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  • Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Mucho se habla actualmente acerca de “reforma de la educación”, de “calidad educativa”, de “mejorar la formación de los docentes” y un largo etcétera, pero no se ve una reflexión profunda en torno a qué significa ser un verdadero maestro. Preguntarse por las virtudes que deben brillar en el alma de un maestro para que pueda ser llamado “buen maestro” o “excelente maestro”, “profesor de calidad”, supone antes, y más en estos tiempos que corren, decir qué significa serlo: ¿Qué es un maestro? ¿Cuál es el sentido y el significado último de su actividad docente? ¿Es solo aquel que entrega información al alumno, que busca llenar su mente con datos, fechas y conocimientos diversos? ¿Es acaso, como lo sostienen algunas corrientes muy actuales, un mero facilitador de instrumentos y herramientas para que el propio alumno construya, cree, forme su propio conocimiento?

    Para responder adecuadamente conviene fundarse en la experiencia común, esa experiencia que ha tenido todo aquel que ha estado frente a un maestro que lo ha sido realmente y que le ha marcado de tal modo que le permite decir que el maestro es mucho más que un instructor o facilitador, sino que ha llegado con su acción a descubrirnos el sentido último de nuestro vivir, al punto que su paso por nuestra vida nos ha agrandado la existencia. En efecto, la acción docente es con toda propiedad una acción que teniendo como finalidad más propia y específica la comunicación de un saber, esto es, que busca enseñar una verdad de tal modo que enriquezca la inteligencia del alumno, no obstante, se ordena últimamente a ayudar a que los educandos vivan una vida plenamente humana, una vida con sentido que les posibilite alcanzar esa plenitud a la que por su propia naturaleza están llamados. Es, a través de lo que enseña, que el maestro educa. La tarea del maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; sino que se trata de formar a la persona del educando, ayudarlo a ser plenamente hombre. La acción del maestro nos aparece entonces, no solo como una vocación, sino como una verdadera misión, que en cierto modo le sobrepasa, pero a la que no puede renunciar. Para llevarla a cabo, ha de contar, de modo más radical y fundamental con su palabra y con su ejemplo.

    1.- La palabra es aquello en lo que está contenido su propio saber y por lo cual puede comunicarlo a su alumno. Evidentemente, no solo es la voz exterior, sino que es una palabra íntima, una palabra sabia, una palabra que conoce y entiende de modo profundo aquello que enseña. El docente no está solo repitiendo de un libro, no está recitando una lección que le es ajena y exterior, sino que el maestro verdadero, comunica aquello conocido en lo más profundo de sí mismo y lo dice como si fuera suyo. No obstante, es un saber que él mismo sabe que ha recibido de otros maestros que le precedieron, por lo que su palabra aparece inserta en una tradición de conocimiento. Transmite lo que ha recibido. Muchas veces, enriquecido por su propia reflexión, pero en esa palabra brinda a su alumno un saber que, aunque suyo, no le pertenece absolutamente y, por tanto, exige fidelidad, respeto y reconocimiento a dicha tradición. Ha de ser palabra fiel.

    Ahora bien, junto con ello, es preciso que el maestro sepa comunicar su saber en el contexto de un orden aún mayor. Ni la matemática, ni la física, ni la biología, ni ninguna ciencia o arte en concreto, tiene la fuerza para colmar el corazón humano. De allí que no puede bastarle al alumno la simple recepción de esos conocimientos descontextualizados. Es preciso además, mostrarle el sentido, el lugar que ocupa dicha ciencia en el conjunto de la propia vida humana, por lo que debe ser una palabra profunda, una palabra que esté arraigada en su propia vida interior, en aquello que su propia vida es. El maestro tiene que hacer patente que a través de la misma ciencia se pueden describir realidades superiores, como el orden del universo, la belleza de las cosas, la misma hondura de la existencia humana, etc. Pero si el alumno no sabe qué sentido tiene su vida y qué es aquello que vale verdaderamente la pena, desde luego, que la ecuación de segundo grado, la célula, o los ríos de Chile, le traerán sin cuidado. Finalmente, esa palabra ha de ser una palabra amada, esto es, el maestro debe amar profunda y apasionadamente el saber que comunica, debe manifestar que es un bien de tal modo valioso que enriquece la propia vida. Ese amor a la verdad y al saber particular que posee el maestro es lo que despierta en el alumno la inclinación decidida a adquirirlo. Solo en la medida en que se vea dicho saber como algo capaz de mejorar la propia vida porque es algo bueno, el alumno se moverá a conocerlo. De otro modo, podría pasar como algo que el maestro quiere que el alumno sepa, pero que no tiene que ver con su propia existencia concreta. Cuántas veces en una clase no hemos entendido lo que se nos ha enseñado y, sin embargo, sí entendíamos, por la pasión con la que el maestro lo enseñaba, que algo grande debía haber allí contenido.

    Evidentemente, las palabras por sí mismas no son capaces de hacer que el alumno aprenda y crezca como persona, ya que es el mismo discípulo el que ha de realizar aquellos actos que le permitan entender y amar en propiedad, no obstante, las palabras del maestro, dice Klaus Droste, son verdaderos dones capaces de suscitar en el interior del alumno aquella voz interior que le permitan moverse a pensar y comprender lo que el maestro generosamente le ha transmitido. Las palabras del maestro son la semilla que ha de dar fruto en el corazón del discípulo. Como nos enseña Tomás de Aquino: “las palabras contundentes gratuitamente ofrecidas dan fruto interior, de manera tal que el discípulo de pocas cosas oídas muchas cosas buenas anuncie”.

    2.- Junto con la palabra, el maestro ha de contar con su propio ejemplo, esto es, manifestar una clara coherencia y equilibro vital. Dicho de otro modo, manifestar con sus acciones aquello que tiene concebido en su corazón. Precisamente, porque el obrar del maestro hace patente aquello en lo que consiste su vida, que el discípulo es movido más perfectamente al bien por las acciones del maestro que por sus dichos. Si hay incoherencia entre lo que dice y lo que hace, es indudable, y la experiencia nos lo confirma, que el alumno creerá más a las acciones. Ya podrá el maestro dominar perfectamente muchas técnicas pedagógicas, ser un artista en el uso de métodos y tecnologías educativas, pero si esto no está fundado en el orden de su vida interior, esto es, en su propia integridad personal, le será difícil, si no imposible formar hombres y mujeres buenos. Por eso la gran misión de la tarea educativa a la que todo maestro está llamado (vocación) supone que el educador entrega al alumno no solo realidades exteriores, como conocimientos, habilidades, destrezas, –que también–, sino que sobre todo, le entrega, la brinda, su propia persona.

    El centro de la misión educativa es la capacidad de donación que demuestra el educador en su acción cotidiana: su transparencia, su humildad, su disponibilidad, su testimonio, su afán de superación y de crecimiento para servir a los alumnos. La docencia como misión supone la entrega de sí mismo a la persona del educando, que espera en cada sala de clase que le enseñen a vivir. Faltarían a su misión aquellos maestros que enseñando matemáticas, las vocales, historia o biología, solo enseñaran eso y no comunicaran a través de esas ciencias, con sus palabras y ejemplos, aquello por lo que vale la pena vivir. Más que buenos maestros, expertos en el arte metodológico, grandes conocedores de sus ciencias, lo que se necesita de modo urgente son maestros buenos, que sean capaces de dejar en el corazón del alumno un recuerdo ejemplar, una huella profunda en el alma del discípulo que le permita orientar su propia vida y llenarla de significado. De esta manera, entendiendo de este modo la acción del maestro, es posible aspirar a una educación de calidad como la que se anhela.

  • Recuperar el ocio

    Recuperar el ocio

    El filósofo surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959) se ha convertido en un fenómeno editorial gracias a su mirada fresca y actual sobre los pensadores clásicos europeos, especialmente alemanes. Él ha dicho que su fascinación por la filosofía nació de su lento ritmo de lectura cuando era un estudiante extranjero en Alemania, país al que llegó sin conocer el idioma. Esa velocidad parece ser lo que le ha permitido profundizar sobre autores como Heidegger (su tesis doctoral versa sobre su obra) o Hegel. Es también desde ese ritmo que cuestiona la aceleración de la sociedad contemporánea, a través de una decena de ensayos publicados originalmente en alemán y traducidos al español por editorial Herder (distribuidos en Chile por Liberalia).

    El más popular de sus libros es La sociedad del cansancio, en que detalla cómo la explotación clásica del trabajador se ha convertido en autoexplotación, es decir, cada uno de nosotros ha internalizado que solo vive para trabajar y que su propio valor radica en cuánta riqueza genera. En otros libros, como La agonía del Eros o La expulsión de lo distinto, aborda las consecuencias de la estandarización de las maneras de ser humano, al punto de aniquilar la singularidad y convertir el placer en una forma de represión.

    Su último libro, Buen entretenimiento, muestra cómo en el trascurso de los últimos siglos el ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada, en una insoportable forma vacía del trabajo. Para desarrollar esta reflexión, Buen entretenimiento está organizado en diez capítulos que pueden ser leídos como ensayos individuales. En el primero, “Dulce cruz”, el autor explica cómo la idea de “entretenimiento” ha cambiado a lo largo del tiempo, y lo ejemplifica con el caso de Bach y su obra “La Pasión según san Mateo”: si bien hoy se le considera música docta, en el momento de su presentación (el Viernes Santo de 1727 en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig) fue criticada porque se le consideró “operática” y en ese sentido, “entretenida”, alejada del espíritu de contrición que debiera generar la música sacra. Esta dicotomía serio/entretenido marcó también la crítica musical en el siglo XIX: en el capítulo “Sueños de mariposas” se recogen los comentarios contra Rossini por ser demasiado “entretenido”, sinónimo de liviano y frívolo. Por ejemplo, E.T.A. Hoffmann (autor de El cascanueces y el rey de los ratones) habla sobre la “limonada rossiniana” y se pregunta: “¿Cómo ha podido suceder que aquel gusto degenerado haya encontrado tantos seguidores incluso en Alemania, donde el arte solo cuenta la verdad y la seriedad?”. En el capítulo “Sobre el lujo” ahonda en la relación entre entretenimiento y lujo, entendido como un consumo que excede las necesidades naturales del hombre. La “pura diversión” es, como se advierte, un lujo accesible sólo para quienes ya tienen cubiertas sus necesidades básicas. Este vínculo se hace patente con el desarrollo económico de las sociedades europeas. Nietzche afirma que “el lujo es humillante para el hombre del conocimiento”, pues representa una vida “distinta de la vida sencilla y heroica”.

    En el capítulo “Satori” se observa cómo esta dicotomía entre espíritu –que se correspondería con el arte y la filosofía– y sensorialidad –asociada a la diversión– es propia de Occidente y no de Oriente. El ejemplo es el haiku, el poema breve japonés, que en Occidente ha sido interpretado inequívocamente como una muestra de la concisa profundidad del budismo zen. El haiku es esto y al mismo tiempo, escribe Byung-Chul Han, es un juego de  palabras, una forma de entretenimiento muy popular en Japón, usualmente provista de una buena dosis de humor. En esa cultura no existió históricamente la oposición entre arte elevado y popular: la división llegó con la occidentalización.

    Kant, si bien mantiene la distinción entre lo sensorial (lo ameno) y lo sublime (lo bello), reivindica el valor del entretenimiento. A la afirmación de Voltaire, expresada en la Crítica del juicio, “El cielo nos había dado dos cosas como contrapeso a las muchas penas de la vida: la esperanza y el sueño”, Byung-Chul Han explica que “Kant quiso agregar una tercera: la risa. También podría haber dicho el buen entretenimiento, pues justamente en el apartado que versa sobre el juego y el entretenimiento Kant reflexiona sobre la risa y su efecto positivo”. Kant lo percibe como un efecto corporal, terapéutico, no cognoscitivo. Byung-Chul Han se aleja de esta línea porque afirma que el entretenimiento, el juego, la risa y el ocio sí tienen efectos cognoscitivos: “La risa, que es causada por una desviación de lo habitual, restituye y afianza precisamente lo habitual. (…) Y reírse de lo distinto siempre significa una confirmación de lo propio, de lo conocido y de lo que nos resulta familiar. Por eso el entretenimiento que divierte se produce también en un nivel cognoscitivo, es decir, en un nivel del sentido”.

    Hacia el final del libro, el filósofo desentraña el problema del entretenimiento en la sociedad actual: dada la obsesión contemporánea por el rendimiento (es decir, que cada individuo produzca el máximo posible), se ha instalado la idea de que no puede existir entretenimiento por sí solo. “Como tantos otros fenómenos, el entretenimiento comenzó en el siglo XVIII, porque solo en el siglo XVIII surgió la diferencia entre trabajo y ocio en sentido moderno”, explica el filósofo. “Lo peculiar del actual fenómeno del entretenimiento consiste más bien en que rebasa con mucho el fenómeno del ocio (…) También la información puede ser entretenida, e incluso el saber y el trabajo, y hasta el propio mundo”. Sin embargo, este aparente predominio del entretenimiento es engañoso: “Sí incluso el trabajo mismo tiene que ser entretenido, entonces el entretenimiento se desprende por completo de su referencia a aquel ocio como fenómeno histórico”. Es decir, el entretenimiento ya no es libre: “Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido”.

    En el mundo actual todo es entretenimiento, pero a la vez todo es rendimiento. En una entrevista publicada en febrero pasado por el diario español El Mundo, Byung-Chul Han ahondó en esta idea: el individuo se “entretiene” consumiendo como si fuese una obligación “estar al día”: maratones de series televisivas, redes sociales, libros, dejan de ser experiencias ociosas y libres para convertirse en deberes. “El tiempo laboral se ha totalizado hoy convirtiéndose en el tiempo absoluto. Y si resulta que nuestro tiempo vital o la duración de nuestra vida coincide por completo con el tiempo laboral, como en parte está sucediendo ya hoy, entonces la propia vida se vuelve radicalmente fugaz”, advirtió. No se trata solo de la aceleración, sino por sobre todo de la falta de sentido: “A la actual crisis del tiempo yo la llamo “discronía”. El tiempo carece de un ritmo que ponga orden, carece de una narración que cree sentido. El tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes puntuales. Ya no es narrativo, sino meramente aditivo. El tiempo se atomiza. En un tiempo atomizado tampoco es posible una experiencia de la duración. Hoy cada vez hay menos cosas que duren y que con su duración den estabilidad a la vida. El tiempo ha perdido hoy su fragancia. A la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse. Ya no es posible experimentar un tiempo pleno. A causa de esta falta de tranquilidad nuestra civilización se está tornando una barbarie”.

    Un ocio significativo debiera, entonces, hacer posible recrearse y vivir una experiencia de la duración. “El tiempo festivo es un tiempo en el que la vida se refiere a sí misma, en lugar de someterse a un objetivo externo”, afirmó en esa conversación. La propuesta de Byung-Chul Han se observa en cada uno de sus libros y en su mirada global como intelectual, al dedicarse al estudio de la filosofía en una época en que pareciera que ya pocos se interesan por desarrollar esa discusión. En la entrevista con El Mundo explicó que, por el contrario, estamos en una época en que la reflexión filosófica se hace crucial: “Hoy se elimina todo lo que no reporta un provecho inmediato, es decir, económico. Se renuncia a la formación integral a cambio de la formación profesional. Renunciar a la filosofía significa renunciar a pensar.

    La filosofía es un pensamiento meditativo, que se distingue del pensamiento calculador. Hoy el pensamiento se asimila cada vez más al cálculo. El pensamiento calculador da continuidad a lo igual. La palabra alemana para meditar, sinnen, “darle vueltas a algo”, significa originalmente “viajar”. Por tanto, en un sentido enfático, pensar es dar vueltas, viajar. Es estar en camino hacia otro lugar. El pensamiento meditativo y filosófico es el único capaz de engendrar algo totalmente distinto. Hoy vivimos en un infierno de lo igual. Para este infierno de lo igual resulta un peligro el pensar, la filosofía, porque interrumpe lo igual a favor de lo totalmente distinto, es más, a favor de una forma de vida totalmente distinta. Por eso es precisamente en el infierno de lo igual donde habría que introducir la filosofía como asignatura obligatoria, en lugar de eliminarla. De lo contrario, solo prosigue lo igual. La revolución empieza con el pensamiento”

  • ¿Es posible filosofar en nuestros tiempos?

    ¿Es posible filosofar en nuestros tiempos?

    Por primera vez la Red Cultural llamó a Concurso a los alumnos de Humanidades de la Universidad Gabriela Mistral para escribir un artículo para nuestra revista. A continuación le presentamos a la ganadora de este concurso, Carmen Gloria Vallejos, alumna de Licenciatura en Ciencia Política y Periodismo.

    Lejos están los filósofos modernos, lejos están quienes los anteceden, lejos también se encuentran los que comenzaron la reflexión filosófica, los que aceptaron conducir la mente de los hombres por los espacios más elevados. Es que en nuestros tiempos la razón humana ha caído progresivamente en el olvido, por eso mismo resulta tan difícil que la disciplina filosófica vuelva a considerarse elemental. Hoy, nos han convencido que el objeto de la filosofía no existe. Qué no hay espacio para los filósofos, que no merece la pena llegar a la verdad, qué es preciso olvidar los grandes misterios que atraviesan la humanidad. Es difícil lidiar con tanta confusión, pero ciertamente, es nuestro propio mundo el que nos exige una metamorfosis muy profunda, nos pide cambiar el curso de las cosas. Me he preguntado en estos días, ¿cómo es que pudiendo elevarnos a resolver los más grandes misterios, nos hemos empecinado en deambular únicamente por el mundo sensible? Es que hemos abandonado la reflexión filosófica, y con ello, le hemos arrebatado a la mente humana la posibilidad de elevarse, y habituarse a pensar, como puede pensar, pero como no está acostumbrada.
    ¿Cómo nos hemos puesto nosotros mismos el techo equivocado? No sé con exactitud porque ha ocurrido algo así, sin embargo, el pensamiento filosófico moderno, parece incidir en todo esto. Es que la reflexión filosófica, se funda en la posibilidad de conocer la verdad, sin embargo, para nadie es un misterio que hoy se señale que lo verdadero es aquello que cada sujeto juzga como tal. Pues bien, los primeros atisbos de subjetividad se encuentran en el pensamiento moderno. Es tal la envergadura, y el vuelco que supone esta reflexión que significó incluso que me preguntaran si aún con los modernos existe la filosofía. Mi respuesta fue un sí, aunque admito que tal interrogante me dejó pensativa; ¿es posible hoy desarrollar esta actividad?, ¿puede en nuestros días haber filósofos? No quiero con esto, señalar que el techo equivocado fue puesto por los pensadores de la modernidad, no es esto una condena a su reflexión filosófica, sino más bien un cuestionamiento que de pronto he necesitado responderme.
    Lo cierto es que los modernos fueron ejecutores de una metamorfosis, transformaron el modo de concebir la realidad, los empiristas por un lado y los racionalistas por otro, escindieron la filosofía, sin ser conscientes con ello, de las implicancias que esto ocasionaría para nosotros. Unos nos redujeron a la mera razón como si solo fuéramos, dicho con Descartes, “una cosa que piensa”, y los otros nos convencieron de que sólo la experiencia podría llevarnos a la verdad. Tuvo que llegar Kant a unirnos otra vez. ¡Vaya labor la que realizó!, sin embargo, nada volvió a ser igual, aunque la reflexión kantiana hizo lo suyo, no fue posible olvidar a Descartes, que se había atrevido antes a universalizar la duda, a tal punto que nada pudiera ya darse por verdadero. La razón, sin su objeto- únicamente ella- aparece como real, y con ello queda imposibilitada de disponerse a avanzar más allá de sí misma. Es el objeto de la inteligencia, el ser, lo que se pone en entredicho pues no sabemos si existe realidad fuera de nuestra mente. Es que con Descartes el ser debe ser conquistado a fuerza de pensamiento, porque la realidad no es algo dado y se transforma en un problema el conducirse hacia ella, en cuanto no tenemos certeza de que exista con independencia del pensamiento. ¿Cómo esto no iba implicar un cierto derrumbe de la filosofía? Precisamente su objeto es el ser de las cosas, sin embargo a partir de la modernidad, no parece ser tan claro que las cosas tengan una consistencia ontológica, ahora el objeto de la inteligencia es el pensamiento, no ya el ser, como lo era para la filosofía clásica. Este nuevo enfoque, sin duda, pone en jaque el lugar que ocupaba la disciplina, tanto es así que será el propio Kant, el que sentenciará que aún siendo la metafísica una inclinación natural, no puede el hombre empeñarse en realizarla porque la razón no logrará jamás habitar esos espacios.
    Desde la reflexión filosófica kantiana queda establecido que la razón humana sólo tendrá que contentarse con los fenómenos, no podrá ya, conocer lo que las cosas son. No es apresurado pensar que entonces la inteligencia tuvo que abandonar su actitud natural y extrovertida, en la cual el sujeto se abre a la realidad exterior, para dar cabida a una nueva, voluntariamente adquirida, asumiendo así, una disposición introvertida, es decir, tuerce la dirección, y en vez de posarse hacia las cosas del mundo que nos rodean, recae sobre sí misma, sobre el yo. ¡Qué duro es ver que nos hemos empecinado en ir a contracorriente!
    Hoy estamos aquí, impregnados de una subjetividad que no es la moderna, pero que en ella encuentra sus cimientos. El mundo posmoderno, nos ha convencido que nosotros podemos definir que es lo que son las cosas, como si en ellas no hubiese un principio que las haga ser lo que son. ¡Cómo si no existiese un orden en el universo! Curioso afán que tenemos de modificarlo,  hemos estado dándonos demasiados permisos, y con ellos, la filosofía ha quedado relegada a un conjunto de opiniones y está siendo mirada con cierta indiferencia, ¿qué paradojal es pensar que podamos asumir esta actitud frente a una actividad que es connatural al hombre?
    Precisamente, porque es propio de los seres humanos el intentar comprender el orden del universo, no podemos afirmar que con los modernos se acaba la filosofía porque la habrá cada vez que alguien se atreva a mirar el mundo desde lo más radical, desde lo más sustancial, desde lo más propio que conviene a todo ser. Es que los filósofos, y sus reflexiones no son los dueños de la filosofía, no puede ellos determinar su persistencia. Siempre es posible desarrollar la actividad filosófica, basta que asumamos que como seres humanos somos capaces de elevarnos más allá de lo que los sentidos nos muestran. El techo no es pues lo que por ellos captamos, hay algo más que realidades sensibles, ahora bien, no debemos perder de vista, que todo comienza aquí, pues nada pasa por el entendimiento que no haya pasado antes por los sentidos.
    Los filósofos, y los que algún día serán tales, esos que quieren pensar filosóficamente, advirtiendo con ello que es preciso mirar la realidad desde los primeros principios, son los que pueden mostrarle al mundo el gran valor que supone desarrollar una actividad como ésta. Mediante ella, podemos conocer por ejemplo que exist en nosotros una inclinación natural hacia la felicidad, a la que debemos hacer caso, pues es ésta una exigencia de nuestro ser. Y es que tenemos una consistencia que nos hace ser tales, por mucho que nos empeñemos en ser lo que queramos. Somos seres humanos, y porque aún podemos saber esto, es que todavía puede haber filósofos, es cierto que el camino se ha puesto algo complejo, es verdad que cada vez son menos los que parecen impresionarse cuando desde sí mismos, descubren esta maravillosa verdad.
    Es que hemos dejado esta interrogante  abierta cómo si pudiésemos nosotros decidir ¿qué es en verdad el hombre?, ¿qué es la felicidad?, ¿qué es la belleza?, ¿que es la bondad? ¡Hasta dónde ha llegado la soberbia humana! ¿Cómo es que hemos querido manejarlo todo?, ¿cómo fue que borramos de nuestras almas la convicción de que hay ciertas cosas que funcionan con independencia de nosotros? La filosofía es tan necesaria como fascinante y no puedo ser yo, la que le quite el ser. Pues he aquí precisamente el esfuerzo contrario. Quiero custodiar la gran relevancia que tiene en nuestros días el desarrollo y la reubicación de esta disciplina como la ciencia primera, pues, ¿podemos acaso orientar nuestra existencia si no conocemos lo que somos?, ¿si hemos prescindido de lo más elemental? Tal vez, el sin sentido que atraviesa nuestra sociedad, se explique en parte, porque muchos hemos pensado que ya no es posible filosofar, y con ello, hemos abandonado la preocupación por la naturaleza humana, a sabiendas de que entonces andaremos errantes.
    Es que hemos sido incapaces hasta este momento, de hacernos parte del “conócete a ti mismo”, propuesto por Sócrates, y con ello, hemos dejado nuestro destino abandonado a su suerte sin que parezca necesario desentrañar los misterios, sin que tengamos que preguntarnos ¿por qué pasa lo que pasa?, sin que tengamos que explicarnos las causas de los efectos, sin que tengamos que comprender nuestra circunstancia. Cada vez que renunciamos a la filosofía, es porque hemos decidido olvidar lo que no se puede olvidar.

  • Johann Gottlieb Fichte y el Idealismo Alemán

    Johann Gottlieb Fichte y el Idealismo Alemán

    Hace ya dos siglos, el 29 de enero de 1814 muere, a los 52 años de edad, Johann Gottlieb Fichte contagiado de fiebre tifus contraída por su esposa, ya convaleciente. El famoso profesor de la Universidad de Jena, considerado uno de los padres de idealismo alemán, es una pensador, de difícil comprensión, que se encuentra ensombrecido por la figura de Emanuel Kant que le antecede en el tiempo y de Georg Wilhelm Friedrich Hegel que le sigue, si bien marca un paso decisivo de la Filosofía trascendental al idealismo propiamente tal. Podría pensarse que tanto para Fredrich Shelling como para G. W. F. Hegel resulta un punto de partida decisivo en la configuración de sus sistemas. 

    Johann Gottlieb Fichte 1762 -1814

    Nació en Rammenau el 19 de mayo de 1762, en una familia humilde, y su primer oficio fue el de pastor de gansos. Su deseo inicial era ser pastor protestante, acostumbrado a memorizar los sermones del pastor de su pueblo y recitarlos a quienes lo hubiesen perdido. Así, ocurrió una mañana cuando el rico señor Miltitz llegó tarde y los aldeanos le remitieron al pequeño Johann, quien le repitió el sermón. Fue así como sorprendido por la capacidad del muchacho el señor Meltitz solventó sus estudios en la escuela donde se preparaban los jóvenes para este oficio.

    Pasados los años, y junto a la lectura de la ética de Benito Baruch Spinoza, que parece haber sido decisiva para él, se alejó de la predicación de la fe y se empeñó por introducirse cada vez más en el estudio y la enseñanza de la filosofía.

    Baruch Spinoza 1632 – 1677

    Podemos acercarnos al pensamiento de este profesor alemán por medio de tres obras fundamentales que son “La doctrina de la ciencia”, de la cual actualmente se conocen más de veinte redacciones, “Los caracteres de la edad contemporánea” y “Los discursos a la nación alemana”.

    Es un filósofo que conoce muy bien el pensamiento de Emanuel Kant y llega afirmar que éste tiene la verdadera filosofía, pero sólo en sus resultados, no en sus fundamentos. Será la reflexión sobre estos fundamentos explicitados por Fichte los que se encuentran muy presentes en el idealismo alemán.

    Es así como comienza la fundamentación de la crítica, e influenciado, tal parece, por el pensamiento de Salomon Maimon, procede a la eliminación de la famosa “cosa- en –sí” kantiana. Si para Kant resulta ésta inimaginable e incognoscible, Fichte, la declara sencillamente inverosímil. Se trata del resto de dogmatismo que aún pervive en Kant, afirmando que el sujeto es afectado por algo que no es puesto por él. Pero para Gottlieb Fichte la “cosa- en- sí” es puesta también por el sujeto cognoscente.

    Emanuel Kant había afirmado que la forma del conocimiento la da el entendimiento. Así no conocemos de las cosas sino sólo lo que nosotros hemos puesto en ellas, en ese sentido el “yo-pienso” es previo a todo conocimiento. Avanzando sobre esa senda Gottlieb Fichte piensa que la “cosa-en-sí”, o noúmeno, también es puesta por el “yo- pienso”, que es “acción”. De esta manera, cualquier resto de realidad objetiva que quede con los planteamientos de Emanuel Kant, es removido por el idealismo fichtiano, quien diluye toda la realidad objetiva extramental, quedándonos con el yo puro, como la única realidad, que luego Schelling tomará, llamándola “Absoluto”.

    Para Kant la cosa en sí es independiente del sujeto, y Fichte saca las consecuencias que Kant no enunció, pues para él el objeto todo es constituido por el sujeto, pues todo lo que podamos pensar de la realidad es algo puesto por el yo que piensa.

    Ésta primacía del yo, para Gottlieb Fichte encuentra su raíz más profunda en la facultad práctica en la que radica y al que se adhiere todo lo demás. El “yo” no es algo que tiene la facultad, no es una sustancia, no es capacidad alguna, sino que es en cuanto que actúa.

    Queda así enunciado ya filosóficamente lo que el Romanticismo alemán por boca de Goethe dirá en el Fausto: “In principio erat actum”. De tal forma que el “yo- pienso”, que es acción, es el principio absolutamente primero, totalmente incondicionado, de todo saber humano y de toda realidad.

    La formulación que el autor realiza de su principio supremo es yo = yo. Aunque coincide con el principio de identidad A = A, éste último aunque sea universalmente válido, no significa que ponga algo en la realidad, no significa “A es”, es sencillamente una consecuencia lógica. A diferencia del principio de Fichte que es un hecho, es la acción originaria, es la actuación en la que el yo se pone a sí mismo, pone su propio ser, es decir “Yo soy yo”, en definitiva “Yo Soy”. El yo es así lo determinante del ser. Así pues, si a la realidad en sí misma se le podrá llamar “Sustancia” con Spinoza, “Absoluto” con Shelling, “Idea” con Hegel; entre Spinoza y Shelling, Fichte la llama “Yo”.

    G.W.F. Hegel

    El idealismo absoluto que presenta Hegel pretende dejar atrás la dualidad kantiana entre lo fenoménico y lo nouménico, y cancelar así este mundo doble mantenido en Kant, sirviéndose de la negación de la verdad de lo finito y lo múltiple por medio de la dialéctica, que encuentra un precedente en Fichte quien manifiesta la opción de considerar la praxis humana como principio absoluto.

    Es cierto que conocer, en cuanto conocer, universaliza al cognoscente, le infinita, porque en el alma cognoscente existe de alguna manera todo el universo en cuanto conocido. Esto constituye un descubrimiento que como en tantas ocasiones, ha hecho que se finalmente se pierda de vista el hombre cognoscente, que es el hombre quien conoce, como afirmaba Nicolás Bediaev, y así se esfuma toda la singularidad del hombre pensante. Fichte al reflexionar en lo que es conocer fue perdiendo de vista que es el hombre el que conoce, y así se eclipso en sus planteamientos el ser personal, su conocimiento y su libertad, sin llegar a ellos. No es algo del todo infrecuente, puesto que situaciones similares parece que se han producido en otros momentos también, por ejemplo, con Parménides, Averroes y después Hegel.

    Fichte observaba que en la terminología kantiana toda intuición se dirige hacia un ser, que sería un “ser- puesto”, un “estar”, así la intuición intelectual sería la conciencia inmediata del ser no sensible, pero para la teoría de la ciencia de Fichte todo ser es necesariamente sensible, de este modo la intuición intelectual de que trata la obra de Fichte no iría a un ser, sino a una actuar, que podría estar contenida en la apercepción pura de Kant.

    Escribe así: ”Atiende a ti mismo: vuelve tu mirada de todo lo que te rodea a tu interior – esta es la primera exigencia de la filosofía a su aprendiz. No se habla de nada que esté fuera de ti mismo, sino únicamente de ti mismo”. Se trata, según parece, de un inmantismo total, es como un volver sobre sí para quedar capturado en sí mismo.

    Estás ideas ejercen su influencia en el curso que siga el pensamiento filosófico en adelante. El “yo-pienso” de Fichte, se consolida en la idea en “Absoluto” para Shelling, la “Idea” luego, en Hegel, que bajo la crítica de Ludwig Fuerbach a este último, se trasforma en el “Sentimiento”.

    Las consecuencias prácticas de estas ideas del autor se plasman en lo que Johann Gottlieb Fichte piensa sobre la historia y luego en alguno de los mensajes que brinda a la nación alemana en sus famosos discursos.

    Detengámonos a considerar brevemente algunas de las ideas expresadas en las lecciones recogidas en “los Caracteres de la Edad Contemporánea” y posteriormente en los “Discursos a la Nación alemana” para descubrir, tal vez, algunos ecos contemporáneos de las reflexiones de este autor.

    Avancemos un breve tramo del primero de estos textos. En él el autor afirma en principio y con verdad que toda la multiplicidad debe reducirse a la unidad, y precisamente a la unidad de un concepto. Planteamiento muy sugerente, pero fácilmente distorcionable. Apreciemos la interpretación de Fichte. Dirá que toda experiencia se deriva de una idea previa, que le permite describir a priori la totalidad del tiempo y todas posibles épocas de él. Plantea entonces un concepto unitario de la totalidad de la vida a partir del cual se pueden hacer surgir como consecuencias todas las épocas de la historia, en orden al desarrollo en el tiempo que da el cumplimiento al propósito expresado en esa primera idea sintética. Ésta primera idea fundamento es meramente señalada por Fichte como un supuesto y dice: El fin de la vida de la Humanidad sobre la tierra es el de organizar en esta vida todas las relaciones humanas con libertad según la razón.

    Es sumamente interesante cómo de este principio hace derivar todo el curso de la historia, pues para lograr este cometido es que la humanidad atraviesa cinco momentos distintos pero internamente relacionados. Con este principio como eje se divide la vida de la especie sobre la tierra en dos edades capitales, una primera, en la que la especie vive y es sin haber organizado todavía con libertad y según la razón sus relaciones, una segunda, en la que se lleva a cabo esta organización de la libertad conforme a la razón.

    En esta primera época no es que la vida del hombre no se rija según la razón, sino que la razón rige sin libertad, y actúa como fuerza y ley natural, moviendo al hombre sin la intelección de los fundamentos, o bien sólo en la obscuridad de los sentimientos, es decir, como un obscuro instinto. Aquí el instinto es ciego, en contraposición con la libertad que es vidente, porque la libertades consciente de los fundamentos, es decir, es un impulso vivido conscientemente. Por ello, entre el dominio de la razón sin libertad y de la razón libre, debe necesariamente insertarse otra época: la época de la conciencia o la ciencia de la razón.

    No obstante, el instinto, como mero impulso, repele la ciencia. En consecuencia para el surgimiento de la ciencia se supone la liberación del impulso ciego, y por ende, surge en consecuencia un nuevo período entre el domino del instinto racional, y la ciencia racional: la época de la liberación frente al instinto racional. Pero, ¿cómo podría la vida humana quedar libre de aquello que le mueve inconscientemente? Por eso, dirá, es menester que una época posibilite este crecimiento y que debe insertarse a continuación de la segunda.

    Esta época nace como el resultado provocado por el instinto de la especie que se erige como una autoridad exteriormente imperativa y mantenida en vigor con medios coactivos, por obra de los sujetos más fuertes, en quienes se expresa este instinto del modo más puro y amplio, que hacen despertar en los demás la razón, que se expresa en un impulso por la libertad personal, que se rebela ante la imposición externa que le usurpa sus derechos a ser libres, a hacer y decir lo que quieran. Esta autoridad exteriormente constituida despierta en los demás individuos la razón, sobre todo como impulso a la liberación, que no se rebela nunca contra sí misma, pero sí contra la intromisión de un instinto extraño que le usurpa sus derechos. Es decir, en el fondo, no es que la razón se libera contra su propio instinto sino frente al instinto de otro. Y así en esta época la especie quisiera liberarse de la autoridad para vivir según su libertad, satisfacer por sí mismo con consciencia los impulsos que le mueven.

    De este modo tenemos que entre el dominio del instinto racional y la liberación de este dominio, se encuentra un miembro intermedio expresado en una época en que existe una autoridad extrínseca al sujeto. Es la época de la liberación directa frente a la autoridad exteriormente imperativa. Finalmente ésta época final de pura libertad organizada según la razón, no es sino la organización de las libertades según el estado. Para Fichte la perfección de la vida humana en la tierra es el surgimiento de un estado perfecto, que hace posible la organización de la libertad de los ciudadanos.

    Existen por lo tanto como consecuencia cinco épocas fundamentales de la vida de los hombres en la tierra. Cada una parte de algunos pocos, pero finalmente les penetra a todos, y lo llena todo, durando un espacio, entrecruzándose con otras y en parte corriendo de forma paralela, hasta la consumación del tiempo en la quinta edad. Estas son así enunciadas por él mismo:

    1. La época del dominio incondicional de la razón por medio del instinto. 2. La época en que el instinto racional se ha convertido en una autoridad exteriormente coactiva, que apetece imponerse por la fuerza y exigen fe ciega y obediencia incondicional: estado de pecado incipiente. 3. La época de la liberación, directamente del imperios de la autoridad, indirectamente de la servidumbre del instinto racional y de la razón en todas sus formas: la edad de la absoluta indiferencia hacia toda verdad y del completo desenfreno sin guía ni dirección alguna: el estado de la acabada pecaminosidad. 4. La época de la ciencia racional, la edad en que la verdad es reconocida como lo más alto que existe y es amada del modo también más alto: el estado de justificación incipiente. 5. La época del arte racional: la edad en que la humanidad, con mano segura e infalible, se edifica a sí misma, hasta ser la imagen exacta de la razón: el estado de acabada justificación y salvación.

    Por medio de este camino, dirá el autor, la humanidad no hace sino volver a su origen. Es un camino que la humanidad debe recorrer por sí misma; por sus propias fuerzas debe hacerse nuevamente a sí misma, aquello más alto a lo que puede aspirar. Para ilustra su pensamiento toma como imagen el Paraíso y dice así: “Del Paraíso despierta la humanidad a la vida. Apenas ha cobrado valor para arriesgarse a vivir una vida propia, viene el ángel con la espada de fuego de la coacción que hace ser recto, y expulsada de la sede de su inocencia y de su paz. Vagabunda, fugitiva, yerra entonces por los desiertos vacíos, no atreviéndose apenas a fijar el pie en ninguna parte, de temor que el suelo se hunda bajo sus pasos. Prudente por magisterio de la necesidad, va reconstruyéndose penosamente, y arrancada del suelo, con el sudor de su rostro, las espinas y los abrojos del yermo para cultivar el fruto amado del conocimiento. El goce de este fruto le abre los ojos y le robustece las manos, y entonces se edifica su propio Paraíso según el modelo del perdido; brota para ella el árbol de la vida, extiende su mano hacia el fruto y come y vive en la eternidad”.

    Para Fichte al momento de dar esta segunda lección, la humanidad, cual más, cual menos, atraviesa la época de la rebelión contra toda autoridad. Años más tarde, cuando da sus discursos a la nación alemana, le parece encontrarse ya, más bien, en la cuarta edad.

    Ahondemos, un poco más en estas ideas expuestas, sobre todo respecto a la tercera edad. Liberación, es para Fichte, el estado en que la especie humana se hace poco a poco más libre, ya en este individuo, ya en este otro, ya de éste, ya de aquello a lo que la autoridad le mantenía atado con cadenas. El instrumento de esta liberación es el concepto, traducido en no admitir como existente y obligatorio absolutamente nada más que aquello que se comprender y concibe claramente.

    Dirá también que resulta un error grave y fundamento de todo los restantes el que el individuo se figure a sí mismo como existente y viviente y penante, capaz de obrar por sí mismo, y que uno mismo crea que es él mismo el que piensa y obra, cuando en realidad él solamente es un pensamiento aislado del pensar uno, universal y necesario. Idea que adelanta los sonidos de Hegel. Pero así también, afirmará, como consecuencia de que aquello que yo no comprendo no existe, es que no puedo concebir nada absolutamente nada más que aquello que se refiere a mi personal existir y bienestar; Luego tampoco existe nada más; y el mundo entero sólo existe realmente a fin de que yo pueda existir y encontrarme bien en él. Aquello que no concibo cómo se refiera a este fin de mi bienestar, no existe, ni me afecta en nada.

    En esta tercera edad, según Fichte “sólo mirara en todas partes a lo inmediato y materialmente útil, a la habitación, el vestido y lo que le sirva de alimento, a la baratura, la comodidad y, donde pique más alto, a la moda;…Con respecto a la constitución legal de los estados y del gobierno de los pueblos, una edad semejante, impulsada por su odio contra lo antiguo, edificará constituciones políticas sobre abstracciones llenas de aire y vacías de mayor contenido, y emprenderá el gobernar con frases retumbantes, sin un poder externo firme e inexorable, a unas generaciones degeneradas, o bien, sostenida por su ídolo, la experiencia, en todo acontecimiento, grande o pequeño,…Con respecto a la moralidad, reconocerá por única virtud el fomentar el propio provecho, añadiendo, a lo sumo, ya para salvar el honor, ya por una inconsecuencia, que también el del prójimo – bien entendido, si no es contrario al nuestro- y por único vicio, errar contra el propio interés…En suma, y para decirlo con una sola palabra, una edad semejante se halla a su altura cuando ha visto claro que la razón, y con ella todo lo superior a la mera existencia sensible de la persona, es simplemente una invención de ciertos hombres ociosos que se llaman filósofos”.

    Y continua su descripción: ”Con indecible compasión y lástima se echa la vista a las edades anteriores, en las cuales los hombres eran aún tan estúpidos que se dejaban arrebatar por un fantasma de virtud y por el sueño de un mundo suprasensible el goce que se encontraba ya al alcance de sus labios; a esas edades de la oscuridad y de la superstición, cuando no habían llegado todavía ellos, estos representantes de los nuevos tiempos, y no habían escrutado e investigado aún por todos lados las profundidades del corazón humano, ni habían hecho aún el grande y sorprendente descubrimiento, ni lo habían proclamado en alta voz, ni lo habían difundido por todas partes, de que este corazón (el del hombre) en el fondo y en su raíz sólo es inmundicia”.

    Parece algo artificioso y nada real desde el punto de vista natural, que en el curso de la historia planteado por Fichte a esta edad tercera, así descrita por él, sigua una cuarta en la cual la verdad sea reconocida, como antesala de la quinta, que es la de la organización de todas las libertades según la verdad. Esto es según su lenguaje, que el género humano pase del estado del “acabada pecaminosidad”, al de una “justificación incipiente”, para luego instalarse definitivamente en una “acabada justificación y salvación”, en la que se consolida la quinta edad, que es la consumación de la vida humana sobre la tierra, en la que así misma se justifica y auto-redime por medio de la organización de la libertad según la razón.

    Desde la consideración de la descripción de esta tercera edad, parece que lo que podría ocurrir, más bien, es que producto una total anomia, que se traduce en un caos de libertades, para lograr un mínimo de organización deba reconocerse “la verdad” de que hay que someterse al “algo que organice”, en las determinaciones prácticas, para luego prácticamente someterse. Lo cual significa que la anomia en el corazón de los hombres sigue presente, pero externamente, hasta cierto margen, se respeta el mandato por la presión de quien organiza regulando, que posibilita sin auténtica unidad, la tolerancia en la pluralidad. Este “algo que organiza” la vida colectiva afirma que es el Estado.

    Tal parece que esta cuarta edad no llega tras la tercera sin una manipulación, más bien se pasaría de la tercera a la quinta, por un estado intermedio artificial, que en definitiva hace en el fondo que la quinta época coincida en la práctica con lo que él describe como la segunda.

    Esta total libertad del hombre fuera de toda autoridad es lo que mejor garantiza el surgimiento de una fuerza coactiva a quien nadie pueda resistir, en la medida que colectivamente se experimenta que se es libre ante su presencia. Podemos relacionar esto con lo expresado por Spinoza en el “Tratado teológico – político” cuando afirma que lo que mejor asegura el poder inconmovible del estado es dejar que todos digan y hagan lo que quieran.

    Una vez deshecho el principio de autoridad, que da paso a una anomia colectiva, el orden finalmente se produce por un sometimiento total del ciudadano en lo práctico, sin coacciones propiamente morales en el plano de su vida interior, donde puede hacer y decir lo que quiera, pero si quiere progresar en la vida social, debe querer y decir lo que el estado.

    Desde esta tercera edad descrita por Fichte se va avanzando consecuentemente a la conducción del ciudadano respecto de los deberes y derechos sociales, en orden al definitivo establecimiento perfecto del hombre en sociedad, como intento de alcanzar por sí mismo la paz social.

    Esta autoredención del género humano, según la llama Gottlieb Fichte, necesita de un instrumento que la haga posible, que es descrito en sus discursos a la nación Alemana y conduce el paso de la tercera a la cuarta época y garantiza el advenimiento de la quinta. Tomaremos ideas del undécimo discurso a la nación alemana para concluir.

    El autor considera que la época tercera va quedando atrás, y orienta sus especulaciones a lo que será finalmente la configuración pacífica del género humano sobre el orbe. Para ello es necesario iniciar la formación de los hombres que liderarán este proceso de trasformación de la humanidad. Ello se lleva a cabo por medio de la educación, que es para él ahora “la cuestión más importante y la única urgente, por medio de la cual introducir la reforma y la trasformación del género humano”.

    Pregunta ahí: ¿Quién debe educar? Y responde: “El estado sería entonces hacia el que en primer lugar tendríamos que dirigir nuestras miradas expectantes. Para ello debe arrebatar a todo otro la primacía en la educación. La educación debe ser toda del estado. La educación para la vida en la tierra es imprescindible, primera”. Esta vida en la tierra es la vida ciudadana, esa es la primera vida, la que debe ser garantizada, a esta vida social es lo supremo.

    Esta educación impactará primeramente y positivamente la economía, dice:”Todos los sectores de la economía alcanzarán en corto espacio de tiempo y sin gran esfuerzo una prosperidad como jamás se ha visto antes. Por ello todo el desembolso inicial que el estado realice en esta materia se compensará con crecidos intereses. Así, el bienestar económico del pueblo aumentaría y junto con la riqueza de la nación, de tal manera que en un estado que se implantase tal educación, las penitenciarías y reformatorios se verían notablemente reducidos, y las entidades benefactoras desaparecerían por completo, pues ya no habría pobres”. Pues, para Fichte, sólo la educación puede salvarnos de los males que nos oprimen.

    Así el estado debe propagar esta educación por todo el territorio para todos sus ciudadanos futuros sin excepción, alzando al estado como “regente supremo de los asuntos humanos y como tutor de los menores”. Así ostenta naturalmente el derecho a obligarles a todos los ciudadanos una educación tal.

    Para el profesor de Jena, “el primer estado en llevar a cabo este proyecto tendrá por esto la mayor gloria”. Y no se encontrará sólo, sino que pronto tendrá seguidores e imitadores, lo importante es empezar, afirma. Después de veinticinco años los alemanes podrían ver a esta nueva especie brotar en sus suelos y verlos con sus propios ojos. Es una educación que les inicia en el gran arte de la vida que es la actividad, para suprimir la caridad.

    Empeñado en este propósito comenzará el estado viéndose a sí mismo como quien contribuye con su parte en este cometido, pero pronto se dará cuenta que no es parte sin que es el todo, “y que el cuidar del todo no es para él un deber sino un derecho. A partir de este momento desaparecerán todos los esfuerzos individuales de las personas particulares y se subordinarán al plan general del estado”.

    En este discurso advierte del lento y difícil comienzo pero que “¡Que nadie desista por ello de empezar!” Comience por los pobres, por los que no pueden pagar, así los regenerará. “¡No temamos que la pobreza y el embrutecimiento de su estado interior pueda ser perjudicial para nuestro objetivo! ¡Arranquémosles por completo y de repente de su estado y llevémosles a un mundo totalmente nuevo!; no dejemos en ellos nada que pueda recordarles lo antiguo; se olvidarán hasta de sí mismos y existirán como seres recién creados”. En los alumnos se grabará sólo lo bueno. Siendo el estado como “Regente supremos de los asuntos humanos” quien dice que es lo bueno.

    Y finaliza el discurso “Y por eso pienso que, con un poco de buena voluntad, no hay en la realización de este plan ningún obstáculo que no pueda fácilmente ser superado con la unión de unos cuantos que encaminen todas sus fuerzas hacia esté único objetivo”.

  • Acerca de la felicidad

    Acerca de la felicidad

    “Si el hombre cumpliera sus sueños de vivir en un mundo donde tuviera todo lo que necesita, es decir, un mundo que no fuera miserable, lejos de ser feliz, se vería invadido por el tedio, el aburrimiento y el hastío. Y solo en la medida en que en su vida se viera presente de nuevo la carencia, escaparía de la monotonía”. Schopenauer

    ¿Por qué hablar de felicidad nos produce tristeza? ¿De donde viene esta amargura que le sigue como una sombra? Pareciese que la felicidad no puede ser más que un punto suspensivo, un paréntesis. Recordemos que Madame Poussin, en Sodoma y Gomorra de Proust, tiene el sobrenombre de “No me dirás novedades” porque ella no cesa de advertir a sus hijas de los males que les esperan y que la felicidad no tiene más certeza que la amenaza de su extinción.  “En el corazón mismo de los placeres, nos recuerda Lucrecio, surge algo amargo que, en el seno mismo de la delicia, permanece en la garganta”. La experiencia de la felicidad es inseparable del temor de que esta felicidad se acabe. Todo hombre feliz es entonces un hombre en sobre aviso: la felicidad desaparece desde que éste toma conciencia de su condición feliz. O más claro aún, ¿tomar conciencia de que somos felices no es ya el comienzo de su ausencia? La felicidad entonces, como el amor, es carente de lucidez o no lo será. Saberse feliz es desear que dure. Y, desde el minuto que deseamos que la felicidad dure, ya hemos dejado de serlo. Deseamos ser felices y luego, desde que creemos que hemos comenzado a ser felices, en ese instante preciso, la felicidad ya se ha esfumado. Ella esta hecha de instantes como lo recuerda Borges en su poema homónimo. Muy íntimamente cada uno de nosotros lo sabe: la felicidad es efímera. Tal es su extraña naturaleza.

    En nuestras vidas cotidianas a veces tenemos la sensación que la felicidad esta asociada a las vacaciones. Y esta asociación no es arbitraria. Como las vacaciones, la felicidad no es más que un intervalo o interludio en la regularidad de los calendarios y  programas que ordenan el tiempo bajo el signo de los compromisos y obligaciones. Dicho de otro modo, la felicidad es un remanso, un paso al costado en el flujo previsible de acontecimientos que administra nuestra agenda cotidiana. Contra el privilegio del orden, la felicidad revindica una cierta excelencia del desorden.

    Asimismo la felicidad tiene esta curiosa condición de ser el del sufrimiento.  Si nos esforzamos en buscar la felicidad, ello se debe a que la vida también puede estar llena de miserias. Este riesgo pende como una espada de Damocles que motiva su búsqueda. Como la cara opuesta de una medalla, la felicidad esta bajo amenaza constante de la miseria. Pero como su anverso, la miseria esta iluminada por la esperanza de la felicidad. Así es posible constatar una extraña paradoja: la felicidad supone, como una exigencia, ser infelices. Procuraríamos ser felices si el placer de existir no estuviera bajo la amenaza del dolor? Schopenauer nos recuerda las consecuencias que tendría una felicidad eterna donde no conociéramos dolores ni contratiempos: “Si al hombre le perteneciera la vida eterna, al paso del tiempo optaría por preferir la nada, ya que por su propia disposición ésta le llegaría a parecer un tormento monótono, aburrido y absurdo. Del mismo modo, si el hombre cumpliera sus sueños de vivir en un mundo donde tuviera todo lo que necesita, es decir, un mundo que no fuera miserable, lejos de ser feliz, se vería invadido por el tedio, el aburrimiento y el hastío. Y solo en la medida en que en su vida se viera presente de nuevo la carencia, escaparía de la monotonía”.

    Sea en la forma de la esperanza o del recuerdo, la temporalidad de la felicidad no tiene la forma del presente. Dicho de otro modo, no es posible “hacer presente” la  felicidad sin que, en este acto mismo de conciencia, dejemos de serlo. La felicidad vive entonces de esta extraña condición de semi-conciencia. Un “presente en movimiento”. Tenemos la sensación efímera, pasajera de ser felices, pero no queremos pensar mucho en ello por temor a que esta sensación se esfume. De suerte que la felicidad suele estar acompañado siempre de este temor de su partida. Cada vez que declaramos ser felices, que la poseemos, en ese instante la felicidad ya se esta esfumando. De alguna forma lo sabemos: la naturaleza de la felicidad es tímida. 

    Nunca sabemos exactamente “qué” nos hace felices… El pleonasmo de la felicidad encierra así una contradicción: la certitud que ninguna satisfacción es durablemente satisfactoria. La felicidad está acompañada del luto, de una inquietud del alma que nunca logra esfumarse: el temor de saber que la felicidad no estará allí para siempre. El sentimiento de la felicidad está de este modo acompañada por su media hermana: la nostalgia de que dejaremos de ser felices: en este preciso instante que somos felices, ya estamos dejando de serlo. Es quizás sensato entonces que los postulados del eudaimonismo (o filosofía ética de la felicidad) reposen sobre supuestos racionales que… no tienen nada de felices.  De hecho el poeta clásico Horacio en su exhorto famoso –Carpe Diem- nos llama a aprovechar al máximo estos momentos efímeros que llamamos felicidad. Por su parte Diderot busca toda la felicidad de la que es capaz porque estima que el mundo carece de sentido. Y Montaigne opta por buscar la felicidad justamente porque su amigo más íntimo ha muerto. Como un elogio a la vida contra la muerte, la felicidad tiene este carácter de libertario, de resistencia, de orden de lucha del espíritu contra los avatares amargos de la vida. 

    Sin embargo, Kant estima que la felicidad es un ideal indigno del hombre. Y es así porque la felicidad es de carácter empírico y relativo a cada individuo por lo que carecería de la universalidad valida para toda la humanidad propia a un imperativo moral. No obstante, la filosofía práctica de Kant también descansa en la búsqueda de sentido para nuestras vidas. Tan sólo que tal orden de sentido no se resuelve en la felicidad. De golpe Kant nos formula en revancha una característica de la felicidad: por oposición al éxito, como medida convencional que se impone a nosotros en nuestra vida en sociedad, la felicidad esta asociada a una experiencia excepcional y subjetiva de realización personal. De tal modo que cualquier proyecto político que busque lograr una felicidad colectiva caería inevitablemente en una forma de totalitarismo. Nuestra Constitución política fija al Estado la tarea de asegurar las condiciones materiales y espirituales para que cada ser humano logre su mayor realización personal, sin que ello implique que el Estado deba lograr la felicidad personal de los habitantes de la República. Lo último es simplemente imposible.

    Como fuese, las dificultades de la felicidad, ¿implica que debamos renunciar a ella? Spinoza nos previene que “todo lo hermoso es tan difícil como raro”. Y Séneca en su texto “De la brevedad de la vida” nos enseña a que punto nos pasamos una gran parte de nuestra vida a perder la vida. Pero nos equivocamos en creer que la vida es breve. Ella se revela de una riqueza infinita a aquel que sepa usarla. Así es justamente por su condición efímera y volátil que amamos la felicidad y la deseamos. Perdonémosle entonces su carácter extraño y vanidoso. Disfrutemos entonces del raro fruto de la felicidad, a pesar de que siempre el último bocado será amargo. Y debe ser así, porque para la felicidad debe haber un último bocado donde ella ya estará ausente. Aquellos que huyen de la felicidad son entonces como aquellos que se suicidan por temor a morir o aquellos que se enamoran por temor a amar: No se puede huir de la felicidad sin encontrarla. Y no se puede encontrar la felicidad sin perderla.