Hay algo inevitablemente injusto en comenzar una historia de Italia por Roma. La ciudad fue tan exitosa en la tarea de conquistar el mundo que terminó conquistando también el pasado. Todo lo que ocurrió antes parece hoy una especie de prólogo: pueblos que aguardaban, sin saberlo, la llegada de las legiones; ciudades destinadas a convertirse en provincias; dioses esperando ser incorporados al panteón romano. Pero durante siglos Roma fue apenas una ciudad más de la Italia central, una comunidad relativamente modesta instalada junto al Tíber y rodeada por pueblos cuya riqueza, antigüedad y sofisticación podían superar ampliamente la suya. Al norte estaban los etruscos. Mucho antes de que Julio César cruzara el Rubicón, antes de las guerras contra Cartago y antes incluso de que los romanos expulsaran a su último rey, las ciudades de Etruria comerciaban con griegos y fenicios, importaban cerámicas, exportaban metales, levantaban templos, organizaban ejércitos y enviaban a sus muertos al más allá acompañados por imágenes de banquetes, músicos y bailarines. Tarquinia fue una de las más importantes de aquellas ciudades y es, por eso, un magnífico lugar para comenzar un viaje por Italia: obliga a desprenderse desde el primer día de la ilusión de que la historia italiana comenzó con Roma.
La paradoja de los etruscos es que sabemos bastante sobre ellos y, al mismo tiempo, permanecen extrañamente silenciosos. No constituyen una civilización misteriosa en el sentido vulgar de la palabra. Conocemos sus ciudades, sus tumbas, miles de objetos, sus relaciones comerciales y buena parte de sus costumbres religiosas; conocemos incluso su escritura, derivada de un alfabeto griego occidental, y podemos pronunciar razonablemente muchas de las palabras que dejaron inscritas. Lo que no poseemos es una literatura etrusca comparable a la griega o la latina. Su lengua, que no pertenece a la familia indoeuropea, sigue siendo comprendida sólo parcialmente porque los textos supervivientes son en su mayoría breves: epitafios, nombres, dedicatorias, fórmulas rituales. No tenemos un Heródoto etrusco que nos explique quiénes creían ser, ni un Tucídides que relate sus guerras, ni un poeta que haya sobrevivido para hablarnos de sus amores o de sus dioses. En buena medida conocemos a los etruscos a través de aquello que otros dijeron de ellos y de aquello que ellos mismos decidieron pintar, modelar y enterrar. Es una situación fascinante: podemos reconocer sus rostros, entrar en sus tumbas y leer los nombres de algunos de sus muertos, pero no podemos mantener con ellos la larga conversación que Grecia y Roma todavía sostienen con nosotros.
Tarquinia resuelve parcialmente ese silencio de una manera inesperada. Para conocer a sus habitantes hay que abandonar la ciudad de los vivos y entrar en la de los muertos. La necrópolis de Monterozzi, hoy Patrimonio Mundial de la UNESCO, se extiende sobre una elevación frente a la antigua ciudad etrusca y contiene miles de sepulturas excavadas a lo largo de varios siglos. La mayoría son sobrias, pero alrededor de doscientas conservan decoración pintada, un conjunto excepcional que permite seguir cambios de gusto, costumbres y creencias durante buena parte de la historia etrusca. El visitante desciende por escaleras modernas hasta pequeñas cámaras subterráneas y allí ocurre algo que contradice nuestra expectativa funeraria. En vez de oscuridad y recogimiento aparecen colores, animales, copas de vino, hombres reclinados en banquetes, mujeres elegantemente vestidas, músicos que soplan flautas y jóvenes que bailan. La muerte está por todas partes, naturalmente, porque estamos dentro de una tumba, pero las imágenes parecen empeñadas en hablar de la vida.
La llamada Tumba de los Leopardos, pintada hacia el siglo V antes de Cristo, es quizá el ejemplo más famoso. Sobre la pared principal se desarrolla un banquete. Hombres y mujeres aparecen reclinados en lechos, acompañados por sirvientes y músicos; sobre ellos, dos grandes felinos enfrentados dan nombre moderno a la sepultura. En otras tumbas hay atletas, jinetes, escenas de caza y pesca, danzas, animales reales y fantásticos. Es tentador interpretar todo aquello como una celebración despreocupada de la existencia, pero conviene resistir las conclusiones demasiado fáciles. No sabemos exactamente qué significaban esas imágenes para quienes las encargaron. Podían representar ceremonias funerarias, recuerdos idealizados de la vida aristocrática, símbolos religiosos o anticipaciones del más allá, y probablemente combinaban varios de esos sentidos. Pero sí revelan algo concreto: una sociedad rica, jerarquizada, abierta al Mediterráneo y extraordinariamente interesada en convertir sus prácticas sociales en imágenes. También muestran a hombres y mujeres compartiendo ciertos banquetes, algo que llamó poderosamente la atención de autores griegos y romanos y contribuyó a crear entre ellos una reputación de libertinaje etrusco que probablemente nos dice tanto sobre los prejuicios de los observadores como sobre los observados.
Esa riqueza no surgió en aislamiento. Entre los siglos VIII y VI antes de Cristo, mientras Roma apenas comenzaba a adquirir importancia regional, las ciudades etruscas participaban activamente de un Mediterráneo mucho más conectado de lo que solemos imaginar. Los minerales de Etruria, y especialmente los recursos metalúrgicos asociados a sus territorios y redes comerciales, alimentaban intercambios que alcanzaban otras costas; objetos griegos llegaban a las casas y tumbas de las élites etruscas; artesanos y estilos viajaban junto con mercancías. Los etruscos adoptaron y transformaron elementos del mundo griego sin convertirse por ello en griegos. Ésta será, por cierto, una de las constantes de toda la historia italiana: absorber influencias extranjeras y producir con ellas algo reconociblemente propio. Roma haría después exactamente eso a una escala gigantesca, tomando de etruscos, griegos y de innumerables pueblos conquistados aquello que consideraba útil, prestigioso o poderoso.
La relación entre Etruria y Roma fue tan estrecha que la propia tradición romana situaba a personajes etruscos en el corazón de sus orígenes políticos. Dos de los siete reyes tradicionales de Roma llevan el nombre de Tarquinio: Lucio Tarquinio Prisco y Lucio Tarquinio el Soberbio. Este último quedó asociado al episodio que habría provocado el fin de la monarquía y el nacimiento de la República, convencionalmente fechado en 509 antes de Cristo. La historia fue escrita y reelaborada siglos después y no puede leerse como una crónica periodística de los hechos, pero conserva el recuerdo de un período en que Roma estuvo profundamente vinculada al mundo etrusco. Incluso después de que la expansión romana sometiera las ciudades de Etruria, continuaron sobreviviendo instituciones, símbolos y conocimientos religiosos procedentes de aquella cultura. Los romanos, que podían ser despiadados con los pueblos que derrotaban, eran al mismo tiempo extraordinariamente poco escrupulosos a la hora de apropiarse de todo aquello que admiraban en ellos.
Tal vez ninguna herencia resulte más extraña al visitante moderno que la disciplina etrusca de interpretar la voluntad divina. Para los etruscos el universo estaba cargado de señales. Los rayos, determinados acontecimientos extraordinarios y, de manera célebre, las entrañas de los animales sacrificados podían contener información acerca de las intenciones de los dioses. Los haruspices, especialistas tradicionalmente asociados a Etruria, examinaban especialmente el hígado de las víctimas y sus conocimientos conservaron prestigio durante siglos en Roma. No se trataba de una superstición marginal practicada a escondidas por campesinos. Generales, magistrados y emperadores de una de las sociedades políticamente más sofisticadas de la Antigüedad podían consultar especialistas religiosos antes de tomar decisiones importantes. Para nosotros resulta fácil separar administración, guerra, religión y ciencia en compartimentos diferentes; para ellos esas fronteras no existían de la misma manera. Gobernar bien significaba también comprender el orden de un cosmos en el cual dioses y hombres participaban de una misma realidad política.
Roma terminó imponiéndose, y su victoria fue tan completa que Etruria acabó desapareciendo como entidad política y su lengua dejó finalmente de hablarse. Sin embargo, decir que los romanos destruyeron simplemente a los etruscos sería engañoso. Los conquistaron y simultáneamente los incorporaron. Las aristocracias locales entraron progresivamente en las estructuras romanas, las ciudades se integraron en el nuevo sistema y las diferencias fueron diluyéndose hasta que ser etrusco dejó de constituir una identidad política independiente. Ésta es una forma de desaparición menos espectacular que la destrucción de una ciudad y quizá por eso más profunda: llega un momento en que los descendientes continúan allí, los caminos continúan utilizándose, ciertas ceremonias sobreviven y algunos nombres permanecen, pero la civilización que les daba sentido ya no existe como mundo separado.
Quedan entonces las tumbas. Y allí reside la peculiar emoción de Tarquinia. En Roma las ruinas suelen hablar con voz monumental: arcos de triunfo, anfiteatros, columnas, basílicas, inscripciones de emperadores que deseaban recordar al futuro quién había construido qué. Tarquinia habla en voz mucho más baja. Hay que bajar una escalera y mirar a través de un vidrio hacia una habitación excavada en la tierra. Lo que aparece al otro lado no es el poder abstracto de un imperio, sino una sucesión de gestos humanos sorprendentemente reconocibles: alguien toca música mientras otros comen, una pareja comparte un banquete, un muchacho monta a caballo, unos pescadores se internan en el agua. Sabemos que todos murieron hace más de dos mil años; sabemos incluso que la civilización a la que pertenecían terminó siendo absorbida por otra. Y, sin embargo, durante unos minutos esas pinturas consiguen invertir la relación. Roma, que parecía eterna, todavía no ha conquistado Italia. El Coliseo no existe. César y Augusto no han nacido. El latín todavía no es la lengua de un imperio. En una cámara subterránea de Tarquinia los invitados levantan sus copas, los músicos continúan tocando y el futuro pertenece todavía a los etruscos.
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