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“El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

Cuando se habla de “maquiavelismo” y de “maquiavélico”, en el lenguaje corriente, se alude a una manera inmoral de proceder, caracterizada por la hipocresía y el engaño. En realidad, Niccolò Machiavelli (su verdadero nombre y que usaré en este trabajo) estaba lejos de sugerir una actitud de ese tipo y – además –fue muy poco “maquiavélico” en su  vida, que resumiré a continuación.

Niccolò Machiavelli nació en 1469 y asistió a la caída de los Medici en 1494. Después del intento republicano de Savonarola, que fue condenado a muerte en 1498, el gonfaloniere Pier Soderini lo llamó a ocupar el cargo de secretario de la Segunda Cancillería (Interior y Guerra). Se mantuvo allí durante los conflictos bélicos entre Francia y España, teniendo diversas misiones diplomáticas en Roma, en la corte de Luis XII, en el Tirol, en Urbino y Senigallia (donde conoció a Cesare Borgia). Tuvo que alejarse del gobierno al término de la República Florentina y el regreso de los Medici, en 1512. Además fue arrestado por un  presunto complot antimediceo y, ya libre, se dedicó a escribir en Albergaccio, en Sant’Andrea in Percussina, cerca de San Casciano in Val di Pesa. De esa época son sus obras principales, entre las cuales están Il principe, que escribió en 1513 y que habría de ser publicado sólo en 1531, cuatro años después de su muerte. En 1520, el cardenal Giulio de’ Medici le encargó una Historia de Firenze  (1520-25), pero dicha labor le costó la pérdida definitiva del puesto de secretario, cuando se restableció la República, en 1527, año en el que, creo decepcionado, murió. O sea que, si de olfato o de oportunismo políticos se trata, Machiavelli no los poseyó absolutamente. Ello explica también el pesimismo con que desarrolló su visión de ordenamiento del mundo civil y militar.

Debo aclarar de inmediato que nunca escribió que “el fin justifica los medios”. Ni tampoco es – como dicen los políticos actuales – “lo que quiso decir”. Además de que la frase no  aparece en ninguno de sus escritos, existen elementos contradictorios al interno de su obra. Una afinidad podría advertirse en este pasaje: “Facci dunque uno principe di vincere e mantenere lo stato: e mezzi saranno sempre iudicati onorevoli e da ciascuno lodati; perché el vulgo ne va preso con quello che pare e con lo evento della cosa” (“Dedíquese, por lo tanto, un príncipe a ganar y a mantener el Estado: los medios serán siempre juzgados como honrosos y alabados por todos; porque al vulgo hay que tomarlo con aquello que aparece y con el evento de la cosa”; II Principe, cap. XVIII). Si bien es cierto que el sentido es parecido, la frase se refiere a la razón de Estado y no a cualquier conducta del Príncipe. La salvación del Estado es necesaria y debe ser antepuesta a las personales convicciones éticas del Príncipe porque él – ¡atención! – no es el amo, sino el servidor del Estado.

¿Por qué se necesitaba un Príncipe en Italia? Porque la península, después de la expedición de Carlos VIII (1494), era un territorio de conquista, de continua beligerancia y de permanente inseguridad. Se requería de una política hegemónica, como la de Francia y de España. No existían sólidos organismos estatales unitarios ni tampoco ejércitos “ciudadanos”, sino compañías de ventura mercenarias. Se habían perdido casi todos los valores que daban un fundamento sólido a un vivir civil y que existían en la antigua Roma: el amor a la patria, el sentido cívico, el espíritu de sacrificio y el impulso heroico, el orgullo y el sentido del honor. Todo había sido substituido por una actitud escéptica y renunciataria, que inducía a abandonarse fatalísticamente al capricho mutable de la fortuna, sin reaccionar ni luchar.

Toda la especulación política de Machiavelli está dirigida al objetivo histórico de la presencia de un Príncipe capaz de organizar las energías que potencialmente existen para contrastar las miras expansionistas de los Estados vecinos. Y para delinear esa figura del Príncipe hegemónico era necesario desarrollar la política como ciencia y no como mera especulación. Por ejemplo, para Aristóteles (el filósofo más renombrado y  considerado en ese momento) el hombre era un zoón politikon, o sea que su valor como individuo se medía en razón de la ventaja o del daño que entregaba a la polis. Aquel que no actuaba políticamente era un  idion, un ser carente e incompleto.

En tratados medioevales, se analiza la figura del Príncipe en cuanto a sus virtudes cristianas. Por ejemplo, Erasmo de Rotterdam escribe, en 1516, su Institutio principis christiani (La educación del príncipe cristiano), donde sostiene que éste debe buscar la magnanimidad, la templanza, la honestidad. Machiavelli, en cambio, escribe: «Quanto sia laudabile in un principe mantenere la fede, e vivere con integrità e non con astuzia, ciascun lo intende: nondimanco si vede per esperienza, ne» nostri tempi quelli principi avere fatto gran cose che della fede hanno  tenuto poco conto e che hanno saputo con l’astuzia aggirare e’ cervelli delli uomini: e alla fine hanno superato quelli che si sono fondati in su la realtà» (“Cuanto sea loable en un príncipe mantener la fe, y vivir con integridad y no con astucia, cada uno lo entiende: no obstante se ve por experiencia, en nuestros tiempos a aquellos príncipes haber hecho grandes cosas que de la fe han tenido poca cuenta y que han sabido con la astucia embaucar los cerebros de los hombres: y al final han superado a aquéllos que se han fundado en la realidad”; Il Principe, cap. XVIII). 

Con esta opinión, queda claro que el pensamiento político no forma parte de lo especulativo, ético y religioso. La lógica brutal del poder no es manejable con sentimientos o consideraciones abstractas. Más que el “deber ser” y la retórica, lo que interesa al secretario florentino es dilucidar los dispositivos propios de las dinámicas del poder. Al igual que Bernardino Telesio (Cosenza 1509 – 1588) estudia la naturaleza iuxta propria principia, la política debe ser estudiada de manera autónoma, sin condicionamiento de principios que son válidos para otros ámbitos. Esta posición corresponde a la realidad política a la que aludía, y  que se sentía sobre todo en Firenze, que era una presa apetecida  por los Medici, el Imperio y la Iglesia Católica Apostólica Romana. Era necesario un consistente realismo político (que conllevaba un fuerte pesimismo antropológico) y el nuevo concepto de virtud y fortuna. Volver a la figura del Príncipe es una exigencia imperiosa para regenerar y renovar la vida política, pero éste debe imitar el comportamiento de los grandes hombres contemporáneos y del pasado.

Sólo que Machiavelli elabora también una teoría que aspira a tener un alcance universal, formulando leyes válidas en todos los tiempos y todos los lugares. Por ello, es considerado como el fundador de la moderna ciencia política, porque la distingue de otras disciplinas que se ocupan igualmente del actuar del hombre, como la ética. Es así como tiene el coraje de denunciar lo que ocurre realmente en la política, en vez de delinear Estados ideales: «E molti si sono immaginati republiche e principati che non si sono mai visti né conosciuti in vero essere» (“Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que no se han visto nunca ni conocido en ser verdadero”; Il Principe, cap. XV). En efecto, proclama: «Ma sendo l’intenzione mia stata scrivere cosa che sia utile a chi la intende, mi è parso più conveniente andare dreto alla verità effettuale della cosa che alla immaginazione di essa» (“Pero habiendo sido mi intención escribir cosa que sea útil a quien la entienda, me ha parecido más conveniente ir detrás de la verdad efectual de la cosa que de la imaginación de ésta”; Il Principe, cap. XV). No le interesa crear una bella construcción teórica, sino entregar un instrumento conceptual de aplicabilidad inmediata a la política real y de segura eficacia.

Antes de pasar a señalar las características que debe tener el Príncipe, es necesario precisar cómo se comportan esos hombres que éste debe dirigir. Esto porque si la política debe tener leyes propias, es necesario descubrir cuáles son las leyes de la naturaleza humana. Y es aquí donde surge la visión antropológica pesimista de Machiavelli. El hombre no es ni bueno ni malo, pero tiene la propensión a ser malo. Éstas son las reflexiones de Machiavelli: «Perché degli uomini si può dire questo, generalmente, che sieno ingrati, volubili, simulatori e dissimulatori, fuggitori de’ pericoli, cupidi del guadagno; e mentre fai  loro bene e’ sono tutti tua, offeronti el sangue, la roba, la vita, e’ figliuoli, come di sopra dissi, quando el bisogno è discosto: ma quando ti si appressa, si rivoltono, e quello principe che si è tutto fondato in su le parole loro, trovandosi nudo di altre preparazioni, ruina» (“Porque de los hombres se puede decir esto, generalmente, que sean ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, rehuidores de los peligros, codiciosos de la ganancia; y mientras les haces el bien ellos son todos tuyos,te ofrecen la sangre, las pertenencias, la vida, y los hijos, como dije más arriba, cuando la necesidad está distante: pero cuando se te acerca, se dan vuelta, y ese príncipe que se ha fundado totalmente en sus palabras, encontrándose desnudo de otras preparaciones, se desploma”; Il Principe, cap. XVII).

Como conjunto físico y psicológico, el hombre tiene algunos caracteres constitutivos de su esencia individual que aseguran su conservación. Por ello, el político no puede confiar en el aspecto positivo del hombre, sino que debe tomar razón de su aspecto negativo para actuar de consecuencia. Además, los hombres tienden a estar constantemente insatisfechos: «La cagione è perché la natura ha creato gli uomini in modo che possono desiderare ogni cosa e non possono conseguire ogni cosa: talché essendo sempre maggiore il desiderio che la potenza dello acquistare, ne risulta la magra contentezza di quello che si possiede e la poca soddisfazione d’esso» (“La razón es porque la naturaleza ha creado a los hombres de modo que pueden desear todas las cosas y no pueden conseguir todas las cosas: de manera que siendo siempre mayor el deseo que la potencia de adquirirlo, resulta el magro contento de aquello que se posee y la poca satisfacción de éste”; Discorsi sulla Prima Deca di Tito Livio, I, cap. 37). 

Los hombres han sido siempre iguales a sí mismos y, en su comportamiento, no conocen otro bien que la utilidad privada. Por ello, verbigracia, aconseja: «Ma soprattutto astenersi da la roba di altri,  perché li uomini sdimenticano più presto la morte del padre che la perdita del patrimonio» (“Pero sobre todo abstenerse de las pertenencias de los otros, porque los hombre olvidan más rápido la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”; Il Principe, cap. XVII). No hay idealismo en la naturaleza humana: «a quale cosa fa testimonianza a quello che di sopra ho detto che gli uomini non operono mai nulla bene, se non per necessità; ma, dove la elezione abonda, e che vi si può usare licenza, si riempie subito ogni cosa di confusione e di disordine» (“a la cual cosa hace testimonio a aquello que he dicho más arriba que los hombres no obran nunca nada bien, sino por necesidad; pero, donde la elección abunda, y que allí se puede usar licencia, se colma de inmediato todo de confusión y de desorden”; Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, I 3).

Machiavelli no basa esta concepción negativa de la naturaleza humana en una idea abstracta (como podría ser la de Thomas Hobbes), sino del estudio de hechos históricos. Es allí donde  encuentra las leyes generales que no son infalibles, pero que deben orientar al Príncipe en su accionar. Y – ¡muy importante! – no existe una fractura entre el mundo antiguo y el moderno: no hay experiencia que venga del pasado que no pueda ser desmentida por una nueva experiencia presente. La auctoritas y los exempla virtutis de la historia se pueden reverenciar, pero no homenajear. Son ejemplos que tienen validez retórica, pero no científica. El hombre está constituido por un manojo de potencialidades, que se actúan en la historia. No tiene una naturaleza fija e inmutable, que haya sido estigmatizada por un pecado original o por una estructura metafísica que lo condene al mal. Es un ser frágil que necesita “asegurarse” de las fuerzas hostiles que lo amenazan, especialmente cuando los tiempos tienen una dura configuración. Debería tener la capacidad de cambiar, pero sigue apegado a sus hábitos y sus comportamientos. 

Machiavelli no construyó una teoría “de laboratorio”, sino que partió de la relación directa con la realidad histórica, gracias a su experiencia como canciller en un Estado autónomo como Firenze, cuna del Renacimiento. Su pensamiento es una estrecha fusión de teoría y praxis: la teoría nace de la praxis y tiende a resolverse en ella. Se da cuenta que es necesario un verdadero condottiere, que  sea capaz de practicar la política con autonomía, lejos de la religión  y de la moral. La política debe ser un criterio ordenador de los flujos sociales, sobre la base de un estudio objetivo de la “realidad  efectual” y de la “naturaleza” del hombre. El político no debe ser  guiado por etéreas doctrinas teóricas, sino por la aguda conciencia y el sentido de la historia, pasada y contemporánea. Así podría tener una buena “ocasión” para efectuar un cambio.

Ya los grandes historiógrafos latinos habían descrito la realidad como regulada por las  relaciones de fuerza existentes entre hombres que luchan también con los vicios y el valor de su naturaleza. Pero, por primera vez en la historia, Machiavelli indica en la “realidad efectual” el modo en que deben operar las fuerzas históricas en  relación con la utilidad, con el bien del Estado. Para Machiavelli, el Estado se construye creando equilibrios más avanzados en la realidad existente. El Príncipe no es un símbolo, sino un guía histórico que opera sirviéndose de lo informe para hacerlo llegar a ser voluntad que triunfa, actividad que transforma. Para ello es necesario que la política sea una actividad autónoma.

Un ejemplo. La paz se funda en la guerra como la amistad en la igualdad. En el ámbito internacional, la supervivencia de cualquier Estado (democrático, republicano o aristocrático) está ligada a la fuerza del ejercicio de su poder. Por lo tanto, debe detentar el monopolio legítimo de la violencia, para garantizar la seguridad interna y para prevenir una eventual guerra externa. Sería preferible vivir en un mundo pacífico y leal, pero las pasiones naturales no lo permiten y quien cumple un análisis equivocado de las fuerzas reales, de los comportamientos y de las leyes está destinado a desplomarse: «Perché gli è tanto discosto da come si vive a come si doverrebbe vivere, che colui che lascia quello che si fa, per quello che si doverrebbe fare, impara più presto la ruina che la perservazione sua: perché uno uomo che voglia fare in tutte le parte professione di buono, conviene che ruini in fra tanti che non sono buoni. Onde è necessario, volendosi uno principe mantenere, imparare a potere essere non buono e usarlo e non usarlo secondo la necessità». (“Porque está tan alejado de cómo se vive a cómo se debería vivir. Que aquél que deja aquello que se hace, por aquello que se debería hacer, aprende bien pronto a desplomarse que su su preservación: porque un  hombre que quiera dejar hacer en todas las partes profesión de bueno, conviene que se desplome entre tantos que no son buenos. Por lo que es necesario, queriéndose un príncipe mantener, aprender a poder ser no bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”; Il Principe, cap. XV). Las constantes de la historia se descubren, porque la naturaleza humana es inmutable. Como siempre el mundo ha sido igual, los deseos y las pasiones generan siempre comportamientos iguales en todo tiempo y lugar, sólo que las cosas humanas son inestables. Y la principal enfermedad política es la “consunción”, esto es el desgaste: al principio puede curarse fácilmente, pero es difícil de reconocer; después es difícil de curar.

La naturaleza humana se expresa a través de una serie de antonomias. El hombre puede ser: impetuoso, rápido de decisión, violento / respetuoso, prudente y ganador de tiempo; bueno /no bueno. ¿Cuáles características debe tener el Príncipe? Machiavelli perfila la figura de un Príncipe que sepa desafiar la inercia de las cosas, enfrentar la variación de los tiempos y cambiar la realidad y organizarla. Éste puede tener el conocimiento para actuar, pero para poder operar son necesarias la “virtud” y la “fortuna”. En cuanto a la virtud, ésta no tiene nada que ver con la areté cristiana, sino con la acepción griega – anterior a Sócrates, Platón y Aristóteles – que no tiene que ver con la razón que opera en función del Bien, sino con la capacidad de comprender la situación histórica y de plegar los hechos a propio beneficio. O sea, se trata de una energía constructiva y de una acción resolutiva. Como está al margen de la moral cristiana de la época, este nuevo concepto considera válido todo recurso que permita sacar provecho de la fuerza y habilidad del gobernante, pudiendo recurrir incluso a la crueldad y al engaño para imponerse a sus enemigos.

Siguiendo la ideología del realismo político, el soberano puede aplicar métodos extremadamente crueles y deshumanos, porque a grandes males debe haber grandes remedios y se debe evitar la vía del compromiso, que no sirve para nada y que – al contrario – resulta extremadamente dañina. Machiavelli trastueca, por lo tanto, muchos aspectos del concepto humanístico de virtud: «E così arà duplicata gloria, di avere dato principio a uno principato e ornatolo e corroboratolo di buone legge, di buone arme e di buoni esempli; come quello ha duplicata vergogna che, nato principe, per sua poca prudenza lo ha perduto» (“Y así tendrá duplicada gloria, de haber dado principio a un principado y ornádolo y corroborádolo de buenas leyes, de buenas armas y de buenos ejemplos; como aquél tiene duplicada vergüenza que, nacido príncipe, por su Propia prudencia lo ha perdido”; Il Principe, XXIV). La virtud es la capacidad individual, la suma de calidad de intelecto, de experiencia, de deducción lógica y de intervención política que el príncipe debe tener para superar los límites condicionantes de la situación histórica. Ésta queda en evidencia cuando utiliza la “ocasión”, esto es las condiciones particulares que en una situación permiten la intervención y donde el Príncipe descuella con su personalidad.

Para ejercitar la virtud, el Príncipe deberá tener la instintiva animalidad del león (la fuerza) y del zorro (la astucia): «Sendo dunque necessitato uno principe sapere bene usare la bestia, debbe di quelle pigliare la golpe e il lione: perché el lione non si difende da’ lacci, la golpe non si difende da’ lupi; bisogna adunque essere golpe a conoscere e’ lacci, e lione a sbigottire e’ lupi: coloro che stanno semplicemente in sul lione, non se ne intendono. Non può pertanto uno signore prudente, né debbe, osservare la fede quando tale osservanzia gli torni contro e che sono spente le cagioni che la feciono promettere» (“Por consiguiente, estando necesitado un príncipe de saber usar bien la bestia, debe de aquéllas tomar el zorro y el león: porque el león no se defiende de los lazos, el zorro no se defiende de los lobos; necesita, pues, ser zorro para conocer los lazos, y león para amedrentar a los lobos: aquéllos que están simplemente en el león, no entienden de ello. No puede, por lo tanto, un señor prudente, ni debe observar la fe cuando tal observancia le vuelva en contra y que se han apagado las razones que la hicieron prometer; Il Principe, cap. XVIII). El soberano no debe ser justo, sino que debe conservar el poder. Machiavelli no se pone el problema de la soberanía legítima: el único título para la soberanía legítima es la posesión de hecho. El Estado es, antes que todo, imperio, autoridad, poder monopólico de mando y coerción. Pero, además, el Príncipe deberá controlar la “fortuna” a través de la “virtud”.

Mientras que la fortuna es el conjunto de los eventos no previsibles ni determinables por la voluntad, la virtud tiene que ver con la actuación humana libre y consciente, con la intuición que prevé las posibilidades que obstaculizan la acción. El hombre no es enteramente árbitro de sus acciones ni está enteramente sometido a las circunstancias. La antropología de Machiavelli ve entrelazarse la libertad con la necesidad, la voluntad subjetiva con la determinación objetiva (que había sido la lección de Cicerón en el De fato). Hay que domesticar la necesidad y desafiar a la fortuna: por ello, la virtud consiste en la adopción de medios idóneos para conseguir el fin. También el premio de la acción poítica es mundano: la gloria, el honor, el éxito de un proyecto.

La relación entre virtud y fortuna es fundamental. La virtud es el conjunto de competencias que sirven al príncipe para relacionarse con la fortuna, vale decir con los eventos externos. La virtud es, por lo tanto, un conjunto de energía e inteligencia. El príncipe debe ser inteligente, pero también eficaz y enérgico. La virtud del individuo y la fortuna se implican recíprocamente: las dotes del político son puramente potenciales si él no encuentra la ocasión adecuada para afirmarlas, y viceversa la ocasión es pura potencialidad si un político virtuoso no sabe aprovecharla. No obstante, Machiavelli entiende la ocasión de manera peculiar: ésta es aquella parte de la fortuna que se puede prever y calcular gracias a la virtud. Mientras  un ejemplo de fortuna puede ser que dos Estados sean aliados (es un dato de hecho, un evento), un ejemplo de ocasión es el hecho de que sea necesario aliarse con algún otro Estado o, de todos modos, organizarse para estar listos para un eventual ataque de ellos. En los capítulos VI y XXVI de Il Principe, Machiavelli escribe que era necesario que los judíos fuesen esclavos en Egipto, los atenienses dispersos en el Ática, los persas sometidos a los medas para que pudiera relumbrar la “virtud” de los grandes condotieros como Moisés, Teseo y Ciro.

La virtud humana además se puede imponer a la fortuna a través de la capacidad de previsión, del cálculo sensato. En los momentos de calma, el político hábil debe prevenir los reveses y buscar los remedios, cómo se construyen los terraplenes para contener las crecidas de los ríos. Esta capacidad de prever los acontecimientos fortuitos o contingentes, utilizando la virtud como creatividad artística y heroica que supere los límites, está directamente relacionada con el conocimiento de la realidad. Por ejemplo, para organizar el Estado, el Príncipe no puede ser “bueno”, porque está rodeado de muchos que “no son buenos”: « E se li uomini fussino tutti buoni, questo precetto non sarebbe buono: ma perché e’ sono tristi e non la osserverebbono a te, tu etiam non l’hai a osservare a loro; né mai a uno principe mancorno cagioni legittime di colorire la inosservanzia. Di questo se ne potrebbe dare infiniti esempli moderni e mostrare quante pace, quante promisse sono state fatte irrite e vane per la infidelità de’ principi: e quello che ha saputo meglio usare la golpe, è meglio capitato. Ma è necessario questa natura saperla bene colorire ed essere gran simulatore e dissimulatore: e sono tanto semplici gli uomini, e tanto ubbidiscono alle necessità presenti, che colui che inganna troverrà sempre chi si lascerà ingannare» (“Y sí los fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno: pero porque son tristes y no la observan tú también no la has de observar a ellos; ni nunca a un príncipe faltarán razones legítimas para colorear la inobservancia. De esto se podría dar infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han sido hechas ineficaces y vanas por la infidelidad de los príncipes: y aquél que ha sabido usar mejor al zorro, ha caído mejor. Pero es necesario esta naturaleza saberla colorear y ser gran simulador y disimulador: y son tan simples los hombres, y tanto obedecen a las necesidades presentes, que aquél que engaña encontrará siempre a quien se dejará engañar”; Il Principe, cap. XVIII).

Por su comportamiento, lo ideal sería que el Príncipe fuera temido y amado al mismo tiempo, pero ambas cosas son difícilmente conciliables y debe saber elegir funcionalmente para el eficaz gobierno del Estado: «Perché le amicizie che si acquistono col prezzo, e non con grandezza e nobilità di animo, si meritano, ma elle non si hanno, e alli tempi non si possono spendere; e li uomini hanno meno rispetto a offendere uno che si facci amare, che uno che si facci temere: perché lo amore è tenuto da uno vinculo di obligo, il quale, per essere gl’uomini tristi, da ogni occasione di propria utilità è rotto, ma il timore è tenuto da una paura di pena che non ti abbandona mai» (“Porque las amistades que se adquieren pagándolas, y no con grandeza y nobleza de ánimo, se compran, pero ellas no se tienen, y en los tiempos no se pueden utilizar; y los hombres tienen menos respeto en ofender a uno que se hace amar, que a uno que se hace temer: porque el amor es considerado como un vínculo de obligación, el cual, por ser los hombres tristes, es roto en toda ocasión de propia utilidad, pero el temor es considerado por un miedo de pena que no te abandona nunca”; Il Principe, cap. XVII).

Para salvar al Estado, deberá seguir la realidad efectual e incurrir en infamias, si es necesario. Como lo hizo Cesare Borgia que, gracias a la crueldad, logró unir a la Romagna, reduciéndola a la paz y a la fe. Según Machiavelli – que toca el tema en los capítulos VII y XVII de Il Principe – de esa manera demostró más piedad que el pueblo florentino, que permitió la autodestrucción de Pistoia dejando combatir a los grupos enemigos. En caso de guerra, el sacrificio debe ser absoluto. Por eso, Machiavelli propugna la adopción de milicias ciudadanas en vez de recurrir a los mercenarios. En un Estado nacional, la fuerza militar debe estar en función de la organización política y de la defensa de las instituciones. Sobre todo en esa época, cuando la mantención o la pérdida del Estado dependía tanto de la fuerza militar como de la experiencia y de las alianzas políticas.

Los tiempos han cambiado en el siglo XVI y es necesario ver la realidad efectual. El  denominado “bofetón de Anagni” (7 de septiembre de 1303, con el que Felipe el Hermoso desconoció la autoridad de Bonifacio VIII) estableció el quiebre de la idea del  Imperio universal y de la Iglesia universal. De esa manera, se afirmó el poder laico y se dio paso a los nuevos Estados nacionales. De allí la importancia del pensamiento de Machiavelli, que deja de lado los valores absolutos para dar paso a una ciencia autónoma, o sea que tiene sus propias reglas. Y es, precisamente, la eficacia de esas reglas lo que hará posible el arte de gobernar. Se trata de orientar las simpatías hacia la virtud y la prudencia en la vida civil y política, así como lo habían hecho los antiguos romanos.

Según esta perspectiva, la llegada del Cristianismo ha desarrollado una función negativa en la historia, porque ha hecho a los hombres menos viriles, induciéndolos a la mansedumbre, a la resignación, a la desvalorización del mundo y de la vida terrena. Además, Machiavelli ve en el poder temporal del Papado la causa de la falta de unidad nacional italiana, que se ha visto debilitada en manos de los mercenarios y de los aventureros. Ante la teocracia medieval surge la autonomía del Estado.

La religión – justamente por ser un “instrumentum regni” – sí cumple con una función importante: mantener unida a la población en el nombre de una fe única. La religión de Estado debe ser usada para fines eminentemente políticos y especulativos; es un instrumento del que dispone el príncipe para obtener el consenso común del pueblo. En la antigua Roma, que reunía a todas las divinidades en un único panteón, fue fuente de solidez y unidad para la República y  más tarde para el Imperio.

Por su parte, el Príncipe tiene que tener también las cualidades militares del condotiero e – incluso – en el último capítulo del tratado asume el cariz del “redentor” de una Italia « più stiava che li ebrei,più serva che ‘ persi, più dispersa che gli ateniesi: sanza capo, sanza ordine, battuta, spogliata, lacera» (“más esclava que los judíos, más sierva que los persas, más dispersa que los atenienses: sin jefe, sin orden, abatida, despojada, lacerada”; Il Principe, cap. XXVI). En el Medioevo no existía el concepto de “patria”, sino el de fidelidady sujeción por parte del súbdito. Para Machiavelli, la “patria” es la comuna libre, pero ese concepto le aparece muy luego como una cosa demasiado pequeña y por eso él mismo propone la constitución de una confederación italiana que sea un baluarte contra los extranjeros: su concepto de patria, por lo tanto, se amplía. La negación del Medioevo iliberal es justamente la delineación de los ideales de patriotismo, gloria, libertad de la patria.

Para algunos pensadores, no habría sido sólo el fundador de la ciencia política, sino también el primer teórico del Estado burgués: autónomo en sus estructuras, funcional y finalizado a garantizar el desarrollo de las fuerzas y de las actividades económicas. La “virtud” es laboriosidad y capacidad de ganancia. El “Estado fuerte” se funda en la fe en el progreso espiritual, moral y cultural.

Machiavelli pone las bases del liberalismo moderno, entendido como la doctrina que se asume la tarea de defender la libertad. Machiavelli ya teoriza el “contractualismo”, que considera al Estado como el fruto de una convención entre los individiduos afirmando además la coincidencia del interés privado con el público. También el individualismo es la base misma del liberalismo y el valor absoluto de la persona humana. En cuanto a la libertad, no se trata de la libertad del individualismo moderno, sino de una situación que tiene que ver con los equilibrios de fuerzas en el Estado, que deben determinar el predominio de uno solo. La libertad se obtiene cuando los diversos grupos o estratos que componen el Estado están involucrados en la gestión de la decisión política. No es la libertad del individuo con respecto al poder del Estado, sino que está más cercana a la idea de libertad antigua que se tiene cuando se interviene en las  decisiones políticas. La libertad de Machiavelli admite el conflicto: el conflicto no es en sí una causa de debilidad, sino que da dinamicidad al conjunto político, lo mantiene vital; esta vitalidad produce progreso en cuanto deja abiertos espacios de libertad que consisten en la prerrogativa de cada uno de intervenir en las decisiones políticas profundizándola con las otras partes. En esto, su pensamiento es diverso de la idea clásica de orden político como “solución de los conflictos”. Los antiguos veían, en efecto, en el conflicto un elemento de inestabilidad de la comunidad política.

El hombre moderno se emancipa de lo sobrenatural y proclama su autonomía, tomando posesión del mundo. El liberalismo de Machiavelli es antipapal, antiimperial y antifeudal. Desde el punto de vista organizativo, la república es superior a la monarquía en cuanto no permite que prevalezca la voluntad de uno solo. El bien común puede prometerlo solo una ciudadanía libre. Como típico hombre del Renacimiento, rechaza el dogmatismo escolástico-religioso medioeval como una manera de liberarse de los prejuicios y enfrentar la naturaleza humana con una actitud científica. Está claro que esta posición de Machiavelli no era aceptada por la Iglesia de la Contrarreforma, pero tampoco lo fue por el Fascismo, a pesar de su sed de hegemonía, justamente, por su “corte” liberal. Porque es bueno recordar que la hegemonía (como dirección y consenso) no coincide con la política “ordinaria”, sino que constituye una cualidad adjunta a ella. Se requiere del dominio (fuerza y coerción), que el Fascismo consideraba como un acto mismo con el consenso. El Príncipe maquiaveliano ejercita el dominio, pero debe gobernar con el consenso. Para llegar al poder, debe desplegar una  acción hegemónica, pero que debe estar siempre apoyada por una conciencia de la realidad objetiva y de una subjetiva capacidad de actuar. O sea, lo que Machiavelli define como “virtud” que, en el caso de este tipo de soberano, debe ser extraordinaria.

En el curso de una acción hegemónica, el príncipe debe pensar en su propia “gloria”. Según explica Machiavelli en el Cap. IX de su tratado, el principado civil se obtiene por el apoyo del “pueblo” (la burguesía) o de los “grandes” (la nobleza”). El apoyo al pueblo no es “caritativo”, sino que responde a una profunda lógica política. En efecto, éste desea no ser mandado ni oprimido por los grandes y – a su vez – los grandes desean mandar y oprimir al pueblo. De estos “humores” nace uno de estos tres efectos: o principado o libertad o licencia. Cada fuerza escoge al príncipe por razones distintas: los grandes hacen príncipe a uno de ellos cuando no pueden resistir al pueblo; el pueblo hace príncipe a uno de ellos para estar defendidos por su autoridad.

Los efectos son los siguientes: aquél que viene al principado con la ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad, porque tiene entorno a muchos de sus iguales, a los que no puede mandar ni manejar a su modo; aquél que viene por el pueblo, encuentra a poquìsimos que no estén preparados para obedecer. Además, para satisfacer a los nobles es necesario cumplir injusticias y ofensas, porque ellos piden riquezas y privilegios; el pueblo es más honesto porque sólo pide no ser oprimido. Pero no es que Machiavelli lo mire con más simpatía por un juicio moral, sino porque políticamente es más dúctil y sirve como “instrumentum regni”. Por otro lado, el príncipe no puede nunca asegurarse del pueblo como enemigo, porque sus miembros son demasiados; en cambio, sí de los grandes porque son pocos. Lo peor que puede esperar del pueblo es el ser abandonado por él, pero de los grandes no debe temer solo eso, sino que se venguen de él. En efecto, dado que tienen mayor visión y astucia, en las crisis logran salvarse a tiempo, quedar incólumes y ponerse al servicio del vencedor. Aun así, el príncipe necesita vivir siempre con el mismo pueblo, pero puede no estar con los mismos grandes, haciéndose y deshaciéndose de ellos todos los días.

El consenso hegemónico se obtiene asegurando las necesidades de la vida. Siguiendo el ideal de la república romana, toda la “plebe” està llamada a ser príncipe, en el sentido de producir un “vivir civil”. Porque la política no puede ser separada del “valor” que significa actuar de manera libre y consciente, esto es de la virtud civil. A fin de cuentas, no existe una “ciencia política” general capaz de dar certidumbres. Nada está garantizado, nada es cierto, con respecto a la construcción y al logro definitivo de una buena política. Casi al término del Cap. XXV de Il principe, Machiavelli tiene una duda radical: tal vez no es verdad que un Príncipe, aunque fuese extraordinariamente virtuoso, logre cumplir la empresa que ha preparado para él. El desconcierto nace en el punto más delicado: la fortuna está en perenne “variación”, y éste es el dato de la realidad, pero será el hombre el que esté en grado de cambiar a sí mismo, quedando en sintonía con las cosas, aunque éstas cambien rápidamente. Los hombres, como tienen “rostro diverso”, posee también un diverso “ingenio y fantasía”, y, como ejemplo, Machiavelli reconduce esta disparidad a dos diversos tipos: el “impetuoso” decisionista y el prudente “respetuoso”.

Y prefiere al primero, porque es la voluntad la que actúa, es la virtud que sabe imprimir su signo en las cosas. El peso de la fortuna con respecto a la virtud sólo puede ser enfrentado e iluminado en el ámbito de la praxis, sólo se puede experimentar y medir en el trabajo de la acción, dejando en la “materia” de las cosas la propia “forma” subjetiva. Pero los seres humanos están acostumbrados a conducirse de una cierta manera y son renuentes en abandonar su modo de ser. Así ocurre que mientras los tiempos varían impetuosamente, el hombre no está en condiciones de cambiar a sí mismo. Y ni siquiera un hombre virtuoso como el Príncipe nuevo puede, saliendo de su naturaleza, seguir las vicisitudes de todos los tiempos. Porque la fortuna es árbitra de la mitad de nuestras acciones y la otra mitad corresponde al gobierno humano. Sin indicar la fuente, los cronistas han difundido la tradición que –cuando Machiavelli fue a entregar el manuscrito de Il Principe a Lorenzo, duque de Urbino, nieto de Lorenzo el Magnífico – éste se mostró más interesado en una pareja de perros de caza que le habían regalado. Verdadero o falso, el episodio quiere dejar en claro que el tiempo de los grandes políticos florentinos ya había llegado a su ocaso. Y la fortuna no estuvo de parte del creador de la ciencia política.

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