ejemplo en la educación

    No por engendrado el hombre tiene, por eso, todo lo que tiene que tener para ser llamado hombre perfecto. Es hombre, pero hombre imperfecto. Su indigencia tanto física como espiritual exige que sea ayudado por los padres –los mismos que lo han engendrado–  a alcanzar el estado de ser humano pleno y perfecto, debe ser ayudado por otros a ser un hombre bueno y feliz. 

    Esta actividad mediante la cual los padres ayudan a sus hijos a vivir bien, es la que llamamos educación, la cual, de acuerdo a lo dicho, sigue a la generación y, por tanto, puede ser descrita como una “segunda generación”. Por eso, si la generación da la vida, la educación da la vida buena o, lo que es lo mismo, la vida humana plena. Y para realizar esta actividad los padres cuentan con dos instrumentos fundamentales, que desde luego no son ni internet, ni las consolas de videojuegos, ni ningún artilugio de la tecnología moderna. Nos referimos, en cambio, a algo connatural al ser humano, a saber, la palabra y al ejemplo. Y a ellos nos referiremos en esta oportunidad. 

    La educación da vida plena y perfecta. Pero, hay que entender que la vida humana no es cualquier modo de vida, sino  vida según la razón, según el logos, según la palabra. Decía Aristóteles que “el hombre es el único viviente que tiene palabra”;  y en otro lugar afirmaba el Filósofo: “los animales viven de recuerdos e imágenes, mientras que el hombre vive del arte y de la palabra”. De tal manera que la convivencia humana, tanto la que se da en la comunicación íntima de vida en la familia o entre amigos, como la que se hace presente en cualquier ámbito de la vida social, encuentra su fundamento en la palabra por la que el hombre hace fecunda su vida. 

    Si el hombre no vive de la razón, no vive como hombre y por tanto, no puede alcanzar su realización. La educación, por tanto, que se dirige a perfeccionar esa vida humana, esa vida racional, debe tener su origen en la palabra. En efecto, dice Enrique Martínez, “el hombre se convierte en maestro cuando le dirige a otro hombre una palabra manifestativa del ser, expresándole la realidad en tanto que entendida”. Los padres son educadores porque ellos, precisamente por ser padres y no por haber leído el libro de moda, son educadores de sus hijos, porque son ellos los que pueden decirle las palabras que el hijo requiere. Esto es preciso recalcarlo porque no suele ser muy entendido en nuestros días. Y es que muchas veces se piensa que para educar se requiere de alguna ciencia o revelación especial, cuando en realidad, lo que anhelan los hijos es a sus padres y no a expertos en materias educativas o psicológicas. Los padres, por el hecho de ser padres y de amar a sus hijos como si fueran parte de ellos mismos, por el hecho de asumir que engendrado el hijo, ahora han de vivir enteramente para ellos, son quienes pueden decirles aquellas palabras que le den sentido a la vida. Sólo los padres pueden contarles a los hijos a través de sus palabras, que son valiosos, que valen por lo que son, que vienen del amor y están hechos para el amor. De tal manera que el medio adecuado para causar la educación, la ciencia y la virtud en el hijo es la palabra de los padres; y en el discípulo, la palabra del maestro. 

    Ahora bien, esa palabra con la que los educadores cuentan, evidentemente que no es la palabra exterior. No es el sonido que proferimos al hablar. “Me esfuerzo en convencerte, si puedo, le decía San Agustín a su hijo, de que mediante esos signos que reciben el nombre de palabra, no aprendemos nada”. No por hablar se educa, ni se enseña. Es cosa de ver a tantos “opinólogos” que en nuestros días hablan hasta por los codos, pero en muy pocos casos, nos enseñan algo. La palabra exterior es sólo el envoltorio de algo más profundo. Si no se “envuelve algo”, entonces las palabras son huecas, vacías. Lo profundo que se transmite es lo que hay en el interior del educador, es aquella palabra interior en la que el educador ha entendido la realidad. Cuando el hombre entiende, forma en ese acto una palabra donde dice para sí lo que ha entendido. Esa palabra o concepto es el modo que tiene el hombre de hacerse con la realidad, de poseerla, de interiorizarla. Y es esa palabra en la que se entiende la realidad, la que es preciso “envolver”.  

    Por eso insistía San Agustín: “Cuando hablo, a las mentes hablo; visible por mi cuerpo percibo rostros visibles, pero gracias a lo que veo dirijo la palabra a lo que no veo. Dentro llevo la palabra concebida en el corazón y quiero que se presente en tus oídos lo que en el corazón he concebido, quiero decirte lo que está dentro, mostrarte lo oculto, busco como poder llegar a tu mente. Primeramente encuentro a modo de puerta tus oídos y porque no puedo llevarte la invisible palabra que en el corazón he concebido, le suministro a modo de vehículo, el sonido. Mira, latente está la palabra, patente el sonido; cargo lo latente sobre lo patente y llego al oyente; y así la palabra sale de mí, viene a ti y no se ha apartado de mí”. 

    Los conceptos en los que entendemos la realidad, son también llamados “verbo mental” o “palabra interior” y sin ella no es posible educar, puesto que si lo que decimos no expresa lo que tenemos en el corazón, serán palabras vacías, será hablar por hablar. No se educa por lo que se dice, sino por lo que uno concibe en su corazón. Y si uno no ha concebido nada en su interior, vana será su actividad educativa. Por eso que la palabra del padre y de la madre que aman son formativas, por eso las palabras del maestro que sabe lo que dice son formativas, si uno las escucha, claro está y las hace suyas. Por eso los apóstoles preguntaban a Cristo: “A quién iremos. Sólo tú tienes palabra de vida eterna”.  

     Junto a la palabra y en íntima relación con ella, para educar la vida humana –especialmente en lo que respecta a la formación moral– los padres y el maestro cuentan con el ejemplo. Lo que se llama ejemplo, no se reduce a formular un caso en el que se cumple o verifica claramente una ley general, sino que es una acción o situación moralmente imitable. Es algo más bien ejemplificante en la medida en que de algún modo tiene la índole de causa. Por otra parte, no es un dicho, sino un hecho, pues aunque a veces pueda ser ejemplar decir algo, es el hecho mismo de decirlo lo que es imitable. 

    La enseñanza se realiza por medio de la palabra. El ejemplo, en cambio, no consiste tanto en decir, cuanto en el hacer. Ahora bien, este hacer tiene la condición o cualidad de imitable, es digno de imitación y además mueve a ella, por lo cual posee eficacia para la conducta de otros hombres, que son los que lo ven. Por tanto, el ejemplo debe considerarse como un cierto modo de enseñar, como un enseñar activo y no verbal, incluso si la intención del que lo hace no haya sido darla. 

    El ejemplo ciertamente que no es una palabra pero, no obstante, la supone. El ejemplo no consiste en exponer unas razones, pero ellas están virtualmente contenidas en él, porque las suscitan en quien ve el ejemplo, en tanto, no se limita a verlo, sino que razona sobre él, considerándolo como la expresión empírica del modo de pensar de quien lo protagoniza. La conducta exterioriza lo que el hombre estima como bueno, y en la medida que el educando lo ve y lo estime bueno para él, lo imitará. Y así tenemos que aunque el ejemplo sea menos próximo a la intención formativa, es sin embargo, más eficaz. Así dice Santo Tomás: “Porque en lo que concierne a las acciones y pasiones humanas se cree menos en las palabras que en las obras, con lo cual si alguien pone en práctica algo que dice ser malo, más provoca con el ejemplo que disuade con la palabra”. Porque el ejemplo es más convincente que las palabras, en caso de conflicto prevalece más aquél que éstas. En otro lugar afirma Santo Tomás en el mismo sentido que “cuando las palabras de alguien disuenan de las obras que en él se manifiestan de una manera sensible, tales palabras dejan de ser dignas de crédito, y en consecuencia, viene a quedar sin valor la verdad en ella expresadas”.

    Es preciso recordar cuando se trata del ejemplo, que serlo no significa carecer de imperfecciones y no equivocarse nunca. Es preciso ser un ejemplo posible de imitar. Un padre que aparezca como perfecto, sin mácula, que no se equivoca nunca, es para un niño que suele equivocarse un ejemplo imposible y tenderá a buscar otros. Las caídas son muy formativas, cuando se muestra el hijo que pese a ellas se sigue anhelando la virtud y la perfección.  

    En definitiva, hay que decir que los hechos son en cuanto enseñanza, superiores a los dichos, no porque realmente enseñen más que éstos lo que se debe hacer, sino porque merecen un crédito mayor, en cuanto, signos de lo que de veras piensa el hombre que los hace. Esto no hace innecesaria la enseñanza mediante las palabras de lo que debe hacerse, sino que ambos, doctrina y ejemplo, palabra y ejemplo, deben ir de la mano. Deben ser concordes entre sí para que haya verdadera formación educativa. 

    La sociedad actual ha reemplazado las palabras por las imágenes y los ejemplos de nobleza moral, brillan por su ausencia. Por eso, en este nuevo año académico que comienza, bien vale hacerse el propósito de ser verdaderos ejemplos de bondad para nuestros hijos y dedicarles más tiempo para decirles esas palabras que surgen del corazón bien formado. 

  • La Red Cultural o la inutilidad de una revista

    La Red Cultural o la inutilidad de una revista

    Esta es una revista inútil. Sí, sí, ha leído bien. Es una revista que no sirve para nada, con el agravante de que exige para su lectura una especial concentración, contiene textos arduos que requieren en muchos casos volver a releer algún párrafo, los temas son profundos y de tiempos remotos e incluso se puede encontrar algún texto en latín, todo ello en un mundo marcado por el utilitarismo y el pragmatismo que exalta el valor de lo útil, de lo práctico, en el que triunfan los mensajes cortos, las redes sociales, la abundancia de información, la extensión de la tecnologías, etc. Sí, la revista Red Cultural parece de otra época y me reafirmo en su inutilidad, pero precisamente por eso, (y lo digo otra vez), precisamente por eso, es tremendamente necesaria y no podemos prescindir de ella. No, no podemos.

    La sociedad actual está dominada, es fácil entenderlo,  por el homo aeconomicus (se lo dije, habría latín), por la primacía de lo práctico. Todo el mundo moderno, desde Descartes en adelante, ha ido absolutizando la práxis sobre la theoría (¡uy, ahora en griego, qué barbaridad!) y ha ido transformando al hombre en un dominador de la naturaleza, la cual aparece solo como fuente de beneficio y riqueza. La exaltación de este modo de entender la realidad es alcanzada por Marx al proclamar aquello de que a los filósofos ya no les tocaba contemplar o pensar el mundo, sino transformarlo (vaya que lo transformó el amigo Carlos, al punto que aparecieron realidades nuevas como el Gulag y otras lindezas). En este contexto aquello que no tenga utilidad, que no sea práctico, que no reporte algún beneficio concreto, carece de valor. Leída así la afirmación inicial sobre esta revista, podría hacer pensar que no es valiosa o que podemos prescindir de ella. Pero ya hemos dicho que es precisamente (y lo dije dos veces, con esta tres), todo lo contrario. Expliquémonos (se pone arduo, le aviso): 

    Hablando sobre los bienes humanos, sobre aquellas cosas más convenientes para el hombre, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles (¡qué autores más antiguos que cita este hombre!), afirma que si se considera la razón de bien de forma más elevada y universal, encontramos que puede dividirse el bien en tres tipos. Y esto porque el bien, que es aquello apetecible, es fin de la tendencia del apetito (le advertí que era arduo). De esta manera puede considerarse como bueno, tanto el fin o término del movimiento del apetito, como los medios que permiten conseguirlo. Haciendo la salvedad de que el fin puede considerarse de dos modos: Uno, como aquello a lo que uno se dirige, como puede ser un lugar a una forma; otro, como reposo en aquello a lo que uno se dirige (lea otra vez el párrafo si es necesario). Lo explicamos. Es bueno tanto el vino (si es chileno, mejor y lo he comprobado estando lejos), como el disfrutar de tomárselo. Uno es el término del apetito (vino), otro es el reposo en su posesión (tomárselo). Pues bien, de acuerdo a ello tenemos que lo que es apetecido como medio para conseguir el fin último de la tendencia del apetito, se llama bien útil; y lo que es apetecido como fin último de la tendencia del apetito, se llama bien honesto, porque se llama honesto a aquello que es apetecido por lo que es. Aquello en lo que termina la tendencia del apetito, es decir, la consecución de lo buscado, es el bien deleitable. Bien útil, bien honesto y bien deleitable. El primero es el bien medio, aquel que sirve para otra cosa, aquello que no se quiere por sí mismo, que no está en él la razón de por qué lo queremos, sino que dicha razón está en aquello que el bien útil me da. El medio o instrumento lo amamos solo para poder conseguir lo que verdaderamente amamos, lo honesto. Solo este es lo que vale por sí mismo, lo que no es querido para otra cosa sino por el valor intrínseco que él posee y cuya posesión causa gozo o deleite. 

    Se aprecia entonces claramente que lo útil o práctico, lo que causa o trae algún beneficio, es verdaderamente un bien, pero no el único y exclusivo, ni el más perfecto, sino un bien que tiene su razón y justificación en la posibilidad de conseguir bienes en los que el espíritu humano repose y descanse. Afirmar que si algo no tiene utilidad es algo carente de valor, es olvidar que los bienes humanos no se reducen al mero “bien medio”, que la riqueza de lo humano se nutre y crece sobre todo por lo que vale por sí mismo, por lo honesto, por lo “inútil”, que no vale para otra cosa, porque lo amamos por sí mismo (creo que se entendió, y si no pregúntese a sí mismo “¿para qué sirven mis amigos?”, y descubrirá lo absurdo de la pregunta. ¡Ah! y no intente decir que “sirven” para pasar buenos ratos o que “sirven” porque me alegran la vida, porque estaría absolutizando el bien útil. No sirven, pero son lo más valioso que tenemos). Un claro ejemplo: el poeta ama más la poesía que el lápiz, pero sin este no escribe aquella. El lápiz es útil, la poesía, honesta o también, puede decirse, que es inútil (sí, no se angustie, puede decirse “inútil”). ¿Puede alguien decir que no es valiosa la poesía o que es menos valiosa que un lápiz? No, precisamente porque la queremos por ser poesía, por ser lo que es, es más valiosa y necesaria para el ser humano. La inutilidad de la poesía es la razón de su valor y dignidad. Podemos vivir sin lápices, pero no sin los versos de los poetas, como este de Salinas: “¿Qué hermoso el mundo, qué entero si todo, besos y luces, y gozo, viniese solo de ti!”. (Para entretenerse y descansar: imagine que un volcán entra en erupción en Madrid. ¿Qué intentaría salvar: Una lavadora, un coche Audi A7, un computador, o Las Meninas de Velázquez? Ojo: Las futuras generaciones no le perdonarán lo que haya decidido).   

    En este sentido, y siguiendo con el ejemplo, es doloroso ver como actualmente la gente se preocupa más por tener “lápices” que por “leer poesía”, entregados exclusivamente a acumular dinero y poder, los hombres van secando su espíritu. Es triste ver cómo  triunfan en las televisiones y los medios las nuevas maneras del éxito encarnadas en el emprendedor que ha tenido una genial idea, en el ganador de un reality que lleva 23 ediciones o en la exclusiva copucha que ha sido lanzada para comentario de todos. Es desilusionante ver a las personas preocupadas solo por el “para qué sirve” y no por el ¡qué bello!, y solo porque tienen la mirada fija en lo útil y son incapaces de contemplar lo cotidiano, lo sencillo, la belleza de la naturaleza o del arte.

    Por eso es que proclamamos con orgullo la inutilidad de la Red Cultural, es ella inútil como la poesía es inútil, como la música de Mozart o los diálogos de Platón (le dejo a usted que deduzca que es imprescindible como cada una de las obras señaladas). Es inútil porque no es útil, porque es un bien honesto en el cual se deleita y crece el espíritu humano. Hay en esta Revista verdades que el mundo necesita y le urge mantener. ¿Por qué releer a Chesterton? ¿Por qué adentrarse en los recovecos de la historia del mundo antiguo? ¿Por qué descubrir los anhelos de Alejandro o de Carlomagno? ¿Por qué deleitarse con el mundo de Verdi o de Wagner? ¿Por qué contemplar la belleza de las catedrales góticas o de la pintura chilena? No porque nos sirvan para ser mejores médicos, maestros, abogados, jardineros, vendedores, etc. (por supuesto, con su correspondiente femenino), sino porque en ellos subsisten verdades eternas, bienes sublimes, bellezas ocultas que es preciso volver a poner frente al hombre de hoy para que mantenga su humanidad. Vivir de lo útil únicamente esclaviza y deshumaniza. Piense en una sociedad en la que no se regalen flores, que no haya museos, que no tenga teatros, que no haya conciertos, etc., sería una sociedad en la que seguro que usted no querría vivir. Sobre esto dice Theophile Gautier: “Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores, el mundo no sufriría materialmente. ¿Quién desearía, no obstante, que ya no hubiese flores? Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas, y creo que en el mundo solo un utilitario sería capaz de arrancar un parterre de tulipanes para plantar coles (¡¡yo quiero regalar flores!!).

     Nuccio Ordine, un autor que reflexiona sobre la inutilidad de manera brillante, afirma con contundencia: “Si dejamos morir lo gratuito. Si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, solo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida”. Puede ser que leer artículos difíciles de filosofía, arte, historia y literatura, no sirva para nada, pero permite elevar nuestra condición personal, eso que se ha dado en llamar la “dignitas hominis” (otra vez latín). Las humanidades no sirven para nada, simplemente ayudan a vivir con más lucidez y humanidad. Si uno es capaz de distinguir entre una vida lúcida, una vida más humana y una vida estúpida, entonces está en condiciones de entender que hay cosas cuyo valor no estriba en valer para algo (es una frase fuerte pero había que decirlo). De este tipo de valor están provistas las realidades que en el fondo consideramos más valiosas, que son aquellas de las que se ocupa la revista. Por eso, parafraseando a Ionesco me atrevo a sostener que “si es absolutamente necesario que la revista Red Cultural (él dice “arte”) sirva para alguna cosa, yo diré que debe servir para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya”. En efecto, es indispensable que haya realidades inútiles, que sean objeto solo de contemplación y de reflexión, como una conversación con los amigos, que no cambiaríamos por nada aunque de ella no se sigan ningún beneficio práctico y pecuniario (más aún, si se “pierde” tiempo y dinero porque se les hemos pagado la cuenta). La Red es una conversación con “amigos” muy sabios que han pensado y dejado por escrito o pintado o esculpido…, verdaderas maravillas que no nos es posible desconocer. 

    Para terminar, y hablando de amigos, no puedo evitar recordar el proyecto que llevó a cabo, entre 1831 y 1832, Giacomo Leopardi junto a su estimado amigo Antonio Ranieri: se trataba de un periódico semanal llamado Lo Spectatore Fiorentino, que al final nunca vio la luz, pero que en sus primeras páginas declaraba: “Reconocemos con franqueza que nuestro periódico no tendrá ninguna utilidad. En un siglo enteramente dedicado a lo útil, cobra fundamental importancia, llamar la atención sobre lo inútil. Y creemos razonable que en un siglo en el que todos los libros, todos los pedazos de papel impresos, todas las tarjetas de visita son útiles, aparezca finalmente un periódico que hace profesión de ser inútil: porque el hombre tiende a distinguirse de los demás y porque, cuando todo es útil, no queda sino que uno prometa lo inútil para especular”(No es necesario que explicite la comparación con la revista ¿no?).  Por medio de la filosofía de lo inútil, Leopardi no solo busca defender la supervivencia del pensamiento, sino que además pretende reivindicar la importancia de la vida, de la literatura, del amor, de la poesía, de todas las cosas consideradas inútiles. Creo, sinceramente, que la revista que usted tiene entre sus manos es necesaria, hoy más que nunca, por la misma razón, porque estando hecha con el esfuerzo y la pasión de unos amigos y amigas, busca salvaguardar la importancia y el valor de las humanidades, para que los que a ellas se acerquen engrandezcan su propio espíritu. Afirmaba Victor Hugo (el de Los Miserables, sí, ese), que ardiente y apasionadamente quería el pan del obrero, el pan del trabajador, porque es un hermano, pero con la misma fuerza exigía: “quiero, además el pan del pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero multiplicar el pan del espíritu como el pan del cuerpo”. Sí, la Red Cultura es inútil, y por eso, no nos permitirá cocinar mejor la cazuela, pero es tremendamente necesaria porque alimenta el espíritu. Léala que hace bien.  

  • La importancia de saber leer

    La importancia de saber leer

    En este nuevo comienzo del año académico he querido poner mi atención en los más pequeños. En aquellos alumnos que recién comienzan su vida escolar y que dan sus primeros pasos en el mundo de la lectura y la escritura. Es verdaderamente admirable ver cómo poco a poco estos niños logran descifrar esos caracteres, hasta hace poco extraños para ellos, y que ahora aparecen llenos de sentido, posibilitándoles acceder a mundos nuevos de conocimientos, pero también a historias de aventuras y de fantasía apasionantes. A veces da gusto ver cómo, con tan solo 4 o 5 años consiguen leer y escribir con mucha facilidad. No obstante, la tristeza aparece cuando uno se encentra con jóvenes de 18 o 20 años que no solo leen mal sino que no tienen ningún gusto o afición por la lectura. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde ha quedado, después de 12 años de colegio, su pasión por las letras? ¿Qué ocurrió con esa precocidad literaria tan celebrada por sus padres? ¿Bastaba con enseñarles a leer o era necesaria una acción de otro tipo? A desentrañar lo que supone verdaderamente saber leer es que dedicaremos esta reflexión, la cual estará orientada a los niños como destinatarios últimos, pero dirigida de modo especial y directo a padres y maestros.  

    En su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura en diciembre de 2010, Mario Vargas Llosa comienza con las siguientes palabras: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano (…). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas. La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura”. Este primer párrafo apunta a tres cuestiones que son claves para comprender la importancia de la lectura, así como su verdadero sentido.

    1.- En primer lugar, aparece con claridad que leer no es lo mismo que ser lector. En efecto, leer, en su más pleno sentido, no puede ser solo el acto mecánico por el que desciframos el significado de ciertos signos escritos. Si bien es cierto que saber leer indica, primeramente, la capacidad de decodificar signos –y así cuando decimos que alguien sabe leer o aprendió a leer, es a esto a lo que nos referimos–, no obstante, no puede esto confundirse con el hábito de leer. Solo quien posee este último merece el título de lector. Un niño de 6 años, gracias a la ayuda de la escuela y de sus padres, puede saber leer, pero desde luego, no es un lector. 

    Para comprender bien esta diferencia comparémoslo con la actividad de escribir. Una cosa es saber escribir y otra ser escritor. Un escritor es alguien que no solo escribe, sino que lo hace de un modo habitual, pero además, siendo capaz de comunicar una verdad o una historia con cierto arte. Siguiendo con el ejemplo, no decimos que un niño de 6 años que sabe escribir, sea un escritor. Y si existe en castellano la palabra “escribidor”, que el diccionario de la Real Academia Española define como aquel que es “mal escritor”, también es posible hablar de “leedor”, para referirse al mal lector, esto es, a aquel que sabiendo leer, solo lo hace por motivos extrínsecosa la misma lectura, es decir, usa la lectura para poder enterarse de ciertas cosas útiles, pero que de no mediar dicha necesidad, se mantiene alejado de la actividad lectora. Se ve en Vargas Llosa esa pasión por la lectura y su deseo de leer las historias que se le presentaban. El poeta Salinas en una obra sobre los libros sostenía: “Uno de los efectos del desorden intelectual contemporáneo es que mientras ha crecido el número de leedores, se ha vuelto una rareza singular el tipo de puro lector”. 

    Y ¿en qué consiste ser lector? Pues no en otra cosa que en leer por razones intrínsecas a la lectura, es decir, en la actividad de aquel que lee por el mismo bien que supone leer, no para informarse sobre algo, sino porque ha descubierto que la lectura es un bien en sí mismo. Como señala Salinas es lector “el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas. Ningún ánimo en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la escala social, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo”. El lector sabe leer, por supuesto, pero hay algo más en él que lo distingue y ennoblece: su amor por la lectura, su pasión por estarse junto a un libro descubriendo lo que tiene para ofrecer.

    Este amor por la lectura es descrito también por un prestigioso escritor infantil, Gustavo Martín Garzo, quien se ha referido al lector como alguien “que se olvida de sus ocupaciones cotidianas, que abandona el ámbito de lo estrictamente racional, y que solo vive para desvelar el misterio de una llamada tan desconocida como irresistible. Que lo hace no buscando un mayor conocimiento de sí mismo o del mundo, sino, sobre todo, llevado por un movimiento de fascinación”. El lector, aquel que verdaderamente sabe leer, es alguien que está fascinado por la lectura y le busca en razón del mismo gozo que supone leer. Es obvio que todos somos leedores, el problema está en ser solo eso y no atreverse a ser también un poco lectores, atreverse a disfrutar con la misma lectura. Porque la verdad es que aunque nunca se ha leído tanto como ahora, nunca han existido tan pocos lectores. Leer no está de moda. Los estudios sobre hábitos lectores son unánimes en constatar que los alumnos universitarios no leen o leen poco. Un estudio publicado hace unos años indica que en las preferencias de ocio de los adolescentes españoles, la lectura está anteúltima por delante de “no hacer nada”. De tal manera que si hoy los índices de analfabetismo son bajísimos porque casi todos saben leer, no estaría mal considerar otro tipo de “analfabetismo”: el de aquellos que solo se han quedado en la condición de leedores. Salir de este analfabetismo supone adquirir el gusto por la lectura, dicho de otro modo: querer leer. 

    2.- En segundo lugar, ese gusto por leer está fundado en gran parte en aquello que se lee. En este sentido, saber leer no solo supone realizar la actividad lectora, ni disfrutar con la lectura, sino además saber qué es lo que se lee. Y este párrafo parece apuntarlo con claridad. Aprender a leer es lo más importante que le ha pasado a Vargas Llosa porque ha tenido la posibilidad de conocer a una serie de autores que le han mostrado un mundo absolutamente genial. Dumas, Víctor Hugo, Verne, Calderón, etc., son algunos de los clásicos mencionados por el escritor peruano. No dice que agradece haber aprendido a leer porque de ese modo puede leer el diario cada día y enterarse de las noticias; o leer las cartas de sus amigos y los emails del trabajo, sino que señala que de ese modo ha podido viajar con el capitán Nemo, y vivir diversas aventuras con diversos personajes entrañables. Son los clásicos aquellas obras que han conseguido expresar los más profundos deseos del corazón humano (los abismos de lo humano, dirá en otro lugar el autor) y que, por tanto, siempre se mantienen actuales. Son obras, como dice Italo Calvino que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir”, porque su profundidad es inagotable. Siguen interpelándonos aún después de tantos siglos de haber sido escritos, de allí que sean obras que siempre se están releyendo. Estos son los libros que verdaderamente posibilitan convertirse en lector. No se hace uno lector, no adquiere gusto por la lectura, iniciándose en un tratado de química o de geología, sino en obras que causen gozo al alma. Por eso, el papel de los cuentos clásicos, de los cuentos de hadas, resulta insustituible en la formación del futuro lector. 

    3.- En tercer lugar, aparece aquí lo que a mi juicio es más importante y permite entender más la importancia de la lectura. Si uno pregunta por la importancia de la lectura, es evidente que la respuesta será “sí, es importante”. Pero lo que no es tan claro es para qué es importante. ¿En dónde radica la importancia de la lectura? ¿En que nos permite conocer y acceder a informaciones que de otro modo no tendríamos? ¿Para poder aprobar los exámenes y así obtener un título? ¿Para conseguir trabajo o para leer las instrucciones de funcionamiento de la lavadora nueva? ¿Para qué es importante saber leer? Y Vargas Llosa en este primer párrafo da razón de ese “para qué”: Dice el ganador del Nobel que la literatura “enriqueció mi vida”. La lectura es importante porque enriquece la vida. Porque nos ayuda a ser mejores personas. Sobre esto va a volver después a lo largo de su discurso, pero ya queda claramente establecido: “Agradezco saber leer al hermano Justiniano porque a través de la lectura mi vida ha sido enriquecida”. 

    La lectura literaria aparece como algo necesario, no por su utilidad o por su carácter pragmático, sino por su propia naturaleza, sobre todo en nuestros días, en que vivimos en una sociedad hiperteconologizada. A través de ese encuentro es posible una vida más armónica, equilibrada, más humana. Por eso conseguir que los alumnos se fascinen por la buena literatura es un desafío precioso al que estamos llamados todos. No es, de ninguna manera, algo utópico, aunque sea difícil y complejo. Es hacia allí donde debemos tender tanto los padres como los maestros: no solo a enseñar a leer, no solo a posibilitar que sean capaces de descifrar esos signos que les permiten acceder a la información que posee un texto, sino que debemos procurar transmitir pasión por la lectura acercando a los niños a los clásicos de siempre que les colman la vida de sentido. Y esto del único modo posible que existe para hacerlo: entusiasmarnos nosotros mismos con la buena literatura y practicarla a diario. Al principio puede que cueste, pero luego será parte de nuestra propia vida y solo desde allí podremos educar. 

  • La importancia de la familia en la formación de la resiliencia

    La importancia de la familia en la formación de la resiliencia

    La resiliencia es un concepto que aparece de modo recurrente en ámbitos especialmente psicológicos, pero que se ha trasladado con mucha fuerza también al mundo educativo. Si bien es un término que dice relación con el mundo de la física, puesto que designa la “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”, pasa por analogía a designar aquella personalidad que luego de enfrentar grandes digicultades y dolores, vuelve a enfrentar el desafío de la búsqueda y consecución de su propia felicidad. La misma etimilogía de la palabra alude a  “saltar hacia atrás”, “rebotar”, “replegarse”, es decir, volver donde estábamos, continuar y rehacerse del daño o las heridas recibidas llevando la vida con normalidad y con buen ánimo. A lo largo del tiempo, aquellos que volcaron su interés y su tiempo en estudiar el concepto “resiliencia” aportaban un sentido innovador al significado de la palabra. Existen diferentes definiciones de resiliencia, todas ellas similares que expresan un mismo sentido. Entre las principales destacan la propuesta por el Bureau International Catholique de l’enfance, BICE, que afirma que se trata de “la habilidad para surgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva”; o la de Vanistendael y Lecomte quienes sostienen que la resiliencia es “la capacidad para proteger la propia integridad bajo presión y de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles”. En ambos casos estamos ante una virtud muy semejante a una dimensión de la clásica virtud de la fortaleza que supone la perfección del ánimo frente a los males difíciles de soportar, aquella virtud de los enamorados que por amor son capaces de soportar las más diversas adversidades. Como lo expresa Boris Cyrulnik de modo sintético y muy preciso es el arte de navegar en los torrentes.

    El dolor es parte constitutiva de la vida humana, las dificultades aunque puedan tardar en llegar, sabemos que llegarán eventualmente, y en algunos casos son de una magnitud inesperada, pudiendo comprometer nuestra búsqueda y deseo de felicidad. Por ello es necesario y fundamental estar provistos de una personalidad resiliente, fuerte, valiente, para enfrentar dichos momentos. Pero, ¿cómo es posible formar una personalidad así? ¿qué hacer para ayudar a otros a enfrentar las dificultades de manera que no decaigan en la búsqueda de la felicidad? El mismo Cyrulnik explica que “un trauma empuja al herido en una dirección en la que hubiera preferido no ir. Pero como ha caído en una ola que le arrolla y le arrastra hacia una cascada de heridas, el resiliente ha de apelar a los recursos internos impresos en su memoria, ha de luchar para no dejarse arrastrar por la pendiente natural de los traumatismos, que le llevan dando tumbos de golpe en golpe  hasta que una mano tendida le ofrezca un recurso externo, una relación afectiva, una institución social o cultural que le permita recuperarse”. Como vemos, son necesario “recursos internos impresos en la memoria”, vivencias, de tal modo arraigadas en el propio interior, que permitan enfrentar las situaciones difíciles. Dicha adquisición, continúa Cyrulnik,  está estrechamente relacionada con aptitudes desencadenantes de un apego seguro. Lo cual favorecerá al individuo en cuanto a su desarrollo o por el contrario lo perjudicará: “Podremos constatar que los que han sido privados de estas adquisiciones precoces podrán desarrollarlas más tarde aunque más lentamente, a condición de que el medio, habiendo comprendido cómo se modela  un temperamento, disponga guías de resiliencia en torno a los heridos”.

    Hace tiempo, no obstante, esta característica poco común se atribuyó a una “constitución” especial, a algo que se tenía o no se tenía. No era algo que fuera posible adquirir. Pero, recientemente, se ha constatado la posibilidad clara de su adquisición según influencia de factores mayores que determinarán el desarrollo de esta virtud en nosotros mismos. Estos factores se han clasificados en: Factores de riesgo y factores de protección. Los primeros, los factores de riesgo, son aquellos factores estresores o condiciones ambientales que incrementan la probabilidad  de que un niño experimente un ajuste promedio pobre o tenga resultados negativos en áreas particulares como la salud física, la salud mental, el resultado académico o el ajuste social. Algunos de los factores de riesgo más importantes que se han identificado son experiencias traumáticas (como la muerte de un padre), pobreza, conflicto familiar, exposición crónica a la violencia, problemas de sus padres como abuso de drogas, conducta criminal o salud mental. La presencia de estos factores indudablemente condiciona negativamente la personalidad del niño haciéndole difícil la adquisición de la resiliencia. Los segundos, los factores de protección, por el contrario, son aquellos que reducen el riesgo de la persona ante distintas conductas problema, y el paralelo concepto de resiliencia que se ha elaborado para explicar la superación de situaciones difíciles o extremas en la niñez, cara a sus consecuencias para la vida adulta. Estos son los que directamente contribuyen a la formación de la resiliencia.

    Aparece claro que para adquirir una personalidad resiliente será necesario reducir tanto como sea posible los factores de riesgo y potenciar, fomentar y hacer crecer los factores de protección. ¿Cuáles son los factores de riesgo más comúnes? Los diversos autores señalan: la rigidez, la confusión de vínculos, la la rigidez, la ausencia de relaciones solidarias, el estrés y la afectación de los problemas de adultos a los niños. Mientras que si nos preguntamos por los factores de protección puede mencionarse, entre otros: la flexibilidad, cohesión entre los miembros de la familia, sentimiento de pertenencia, autoestima, autoconciencia, capacidad de resolución de problemas. En relación con estos últimos, Forés y Grané proponen una clasificación más precisa. Hablan de factores de protección internos, externos y sociales. Los internos son aquellos que tienen suma relación con el carácter y la personalidad del individuo además de sus creencias; los segundos, se refieren a los apoyos externos de la familia, vínculo de amigos, modelo de conducta y o servicios institucionales; finalmente los terceros, se refieren a la interacción con los demás y la capacidad de resolver problemas.

    Es evidente, luego de lo dicho, que la familia es absolutamente decisiva en la formación de personlidades resilientes capaces de enfrentar las dificultades de la vida de forma satisfactoria. Mancioux advierte que es importante estimular a los niños de temprana edad a partir de la interacción con sus padres para lograr un desarrollo significativo. Desde que llegamos al mundo, incluso en el seno materno, tenemos la necesidad de ser amados por nuestros padres y estar en continuo contacto con ellos ya que es el camino para sentirnos seguros y protegidos. Estamos hechos así, desde el primer momento necesitamos del amor del prójimo, que nos llevará a desarrolar en plenitud unos vínculos afectivos seguros y sanos que desencadenará la formación de nosotros mismos como seres humanos. 

    Estos principios consagrados y enseñados por la psicología más reciente, son aquellos que desde la Antigüedad los pensadores clásicos afirmaron continuamente. De modo más claro desde el Cristianismo, que ve en el hombre una creatura que procede del Amor y que se ordena al Amor y que no puede realizarse si no se da a sí mismo a los demás. La familia, escuela de amor, es el lugar idóneo en el que la persona recibe el amor de sus padres y se vuelve capaz de amar. No es en una clase de metafísica donde se aprende a amar a los demás y a enfrentar las dificultades –aunque las clases de metafísica hacen muy bien–, sino en el calor del hogar familiar. Allí por tanto se reciben esos factores de protección y se reducen los factores de riesgo posibilitando de manera exponencial la adquisición de una personalidad resiliente que permite enfrentar las adversidades de la vida con optimismo y alegría.  

    Para continuar con los factores de riesgo y protección, es importante tener en cuenta según menciona Delage (2010) el papel que toma el apego. Ambos factores de los que hablamos en este apartado del trabajo surgen dependiendo del apego o del vínculo establecido. Por tanto, desde este enfoque:

    – Los factores de riesgo son: la rigidez, la confusión de vínculos, la la rigidez, la confusión de vínculos, la ausencia de relaciones solidarias, el estrés y la afectación de los problemas de adultos a los niños.

    En cambio, en la otra vertiente:

    – Contamos con factores de protección como: la flexibilidad, cohesión entre los miembros, sentimiento de pertenencia, autoestima, autoconciencia, capacidad de resolución de problemas.

    Según el tipo de apego, seguro o inseguro, podemos desencadenar una de las dos vertientes expuestas que estarán de nuestro lado, potenciando los factores de protección y por tanto de resiliencia o, por el contrario, actuará a la inversa dictaminando un apego inseguro y una vulnerabilidad que afectará en todos los ámbitos del desarrollo del individuo.

    Sopesando las puntualizaciones hasta el momento, Forés y Grané (2011) proponen una clasificación de los segundos y últimos factores que se han mencionado, los factores de protección. Remiten a tres tipos:

    a) Internos: tienen suma relación con el carácter y la personalidad del individuo además de sus creencias.

    b) La dimensión externa: se refiere a los apoyos externos de la familia, vínculo de amigos, modelo de conducta y o servicios institucionales.

    c) La dimensión social: consolidada mediante a la interacción con los demás y la capacidad de resolver problemas.

    Es así cómo lo relata Boris Cyrulnik (2002) en Los patitos feos:

    Para volver a vivir, es preciso no pensar demasiado en la herida . Pero con el tiempo, la emoción provocada por el golpe  tiende a apagarse lentamente para no dejar en la memoria más que la representación del golpe. Ahora bien, esta representación que se construye laboriosamente depende de la manera como el herido ha conseguido historizar el hecho. […] El tiempo mitiga el recuerdo y los relatos metamorfosean los sentimientos.  A fuerza de tratar de comprender, de tratar de encontrar las palabras para convencer y construir imágenes que evoquen la realidad, el herido consigue curar la herida y modificar la representación del trauma.

    A partir de la progresión de las definiciones vistas hasta ahora vemos cómo la resiliencia es un término muy amplio que ha existido desde antiguo pero solo hace unas décadas que lo relacionamos con una vida sana, fuerte y feliz. Además, es importante destacar la existencia de factores que intervienen en este proceso como los de riesgo y de protección, de los que también hablaremos a lo largo del trabajo.

    • Génesis

     Y esta capacidad ¿cómo nos viene dada? Igual que estar en este mundo no ha dependido de nosotros, dicha capacidad no solo se centra en nuestra persona, sino en todo lo que ha tenido que ver con nosotros desde nuestro nacimiento e incluso antes. Cierto que también la consolidación de la resiliencia tiene algo que ver con los genes que nos son dados.

    Pues la resiliencia no es inamovible. Según Cyrulnik, es una variante que incrementará si los factores son favorables y hará que la virtud sea más fuerte y se expanda. Así que no podemos afirmar que una persona resiliente vaya a serlo hasta el final de sus días. Todo dependerá en la afectación de los contextos que, consecuentemente, hará posible el proceso contínuo de construcción de la resiliencia a lo largo de nuestra vida.

    Se ha estudiado la resistencia ante un suceso de inestabilidad y todo aquello que nos desestabiliza. Mancioux (2010) relata que algunas personas son más resilientes que otras aunque no se pueda dar una razón específica de ello. Pero lo que ha permitido avanzar en los estudios de la resiliencia y en todo su camino hacia conseguirla ha sido identificar las competencias como aptitudes. Las competencias designan al niño, por ello, a parte de ser reconocidas deben estar estimuladas para crar un clima estable de afectividad en el vínculo familiar que une al niño y a sus progenitores. Desarrollar estas capacidades potenciales, será un papel decisivo en la aparición de la resiliencia en la persona de edad adulta y, con más énfasis, en la infancia.

    Así que, nos dice Mancioux que es importante estimular a los niños de temprana edad a partir de la interacción con sus padres para lograr un desarrollo significativo. Desde que llegamos al mundo, incluso en el seno materno, tenemos la necesidad de ser amados por nuestros padres y estar en continuo contacto con ellos ya que es el camino para sentirnos seguros y protegidos. Estamos hechos así, desde el primer momento necesitamos del amor del prójimo, que nos llevará a desarrolar en plenitud unos vínculos afectivos seguros y sanos que desencadenará la formación de nosotros mismos como seres humanos.

    Depende entonces de contextos sociales y afectivos la posibilidad de desarrollar la resiliencia primaria, en primer término, para facilitar una vida llena de oportunidades. Con el paso del tiempo, evolucionaremos  y nos desenvolveremos en la vida potenciando nuestras capacidades y aptitudes formándonos  como personas y seres resilientes por nosotros mismos. A esto se le llama, resiliencia secundaria.

    • La resiliencia primaria y secundaria

    Hemos mencinado una resiliencia primaria y secundaria. Pero esto no significa que exístan dos tipos de resiliencia. Ambos se refieren a lo mismo; al hecho de sobreponerse a cualquier adversidad. Pero veámos más detalladamente a qué se refiere cada uno de ellos. 

    a) Resiliencia primaria: llamamos resiliencia primaria a aquella que se refiere al propio nacimiento, en el momento que respiramos por nosotros mismos y somos llevados a la vida real. Barudy y Dantagnan (2009), citado en Rojas Marcos, (2010) nombran así este proceso de construcción humana en que los recién nacidos hacen frente a los primeros desafíos del mismo nacimiento, de estar con los demás y recibir vínculos afectivos y sanos.

    De esta manera facilitaremos la emergencia de la resiliencia secundaria.

    b) Resiliencia secundaria: la resiliencia secundaria según Forés y Grané (2008), es aquella en la que se vuelve a la vida después de haber pasado por una situación desdichada. Si hemos dicho anteriormente que la primaria tiene que ver exclusivamente con nuestro nacimiento y atender a las necesidades afectivas del recién nacido, la secundaria se refiere a un segundo nacimiento. Es una dinámica reparadora de vida. Por ello, podemos decir que la resiliencia tiene cualidades constructivas, ya que se trata de una construcción, o mejor dicho, de una reconstrucción humana. 

    También podemos añadir la propiedad generativa al hacer referencia a la felicidad, como fin último. Ya que únicamente se puede obtener si se mantiene y se proporciona unas raíces desde pequeños que les llevará a divagar hacia una vida llena de oportunidades.

    Además de generar felicidad, esta cualidad transmite la idea que la resiliencia es mucho más que adaptabilidad, más que ser robusto o rígido. Nos referimos a crecer hacia algo nuevo avanzando hacia adelante y, por tanto, evitando los factores que nos puedan desestabilizar.

    Como ejemplo de esta resiliencia secundaria, Tim Guénard, quién con solo tres años fue abandonado por su madre y atado a un poster de electricidad y maltratado por su padre pero que años más tarde, gracias a varias personas que se cruzaron en su camino, pudo apagar el odio que había en su interior. Y así volvió a nacer, se reconstruyó y volvió a la vida. Su vida está narrada en una obra autobiográfica en la que expone su testimonio como un evidente caso de resiliencia. Acostumbrado a un mundo debastado por el egoísmo, escasez y peligros, se encontró con unos gestos llenos de bondad que dieron un vuelco en su vida. De esta manera se convierte en un referente y en uno de los padres de la virtud resiliente.

    1.3. Metáforas vinculadas a la resiliencia

    Algunas metáforas ejemplifican muy bien el proceso resiliente. He aquí el Ave Fénix. Grandiosa como un águila y de colores intensos. Después de morir renace de sus propias cenizas y vuelve a su situación inicial. 

    A pesar de las heridas y de consumirse por el fuego vuelve a la vida. Hace referencia al proceso de reconstrucción de la resiliencia. Un proceso de adaptación positiva sobre cualquier problema o adversidad que nos perturba. 

    Por otro lado, se debe tener en cuenta que volvemos a vivir por segunda vez y vencemos a la adversidad pero, como personas que somos, aunque nos recuperemos satisfactoriamente, no vivimos de la misma manera. Evolucionaremos a mejor pero seremos diferentes.

    En esta ocasión, podemos acercar este significado a la agricultura. La tierra puede ser fértil después de un incendio pero deben pasar años de reconstrucción para volver a la vida. Una vez haya pasado este tiempo, flora y fauna volverá a la vida, aunque no igual que antes. Este ejemplo refleja a el significado generativo en cuanto a la resiliencia como metamorfosis, algo nuevo que se genera y surge. Esta generación se realiza en la persona cuando los demás provocan en uno mismo una sensación nueva e innovadora. 

    1.4. Factores de riesgo y de protección

    Es importante según Mancioux (2010) tener en cuenta que la respuesta de la resiliencia es favorable al individuo si todos aquellos factores potenciadores de la misma también lo son. Nos referimos si estos agentes son portadores de protección o, por el contrario, crea en el niño un estado de vulnerabilidad. De aquí podemos hablar de los factores de riesgo y de los factores de protección. 

    Además de estudiar las ventajas que obtenemos por parte de la resiliencia y lo que supone disponer de su ayuda, hemos de estudiar también los acontecimientos y lo que supone en el ser humano vivir una situación buena o vulnerable.

    a) Factores de riesgo: Braverman (2001) los define como:

    aquellos factores estresores o condiciones ambientales que incrementan la probabilidad  de que un niño experimente un ajuste promedio pobre o tenga resultados negativos en áreas particulares como la salud física, la salud mental, el resultado académico o el ajuste social […] algunos de los factores de riesgo más importantes que se han identificado son experiencias traumáticas (como la muerte de un padre), pobreza, conflicto familiar, exposición crónica a la violencia, problemas de sus padres como abuso de drogas, conducta criminal o salud mental.

    b) Factores de protección: Entendemos como factores de protección los que según Braverman (2001):

    reducen el riesgo de la persona ante distintas conductas problema, y el paralelo concepto de resiliencia que se ha elaborado para explicar la superación de situaciones difíciles o extremas en la niñez, cara a sus consecuencias para la vida adulta […] los factores de  protección contribuyen claramente a explicar la resiliencia.

    Los factores de riesgo, que son los primeros que se han definido, suscita a la estrecha relación que muestra con situaciones delicadas o de máxima vulnerabilidad. El nivel de negatividad que contienen condicionan al individuo en todas sus áreas particulares. Autores importantes como Pollard, Hawkins y Arthur (1999), entre otros, consideran reducir los factores de riesgo y los de protección, potenciarlos. Pero insisten en la importancia de unos y de otros. Por ejemplo, en la perspectiva de la drogodependencia, debemos dirigirnos a los factores de riesgo sin olvidarnos los de protección. En el caso de olvidarnos completamente, esto conllevaría a “reducir los factores de protección meramente a los factores individuales, los que posee el individuo, relegando otros de la misma importancia, como son los sociales y contextuales” tal y como menciona Pollard et al. (1999).

    Además de la importancia de ambos factores es importante hacer la distinción que relata Braverman (2001) en cuánto al término “niño resiliente”. En la mayoría de casos se alude a dicho término con la idea de crear al niño inmune por encima de cualquier calamidad. Este error proviene según Luthar et al. (2000) de relacionar la causa de los problemas con el individuo y no sopesar la posibilidad de los factores de riesgo ambientales como la sociedad, el sistema social, diferencias sociales, guerras, etc.

    Para continuar con los factores de riesgo y protección, es importante tener en cuenta según menciona Delage (2010) el papel que toma el apego. Ambos factores de los que hablamos en este apartado del trabajo surgen dependiendo del apego o del vínculo establecido. Por tanto, desde este enfoque:

    – Los factores de riesgo son: la rigidez, la confusión de vínculos, la ausencia de relaciones solidarias, el estrés y la afectación de los problemas de adultos a los niños.

    En cambio, en la otra vertiente:

    – Contamos con factores de protección como: la flexibilidad, cohesión entre los miembros, sentimiento de pertenencia, autoestima, autoconciencia, capacidad de resolución de problemas.

    Según el tipo de apego, seguro o inseguro, podemos desencadenar una de las dos vertientes expuestas que estarán de nuestro lado, potenciando los factores de protección y por tanto de resiliencia o, por el contrario, actuará a la inversa dictaminando un apego inseguro y una vulnerabilidad que afectará en todos los ámbitos del desarrollo del individuo.

    Sopesando las puntualizaciones hasta el momento, Forés y Grané (2011) proponen una clasificación de los segundos y últimos factores que se han mencionado, los factores de protección. Remiten a tres tipos:

    a) Internos: tienen suma relación con el carácter y la personalidad del individuo además de sus creencias.

    b) La dimensión externa: se refiere a los apoyos externos de la familia, vínculo de amigos, modelo de conducta y o servicios institucionales.

    c) La dimensión social: consolidada mediante a la interacción con los demás y la capacidad de resolver problemas.

    Mancioux et al. (2010) sostienen que si divagamos en la gravedad de los acontecimientos, es obvio que no todos suponen la misma reacción en la persona. A simple vista, los factores de riesgo no permiten una solución ante el problema. Es una confusión de vínculos y provoca una clara rigidez además de una ausencia de coherencia y solidaridad. Esta situación no conlleva nada bueno, ya que contamina a las vidas de los más allegados.

    Como causa principal de una vida alejada de la resiliencia tal y como hemos mencionado, es un apego inseguro. Tal y como apunta Cyrulnik (2016) “el afecto ayuda entre un 70% y un 80% a la resiliencia, a superar las dificultades y resituarse en el mundo de una manera más sana y segura” (Criterios de Resiliencia. Entrevista a Boris Cyrulnik. Sanchez Ana, Gutiérrez Laura, 2016).

    Por tanto, el apego es un factor de protección evidente ya que permite un vínculo y una cohesión entre un grupo de personas, por ejemplo, en la familia como primer grupo social al que pertenecemos. Si el niño forma parte de un vínculo bueno y, por tanto, afectivo y protector, todo serán ventajas para su desarrollo y capacidades: Obtendrá seguridad que permetirá al niño explorar lo que le rodea y hará posible una autoestima buena.

    Por otro lado, hemos de mencionar que los excesos tampoco son buenos. En este caso podríamos llamar sobreprotección al fenómeno que se caracteriza por evitar el sufrimiento al individuo. Este apego excesivo no ayuda a la persona en su proceso de superación. Así que, tal y como decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco que la virtud está en el punto medio. 

  • Reflexiones sobre la generosidad

    Reflexiones sobre la generosidad

    Ha comenzado noviembre y ya aparecen en las vitrinas de las tiendas de muchas ciudades del mundo, los adornos y los símbolos que nos anuncian la llegada de la Navidad. Aún no es Adviento, esto es, el tiempo litúrgico que nos prepara para vivir en toda su plenitud la fiesta en la que celebramos el nacimiento del Redentor (y no, por cierto la fiesta del cumpleaños de Papá Noel), y sin embargo, en las calles, y de modo especial en el comercio, todo nos habla de la Navidad. Pero ¿para qué? ¿Para disponer nuestro espíritu a la contemplación? ¿Para preparar el alma para acoger las gracias que Dios tiene preparadas para nosotros en estas fechas? Pareciera que no. Pareciera que en realidad todo este despliegue de colorido es para “recordarnos” las compras que debemos hacer en estas semanas. Y es que, lamentablemente, el consumismo y el materialismo que invade todo en nuestra sociedad occidental, también ha invadido con ferocidad una de las más importantes celebraciones del mundo cristiano. Tanto que, incluso en algunos lugares más descristianizados, se desean felices fiestas; así sin más, en desmedro de la más cristiana salutación: ¡Feliz Navidad! 

    El tiempo para la oración, la acción de gracias, la reflexión sobre los misterios que revivimos, la vida familiar a la que invita de suyo esta fiesta; todo el tiempo que estas realidades exigen, en gran parte se ve reducido y hasta suprimido por el ajetreo y la vorágine de las compras, del consumo; en síntesis, de los bienes materiales. Cierto es que muchas de esas compras se ordenan a procurar un bien para otros, y es verdad, que en ese ir y venir por los pasillos de un mall, nuestra mente y nuestro corazón está ocupado por la persona amada; no obstante, nos hemos ido acostumbrando a que identificamos el grado de amor con el valor del bien comprado; nos hemos ido habituando a considerar que si no compramos, no amamos. ¡Y esto es grave! Pareciera que somos más generosos cuanto más grande y valioso es el bien que adquirimos con nuestra tarjeta. Por eso es que creo necesario hacer una breve reflexión sobre la naturaleza de la generosidad, a fin de ejercerla con más conciencia, no sólo en las próximas navidades, sino en toda nuestra vida. 

    La virtud de la generosidad tiene íntima relación con la justicia. Digo íntima relación, porque sin ser justicia propiamente, es una virtud que se le asemeja en algo y se diferencia en algo. Expliquemos esto un poco más. Sabido es que la justicia es la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno su derecho, lo debido. Es, por tanto, la virtud que pone orden en nuestras relaciones con los demás; en primer lugar con Dios y luego con el prójimo, es la que ordena no sólo al hombre en sí mismo sino que con relación a los demás. Dicho de modo más sencillo, es la capacidad de vivir en la verdad «con el prójimo». Es por ella por la que respetamos los derechos de los demás, lo que les es debido y es por ella también, que cumplimos nuestros propios deberes.

    No vivimos solos en este mundo, el hombre es social por naturaleza y desde su nacimiento está en relación con otras personas que tienen también aspiraciones, necesidades que les deben ser saciadas y nosotros podemos cooperar con ellas. Por esto que lo que realmente persigue la acción de la justicia es que el hombre en su acción externa, se oriente hacia  la persona del otro; que no solo evite el perjudicarle sino que, ante todo, busque realizar el bien que le conviene a otro. De lo que se sigue que la acción justa pone en juego lo más entrañable del querer humano, porque trasciende la esfera personal y de lo meramente sensitivo para realizar el bien a los demás. La búsqueda del bien ajeno, propio de la justicia, refleja así, lo más íntimo del hombre hecho para la entrega de sí mismo a los demás. 

    Entendiendo siempre que ese bien que debemos procurar al otro es un bien que le es debido, tanto por la naturaleza, como por la ley escrita. Si no le robamos al vecino, no es solo porque hay una ley que me dice que si le robo iré a la cárcel; sino porque entendemos que su bien supone poder disponer de aquellas cosas que le pertenecen en justicia y que son parte de su propiedad. Por eso es que no sólo no debemos robarle, sino procurar que no le roben, alertándolo si vemos al ladrón, ya que lo que verdadera y últimamente buscamos es realizar el bien que perfecciona al vecino, que en este caso es que tenga lo que le es debido. Ver al ladrón y dejar que actúe, evidentemente que no es robar, pero no supone asegurarle al otro el disfrute de sus propios bienes. 

    No obstante lo anterior, el hombre debe ir más allá de la justicia. Puesto que aún, esforzándose en dar a cada uno lo que le corresponde, experimenta en lo más profundo de sí, que él recibe de otros, cosas que los otros no están obligados a dar. Y de ese modo la justicia se le hace insuficiente en la misma medida en que, como dice Joseph Pieper en su libro Las virtudes fundamentales, “aumenta la conciencia de ser un sujeto obligado ante Dios y ante los hombres. Y es ante esta realidad cuando el justo se ve capaz de estar dispuesto a dar aun lo que no se debe a nadie, a dar lo que ninguno podría forzarle a dar”. Este texto es maravilloso porque nos descubre que, en la misma medida en que nos reconocemos como deudores, como habiendo recibido algo que nadie estaba obligado a darnos, vamos ordenándonos hacia la gratitud primero, y luego hacia la imitación de esa liberalidad. Cuanto más reconozco el don recibido, más me lleva a agradecer, y más me impulsa a estar disponible para los demás, a través de la generosidad. Por eso que mientras que ser justo es dar a otro lo que es suyo, ser generoso, es dar a otro lo que es propio, no porque me sea debido legalmente, no porque haya un deber legal, sino porque hay un deber moral, que no es otra cosa que el reconocimiento de una norma no escrita, que está escrita en nuestro corazón y a la que nos adherimos con libertad. ¿Por qué muchas veces damos limosna, o ayudamos a alguien, por miedo a lo que va a pensar la gente? O más aún ¿por qué nos sentimos mal cuando no lo hacemos, o nos ponemos mil excusas para no serlo? Esto no es sino porque ayudar al que lo necesita es una inclinación de la naturaleza humana y no hacerlo contradice lo que somos y a lo que estamos inclinados. 

    La generosidad, así entendida, se asemeja a la justicia en el hecho de que hay algo debido a otro, pero se distingue de ella, en tanto lo debido no es legal, sino moral. Nuestra naturaleza social y nuestra radical inclinación a darnos, a vivir para los demás, nos lleva a encontrar nuestra felicidad en hacer bien a los demás en quienes vemos que la justicia no se cumple plenamente. 

    Pero la generosidad supone algo mucho más profundo que el mismo hecho de ayudar con liberalidad a otro que lo necesita. La generosidad es una virtud que tiene como finalidad moderar en la persona el amor y el deseo de riquezas y bienes materiales. Esta moderación es la que permite al hombre usar de las riquezas como conviene, esto es, acorde con las propias necesidades y con las necesidades de los demás. Sólo porque le doy a las riquezas el valor propio que tienen, es que puedo darlas con generosidad para paliar o aliviar el mal ajeno, puesto que si las valorara más de lo debido, no se verá razón para desprenderse de ellas. No hay ninguna coerción ni ninguna obligación que mande dar a los demás, pero la propia persona descubre la bondad que supone amar más a las personas que a las riquezas y usar estas como medio que manifieste ese amor. Por eso es que cuanto más amo las riquezas materiales y más las deseo para mí, menos persona me hago en cuanto hago de mí un avaro: mientras que cuanto más libre y generosamente me desprendo de esos bienes materiales, más y mejor persona me hago, en tanto, hago de mí un ser generoso. 

    La medida de nuestra generosidad no estará, en estas fiestas y en nuestra vida, tanto en lo que demos, en lo que compremos, en lo que regalemos, sino en nuestra capacidad de moderar nuestra apetencia de estos bienes materiales, de modo que no sean ellos los que manden y dominen nuestras existencia, sino que siendo dueños de  nosotros mismos, nos dispongamos a usar de esos bienes para colmar o aliviar las necesidades (que no los caprichos), de aquellos que los necesitan. Sólo siendo capaces de moderar ese deseo de riquezas y bienes materiales nuestro espíritu quedará libre para entregarse al amor y a la compañía tanto de aquellos con quienes compartimos nuestra vida como con los que no.