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Umbría: las ciudades que aprendieron a vivir en las alturas

por Red Cultural | 25 de Agosto, 2026

Después de Florencia, el viaje cambia de escala. Desaparece poco a poco aquella sensación florentina de encontrarse en el centro de una revolución cultural y comienza otra Italia, más difícil de reducir a una sola época. La carretera atraviesa primero…

Después de Florencia, el viaje cambia de escala. Desaparece poco a poco aquella sensación florentina de encontrarse en el centro de una revolución cultural y comienza otra Italia, más difícil de reducir a una sola época. La carretera atraviesa primero las colinas del Chianti, con sus viñedos, olivares, cipreses y casas de piedra, y después penetra hacia el interior, hacia Umbría, la única región de la Italia central que no toca el mar. Aquí las ciudades parecen haber sido depositadas sobre las cumbres: Asís, Perugia, Todi, Spoleto, Orvieto. Desde lejos se reconocen como masas compactas de piedra levantadas sobre colinas, y sólo al acercarse comienzan a distinguirse campanarios, murallas, torres, palacios y tejados. La belleza del paisaje puede hacer olvidar que esa posición elevada no fue escogida para satisfacer a futuros viajeros. Durante buena parte de la historia europea vivir en altura significaba ver antes al enemigo, controlar caminos y valles, dificultar un asedio y convertir la propia geografía en una fortificación. En Umbría, quizá más claramente que en otros lugares de Italia, el paisaje no sirve simplemente de fondo a la historia. Es una de sus causas.

La transición comienza todavía en Toscana, en el Chianti, una región cuyo nombre se ha vuelto tan universalmente familiar que cuesta imaginarlo antes de la botella. Entre Florencia y Siena, generaciones de campesinos transformaron colinas difíciles en un paisaje agrícola intensamente trabajado. La imagen contemporánea de Toscana —las hileras de viñas, las casas de piedra, los cipreses recortados contra el cielo— parece tan armoniosa que puede confundirse con naturaleza, cuando es precisamente lo contrario: el resultado de siglos de intervención humana. Castello di Verrazzano, donde el itinerario se detiene para visitar la bodega y almorzar, permite entrar en esa historia. La propiedad se vincula tradicionalmente a la familia de Giovanni da Verrazzano, el navegante florentino que, al servicio de Francisco I de Francia, exploró en 1524 buena parte de la costa atlántica norteamericana y entró en la bahía de Nueva York casi un siglo antes de que los holandeses fundaran allí su colonia. El puente Verrazzano-Narrows recuerda hoy su nombre a miles de kilómetros de estas colinas. Resulta apropiado que la primera parada después de Florencia sea precisamente aquí: detrás del paisaje aparentemente inmóvil del Chianti aparece de pronto un mundo de comerciantes, navegantes y familias conectadas con horizontes mucho más amplios.

Desde allí la ruta se dirige hacia Asís y entra en el territorio de uno de los personajes más singulares de la Edad Media. Francisco de Asís ha sido cubierto por tantas capas de devoción, sentimentalismo e iconografía que resulta fácil olvidar la violencia de su decisión original. Nació hacia 1181 o 1182 como Giovanni di Pietro di Bernardone, hijo de un comerciante de telas suficientemente próspero como para ofrecerle una juventud cómoda. Su padre comerciaba con Francia; el apodo Francesco probablemente estuvo relacionado con aquella conexión. El joven Francisco no parecía destinado a la santidad. Participó en una guerra contra la vecina Perugia, fue hecho prisionero y pasó meses cautivo. Soñó con la vida caballeresca. Pertenecía, en otras palabras, al mundo urbano y comercial que estaba transformando Italia alrededor del año 1200. Precisamente por eso su renuncia tuvo tanta fuerza. No fue un ermitaño nacido fuera de la sociedad que rechazaba, sino el hijo de uno de sus beneficiarios.

La escena más famosa de esa ruptura parece construida para un fresco. Después de una disputa con su padre por bienes que Francisco había utilizado para fines religiosos, el conflicto llegó ante el obispo de Asís. Allí el joven devolvió el dinero y, según la tradición, se quitó incluso sus ropas para renunciar a cualquier posesión procedente de su familia. El gesto puede parecernos teatral porque lo fue: en una sociedad donde las relaciones familiares, la herencia y la propiedad determinaban buena parte del lugar de una persona en el mundo, desnudarse públicamente ante el padre era declarar una separación radical. Francisco eligió la pobreza voluntaria en el preciso momento en que las ciudades italianas estaban enriqueciendo a una nueva clase de comerciantes. No es difícil comprender por qué su figura produjo semejante impacto. La riqueza urbana creaba simultáneamente las condiciones para que alguien pudiera denunciarla.

Asís convirtió después aquella renuncia en una de las construcciones religiosas más extraordinarias de Europa. Francisco murió en 1226; dos años más tarde fue canonizado y comenzó la construcción de la basílica que lleva su nombre. La contradicción es evidente y, en cierto sentido, inevitable: al hombre que había querido poseer prácticamente nada se le levantó un enorme santuario que pronto sería decorado por algunos de los mejores artistas disponibles. Pero sería un error considerar esa contradicción simplemente como hipocresía. La basílica debía recibir peregrinos, custodiar la memoria del santo y comunicar una historia. Sus paredes se convirtieron en un medio narrativo. En la iglesia superior, el célebre ciclo tradicionalmente asociado a Giotto y su taller relata episodios de la vida de Francisco mediante imágenes que poseen una claridad dramática extraordinaria. El santo predica a los pájaros, renuncia a los bienes paternos, recibe los estigmas, se encuentra con el sultán. Para una población en gran parte incapaz de leer textos complejos, las paredes hablaban. Una iglesia medieval no era solamente un lugar donde ocurrían ceremonias: era también archivo, teatro, escuela, monumento político y sistema de comunicación.

Desde Asís se ve a lo lejos Perugia, y la proximidad ayuda a comprender una característica fundamental de la Italia medieval. Las ciudades estaban cerca, pero no necesariamente vivían en paz. Francisco había combatido precisamente contra Perugia en 1202. Italia no existía como Estado y no existiría durante más de seis siglos. La península estaba dividida entre comunas, señoríos, repúblicas, territorios pontificios, reinos y posesiones extranjeras que formaban alianzas y guerreaban con una frecuencia desconcertante. La palabra “Italia” designaba una realidad geográfica y cultural mucho antes de designar un país. Para un hombre medieval, ser florentino, sienés, veneciano o perugino podía tener una importancia política mucho más inmediata que pertenecer a una abstracción italiana. Basta recorrer estas ciudades para comprender por qué: cada una tiene su plaza central, su palacio público, sus santos, sus familias, sus murallas, sus rivalidades y una memoria orgullosamente local.

Perugia lleva esa acumulación todavía más atrás. Antes de ser una ciudad medieval fue una importante ciudad etrusca, y bajo sus calles sobreviven arcos, muros y estructuras que recuerdan aquella antigüedad. Después fue romana; luego medieval; más tarde quedó integrada en los Estados Pontificios. El visitante camina por una ciudad que no reemplazó completamente una época con la siguiente, sino que reutilizó continuamente lo que encontraba. Una piedra etrusca puede terminar incorporada a una construcción posterior; una calle medieval puede seguir un trazado mucho más antiguo; un palacio renacentista puede levantarse sobre estructuras que pertenecieron a otro orden político. Italia está llena de estas superposiciones, pero en las ciudades de Umbría resultan particularmente legibles porque la escala permanece humana. No es necesario atravesar kilómetros de expansión moderna para pasar de una época a otra.

Perugia aporta además algo inesperadamente doméstico a un recorrido dominado por iglesias y palacios: el chocolate. La ciudad se convirtió durante el siglo XX en uno de los centros de la industria chocolatera italiana gracias a Perugina, fundada en 1907. Allí nació en 1922 el célebre Bacio, el pequeño chocolate de avellanas cuyo nombre significa literalmente “beso” y que terminó convirtiéndose en uno de los productos italianos más reconocibles. Puede parecer un detalle menor después de etruscos y santos, pero precisamente esas continuidades materiales hacen interesante un viaje. Las ciudades no existen para conservar el pasado; continúan produciendo, comiendo, comerciando y transformándose. Una degustación con un maestro chocolatero pertenece a la misma historia amplia que las bodegas del Chianti: la cultura no reside únicamente en los frescos. También está en aquello que una región aprende a cultivar, fabricar y comer.

Todi ofrece una experiencia distinta. No posee una obra universalmente famosa que arrastre multitudes desde todos los continentes, y precisamente por eso permite observar mejor la ciudad italiana como organismo histórico. Su Piazza del Popolo parece una escenografía perfecta hasta que uno recuerda que los edificios que la rodean representan poderes concretos. Allí están el Palazzo del Popolo, el Palazzo del Capitano y el Palazzo dei Priori, expresiones arquitectónicas de una sociedad comunal que necesitaba espacios para gobernarse, administrar justicia y exhibir autoridad. En la Edad Media italiana la plaza no era simplemente un vacío hermoso entre edificios. Era el lugar donde la comunidad se hacía visible a sí misma: mercado, ceremonia, anuncio, conflicto, castigo, procesión y política. Las fachadas que hoy fotografiamos como patrimonio fueron, en su momento, instrumentos de gobierno.

Spoleto lleva nuevamente la historia en otra dirección. Fue una ciudad romana importante y, después del derrumbe del poder imperial en Occidente, se convirtió en centro de un ducado lombardo que llegó a controlar extensos territorios de Italia central. Su posición estratégica explica buena parte de esa continuidad. Sobre la ciudad se levanta la Rocca Albornoziana, fortaleza del siglo XIV vinculada a los esfuerzos del papado por reafirmar su control territorial, y el paisaje queda atravesado por el extraordinario Ponte delle Torri, una larga estructura de arcos cuya cronología y función exactas han sido discutidas, pero que durante siglos estuvo asociada al abastecimiento de agua y a la conexión defensiva de la zona. Goethe pasó por Spoleto en 1786 durante su viaje a Italia y quedó impresionado por el puente. Para un europeo del norte educado en los clásicos, Italia funcionaba entonces casi como una peregrinación secular: había que venir a encontrarse físicamente con aquello que hasta entonces sólo se conocía mediante libros, grabados y ruinas imaginadas.

La última gran ciudad de este recorrido umbro, Orvieto, parece diseñada para producir una impresión desde la distancia. Se levanta sobre una enorme plataforma de toba volcánica cuyas paredes caen abruptamente sobre el terreno circundante. Los etruscos ya comprendieron las ventajas del lugar y dejaron bajo la ciudad tumbas y estructuras; durante la Edad Media la misma geografía volvió a convertirla en una posición formidable. Pero nada prepara del todo para encontrar, sobre aquella roca oscura, la fachada de su catedral. El Duomo de Orvieto comenzó a construirse a fines del siglo XIII y su frente, cubierto de mosaicos, relieves y mármoles, parece casi demasiado elaborado para la ciudad que lo rodea. Cuando el sol alcanza los mosaicos dorados la fachada pierde por momentos la apariencia de piedra y adquiere algo de superficie iluminada.

En el interior espera una de las obras más perturbadoras del Renacimiento italiano: los frescos de Luca Signorelli en la capilla de San Brizio. Signorelli trabajó allí a fines del siglo XV y comienzos del XVI sobre un programa dedicado al fin de los tiempos. Aparecen la predicación del Anticristo, la resurrección de los muertos, los condenados, los demonios y los cuerpos que vuelven a adquirir carne. Lo extraordinario es precisamente el cuerpo. Signorelli llena las escenas con desnudos retorcidos, musculaturas, escorzos y movimientos violentos; utiliza la anatomía humana como vehículo para representar terror, esperanza y resurrección. Miguel Ángel pudo conocer estos frescos antes de pintar décadas después el Juicio Final de la Capilla Sixtina, y las comparaciones entre ambos han acompañado desde hace mucho a la historia del arte. El itinerario del viaje establece así, sin necesidad de forzarlo, una conversación fascinante: primero se observan en Orvieto esos cuerpos que salen de sus tumbas y días después, en el Vaticano, se entra en la Capilla Sixtina. Las obras dejan entonces de ser puntos aislados de una lista turística y empiezan a hablar entre ellas.

Entre Asís y Orvieto se despliega, además, una de las grandes historias políticas de Europa: la lucha prolongada entre poderes locales, imperiales y papales. Durante siglos los papas no fueron únicamente autoridades espirituales; gobernaron territorios, recaudaron impuestos, mantuvieron ejércitos, construyeron fortalezas y negociaron como príncipes italianos. Umbría estuvo profundamente marcada por esa presencia. Cuando hoy vemos una basílica, un palacio episcopal o una fortaleza pontificia resulta fácil separarlos en categorías —religión por un lado, política por otro— que habrían resultado mucho menos evidentes para sus contemporáneos. El papa podía excomulgar a un adversario y al mismo tiempo disputar una ciudad; un obispo podía ejercer funciones espirituales y poseer poder temporal; un monasterio podía ser una comunidad religiosa y un gran propietario de tierras. El paisaje aparentemente contemplativo de Umbría fue también escenario de una lucha constante por jurisdicciones, caminos, impuestos y obediencias.

Quizá esa sea la sorpresa de recorrer estas ciudades. Desde lejos parecen inmóviles. Asís se recorta sobre el monte Subasio como si siempre hubiera estado allí; Todi parece crecer naturalmente de la colina; Orvieto parece inseparable de su roca. Pero su historia es exactamente lo contrario de la quietud. Fueron conquistadas, sitiadas, reconstruidas, enfrentadas entre sí, sometidas a papas y emperadores, atravesadas por epidemias, enriquecidas por comerciantes y transformadas por nuevas órdenes religiosas. Lo que hoy percibimos como armonía es el residuo de innumerables conflictos que ya no podemos escuchar.

Viajar lentamente entre ellas permite recuperar algo que el transporte moderno tiende a borrar: la relación entre distancia, geografía y poder. Hoy Asís y Perugia están separadas por un trayecto breve. En el año 1200 eran dos mundos políticos capaces de hacerse la guerra. Desde una muralla se observaba el valle no para admirar la puesta de sol, sino para vigilar quién avanzaba por él. Los campanarios no componían un paisaje pintoresco; organizaban el tiempo de la comunidad y podían anunciar una alarma. Las puertas de la ciudad no eran decoraciones medievales, sino puntos donde se decidía quién entraba y quién quedaba fuera. Basta cambiar durante unos minutos la manera de mirar para que la postal desaparezca y vuelva a aparecer la ciudad.

Y entonces Umbría comienza a revelar su atractivo más profundo. No ofrece una única civilización monumental, como podría parecer que hace Roma, ni una concentración explosiva de nombres universales como Florencia. Ofrece continuidad. En unas pocas jornadas aparecen etruscos, romanos, lombardos, comunas medievales, franciscanos, papas, mercaderes, pintores renacentistas, campesinos, chocolateros y viajeros del Grand Tour. Todos utilizaron las mismas colinas y atravesaron, aproximadamente, los mismos valles. Las ciudades permanecieron arriba mientras el mundo cambiaba debajo de ellas. Por eso conviene llegar a Umbría sin prisa. Hay lugares cuya historia se encuentra detrás de una vitrina y otros donde basta levantar la mirada. Aquí está escrita en la roca sobre la que se construyó la ciudad, en el desnivel de una calle, en una muralla que ya no defiende nada y en una plaza que dejó hace siglos de necesitar fortificaciones. El paisaje que hoy parece hecho para ser contemplado fue, durante mucho tiempo, una forma de sobrevivir.

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