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  • El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católico conservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    El tiempo develará lo que astutos planes esconden…(Time shall unfold what plighted cunning hides…) – Cordelia (King Lear, I,1.282)

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católicoconservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    Diversos autores, en distintas épocas, han propuesto que  Shakespeare era católico. G.K. Chesterton, por ejemplo, pensaba que la evidencia apuntaba a esta conclusión, aduciendo a que el “sentido común convergente” que llevara a pensar en que el poeta fuera un católico estaba “apoyado por algunos hechos externos y políticos de nuestro conocimiento”Se desprende de esta declaración que Chesterton, estaba al tanto de la considerable evidencia textual e histórica, acumulada por el erudito shakesperiano del siglo XIX, Richard Simpson, que apoya la tesis del catolicismo de Shakespeare.

    Sin embargo, Simpson no fue el primer erudito en concluir que había suficiente evidencia para aseverar que Shakespeare habría sido católico. En 1808, el escritor francés, Francois René de Chateaubriand, ya declaraba que “de tener alguna religión, la de Shakespeare era la católica. El mismo Thomas Carlyle escribió en su momento que “la era Isabelina, con Shakespeare incluido, es el resultado del florecimiento de todo lo que la precediera, es decir, que en sí es atribuible al catolicismo de la Edad Media”. Carlyle, gran contemporáneo de John Henry Newman, era todavía más enfático respecto de esta dimensión católica, agregando que Shakespeare “tiene tan poco de protestante en él, que los católicos han podido,sin extravagancia, proclamarlo como uno de los suyos”. A su vez, Hillaire Belloc, haciendo eco de Newman, insistía en que “las obras de Shakespeare habían sido escritas por un hombre con los hábitos mentales indudables de un católico”.

    Estos grandes escritores de la era victoriana y eduardiana, habrían percibido el catolicismo de Shakespeare en la visión moral que emerge de sus obras. Al contrario, “eruditos” modernos, ciegos a esta dimensión moral de las obras de Shakespeare, las han malinterpretado en forma habitual. En vez de ver la evidencia de la tradición moral cristiana, ven las obras como un reflejo de sus propios prejuicios fundamentalistas seculares. Por eso, hay que re-descubrir al verdadero Shakespeare y las creencias que el sostenía para, de una vez, exponer el abuso literario que se ha hecho de sus obras. Afortunadamente, un cuerpo sólido de erudición histórica reciente ha contribuido de forma significativa a considerar “los hechos externos y políticos”, conocidos por Chesterton y sus contemporáneos. Así, las aseveraciones de Carol Curt Enos en su reciente libro “Shakespeare and the Catholic Religión” (“Shakespeare y la religión católica”) contienen una confianza adicional a la de Chesterton en el énfasis de que “cuando las muchas piezas existentes del rompecabezas de la vida de Shakespeare se ensamblan, es muy difícil no ver su catolicismo”. Cada pieza, pacientemente ubicada en su lugar, nos revela una imagen objetivamente verificable del autor de estas magnas obras, y ese hombre emerge como un católico creyente, en una época en que los católicos eran ferozmente perseguidos por su fe.

    Examinemos la evidencia:

    La investigación sobre la vida de Shakespeare comienza con la evidencia innegable del catolicismo desafiante de su familia. Mucha de la erudición histórica en los años recientes se ha centrado en el legado espiritual de John Shakespeare, el padre del poeta, que claramente demuestra su buena fe católica y manifiesta su intenso deseo de morir como católico, en buena fe y en conciencia. El ítem IV es de especial interés: en él enuncia su deseo de recibir los últimos sacramentos de la iglesia, con la esperanza que este deseo fuera suficiente en caso de que no hubiera un sacerdote disponible para ejecutarlos en el momento de su muerte. Hay que recordar que en tiempos de John Shakespeare, de amplia persecución anticatólica, el proteger o refugiar a un sacerdote era penado con la muerte; por eso, era más que probable que no hubiera un sacerdote disponible para los católicos agonizantes. Es en este contexto oscuro de persecución, con nubes de incertidumbre pendiendo sobre los católicos, que debería ser interpretado el desafiante deseo de John Shakespeare de tener la extremaunción.

    Otros párrafos en el testamento de John Shakespeare, lamentan y expresan remordimiento por “cualquier murmuración en contra de Dios o la fe católica” y ofrece “gracias infinitas” a Dios por los beneficios recibidos, incluyendo “el sagrado conocimiento de ÉL y la verdadera fe católica”. La evidencia que John Shakespeare permaneció como católico desafiante, en medio de la amplia persecución anticatólica del estado isabelino, ha obligado a los eruditos modernos a aceptar que William Shakespeare fue criado como un católico creyente. Esto además es respaldado por el hecho de que John Shakespeare tuvo problemas con la ley debido a su compromiso irrestricto con la resistencia católica: en 1592 fue multado por su falta de sumisión, al negarse a asistir a los servicios anglicanos. Hay que agregar que la madre de Shakespeare, era miembro de una de las familias católicas más desafiantes en toda Inglaterra, la familia Arden.

    Shakespeare, ¿un católico en Londres?:

    Si este mar de evidencia ha obligado a la mayoría de los eruditos a aceptar que Shakespeare fue criado y educado en una familia católica, hay algunos que insisten que Shakespeare habría perdido su fe después de ir en busca de fortuna a Londres. Esto es altamente conveniente para los eruditos seculares, ya que les permite ver cualquier influencia católica en las obras como un rezago de la fe de niño que el poeta habría rechazado más tarde. Desafortunadamente para estos eruditos, los hechos de la vida de Shakespeare sugieren que él se mantuvo fiel a sus creencias católicas durantes sus años en Londres y que este apego a la fe habría influenciado sus obras. De nuevo, examinemos la evidencia.

    Antes de llegar a Londres, Shakespeare habría sido profesor en un hogar profundamente católico en Lancashire, y hay evidencia también de que tuvo que escapar de Stratford para evitar ser arrestado por Sir Thomas Lucy, un notorio perseguidor de los católicos. Una vez en Londres, su benefactor, el Earl of Southampton, era un devoto católico, cuyo confesor era el jesuita San Robert Southwell. Existe vasta evidencia documental que demuestra que Shakespeare y Southwell eran amigos desde antes que este último fuera arrestado en 1592. Southwell fue repetidamente torturado durante su prisión en la torre de Londres, ahorcado y cuarteado en Tyburn en 1595; más tarde fue canonizado como uno de los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales. Además, Shakespeare conoció a otro mártir jesuita, San Edmund Campion, y es probable que también conociera al martirizado sacerdote Robert Dibdale, quien fue más tarde beatificado por la iglesia como mártir.

    Si Shakespeare tenía amigos sacerdotes, sabemos también que tenía enemigos entre quienes perseguían a los católicos. Registros  de las cortes demuestran que Shakespeare estuvo involucrado en una disputa legal con William Gardiner. Éste era un Juez de Paz de un carácter particularmente deshonroso, quien “habría cometido fraude en contra de la familia de su esposa, en contra de su yerno y de su hijastro; que además persiguiera a sus vecinos y explotara a sus arrendatarios”. Gardiner y su igualmente deshonroso hijastro, William Wayte (“un cierto tipo suelto sin valores ni responsabilidad, enteramente a merced de las órdenes de Gardiner”), interpuso un recurso de protección, buscando una orden que garantizara la paz y seguridad. Esta orden nombraba a William Shakespeare, Francis Langley, Dorothy Soer, esposa de John Soer y de Ann Lee, y pedía protección por temor a ser asesinado por estas personas y otras cosas por el estilo. Si bien es cierto que algunas fuentes hablan de que Shakespeare fue demandado por asaltar físicamente a William Wayte, esto es poco probable. Que se sepa, Shakespeare no tenía un carácter violento, y el que dos de los acusados fueran mujeres casadas, sugiere que cualquier “violencia” aplicada en contra de Wayte habría sido efectuada con la lengua o la pluma, pero no con otra parte de la anatomía humana o implemento cualquiera. Sea como fuere, este curioso caso legal nos entrega una visión clara de la clase de personas a quienes Shakespeare consideraba amigos y enemigos en 1596.

    Es interesante, por ejemplo, que Ann Lee fuera la esposa del insumiso y rebelde Roger Lee, en cuya casa muchos sacerdotes proscritos encontraron refugio; y que una denuncia hubiera sido hecha en contra de la misma Ann por asistir a misa, y por haber ayudado al jesuita John Gerard a esconderse de las autoridades. Más curioso aún es el temperamento de su enemigo, William Gardiner. A este se le habría acusado por sus contemporáneos de ser “poco cristiano”, irreligioso”, “pagano”, e “impío”; y hombre de “opiniones extrañas”. Algunos lo consideraban un ateo, mientras que otros creían que era brujo o alquimista. En un pleito legal en 1588, se le acusaba de “magia, brujería….y de tener opiniones irreligiosas”. Así y todo, Gardiner podía estar seguro de que nunca sería acusado de ser católico. Aunque fuera puritano, ateo o brujo, todo el mundo sabía que no era “papista”, sobre todo porque tenía reputación de persecutor de la comunidad católica de Londres, a la que pertenecía Shakespeare.

    El virulento anti catolicismo de Gardiner se ha manifestado para la posteridad en un informe que le envió al consejo privado de Isabel en enero de 1585, en el que documentaba un allanamiento a una morada católica de Londres. Allí, Gardiner manifiesta vehemente su “anti papismo”, y entrega una visión bastante completa de quien Shakespeare considerara un enemigo. Shakespeare se vengaría tanto de Gardiner como de Wayte al insertarlos en “The Merry Wives of Windsor” (Las felices doncellas de Windsor), y en la segunda parte de “Henry IV”(Enrique IV) como los personajes del juez Shallow y de Slender, respectivamente. Ambas obras fueron estrenadas en 1597, por lo que es probable que el Juez Gardiner, quien murió en Noviembre de ese mismo año, hubiera alcanzado a enterarse de la “dramatización” de la venganza de Shakespeare.

    En los estertores del reino de Isabel, Shakespeare se vio envuelto en una obra controversial acerca de Tomás Moro, quien más de sesenta años antes había sido martirizado por su fe católica bajo las órdenes del padre de la reina, Enrique VIII. No es sorprendente que la obra fuera suspendida por Sir Edmund Tilney, jefe de los Calaveras y el censurador oficial de Isabel. A décadas de su muerte, Tomás Moro aún era una “papa caliente” que no sólo tocaba el nervio de Isabel —cuyo padre tenía la sangre del mártir en sus manos—, sino también de todo el reino. Moro había sido ejecutado por el monarca por negarse a comprometer su conciencia católica en el altar maquiavélico de la “realpolitik”, convirtiéndose así en modelo para Campion, Walpole, Southwell y muchos otros que sufrieron una suerte semejante durante el reino de Isabel. Por ende, cualquier retrato positivo de Tomás Moro, se veía como una condena peligrosa de los gobernantes del momento.

    La obra había sido escrita por Anthony Munday, pero Shakespeare se habría involucrado personalmente en su proceso de producción y revisión. El manuscrito original aún existe, y contiene correcciones al original de Munday que se cree fueron hechas por Shakespeare. Al parecer Shakespeare habría tratado de enmendar el trabajo para lograr su paso por la censura. Estas enmiendas claramente ilustran la simpatía de Shakespeare por Moro, y su convicción de que habían lecciones que sacar para su época de su santo ejemplo.

    Evidencia adicional de la admiración del poeta por Moro es discernible en el Soneto 23, en el que utiliza el mismo juego de vocablos con el nombre de Moro que usó en sus correcciones a la obra de Munday. Si la palabra “more” (“más”) aparece en la duodécima línea del soneto con mayúscula (“More than that love which More hath more expressed”), el soneto es transfigurado en un homenaje al santo: Shakespeare contrasta su propio imperfecto (unperfect) amor, debilitado por el miedo y la ira, con el amor santo “que [M]ore había expresado” (“[M]ore hath more expressed”). También aparece una alusión sublime a la misa como “la perfect ceremonia del derecho al amor” (“the perfect ceremony of love ́s right”), reforzado por el juego de vocablos de “right (derecho) / rite (rito)”; así, ilustraba un profundo entendimiento teológico de la misa como la “ceremonia perfecta” y “el rito del amor” (love ́s rite”). Abriendo aún más este seductor soneto, vemos que el poeta lamenta de no estar presente en esta “perfecta ceremonia” tan a menudo como quisiera, “por temor (falta) de confianza”, quizás como referencia a los espías que acudían a estas misas secretas para reportar los nombres de los “papistas” y entregar a los sacerdotes a las autoridades. Sin tener el heroico amor de auto sacrificio, que podía llevar a la muerte —como en el caso de Tomás Moro—, el poeta desea que “sus libros” sean “su elocuencia”, los “mudos presagios de su elocuente pecho”. Las últimas dos líneas son sin duda dirigidas a sí mismo y al lector, rogándole a este último que “aprenda a leer” en sus obras lo que el amor del poeta, silenciado por el miedo, no se atreve a decir abiertamente. Dado que los lectores no oirán al poeta hablar, deben ver lo que quiere decir en sus obras, oyendo con sus ojos y usando su propia “inteligencia refinada de amor” para discernir su significado más profundo.

    “O, aprended a leer lo que el silencioso amor ha escrito, Oir con los ojos es parte de la inteligencia más refinada del amor” (“O learn to read what silent love hath writ To hear with eyes belongs to love ́s finest wit”)

    Recordando la devoción de Shakespeare por Moro, no es sorprendente que le convencieran de participar en el esfuerzo para que la obra de Munday pasara la censura. Finalmente, la censura indicó al margen del texto,:“montar esta obra a riesgo propio”.  Pero a pesar de los esfuerzos de Shakespeare, Tilney se negó a levantar la censura y prohibió su presentación. Tuvieron que pasar cuatrocientos años para que, en el reino de otra Isabel, “Thomas More “ de Munday debutara. Cuando, en el verano del 2004, la compañía Royal Shakespeare montó la obra en el New Globe Theatre, Shakespeare y Moro finalmente fueron reunificados en el arte, del mismo modo que lo habían estado en sus creencias. El poeta, de cuya obra Ben Jonson dijera que “no es de una época sino para todos los tiempos”, había podido al fin rendir homenaje al santo, quien, según el título de la memorable obra de Robert Bolt, fue “un hombre para todos los tiempos”.

    Una de las piezas de evidencia más convincentes del catolicismo de Shakespeare está en la compra de Blackfriars Gatehouse, en Marzo de 1613. Esta casa era un “reconocido centro de actividades católicas”, con “puertas diversas y salidas de escape escondidas, cámaras secretas y recovecos” y “tenía una historia de sospechas y de allanamientos en busca de “Papistas””. En 1598, sobre la base de una denuncia de que Gatehouse era una colmena de actividades de insumisos, con “muchos escondites y pasajes secretos” y “salidas secretas al río” (Thames) por las que los sacerdotes podían escaparse, la casa fue allanada por las autoridades. John Fortescue —el propietario católico de la casa—, estaba ausente, pero su esposa e hijas fueron interrogadas. Ellas admitieron que eran insumisas, pero negaron que hubieran escondido a sacerdotes en la casa. En 1605. El jesuita John Gerard, el hombre más buscado de Inglaterra, se presentó desesperado en la casa, portando una peluca, barba postiza y un disfraz. Pedía refugio ya que no sabía donde esconderse.

    Poco se sabe de la historia de Gatehouse entre el periodo en que los Fortescue optaran por el exilio y la compra de la casa por parte de Shakespeare, pero en 1610 se comentaba en Nápoles que la casa era la base de un complot de los jesuitas para “enviar al rey un par de medias bordadas, envenenadas, que causaran la muerte a quien las portaran”(xii). Aún cuando tales elucubraciones pueden ser ignoradas como febriles imágenes de exiliados amargados o trampas de espías anti católicos, el hecho es que Shakespeare había decidido comprar esta propiedad londinense, teñida con actividades católicas. Es, por decir lo menos curioso, pero no termina de dilucidar el rompecabezas.

    Shakespeare decidió alquilar Gatehouse a John Robinson, un católico activo, cuyo hermano había ingresado al Colegio Inglés (English College) en Roma para prepararse al sacerdocio. Es obvio que Shakespeare sabía que al alquilar Gatehouse a John Robinson, la dejaba en manos de un insumiso católico. Por ende, como conjeturara Ian Wilson en Shakespeare: La Evidencia, Robinson “no era tanto el arrendatario de Shakespeare, sino su representante y guardián de uno de los mejores lugares de Londres para refugiar sacerdotes católicos”. Más aún, John Robinson no era sólo un arrendatario sino también un valioso amigo. Robinson visitó Stratford durante el retiro del poeta y fue, aparentemente, el único de los amigos londinenses del poeta que estuviera presente durante sus últimos días, firmando como testigo en su testamento.

    Se necesita más prueba de que Shakespeare había comprado Gatehouse sabiendo que sería usado como refugio para sacerdotes católicos. Esto es algo que el post scriptum podría clarificar de una vez por todas. El 23 de Octubre de 1623 una congregación clandestina de católicos se reunió en una buhardilla secreta “en los altos de Gatehouse”, para, supuestamente, celebrar la misa dominical. De pronto, una viga del piso cedió por el peso de los ocupantes, muriendo en este evento más de noventa personas. Fue este desastre el que hizo que las autoridades descubrieron esta “iglesia” secreta, que posiblemente había sido usada como tal durante años. Si bien Shakespeare había fallecido seis años antes de esta tragedia, el evento sirve para armar el rompecabezas sobre una base de sentido común y probabilidades.. El hecho de que John Robinson continuará alquilando la propiedad después de la muerte de Shakespeare sugiere que la propiedad había sido utilizada para actividades católicas clandestinas, incluyendo la celebración de la misa en los años en que Shakesperae fuera el dueño. Esto es reforzado por el hecho de que después de su muerte Gatehouse continuaba siendo usada para celebrar la misa.

    Shakespeare murió el día de San Jorge en 1616, dejando la mayor parte de su herencia a su hija Susana, a quien se considera como católica insumisa diez años antes. El resto de su herencia tenía como beneficiarios a varios católicos insumisos. Queda claro por lo tanto como lamentará el presbítero anglicano Richard Davies a fines de 1600 que “muriera como un papista”. Resulta abundantemente claro también que Shakespéare vivió como “papista”, un hecho que los ingleses trataron por mucho tiempo de esconder y que críticos literarios modernos tratan de negar hoy. La noticia de que el vate de Avon fuera un comprometido miembro de la iglesia de Roma es chocante para aquellos que falazmente han erigido su reputación sobre una lectura equívoca de sus obras. Es de esperar que no se recuperen de ese choque. Es sin embargo, una profunda alegría para los católicos de saber que William Shakespeare está del lado de los ángeles.

  • The Relevance of Shakespeare

    The Relevance of Shakespeare

    Last week, to celebrate the 450th anniversary of Shakespeare’s birth, I focused on the “eternal Shakespeare”, arguing that Shakespeare is timeless and therefore, and paradoxically, that he is also timely. Here are a few of the timeless truths in Shakespeare that are also and always timely.
    In Romeo and Juliet the difference between true and false love, i.e. rational and irrational love, is highlighted. This is evident in Romeo’s blasphemous exclamation that “heaven is here / Where Juliet lives”. Juliet is Romeo’s alpha and omega, his beginning and his end. She is the goddess to which he owes the sum of all his worship. It is for this reason that he chooses this “heaven” even when it becomes his hell. In Dante’s Inferno the lustful are described as “those who make reason slave to appetite” or as those who let their erotic passions “master reason and good sense”. Like Paolo and Francesca in the Inferno, Shakespeare’s lovers have overthrown reason in pursuit of passion. Embracing their madness and blindness, their “love” has surrendered to the force of feeling. Their love is headless and therefore heedless of the bad consequences of the bad choices being made. Shakespeare and Dante are well aware of the danger of separating love from reason. Love, like faith, must be subject to reason; a love that denies or defies reason is illicit and is not really love at all.
    In some ways, Romeo and Juliet can be seen as a cautionary commentary on the two great commandments of Christ that we love the Lord our God and that we love our neighbor. The two lovers deny the love of God in their deification of each other, with disastrous consequences, and their respective families deny the love of neighbor in their vengeful feuding. It could be said that the venereal and vengeful passions of Verona represent the culture of death in microcosm. A society that turns its back on Christ and His commandments is on the path to suicide, to nihilistic self annihilation. If the lessons are not learned and the warnings heeded, the sinful society will be doomed to be damned.
    Similar lessons to those taught in Romeo and Juliet are taught in The Merchant of Venice in which the test of the caskets shows that true love is about dying to oneself so that one can give oneself fully and self-sacrificially to the beloved. This true love is contrasted with the self-centred desire of those who fail the test. In similar vein, the test of the rings at the end of the play reinforces the necessity of self-sacrifice in the sacrament of marriage. Finally, of course, Portia’s timeless wisdom reminds us that we must love our neighbor, showing the quality of mercy that God has shown to us.

    In Julius Caesar, Shakespeare pours scorn on Caesar’s vanity, on Antony’s bloodthirsty opportunism, on Cassius’ ambition, and on Brutus’ brutal idealism. Yet he is not cursing from the perspective of a worldly cynicism but from that of a believing Christian at a time when believing Christians were being tortured and put to death by the vanity of monarchs, by bloodthirsty opportunists, by political ambition, and by brutal idealism.

    There is, however, a deeper level of meaning in Julius Caesar that is all too often overlooked completely. It is the sound of silence within the play; the scream in the vacuum of the play’s vacuity. It is the unheard and unheeded voice of the virtuous. It is the voice of Calpurnia, which, if heeded, would have saved Caesar’s life; it is the voice of Portia, which, if heeded, might have urged Brutus to think twice about his involvement with the conspirators. It is the voice of the Soothsayer and of the augurers. It is the voice of Artemidorus, a teacher of rhetoric, whose note to Caesar is devoid of all rhetorical devices and direct to the point of bluntness. The note is not read, the voices are not heard, and the consequences are fatal. All that was missing in the play is the one thing necessary, the still, small voice of virtue and wisdom that the proud refuse to hear.

    The whole of Hamlet turns on the crucial distinction between reason and will, and between that which is and that which seems to be, and the test of success is the extent to which the protagonists conform their will to reason and to the reality to which it points, irrespective of all appearances to the contrary. This is Hamlet’s struggle throughout the play. In the end, through conforming his will to reason and in connecting reason to faith, he becomes the willing minister of Divine Providence, bringing justice to the wicked King Claudius and restoring justice to the realm.
    In many ways, Macbeth can be seen as the anti-Hamlet. Whereas Hamlet begins in the Slough of Despond, temperamentally tempted to despair, he grows in virtue throughout the play until he reaches the ripeness of Christian conversion and the readiness to accept his own death as part of God’s benign Providence. Hamlet grows in faith because he grows in reason; Macbeth loses his faith because he loses his reason.
    In a more general sense, the dynamism of the underlying dialectic in Shakespeare’s plays, and therefore of the dialogue, is centred on the tension between Christian conscience and self-serving, cynical secularism. Whereas the heroes and heroines of Shakespearean drama are informed by an orthodox Christian understanding of virtue, the villains are normally moral relativists and Machiavellian practitioners of secular real-politik.
    In the final analysis, the right reason for learning Shakespeare is to learn the right reason that Shakespeare teaches!

  • The Eternal Shakespeare

    The Eternal Shakespeare

    He was not of an age, but for all time!
    Ben Jonson on William Shakespeare
     
    These famous words of praise by the great poet, Ben Jonson, in honour of the even greater poet, William Shakespeare, were published in the First Folio edition of Shakespeare’s plays in 1623, only seven years after Shakespeare’s death. The words of praise have, therefore, become words of prophecy because none of the Bard of Avon’s contemporaries could have foreseen the extent to which Shakespeare would conquer the world in the centuries after his death. Today, on the 450th anniversary of his birth, he stands as a colossus who straddles the centuries, towering above all other writers, with the possible exception of Homer and Dante. His stature as a giant of civilization is itself sufficient reason to read and study his works. In spending time with Shakespeare we are communing with genius. Can there be many better and more fruitful and edifying ways of spending our time?

    by Abraham van Blyenberch, oil on canvas, circa 1617

    There is, however, another and deeper meaning behind Ben Jonson’s words. It is not merely that Shakespeare has survived the test of time, it is that his plays, and the truth and morality contained within them, transcend time. They are not merely works that endure in time, they are works that are beyond time. They are timeless. They have their inspiration in eternal verities and they point to those same verities. Such truths do not change with time, nor are they changed by it. They simply are.
    Perhaps the best way of illustrating this timeless dimension to Shakespeare is to compare the Heilige Geist with the zeitgeist, the Holy Spirit with the Spirit of the Age. The Holy Spirit does not change from one generation to the next. He simply is. The Spirit of the Age, on the other hand, is always changing. It is subject to time and is changed by it. The literal meaning of zeitgeist is Time-Spirit. One who serves the Time-Spirit is one who wants to seem relevant to the fads and fashions of his own day. He is primarily concerned with being up-to-date. The problem is that those who are up-to-date are very soon out of date because, as C. S. Lewis quipped, fashions are always coming and going, but mostly going. One who is relevant to the fashions of today will be irrelevant to the fashions of tomorrow.
    The reason that Shakespeare is not of an age but for all time is that he serves the Heilige Geist and not the zeitgeist. The truths that inspire his Muse and the truths that emerge in the fruits of his Muse (his plays and poems) are the truths of the Holy Spirit. Such truths do not merely stand the test of time they are the very truths by which time itself is tested. This timeless aspect of truth is very important for us to understand but perhaps a little difficult to grasp. It might, therefore, be useful to employ a famous philosophical riddle: If a tree falls in a forest and there’s nobody there to hear it fall does it make a sound? The answer is that of course it makes a sound because the sound of the tree falling is not dependent on anyone hearing it. We might rephrase the riddle thus: If Shakespeare’s works are neglected so that they are no longer performed or read, will Shakespeare and his works cease to be relevant? The answer is that of course they are still relevant because the goodness, truth and beauty of the works are not dependent on our ability to see or understand them. Indeed, it could and should be argued that a culture that could no longer read Shakespeare because of its illiteracy and barbarism was suffering the woeful consequence of neglecting the truths that Shakespeare’s plays reveal!
    Another way of understanding the timeless dimension of truth is to see it in relation to eternity. When we say that God is omnipresent, it doesn’t simply mean that God is present everywhere in time and space, though He is. More importantly it means that everything in time and space is present to Him. There is no past and future from the perspective of the eternalpresence of God. His omnipresence means that everything is present to Him. In a similar though less perfect sense, Shakespeare enters eternity when he dies. On the assumption that He goes to heaven and not to the other place, he will enter into the eternal presence of God. He will be timeless. Insofar as Shakespeare’s works are good, true and beautiful, which of course they are, and in so far as they are the fruits of God’s presence in the creative process, which is indubitable, those works will be enshrined with Shakespeare in eternity. They will be with him because they are an integral and essential part of who he is. In this sense, Shakespeare’s works simply are. They will be even when the world passes away.

    Ben Jonson’s folio

    These metaphysical first principles are crucial to our understanding of why we should learn Shakespeare, or indeed why we should learn anything else that contains goodness, truth and beauty. The learning of such things points us towards eternity and helps us to get there. Can anything else be more worth learning?
    Lest we be tempted to think that the foregoing discussion means that the learning of Shakespeare is purely a spiritual or mystical undertaking, connected solely to what philosophers call the anagogical meaning of life, we should remind ourselves of the paradox that the timeless is always timely. If the timeless resides in the eternal it means that all times are present to it. If it is timeless, it is always true – and, if it’s always true it is always relevant. It is for this reason that Shakespeare’s works are rightly listed amongst the “permanent things”, those things which are and will always be, and, in consequence, those things that are and will always be relevant.

  • Shakespeare: 450, Not Out

    Shakespeare: 450, Not Out

    Today is St. George’s Day. It is also Shakespeare’s birthday and, believe it or not, it is the day on which Shakespeare died. Apart from the astonishing coincidence that Shakespeare died on his own birthday, it is also singularly appropriate that England’s greatest poet should have been born and should have died on the feast day of her patron saint. It seems appropriate, therefore, that we should celebrate the 450th anniversary of Shakespeare’s birthday with a reference to cricket, that most quintessential of all English sports. Shakespeare is “450, Not Out”, continuing to hit his audiences for six after reaching several consecutive centuries of continuing relevance.
    On such a prestigious anniversary it would do well to remind ourselves of the enduring stature of the Bard of Avon.
    Arguably the three greatest writers of all time are Homer, Dante, and Shakespeare. Of the first of these, very little is known. Homer, it seems, has disappeared amidst the murk and mists of history. So great and wide is the chasm that separates him from us that he is almost invisible. What we know of him, for what it’s worth, is gleaned from allusive and elusive clues embedded in his work. Thus, for instance, it is widely presumed that, like Milton, he was blind. If so, like the blind seer Teiresias, he sees more in his blindness than those blinded by their own unwillingness to see.
    Much more is known of Dante, a devout Catholic and a disciple of the scholasticism of Thomas Aquinas, who lived much of his life as a political exile from his beloved Florence. Perhaps the fact that he is a thousand years closer to us than Homer might explain the greater knowledge. If so, why is it that such mystery continues to surround the seemingly elusive figure of William Shakespeare? In terms of the time that has elapsed from his time to ours, it would seem reasonable to presume that we should know more about the Bard of Avon than about the divinely-inspired poet of Italy, the latter of whom lived three hundred years earlier.
    Much of the mystery surrounding Shakespeare is linked to the age in which he lived. It was an age in which a large and alienated section of the population was considered outlaws by the state. In Elizabethan and Jacobean England it was a criminal offence to practice or propagate the Catholic religion, an offence that for priests was punishable by death. It is for this reason that England’s greatest poet remains largely unknown. He is unknown, first of all, because he sought to keep his religious life unknown, as far as possible, from the authorities. He is also unknown because later generations of Englishmen erected a myth in the nation’s likeness, ignoring or smothering the Bard’s “treacherous” popery in the interests of a nationally acceptable patriotic iconography. He became the posthumous victim of “patriotic correctness”.
    The overwhelming evidence for the Bard’s Catholicism is rooted in the solid facts of his life and in the theological, philosophical and moral truths to be found in his work.
    The factual evidence is to be found in documents, such as Shakespeare’s last will and testament and in the spiritual last will and testament of his father; in the persecution of Shakespeare family and friends for the practice of their faith; in court cases in which Shakespeare became embroiled; in property that he purchased; and in the sort of acquaintances and friends that he valued, and the type of people whom he considered enemies. All of these historical facts, pieced together meticulously by historians, paints a picture of Shakespeare’s life that points to his papist sympathies.
    The textual evidence to be gleaned from his work includes thinly veiled and sympathetic allusions to the work of the Catholic poet and martyr, St. Robert Southwell, and a host of allegorical connections in his poetry and plays to the religious and political turmoil of the times in which he lived. At its deepest level of meaning, Shakespeare’s oeuvre can be seen as a dialectical engagement with the opposing forces of Christian orthodoxy and secular fundamentalism, with the Bard’s sympathies clearly falling on the side of the former against the latter.
    One consequence of the emergence of the historically and textually verifiable Catholic Shakespeare is the construction of more acceptable “alternative” Shakespeares who can be made to dance obediently to the tune of the “religiously-correct” zeitgeist. Thus the dubious textual scholarship surrounding the “dark lady” of the sonnets was employed by Hollwood to depict an adulterous and hedonistic Bard in the travesty, Shakespeare in Love. More recently, the utterly absurd theory that Shakespeare’s plays were not written by the Bard but by Edward de Vere, the Earl of Oxford, has been resurrected by Hollywood. This so-called “Oxfordian theory”, which can be demolished with consummate ease with the merest modicum of historical scholarship, forms the basis of the more recent film, Anonymous.
    The construction of bogus Shakespeares is an act of treason against the real Shakespeare, who is still being hounded by his enemies 450 years after his birth. In this context, the distortions and fabrications that have dogged the Bard throughout the centuries can be said to be held at bay by the true scholars who are the Bard’s true friends. Set against the baying hounds who have hounded him, the true scholars can be likened to bloodhounds who unearth the evidence that sets Shakespeare and his times free of the falsehood that has surrounded them. Against the dogs of deception and deconstruction, such scholars can be likened to the hounds of heaven. Switching analogies, and considering the significance of today’s date, we might also liken the Shakespeare-abusers to deceitful dragons who have been slain by the scholarly St. George. As Henry V might have said, “The game’s afoot; Follow your spirit: and upon this charge, Cry — God for Shakespeare! England and Saint George!”

  • Shakespeare: 450 años, no está out

    Shakespeare: 450 años, no está out

    El 23 de abril es el día de San Jorge. Es también la fecha de nacimiento de Shakespeare, y aunque no se crea, el el mismo día en que Shakespeare murió. Fuera de la gran coincidencia de que Shakespeare muriera en el día de su nacimiento, es singularmente apropiado que el más grande poeta inglés haya nacido y muerto el día del santo patrono de Inglaterra. Parece apropiado, entonces, que celebremos los 450 años del nacimiento de Shakespeare con una referencia al cricket, el deporte más propiamente inglés que existe. Shakespeare es “450, NOT Out”, continúa influenciando audiencias por seis, tras haber alcanzado siglos consecutivos de continuada relevancia.
    En tan prestigioso aniversario sería bueno recordarnos de la perdurable estatura del Bardo de Avon.
    Posiblemente los tres grandes escritores de todos los tiempos son Homero, Dante y Shakespeare. Del primero de estos poco sabemos. Homero, parece haber desaparecido en la bruma de la historia. Entonces la distancia que nos separa de él es grande y amplia, lo que lo hace ser casi invisible. Lo que sabemos del él, que valga la pena está relacionado con claves alusivas a su obra. Por ejemplo es presumible que como Milton, el fue ciego. Si fue así, como el ciego vidente Teiresias, el veía más en su ceguera que aquellos cegados por su propia negación de ver.
    Bastante más se sabe de Dante, un devoto Católico y un discípulo de la Escolástica de Santo Tomás de Aquino, quien vivió la mayor parte de su vida como un exiliado político de su amada Florencia. Tal vez el hecho que el es mil años más cercano a nosotros que Homero pueda explicar este mayor conocimiento. Si es así, ¿por que el misterio continúa rodeando la figura aparentemente evasiva de William Shakespeare? En términos de tiempo que ha pasado desde su tiempo al nuestro, sería razonable de presumir que nosotros debiéramos saber más del Bardo de Avon que del divinamente inspirado poeta italiano, quien vivió trescientos años antes que éste.
    Mucho de los misterios que rodean a Shakespeare están ligados a la época en que él vivió. Fue un tiempo en la cual un gran grupo de la población fue alienada y considerada fuera de la ley por el estado. En la Inglaterra Isabelina y Jacobista era una ofensa criminal el practicar o propagar el catolicismo religioso, una ofensa que en el caso de los sacerdotes era castigada con la muerte. Esta es la razón por la cual el poeta más grande de Inglaterra ha permanecido casi desconocido. El es desconocido, primero que todo, porque quiso mantener su creencia religiosa oculta, en la medida de lo posible, de las autoridades. Es también desconocido porque las futuras generaciones de ingleses erigieron un mito basado en los gustos de la nación, ignorando o suavizando la traición papista del bardo en la iconografía de intereses patrióticos nacionalmente aceptables. El se convirtió en una víctima póstuma del “correcto patriótico”.
    La evidencia abrumadora del catolicismo del bardo está enraizada en los sólidos hechos factuales de su vida y en la verdad teológica, filosófica y moral que se encuentra en su obra.
    La evidencia factual se encuentra en documentos, tales como el testamento del propio Shakespeare y en el testamento y último deseo de su padre, en la persecución de la familia de Shakespeare y de sus amigos por la práctica de su fe, en casos de corte en los que Shakespeare se vio involucrado, en las propiedades que él compró, y en relación a los conocidos y amigos a quienes él valoraba y en relación al tipo de gente a quienes él consideraba sus enemigos. Todos estos hechos históricos, puestos en conjunto de modo meticuloso por historiadores, muestran un cuadro de la vida de Shakespeare que apunta a sus simpatías papistas.
    La evidencia textual que emana de su trabajo incluye finas y veladas alusiones de simpatía con el trabajo del poeta católico y mártir, St Robert Southwell y contiene conexiones alegóricas en su poesía y en sus obras con las realidades religiosas y políticas del tiempo en que él vivió. En el nivel más profundo de significado, la obra de Shakespeare puede ser vista como un compromiso dialéctico con las fuerzas opositoras de la cristiandad ortodoxa y el fundamentalismo secular, en las que las simpatías del bardo claramente caen hacia el lado de lo antiguo y en contra de lo nuevo.

    Portada de film Shakespeare in Love 

    Una de las consecuencias que emergen de la verificación histórica y textual del catolicismo de Shakespeare es la construcción de una más aceptable “alternativa” de Shakespeare, la cual puede bailar en forma obediente al ritmo del “ correcto religioso” del espíritu de los tiempos. De este modo queda en evidencia el estudio dudoso que rodea a la “dama oscura” de los sonetos empleados por Hollywood para mostrar a un adúltero y hedonístico bardo en la parodia Shakespeare in Love . Más recientemente, la teoría absurda que las obras de Shakespeare no fueron escritas por él sino por Edward de Vere, Conde de Oxford, también fueron resucitadas por Hollywood. Esta también llamada “ teoría de Oxford”, la cual puede ser demolida con facilidad consumada por el más mediocre estudioso de los hechos históricos, forma parte de la película reciente, Anonymous.

    Edward de Vere, 1575

    La construcción de estos falsos Shakespeare es un acto de traición contra el verdadero Shakespeare, quien es todavía perseguido por sus enemigos 450 años después de su nacimiento. En este contexto, la distorsión y fabricación que ha rodeado al bardo a través de los siglos puede decirse que ha llegado a puerto con la aparición de verdaderos estudiosos, quienes son los verdaderos amigos del bardo. Estos desentierran como sabuesos y muestran evidencias en contra de los sabuesos que lo persiguen las pruebas que liberan al verdadero Shakespeare de las falsedades creadas en el tiempo. Contra los perros del engaño y de la deconstrucción, aparecen los académicos del cielo. Considerando las analogías y la fecha de su nacimiento y muerte, podemos comprar a los abusadores e inventores del anti Shakespeare como dragones quienes fueron derrotados por los nuevos académicos , San Jorge. Como habría dicho Enrique V “ The Game’s afoot; Follow your spirit:and ipon this charge, Cry- Dios por Shakespeare! Inglaterra y San Jorge!!