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Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

Los pequeños alumnos de la guardería sueca Egalia no se consideran a sí mismos niños o niñas, sino que para ellos todo es neutro. La causa está en el método pedagógico que siguen sus profesores, al eliminar por completo el uso de palabras como él y ella. En su lugar utilizan el pronombre finlandés hen (similar al “it” del inglés), que, al ser neutro, sirve para referirse tanto a un hombre como a una mujer. Toda la línea didáctica de la escuela se caracteriza por la ausencia de referencias o estereotipos sexuales, lo que convierte a este centro en una experiencia única no solo en Suecia, sino que en todo el mundo.

Esa neutralidad sexual pasó por primera vez a ser reconocida legalmente gracias al caso de Norrie Mel-Welby, un hombre que nació en Reino Unido, emigró cuando tenía siete años a Australia y al no identificarse con su sexo, a los 28 años se hizo una operación para convertirse en mujer. Ahora a los 48 años, su país de origen ha reconocido legalmente a una persona sin sexo definido. Norrie ha sido la primera persona en ser reconocida como tal, teniendo un sexo neutro en su partida de nacimiento.

Pero tal vez el caso más increíble en este sentido es el de un niño argentino de 6 años (sí, 6 años) que ha pasado a ser considerado oficialmente como niña tras recibir de manos de las autoridades del Gobierno provincial de Buenos Aires un documento de identidad con su nuevo sexo y, por supuesto, nuevo nombre: Luana, de acuerdo al derecho a la “identidad autopercibida” establecido por ley, lo que supone el primer caso de autorización de cambio de sexo en el que no existe decisión  judicial previa. La madre reconoce que tan pronto como su hijo empezó a hablar, expresó su rechazo a identificarse como niño, con la afirmación: ‘Yo, nena’.

Estos y otros casos manifiestan la influencia en Occidente de la llamada “ideología de género”, una ideología que tiene como finalidad cambiar radicalmente la sociedad a través de un giro en el modo de entender al mismo ser humano. Si bien su origen se remonta a ciertas corrientes feministas de la década de los 60 y de los 70, es a partir de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer llevada a cabo en Pekín en 1995, que se difunde masivamente. De modo sintético se puede decir que esta ideología sostiene que el sexo es simplemente una realidad dada por la naturaleza biológica, que nada tiene que ver con el género, el cual es una construcción libre del propio individuo. Lo sintetizaba Simone de Beauvoir al afirmar: “La mujer no nace, se hace”. Ante la cada vez mayor presencia de esta ideología, conviene reflexionar brevemente sobre la sexualidad humana o mejor dicho, sobre la condición sexual de la persona, dadas las consecuencias que puede tener para la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, etc., el avance de estas ideas. La persona humana es un sujeto espiritual y libre pero que tiene, como la misma experiencia lo manifiesta, una dimensión material: la persona humana tiene cuerpo. Pero no tiene cuerpo como decimos que tenemos puesto un sombrero o que tenemos anteojos o que tenemos ropa: somos nuestro cuerpo. Al cuerpo lo vivenciamos como parte de nuestro ser. No decimos mi cuerpo tiene frío, sino que yo tengo frío; no decimos a mi cuerpo le duele la parte de arriba, sino decimos, me duele la cabeza. El cuerpo somos nosotros. No somos un ángel metido en un cuerpo material. Pero este cuerpo que somos, es tal cuerpo; y este cuerpo es el que es porque está configurado, organizado por un alma espiritual que le comunica la misma dignidad personal propia del espíritu. Nuestro cuerpo es un cuerpo personal, es el cuerpo de la persona humana. Por eso no podemos decir: “a mí me tienen que respetar porque soy digno y valgo por sí mismo, pero con mi cuerpo hagan lo que quieran”. ¡No! El cuerpo participa de la misma dignidad del ser personal. Y es allí, en el cuerpo personal, en el cuerpo informado y configurado por el alma espiritual, donde aparece la sexualidad.

Los ángeles y Dios son seres personales pero no poseen sexualidad. Dios no es ni varón ni mujer; los ángeles no son varones o mujeres. Pero la persona humana por ser corpórea es una persona sexuada. Con su corporalidad viene, por así decirlo, incluida la sexualidad. La sexualidad es, por tanto, inseparable de la persona. El sexo no es del cuerpo, no es de la biología solamente, sino que es de la persona. No somos almas masculinas o femeninas encerradas en cuerpos que pueden o no corresponder con nosotros. El ser humano existe como varón y como mujer.

La persona humana es una persona sexuada, por lo que existe necesariamente como persona masculina o persona femenina. La sexualidad es una dimensión constitutiva de la persona humana, no es algo extrínseco al ser personal; no es un simple atributo, no es un asunto meramente biológico o algo reducido a la mera genitalidad, como si cambiando ésta, como hizo Norrie, todo quedaría cambiado y solucionado. No se trata de agregarse ni sacarse nada, sino que el ser varón o mujer es un modo de ser de la persona humana; es  algo que impregna la humanidad del hombre y de la mujer en su totalidad.

Y la pregunta que uno puede hacerse es ¿por qué la persona humana es sexuada? No puede ser propiamente para la propagación de la especie, porque conocemos en la naturaleza especies que se reproducen asexuadamente. Y sin embargo, la persona humana es varón y mujer. La razón la encontramos en la naturaleza misma del  ser personal: estar llamado al conocimiento y al amor. En efecto, la persona, por ser lo que es, alcanza su perfección y realización última en la entrega sincera de sí misma a los demás, de modo que la diferencia sexual significa una clara disposición hacia el otro, manifestando que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser-para-el-otro. Persona masculina y persona femenina, varón y mujer, no existen solo para estar uno al lado del otro, sino que están destinados a ser uno para el otro. El cuerpo humano sexuado, manifiesta la apertura a otro cuerpo personal sexuado, impulsa a la persona a salir de sí misma, a buscar al otro, a encontrarse con el otro. La persona está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual, o diríamos mejor, sexuada.

De allí que salvaguardada totalmente la radical igualdad que hay entre uno y otro por el hecho de ser personas, es preciso reconocer también las diferencias que existen entre ellos, de modo que no atentemos contra esa singularidad: varón y mujer son iguales porque comparten la misma naturaleza, pero son diferentes porque la comparten de diversas maneras. Ser varón o ser mujer no se encuentra en la línea de lo específico, sino en la línea de concreción de esa especificidad, en la línea del distinto modo en que esa naturaleza se concreta. De allí que mientras más afirmemos que son  iguales en perfección personal, más debemos afirmar su distinción en el modo propio de ser persona. No existe la persona humana no concretizada. No existen personas humanas a las que se les añada extrínsecamente un sexo, porque la persona humana, como ya lo hemos dicho, incluye la corporeidad y por tanto, la sexualidad. De tal manera, que lo que verdaderamente existe es la persona masculina y persona femenina. La persona entera es varón o mujer “en la unidad de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser, desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas y espirituales. La igual dignidad que existe  entre ambos, en nada disminuye las evidentes diferencias que  existen entre ambos. Claro que objetivamente, desde lo específico,  el varón y la mujer pueden hacer las mismas cosas, pero desde el punto de vista de la concreción de la especie, desde el punto de vista del modo propio de ser, el varón no hace las cosas como las  hace la mujer. El hombre piensa, la mujer piensa, pero no lo hacen  del mismo modo; lo hacen según su propio modo de ser. El hombre ama, la mujer ama, pero no lo hacen de la misma e igual forma. Esto no es muy tenido en cuenta en nuestros días en los que más bien, como señalan varios sociólogos y psicólogos, asistimos a una fuerte feminización del hombre y a una masculinización de la mujer.

Vamos hacia una homologación, hacia la pérdida de la diversidad. De hecho lo que buscan las corrientes más radicales de la ideología de género, no es la igualdad entre varón y mujer, sino la anulación de esas categorías, tal como los ejemplos arriba citados lo evidencian. Por eso debemos defender y reivindicar con la misma vehemencia la igualdad como la diferencia. Las diferencias, en modo alguno, disminuyen la igual dignidad personal de unos y otros. Son iguales en dignidad, pero insistimos, esa igualdad no nos puede llevar a negar las diferencias y las especificidades propias de uno y otro sexo. De hecho las diferencias psicológicas y espirituales son más profundas que las biológicas, precisamente porque la corporeidad manifiesta la interioridad personal. No reconocer la realidad de varón o mujer de un sujeto humano, relegándolo al orden de lo neutro, es atentar contra su más profunda intimidad personal. Ahora bien, ¿qué es lo propiamente femenino y qué es lo propiamente masculino? ¿A qué se deben esas diferencias? No es  descabellado pensar que esas diferencias están fundadas en aquello que solo la mujer puede hacer y en aquello que solo el hombre puede hacer. Todo lo que hace la mujer puede hacerlo el varón y todo lo que hace el varón puede hacerlo la mujer, menos una cosa: ser madre o padre. Lo que manifiesta aún más que entre el varón y la mujer hay una verdadera diferencia ordenada a la mutua complementariedad porque para llegar a ser aquello que solo ella puede ser, necesita del varón y el varón para realizar aquello que solo él puede ser, necesita de la mujer. Lejos de ser una opresión tortuosa impuesta por una sociedad patriarcal, la posibilidad de ser madre brota de la misma naturaleza biológica y espiritual de la misma mujer. Puede, por cierto, alguna mujer no querer o no poder tener hijos, puede aborrecer o idolatrar la maternidad, lo que no se puede es negar que, como tal, la mujer dice orden a la maternidad. La paternidad y la maternidad configuran todo el ser masculino y el ser femenino dejando claro, por supuesto, que estas son características que no se reducen a lo biológico –porque se puede ser padre o madre espiritual–, pero están íntimamente ligados a ello. De allí que cortar el nexo íntimo que hay entre lo corpóreo y lo espiritual, entre la naturaleza y la cultura, supone atentar contra la misma esencia del ser humano y solo puede tener consecuencias negativas, sobre todo para esos niños de los ejemplos señalados, que sin ellos quererlo, son educados sin respetar su condición natural.

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