maestro

El maestro: la pequeñez de lo superior

La relación entre humildad y magnanimidad consiste en reconocer la dependencia y conjugarla con la grandeza de la vocación y de la dignidad del maestro. 

Enseñar no es otra cosa que ayudar a otro hombre a adquirir el saber, es una acción por la que se comunica conocimiento a otro, pero no cualquier conocimiento sino aquel que está fuertemente arraigado en el entendimiento del profesor. El que enseña le transmite la ciencia al que aprende haciéndole pasar de no saber a saber. Evidentemente esa comunicación no se realiza al modo como el escultor esculpe su obra sobre el mármol, ni al modo como de un celular se envía información a otro. Si no que, en tanto que enseñar es ayudar a otro a saber, se cuenta con la acción del ayudado. El maestro propone unos conocimientos verdaderos,  unos conocimientos que él mismo ha pensado y lleva en su interior y se los explica al alumno quien, si quiere aprender, ha de  reproducir en su interior aquellos razonamientos que el maestro le ha enseñado. En este sentido la enseñanza es una verdadera tradición, en el que el maestro participa comunicando a otros lo que él ha recibido. No todo puede ser inventado o creado por cada maestro o por cada alumno aquello que vale la pena de ser conocido. Es posible, por la perfección del entendimiento humano, llegar a aprender por sí mismo, pero “aprender”, no es enseñar. De allí que nadie pueda enseñarse a sí mismo ni aprenderlo todo por sí mismo. Es necesario para la conservación del saber y el progreso del género humano, que el saber sea transmitido por maestros que de modo desinteresado comuniquen a  otros lo que ellos han tenido la posibilidad de aprender de otros. Cuando se piensa en la acción del maestro en esta lógica de comunicación, aparece como absolutamente necesaria una virtud constitutiva del ser del maestro. Nos referimos a la humildad. En efecto, el maestro ha de ser humilde, en primer lugar, porque ha de tener la conciencia humilde de que no es él la fuente última de aquello que enseña, sino que le viene dado. El maestro ha de reconocer que lo que él comunica, si bien es suyo, no es del todo suyo. Cuando el maestro de matemáticas enseña el teorema de Pitágoras, es claro que lo enseña como habiendo sido entendido por él, pero no es del todo del maestro, puesto que ha sido descubierto por el filósofo griego y transmitido de generación en generación. La humildad, en este sentido, hay que entenderla como la virtud de andar en verdad, como transparencia, como el hábito gracias al cual me alcanzo como persona, y alcanzo la verdad de mi propio ser personal, reconociendo aquello que me ha sido dado por otros. La humildad es la virtud moral por la que conocemos la verdad sobre nosotros mismos. Andar en la verdad de nosotros mismos. Santa Teresa decía que la humildad es la verdad, la verdad de uno, reconocerse tanto lo bueno como lo malo, tanto las virtudes como los defectos, por eso no se trata de falsa modestia, se trata de saberse capaz de realizar la actividad que uno realiza, con las imperfecciones propias, con las propias limitaciones y con las propias perfecciones. De allí que es por la humildad que reconocemos sobre todo nuestra dependencia, nuestra dependencia radical con respecto a Dios, pero de modo más concreto, la dependencia con respecto a los otros que nos han enseñado, a los padres, a nuestros maestros, a nuestros amigos, etc.  Sin aquellos que nos han enseñado, sin aquellos que nos han transmitido ese legado precioso, no podríamos enseñar.  Por eso, solo puede ser buen maestro alguien que ha sido a su vez buen alumno. Que ha sido capaz de atesorar en su corazón aquellas palabras que le han transmitido y que ahora, habiéndolas hecho suyas, las transmite a otros. 

El reconocimiento de esta dependencia, el reconocimiento de nuestra limitación en el conocimiento, en tanto, hemos recibido lo que queremos comunicar, no se opone a la grandeza de nuestra vocación, a la grandeza de la actividad que aspiramos hacer. Así que como reconocemos nuestra dependencia de otros, debemos reconocer que lo que se espera de nosotros es algo valioso, es algo grande y tenemos que saber estar a la altura, debemos querer aspirar a ello. La virtud por la que se aspira de modo habitual a cosas grandes, es la magnanimidad, la grandeza de alma. Y no es de ningún modo incompatible con la humildad. Son como las dos caras de lo mismo: La relación entre humildad y magnanimidad consiste en reconocer la dependencia y conjugarla con la grandeza de la vocación y de la dignidad del maestro. 

Porque, en efecto, la acción del maestro es algo grande, algo superior, que supone un acto de donación gratuito por el que el maestro se dispone a vivir para el alumno, a comunicarle su saber, a descender hasta donde se encuentra el alumno para elevarlo a un conocimiento, si es posible, superior al del propio maestro. De ninguna manera puede pensarse, como ciertos autores contemporáneos, que el maestro no sabe tanto como el alumno, que en este mundo tecnológico, las nuevas generaciones saben más que los maestros, que solo mediante la tecnología puede salvarse la educación. De ninguna manera. Los alumnos necesitan la presencia amorosa y sabia de un buen maestro que conforte su inteligencia y los conduzca por los caminos del saber. Es hoy más necesario que nunca. Porque de otro modo, la ciencia permanecería en la interioridad de algunos. Hay que hacer fructificar enormemente las potencialidades de los alumnos para que, no solo movidos por la ciencia del maestro, sino por el entorno y el cuidado de otros maestros, se disponga conveniente a aprender y profundizar sobre la realidad. Por ello siempre ha de reconocer el maestro que, como señala Josefína Aldecoa, “no hay profesión más hermosa que la del maestro”, porque a ella se reducen las demás acciones. Pensemos que más perfecto que sanar o más perfecto que arreglar un televisor, es enseñar medicina y enseñar a arreglar televisores. En efecto, la acción mediante la que se comunican conocimientos es, de hecho, aquella que posibilita que alguien sane o arregle. O ¿es que el médico, aquel que posee la ciencia, lo ha aprendido todo, absolutamente todo, por sí mismo? Es claro que no es así. 

Por eso, grande es esta profesión, grande es la acción del maestro que al actuar por pura generosidad en transmitir su conocimiento, comunica con sus palabras su propia vida interior al discípulo. Este saberse realizando una acción de esta naturaleza superior, no debe impedir el acto de humildad, por el cuál sabiéndose deudor, sabiéndose pequeño, sabiéndose lleno de imperfecciones, reconoce la plenitud de la ciencia y se entrega a que el alumno la sepa y la acreciente. Magnanimidad y humildad, lejos de contraponerse, constituyen bellas virtudes de las que se ha de servir el maestro en orden a enseñar a sus alumnos. Grande en lo pequeño, pero también, pequeño en lo grande, en la más grande de las acciones que puede hacer un hombre por otro. No olvidemos, ni despreciemos la acción docente, sino al contrario, restablezcamos de modo urgente su prestigio, su dignidad, su nobleza, frente al creciente auge de las tecnologías y de aquella actitud por la que pareciera que el niño lo puede todo solo. 

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