Leonor de Aquitania

Leonor de Inglaterra

“La desconocida reina de Castilla, ocho siglos después”

Hija y hermana de grandes reyes, entre ellos el mítico Ricardo Corazón de León, esta reina castellana refutó con su vida la idea de que, en el Medioevo, lo femenino se limitaba a lo doméstico. Aunque aún no hay una biografía definitiva de esta mujer excepcional, esto pronto va a cambiar gracias a una investigación financiada por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología de Chile. Para los ansiosos, aquí presentamos una primera aproximación al tema. A Leonor Plantagenet se deben muchos de los cambios culturales y políticos experimentados por Castilla durante el reinado de su marido, Alfonso VII; éstos permitieron que el reino adquiriera una condición hegemónica en la Península Ibérica. Y, al mismo tiempo que se desarrollaba como una gran gobernante, fue madre y esposa abnegada. Una mujer muy moderna, viviendo en el siglo XII.  

Leonor es el nombre que los príncipes de Asturias escogieron para su primogénita, nacida en octubre del 2005. Pero quién será algún día reina de España no fue la primera en ostentarlo con orgullo en tierras ibéricas, sino que tiene un precedente en el siglo XII: Leonor Plantagenet, reina castellana, hija de la famosa Leonor de Aquitania y del poderoso Enrique II Plantagenet —rey de Inglaterra,  duque de Normandía y conde de Anjou—, hermana de Ricardo  Corazón de León y de Juan Sin Tierra. El nacimiento de la pequeña infanta Borbón ha generado en España un renovado interés por la Leonor medieval.

Ya su nombre tiene una historia propia: la abuela de la monarca de Castilla se llamaba Aenor de Chatellerault, por eso cuando nació su hija se le conoció como “la otra Aenor” —en el latín de la época era “alia Aenor”—, de lo que derivó a Alienor. A su vez, Alienor le dio su nombre a su sexta hija con el rey inglés, nombre que “castellanizado” derivó en Leonor. Leonor Plantagenet nació hacia el año 1161, en el Castillo de Domfront, en Normandía, al norte de Francia. En 1170, cuando la niña todavía no cumplía los 10 años, fue prometida en matrimonio al rey de Castilla. Entonces tuvo que partir de la refinada corte de Poitiers, donde había sido criada por su madre entre trovadores, músicos y poetas, a Burgos, la sede cortesana del reino de su prometido. Según las crónicas de la época, la acompañó en esta larga travesía a tierras lejanas una magnífica comitiva, encabezada por el arzobispo de Toledo —primado eclesial de Castilla—, los obispos de Palencia, Segovia, Burgos, Calahorra y, en palabras de un antiguo relato, “la más exquisita flor de la nobleza de ambas Castillas, no faltando la representación de las órdenes religiosas de San Benito y el Císter, singularmente de las órdenes militares”. Por si fuera poco, a ese impresionante grupo se unían en solemne y prestigioso séquito, el arzobispo de Burdeos, los obispos de Achen, Poitiers, Angouleme,Saintes, Pirigod y Bazas, y una multitud de nobles ingleses, aquitanos, bretones y normandos. Ese impresionante cortejo tiene que haber impactado a quienes lo vieron pasar cruzando la columna pirenaica hasta Tarazona, desde Burdeos a España, donde el rey Alfonso de Castilla, junto a sus nobles y al rey de Aragón – con quien el castellano había recién acordado una alianza-, esperaba a su futura esposa, la joven princesa de Inglaterra.

Leonor llevaba los derechos sobre Gascuña, que el rey Enrique le entregaba en dote a su yerno para sellar la alianza matrimonial. A cambio de ese preciado territorio, el monarca castellano le ofreció a su mujer la jurisdicción sobre 14 ciudades, 16 castillos y las rentas de 9 puertos; a estas grandiosas arras se sumaban, según los documentos, “la mitad de las ganancias que hiciese  (el rey) a los moros desde el día de su matrimonio”, dado que en ese momento, Alfonso y los otros reyes cristianos de España  se encontraban en una intensa campaña de reconquista de la Península Ibérica, invadida desde el siglo VIII por los árabes.

La “Crónica de Veinte Reyes” coincide con otros relatos al retratar a Leonor como una esposa amable, “muy amiga de su marido” en palabras de un relator anónimo, y cuentan que la relación conyugal entre ambos fue cercana y fructífera. Esto es notable, dados

los antecedentes de ambos: la turbulenta y odiosa relación que sostuvieron por mucho tiempo los padres de Leonor, el temprano orfanato de Alfonso que no conoció padre ni madre, y considerando que los matrimonios entre nobles en esta época —y más aún entre futuros reyes—, se concertaban por conveniencia política, lo que no fue la excepción en este caso. Algunos relatos han pintado un cuadro menos idílico: según unas crónicas encomendadas por Alfonso X y Sancho IV en la segunda mitad del siglo XIII, el rey Alfonso VIII habría compartido amorosamente en Toledo, por mucho tiempo,con una judía de nombre Fermosa, conocida también como Raquel. Cuentan que: “fue satisfecho por una judía…y se olvidó de su mujer; y encerrándose con ella durante largo tiempo, tanto que no la podía dejar de ninguna manera, ni le importaba otra cosa alguna; y estuvo encerrado con ella poco menos de siete años, y no se preocupaba de sí, ni de su reino, ni de ninguna otra cosa.” Sin embargo, la falsedad de estos relatos tardíos ha sido denunciada por más de un trabajo erudito como un intento siniestro para deshonrar la memoria del rey Alfonso,mientras otros estudios históricos ni siquiera los han estimado dignos de consideración.

La “Crónica General de España” afirma que la reina fue “muy  amable a su marido el Rey” y la “Crónica de Veinte Reyes” narra que “don Alfonso, haciendo su vida buena y muy limpia con su mujer Leonor, tuvo con ella hijos los cuales a ustedes contaremos”. A lo largo de 44 años de feliz matrimonio nacieron 12 hijos: las infantas Berenguela, Sancha, Mafalda, Urraca, Blanca, Constanza y Leonor, y los infantes Sancho, Fernando, Enrique; además, hubo otros 2 hijos de los que no sabemos prácticamente nada porque  murieron al nacer. Sancho, el primer hijo hombre, solo vivió unos meses, mientras que Sancha apenas alcanzó a vivir 2 años y, por ello, también es muy poco lo que sabemos de ellos. De los otros hijos tenemos abundantes fuentes, no sólo porque vivieron más tiempo, sino además porque Alfonso y Leonor se preocuparon de su futuro político con dedicación e inteligencia.

La reina se esmeró en la educación de sus hijos, tal como su madre Leonor lo había hecho con ella. Testimonio de que este esfuerzo rindió frutos es, tal vez, la fama de santidad que alcanzaron dos de sus nietos, San Luis IX de Francia —hijo de Blanca— y San Fernando III de Castilla-León —hijo de Berenguela—. La narración de la “Crónica Latina de los Reyes de Castilla” deja constancia del amor que Leonor sintió por sus hijos y de la dedicación con que habría asumido su maternidad. Cuando su hijo Fernando falleció en 1211, el anónimo relato señala que “la reina se metió en la cama donde yacía su hijo; besando su boca y colocando sus manos entre las suyas, intentó incluso revivirlo o morir con él”.

Probablemente el efecto más significativo que tuvo la madre sobre la posición de sus hijos y su familia en el concierto europeo se deba al gran peso que tenía la familia angevina de Leonor sobre los destinos del continente. La reina llegó a Castilla dotada de una influencia política claramente más decisiva que la de su esposo, lo que le permitió gestionar acuerdos matrimoniales entre su descendencia y las principales dinastías europeas. Con ello, la estirpe de Leonor quedó instalada en las principales casas reales de la Europa del siglo XIII.

Berenguela, la mayor, se casó con Alfonso IX, rey de León. Ello significó el vasallaje y subordinación de éste a su suegro, Alfonso de Castilla; algo importante si se considera la hegemonía que pretendió alcanzar Fernando II —padre de Alfonso IX— sobre el reino de Castilla cuando, durante la minoría de su sobrino Alfonso VIII, el territorio era gobernado por regentes. La infanta Urraca se unió en matrimonio a Alfonso II de Portugal, Blanca con Luis VIII de Francia y Leonor con Jaime I de Aragón. Fernando moriría a los 22 años y Enrique sucedió a su padre Alfonso en el trono de Castilla.Constanza, mientras tanto, fue la abadesa del poderoso monasterio cisterciense de Las Huelgas, fundado en Burgos a instancias de su madre. Este monasterio es prueba del patronazgo religioso que asumió Leonor y del rol que cumplió como promotora de la reforma cisterciense en España. Además, tratándose de una orden de origen francés, este patrocinio fue una clara manifestación del carácter europeo que, producto de su iniciativa, iría adquiriendo Castilla bajo su reinado.

La presencia de la reina supuso una apertura política de Castilla hacia el reino más poderoso de Europa y una alianza estratégica con Enrique de Inglaterra, el monarca de mayor prestigio en ese momento. En ese sentido, Leonor parece haber cumplido una función determinante en la “europeización” que experimentó el Reino de Castilla durante el reinado de Alfonso VIII. Además de su aporte político, la reina parece haber participado en dos de las más notables obras del reinado de Alfonso VIII: la fundación del Hospital del Rey en Burgos y en la del Estudio General de Palencia. El hospital acogía a los peregrinos que viajaban a Santiago de Compostela y hasta el día de hoy puede apreciarse parte de sus antiguas dependencias. La escuela de Palencia es, según muchos historiadores, la primera universidad española, aunque gozó de corta vida y sus maestros se trasladaron a Valladolid.

Siguiendo los pasos de su madre, y honrando la educación que recibió de ella mientras crecía en el ámbito cortesano que imperaba en Poitiers, la reina Leonor trajo consigo tradiciones culturales que eran desconocidas hasta entonces en la corte castellana. Aunque hay poca información al respecto, ella indica que la presencia de Leonor habría empapado la corte de Burgos con la elegancia y sofisticación literaria de las cortes extranjeras. ¿Habrá cargado por sobre los Pirineos hasta tierras castellanas la épica del Rey Arturo, que en tantas ocasiones habría animado las sesiones cortesanas  en Aquitania? Es difícil de saber hasta qué punto la influencia de la familia real inglesa entró en Castilla con Leonor, pero los versos del trovador Ramón Vidal de Bezalú pintan una escueta imagen de lo que podría haber significado el influjo Plantagenet en la corte de Alfonso VIII: “Y cuando el rey había convocado a su corte,tanto caballero, barón rico, y juglar, y la compañía se había reunido, entonces vino la reina Leonor modestamente vestida en con un manto de material fino, rojo, con bordes plateados, con leones dorados. se inclina ante el rey y cerca de él toma asiento.”

Los leones dorados mencionados por el trovador son los leopardos que, sobre un fondo de gules, componían las armas heráldicas del rey de Inglaterra. Es precisamente en este período, y probablemente por influencia de Leonor, que el monarca castellano adoptó por primera vez, un escudo real, compuesto por un castillo dorado sobre un fondo de gules, usando los colores emblemáticos de  su suegro y manifestando, tal vez, el carácter familiar de la alianza. Según la historiadora Régine Pernoud la corte castellana era frecuentada,además de Ramón Vidal, por muchos otros artistas extranjeros que animaban la escena cultural. Cuando la ya envejecida Leonor de Aquitania visitó a su hija en el año 1200 para concertar el matrimonio entre su nieta Blanca y Luis VIII de Francia, ésta debe haber gozado con nostalgia del sofisticado ambiente artístico de la corte que, tanto en Burgos como en Toledo, entretenía y encantaba a los asistentes como antaño en la corte de Poitiers. La incipiente actividad artística en las cortes de Castilla deja también de manifiesto un importante fenómeno cultural y social que comenzaba a gestarse en la Europa del siglo XII: la decisiva participación de mujeres nobles en la promoción y desarrollo de las artes. Además, la visita de la duquesa de Aquitania no sólo revela la intensa actividad cortesana que se practicaba gracias a su hija en Castilla, sino que también da cuenta de la importancia política que iba adquiriendo este reino ibérico en el escenario diplomático de Europa.

Leonor murió a los 53 años en su querida Burgos, el 31 de octubre del año 1214; sólo 25 días antes había fallecido su esposo, Alfonso VIII, rey de Castilla. Desde entonces sus sarcófagos han estado unidos por la piedra sepulcral en el Real Monasterio de Santa María de las Huelgas (Burgos) sumando 800 años a los 44 años de su feliz —y fructífera— unión conyugal.

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