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  • Recuperando la Capilla Sixtina

    Recuperando la Capilla Sixtina

    La “Cappella Sistina”, construida por el Papa Sisto IV entre los años 1475 y 1481 en pleno inicio del Renacimiento, es la Capilla privada oficial de los Pontífices, en la que se realizan los Cónclaves. Sus dimensiones son 40.50 metros de largo por 13.20 metros de ancho y una altura de 20.70 metros. Los frescos de la Bóveda son obra de Michelangelo Buonarroti pintados entre los años 1508 y 1512, por encargo del Papa Giulio II.

    En este artículo me referiré específicamente a la restauración de la Bóveda de la Capilla, la que ha generado una serie de mitos y controversias. Entre los años 1987 y 1990, por razones académicas vivía en Roma, y tuve la oportunidad de conocer al Arquitecto autor de la obra, como también, invitado por él, a visitarla “en curso”, instancia que me permitió descifrar sus secretos.

    En primer lugar, la obra fue restaurada por un equipo de expertos italianos y los japoneses, a diferencia de lo que pensaban algunos, sólo la financiaron. Por otra parte, los hermosos y llamativos colores, que algunos juzgaron como demasiado intensos, aparecidos luego de la intervención, no son más que parte de la gama cromática propia y característica de la pintura de frescos del Renacimiento Italiano “il Cinquecento”.

    La restauración desde sus inicios tuvo que superar una serie de problemas y requerimientos. De partida la obra que duraría varios años no debía impedir que la Capilla siguiese siendo visitada regularmente por el público y esto se logró de forma magistral inventando un “laboratorio móvil motorizado”, que recorría “flotando en las alturas” la totalidad de la Bóveda, a la distancia adecuada de los frescos. A ellos se accedía por un ascensor que conectaba el pavimento con un “muelle” de embarque al laboratorio, que poseía todo el equipamiento técnico para manejarlo por control remoto. El dilema era dónde fijar los “rieles de tren” por donde circularía el laboratorio, problema principal que fue resuelto sabiamente por Michelangelo, sí, el Maestro intuyendo que su obra debería ser restaurada en el futuro, no eliminó los anclajes metálicos originales que sostuvieron sus andamios, los que durante casi 500 años permanecieron ocultos detrás de las cornisas de la Capilla.

    Por lo tanto sin ningún sacrificio al edificio, los rieles se fijaron a los soportes originales. La restauración se basó esencialmente en un profundo “trabajo de limpieza”, de una dañina estratificación patológica principalmente de depósitos carbonosos, suciedad de diversas procedencias, barnices basados en aceites animales y una serie de intervenciones pictóricas de pseudo restauraciones poco afortunadas e invasivas. Esta superposición de estratos, no sólo dañaban la película pictórica original, en el plano químico, físico, biótico, sino que también creaba “una suerte de lente”, que distorsionaba radicalmente la gama cromática y los colores y formas de los frescos de la Bóveda, que durante siglos los espectadores creían los originales. Luego de esta operación medular que tardó varios años, se generaron algunas  reintegraciones de “lagunas”, o sea zonas donde la pintura había desaparecido en su totalidad o parcialmente, y finalmente se aplicaron sobre la superficie pictórica de la Bóveda, una serie de sustancias químicas inocuas que protegerán la obra de todos los agentes patógenos externos, garantizando la conservación de éste relevante y único monumento para ser apreciado por la posteridad.

  • La cultura Romana

    La cultura Romana

    Matemáticas: reprobado. Física: reprobado. Astronomía: reprobado. Las notas de un romano medio en materias científicas, hubieran sido un desastre. Inteligente pero no aplicado.

    A los romanos las ciencias no les interesaban, o mejor, se interesaban y ocupaban de ellas sólo si tenían un efecto práctico inmediato. Era gente concreta, que imponía un dominio militar y político, no científico. Distinto de lo que había acontecido en el mundo griego, en donde las ciencias habían florecido y habían producido a grandes “cerebros” del calibre de Euclides y Arquímedes, asesinado por las legiones que saquearon Siracusa en el 212 a.C. Tanto que, muy a menudo, en las casas de la Urbe, los esclavos griegos eran bastante más cultos que sus patrones, e incluso sus tutores.

    Por lo tanto, los conocimientos de los romanos en materias científicas derivaron de obras griegas y así también sus textos, parecidos a enciclopedias en donde se trata de recopilar todo el saber humano. Es el caso, por ejemplo de Plinio el Viejo, un ex oficial de caballería que produjo una monumental “Naturalis Historia” en 37 libros, que van desde la geografía hasta la medicina, de la metalurgia a la botánica. Lo escribió entre el 77 y el 78 d.C., justo antes de morir asfixiado por los humos del Vesubio, que, como buen científico, había querido ver demasiado cerca.

    Cayo Plinio segundo el viejo

    La ambición de Plinio era destacable pero el resultado científico escaso. En la “Naturalis Historia”, las informaciones fundadas desde un punto de vista científico se mezclan con interpretaciones erradas o fantasiosas. Un ejemplo: hablando de las celdas de los panales de las abejas, Plinio sostenía que eran hexagonales porque cada una de las seis patas de la abeja construía un lado. En realidad, son así porque de tal forma permite la optimización del espacio para almacenar la miel.

    GEÓGRAFOS POR OBLIGACIÓN:

    Un poco mejor les iba en geografía, aunque siempre los conocimientos eran de segunda mano. De Grecia, los romanos habían heredado una concepción esférica de la tierra: un globo, que fue representado en muchas monedas a partir del 76-75 a.C., situado al centro de una esfera celeste con dos polos, los trópicos y el ecuador. Los mapas geográficos estaban bastante bien hechos, porque tenían que responder a las exigencias de los militares y de los mercantes. La confección de mapas, tuvo un gran impulso en los tiempos de Augusto, cuando se hizo uno con todo el mundo conocido, llamado el “mapa de Agrippa”, para cuya realización se tomaron veinte años.

    El interés en las medidas del espacio se manifestaba también en la precisa división de las tierras, sea en la ciudad como en los campos: la “centuración” (centurazione), una subdivisión del territorio en forma de “ajedrez” la cual facilitaba el censo de la población y las atribuciones precisas de la propiedad. La centuración estaba administrada por especialistas, los mensores, los cuales tenían discretas competencias de geometría e instrumentos de medida adecuados, como la groma.

    ¿QUÉ HORA ES?:

    Entre sus contemporáneos, destacaba el talento de Julio César. Hombre de cultura además de gran estadista, entre una batalla con los galos y una cita con Cleopatra había estudiado astronomía, dándose cuenta que el calendario que estaba entonces en uso “se atrasaba”. Nadie en Roma era capaz de solucionarlo, así que Cesar llamó a un astrónomo alejandrino, Sosígenes, el cual inventó el año bisiesto. El calendario juliano permanecerá en vigor, sustancialmente invariado, por 16 siglos.

    Distintamente de los griegos, los romanos hacían comenzar el día civil en el transcurso de la noche y no al atardecer. En su origen, se refería a los distintos momentos de la jornada con expresiones como gallicinium (el instante en el cual canta el gallo), diluculum (el surgir del día), ad meridiem (alrededor del mediodía), prima fax noctis (el momento en el cual se enciende la primera antorcha), y así sucesivamente.

    En el 273 a.C., el día fue oficialmente dividido en horas, cuya duración eso sí era variable. De hecho el día y la noche estaban divididos en doce partes iguales. Por lo tanto en el invierno, cuando las jornadas son más breves, las horas eran de alrededor 45 minutos, en cambio en el verano eran de 75. La hora prima comenzaba a las 4:27 en el solsticio de verano y a las 7:33 en aquel del invierno.

    Para medir el tiempo se usaban las clepsidras de agua (la primera es del 11 a.C.) o las meridianas, las cuales se basaban en las sombras proyectadas por el sol. Las horas principales eran anunciadas en las plazas con fuertes gritos: los ciudadanos romanos no conocían la hora exacta por las campanas, sino que por los gritos. Tanto era así, que Juvenal decía que le daban pena los sordos, porque nunca sabían que hora era.

    GRANDES ARQUITECTOS:

    Las disciplinas técnicas en la cual los romanos destacaban en serio, eran la arquitectura y la ingeniería civil. Los atestiguan los puentes,los acueductos, los anfiteatros, los templos y  otras construcciones que han llegado hasta nuestros días y también algunos textos fundamentales, como el “De Architectura” de Vitruvio Pollione, escrito entre el 25 y el 23 a.C. En los 10 libros que lo componen, Vitruvio habla también de hidráulica y de gnomónica, el arte de construir las meridianas, y, por primera vez se encuentran descritos los tres órdenes arquitectónicos clásicos: dórico, jónico y corintio.

  • Roma, Vida Cotidiana

    Roma, Vida Cotidiana

    Colorida y multiétnica, pero también sucia y peligrosa. La Roma de dos mil años atrás era muy distinta a como nos la imaginamos.

    Poblada como Calcuta. Multirracial como Nueva York. Lujosa como París. Rica como Tokio. Monumental como sí misma. La Roma de los primeros siglos después de Cristo (antes de la crisis y del traslado de la corte imperial) era una ciudad de mil caras: frenética y tranquila, austera y tolerante, noble y corrupta, sobria y lujosa. Poblada por casi un millón y medio de habitantes (no solo Romanos, sino que también Galos, Iberos, Africanos, Griegos, Sirios, Egipcios, Hebreos, Cilicios, Tracios, Sármatas, Germanos, Etíopes…etc.), vivía los mismos contrastes de una moderna megalópolis; los monumentos públicos y las grandes casas de los más adinerados, surgían en medio de un mar de pequeñas casuchas precarias, erigidas sin ninguna base ni criterio urbanístico preciso, las cuales se asomaban a calles angostas y malolientes, dinámicas y ruidosas de día pero semidesiertas y peligrosas de noche.

    Corazón palpitante. La más verdadera expresión de vida en la Urbe, de su riqueza y de su exhuberancia, eran los espacios públicos: los foros y los templos. Las grandiosas plazas que surgían en el centro de la ciudad (fora) eran no sólo la sede del gobierno y de la justicia, sino que también los lugares en donde se cerraban los negocios, se adquirían mercancías y géneros alimenticios, se encontraban amigos, se discutía, se participaba en ceremonias y manifestaciones. Al lado de las plazas surgían las basílicas, imponentes edificios con decenas de ambientes en donde se realizaban comicios, lecturas, juicios, pero también en donde encontraban resguardo miles de vagos. Y después los templos, desde los cuales las divinidades paganas dominaban y tutelaban a aquella, que en sus tiempos, era la metrópolis más poblada de la tierra.

    ¿Pero qué aspecto tenía la gente que animaba las calles de Roma? La respuesta nos viene dada por una ciudad en los faldeos del Vesubio, Pompeya, sepultada con casi todos sus 20 mil habitantes en la erupción del 79 d.C. De los análisis realizados en los frescos y en los restos de las personas fallecidas en la catástrofe, sabemos que los hombres tenían una altura promedio de 1,66 metros, y las mujeres de 1,54. Los primeros pesaban alrededor de 65 kg., y las segundas alrededor de 49, resultado de una dieta principalmente vegetariana. La edad promedio era de apenas 40 años. También por esta razón se casaban tan jóvenes, a los 13-14 años. Cada pareja tenía por lo general dos o tres hijos y un anciano por mantener. Sólo los niños llevaban el pelo largo, pero tampoco la calvicie era bien vista. La barba estaba permitida sólo a los filósofos, hasta que el emperador Adriano la convirtió en una moda. Las mujeres hacían un amplio uso de cosméticos, bases (hechas con carbonato de plomo, una sustancia tóxica), lápiz labiales (de yeso rojo o algas purpúreas), sombras (polvos de malaquita) y perfumes. Se usaban mucho también los cabellos postizos de color rubio, adquiridos a las poblaciones del norte.

    Aquella de Roma, era una sociedad multiétnica, con una fuerte presencia de extraeuropeos y mestizos. El componente etrusco variaba desde un 40% en las localidades de la Italia central, a un 10% en el sur de Italia. Pero habían también Sanitas, Griegos, Caucásicos e inclusive personas que provenían de la África negra. Una ciudad, por lo tanto, meta de miles de viajeros e inmigrantes, mistificada por muchas poblaciones del imperio en donde el concepto de raza era prácticamente desconocido. Y por esto, tuvo que pagar un precio no indiferente. Juvenal en una sátira, describe a Roma como un desproporcionado mercaducho regional, donde era casi imposible vivir: escribe, “la ola de gente que me está por delante me obstaculiza, aquella que se encuentra por atrás, me presiona por las espaldas como una falange cerrada” continúa el poeta “por acá uno me da un codazo, por allá me pega duramente una lettiga al pasar, otro me pega con una viga…”

    Problemas de alojamiento:
    La siempre mayor afluencia de personas y el espacio que se reducía progresivamente, obligaban a los últimos que llegaban a contentarse con habitaciones constituidas por una sola gran pieza, iluminadas solo por la luz que entraba por la puerta o al máximo por alguna ventanilla. Para hacerle frente a la sobrepoblación se recurrió a una solución que muchos comentaristas de la época juzgaron como peor que el mal: las insulae, precursoras de los modernos condominios, pero en realidad inestables edificios de cuatro o cinco pisos muchos de ellos habitados por cientos de pobres y esclavos.

    En el primer piso (planta baja), estaban las bodegas con un entrepiso piso para el alojamiento de los mercaderes; arriba, los departamentos de 2 o 3 locales. No obstante estaban privados de cualquier confort, calurosos en el verano y fríos en el invierno, algunos eran muy caros y arrendarlos no estaba al alcance de todos. El poeta Marcial afirmaba con sarcasmo que los inquilinos podían casi darse la mano de un edificio a otro. Fruto de las especulaciones de las clases acomodadas, las insulae eran construidas preferentemente en madera y bien a menudo, eran devoradas por las llamas, al igual que sus ocupantes.

    Y después, el ruido, ensordecedor. Séneca, que vivía encima de una estructura termal, así se lamentaba: “Me rodea un ruido, un gritar constante en todos los tonos que te hace desear ser sordo. Siento el jadear de aquellos que se ejercitan afanosamente con los pesos de plomo…Cuando después llega uno de esos que no saben jugar a la pelota sin gritar, y comienza a contar los puntos hechos en alta voz, entonces se acabó. Está el vendedor de bebidas, el salchichero, el pastelero y todos los diferentes vendedores que andan ofreciendo sus mercancías con una especial y única modulación de voz”. Y en las noches las cosas no mejoraban: a los carros y otros medios que abastecían a Roma, les estaba prohibido circular de día (con raras excepciones) para no hacer más caótica la situación. Así, al atardecer y llegar la oscuridad, la ciudad, casi totalmente carente de iluminación, se llenaba de carros y carritos. Comenta Marcial: “En Roma, la mayor parte de los enfermos muere de insomnio, porque ¿cuál casa en arriendo te permite dormir?”.

    También realizar un simple paseo era toda una empresa: pocas veredas, calles angostas, y además, varias veces obstruidas, en una época en que el único sistema para deshacerse de la basura era tirándola por la ventana. Las calles (vías) tenían un andar irregular y no poseían generalmente nombres. Tampoco las casas eran numeradas. Para los forasteros era casi inevitable confiarse en la “guía” de un habitante del lugar. Con todos los riesgos del caso. Los barrios más peligrosos eran obviamente aquellos populares, como el Esquilino, el Viminale o peor, la Suburra: aquí se encontraban los antros y locales de peor reputación, refugio de prostitutas, ladrones y cualquier tipo de delincuente. Después del atardecer, caminar en la ciudad era un reto al destino: los delitos eran muy frecuentes y quien estaba obligado a poner un pie fuera de su casa lo hacia acompañado de esclavos armados y con antorchas. Pero de todas formas, alrededor de un cuarto de la población de la Urbe se adaptaba a dormir bajo los puentes o los arcos de los grandiosos edificios, o sino, en improvisadas construcciones. La iluminación pública apareció sólo en el 450 d.C. Antes, las calles eran totalmente oscuras y las casas iluminadas por linternas o antorchas.

    Por cientos de miles de personas en condiciones precarias, habían otras que ostentaban riqueza y poder. Magistrados, jefes militares, políticos, banqueros y negociantes vivían lejos del centro, en zonas como el Quirinale, el Pincio, el Oppio o el Aventino, en villas de un sólo piso, rodeadas de jardines extraordinarios, con piscinas, termas, columnatas, porticados forrados en mármol. La planta de estos edificios era más o menos la misma: una primera zona –donde estaban expuestos los retratos de los antepasados y surgía el tabernáculo de los dioses protectores de la casa- incluía el atrium (una sala de entrada con una abertura en el techo para hacer entrar luz y agua) y el tablinum (donde estaba el archivo, la biblioteca y se recibía a las visitas); la segunda zona se desarrollaba alrededor a un patio porticado con jardín central (peristylium) por donde se iba a las habitaciones y al triclinium, el comedor.

    ¿Y el trabajo? En la época era aún un concepto indefinido. Sin duda no era un recurso para vivir. No al menos para todos. El cansancio, el trabajo arduo eran sólo de los esclavos y de las clases pobres, mientras los romanos más acomodados (pero no sólo ellos) alternaban la actividad pública de la mañana con el llamado otium, el tiempo dedicado a los juegos, a los circos, al relajo. Inclusive ser parte del ejército, para los ciudadanos de la edad imperial, se había convertido en algo inaceptable. En la antigua Roma, la privacidad no existía. Los hechos íntimos eran expuestos en la plaza sin vergüenza y comentados, como advertencia o ejemplo.

    Baños Romanos:
    Uno de los principales lugares de encuentro y placer eran los baños y las termas, construidas con las ganancias de las conquistas: habían más o menos 867 extendidas en el perímetro urbano. Su notoriedad creció rápidamente hasta convertirse casi en un símbolo de la metrópolis y de su filosofía de vida: el baño precedía el banquete posmeridiano, se paseaba en los jardines que había en los alrededores de las tinas y piscinas y se cerraban negocios. Para hacer funcionar estos establecimientos se necesitaba mucha agua, once acueductos abastecían a Roma más de cuanta puedan disponer hoy en día la muchas ciudades en el orbe.

    Pero sólo pocos privados, más o menos dos mil, podían gozar del agua corriente en las casas. El resto de la población recurría a las numerosas fuentes, al Tíber o se conectaban abusivamente a los conductos públicos. De hecho, algo similar, a lo que pasa hoy en día en muchas zonas del mundo. Baños calientes y fríos, masajes, sauna. Ir a las termas era la actividad más agradable y deseada. Durante la república los romanos aprendieron de los griegos la costumbre de incorporar en las casas, para quien pudiera permitírselo, una habitación para el baño. Y se apasionaron de tal manera que terminaron por construir, solo en Roma, once grandes complejos termales públicos (gratuitos) y 856 establecimientos balnearios privados (para entrar se pagaba un cuarto de As, los niños entraban gratis).

    En los enormes establecimientos termales, se podía acceder a distintos tipos de tratamiento, desde la transpiración en seco, a los masajes, al baño verdadero, frío o caliente, en grandes piscinas o en tinas individuales. Hornos subterráneos calentaban el agua e introducían aire caliente en los respectivos espacios existentes entre las murallas externas y aquellas internas. Con Domiziano y Trajano ningún impedimento prohibió más a las mujeres de bañarse con los hombres; a quien no le agradase tal promiscuidad, podía dirigirse a los establecimientos reservados sólo para las mujeres. En realidad, también en algunas termas públicas se obtenía la separación de los ambientes comunes, asignando horas distintas a los baños masculinos y a los femeninos.

    Trajano (emperador desde el 98 al 117) ha legado con su propio nombre también a una de las termas más grandiosas de Roma. Construidas en el Esquilino, en el 109 d.C., las termas de Trajano ocupaban un área de alrededor 10 hectáreas. Fueron las primeras orientadas en modo de aprovechar por todo el transcurso de la jornada la luz y el calor del sol. Hoy día, quedan algunos restos en el parque del cerro Oppio. Entre todas las calamidades que Roma tuvo que combatir, el fuego fue sin duda, una de las más insidiosas. Una mínima distracción o desatención en la manutención del fuego doméstico (focolare domesticus) podía de hecho iniciar incendios colosales, alimentados por la madera de la cual estaban hechas las habitaciones populares. Por esto, en el 6 d.C., se instauró la milicia de los vigiles, un cuerpo de 7 mil hombres (divididos en 7 cohortes) comandadas por un praefectus vigilum.

    A los “vigili”, que vivían en cuarteles especiales, les correspondía apagar los incendios pero también prevenirlos: por esto terminaron también teniendo tareas más amplias como de policía, especialmente para la seguridad nocturna. Según una ley emanada por el emperador Tiberio, al cuerpo de los vigiles podían acceder también los libertos, los cuales después de 6 años de servicio recibían la ciudadanía romana. El operar de los vigili, dotados de bombas, escaleras, aparejos y cuerdas, cubiertas con reservas de vinagre, orina y arena, se revelaban particularmente eficaces, también gracias a la abundancia de agua en Roma. 

  • Los Estados Pontificios: Un Regalo con Consecuencias para La Iglesia

    Los Estados Pontificios: Un Regalo con Consecuencias para La Iglesia

    Desde que se estableció Pedro como primer obispo de Roma, los fieles y aún más los emperadores cristianos, fueron donando a la Iglesia romana gran cantidad de bienes territoriales, algunos de ellos con importantes extensiones de terreno. Estas posesiones, fueron integrando lo que se conoció como “Patrimonio de San Pedro”, y estuvieron diseminados por toda la península itálica e incluso fuera de ella.

    Su administración, aunque no convirtió inicialmente a los papas en jefes de Estado, les otorgó varias prerrogativas civiles y políticas. Como muchos papas procedían de la aristocracia romana, ejercían simultáneamente el cargo de obispo y de gobernante civil de la Ciudad Eterna. Sin embargo, los Estados Pontificios no se establecen en los primeros siglos de la Iglesia, sino que hasta el año 756, durante el pontificado de Esteban II y con la ayuda de Pipino III gobernador de los francos.

    Donacion de Pipino el Breve por el Tratado de Quierzy al Papa Estevan II el año 756

    Desde mediados del siglo VI, los lombardos, un pueblo germánico originario del norte de Europa, se asentaron en el valle del río Danubio y desde allí invadieron la Italia bizantina, el año 568, bajo la conducción de Alboino. Ocuparon casi toda la península y establecieron un reino lombardo (o longobardo, como se les decía en latín), que duró hasta la mitad del siglo VIII, cuando fueron derrotados por los francos. Veamos los orígenes de los Estados Pontificios. Indudablemente en centro de ellos está Pipino III, más conocido como Pipino el Breve, debido a su baja estatura, hijo menor de Carlos Martel, que nació hacia el año 715 en Jupille, en donde nace una gran parte de la dinastía Merovingia y Carolingia. Cuando el papa Esteban II solicita su ayuda, éste se la presta interviniendo ante Astolfo, rey de los lombardos, quien aceptó traspasar Ravenna a Roma. Sin embargo, incumplió su compromiso y, por añadidura, puso sitio a Roma. Se produce una nueva llamada de auxilio del Papa a Pipino el Breve y nueva acción militar de los francos en su auxilio. Sometidos los lombardos, por fin, éste hizo entrega al papa Esteban II de los extensos territorios conquistados, confiriendo al  Sumo Pontífice el dominio temporal de un Estado que, con algunas variaciones geográficas, habrá de perdurar hasta 1870, durante más de 11 siglos.

    Como retribución a tanta generosidad, el domingo 28 de julio del año 754, en la basílica de Saint Dennis, el papa Esteban II consagra a Pipino y le confiere los títulos de Rey de los francos y Patricio de los romanos. Se establece por medio de este acto, un estrecho lazo de continuidad entre la unción realizada a los reyes del Antiguo Testamento y los reyes de la nueva dinastía. Esta consagración pone fin al linaje merovingio y legaliza el advenimiento de los carolingios al poder. Confirmando a Pipino el Breve, como Rey de los francos, y consagrándole el mismo como tal, el Papa tomó distancia con el emperador de Bizancio, sometiéndose para su seguridad, a los soberanos francos. Es el comienzo de una larga colaboración, a menudo conflictiva, con los carolingios y sus lejanos herederos del Sacro Imperio Romano Germánico.

    A partir de esta consagración, la legitimidad del Rey, no dependerá exclusivamente de los señores francos, electores del rey, y se transformará en un reinado de derecho divino, que durará en Francia interrumpidamente durante ciento once años. Los francos querían una buena relación con los lombardos y también con el Papa. Por eso, el año 754 los francos envían una delegación para calmar a los lombardos en sus reivindicaciones territoriales, pero ésta no tendrá ningún efecto. Por ello, Pipino el Breve se ve obligado a lanzar en su contra una primera expedición militar de la que sale victorioso. Pero un año después los lombardos ponen sitio a la ciudad de Roma. Por lo tanto, entre el año 756 y el 758, el Rey de los francos deberá lanzar tres campañas contra ellos, hasta conseguir su retiro hacia el norte de Italia. No obstante, tras esta victoria, multiplicará sus esfuerzos para intentar restablecer el entendimiento entre los lombardos y Roma.

    Al final de estas expediciones, Pipino el Breve decide regalar al papa Esteban II las regiones conquistadas: 22 ciudades del centro de la península itálica. Ravenna, Perusa, las provincias de Emilia – Romagna y de la Penta – Cole se unen a Roma, dando forma así, a los Estados Pontificios, cuya capital será la Ciudad Eterna. Una donación de los territorios reconquistados que, como veremos, serán para la vida y misión de la Iglesia, lo que acostumbramos llamar un “presente griego”. Un nuevo Estado formado por un conjunto de territorios básicamente centro italianos, que se mantuvieron como un estado independiente, bajo la directa autoridad civil de los papas, entre los años 756 y el año 1870. Limitaba al norte con el Sacro Imperio Romano Germánico, con los Ducados de Toscana y Módena y la República de Venecia. Los otros límites fueron: al este con el mar Adriático, al sur con el Reino de Nápoles y al oeste con el mar Mediterráneo.

    Mapa de los territorios carolingios 

    Es así, como sin haberlo buscado, el Papa se convierte en soberano de un Estado temporal, que como hemos dicho, duró durante once siglos y que todavía subsiste su heredero, el pequeño Estado de la Ciudad del Vaticano, creado el 11 de febrero de 1929, gracias al Concordato de Letrán, entre la Santa Sede y el Gobierno Italiano. Con ello se pone punto final a los múltiples problemas que surgieron a raíz de la toma de Roma por Garibaldi, cuando éste en 1870 lucha militarmente por la unificación de Italia y pone fin a los Estados Pontificios. Mediante este Concordato el Papa queda como soberano de un minúsculo Estado: la Ciudad del Vaticano, pero enteramente libre, en el corazón de Roma.

    Con perspectiva histórica, podemos decir que el regalo de Pipino el Breve a la Iglesia, fue un peligroso presente, pues el Papa se transformó con ello en un gobernante temporal, teniendo hasta su propio ejército. Los papas, al querer igualarse a los emperadores y reyes de la época, tuvieron que reunir enormes cantidades de dinero, para financiar las monumentales y hermosas construcciones que se requerían, para hacer de Roma una ciudad que estuviera a la altura de las otras grandes capitales europeas. A raíz de ello surge la venta de indulgencias y la corrupción que afectó fuertemente la vida de la Iglesia, pero esto será materia de otro análisis. Podemos decir con tristeza, que el Papa tuvo que abandonar parte de sus tareas espirituales, para dedicarse a las actividades propias de un Jefe de Estado, y la Sede de San Pedro empezó a resultar atractiva para  hombres codiciosos de poder, riqueza y prestigio. 

  • Cleopatra: Reina de Leyenda y Leyendas

    Cleopatra: Reina de Leyenda y Leyendas

    Cuando hablaba, el sonido mismo de su voz tenía cierta dulzura, y con la mayor facilidad acomodaba su lengua, como un órgano de muchas cuerdas, al idioma que se quisiese. 

    PLUTARCO, Vidas Paralelas

    “La sierpe del Nilo”, “la hechicera de oriente”, “la reina ramera”, “la gran seductora”… a Cleopatra la han llamado de muchas maneras desde la antigüedad hasta nuestros días, y casi todas ellas erróneas. La infundada fama de mujer bellísima e irresistible, de fuerte atractivo sexual y de amoríos caprichosos, ha creado en torno a ella una imagen muy distorsionada de lo que realmente fue, ocultando sus verdaderas capacidades bajo una capa de superficialidad que nada tiene que ver con la última faraón de Egipto.

    Ante todo, Cleopatra fue una mujer fuerte, de carácter decidido y con una visión clara de cuáles eran sus objetivos y sus compromisos ante la imponente responsabilidad que cayó sobre sus hombros cuando, con apenas 18 años, heredó el trono del país más rico de la antigüedad. No solo no se arredró ante la gran tarea que tenía ante sí, sino que asumió sus deberes con gran sentido de Estado, afrontando con coraje las graves situaciones que tuvo que vivir a lo largo de su reinado.

    No fue la única mujer que gobernó Egipto en solitario, a lo largo de la extensa historia del país, ya otras lo habían hecho antes. Pero a ella le tocó hacerlo en un momento histórico particularmente difícil, a caballo entre la decadencia inevitable del mundo helenístico en el que se crió y el empuje inexorable de Roma, cuyo objetivo era adueñarse de toda la cuenca Mediterránea. El reto era considerable, aunque fascinante.

    Nacida en Alejandría, creció en el seno de la familia de los ptolomeos, una saga de gobernantes cuya fama de crueles era bien conocida. Sus miembros no vacilaban en eliminarse unos a otros para conseguir el apetecido poder. Segunda en la línea sucesoria de su padre, Ptolomeo XII, la joven Cleopatra asistió a algunos episodios sangrientos que contribuyeron a fortalecer su carácter y a desarrollar su astucia para defenderse de los ataques a los que sus hermanos la sometieron en sus primeros años de reinado.

    Dotada de una destacable inteligencia, desde niña demostró un insaciable interés por aprender. No había ninguna rama de la ciencia conocida en su época que Cleopatra no dominara. Incluso se decía que tuvo un laboratorio privado en el que experimentaba con pociones, filtros amorosos y venenos. Contaba para ello con los mejores instructores y con la inmensa fuente de cultura que era la renombrada Biblioteca de Alejandría. Tenía igualmente una facilidad innata para el aprendizaje de lenguas, llegando a dominar nueve de ellas. Estaba dotada de gran capacidad para la oratoria, y su conversación era viva, fluida y ocurrente. Todo ello unido a una voz armoniosa, impresionó a cuantos la conocieron. Este bagaje cultural la hizo estar mucho mejor preparada para gobernar Egipto que sus indolentes e intrigantes hermanos.

    A pesar de ser y sentirse griega a todos los efectos, quiso conocer a fondo el país que gobernaría, para lo que viajó a lo largo de Egipto, aprendiendo todo sobre la cultura faraónica, los usos y costumbres de los egipcios, sus ritos religiosos y sus inquietudes. Fue la única de los ptolomeos que aprendió la lengua egipcia. Enamorada de su tierra, su objetivo primordial fue mantenerla independiente tanto de los países limítrofes como de la poderosa Roma, buscando pactos y apoyos, pero sin ceder un ápice de la soberanía de su patria.

    La figura de Cleopatra se alza triunfante en un mundo donde las cuestiones militares y territoriales se dirimían exclusivamente en clave masculina. Sorprendió al mundo con sus grandes dotes para la diplomacia y con el juego de alianzas que supo establecer entre partidarios y oponentes, ganándose un merecido prestigio en un momento especialmente convulso en la geopolítica mediterránea, en el que todos querían su parte del pastel.

    Su gran cultura y atractivo personal influyeron de modo determinante en dos de los personajes más importantes de Roma: Julio César y Marco Antonio. Dejando aparte la supuesta seducción a Julio César, su unión hizo que Egipto gozara de la protección de Roma, y, a su vez, Roma disfrutara de la ayuda económica de Egipto. Una alianza fructífera para ambos países. De César aprendió tácticas militares y políticas, y maduró como mujer. Con Marco Antonio, en cambio, las cosas fueron distintas. La legendaria y apasionada historia de amor que ambos protagonizaron no hizo que Cleopatra olvidara ni por un momento cuál era su compromiso para con su pueblo: mantenerlo a salvo de invasiones o conquistas extranjeras. A pesar de su incansable lucha por que así fuera, finalmente no pudo conseguirlo.

    Resulta importante destacar que ni después de la derrota, ni siquiera estando cautiva, se dio por vencida. Su gran habilidad para manejar situaciones adversas le fue tremendamente útil a la hora de engañar y confundir al poderoso Octaviano, el futuro César Augusto.

     La presencia de esta gran mujer como figura destacada entre los gobernantes de la época, de alguna manera marcó el camino a las mujeres romanas, que comenzaron a pensar que ellas no eran inferiores a los hombres y que no tenían por qué conformarse con un papel secundario. Siguiendo su ejemplo, acometieron labores y responsabilidades que tradicionalmente les habían estado vetadas. Lamentablemente, esta incipiente revolución femenina pronto fue sofocada y, pasado un tiempo, las cosas volvieron al estado anterior.

    Su poderoso magnetismo “puso de moda” a Egipto en la sociedad romana y gracias a su influencia en Roma se vivió una especie de pasión por lo oriental, de egiptomanía, tanto en arquitectura y costumbres, como en modos de vestir o de peinarse. Nadie quedaba indiferente ante la magnífica reina de Egipto, y todos la imitaban, a pesar de la antipatía que suscitaba en personajes tan influyentes como Cicerón, quien no cesó de criticarla hasta su muerte en época de Marco Antonio.

    No encontramos muchas mujeres cuya trayectoria permanezca viva a lo largo de los siglos, como es el caso de Cleopatra, a pesar de que la historia no siempre la ha tratado bien, confundiendo atractivo personal con belleza infinita, lucidez y capacidad oratoria con coquetería e impudicia, y conocimiento y cultura con hechicería. En la actualidad son muchas las voces que se alzan reivindicando a Cleopatra como una gran reina y una gran mujer de Estado, desmitificando la imagen banal y superflua que de ella se nos ha venido presentando.

    Su corta e intensa vida supuso el último momento de esplendor para Egipto. Durante su próspero reinado fue amada y respetada por sus súbditos en todo el país, y muchos años después de su muerte se siguieron celebrando ceremonias en honor a su soberana.

    La anexión de Egipto a Roma acabó con su sueño de mantener la independencia de su amado país, a pesar de que por ella luchó toda su vida sin escatimar esfuerzos tanto militares como personales. La desaparición de Cleopatra fue el punto final de la larga y brillante historia del Egipto faraónico. Fue la última reina de un país que ya no recobraría su soberanía hasta 1925.

    Pero repasemos su historia, basándonos en hechos contrastados.

    Cleopatra nace en el año 69 a.C. en Alejandría, la costa norte de Egipto. Su nombre era Cleopatra Nea Thea Filopator Netcher Meritites. Este nombre formado por palabras griegas y egipcias significa “la nueva diosa amada de su padre”. Era hija del faraón Ptolomeo XII, apodado “Auletes” por su afición a tocar la flauta. Tuvo cuatro hermanos, dos mujeres, Berenice y Arsínoe, y dos varones, ambos llamados Ptolomeo como era tradición familiar. Ella era la segunda tras Berenice.

    Tras unas revueltas en Egipto, el faraón Ptolomeo XII decidió viajar a Roma para pedir la ayuda militar de Pompeyo, a quien el rey de Egipto había regado con abundante dinero a cambio de protección. Durante este viaje, su hija mayor, Berenice, aprovechó para dar un golpe de Estado y proclamarse reina de Egipto, desterrando a su padre. Este, conseguida la ayuda de Pompeyo, recobró el trono y mandó decapitar a su hija traidora.

    A la vista de estos hechos, el faraón decidió asociar al trono a su segunda hija, Cleopatra, que también era su favorita, con apenas 14 años. Con él, la joven Cleopatra se formó para desempeñar el papel que la historia le había reservado, viajando por todo Egipto, aprendiendo la lengua del país y su cultura. Así, en el año 51 a.C., Cleopatra, con apenas 17 años se convirtió en faraón de Egipto, Señora de las Dos Tierras, Reina del Alto y el Bajo Egipto, Hija de Ra. Aunque por ley debió casarse con su hermano de apenas diez, que subió al trono con el nombre de Ptolomeo XIII. Como es natural, la opinión de un niño de diez años no tenía valor ninguno a la hora de gobernar y Cleopatra, a lo largo de sus primeros años de reinado, lo hizo prácticamente en solitario.

    Pero el niño creció y se sentía ignorado, por lo que junto a tres perversos consejeros, Potino, Aquilas y Teódoto, se confabuló con su otra hermana, Arsínoe, para declarar la guerra a Cleopatra, quien temió por su vida y se vio obligada a huir del país, refugiándose en las costas de Siria junto con un pequeño ejército de fieles. Antes de huir, Cleopatra había accedido al tesoro de Egipto, por lo que no le resultó difícil organizar otro ejército, si bien formado por mercenarios y piratas.

    Así estaban las cosas en Egipto mientras al otro lado del Mediterráneo, en Roma, seguía la Guerra Civil entre César y Pompeyo. El famoso estratega que fue Julio César finalmente derrotó a Pompeyo en la batalla de Farsalia. El vencido huyó a Egipto en busca de la protección de sus gobernantes, en pago por la que él les brindó años atrás.

    Pero las cosas habían cambiado en el país del Nilo y los tres consejeros de Ptolomeo XIII decidieron que lo mejor era hacer desaparecer a Pompeyo para así congraciarse con el nuevo hombre fuerte de Roma: Julio César. Lo mataron apenas puso el pie en Egipto y allí mismo le cortaron la cabeza para ofrecérsela como presente a César, que ya estaba de camino a Alejandría en su ciega persecución a Pompeyo.

    Julio César no solo no se alegró cuando le presentaron el macabro tributo, sino que se enfureció con los hermanos gobernantes, afeándoles sus maneras y tratándolos de salvajes. Entonces tomó la decisión de arreglar la situación entre los hermanos discrepantes. A Roma no le convenía la inestabilidad de Egipto, puesto que era uno de sus activos económicos principales. Con esta idea ordenó enviar emisarios a buscar a Cleopatra para reunirlos a los tres y llegar a un acuerdo. Pero Ptolomeo desoyó esta orden y no convocó a su hermana.

    Cleopatra, que estaba informada de cuanto sucedía en palacio, se dispuso a viajar a Alejandría de incógnito para relatar a César la situación y buscar una vez más la protección de Roma. No se sabe a ciencia cierta si fue Julio César quien, desconfiando del rey-niño y sus perversos asesores, envió a sus soldados por ella, o si fue por propia iniciativa de la reina, pero aquí es donde pudo tener lugar el cinematográfico episodio de la alfombra del que tanto se ha hablado y escrito. El hecho cierto es que la joven reina se las ingenió para ser llevada a los aposentos de Julio César dentro de una alfombra enrollada, o quizás metida en un saco de ropa de cama. La impresión que causó en el veterano militar parece evidente, puesto que se dice que Cleopatra no salió de las habitaciones privadas de César hasta pasados tres días. La faraón se había convertido en la amante oficial de Julio César. Era un arreglo beneficioso para ambos: César ayudaría a Cleopatra a recuperar su trono usurpado y le ofrecería la protección de Roma, que de este modo se aseguraba seguir contando con la inmensa aportación económica de Egipto.

    No se logró el acuerdo apetecido entre los hermanos y estalló lo que se llamó la Guerra Alejandrina, que acabó con la victoria de las tropas de César y Cleopatra. Las batallas en el puerto propiciaron que en un momento dado César decidiera quemar sus naves para impedir el avance del enemigo, y lamentablemente el fuego se propagó dañando muy seriamente la famosa Biblioteca. El hermano de la reina, Ptolomeo XIII, pereció ahogado en uno de estos combates. Así, Cleopatra volvió al trono, aunque de nuevo hubo de casarse con su otro hermano, Ptolomeo XIV, de diez años. La usurpadora Arsínoe fue apresada y llevada a Roma para exhibirla como botín de guerra. Posteriormente fue desterrada, muriendo finalmente en Éfeso.

    Tras un viaje por el Nilo en la galera real, en el que Cleopatra mostró a su amante la grandeza de su país, César fue reclamado y tuvo que volver a Roma, dejando a la reina embarazada. En el año 47 a.C. Cleopatra dio a luz a su primer hijo, Cesarión, fruto de su relación con el romano.

    Un año después, la reina decidió viajar a Roma para legitimar la posición de su hijo, pero las leyes romanas eran muy claras a este respecto. César ya estaba casado con Calpurnia, y aunque se divorciase de ella, un matrimonio con Cleopatra no sería válido puesto que ella no era ciudadana romana. En cuanto a Cesarión, él lo reconoció, pero ahí acabó todo. Aun así ella estuvo una larga temporada en Roma, donde suscitó filias y fobias, quizás más críticas que alabanzas, sobre todo por parte de los mordaces escritores y políticos romanos.

    Finalmente, tras el asesinato de Julio César en el año 44 a.C., Cleopatra consideró que su lugar estaba en Alejandría y que su etapa romana había llegado a su fin. Ella y su hijo emprendieron la travesía hacia Alejandría poniendo distancia de por medio y evitando la guerra entre partidarios y detractores de César, que se extendió por toda la cuenca mediterránea. Llegados a Alejandría, Cleopatra se dedicó a reparar cuanto había quedado dañado por la Guerra Alejandrina, a embellecer su ciudad y a educar a su hijo tranquilamente.

    De nuevo surgieron rumores de que su hermana Arsínoe, desde su exilio, se estaba confabulando con su esposo-hermano para intentar de nuevo derrocarla del trono de Egipto. La muerte inesperada de su hermano-marido Ptolomeo XIV acabó con este supuesto complot. Hay autores que ven la mano de Cleopatra tras esta muerte, pero esto no está confirmado. La reina decidió asociar al trono a su hijo Cesarión para cumplir con la ley que obligaba a que el poder fuera ostentado por un varón. Parecía que las cosas se iban tranquilizando para nuestra reina, ya que un niño de cortísima edad no podía suponer amenaza alguna para ella

    En Roma el panorama no era tan claro. Tras muchas negociaciones se formó un segundo triunvirato formado por Octaviano (Octavio), Marco Antonio y Lépido. Octaviano sería quien permanecería en Roma, Lépido iría a defender y conquistar el norte de África y el militar Marco Antonio quedaba como gobernador de la parte oriental del imperio.

    En su posición de gobernador, Marco Antonio mandó llamar a Cleopatra desde Tarso para pedirle cuentas por su neutralidad en las guerras entre seguidores y enemigos de César. La reina se sintió ofendida y no le hizo caso a pesar de su insistencia, aunque finalmente accedió a acudir a la llamada de Marco Antonio. El militar, de enamoramiento fácil, cayó rendido ante el atractivo de la reina y el lujo de su nave y su séquito (se dice que incluso perfumaba las velas de su embarcación y que sus vajillas eran de oro puro). Ella tampoco se mostró indiferente ante el veterano militar e iniciaron una relación amorosa, que el tiempo demostraría pasional y tumultuosa.

    Estuvieron juntos en Alejandría durante un par de años, hasta que el romano debió regresar a Roma, donde se vio obligado a desposarse con Octavia Minor, la hermana de Octaviano, para sellar la paz entre los dos bandos. Cleopatra queda sola, embarazada y deprimida. En el año 40 a.C. Cleopatra da a luz a dos gemelos, niño y niña, a quienes llamó Cleopatra Selene y Alejandro Helios. ¿La habría olvidado Marco Antonio?

    Tres años duró la ausencia de Marco Antonio hasta que regresó a Oriente. No, él no la había olvidado, su matrimonio romano fue una mera cuestión política. Así, en cuanto regresó, volvió a llamar a Cleopatra, quien acudió inmediatamente a su lado con los dos niños. El amor volvió a florecer entre ellos. Además, el militar quería financiación para sus campañas militares. A cambio, la reina recibiría los territorios de Chipre, Libia y Líbano, Cilicia, la costa este de Turquía, parte de Creta y dos ciudades fenicias. Cleopatra no solo le aportaría fondos para sus campañas, sino que puso su ejército a disposición de su amante.

    La relación amorosa entre Marco Antonio y Cleopatra se estrechó y en el año 36 a.C., ella dio a a luz a un tercer hijo del militar, al que llamó Ptolomeo Filadelfo. Marco Antonio estaba decidido a casarse con ella, a pesar de lo que pensaran en Roma. Incluso se produce un hecho llamado las “Donaciones de Alejandría”, en las que Marco Antonio reparte los territorios orientales conquistados y por conquistar entre Cleopatra y sus hijos. Naturalmente, esto sienta muy mal en Roma, donde Octaviano, con el apoyo del Senado, declara la guerra a Marco Antonio y Cleopatra.

    A pesar de que desde Éfeso la pareja intenta formar un ejército para hacer frente a la ofensiva romana, finalmente el día 2 de septiembre del año 31 a.C. tiene lugar la decisiva batalla de Accio, donde Marco Antonio y Cleopatra son totalmente derrotados por la poderosa maquinaria de guerra romana. Marco Antonio se sume en una depresión de la que ya no saldría jamás.

    El día 1 de agosto del año 30 a.C. Octaviano toma formalmente Alejandría sin apenas resistencia. Ese mismo día sería el último de Marco Antonio, quien se quitó la vida al llegar a sus oídos noticias de que su amante se había suicidado. Las noticias no eran ciertas, y se dice que fue ella misma quien fingió su propia muerte para animar a su amante a tener una muerte digna.

    Tras el entierro de Marco Antonio, Cleopatra quedó confinada en el palacio bajo la vigilancia de Octaviano, con quien intentó negociar los territorios que Marco Antonio había legado a sus hijos sin conseguirlo. Ella sabía que el futuro emperador soñaba con llevarla a Roma cargada de cadenas para exhibirla en un triunfo, y no estaba dispuesta a permitirlo. Tras estas reuniones infructuosas, Cleopatra engañó a Octaviano, que la quería viva, diciéndole que iba a hacer una ofrenda a Marco Antonio. Con esta excusa, se encerró con sus dos doncellas en su mausoleo y se suicidó el día 10 de agosto del año 30 a.C. Mucho se ha hablado sobre la muerte de Cleopatra, supuestamente causada por una serpiente. Esto es difícil de constatar, puesto que murieron las tres mujeres que había en el interior del mausoleo. Más bien pudo ser que ella y sus doncellas tomaran alguna sustancia venenosa, en las que Cleopatra era muy experta. Solo tenía 39 años.

    El día 31 de agosto del año 30 Roma se anexionó Egipto, no como país amigo y aliado como había sido hasta entonces, sino como una provincia más del imperio.

    DESPUÉS DE CLEOPATRA

    Tras estos acontecimientos, Cesarión, ya con 17 años, huyó hasta el Mar Rojo. Para el nuevo dueño de Egipto, el muchacho resultaba un fastidio. Apresarlo y llevarlo a Roma para exhibirlo en triunfo no le parecía una buena idea. Además de ser primo suyo, era el hijo del Divino César. Los romanos no lo verían con buenos ojos. Octaviano atajó el problema ordenando matarlo, probablemente después de someterlo a torturas.

    El resto de la descendencia de Cleopatra y Antonio no representaba peligro alguno para Roma y Octaviano los dejó al cuidado de su siempre dispuesta hermanastra Octavia Minor, viuda de Antonio. Los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene, de diez años, y Ptolomeo Filadelfo, de seis, vivieron en un ambiente confortable, compartiendo hogar con las hijas que su padre tuvo con ella. Un año después de la muerte de su madre, Octaviano los hizo desfilar en su triunfo. A partir de este momento, el rastro de los hijos varones de Antonio y Cleopatra se pierde.

    Años más tarde, el ya emperador Octaviano casó a Cleopatra Selene con Juba II de Mauritania. El joven también había sido capturado cuando tenía cinco años y se había educado en Roma. Marido y mujer habían tenido parecida educación y habían sufrido humillaciones similares. Octaviano los envió a Mauritania. Allí, la hija de Cleopatra trató de conservar el legado de su madre. Siguiendo la tradición, llamó a su hijo Ptolomeo, y se asoció a la diosa Isis. El único nieto conocido de Cleopatra sucedió a su padre, Juba II, en el año 23 a.C. Años después, Ptolomeo de Mauritania fue a Roma invitado por Calígula y recibido con grandes honores. Ambos descendían de César y eran primos lejanos. No obstante, Calígula, cuyas veleidades son sobradamente conocidas, ordenó matarlo. Y aquí terminó la historia de los descendientes de la gran Cleopatra.

    Por su parte, Octaviano trató obsesivamente de borrar las huellas de Cleopatra y Antonio. Para ello, declaró nefasto el día 14 de enero, día del nacimiento del general romano, y prohibió la combinación de los nombres Marco y Antonio. Nadie en Roma volvería a llamarse Marco Antonio. Todo valía para borrar la memoria del general de la faz de la tierra. Por supuesto, cuando en alguna conversación Octaviano se refería a la batalla de Accio, jamás pronunciaba los nombres de sus oponentes. El círculo más cercano a Cleopatra y Antonio también fue purgado.

    Además, Octaviano, como era de esperar, se apropió de los inmensos tesoros de los ptolomeos. Tal inyección de liquidez aportó aire a las menguadas finanzas romanas. Devolvió a sus lugares de origen las estatuas y obras de arte que Cleopatra y Antonio habían traído de otros países a modo de botín de guerra o de “regalo” de sus dirigentes. Aunque muchas de ellas acabaron en Roma.

    Se sabe que un representante de los sacerdotes egipcios ofreció a Octaviano 20.000 talentos para que se permitiera a los egipcios conservar las estatuas de Cleopatra. El romano aceptó gustoso, en parte por el sustancioso importe del negocio y en parte para quitarse preocupaciones. Ya sabemos que Cleopatra gustaba de hacerse representar como Isis, y en muchas de sus efigies no quedaba claro si la figura representada era la reina o la diosa. Naturalmente, no podía ir contra la imagen de una divinidad, cuyo culto, además, estaba muy extendido por todo el Mediterráneo. La veneración a la figura de Cleopatra continuó durante muchos años en Alejandría, e igualmente se sucedieron conmemoraciones y procesiones en las que las mujeres rasgaban sus vestidos en señal de duelo y los habitantes de la ciudad recordaban a su adorada reina que tan valientemente se opuso a la invasión romana.

    En honor a la verdad, Octaviano no destrozó ni vandalizó la ciudad, más bien al contrario, 17 años después de la muerte de la reina, se concluyó el Cesareum, el inmenso complejo templario que Cleopatra había empezado a construir en honor a Julio César. Octaviano fue uno de los pocos emperadores romanos que no pretendió imitar a Alejandro Magno, aunque tampoco demostró gran interés por la cultura egipcia ni por los anteriores ptolomeos muertos. Tan solo le interesó Alejandro, cuyo cuerpo sacó de su sarcófago para ponerlo en otro de cristal en un lugar donde la gente pudiera visitarlo.

    Quizás el hecho histórico más importante tras la muerte de Cleopatra fue el opulento triunfo de tres días que celebró Octaviano. Naturalmente, el suicidio de Cleopatra había arruinado su gran momento, que hubiera sido exponerla cautiva ante el pueblo. Por este motivo, Octaviano mandó hacer una efigie de la reina a tamaño natural, con una serpiente mordiéndole el pecho. Los tres hijos de la soberana desfilaron junto a esta imagen. El inmenso tesoro de Egipto, cargado en carros, causó sensación entre los romanos, que jamás habían visto tal cantidad de oro, plata, joyas, cascos, corazas, armas, muebles, vajillas y obras de arte. Por supuesto, no hubo la menor mención para Antonio.

    No se atrevió tampoco a tocar la imagen de Cleopatra como Venus Genétrix que hizo erigir Julio César, y que seguía en su Foro en Roma. Era lo menos que podía hacer por alguien que tanto beneficio económico le había proporcionado. Así, Cleopatra fue la gran vencida, pero también la gran admirada en esta ciudad extranjera.

    La influencia de Cleopatra se tradujo en una verdadera explosión de la egiptomanía. La arquitectura y el arte egipcios se hicieron presentes en edificios, elementos decorativos, e incluso en vestidos y peinados. Comenzaron a aparecer obeliscos, hojas de acanto, esfinges, cobras, jeroglíficos y flores de loto por todas partes. Todos los patricios querían poner motivos egipcios en sus palacios y villas. Se puede decir que la famosa reina puso de moda Egipto en aquel mundo occidental que se abría paso.

    ¿Se podría hablar de la muerte de Cleopatra como un hito en la historia? Resulta notorio que a partir de ese momento Occidente se orientalizó. Los emperadores romanos empezaron a considerarse dioses. Se hicieron representar como Serapis o como Dioniso, lo que tanto se criticó a Antonio. El propio Octaviano se autodenominó César Augusto y sería recordado tanto por sus conquistas, Hispania entre ellas, como por su actividad constructora por todo el imperio. Quedó tan impresionado por el fastuoso mausoleo de Cleopatra, que mandó construir uno similar en Roma para él.

    No obstante, el legado de Cleopatra fue mucho más allá. La primera y más importante consecuencia de la leyenda creada en torno a su vida y su muerte fue el sorprendente resurgir del papel de la mujer en la sociedad romana. Las mujeres de clase alta comenzaron a influir decisivamente en la vida pública romana, y a desempeñar tareas de Estado como consejeras de sus maridos, a relacionarse con embajadores de otros países, o incluso a gestionar ellas mismas sus propios patrimonios al margen de sus padres o esposos. Entre las clases más populares, también fue calando este atisbo de independencia femenina, y muchas romanas comenzaron a emprender oficios que hasta entonces les habían estado vedados. Fue tal la influencia que ejerció esta gran reina, que sirvió de ejemplo a muchas otras mujeres que, mirándose en su espejo, decidieron que no eran menos que los varones. Si Cleopatra había conseguido estar a la misma altura que los hombres, ¿por qué ellas tenían de conformarse con estar en segundo plano?

    Existen pocas fuentes directas y conocemos la vida de Cleopatra a partir de historiadores y filósofos clásicos, en su mayor parte críticos con la gran faraón, tanto por motivaciones políticas como culturales, aunque en sus obras siempre se percibe cierta admiración implícita. Casi todos la tildaban de seductora, lasciva o embaucadora, si bien todas estas apreciaciones tienen un denominador común: se negaban a aceptar que una mujer hubiera ejercido su poder sobre dos de los personajes más importantes del momento, Julio César y Marco Antonio, más por su inteligencia y capacidad que por su belleza física. Para su mentalidad, la única manera de salvaguardar el honor de un hombre era hacer ver que había caído en las redes de una mujer, dando por hecho que ella usaba sus armas femeninas para atrapar y dominar al varón, quedando el hombre como la pobre víctima indefensa que caía bajo sus encantos. Eso se perdonaba y se toleraba. Pero admitir que una mujer podía ser más capaz que un hombre no formaba parte de los esquemas mentales de la época. Una mujer resultaba menos peligrosa si se la consideraba extremadamente atractiva en vez de extremadamente inteligente. “Un hombre que enseña a una mujer a escribir debería reconocer que está suministrando veneno a una serpiente”, aseguraba Menandro, comediógrafo griego del siglo III a.C. Esa era la idea que se tenía de las mujeres en la antigua Grecia y que pervivió en Roma. La muerte de Cleopatra coincidió con el nacimiento de la literatura latina, y su influjo inspiró a muchos cronistas a crear el mito alrededor de su figura, que se convertiría en la “reina ramera”, o “una mujer de sexualidad insaciable”. Esta caracterización perduró en el tiempo e incluso, muchos siglos después, Dante la llamaría “pecadora carnal” y Bocaccio, “la puta de los reyes orientales”.

    No obstante, a pesar de estas críticas, a veces tremendamente ofensivas en el terreno personal, todas las fuentes coinciden en admitir que fue una mujer sobresaliente, que gobernó su país durante 20 años sin guerras ni invasiones, con una economía más que saneada, y que siempre contó con el favor y la lealtad de su pueblo. Esto era mucho más de lo que habitualmente consiguieron los hombres que gobernaron en los países de su entorno.

    En cambio, Marco Antonio no sale tan bien parado en las crónicas de la época. Los clásicos se ceban con él y todos lo consideran un militar indigno que rehuyó el combate para refugiarse bajo las faldas de su amante. Quizás, viendo la historia desde nuestra actual perspectiva, no seríamos tan severos con alguien que, indudablemente merece un lugar en la historia, y no solo por haber amado a Cleopatra.

    Sin lugar a dudas, la historia y, sobre todo, la leyenda de Cleopatra no acabó el día 10 de agosto del año 31 a.C., sino que sigue viva más de 20 siglos después en la literatura, el teatro, la música, e incluso el cine. Todos los campos del arte se han encargado de que la figura de Cleopatra siga resultando fascinante, si bien la imagen que se ha dado de ella es tan errónea como exageradas fueron las apreciaciones de los escritores clásicos. El nombre de Cleopatra quedará para siempre escrito en letras de oro en la larga lista de mujeres valientes y decididas que, a lo largo de la historia, dejaron su huella imborrable.

    Para los antiguos egipcios, era muy importante que se conservara el nombre de una persona, ya que, según sus creencias, solo alcanzarían la inmortalidad si este se repetía. El nombre de Cleopatra, para alabarla o para denostarla, como mujer fascinante o como perversa, como gran gobernante o como simple reina caprichosa, como paradigma o como aberración, se ha repetido tantas y tantas veces a través de los siglos, que no cabe duda de que ya es inmortal.

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