Categoría: Historia

  • Civilización y barbarie: Estados Modernos

    Civilización y barbarie: Estados Modernos

    No hay sociedad sin alguna forma de poder político. Si este falta, el grupo se disgrega y acaba desapareciendo. En nuestras sociedades modernas ese poder se encarna en el Estado, que ha crecido de modo extraordinario. Regula y controla casi todos los aspectos de la vida social y emplea a su servicio una ingente cantidad de recursos –materiales y personales–. Dos circunstancias entre otras, la guerra y la revolución, han contribuido de modo decisivo al crecimiento de los Estados modernos.

    Nuestras sociedades occidentales dan la impresión, a primera vista, de funcionar casi solas, sin necesidad de que los agentes del Estado nos coaccionen físicamente. Es así de modo ordinario, pero en última instancia éste se apoya en la fuerza física –ejército, policía, jueces, cárceles–. Lo notamos en cuanto hay cualquier desorden y la policía tiene que reprimir algaradas o manifestaciones.

    Ejercer el poder, de modo especial si es tan grande como el de los Estados modernos, tiene un particular atractivo. En las sociedades anglosajonas este fenómeno es menos acusado, pues hay en ellas una sociedad civil más robusta. En cambio, en sociedades europeas como la española, manda el Estado. Mantenemos con él una peculiar y casi contradictoria relación: nos rebelamos contra su hegemonía y, a la vez, lo esperamos todo de él. Mucha gente joven, que comienza su vida profesional, aspira a trabajar justamente en la función pública. Se da hoy en España una notable desafección hacia la clase política y hacia las instituciones del sistema democrático – partidos políticos, parlamentos, ayuntamientos, etcétera–, pero, a la vez, esos mismos ciudadanos esperan la solución a sus problemas de los políticos que mantienen el aparato estatal, ante el que se postran en actitud reverente. Ya he mencionado antes cómo el Estado se ha “adueñado” de la gestión de ámbitos tan importantes como la sanidad o la educación. El clima de opinión en la Europa continental es básicamente socialdemócrata: la ciudadanía acepta encantada que sea el Estado quien tome el mando, se encuentra muy cómoda bajo esa tutela y parece que al cabo de dos siglos se hubiera olvidado el llamamiento de Kant.

    Por fortuna, la violencia ha desaparecido en buena medida de nuestra vida cotidiana. Generalmente no tenemos la necesidad de salir armados a la calle y, si hay conflictos que lleguen a la confrontación física, los agentes del orden se encargan de resolverlos. Aun así, con inquietante frecuencia hay estallidos de violencia: delincuencia, terrorismo, huelgas y manifestaciones salvajes. Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas. Se pone de manifiesto entonces que el orden social es frágil, que la aparente estabilidad institucional puede esfumarse a las primeras de cambio. También en el orden social adquiere vigencia la ley de la entropía, en virtud de la cual todo sistema físico cerrado está condenado al enfriamiento y al desorden. Mantener el orden, cualquier tipo de orden –en la mesa de trabajo, en el armario, en el jardín, en la sociedad–, exige un notable y constante esfuerzo. Platón ya explicó que todo orden se arranca con esfuerzo al caos primordial.

    Esa presencia de la violencia, siquiera latente, en medio de Estados tan bien organizados constituye un motivo de “escándalo”. ¿Cómo se compagina un grado tan alto de civilización con esa brutalidad salvaje? Ya he aludido antes a la peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Además de la guerra y de la revolución, hay otros factores que explican el prodigioso desarrollo del Estado moderno. Por ejemplo, la ciencia y la tecnología. He descrito antes a la ciencia como el buque insignia de la cultura moderna, como su logro más destacado –junto con la tecnología–.

    Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas.

    La ciencia es, de entrada, una forma de saber, aunque muy distinta del conocimiento intuitivo de la vida cotidiana. Se trata de un saber riguroso, bien fundado, de validez objetiva –quien lo rechaza parece un loco, se autodescalifica–, que se basa en un método específico (hipotético–deductivo y experimental). Pero ya desde el principio de su prodigiosa historia, la ciencia moderna ha sido también poder. “Saber es poder; tanto puedes cuanto sabes”, escribió Francis Bacon, el sistematizador del método científico experimental. Desde que la ciencia moderna empieza su singladura (siglo XVII) y hasta el día de hoy, ese poder, ese talante de dominio y explotación se ha ido aplicando sucesivamente a tres ámbitos. Voy a distinguirlos a efectos de la exposición, pues en la realidad todo se mezcla. En primer lugar, se somete el medio físico, como exigencia de la revolución industrial. La producción masiva de todo tipo de bienes exige la extracción de recursos –minerales, vegetales y animales–, algunos de los cuales no resultan fácilmente renovables. Además, el proceso industrial produce basura y contamina. Esto ya se advirtió desde el comienzo de la revolución industrial, lo denuncia, por ejemplo, el Romanticismo, pero los campeones de la industria tranquilizan a los críticos: “No hay problema; es verdad que las fábricas contaminan, pero la naturaleza es fuerte y puede autoregenerarse”. Sin embargo, desde hace unos años advertimos que esto ya no es así: peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    La Libertad Guiando al Pueblo de Eugène Delacroix.

    Peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    En segundo término, el poder de la ciencia y la tecnología se ejerce sobre el medio social. El moderno ve la sociedad como un artificio, como una convención (contrato social). Si no nos convence la que tenemos, podemos idear diseños alternativos y proponernos llevarlos a la práctica, incluso de modo violento (revolución). La sociedad se concibe como un mecanismo, que podemos desarmar y volver a armar conforme a nuestro designio. Cuando el gobierno de la sociedad se plantea como una técnica, al modo ingenieril, hablamos de tecnocracia. Se trata de trasladar al ámbito social la eficacia mostrada por la tecnología en el campo industrial. El siglo XX nos ha enseñado cómo terminan esos experimentos: en regímenes totalitarios, que han dejado el campo sembrado de millones de cadáveres. La pretensión de instaurar el paraíso en la tierra desemboca fácilmente en el infierno más inhumano. En tercer lugar, el talante dominador afecta a la vida del organismo humano, en el nacimiento y en la muerte. Se trata en todos los casos de imponerse a la espontaneidad natural, que ya no merece ningún respeto. La revolución sexual favorece una práctica promiscua, con la inevitable consecuencia de los embarazos no previstos y a esa indeseable situación se responde con el aborto masivo. Y a la inversa: la infertilidad aumenta y se quiere descendencia a toda costa. Para dar respuesta a esa exigencia –el juego oferta–demanda es consustancial a la economía de mercado– surge toda una industria de la fecundación asistida: in vitro, clonación (como proyecto, de casi imposible realización), útero artificial. En el final de la vida se repite la situación. De una parte, el prejuicio intervencionista, propio de la medicina moderna, lleva al ensañamiento terapéutico. La tecnología y la farmacología ofrecen muchas posibilidades de actuación (y de lucro) que sería absurdo desperdiciar. Al médico le cuesta aceptar su fracaso y asistir pasivamente a la muerte del paciente, siente la imperiosa necesidad de hacer algo. Además, esa fase terminal de la vida constituye un interesante reto científico y permite experimentar en condiciones únicas. Y a la inversa: si el paciente es una carga, bien para el personal sanitario o para la familia, o no termina de morir, se le elimina sin más (eutanasia) o se le persuade para que él mismo se quite de en medio (suicidio asistido). Y siempre, en cada una de esas manifestaciones del control sobre la naturaleza humana, acecha el negocio. Es más, con frecuencia son intereses económicos los que están detrás de proyectos, investigaciones o legislaciones.

    Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    Salta a la vista la conexión de este afán de dominio, posibilitado por la ciencia, con la aparición y consolidación de la cultura de la muerte. El moderno no va a respetar nada, tampoco la vida del no nacido o del enfermo terminal. El “yo quiero” de Nietzsche se convierte en el nuevo imperativo categórico. Lo que se puede hacer, se hará, también cuando implique eliminar vidas. El moderno se propone tomar el mando también sobre la totalidad del proceso evolutivo. Si hasta el momento hemos asistido al despliegue de la “evolución biológica”, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora vamos a entrar en la denominada “evolución cultural”, en la que el propio hombre determinará el rumbo Se habla de enhancement, de condición transhumana, de la simbiosis hombre–máquina (cyborg), de la inmortalidad, de la creación de una nueva modalidad humana. Gran parte de esas pretensiones son quiméricas, pero nos dicen mucho sobre la mentalidad del moderno. Y abren un panorama sombrío. Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    La inquietante presencia de la violencia, latente o manifiesta, en medio de sociedades modernas y refinadas ha reabierto el debate sobre sus causas o raíces. ¿Somos violentos por naturaleza o aprendemos a serlo en sociedad? Tenemos aquí una nueva modalidad de la clásica contraposición entre naturaleza y cultura. Como hemos ido viendo en estas páginas, el moderno se esfuerza por quitar protagonismo o relevancia a la naturaleza para poner en su lugar la propia voluntad.La etología, que estudia el comportamiento animal y lo compara con el humano, habla de raíces biológicas de la violencia, pues cierta dosis de agresividad es útil, casi imprescindible, para la supervivencia de la especie. Tenemos así violencia ligada al territorio, a la jerarquía dentro del grupo, a la sexualidad, a la supervivencia (cadena trófica). Incluso hay una violencia lúdica: los animales juegan, igual que el hombre.

    En el caso del hombre también entran en liza factores culturales, de muy diverso tipo. Enumero algunos, sin ánimo de ser exhaustivo: el cambio social rápido y profundo (los individuos o grupos que no son capaces de adaptarse pueden reaccionar con violencia); la tecnología, (el prodigioso desarrollo del armamento facilita y, en ocasiones, incita a su utilización); el desarrollo urbano (tanta gente hacinada en tan poco espacio da lugar a fricciones); patrones culturales en proceso de cambio, (por ejemplo, el machismo de algunas sociedades tradicionales); la droga (la mayor parte de los delitos cometidos en Occidente tienen que ver con ella); el negocio del sexo (trata de mujeres, pedofilia, pornografía; la asociación de sexo y violencia es clásica); la ideología, (el terrorismo como fenómeno moderno, los totalitarismos); la codicia; el odio; la xenofobia.

    Son muchos los factores capaces de originar comportamientos violentos. Me pregunto si se podría hablar de un factor radical. ¿Qué persigue, en última instancia, el homicida? ¿Qué es lo que hay en juego cuando un hombre mata a otro? He apuntado más arriba que no hay grupo humano sin poder y que la sociedad moderna ha desarrollado mecanismos para la concentración de un poder nunca visto anteriormente (Estado moderno). Pero esos poderes, a pesar de modos de ejercicio de una crueldad inédita, son limitados. El hombre, también el déspota, está sometido a un poder superior:la muerte. Nadie escapa a su jurisdicción. En última instancia, el homicida se asocia a la muerte, al poder supremo. En el límite, puede aspirar a ser el último en morir, lo que no deja de ser un consuelo. El que mata ejerce la suprema soberanía, decide sobre la vida y la muerte de los demás, se coloca por encima del bien y del mal, juega a ser Dios.

    Las autoridades, el personal sanitario, los padres que deciden sobre la vida o la muerte de hijos no nacidos o de enfermos desahuciados participan de ese mismo juego. Sucumben a una fascinación particularmente insidiosa, que es erigirse en juez supremo (esto no impide que intervengan también otras motivaciones: económicas, políticas, de conveniencia personal). Ya lo escribió Hegel: “La obra de la libertad absoluta es la muerte”.

    LA RELIGIÓN TAMBIÉN TIENE ALGO QUE DECIR

    Vengo razonando en términos sociológicos, al margen de cualquier fe religiosa. El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias. Hecha esta salvedad, añado que la religión contribuye a enriquecer la argumentación y el debate. La apertura a la trascendencia ensancha el horizonte y abre nuevas perspectivas.

    Max Horkheimer, marxista y cabeza de la Escuela de Frankfurt, lo intuyó agudamente al escribir: “En última instancia, el argumento decisivo contra el homicidio es de tipo religioso”. ¿Por qué tenemos que respetar al otro? ¿Qué nos impedirá eliminarlo si supone un obstáculo para nuestros intereses? La pertenencia a la común especie humana no garantiza nada (homo homini lupus, en expresión de Hobbes). El hombre ha visto siempre en la vida algo sagrado, de valor eminente. En la tradición occidental eso se ha llamado “dignidad humana”, y tiene una inherente connotación religiosa. La vida humana adquiere un valor absoluto solo si el hombre es imagen del Absoluto.

    Manifestación de 1917 en Rusia.

    Kant ha sido tal vez el autor moderno que con más profundidad ha reflexionado sobre la dignidad humana. Distingue dos tipos de fines, el fin para sí y el fin en sí. El primero caracteriza el egocentrismo puramente animal: cualquier ser vivo es el centro de su mundo y puede referirse a los demás seres en función de su propio bienestar orgánico (por ejemplo, el bebé espera que el mundo atienda sus necesidades orgánicas). Para Kant, el hombre es además fin en sí. Sería inmoral considerar a los demás únicamente como medios, como instrumentos para el logro de nuestros objetivos. Seguramente es inevitable verlos desde esta perspectiva utilitarista, pero hay que procurar mirarlos también como fines en sí. La antropología del siglo XX ha hablado en este sentido de la “posición excéntrica” del hombre (Helmut Plessner): el ser humano puede advertir que hay otros centros, para los que uno mismo es periferia, reconocerlo e incluso ponerse al servicio de los demás (amor). Reflexiones como las de Kant o Plessner son atinadas, pero tal vez se quedan cortas. Los hombres solo pueden considerarse hermanos si comparten un Padre común (la retórica invocación a la fraternidad universal en la Revolución francesa fue de la mano con el genocidio de La Vendée y el recurso a la guillotina). Ver al otro como una amenaza, como un enemigo al que hay que exterminar implica que hemos roto antes el lazo de la fraternidad radical. –¿Soy acaso el guardián de mi hermano?-, responde Caín a Yahvé cuando le pregunta por el paradero de Abel. Platón añade otro elemento a esta reflexión: hay en el hombre un anhelo natural de justicia. La realidad de este mundo enseña que, con demasiada frecuencia, los malos triunfan y los buenos son oprimidos. Es necesario, supone Platón, que al término de esta vida haya un arreglo de cuentas definitivo, en el que unos y otros reciban su merecido. Así argumenta a favor de la inmortalidad del alma.

    El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias.

    Si nos fijamos en Occidente, ya vimos la poca estima por la vida humana que caracteriza a las antiguas culturas, Grecia y Roma incluidas. El cristianismo humanizó las leyes y las costumbres. La práctica de la caridad protegió a los más débiles e indefensos: huérfanos, viudas, enfermos, esclavos. Cuando en el siglo IV el emperador Juliano el Apóstata intenta borrar el cristianismo y recuperar el viejo paganismo, reconoce que el enemigo a batir es la institucionalización de la caridad cristiana, y se propone (sin conseguirlo) hacer algo parecido en términos paganos. En cierto modo, la situación es la misma a día de hoy. Heinrich Böll, premio Nobel de literatura y hombre de izquierda, dijo que prefería vivir en el peor país cristiano antes que en el mejor país pagano. En el primero se podía dar algo por seguro: la misericordia, la compasión hacia los más débiles. En continuidad con esa tradición, los Papas y la Iglesia en general han asumido en nuestro tiempo un destacado protagonismo en la defensa de la vida frente a los embates de la cultura de la muerte. La Iglesia aporta a ese debate su acervo de reflexión teológica y filosófica y su condición de veterana experta en humanidad. A la luz de la situación, no sorprende que los promotores de la muerte hayan visto en la Iglesia a su principal enemiga, de la misma forma que el homicida se enfrenta a Dios. Si el moderno se siente llamado a ocupar el lugar de Dios –el poder que le proporcionan la ciencia y la tecnología así lo autoriza–, deberá procurar con todos los medios a su alcance neutralizar la influencia de la Iglesia (proceso de secularización).

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia.

    Esto puede hacerse “por las buenas”, sin dramatismo, tal como lo formula Feuerbach: “La religión es algo conveniente, pues hace a los hombres pacíficos, benevolentes, solidarios; es uno de los más maravillosos inventos humanos, del cual sería peligroso prescindir. Pero, en definitiva, la religión es un invento: no es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre el que con su genio ha creado a Dios”. Una vez que el moderno ha logrado el adecuado nivel de madurez, ya no necesita esas muletas y Dios y la religión son invitados a hacer mutis por el foro. El tono empleado por Nietzsche es más perentorio: “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”.

    “Guérnica”, inspirada en el bombardeo alemán a esta ciudad en 1937. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia.

    En su versión moderada, este programa apunta a eliminar la presencia pública del hecho religioso y a recluirlo en la esfera privada. En su expresión más radical, el objetivo es la eliminación física de la Iglesia y la implantación del ateísmo. La secuencia que se da en Europa a partir del siglo XVII –deísmo, agnosticismo, ateísmo– permitía suponer que la victoria de la Ilustración sería definitiva y que la religión quedaría completamente extirpada del cuerpo social. No ha sido así. Es evidente que la religión ha perdido vigencia en Occidente, inspira en mucha menor medida que antes, las costumbres, leyes e instituciones. Pero no ha desaparecido, ni mucho menos. El país más moderno del mundo, Estados Unidos, es el que cuenta con una mayor densidad de templos por habitante. Y en otros continentes la religión prospera (Occidente no equivale a la totalidad del mundo, hay que evitar el etnocentrismo). En cambio, quien sí ha entrado en una crisis de grandes dimensiones es la cultura ilustrada. Por tanto, hoy se tiende a revisar “a labaja” la tesis de la secularización como proceso inherente a toda modernización.

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia. Hay un rechazo militante, que encuentra una favorable cobertura en muchos foros y medios de comunicación, y que querría negar a la religión –más en concreto, a la Iglesia católica– el pan y la sal. Son constantes las manifestaciones de esta nueva Kulturkampf: “guerras de los crucifijos”; intentos para borrar el carácter cristiano de fiestas como la Navidad; cambios en la denominación de las vacaciones escolares; supresión de los juramentos en las tomas de posesiones de representantes electos y de Gobiernos; eliminación de cualquier referencia a Dios en constituciones y otros textos legales. Ejemplo reciente y de los más ilustrativos: el intento de suprimir toda mención al cristianismo en el prólogo del fallido proyecto de Constitución europea, para lo que se saltaba directamente de la Grecia clásica a la Ilustración del siglo XVIII al tratar las raíces de la cultura europea. Generalmente son minorías las que plantean estas batallas, pero con gran encono y con notable eco en los medios y en las redes sociales. El enfrentamiento entre las culturas de la vida y de la muerte se lleva también al campo religioso, con una especial virulencia. Encontramos manifestaciones, y no solamente verbales, de auténtico odio. Los enemigos de la vida suelen serlo también de Dios y de la Iglesia. Siquiera implícitamente vienen a reconocer en Dios al autor de la vida y en la Iglesia a su representante cualificado en la tierra, y no soportan que se crucen en su camino para recordarles la vigencia del “no matarás”.

    Es lógico que se produzca esa confrontación. El positivismo jurídico había pretendido independizar el derecho de la moral (vano intento, como ya hemos visto). Cabe ir más allá todavía y preguntarse si es posible en absoluto una moral sin religión. Probablemente, no. La fe religiosa da razón de la estructura y sentido último del mundo y del papel de Dios y del hombre en él. Del dogma deriva la moral: si Dios, el mundo y el hombre son de tal manera, de ahí se deduce el modo correcto de comportarse. Sin el anclaje religioso la moral queda coja. En última instancia, los grandes debates morales acaban teniendo una implicación religiosa, y esto es lo que sucede con la cultura de la muerte, que afecta a aspectos esenciales de la condición humana. ¿Cómo dialogar con alguien que, en virtud de una supuesta libertad absoluta, invoca el derecho a matar a su hijo y, además, con cargo a los presupuestos del Estado? No resulta fácil razonar en ese contexto con un mínimo de serenidad. Los razonamientos abstractos no alcanzan su objetivo. Cabe confiar en que esa persona hará algún día la experiencia del amor verdadero, incondicionado, bien porque amará a alguien o porque se sentirá amada. El amor está íntimamente unido a la auténtica apertura a la realidad, a una actitud que no busca la manipulación interesada. De hecho, en cierto modo son la misma cosa. Al que se sabe querido –y creado– por Dios le resulta más fácil aceptar y querer al otro. En clave cristiana, incluso verá al mismo Cristo en el otro. Jesucristo es nuestro hermano mayor, la cabeza de la humanidad y de la Iglesia, quien revela el ser íntimo del hombre al propio hombre.

    Hay una peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Quien vive así aprende a estar en el mundo de una manera nueva. Hay continuidad entre la relación que tenemos con Dios y la que tenemos con los demás hombres y con la naturaleza. Nos encontramos aquí con una profunda intuición, presente en muchas religiones: la paz con los hombres y con la naturaleza no se pueden separar de la paz, de la armonía con Dios. Podemos hablar así de una ecología integradora, en la que el respeto a la vida encuentra su pleno sentido.

  • La Respuesta Romántica

    La Respuesta Romántica

    ¿Que es el Romanticismo?; ¿es algo errático o una certeza?; ¿es de izquierda o de derecha?; ¿es revolucionario o reaccionario?; ¿que es lo que es? Tales preguntas no son académicas pero no por eso sin importancia. Al contrario, nos ayudan a entender el mundo en que vivimos.

    John William Waterhouse. The Lady of the Shalott, 1888

    En el Epílogo de la tercera edición de “La Vuelta del Peregrino” , C.S. Lewis se quejaba que por Romanticismo se entendían tantas cosas, que como palabra había pasado a no tener significación. “No usaría esta palabra para describir ningún fenómeno”, protestaba, ya que la considera “una palabra con tantas acepciones al punto de ser inútil y debería por ende, borrarse del vocabulario”. Con calma, Lewis!, si elimináramos palabras simplemente por tener múltiples y vagos significados, o porque se abuse de su significado, o éste se corrompa por una mala aplicación, resultaría casi imposible poder hablar o expresarnos. Tomemos como ejemplo la palabra “amor”. Pocas palabras han sido tan manoseadas como “amor” y sin embargo, pocas palabras son de tal importancia axiomática para el entendimiento de sí mismo.

    John Lennon y Jesucristo no quieren decir lo mismo cuando hablan del amor. Uno se pone una flor en el pelo y se embarca en un viaje alucinógeno a San Francisco, mientras que el otro acepta que le pon- gan una corona de espina en su cabeza y va al Gólgota a encontrar SU muerte. El uno se desvía, el otro muestra el CAMINO. El uno es sublime, y el otro ridículo. Por supuesto que C.S. Lewis entendía esto perfectamente. De hecho lo entendía tan bién que escribió un libroentero sobre el asunto. En “Cuatro Amores” quiso definir “el amor”. Y lo que es verdad de esa palabra “amor”, es igualmente verdad de la palabra “romanticismo”.

    Si queremos avanzar en entender el romanticismo, debemos aban- donar la noción de abolir la palabra “romanticismo”, y comenzar, en vez, a definir los términos. Lewis, a pesar de sus protestas, entendía perfectamente esto y del deseo de abolir la palabra, pasó a enumerar varias definiciones de la misma, argumentando que“podemos distinguir al menos siete especies de cosas a las que se le llaman románticas”. ¡De cuatro amores a siete romanticismos!, Lewis no estaba para abandonar el significado, o “mens sana” a otros hombres sin mente ni pecho!

    Ya que las siete definiciones del romanticismo, de Lewis son difíciles de manejar, es necesario afinar nuestra definición del romanticismo en una unidad comprensiva de la cual las otras definiciones sean sub sets. Que caracteriza o distingue al romanticismo, o volviendo a la pregunta inicial, ¿que es?. De acuerdo al Diccionario de Filosofía, Collins; el romanticismo es “un estilo de pensamiento y de percepción del mundo, que dominara la Europa del siglo XIX”. Partiendo en la cultura medieval temprana, se refería originalmente a los cuentos en la lengua Romance sobre el amor cortesano y otros temas sentimentales que se distinguen de las obras escritas en latín clásico. Desde el comienzo, por ende, “el romanticismo” estuvo en contra distinción del “clasicismo”. El primero se refiere a un punto de vista marcado por sentimientos refinados y recíprocos, y por lo tanto se puede decir que es introvertido, subjetivo, “sensible” y dado a los sueños nobles; el último está marcado por el empirismo, gobernado por la ciencia y medición precisa y podría llamársele extrovertido.

    Joseph Karl Stieler (1781–1858). Retrato de Ludwig van Beethoven Componiendo la Missa Solemnis. 1820 Current location Beethoven-Haus.

    Habiendo definido nuestros términos, entendiendo, en el sentido más amplio y general; podemos proceder a una discusión de la forma en que la sociedad humana ha oscilado entre las dos visiones alternativas de la realidad representada por el clasicismo y el romanticismo. Antes que nada, sin embargo, debemos insistir en que esta oscilación es en sí una aberración, producto de la modernidad. En la Edad Media no existía tal oscilación entre los dos extremos de la percepción. Al contrario, el mundo medieval se caracterizaba, y de hecho se definía por, una unidad teológica y filosófica que trascendía la división entre romanticismo y clasicismo. El nexo entre filosofía y teología en la visión del hombre en el Platonismo Agustino y el Aristotelismo Tomista estaba representado en la fusión de fides ratio, la unión de fe y razón. Tómese como ejemplo el uso figurativo o alegórico en la literatura medieval, o el uso del simbolismo en el arte de la época. La función de lo figurativo en el arte y la literatura medieval no tenía como propósito principal producir sentimientos espontáneos en el observador o lector, sino estimular al observador o lector a ver el significado filosófico o teológico contenido en la configuración simbólica. En este sentido, el arte medieval, iluminado por la filosofía y teología medieval, es mucho más objetivo y extrovertido que el ejemplo más “realista” del arte moderno. El primero apunta a las ideas abstractas que son el fruto de una tradición filosófica que existe independiente tanto del artista como del observador; el segundo recibe su “realismo” sólo de las emociones y sentimientos de aquellos que lo “experimentan” o “sienten”. Uno exige que el artista o el observador se proyecten más allá de sí mismos a la verdad trascendente que está afuera; mientras que el otro se desliza por los sentimientos de la experiencia subjetiva. El rendir lo trascendental a lo transitorio, lo perenne a lo efímero, es la característica de la sociedad post cristiana y por ende, post racional. Es la marca de la bestia. La fusión medieval de la fe y la razón se fragmentó, teológicamente, con la Reforma, y filosóficamente, con el neo clasicismo de fines del Renacimiento. El romanticismo y el clasicismo, puede decirse, representan intentos de reparar los fragmentos del huevo Humpty Dumpty del cuento. Son en realidad intentos de darle sentido al sinsentido de la fragmentación de fe y razón.

    La pretenciosa auto nominada “Ilustración” era el Fenix-Frankestein filosófico que se elevó de las cenizas de esta fragmentada unidad. Representa la razón sin fe, o mejor dicho, una fe ciega en la pura razón. De la misma forma que la fragmentación teológica de la Reforma Protestante había llevado a un rechazo de la ratio (razón) escolástica, incluyendo solo el fides; la fragmentación de la Ilustración-Renacimiento, llevó a un rechazo del fides, incluyendo sólo la ratio. La creencia que el hombre había destronado a los dioses de la superstición, llevaría muy rápidamente a la supersticiosa elevación del hombre a ser un dios auto adorador. En el tiempo esto llevó a la veneración de la diosa Razón en la Catedral Notre Dame de París durante el Reino del terror que surgió a continuación de la Revolución Francesa, la primera manifestación del totalitarismo racionalista. Si la Ilustración se caracterizó por el cientificismo y el escepticismo, es decir, la veneración de la ciencia y la denigración de la religión; la Respuesta Romántica en contra de la Ilustración se caracterizó por el escepticismo hacia la ciencia y la resurrección de la religión. El Romanticismo emergería, de hecho, como la reacción de “fe inarticulada” en contra de la “razón inarticulada”; es decir la veneración del corazón en guerra contra la veneración del seso. Fue un espectáculo muy alejado del paisaje de unión de corazón y seso que caracterizara a la civilización cristiana. La Respuesta Romántica, sería, sin embar- go, un paso significativo en la dirección correcta, llevando a muchos románticos de corazón noble, al corazón de Roma. Este fue el caso de al menos Inglaterra, Francia, aunque en Alemania se desvió vía el genio de Wagner y la locura de Nietzsche, a la psicosis de Hitler.

    La respuesta romántica en Inglaterra, puede decirse, tuvo su génesis en 1798 con la publicación de Las Baladas Líricas (Lyrical Ballads), de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge. Publicado sólo nueve años después de la Revolución Francesa, el poema Lyrical Ballads representaba el alejamiento y rechazo del racionalismo que había llevado al Reino del Terror. Wordsworth pasó de un “estado espiritual sereno y sublime” de un panteísmo optimista, evidente en sus “Lineas Compuesta varias millas sobre la Abadía de Tintern”, a un completo acuerdo con la Cristiandad Anglicana, evidente en la descripción alegórica de Cristo en “Resolución e Independencia”. Coleridge echó el guante del desafío de la Cristiandad en la sublimación de los sublime en “la Rima del Viejo Marinero”; y en sus “Himno al Alba en el valle de Chamouti” apuntó más allá de la naturaleza majestuosa (OSovran Blanc!) a la majestuosidad del Dios de la naturaleza:

    Quién te dio gloria como las Puertas del Cielo
    bajo la espléndida luna llena? Quién ordenó al sol
    que te vistiera con el arco iris? Quién ordenó guirnaldas a tus pies del azul más bello?
    Dios! Deja que los torrentes, como el clamor de naciones contesten! Y deja que las mesetas heladas hagan eco, Dios! Dios! Que canten los esteros de las praderas con voces alegres!
    Y los pinares, con sus suaves sonidos del alma!
    Que alcance su voz, más allá de los picos nevados,
    y que en su peligrosa caída, truenen, Oh Dios!

    En su reacción en contra de la Ilustración y sus monstruosos en- gendros, la Revolución Francesa, Wordsworth y Coleridge pasarían por sobre los errores y el terror de los tres siglos precedentes para redescubrir la pureza y un pasado cristiano, saltándose la herejía para encontrar la ortodoxia. Esta forma de reacción se repetiría en varias de las manifestaciones del neo-medievalismo que seguiría al Romanticismo de Wordsworth y de Coleridge. El renacimiento gótico, anunciado por el arquitecto Augustus Pugin en 1830 y defendido por el crítico de arte, John Ruskin, veinte años más tarde, buscaba descubrir una estética más pura a través de de las nociones de belleza del Medioevo. El Movimiento de Oxford, liderado por John Henry Newman, Edward Pussey y John Keble, buscaba un retorno a una visión católica más pura para la Iglesia de Inglaterra, saltándose la Reforma en un intento por injertar la Iglesia Anglicana Victoriana a la Iglesia Católica de la Inglaterra medieval, promoviendo la liturgia católica y la interpretación católica de los sacramentos. La hermandad pre-Rafaelita, formada después de 1850 por Dante Gabriel Rosseti, John Everett Millais, William Holman Hunt, y otros; buscaba una visión más pura del arte, pasando por sobre el arte de Renacimiento tardío, buscando la claridad de la pintura medieval y del Renacimiento temprano, pintura que, como lo sugiere la rúbrica de pre-Rafaelita, era anterior a las innovaciones de Rafael.

    John Everett Millais: Ophelia. 1851 – 1852 Tate Britain, London

    Quizás la voz poética emergente más importante de la Respuesta Romántica es la de Gerard Manley Hopkins, quien fuera recibido en la Iglesia Católica por John Henry Newman en 1866, veintiún años más tarde de la propia conversión de Newman. Influenciado por las figuras de la pre Reforma, como San Francisco y Duns Scotus, y por el rigor anti reformista de San Ignacio de Loyola, Hopkins escribió poesía llena del dinamismo de la ortodoxia religiosa. No publicado en vida, Hopkins estaba destinado a surgir como uno de los poetas más influyentes del siglo XX, después de la publicación de sus versos en 1918, casi treinta años después de su muerte. Aunque estas manifestaciones del Romanticismo neo medieval, transformaron la cultura del siglo XIX, contrastando con el optimismo y triunfalismo cientificista de la psiquis imperial Victoriana, sería un grave error sugerir que el Romanticismo siempre desembocó en el medievalismo. Las tendencias neo medievales de lo que podría denominarse Romanticismo Luminoso eran acompañadas a la par por un Romanticismo Oscuro, evidenciado en la vida y obra de Byron y Shelley, quienes demostraban tendencias nihilistas y desesperación ensimismada.

    Si Wordsworth y Coleridge reaccionaban en contra del ícono racionalista de la Revolución Francesa, Byron y Shelley pretendían reaccionar en contra de la propia reacción de Wordsworth y Coleridge!. Fuertemente influenciado por las Lyrical BalladsI, Byron y Shelley se sentían incómodos con el tradicionalismo Cristiano que Wodsworth y Coleridge comenzaban a hacer suyo. Byron dedicó bastante espacio en el Prefacio del Pergrinaje del Niño Harold, para atacar las monstruosas necedades de la edad media”, y Shelley en su “Defensa de la Poesía”, declaraba su horror de la Tradición, insistiendo que los poetas debían ser los esclavos del espíritu de los tiempos, y que “debían reflejar las sombras gigantescas que el futuro echa sobre el presente”. Esclavos del espíritu del Presente, y espejos de la Gigante presencia del Futuro, los poetas eran guerreros del Progreso que buscaba vencer los supers- ticiosos retazos de la Tradición. Es posible que estas soserías pudieran ser excusadas como locuras y liviandades de la juventud, sobre todo considerando que hay evidencia de que Byron aspiraba a algo más sólido que un deísmo inarticulado y sin credo, como en su “ The Prayer of Nature” (Oración de la Naturaleza); y que el ateísmo militante de Shelley se estaba convirtiendo en un panteísmo fugaz. Sus tempranas muertes así como la temprana muerte de su menos tenebroso colega Keats , truncaron su intento de encontrar la luz a partir de sus ensimismadas y oscuras existencias y anhelos. Como un ladrón furtivo en la noche, la muerte los ha preservado para siempre como íconos de la locura que a menudo, y casi a pesar de ellos mismos, alcanza alturas de belleza y percepción notables.

    En lo esencial, al comparar Wordsworth and Coleridge con Byron y Shelley, vemos la separación entre la altura de miras del Romanti- cismo Luminoso y el camino de profundidades de los Románticos oscuros. Sin embargo, si supusiéramos que la separación fuera permanente y que como en el caso de Oriente-Occidente de Kipling, “hebras que nunca se han de encontrar”, cometeríamos un grave error. Las dos vertientes del Romanticismo tienen más en común que el camino alto y el camino bajo que conducen a los “bellos, bellos bancos del Lago Lomond”, o visto de otra forma, convergen donde todos los caminos lo hacen, en Roma! Porque, como corresponde a un romance, el Romanticismo aún cuando sea Oscuro, a menudo lleva a Roma. La Influencia de Byron en la corriente oscura, cruzó la Mancha, y se entronizó en la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysmans, todos eximios exploradores de la desesperación, que en su momento descubrieron la realidad del infierno y retornaron despavoridos al seno de la madre Iglesia. Baudelaire fue recibido por la Iglesia en su lecho de muerte, Verlaine se convirtió en prisión; y Huysmans, habiendo intimado con lo diabólico, terminó sus días en un monasterio. La principal diferencia entre el Romanticismo Oscuro de Byron y Shelley y la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysman, es que los primeros se internaron en la oscuridad de sus propios egos con nada, sino la Nada, que iluminara sus divagaciones; mientras que los últimos, se internaron profundo en su propia oscuridad interior aprovechando la luz de la teología. Los primeros se perdieron en las elocuciones circulares de la navegación ensimis- mada en redondo, mientras que los últimos descubrieron la Bestia, que habitaba en el pozo sin fondo de la obsesión consigo mismo y, golpeándose el pecho, se arrodillaron al fin ante el Cristo que sus propios pecados habían crucificado. Es interesante notar que la Decadencia Francesa, fue caracterizada por su preocupación con el simbolismo, que en sí, era un retorno al modo de comunicación que se empleaba en el arte medieval.

    Si el Romanticismo oscuro había cruzado la Mancha en disfraz Byroneano, metamorfoseándose en el simbolismo de la Decadencia Francesa, cruzó el Canal de nuevo, bajo el auspicio de Oscar Wilde, que era aficionado de Baudelaire y Verlain. De manera quizás perversa, Wilde había leído la obra recién publicada de Huysmans, A ReboursI, una obra maestra de la decadencia, durante su luna de miel en París que influenciaría profundamente su propia obra decadente: El Retrato de Dorian Gray. Tal como sus antecesores franceses, los decanos de la Decadencia Inglesa, también encontraron su camino a la Iglesia Católica, volviéndole la espalda al exceso y a la modernidad, favoreciendo el Cristianismo tradicional. Fuera de Wilde, que fue recibido en la Iglesia Católica en su lecho de muerte, otras figuras de la Decadencia Inglesa, se decidieron por el Papa, como Aubrey Beardsley, Lionel Johnson, John Gray, Ernest Dowson e incluso el enfant terrible de los 1890 ́s, Lord Alfred Douglas. Se puede ver, por lo tanto, que el camino alto y el camino bajo convergen en la vía de la Conversión Romana. El camino alto de la santidad fue seguido por Newman y Hopkins, ambos convertidos sacerdotes católicos, mientras que en el camino bajo del pecado, o la vía del hijo pródigo, fue elegido por un grupo amplio de decaden- tes franceses e Ingleses. No hay que olvidar que Oscar Wilde nunca se cansó de recordarnos que, incluso los santos han sido pecadores, y que todos los pecadores son llamados a la santidad.

    Caminante sobre el Mar de Nubes, Caspar David Friedrich. Kunsthalle de Hamburgo (1818).

    Desde la publicación de Lyrical Ballads en 1798, hasta la muerte de Oscar Wilde en 1900, la Respuesta Romántica podría verse , en general, como una reacción contra el superfluo racionalismo y la anti religión de la Ilustración. Pero a pesar de sus muchas faltas y desvíos, se las arregló para seguir el camino correcto, perdiendo el rumbo en pocas ocasiones. Concluyamos, volviendo a las preguntas iniciales.

    ¿Qué es el Romanticismo?
    Es la reacción generalmente sana del corazón a la testarudez de la cabeza. Es errático o una certitud? A menudo está en lo correcto, aunque también se equivoca, pero como en las palabras del mal entendido romántico, el Rey Lear “ se peca más en su contra sin ser un pecado en sí”.

    ¿Es de izquierda o de derecha?
    Ha sido sabio para no caer en esa trampa clasificatoria. Los conceptos políticos de izquierda o derecha son el producto del racionalismo “irracional” de la Revolución Francesa, es el lenguaje del parlamento de los necios. El verdadero Romanticismo, como el verdadero Clasicismo, siempre se ha preocupado de los asuntos del bien y el mal, contentándose con dejar la retórica de izquierda y derecha a los sinvergüenzas y charlatanes.

    ¿Es revolucionario o reaccionario?
    Depende, de cómo se definan los términos. Si hablamos de revoluciones políticas como la de 1789 o 1917, el Romanticismo es contra revolucionario yespléndidamente reaccionario, por lo menos en su manifestación Inglesa.

    ¿Que es, entonces?
    Es un esfuerzo de redescubrir lo que se ha perdido, un anhelar en las profundidades de la oscuridad de la modernidad por la luz de la verdad que preserva la tradición. Oscar Wilde nos recuerda “que estamos todos en el barro, pero algunos de nosotros, buscamos las estrellas”

    *Este artículo fue publicado en Diciembre del 2005 en Chronicles
    ** Traducción: Enrique Romo

  • Winston Churchill, El mejor Primer Ministro de la Historia de Inglaterra

    Winston Churchill, El mejor Primer Ministro de la Historia de Inglaterra

    Estadista, escritor, político, orador brillante, Premio Nobel de Literatura, ciudadano honorario de los Estados Unidos, talentoso pintor, gran equitador y jugador de polo, periodista, hábil estratega y Primer Ministro de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Para muchos el mejor Primer Ministro que ha tenido el Reino Unido en toda su historia. Fue el primero en advertir la amenaza del nazismo y luego, en 1946 condenó el comunismo soviético y fue también el primero que habló del “telón de acero” que había caído sobre Europa.

    Churchill junto al Presidente Franklin D. Roosvelt

    Al cumplirse 50 años de su muerte el pasado 24 de enero, el Reino Unido ha dedicado este año 2015, a recordar con diferentes actividades, a este hombre que ya hace una década fue nombrado “el más grande de los británicos” y que en el año 2000 la publicación francesa Historia designó como “el estadista del siglo XX”.
    En su discurso del 24 de enero, en uno de los tantos homenajes dedicados a su memoria, el Primer Ministro, David Cameron recordó: “Churchill fue nuestro mejor primer ministro de todos los tiempos y siempre estaremos en deuda con él. Su crucial decisión en mayo de 1940 de combatir a Hitler salvó a nuestro país y seguramente a todo el mundo”, y en ese mi¿Quién es Winston Churchill?smo discurso mencionó su cita favorita de Churchill cuando habló al pueblo en mayo de 1940: “Defenderemos nuestra isla, cueste lo que cueste. Los combatiremos en las playas, los combatiremos por tierra, en las calles, en las colinas, nunca nos rendiremos”. Y citó también las palabras que han quedado grabadas en la historia cuando dijo: “No tengo otra cosa que ofrecer que sangre, lágrimas, fatiga y sudor”.

    ¿Quién es Winston Churchill?

    Es muy difícil hablar en estas pocas líneas de un hombre que ocupó tantas páginas de la Historia y que es uno de los personajes más sobresalientes del siglo XX. Su imagen, con su sombrero de copa, su bastón, su puro eterno entre los labios, sus dedos en alto con la V de la victoria y su ancha sonrisa se han perpetuado para siempre en la memoria colectiva. También se lo asocia con su afición al whisky, al cognac, al champagne y al buen vino. Hombre de respuestas rápidas e incisivas no se dejaba sorprender por nadie y siempre tenía la respuesta adecuada a cada situación. Con respecto al alcohol, afición cuidadosamente controlada que nunca escondió, tiene algunas frases memorables. Una vez le preguntaron si le gustaba el té y contestó : “ Mi médico me ha indicado que no debo tomar nada que no tenga alcohol entre el desayuno y la cena”. En 1952 dicen que le contestó al rey Jorge VI: “Mi regla era no tomar bebidas alcohólicas antes del almuerzo, pero ahora es no hacerlo antes del desayuno”. Fue un personaje que estuvo muchas veces en el centro de la polémica y que en sus más de sesenta años de vida política dejó una profunda huella en la época en la que le tocó vivir. A él se le han adjudicado casi todos los adjetivos, tanto para alabarlo como para denostarlo. Se lo ha descrito como carismático, egocéntrico, vanidoso, convincente, enérgico, audaz, valiente, temerario, imprudente, intuitivo, agresivo, incansable, magnánimo, ingenuo, reaccionario, grosero, ambicioso, brillante y muchos otros más.
    Era el Primer Lord del Almirantazgo cuando estalló la Primera Guerra Mundial. En esta guerra ocurrió un hecho que significó el alejamiento de Churchill de su cargo y que estuvo en su conciencia toda la vida. Se temía que el ejército otomano atacara el Canal de Suez y para protegerlo, sugirió en el mes de noviembre de 1914 que la mejor manera de defender Egipto era tomar la península de Gallípoli, en los Dardanelos. Todos tenían alguna opinión y nadie se ponía de acuerdo. Pasó el tiempo y al momento de tomar la decisión, el ejército otomano se hizo muy fuerte y todo terminó en una masacre. Se trató de inculpar solo a Churchill, pero más adelante se hizo una investigación y fue rehabilitado. De todas maneras fue separado de su cargo y marchó a combatir a las trincheras de Francia. Esta acción le penó para siempre. Clementine, su mujer comentó a un amigo:” Yo creí que nunca superaría los Dardanelos, pensé que moriría de pena”. Pero la Segunda Guerra Mundial fue la vitrina en donde se agigantó su figura y es esa imagen suya la que recuerda hoy el mundo. Fue el primero que advirtió las intenciones de Hitler y anunció casi en forma clarividente lo que iba a ocurrir si no se tomaban urgentes medidas. Cuando el Primer Ministro Neville Chamberlain en 1939 regresó triunfal luego del pacto de paz de Munich, Churchill fue uno de los pocos que no celebró la noticia. Y tenía razón pues al poco andar el líder nazi rompió todas sus promesas. Churchill era en ese momento Primer Lord del Almirantazgo, el mismo cargo que ocupaba al declararse la Primera Guerra en 1914. Cuando Hitler invadió Polonia, Inglaterra declaró la guerra a Alemania, Chamberlain renunció y Winston Churchill ocupó el cargo de Primer Ministro. Ahí se dirigió al país con su famosa frase: “No tengo otra cosa que ofrecer que sangre, lágrimas, fatiga y sudor”. Su poder de oratoria se puso a prueba y y sus palabras estallaban en cada discurso, cada vez más convincentes y verdaderas y llegaban a todos los que las oían como una respuesta y una esperanza.

    Cuando Francia cayó Inglaterra estaba sola, pero después eran tres los aliados. Los Tres Grandes les decían a Stalin, Roosevelt y Churchill. Pero como dijo De Gaulle, Churchill era el más grande. Infatigable, Churchill, apodado el león, es un hombre de mil facetas, “un hombre orquesta” como dicen algunos de sus biógrafos y a lo largo de su vida se dedicó con apasionada energía, además de a la política, al periodismo, a la pintura, a la oratoria, a la literatura. Fue un destacado escritor y publicó libros históricos y biografías. Sus excelentes discursos como también su “dominio de la descripción histórica y biográfica” lo hicieron merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1953. Pero a su vez la literatura que existe sobre él es extensa y su nombre figura en casi todos los libros relacionados con la historia del siglo XX en Gran Bretaña y el mundo. Sobre su persona se han escrito alrededor de doscientos libros y existe un flujo de comentarios constantes en documentos y biografías políticas. No todos los escritos son favorables ya que Winston Churchill tuvo a lo largo de su vida fervientes partidarios y grandes detractores. Estos últimos le reprochan especialmente su actuación en los Dardanelos en la Primera Guerra Mundial y Dresde y Mers El- Kébir en la Segunda Guerra Mundial. Pero sus logros fueron más fuertes que sus errores y las críticas no logran empañar su figura que emerge grandiosa ante la historia. Clement Attlee, Primer Ministro en 1945 y opositor político de Churchill dijo en sus funerales: “Tenía simpatía, una simpatía increíblemente amplia para toda la gente común de todo el mundo. Hemos perdido al británico más grande de nuestro tiempo. Creo que ha sido el ciudadano del mundo más grande de nuestro tiempo”.
    A su vez el general Charles De Gaulle con quién Churchill nunca tuvo muy buenas relaciones expresó: “En este gran drama él fue el más grande” Pero la más importante y completa de las biografías que se han escrito sobre Churchill, es la que empezó su hijo Randolph y continuó con minuciosidad y perfección el historiador británico, Martin Gilbert. Esta obra comenzada en 1966 culminó en 1988 con la publicación del séptimo y último volumen.

    Su vida, su familia, la política

    Winston Leonard Spencer-Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 en Oxfordshire (Inglaterra), en el palacio de Blenheim, propiedad de su abuelo, séptimo duque de Marlborough. Fue el hijo mayor de lord Randolph Churchill y de Jennie Jerome, una norteamericana de gran belleza. Con su padre, miembro del Parlamento y muy activo en la política, que murió muy joven, cuando Winston tenía 20 años, no tuvo nunca una buena relación pero si con su madre a quién amó y admiró profundamente. De todas formas su infancia fue muy solitaria ya que Jennie y Randolph Churchill eran muy aficionados a la vida social y sus innumerables compromisos no les daban tiempo de ocuparse de sus hijos. Como era la usanza de esa época era la niñera la que tomaba todas las responsabilidades y para fortuna de Winston, la institutriz elegida, Mrs Everest le dio el cariño que el niño necesitaba desesperadamente: “Mrs. Everest era mi confidente, le contaba todas mis penas”.

    Winston Churchill a los siete años

    A los siete años fue al internado Saint Georges. El griego, el latín y las matemáticas no eran el fuerte de Winston y sus notas no eran de las mejores. Además por su conducta fue tachado siempre de “muy revoltoso” hasta “insoportable”. Los castigos físicos, frecuentes en esa época fueron utilizados en Winston. Su madre decidió sacarlo del Saint Georges para llevarlo a una pequeña escuela en Brighton que consideraron mejor para sus bronquios. Su conducta continuó siendo tan mala como siempre y en este ítem obtuvo el número 29 entre 32 alumnos. Un profesor dijo años después:” Era un alumnito pelirrojo, el más malo de la clase”. Era un gran lector y leía con entusiasmo lo que caía en sus manos. En 1888 ingresó al colegio secundario y como todos los Spencer- Churchill debería haber ido a Eton pero el clima al lado del Támesis iba a ser malo para sus bronquios por lo que fue inscrito en el también afamado Harrow, cerca de Londres. Allí tampoco tuvo una actuación destacada. Era insolente, peleador y desobedecía todas las reglas de la escuela. Seguía, eso si, siendo un voraz lector. Para su cumpleaños número trece pidió la Historia de la guerra civil norteamericana escrita por el general Grant y a los catorce descubrió y leyó con pasión la Historia de Inglaterra de Macaulay. Su memoria era prodigiosa y su manejo del idioma inglés insuperable. Estudiaba solo lo que le interesaba y luego de un año en Harrow, entró en una clase especial del mismo colegio que preparaba para los exámenes militares. En septiembre de 1893 ingresó a la Academia Militar de Sandhurst y en diciembre de 1894 se graduó, el octavo entre los ciento cincuenta de su promoción. Al egresar se incorporó al Regimiento de Caballería Cuarto de Húsares. En el año 1895 el Regimiento le dio cuatro meses de licencia y decidió viajar a Cuba atraído por la pelea que libraban los ejércitos españoles contra un grupo de rebeldes de la isla. Fue contratado por el periódico The Daily Graphic a quién ofreció enviar notas y comentarios. Cumplió así el sueño de participar de una guerra y sentir el peligro de las balas y por otra parte obtuvo bastante dinero con las excelentes crónicas que envió al diario. Aprovechó este viaje para visitar los Estados Unidos y fue presentado a la sociedad de Nueva York por un conocido de su madre.

    Winston Churchill con su uniforme militar en 1895

    A su regreso sabía que el destino con los Húsares era ahora la India. Cuando llegó a Bombay, en su apresuramiento por desembarcar sufrió un accidente y se dislocó un hombro, lo que le provocó dolores y molestias de por vida. En Bangalore dónde estaba asentado su regimiento, la principal ocupación era jugar al polo. El equipo tuvo bastantes éxitos, siendo el primer regimiento del Sur de la India en ganar la Copa Inter- Regimientos. Churchill también dedicó tiempo a leer gran cantidad de libros con temas muy variados. Sus autores, Macauly, Gibbon, La República de Platón, Wealth of de Nations, de Adam Smith, Modern Science and Modern Thougt, de Laing, entre muchos otros. En 1897 cuando estaba en Gran Bretaña con licencia se enteró de algunas sublevaciones en el noroeste de la India. Con esas ansias suyas de tener acción en la guerra, volvió a la India y como no había vacantes para pelear se lo invitó a participar como corresponsal de guerra. En septiembre de ese año fue la batalla de Malakand, zona de los pathans, musulmanes con hábitos guerreros y famosos por su ferocidad. Winston se hizo famoso por sus despachos como corresponsal y además a su regreso a Bangalore escribió el libro La Historia de la Fuerza de Tareas de Malakand . Fue tal el éxito, que hasta el Príncipe de Gales le mandó una felicitación. En 1898 el general Sir Herbert Kitchener estaba organizando una campaña para reconquistar el Sudán, y Churchill luego de muchos intentos logró que lo aceptaran. El Morning Post de Londres lo contrató como corresponsal. Allí participó en la batalla de Omdurmán en la que se produjo la última carga de caballería que precedió al uso de la ametralladora. En octubre de 1898 regresó a Inglaterra y comenzó a escribir The River War, una brillante descripción de la campaña, obra de dos volúmenes publicada en 1899. Luego de terminar este libro decidió seguir los pasos de su padre y a su vez su verdadera vocación e ingresó a la política como candidato del Partido Conservador. A pesar del entusiasmo y el empeño perdió la elección y decidió partir a la guerra de los Boer en Africa del Sur, originada por un desacuerdo entre el gobierno británico y los farmers holandeses en las repúblicas del Transval y el estado Libre de Orange. Winston a quién el peligro atraía con una fuerza irresistible partió como corresponsal del Morning Post con gastos pagados y en primera clase. Y fue ahí en Sudáfrica dónde vivió un episodio que le dio gloria y fama. El tren blindado en que viajaba junto a un regimiento británico fue atacado y el tren descarriló. Churchill, con gran valentía se hizo cargo de la situación y logró soltar la locomotora y ayudar al maquinista. Finalmente todos fueron hechos prisioneros y llevados a Pretoria. Desde allí escapó atravesando miles de peligros y arriesgando su vida a cada momento. Finalmente logró llegar a Durban donde fue recibido como un héroe. Todos los detalles de su cautiverio y sus peripecias para escapar los escribió en su libro My Early Life cuando regresó a Inglaterra en julio de 1900. Sus hazañas habían alcanzado notoriedad y los diarios comentaban en forma muy elogiosa su desempeño. Winston decidió intentar de nuevo ingresar a la política y lo consiguió. Fue elegido miembro del Parlamento el 1 de octubre de 1900 cuando faltaban unos meses para que cumpliera 26 años. En 1904 se pasó a las filas del Partido Liberal y aparentemente por su firme convicción en el libre comercio. Veinte años después volvió al Partido Conservador.

    Churchill con su esposa

    Su carrera política ya sea del lado liberal o conservador fue siempre en ascenso. En 1905 fue nombrado Subsecretario para las Colonias y en esta función estaba dichoso. Trabajaba frenéticamente, estaban a su cargo unos setenta países, leía todos los informes y agregaba unas notas interminables de su puño y letra, evaluando situaciones y dando su opinión. En 1908, Asquith que acababa de ser nombrado Primer Ministro le ofreció el Ministerio de Comercio. Desde allí participó sin descanso en mejorar las condiciones de los trabajadores. Acortó las horas de trabajo a los mineros, luchó contra el desempleo. En 1910 fue nombrado Ministro del Interior, convirtiéndose a la edad de 35 años en el Ministro del Interior más joven desde Sir Robert Peel en 1822. Desde allí tuvo que enfrentar serios problemas sociales. Su manejo en la huelga de los mineros de Gales le trajo muchas críticas. En 1911, fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo. Y ejerciendo este cargo enfrentó la Primera Guerra Mundial.

    Su matrimonio, su familia

    Hacemos un alto en la carrera política de Winston Churchill para hablar sobre su matrimonio y su familia.
    No se conocen romances intensos en la vida de Churchill hasta que conoció a Clementine, que sería la mujer de su vida. Antes de esto estaba muy entusiasmado con la actriz Ethel Barrymore a la que le propuso matrimonio pero fue rechazado. Según un biógrafo, “ se le declaró a Ethel poco después de conocerla y con la misma rapidez fue rechazado”. Pamela Plowden, otra mujer en la vida de Churchill a quién conoció en la India, dijo: ”La primera vez que se lo encuentra se notan todos sus defectos, pero el resto de tu vida lo ocupas descubriendo sus virtudes”. Una conocida economista de izquierda escribió en su diario:” Fui a cenar con Winston Churchill. Primeras impresiones, inquieto casi de un modo intolerable, egocéntrico, ostentoso, reaccionario, pero con cierto magnetismo personal”. Cuando conoció a Clementine Hozier quedó fascinado con su belleza y su encanto. En 1908 contrajeron matrimonio y a la ceremonia asistieron los personajes más connotados de la época incluido el rey que le regaló un bastón con cabo de oro. Clementine que le acompañó y lo alentó siempre, no tuvo una vida muy fácil con un personaje de esa vitalidad y de esa capacidad de trabajo pero estuvo a su lado en todas las circunstancias. Tuvieron cinco hijos, cuatro mujeres y un hombre. El hombre Randolph, le daría problemas siempre por su temperamento agresivo y su alcoholismo. Fue un matrimonio largo y feliz. Hay una anécdota que dice que una vez en una reunión de amigos se hizo un juego y se pidió a los concurrentes que en forma sucesiva contestaran la pregunta: “Si usted no fuera quién es, quién desearía ser?. Cuando llegó su turno, Winston miró a Clementina y dijo: Me gustaría ser el segundo marido de Mrs. Churchill”. Una vez Winston le escribió: ”La cosa más preciada que tengo en la vida es tu amor. Tu eres una roca y yo dependo de ti y descanso en ti…” Desde 1924 hasta el día de su muerte, Churchill vivió en Chartwell, una propiedad en Kent que adquirió por un legado y en que fue muy feliz. Cuando tenía algún tiempo libre, que eran pocos, se dedicaba a la chacra, hacía obras de albañilería y arreglaba el jardín.

    Su muerte

    Churchill, el León, como se le apodaba, está enterrado en el pueblo de Bladon, cerca de Oxford, a unos 100 kilómetros de Londres. Tras su muerte, la reina Isabel decretó que su cuerpo fuera velado tres días en el Palacio de Westminster y que su funeral de Estado fuera llevado a cabo en la Catedral de San Pablo. El ataúd que contenía los restos de Churchill cruzó el río Támesis la tarde del 30 de enero, y mientras lo hacía, las grúas de carga, situadas en la orilla, se inclinaban a su paso haciendo reverencia. Miles presenciaron el último camino de Churchill con un silencio absoluto, pagándole su máximo respeto. Antes del funeral del papa Juan Pablo II el de Churchill había sido el que más líderes mundiales había recibido.

    “Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido a través del continente”. Es probablemente la frase más famosa de Winston Churchill, la cual formó parte de su célebre discurso del 5 de marzo de 1946 respecto a la situación geopolítica de Europa durante la Segunda Guerra Mundial

  • Crisis en Afganistán

    Crisis en Afganistán

    Los acontecimientos de estas últimas semanas han vuelto a poner en los titulares del mundo al Medio Oriente. Todo el tiempo estamos observado cómo la región estalla con diferentes conflictos locales. Desde hace ya un siglo esto se ha vuelto una constante. ¿Por qué? 

    Tal vez una de las formas de comprenderlo es entendiendo la historia que hay detrás. Cómo se fue forjando la identidad de una civilización en torno al siglo VII d.C. cuando nacía el Islam de la mano del Profeta Mahoma, el arcángel Gabriel y el mismísimo Dios. Ello permitió a la comunidad beduina tener un marco social común, que finalmente se transformó en un poderoso Imperio o Califato árabe. Su caída los dejó en manos de los igualmente poderosos turcos y tras ellos, con su fin en la Primera Guerra Mundial, ¿qué pasó con el Medio Oriente? Quedó en gran parte en manos de los ganadores de la Gran Guerra: europeos, cristianos, ninguno de ellos representantes del Islam que por siglos los habían gobernado. Esto fue hace un siglo, el mismo siglo que la región lleva en crisis. Las decisiones tomadas por Occidente para ellos hace 100 años atrás y en adelante, han convertido al Medio Oriente en un polvorín que no cesa de estallar. 

    100 años viviendo con fronteras que trazaron para ellos los dominadores europeos. Límites que no se ajustaban a la realidad de la región ni por historia, ni por etnia, ni por lengua. Nunca habían tenido barreras. Siempre circularon con libertad por los desiertos, montañas y valles. Ahora Europa les dibujaba nuevos mapas que debían acatar sin ser consultados. El Islam se convertiría en su refugio. En el único elemento que aún les quedaba para seguir sintiéndose parte de esa comunidad original. Las reglas del juego habían cambiado y ellos debían adaptarse.

    Fue el caso de Afganistán, de identidad completamente tribal y libre. Nunca conocieron fronteras hasta que se independizaron en 1919 de los ingleses, quienes ya las habían dibujado. Intentaron una monarquía, que con dificultades sostuvo el poder durante algunas décadas, ya que la población más que una identidad nacional, afgana, seguía sintiéndose únicamente parte de su clan. No sentían ser parte de un “Afganistán inventado”. Finalmente la crisis no demoró en llegar y desde entonces, casi ininterrumpidamente, han vivido en guerra civil. Cómo conciliar tribus que antes de sentirse nacionales, se saben tribales. ¿Habrá alguna solución parecida al modelo occidental para ellos? Probablemente no. Esa es la lección que acaba de sacar Occidente después de décadas de invasiones. ¿Qué vendrá para ellos ahora? Es la enorme pregunta que sólo deja incertidumbres como respuesta. 

  • EL CAPITÁN COOK

    EL CAPITÁN COOK

    El capitán James Cook (1728-1779) es uno de los hombres más viajados de la historia: dios tres vueltas al mundo en una época en la que el ser humano quiso conocer, ordenar y catalogar todo. Representa el cambio de mentalidad racionalista en acción y encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación, que lograron que este hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico.

    El capitán Cook es una figura poco conocida en el mundo de habla hispana. Sin embargo, en el mundo anglosajón es un verdadero ícono, contando con estatuas, billetes y estampillas en muchos de los países donde Cook no solo estuvo, sino que cambió su destino. Sin duda, se trata de uno de los hombres más viajados de la historia: dio tres vueltas al mundo en una época en la que el hombre quiso conocer, ordenar y catalogar todo. James Cook representa el cambio de mentalidad racionalista en acción, fruto de la meritocracia incipiente y ascendente desde el siglo XVIII. Encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación que lograron que este joven hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico y, en gran medida, uno de los arquitectos iniciales de la idea del Empire over seas.

    Sello impreso en Nueva Zelanda en homenaje al capitán Cook, ca. 1940

    Nació en Marton, Cleveland, Yorkshire, Inglaterra el 27 de octubre de 1728, en una familia campesina. Sus biógrafos insisten que desde la colina de su casa se veía el mar y que eso marcó su espíritu. Como familia se trasladaron a un cottage en Great Ayton, donde el patrón del lugar, Thomas Scott, notó rápidamente las habilidades del joven y fomentó su educación. Siendo un adolescente se fue a vivir a Staithes, un pueblo pesquero. Terminó su formación allí y luego viajó a Whitby, donde trabajó ocho años en la casa de un comerciante, John Walker. Allí vivió junto a la familia de su patrón, en el ático. Aún se puede visitar la casa del célebre capitán en Whitby. Walker era un mercader y almacenero del pueblo, de una religiosidad y rigor de vida extremo. La estancia con esta familia caló profundamente en el ser de Cook. El espíritu reformado y de disciplina de Walker lo acompañarán toda su vida. Sirvió con esmero y dedicación en su trabajo, por lo que se le ofreció el grado de capitán de un barco mercante, pero él lo rechazó para enrolarse en la Royal Navy. De este modo, Cook dejó Whitby y se trasladó a Londres.

    En dos años, el joven Cook logró llegar por sus propios méritos al grado de capitán. En ese entonces, Inglaterra peleaba la llamada “Guerra de los siete años” en Canadá. Los británicos habían iniciado su colonización en Norteamérica con territorios bastante escasos. Básicamente, las llamadas 13 colonias eran una franja de tierra en la costa este de lo que hoy es Estados Unidos. Francia tenía muchos más territorios que Inglaterra en Norteamérica y la “Guerra de los siete años”, que estalló en 1756, tuvo como propósito hacer retroceder el poderío francés. Esta guerra fue ganada por Inglaterra, quienes con ayuda del mismísimo capitán Cook lograron tomar la estratégica ciudad de Quebec en el río San Lorenzo. Si bien los ingleses ya habían logrado penetrar en la parte sur de lo que hoy es Canadá, con esta guerra llegaron al corazón del enclave francés en el Nuevo Mundo y terminaron con las aspiraciones imperiales francesas en estas tierras para siempre.

    El capitán James Cook arribó a lo que hoy es Canadá en 1758, cuando la guerra ya llevaba dos años. Le tocó presenciar el asedio de Louisbourg y luego se dedicó a trabajar en cartografía, que era uno de sus principales aficiones. Conoció a Samuel Holland, cartógrafo británico que estaba haciendo mapas de lo que hoy es Prince Edwards Island, y trabajó bajo su dirección. Viajó a Halifax para comenzar a mapear toda la costa. Más tarde hizo un trabajo de gran dificultad: mapear las corrientes y profundidades del río San Lorenzo, lo que fue estratégico para la guerra. Ese río era especialmente dificultoso de navegar ya que en su interior hay una serie de rápidos que entorpecían la entrada a Quebec. Los franceses habían mantenido en secreto esta información, lo que era una desventaja para los ingleses, quienes pretendían tomar la ciudad. Las mediciones de James Cook fueron determinantes para que los ingleses pudieran finalmente tomar Quebec y derrotar a los franceses.

    En 1760, Cook regresó a Londres y se instaló en la zona de Mall, para estar cerca del Almirantazgo. En la segunda mitad del siglo XVIII, Londres había crecido mucho y se trataba de una ciudad bullante y llena de movimiento. Un mercado en donde el Támesis era la gran carretera por la que la producción de todo el reino llegaba a Londres y desde ahí se repartía. El movimiento era frenético y las calles estaban repletas de gente. Con el avance de la Revolución Industrial comenzó a proliferar el consumo y Londres era el centro de este nuevo mundo de intercambio. El joven Cook estaba fascinado. En una taberna conoció a la hija del tabernero, Elizabeth, que se convirtió en su mujer y con la que tuvo varios hijos. Se fueron a vivir a Mile End y desde allí Cook iba constantemente al Almirantazgo. Lo nombraron cartógrafo real, en reconocimiento a su labor en el Nuevo Mundo y lo clave de sus mapas para el triunfo. Fue enviado a Canadá, donde estuvo varios meses dedicado a realizar mapas de la isla de Terranova. Trabajó en los mapas junto a Michael Lane y se interesó por la flora y la fauna de Terranova.

    El advenimiento del llamado Racionalismo y la idea que la razón humana era la que creaba la realidad habían cambiado la visión de mundo. Sir Francis Bacon llamaba desde su método experimental a dominar y controlar la naturaleza para establecer el “imperio del hombre en el mundo”. Es cierto que durante este período se cree en la existencia de un Dios creador, pero que después de crear el mundo, se fue y el mundo funciona solo, sin Él. Es un Dios creador, pero no providente, no actúa. El mundo depende del hombre, que tiene el control y dominio de ese hábitat. El interés por la cartografía era parte de ese afán de dominio y control. Ordenar, catalogar, medir todo. Europa se llenó de asociaciones científicas que querían terminar con lo desconocido, dominar lo antes ignorado y terminar con la superstición y el fanatismo. La ciencia estaba de moda y generalmente se incluía entre los pasatiempos y entretenimientos de las personas.

    En aquellos años se sabía que se produciría un alineamiento del planeta Venus con el Sol, evento que podría servir para conocer la distancia entre la Tierra y el Sol. Como el lugar donde se podría apreciar mejor este acontecimiento astronómico era desde el Pacífico, llamaron a James Cook para encomendarle un viaje con el fin de hacer la medición en alguna isla del Pacífico. James Cook inició así el primero de sus tres viajes que lo llevaron a dar la vuelta al mundo y a convertirse en el marinero con más millas navegables hasta entonces. Partieron en 1768 y regresaron tres años después, en 1771. Joseph Banks, un millonario y científico amateur, pagó una suma de dinero inimaginable por sumarse a la expedición. El gran terror a bordo de cualquier nave era el escorbuto, que para ese entonces no se sabía que era producido por falta de vitamina A, sino que se pensaba que se generaba casi espontáneamente. Cook ya intuía que tenía que ver con la dieta y había desarrollado unos barriles con repollos en vinagre con cáscaras de naranja que creía evitaban el mal. Obligaba a los marineros a comer estos repollos por turnos. Como no eran sabrosos ni lucían bien, muchos marineros no querían comerlos. Entonces Cook demostró tino y sabiduría. Comenzó a servir esta preparación en el comedor de oficiales y la convirtió en el banquete de los elegidos. Invitaba con regularidad a los marineros al comedor y les servía los repollos y así, no solo comían, sino que se sentían honrados de hacerlo. De este modo, evitó el escorbuto entre sus tripulantes y mostró manejar a su gente con gran psicología.

    Retrato de Sir Joseph Banks, de Sir Joshua Reynolds, 1773

    Después de una larga travesía, llegaron por primera vez a Tahití, isla que había sido descubierta poco tiempo antes por Samuel Wallis, quien la había calificado como el paraíso terrenal. Una isla de esplendoroso verde con mares turquesas y población amable. Un lugar donde los marineros no podían creer el hecho de que los jefes de la zona para halagarlos les ofrecían a sus propias mujeres. Parecía definitivamente el lugar más perfecto sobre la tierra y el lugar en el Pacífico para hacer las mediciones del paso de Venus con precisión. El Endeavour fue recibido por los nativos con gran alegría y los marineros estaban felices. La formación puritana de James Cook le hacía estar muy molesto frente al hecho que sus marineros se entregasen a los placeres carnales. Después de semanas de esparcimiento, lograron establecer lo que llamaron “Fuerte Venus”. James Cook estaba preocupado de preparar todo para cumplir a cabalidad con la medición de la alineación del Venus con el Sol. Otro miembro del equipo, el dibujante Sydney Parkinson, estabainteresado en dibujar lo más fielmente posible todo lo que veía en la isla, especialmente los bailes de las mujeres tahitianas, algo que parecía totalmente novedoso para los estándares europeos. Son numerosas las ilustraciones realizadas por este dibujante sobre las maravillas naturales y lo exótico de esta tierra y sus gentes.

    Finalmente, el día de las mediciones llegó y aunque el capitán James Cook actuó con gran precisión, no pudo lograr la medición exacta del momento en que Venus se alineó en el instante preciso del alineamiento. Aunque todas las observaciones habían sido hechas con rigor, James Cook se sentía frustrado. Antes de partir desde Gran Bretaña, el Almirantazgo le había encomendado dos misiones: medir el alineamiento de Venus y al culminar esa tarea debía abrir un sobre que contenía una misión secreta, que consistía en descubrir el llamado “Continente del Sur”, la llamada “Terra Australis”. La creencia popular establecía que si había una gran masa territorial en el hemisferio norte de la Tierra, debía haber un volumen similar al sur, ya que si no la Tierra misma debía desbalancearse. Su misión era descubrir ese continente perdido e incorporarlo a las tierras de la corona inglesa. Antes de partir en su nueva misión, el capitán Cook realizó los mapas de Tahití. Mientras tanto, los equipos de Joseph Banks se dedicaban a clasificar la flora y la fauna, y junto a Sydney Parkinson realizan múltiples dibujos. Banks embarcó en el Endeavour una serie de muestras botánicas e insistió en que un aborigen llamado Tupaia los acompañara durante el resto del viaje. Tupaia fue de gran utilidad, ya que la lengua de Tahití tiene muchos elementos comunes con las de otras regiones de la polinesia, lo que le permitió servir de intérprete. Sabemos mucho sobre todas estas cosas, ya que el mismo James Cook llevó un diario de su viaje que más tarde fue publicado y se convirtió en un éxito de ventas. Cook no creía en la existencia del continente del sur, pero muchos de su tripulación sí, entre ellos Joseph Banks. Años antes, en 1642, el holandés Abel Tasman arribó a unas tierras en el sur que pensó se trataba de las costas de este misterioso continente, y se esparció la idea que Tasman había llegado a Terra Australis. Las tierras a las que llegó este explorador fueron bautizadas como “Tasmania” en su honor y hoy sabemos que no era un continente, sino una isla frente a otra gran isla que hoy conocemos como Australia. Siguiendo el camino relatado por Tasman, el capitán Cook llegó las costas de Nueva Zelanda. Recorrió la costa y luego desembarcó, produciéndose el primer encuentro entre nativos blancos y maoríes. De hecho, al bajarse con su tripulación y enfrentarse a los maoríes, fueron los primeros blancos en presenciar el Haka, baile maorí de la guerra internacionalizado por el equipo de rugby neozelandés, los Old Blacks. Este baile no debió haber dejado tranquilos a los ingleses y cuando el jefe Terakau sacó una espada, algunos miembros de la tripulación temieron por sus vidas y dispararon. Timaru se encontró cara a cara con el capitán Cook y se saludaron como iguales. Cook le rindió honores al caído y logró el acercamiento con los habitantes de la isla. Tupaia fue esencial para lograr una real comunicación entre las partes. Esta prueba lingüística de comprensión entre la lengua de Tahití y esta nueva isla llevaron a Cook a pensar que se trataba del mismo pueblo. Por su parte, Joseph Banks y Sydney Parkinson realizaron muchos hallazgos e intentos de catalogación. Son múltiples los dibujos sobre la tierra y las gentes de nueva Zelanda de este primer viaje del capitán Cook. Una de las cosas que llamó profundamente la atención de los europeos fue la costumbre de realizar tatuajes simétricos en todo su cuerpo.

    Tras algunas semanas decidieron volver a embarcarse. Cook quería realizar los mapas de la zona. De este modo, se alejaron de la bahía que llamarían “Poverty Bay”. Avanzando por las costas de la isla llegaron a “Tolaga Bay”, lugar donde compartieron con los aborígenes, exploraron y dibujaron, para poder llevar reportesfidedignos a la Corona. Tras completar la cartografía de la isla y constatar que se trataba de dos islas de mediana dimensión y que no era Terra AustralisCook tomó posesión de la isla en nombre de la Corona británica. Tras esto, continuó la ruta, llegando a las costas de lo que hoy es Australia. En este lugar, la actual Sidney, quedaron sorprendidos por la flora abundante que se les presentaba a los ojos, por lo que la bautizaron como “Botany Bay”. Joseph Banks estaba fascinado. Las caricaturas de la época posterior a este viaje reflejan el entusiasmo y asombro que habría experimentado Banks y el equipo del Endeavour. Los dibujos de la flora y fauna encontrada sorprendieron al mundo. El mismo Joseph Banks, de regreso en Inglaterra, publicó un libro al que tituló Florilegium, que le valió el elogio de la comunidad científica londinense. De hecho, Banks y Cook se retrataron junto a lord Sandwich como expertos científicos, lo que los elevó a hombres de su tiempo y de moda. Las descripciones de esta “Botany Bay” llevaron luego al gobierno británico a concluir que se trataba de una fabulosa solución a la sobre densidad de las cárceles británicas. Ya las cárceles no daban abasto y desde hacía años se habían inaugurado los buques prisiones, que resultaban ser instalaciones complejas. Great Expectations, una de las novelas de Charles Dickens maduro, inicia cuando de un buque prisión se escapan dos presos que pelean a muerte. Uno de ellos se esconde en el cementerio y es ayudado por el joven Pip. Con esa primera escena comienza la historia de redención de un gran hombre y se revelan las injusticias del sistema británico. Para solucionar este tema, se pensó dar fin a los barcos prisiones y establecer una colonia penal en “Botany Bay”. Sería un lugar para prisioneros y para aquellos que requerían un nuevo comienzo, como otra vez Dickens deja en evidencia en su obra David Coperfield, donde los caídos y los villanos terminan en Australia, lugar de redención.

    Banksia integrifolia, de Nueva Zelanda, publicada en Florilegium, de Joseph Banks

    Cook y su tripulación continuaron mapeando las costas de Australia hacia el norte, pero su error fue intentar navegar cerca de la costa frente a Queensland, sin saber que ahí se encontraba la Gran Barrera de Coral. Es así como dañaron el casco del Endeavour y casi naufragan. Usando las velas como vendaje del casco, continuaron viaje hasta el norte y llegaron a lo que hoy se llama Cookstown. Eligieron un lugar en el que se juntaban dos ríos, que podía ser de gran utilidad para llevar la madera hasta allí. El río fue bautizado como Endeavour, ya que el barco fue reparado allí entre junio y agosto de 1770. No había muchos aborígenes en la zona, pero la necesidad de alimentos los hizo adentrarse en el territorio y avistaron los primeros canguros, que fueron dibujados por Sydney Parkinson. Luego escribiría en su diario “Cuán diversa y rica es la creación divina”. Nuevamente, Cook reclamó las tierras de la llamada Nueva Holanda para la Corona británica. Este acto fue esencial para la construcción de la idea del Imperio Británico e hizo de Cook un héroe nacional. De regreso a Gran Bretaña, pararon en Batavia, hoy Yakarta, que era colonia holandesa y había sido recién remodelada. Era un buen lugar para descansar, conseguir provisiones y terminar de reparar el Endeavour de modo adecuado. Pero estando allí los azotó la peste y murieron muchos hombres, incluido el joven tahitiano Tupaia. Al partir, se llevaron agua contaminada, por lo que la muerte siguió llevándose a varios tripulantes, entre los que estaba el joven dibujante Sydney Parkinson y el astrónomo Charles Green. En total, murió un tercio de los hombres de Cook. Finalmente, en julio de 1771 divisaron los acantilados de Dover. Habían regresado a casa, con solo parte de los hombres y el preciado tesoro botánico de esta vuelta al mundo de más de tres años.

    Retrato de Omai, de Sir Joshua Reynolds, 1776

    Cook fue directo al Almirantazgo en vez de visitar a su mujer e hijos. Estaba preocupado, temía que la estrella fuera Banks con sus contactos y no él. Y de hecho, fue así. Rápidamente, George III le ofreció dos embarcaciones a Banks para realizar una expedición para encontrar los mares del sur. Cook fue ascendido, sus mapas eran considerados de gran importancia, pero no le ofrecieron barcos ni tenía una próxima expedición. Cook, en vez de alegar contra Banks, le escribió agradeciéndole la oportunidad de haber hecho el viaje juntos; quería acompañarlo. Banks comenzó a exigir muchas comodidades: quería un barco con doble cubierta, lo que era inviable para un viaje como ese. Al no concedérsele lo que pedía, desistió de viajar. Así, en 1771 zarpó una nueva expedición de dos barcos: el Resolution, capitaneado por James Cook, y el Adventure, al mando de Tobias Furneaux. Cook llevó todos los adelantos que le permitieran más precisión en sus mediciones. John Harrison, un relojero importante, le diseñó un reloj que lo ayudaría a medir los grados de latitud al navegar y ser exacto en sus mediciones. La misión nuevamente era encontrar el continente del sur. De este modo, avanzaron hacia el sur y se acercaron a los hielos. El dibujante de a bordo de este segundo viaje fue William Hodges, quien retrató la inmensidad de los hielos de un modo fascinante. Tras avanzar lo más lejos que pudieron, sin llegar a tierra firme, regresaron hasta Tahití. Los hombres de Cook permanecieron ilesos y saludables como siempre, por lo estricto del capitán en relación a la dieta de los marineros. El Adventure, sin embargo, sufrió de escorbuto y Furneaux perdió a algunos hombres. En Tahití, todos los hombres pudieron descansar y gozar del “Paraíso terrenal”. Cook volvió a lamentar las licencias de sus hombres y los excesos en el pecado de la carne. Aparte de los placeres, presenciaron sacrificios humanos, lo que los escandalizó. Furneaux insistió en llevar a un aborigen y fue así como Omai se incorporó a la expedición. Cook exploró los mapas que había hecho Tupaia y resultó ser verídico lo dicho por el aborigen muerto en la hoy Yakarta. Partieron rumbo a Nueva Zelanda. Los barcos habían quedado de encontrarse en el Estrecho de la Reina Carlota, pero Cook llegó antes y esperó dos semanas. Ante la demora de Furneaux, Cook prosiguió camino al sur. Furneaux llegó poco después y al ver que Cook no estaba, decidió explorar y ordenó a sus tripulantes bajarse en una de las islas a buscar provisiones, pero fueron atacados y todos resultaron muertos. El resto de la tripulación, horrorizada por el evento, decidió retornar a Londres. Al arribar a la capital, Omai se convirtió en el centro de la atención de la sociedad londinense. Fue retratado por Sir Joshua Reynolds, el gran pintor del minuto, lo invitaron a eventos sociales de gran envergadura e incluso fue presentado al Rey. Todos querían conocerlo. Representaba lo exótico.

    Mientras tanto, Cook insistía en llegar lo más al sur posible. Sus relatos probablemente inspirarían al propio Coleridge al escribir su Balada del Viejo Marinero. Exploraron el hielo y llega hasta los 71 grados sur, lo que para ese entonces era lo más al sur alcanzado por los europeos. En esta expedición lo acompañó el joven George Vancouver, quien sería después protagonista de otros viajes en la costa oeste de Norteamérica y que dejaría su nombre plasmado en la zona. El joven Vancouver, antes de dar la vuelta para volver al norte, se asomó sobre el mástil para ser el hombre que llegó más al sur. Cook contó luego acerca de su acercamiento al polo antártico entre los hielos, lo que fascinó al público en una era de descubrimientos. Volvieron a Nueva Zelanda y se dirigieron hacia el Cabo de Hornos, donde pasaron la Navidad, para luego regresar a Londres. Volvió a casa en 1775 a casa, lleno de cosas que mostrar y con dos vueltas al mundo en el cuerpo. El mismo William Hodges lo retrató como un hombre maduro y experimentado. Fue aceptado en la Hospedería de Greenwich como reserva. La vida de comodidades había llegado. Era reconocido por sus méritos. La Corona le estaba agradecida y le pagaba con generosidad.

    El siglo XVIII había visto a Inglaterra cambiar. La incipiente Revolución Industrial estaba creando una sociedad de consumo y los bienes importados desde otras regiones gracias a la navegación y el auge de las compañías comerciales habían cambiado los gustos de los británicos. Por primera vez en la historia, había muchos bienes disponibles y la moda pasó a ser algo importante. El té había pasado a ser algo habitual en Inglaterra a tal punto, que el azúcar que lo acompañaba, antes un producto de lujo, era un bien básico. Josiah Wedgwood se había hecho millonario vendiendo porcelana. La reina Ana y Catalina la Grande de Rusia le habían comprado juegos únicos, y todas las mujeres querían su propia “China”. La India, desde donde venía el té y la seda con flores bordadas, se había convertido en un lugar fundamental. Muchos productos esenciales para el incipiente Imperio Británico provenían de allí. Encontrar un camino directo, sin pasar por África, implicaba evitar el control de los portugueses en el comercio. Se pensaba que debía existir un paso por el polo norte y los ingleses estaban empeñados en encontrarlo y controlarlo. El Almirantazgo sabía que Cook estaba retirado, pero no había capitán mejor que él. Por lo tanto, decidieron no llamarlo, sino lograr que él se ofreciera para la expedición. De este modo, James Cook fue invitado a una comida con Sir Hugh Palliser, contralor del Almirantazgo, y John Montagu, cuarto Earl de Sandwich, quienes le contaron lo que necesitaban y le pidieron ayuda para encontrar al capitán idóneo para esta empresa de suma importancia para la nación. Cook rápidamente se ofreció. Echaba de menos el mar, las comodidades estaban bien, pero él sabía que si lograba encontrar el paso, lo que vendría sería la nobleza, título que permanecería en las futuras generaciones. Esta tercera expedición podía ser la más importante de su vida. Cook era famoso, sus diarios de los viajes se habían publicado y se habían convertido en éxito en ventas, era un emblema nacional. La misión era secreta, nadie debía saber que Inglaterra buscaba el paso por el norte, por lo que públicamente se dijo que el viaje del capitán Cook tenía como fin devolver a Omai a su hábitat natural de Tahití. James Cook iría a bordo del Resolution y la otra nave, el Discovery, sería comandada por Charles Clarke. En este viaje lo acompañaron por segunda vez George Vancouver y William Bligh, quien más tarde sería inmortalizado por ser el capitán del motín del Bounty.

    Mapa de Nueva Zelanda realizado por el capitán Cook durante su primer viaje

    Este viaje dio la vuelta a África, pasando por Nueva Zelandia y Tahití, donde dejaron a Omai para luego seguir camino al norte. El genio de Cook se vio afectado, ya no era el mismo. El capitán templado, de decisiones mesuradas, había desaparecido. Era irascible y complejo. En la Isla de Morea ordenó matar a aldeanos por haberse comido la cabra del barco. Pasó por la Isla de Pascua y describió los moais. En 1883, arribó a Nueva Albion, Canadá, y luego a las Nuevas Hébridas. Al llegar a Alaska y al Ártico, concluyó que los mapas rusos que ocupaban no servían para nada. La falta de comida lo obligó a cazar lobos de mar para mantener a la tripulación. El hielo les impedía pasar, por lo que decidió abrirse camino. Así terminó divisando las islas de lo que hoy es Hawai, que él llamó islas Sandwich. Al llegar a lo que hoy es Waimea, fueron recibidos con honores y la gentileza y generosidad de los locales impresionó a toda la tripulación. Por esto, permanecieron varias semanas. Finalmente, decidieron partir para ver si lograban dar con el paso del norte, pero al poco andar, a causa del mal tiempo, el mástil de la embarcación se quebró, por lo que Cook decidió volver a Hawai para reparar el barco. Nadie sabe bien qué pasó, pero al parecer a los nativos no les gustó que Cook y sus hombres regresaran y no les dieron la bienvenida. Sin provisiones ni ayuda, Cook intentó tomar cosas por la fuerza y en la refriega resultó muerto. Allí, en medio del Pacífico, el gran navegante encontraría su última aventura el 14 de febrero de 1779. Tras este evento, la expedición continuó rumbo a Macao, dejando atrás el cuerpo del gran Capitán. La misión del paso del norte no se había logrado y con la muerte de Cook ya solo quedaba regresar a casa. El 11 de enero de 1780, los periódicos de Londres comunicaban la muerte de James Cook en Hawai.

    Hoy, a 250 años de su viaje, es importante apreciar el legado de este hombre. Un self made man que llegó a ser conocido como uno de los forjadores del Imperio Británico. El mundo no sería el mismo después de sus tres grandes viajes. Gran parte de la Tierra quedaría bajo la tutela de Britania gracias a este hombre que ayudó a construir ese Imperio anglosajón. Cook es una muestra del cambio en un mundo donde el mérito comenzaba a ser algo determinante. Es un adelantado. Hay estatuas y monumentos suyos en la mayoría de los lugares donde llegó. Sin embargo, en el siglo XXI ha sido sindicado como el causante de las muertes de miles de aborígenes y presentado como causa de vergüenza. Muchos de los monumentos dedicados a su persona han sido atacados y rayados, y no falta quien pida su eliminación de los lugares públicos. Pero a pesar de estos modernos discursos neomarxistas, que intentan condenar todo lo que huela a imperialismo, siempre y cuando no sea el propio, la historia del capitán Cook tiene mucho que decirles a ellos mismos. Muestra cómo alguien de baja cuna llegó a tocar el cielo creyendo en sus ideales. James Cook es, sin duda, uno de los aventureros más grandes de la historia y sus tres vueltas al mundo lo hacen merecedor todos los homenajes 

  • La vocación militar de O ́Higgins y las principales acciones militares en las que participó

    La vocación militar de O ́Higgins y las principales acciones militares en las que participó

    Bernardo O ́ Higgins se sintió atraído por la carrera de las armas cuando se encontraba estudiando en Europa e hizo algunos intentos por ingresar  al ejército y a una academia de navegación, lo que no fue posible debido a su condición de hijo natural. Su formación, entonces, fue bastante espontánea y se produjo a través de su vida y ante los grandes desafíos que tuvo que enfrentar.

    Bernardo O ́Higgins, sin saber cuál sería su destino, se sintió atraído por la carrera de las armas cuando se encontraba estudiando en Europa e hizo algunos intentos por ingresar al Ejército y a una academia de navegación, lo que no fue posible  debido a su condición de hijo natural. Su formación como tal, entonces, fue bastante espontánea y se produjo a través de su vida y ante los desafíos que esta le fue colocando.

    Su niñez en el campo, tanto en Chillán como en Talca, lo hizo un experto jinete y un conocedor de los secretos de la naturaleza, que lo ayudaría mucho en su quehacer militar futuro. Su estrecho contacto con los mapuches en Chile y con hijos de caciques en su estadía en Lima también le ayudaría mucho en sus tareas futuras relacionadas con la guerra, al conocer de sus tradiciones, juegos y mentalidad. Así aprendió el futuro soldado no solo a hablar el mapudungún, sino también entender que el ideal del joven mapuche era llegar a ser un famoso guerrero. Sus estudios en Chillán, Lima y Londres le abrieron un panorama insospechado al joven. Tuvo acceso a los clásicos, al estudio de la historia, la geografía, idiomas clásicos, al uso de mapas, técnicas de navegación y también a deportes de aplicación militar como la esgrima. De este modo, sin saberlo, el joven  O ́Higgins iba atesorando experiencias que le servirían mucho en su futura vida militar. Es importante recordar que en la época en que vive en Lima pudo observar de cerca las unidades militares acantonadas que servían de sustento al Virreinato. Luego, cuando viaja a Europa, el mundo estaba en guerra y los mares estaban llenos de peligros, infestados de piratas y de acciones de guerra entre Inglaterra, España y Francia.

    O ́Higgins intenta regresar a Chile en abril de 1800 en la fragata mercante La Confianza, parte de un convoy de varios navíos españoles que fue objeto de un sorpresivo ataque por buques ingleses. En una carta a su padre relata lo que sería su primera experiencia de combate. “A las tres de la mañana estando durmiendo, me vinieron a despertar dándome noticia que se divisaban algunas velas por la popa; apenas me había medio vestido, cuando nos tiró un cañonazo con bala que nos pasó por encima de la vela mayor haciéndonos muy poco daño”. En otra parte de la carta señala que en menos de diez minutos se les fue encima una fragata inglesa y dos buques más, lo que los obligó a amainar la navegación y enfrentarse a los agresores. Cuenta que los buques rodearon la fragata española y que desde la inglesa se solicitó un parlamento en inglés, haciéndoles ver  que si no aceptaban, la echarían a pique. El joven chileno tomó un altavoz e inició la conversación con el enemigo. Cuenta el joven O ́Higgins que en cubierta solo quedaba el comandante del buque y él; toda la marinería se había refugiado en el depósito de municiones. La fragata española, que no era de guerra, finalmente se rindió. A O ́Higgins le robaron todo lo que tenía y lo desembarcaron en Gibraltar, desde donde se trasladó a pie hacia Algeciras, medio desmayado de hambre, calor y cansancio.

    Entre 1802 y 1810 se inicia el período de agricultor de O ́Higgins en “Las Canteras” (Los Ángeles) junto a sus primeras incursiones en el terreno de la política. Los acontecimientos de 1810 lo llevaron a emprender una incesante actividad, que en lo militar se centró en alistar tropas para conformar un ejército que permitiera defender la autonomía alcanzada. Así propone la organización de dos regimientos de milicias de caballería con inquilinos de “Las Canteras” y de los alrededores. El vocal de la nueva Junta de Gobierno, Juan Martínez de Rozas, lo nombra Teniente Coronel de Milicias de la Laja y le confía la segunda comandancia del Regimiento “Lanceros de la Frontera”, movilizado prácticamente con los inquilinos de su hacienda. Esta sería su primera destinación y nombramiento militar. O ́Higgins estaba muy consciente de su falta de preparación militar, sabía perfectamente que sus estudios, su habilidad como jinete, sus experiencias en Europa y su primera acción de combate en el mar, como su reciente nombramiento de comandante de milicias, no eran suficientes para poder liderar una fuerza militar. De allí, entonces, que buscó consejo en uno de los militares más distinguidos y preparados de la época, también de origen irlandés, que vivía en Chile, el coronel Juan Mackenna O ́Reilly. A través de las cartas que intercambiaron se pueden conocer las inquietudes del alumno y los sabios consejos del profesor.

    Es impresionante este rasgo de humildad de O ́Higgins, que abre su corazón al nuevo maestro. Los consejos no tardan en llegar. Mackenna lo alerta ante la  vanidad y la presunción de los uniformes y las charreteras, las que no bastan para mandar un regimiento. Agrega que la preparación de los oficiales es fundamental, como lo pudo comprobar en las campañas en las que participó contra los franceses en 1793, 1794 y 1795, donde tuvo empleos de estado mayor que lo pusieron en condiciones favorables para juzgar tanto a los soldados como a los oficiales. Por lo tanto, insistía Mackenna, no bastaba el talento, sino que el estudio y el entrenamiento se consideraban fundamentales. De allí lo importante de conocer el terreno y de descubrir los secretos del adversario. Le insiste que el espíritu de trabajo es una de las cualidades más indispensables para ser un buen general. Le recuerda el gran ejemplo de su padre en cuanto a su honradez inflexible, el trabajo infatigable y la firmeza inconmovible, y le comenta que estudiando la vida de don Ambrosio encontrará en ella las lecciones militares más útiles y apropiadas a su situación presente, al tener siempre delante de sus ojos su brillante ejemplo. Puede afirmarse, entonces, que la vocación militar del prócer nace como una necesidad para poder cumplir su sueño de ver a Chile libre e independiente.

    La llegada de José Miguel Carrera a Chile generó una serie de insurrecciones que afectaron las relaciones entre la capital y Concepción. La rivalidad siguió creciendo, motivando un alzamiento de la oficialidad del Batallón de Infantería de la Frontera en Concepción, firmándose un acta en contra de la autoridad de Santiago. Ante ello, Santiago envió tropas para controlar la situación en marzo de 1812. La reacción de dicha provincia no se hizo esperar, nombrándose Teniente Coronel de Ejército a Bernardo O’Higgins, con la misión de recolectar fondos para el pago de las tropas y otras necesidades, junto con disponerse importantes aprestos militares en toda la zona. O ́ Higgins fue nombrado comandante de un batallón. En pocos días reunió cerca de dos mil hombres, la tensión continuó y las tropas de ambos bandos se acercaron a las riberas del río Maule. O ́ Higgins, desde Los Ángeles, le escribe a su madre a Las Canteras: “Acabo de llegar de Concepción con Don Juan de Dios Mendiburu. Venimos a acuartelar en esta plaza nuestros regimientos”. En la misma carta le detalla los movimientos de tropas desde Concepción y Santiago, y agrega: “Los coligues, que encargué a usted para lanzas, espero ya estarán cortados y si no lo están que se hagan cortar con la mayor brevedad”.

    Desilusionado por las intrigas políticas, O ́Higgins se retira a su hacienda para dedicarse de lleno a sus actividades agrícolas. Pasan algunos meses y a fines de marzo de 1813 el territorio es invadido por un ejército realista al mando del brigadier Antonio Pareja, que logra que Concepción y Los Ángeles se plieguen a sus fuerzas. O ́Higgins se traslada rápidamente al norte, colocándose a disposición de Carrera, que ya se encontraba en Talca para enfrentar a los realistas. Se presenta como voluntario y se le encarga la misión de detener un escuadrón realista que había ocupado Linares. Con trece dragones, nueve húsares y treinta y seis soldados, rodea al enemigo, consiguiendo apresar a su comandante y a sus soldados. En el parte que da cuenta, relata: “Es pues de más explicar el entusiasmo, espíritu y valor con que esta división avanzó al enemigo con el mayor orden gritando “Viva la Patria, Viva la Libertad””. Por esta acción, O ́Higgins fue ascendido a Coronel de Ejército en abril de 1813. Las fuerzas realistas continuaron su avance hacia el norte, refugiándose en Chillán, ciudad que establecieron como base de operaciones. O ́Higgins participa entonces en el hostigamiento a estas fuerzas al mando de dos brigadas de caballería. Los realistas se defienden en San Carlos y el nuevo coronel muestra su arrojo en combate frente al enemigo.

    Se le encarga entonces recuperar Los Ángeles, actividad que cumple a la cabeza de sus hombres. Se presentó en medio de los Dragones realistas y dando su conocido grito de “¡Viva la Patria!”, los convenció para que se pusieran a su servicio. Sea por efecto natural de la sorpresa o por adhesión al caudillo patriota, los Dragones comenzaron a gritar “¡Viva el Coronel O ́Higgins!”. Los realistas, ante la caída del fuerte el 27 de mayo de 1813, se ensañaron con la hacienda de “Las Canteras”, destruyendo sus siembras y apoderándose de sus animales. Los combates se suceden en el sitio de Chillán y luego en el vado de El Roble, en el río Itata, donde los patriotas son sorprendidos, causando un grave desorden. Pero gracias a la serenidad y rapidez del coronel O ́Higgins, el desorden se transformó en una enérgica reacción. Reunió doscientos soldados, los que concentró protegiendo la artillería. A continuación, contestó el fuego del enemigo, que trataba de desalojar a la infantería de sus posiciones. Se produjo así un reñido combate por espacio de más de una hora. Impacientado el coronel al comprobar que los realistas no cedían, tomó el fusil de un soldado que había caído muerto a su lado y levantándolo en alto, gritó a sus tropas: “O vivir con honor o morir con gloria. ¡El que sea valiente, sígame!”. Sus soldados lo siguieron con su bayoneta calada y al grito de “Viva la Patria” cargaron contra el enemigo, produciéndoles una completa derrota. O ́Higgins recibió una herida de bala en una pierna, siendo vendado por su ayudante, el teniente José María de la Cruz. El enemigo dejó más de ochenta muertos, diecisiete prisioneros, dos cañones, ciento treinta y dos fusiles y cuantiosas municiones.

    Su valerosa actitud y los errores cometidos por Carrera en el mando del Ejército hicieron que la Junta de Gobierno, en noviembre de 1813, designara un nuevo General en Jefe, alta responsabilidad que recayó sobre el coronel O ́Higgins. El decreto de su designación resumía el alto prestigio del joven oficial que contaba treinta y cinco años de edad. Se señalaba que era necesario colocar al frente del Ejército que debía decidir la suerte de la patria y formar su futura felicidad, un oficial de valor y mérito, y hallándose estas cualidades reunidas en él, se le nombraba General en Jefe del Ejército Restaurador.

    El desembarco de una segunda expedición realista en enero de 1814 agregó preocupaciones al nuevo General en Jefe, escaso de tropas y sin comunicaciones marítimas debido al bloqueo de Talcahuano. Después de un rápido avance, los realistas ocuparon Talca y O ́Higgins, con dos mil quinientos hombres, avanzó desde el sur para enfrentar al enemigo en los combates de Quilo y Membrillar. Las negociaciones detuvieron las operaciones, pero generaron grandes tensiones entre los patriotas, especialmente por el accionar de los hermanos Carrera desde la capital, que  habían apresado al coronel Mackenna y al Director Supremo. O ́Higgins decidió marchar al norte para enfrentar a los sublevados, encuentro que se produjo en el combate de Tres Acequias el 26 de agosto de 1814, que le fue desfavorable y lo obligó a retirarse al sur con sus tropas. Simultáneamente a estas acciones, los realistas desembarcaban una nueva expedición al mando del coronel Mariano Osorio. Ante esta inminente amenaza, O ́Higgins determinó que no era el momento de competencias y discordias y que debía buscarse un arreglo inmediato y definitivo a las dificultades pendientes, reuniendo las fuerzas de la patria para salvarla de la crisis que venía.

    Las fuerzas realistas se acercaban peligrosamente a la capital y O ́Higgins, con fecha 14 de septiembre de 1814, le escribía a Carrera que si el enemigo tomaba Rancagua preveía la infeliz suerte de Chile. Carrera aceptó la defensa en Rancagua y el coronel fortificó con los escasos medios disponibles la ciudad, preparando trincheras en las cuatro entradas de la plaza. Con fecha 1 de octubre, Osorio iniciaba el ataque contra Rancagua casi con el triple de las fuerzas patriotas y con dieciséis cañones. O’Higgins dirigió inicialmente las acciones contra el fuerte ataque desde la torre de la iglesia de La Merced, luego montó su caballo y al galope recorrió las trincheras infundiendo valor a sus soldados. Más tarde decidió abandonar la plaza y no rendirse. Así, al frente de sus soldados se abrió paso a través de las filas realistas rompiendo el cerco y salvando a parte de sus hombres, con los que se dirige a Santiago. Fueron cuatro años intensos los de la Patria Vieja para el O ́Higgins soldado, que de Teniente Coronel de Milicias alcanzaba el alto rango de General en Jefe. La valentía y arrojo mostrada en las acciones reseñadas le generó un alto prestigio y, por sobre todo, el respeto y la admiración de sus tropas. Terminadas estas acciones se dirigió a Mendoza, donde fue recibido por el coronel San Martín, que le encargó organizar a los soldados llegados desde Chile.

    Su estada en Buenos Aires y en Mendoza fue plena de actividades, preparando con San Martin la invasión a Chile. En su archivo se ha encontrado el Plan que propone al Gobierno argentino para liberar su patria, que titula: “Plan de Campaña para atacar, destruir y exterminar a los tiranos usurpadores de Chile”. O ́Higgins describe con gran conocimiento los detalles geográficos y también el despliegue realista, lo que muestra un detallado trabajo de inteligencia. Sobre esa base propone la invasión con cuatro divisiones: la primera por el sector de Antuco, para conquistar la costa de Arauco; la segunda para atravesar por el boquete de río Claro con la mayor parte de las fuerzas para ocupar Curicó y amenazar la capital; la tercera por el norte por la cordillera de Colanqui para ocupar Coquimbo, y la cuarta embarcada en  una flotilla para desembarcar en las islas Mocha y Santa María para amagar Concepción ocupando la desembocadura del río Carampangue. Insiste en mantener permanentemente una parla con los caciques pehuenches y abajinos para lograr alianza con ellos y luego, a través del bloqueo de los puertos de Talcahuano y Valparaíso, aislar Valdivia y Chiloé. Como puede verse.

    A partir de septiembre de 1816 se traslada junto al Ejército de Los Andes al campamento de Plumerillo, a cuatro kilómetros y medio al norte de Mendoza. Allí, los ejercicios fueron intensos y desarrollados en largas y exigentes jornadas. El brigadier O ́Higgins fue designado como comandante de la Segunda División, unidad que debería cruzar la cordillera en el esfuerzo del centro por el Paso de los Patos, simultáneamente con las columnas que lo harían por el norte y el sur. La Segunda División inició su marcha el 19 de enero, cruzando la cordillera a una altura de tres mil seiscientos metros con fecha dos de febrero, después de un desplazamiento de más de doscientos cincuenta kilómetros. O ́ Higgins alcanzó Putaendo, luego San Felipe y el día 11 de febrero de 1817 al anochecer San Martín ordenó el avance de sus tropas a Chacabuco. Al mando de O ́Higgins marchaban el Batallón de Infantería No 7 y el No 8, más dos cañones y dos escuadrones de Granaderos a Caballo, que avanzarían por la cuesta vieja, el camino más corto y accidentado, para alcanzar Chacabuco, mientras la Primera División, al mando del brigadier Estanislao Soler, lo haría por la cuesta nueva para caer a la espalda de las fuerzas que defendían la entrada a la capital.

    El parte de la batalla que remite el general San Martín retrata claramente la decidida actuación del comandante de la Segunda División señalando: “La resistencia que nos opuso el enemigo fue vigorosa y tenaz; se empeñó desde luego un fuego horroroso y nos disputaron por más de una hora la victoria con el mayor tesón. Verdad que en este punto se hallaban 1.500 infantes escogidos, que eran la flor de su ejército, y que se veían sostenidas por un cuerpo de caballería respetable. El bravo brigadier O ́ Higgins reúne los batallones 7 y 8, al mando de los comandantes Cramer y Conde, forma columnas cerradas de ataque, y con el 7 a la cabeza carga a la bayoneta sobre la izquierda enemiga. –Continua más adelante–… sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O’ Higgins la expedición no habría tenido resultados tan decisivos. Les estoy muy reconocido”.

    Años más tarde, el propio O ́Higgins, ante las acusaciones recibidas por su comportamiento temerario en dicha batalla, señaló: “Ellos ignoran el juramento que hice durante treinta y seis horas de combate en Rancagua, ellos no sabían que los clamores y ruegos que diariamente ofrecía a los cielos desde aquel aciago día hasta el 12 de febrero de 1817….y si mis acusadores hubiesen conocido estas cosas y experimentado sus tormentos, entonces habrían comprendido mis sentimientos de ponerme a la cabeza de mi brava infantería y usando de mis voces del Roble y Rancagua, cuando exclamé “Soldados , vivir con honor o morir con gloria, el valiente siga mi marcha, columnas a la carga”. El enemigo seguía presente en Chile, se reorganizaba en el sur y pronto le llegarían refuerzos desde Lima y España. Había que evitar la resistencia y para ello se requería un nuevo Ejército, tarea a la que se aplicó con tesón el Director Supremo, colocándose al mando de las unidades apenas se pudo, para liderar personalmente las acciones. Así se crearon las primeras unidades de infantería, artillería y caballería, y la Academia Militar para la instrucción de oficiales, sargentos y cabos con los conocimientos necesarios para las maniobras de batallón y escuadrón.

    A partir del 16 de abril de 1817 entregó el mando político y se dirigió a Concepción con una división de refuerzo, asumiendo el mando de las operaciones. Asaltó sin éxito las fortificaciones de Talcahuano en  diciembre del mismo año. Santiago recibía con estupor el fracaso de dicha acción y conocía del desembarco de refuerzos importantes de los españoles al mando de Mariano Osorio. Los patriotas decidieron replegarse hacia el Maule desde Concepción, junto a cientos de familias que emigraron hacia el norte. Se dispuso la política de la tierra arrasada. Una audaz maniobra de Osorio sorprendió a los patriotas la noche del 19 de marzo de 1818, en Cancha Rayada a las afueras de Talca. O ́Higgins resistió con valor, el caballo que montaba cayó de un balazo mientras su jinete recibía otro en su brazo derecho. Los patriotas se dispersaron en una confusa retirada hacia el norte. El brigadier chileno, desoyendo las advertencias de los médicos, galopó toda la noche hasta Rancagua. Ya en Santiago, su actividad no decreció en ningún momento, porque había que preparar la capital para la defensa y dispuso con claridad las medidas convenientes. El Ejército logró reconstituirse después del desastre relatado y se encontró preparado para enfrentar a Osorio y sus tropas en el llano de Maipú.

    La participación de O ́ Higgins en este destacado triunfo de las armas patriotas fue escasa; sin embargo, pese a su herida, se presentaría con refuerzos al término de ella. El 5 de abril, el día de la batalla de Maipú,  estaba postrado en cama debido a la febril actividad desarrollada el día anterior. Pero así y todo se puso al mando de las tropas con que contaba, quienes a pesar de su discutible valor combativo, se veían animosos. Antes de partir, los arengó, infundiéndoles el espíritu  necesario: “Pertenezco a vuestro cuerpo y moriré a vuestra cabeza”. Con esta batalla, la historia de Chile daba un giro y su Director Supremo dejaba la primera línea de combate para organizar tantos  detalles de la república independiente y continuar con el esfuerzo de conseguir la libertad de América del yugo español. Su figura  estaba en la mente y el corazón de sus soldados.

    Las ideas estratégicas que habían iluminado la reconquista de Chile seguían vigentes y muy claras en la mente del Director Supremo de Chile, y lleno de entusiasmo, escribió a San  Martín en mayo de 1819: “Véngase usted, pues, aquí lo dispondremos todo y llevaremos la guerra al Perú”. Y así fue, después de un largo proceso, O ́Higgins y San Martín pasarían revista a las tropas que participarían en la expedición. Una escuadra de siete buques armados con doscientos treinta y tres cañones, más una fuerza expedicionaria de cuatro mil efectivos llevarían la expedición a las costas peruana, bajo el mando de Lord Cochrane.

    En 1823, abdicaba al poder y partía al Perú. Simón Bolívar llegaba del norte a ponerse al frente de los ejércitos patriotas que combatían a las fuerzas realistas distribuidas aun en territorio peruano. O ́Higgins hizo gestiones para ingresar al Ejército, las que no tuvieron éxito. En las vísperas de la batalla de Ayacucho, O ́Higgins ardiendo de impaciencia no esperó más y se lanzó a la sierra peruana a plegarse al Ejército Libertador. Fue un largo e infructuoso viaje entre el 9 de Julio y el 6 de noviembre de 1824. Desconfianzas y recelos de parte de Bolívar impidieron que el general chileno tomara parte efectiva en las acciones de guerra de ese año. El general O ́Higgins falleció en Lima en 1842, añorando su regreso al país. En su tumba en Lima una hermosa inscripción rezaba: “Aquí yace esperando la resurrección de la carne el Excmo. Señor D. Bernardo O ́Higgins, Director Supremo y Capitán Jeneral de la República de Chile, su patria; Brigadier en la de Buenos Aires y Gran Mariscal del Perú. Ilustró tan altos cargos con virtudes católicas, militares y políticas; superior en la vida a la felicidad y desgracia, murió en la serenidad del justo el 24 de octubre de 1842; llorado por los pobres, amado y admirado por los que en tres repúblicas vieron los esfuerzos por la independencia y libertad de América”.

    Su legado como soldado a las nuevas generaciones:

    El relato que antecede no deja de producir una serie de sentimientos profundos al conocer los detalles de su formación militar, al compartir con él las vicisitudes que vivió en los combates en los que participó. Admirar su trabajo conjunto con San Martín, combatir con él en Chacabuco y Cancha Rayada, entender su labor como organizador del nuevo Ejército y del poder naval chileno, y comprender su enorme labor en la organización de la Expedición Libertadora al Perú.

    La figura de O ́Higgins como soldado obliga a reflexionar sobre los valores que un buen comandante, un buen líder de cualquier nivel debe tener. Su ejemplo no es solo para los militares, sino para todos los ciudadanos. El amor a la patria sobre los intereses personales, el estar siempre junto a los suyos, el predicar con el ejemplo, liderando la consecución de los objetivos, el resolver las necesidades de sus subalternos, el demostrar austeridad en las costumbres y acciones, la defensa de sus convicciones y el arriesgar la vida si es necesario para conseguir lo más sagrado del hombre: su libertad.

    La imagen de su estadía en Perú permanece, ya no tiene ni uniforme, ni grado, ni espada, pero no vacila en colocarse en primera fila para luchar por la Independencia de América. El desarrollo de Chile y su futuro están en su mente hasta el último hálito de su vida. Fue un soldado convencido de su causa, la que abrazó con vocación, devoción, convicción y pasión. En la retina queda fija su figura rígida vestida con sotana franciscana, pero debajo de ella su quepis y su guerrera, símbolos de su entrega por ideales superiores.

  • Gutenberg y el futuro de la galaxia

    Gutenberg y el futuro de la galaxia

    Se cumplieron 550 años de la muerte de este orfebre alemán, reconocido como el padre de la cultura impresa, gracias a su invento de la imprenta con tipos móviles, que permitió reproducir textos con gran velocidad y bajo costo. Hoy, muchos teóricos afirman que la era de Gutenberg está llegando a su fin.

    En su discurso para la Academia Italiana de Estudios Avanzados en Estados Unidos, en 1996, Umberto Eco recordó una historia relatada por Platón en Fedro: cuando Hermes –creador de la escritura según la mitología griega– le presentó su invento al faraón Thamus, este reaccionó con preocupación: la gente ya no estaría obligada a ejercitar la memoria, sino que confiaría ese registro a un objeto externo a su mente.

    Efectivamente, la cultura escrita desplazó a la cultura oral, que se basaba en la memoria para la transmisión del conocimiento. Se trató de un avance: a través del habla y las prácticas –de rituales a domésticas– solo se podía comunicar un número limitado de contenidos; la escritura permitió multiplicar los tópicos de los que se podía dejar registro y así permitir que muchos más lectores accedieran a esos temas. Sin embargo, el crecimiento de ese acervo cultural contenido en textos manuscritos fue lento durante siglos, porque exigía el trabajo de escribas o copistas que transcribían manualmente cada texto. La cultura escrita necesitaba un mecanismo de reproducción diferente.

    El teórico de la comunicación Marshall McLuhan llamó “la galaxia Gutenberg” al mundo que surgió y se desarrolló al amparo de la imprenta que este orfebre alemán construyó hace casi seiscientos años. Su innovación fue crear tipos móviles: bloques de madera con las letras en metal que podían ser ordenados para dar forma a palabras y así generar frases, párrafos, páginas completas. Las líneas quedaban comprimidas en una horma, se les aplicaba tinta y luego el bloque era presionado contra la hoja  de papel, tantas veces como se quisiera. Una vez terminada la impresión, los tipos eran reorganizados para continuar con la página siguiente. Explicado así parece un proceso engorroso y lento, pero lo que existía antes era menos eficiente: la impresión xilográfica, es decir, con planchas de madera en que se tallaban los textos. Cada plancha servía para un número limitado de impresiones, ya que el tallado se iba desfigurando con la presión. El ingenio de Gutenberg se tradujo en un proceso más barato y sencillo para reproducir textos, lo que desencadenó el desarrollo de una nueva industria, de una nueva cultura y, como afirmó McLuhan, un nuevo hombre: el homus tipograficus.

    La invención de la imprenta se dio en paralelo con la modernización en los métodos de elaboración del papel, que también resultó ser cada vez más barato. La combinación de la tecnología y los insumos eliminó la gran barrera que impedía que los libros –y por ende, el conocimiento– fueran de acceso directo para la población. Faltaba, claro, que la gente supiera leer: la alfabetización fue el siguiente paso. En su libro La galaxia Gutenberg, publicado en 1962, McLuhan describió el mundo de la comunicación escrita como un espacio lineal, frío, racional, y anunció que ese universo sería superado por la cultura visual surgida desde el cine y, especialmente, la televisión. McLuhan pronosticó que estos medios audiovisuales harían que el ser humano retornara al mundo cálido, emocional, simultáneo de sus orígenes, de modo que todo el planeta se transformaría en una aldea global.

    Con el paso de las décadas, muchas de sus predicciones se cumplieron, pero la cultura impresa no desaparecía: los diarios y revistas convivieron en relativa armonía con la radio y la televisión, y cada uno se fue especializando en lo que le era propio: los impresos en el análisis y la información dura; el audiovisual en la emoción y el entretenimiento. La industria de los libros seguía creciendo. Parecía que, después de todo, la galaxia Gutenberg seguiría en pie. Sin embargo, a partir de 1980 comenzó a masificarse el uso del computador personal y poco después se expandió el acceso a Internet, la red virtual que reconfiguró todo el sistema de comunicaciones en el mundo, provocando una crisis en la industria de medios que hasta hoy solo parece profundizarse.

    Extinción versus cohabitación:

    Si bien ha sido este siglo el escenario de la disputa entre los apocalípticos y los integrados –citando a Eco– frente a a la extinción o mutación del libro impreso, hay que remitirse más atrás para encontrar la génesis de la virtualidad del libro no físico. Hay quienes podrían leerlo con un acento en lo irónico, ya que fue bajo el alero del Proyecto Gutenberg que apareció, hace cuatro décadas, el primer libro digital. Fue la iniciativa de Michael Hart de volver disponibles a los clásicos de la literatura a quien tuviera un terminal de computador para acceder a ellos.

    Mucha tinta, o más bien bits, ha corrido desde entonces, transformando no solo al libro, sino también a los lectores. La estudiosa del aprendizaje lector infantil Emilia Ferreiro lo ha dicho claramente: “No vamos a entender nunca el desarrollo del niño si partimos nuestras hipótesis como usuarios de un sistema alfabético”. Y es que el libro como relato unitario e indivisible, el que partía y llegaba a su fin entre dos tapas, se encuentra en retirada. En eso, Roger Chartier disiente de la postura de Eco, porque si por un lado el libro es un objeto material, si estamos en un mundo digital ese concepto desaparece. La idea del italiano de que el libro contiene un discurso total se viene abajo cuando el soporte físico no existe y aparece un “alma” virtual que a veces, y cada vez más hoy, se lee y entiende de forma fragmentaria.

    Como comentó Chartier en una entrevista cuando visitó Chile: “A menudo se compara la revolución digital con la invención de la imprenta, en el siglo XV, lo que no me parece adecuado. Gutenberg inventó una nueva técnica para reproducir textos, pero su invención no transformó la forma del libro: antes y después estuvo compuesto por pliegos, hojas y páginas, definiendo gestos y prácticas de lectura que son los mismos desde los comienzos de la era cristiana. Ahora, ¿se debe comparar la revolución digital con la invención y la difusión del códice, que sustituyó a los rollos? Acá, es el soporte de los textos lo que cambia: no se puede hojear un objeto sin hojas, no se puede hacer índices para un libro sin páginas”.

    Contra todo pronóstico en extremo pesimista, el libro de papel ha cohabitado sanamente con el digital en este siglo que corre. Ha sido más una evolución que una revolución –con mucho ensayo error entre los impulsores de lo digital a ultranza–, en la que el texto a la Gutenberg se lee, efectivamente, de otra forma fuera del papel, pero sin dejar de ser el sustrato de un nuevo ecosistema del libro. Uno que Jean-Francois Fogel, autor del libro La prensa sin Gutenberg, describe así: “Yo creo que es una idea que hay que guardar: el texto al pasar del papel a la pantalla no gana nada, pero el texto al pasar del sistema cerrado del papel al sistema abierto, a toda una biblioteca de todo el mundo virtual en el soporte digital, va a significar otro libro, y esta es la promesa y el interés que tenemos en este cambio. Es decir, que no vamos a tener solamente el libro digital, sino toda una biblioteca detrás del libro cada vez que miremos una página en el mundo digital”.

    Una biblioteca inextinguible, una Galaxia Gutenberg en la cual toda clase de textos no han dejado de orbitar hasta el día de hoy. Puede que haya quienes crean, como el mítico y desconfiado faraón Thamus, que la inmediatez del acceso a toda esta información en la nube sea algo que atente contra el ejercicio de la memoria. Esa es una buena idea, como para escribir un libro

  • Moby Dick a 200 años del nacimiento de su autor

    Moby Dick a 200 años del nacimiento de su autor

    Esta novela clásica de la literatura norteamericana y mundial sigue apasionando a los lectores  contemporáneos. Este artículo abordará una de las múltiples razones de su éxito: el entramado preciso entre ficción y no ficción. En el bicentenario del nacimiento del escritor norteamericano Herman Melville, es difícil comprender las críticas y cuestionamientos que recibió de sus contemporáneos y los años que su obra estuvo postrada en el olvido y en la falta de reconocimiento.

    No fue sino hasta el centenario de su nacimiento, en agosto de 1919, que un renovado análisis de sus obras y de su legado, le dieron el sitial que hoy ocupa en la literatura internacional. Este proceso, conocido como “Melville’s Revival”, fue producto del trabajo de Raymond Weaver, quien en su biografía Herman Melville: Man, Mariner and Mystic encendió la flama del resurgimiento de la obra de Melville, rescatándola de la oscuridad histórica en la que se encontraba y asegurándole un lugar de privilegio en la literatura, no solo americana sino también mundial. Weaver hizo suya la causa de reconocer a Merville como uno de los autores norteamericanos más ejemplares, al tiempo que asumía que los aspectos más perturbadores de su visión podían generar un reclamo generalizado contrario a su causa.

    La biografía de Weaver recibió diversas muestras de aprecio y críticos como Carl van Doren se sumaron a la valoración de la obra de Melville. Van Doren llegó a señalar que Benito Cereno iguala lo mejor de Conrad, en términos del peso del drama y la habilidad de su desarrollo, y que sus novelas cortas, sin importar lo dicho de ellas en su momento, pertenecían a las obras de ficción más distinguidas y originales producidas en su país. Con esto, el resurgimiento de Melville estaba asegurado.

    Indudablemente, muchos expertos y lectores aficionados han coincidido, con el paso de los años, que la obra más trascendente de Herman Melville es Moby Dick. La difundida historia de esta aparentemente inmortal ballena blanca y su eterno persecutor, el obsesionado capitán Ahab. Obsesión que no solo lo lleva a su propia muerte, sino a la destrucción de toda su tripulación, con la sola excepción del así autodenominado Ismael, a quien le corresponde ser el narrador de este trágico pero cautivante relato. Una historia de este nivel épico debe resolver muchos conflictos Una historia de este nivel épico debe resolver muchos conflictos y, entre ellos, iré desarrollando, sin pretender en modo alguno agotar el tema, la dualidad entre la no ficción y la ficción en la obra. De igual forma, realizaré algunas reflexiones acerca de sus principales protagonistas.

    Melville presenta verdades enigmáticas y sutiles, muchas veces ambiguas y cargadas de ironía. Verdades de un espíritu que deseaba dar a conocer y para las cuales requería de la ficción. De igual forma, hay otras verdades que necesita expresar y para las cuales debe encontrar un espacio. Entre ellas, podemos mencionar descripciones de hechos reales y de materias asociadas que necesitan ser contadas como no ficción, a modo de prosa referencial, como señalan algunos de los expertos en esta materia. Moby Dick no es solo una novela acerca de la caza de ballenas, sino también de la batalla entre el bien y el mal. Si bien el narrador es ficticio, Ismael declara que sus relatos son exactos, basados en fuentes confiables y en su propia experiencia como ballenero.

    Aprovecha cada oportunidad para manifestar la veracidad de sus historias y alude constantemente a una serie de autoridades y expertos en la materia para dar sustento a su narración. Extensos tratados de psicología, sin trama alguna, cumplen el mismo fin. De esta forma, Ismael va presentando capas de verdad, hechos reales de la caza de ballenas adornados y embellecidos con una buena cuota de ficción, una combinación entre novela y texto de estudio. En este punto, no puedo dejar de recordar las palabras de mi profesor de Literatura Inglesa y Norteamericana, don Juan Vargas Duarte, quien siempre tomaba las palabras de Ismael para invitarnos a descubrir qué había “below the little layer”.  Un relato estructurado, y me apoyo en Elizabeth Schultz, en capas de humor, ironía, escatología, mitología griega, hebrea, hindú, toques shakesperianos, madera negra americana, acero, fuego, líneas, círculos, ataúdes, pirámides, máscaras y fantasmas. Capas de ideas acerca de la economía, la religión, la justicia, el destino, la libertad, la democracia, el imperialismo, el racismo, la naturaleza, la maquinaria, la poética, la tecnología, la muerte y la vida. Esta desafiante cantidad de capas interactuantes, pone de manifiesto la importancia del punto de vista que el lector asuma al abordar esta obra. Su interpretación de la misma dependerá, en gran medida, de la óptica personal de cada individuo.

    Si bien la realidad en Moby Dick ha sido mucho menos estudiada que su ficción, no son pocos los autores que han sostenido que su utilización marca el ritmo lento de la obra. A pesar de que los aspectos no ficticios de la novela pueden considerarse difíciles y aburridos, cada relato requiere de sus tiempos lentos y Moby Dick no es la excepción. De igual forma, la información entregada y, en especial, los temas cetológicos le agregan verosimilitud al relato y establecen el tema de la búsqueda del conocimiento. Además, ayudan al logro de la unidad temática y estructural de la novela. Si bien la información y conocimiento acerca del mundo de las ballenas entregado puede tener un valor en sí mismo, no se debe desconocer que también sirven para dar sustento a los aspectos ficticios de la novela. Las alusiones filosóficas y las partes argumentativas se relacionan de manera intrincada con los aspectos narrativos y dramáticos de la obra en muchas partes. Es así como el relato ficticio nos permite empatizar con Ahab, su búsqueda y su tripulación, mientras que en el ámbito no ficticio podemos encontrar buena parte de la gracia, ingenio, sustancia y estilo de la obra.

    Probablemente son los elementos no ficticios aquellos que produjeron buena parte de la crítica que este libro generó entre los contemporáneos de Melville. La escuela de su época consideraba la no ficción como mero “periodismo” y, por lo tanto, de un menor nivel. El verdadero genio se encontraba en la ficción. El reporte de hechos pasaba a un segundo plano frente al proceso creativo considerado propio de los poetas y novelistas. No obstante, con el paso de las décadas y la aparición de otros importantes novelistas, está noción es desafiada y se le comienza a dar mayor o incluso la misma importancia a los aspectos no ficticios de una novela. En cierta medida, Melville puso en juego nuestras propias preconcepciones para el entendimiento de su obra. Desafió el concepto simple y claro de género narrativo que existía en su época agregándole, a través de las diversas capas contenidas en su relato, elementos que produjeron confusión entre sus lectores y críticos. Algunos de estos últimos llegaron a decir que Moby Dick era en realidad dos libros: un tratado acerca de ballenas y su caza, y una novela, basada en el primer material, donde se desarrolla y hace extensiva la ficción del libro. Aquí vuelve a aparecer la concepción de su época, el contenido no ficticio es el mero preludio para la obra de ficción, en la cual radica el verdadero genio o el valor de la obra.

    Existe gran controversia respecto al lugar y el valor que el autor de Moby Dick le otorgaba a la ficción. Para algunos estudiosos, Melville no tenía problemas en ser considerado un escritor periodístico, ya que dudaba del poder de la ficción para contar una verdad. Para otros, en cambio, cada una de sus palabras era una obra de ficción. Probablemente, Moby Dick no es completamente ficción pero tampoco es puramente invención. Aquí, una vez más, la ambigüedad a la que nos referíamos y, quizás, una de la principales riquezas de esta obra. Sí debiera existir un mayor consenso en que Moby Dick es una historia bien contada. Hay quienes ven ella la búsqueda de la verdad, pero también el temor a la nada. Temor expresado en algunas de las reflexiones de Ismael, miedo a que no exista nada más allá de la ballena blanca o temor a que la ballena signifique nada. Ahora, la mera aceptación de la nada no es una noción carente de significado. Bajo esta óptica, la búsqueda de la verdad es, en sí misma, valiosa y significativa, aunque tal verdad no se alcance. Un libro que da cuenta de tal búsqueda es de por sí relevante.

    Ismael va presentando muchas dudas y cuestionamientos a lo largo del relato, pero jamás duda de este ejercicio. En sus reflexiones posteriores, como único sobreviviente de la cacería de la ballena blanca, Ismael deja entrever que lo importante no es encontrar nuevas respuestas, sino más bien redescubrir verdades eternas y recuperar aquello que, con la acción humana, se ha perdido o desvirtuado. Ismael se conforma con encontrar verdades pequeñas en lo que va viendo y viviendo y, al hacerlo, logra algún grado de felicidad. Muchos de los estudiosos de su época, basados en los cánones y estándares tradicionales bajo los cuales fueron formados, presentaban serias dificultades al procurar clasificar Moby Dick. Esta ambigua y desbalanceada mezcla entre ficción y no ficción, sin una forma predominante, ¿era una crónica, un ensayo, un monólogo, una argumentación, un reportaje o un tratado? ¿Cuál era el lugar de estas largas meditaciones sin trama acerca del cuerpo de una ballena sin que su tema fuera Moby Dick?

    Ciertos círculos creen que su función era intensificar el significado de la búsqueda de la ballena blanca y que Melville se aprovecha de esto para exponer acerca de las ballenas en general y, así, desarrollar una interesante cobertura de credibilidad para su relato. Probablemente, lo que Melville simplemente pretendía era demostrar que la verdad, al ser multifacética, podía ser contada de diversas maneras. Críticos posteriores le han otorgado a esta ambigüedad, a su juicio, bien balanceada, gran valor e importancia. En ella radicaría el poder de la novela, constituyendo esta ambigüedad el tema central de la obra. Lo cierto es que Ismael va estableciendo el relato, en ocasiones en presente, en otras en pasado.

    A veces de forma cercana, en otras, tomando distancia. Lo que no cambia es su actividad narrativa de estilo alusivo, enciclopédico y de asociaciones libres. Es su voz la que nos lleva a un mundo que nos conmueve y asombra. Mas no hay que confundirse, el que nos habla no es el Ismael joven que se embarca por no tener dinero o algún prospecto en tierra o por su deseo de conocer la vida de los hombres de mar; habla el único sobreviviente de una tragedia, el que se sometió a la voluntad de una carismático y obsesivo capitán, el que conoció la destrucción en forma de ballena. En consecuencia, es un narrador con experiencia de vida y una visión mucho más amplia de la existencia y de los seres humanos. Por lo tanto, no es de extrañar que, en su relato, Ismael vaya interpolando hechos ficticios con otros no ficticios. Para algunos estudiosos de Melville, estas alternativas ficticias a la fábula principal, ofrecerían diversos ángulos para la interpretación de la ballena blanca, al tiempo que sugerirían los límites de la trama principal. Lo cierto es que Melville dotó la voz de Ismael de la estructura más amplia y libre posible, tomando algo de cada género y trascendiéndolo. Prueba de ello es que Moby Dick debe contener todas las formas posibles de referirse a una ballena, pero también todas las formas verbales y literarias disponibles. Esto genera la sensación de que el relato de Ismael transciende las formas tradicionales, dejando de lado las restricciones del medio para centrarse en la búsqueda de la verdad. Su voz parece resumir todas las otras voces, tal como el blanco de la ballena que –de acuerdo a la tradición literaria–resume a todos los colores. En consecuencia, la sensación es de  compleción, no de vacío.

    Hasta aquí me he centrado en la visión y el rol de Ismael, más Ahab es un personaje tan atrayente y envolvente que también merece algunas consideraciones. Ahab es el capitán del barco ballenero Pequod. Mutilado por Moby Dick en un encuentro anterior, pierde una de sus piernas, por lo que jura venganza, fortaleciendo aún más su carácter determinado, desafiante, obsesivo y su necesidad de control y dominancia. Este mismo deseo de revancha lo hace asumir riesgos mayores en alta mar. Situación que lo dotaba de una cierta fama y que era bien conocida por su entorno. De hecho, señala el relato, los barcos que el comandaba pagaban un seguro más alto. Quienes leen Moby Dick desde una óptica bíblica, proponen que Ahab, en cierta medida, encarna todo el odio y la ira de la humanidad desde la caída del hombre del Edén. Frente a Moby Dick, Ahab parece perder toda su fe y equilibrio. Para el desmembrado capitán, la ballena blanca es un símbolo del mal, más pensante e inteligente. El busca su ideal y su redención en la destrucción de Moby Dick, olvidando que el odio no salva y que atentar contra la creación termina por destruir a quien lo intenta.

    El mismo nombre de nuestro capitán es una referencia al malvado Rey Ahab en el Antiguo Testamento y cuyo pecado consistió en tolerar otras religiones y permitir la adoración de otros dioses. Sin embargo, el capitán Ahab no es exactamente malvado. Su herida, la caza de la ballena y su muerte, le dan también un carácter heroico y, por cierto, atractivo. Desafía la creencia del Dios cristiano, adora el fuego y el sol, incluso llega a bautizar a sus arponeros en el nombre del demonio. Arroja su cuadrante y se deja guiar por el sol. En síntesis, Ahab deja atrás todo aquello que estorbe su propósito y abraza cuanto el sienta pueda ayudarle, sin mediar costo físico o moral alguno. A pesar de estas evidentes e inquietantes características, sumadas a los largos periodos de reclusión de su capitán, Ahab logra sorprendentemente que su tripulación lo siga. Su fuerza interior y su carisma los hace partícipe de su ira y de su misión. De una u otra forma, cómplices de su deseo de venganza y, por lo tanto, merecedores de su mismo destino trágico. El doblón que le ofrece a la tripulación, para el primero que aviste a Moby Dick, es el instrumento que materialmente Ahab utiliza para asegurar la fidelidad de su gente. Además, demuestra una faceta más humana en su interacción con miembros de su barco, reafirmándolos en su rol y valorando sus cualidades. Moby Dick, por su parte, es en sí todo un personaje. Para la tripulación del Pequod, la ballena blanca es una criatura nebulosa, en cierta medida fantasmagórica. A medida que la persiguen y la enfrentan, se vuelve una figura a temer, incomprensible y dotada de poderes sobrenaturales, como la inmortalidad y la ubicuidad, no solo en el espacio, sino también en el tiempo.

    Sus dos ojos son una invitación a múltiples miradas. Ya su color blanco denota, para algunos, la compleción, todos los colores en uno, como señalé en su momento. Es así que la ballena contendría todos los significados en su blancura, convirtiéndose, de esa forma, en un símbolo de la búsqueda de Ahab del conocimiento total. Este conocimiento se alcanzaría al capturar al cetáceo blanco, aún a riesgo de fracasar y sucumbir en el intento. Para otros, el color blanco nos es más que una representación del vacío más absoluto. Hay quienes ven en Moby Dick un instrumento de Dios para castigar la soberbia de Ahab, mientras que el mutilado capitán ve en Moby Dick la personificación de todo el mal. Como lector, uno descubre la astucia de la ballena blanca, sus movimientos estratégicos, la cualidad de reconocer a sus enemigos, su fortaleza y determinación, su resistencia al dolor y su capacidad de sobrevivencia. En cada enfrentamiento sale victoriosa, sobre todo en los tres días de la caza final. Ante esto es válido preguntarse si era Ahab quien perseguía a la ballena o si Moby Dick acechaba al capitán.

    El drama se consuma. Melville dotó su obra de significados más allá de la mentalidad de su época. Entrega su verdad a través de la voz de Ismael, una teoría del cielo y la tierra, un tratado místico de búsqueda de la verdad. La existencia del hombre es temporal y la naturaleza no va a esperar a que alcance su destino en la historia. Melville dejó de lado los principios narrativos y no utilizó los géneros de ficción normativos de su época. Más aún las rechazó como insuficientes para sus propósitos. Es así que Moby Dick posee una riqueza y variedad de estilos narrativos que dan cuenta de la diversidad de las experiencias humanas. Melville cuestionó las convenciones y las formas de valorar las obras de arte, pero, por sobre todo, nos proporcionó la oportunidad de abordar la búsqueda de la verdad desde una óptica personal. No son poco los estudiosos que consideran que Melville fue un adelantado para su época; otros, más entusiastas, lo consideran un profeta. Anticipó el futuro y proclamó la realidad interna de las cosas. Además Introdujo temas de plena vigencia y discusión como, por ejemplo, género, sexualidad, raza, nacionalidad y multiculturalismo.

    A pesar de las duras críticas de sus contemporáneos y de la falta de reconocimiento en vida para Herman Melville, con el paso de los años, su contribución ha trascendido el ámbito estricto de la novela para ejercer también su influencia en el mundo del teatro (recientemente se montó la obra Moby Dick de Juan Cavestany en el Teatro Goya de Barcelona); la pintura (cientos de cuadros basados en la ballena blanca, siendo probablemente los de William Turner los más conocidos); la escultura (unas muy interesantes creaciones de nuestro cetáceo fueron exhibidas en la Feria de Artesanía Aragonesa el 2012); el cine (al menos cinco películas reconocen estar basadas en la historia de la ballena blanca) y la música. El compositor Richard Melville toma su nombre Moby del libro de su tío bisabuelo. Además de la canción de Led Zeppelín y un grupo musical llamado Moby Dick, está el musical de Longden y Kaye estrenado en Londres en 1992, e incluso, en esta década, JakeHeggie presenta al mundo su ópera Moby Dick, con texto de Gene Sheer, en la Dallas Opera el 30 abril del 201). Como dato anecdótico adicional, los creadores de la cadena internacional de café Starbucks, la llamaron así por el primer oficial del Pequod (único personaje que pudo, en algún grado, oponerse a Ahab). Sirva todo esto de un justo y necesario reconocimiento

  • La conquista de la luz – Exposición retrospectiva de Alberto Valenzuela Llanos

    La conquista de la luz – Exposición retrospectiva de Alberto Valenzuela Llanos

    Así como Eric Hobsbawm postula que el siglo XIX finaliza con la Primera Guerra Mundial, podríamos sostener que la historia de la pintura chilena del siglo XIX se extiende aún más en el siglo XX, hasta 1925, cuando fallece Alberto Valenzuela Llanos y una nueva generación de artistas de vanguardia comienza a posicionarse en la escena nacional en el Primer Salón de Arte Libre. Antes de esa fecha, las fuerzas que revolucionaban la forma de concebir y ejercer la pintura en Occidente no se habían hecho sentir en el país, pero los esfuerzos de difusión de Juan Emar en sus “Notas de Arte” del diario La Nación, la obra de Vicente Huidobro y el trabajo del Grupo Montparnasse, con Luis Vargas Rosas, Henriette Petit, Camilo Mori y Julio Ortiz de Zárate, fueron creando las condiciones para que se iniciara la transformación de la escena artística local. Además, el año 25 marca también un hito en la historia política del país, con la proclamación de una nueva constitución. El régimen parlamentarista que rigió en Chile tras la guerra civil de 1891 llegaba a su fin y con él, la hegemonía ejercida por la “fronda aristocrática” en todos los ámbitos del país, incluidas las artes.

    Alberto Valenzuela Llanos fue el pintor chileno que alcanzó el mayor reconocimiento internacional entre los artistas chilenos de su época. La institucionalidad artística de Francia, la entonces capital cultural del mundo, le otorgó un segundo premio en el Salón de París de 1913 y tuvo votos para el primer premio en varios salones posteriores. Fue nombrado Caballero de la Legión de Honor y miembro de la Sociedad de Artistas Franceses (que otorgaba solo un cupo para cada país extranjero) y tuvo dos exposiciones individuales, en la Galerie Allard (1922) y en la Galerie George Petit (1924). Asimismo, tuvo una exposición individual en el Museo de Arte Moderno de Madrid (1925) y en las salas de Retiro en Buenos Aires (1925). Ninguno de los otros tres artistas chilenos considerados como “maestros fundadores”, Pedro Lira, Alfredo Valenzuela Puelma y Juan Francisco González, tuvieron reconocimiento semejante.

    En tanto, Valenzuela Llanos contaba con los contactos adecuados para llevar adelante sus proyectos. Fernand Cormon y Fernando Álvarez de Sotomayor fueron los gestores de sus dos últimas exposiciones en París y Madrid, respectivamente, que gozaron del aplauso de la oficialidad artística y el público. En momentos en que la lucha entre fauves y pompiers se volvía cada vez más intensa, Valenzuela Llanos recibía la consagración final por parte de una institucionalidad que decaía ostensiblemente. Su amigo Julio Fossa Calderón le advertía del ambiente enrarecido que se vivía en París por esos años: “Respecto al Salón de Otoño, he aquí lo que pasa: A los socios y exponentes des Artistes Français no les está prohibido exponer allí, pero no conozco ninguno que exponga porque moralmente se sienten no estar allí en su sitio. Ud. sabe que aparte de un reducido número que encabeza ese Salón, el resto son de tendencias opuestas a la sana tradición conservada por los Artistes Français, que les han dado el nombre de fauves y estos en revancha llaman a los exponentes de los Artistes Français, pompiers, de suerte que di su contraorden a Mme. Lamorelle de no exponer su cuadro “Le torrent” y conservarlo para la exposición de Georges Petit” (Díaz: 268).

    Pero él, coherente con su carácter templado y poco beligerante, no se refugió en ninguna trinchera. Se limitó a seguir desarrollando su lenguaje pictórico, ajeno al fervor de la batalla. Supo equilibrar las distintas tendencias pictóricas que se sucedieron durante la segunda mitad del siglo XIX, sin adherir estrictamente a ninguna de ellas. De ahí la impresión de consistencia y continuidad que refleja su obra, sin sobresaltos ni quiebres repentinos. Pero el cambio de paradigma estético e ideológico que supusieron las vanguardias históricas europeas hicieron imposible el tránsito de Valenzuela Llanos hasta esos nuevos derroteros. Por cierto que miraba con temor los ánimos iconoclastas, en la medida en que se proponían acabar con todo lo que él creía, pero estaba consciente en que solo su obra podría hablar por él. De nada servía sumarse a las críticas destempladas que unos y otros se prodigaban en la prensa, y nunca tuvo el menor interés por buscar prosélitos que defendieran su legado. De manera silenciosa y abnegada continuó pintando hasta el último de sus días. Y con él murió uno de los mejores paisajistas chilenos del siglo XIX.

    Cuando se cumplieron 10 años de su muerte, se celebró una exposición retrospectiva de su obra en la Escuela de Bellas Artes. Augusto d ́Halmar, quien había regresado al país el año anterior, pudo asistir a la exposición y resaltó el contraste que se apreciaba entre la obra de Valenzuela Llanos y la exaltación ambiente: “Una tapicería de tonos sordos o quién sabe sofocados por un gusto enemigo de estridencias, amigo de la sobriedad y la distinción. ¡Se sabe siquiera lo que esto significa! En tierras detonantes, en medios estridentes, un artista se expresa en justa sordina y establece como una trasposición a diapasones más bajos y discretos, a masas dominantes y envolventes, a prescindencia de detalles y de recursos, fundiendo el todo y confundiéndolo en un todo” (d ́Halmar: 146).

    Es relevante el testimonio de d ́Halmar porque, al igual que Juan Francisco González, pudieron transitar entre dos épocas y fueron receptivos a las nuevas corrientes. Y así como se conmueve ante la  exposición retrospectiva de Valenzuela Llanos y rescata su valor, difunde y promueve la obra de Camilo Mori y otros autores contemporáneos. Las exposiciones individuales de Valenzuela Llanos fueron poco a poco espaciándose (1948, 1961, 1966), para luego solo ser incorporado en exposiciones colectivas junto a sus contemporáneos, como Lira, Valenzuela Puelma y González, o como parte de colecciones privadas o públicas. Sufrió el desplazamiento natural que experimentan los artistas con el paso de los años y la emergencia de nuevos actores en la escena local, por lo mismo, admirar hoy una obra de Valenzuela Llanos se ha vuelto especialmente difícil, lo que afecta profundamente su valoración y vigencia.

    En razón de lo anterior, el principal propósito de esta muestra consiste en darle la oportunidad al público contemporáneo de apreciar una selección representativa de la obra de Alberto Valenzuela Llanos en el momento en que se celebran 150 años de su nacimiento. De esta forma, buscamos fortalecer la tradición artística chilena, promoviendo una parte muy valiosa de su inmenso repertorio. Y hemos querido darle un especial énfasis a las obras de mediano y pequeño formato, porque revelan su versión más fresca y espontánea, libre del riguroso método de sus obras de gran formato. Pedro Prado, en el discurso que leyó durante el funeral de Valenzuela Llanos, en representación de la Comisión de Bellas Artes, hizo hincapié en esas diferencias: “El aspecto lírico de su obra queda de manifiesto en sus obras pequeñas, en las mayores, la pasión desbordada dio en el cauce de su ciencia y allí le serenó para mayor equilibrio y más fácil comprensión” (Prado: III, 304). Además, fueron precisamente sus obras de gran formato las que tuvieron mayor repercusión en su época y las que han sido adquiridas por las colecciones de museos, bancos y otras instituciones, y exhibidas a lo largo de los años. Quizás una excepción a esa valoración generalizada de sus obras de gran formato se produjo en el Salón de París de 1923, cuando del envío de Valenzuela Llanos, que contemplaba dos obras grandes y cuatro pequeñas, sólo seleccionaron las últimas, ante la sorpresa del corresponsal que tenía Valenzuela Llanos en París, Julio Fossa Calderón: “En interés de su exposición, me dijo, conservaban los cuatros chicos, dos de ellos con el No 2 para ser colocados en cimaisse y los otros dos más arriba, lo que constituiría un solo grupo. […] Yo lamento de todo corazón este contratiempo que lo priva de exponer este año sus dos grandes cuadros y así se lo manifesté a mi maestro Cormon” (Díaz: 266).

    Valenzuela Llanos trabajó principalmente en cinco formatos. El más pequeño eran tablitas de 15 x 10 cm, donde ensayaba colores o boceteaba detalles de nubes, árboles o botes que luego incorporaba en obras más grandes. El segundo eran cartones entelados de 23,5 x 16 cm, que compraba en la tienda Sennelier de París, que existe hasta el día de hoy, y que eran del mismo tamaño de su caja de pinturas, por lo que era el formato más práctico para salir a pintar a plein air o sobre la cubierta del barco. El tercer formato es de 35 x 27 cm, también cartones entelados de la tienda Sennelier, y son los cuadros pequeños que Valenzuela Llanos sí exhibió y comercializó en vida. Luego vienen los cuadros que suelen denominarse “de metro”, que son telas de 98 x 77 cm, aprox. Luis Strozzi, uno de los pocos artistas que podría considerarse como discípulo de Valenzuela Llanos recuerda sus salidas a pintar con el maestro, usando las telas de “metro”: “Salía al campo llevando las telas de más de un metro. Colocaba un gran paraguas a la manera de los impresionistas o como el suave Corot” (Romera: 85). Por último, sus grandes formatos eran telas de 250 x 170 cm, aproximadamente. Así como hemos privilegiado las obras de mediano y pequeño formato, hemos también puesto especial atención en los cuadros efectuados a partir del año 1901, momento en que se inicia su segunda etapa o período artístico.

    Durante su primera etapa, como es natural, Valenzuela Llanos da curso a una exploración formal y temática que la vuelve muy heterogénea. Podemos encontrar escenas costumbristas especialmente oscuras, afectadas de cierto pintoresquismo, representaciones de sitios de valor histórico o simbólico, como el viaducto del Malleco, que no se repetirán en sus etapas posteriores, marinas esquemáticas, con toscos roqueríos en primer plano y veleros decorativos de fondo, y también paisajes que anticipan lo mejor de su arte, con una delicada gradación cromática, una composición equilibrada y el dibujo vibrante de árboles y arbustos. Pero en líneas generales, se aprecian en estas obras un resabio de los aprendizajes académicos recientes, encontrándose “sujeto aún a las normas docentes” (Romera: 72).

    Alberto Valenzuela Llanos ingresó a la Academia de Bellas Artes en 1887, justo en el momento que se funda el Museo Nacional de Bellas Artes en el Partenón de la Quinta Normal. Sus profesores fueron Giovanni Mochi y Cosme San Martín. Lo aprendido de ellos le será de gran utilidad para las clases que dictará años más tarde en la misma Escuela, pero no dejarán huella en su propia obra. Al fragor de una de las tantas querellas producidas al interior de la Escuela de Bellas Artes durante la dirección de Joaquín Díaz Garcés en 1916, en donde sus clases de dibujo fueron objeto de duda por tratarse de un pintor esencialmente de paisajes, Valenzuela Llanos expresó: “alguien ha dicho que solo puedo ser profesor en este ramo [paisaje] por ser paisajista y no figurista. Pero esto se ha dicho malévolamente porque todos saben que los estudios que he efectuado tanto aquí con Mochi, como en París con Jean Paul Laurens han sido sólo de figura, de modo que mal puedo ignorar lo que he aprendido” (Maldonado: 103). A pesar de que Pedro Lira no fue su profesor, porque asume como interino de la clase de pintura y dibujo en 1892, sucediendo  a Cosme San Martín, justo cuando Valenzuela Llanos ha terminado su formación en la Academia, ejercerá una gran influencia en él y sostendrán una activa relación hasta la muerte de Lira en 1912. Si bien Valenzuela Llanos fue siempre reacio a intervenir en las feroces disputas que caracterizaron todo el período en que Lira lideró sin contrapeso la Escuela de Bellas Artes (1892-1900) y que continuaron tras el nombramiento de Virginio Arias como director (1900- 1910), se alineó siempre en su bando. Si bien la influencia de Lira puede apreciarse durante su primera etapa, se diluye en sus períodos posteriores.

    Coincidiendo con lo señalado por Romera, consideramos que la obra de Valenzuela Llanos se entronca más con el legado de Antonio Smith que con el de Lira. Incluso podríamos decir de Valenzuela Llanos lo que Catalina Valdés dice de Smith, al momento de compararlo con los pintores norteamericanos de la escuela del río Hudson: “parece expresarse en un tono más reflexivo e íntimo; es más bien un individuo, no un pueblo, y una experiencia lírica, pero no sublime, la que se expresa en estos paisajes” (Valdés: 103). Otro hito relevante ocurrido durante los primeros años de Valenzuela Llanos en la Academia fue la instauración del Certamen Edwards en enero de 1888, que consideró un premio al paisaje o naturaleza muerta. Si bien el Certamen Edwards conservaba la jerarquía entre los distintos géneros de pintura vigentes en la época, por cuanto premiaba con $300 al paisaje o naturaleza muerta, $400 a cuadros de costumbres, de retratos o de animales y $800 para la pintura histórica nacional, supone un avance en la consolidación del género de paisaje en Chile.

    Tras la obtención de los principales premios otorgados en el Salón Oficial de Santiago durante la década de 1890, Valenzuela Llanos recibió una beca para perfeccionarse en París, a donde llegó en abril de 1901. Su amigo Marcial Plaza Ferrand había llegado el año anterior y lo recibió en un pequeño departamento. En cartas a Manuel Magallanes Moure, Plaza Ferrand describe parte de la rutina que tenían con Valenzuela Llanos: “Ingresamos juntos a una academia regentada por Jean Paul Laurens, uno de los maestros distinguidos de Francia: es presidente de la sociedad de artistas franceses, miembro del Instituto y comendador de la Legión de Honor. Por títulos no se queda. Asistimos desde las ocho hasta las doce diariamente y por las tardes nos vamos a los museos a estudiar a los clásicos, completar las otras notas e investigaciones pendientes. Nos recogemos temprano y nos levantamos con el alba. Observamos una vida completamente tranquila, como verdaderos ermitaños en pleno París. ¿Qué tal?

    Valenzuela ha tenido la suerte de que se le haya admitido en el Salón uno de los dos paisajes que envió. Comienza con éxito. Cuando el tiempo lo permite hacemos excursiones a los alrededores de París a pintar paisajes que los hay preciosos. El domingo pasado estuvimos en Versalles. Pudimos admirar en el Museo de pintura el soberbio cuadro de Delacroix “Los caballeros cruzados en Constantinopla”, que es una de las mejores telas de este Museo, en general escaso en obras de verdadero mérito. […] Y nosotros en nuestro petit appartement de la rue Saints Peres No 16, tu casa, quietitos, sin que nada haya venido a interrumpir esta tranquilidad a la que estamos ya habituados” (Díaz: 46).

    Su arribo a París, que él mismo definió como la patria del progreso y de las bellas artes, representó un cambio significativo en la forma de entender su oficio. El hallazgo de los alrededores de la capital francesa como espacios idóneos para la práctica pictórica, y que luego buscará tras su regreso a Chile, marcarán un antes y un después en su obra. Se trata de lugares no solamente ricos en asuntos o motivos para sus cuadros, sino también con una atmósfera afín a su sensibilidad. La aldea de Bas Meudon será tan significativa en el imaginario pictórico de Valenzuela Llanos como más tarde lo serán Lo Contador, el Cajón del Maipo, Lolol y Algarrobo. “Eso que mira es Bas Meudon, pequeña aldea a orillas del Sena, cerca de París. Es aquello encantador. Hay siempre ahí un gran silencio, tanto, que se oye el chapotear del agua en las orillas: es decir, esas pequeñas ondas que chocan en las riberas. Aquellos chalets veraniegos parecen dormidos. Yo iba muy a menudo ahí” (Yáñez: 1909).

    En esta etapa parisina, Valenzuela Llanos irá gradualmente abandonando el dato narrativo y el color local “para orientarse hacia motivos mínimos o esenciales donde confirmó su búsqueda de la luz, más allá de la ilustración topográfica o geopolítica” (Castillo: 10). Se aprecia una consolidación de su lenguaje pictórico y una cierta consistencia de sus motivos, en donde primarán los escenarios suburbanos a la hora del crepúsculo, que expresan esa “serenidad” y “tranquilidad poética” que él tanto buscaba. “Elijo siempre esa hora. Me gusta la serenidad en general. Creo que esta pintura no cansa, no fatiga el espíritu ni la vista” (Yáñez: 1909). Todo aquello que se volverá característico en la obra de Valenzuela Llanos tiene su origen en esta segunda etapa creativa.

    Su participación en los salones oficiales de París se volverá frecuente e irá progresivamente ganando terreno entre los jurados. Pero su estadía en Europa se verá interrumpida en cuatro oportunidades por la suspensión de su beca entre los años 1901 y 1906. La frenética rotación ministerial propiciada por el régimen parlamentarista que imperaba en Chile en esa época y la consiguiente parálisis del ejecutivo afectó también a los artistas pensionados en París. Pero a diferencia de otros artistas chilenos, que ante la mala noticia del fin de su beca decidían permanecer en Europa financiándose ellos mismos su manutención, Valenzuela Llanos regresó a Chile en cada ocasión para gestionar su renovación. Tarea que realizó con éxito en tres oportunidades. Y durante esos viajes trasatlánticos pudo realizar numerosos paisajes de altamar y de las costas por donde recalaban los barcos, como “Pernambuco” y “Amanecer en altamar”, entre otros. Tras su regreso definitivo al país en 1906, Valenzuela Llanos encontrará en el fundo de Lo Contador o Contadora el espacio ideal para dar continuidad al trabajo iniciado en París.

    “Como siempre, mi sitio es La Contadora, donde tanto he pintado y donde siempre encuentro asuntos interesantes. (…) Para mi temperamento y mi manera de ver, está muy bien aquello. Esa atmósfera, por estar quizás cerca de la ciudad, preséntase más envuelta y las imágenes tienen más valor, distintamente. Y también por una razón al parecer insignificante. Estaba acostumbrado al cielo de los alrededores de París, tan interesante, y algo encuentro en esa atmósfera, en la tonalidad tranquila, que se parece a aquel paisaje” (Yáñez: 1909). Romera ha querido ver en estas palabras de Valenzuela Llanos el esbozo de un “arte poética”, en donde el “temperamento” (sentir) y la “manera de ver” (conocer) se enfrentan y equilibran para dar paso a la obra de arte. Más de treinta años después, Ramón Castillo hablará del arte de Valenzuela Llanos como “correspondencia entre sentimiento, mirada y gesto” (Castillo: 10). Y el lugar donde se pinta es determinante para que esa correspondencia ocurra.

    Los espacios elegidos por Valenzuela Llanos son también frecuentados por otros pintores, con quienes establece una suerte de sintonía espiritual. Con Pedro Lira compartió la predilección por Lo Contador, así como con Magallanes Moure su interés por el Cajón del Maipo y con Pedro Prado las costas del balneario central, como Algarrobo, Cartagena y Las Cruces. Esta mención a Magallanes y Prado nos permiten mencionar el vínculo de Valenzuela Llanos con el Grupo de Los Diez, que lideró el campo artístico chileno entre los años 1914 y 1924. En el prospecto editorial del grupo, aparecido en 1916, Valenzuela Llanos figura entre los colaboradores confirmados y más tarde incluso se prometerá la publicación de un libro con sus mejores obras, impresas en tricromía, que al igual que los libros de Juan Francisco González y Julio Ortiz de Zárate, no pudieron materializarse. La poesía de Magallanes Moure y los cuentos de Federico Gana, publicados por Los Diez bajo el título Días de campo, parecen haber sido escritos bajo el mismo compás de las obras de Valenzuela Llanos. La misma austeridad formal y temática, el mismo tono menor, pausado, la misma nota íntima.

    Sus años en Santiago, tras el regreso de París, corresponden a una tercera etapa de su obra, marcada por dos grandes reconocimientos oficiales, como el premio de honor del Certamen Edwards en el Salón Oficial de Santiago de 1908 con el cuadro “Hora solemne”, y la segunda medalla en el Salón Oficial de París de 1913, con “Puesta de sol en los Andes”. Artistas, escritores, críticos de arte, políticos y diplomáticos quisieron rendir homenaje a Valenzuela Llanos por su logro y él recordó en ese momento de su consagración artística a Pedro Lira, muerto el año anterior: “No puedo dejar de asociar a este momento el recuerdo del querido amigo y maestro, don Pedro Lira, quien fue el primero en tener fe en mi porvenir; ahora, como en todos los momentos de triunfo para mí, su memoria viene a llenar cariñosamente el vacío de que lo él hubiera hecho en tales circunstancias, si aún estuviese con nosotros” (Maldonado: 97).

    Para conmemorar sus 25 años de carrera artística, se celebró en 1915 su primera gran exposición retrospectiva en el Palacio de Bellas Artes. Se trataba ya de un artista consagrado tanto dentro como fuera del país, pero el éxito en nada cambió sus hábitos de vida casi franciscanos. En 1910 contrajo matrimonio con Julia Montero, lo que en términos estrictamente pictóricos, le abrió las puertas a Lolol, donde comenzó a pasar los veranos junto a la familia de su mujer. Del fundo El Portezuelo provienen varias de las pinturas de pequeño formato presentes en esta muestra. Durante este período ejerce como profesor de la cátedra de pintura y composición en la Escuela de Bellas Artes, con cuyos estudiantes frecuentaba el fundo de Lo Contador todas las semanas. Sin el poder de seducción de Juan Francisco González, a cargo de la cátedra de dibujo, el paso de Valenzuela Llanos por la Escuela no tuvo una significación profunda entre sus estudiantes. Se trataba de una labor que debía desarrollar por fines estrictamente prácticos y que le quitaba tiempo para pintar.

    El estallido de la Primera Guerra Mundial lo conmovió seriamente. Julio Fossa Calderón lo mantuvo al tanto de los pormenores del conflicto y las repercusiones en el ambiente parisino. Se suspendieron los salones y Valenzuela Llanos veía muy lejos la posibilidad de un potencial retorno. Y con el propósito de colaborar con la causa de Francia, envío un cuadro suyo para ser subastado. “Quedo haciendo votos porque con la ayuda de Dios termine cuanto antes este estado de cosas y vuelva la paz a nuestra querida Francia, para que siga siendo la patria del progreso y de las Bellas Artes” (Maldonado: 99). Años más tarde, una vez terminada la guerra, hará un nuevo envío para costear un premio que favoreciera a los artistas veteranos de guerra. Y su anhelado regreso a París se produjo a fines del año 1922, momento en que se inauguró una exposición suya en la Galerie J. Allard. Este quinto viaje a Europa gatilló un nuevo cambio, inaugurando la etapa final de su pintura, en donde alcanzó su mayor plenitud: “Su pupila se torna más aguda para la observación y el análisis de los fenómenos luminosos y atmosféricos. Desde el punto de vista de la técnica, renueva su factura por la división de los tonos y manchas de colores yuxtapuestos. (…) El paisaje, por consiguiente, no es otra cosa que una serie de resonancias cromáticas sujetas a la acción de la luz” (Lira: 1935).

    Sigue frecuentando Lo Contador y el Cajón del Maipo, pero en este período se incorpora un nuevo escenario: Algarrobo La luminosidad que progresivamente ha ido ganando terreno en su pintura a partir de 1901 llega a su máxima expresión. Desaparecen por completo esos roqueríos densos y oscuros de su primera etapa, para dar paso a telas llenas de movimiento en medio de atmósferas brillantes. “Golpe de olas en Algarrobo”, pintada en el verano de 1925, es un buen ejemplo de lo que Valenzuela Llanos buscaba en sus últimos días. Ni el éxito ni la indiferencia hicieron nunca mella en el espíritu laborioso y exigente del autor. Tampoco lo afectaron los nacionalistas ni los snobs, que quisieron instrumentalizar su obra, constriñéndola a sus mezquinos criterios. El valor de la obra de Valenzuela Llanos no reside en su carácter nacional ni en su cercanía o distancia con el impresionismo francés. Su mérito consiste, entre otras cosas, en haber desarrollado un lenguaje pictórico capaz de conciliar su temperamento, melancólico e inquisitivo, con su singular manera de ver el paisaje, sin ninguna restricción fronteriza. “Aspiró a la rebelde perfección suprema, aquella que consiste en eludir la anécdota para captar con definitiva simplicidad de medios, con rigurosa economía plástica, el sentido universal yacente en un trozo de paisaje” (Romera: 66)

  • Gabriela Mistral – A 130 años del natalicio de la niña que fue Lucila

    Gabriela Mistral – A 130 años del natalicio de la niña que fue Lucila

    A 130 años del natalicio de Lucila Godoy Alcayaga, la niña que el mundo conoció y conoce como Gabriela Mistral, su obra literaria y humanitaria, su figura y su pensamiento conservan intacta su vigencia en Chile y el mundo.

    Pero Lucila Godoy Alcayaga es mucho más que Gabriela Mistral, es merecedora de nuestra atención, de nuestro tiempo y de nuestro estudio. La niña que creció entre montañas, mirando el cielo y las estrellas, y que se inspiró no solo en la magnífica geografía que la rodeaba, sino que también en su pueblo, encontró a la escritura – tanto poemas como prosa– como el vehículo para expresar lo que veía y que otros ni siquiera se daban cuenta: la pobreza, falta de educación, falta de respeto hacia las mujeres, pueblos indígenas y en forma especial lo que a ella le afectaba emocionalmente a lo más profundo.

    Lucila no tuvo que leer sobre pobreza, falta de oportunidades y las dificultades de crecer en una familia con un padre ausente. Todo esto lo vivió y lo expresó. Considerando las condiciones en las que nació y creció, no había indicio alguno de lo que el futuro tenía reservado para ella. A los 14 años, en su artículo “El perdón de una víctima”, una joven, profunda y valiente L. Godoy A. en forma directa y simple escribe sobre el horror del abuso a una mujer. Pocos años más tarde, cuando tenía 17, expresaba su preocupación por la mujer en su magnífico artículo “La instrucción de la mujer”, publicado en la Voz de Elqui. Hoy, a más de un siglo de esta publicación, desgraciadamente, aún aplica a muchos lugares del mundo. ¿Podría alguien haber imaginado que en unos pocos años, Lucila sería admirada y conocida por su labor como maestra y poetisa? ¿Que llegaría a ser considerada una de las más importantes figuras intelectuales y literarias de su época y del mundo contemporáneo? ¿Que llegaría a ganar el reconocimiento mundial al recibir el Premio Nobel? La respuesta es probablemente no. Pero a pesar de todas las dificultades, lo logró. El mundo reconoció y valoró a Lucila de Elqui, quien se convirtió en Lucila del mundo.

    ¿Por qué es importante Mistral?:

    Gabriela Mistral representó en su época y representará siempre los mejores valores de nuestro país y del continente americano, en todas sus facetas: como maestra, poetisa, ensayista, cronista, diplomática y humanitaria. Podemos hoy tomar cualquiera de sus ensayos, pensamientos o críticas y darnos cuenta que sus preocupaciones son las de nuestro mundo contemporáneo.

    Desde el punto de vista literario, Gabriela Mistral fue la primera persona latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Este gran reconocimiento abrió las puertas e invitó a Europa y al mundo no hispano parlante a conocer y valorar nuestra rica producción literaria. “Este premio es de América”, dijo Gabriela el día de la recepción del Nobel. Y así fue, porque muchos escritores latinoamericanos se vieron beneficiados.

    ¿Por qué recordarla y establecer una fundación en Nueva York?:

    Nueva York jugó un rol de gran importancia en la vida de Gabriela Mistral. Fue la ciudad donde publicó su primer libro Desolación (1922); en donde enseñó (Barnard, Vassar); en donde desempeñó labores diplomáticas tanto consulares como en la Liga de las Naciones, ahora conocida como la ONU; en donde forjó importantes relaciones intelectuales y es el lugar donde falleció. Por estas razones, un pequeño grupo de personas, liderado por Heraldo Muñoz, y después de la entrega del legado de Gabriela Mistral a Chile, formó esta fundación sin fines de lucro en el Estado de Nueva York. Somos un grupo muy pequeño en nuestra directiva y contamos con un excelente Consejo Honorario, todos voluntarios. Creemos firmemente en la misión de nuestra organización y entregamos lo mejor de nosotros, porque Gabriela ciertamente lo merece.

    Es para nosotros un gran honor y un privilegio ser parte de la fundación que honra y lleva su nombre. Pero nuestra fundación va más allá de recordarla. Nuestra misión es promover el importante legado literario y humanitario de Gabriela Mistral y continuar su labor de ayuda a los niños y adultos mayores necesitados en su Chile natal. Esta labor la hacemos entregando programas y proyectos de ayuda que tienen un impacto positivo en la vida de aquellos que más lo necesitan. Por ejemplo: Misión Humanitaria Médica a Chile; donación de sillas de ruedas; donación de equipos médicos; donación de pianos, iPads, libros, etc.

    Trabajamos con niños y jóvenes para que conozcan a Mistral, haciendo presentaciones, talleres y concursos, para que encuentren el vehículo para expresar sus sentimientos a través de la poesía y ensayos. Nuestra labor es también promover la obra literaria de Mistral. Para este efecto, realizamos presentaciones y eventos tanto en EE.UU. como alrededor del mundo, invitando a quienes no la conocen a conocerla y a quienes la conocen “algo” que la conozcan más. Por esta razón, la fundación traduce en forma continua y extensa la obra literaria de Gabriela Mistral. Para conmemorar los 70 años del Premio Nobel, publicamos el libro bilingüe De Chile al Mundo. 70 años del Premio Nobel de Literatura a Gabriela Mistral (disponible en confin.cl). En el 2018, ad portas de la celebración de los 130 años del natalicio, la fundación lanzó la revista anual bilingüe The Mistral Review. El primer volumen está dedicado a “Gabriela Mistral, la biblia y el pueblo judío”. Un importante tema en la vida de Mistral y que encontramos a través de toda su obra.

    Destacamos que las publicaciones se han hecho totalmente ad honorem y todas las ventas, tanto del libro como de la revista, van en su totalidad a financiar los programas y proyectos de Gabriela Mistral Foundation. Nuestro objetivo es hacer una diferencia en las vidas de quienes están en necesidad. Pero también, ¿por qué no soñar con la posibilidad de abrir el horizonte y las posibilidades de los niños… ya que quizás entre ellos podemos encontrar a otra Gabriela? Lucila le perteneció a Elqui, pero Gabriela le pertenece al mundo. Más de 20.000 personas al mes visitan nuestro sitio web desde distintos rincones del mundo, quienes nos solicitan información, ayuda, material etc. Estamos convencidos que con ayuda, atención y oportunidades, los niños tendrán un futuro mejor y así también será el futuro de nuestro planeta.

    Para celebrar este importante hito, Gabriela Mistral Foundation entrega un obsequio a los niños de Chile, los niños de Gabriela. Se trata de un proyecto realizado en colaboración con Historias para todos, que consiste en un video libro con ilustraciones, animación, narración e interpretación de lenguaje de señas chilena titulado Lucila y las palabras. La vida de Gabriela Mistral. Este video libro estará disponible en forma gratuita por medio del sitio web de Gabriela Mistral Foundation, Inc.; Ministerio de Educación, Ministerio de las Culturas, el Patrimonio y las Artes; Ministerio de Relaciones Exteriores, a través de sus consulados, e Historias para todos. Próximamente también estará disponible con narración en inglés