Categoría: Reflexiones

  • Civilización y barbarie: Estados Modernos

    Civilización y barbarie: Estados Modernos

    No hay sociedad sin alguna forma de poder político. Si este falta, el grupo se disgrega y acaba desapareciendo. En nuestras sociedades modernas ese poder se encarna en el Estado, que ha crecido de modo extraordinario. Regula y controla casi todos los aspectos de la vida social y emplea a su servicio una ingente cantidad de recursos –materiales y personales–. Dos circunstancias entre otras, la guerra y la revolución, han contribuido de modo decisivo al crecimiento de los Estados modernos.

    Nuestras sociedades occidentales dan la impresión, a primera vista, de funcionar casi solas, sin necesidad de que los agentes del Estado nos coaccionen físicamente. Es así de modo ordinario, pero en última instancia éste se apoya en la fuerza física –ejército, policía, jueces, cárceles–. Lo notamos en cuanto hay cualquier desorden y la policía tiene que reprimir algaradas o manifestaciones.

    Ejercer el poder, de modo especial si es tan grande como el de los Estados modernos, tiene un particular atractivo. En las sociedades anglosajonas este fenómeno es menos acusado, pues hay en ellas una sociedad civil más robusta. En cambio, en sociedades europeas como la española, manda el Estado. Mantenemos con él una peculiar y casi contradictoria relación: nos rebelamos contra su hegemonía y, a la vez, lo esperamos todo de él. Mucha gente joven, que comienza su vida profesional, aspira a trabajar justamente en la función pública. Se da hoy en España una notable desafección hacia la clase política y hacia las instituciones del sistema democrático – partidos políticos, parlamentos, ayuntamientos, etcétera–, pero, a la vez, esos mismos ciudadanos esperan la solución a sus problemas de los políticos que mantienen el aparato estatal, ante el que se postran en actitud reverente. Ya he mencionado antes cómo el Estado se ha “adueñado” de la gestión de ámbitos tan importantes como la sanidad o la educación. El clima de opinión en la Europa continental es básicamente socialdemócrata: la ciudadanía acepta encantada que sea el Estado quien tome el mando, se encuentra muy cómoda bajo esa tutela y parece que al cabo de dos siglos se hubiera olvidado el llamamiento de Kant.

    Por fortuna, la violencia ha desaparecido en buena medida de nuestra vida cotidiana. Generalmente no tenemos la necesidad de salir armados a la calle y, si hay conflictos que lleguen a la confrontación física, los agentes del orden se encargan de resolverlos. Aun así, con inquietante frecuencia hay estallidos de violencia: delincuencia, terrorismo, huelgas y manifestaciones salvajes. Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas. Se pone de manifiesto entonces que el orden social es frágil, que la aparente estabilidad institucional puede esfumarse a las primeras de cambio. También en el orden social adquiere vigencia la ley de la entropía, en virtud de la cual todo sistema físico cerrado está condenado al enfriamiento y al desorden. Mantener el orden, cualquier tipo de orden –en la mesa de trabajo, en el armario, en el jardín, en la sociedad–, exige un notable y constante esfuerzo. Platón ya explicó que todo orden se arranca con esfuerzo al caos primordial.

    Esa presencia de la violencia, siquiera latente, en medio de Estados tan bien organizados constituye un motivo de “escándalo”. ¿Cómo se compagina un grado tan alto de civilización con esa brutalidad salvaje? Ya he aludido antes a la peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Además de la guerra y de la revolución, hay otros factores que explican el prodigioso desarrollo del Estado moderno. Por ejemplo, la ciencia y la tecnología. He descrito antes a la ciencia como el buque insignia de la cultura moderna, como su logro más destacado –junto con la tecnología–.

    Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas.

    La ciencia es, de entrada, una forma de saber, aunque muy distinta del conocimiento intuitivo de la vida cotidiana. Se trata de un saber riguroso, bien fundado, de validez objetiva –quien lo rechaza parece un loco, se autodescalifica–, que se basa en un método específico (hipotético–deductivo y experimental). Pero ya desde el principio de su prodigiosa historia, la ciencia moderna ha sido también poder. “Saber es poder; tanto puedes cuanto sabes”, escribió Francis Bacon, el sistematizador del método científico experimental. Desde que la ciencia moderna empieza su singladura (siglo XVII) y hasta el día de hoy, ese poder, ese talante de dominio y explotación se ha ido aplicando sucesivamente a tres ámbitos. Voy a distinguirlos a efectos de la exposición, pues en la realidad todo se mezcla. En primer lugar, se somete el medio físico, como exigencia de la revolución industrial. La producción masiva de todo tipo de bienes exige la extracción de recursos –minerales, vegetales y animales–, algunos de los cuales no resultan fácilmente renovables. Además, el proceso industrial produce basura y contamina. Esto ya se advirtió desde el comienzo de la revolución industrial, lo denuncia, por ejemplo, el Romanticismo, pero los campeones de la industria tranquilizan a los críticos: “No hay problema; es verdad que las fábricas contaminan, pero la naturaleza es fuerte y puede autoregenerarse”. Sin embargo, desde hace unos años advertimos que esto ya no es así: peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    La Libertad Guiando al Pueblo de Eugène Delacroix.

    Peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    En segundo término, el poder de la ciencia y la tecnología se ejerce sobre el medio social. El moderno ve la sociedad como un artificio, como una convención (contrato social). Si no nos convence la que tenemos, podemos idear diseños alternativos y proponernos llevarlos a la práctica, incluso de modo violento (revolución). La sociedad se concibe como un mecanismo, que podemos desarmar y volver a armar conforme a nuestro designio. Cuando el gobierno de la sociedad se plantea como una técnica, al modo ingenieril, hablamos de tecnocracia. Se trata de trasladar al ámbito social la eficacia mostrada por la tecnología en el campo industrial. El siglo XX nos ha enseñado cómo terminan esos experimentos: en regímenes totalitarios, que han dejado el campo sembrado de millones de cadáveres. La pretensión de instaurar el paraíso en la tierra desemboca fácilmente en el infierno más inhumano. En tercer lugar, el talante dominador afecta a la vida del organismo humano, en el nacimiento y en la muerte. Se trata en todos los casos de imponerse a la espontaneidad natural, que ya no merece ningún respeto. La revolución sexual favorece una práctica promiscua, con la inevitable consecuencia de los embarazos no previstos y a esa indeseable situación se responde con el aborto masivo. Y a la inversa: la infertilidad aumenta y se quiere descendencia a toda costa. Para dar respuesta a esa exigencia –el juego oferta–demanda es consustancial a la economía de mercado– surge toda una industria de la fecundación asistida: in vitro, clonación (como proyecto, de casi imposible realización), útero artificial. En el final de la vida se repite la situación. De una parte, el prejuicio intervencionista, propio de la medicina moderna, lleva al ensañamiento terapéutico. La tecnología y la farmacología ofrecen muchas posibilidades de actuación (y de lucro) que sería absurdo desperdiciar. Al médico le cuesta aceptar su fracaso y asistir pasivamente a la muerte del paciente, siente la imperiosa necesidad de hacer algo. Además, esa fase terminal de la vida constituye un interesante reto científico y permite experimentar en condiciones únicas. Y a la inversa: si el paciente es una carga, bien para el personal sanitario o para la familia, o no termina de morir, se le elimina sin más (eutanasia) o se le persuade para que él mismo se quite de en medio (suicidio asistido). Y siempre, en cada una de esas manifestaciones del control sobre la naturaleza humana, acecha el negocio. Es más, con frecuencia son intereses económicos los que están detrás de proyectos, investigaciones o legislaciones.

    Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    Salta a la vista la conexión de este afán de dominio, posibilitado por la ciencia, con la aparición y consolidación de la cultura de la muerte. El moderno no va a respetar nada, tampoco la vida del no nacido o del enfermo terminal. El “yo quiero” de Nietzsche se convierte en el nuevo imperativo categórico. Lo que se puede hacer, se hará, también cuando implique eliminar vidas. El moderno se propone tomar el mando también sobre la totalidad del proceso evolutivo. Si hasta el momento hemos asistido al despliegue de la “evolución biológica”, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora vamos a entrar en la denominada “evolución cultural”, en la que el propio hombre determinará el rumbo Se habla de enhancement, de condición transhumana, de la simbiosis hombre–máquina (cyborg), de la inmortalidad, de la creación de una nueva modalidad humana. Gran parte de esas pretensiones son quiméricas, pero nos dicen mucho sobre la mentalidad del moderno. Y abren un panorama sombrío. Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    La inquietante presencia de la violencia, latente o manifiesta, en medio de sociedades modernas y refinadas ha reabierto el debate sobre sus causas o raíces. ¿Somos violentos por naturaleza o aprendemos a serlo en sociedad? Tenemos aquí una nueva modalidad de la clásica contraposición entre naturaleza y cultura. Como hemos ido viendo en estas páginas, el moderno se esfuerza por quitar protagonismo o relevancia a la naturaleza para poner en su lugar la propia voluntad.La etología, que estudia el comportamiento animal y lo compara con el humano, habla de raíces biológicas de la violencia, pues cierta dosis de agresividad es útil, casi imprescindible, para la supervivencia de la especie. Tenemos así violencia ligada al territorio, a la jerarquía dentro del grupo, a la sexualidad, a la supervivencia (cadena trófica). Incluso hay una violencia lúdica: los animales juegan, igual que el hombre.

    En el caso del hombre también entran en liza factores culturales, de muy diverso tipo. Enumero algunos, sin ánimo de ser exhaustivo: el cambio social rápido y profundo (los individuos o grupos que no son capaces de adaptarse pueden reaccionar con violencia); la tecnología, (el prodigioso desarrollo del armamento facilita y, en ocasiones, incita a su utilización); el desarrollo urbano (tanta gente hacinada en tan poco espacio da lugar a fricciones); patrones culturales en proceso de cambio, (por ejemplo, el machismo de algunas sociedades tradicionales); la droga (la mayor parte de los delitos cometidos en Occidente tienen que ver con ella); el negocio del sexo (trata de mujeres, pedofilia, pornografía; la asociación de sexo y violencia es clásica); la ideología, (el terrorismo como fenómeno moderno, los totalitarismos); la codicia; el odio; la xenofobia.

    Son muchos los factores capaces de originar comportamientos violentos. Me pregunto si se podría hablar de un factor radical. ¿Qué persigue, en última instancia, el homicida? ¿Qué es lo que hay en juego cuando un hombre mata a otro? He apuntado más arriba que no hay grupo humano sin poder y que la sociedad moderna ha desarrollado mecanismos para la concentración de un poder nunca visto anteriormente (Estado moderno). Pero esos poderes, a pesar de modos de ejercicio de una crueldad inédita, son limitados. El hombre, también el déspota, está sometido a un poder superior:la muerte. Nadie escapa a su jurisdicción. En última instancia, el homicida se asocia a la muerte, al poder supremo. En el límite, puede aspirar a ser el último en morir, lo que no deja de ser un consuelo. El que mata ejerce la suprema soberanía, decide sobre la vida y la muerte de los demás, se coloca por encima del bien y del mal, juega a ser Dios.

    Las autoridades, el personal sanitario, los padres que deciden sobre la vida o la muerte de hijos no nacidos o de enfermos desahuciados participan de ese mismo juego. Sucumben a una fascinación particularmente insidiosa, que es erigirse en juez supremo (esto no impide que intervengan también otras motivaciones: económicas, políticas, de conveniencia personal). Ya lo escribió Hegel: “La obra de la libertad absoluta es la muerte”.

    LA RELIGIÓN TAMBIÉN TIENE ALGO QUE DECIR

    Vengo razonando en términos sociológicos, al margen de cualquier fe religiosa. El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias. Hecha esta salvedad, añado que la religión contribuye a enriquecer la argumentación y el debate. La apertura a la trascendencia ensancha el horizonte y abre nuevas perspectivas.

    Max Horkheimer, marxista y cabeza de la Escuela de Frankfurt, lo intuyó agudamente al escribir: “En última instancia, el argumento decisivo contra el homicidio es de tipo religioso”. ¿Por qué tenemos que respetar al otro? ¿Qué nos impedirá eliminarlo si supone un obstáculo para nuestros intereses? La pertenencia a la común especie humana no garantiza nada (homo homini lupus, en expresión de Hobbes). El hombre ha visto siempre en la vida algo sagrado, de valor eminente. En la tradición occidental eso se ha llamado “dignidad humana”, y tiene una inherente connotación religiosa. La vida humana adquiere un valor absoluto solo si el hombre es imagen del Absoluto.

    Manifestación de 1917 en Rusia.

    Kant ha sido tal vez el autor moderno que con más profundidad ha reflexionado sobre la dignidad humana. Distingue dos tipos de fines, el fin para sí y el fin en sí. El primero caracteriza el egocentrismo puramente animal: cualquier ser vivo es el centro de su mundo y puede referirse a los demás seres en función de su propio bienestar orgánico (por ejemplo, el bebé espera que el mundo atienda sus necesidades orgánicas). Para Kant, el hombre es además fin en sí. Sería inmoral considerar a los demás únicamente como medios, como instrumentos para el logro de nuestros objetivos. Seguramente es inevitable verlos desde esta perspectiva utilitarista, pero hay que procurar mirarlos también como fines en sí. La antropología del siglo XX ha hablado en este sentido de la “posición excéntrica” del hombre (Helmut Plessner): el ser humano puede advertir que hay otros centros, para los que uno mismo es periferia, reconocerlo e incluso ponerse al servicio de los demás (amor). Reflexiones como las de Kant o Plessner son atinadas, pero tal vez se quedan cortas. Los hombres solo pueden considerarse hermanos si comparten un Padre común (la retórica invocación a la fraternidad universal en la Revolución francesa fue de la mano con el genocidio de La Vendée y el recurso a la guillotina). Ver al otro como una amenaza, como un enemigo al que hay que exterminar implica que hemos roto antes el lazo de la fraternidad radical. –¿Soy acaso el guardián de mi hermano?-, responde Caín a Yahvé cuando le pregunta por el paradero de Abel. Platón añade otro elemento a esta reflexión: hay en el hombre un anhelo natural de justicia. La realidad de este mundo enseña que, con demasiada frecuencia, los malos triunfan y los buenos son oprimidos. Es necesario, supone Platón, que al término de esta vida haya un arreglo de cuentas definitivo, en el que unos y otros reciban su merecido. Así argumenta a favor de la inmortalidad del alma.

    El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias.

    Si nos fijamos en Occidente, ya vimos la poca estima por la vida humana que caracteriza a las antiguas culturas, Grecia y Roma incluidas. El cristianismo humanizó las leyes y las costumbres. La práctica de la caridad protegió a los más débiles e indefensos: huérfanos, viudas, enfermos, esclavos. Cuando en el siglo IV el emperador Juliano el Apóstata intenta borrar el cristianismo y recuperar el viejo paganismo, reconoce que el enemigo a batir es la institucionalización de la caridad cristiana, y se propone (sin conseguirlo) hacer algo parecido en términos paganos. En cierto modo, la situación es la misma a día de hoy. Heinrich Böll, premio Nobel de literatura y hombre de izquierda, dijo que prefería vivir en el peor país cristiano antes que en el mejor país pagano. En el primero se podía dar algo por seguro: la misericordia, la compasión hacia los más débiles. En continuidad con esa tradición, los Papas y la Iglesia en general han asumido en nuestro tiempo un destacado protagonismo en la defensa de la vida frente a los embates de la cultura de la muerte. La Iglesia aporta a ese debate su acervo de reflexión teológica y filosófica y su condición de veterana experta en humanidad. A la luz de la situación, no sorprende que los promotores de la muerte hayan visto en la Iglesia a su principal enemiga, de la misma forma que el homicida se enfrenta a Dios. Si el moderno se siente llamado a ocupar el lugar de Dios –el poder que le proporcionan la ciencia y la tecnología así lo autoriza–, deberá procurar con todos los medios a su alcance neutralizar la influencia de la Iglesia (proceso de secularización).

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia.

    Esto puede hacerse “por las buenas”, sin dramatismo, tal como lo formula Feuerbach: “La religión es algo conveniente, pues hace a los hombres pacíficos, benevolentes, solidarios; es uno de los más maravillosos inventos humanos, del cual sería peligroso prescindir. Pero, en definitiva, la religión es un invento: no es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre el que con su genio ha creado a Dios”. Una vez que el moderno ha logrado el adecuado nivel de madurez, ya no necesita esas muletas y Dios y la religión son invitados a hacer mutis por el foro. El tono empleado por Nietzsche es más perentorio: “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”.

    “Guérnica”, inspirada en el bombardeo alemán a esta ciudad en 1937. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia.

    En su versión moderada, este programa apunta a eliminar la presencia pública del hecho religioso y a recluirlo en la esfera privada. En su expresión más radical, el objetivo es la eliminación física de la Iglesia y la implantación del ateísmo. La secuencia que se da en Europa a partir del siglo XVII –deísmo, agnosticismo, ateísmo– permitía suponer que la victoria de la Ilustración sería definitiva y que la religión quedaría completamente extirpada del cuerpo social. No ha sido así. Es evidente que la religión ha perdido vigencia en Occidente, inspira en mucha menor medida que antes, las costumbres, leyes e instituciones. Pero no ha desaparecido, ni mucho menos. El país más moderno del mundo, Estados Unidos, es el que cuenta con una mayor densidad de templos por habitante. Y en otros continentes la religión prospera (Occidente no equivale a la totalidad del mundo, hay que evitar el etnocentrismo). En cambio, quien sí ha entrado en una crisis de grandes dimensiones es la cultura ilustrada. Por tanto, hoy se tiende a revisar “a labaja” la tesis de la secularización como proceso inherente a toda modernización.

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia. Hay un rechazo militante, que encuentra una favorable cobertura en muchos foros y medios de comunicación, y que querría negar a la religión –más en concreto, a la Iglesia católica– el pan y la sal. Son constantes las manifestaciones de esta nueva Kulturkampf: “guerras de los crucifijos”; intentos para borrar el carácter cristiano de fiestas como la Navidad; cambios en la denominación de las vacaciones escolares; supresión de los juramentos en las tomas de posesiones de representantes electos y de Gobiernos; eliminación de cualquier referencia a Dios en constituciones y otros textos legales. Ejemplo reciente y de los más ilustrativos: el intento de suprimir toda mención al cristianismo en el prólogo del fallido proyecto de Constitución europea, para lo que se saltaba directamente de la Grecia clásica a la Ilustración del siglo XVIII al tratar las raíces de la cultura europea. Generalmente son minorías las que plantean estas batallas, pero con gran encono y con notable eco en los medios y en las redes sociales. El enfrentamiento entre las culturas de la vida y de la muerte se lleva también al campo religioso, con una especial virulencia. Encontramos manifestaciones, y no solamente verbales, de auténtico odio. Los enemigos de la vida suelen serlo también de Dios y de la Iglesia. Siquiera implícitamente vienen a reconocer en Dios al autor de la vida y en la Iglesia a su representante cualificado en la tierra, y no soportan que se crucen en su camino para recordarles la vigencia del “no matarás”.

    Es lógico que se produzca esa confrontación. El positivismo jurídico había pretendido independizar el derecho de la moral (vano intento, como ya hemos visto). Cabe ir más allá todavía y preguntarse si es posible en absoluto una moral sin religión. Probablemente, no. La fe religiosa da razón de la estructura y sentido último del mundo y del papel de Dios y del hombre en él. Del dogma deriva la moral: si Dios, el mundo y el hombre son de tal manera, de ahí se deduce el modo correcto de comportarse. Sin el anclaje religioso la moral queda coja. En última instancia, los grandes debates morales acaban teniendo una implicación religiosa, y esto es lo que sucede con la cultura de la muerte, que afecta a aspectos esenciales de la condición humana. ¿Cómo dialogar con alguien que, en virtud de una supuesta libertad absoluta, invoca el derecho a matar a su hijo y, además, con cargo a los presupuestos del Estado? No resulta fácil razonar en ese contexto con un mínimo de serenidad. Los razonamientos abstractos no alcanzan su objetivo. Cabe confiar en que esa persona hará algún día la experiencia del amor verdadero, incondicionado, bien porque amará a alguien o porque se sentirá amada. El amor está íntimamente unido a la auténtica apertura a la realidad, a una actitud que no busca la manipulación interesada. De hecho, en cierto modo son la misma cosa. Al que se sabe querido –y creado– por Dios le resulta más fácil aceptar y querer al otro. En clave cristiana, incluso verá al mismo Cristo en el otro. Jesucristo es nuestro hermano mayor, la cabeza de la humanidad y de la Iglesia, quien revela el ser íntimo del hombre al propio hombre.

    Hay una peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Quien vive así aprende a estar en el mundo de una manera nueva. Hay continuidad entre la relación que tenemos con Dios y la que tenemos con los demás hombres y con la naturaleza. Nos encontramos aquí con una profunda intuición, presente en muchas religiones: la paz con los hombres y con la naturaleza no se pueden separar de la paz, de la armonía con Dios. Podemos hablar así de una ecología integradora, en la que el respeto a la vida encuentra su pleno sentido.

  • Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Mucho se habla actualmente acerca de “reforma de la educación”, de “calidad educativa”, de “mejorar la formación de los docentes” y un largo etcétera, pero no se ve una reflexión profunda en torno a qué significa ser un verdadero maestro. Preguntarse por las virtudes que deben brillar en el alma de un maestro para que pueda ser llamado “buen maestro” o “excelente maestro”, “profesor de calidad”, supone antes, y más en estos tiempos que corren, decir qué significa serlo: ¿Qué es un maestro? ¿Cuál es el sentido y el significado último de su actividad docente? ¿Es solo aquel que entrega información al alumno, que busca llenar su mente con datos, fechas y conocimientos diversos? ¿Es acaso, como lo sostienen algunas corrientes muy actuales, un mero facilitador de instrumentos y herramientas para que el propio alumno construya, cree, forme su propio conocimiento?

    Para responder adecuadamente conviene fundarse en la experiencia común, esa experiencia que ha tenido todo aquel que ha estado frente a un maestro que lo ha sido realmente y que le ha marcado de tal modo que le permite decir que el maestro es mucho más que un instructor o facilitador, sino que ha llegado con su acción a descubrirnos el sentido último de nuestro vivir, al punto que su paso por nuestra vida nos ha agrandado la existencia. En efecto, la acción docente es con toda propiedad una acción que teniendo como finalidad más propia y específica la comunicación de un saber, esto es, que busca enseñar una verdad de tal modo que enriquezca la inteligencia del alumno, no obstante, se ordena últimamente a ayudar a que los educandos vivan una vida plenamente humana, una vida con sentido que les posibilite alcanzar esa plenitud a la que por su propia naturaleza están llamados. Es, a través de lo que enseña, que el maestro educa. La tarea del maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; sino que se trata de formar a la persona del educando, ayudarlo a ser plenamente hombre. La acción del maestro nos aparece entonces, no solo como una vocación, sino como una verdadera misión, que en cierto modo le sobrepasa, pero a la que no puede renunciar. Para llevarla a cabo, ha de contar, de modo más radical y fundamental con su palabra y con su ejemplo.

    1.- La palabra es aquello en lo que está contenido su propio saber y por lo cual puede comunicarlo a su alumno. Evidentemente, no solo es la voz exterior, sino que es una palabra íntima, una palabra sabia, una palabra que conoce y entiende de modo profundo aquello que enseña. El docente no está solo repitiendo de un libro, no está recitando una lección que le es ajena y exterior, sino que el maestro verdadero, comunica aquello conocido en lo más profundo de sí mismo y lo dice como si fuera suyo. No obstante, es un saber que él mismo sabe que ha recibido de otros maestros que le precedieron, por lo que su palabra aparece inserta en una tradición de conocimiento. Transmite lo que ha recibido. Muchas veces, enriquecido por su propia reflexión, pero en esa palabra brinda a su alumno un saber que, aunque suyo, no le pertenece absolutamente y, por tanto, exige fidelidad, respeto y reconocimiento a dicha tradición. Ha de ser palabra fiel.

    Ahora bien, junto con ello, es preciso que el maestro sepa comunicar su saber en el contexto de un orden aún mayor. Ni la matemática, ni la física, ni la biología, ni ninguna ciencia o arte en concreto, tiene la fuerza para colmar el corazón humano. De allí que no puede bastarle al alumno la simple recepción de esos conocimientos descontextualizados. Es preciso además, mostrarle el sentido, el lugar que ocupa dicha ciencia en el conjunto de la propia vida humana, por lo que debe ser una palabra profunda, una palabra que esté arraigada en su propia vida interior, en aquello que su propia vida es. El maestro tiene que hacer patente que a través de la misma ciencia se pueden describir realidades superiores, como el orden del universo, la belleza de las cosas, la misma hondura de la existencia humana, etc. Pero si el alumno no sabe qué sentido tiene su vida y qué es aquello que vale verdaderamente la pena, desde luego, que la ecuación de segundo grado, la célula, o los ríos de Chile, le traerán sin cuidado. Finalmente, esa palabra ha de ser una palabra amada, esto es, el maestro debe amar profunda y apasionadamente el saber que comunica, debe manifestar que es un bien de tal modo valioso que enriquece la propia vida. Ese amor a la verdad y al saber particular que posee el maestro es lo que despierta en el alumno la inclinación decidida a adquirirlo. Solo en la medida en que se vea dicho saber como algo capaz de mejorar la propia vida porque es algo bueno, el alumno se moverá a conocerlo. De otro modo, podría pasar como algo que el maestro quiere que el alumno sepa, pero que no tiene que ver con su propia existencia concreta. Cuántas veces en una clase no hemos entendido lo que se nos ha enseñado y, sin embargo, sí entendíamos, por la pasión con la que el maestro lo enseñaba, que algo grande debía haber allí contenido.

    Evidentemente, las palabras por sí mismas no son capaces de hacer que el alumno aprenda y crezca como persona, ya que es el mismo discípulo el que ha de realizar aquellos actos que le permitan entender y amar en propiedad, no obstante, las palabras del maestro, dice Klaus Droste, son verdaderos dones capaces de suscitar en el interior del alumno aquella voz interior que le permitan moverse a pensar y comprender lo que el maestro generosamente le ha transmitido. Las palabras del maestro son la semilla que ha de dar fruto en el corazón del discípulo. Como nos enseña Tomás de Aquino: “las palabras contundentes gratuitamente ofrecidas dan fruto interior, de manera tal que el discípulo de pocas cosas oídas muchas cosas buenas anuncie”.

    2.- Junto con la palabra, el maestro ha de contar con su propio ejemplo, esto es, manifestar una clara coherencia y equilibro vital. Dicho de otro modo, manifestar con sus acciones aquello que tiene concebido en su corazón. Precisamente, porque el obrar del maestro hace patente aquello en lo que consiste su vida, que el discípulo es movido más perfectamente al bien por las acciones del maestro que por sus dichos. Si hay incoherencia entre lo que dice y lo que hace, es indudable, y la experiencia nos lo confirma, que el alumno creerá más a las acciones. Ya podrá el maestro dominar perfectamente muchas técnicas pedagógicas, ser un artista en el uso de métodos y tecnologías educativas, pero si esto no está fundado en el orden de su vida interior, esto es, en su propia integridad personal, le será difícil, si no imposible formar hombres y mujeres buenos. Por eso la gran misión de la tarea educativa a la que todo maestro está llamado (vocación) supone que el educador entrega al alumno no solo realidades exteriores, como conocimientos, habilidades, destrezas, –que también–, sino que sobre todo, le entrega, la brinda, su propia persona.

    El centro de la misión educativa es la capacidad de donación que demuestra el educador en su acción cotidiana: su transparencia, su humildad, su disponibilidad, su testimonio, su afán de superación y de crecimiento para servir a los alumnos. La docencia como misión supone la entrega de sí mismo a la persona del educando, que espera en cada sala de clase que le enseñen a vivir. Faltarían a su misión aquellos maestros que enseñando matemáticas, las vocales, historia o biología, solo enseñaran eso y no comunicaran a través de esas ciencias, con sus palabras y ejemplos, aquello por lo que vale la pena vivir. Más que buenos maestros, expertos en el arte metodológico, grandes conocedores de sus ciencias, lo que se necesita de modo urgente son maestros buenos, que sean capaces de dejar en el corazón del alumno un recuerdo ejemplar, una huella profunda en el alma del discípulo que le permita orientar su propia vida y llenarla de significado. De esta manera, entendiendo de este modo la acción del maestro, es posible aspirar a una educación de calidad como la que se anhela.

  • Apuntes sobre el sentido de la Universidad

    Apuntes sobre el sentido de la Universidad

    En la actualidad, la institución universitaria vive una profunda crisis y confusión que exige ser restablecida para dirigir sus pasos hacia lo que ella esencialmente es. Dicha exigencia viene dada por la misma nobleza de la institución, pero también por la necesidad de ofrecer a las generaciones jóvenes una formación que posibilite dirigir la sociedad a su fin último, que es el Bien común, entendido este como el bien más pleno de la persona en sociedad.

    Debido a lo anterior es que hago mías las palabras del papa Benedicto XVI: “A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en  cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la capacitación técnica… Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la universidad, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre”.

    Estas palabras, llenas de sentido, sintetizan lo que queremos expresar sobre la misión de la universidad en general y de la universidad católica en particular. Por una parte, aparece la afirmación según la cual la universidad no puede ser reducida a una institución de formación técnica, en la que se busque únicamente la utilidad y el pragmatismo inmediato, menos aún, que se absolutice en ella la lógica economicista y empresarial. No es un lugar para formar a los alumnos en un mero saber técnico y útil que les capacite para ejercer una determinada función. Sin negar esta dimensión, sin desconocer que es la universidad “el lugar donde los estudiosos examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica, contribuyendo así al enriquecimiento del saber humano”, el Papa, por otra parte, nos ilustra sobre lo que exige la vida universitaria, afirmando que la universidad se eleva y brinda mucho más. En efecto, es ella, como enseña Antonio Amado, el lugar donde se cultiva el saber superior, aquel que está pensado desde los fundamentos últimos de la realidad y que permite dar sentido y significado a los saberes particulares, esto es, donde la actitud sapiencial busca integrar todo conocimiento en la unidad del saber sobre la realidad. Es a la vez el lugar donde crece y se desarrolla el saber científico que eleva la cultura y el bienestar general, y a la vez, el lugar que orienta ese conocimiento al bien de la persona. Decía Tomás de Aquino que “todas las artes y todas las ciencias se ordenan a una sola cosa, a saber, la perfección del hombre en qué consiste su felicidad”. Por eso, la ciencia en sí misma  no nos dice nada si no está integrada en un orden superior, que es precisamente el de la dignidad de la persona humana. De allí  que bien ha definido la universidad el rey Alfonso X al decir que es “el ayuntamiento de maestros y discípulos que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes” Solo el vínculo voluntario con otros que están movidos por un amor común puede constituir vida universitaria. Amor a la verdad, pero sobre todo, amor a la Verdad, lo cual excede la sola formación intelectual y trasciende a lo humano, a lo moral. Esto es lo que posibilita la formación integral de aquellos que tienen el privilegio de ser parte de ella. Privar a la universidad de esta formación moral, como propia de su misión, es reducirla a un centro de formación técnica que nada tiene que ver con el espíritu que tradicionalmente animaba a dicha institución.

    Como se ve, no solo busca la universidad comunicar una serie de habilidades y conocimientos superficiales, sino que busca formar a la persona en su integridad, lo que supone la formación de “todas sus dimensiones”: corporal, afectiva, moral, intelectual e incluso, sobrenatural. De ese modo, el abogado no es solo un profesional que conoce los códigos y procedimientos, sino que ama la justicia y el derecho; el maestro no es solo un funcionario que aplica metodologías y tecnologías en el aula, sino que le mueve la vocación de educar en la verdad, el bien y la belleza; el periodista no es solo aquel que escribe y comunica, sino que defiende la verdad y su conocimiento; el médico no es solo quien trata enfermedades, sino que se busca la salud de las personas, etc. La universidad no solo capacita profesionalmente, sino que eleva humanamente, ya que el auténtico cultivo del conocimiento se vuelve imposible para quien no tiene una disciplina interior que le vincule con el orden de la verdad.

    Esta visión de la universidad, consiguientemente, supone y exige entre otras cosas, profesores, o mejor, maestros universitarios que posean no solo una seria formación intelectual que permita comunicar el saber que posee al que no sabe, sino que una humanidad cultivada, un sentido profundo de lo humano y del bien moral, y una libertad orientada a la comunicación de los grandes bienes del conocimiento al servicio de la formación de los alumnos.

    En efecto, ser maestro universitario no supone entretener a los alumnos y fomentar sus opiniones y juicios personales, sino transmitirles un saber profundo y hondo sobre la realidad, lo cual exige la posesión de ese saber, el amor por aquello que enseña, por sobre el dominio de la metodología concreta. No es el modo de comunicar lo que sabe lo que mueve al alumno a apasionarse por lo que estudia, sino la profundidad de lo que se le propone y el amor con el que se le transmite. Por otra parte, conscientes de la formación humana, el maestro universitario ha de ser ejemplo vivo para su alumno de aquel ideal de vida que busca proponerle. Como enseña Benedicto XVI: “En ese sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros: personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar, personas convencidas, sobre todo de la capacidad humana de avanzar”.

    En lo que respecta a una universidad de inspiración católica, en tanto que universidad, participa de la misma finalidad, esto es, en palabras de Juan Pablo II: “una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales”. No obstante, en tanto que católica se ha de dedicar por entero a “la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida», el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro”.

    En efecto, toda universidad católica debe garantizar de forma institucional, esto es, no dejando a la benevolencia de algunos de sus miembros, una presencia cristiana en la sociedad en la que existe, iluminando los problemas y cuestiones más urgentes de la cultura actual. De allí que, como sostenía el mismo Juan Pablo II, “en cuanto católica, debe poseer las características siguientes: Una inspiración cristiana por parte, no solo de cada miembro, sino también de la comunidad universitaria como tal. Una reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones. La fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia. El esfuerzo institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida. Más allá de las dificultades, los que tienen la gracia de ser parte de la vida universitaria, por el bien de los mismos alumnos y de la sociedad, deben esforzarse en llevar a la práctica estos y los anteriores principios

  • Recuperar el ocio

    Recuperar el ocio

    El filósofo surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959) se ha convertido en un fenómeno editorial gracias a su mirada fresca y actual sobre los pensadores clásicos europeos, especialmente alemanes. Él ha dicho que su fascinación por la filosofía nació de su lento ritmo de lectura cuando era un estudiante extranjero en Alemania, país al que llegó sin conocer el idioma. Esa velocidad parece ser lo que le ha permitido profundizar sobre autores como Heidegger (su tesis doctoral versa sobre su obra) o Hegel. Es también desde ese ritmo que cuestiona la aceleración de la sociedad contemporánea, a través de una decena de ensayos publicados originalmente en alemán y traducidos al español por editorial Herder (distribuidos en Chile por Liberalia).

    El más popular de sus libros es La sociedad del cansancio, en que detalla cómo la explotación clásica del trabajador se ha convertido en autoexplotación, es decir, cada uno de nosotros ha internalizado que solo vive para trabajar y que su propio valor radica en cuánta riqueza genera. En otros libros, como La agonía del Eros o La expulsión de lo distinto, aborda las consecuencias de la estandarización de las maneras de ser humano, al punto de aniquilar la singularidad y convertir el placer en una forma de represión.

    Su último libro, Buen entretenimiento, muestra cómo en el trascurso de los últimos siglos el ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada, en una insoportable forma vacía del trabajo. Para desarrollar esta reflexión, Buen entretenimiento está organizado en diez capítulos que pueden ser leídos como ensayos individuales. En el primero, “Dulce cruz”, el autor explica cómo la idea de “entretenimiento” ha cambiado a lo largo del tiempo, y lo ejemplifica con el caso de Bach y su obra “La Pasión según san Mateo”: si bien hoy se le considera música docta, en el momento de su presentación (el Viernes Santo de 1727 en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig) fue criticada porque se le consideró “operática” y en ese sentido, “entretenida”, alejada del espíritu de contrición que debiera generar la música sacra. Esta dicotomía serio/entretenido marcó también la crítica musical en el siglo XIX: en el capítulo “Sueños de mariposas” se recogen los comentarios contra Rossini por ser demasiado “entretenido”, sinónimo de liviano y frívolo. Por ejemplo, E.T.A. Hoffmann (autor de El cascanueces y el rey de los ratones) habla sobre la “limonada rossiniana” y se pregunta: “¿Cómo ha podido suceder que aquel gusto degenerado haya encontrado tantos seguidores incluso en Alemania, donde el arte solo cuenta la verdad y la seriedad?”. En el capítulo “Sobre el lujo” ahonda en la relación entre entretenimiento y lujo, entendido como un consumo que excede las necesidades naturales del hombre. La “pura diversión” es, como se advierte, un lujo accesible sólo para quienes ya tienen cubiertas sus necesidades básicas. Este vínculo se hace patente con el desarrollo económico de las sociedades europeas. Nietzche afirma que “el lujo es humillante para el hombre del conocimiento”, pues representa una vida “distinta de la vida sencilla y heroica”.

    En el capítulo “Satori” se observa cómo esta dicotomía entre espíritu –que se correspondería con el arte y la filosofía– y sensorialidad –asociada a la diversión– es propia de Occidente y no de Oriente. El ejemplo es el haiku, el poema breve japonés, que en Occidente ha sido interpretado inequívocamente como una muestra de la concisa profundidad del budismo zen. El haiku es esto y al mismo tiempo, escribe Byung-Chul Han, es un juego de  palabras, una forma de entretenimiento muy popular en Japón, usualmente provista de una buena dosis de humor. En esa cultura no existió históricamente la oposición entre arte elevado y popular: la división llegó con la occidentalización.

    Kant, si bien mantiene la distinción entre lo sensorial (lo ameno) y lo sublime (lo bello), reivindica el valor del entretenimiento. A la afirmación de Voltaire, expresada en la Crítica del juicio, “El cielo nos había dado dos cosas como contrapeso a las muchas penas de la vida: la esperanza y el sueño”, Byung-Chul Han explica que “Kant quiso agregar una tercera: la risa. También podría haber dicho el buen entretenimiento, pues justamente en el apartado que versa sobre el juego y el entretenimiento Kant reflexiona sobre la risa y su efecto positivo”. Kant lo percibe como un efecto corporal, terapéutico, no cognoscitivo. Byung-Chul Han se aleja de esta línea porque afirma que el entretenimiento, el juego, la risa y el ocio sí tienen efectos cognoscitivos: “La risa, que es causada por una desviación de lo habitual, restituye y afianza precisamente lo habitual. (…) Y reírse de lo distinto siempre significa una confirmación de lo propio, de lo conocido y de lo que nos resulta familiar. Por eso el entretenimiento que divierte se produce también en un nivel cognoscitivo, es decir, en un nivel del sentido”.

    Hacia el final del libro, el filósofo desentraña el problema del entretenimiento en la sociedad actual: dada la obsesión contemporánea por el rendimiento (es decir, que cada individuo produzca el máximo posible), se ha instalado la idea de que no puede existir entretenimiento por sí solo. “Como tantos otros fenómenos, el entretenimiento comenzó en el siglo XVIII, porque solo en el siglo XVIII surgió la diferencia entre trabajo y ocio en sentido moderno”, explica el filósofo. “Lo peculiar del actual fenómeno del entretenimiento consiste más bien en que rebasa con mucho el fenómeno del ocio (…) También la información puede ser entretenida, e incluso el saber y el trabajo, y hasta el propio mundo”. Sin embargo, este aparente predominio del entretenimiento es engañoso: “Sí incluso el trabajo mismo tiene que ser entretenido, entonces el entretenimiento se desprende por completo de su referencia a aquel ocio como fenómeno histórico”. Es decir, el entretenimiento ya no es libre: “Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido”.

    En el mundo actual todo es entretenimiento, pero a la vez todo es rendimiento. En una entrevista publicada en febrero pasado por el diario español El Mundo, Byung-Chul Han ahondó en esta idea: el individuo se “entretiene” consumiendo como si fuese una obligación “estar al día”: maratones de series televisivas, redes sociales, libros, dejan de ser experiencias ociosas y libres para convertirse en deberes. “El tiempo laboral se ha totalizado hoy convirtiéndose en el tiempo absoluto. Y si resulta que nuestro tiempo vital o la duración de nuestra vida coincide por completo con el tiempo laboral, como en parte está sucediendo ya hoy, entonces la propia vida se vuelve radicalmente fugaz”, advirtió. No se trata solo de la aceleración, sino por sobre todo de la falta de sentido: “A la actual crisis del tiempo yo la llamo “discronía”. El tiempo carece de un ritmo que ponga orden, carece de una narración que cree sentido. El tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes puntuales. Ya no es narrativo, sino meramente aditivo. El tiempo se atomiza. En un tiempo atomizado tampoco es posible una experiencia de la duración. Hoy cada vez hay menos cosas que duren y que con su duración den estabilidad a la vida. El tiempo ha perdido hoy su fragancia. A la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse. Ya no es posible experimentar un tiempo pleno. A causa de esta falta de tranquilidad nuestra civilización se está tornando una barbarie”.

    Un ocio significativo debiera, entonces, hacer posible recrearse y vivir una experiencia de la duración. “El tiempo festivo es un tiempo en el que la vida se refiere a sí misma, en lugar de someterse a un objetivo externo”, afirmó en esa conversación. La propuesta de Byung-Chul Han se observa en cada uno de sus libros y en su mirada global como intelectual, al dedicarse al estudio de la filosofía en una época en que pareciera que ya pocos se interesan por desarrollar esa discusión. En la entrevista con El Mundo explicó que, por el contrario, estamos en una época en que la reflexión filosófica se hace crucial: “Hoy se elimina todo lo que no reporta un provecho inmediato, es decir, económico. Se renuncia a la formación integral a cambio de la formación profesional. Renunciar a la filosofía significa renunciar a pensar.

    La filosofía es un pensamiento meditativo, que se distingue del pensamiento calculador. Hoy el pensamiento se asimila cada vez más al cálculo. El pensamiento calculador da continuidad a lo igual. La palabra alemana para meditar, sinnen, “darle vueltas a algo”, significa originalmente “viajar”. Por tanto, en un sentido enfático, pensar es dar vueltas, viajar. Es estar en camino hacia otro lugar. El pensamiento meditativo y filosófico es el único capaz de engendrar algo totalmente distinto. Hoy vivimos en un infierno de lo igual. Para este infierno de lo igual resulta un peligro el pensar, la filosofía, porque interrumpe lo igual a favor de lo totalmente distinto, es más, a favor de una forma de vida totalmente distinta. Por eso es precisamente en el infierno de lo igual donde habría que introducir la filosofía como asignatura obligatoria, en lugar de eliminarla. De lo contrario, solo prosigue lo igual. La revolución empieza con el pensamiento”

  • Lo que no es la moral

    Lo que no es la moral

    La ética o moral es un hecho. Todos los seres humanos, sin importar cuáles sean sus costumbres, realizan acciones que consideran buenas o malas moralmente. Más aún, sin importar su concepción antropológica o ética, todos buscan realizar acciones que los hagan buenas personas. Realidades cotidianas que todos vivimos, como el premio, el castigo, el remordimiento o el arrepentimiento, nos constatan la existencia en el orden humano de este tipo de acciones. Es posible que no haya un tema sobre el cual se discuta tanto como el de las materias morales. Las opiniones se enfrentan sin que parezca posible conciliarlas. Por todo ello es que en nuestros tiempos posmodernos suele afirmarse que la moral es del orden de la opinión. No hay lugar para certezas. Cuando se trata de ciencias empíricas o técnicas que tienen que ver con cosas objetivas, palpables, ahí sí es posible la certeza objetiva, allí sí es posible afirmar proposiciones verdaderas y rechazar con seguridad las falsas. Sin embargo, esto no ocurre en el ámbito de la moral, que de ningún modo puede ser considerada una ciencia. En ella todo es subjetivo, todo es opinable.

    Pero eso dista mucho de ser verdadero. La moral no solo es un hecho empírico, sino que se puede reflexionar filosóficamente sobre el modo adecuado en que el ser humano puede obrar de un modo tal que pueda alcanzar la felicidad. No obstante, como pareciera más difícil afirmar el carácter científico (filosófico) que tiene la moral, tal vez resulta más conveniente, en esta oportunidad, dejar establecido al menos lo que no es la moral, de modo que se pueda luego establecer lo que es, con una base más sólida.

    1.–En primer lugar, un error que es necesario descartar es el que está fundado sobre un cierto individualismo moderno o posmoderno. Nos referimos a aquel que sostiene que la moral depende de lo que piensa cada uno. Es el famoso “para ti” o “para mí”, el conocido “yo pienso que” o “yo creo que”. Este error está fundado en el agnosticismo moral que sostiene que en estas materias nada puede ser conocido con certeza y, por tanto, el conocimiento sobre el obrar humano en relación con su felicidad queda reducido a la opinión personal. Pero al haber opiniones contrarias entre sí, sucede que las cosas son buenas y no son buenas dependiendo del sujeto que lo esté considerando o de las circunstancias. Así, por ejemplo, para una persona puede ser bueno y conveniente aceptar coimas para enriquecerse y darle un mejor nivel de vida a su familia, y para otro, puede resultar inaceptable desde todo punto de vista. Afirmar que cada uno puede sostener esa opinión como correcta es suponer que todo es relativo, que no hay bondad absoluta. Este relativismo moral, aunque está muy extendido en nuestros días, no deja de ser una equivocación, dado que se funda en un error del orden especulativo: la negación del principio de no-contradicción. ¿Qué señala este principio? “Es imposible que lo mismo sea y no sea a la vez y en el mismo sentido”. Dicho más simplemente: todo lo que es, es y lo que no es, no es. Así, una cosa no puede ser buena y no buena a la vez y en el mismo sentido. Puede alguien ser vanidoso y estudiante a la vez,sin duda, pero alguien no puede ser y no ser vanidoso a la vez y en el mismo sentido. Afirmar esto es a todas luces violar un principio

    fundamental de nuestra inteligencia, principio primero y, por tanto, evidente. De este modo, las cosas son y no son, lo cual es absurdo y contradictorio. Así, llevado al orden moral la negación de este principio, tenemos que quitar la vida a un niño inocente en el seno de su madre (aborto) es bueno y es malo a la vez, dependiendo de quien lo esté considerando. La dificultad está en llegar a conocer lo que son, en descifrar la bondad o maldad intrínseca de los actos, pero ese es otro problema, pero afirmar que en moral todo es relativo conduce a un completo escepticismo, que en el fondo nos conduce a pensar que da lo mismo lo que hacemos. Para salir de este error es preciso realizar un gran esfuerzo por conocer la verdad en el orden moral, pero no contentarse con la posición fácil del relativismo, que no es otra cosa que el capricho y el egoísmo personal.

    2.–Un segundo error en materia moral es el que está fundado en el culturalismo o historicismo. Ambos errores están íntimamente ligados al relativismo. Según estas corrientes, la moral cambia según las personas, las culturas y las épocas. Esto aumenta la sensación de que la moral es inestable y provisional. Lo que es bueno y lo que es malo moralmente, se afirma, va cambiando con el tiempo y las culturas. Algunas cosas que para los griegos eran consideradas como buenas y nobles, hoy son consideradas malas y reprobables. La esclavitud suele ser un ejemplo que se esgrime a menudo: para los griegos era buena la esclavitud, para nosotros es mala. Y más aún, en un mismo momento histórico hay diversas culturas con preceptos morales diferentes. En nuestros días, por ejemplo, mientras se defiende en el mundo occidental la dignidad de la mujer, vemos que en otros lugares no se la considera. Es decir, para ellos no es malo conculcar los derechos de la mujer, porque para ellos no los tiene. Esta consideración no deja de ser un error, ya que es el mismo “para mí”, “para ti” del relativismo, pero aplicado al orden cultural. Y es que el culturalismo no es más que otra forma de relativismo. ¿No hay culturas que tienen por buenos los sacrificios humanos? ¿No hay sociedades que mantienen la esclavitud? ¿Los romanos no concedían al padre el derecho de exponer al hijo recién nacido? La moral no puede ser universal, dicen, depende del tiempo y de las culturas.

    Quien afirme lo anterior desconoce que la moral no descansa en la ignorancia de estos hechos. Todo lo contrario, la reflexión racional sobre la cuestión de lo bueno y lo malo comenzó, precisamente, con el descubrimiento de esos hechos. En el siglo V a. C. eran ya ampliamente conocidos. Procedentes de viajes, corrían en Grecia noticias que contaban cosas fantásticas de las costumbres (ethos) de los pueblos vecinos. Pero los griegos no se contentaron con encontrar esas costumbres sencillamente absurdas, despreciables o primitivas, sino que los filósofos buscaron una medida o regla con la que medir las distintas maneras de vivir. Y a esa regla o medida la llamaron fisis o naturaleza. Así, la costumbre de las jóvenes escitas que se cortaban un pecho resultaba peor que su contraria. No diremos ahora cuáles actos están conformes a esa naturaleza, solo digamos que existe lo que podemos denominar con C.S Lewis “normas del comportamiento decente” que son obvias e iguales para todos los hombres. Que existan muchas culturas con diversas costumbres nada significa, más que hay diversas culturas con diversas costumbres. Porque sí quisiéramos, a partir de ello, afirmar que cada moral es válida en su cultura, ¿con qué derecho intentaríamos avanzar en la defensa de la dignidad humana? ¿Tienen dignidad las mujeres o solo las occidentales? ¿Qué pasa en las culturas que aún en nuestros días practican la ablación, por ejemplo? ¿Solo porque se practica en un determinado lugar basta para que no hagamos nada para detener semejante práctica o al menos, iluminar para que se vea el atentado atroz que eso supone para la mujer, para esas mujeres en concreto? La moral no puede depender de la cultura, porque no todas las culturas poseen costumbres que protejan la dignidad humana. Si fuera así, no deberíamos hacer nada para cambiar en la nuestra los aspectos en los que aún no está garantizado el respeto al ser humano. Para salir de este error es necesario considerar que el criterio no puede ser la propia cultura, sino la dignidad de la persona. Visto así, se aprecia enseguida cómo en realidad las diferencias entre las culturas son menos, mucho menos que las semejanzas, porque todas tienen en común el cultivo del ser humano. No existe cultura alguna que admire a los traidores o a los egoístas; lo mismo en relación al matrimonio: hay culturas que permiten el matrimonio con una, dos o más esposas, pero en todas es claro que no se puede estar con la mujer que a uno se le antoje. Dicho de otra manera, existe una ley natural común a todos los seres humanos en todos los tiempos y lugares. Otra cosa muy distinta es, que por diversas razones, no se conozca o no se quiera seguir dicha ley y por costumbre llegue a deformarse el sentido común en materias morales. Así, no puede afirmarse que la moral dependa de las culturas, ni de las épocas, sino que está inseparablemente unida a la naturaleza humana.

    3.–Finalmente, otro error muy difundido con respecto a la moral en nuestros días es aquel que sostiene que la moral es algo que impide disfrutar de la vida. La moral sería un conjunto de principios que reprimen, que coartan la “libertad de uno de hacer lo que le gusta”. Aparece la moral ante quienes así opinan como un conjunto de prohibiciones, más que de principios. La respuesta a tal afirmación exige una larga reflexión, pero diremos aquí, siguiendo a C.S Lewis, que “las reglas morales son instrucciones para hacer funcionar la máquina humana”. Son como las claves para hacer un uso correcto de eso que llamamos “nuestro Yo”. Dicho de otro modo, es la manera de asegurarnos la felicidad. Sí encontráramos un mapa que nos indica el camino para encontrar un tesoro en una isla perdida, ¿lo seguiríamos al pie de la letra o no? La respuesta es, evidentemente, que lo seguiríamos, siempre y cuando lo que queramos sea encontrar el tesoro, pues bien, ese tesoro es la felicidad y el mapa para encontrarlo son las reglas morales que nos guían en el camino hacia nuestra perfección. Las reglas morales, en lugar de coartarnos la libertad, son las que aseguran su mejor uso. Ellas son las que nos aseguran el camino a la plenitud humana. ¿Podríamos afirmar que las leyes del tránsito nos coartan nuestra libertad de ir por donde se nos ocurra? O debemos afirmar, por el contrario, que son ellas las que nos garantizan llegar sanos y salvos a casa. Claramente es esto último, ya que precisamente aquellos que no logran llegar “sanos y salvos” a casa es debido, en la mayoría de los casos, a que alguien no quiso respetar las normas.

    El orden moral, pese a ser tan cotidiano y tan cercano a nosotros, exige una reflexión y profundización al igual que el resto de saberes sobre la realidad. Mejor dicho, exige una mayor reflexión que el resto de saberes, porque está en juego nada menos que nuestra propia felicidad. En este sentido, debemos estar alertas a ciertas “ideas” que prevalecen en nuestros días y que pueden afectar la consideración del recto orden moral. Así, luego de lo visto, vemos que la moral no es algo que dependa de lo que cada uno piense o sienta, que no depende de la cultura o la historia y que, finalmente, no es algo que coarte la libertad, sino que la garantiza. Con estos principios, puede uno adecuadamente, enfrentar la reflexión sobre qué es el bien y qué el mal. Pero dejaremos este desafío para otra oportunidad. No seguirlas ir contra nuestro propio bien.

  • La dignidad humana: Un concepto olvidado

    La dignidad humana: Un concepto olvidado

    No es muy difícil apreciar que nuestro tiempo ha defendido, como ningún otro, en la letra y las declaraciones, la dignidad humana. Pero a la vez, es el tiempo en que más se ha atropellado dicha dignidad. Ejemplos existen para todos los gustos, por eso no nos detendremos en ellos, pero es una realidad que vivimos en una sociedad que ha perdido el sentido de lo que significa ser persona humana. Algunos dicen que es una sociedad despersonalizada que pone los bienes materiales sobre el bien más preciado, que es el ser humano. Por eso es necesario volver a poner frente a nuestra atención el valor que posee el ser personal, así como su particular y especialísima dignidad.

    La persona humana es un sujeto libre. Este debe ser nuestro punto de partida. Persona y libertad están de tal modo implicados que negar una es negar la otra. Pero ¿qué significa que la persona sea libre? No que puede hacer cualquier cosa que se le antoje, sino que es dueña de sí misma y de sus actos. Esta es la verdadera libertad, la de dirigirse por sí mismo a la propia felicidad. La persona humana, por su naturaleza racional, tiene dominio de sí para ordenarse a su plenitud. Es precisamente este dominio sobre sí mismo lo que nos permite afirmar que nadie, absolutamente nadie, puede tener a la persona como propiedad. Si ella es dueña de sí misma, nadie puede tener a otra persona como siendo su dueño, al modo como se tiene un celular o una bicicleta. Si la persona tiene posesión de sí misma, nadie puede disponer de ella a su antojo como lo hacemos con una mascota, que la  llevamos a casa o la sacamos a pasear decidiendo por ella. La persona humana es aquel sujeto que por su propio modo de ser decide por sí mismo, de modo que nadie la puede usar o instrumentalizar porque, dicho de modo más claro, la persona es “suya”. El ser humano “se tiene” a sí mismo, por lo que nadie puede tenerlo, dominarlo, manipularlo.

    Pero entiéndase bien: es la bondad del ser personal la que hace que la persona no pueda ser dominada, usada y que nadie pueda instrumentalizarla. En efecto, la nobleza de la persona es tal que no está hecha para ser “de nadie”, ni siquiera de Dios, porque Dios la ha creado por amor con libertad para que sea “suya”, para que desde sí misma se determine al Bien. No es la persona una  realidad que exista para otra cosa, sino que es el único ser en la naturaleza que ha sido creado por sí mismo como fin. En efecto, es la persona un fin en sí mismo, que vale por sí mismo y todo lo demás en relación a ella. De manera que nunca y por ningún motivo o razón puede ser medio para otra cosa. Este valor que tiene la persona, esta nobleza que le da el ser libre, es lo que se denomina “dignidad”. El ser humano por su naturaleza racional es un ser personal, máximamente individual y único. Esa individualidad se debe a que es un sujeto libre que se ordena por sí mismo a su felicidad y plenitud. Y es esa misma libertad que impide que se subordine a otra cosa, la que hace de él un ser dignísimo, valioso por sí mismo. Pero ¿qué es la dignidad?  

    La dignidad, en una primera aproximación, podemos decir que es la sublime modalidad de lo bueno. Dicho de otro modo, como  sostiene Melendo, es la excelencia o la nobleza de aquello que tiene una categoría o valor superior. El término “digno” alude a una realidad valiosa, a una realidad que posee tal grado de bondad que solo puede calificarse como positiva. Por ello, decir que la persona es digna o que la persona tiene dignidad es como una tautología, porque la misma noción de persona supone aquello que tiene excelencia en el ser. Agregar que lo excelso, lo valioso que es el ser personal, además es digno, es afirmar más explícitamente su valor superior. Este valor, desde luego, no procede de ciertas cualidades, características, acciones  o determinaciones exteriores que pueda tener una persona, sino que procede de lo más íntimo de su ser. En efecto, no es un valor que se deba adquirir o que se deba conquistar, sino que se posee por el hecho de ser persona y, por tanto, por tener ese modo de ser espiritual y libre. De modo que es algo que surge del elevado valor interior del ser personal, no de ciertos atavíos exteriores.

    Esta noción de dignidad ha sido afirmada y defendida por varios filósofos. Así por ejemplo Kant sostiene que “aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente un valor relativo o precio, sino un valor interno,  esto es, dignidad”. Como se ve, lo digno se opone a lo útil, a lo que puede comprarse o venderse. La persona trasciende infinitamente todo valor comercial o de utilidad. Es fin en sí mismo, nunca medio. Kierkegaard, por su parte, escribe en su Diario que la condición personal, entendida en su sentido más hondo, como raíz  y fundamento de la nobleza humana, no es algo inmediatamente  accesible, porque la dignidad de la persona “es un replegarse en sí mismo, un clausum, un mystérion; la personalidad es lo que está dentro y este es el motivo de que el término persona resulte significativo”. Lo digno dice relación con lo que se afirma y vale por  sí mismo, que no recibe su valor por su relación con otro. En esta misma línea insistía Spaemann quien sostiene que la dignidad es la “expresión de un descansar-en-sí-mismo, de una independencia interior”. Ese replegarse en sí mismo, esa independencia o autonomía interior propia del ser personal que se tiene a sí mismo  es lo que define de algún modo la dignidad humana. Es ese valor que no le viene dado desde fuera sino desde la propia interioridad. Ahora bien, esa no dependencia, ese descansar en sí mismo es propio de lo absoluto, de lo que no está vinculado ni dependiente de otro. En este sentido es que Tomás de Aquino dice que la dignidad es “de absolutis dictis”, esto es, lo digno pertenece a aquello de lo que se dice es absoluto. De donde se sigue que la persona no es buscada según una conveniencia o relación con otra cosa, sino que, por ser un absoluto, es buscada por sí misma. Así lo dice explícitamente Tomás de Aquino: “únicamente la persona es buscada por sí misma y las demás cosas por ella”.

    En estos tiempos en los que todo es relativo, en lo que da la  impresión de que todo  depende de la propia percepción y nada  es lo mismo para todos, es preciso reivindicar con fuerza este carácter absoluto de la persona humana. La dignidad personal no depende ni de la percepción subjetiva, ni de la cultura, ni de la opinión imperante, ni de la mayoría social, sino que se funda en el mismo ser libre del ser humano. Es el valor del ser personal  lo que hace aparecer esta realidad que llamamos “dignidad”. En este sentido, no puede entenderse este concepto sin su relación  intrínseca con el ser personal. Persona, libertad y dignidad, son realidades íntimamente ligadas, que de ningún modo pueden separarse o desligarse, sin que se vean afectadas las otras, como señalamos al comienzo. Negar en el ser humano su libertad es, a la vez, privarlo de dignidad y de la condición de persona. Del mismo modo, negar su dignidad es negar su condición de persona libre. Por eso, podemos definir la dignidad, sintetizando las reflexiones  de los anteriores filósofos, diciendo que es la bondad superior que corresponde a lo absoluto. Definición que podría perfectamente aplicarse también a la persona. La bondad de la persona es de un orden superior, de aquel propio de los bienes llamados honestos, esto es, amados por sí mismos y nunca por otra cosa. Bondad que posee la persona por el hecho de ser. Lo cual supone que la dignidad no se posee por alguna determinación del orden esencial, como la actualización de la racionalidad o la manifestación en acto de la libertad, sino por participar de ese grado de ser que posibilita la posesión de uno mismo. Así, aunque la persona no realice actos racionales o actos deliberados, posee igualmente dignidad y merece ser tratada como fin y nunca como medio.

    Cabe señalar, aun cuando estamos en el orden puramente filosófico, que el fundamento último de la dignidad personal no puede encontrarse en la sola consideración de la persona como ser libre. La persona es un sujeto libre, como hemos visto, pero lo es debido a la apertura radical a la realidad que le da su naturaleza espiritual. De allí que los autores materialistas, que niegan la naturaleza espiritual en el ser humano, se empeñen en negar también la libertad humana. Lo mismos aquellos que desde una visión cientificista de la realidad, reducen todo a lo que puede ser medido, pesado, cuantificado. Negada la espiritualidad y afirmadas solo las leyes físicas de la materia, se pierde la posibilidad de encontrarse con la grandeza de la libertad humana. Ahora bien, esa espiritualidad no procede de lo material, no procede de lo inferior, sino que debe tener su causa y principio en un ser también espiritual, capaz de dar el ser. Esa naturaleza espiritual no puede ser sino participación del Ser que es fuente y principio de todo ser, aquel que llamamos Dios. Por eso, ese carácter absoluto que posee la persona por ser dueña de sí misma, por poseer dominio sobre su propio ser, procede últimamente de que es ella “imagen y semejanza de Dios”. Hay en la persona humana, por participar de la naturaleza espiritual o racional, una chispa divina, como afirmaba Sócrates, que es lo que da razón última de su valor y dignidad. Evidentemente, la persona no solo es, sino que también actúa y, por tanto, puede hacerse indigna moralmente por actuar de un modo contrario a su dignidad radical. Pero es preciso dejar claramente establecido, porque de eso depende el irrestricto respeto que le debemos a todo ser humano, que no hay acto por malo, por deleznable que sea, que haga perder aquella dignidad humana que se tiene por el mismo hecho de ser persona. Reconocer esta verdad es el principio de un obrar bueno y feliz

  • A propósito de La Guerra y la Paz, de León Tolstoi: Una breve reflexión

    A propósito de La Guerra y la Paz, de León Tolstoi: Una breve reflexión

    Leer La Guerra y la Paz es empaparse del espíritu de un hombre que, sabiéndose depositario de un urgente anhelo de verdad, quiso consagrar a él lo mejor de su vida, consciente de la presencia de un sentido superior que todo lo transfigura.

    La lectura de La Guerra y la Paz nos abre de manera entrañable al turbulento laberinto de la Rusia de comienzos del siglo XIX, un país desangrado por el enfrentamiento con las fuerzas napoleónicas cuyo impacto, más allá de lo político y militar, se dejará sentir también en el mundo del pensamiento. Y es que Napoleón representaba a la modélica Francia, la de Voltaire, Rosseau y la Revolución, cuyos ideales ilustrados, recepcionados por los jóvenes de aquel entonces, acentuarán la fractura que comenzaba a insinuarse en el corazón de la cultura rusa y cuyas oleadas se extenderán por decenios. Y es que, por un lado, asomarán los defensores del terruño, amantes de tradiciones ancestrales vinculadas a un mundo semi feudal, en extinción, teñidos por un apasionado e insoslayable misticismo y en una devoción casi mesiánica por el papel salvador de Rusia y, por otro lado, los adalides del advenimiento de las ideas progresistas de la ilustración europea, con su crítica del absolutismo monárquico y su fe secularizante en la ciencia y en el rol protagónico del hombre como artífice de su destino, un hombre ya desencadenado del oscurantismo de la religión.

    Cuando La Guerra y la Paz fue publicada, hacia 1862, el enfrentamiento entre esas dos visiones, representadas por eslavófilos y occidentalistas, estaba en su apogeo. Su pulso y su peso se dejará sentir en la obra de autores tan importantes como Herzen, Bakunin o Bielinski, por no hablar de los movimientos artísticos, políticos y sociales que comenzarán a irrumpir a partir de la segunda mitad del siglo, incluyendo a anarquistas y nihilistas. Turgeniev dibujará muy bien este flujo y reflujo de visiones entrecruzadas en su obra Padres e hijos, asociándolo además al choque intergeneracional; Dostoiewsky, más tarde, en los Endemoniados, hará escalar el conflicto a dimensiones espirituales y metafísicas de un alcance insospechado. El gran mérito de La Guerra y la Paz fue ambientar los orígenes de esta pugna, a veces soterrada, a veces visible, en el entorno de dos familias nobles –los Rostov y los Bolkonski–, y en los avatares y derroteros de dos personajes extraordinarios –quizá los más logrados de Tolstoi–, que plasmarán con sus ideas y con sus vidas el choque de toda una generación que asiste al derrumbe de una sociedad basada en certidumbres heredadas, anacrónicas: Andrei Bolkonski y Pierre Bezujov. Ellos son los protagonistas indiscutidos de la trama; incluso podría afirmarse, sin temor a exagerar, que el pulso narrativo de la obra, sus episodios y digresiones, su generoso número de personajes que van y vuelven, que aparecen y desaparecen, son solo el decorado que enmarca el decurso de estas almas unidas por un sinnúmero de afinidades electivas, que se profesan una admiración devota basada en una amistad inquebrantable, atizada por la búsqueda de los grandes sentidos que hacen de la vida una aventura digna de vivirse. Ese lazo afectivo hará las veces de círculo hermético, reforzado más tarde  por una mujer que estará unida al destino de ambos: la entrañable Natasha Rostov. Ignoro cuánto de autobiográfico encierran estos personajes en relación al propio Tolstoi, pero hay ciertos rasgos que hacen verosímil conjeturar, sino la filosofía misma de Tolstoi, al menos una máscara bastante acabada.

    Leer La Guerra y la Paz es empaparse del espíritu de un hombre que, sabiéndose depositario de un urgente anhelo de verdad, quiso consagrar a él lo mejor de su vida, consciente de la presencia de un sentido superior que todo lo transfigura. Las miradas contrapuestas que despiertan las guerras napoleónicas en el alma de su país, plasmadas con pinceladas agudas e inolvidables en este libro, serán también, sospecho, las del propio autor, que elogió y fustigó el progreso, que saludó los ideales libertarios pero que defendió al mismo tiempo el espíritu de la aldea y fue un enamorado ardiente de Dios. Anarquista insobornable y cristiano devoto, luchando por conjugar la literatura con la vida bajo la luz de un amor apasionado, dispuesto a todo, sin límites.

    Cuando Andrei Bolskonski está por morir dice: “¿El amor es la negación de la muerte; el amor es la vida; todo lo que comprendo solo lo comprendo a través del amor. Todo reside en él. El amor es Dios, y morir es el retorno de una partícula de amor, que soy yo, a la fuente universal y eterna”. Esa frase, de una belleza poética insuperable, no sólo representa el mejor retrato de la filosofía tolstoiana: es, creo, la cifra que resume el itinerario de viaje de un libro como este, que va mucho más allá de ser una novela, para transformarse, con toda justicia, en un manifiesto de la belleza impostergable de la vida.

  • Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Los pequeños alumnos de la guardería sueca Egalia no se consideran a sí mismos niños o niñas, sino que para ellos todo es neutro. La causa está en el método pedagógico que siguen sus profesores, al eliminar por completo el uso de palabras como él y ella. En su lugar utilizan el pronombre finlandés hen (similar al “it” del inglés), que, al ser neutro, sirve para referirse tanto a un hombre como a una mujer. Toda la línea didáctica de la escuela se caracteriza por la ausencia de referencias o estereotipos sexuales, lo que convierte a este centro en una experiencia única no solo en Suecia, sino que en todo el mundo.

    Esa neutralidad sexual pasó por primera vez a ser reconocida legalmente gracias al caso de Norrie Mel-Welby, un hombre que nació en Reino Unido, emigró cuando tenía siete años a Australia y al no identificarse con su sexo, a los 28 años se hizo una operación para convertirse en mujer. Ahora a los 48 años, su país de origen ha reconocido legalmente a una persona sin sexo definido. Norrie ha sido la primera persona en ser reconocida como tal, teniendo un sexo neutro en su partida de nacimiento.

    Pero tal vez el caso más increíble en este sentido es el de un niño argentino de 6 años (sí, 6 años) que ha pasado a ser considerado oficialmente como niña tras recibir de manos de las autoridades del Gobierno provincial de Buenos Aires un documento de identidad con su nuevo sexo y, por supuesto, nuevo nombre: Luana, de acuerdo al derecho a la “identidad autopercibida” establecido por ley, lo que supone el primer caso de autorización de cambio de sexo en el que no existe decisión  judicial previa. La madre reconoce que tan pronto como su hijo empezó a hablar, expresó su rechazo a identificarse como niño, con la afirmación: ‘Yo, nena’.

    Estos y otros casos manifiestan la influencia en Occidente de la llamada “ideología de género”, una ideología que tiene como finalidad cambiar radicalmente la sociedad a través de un giro en el modo de entender al mismo ser humano. Si bien su origen se remonta a ciertas corrientes feministas de la década de los 60 y de los 70, es a partir de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer llevada a cabo en Pekín en 1995, que se difunde masivamente. De modo sintético se puede decir que esta ideología sostiene que el sexo es simplemente una realidad dada por la naturaleza biológica, que nada tiene que ver con el género, el cual es una construcción libre del propio individuo. Lo sintetizaba Simone de Beauvoir al afirmar: “La mujer no nace, se hace”. Ante la cada vez mayor presencia de esta ideología, conviene reflexionar brevemente sobre la sexualidad humana o mejor dicho, sobre la condición sexual de la persona, dadas las consecuencias que puede tener para la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, etc., el avance de estas ideas. La persona humana es un sujeto espiritual y libre pero que tiene, como la misma experiencia lo manifiesta, una dimensión material: la persona humana tiene cuerpo. Pero no tiene cuerpo como decimos que tenemos puesto un sombrero o que tenemos anteojos o que tenemos ropa: somos nuestro cuerpo. Al cuerpo lo vivenciamos como parte de nuestro ser. No decimos mi cuerpo tiene frío, sino que yo tengo frío; no decimos a mi cuerpo le duele la parte de arriba, sino decimos, me duele la cabeza. El cuerpo somos nosotros. No somos un ángel metido en un cuerpo material. Pero este cuerpo que somos, es tal cuerpo; y este cuerpo es el que es porque está configurado, organizado por un alma espiritual que le comunica la misma dignidad personal propia del espíritu. Nuestro cuerpo es un cuerpo personal, es el cuerpo de la persona humana. Por eso no podemos decir: “a mí me tienen que respetar porque soy digno y valgo por sí mismo, pero con mi cuerpo hagan lo que quieran”. ¡No! El cuerpo participa de la misma dignidad del ser personal. Y es allí, en el cuerpo personal, en el cuerpo informado y configurado por el alma espiritual, donde aparece la sexualidad.

    Los ángeles y Dios son seres personales pero no poseen sexualidad. Dios no es ni varón ni mujer; los ángeles no son varones o mujeres. Pero la persona humana por ser corpórea es una persona sexuada. Con su corporalidad viene, por así decirlo, incluida la sexualidad. La sexualidad es, por tanto, inseparable de la persona. El sexo no es del cuerpo, no es de la biología solamente, sino que es de la persona. No somos almas masculinas o femeninas encerradas en cuerpos que pueden o no corresponder con nosotros. El ser humano existe como varón y como mujer.

    La persona humana es una persona sexuada, por lo que existe necesariamente como persona masculina o persona femenina. La sexualidad es una dimensión constitutiva de la persona humana, no es algo extrínseco al ser personal; no es un simple atributo, no es un asunto meramente biológico o algo reducido a la mera genitalidad, como si cambiando ésta, como hizo Norrie, todo quedaría cambiado y solucionado. No se trata de agregarse ni sacarse nada, sino que el ser varón o mujer es un modo de ser de la persona humana; es  algo que impregna la humanidad del hombre y de la mujer en su totalidad.

    Y la pregunta que uno puede hacerse es ¿por qué la persona humana es sexuada? No puede ser propiamente para la propagación de la especie, porque conocemos en la naturaleza especies que se reproducen asexuadamente. Y sin embargo, la persona humana es varón y mujer. La razón la encontramos en la naturaleza misma del  ser personal: estar llamado al conocimiento y al amor. En efecto, la persona, por ser lo que es, alcanza su perfección y realización última en la entrega sincera de sí misma a los demás, de modo que la diferencia sexual significa una clara disposición hacia el otro, manifestando que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser-para-el-otro. Persona masculina y persona femenina, varón y mujer, no existen solo para estar uno al lado del otro, sino que están destinados a ser uno para el otro. El cuerpo humano sexuado, manifiesta la apertura a otro cuerpo personal sexuado, impulsa a la persona a salir de sí misma, a buscar al otro, a encontrarse con el otro. La persona está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual, o diríamos mejor, sexuada.

    De allí que salvaguardada totalmente la radical igualdad que hay entre uno y otro por el hecho de ser personas, es preciso reconocer también las diferencias que existen entre ellos, de modo que no atentemos contra esa singularidad: varón y mujer son iguales porque comparten la misma naturaleza, pero son diferentes porque la comparten de diversas maneras. Ser varón o ser mujer no se encuentra en la línea de lo específico, sino en la línea de concreción de esa especificidad, en la línea del distinto modo en que esa naturaleza se concreta. De allí que mientras más afirmemos que son  iguales en perfección personal, más debemos afirmar su distinción en el modo propio de ser persona. No existe la persona humana no concretizada. No existen personas humanas a las que se les añada extrínsecamente un sexo, porque la persona humana, como ya lo hemos dicho, incluye la corporeidad y por tanto, la sexualidad. De tal manera, que lo que verdaderamente existe es la persona masculina y persona femenina. La persona entera es varón o mujer “en la unidad de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser, desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas y espirituales. La igual dignidad que existe  entre ambos, en nada disminuye las evidentes diferencias que  existen entre ambos. Claro que objetivamente, desde lo específico,  el varón y la mujer pueden hacer las mismas cosas, pero desde el punto de vista de la concreción de la especie, desde el punto de vista del modo propio de ser, el varón no hace las cosas como las  hace la mujer. El hombre piensa, la mujer piensa, pero no lo hacen  del mismo modo; lo hacen según su propio modo de ser. El hombre ama, la mujer ama, pero no lo hacen de la misma e igual forma. Esto no es muy tenido en cuenta en nuestros días en los que más bien, como señalan varios sociólogos y psicólogos, asistimos a una fuerte feminización del hombre y a una masculinización de la mujer.

    Vamos hacia una homologación, hacia la pérdida de la diversidad. De hecho lo que buscan las corrientes más radicales de la ideología de género, no es la igualdad entre varón y mujer, sino la anulación de esas categorías, tal como los ejemplos arriba citados lo evidencian. Por eso debemos defender y reivindicar con la misma vehemencia la igualdad como la diferencia. Las diferencias, en modo alguno, disminuyen la igual dignidad personal de unos y otros. Son iguales en dignidad, pero insistimos, esa igualdad no nos puede llevar a negar las diferencias y las especificidades propias de uno y otro sexo. De hecho las diferencias psicológicas y espirituales son más profundas que las biológicas, precisamente porque la corporeidad manifiesta la interioridad personal. No reconocer la realidad de varón o mujer de un sujeto humano, relegándolo al orden de lo neutro, es atentar contra su más profunda intimidad personal. Ahora bien, ¿qué es lo propiamente femenino y qué es lo propiamente masculino? ¿A qué se deben esas diferencias? No es  descabellado pensar que esas diferencias están fundadas en aquello que solo la mujer puede hacer y en aquello que solo el hombre puede hacer. Todo lo que hace la mujer puede hacerlo el varón y todo lo que hace el varón puede hacerlo la mujer, menos una cosa: ser madre o padre. Lo que manifiesta aún más que entre el varón y la mujer hay una verdadera diferencia ordenada a la mutua complementariedad porque para llegar a ser aquello que solo ella puede ser, necesita del varón y el varón para realizar aquello que solo él puede ser, necesita de la mujer. Lejos de ser una opresión tortuosa impuesta por una sociedad patriarcal, la posibilidad de ser madre brota de la misma naturaleza biológica y espiritual de la misma mujer. Puede, por cierto, alguna mujer no querer o no poder tener hijos, puede aborrecer o idolatrar la maternidad, lo que no se puede es negar que, como tal, la mujer dice orden a la maternidad. La paternidad y la maternidad configuran todo el ser masculino y el ser femenino dejando claro, por supuesto, que estas son características que no se reducen a lo biológico –porque se puede ser padre o madre espiritual–, pero están íntimamente ligados a ello. De allí que cortar el nexo íntimo que hay entre lo corpóreo y lo espiritual, entre la naturaleza y la cultura, supone atentar contra la misma esencia del ser humano y solo puede tener consecuencias negativas, sobre todo para esos niños de los ejemplos señalados, que sin ellos quererlo, son educados sin respetar su condición natural.

  • ¿Es posible filosofar en nuestros tiempos?

    ¿Es posible filosofar en nuestros tiempos?

    Por primera vez la Red Cultural llamó a Concurso a los alumnos de Humanidades de la Universidad Gabriela Mistral para escribir un artículo para nuestra revista. A continuación le presentamos a la ganadora de este concurso, Carmen Gloria Vallejos, alumna de Licenciatura en Ciencia Política y Periodismo.

    Lejos están los filósofos modernos, lejos están quienes los anteceden, lejos también se encuentran los que comenzaron la reflexión filosófica, los que aceptaron conducir la mente de los hombres por los espacios más elevados. Es que en nuestros tiempos la razón humana ha caído progresivamente en el olvido, por eso mismo resulta tan difícil que la disciplina filosófica vuelva a considerarse elemental. Hoy, nos han convencido que el objeto de la filosofía no existe. Qué no hay espacio para los filósofos, que no merece la pena llegar a la verdad, qué es preciso olvidar los grandes misterios que atraviesan la humanidad. Es difícil lidiar con tanta confusión, pero ciertamente, es nuestro propio mundo el que nos exige una metamorfosis muy profunda, nos pide cambiar el curso de las cosas. Me he preguntado en estos días, ¿cómo es que pudiendo elevarnos a resolver los más grandes misterios, nos hemos empecinado en deambular únicamente por el mundo sensible? Es que hemos abandonado la reflexión filosófica, y con ello, le hemos arrebatado a la mente humana la posibilidad de elevarse, y habituarse a pensar, como puede pensar, pero como no está acostumbrada.
    ¿Cómo nos hemos puesto nosotros mismos el techo equivocado? No sé con exactitud porque ha ocurrido algo así, sin embargo, el pensamiento filosófico moderno, parece incidir en todo esto. Es que la reflexión filosófica, se funda en la posibilidad de conocer la verdad, sin embargo, para nadie es un misterio que hoy se señale que lo verdadero es aquello que cada sujeto juzga como tal. Pues bien, los primeros atisbos de subjetividad se encuentran en el pensamiento moderno. Es tal la envergadura, y el vuelco que supone esta reflexión que significó incluso que me preguntaran si aún con los modernos existe la filosofía. Mi respuesta fue un sí, aunque admito que tal interrogante me dejó pensativa; ¿es posible hoy desarrollar esta actividad?, ¿puede en nuestros días haber filósofos? No quiero con esto, señalar que el techo equivocado fue puesto por los pensadores de la modernidad, no es esto una condena a su reflexión filosófica, sino más bien un cuestionamiento que de pronto he necesitado responderme.
    Lo cierto es que los modernos fueron ejecutores de una metamorfosis, transformaron el modo de concebir la realidad, los empiristas por un lado y los racionalistas por otro, escindieron la filosofía, sin ser conscientes con ello, de las implicancias que esto ocasionaría para nosotros. Unos nos redujeron a la mera razón como si solo fuéramos, dicho con Descartes, “una cosa que piensa”, y los otros nos convencieron de que sólo la experiencia podría llevarnos a la verdad. Tuvo que llegar Kant a unirnos otra vez. ¡Vaya labor la que realizó!, sin embargo, nada volvió a ser igual, aunque la reflexión kantiana hizo lo suyo, no fue posible olvidar a Descartes, que se había atrevido antes a universalizar la duda, a tal punto que nada pudiera ya darse por verdadero. La razón, sin su objeto- únicamente ella- aparece como real, y con ello queda imposibilitada de disponerse a avanzar más allá de sí misma. Es el objeto de la inteligencia, el ser, lo que se pone en entredicho pues no sabemos si existe realidad fuera de nuestra mente. Es que con Descartes el ser debe ser conquistado a fuerza de pensamiento, porque la realidad no es algo dado y se transforma en un problema el conducirse hacia ella, en cuanto no tenemos certeza de que exista con independencia del pensamiento. ¿Cómo esto no iba implicar un cierto derrumbe de la filosofía? Precisamente su objeto es el ser de las cosas, sin embargo a partir de la modernidad, no parece ser tan claro que las cosas tengan una consistencia ontológica, ahora el objeto de la inteligencia es el pensamiento, no ya el ser, como lo era para la filosofía clásica. Este nuevo enfoque, sin duda, pone en jaque el lugar que ocupaba la disciplina, tanto es así que será el propio Kant, el que sentenciará que aún siendo la metafísica una inclinación natural, no puede el hombre empeñarse en realizarla porque la razón no logrará jamás habitar esos espacios.
    Desde la reflexión filosófica kantiana queda establecido que la razón humana sólo tendrá que contentarse con los fenómenos, no podrá ya, conocer lo que las cosas son. No es apresurado pensar que entonces la inteligencia tuvo que abandonar su actitud natural y extrovertida, en la cual el sujeto se abre a la realidad exterior, para dar cabida a una nueva, voluntariamente adquirida, asumiendo así, una disposición introvertida, es decir, tuerce la dirección, y en vez de posarse hacia las cosas del mundo que nos rodean, recae sobre sí misma, sobre el yo. ¡Qué duro es ver que nos hemos empecinado en ir a contracorriente!
    Hoy estamos aquí, impregnados de una subjetividad que no es la moderna, pero que en ella encuentra sus cimientos. El mundo posmoderno, nos ha convencido que nosotros podemos definir que es lo que son las cosas, como si en ellas no hubiese un principio que las haga ser lo que son. ¡Cómo si no existiese un orden en el universo! Curioso afán que tenemos de modificarlo,  hemos estado dándonos demasiados permisos, y con ellos, la filosofía ha quedado relegada a un conjunto de opiniones y está siendo mirada con cierta indiferencia, ¿qué paradojal es pensar que podamos asumir esta actitud frente a una actividad que es connatural al hombre?
    Precisamente, porque es propio de los seres humanos el intentar comprender el orden del universo, no podemos afirmar que con los modernos se acaba la filosofía porque la habrá cada vez que alguien se atreva a mirar el mundo desde lo más radical, desde lo más sustancial, desde lo más propio que conviene a todo ser. Es que los filósofos, y sus reflexiones no son los dueños de la filosofía, no puede ellos determinar su persistencia. Siempre es posible desarrollar la actividad filosófica, basta que asumamos que como seres humanos somos capaces de elevarnos más allá de lo que los sentidos nos muestran. El techo no es pues lo que por ellos captamos, hay algo más que realidades sensibles, ahora bien, no debemos perder de vista, que todo comienza aquí, pues nada pasa por el entendimiento que no haya pasado antes por los sentidos.
    Los filósofos, y los que algún día serán tales, esos que quieren pensar filosóficamente, advirtiendo con ello que es preciso mirar la realidad desde los primeros principios, son los que pueden mostrarle al mundo el gran valor que supone desarrollar una actividad como ésta. Mediante ella, podemos conocer por ejemplo que exist en nosotros una inclinación natural hacia la felicidad, a la que debemos hacer caso, pues es ésta una exigencia de nuestro ser. Y es que tenemos una consistencia que nos hace ser tales, por mucho que nos empeñemos en ser lo que queramos. Somos seres humanos, y porque aún podemos saber esto, es que todavía puede haber filósofos, es cierto que el camino se ha puesto algo complejo, es verdad que cada vez son menos los que parecen impresionarse cuando desde sí mismos, descubren esta maravillosa verdad.
    Es que hemos dejado esta interrogante  abierta cómo si pudiésemos nosotros decidir ¿qué es en verdad el hombre?, ¿qué es la felicidad?, ¿qué es la belleza?, ¿que es la bondad? ¡Hasta dónde ha llegado la soberbia humana! ¿Cómo es que hemos querido manejarlo todo?, ¿cómo fue que borramos de nuestras almas la convicción de que hay ciertas cosas que funcionan con independencia de nosotros? La filosofía es tan necesaria como fascinante y no puedo ser yo, la que le quite el ser. Pues he aquí precisamente el esfuerzo contrario. Quiero custodiar la gran relevancia que tiene en nuestros días el desarrollo y la reubicación de esta disciplina como la ciencia primera, pues, ¿podemos acaso orientar nuestra existencia si no conocemos lo que somos?, ¿si hemos prescindido de lo más elemental? Tal vez, el sin sentido que atraviesa nuestra sociedad, se explique en parte, porque muchos hemos pensado que ya no es posible filosofar, y con ello, hemos abandonado la preocupación por la naturaleza humana, a sabiendas de que entonces andaremos errantes.
    Es que hemos sido incapaces hasta este momento, de hacernos parte del “conócete a ti mismo”, propuesto por Sócrates, y con ello, hemos dejado nuestro destino abandonado a su suerte sin que parezca necesario desentrañar los misterios, sin que tengamos que preguntarnos ¿por qué pasa lo que pasa?, sin que tengamos que explicarnos las causas de los efectos, sin que tengamos que comprender nuestra circunstancia. Cada vez que renunciamos a la filosofía, es porque hemos decidido olvidar lo que no se puede olvidar.

  • ¿Descansar para trabajar o trabajar para descansar?: El sentido del descanso humano

    ¿Descansar para trabajar o trabajar para descansar?: El sentido del descanso humano

    El término de las vacaciones, la finalización de ese tiempo de descanso y diversión, suele provocar cierta tristeza y desazón, a la vez que un profundo desgano al enfrentar otra vez las actividades intelectuales y laborales. Se vuelve al trabajo, pero se esperan y anhelan de manera ferviente las vacaciones futuras. Se retoman las ocupaciones, pero con el espíritu aún enredado en “la arena y el mar”. No suelen ser frecuentes las manifestaciones de júbilo causadas por el regreso a la sala de clases o al puesto de trabajo.
    Pero este sentimiento generalizado, que más de alguna vez ha embargado al que escribe estas líneas, manifiesta una apreciación impropia de lo que significan el descanso y la actividad en la vida humana, ya que considera al primero como fin y al segundo como medio, manifestando con ello una visión del hombre reducida a que éste viva en orden al descanso y no hacia la realización de sí mismo mediante alguna actividad perfectiva. Por eso, es conveniente realizar algunas reflexiones en torno al verdadero sentido del descanso, la diversión y el juego; y su relación con las actividades humanas.
    En primer lugar es preciso señalar que el descanso y la diversión son realidades no solo convenientes sino también necesarias. San Agustín, refiriéndose a aquel que se dedica a labores intelectuales, dice: “Quiero que seas indulgente contigo mismo, porque conviene que el sabio relaje de vez en vez el rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer”. El descanso, por tanto, es un deber, no sólo para aquel que se dedica al trabajo que implica un esfuerzo corporal, sino también para el que realiza actividades intelectuales. Y lo es en la medida en que es necesaria la conservación de las propias fuerzas. No es posible mantener la tensión del estudio, de la entrega constante al conocimiento, al saber y al trabajo, sin padecer el cansancio que generan dichas actividades. Cansancio que exige ser reparado para continuar realizando plena y perfectamente las actividades que lo ocasionaron.
    En el caso del cansancio físico lo que se exige es la suspensión de las actividades. Mientras que para el descanso del intelecto, la diversión y el juego son los medios más  eficaces. El alma humana encuentra la reparación en la medida en que dirige su atención hacia otras cosas, distintas del trabajo habitual, en la medida en que se divierte, en que se vuelca, se vierte hacia otra realidad. De allí que diga Tomás de Aquino que el juego y la diversión tienen cierta razón de bien en cuanto son útiles para la vida humana y cuenta aquella historia del evangelista Juan, en la que algunos de los que lo frecuentaban se escandalizaron al verlo jugar con sus discípulos. Entonces, Juan “mandó a uno de ellos, que tenía un arco, que tensara una flecha. Después de hacerlo muchas veces, le preguntó si podría hacerlo ininterrumpidamente, a lo que el otro respondió que, si lo hiciera así, se rompería el arco. San Juan hizo notar entonces que, al igual que el arco, se rompería también el alma humana si se mantuviera siempre en la misma tensión”.
    De lo cual concluimos que si bien es necesario el descanso y la diversión, lo son en la medida en que se ordenan a reparar las fuerzas para retomar la acción. No son buenos en sí mismos, sino como un medio exigido para retomar la acción con fuerza renovada. Y es que el trabajo, tanto físico como intelectual, no es simplemente una actividad mediante la cual conseguimos lo necesario para sobrevivir, sino que es mucho más que eso. El trabajo es un acto personal ordenado al perfeccionamiento integral del sujeto que lo realiza. Mediante el trabajo la persona se autorrealiza y se dignifica. Es erróneo pensar que el valor del trabajo se mide en función de la productividad y no por la dignificación que la persona adquiere en su obrar. No es el descanso lo que nos realiza en cuanto personas, por ello no puede ser nunca buscado como fin. Aquello que propiamente debe ser buscado en orden a nuestro crecimiento personal es esa actividad con la que de alguna manera aportamos novedad a lo ya dado, colaboramos al progreso social y a la obra creadora de Dios.
    De lo que se sigue que por muy noble y necesario que sea el descanso y la diversión no pueden ser lo más importante en nuestra vida, no podemos ordenar nuestra vida teniéndolos como centro. Así lo enseña Aristóteles: “La felicidad no consiste en el juego y el descanso. Sería un absurdo que la diversión fuera el fin de la vida. La diversión es una especie de reposo, y como no se puede trabajar sin descanso, el ocio es una necesidad. Pero este ocio, ciertamente, no es el fin de la vida, porque sólo tiene lugar en razón de la futura operación. La vida dichosa es la vida conforme a la virtud; ésta va con el gozo, pero no con el gozo del juego. Las cosas serias son mejores que las que mueven a risa y a chanza, y el acto de la mejor parte del hombre, o de lo mejor del hombre, esto es el intelecto, se considera como el acto más serio”. Una vida dedicada al descanso y a la diversión como fin es poco seria; de hecho, tiene más semejanza con la vida animal que con la vida propiamente humana. Es cosa de ver a algunos animales, como el gato o el león, cómo pasan gran parte de su día recostados, durmiendo o descansando y sólo se animan para alimentarse y procrear; pero su estado natural es, para decirlo coloquialmente, “estar echados”. De allí que aún teniendo aseguradas de por vida la satisfacción de nuestras necesidades básicas, es decir, aún no necesitando del trabajo para conseguir los recursos que me permiten subsistir, aún así no podríamos dejar de realizar alguna actividad intelectual o productiva que nos enriquezca espiritualmente. Es a ella a la que debemos amar más que al descanso.
    Luego de haber afirmado la necesidad y la conveniencia del descanso, el juego y la diversión, es preciso en segundo lugar, referirse al orden propio que debe animarlos. Porque la relajación del alma y del cuerpo no significa dejar de obrar humanamente. El abandono de las actividades laborales no supone el abandono del obrar que enriquece al ser humano. Santo Tomás nos llama a recurrir al deleite que proporciona el juego, la diversión y el descanso, para “relajar la tensión del espíritu”, pero nunca para olvidarnos del espíritu. Si bien divertirse supone un salir en cierta manera de uno mismo, salir un poco de lo habitual, del esfuerzo constante; sin embargo, no puede ser un salir que pierda de vista nuestra realización personal. El Doctor Angélico señala tres cosas que es preciso evitar en el descanso y la diversión. “La primera y principal, que este deleite se busque en obras o palabras torpes o nocivas. En segundo lugar, hay que evitar que la gravedad del espíritu se pierda totalmente. En tercer lugar, concluye, hay que procurar, como en todos los demás actos humanos, que el juego se acomode a la dignidad de la persona y el tiempo”. Este orden de la razón en la diversión es lo que Aristóteles llama eutrapelia, esto es, la virtud que ha de moderar el descanso y la diversión, de manera que no caiga en excesos.
    Muchas veces, sin darnos cuenta, la diversión da paso a un mayor cansancio o lo que es peor, a la amargura. Esto se debe a que no sabemos descansar, no guardamos el orden debido, entregándonos a una diversión que altera la tranquilidad del alma, porque preferimos ambientes ruidosos y masificados, o nos entregamos a acciones torpes que no guardan ninguna relación con aquello que nos perfecciona. Santo Tomás nos enseña que el verdadero descanso del alma es el gozo y Sertillanges nos ilustra esto al decir: “Los juegos, las conversaciones familiares, la amistad, la vida de familia, las lecturas agradables, el contacto con la naturaleza, el arte fácil, un moderado trabajo manual, la visita a una ciudad, los espectáculos poco absorbentes, los deportes moderados, son elementos de expansión”. Cuan diferente es esta visión del descanso con la que parece reinar en la sociedad moderna basada en la televisión, Internet y videojuegos.
    Divertirse no puede ir de la mano con el  olvido del perfeccionamiento humano. El descanso no es un momento en el que hacemos un paréntesis en nuestro empeño por ser mejores, sino sólo un descanso en el esfuerzo cotidiano en orden a tomar nuevas fuerzas para continuar realizando aquello que de verdad amamos. Dicho de otro modo, para divertirse y descansar es preciso ocuparnos en esas actividades que relajan, distienden, sosiegan, reparan fuerzas para que después seamos capaces de mayores esfuerzos. Cuando se plantean las cosas de modo inverso y se tiene la diversión como fin en sí mismo, se espera de la diversión algo que ella no nos puede dar. Eso explica las tristezas al volver de las vacaciones o al concluir los fines de semanas. Cuando el descanso que se había tomado como fin termina, lógicamente comienza el desencanto, la desazón del alma. Quizá se anhelan entonces nuevas diversiones, nuevos descansos, que sí siguen tomándose como razón de ser de la existencia, nunca conseguirán hacer feliz. ¿Cuál es el sentimiento que a usted, estimado lector, le embarga después de haber concluido las vacaciones?