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Recuperar el ocio

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959) se ha convertido en un fenómeno editorial gracias a su mirada fresca y actual sobre los pensadores clásicos europeos, especialmente alemanes. Él ha dicho que su fascinación por la filosofía nació de su lento ritmo de lectura cuando era un estudiante extranjero en Alemania, país al que llegó sin conocer el idioma. Esa velocidad parece ser lo que le ha permitido profundizar sobre autores como Heidegger (su tesis doctoral versa sobre su obra) o Hegel. Es también desde ese ritmo que cuestiona la aceleración de la sociedad contemporánea, a través de una decena de ensayos publicados originalmente en alemán y traducidos al español por editorial Herder (distribuidos en Chile por Liberalia).

El más popular de sus libros es La sociedad del cansancio, en que detalla cómo la explotación clásica del trabajador se ha convertido en autoexplotación, es decir, cada uno de nosotros ha internalizado que solo vive para trabajar y que su propio valor radica en cuánta riqueza genera. En otros libros, como La agonía del Eros o La expulsión de lo distinto, aborda las consecuencias de la estandarización de las maneras de ser humano, al punto de aniquilar la singularidad y convertir el placer en una forma de represión.

Su último libro, Buen entretenimiento, muestra cómo en el trascurso de los últimos siglos el ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada, en una insoportable forma vacía del trabajo. Para desarrollar esta reflexión, Buen entretenimiento está organizado en diez capítulos que pueden ser leídos como ensayos individuales. En el primero, “Dulce cruz”, el autor explica cómo la idea de “entretenimiento” ha cambiado a lo largo del tiempo, y lo ejemplifica con el caso de Bach y su obra “La Pasión según san Mateo”: si bien hoy se le considera música docta, en el momento de su presentación (el Viernes Santo de 1727 en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig) fue criticada porque se le consideró “operática” y en ese sentido, “entretenida”, alejada del espíritu de contrición que debiera generar la música sacra. Esta dicotomía serio/entretenido marcó también la crítica musical en el siglo XIX: en el capítulo “Sueños de mariposas” se recogen los comentarios contra Rossini por ser demasiado “entretenido”, sinónimo de liviano y frívolo. Por ejemplo, E.T.A. Hoffmann (autor de El cascanueces y el rey de los ratones) habla sobre la “limonada rossiniana” y se pregunta: “¿Cómo ha podido suceder que aquel gusto degenerado haya encontrado tantos seguidores incluso en Alemania, donde el arte solo cuenta la verdad y la seriedad?”. En el capítulo “Sobre el lujo” ahonda en la relación entre entretenimiento y lujo, entendido como un consumo que excede las necesidades naturales del hombre. La “pura diversión” es, como se advierte, un lujo accesible sólo para quienes ya tienen cubiertas sus necesidades básicas. Este vínculo se hace patente con el desarrollo económico de las sociedades europeas. Nietzche afirma que “el lujo es humillante para el hombre del conocimiento”, pues representa una vida “distinta de la vida sencilla y heroica”.

En el capítulo “Satori” se observa cómo esta dicotomía entre espíritu –que se correspondería con el arte y la filosofía– y sensorialidad –asociada a la diversión– es propia de Occidente y no de Oriente. El ejemplo es el haiku, el poema breve japonés, que en Occidente ha sido interpretado inequívocamente como una muestra de la concisa profundidad del budismo zen. El haiku es esto y al mismo tiempo, escribe Byung-Chul Han, es un juego de  palabras, una forma de entretenimiento muy popular en Japón, usualmente provista de una buena dosis de humor. En esa cultura no existió históricamente la oposición entre arte elevado y popular: la división llegó con la occidentalización.

Kant, si bien mantiene la distinción entre lo sensorial (lo ameno) y lo sublime (lo bello), reivindica el valor del entretenimiento. A la afirmación de Voltaire, expresada en la Crítica del juicio, “El cielo nos había dado dos cosas como contrapeso a las muchas penas de la vida: la esperanza y el sueño”, Byung-Chul Han explica que “Kant quiso agregar una tercera: la risa. También podría haber dicho el buen entretenimiento, pues justamente en el apartado que versa sobre el juego y el entretenimiento Kant reflexiona sobre la risa y su efecto positivo”. Kant lo percibe como un efecto corporal, terapéutico, no cognoscitivo. Byung-Chul Han se aleja de esta línea porque afirma que el entretenimiento, el juego, la risa y el ocio sí tienen efectos cognoscitivos: “La risa, que es causada por una desviación de lo habitual, restituye y afianza precisamente lo habitual. (…) Y reírse de lo distinto siempre significa una confirmación de lo propio, de lo conocido y de lo que nos resulta familiar. Por eso el entretenimiento que divierte se produce también en un nivel cognoscitivo, es decir, en un nivel del sentido”.

Hacia el final del libro, el filósofo desentraña el problema del entretenimiento en la sociedad actual: dada la obsesión contemporánea por el rendimiento (es decir, que cada individuo produzca el máximo posible), se ha instalado la idea de que no puede existir entretenimiento por sí solo. “Como tantos otros fenómenos, el entretenimiento comenzó en el siglo XVIII, porque solo en el siglo XVIII surgió la diferencia entre trabajo y ocio en sentido moderno”, explica el filósofo. “Lo peculiar del actual fenómeno del entretenimiento consiste más bien en que rebasa con mucho el fenómeno del ocio (…) También la información puede ser entretenida, e incluso el saber y el trabajo, y hasta el propio mundo”. Sin embargo, este aparente predominio del entretenimiento es engañoso: “Sí incluso el trabajo mismo tiene que ser entretenido, entonces el entretenimiento se desprende por completo de su referencia a aquel ocio como fenómeno histórico”. Es decir, el entretenimiento ya no es libre: “Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido”.

En el mundo actual todo es entretenimiento, pero a la vez todo es rendimiento. En una entrevista publicada en febrero pasado por el diario español El Mundo, Byung-Chul Han ahondó en esta idea: el individuo se “entretiene” consumiendo como si fuese una obligación “estar al día”: maratones de series televisivas, redes sociales, libros, dejan de ser experiencias ociosas y libres para convertirse en deberes. “El tiempo laboral se ha totalizado hoy convirtiéndose en el tiempo absoluto. Y si resulta que nuestro tiempo vital o la duración de nuestra vida coincide por completo con el tiempo laboral, como en parte está sucediendo ya hoy, entonces la propia vida se vuelve radicalmente fugaz”, advirtió. No se trata solo de la aceleración, sino por sobre todo de la falta de sentido: “A la actual crisis del tiempo yo la llamo “discronía”. El tiempo carece de un ritmo que ponga orden, carece de una narración que cree sentido. El tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes puntuales. Ya no es narrativo, sino meramente aditivo. El tiempo se atomiza. En un tiempo atomizado tampoco es posible una experiencia de la duración. Hoy cada vez hay menos cosas que duren y que con su duración den estabilidad a la vida. El tiempo ha perdido hoy su fragancia. A la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse. Ya no es posible experimentar un tiempo pleno. A causa de esta falta de tranquilidad nuestra civilización se está tornando una barbarie”.

Un ocio significativo debiera, entonces, hacer posible recrearse y vivir una experiencia de la duración. “El tiempo festivo es un tiempo en el que la vida se refiere a sí misma, en lugar de someterse a un objetivo externo”, afirmó en esa conversación. La propuesta de Byung-Chul Han se observa en cada uno de sus libros y en su mirada global como intelectual, al dedicarse al estudio de la filosofía en una época en que pareciera que ya pocos se interesan por desarrollar esa discusión. En la entrevista con El Mundo explicó que, por el contrario, estamos en una época en que la reflexión filosófica se hace crucial: “Hoy se elimina todo lo que no reporta un provecho inmediato, es decir, económico. Se renuncia a la formación integral a cambio de la formación profesional. Renunciar a la filosofía significa renunciar a pensar.

La filosofía es un pensamiento meditativo, que se distingue del pensamiento calculador. Hoy el pensamiento se asimila cada vez más al cálculo. El pensamiento calculador da continuidad a lo igual. La palabra alemana para meditar, sinnen, “darle vueltas a algo”, significa originalmente “viajar”. Por tanto, en un sentido enfático, pensar es dar vueltas, viajar. Es estar en camino hacia otro lugar. El pensamiento meditativo y filosófico es el único capaz de engendrar algo totalmente distinto. Hoy vivimos en un infierno de lo igual. Para este infierno de lo igual resulta un peligro el pensar, la filosofía, porque interrumpe lo igual a favor de lo totalmente distinto, es más, a favor de una forma de vida totalmente distinta. Por eso es precisamente en el infierno de lo igual donde habría que introducir la filosofía como asignatura obligatoria, en lugar de eliminarla. De lo contrario, solo prosigue lo igual. La revolución empieza con el pensamiento”

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