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Palabra y ejemplo en la educación

No por engendrado el hombre tiene, por eso, todo lo que tiene que tener para ser llamado hombre perfecto. Es hombre, pero hombre imperfecto. Su indigencia tanto física como espiritual exige que sea ayudado por los padres –los mismos que lo han engendrado–  a alcanzar el estado de ser humano pleno y perfecto, debe ser ayudado por otros a ser un hombre bueno y feliz. 

Esta actividad mediante la cual los padres ayudan a sus hijos a vivir bien, es la que llamamos educación, la cual, de acuerdo a lo dicho, sigue a la generación y, por tanto, puede ser descrita como una “segunda generación”. Por eso, si la generación da la vida, la educación da la vida buena o, lo que es lo mismo, la vida humana plena. Y para realizar esta actividad los padres cuentan con dos instrumentos fundamentales, que desde luego no son ni internet, ni las consolas de videojuegos, ni ningún artilugio de la tecnología moderna. Nos referimos, en cambio, a algo connatural al ser humano, a saber, la palabra y al ejemplo. Y a ellos nos referiremos en esta oportunidad. 

La educación da vida plena y perfecta. Pero, hay que entender que la vida humana no es cualquier modo de vida, sino  vida según la razón, según el logos, según la palabra. Decía Aristóteles que “el hombre es el único viviente que tiene palabra”;  y en otro lugar afirmaba el Filósofo: “los animales viven de recuerdos e imágenes, mientras que el hombre vive del arte y de la palabra”. De tal manera que la convivencia humana, tanto la que se da en la comunicación íntima de vida en la familia o entre amigos, como la que se hace presente en cualquier ámbito de la vida social, encuentra su fundamento en la palabra por la que el hombre hace fecunda su vida. 

Si el hombre no vive de la razón, no vive como hombre y por tanto, no puede alcanzar su realización. La educación, por tanto, que se dirige a perfeccionar esa vida humana, esa vida racional, debe tener su origen en la palabra. En efecto, dice Enrique Martínez, “el hombre se convierte en maestro cuando le dirige a otro hombre una palabra manifestativa del ser, expresándole la realidad en tanto que entendida”. Los padres son educadores porque ellos, precisamente por ser padres y no por haber leído el libro de moda, son educadores de sus hijos, porque son ellos los que pueden decirle las palabras que el hijo requiere. Esto es preciso recalcarlo porque no suele ser muy entendido en nuestros días. Y es que muchas veces se piensa que para educar se requiere de alguna ciencia o revelación especial, cuando en realidad, lo que anhelan los hijos es a sus padres y no a expertos en materias educativas o psicológicas. Los padres, por el hecho de ser padres y de amar a sus hijos como si fueran parte de ellos mismos, por el hecho de asumir que engendrado el hijo, ahora han de vivir enteramente para ellos, son quienes pueden decirles aquellas palabras que le den sentido a la vida. Sólo los padres pueden contarles a los hijos a través de sus palabras, que son valiosos, que valen por lo que son, que vienen del amor y están hechos para el amor. De tal manera que el medio adecuado para causar la educación, la ciencia y la virtud en el hijo es la palabra de los padres; y en el discípulo, la palabra del maestro. 

Ahora bien, esa palabra con la que los educadores cuentan, evidentemente que no es la palabra exterior. No es el sonido que proferimos al hablar. “Me esfuerzo en convencerte, si puedo, le decía San Agustín a su hijo, de que mediante esos signos que reciben el nombre de palabra, no aprendemos nada”. No por hablar se educa, ni se enseña. Es cosa de ver a tantos “opinólogos” que en nuestros días hablan hasta por los codos, pero en muy pocos casos, nos enseñan algo. La palabra exterior es sólo el envoltorio de algo más profundo. Si no se “envuelve algo”, entonces las palabras son huecas, vacías. Lo profundo que se transmite es lo que hay en el interior del educador, es aquella palabra interior en la que el educador ha entendido la realidad. Cuando el hombre entiende, forma en ese acto una palabra donde dice para sí lo que ha entendido. Esa palabra o concepto es el modo que tiene el hombre de hacerse con la realidad, de poseerla, de interiorizarla. Y es esa palabra en la que se entiende la realidad, la que es preciso “envolver”.  

Por eso insistía San Agustín: “Cuando hablo, a las mentes hablo; visible por mi cuerpo percibo rostros visibles, pero gracias a lo que veo dirijo la palabra a lo que no veo. Dentro llevo la palabra concebida en el corazón y quiero que se presente en tus oídos lo que en el corazón he concebido, quiero decirte lo que está dentro, mostrarte lo oculto, busco como poder llegar a tu mente. Primeramente encuentro a modo de puerta tus oídos y porque no puedo llevarte la invisible palabra que en el corazón he concebido, le suministro a modo de vehículo, el sonido. Mira, latente está la palabra, patente el sonido; cargo lo latente sobre lo patente y llego al oyente; y así la palabra sale de mí, viene a ti y no se ha apartado de mí”. 

Los conceptos en los que entendemos la realidad, son también llamados “verbo mental” o “palabra interior” y sin ella no es posible educar, puesto que si lo que decimos no expresa lo que tenemos en el corazón, serán palabras vacías, será hablar por hablar. No se educa por lo que se dice, sino por lo que uno concibe en su corazón. Y si uno no ha concebido nada en su interior, vana será su actividad educativa. Por eso que la palabra del padre y de la madre que aman son formativas, por eso las palabras del maestro que sabe lo que dice son formativas, si uno las escucha, claro está y las hace suyas. Por eso los apóstoles preguntaban a Cristo: “A quién iremos. Sólo tú tienes palabra de vida eterna”.  

 Junto a la palabra y en íntima relación con ella, para educar la vida humana –especialmente en lo que respecta a la formación moral– los padres y el maestro cuentan con el ejemplo. Lo que se llama ejemplo, no se reduce a formular un caso en el que se cumple o verifica claramente una ley general, sino que es una acción o situación moralmente imitable. Es algo más bien ejemplificante en la medida en que de algún modo tiene la índole de causa. Por otra parte, no es un dicho, sino un hecho, pues aunque a veces pueda ser ejemplar decir algo, es el hecho mismo de decirlo lo que es imitable. 

La enseñanza se realiza por medio de la palabra. El ejemplo, en cambio, no consiste tanto en decir, cuanto en el hacer. Ahora bien, este hacer tiene la condición o cualidad de imitable, es digno de imitación y además mueve a ella, por lo cual posee eficacia para la conducta de otros hombres, que son los que lo ven. Por tanto, el ejemplo debe considerarse como un cierto modo de enseñar, como un enseñar activo y no verbal, incluso si la intención del que lo hace no haya sido darla. 

El ejemplo ciertamente que no es una palabra pero, no obstante, la supone. El ejemplo no consiste en exponer unas razones, pero ellas están virtualmente contenidas en él, porque las suscitan en quien ve el ejemplo, en tanto, no se limita a verlo, sino que razona sobre él, considerándolo como la expresión empírica del modo de pensar de quien lo protagoniza. La conducta exterioriza lo que el hombre estima como bueno, y en la medida que el educando lo ve y lo estime bueno para él, lo imitará. Y así tenemos que aunque el ejemplo sea menos próximo a la intención formativa, es sin embargo, más eficaz. Así dice Santo Tomás: “Porque en lo que concierne a las acciones y pasiones humanas se cree menos en las palabras que en las obras, con lo cual si alguien pone en práctica algo que dice ser malo, más provoca con el ejemplo que disuade con la palabra”. Porque el ejemplo es más convincente que las palabras, en caso de conflicto prevalece más aquél que éstas. En otro lugar afirma Santo Tomás en el mismo sentido que “cuando las palabras de alguien disuenan de las obras que en él se manifiestan de una manera sensible, tales palabras dejan de ser dignas de crédito, y en consecuencia, viene a quedar sin valor la verdad en ella expresadas”.

Es preciso recordar cuando se trata del ejemplo, que serlo no significa carecer de imperfecciones y no equivocarse nunca. Es preciso ser un ejemplo posible de imitar. Un padre que aparezca como perfecto, sin mácula, que no se equivoca nunca, es para un niño que suele equivocarse un ejemplo imposible y tenderá a buscar otros. Las caídas son muy formativas, cuando se muestra el hijo que pese a ellas se sigue anhelando la virtud y la perfección.  

En definitiva, hay que decir que los hechos son en cuanto enseñanza, superiores a los dichos, no porque realmente enseñen más que éstos lo que se debe hacer, sino porque merecen un crédito mayor, en cuanto, signos de lo que de veras piensa el hombre que los hace. Esto no hace innecesaria la enseñanza mediante las palabras de lo que debe hacerse, sino que ambos, doctrina y ejemplo, palabra y ejemplo, deben ir de la mano. Deben ser concordes entre sí para que haya verdadera formación educativa. 

La sociedad actual ha reemplazado las palabras por las imágenes y los ejemplos de nobleza moral, brillan por su ausencia. Por eso, en este nuevo año académico que comienza, bien vale hacerse el propósito de ser verdaderos ejemplos de bondad para nuestros hijos y dedicarles más tiempo para decirles esas palabras que surgen del corazón bien formado. 

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