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  • EL ICONO RUSO: Tramas espirituales de Lo Invisible hecho carne

    EL ICONO RUSO: Tramas espirituales de Lo Invisible hecho carne

    Los iconos no sólo nos entregan conceptualizaciones culturales, valóricas y espirituales de la riquísima, distante y aún desconocida Rusia; sino que su específico y radical aporte está en que nos regala una expresión religiosa tradicional que se ha mantenido inalterable y vigente; cual es ser un arte sagrado puro, de ignotos autores, que en un acto de oración y veneración del Dios cristiano, crean porque creen. Estas imágenes sacras que suscitan el culto a la Divinidad en hogares y templos, simbolizan la eternidad de los valores espirituales y hacen manifiesto el milagro de la Encarnación del Verbo.

    PROLEGÓMENOS AL ICONO ORTODOXO:

    ¿Por Qué interesarse en escribir y en leer acerca de los Iconos rusos? ¿Por qué se ha puesto de moda nuevamente, al parecer, el Icono? Preguntas, tal vez ociosas o mal intencionadas, pero que pueden tener múltiples respuestas. Una podría ser que vivimos en una sociedad que ha usado y abusado de la imagen, después de la trillada frase publicitara de Kodak donde “una imagen vale más que mil palabras”, otros podrían decir que son obras de arte antiguas y exóticas que poseen un alto valor estético, o tal vez haya quienes insistan en el alto valor tradicional de un arte que pareciera como si estuviese detenido en el tiempo frente al inquieto y dinámico arte occidental, quizás a algunos les despertó la curiosidad la aplaudida exposición Alma de Rusia en sus iconos, de la grandiosa colección del Museo Reserva Estatal Unificado de Moscú en el Centro Cultural de Providencia en el año 2007. Otros más afortunados, habrán tenido ocasión de verlos en sus lugares de origen, Moscú, Pskov o Novgorod.

    Lo cierto es que el Icono, no sólo nos presenta el esplendor de lo Bello, sino también el resplandor de la Verdad, sumergiéndonos en la contemplación y en las más profundas reflexiones teológicas. O al menos esa fue la intención originaria que tuvieron esos maestros iconógrafos místicos y toda la riquísima teología de la imagen de la Iglesia Ortodoxa cultivada desde el siglo V. Reducir el icono a mero objeto de arte, significa agotarlo en sí mismo y despojarlo de su función más elemental, cual es ser un vehículo que nos eleva hacia lo trascendente, revelándonos en esa presencia el misterio revelado de la Encarnación y de la Resurrección, síntesis de nuestra comunión con Dios; y en esa comunión, contemplar la belleza del mundo espiritual.

    Pero podría preguntar algún escéptico cartesiano: ¿Por qué acontece todo aquello en el Icono? ¿Dónde están los elementos espirituales que animan a esas imágenes y le confieren ese contenido? Pregunta nada fácil de responder y argumentar en las breves líneas de este artículo. Pero aventuremonos a intentar dar una respuesta, al menos satisfactoria, en los trazos siguientes.

    ARTE Y CRISTIANISMO: EL ICONO COMO PLENITUD DE ESA ALIANZA:

    En principio, podemos decir que se ha convenido en denominar iconos o íconos (del griego εἰκών, eikon: ‘imagen’) a las imágenes, cuadros o representaciones; que serían signos o símbolos que sustituyen al objeto material mediante un significado de orden espiritual, representado por analogía. En la ortodoxia oriental y en otras tradiciones de pintura cristiana, un icono es generalmente un panel plano en el cual aparece pintado un santo o un objeto consagrado (como Jesucristo, la Virgen María, los santos, los ángeles o la cruz cristiana). Los iconos también pueden ser en relieve y estar revestidos en metal (denominados “Oklad” o “Riza”), esculpidos en piedra, bordados, hechos en papel, mosaico, repujado, etc.

    Prácticamente desde los inicios mismos del Cristianismo ha existido una intensa relación entre arte y religión, relación de mutua exigencia y reciprocidad, reflejada en plenitud en la Liturgia, que es el conjunto de signos y símbolos con los que la Iglesia le rinde culto a Dios y se santifica, y donde el arte tiene un lugar de primerísima importancia. Por ello también debemos responder la pregunta: ¿Qué relación tienen los contenidos religiosos del cristianismo con la realidad estética, con el mundo de las formas sensibles? Y ¿cómo el icono participa de esa relación?

    En primer lugar debemos saber que la técnica del icono, dentro de todo el arte figurativo, probablemente ocupa el lugar más relevante en toda la vida de Rusia. El término icono nos sitúa dentro del arte sagrado tradicional de la espiritualidad de la iglesia católica oriental, comúnmente denominada Iglesia Ortodoxa; y que llegará a ser su expresión más depurada del pensamiento teológico y del sentimiento popular desde los albores del s. XIV, llegando a convertirse, en palabras de Nikodim Pavlovich, “en el símbolo único de la fe”.

    LAS TRAVESÍAS DEL ICONO: DE BIZANCIO A RUSIA

    También es necesario ver en el icono ruso una solución de absoluta continuidad con el arte desarrollado en Bizancio y el resto del imperio, ya que éste fue la persistencia de lo mejor de la tradición artística bizantina, cuya ingente producción artística comenzó a perder vigor debido al agotador desgaste que supuso la amenaza continua de los persas en un comienzo (s. VI y VII), proseguido de los búlgaros, ávaros y eslavos (s. VII), posteriormente de los árabes (s. VIII al XI) y de los reinos cristianos de Europa occidental (s. XI al XIII)), finalmente de los turcos selyúcidas (s. XI) y otomanos, que hicieron colapsar al otrora vasto y rico imperio en 1453.

    Pero donde más duro trance hubo fue durante el largo conflicto iconoclasta que sacudió a la cristiandad entre los años 726 y 843, pues el Imperio bizantino fue desgarrado por las luchas internas entre los iconoclastas, partidarios de la prohibición de las imágenes religiosas, y los iconódulos, contrarios a dicha prohibición, que es un capítulo esencial de la historia del arte cristiano a la hora de entender el desarrollo teológico que tuvo la imagen, desde el pseudo Concilio Iconoclasta de Hiera, cerca de Constantinopla (753), en el que se negaba que las imágenes tuvieran el poder de contener el misterio de la naturaleza de Cristo, humana y divina en forma simultánea (unión hipostática), pasando por alto la anterior condena y excomunión a los iconoclastas, dictado por el papa Gregorio III (731 a 741) y el Concilio de Roma del año 731; hasta el decisivo Concilio II de Nicea (787), donde prácticamente quedan esbozados los criterios pedagógicos y teológicos del uso y contenido de las imágenes sagradas. Sin embargo, creemos que este duro conflicto permitió esclarecer de modo trascendente y definitivo la función y el sentido de la imagen sagrada, de modo que cuando el icono llegó a Rusia, la oposición había sido ya superada.

    Es recién, bajo el reinado del Príncipe Vladimir de Kiev en el año 988 cuando el rito Bizantino del Cristianismo se establece como la religión estatal de Rusia, aunque previamente había sucedido una progresiva cristianización desde que la princesa Olga, viuda del príncipe Igor había sido bautizada en Constantinopla hacia el año 955 y desde allí había solicitado llevar sacerdotes griegos a las tierras del “Rus”, donde se comenzó a construir en el corazón de los dominios de Kiev, templos cristianos. También está la creencia de que los dos grandes apóstoles de los países eslavos, los monjes Cirilo y Metodio, que en una labor titánica, evangelizaron las zonas de las actuales Yugoslavia, Checoslovaquia, Bulgaria, Serbia, Croacia y otras, bautizaron a algunos habitantes del “Rus” en la segunda mitad del s. IX.

    En este proceso evangelizador debemos considerar que para los rusos, Bizancio era el símbolo del poder, la riqueza y el esplendor imperial, como lo era también para otras naciones cercanas que apenas empezaban a construir su organización estatal, por lo tanto se erigía como una civilización digna de ser imitada. Tal vez algo similar a lo que el zar Pedro el Grande replicaría de Europa occidental mucho más tarde. Por lo tanto, la cultura bizantina penetró profundamente en Rusia a partir del s. X, alcanzando un gran impulso, y con ello, trayendo toda la tradición artística que se cultivaba en Constantinopla, en particular la técnica del icono, que tuvo un desarrollo muy vital y capital en el núcleo del alma rusa. Ya en 1588 se establecería el Patriarcado de Moscú. Lamentablemente, debido al extraordinario dinamismo y hechizo que causó el arte y la cultura occidental a partir del Renacimiento y el Barroco en Rusia, hizo que en esta época, se produjera un enfrentamiento entre la ortodoxia y monjes ucranianos que querían introducir poderosas reformas litúrgicas y doctrinales de pautas europeas. Más tarde, en el s. XVIII, Pedro el Grande al crear el Imperio Ruso, restringió la influencia de la Iglesia Ortodoxa en el mundo secular, aboliendo el patriarcado e instaurando un órgano estatal conocido como el Sínodo Santo. Estas enérgicas políticas del poder temporal hicieron menguar poderosamente la autoridad moral de la Iglesia Rusa durante los siglos XVIII y XIX. Con estas medidas, el sentido de los iconos se oscureció y fueron paulatinamente cayendo en el olvido como forma de arte, incluso no siendo reconocidos siquiera como pintura. Pero sí debemos afirmar que desde el s. XVIII hasta nuestros días perduró y sobrevivió el icono ruso como una artesanía en las aldeas y poblados, denominados kustar.

    La llegada del s. XX no mejoró la situación, pues en 1917 se hicieron con el poder los bolcheviques, de fuerte inspiración marxista, que propugnaban, no sólo, una ideología de un hostil materialismo ateo, sino que incluso declaradamente anti teísta, enemiga de toda religión. Después de casi 75 años de una férrea vigilancia del Estado a cualquier rebrote místico, encarnada en severas medidas antirreligiosas tales como el plan quinquenal del Ateísmo, los gulags, supuestas “guerras patrióticas”, las persecuciones bajo Kruschev y medidas legislativas como confiscaciones y desamortizaciones, el increíble pueblo ruso dio prueba y garantía de un poderoso sustrato espiritual que no sólo no declinó, sino que demostró una persistencia y capacidad de renovación de su fe religiosa tan vigorosa, que hoy nos asombra tal radical testimonio de una fe combativa e intacta. 75 años de persecución no pudieron demoler una fe que se había construido a lo largo de casi mil años. Junto con ello, se redescubrió el extraordinario valor artístico y teológico del icono, fiel reflejo y símbolo de la excepcional espiritualidad del pueblo ruso conservada a través de los años.

    EL ICONO, VENTANA HACIA EL ABSOLUTO:

    Debemos aclarar, antes de seguir, que la tradición rusa sólo denominó icono a las imágenes religiosas en el que se representa a Cristo y los Santos para ser venerados en el culto del templo y de los hogares. La técnica implicaba su realización sobre un soporte de madera que se preparaba especialmente. Sobre esta se colocaba una fina capa de fondo blanco. El dibujo se ejecutaba a carbón y luego se aplicaban témperas, preparadas a base de pigmentos orgánicos y minerales mezclados con yema de huevo. La pintura, muy densa y opaca, se colocaba en diversas capas. Era común terminar el fondo con finas láminas de oro, que simbolizaban un color que no era de este mundo, es decir, reflejo de la divinidad. Una vez terminado el icono, se le aplicaba una capa de aceite de linaza que estabilizaba los colores, asegurando una buena conservación, tan buena, que las podemos disfrutar hoy en día.

    Los modelos son considerados fieles a los prototipos, a la realidad histórica, y por lo tanto, inalterables. Para comprender en hondura el verdadero y riquísimo contenido de un icono, debemos conocer sus significados más profundos y entender la articulación de este lenguaje iconográfico, y como ya advertimos, al contemplar un icono, no podemos quedarnos en su mera apreciación estética o dimensión artística, que sin duda es muy valiosa, sino que debemos entenderlos como un alcance del extraordinario dinamismo proyectivo producto de una profunda reflexión teológica y espiritual, donde los iconos tienen su concreción en la vida religiosa, litúrgica e incluso cotidiana de los fieles y de quienes los producen.

    Los iconos rusos, podemos afirmar, reproducen la composición bizantina, pero queda asegurada su originalidad por estar desprovisto de expresión y narración, desligado de la vida y de la realidad terrena o sensible. Se sostiene a menudo su carácter aristocrático; su idealismo impasible y “abierto a la contemplación del milagro”, en palabras del autor Nikodim Pavlovich. Todos los elementos de un icono están idealizados: rostros, cuerpos, arquitecturas y paisajes; a fin de hacer visible aquella realidad de orden suprasensible. Este arte sagrado es tal porque actúa de vehículo para la adoración del Dios encarnado, es tal porque un autentico arte sacro responde a un problema de forma, no de tema: su línea y su diseño están asegurados por la tradición, donde la selección y mezcla de colores pertenecen al iconógrafo, de acuerdo a prescripciones especiales, donde el color brillante de sus íconos y la sugerente belleza de sombras son su primordial fortaleza, donde sólo un ojo aguzado podría distinguir las diferentes escuelas y talleres, pero que manteniendo idéntico espíritu, permiten que la honra con la que es venerada la imagen pase al prototipo, según las enseñanzas del apologeta Juan Damasceno (Defensa de los iconos) en el s. VIII.

    La tradición oriental nos enseña el valor teológico de la expresión estética de la encarnación divina, poniendo así la imagen al servicio de la economía de Dios, según el Patriarca de Constantinopla, Dimitrios I. Así como el teólogo expresa estas verdades de orden trascendente a través del pensamiento, el iconógrafo, a través de su arte, expresa la Verdad viviente, la revelación que posee la Iglesia en forma de sus tradiciones, en palabras del padre Daniel Rousseau. El Patriarca Dimitrios nos enseña que el icono representa a la persona sagrada, pero no en sus proporciones naturales o meramente en una expresión simbólica que nos transfiere a su semblanza humana, sino que en su dimensión gloriosa y celestial. Para ello el ojo del iconógrafo debe transitar a través de los heterogéneos caminos de la ascesis, penetrando en el sublime “ayuno de los ojos” y tendiendo a armonizar totalmente con la contemplación del componente trascendente tal como es revelado a la Iglesia en la dimensión del espíritu. Por ello, el sentido que tiene pintar un icono, como forma profunda de oración y meditación, debe ser realizado en ayuno y en estado de gracia por parte del iconógrafo, iniciándose y terminando con una oración de alabanza a Dios.

    Esto sería lo opuesto a lo que pasa en la tradición occidental, donde percibimos y apreciamos una diferenciación y distancia entre el espíritu y la materia, pues este arte religioso no se diferencia en nada del arte profano. Las formas son las mismas y los sentimientos piadosos y devocionales del artista, cuando los hay, son absolutamente insuficientes para hacerlo sacro. Un arte alcanza esa sacralidad cuando una visión espiritual se encarna en las formas, y cuando éstas proyectan un fiel reflejo de esa visión. El lúcido escritor Michel Quenot nos advierte: “¡Qué contraste con el arte religioso occidental que se queda en la superficie de las cosas y se basa en modelos vivos para reproducir a Cristo y a su Madre!”, degradando la naturaleza divina del Verbo Encarnado y reduciéndola a su pura humanidad. El mundo bizantino logró armonizar estos dos elementos, espíritu y materia, en la inteligencia, cosa que caracterizó la particular dialéctica de la espiritualidad ortodoxa y encontró en el icono su expresión artística más inspirada y perfecta. El apóstol san Pablo formula elocuentemente el soporte cristológico del icono: “Cristo es la imagen visible (eikón) del Dios invisible” (Col. 1, 15).

    ESBOZOS Y CRITERIOS PARA ANALIZAR Y MEDITAR UN ICONO:

    El prestigioso autor sobre iconos, Paul Evdomikov nos ha dicho que “si el hombre aspira a la Belleza, es porque está de antemano bañado de su luz, porque el hombre desde su propia esencia es sed de la Belleza y de su imagen” y sabemos que sin esta belleza, el mundo se nos vuelve oscuro e ininteligible. Esa es la belleza que busca crear el iconógrafo, que nada tiene que ver con la belleza canónica del tipo realismo naturalista desarrollado tan vehementemente por el arte religioso occidental en los siglos recién pasados. La búsqueda de la belleza y la consecución de la armonía en un icono vienen dados por el resultado de una  larga tradición acompañada de una reflexión, contemplación y manufactura escrupulosa que van estrechamente unidas. La belleza de un icono no descansa en la genialidad intuitiva del autor o en las emociones intensas que quiere manifestar el artista, ni siquiera en su capacidad de abstracción de una realidad cierta, sino que está amparada en el fiel cumplimiento de reglas precisas derivadas de minuciosos estudios que se han ido elaborando, sedimentando y perfeccionando a través de una larga tradición histórica. Nada se deja al azar, cada uno de los elementos se articula en el conjunto con asombrosa precisión.

    Representar a Cristo fue una empresa temible y tremenda, de allí la exigencia hacia los iconógrafos para que garantizaran la continuidad y unidad doctrinal más allá de las fronteras del imperio bizantino, a través de un conjunto de guías, procedimientos y restricciones. Esto quedaba asegurado a través de la similitud con el prototipo, desde donde se irradiaba esa profunda belleza que se manifiesta en el icono. Esos prototipos provienen de algunas fuentes que se amparan en las más antiguas tradiciones, denominadas como imágenes “acheiropoietes”, es decir, imágenes no hechas por mano de hombre.

     Entre estas tenemos el Mandylion (palabra griega bizantina no aplicable a otro contexto), conocido también como el Lienzo de Edesa o Imagen de Edesa, que es una reliquia cristiana consistente en una pieza de tela rectangular en que se habría impreso milagrosamente el rostro de Jesús, siendo por tanto el primer icono (imagen) del Cristianismo y que de acuerdo con la tradición, el rey Abgar lo recibió del apóstol Judas Tadeo, hacia el final de la vida de Jesús. Otra fuente es el lienzo de la Verónica, sobre el que queda impresa la Santa Faz, de allí que el nombre con que conocemos a la mujer, la Verónica, sea en realidad una alusión al lienzo; la Vera Icona, esto es, la verdadera imagen del Señor. Una tercera fuente acheiropoietes, es el Santo Sudario o Sábana Santa, que hoy se encuentra en la capilla real de la Catedral de San Juan Bautista de Turín. Para el caso de la Madre de Dios, su origen se puede rastrear a partir del primer icono de Iver, el que se conserva en un monasterio en el Monte Athos, Grecia y que, según la tradición, es una copia del que fue pintado por el apóstol y evangelista Lucas. Un caso latinoamericano de una imagen acheiropoietos sería la imagen de la Virgen de Guadalupe.

    Dado la profunda fidelidad al prototipo, como versión más fidedignadel original, es que el arte del icono se ha mantenido prácticamente inalterable a través del tiempo y del espacio, conociendo sólo una lenta variación a través de los siglos. Ya el VII Concilio Ecuménico de Nicea del año 787 decretaba que solamente el aspecto técnico de la obra dependía del iconógrafo, pero todo su plan, disposición y programa pertenecen y dependen de claro modo, a los santos Padres. Más tarde, en 1551, el concilio moscovita de los 100 Capítulos señala que todas las autoridades eclesiásticas deben velar sobre los iconógrafos y controlar su obra en sus respectivas diócesis. Esto irá asociado con la circulación de manuales con indicaciones precisas sobre los modos de pintar y reproducir los rasgos de Cristo y de los santos. Esta serie de instrucciones harán que la factura de los iconos sean durante mucho tiempo, un patrimonio casi exclusivo de los monjes; cosa habitual, pues es al alero del monasterio, donde se da una vida y efusión espiritual privilegiada. Es preciso aclarar que tampoco debemos ver una regulación tan estricta que ahogue al artista, pues depende de él, en último término, que su obra sea algo más allá que una mera copia, sin limitarse a la letra, sino al espíritu de los principios que anhela actualizar y ennoblecer.

    El iconógrafo, previo a plasmar la imagen en el tablero de madera, debe engendrar primero, el icono en su propio interior, fruto de la contemplación, el silencio y la ascesis, “con la mirada y el corazón purificados, él podrá trazar la imagen de un mundo transfigurado” según nos señala Michel Quenot. Por ello son emblemáticas las palabras de la iconógrafa rusa contemporánea Mme Fortunato- Theokretov: “La razón de ser de los iconos es la de servir a Dios y  los hombres. El icono es una ventana a través de la cual el Pueblo de Dios, la Iglesia, contempla el Reino; y, por esta razón, cada línea, cada trazo del rostro adquiere un sentido. El canon iconográfico, formulado a lo largo de los siglos, no es una prisión que quiera privar al artista de su impulso creador, sino la protección de la autenticidad de lo que se representa. En esto consiste la Tradición.” El iconógrafo por tanto, funda y nutre su arte en la Tradición y en las Enseñanzas de la Iglesia, siendo expresión acabada de la Liturgia y es inspirada por el Espíritu Santo. De aquí que sean obras no firmadas – aunque no anónimas-, a fin de no distraer al orante de su finalidad esencial.

    Al contemplar el icono, nos percataremos de que existe una ausencia total de realismo, enfatizando su espiritualización por sobre su objetivación sensible, es decir, nos introduce en una realidad transfigurada que hace participar al hombre de un mundo suprasensible e invisible a nuestros límites materiales. En síntesis, hacerlo partícipe de la Encarnación de Cristo a través de la deificación del hombre. Por ello también la arquitectura y naturaleza presente en el icono desafía la lógica humana y las leyes de la gravedad al ignorar toda proporción, apariencia y distribución, para manifestar las esencias de las cosas y subordinar las a las personas representadas. De los cuerpos desaparece su carnalidad sensual bajo ropas en formas de togas y pliegues, expresando un movimiento del espíritu. El rostro es el centro del icono, lo domina todo; los personajes de frente -sólo los santos-, expresan que participan de la gloria de Dios. Los que no han alcanzado la santidad, se presentan de perfil. En el caso de Cristo el rostro busca el equilibrio de su humanidad y divinidad. Los ojos son grandes y vivos, miran como testimonio de estar en la presencia de Dios. La frente abombada y alta encierra la fuerza del espíritu y la sabiduría. La nariz alargada y fina nos revela su nobleza. La boca, signo de espiritualidad es un fino trazo que prescinde de toda sensualidad, y siempre está cerrada, pues la contemplación de Dios exige el silencio absoluto. Los oídos, pequeños expresan que oyen la voz interior de los mandatos del Señor. Por tanto, podemos afirmar que todos los personajes de un icono se nos presentan impasibles, severos e hieráticos –solemnidad en extremo- expresando la paz de Dios, un dinamismo que es interior y una carne rendida al espíritu; todos signos de la plenitud de la vida espiritual. Finalmente el nimbo brillante sobre las cabezas expresa la abundancia de Luz Divina de aquel que vive en la intimidad de Dios.

    ALGUNAS TIPOLOGÍAS DEL ICONO:

    Los iconos son factibles de agrupar de modo que permitan al lego una comprensión más acabada de lo que hemos escrito. El primer lugar lo ocupa el rostro de Cristo, testimonio de su Encarnación, muchas veces presentado como Pantocrátor – todopoderoso y dueño del Universo- como Cristo triunfante, en gloria, que viene a sojuzgar a las naciones y hombres en la Parusía, – el advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos-. El Mandylion, imagen acheiropoietes ya referido, y el Emmanuel; Cristo-Niño con aspecto adulto. En Bizancio aparecen con una mirada severa como si escrutara las profundidades insondables del corazón humano, que se vuelve más bondadosa y amable en los iconos eslavos.

    Le siguen en importancia las diversas representaciones de la Virgen, Madre de Dios –Theotokos- representada con Jesús niño, el cual tiene en sus manos el rollo de la ley, que se pueden sintetizar en la Kiriotissa; es decir, la Virgen representada como un trono de sabiduría y Jesús niño sentado en sus piernas, reinando en majestad. La Galaktotrofusa; que es la virgen amamantando a Jesús niño. La Glikofilousa; que corresponde a Virgen acariciando a Jesús niño o dándole un regalo. La Hodogitria, que es la que muestra el camino. La Virgen señala a Cristo como camino de salvación. También tenemos unas representaciones menos comunes como la Virgen Platytera; que contiene al Incontenible, o inmensa que contiene al Inmenso. La Virgen Psychosostria; que es la que salva nuestras almas. La Virgen Panaghia, que es la Virgen toda santa, porque cubierta con un manto rojo, que indica la santidad del Espíritu Santo, expresa la plenitud de la santidad externa e interna.

    Le siguen en abundancia, el icono de la Deesis -Intercesión-, que muestran al Pantocrator rodeado de la Theotokos y Juan Bautista, el Precursor del Mesías, y a veces, con varios santos intercesores a favor de los creyentes. El icono de la Crucifixión nos presenta a Cristo pleno de la gloria de Dios, dueño de la Vida, triunfando sobre la muerte. Absolutamente distinto a las crucifixiones de Occidente, donde prima el drama de la muerte y no el misterio de la Resurrección.

    Interesante es también el icono de la Resurrección o del Descenso a los Infiernos, pues constituye el principal tema litúrgico de vísperas de los sábados y como afirma Michel Quenot: “La Ortodoxia es la confesión de la Resurrección”, que se representa habitualmente con el descenso al Ínfero, pues se evita el momento de la Resurrección, puesto que no hay detalles precisos ni aproximados en las escrituras, cualquier intento falsearía o agotaría de contenido al Misterio. Esperamos que estas breves líneas hayan sido fieles a nuestros propósitos, y haber intentado explicar cómo el icono celebra, en definitiva, la luz y la verdad del Misterio de la Encarnación del Dios cristiano, haciendo visible lo Invisible.

  • El desafío de los escritores rusos del siglo XIX

    El desafío de los escritores rusos del siglo XIX

    El mérito de estos escritores fue hacer pública la miseria y el abandono en que vivían los campesinos para convencer a una sociedad pequeña y privilegiada que ellos también tenían el derecho a ser “rusos”.

    A través de los escritores del siglo XIX aparecen los rasgos que definen la cultura rusa y la existencia de una identidad nacional, “un alma rusa”. Ellos tienen un papel muy importante en todos los acontecimientos políticos y sociales que se desarrollan en el siglo XIX y cuya influencia llega hasta la Revolución de 1917. Describen una realidad antes nunca tratada, intentan mostrar las miserias y sentimientos de los campesinos, los grandes olvidados hasta ese momento y que a través de su pluma aparecen por primera vez en toda su dimensión de seres humanos.

    Surgen con fuerza también las dos corrientes que marcan hasta hoy la historia de Rusia: eslavófilos y occidentalistas. Los escritores representantes de estas dos corrientes, con distintos enfoques pero con el mismo fin, quieren incorporar al campesinado como protagonistas de la historia del país, unir a esa clase noble privilegiada y al pueblo marginado en un solo sentimiento: el ser rusos. En el siglo XIX en Rusia, prácticamente no existía literatura nacional hasta Pushkin. La mayoría de los libros que existían en esa época eran traducciones, especialmente de autores franceses. El público lector era muy reducido y eso hacía casi imposible que un autor viviera de sus escritos. Pero la dificultad mayor para los escritores del siglo XIX fue la falta de un lenguaje adecuado. Como dice Orlando Figes en su libro El Baile de Natascha, “No había ni una gramática ni una ortografía establecida y muchas palabras abstractas carecían de una definición precisa. Era un lenguaje pedante y oscuro muy alejado de la lengua hablada de la alta sociedad, que era básicamente el francés y del habla simple del campesinado ruso” . Crear un lenguaje literario era el desafío al que se enfrentaban los escritores de principios de siglo. Pushkin fue el pionero y esa es una de las razones por lo que se convirtió en objeto de admiración y culto por el pueblo ruso.

    Los escritores reemplazaron de alguna manera al Parlamento, a la Iglesia, a la educación, a la prensa, a la justicia y sus novelas fueron faro y guía de toda una sociedad. Ninguno pretendió terminar con el gobierno de los zares, como tampoco lo pretendieron nunca los campesinos que ya habían hecho algunas revueltas. Pero fueron los escritores los que mostraron por primera vez la miseria y el abandono del pueblo campesino. Y este rol no estaba exento de peligros. Muchos de ellos sufrieron el destierro y duras penas de trabajos forzados en Siberia.

    No obstante sería demasiado exagerado decir que los novelistas  salieron a predicar la reivindicación social ni nada parecido. Turgueniev y Gogol pertenecían a la burguesía, Tolstoi estaba emparentado con la nobleza y Dostoievski perteneció a una familia culta que le entregó muy buena educación. El mérito de estos escritores fue hacer pública la realidad en que vivían los campesinos para convencer a una sociedad pequeña y privilegiada que ellos también tenían el derecho a ser “rusos”.

    La literatura rusa del siglo XIX pasa por dos etapas. La primera mitad pertenece al Romanticismo y sus mejores exponentes son Alexander Pushkin, (1799-1837) y Miguel Lermontov (1811- 1841). Pushkin como ya hemos visto se convirtió en el símbolo de “lo ruso”. Su muerte a temprana edad en un duelo, sus versos melancólicos lo convierten en un representante del movimiento romántico que comenzó en Alemania en el siglo XIX y se extendió por toda Europa y América.

    Pushkin en su primer escrito, Ruslan y Ludmila expresa todas las tradiciones populares del pueblo ruso aprendidas de su nodriza. Fue desterrado temporalmente a las provincias caucásicas dónde el paisaje influyó en todos sus sentimientos y le inspiró en la escritura y en la lectura. Gran admirador del romántico inglés Byron leyó todos sus poemas que tuvieron gran influencia en su obra. Su vida, igual que el poeta inglés terminó abruptamente a la edad de 37 años. A los treinta y cuatro años publicó su obra maestra, Eugenio Oneguin, una novela en verso que muestra con gran agudeza todo el conjunto de la vida rusa con sus miserias y grandezas. Habla en esta novela de todos los sentimientos e interpreta a cabalidad la esencia del “alma rusa” A su muerte, el poeta Miguel Lermontov le escribió un apasionado poema que hizo llorar a todo el pueblo, que transido de dolor de la muerte de “su” poeta, transfirió su cariño a Lermontov que adquirió una fama que no había tenido hasta entonces. Era también admirador de Byron y al igual que éste y Pushkin murió muy joven, recién cumplidos los treinta años.

    Fue el gran crítico nacional Vielinski, el que más tarde descubriera el talento de Dostoievski, quién llamó la atención a los escritores y adelantó el paso del romanticismo al realismo. Bielinski hizo notar que ya había pasado el momento de hablar sobre tristezas, filtros de amor, ideales, héroes y que era el momento que los escritores se fijaran en el pueblo, en los campesinos en la dureza de su vida cotidiana. Y aquí, para llevar a cabo esta transición, y fundar el realismo ruso entra en escena Nicolás Gogol, 1807-1852. “Todos hemos salido del manto de Gogol”, diría luego Dostoievski. El realismo de sus obras fue algo impactante, especialmente para una sociedad que no estaba acostumbrada a este tipo de literatura. Sus primeras obras, El Capote y Almas Muertas, llegan profundamente y tal como lo describe Orlando Figes, “Su obra se halla reflejada en un espejo, que revela todas las arrugas de un rostro ajado por la corrupción, la brutalidad y la ignorancia de una burocracia tiránica y las miserias inexpresables de la servidumbre, el abandono, la degradación y la irresponsabilidad en su aspecto más repugnante”.

    Turgueniev, occidentalista y después enemigo de Dostoievski, es un autor que retrata de manera genial la sociedad rusa, sus diferencias de clase, muestra la vida de los campesinos, su resignación, sus desventuras. Y así lo vemos en “El Cazador” y “Padres e Hijos”. Cada una de sus obras tiene una figura con características especiales de esa sociedad que quiere retratar. Su prosa tiene gracia y mucha delicadeza de sentimientos. Escritores hubo muchos y muy buenos pero hay que destacar a dos de los más grandes: Tolstoi y Dostoiesvki. “Guerra y Paz” del primero y “Los hermanos Karamazov” del segundo, merecen un comentario especial. Estas dos novelas, cada una en su propio estilo se han convertido en los dos grandes clásicos de la literatura rusa y en clásicos de la literatura universal.

    LEON TOLSTOI Y “GUERRA Y PAZ”:

    Tolstoi hijo de un terrateniente, nació en 1828 en Yasnaia Poliana, la propiedad agrícola de su familia, al sur de Moscú. Quedó huérfano a los nueve años, y se crió con unos parientes. Tuvo tutores franceses y alemanes y a los 16 años ingresó en la Universidad Kazan, donde estudió, primero lenguas y más tarde, leyes para abandonarla poco después. En 1847 se mudó a una casa en el campo donde se propuso ser un granjero modelo y acercarse a los campesinos. Todo le producía insatisfacción. Se alistó en la Guerra de Crimea y estando allá en 1855 perdió la casa jugando a los naipes. Cuando regresó de la guerra en 1856 asqueado de su vida de juergas, prostitutas y alcohol se propuso cambiar de vida “basada en el campo, en el trabajo y en la hermandad del hombre”. Al decretarse la emancipación de los siervos en 1861, Tolstoi entregó a sus campesinos una importante parte de sus tierras y siempre se puso al lado de ellos. Abrió una escuela para niños campesinos y se esforzaba cada vez más para vivir como ellos. En 1862, se casó con Sonia Andréievna Bers, miembro de una culta familia de Moscú. Durante los siguientes quince años formó una extensa familia, administró sus propiedades y escribió sus dos novelas principales, Guerra y Paz, 1869 y Ana Karenina, 1877.

    En la segunda mitad de la década del 70 sufre una profunda crisis moral y se vuelca totalmente a Dios La búsqueda de la Fe fue una constante en toda su vida y en todas sus novelas, desde la primera en 1859, Felicidad Familiar, hasta la última, Resurrección, en 1899. Sin embargo su separación de la Iglesia fue absoluta. Rechazó la idea de un Cristo divino y comenzó a vivir una religión práctica basada en Cristo pero como ser humano vivo. Todo esto le valió la excomunión. Le gustaban las novelas de Dostoievski y acababa de leer los Hermanos Karamazov cuando decide abandonar todo lo que tiene, el 28 de octubre de 1910, para dirigirse al monasterio de Optina Pustyn, el mismo que visitara Fiodor varias veces y también Gogol. Diez días después muere en una pequeña ciudad, Astapovo donde tuvo que quedarse, falto de fuerzas, al abandonar el monasterio. Su muerte produjo escenas de profundo dolor nacional.

    Guerra y Paz, es considerada una de las novelas más importantes de la historia de la literatura universal. Presenta el retrato de la sociedad rusa en la época que se produce la invasión napoleónica en 1812. La novela abarca desde los años 1805 hasta 1815. Fue justamente cuando Napoleón invade Rusia que por primera vez los campesinos ocupan un lugar en la historia. Ellos van a pelear junto a los nobles y su coraje y su amor por Rusia se destaca e impresionan al príncipe Sergei Volkonsky. Cuando el Zar le pregunta por la moral de la tropa el príncipe responde: Su Majestad, debería enorgullecerse de ellos, cada uno de los campesinos es un patriota. Pero cuando la pregunta se refiere a la aristocracia, se queda callado, pero ante la insistencia del Zar responde: Su Majestad me avergüenzo de pertenecer a esa clase. No hacen más que pasar el tiempo hablando.

    El príncipe Volkonsky y otros nobles serían condenados a destierro a Siberia por luchar por una vida más justa para los campesinos en lo que se llamó la insurrección de los decembristas, por haberse realizado en el mes de diciembre de 1825. Es en este personaje, Andrei Bolkonsky en el libro, y en el protagonismo del campesinado que se basa la novela de León Tolstoi. Considerada una de las obras maestras del realismo. Aparecen 559 personajes, describe batallas militares y retrata a conocidas personalidades históricas. Tolstoi muestra también de una forma magistral como vivían los campesinos y especialmente los nobles en esa época. En el lenguaje que utilizan los personajes hay una realidad pero también una defensa del “alma rusa”: Y cito a Orlando Figes: “Andrei Bolkonsky habla ruso con acento francés, como la mayoría de los nobles de esa época, la princesa Hélene prefiere discutir sus problemas maritales en francés porque en ruso le parecían que no sonaban claros. Tolstoi refleja deliberadamente la antigua distinción entre el francés como el idioma del engaño y el ruso como el idioma de la sinceridad. Los personajes más idealizados de la novela sólo hablan en ruso como la princesa María y el campesino Karatiev y la princesa Natacha comete errores cuando habla el francés”.

    En este libro León Tolstoi une los dos mundos que parecen irreconciliables, la cultura europea de la nobleza y la cultura popular de los campesinos. La propia vida de Tolstoi y el mensaje de todas sus novelas estuvo orientada siempre a cumplir este sueño de que estas dos realidades se fundieran en una y formaran “una sola alma rusa”.

    FIODOR MIJAILOVICH DOSTOIEVSKI:

    Fiodor Mijailovich Dostoievski nace en Moscú el 11 de noviembre de 1821. Su padre es médico militar que deja el ejército en 1821 y es destinado como médico al hospital María de Moscú donde vive con su mujer, María Fiodorovna Nechayev con la que tendrá seis hijos. Fiodor es el segundo. Su padre es un hombre muy especial, autoritario, alcohólico, violento. Su madre por el contrario es una mujer dulce y callada que soporta con resignación el carácter de su marido.

    La vida de la familia Dostoievski es tranquila y aislada, sometida al carácter huraño del dueño de casa. Tiene una buena educación y lee desde niño, La Historia de Rusia de Karamzín, Las Odas de Derjavín, la novela La Pobre Lisa y versos de Pushkin a quien Fiodor va a admirar profundamente toda su vida. Su padre compra una aldea en Darovoié, en la provincia de Tula. Allí Fiodor Mijailovich conoce el campo, los bosques y en especial toma contacto con una realidad hasta ese momento desconocida para él: los campesinos. Ese conocimiento marcará toda su vida y toda su obra. Admirará para siempre la sencillez, la fe y la forma de vida del pueblo ruso. Así lo demostrará en cada uno de los personajes de sus novelas.

    Henri Troyat relata una conmovedora escena de su infancia en el campo, cuyo recuerdo lo consuela en la soledad y desesperación de su destierro en Siberia, dónde por razones políticas estuvo desterrado ocho años, cuatro con trabajos forzados y cuatro como soldado raso. Se ha internado en el bosque cercano a la casa absorto en los mil pequeños insectos y animales que buscan refugio entre los árboles cuando escucha un grito estridente “un lobo”. Aterrorizado corre entre la espesura hasta que llega a unm claro donde labra un mujik, Mariei, el campesino que trabaja para la familia lo tranquiliza, explicándole con cariño que no hay ningún lobo. “Anda que miedo has pasado pequeño, que Cristo sea contigo, persignate”.Y dice Dostoievski: ”De repente recordé la escena veinte años más tarde en Siberia. La recordé con todo detalle. Volví a ver la cariñosa sonrisa paternal del pobre campesino, de nuestro siervo. Me acordé de su señal de la cruz, de su cabeceo. Y sobre todo de aquél dedo basto, sucio de tierra con el que rozó mi boca suavemente, casi con timidez”.

    Y el recuerdo de este acto de bondad del campesino transformó totalmente su vida. Miró a sus compañeros de prisión en Siberia, borrachos, criminales y delincuentes con otros ojos, “el odio y la ira de mi corazón se disiparon”. A Dostoievski le atormentaba la Fe. Sus novelas están llenas de personajes que como él se balancean entre las dudas y la Fe. Pero su fe no podía alcanzarse a través de la razón, eso se lo dejaba a los occidentales. Su Dios ruso existía fuera de todo razonamiento, Escribió en 1854:” Si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad y que realmente es cierto que la verdad está fuera de Cristo preferiría quedarme con Cristo en vez de la verdad”.

    A la muerte de su madre cuando el tenía doce años, se va con su hermano Mijail, con quién estuvo muy unido siempre, a estudiar a San Petersburgo. Ahí comienza una dura vida de sacrificios y apreturas económicas. Dostoievski es un lector incansable; admira a Gogol por el realismo en su escritura, ha leído a Balzac, a Víctor Hugo, Schiller lo apasiona lo mismo que Goethe, Corneille, Racine. En 1839 su padre muere trágicamente asesinado por sus propios mujiks cansados de tanto despotismo, malos tratos y crueldad. Esta muerte marcará profundamente a Fiodor y la imagen de ese padre autoritario y borracho se repetirá en sus novelas especialmente en Los Hermanos Karamazov.

    Además el golpe es tan fuerte que desde esa época comienza a sufrir ataques de epilepsia que lo acosarán toda su vida. Desde muy joven sufre una adicción por el juego que no puede superar. Su libro “El Jugador” es un retrato de sí mismo. En 1846 el gran crítico de esa época, Bielinski lee su primer manuscrito Pobres Gentes y considera la obra de una gran calidad.

    El recuerdo culpable de su padre, quizás por haber deseado en alguna oportunidad su muerte lo persigue. En los hermanos Karamazov, Smérdiakov, ha matado al viejo Karamazov pero se siente menos culpable de ese asesinato que el hijo Iván:”El principal asesino es usted y no yo, aunque yo haya matado, dice Smérdiakov”. También el hijo mayor Dimitri, que es acusado injustamente de este asesinato, se declara culpable aun sin serlo porque sólo en el sufrimiento hay redención, porque no importa que otro haya cometido un delito, los culpables somos todos:”Todos somos crueles, todos somos monstruos, por nosotros lloran las madres y los niños, pero proclamo que yo soy el peor de todos…acepto las torturas de la acusación y la vergüenza pública, quiero sufrir y redimirme por el sufrimiento”.

    Dostoievski escribió numeroso libros y escribió artículos en distintas publicaciones Sus cuatro novelas más importantes son Crimen y Castigo, Los Demonios, El Idiota y por sobre todas las otras Los Hermanos Karamazov. En esta novela se plantea la moralidad de los actos humanos y del crimen. Dostoievski empezó a escribir esta última obra después de un viaje que hizo al monasterio de Optina Pustyn donde conoció a un monje que va a ser retratado en el libro como el starets Zósima. Los Hermanos Karamazov tuvo un éxito rotundo. La novela fue publicada en el Mensajero Ruso a lo largo de los años 1879-1880. A finales de 1880 apareció el libro completo meses antes de su muerte. A lo largo de toda su obra aparece el sufrimiento, la culpa, la redención, Dios y la Fe. La humanidad de sus personajes hace que sean universales porque se plantean las grandes interrogantes del hombre, aunque muchas veces no haya respuestas para ellas. El sufrimiento existe en el alma de cada ser humano, pero el sufrimiento a su vez redime y puede regenerar a la humanidad. Fiodor Mijailovich Dostoievski pasó también, como sus personajes, las fronteras de su amada Rusia para convertirse en un grande de la literatura universal.

  • Mihail Yurievich Lermontov: Poeta, Romántico y Luchador

    Mihail Yurievich Lermontov: Poeta, Romántico y Luchador

    Este poeta romántico y rebelde, defensor de la libertad y de los derechos de su pueblo es contemporáneo de Pushkin, a quien admira profundamente. A su muerte le escribe un poema que estremece a todo el pueblo ruso.

    Su padre era un capitán retirado, noble sin fortuna, descendiente de escoceses establecidos en Rusia durante el siglo XVI. Su madre pertenecía a la alta aristocracia terrateniente y hubiera podido aspirar a una unión más brillante, pero joven y romántica siguió el camino que le indicaba su corazón, venciendo la oposición férrea de su familia. De esta unión nació Mihail que vino al mundo en Pensa, una aldea al sur de Moscú, durante la noche del 2 al 3 de octubre de 1814. Tanto los padres como la abuela materna amaban al niño profundamente pero eran incapaces de entenderse entre sí. El rencor de Elizaveta Arsenieva hacia su yerno provocaba escenas violentas y el matrimonio se entendía cada vez peor. El niño tenía apenas tres años cuando su madre murió de tisis y la abuela obligó al padre a cedérselo, poniéndolo en una situación insostenible. Si renunciaba al hijo, ella pagaría las deudas del capitán y haría del pequeño Mihail su heredero, pero si insistía en llevárselo consigo, lo desheredaría. Elizaveta Alexeevna Arsenieva se instaló en sus dominios de Tarhany con el nieto a quien hizo impartir una educación excelente. Profesores privados le enseñaron ruso, inglés, alemán, francés y griego, historia, geografía, matemáticas, literatura, música y pintura para la que reveló dotes extraordinarias. Aprendió a dibujar antes que a escribir. Por cierto, recibió también clases de esgrima. La vida de la abuela, dominante y posesiva, giraba en torno al pequeño y no reparaba en gastos para darle lo mejor. Todos procuraban complacerlo y cuando estaba enfermo, las siervas eran liberadas de su trabajo para que rezaran por la salud del joven amo.

    Por el lado materno tenía muchísimos parientes por lo que no era un niño solitario Compartía juegos con primos más o menos lejanos. Uno de ellos, Alexei Stolypin fue su mejor amigo hasta el fin de su vida. Como era de salud delicada, su abuela solía llevarlo al Cáucaso para reponerse. La vida de los pueblos de las montañas caucasianas le provocaron impresiones durables que luego se reflejarán en sus obras poéticas. Iban donde una tía en Georgia con la esperanza de que el aire puro y los baños de mar mejorarían su salud. La casa tenía una estupenda biblioteca y “Misha”, de diez años, gozaba leyendo a Voltaire, Rousseau, Schiller y Goethe.
    Contaba 11 años cuando Nicolás I subió al trono y ocurrió la rebelión de los decembristas, oficiales que intentaron exigir una constitución, fracasaron y fueron reprimidos por el zar. Como muchas familias aristócratas, la suya también se vio afectada. Su tío abuelo, Dmitri Stolypin, era muy amigo de uno de los líderes: Pavel Pestel, condenado a la horca. En 1827 Mihail es ya un adolescente; hay que pensar en su educació y abuela y nieto se trasladan a Moscú lo que le permite intimar con la familia Lopoukhin que tenía varias hijas. Con Alexandra y María, sobretodo con esta última, bastante mayor, sostuvo correspondencia asidua a lo largo de su vida y ellas lo consideraban como un hermano. Pero se enamoró de la menor, Várvara, quinceañera dulce, inteligente, simpática, de sonrisa radiante, tal vez el gran amor de su vida, pero que nunca le correspondió. Al año siguiente Mihail ingresa al internado para nobles que dependía de la Universidad de Moscú y cuya instrucción estaba principalmente orientada a los clásicos ya que al zar no le gustaban los currículos liberales. Pero la vieja Moscú vivía un momento intelectual interesante porque, si bien era la sede de la élite mas tradicional, la aristocracia terrateniente ligada a la institución de la servidumbre, no pudo impedir la influencia del romanticismo, movimiento clásico alemán y eso renovó su visión cultural de tal manera que el joven Lermontov se benefició tanto de la instrucción del internado como de las representaciones públicas de obras de Shakespeare y Schiller, aunque mutiladas por la censura. Es una etapa grata en su vida; a los 16 años se enamora de Ekaterina Shuskova y le escribe un ciclo de poemas, poco después otro entusiasmo, pasajero, por la hija del dramaturgo Ivanov. 1831 es un año importante por dos razones: se reencuentra con su padre e ingresa a la universidad. Está encantado de volver a ver a su progenitor y le muestra sus pinturas y sus versos, pero lamentablemente el padre muere ese mismo año y es un desgarro en el alma del joven que escribe versos desolados: “Me diste la vida pero no la felicidad”.

    El primer semestre universitario coincidió con una epidemia de cólera y los estudiantes se comprometieron en una lucha para derrotar la enfermedad, bajo la coordinación de los alumnos de Medicina, de tal manera que las clases no se reanudarán hasta el año siguiente. Cuando todo volvió a la normalidad, estos jóvenes que habían dado muestras de iniciativa y gozado de una cierta autonomía, tuvieron dificultad en adaptarse al cerrado criterio universitario que rechazaba toda idea opuesta a la autocracia. Mihail Lermontov pertenecía a un grupo denominado:”La Alegre Pandilla” que propiciaba un estado constitucional, en el cual la servidumbre sería abolida y donde todos tendrían derecho a la educación. No proponían soluciones concretas pero tenían claro que la educación que se les impartía era de espíritu estrecho e ideologizada. El conflicto con la autoridad era inevitable. Silbaron al profesor de derecho romano por considerarlo obtuso. Lermontov, en especial, provocaba a los docentes continuamente. Les reprochaba su ignorancia y el material de estudios anticuado, jactándose de su propia biblioteca, muchísimo más actualizada que la universitaria. Esta confrontación terminó con su expulsión. En un principio pensó continuar los estudios en la universidad de San Petersburgo, pero ésta no reconocía los estudios de la moscovita.

    Decidió, por lo tanto ingresar a la Escuela Militar. Como vástago noble, luego de dos años se graduaría y estaría listo para enrolarse en alguno de los regimientos de la guardia imperial. Era el camino que seguían muchos aristócratas, pero en el caso del joven Mihail con su carácter rebelde, cabía preguntarse si se adaptaría a un ambiente en que todo atisbo de liberalismo había sido suprimido y donde se enseñaba únicamente estrategia, balística y fortificación mientras que el tiempo libre se dedicaba al juego de cartas, pero el caso es que lo soportó e incluso encontró tiempo para escribir gran parte de su poema “Demonio”, el ángel caído que se enamora de una mujer, Tamara. Se gradúa con su clase en 1834 y comienza una etapa de mucha vida social en los salones de la capital, donde luce su uniforme, pero su espíritu crítico se desata contra esa sociedad, llena de privilegios y de ideas estrechas, que le inspira un drama “Masquerade”, obra de teatro en verso, que no pasó la censura y tuvo que ser reescrita tres veces, a pesar de lo cual no será representada en vida del autor. No sólo la censura lo rechaza, el amor tampoco le sonríe. Un reencuentro con Ekaterina Shuskhova termina en ruptura y Várvara Lopoukhina se casa con otro. 

    En 1837 lo impacta terriblemente la muerte de Pushkin, a quien admira profundamente, ocurrida en un duelo a manos de Georges d’ Anthès y escribe en contra del agresor, un poema, muy alabado incluso por su superior , el gran duque Mihail Pavlovich , pero al enterarse que d’ Anthès no será juzgado en Rusia por ser extranjero, se desata en él una rabia enorme y agrega 16 líneas a lo escrito, acusando a la aristocracia , llena de parásitos pululando detrás del trono, de haber dado muerte al poeta y cuya sangre negra jamás podrá borrar la sangre pura del fallecido Pushkin. Enterado Nicolás I, cuyos consejeros califican el poema de revolucionario, lo hace detener y lo exilia al Cáucaso, donde se integra al ejército. Con esto le brindó la oportunidad de conocer personalmente y de admirar a los decembristas a quienes el zar había conmutado el destierro a Siberia por una asignación en el ejército que combatía las tribus rebeldes. Los decembristas lo habían arriesgado todo, hasta la vida, por Rusia, olvidándose de sí mismos.

    El exilio le resultó artísticamente muy positivo. Escribió mucho y pintó mucho. El Cáucaso lo inspira. Por influencia de su abuela, en 1838 es perdonado y vuelve a la capital. Sus poemas, sus aventuras, lo convierten en un personaje a la moda y los salones reclaman su presencia, pero él está demasiado conciente de la independencia de sus opiniones y de sus reflexiones, producto de una observación aguda y sabe que chocará con los elementos más conservadores, que lo volverán a atacar. Como gran concesión, el zar lo promueve a teniente y lo reintegra a su regimiento de húsares. Mayor satisfacción le produce integrarse al grupo de poetas que había rodeado a Pushkin y al que pertenecen Zhukovsky, Vyazemsky, Pletnev, Karamzin, entre otros. 
    Es la época en que escribe su obra maestra: “Un héroe de nuestro tiempo”, novela de transición, realista por su crítica a la sociedad rusa y romántica en todo lo demás. Su protagonista, Pechorin es el antihéroe en el que reconocemos rasgos autobiográficos del autor. Pechorin es joven, muy inteligente y tras su cinismo se esconde un corazón torturado. Su apariencia de hombre a quien nada le importa, gozador y oportunista es un disfraz. Como telón de fondo el Cáucaso, con sus paisajes majestuosos y sus gentes, que tan pronto conviven con el ejército ruso como luchan contra él. En el prefacio escribió: “¡Un hombre de nuestro tiempo, mis queridos señores, es en verdad un retrato, pero no de un hombre, es el retrato de todos los vicios que florecen en nuestra generación!”

    En 1839 asiste a muchas veladas de lectura de poesías. El crítico Bielinsky lo consideraba un regalo nuevo y poderoso para Rusia, pero no era fácil alternar con él. Turguenev que lo apreciaba dirá: “Había algo negativo y trágico en la apariencia de Lermontov; de su rostro moreno y de sus grandes oscuros ojos fijos emanaba una suerte de pensativo desprecio y pasión”. Ese año da su forma final al poema “Demonio”. El melancólico maligno vaga por la tierra y se enamora de Tamara a quien promete la eternidad por un momento de amor, pero su beso, como veneno mortal la mata. Redimida por su amor y su sufrimiento, el cielo se abre para ella, pero el demonio renuncia a su sueño de mejores cosas y permanece abandonado en el universo, sin amor ni esperanza.
    Lermontov se burlaba agriamente de las damas petersburguesas, y en el baile de año nuevo de 1840 se las ingenia para ofender a las hijas de Nicolás I. A renglón seguido, en febrero de ese año, en el baile ofrecido por la condesa de Laval se pelea con un amigo de d’Anthés, el que había dado muerte a Pushkin, Se llamaba Ernest de Barante y era hijo del embajador de Francia en Rusia. ¿El motivo?: una dama, es lo más probable y se baten a duelo, contra prohibición expresa de la autoridad. Primero se dieron golpes de sables y luego Lermontov disparó al aire. Le cayó encima el peso de la ley lo que aceptaba, pero a su alma profunda y poderosa le resultaba insoportable que dudaran de su palabra y no creyeran que había disparado al aire. De nuevo fue exiliado al Cáucaso donde se distinguió en las operaciones militares contra los montañeses y participó en sangrientas batallas, con tanto valor que sus superiores lo propusieron para condecoraciones que el zar le negó. Como gran concesión le permitió una licencia de dos meses en San Petersburgo, por motivos de salud.
    La bella condesa Vorontsova Dashkova a quien había cantado en un poema lo invita a un baile al que asiste el gran duque Miguel, hermano del zar, quien se siente ofendido por la presencia de un oficial en desgracia. La condesa logra calmar los ánimos a duras penas y evitar su expulsión. Lermontov quería dejar el servicio activo pero no lo autorizan y retorna al Cáucaso .Está enfermo y le permiten ir a la estación termal de Pyatigorsk a recuperarse. Allí encuentra un antiguo compañero del internado: el oficial Martinov .Y se produce una riña. Algunos piensan que Martinov se sentía herido porque el poeta había despreciado a su hermana, otros que se disputaron por una bella que también hacía una cura de aguas, pero el hecho es que el duelo resultó inevitable a pesar de que Lermontov intentó arreglar las cosas. No hizo el menor intento por disparar y su adversario, experto duelista, luego de vacilar un segundo disparó directo al corazón y le arrebató la vida. Era el 15 de julio de 1841, día aciago en que a los 26 años moría, en plena juventud, un hombre dotado de talentos excepcionales. Sus poemas y novelas combinan folclor, romanticismo lírico y realismo incipiente sin olvidar su apasionada defensa de la libertad, presente en toda su obra, lo que conllevaba un gran desprecio por el zar y sobretodo por los cortesanos y el clero, sostenes de la autocracia.

    Por eso cuando se difundió la noticia de su muerte, quienes se movían en los altos círculos de poder que rodeaban al trono, se alegraron de su desaparición, en tanto otros, cuya sensibilidad les permitía apreciar su alma de artista, lamentaban la desaparición de un gran poeta. El príncipe Viasemky declaraba: “Es una pérdida enorme para nuestra literatura. Doble golpe.¡Qué tristeza!. El propio Lermontov, con su agudeza habitual, había anticipado estas reacciones. En “Un héroe de nuestro tiempo” puso en labios del protagonista, Pechorin, que tanto se le parecía, las siguientes palabras: “¿Moriré mañana quizá? No quedará sobre la tierra ningún ser que me haya comprendido perfectamente. Unos me considerarán peor, otros mejor de lo que soy en realidad. Los últimos dirán: era un valiente joven; los primeros: era un mal elemento. Y unos y otros se equivocarán…”

  • Moscú: Entre la mesura y el imperio

    Moscú: Entre la mesura y el imperio

    Resulta difícil referirse a cualquier tema relacionado con Rusia porque pesa en la opinión pública una mala imagen de ella. La prensa internacional se solaza en destacar los lunares de la vida rusa: los ricos excéntricos, las mafias, el consumismo y los abusos del poder político. Ello parece continuar una larga tradición de desinformación sobre Rusia, que seguramente tuvo su origen en la Guerra Fría ¿Podemos pensar acaso que el gran gasto en armas nucleares de Estados Unidos y de los países de Europa Occidental, no iba acompañado de un gigantesco presupuesto para movilizar a la opinión pública de estos países en contra de Rusia, cuando parecía jugarse la destrucción y peor el aniquilamiento de los adversarios? Mayor es el desafío entonces para los que quieren la verdad sobre la historia y la cultura rusa.

    NUESTRO AMADO MOSCÚ:

    Ante el escenario de ignorancia y desinformación sobre Rusia, se hace necesario recurrir a una autoridad tan destacada como Solzshenitsyn. “Nuestro amado Moscú”: así se refiere este autor a la ciudad capital de la Unión Soviética, al manifestar su pesar por el cambio que ella sufriera después de la Revolución, la misma ciudad que fuera el gran centro de la cultura rusa en el siglo XIX y hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Pero la suya no es una expresión al pasar. Él proporciona suficientes elementos para concluir que este sentimiento de los rusos hacia el antiguo Moscú no estaba fuera de lugar. Dice de las antiguas ciudades rusas, que “eran lugares humanos, amistosos, cómodos, en donde el aire estaba siempre limpio, se cubrían de nieve en el invierno y en primavera se volvían fragantes con el aroma de los jardines que trascendía de los cercos hacia la calle. Casi todas las casas tenían jardín y apenas había casas de más de dos pisos –la altura más agradable para la habitación humana”.
    Orlando Figes, destacado historiador inglés que visitará en Chile en abril, gracias a la Red Cultural, dedica el capítulo “Moscú, Moscú” de su libro “El Baile de Natacha”, a esta ciudad en su época de esplendor, la que terminara abruptamente por las desgraciadas circunstancias del siglo XX. A ella se refiere como “un lugar cálido y amistoso”, “hospitalario y de costumbres relajadas”. Con el respaldo de estos destacados intelectuales es posible abordar Moscú sin aparecer como un excéntrico, alejado de la opinión que prevalece en el mundo. De inmediato hay que hacer una distinción: en Moscú conviven dos ciudades con un espíritu diferente. Por un lado nos encontramos con la ciudad que fuera el emblema de la cultura tradicional rusa y que llegara a poco más de un millón de habitantes al comienzo del siglo XX, ocupando una superficie de un quinto de la actual ciudad. Se desarrolla en forma concéntrica, en torno al Kremlin, que constituye el centro de la ciudad. Por otra parte existe la otra ciudad, la soviética, que incrementará dramáticamente la población, llegando ésta en nuestros días, a 12 millones de habitantes. Esta vasta sección soviética cubre las cuatro quintas partes del área urbana, y se sitúa al exterior de los anillos de la ciudad tradicional. Comencemos por esta última.

    CAPITAL DEL IMPERIO SOVIÉTICO:

    De la ciudad soviética habría que decir que ella no es tan terrorífica como la pintan o como la imaginamos (nuevamente las imágenes que nos han creado). El Moscú soviético es sin duda frío, poco acogedor y sin muchas consideraciones estéticas y urbanísticas, las que por lo demás no parecen haber sido la tónica de las construcciones santiaguinas y de las de muchas ciudades del mundo, a partir de los años treinta y hasta los sesenta. Pero al fin y al cabo Moscú cumplió su misión de entonces al albergar a la enorme población del campo que debió emigrar a esta ciudad, como mano de obra del intenso proceso de industrialización que experimentara Rusia a partir de 1925, y al acoger también a muchos millones de ciudadanos que perdieron sus viviendas en la Guerra Civil y en la Segunda Guerra Mundial. No fue éste un esfuerzo menor del régimen comunista, más aún si se considera que el clima no hace livianas las exigencias para las construcciones en Rusia.
    Resulta fácil descalificar al Moscú Soviético contrastándolo con los barrios más conspicuos de Santiago, pero me temo que la comparación no nos resulte ventajosa si ésta la hacemos con grandes áreas de nuestra capital, que surgieron como solución a los deplorables problemas de vivienda que plagaron a nuestro Santiago del siglo XX . Y aunque no lo imaginemos, Moscú ha sido constantemente una ciudad de muchos parques y árboles, amén de estar rodeada por bosques. Tanto es así que cuenta con diez veces más áreas verdes que Londres, que para nosotros ya representa un estándar casi inalcanzable. Tanta naturaleza próxima permite gozar intensamente la primavera rusa. La “Consagración de la Primavera” o más propiamente traducida, “La Primavera Sagrada”, resulta un nombre muy adecuado para describir esta resurrección maravillosa de la naturaleza después del largo invierno. ¿No será ella una explicación de la fuerte creencia tradicional rusa en la resurrección del hombre? Pero hay que decir que carga el Moscú Soviético con un reflejo de una gran tragedia: el aniquilamiento de la vida y cultura campesinas, pues el campo ruso fue el que soportó el precio de la industrialización forzada por la vía de las requisiciones de sus productos, la colectivización de la agricultura, los precios absurdos otorgados a las cosechas agrícola, y por las deportaciones masivas para los rebeldes o sospechosos de rebeldía.
    Ello significó la muerte de millones de campesinos y la ruina y destrucción de la vida campesina, vida que durante cientos de años fue el origen de la cultura rusa. De este modo, el Moscú soviético como una gran ciudad que emerge como consecuencia de la industrialización forzada y que requiere concentrar grandes masas de población, es una cara de la medalla, siendo la otra cara, la sombría, el asesinato masivo de los campesinos y la extinción de esta fuente maravillosa que originó y alimentó el ser ruso tal como lo conocemos. El gran culpable de este verdadero cataclismo, el régimen comunista, recibió oportunamente su merecido de manos de su misma criatura: no hay duda que las grandes ciudades rusas que emergieron de la industrialización, a su debido tiempo dieron origen a una opinión pública más independiente y menos controlable que la existente en la aldea rural, y, por ende, originaron las fuerzas que en definitiva derrumbaron al régimen comunista.

    LA CIUDAD DE LA MESURA:

    El Moscú de la mesura, “nuestro amado Moscú” de Solzshenitsyn, es el Moscú tradicional, la ciudad que existió hasta la Primera Guerra Mundial, y que hoy día hay que salir a buscar caminando en los alrededores del Kremlin. Es una sorpresa: ciudad de individualidades, fruto de la espontaneidad más que de la planificación, de casas de baja altura, hecha para caminarla, ciudad que no busca la monumentalidad sino que el buen vivir, aquel donde el espíritu humano no se agobia, ciudad que muestra sus raíces campesinas y que no reniega de la naturaleza. Fue esta ciudad la que se convirtió en el centro cultural de las provincias rusas. A poco andar se descubren las numerosas pequeñas iglesias que nos hablan de una intensa religiosidad, y esto a pesar de las que fueron destruidas a partir de la revolución. Son varios cientos de iglesias las que todavía existen y cada vez mejor conservadas, con una concentración que es difícil de encontrar en otras ciudades. Esto hace que en Moscú se pueda tener una experiencia ya prácticamente desaparecida en nuestras ciudades: el tañido de las campanas. Es otro gesto de humildad el de esta ciudad antigua, que en forma frecuente a lo largo del día, invitaba a sus ciudadanos al recogimiento y a no olvidar el deber de honrar a Dios. Nos sorprendemos porque no hemos aquilatado suficientemente la profunda religiosidad que caracterizó a la sociedad rusa de amantes de la Revolución, la sociedad que construyó este “Moscú de la mesura”. Sin que sea contradictorio con lo anterior, sino propio de un mundo bien equilibrado, este Moscú fue tremendamente creativo tanto intelectualmente, como en las artes y los negocios, y fue también un mundo alegre.

    Así, todo resulta bien diferente a lo que nos imaginamos sobre el Moscú pre-revolucionario. Nosotros nos hemos quedado con la imagen del Moscú soviético. Se nos aparece entonces que la misma ciudad en breve período de tiempo, cambió radicalmente. Porque no pueden haber dos estilos de vidas más contradictorios que los que muestran el Moscú tradicional y el Moscú soviético.¡ Para reflexionar sobre las mudanzas de la fortuna de las sociedades humanas! Porque quién habría pensado, en medio del apogeo del Moscú de comienzos del siglo XX, en lo que se convertiría la ciudad y cómo cambiaría su estilo de vida. El Moscú tradicional se conserva gracias a que prácticamente no sufrió por los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial, y ello a pesar que el ejército alemán estuvo en las puertas de Moscú. Habla bien de la capacidad defensiva de Rusia y particularmente de la capacidad de su aviación y de muy buenas defensas antiaéreas. Tanta seguridad sintieron los rusos en su ciudad capital, cuatro meses después del comienzo de la invasión alemana, que el gobierno ruso decidió efectuar el tradicional desfile con el que todos los años se celebraba el aniversario de la revolución, sin que le importara la cercanía de la aviación alemana. A propósito de la guerra, es interesante resaltar la disciplina que se auto impusieron los ciudadanos de Moscú en cuanto a tratar de continuar su vida en forma normal, y particularmente en cuanto a no perder su ánimo festivo, obligándose a celebrar fiestas prácticamente todas las semanas. ¡Cuánto nos dice este gesto de la templanza y del carácter ruso! 

    Hoy Moscú está retomando sus antiguas tradiciones, rescatando su energía cultural y su creatividad. Ello le permitirá, a corto plazo, recuperar una posición expectante en medio de sus pares europeos. No será raro en el futuro cercano que los viajes de turismo a Europa incluyan una visita a Moscú, el que mostrará para entonces, su gran vitalidad. Ya hoy es casi apabullante la oferta de buenos conciertos, ballet, óperas y exhibiciones de arte, además de espectáculos más frívolos. Al constatar las abundantes obras de teatro en cartelera, es una verdadera lástima la limitación que para nosotros los extranjeros impone el desconocimiento del idioma ruso. Así también, en la medida que ha mejorado la capacidad de consumo de los rusos, hoy más o menos equivalente a la de los chilenos, aumenta la oferta de un comercio moderno y muy activo, además de una buena oferta gastronómica y hotelera. Pareciera que comienza a surgir un nuevo Moscú de la mano de la modernidad.

    Pareciera que comienza a surgir un nuevo Moscú de la mano de la modernidad. Lamentablemente la globalización deja sus huellas y eso hace que surjan en esta nueva ciudad, edificios que no difieren mayormente en su estilo, de los occidentales. Habrá que esperar que esto no vaya más allá de un breve encandilamiento después del largo período de reclusión de Rusia. Hay que confiar en las profundas raíces rusas y en la vitalidad de ellas, para asumir que se manifestarán y mantendrán una identidad nacional ¿Veremos en el Moscú del futuro la reaparición de la mesura y del buen vivir? ¿Habrán generado tantos años de sufrimiento y de sacrificios, sólidos cimientos para que perduren las virtudes que caracterizaron al viejo Moscú?

  • Solzhenitsyn, conciencia de Rusia

    Solzhenitsyn, conciencia de Rusia

    Alexander Solzhenitsyn, Premio Nobel de Literatura 1970, ha sido figura clave de la cultura rusa del siglo XX, su estatura intelectual y moral se forjaron en la denuncia clarividente de los poderes de turno, el comunismo soviético y el capitalismo occidental, alzando su voz, sólida, profunda y valiente, cada vez que pudo, contra viento y marea.

    Solzhenitsyn nació en 1818, hijo único y huérfano de padre. Los recelos de su madre a la Revolución bolchevique no fueron obstáculo a que el sistema educativo estatal cumpliera su tarea y el joven Alexander se dejara encandilar, como muchos, por la propaganda comunista que construía la Unión Soviética. Al ingresar a la universidad, para estudiar física y matemáticas, postergó sus aficiones literarias, y adquirió conciencia de su militancia comunista, siendo un hijo leal de la revolución, optimista y parte del proyecto en marcha. Su educación familiar cristiana dio paso así a un alejamiento total de la religión, reemplazada por el materialismo dialéctico marxista. Avanzada la II Guerra Mundial no extrañó que Solzhenitsyn se incorporara con entusiasmo al ejército rojo, y formó parte de las tropas soviéticas que ingresaron a Alemania, siendo testigo no sólo de los excesos revanchistas de su ejército al penetrar a territorio germano, sino también, de la existencia real de combatientes rusos junto a los alemanes en la esperanza de derrotar al comunismo. Ambas experiencias fueron las primeras trizaduras en su, hasta entonces, sólido compromiso comunista.

    La vida del joven Solzhenitsyn daría un dramático vuelco al ser interceptada una de sus cartas, dirigida a un amigo, en la cual deslizaba algunas críticas al régimen stalinista. La dura represión comunista supuso que el hasta ahora oficial del ejército rojo fuera condenado nada menos que a ocho años de trabajos forzados y relegación perpetua. El hecho, que terminaría marcando su vida, comenzaba por mostrarle la brutal realidad de un régimen que aún estimaba. La esperada victoria frente al nazismo lo encuentra así, paradojas de la vida, entre las rejas de su propia ideología comunista. Comienza entonces la experiencia de Solzhenitsyn por lo que él llamaría archipiélago Gulag, es decir, el vivir en carne propia el horror de la represión en campos de prisioneros soviéticos.

    Los primeros meses, pasan entre el confinamiento animalesco en cárceles saturadas de prisioneros, y la espera de sentencias bajo una atmósfera kafkiana, alimentada por el continuo rumor de la posibilidad de una amnistía para los cautivos que la victoria soviética en la guerra permitía presagiar, pero que, en definitiva, no sólo no llega, sino que termina por agudizar la tragedia. Sus experiencias en los campos de prisioneros se plasmarán luego en sus novelas que lo llevan a la cima de la literatura del siglo XX. Cumplió los ocho años de trabajos forzados, donde se derriban poco a poco sus dogmas materialistas y se forja la inquebrantable idea de que el espíritu no sólo es superior sino que trasciende a la materia. “Primero viene la lucha por la supervivencia, luego el descubrimiento de la vida, luego Dios”, este itinerario permitió al prisionero fortalecerse espiritualmente en medio de la más patente carencia material. Solzhenitsyn aprovechó así todas las privaciones materiales para crecer en vida interior y desarrollar su vocación literaria en condiciones extremas inimaginables. Escribió versos furtivamente y luego se las arreglaba para memorizarlos antes de destruirlos por temor a sus omnipresentes carceleros. Llegó a memorizar 12.000 versos. Su traslado, luego de ocho años de trabajos forzados, a un pequeño pueblo del interior de Rusia, para continuar cumpliendo su condena, ahora de exilio perpetuo, coincide, en 1953, con la muerte de Stalin. La atmósfera posterior de desestalinización permitirá, tras tres años de relegación, que se revise su caso y se le otorgue la libertad.

    Un día en la vida de Iván Denisovitch fue su primera novela, publicada en 1956, gracias a las políticas revisionistas de Kruschev de crítica al régimen de Stalin. Su éxito fue inmediato, relataba en síntesis un día normal de un preso común en los campos de trabajo, la vida corriente de la mañana a la noche, de prisioneros que como él lo vivieron por años…muchos en la Unión Soviética pudieron ver en su relato parte del amargo destino de ellos mismos o de sus seres queridos. Su afán de relatar la verdad de lo que sucedía en la URSS fue permitido sólo unos pocos años, lo que duró la atmósfera de desestalinización. Kruschev fue separado del poder, y su sucesor, Brezhnev, volvió a la línea dura, donde los escritos de Solzhenitsyn más que incomodar comenzaron a sentirse peligrosos desde el Kremlin. La novela que lo hará pronto conocido en Occidente El primer círculo había sido rechazada por un ya debilitado Kruschev. A partir de mediados de los años 60, el régimen de Brezhnev, no sólo impidió la publicación de sus escritos sino que comienza a hostigarlo a través de la temible KGB, obligando al autor a publicar en forma clandestina y a esconder los manuscritos de lo que más tarde será la famosa novela Archipiélago Gulag. Mientras, en Occidente crece su prestigio ante el éxito consecutivo de sus novelas que habían logrado salir bajo cuerda: El primer círculo y Pabellón de cancerosos. Su libertad en la URSS, para un ya reconocido disidente, fue precaria, la vigilancia constante del régimen y la imposibilidad de dar a conocer su obra literaria, estrechan su ámbito de acción. El repudio y asedio oficial en su patria, contrastó con el reconocimiento internacional que se hizo evidente al recibir, en 1970, la noticia del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura.

    Para ese entonces, el escritor y su entorno recibía tal grado de hostigamiento, espionaje y persecución que estimó que salir de la URSS, aún para recibir el Premio Nobel, implicaría el riesgo de no poder regresar a su adorada patria. En 1973, una de sus cercanas colaboradoras muere en extrañas circunstancias, tras un interrogatorio de la KGB. En 1974, Solzhenisyn es arrestado, desposeído de la ciudadanía soviética y expulsado de su patria, se había convertido en una figura disidente, inmanejable por su valentía e integridad, y su fama era tal, dentro y fuera de la URSS, que su prisión habría supuesto un escándalo internacional de proporciones. No obstante, el dolor para el escritor fue enorme, nunca pensó en abandonar la Unión Soviética. Exiliado primero en Suiza y luego en los Estados Unidos, Solzhenitsyn mostrará en Occidente que sus denuncias van más allá de la descripción de los horrores del Gulag soviético, que hasta entonces lo habían distinguido, para encumbrarse como uno de los críticos más acérrimos de la utopía comunista en pleno periodo de guerra fría y, más aun, como un gran diagnosticador de la debilidad interna del régimen. Por de pronto, en uno de sus más comentados escritos, Carta a los líderes soviéticos, clama por abandonar la ideología marxista, desenmascarando su tiranía y falsedad, nosotros que la conocemos, estamos fingiendo. La mentira institucionalizada que supone el régimen soviético, por décadas hábilmente solapada, comienza poco a poco, en los años setenta, a ser denunciada en los ámbitos intelectuales, culturales y de medios de comunicación de Occidente, la responsabilidad de Solzhenitsyn en esta tarea, primero como disidente y luego como exiliado, lo encontró siempre en la primera línea.

    Donde el mensaje del escritor pareciera, provocar más sorpresa y polémica es en la crítica no menos descarnada del ambiente que constata en los países occidentales. Solzhenitsyn denuncia contra corriente, lo que eleva la integridad de su diagnóstico, la falta de valentía de la sociedad norteamericana que pareciera no querer oponer resistencia al avance comunista en el tenso escenario de la Guerra Fría. Ello tendría por causa la idea común en las sociedades occidentales de asumir el bienestar como medida de todas las cosas, los bienes materiales como requisito indispensable de la felicidad. Entre las múltiples y negativas consecuencias de esta “idea fuerza” del mundo contemporáneo, el Nobel ruso denuncia con clarividencia la aparición de una prensa invasiva y superficial, basada en la falsa premisa de que todos tienen derecho a conocerlo todo, lo que denuncia como un slogan falso, ya que también existe el derecho a no conocer, a no verse atiborrado de banalidades, chismes y vulgaridades.

    Pérdida de fuerza de voluntad, debilidad sicológica, es el diagnóstico que le otorga a Occidente, y en términos audaces y políticamente incorrectos, desafía: Si uno quiere defenderse a sí mismo debe estar dispuesto a morir, ¿quien hoy está dispuesto a morir, quien hoy está dispuesto a actuar sin considerar las consecuencias para su bienestar?. El better red than dead, consigna que puso de moda la juventud sesentera fue prueba palpable de la debilidad psicológica, del complejo occidental que diagnostica sin tapujos el escritor. En la Universidad de Harvard, en famoso discurso, denuncia la bancarrota moral de Occidente, describiendo, en su opinión, el itinerario histórico que lo explica: El humanismo sin Dios del Renacimiento, siglos XV y XVI, encontró su expresión política en la Ilustración, siglo XVIII, generando una autonomía del hombre ante cualquier instancia superior. Este antropocentrismo, esta consideración del hombre sin Dios, que se explica a sí mismo como centro del universo, bañado de soberbia, termina por entender que la felicidad se alcanza sólo en la tierra y se obtiene sólo a través de los bienes materiales. Toda otra consideración ajena a este objetivo materialista, quedará, en definitiva, ignorada, despreciada. Su propia experiencia de años de carencia material en campos de trabajo forzado lo llevaron a concluir que la felicidad no puede resignarse a una mera acumulación y goce de bienes materiales, sino que la felicidad del hombre exige un desarrollo interior, espiritual, el propósito de la vida debe ir unido al cumplimiento de un deber superior…una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo mejor ser humano que al empezar. Este leitmotif, está presente en toda su obra literaria y contradice el existencialismo nihilista, la pérdida de sentido de la vida, y el refugio final en el yo egoísta, tan habituales en el hombre contemporáneo. Occidente se ha olvidado de Dios, denunció ante un público atónito, su manifestación es la búsqueda de la felicidad en un consumismo ilimitado, la salida que propone es un desafío que pareciera chocar contra las banderas que flamean en la sociedad actual: promueve la autolimitación, la capacidad de no generarnos necesidades materiales artificiales, conciente que el verdadero sentido del hombre está en crecer en su interior, alimentar su espíritu: La autolimitación es el paso fundamental y más sabio de un hombre que ha logrado su libertad …y sólo podemos experimentar la verdadera satisfacción espiritual no en poseer, sino en negarnos a poseer.

    Sus denuncias y renuncias ya no sólo incomodaban a la nomenklatura comunista, a partir de entonces, también a buena parte de los dirigentes y los medios de comunicación occidentales. La publicación en Occidente de Archipiélago Gulag en tres extensos volúmenes y la fuerza de los testimonios allí expuestos fueron un síntoma coincidente del lento y, para muchos imperceptible, declive del imperio comunista. La llegada de Gorbachov, a mediados de la década de los  ́80, acelera el proceso ante el deterioro económico que desata la llamada Perestroika, reestructuración y apertura del estado que favoreció el debilitamiento progresivo del bloque soviético en Europa oriental, tanto como las reivindicaciones nacionales al interior de la propia URSS. Solzhenitsyn siempre auguró la caída del comunismo y anhelaba regresar a su patria. Los acontecimientos en Polonia y Hungría anticiparon la aún inesperada caída del muro de Berlín, durante el “mágico” año de 1989. A continuación, se precipitó la desunión soviética, es decir, la sorpresiva desintegración de la URSS. Solzhenitsyn ante la expectante coyuntura escribe: Cómo reorganizar Rusia mirando positivamente, tanto la caída del imperio comunista como el resurgimiento de naciones independientes en su reemplazo. Favoreció el desarrollo para la nueva Rusia de democracias locales en zonas reducidas, vitalizando el autogobierno de cada localidad, bajo el modelo suizo, de activa participación de los ciudadanos en el sistema cantonal. En lo económico, favoreció la propiedad privada y la iniciativa y arraigo que ella conlleva, junto a límites legales que eviten su concentración. Advirtió, en el tono apocalíptico que lo caracterizó, que el peligro para sus compatriotas era pasar de los errores marxistas al fuego económico devorador de Occidente. Pero los llamados a la autolimitación que hizo Solzhenitsyn, ahora también para sus compatriotas, cayeron en saco roto ante un pueblo ávido de deshacerse de todo tipo de limitaciones, luego de 74 años de régimen comunista. El desplome de la URSS permite que Yeltsin le comunique, en 1992, que las puertas de Rusia están para él abiertas.

    Antes de regresar a su patria, se despide de Occidente con otro famoso discurso, que completa y actualiza el de Harvard, esta vez en la Academia Internacional de Filosofía en Liechtenstein. Sus palabras son inquietantes: nuestra cultura se empobrece y apaga por mucho que intente encubrir su decadencia con el barullo de unas novedades vacías de significado. Mientras no dejan de mejorar las comodidades para las personas, el desarrollo espiritual está cada vez más estancado. Los excesos llevan a una persistente tristeza del corazón cuando sentimos que la vorágine de placeres no nos produce satisfacción y que no tardará en ahogarnos…hemos dejado de ver el propósito.

    Después de 20 años, en 1994, regresó a su querida Rusia, su vuelta generó gran expectativa llegando a Vladivostok para recorrer en tren desde el este hacia Moscú. Sin embargo, su mensaje apareció algo pasado de moda, e incómodo, aunque siempre directo y profundo para describir una realidad no tan nueva como aparecía a primera vista: Antiguos miembros de la elite comunista, junto con los nuevos ricos de Rusia, que han amasado fortunas instantáneas a través del pillaje, han formado una exclusiva…oligarquía de unas ciento cincuenta o doscientas personas que dirigen el país. Más temprano que tarde, confirma que la atmósfera materialista que afectaba a Occidente había sido muy bien recibida en la nueva Rusia, a pesar de sus advertencias, allí también el hombre se ha propuesto la meta de conquistar el mundo pero en el proceso pierde su alma. La respuesta a la crisis, a las prisas y a la superficialidad del siglo XX, debe encontrarse también y consecuentemente en el ámbito espiritual. Así, vincula estrechamente la fe ortodoxa a las raíces culturales de su patria, donde continuó manifestando la grandeza espiritual que yace tras el sufrimiento, aquella grandeza que no se cansó de testimoniar hasta los 90 años, cuando fallece en Moscú… Su espíritu, aún perdura.

  • Stravinsky y su reencuentro con el alma rusa

    Stravinsky y su reencuentro con el alma rusa

    “Había mucho de Rusia en el corazón de Stravinsky. Era mucho más que los iconos en su casa, que los libros que leía, o que la cuchara favorita de su infancia con la que comía. Mantuvo una sensación física y recuerdos de la tierra, de los hábitos de Rusia y sus costumbres, las formas de expresión y la interacción social, y todos estos sentimientos empezaron a volver a él en el momento en que puso un pie en su tierra natal. La opinión pública occidental vio a Stravinsky como un exiliado que visitaba el país de su nacimiento. Pero los rusos le reconocieron como un ruso que vuelve a su casa”.

    En 1962 Stravinsky aceptó la invitación soviética para visitar el país donde había nacido. Habían pasado exactamente 50 años desde que había dejado Rusia y por lo tanto sentía un cúmulo de emociones detrás de su decisión de volver. Como un emigrado, siempre había dado la impresión de rechazar en forma violenta su pasado ruso. Le contó a su amigo cercano y asistente musical, el conductor Robert Craft, que recordaba con añoranza su niñez en San Petersburgo como: “un período de espera para el momento cuando todos y todo iban a ser conectados con el infierno”.

    Gran parte de su antipatía a su país natal era la lógica reacción de todo emigrado del régimen soviético. La sola mención de la palabra Unión Soviética era suficiente para llenarlo de cólera. Cuentan que en 1957 un mesero alemán se acercó a su mesa y le preguntó si se sentía orgulloso de los rusos a causa del reciente lanzamiento del Sputnik al espacio. Stravinsky se enfureció con el mesero por preguntar, con los rusos por haber alcanzado este logro y con los americanos por no haber sido ellos quienes lo hicieran.

    Era especialmente crítico frente a la música soviética, donde el espíritu de Rimsky Korsakov y Glazunov, se manifestó en forma abusiva en la Consagración de la Primavera y lo mismo sentía en relación a los modernistas. Su música había sido prohibida en el repertorio de conciertos soviéticos desde el comienzo de los años 30 cuando fue denunciado por el régimen musical existente como “un ideólogo artístico del imperialismo y la burguesía”. Se trataba de una especie de Guerra Fría Musical. Pero tras la muerte de Stalin el clima cambió. Vino el “deshielo” de Kruschev que terminó con la campaña stalinista contra los llamados “formalistas” y restauró a Shostakovich al lugar que le correspondía, como cabeza del “régimen musical” existente. Emergieron jóvenes compositores quiénes se inspiraron en la obra de Stravinsky como Edison Denisov, Sofía Gubaidulina y Alfred Schittke. Una brillante generación de músicos soviéticos, Oistrakh, Richter, Rostropovich, el Cuarteto Beethoven, se hicieron muy famosos por sus grabaciones y tours en Occidente. Se veía a Rusia retornando al centro de la música europea – el lugar que había ocupado hasta que Stravinsky dejó el país en 1912.

    A pesar de sus propias negaciones, Stravinsky siempre lamentó las circunstancias en que se produjo su exilio de Rusia; cargaba con la separación de su pasado como una herida abierta. El hecho que cumpliera 80 años en 1962 fue esencial en su decisión de volver. En la medida que fue envejeciendo comenzó a pensar más en su niñez. Era común que usara frases infantiles rusas y diminutivos. Volvió a leer los libros que había leído en Rusia, como La Madre de Gorki: “ Lo leí cuando recién se publicó en 1906 y estoy tratando ahora de nuevo”, le dijo a Craft, “probablemente porque quiero reencontrarme conmigo mismo”. Pero a pesar de eso, Stravinsky le dijo a la prensa norteamericana que la decisión de volver a Rusia no tenía nada que ver con la nostalgia, aunque es un hecho que ese sentimiento estaba en lo profundo de su corazón. El 21 de Septiembre de 1962 voló en un avión soviético a su país y aterrizó en Sheremetyevo. Comenzó a divisar desde el avión, en la medida que éste iba descendiendo, los bosques que estaban comenzando a pintarse de amarillo, los prados, los campos y los lagos. De acuerdo con Craft, quien los acompañó en el viaje, Stravinsky estaba en shock producto de la excitación y la emoción. Cuando el avión se detuvo y se abrió la puerta, se asomó y parado en la parte alta de la escalera de descenso se inclinó como es la tradición rusa. Ese era un gesto de otra época, tal como los anteojos que lo protegían de la luz de la televisión y simbolizaban el tipo de vida que él llevaba en Hollywood. En la medida que descendía, Stravinsky comenzó a ser rodeado por un gran comité de bienvenida, entre los que se veía a María Yudina, una fuerte mujer con ojos tártaros, según la descripción de Craft, quien dijo ser sobrina del compositor. Otra mujer era la hija de Konstantin Balmont, el poeta que había introducido a Stravinsky al culto pagano de El Fuego y Los Ritos de la Primavera. Ella se presentó ante Craft y le entregó un canasto de corteza de abedul con una rama, una hoja, una espiga de trigo, una bellota un poco de musgo y otros recuerdos de la tierra rusa.
    El viaje había producido una gran emoción en Stravinsky. En los quince años que Robert Craft lo conocía nunca se había dado cuenta de lo importante que Rusia era para él y que profundo estaba este sentimiento dentro de su corazón. “Hace sólo dos días, en París, habría negado que alguna vez se podría sentir en casa de nuevo …. Ahora veo que medio siglo de expatriación pueden ser olvidados en una noche. No fue a la Unión Soviética que Stravinsky había regresado. Había regresado a Rusia. En el monasterio de Novodevichy, Stravinsky se conmovió mucho más de lo que jamás Craft hubiese imaginado: “No por razones religiosas o políticas, sino simplemente porque Novodevichy es la Rusia que ellos conocían, la Rusia que sigue siendo una parte de ellos.”

    Detrás de las antiguas murallas del monasterio había como una isla de la antigua Rusia. En los jardines mujeres vestidas con pañuelos negros y zapatos y abrigos gastados estaban tendidas sobre las tumbas, y en la iglesia un sacerdote dirigía un servicio donde, como le pareció a Craft, los “miembros más fervientes de la congregación yacían en una posición de postración total como Stravinsky lo hacía en la Iglesia Rusa en Hollywood. Y a pesar de todas las turbulencias que había pasado la Unión Soviética, todavía había algunos valores de Rusia que permanecían sin cambios”. Stravinsky se regocijó en su redescubrimiento del idioma ruso. Desde el momento en que llegó se manejaba con facilidad en los modismos y palabras de Rusia y en la conversación, usaba términos y frases, expresiones de la infancia, mucho tiempo olvidados, que no había trabajado por más de cincuenta años. Craft fue golpeado por la transformación en el carácter de Stravinsky. Se preguntaba si estaba viendo “el verdadero Stravinsky “ en su elemento Ruso, el estadounidense respondió que “todo es bastante cierto … pero mi imagen de él la da finalmente su pasado que se ve tras una gran lucha entre lo que había supuesto serían “rasgos de carácter” o “idiosincrasia personal”. Craft también escribió que, como resultado de la visita a Rusia, su oído se puso en sintonía con los elementos de Rusia que había en la música de Stravinsky. El “rusianismo” de la música de Stravinsky no es inmediatamente evidente. Pero ahí está. De la Sinfonía de los Salmos (1930) al Réquiem (1966) su lenguaje musical mantiene un núcleo de Rusia. Como él mismo confesó a la prensa soviética: “He hablado ruso durante toda mi vida, mi forma de expresión es el ruso. Tal vez no puede ser apreciable en una primera audición, pero es inherente a mi música y forma su carácter latente interior “.

    Había mucho de Rusia en el corazón de Stravinsky. Era mucho más que los iconos en su casa, que los libros que leía, o que la cuchara favorita de su infancia con la que comía. Mantuvo una sensación física y recuerdos de la tierra, de los hábitos de Rusia y sus costumbres, las formas de expresión y la interacción social, y todos estos sentimientos empezaron a volver a él en el momento en que puso un pie en su tierra natal. La opinión pública occidental vio a Stravinsky como un exiliado que visitaba el país de su nacimiento. Pero los rusos le reconocieron como un ruso que vuelve a su casa. Una cultura es más que las obras de arte. No puede estar encerrada en una biblioteca – pensemos sólo en los ocho finos volúmenes de la obra de Pushkin que el poeta Khodasevich “empacó en una bolsa” cuando salió de la Unión Soviética en 1922: Todo lo que poseo son ocho volúmenes delgados, y contienen mi tierra natal.

    Una cultura se expresa en códigos no escritos, signos y símbolos, rituales y gestos, en las costumbres y convenciones, las creencias y actitudes sociales comunes que fijan el significado público de estas obras y organizan la vida interna de una sociedad. Es algo visceral, emocional, instintivo, una sensibilidad que moldea la personalidad y une a esa persona a un pueblo y a un lugar. Rusia es un lugar inmenso – un vasto plano abierto que se extiende En Rusia hoy coexisten lo ruso tradicional con lo soviético internacional sobre una sexta parte de la superficie del mundo. Históricamente, su cultura fue profundamente moldeada por las diversas influencias de Bizancio, Escandinavia, Europa Occidental, Persia, Asia Central y Mongolia. Todo muy complejo, demasiado dividido socialmente, muy mal definido geográficamente, y tal vez demasiado grande, para que sólo una cultura se pudiera constituir en patrimonio nacional. Sin embargo, hay un temperamento ruso, una serie de costumbres autóctonas, costumbres y creencias que celebra este pueblo disperso en forma conjunta, y que encontró su expresión en las obras supremas del arte, desde la poesía de Pushkin, a las novelas de Tolstoi y la música de Stravinsky, que se elevan como monumentos a la edad de oro de Rusia. Este temperamento difícil ha demostrado ser mucho más duradero, y más significativo, que cualquier Estado ruso. Le dio al pueblo el espíritu para sobrevivir a los momentos más oscuros de su historia y unió a los que huyeron de la Rusia soviética después de 1917.

    ¿Dónde está Shostakovich? , no dejaba de preguntar Stravinsky desde el momento de su llegada. Mientras él estaba en Moscú, Shostakovich estaba en Leningrado, y justo cuando Stravinsky fue a Leningrado, Shostakovich regresó a Moscú. Como artista Shostakovich adoraba a Stravinsky. Él era su musa secreta. Por debajo del cristal de su mesa de trabajo tenía dos fotografías: una de sí mismo con el Cuarteto Beethoven, y la otra, un gran retrato de Stravinsky. Se conocieron finalmente en Moscú, en un banquete en el Hotel Metropole. La reunión no fue ni una reunión ni una reconciliación de las dos Rusias que habían seguido caminos separados desde 1917. Pero fue un símbolo de unidad cultural que al final triunfaría sobre la política. Los dos compositores vivían en mundos separados, pero su música mantenía un ritmo único de Rusia. Fue una ocasión memorable – uno de esas ocasiones esenciales “de Rusia” interrumpida por una sucesión regular de brindis de vodka cada vez más amplios – y luego, Craft recordó, la sala se convirtió en un “baño finlandés, en todos sus vapores, proclamando y aclamando uno al otro “lo ruso”, diciendo casi lo mismo … Una y otra vez, cada uno se inclinaba ante el misterio de su rusianismo, y entonces, me di cuenta de golpe, que sus respuestas estaban superando los brindis. En un discurso perfectamente sobrio – él era el menos alcoholizado de la habitación – Stravinsky proclamó: ‘El olor de la tierra rusa es diferente, y esas cosas son imposibles de olvidar … Un hombre tiene un lugar de nacimiento, una patria, un país – sólo puede tener un país – y el lugar de su nacimiento es el factor más importante de su vida …. no me fui de Rusia por mi propia voluntad, a pesar de sentir un desagrado por mi Rusia y por Rusia en general. Sin embargo, el derecho a criticar a Rusia es mío, porque Rusia es mía y porque la amo, y no doy a ningún extranjero ese derecho.”

  • La Península de Crimea

    La Península de Crimea

    Su historia y el regreso
    a la Madre Patria

    El 16 de marzo de 2014 casi el 97% de los habitantes de la península de Crimea votaron a favor de la reunificación con Rusia. Dos días más tarde el presidente ruso Vladimir Putin alabó el hecho con un discurso histórico, en el que, según sus palabras el hecho de que la península es parte fundamental de Rusia era algo absolutamente indiscutible. ¿Qué significa Crimea para la nación rusa?, ¿cuáles son los hechos que nos permiten explicar que su población haya deseado tan ardientemente el regreso a la Madre Patria?.

    Crimea ha sido una verdadera obsesión para varias culturas. Desde tiempos remotos, la península de algo más de 26.000 km cuadrados, y ubicada estratégicamente en la costa norte del Mar Negro, ha sido poblada por diferentes pueblos, quienes atraídos por su geografía, su clima, sus recursos terrestres y marítimos han tratado de dominarla.

    Escitas, griegos, bizantinos, godos, hunos y turcos; sólo por nombrar algunos. Sin embargo, fuertes lazos históricos, culturales, militares y económicos la unen a Rusia. Es difícil expresar en toda su magnitud lo que Crimea representa en el sentimiento nacional ruso, pero la noción de una historia común, de un sentimiento nacionalista y de orgullo patrio compartido nos ayudan a hacernos una idea de porqué la península es para Rusia parte de su historia.

    La Tauris griega

    Los primeros vestigios de la historia de Crimea nos remontan a la antigüedad. Sus primeros habitantes se conocen en las fuentes antiguas como los cimerios, quienes se habrían establecido ahí alrededor del siglo XII a.C. fundando Kymeria o Cimeria.

    Siglos más tarde, alrededor del VII a.C., parte del territorio de la península fue ocupado por escitas de origen iranio. Y en la Crimea montañosa de la costa sur se asentaron los taurus, una tribu descendiente de los cimerios. Ambas tribus serían reducidas posteriormente por los ataques de los sármatas, también de origen iranio.

    Los antiguos griegos instalaron sus primeras colonias en la península en el siglo V a.C. y fueron los primeros en llamar a la región Tauris por los indígenas que la habitaban. Las ciudades griegas fueron estableciéndose a lo largo de toda la costa del Mar Negro, una de ellas será el puerto marítimo de Quersoneso, ubicada al sudeste de la península, en las afueras de la actual Sebastopol.

    Tauris, también llamada Táuride o Quersoneso Táurico, es en las antiguas leyendas griegas el lugar al que fue enviada Ifigenia luego de ser rescatada por la diosa Artemisa del sacrificio humano ordenado por Agamenón, su padre. Artemisa convirtió a la joven princesa en sacerdotisa de su templo, con la misión de sacrificar a los extranjeros que llegaran a esa tierra.

    En el siglo II a.C. la parte oriental de Tauris pasó a formar parte del Reino del Bósforo, para luego ser incorporada al Imperio Romano en el siglo I. En época romana comienza a difundirse el cristianismo, dejando importantes huellas. Crimea sería el lugar de sacrificio de San Clemente; quien, según la leyenda, fue deportado al Quersoneso Táurico y muere ahogado en sus aguas. Además, en el lugar predicaron el evangelio los hermanos Cirilo y Metodio, también conocidos como los apóstoles de los eslavos, quien provenientes de Tesalónica en el Imperio bizantino, se convirtieron en siglo IX en misioneros del cristianismo primero en Crimea, y después en la Gran Moravia.

    A lo largo de los siglos posteriores, y hasta el VIII d.C., Crimea fue invadida y ocupada sucesivamente por varios pueblos como godos, hunos, búlgaros y jázaros. Por su parte, la ciudad de Quersoneso quedó desde finales del siglo IV d.C. bajo la influencia del Imperio Bizantino.

    Del dominio del Rus de Kiev al Kanato de Crimea

    En la segunda mitad del siglo X, la zona oriental de Crimea fue conquistada por el príncipe Sviatoslav I de Kiev, pasando a formar parte del principado de la Rus de Kiev, el estado eslavo antiguo que es reivindicado hoy como origen por los estados modernos de Rusia, Bielorusia e Ucrania. Fue una época crucial para la historia de Crimea, en la que los eslavos de la Rus de Kiev comenzaron a habitar poco a poco todo el territorio de la península.

    El Gran Príncipe Vladimir I de Kiev, hijo de Sviatoslav, amplía las conquistas capturando la ciudad bizantina de Quersoneso. En ella, en el año 988 de nuestra era, fue bautizado bajo el rito ortodoxo. De regreso en su patria derribó monumentos paganos e inició la cristianización de los rus de Kiev. Una impresionante catedral ortodoxa rusa fue construida ahí para conmemorar este importante acontecimiento histórico.

    Sin embargo, el dominio de los rus de Kiev entró en decadencia a raíz de las invasiones de los mongoles. Entre 1239 y 1441 la península, salvo el territorio en manos bizantinas, quedó bajo el dominio de la Horda de Oro, el estado mongol que surge tras la ruptura del Imperio Mongol en la década de 1240.

    Después de la destrucción del ejército de la Horda Dorada en manos del  líder militar y político Tamerlán o Timur, serán los tártaros quienes se instalan en la península y fundan ahí el Kanato de Crimea en 1441, un estado tártaro e islámico con capital en la ciudad de Bakhchisaray. El kanato se convierte en protectorado otomano en 1475 y bajo esta protección, por más de trescientos años, controló no sólo la península de Crimea, sino también las costas y los territorios al norte del Mar Negro.

    La conquista rusa:
    una guerra religiosa

    Los antecedentes de la anexión del territorio del Kanato de Crimea al Imperio Ruso en  son múltiples. Desde el deseo de acceder al mar negro, crucial para la defensa militar del imperio en la frontera con el mundo musulmán, y hacer con ello viable su imagen de potencia en el continente europeo; hasta razones religiosas que le permitieron a los rusos reclamar Crimea como un lugar cristiano sagrado. Todas esas razones tomaron un carácter formal durante los años del reinado de Catalina la Grande.

    Como consecuencia de su derrota en la guerra ruso-turca de 1768 a 1774, los turcos se ven obligados a firmar el tratado de Kuchuck Kainarji, por medio del cual deben deponer su soberanía sobre el Kanato y conceder la independencia a los tártaros. Los rusos, por su parte, no ganaron muchos territorios pero si asumieron el derecho de proteger a la población cristiana ortodoxa.

    Los otomanos se mostraron reticentes a aceptar la independencia de Crimea, temiendo que muy pronto sería sometida por los rusos. Y así fue, aprovechando la débil independencia del Kanato, el Imperio Ruso de Catalina la Grande ocupa y anexiona Crimea en 1783 deponiendo a su último Khan, Sagin Giray.

    En opinión del historiador británico Orlando Figes, la anexión rusa de Crimea fue una amarga humillación para los turcos, se trataba del primer territorio musulmán que el Imperio Otomano perdía a manos de los cristianos.

    Catalina la Grande había tenido éxito en su esfuerzo por llevar a Crimea al seno de Rusia, lo que permitió salvar del olvido los vestigios de Quersoneso, cuna de la cristiandad eslava y símbolo sagrado dentro de la historia de Rusia. La antigua Táuride griega será a partir de entonces la Gubernia rusa de Táurida, el lugar en el que Rusia enlaza tanto con el mundo antiguo, como con la civilización helénica de Bizancio.

    En su primer viaje a Crimea, la Emperatriz Catalina definió a la península como una tierra de cuento de hadas de Las Mil y una Noche. De esa manera las tierras tártaras de Crimea pasarán a ocupar un lugar importante en el imaginario ruso, precisamente en el momento en el que Rusia de la mano de escritores, artistas y compositores buscaban la manera de definir el alma y el ser de los rusos.

    La Guerra de Crimea

    La península se verá enfrentada nuevamente a una guerra en 1853. Los afanes expansionistas del zar Nicolás I llevaron a Rusia a enfrentarse en Crimea con una alianza formada por el Imperio Otomano apoyado por el Reino Unido, Francia, y Piamonte-Cerdeña.

    Se trató de una guerra por territorio. Si el Imperio Otomano se derrumbaba, Rusia avanzaría y podría controlar una enorme franja de tierra desde los Balcanes hasta el Golfo Pérsico, de ahí la decisión del Reino Unido y Francia de apoyar a los turcos frente a la amenaza rusa.

    Pero fue además, y nuevamente, una guerra religiosa debido a la creencia cada vez más arraigada en el zar de que se trataba de una cruzada ortodoxa. El destino del Imperio Ruso era cumplir con la misión divina de defender a los cristianos ortodoxos del imperio islámico de los otomanos y llegar incluso a controlar Tierra Santa.

    Así en octubre de 1853 el zar Nicolás I exigió al sultán turco, a través de su emisario el príncipe Ménshikov, que le otorgara la protección de todos los habitantes ortodoxos del Imperio y la capacidad de intervenir en Palestina si la situación lo requería.

    Presionado por la diplomacia británica y francesa, el Sultán Abd-ul-Mejid I rechazó la petición provocando la invasión rusa de posesiones otomanas en el Mar Negro y el posterior desencadenamiento de la guerra.

    Fueron tres años de combates en las costas turcas, el Danubio y en la Península de Crimea que dejaron alrededor 800.000 muertos y episodios míticos como la  Batalla de Balaclava en la que se produjo la tristemente famosa Carga de la Brigada Ligera,  la batalla del río Alma o el asedio de meses al puerto de Sebastopol, ejemplo de coraje, valentía y resistencia del soldado ruso.

    La Guerra de Crimea fue la primera gran guerra industrial, en la que las viejas costumbres caballerescas chocaron con nuevas tecnologías. Se trató también del primer conflicto armado cubierto por periodistas, el primero en ser documentado y fotografiado ampliamente, el primero en emplear el telégrafo y, por cierto, un antecedente de la Primera Guerra Mundial.

    El Tratado de París de 1856 puso fin al conflicto, estableció la desmilitarización del Mar Negro y Rusia perdió sus posesiones en el Danubio y Besarabia lo que supuso un duro revés para la influencia rusa en la región.

    La guerra fue vivida como una terrible humillación para los  rusos, lo que exacerbó los ánimos contra Occidente, pero alimentó el sentido de orgullo nacional en aquellos hombres que lucharon por la defensa de Sebastopol, quienes sentían que sus sacrificios y los motivos cristianos por los que luchaban habían convertido su derrota en una victoria moral.

    La caída de Sebastopol se convirtió en un triunfo nacional y su capacidad de resistencia en un motivo de orgullo patriótico. Como consecuencia de la guerra se produjo un despertar nacional de Rusia que era reflejo de las actitudes heroicas del pueblo ruso durante la Guerra de Crimea .

    El convulso siglo XX

    Durante la Guerra Civil Rusa, y tras la revolución de octubre de 1917, Crimea se convierte en la base del anticomunista Ejército Blanco contra el Ejército Rojo. Sin embargo, tras la victoria de los comunistas en 1921, los bolcheviques anexionaron Crimea estableciéndola como República Autónoma Socialista Soviética de Crimea.

    Durante la Segunda Guerra Mundial Crimea sufrió duramente. En 1941 es invadida y ocupada por el ejército alemán, quienes en diez días alcanzaron Sebastopol. Tras un largo asedio de once meses, la ciudad fue destruida; sin embargo, los encarnizados combates por su defensa mostraron nuevamente la abnegación y el heroísmo de los soldados rusos.

    La reconquista soviética de Crimea se produce a partir de mayo de 1944. Stalin toma la decisión de acusar a los tártaros de Crimea de colaborar con la Alemania nazi, lo que significó la deportación de al menos 200.000 tártaros, permitiéndoseles regresar recién en 1989, bajo el gobierno de Mijail Gorbachov.

    Y será precisamente en Crimea, en la ciudad de Yalta, donde una vez terminada la guerra, en el lujoso Palacio de Livadia donde se celebró la histórica Conferencia de Yalta. En ella, Churchill, Roosevelt y Stalin en representación de las potencias ganadoras definieron cómo se organizaría el mundo después del conflicto, lo que marcará profundamente el curso de la historia hasta nuestros días. En ella se selló la división de Europa y se sentaron las bases de la Guerra Fría.

    Será en 1954 cuando la historia de Crimea tenga nuevamente un vuelco inesperado. El entonces presidente de la Unión Soviética Nikita Kruschev, de origen ucraniano, transfirió la península y convirtió a Crimea en parte de la República Soviética de Ucrania. Para muchos un error e injusticia histórica que debía ser reparada.

    Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991 Crimea se transformará en foco de disputas permanentes entre Rusia y Ucrania. En 1992 el gobierno de Kiev impidió la celebración de un referéndum sobre la independencia de Crimea apoyado por los rusos. Sin embargo, y a modo de concesión, se creó la República Autónoma de Crimea, ampliando sus derechos dentro de Ucrania, pero eso no bastó.

    Años más tarde, Kiev y Moscú firmaron un acuerdo que permitió el establecimiento de la Flota rusa del Mar Negro en la ciudad de Sebastopol. La ciudad, además de formar parte del imaginario ruso por las grandes hazañas heroicas protagonizadas por sus soldados, es de importancia estratégica para Moscú ya que le permite mantener control del Mar Negro y un rápido acceso y presencia naval en el Mar Mediterráneo.

    El regreso a Rusia

    En noviembre del año 2013, Viktor Yanukovich, en ese entonces presidente ucraniano, anunció que su gobierno abandonaría los planes de fortalecer lazos con la Unión Europea y, por el contrario, reafirmaría los vínculos con Rusia. Inmediatamente comenzaron las protestas de la población que anhelaba una Ucrania cada vez más unida a Europa.

    Las protestas y disturbios en Maidan, la plaza central de Kiev, fueron en ascenso. En febrero de 2014 manifestantes mueren en las confrontaciones, pero logran sacar a Yanukovich de la presidencia e instalar un gobierno provisional.

    El gobierno del Kremlin decide intervenir en la política ucraniana, tal vez por temor a que esas manifestaciones pudieran traspasarse eventualmente a Moscú.  A principios de marzo, el Presidente ruso Vladimir Putin envía tropas rusas a ocupar Crimea, había comenzado el plan por llevar de regreso a casa a la Península. Por su parte, el gobierno prorruso de Crimea declara la independencia del territorio y organiza un referéndum sobre su adhesión a Rusia.

    El domingo 16 de marzo, los resultados de ese plebiscito son casi unánimes. La votación demostró la convicción de que Crimea era parte de Rusia. Ni siquiera los grandes cambios del siglo XX, ni los más de veinte años en que fue parte de otra nación lograron alterar esa convicción. La anexión de Crimea fue celebrada tanto en Rusia como en la propia península. Crimea había conservado su alma rusa y deseaba el regreso a la madre patria.

    Según la constitución ucraniana y las leyes internacionales el referéndum fue inconstitucional. De eso, no hay dudas. Hoy ha pasado un año desde esos acontecimientos y a pesar de las presiones y sanciones occidentales en contra de Rusia, la situación sigue siendo la misma; nada ha podido hacerse en contra de esa anexión. Rusia sigue defendiendo la idea de que Crimea es parte fundamental de la nación ya que representa un capítulo en su historia sin el cual no existiría la Rusia actual.

      

  • Rasputin

    Rasputin

    El Monje Loco en la sombra de los últimos Romanov

    En diciembre de 2016 se cumplen 100 años del asesinato de Rasputín, el llamado Monje Loco, que gran influencia ejerció en los últimos zares de Rusia. Su muerte fue planeada como en una conspiración palaciega, como un servicio a la patria por parte de miembros de la nobleza. La historia de este hombre, llena de misterio, intrigas y sospechas, ha llenado por un siglo las páginas de los libros que desean comprender su real influencia en el trágico desenlace de la familia real rusa y en los acontecimientos que marcan el inicio de la Revolución Rusa de 1917.

    A comienzos del siglo XX el ambiente en San Petersburgo, capital del imperio ruso, era extraño. Los zares de la dinastía Romanov y toda la familia imperial, estaban cautivos, casi hechizados por un personaje tan extraño como difícil de definir. Grigori Yefímovich Rasputín, una mezcla de guía religioso, mago, adivino y taumaturgo.

    Había llegado a la corte unos años antes. De origen rural como la gran mayoría de los rusos de ese entonces, había nacido en 1869 en Pokróvskoe, en la  región de Tiumen, en  la Siberia Occidental donde vivió toda su infancia. De niño le impresionó mucho la muerte de su hermano mayor y muy pronto comenzó a mostrar una actitud hacia el sexo poco normal para un joven de su edad.

    A los diecinueve años se casó con Proskovia Fiódorovna, con quien tuvo cuatro hijos. Luego de unos años, inició una vida religiosa al decidir abandonar a su familia para residir en un pequeño convento en las cercanías. Hacia 1900 ya se había convertido en un strannik, una especie de peregrino o vagabundo religioso que iba de pueblo en pueblo predicando sus enseñanzas. Incluso habría viajado por Grecia y Jerusalén. Durante esta peregrinación Rasputín vivió de la caridad de los campesinos que encontraba a su paso.

    Muy pronto comenzó a adquirir fama de sanador y se convirtió en un especie de guía espiritual campesino. De mirada penetrante, modales muchas veces bruscos y groseros, pero de gran carisma y facilidad de palabra, impresionaba positiva y negativamente a todo aquel que le rodeaba. Era una especie de mago del pasado, entretenía con sus historias de Siberia y por sobre todo con las historias de los campesinos. Sus aparentes poderes místicos convirtieron a Rasputín en la sensación de la alta sociedad rusa.

    Los últimos Romanov

    La familia Romanov había gobernado el imperio por más de trecientos años. Desde fines del siglo XIX era el turno del zar Nicolás II, el último de los zares de Rusia. Su figura es controvertida y habitualmente ha sido considerado como un hombre débil e influenciable hasta el punto de ser incapaz de tomar una decisión por si sólo.

    Desde muy niño tuvo que familiarizarse con la muerte. Sin duda uno de los momentos que más marcó al joven Nicolás, en ese entonces de quince años, fue el asesinato de su abuelo, Alejandro II en 1881. El terrible acontecimiento dejó una huella imborrable en el futuro zar que al igual que su padre decidió aferrarse a la seguridad de la fórmula autocrática.

    Eran tiempos turbulentos que exigían poner en juego grandes habilidades políticas. Pero el zar fue incapaz de adaptarse a unas circunstancias políticas, sociales y económicas muy distintas de las que habían tenido que afrontar sus antecesores. A este respecto el historiador Nicholas Riasanovsky, en su obra Historia de Rusia estima que “…el último zar no carecía de cualidades, por ejemplo, la simplicidad, la modestia y el apego a su familia. Pero estos rasgos de carácter pesaban poco en una situación que exigía fuerza, resolución, flexibilidad y capacidad de prever los acontecimientos. Un segundo Pedro el Grande podría, quizá, haber salvado a los Romanov y a la Rusia imperial (…). Pero Nicolás II no era Pedro el Grande…”. El tiempo de la Rusia de los Zares se extinguía y Nicolás fue ciego a los signos de sus tiempos.

    Su matrimonio con la princesa alemana Alix de Hesse se celebró poco tiempo después de su ascensión al trono imperial. La princesa, huérfana de madre, había sido criada en la corte de su abuela materna, la Reina Victoria de Inglaterra, quien la consideraba una de sus nietas más queridas. La mayoría de los historiadores concuerdan, sin embargo, en que poco aprendió del espíritu liberal y parlamentario de aquella monarquía, al contrario se convirtió con los años en la más fiel defensora del control autocrático sobre la que sería su nueva patria.

    Como era tradicional en la corte rusa, Alix debió convertirse a la ortodoxia y cambió su nombre por el de Alejandra Fiódorovna. A pasar del rechazo del pueblo ruso por la princesa alemana a la que consideraban fría y distante, el matrimonio imperial se mantuvo unido hasta el trágico y desgraciado final de la familia imperial en 1918.

    Después de años de matrimonio y cuatro hijas, las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, la ansiedad se apoderó de la zarina Alejandra. Su obsesión era tener un hijo varón que se transformará en el heredero al trono.

    El zarévich Alekséi Nikoláyevich Romanov llegó al mundo el 12 de agosto de 1904. Pero  cuando apenas contaba con seis semanas de vida el niño comenzó a sangrar sin que hubiera manera de detener la hemorragia. Alekséi había nacido con una enfermedad que ponía en riesgo la continuidad de la dinastía: la hemofilia.  Esta condición heredada de su madre, significaba que un mal golpe podría significar la muerte del heredero.

    La obsesión del pasado de Alejandra por tener un hijo se transformaba ahora en una obsesión por salvar a ese niño de la muerte. La zarina se refugió en la Iglesia Ortodoxa pero ni su actitud devota ni su fe traían la calma. La enfermedad de Alekséi puso fin a cualquier atisbo de normalidad que pudiera existir en aquella familia que decidió guardar aquel secreto tras las puertas del palacio imperial.

    1905

    En ese ambiente de desesperación aparece en sus vidas Grigori Rasputín. A oídos de la zarina llegaron noticias de las increíbles habilidades del monje siberiano. Era el año 1905, año que se inicio, sin embargo, con graves problemas políticos para la familia imperial.

    En enero una protesta pacífica en San Petersburgo que pretendía entregar al zar una petición de mejoras salariales finalizó con el ejército reprimiendo violentamente a los manifestantes frente al Palacio de Invierno. Fue el Domingo Sangriento. El zar se vio obligado a iniciar una serie de reformas políticas, pero que no serán suficientes para evitar el inicio de una conmoción mayor.

    En el ambiente familiar las noticias eran buenas. Nicolás y Alejandra quedan gratamente impresionados en el primer encuentro con Rasputín. Incluso se le permitió al monje visitar el lecho del joven príncipe. Se produce entonces la primera milagrosa sanación y la hemorragia se detiene. El gran poder hipnótico de Rasputín había dado su primer resultado, la zarina se convence de que el monje campesino obraba milagros.

    Al parecer Rasputín era capaz de detener las hemorragias del zarévich mediante la hipnosis. Pero hay distintas teorías al respecto, algunas hablan de misteriosas drogas y otras de un estado psicológico generado por medio de la imposición de las manos del monje siberiano.

    Lo cierto es que la fama de Rasputín comenzó a crecer en la sociedad rusa. Tanto es así que el propio zar da la orden a la Ojrana, policía secreta del régimen zarista, de que protegiera a Rasputín, ya que todos querían ser recibidos por el famoso monje taumaturgo.

    A medida que el poder de Rasputín crecía, también lo hacían las leyendas sobre su vida.  Lo que ocurría en su departamento ubicado en la calle Gorójovaia 64 de San Petersburgo pronto se transformaría en el mayor rumor de la época. Se especulaba sobre su libertino estilo de vida y sobre su forma de vivir escandalosa, sus excesos con la bebida y el poco cuidado de su imagen. Pero lo más dañino políticamente fue el infundado rumor sobre su aventura amorosa con la Zarina Alejandra.

    A pesar de ello, el poder de Rasputín para sanar al pequeño Alekséi le aseguró la confianza de la familia real, convirtiéndose en uno de sus principales confidentes, sobre todo de Alejandra quien seguía dócilmente las sugerencias del “hombre santo”. Pero no sólo se convirtió en el consejero personal y médico de la familia, sino que comenzó a intervenir activamente en los asuntos políticos.

    Para la opinión pública de la época y sobre todo para una escéptica aristocracia, Rasputín parecía tener prisioneros a los zares. Gran parte de la nobleza comenzó a mirarlo con desconfianza, más aun cuando se opuso a la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial. Desde Siberia enviaba telegramas a Alejandra rogándole convencer al zar de no entrar en el conflicto: ¡Que Papá no haga la guerra! Porque la guerra significará el fin de Rusia y de vosotros. ¡Pereceréis todos!”.

    La I Guerra Mundial

    Pero el Zar Nicolás no quiso dejar pasar la oportunidad de ser protagonista de la historia y ubicar a Rusia al nivel de las grandes potencias europeas. Por ello, no sólo  se alió a Francia e Inglaterra y declaró la guerra a Alemania, sino que decidió asumir el mando supremo del ejército y dirigir personalmente a las tropas de 15 millones de soldados mal armados y poco abastecidos en el frente de batalla.

    El mando del gobierno y los asuntos internos quedaron en manos de la zarina, quien se convertía en el verdadero autócrata, y tras ella, en las sombras, el monje. Alejandra se jactaba de ser la primera mujer en Rusia que recibía a ministros desde tiempos Catalina la Grande.

    Rasputín la animaba en esos delirios de grandeza y la manipulaba en favor de sus propias pretensiones políticas y con el objetivo de dirigir estrechamente al zar Nicolás, a quien calificaba de “Hijo de Dios” y “Alma Cándida”, para que no cometiera errores. El principal, en ese momento, la participación de Rusia en la guerra. Por ello le escribe, instándolo a retirar al país del conflicto y firmar la paz con Alemania:

    Querido Amigo. Lo digo una vez más. Una nube terrorífica cubre Rusia. Desgracia y pena inmensas, noche sin claridad sobre un mar de lágrimas sin límites. Y pronto la sangre […]. Tú eres el Zar, el Padre del Pueblo; no permitas que los dementes se salgan con la suya y pierdan al pueblo. De acuerdo, se vencerá a Alemania. Pero ¿y Rusia? Cuando pienso en ella, no veo víctima más desolada en todos los siglos. Está toda ella ahogada en sangre. Sus palabras eran proféticas y su influencia cada vez mayor. Existen antecedentes de que las intrigas del monje llegaron a tal punto a finales de 1915 de maquinar una abdicación de Nicolás II en beneficio del zarévich quien gobernaría bajo la regencia de la emperatriz, lo que habría significado para Rasputín detentar todo el poder del Imperio.

    En este período, la evolución política de Rusia encaminaba al país a una de las mayores revoluciones de la historia; los siglos de férrea autocracia y la grave situación económica de la gran mayoría de la población habían convertido a Rusia en el caldo de cultivo perfecto para la agitación revolucionaria. Y precisamente en ese momento crítico de la historia la situación de la familia imperial se encontraba absolutamente entrelazada con los acontecimientos históricos.

    Alejandra, calificada como su Eminencia Gris, controlaba de un modo evidente a su esposo e incluso, pasando por encima de él, a sus ministros. El zar parecía no saber lo que verdaderamente ocurría a su alrededor, y nunca se atrevió a oponerse a una decisión de la zarina. Así en sus diecisiete meses del gobierno Alejandra manejaba el gobierno en términos de amigos y enemigos de la causa llevada a cabo por ella y por Rasputín. La consecuencia fue que Rusia tuvo, entre otros, a cuatro primeros ministros, cinco ministros del interior, tres ministros de relaciones exteriores. Ello no sólo dejó fuera del poder a los hombres más competentes, sino que además generó desorden y desorganización en el trabajo del gobierno.

    Hacia septiembre de 1916 la molestia y sospechas de la aristocracia por el poder de Rasputín llegaron a un punto culmine. En una reunión de la Duma, su presidente, Mijail Rodzianco se refiere al monje diciendo: Él ha marcado el comienzo de la decadencia de la sociedad rusa y la pérdida de prestigio de la corona y del mismo zar. Desde este momento la vida de Rasputín corría peligro.

    La Muerte de Rasputín

    Durante meses y con la participación del gran duque Dimitri, de Vladimir Pouritchkevitch, miembro del parlamento, del médico Lazovet, del capitán Soukhotin y de algunas personas del servicio de su palacio, el príncipe Félix Yusúpov tramó una conspiración para poner fin a la vida y nefasta influencia del monje.

    Yusúpov, miembro de la familia real, era hijo de una de las familias más ricas y antiguas de Rusia y esposo de una sobrina del zar. La aristocracia de la cual él era parte no podía asumir lo que estaba ocurriendo; el monje loco era para ellos un obstáculo, por lo que debía ser eliminado.

    El 29 de Diciembre de 1916, Rasputín es invitado a una velada en palacio Yusúpov ubicado a orillas del Moika. El vino y la comida estaban envenenados con cianuro. Rasputín bebió y comió sin que nada hiciera efecto. El príncipe entonces decide disparar, pero el monje de Siberia parecía inmortal. El nerviosismo se apoderó de los conspiradores que no tuvieron otra salida que rematarlo a tiros y deshacerse del cadáver arrojándolo, desde el puente Petrovski a las heladas aguas del Neva.

    Dos días después, el cuerpo fue recuperado. La autopsia reveló que los pulmones estaban llenos de agua, los brazos en posición vertical, como si hubiese intentado salir de las aguas. Rasputín había muerto ahogado.

    Yusúpov y compañía, protegidos por su condición, nunca fueron acusados directamente del crimen. La orden del zar fue deportarlos, el príncipe Félix a su hacienda de Rakitnoe  y el gran duque Dimitri a Persia. El destierro les salvaría la vida.

    Algunas investigaciones y documentales recientes ofrecen una nueva versión no oficial ni aceptada sobre lo que ocurrió aquella noche. Agentes británicos, conscientes de que Rasputín era una de las personas más influyentes en Rusia y que abogaba por un tratado de paz con los alemanes, habrían estado implicados en el asesinato.

    El cuerpo de Rasputín  fue enterrado en el parque del palacio Tsárskoye Seló, y luego de la Revolución de 1917, por orden del jefe del gobierno provisional Alexander Kerenski, el cuerpo de Rasputín fue desenterrado y quemado. Pero más allá de las controversias respecto a la muerte y autopsia, el asesinato del monje puso fin simbólicamente a una etapa, la de los zares, y de alguna manera dio inicio al período revolucionario en Rusia.

    Su profecía final

    Poco antes de morir, Rasputín habría dirigido una carta al zar Nicolás II, en ella hacia un vaticinio inquietante para los Romanov ya que suponía la muerte no sólo del zar sino que de toda la familia imperial:

    (…) Tengo el presentimiento de que moriré antes del 1 de enero [1917]. Le escribo al pueblo ruso, a Papá [el Zar Nicolás], a Mamá [la Zarina Alejandra] y sus hijos, a toda la Patria Rusia, aquello que ellos deben saber y comprender. (…) Si voy a ser asesinado por gente común, especialmente por mis hermanos los campesinos rusos, entonces el zar de Rusia no debe preocuparse por sus hijos, que reinarán en Rusia otros cien años (…) Pero si soy asesinado por los boyardos y nobles te digo a ti que ninguno de tu familia, ninguno de tus hijos, vivirán más de dos años (…) Ellos serán asesinados por el pueblo ruso. Y si viven rogarán a Dios la muerte, pues verán la desgracia y la vergüenza de la tierra rusa, la llegada del anticristo, la pestilencia, la pobreza: serán profanados los templos y escupirán en los santuarios donde todos se volverán cadáveres. Tres veces 25 años los bandidos de negro, sirvientes del anticristo, destruirán al pueblo ruso y a la fe ortodoxa. Y la tierra rusa perecerá. (.…)Voy a ser asesinado. Ya no estoy entre los vivos. Reza, reza, se fuerte, piensa en tu familia bendecida(…). Grigori.

    Sólo unos pocos meses después de la muerte de Rasputín, Nicolás II abdicó como zar en marzo de 1917. Y menos de dos años más tarde ningún miembro de la familia real  sobrevivió en Ekaterimburgo, fueron ejecutados por una orden del gobierno bolchevique en la madrugada del 17 de julio de 1918.

    Finalmente tanto el zar como su familia fueron arrastrados por una revolución de la cual ellos, al parecer, eran absolutamente ajenos. Desde finales de 1916 y el fin de Rasputín, la agitación cada vez mayor del movimiento obrero, las constantes conspiraciones políticas comenzaron a ser una muestra del agotamiento del sistema, siglos de autocracia y servidumbre, sin posibilidad para reinventarse o generar algún cambio verdadero hacían más que probable la llegada de la revolución. Alejandro Muñoz Alonso describe aquel momento como si desde las entrañas de la Tierra rusa, la aplazada Revolución de 1905 pugnara por salir a la superficie para retomar la marcha que la represión no la había permitido completar. La revolución estalló y ejerció desde el principio, y no sólo desde la etapa de Stalin, una crueldad verdaderamente inconcebible.

  • San Petersburgo

    San Petersburgo

    La joya de Pedro el Grande

    San Petersburgo es una una de las ciudades más grandes de Europa, hoy la segunda ciudad más poblada de Rusia. Fue la capital del imperio ruso por más de 200 años. Conocida como la ciudad de los tres nombres, coloquialmente los peterburgueses y rusos en general llaman a esta metrópolis Peterburg o de manera aún más familiar Píter. El centro de la ciudad, junto a monumentos en sus alrededores, son considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1990.

    Tres han sido las ciudades más importantes para la historia de Rusia. Kiev, la ciudad madre, Moscú, el corazón y San Petersburgo, su cabeza. Situada en el noroeste del país, en la costa del mar Báltico, San Petersburgo siempre ha tenido una importancia estratégica para Rusia. Imaginada, ideada y creada por el Zar Pedro el Grande, es para muchos la ciudad más bella de Rusia y la que representa el apogeo de la Rusia imperial. 

    La joya del Neva, como también es conocida, es la ciudad que enlaza a Rusia con Occidente. Es el bastión de la Rusia europea y occidental, cuya contraparte es Moscú como la ciudad que representa a la Rusia eslava y asiática. 

    Para entender su origen es necesario adentrarse en uno de los reinados más importantes para la historia de Rusia, el del Zar Pedro el Grande de la Dinastía Romanov. Hijo del zar Alejo I, Pedro gobernó desde 1682 hasta su muerte en 1725 y durante su reinado se vivió una las épocas de mayor esplendor en Rusia. 

    Fue proclamado como el zar de todas las Rusias, y con sus reformas logró transformar a la Rusia Moscovita en una de las principales potencias europeas. Desarrolló la industria, el comercio, la educación y las ciencias, reorganizó el Ejercito y la Armada. Todo de acuerdo a lo que vio en los años en los que viajó y estudió en Europa. 

    Pedro no sentía mayor apreció por Moscú ni por su nobleza. Por ello uno de las reformas por él emprendidas significó un cambio en el estilo de vida de la sociedad rusa. Mandó a la nobleza a cortar los abrigos, las barbas y el pelo, símbolos tradicionales de los viejos boyardos, principales nobles de Moscovia. Ordenó, por el contrario usar pelucas y tacos altos, muy al estilo de la Europa de entonces. 

    Amplió las fronteras del imperio enormemente. Sin embargo, a fines del siglo XVII, Rusia no contaba durante la mayor parte del año con una sálida viable hacia el mar, lo que limitaba su poder y su crecimiento económico. Pedro lo sabía, por ello el sueño del joven zar, era corregir esta situación y conseguir así la supremacía marítima rusa. 

    La pregunta era por dónde lograrlo, por el Mar Negro o por el Báltico. Dado que no podía hacerlo hacía el sur ya que había firmado la paz con el Imperio Otomano que controlaba el acceso al Mar Negro, Pedro apuntó en dirección contraria, hacia el Báltico, controlado por Suecia desde medio siglo antes.  

    Por esa razón el zar decidió involucrarse en la Guerra del Norte y declaró la guerra a Suecia. Su primer intento contra el rey Carlos XII terminó en el desastre de la Batalla de Narva de 1700. Pero su creencia de que lo imposible podía ocurrir lo hizo seguir adelante. El historiador británico Orlando Figues en su obra El Baile de Natasha, relata que en una neblinosa mañana de la primavera de 1703 “una docena de jinetes rusos cabalgaban por las desoladas y yermas tierras pantanosas donde del río Neva desemboca en el mar Báltico. Estaban buscando un sitio donde construir una fortaleza contra los suecos. (…) para el Zar que encabezaba esa pequeña tropa de exploradores, la visión de aquel río ancho y lleno de recodos que desembocaba en el océano era una promesa y una esperanza. Desmontó su caballo. Con su bayoneta, cortó dos tiras de turba y las dispuso en forma de cruz sobre el suelo pantanoso. Entonces, él, Pedro, dijo: aquí habrá una ciudad”. 

    Y así fue, pero pocos lugares podrían haber sido más inadecuados para levantar una gran metrópolis: pantanos, marismas, bruma, nieve, animales feroces y un río que se helaba casi la mitad del año hacían del terreno un lugar no apto para ser habitado por los hombres. Sin embargo, la voluntad férrea de Pedro hizo que, tras algunos triunfos sobre los suecos, decidiera levantar inmediatamente una fortificación en la pequeña isla Záyachi. Se inició así la construcción de la fortaleza de Pedro y Pablo. El hecho se considera el acto de fundación de San Petersburgo, en mayo de 1703. Pedro la bautizó como la ciudad de San Pedro, en honor del apóstol, su santo patrono. Pero lo hizo a la manera holandesa y alemana, rechanzando el de Petrogrado.  

    La ciudad se construyó con un ritmo vertiginoso para la época. Pedro se inspiró en Venecia y en Amsterdam para la creación de la ciudad promoviendo la construcción de canales en las calles. Hizo traer a arquitectos e ingenieros franceses, alemanes e italianos como Doménico Trezzini, los que se involucraronen en el desarrrollo y construcción de la ciudad, uno de los núcleos urbanos más espléndidos y armoniosos de Europa.

    Una enorme fuerza laboral de siervos fue traída desde todos los rincones del imperio. La cuota anual llegó a ser de 40.000 hombres que se trasladaban sólo con sus pertenencias para trabajar en hacer realidad el sueño del zar. Llegaban ahí a pasar hambre, frío y vivir en condiciones extremas muriendo gran catidad de ellos. Se calcula que la mortalidad entre los trabajadores en ocasiones alcanzaba incluso el 50 %.

    Mientras se construía, los siervos encontraban agua a poco más de un metro de profundidad, por ello la ciudad y sus cimientos se contruían arrojando a los pantanos troncos y basura. Pero pese a los inconvenientes del lugar, el zar decidió seguir adelante con su empresa. La necesidad de maderas y piedras para crear cimientos sólidos lo llevaron a tomar medidas urgentes. Mandó traer madera de la región del Ládoga y de Nóvgorod. Y dio ódenes para conseguir las piedras para las edificaciones a cualquier precio. Estipuló, cuotas que debía aportar todo aquel que quisera comerciar en la naciente ciudad y luego prohibió que se construyera en Moscú y más tarde en cualquier parte del imperio con este material. Todo el esfuerzo y recursos del Imperio debían estar al sevicio de la creación de Pedro. 

    A pesar de las dificultades, Pedro la hizo realidad. La imaginación popular hizo creer a los rusos de que la ciudad tenía un plan celestial. Pedro la había construido en el cielo y luego la había hecho desdender al suelo. 

    Rápidamente se construyeron un gran número conjuntos de arquitectura barroca y neoclásica y se iniciaron las obras de un astillero, el Almirantazgo, que luego se convertiría en el cuartel general de la armada rusa. En 1712 la ciudad ya estaba lista para convertirse en capital del Imperio, lo que no gustó a los más tradicionalistas de la Iglesia ortodoxa rusa. Moscú era la capital patriarcal, símbolo de la Santa Rusia, la Tercera Roma. 

    La ciudad había tenido un crecimiento asombroso, hasta el punto que tenía cerca de 34.000 habitantes cuando Pedro la declaró capital del Imperio, medida que contribuyó aún más a su florecimiento. Alemanes, finlandeses, suecos, armenios, tártaros y representantes de muchas otras nacionalidades comenzaron a establecerse ahí desde principios del siglo XVIII.

    Ese mismo año, Pedro ordenó la construcción a orillas del Neva del Palacio de Invierno, icono de la ciudad que ha sido reedificado en diversas ocasiones a lo largo de la historia. El actual cuenta con unas 1.100 habitaciones y forma parte del céntrico museo, el famosísimo Hermitage.

    Pero Pedro muere en 1725 a los 52 años, antes de ver el mayor esplendor de la ciudad y sus restos descansan hoy en la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. Un poco más de un siglo después uno de los más grandes poestas rusos y creador de la literatura rusa moderna, Aleksander Pushkin, escribirá “El Jinete de Bronce” donde dirá de Pedro el Grande, como una especie de profecía a posteriori: “Y pensaba: Desde aquí amenazaremos a los suecos. Aquí se edificará una ciudad que encolerizará a nuestro altivo vecino. Aquí la naturaleza nos ordena abrir una ventana sobre Europa”.

    Y efectivamente San Petersburgo será aquella ventana, y no sólo eso. Será, en plabras de Orlando Figues, una puerta abierta a través de la cual Europa entraba en Rusia y los rusos entraban en el mundo. Ser ciudadano de San Petersburgo significaba dejar atrás las costumbres atrasadas del pasado ruso de Moscú y entrar, como ruso europeo, al mundo moderno occidental.  

    Pedro falleció sin dejar un heredero digno y fuerte, una de las páginas más oscuras de su reinado. Tras su muerte le sucedieron una serie de reinados débiles hasta la coronación de la emperatriz Catalina II la Grande. Princesa alemana de nacimiento, sucedió en el trono a su marido Pedro II, sobrino de Pedro el Grande. Ávida de poder hizo todo lo posible por parecer rusa pura, aprendió el idioma, se convirtió a la fe ortodoxa y no tuvo dudas de que el destino de Rusia, estaba absulotamente ligado al suyo. Su misión era acercar a Rusia al resto del mundo y lograr la gloria de aquel país en el que Dios la había puesto.  

    Catalina expandió ampliamente el imperio. A expensas del Imperio Turco logró cumplir el otro sueño de Pedro el Grande, al dominar los puertos del Mar Negro en 1783 cuando ocupa y anexiona Crimea deponiendo a su último Khan, Sagin Giray. La  Gubernia rusa de Táurida transformó a Rusia en una potencia meridional.

    Desde San Petersburgo, Catalina siguió con atención las novedades parisinas y se transformó en protectora de ilustrados e intelectuales franceses quienes dominaban la vida artística y cultural del momento. La metropoli se transformó en una ciudad ilustrada y Catalina contribuyó mucho al embellecimiento de la ciudad. 

    Ansiosa de obtener legitimidad a los ojos del pueblo y ser relacionada con la figura de Pedro ordenó la construcción de una estatua en bronce como forma de homenajearlo. Por consejo de Denis Diderot con quien Catalina intercambiaba correspondencia encargó al escultor francés Étienne-Maurice Falconet la creación de la obra. El Jinete o Caballero de Bronce, que recibe este nombre por la influencia del poema homónimo de Pushkin lleva la inscripción “Catalina Segunda a Pedro Primero, 1782”.

    A pesar de la difícil situación financiera, la emperatriz gastó sus últimos años y casi sus últimos rublos en fundar el mueso de El Hermitage y dotarlo de valiosísimas obras de arte y en construir pretenciosos y majestuosos palacios, la mayoria para sus favoritos. El Palacio Táuride, para el artífice de la anexión de Crimea, Grirori Potemkin. Gatchina a 45 km de San Petersburgo, para el Conde Grigori Orlov. Y Tsarskoe Selo, en las inmediaciones de la capital. Hoy Pushkin, en honor al poeta quien estudió en el Liceo de la ciudad, contruído en 1811 por órdenes del Zar Alejandro I. 

    Con los reinados de los sucesores de Pedro y Catalina se construyeron en la ciudad el resto de los que hoy son sus principales atractivos turísticos. Con ello, San Petersburgo se convirtió en el centro político, cultural, científico, comercial e industrial de Rusia.  Y Rusia en una de las potencias hegemónicas de Europa. 

    El zar Alejandro I, nieto favorito de Catalina, será el salvador de Europa al triunfar sobre Napoleón y ser protagonista del Congreso de Viena. Pero al interior del Imperio la situación emperoraba, la posibilidad de perder la soberanía nacional había generado una heroíca lucha del pueblo ruso contra los invasores franceses, una Guerra Patria, pero a su regreso se encontraron con que la autocracia, la servidumbre y la politica de Alejandro se volvía cada vez más autoritaria. 

    San Petersburgo será el lugar donde comiencen a manifestarse los primeros síntomas de descontento. Tras la muerte de Alejandro en 1825, un grupo de jóvenes liberales rusos, que venían soñando con cambios, creen que ha llegado el momento de llevar a cabo una serie de reformas tendientes a establecer un tipo de monarquía que consagre sus aspiraciones más democráticas. 

    El zar había muerto sin hijos, y le corresponde al gran duque Constantino ocupar el poder. Las sociedades secretas lo apoyan, sin saber que Constantino, en ese momento en Varsovia, había renunciado al poder en favor del tercer hermano, el gran duque Nicolás. Mientras se dilucidaba la sucesión entre los dos hermanos, los rebeldes aprovecharon la situación para organizar una insurrección con el fin de restringir e incluso derrocar la autocracia. Los sublevados tomaron la Plaza del Senado en San Petersburgo, hoy Plaza Decembrista. El resultado será la Revolución Decembrista de diciembre de 1825, la que será duramente sofocada por el nuevo Zar Nicolás.

    San Petersburgo se transforma así en el lugar de fermentación de los movimientos revolucionarios, que poco a poco serán protagonistas de la historia rusa en la medida que nos acercamos al siglo XX. No sin antes ser la ciudad en la que es asesinado el Zar Alejandro II, víctima de un atentado. 

    Alejandro había iniciado una serie de reformas que llegaron demasiado tarde. El 13 de marzo de 1881 el zar se dirigió al Cuartel de la Manege en San Petersburgo para revisar los regimientos de la Guardia de Infantería cuando es alcanzado por un explosivo que le destruyó ambas piernas y horas más tarde le provocó la muerte. Alejandro murió rodeado de los miembros de la familia Románov, uno de ellos su nieto de trece años de edad, el que luego sería Nicolás II, último zar de Rusia. 

    En el lugar exacto del atentado, se erigió en 1883 una catedral por orden de Alejandro III en homenaje a Alejandro II. Ubicada a orillas del canal Griboedov, la Catedral de la Sangre Derramada es el típico ejemplo de la llamada arquitectura al estilo ruso. Nueve cúpulas, algunas doradas y otras esmaltadas, con una altura de 81 metros la más alta, su construcción demoró mas de 20 años, siendo finalizada recién en 1907.

     A raíz de lo ocurrido Alejandro III refuerza aun más la autocracia, mientras San Petersburgo crece y se transforma en la cuna cultural de Rusia, inspiración de poetas, artistas, músicos y escritores. Pero aumenta también su industrialización, y con ello la mano de obra que verá como empeoran sus condiciones de trabajo y forma de vida. Los intelectuales emigran a Europa para evitar la persecución y entran en contacto con las ideas de Marx.

    En San Petersburgo se gestaron las dos grandes revoluciones del Siglo XX. La de 1905 que limitó el poder de los zares y estableció la Duma. Y la de 1917 que puso fin al régimen zarista, exterminó a los últimos representantes de la dinastía Romanov y finalizó en la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS.

    A comienzos del siglo XX el descontento era generalizado. Rusia se había transformado en el caldo de cultivo necesario para la revolución. La ineficacia del zar se reflejó abruptamente en 1905 cuando Japón derrota a la que se consideraba una gran potencia europea. Y luego cuando una protesta pacífica en San Petersburgo que pretendía entregar al zar una petición de mejoras salariales, terminó siendo violentamente reprimida frente al palacio de invierno.

    Los intentos posteriores de otorgar mayores libertades, no fueron suficientes porque el tiempo para la Rusia de los Zares se acercaba a su fin. En 1914 estalla la I Guerra Mundial. El Zar Nicolás II no quiso dejar pasar la oportunidad de ser protagonista junto a las demás potencias europeas. Alrededor de 15 millones de soldados mal armados y poco abastecidos fueron enviados al frente de batalla dirigidos por el propio Zar. Dejando el mando del gobierno en San Petersburgo en manos de la Zarina Alejandra, quien estaba fuertemente influenciada por el monje Grigori Rasputín quien había llegado a vivir y a encandilar a la sociedad peterburguesa en 1903. 

    Al empezar la guerra, la capital del Imperio cambió su nombre de San Petersburgo, por sus evidentes resonancias alemanas, a Petrogrado, de contundentes raíces rusas y mucho más patriótico para el juicio de las autoriades de entonces. 

    El soviet de San Petersburgo será el motor principal de la agitación revolucionaria. Con el estallido de la revolución en 1917 la ciudad se convierte en el centro de la rebelión que provoca la caida del régimen del zar. Luego, tras una efímera experiencia liberal, el líder bolchevique Vladimir Ilich Ulianov, Lenin liderará el golpe de Estado en San Petesburgo contra el gobierno provisional de Kerensky. Y bajo la promesa de “Paz, Tierra y Pan” en octubre de 1917 triunfa la primera revolución comunista de la historia. 

    Una de las primeras medidas del régimen será en marzo de 1918 trasladar la capital nuevamente, y luego de 200 años, a Moscú. El Ejército Rojo organizado bajo la férrea disciplina de León Trotsky puso fin a la guerra civil entre blancos y rojos el 25 de octubre de 1922. Nace la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dos años más tarde, en 1924, ante la muerte de Lenin la ciudad de San Petersburgo cambió nuevamente su nombre por el de Leningrado, en honor al líder de la revolución. Y así permanecerá por años.  

    La ciudad de Petrogrado primero y Leningrado después, sobrevivió a las dos  revoluciones, a la I Guerra Mundial, a la creación de URSS, a la pérdida de la capitalidad, a las matanzas comunistas y las purgas de Josif Stalin. Pero, sin lugar a dudas, el pasaje más dramático y traumático fue la II Guerra Mundial, cuando la ciudad fue sitiada por las fuerzas armadas de la Alemania nazi durante 29 meses, quienes la bombardearon constantemente y la bloquearon para que no pudiera abastecerse. 

    La metropoli sobrevivió y tras la derrota de Alemania en 1945, la ciudad fue nombrada Ciudad Heróica por las autoridades soviéticas. Tras el fin de la guerra se iniciaron las labores de reconstrucción muchas de las cuáles continúan hasta el día de hoy. En 1991, luego del fin de la Unión Soviética y tras un plebiscito, la ciudad volvió a recobrar su nombre: San Petersburgo, para muchos la ciudad más bella de Rusia. 

    En esta ciudad:

    • Se encuentra la mayor pinacoteca del mundo, el mueso estatal Del Hermitage. Fundado Catalina II en 1764. La emperatriz era una gran amante del arte, su colección era sorprendente e incluía destacadas obras de arte de artistas famosos como Rembrandt, Rubens, Tiziano, Rafael, Miguel Ángel. Hoy es un conjunto arquitectónico de 6 edificios que incluye el Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares. Abrió sus puertas al público en 1852, en tiempos de Nicolás I. El Hermitage atesora más de 3 millones de obras de arte de todo el arte repartidas en  450 salas. 
    • Ahí muere Aleksander Pushkin en 1837, padre y fundador de la literatura rusa moderna. Y considerado por los rusos como el más grande de sus escritores. Otro de los grandes Nikolai Gogol, muerto en 1852 escribió varios de sus más famsos  cuentos inspirado en la ciudad de San petersbrugo. A la ciudad llegará a vivir, escribir y morir en 1881 Fiodor Dostoyevski, uno de los más grandes escritores de la literatura universal. Ahí transcurre su obra Crimen y Castigo reflejo la vida y las costumbres de San Petersburgo.
    • En San Petersburgo triunfó y murió en 1840 uno de los más grandes compositores de todos los tiempos Piotr Ilich Tchaikovski. Sus clásicos como El Lago de los Cisnes o El Cascanueces se encuentran dentro de las obras de música clásica más famosas del mundo. 
    • En la ciudad se encuentra el mundialmente famoso Teatro Mariinsky. Construido inicialmente en 1783 bajo el reinado de Catalina II, pero que en aquel entonces se llamaba el Gran Teatro, ha sobrevivido a varios incendios y ha sido reconstruido y renovado varias veces, hasta que en 1848, un nuevo edificio fue construido en la Plaza del Teatro. Es sede del célebre Ballet Mariinski.
    • La Venecia del Norte, como también es conocida, es una ciudad rodeada de agua. Además del río Neva, recorren la ciudad el río Fontanka, el río Bolshaya Nevka, el río Moyka y otros ríos más pequeños. En la ciudad hay más de un centenar de lagos y lagunas y tiene un total de 800 puentes, 218 de ellos son peatonales. 
    • La Catedral de San Isaac, la de la cúpula dorada, está ubicada en la plaza del mismo nombre. Ahí se encuentran también edificios de gobierno, entre ellos el edificio de la Asamblea Legislativa y el Palacio Mariinsky. La catedral fue construida en honor a San Isaac de Dalamcia en el años 1858. Diseñada por Auguste Montferrand, su cúpula tiene una altura de 101 metros. En 1928 la catedral fue cerrada y sirvió como un museo antireligioso. Durante la II Guerra Mundial sufrió graves daños. Pero fue renovada y hoy luce nuevamente majestuosa y hermosa. Recién en el año 1992 se volvieron a realizar servicios religiosos en la catedral.
  • 1919 el año de la “Marea Roja”

    1919 el año de la “Marea Roja”

    Hace 100 años el mundo vivió una masiva expansión del comunismo por todas partes del globo terrestre. Las ideas de Marx encontraron un caldo perfecto en el mundo post Primera Guerra Mundial y como una marea roja comenzaron a teñir el mapa mundial. Parecía ser que el futuro era del socialismo y que el sueño de instalar el Paraíso Terrenal en el mundo podría hacerse realidad. Tras la Gran Guerra habrá varios movimientos revolucionarios que intentarán instaurar gobiernos marxistas en varios lugares de Europa. Durante la guerra en 1917 una revolución había logrado instaurar el primer gobierno marxista en Rusia estableciendo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS. Lenin había tenido que ajustar la teoría de Marx que estaba hecha para una sociedad industrial a una sociedad agraria. Marx había pensado en Gran Bretaña o Alemania como bases para la transformación social. Naciones donde el capitalismo había llegado a su segunda fase que lo conduciría naturalmente al socialismo. El intento soviético en Rusia no había sido fácil. La Revolución en Rusia había amenazado desde fines del siglo XIX, las ideas socialistas habían entrado al Imperio y se habían fortalecido. Tras la derrota en la Guerra Ruso Japonesa pareció el momento de la gran oportunidad que se perdió en un contraataque de represiones que dejó a los líderes socialdemócratas en el exilio. Fue la Gran Guerra la oportunidad para replantear la Revolución en el Imperio de los Zares. La impopularidad del conflicto mundial fue la que creó las condiciones para la abdicación forzada del zar en febrero de 1917 y el establecimiento de un gobierno provisional bajo el mando de Alexander Kerensky, quien si bien aplicó medidas de corte democratizantes, mantuvo la guerra. Rusia había perdido gran parte de sus territorios más fértiles, por lo que un pacto de paz con los alemanes implicaba renunciar a esas tierras. Lenin llega a San Petersburgo prometiendo “Tierra, Pan y Paz” y radicaliza la revolución tomándose el poder en Octubre de 1917, estableciendo la URSS. Para imponer su visión y al ver que no tenían mayoría, Lenin provoca la Guerra civil lo que le permite desde el “Terror Rojo” imponerse. Tras esto, la Internacional Comunista establecida en la Unión Soviética sueña con lograr “Octubres”, revoluciones soviéticas en otros lugares. El fin de la Guerra, con Europa en ruinas, era un caldo perfecto para hacerse de economías industriales en las que la teoría de Marx pudiese ser aplicada a cabalidad. El Octubre alemán era el gran anhelo. Tras la Paz de Versalles una oleada roja inundó el continente y el fantasma del comunismo se hizo más patente y real que nunca. 1919 fue el año rojo en el que el mundo se sovietizó enormemente dividiendo a la sociedad toda. Estos eventos tienen su origen en cambios del pensamiento que permitirán la creación del pensamiento marxista como una nueva religión laica. Eso explica su fanatismo y mesianismo.

    Las ideas han movido al hombre y construido la sociedad en que estos habitan. La racionalidad humana se ha explicado la realidad y ha inventado sistemas racionales acordes a su modo de pensamiento. Estos modos de pensar han cambiado en el tiempo. La Cultura Cristiano Occidental nació tras la caída del Imperio Romano y fundió los elementos que estaban en el ambiente, permitiendo constituirse como una nueva cultura. Esta tomó el modo de pensar de los griegos que confiaba en la existencia de la Verdad y la real posibilidad de alcanzarla. Del mismo modo, de los germanos tomó la estructura social y económica y su organización jurídica y finalmente del cristianismo la visión de mundo y concepción de lo que el hombre es en relación con Dios su creador. De este modo nacería una cultura cristiana con pensamiento racional griego que entendería que la verdad existe y se puede alcanzar; solo que ahora agregaría que la verdad se llama Dios. Con esto se crearía una visión de mundo teocéntrico en la que en el centro de toda explicación estaría Dios. La realidad tiene un orden lógico, Dios, Hombre y mundo, siendo Dios lo primero y central y apuntando como fin llegar a él. Todo el período medieval se moverá con esta visión de mundo y la sociedad que ellos crearán responderá a esa visión de mundo. Todo esto cambiará con el advenimiento del Racionalismo el que confiará en la razón humana como creadora de la realidad. René Descartes definirá al hombre como una “cosa pensante” y será el pensamiento humano el que creará la realidad. – “Pienso, luego Existo”. Con esto cambiará el modo de ver y habitar humano. Aparecerá un verdadero antropocentrismo que colocará la hombre en primer plano y relegará a Dios a un segundo lugar. Estas ideas del racionalismo dieron paso a la llamado sociedad ilustrada, iluminada por la luz de la razón las que cambiaron el modo de ser y de habitar del ser humano. La idea de la luz que contrasta con la oscuridad medieval teocéntrica que debía ser superada. Ya no era Dios el creador providente que actúa en el mundo, sino que la construcción del mundo estaba encomendada a Adán, el hombre. Toda la realidad será repensada desde el punto de vista humano, con lo que el arte comenzará a pintar lo humano, la cotidianidad. La Arquitectura buscará ensalzar a reyes y en política se concebirá que el soberano, el que ostenta el poder, será el hombre y no Dios. 

    El antropocentrismo no llegará solo desde la línea cartesiana, sino que también desde la vía inglesa del Empirismo de Sir Francis Bacon que se centrará en la creación de un método que permitirá a la Ciencia progresar. La confianza en el hombre y en la ciencia llevarán a intentar dominar y controlar la naturaleza y a la obsesión por medir y catalogar toda la realidad. Galileo usará ambos métodos y entenderá que la Naturaleza está escrita en lenguaje matemáticos, por lo que develar sus secretos es posible y buscado. Newton elaborará las leyes que permitirán determinar y comprender el “plan divino”. El hombre había develado sus secretos. Ahora es él el maestro que domina y controla.

    Esta confianza en el hombre llevarán a comenzar a pedir mayor representatividad y las ideas políticas de soberanía popular de John Locke llevarán a la Independencia de los Estados Unidos de Norte América. La visión lockiana creía que el individuo estaba primero que el Estado. El individuo era sujeto de derechos inalienables que existían antes que la sociedad, los derechos a la vida, la propiedad y la libertad y que los Estados se constituían para garantizar que esos derechos individuales no fuesen pasados a llevar. El Estado debía ser pequeño para no atentar contra los derechos de los individuos. La libertad para Locke era más importante que la igualdad. Su visión de sociedad es libertaria.

    Por otra parte, en el continente europeo la visión se la soberanía popular adquiriría otra concepción. Jean Jacques Rousseau, suizo radicado en Francia considerará que el hombre por naturaleza es bueno, pero que es la sociedad la que los corrompe y hace malvados. El hombre era libre, bueno un “buen Salvaje” nómade que habitaba el mundo en conjunto con la naturaleza. Todos vivían compartiendo todo, un mundo colectivo ideal en igualdad. Para él la revolución agrícola que trajo la sedentarización fue el comienzo de los problemas. El hombre sedentario, acumula. Para Rousseau la propiedad es el origen de los males porque genera la desigualdad. Por esto el considera que para recuperar la bondad perdida los hombres deben hacer un pacto social y elegir un Estado grande que redistribuya los bienes para volver a recuperar l a igualdad. Para Rousseau el Estado es más importante que el individuo y la igualdad más importante que la libertad. Este es el origen de toda idea socialista que crecería en el tiempo desde el siglo XVIII. Estas ideas llevarían a la Revolución Francesa, movimiento que buscará establecer la igualdad y que aboliendo la sociedad estamental y los privilegios establecerá la igualdad ante la ley. Con esto se terminará el sistema estamental que dividía a la sociedad según funciones y que diferenciaba tanto en la justicia como en los tributos según estas funciones. Los Estamentos como el clero y la nobleza que prestaban funciones sociales, como velar por las almas de todos las personas y encargarse de la defensa de la sociedad, no pagaban impuestos, ya que estas funciones eran financiadas por el mismo estamento. Ahora, tras la Revolución francesa, todos pagarán impuestos y todos quedarán bajo las mismas leyes. Del mismo modo, se terminará con el sistema gremial que era parte de los privilegios de la sociedad estamental. Cualquier persona para ejercer un oficio debía ser aceptado por el gremio específico e iniciar una carrera desde aprendiz hasta maestro, por lo que capital y trabajo estaban unidos. El fin de los gremios permitirá que quien quiera invertir en un oficio lo haga, sin necesidad de ser parte de ese oficio- capital y trabajo quedarán separados. Esto será parte del problema de la llamada “Cuestión Social”.

    La revolución iniciará con el espíritu de la igualdad, pero rápidamente desarrollará otra dimensión que será parte de las ideas socialistas en el futuro. Los Revolucionarios radicales, los llamados “jacobinos”, dirán que su actuar es por y para el “pueblo”. Pero redefinirán el concepto “pueblo”, ya no serán las personas de origen humilde, sino que el “pueblo” serán los “amigos de la revolución”. Por lo que el que no esté con los revolucionarios, sin importar su origen, no será pueblo. Como dirá Maximilien de Robespierre, “a los amigos de la revolución se los gobierna con la razón y a los enemigos de ésta se los gobierna con el terror”. La idea jacobina era “renovar la humanidad desde la sangre”, que manifiesta luego Saint Just. 

    Aunque la Revolución Francesa copiando a los americanos publicarían una declaración de derechos humanos, considerando que la vida humana era sagrada, el concepto de los amigos y enemigos de la revolución permitirían que algunas, o más bien muchas muertes, fuesen consideradas justificadas por la causa. Democratizar la sociedad, estableciendo la igualdad como el fin añorado. De modo maquiavélico y considerando que el “fin justifica los medios” asesinaron a todo opositor, sin importar su origen social. La mayoría de los muertos en la revolución Francesa fueron artesanos, campesinos y miembros del clero. Las ideas eran más importantes que las vidas. Era un movimiento refindante que creaba una nueva sociedad y un nuevo tipo humano, por eso su fanatismo anticlerical, ya que el clero representaba a la sociedad del Ancienne Regime. Esta lección caló profundo en la historia y este modelo se instalará para quedarse. Y Aunque los revolucionarios terminaron eliminándose entre ellos, Napoleón, un hijo de la revolución al invadir Europa exportaría estas ideas y las repartiría como un virus en Occidente, incluso más allá del viejo continente. 

    Con este panorama de ideas políticas se producirá la revolución industrial que cambiará el modo de habitar el mundo para siempre, reduciendo el planeta al acortar las distancias y creando la sociedad de consumo. Junto con estos cambios positivos que permitirían por primera vez una sociedad de abundancia y tiempo libre, los colaterales no deseados de este proceso, la llamada “cuestión social” parecerá darle la razón a las ideas socialistas ya en el ambiente. La literatura y los artistas acusarán de realidades infrahumanas y se convertirán en los “Dantes que muestran el Infierno”, como dice Benjamin Disraeli en su novela Sybil. Los llamados socialistas utópicos intentarán dar solución y teorizar sobre el problema sin gran éxito, excepto quedar como buenas intenciones. Junto con esto el desasosiego político y las demandas por mayor participación se manifestarán en Europa en las llamadas Revoluciones burguesas, movimientos espontáneos que se darán en diversas ciudades del viejo continente en 1830 y 1848. El afán por lo científico hará que en 1848 Karl Marx y Friedrich Engels pretendan teorizar para lograr un socialismo científico, que establezca reglas seguras y replicables. Tras publicar el Manifiesto del Partido Comunista se empeñarán en el desarrollo de una obra magna para instaurar el socialismo en la tierra, El Capital. El fin de Marx y Engels era lograr liberar a aquellos que “no tenían nada excepto su prole”, los oprimidos sociales de sus cadenas. Hacerlos despertar y tomar conciencia de clase para lograr cambiar lo esencial de toda sociedad, la economía. Marx un materialista admiraba el éxito del capitalismo, pero entendía que éste tenía un problema intrínseco que lo llevaría a autodestruirse. La plusvalía hacía a los ricos más ricos y a los pobres más pobres, por lo que éstos finalmente no podrían consumir y el sistema colapsaría. Por eso, había que cambiar la base de todo sistema, la llamada infraestructura de la sociedad, la economía. Según Marx era la economía la que determinaba todo el resto de las supra estructuras, por lo que si cambiaba la economía cambiaba toda la sociedad. Su fin era instaurar el “paraíso terrenal sobre la tierra”, una sociedad sin clases en la que la igualdad y la fraternidad reinaran para siempre. 

    Estas ideas se hicieron atractivas durante la segunda mitad del siglo XIX haciendo que en mayor o menor medidas todos estuviesen impregnados de socialismo en mayor o menor medida. Parecía ser que la idea de mayor participación, democratización se habían instalado en el continente. Junto con esto la idea latente detrás de la idea socialista que la igualdad es el bien esencial y que está sobre la libertad, así como la idea que esto solo puede lograrse desde el Estado. Esa idea que el Estado es más importante que el individuo es algo que se impuso como dogma en todas partes. Fue aceptado de más de un modo, por incluso los antisocialistas. Para fines del siglo XIX estas ideas eran parte del llamado “sentido común” imperante. 

    Tras la derrota francesa en la Guerra Franco Prusiana en 1871, un movimiento revolucionario comunista se tomará el gobierno de la ciudad de París instaurando la llamada Commune de Paris. Louis Blanqui estaba inspirado en las ideas marxistas y sería alavado por el mismo Marx, quien luego explicará en un escrito “La Guerra civil en Francia” el por qué esta acción no habría fructificado. El movimiento será aplacado por las fuerzas francesas y dejará como corolario una ciudad destruida y sus líderes y partidarios masacrados. 

    Por otra parte tras la Unificación de Alemania en 1871 en el llamado Segundo Imperio Alemán, su artífice Otto von Bismark entendía que este proceso democratizador había llegado para quedarse y decidió crear el primer Estado de Bienestar que buscaba acompañar a los ciudadanos desde la cuna hasta la tumba, creando un sistema de asistencia social con seguros de salud y pensiones. El se adelanta a lo que sabe que va a suceder, “o se los damos nosotros o se lo van a querer tomar”. En un mundo con mayor electorado el mantener contento a los ciudadanos pasa a ser algo esencial. Pero esta vía alemana desde la ley y el gobierno no sería una vía muy imitada y la vía violenta será vista como la única forma de lograr que la supuesta revolución natural llegue. 

    En 1883 muere Marx y Engels continúa con el legado, incluso culmina El Capital. Marx muerto, antes admirado y seguido, se convierte en una espacie de dios de una nueva religión laica. Sus ideas inspiran la creación e ligas socialistas en todas partes de Europa y más allá de ella. La idea internacionalista marxista de unir a los obreros del mundo se impone como una idea de lucha fraternal. Walter Crane ilustrador socialista inglés hace los afiches para los movimientos alemanes, para las protestas de la ciudad de Chicago y para las convocatorias de las reuniones generalizadas en las llamadas Internacionales socialistas. El lema era que el socialismo era la esperanza del mundo y que soplaba como el viento y se extendía en la tierra. Ya no era simplemente un fantasma como habían dicho Marx y Engels, sino que una realidad. La idea de terminar con la división social de explotadores y explotados, levantaba al socialismo encarnado en Mariane, la diosa laica de la Revolución francesa como la esperanza de los desposeídos. Las ilustraciones y la prensa en pleno apogeo a fines del siglo XIX serían el medio de masas para expandir y extender estas ideas. 

    A estos movimientos socialistas se sumarían otros movimientos que buscaban destruir lo existente como los anarquistas. Aunque el primer anarquista será William Godwin en Inglaterra, ideas de este tipo se extenderán por toda Europa. Pierre Joseph Proudhon postulará la ideas del Orden espontáneo y Mikhail Bakunin postulará que será libre cuando la humanidad lo sea. Aunque estos autores se definirán asistémicos, pronto aparecerán corrientes eclécticas que combinarán el anarquismo con el comunismo en el llamado anarco-comunismo de Kropotki y Malatesta. A estos e le agregará la dimensión terrorista en el anarco terrorismo que actuarán en distintos lugares de Europa y Rusia a fines del siglo XIX. En 1881 un movimiento de estas características asesinará al Zar reformador Alejandro II, impidiendo que las medidas democratizadoras se hiciesen de modo legal en Rusia. Anarquistas y comunistas colaboraban por transformar el sistema establecido.

    Si bien en Alemania Otto von Bismark había reprimido y perseguido a los socialistas estableciendo orden en el Imperio Alemán, con la muerte del viejo Kaiser y el ascenso de su nieto Guillermo II la situación cambió. Otto von Bismark abandonó su cargo tras ser invitado a retirarse y los socialistas pudieron reorganizarse en Alemania. Ferdinand Lassalle se convirtió en su líder, quien retomando las ideas de Marx logró un espacio importante en la sociedad alemana. Junto a él, August Babel fundaron en 1869 el Sozialdemokratische Arbeiterpartei (SDAP) y en 1875 el Partido Socialista de los Trabajadores Alemanes (SAPD). Plantearon el llamado Programa Gotha en el que proponían sufragio universal, libertad de asociación, limitar la jornada de trabajo, leyes de protección de los derechos y salud de los trabajadores. Marx en vida criticó la aproximación. Wilhelm Liebknecht será uno de los líderes del movimiento y uno de los cinco asistentes al Funeral de Karl Marx en 1871 (Sus dos hijas, Paul Lafargue, Friedrich Engels y él). Una de las figuras emblemáticas del socialismo alemán será Rosa Luxemburgo. Polaca de origen llegará a Alemania siendo una niña. Ella incitará a la agitación bajo el concepto de que quien no se mueve no siente sus cadenas. Ella será una ideóloga de gran peso quien abordará la teoría dura en sendos escritos sobre economía. Se convertirá en activista y agitadora de masas. La Política de fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX es una política de masas y de choques en la que las facciones contrincantes se enfrentaban en riñas callejeras de gran violencia. Rosa junto a Karl Liebknecht serán los “espartaquistas” de la segunda generación del socialismo en Alemania. Marx era su dios y Lassalle y Babel sus enviados. Buscaban el cambio desde la agitación y la revolución.

    El socialismo soplaba en toda Europa, en 1879 Pablo Iglesias forma el Partido Socialista Español PSOE el que es apoyado por publicaciones como “La Lucha de Clases”, “El Obrero”, “La Solidaridad Obrera”, entre otros. Pedían reformas sociales y reformas laborales. Del mismo modo, en esta época se funda también el Partido Comunista de Norte América. La industrialización americana se había acelerado tras el término de la Guerra de Secesión en 1865, por lo que la potencia industrial arremetió con gran fuerza. Las Ciudades industriales crecieron de un modo inimaginable y el liderazgo americano se hizo notar. Chicago fue uno de los centros de desasociego en el que las huelgas y las demandas sociales que pedían 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de recreación llevaron al fatídico “May Day” en 1886 en el Haymarket de la ciudad, el que será ensalzado por parte del socialismo y comunismo internacional como “El día del Trabajo” en la convención internacional de 1904. Esta fecha comienza a ser celebrada en todas partes del mundo por parte de los socialistas.

    Para 1907 el socialismo alemán es uno de los líderes. Rosa Luxemburgo es admirada y seguida. No es la única mujer activa. El socialismo le da opciones de participación política a la mujer, Clara Zetkin, Luise Zietz en Alemania; Emeline Pankhurst, líder de la Suffragistas en Inglaterra abogan por un lugar real para la mujer en la sociedad exigiendo el derecho a voto. 

    Antes de la Guerra en 1914 en Italia se produce lo que se conoce como “La Semana Roja” en la que el paro amenaza la sociedad establecida en Italia y la producción. Movimientos refundantes que llaman a la acción elevan sus voces, los llamados Futuristas, liderados por Tomasso Marinetti, buscan el cambio total. La tónica de comienzos del siglo XX es el enfrentamiento callejero en el que partisanos se enfrentan en riñas violentas en medio de la Galería Vittorio Emanuelle de Milán, eventos inmortalizados en los cuadros de Humberto Boccioni. El joven socialista, Benito Mussolini dirige el periódico socialista “La Lotta de Classe” y luego “El Avanti”. Con su pluma logra aumentar los adeptos al socialismo.

    Esta tendencia cruza toda frontera, en 1894 se funda el Primer Grupo Socialista de Buenos Aires y el 4 de junio de 1912 se funda el Partido Socialista Chileno por Luis Emilio Recabarren. 

    Las ideas socialistas penetraron también en la Rusia Zarista. El joven Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, aunque de una familia burguesa había sido acercado a estas ideas por su hermano quien habiendo atentado contra el zar será condenado a muerte. Esta pérdida acercará al joven Lenin a la causa. Conocerá a Georgi Plekhanov quien lo acercará a la obra de Marx. Será expulsado de la Universidad de Kazan y deberá culminar sus estudios de derecho por correspondencia en San Petersburgo. En 1897 se vinculará con la Liga por la Lucha de la Emancipación de la Clase Obrera. Hará su primer viaje a Europa donde conocerá a Pavel Axelrod, Paul Lafargue, Lous Blanqui (líder de la Commune) y a Wilhelm Liebknecht. El movimiento era internacional y buscaba el cambio. Sus acciones en la Liga lo llevarán a ser detenido e enviado a Siberia. Tras ser liberado se exiliará en Europa donde tendrá amplias conexiones con el socialismo internacional. En Munchen comenzará a publicar Iskra, periódico activista en ruso que se imprimía en Europa para incitar la revolución en el Imperio Zarista. Pasará un tiempo en Londres, para luego establecerse en Suiza. Allí escribirá su escrito “Qué es lo que hay que hacer?” proponiendo las acciones para lograr la anhelada revolución socialista. Frecuentará a Leon Trotski, Rosa Luxemburgo y otros próceres socialistas mundiales.

    La Guerra Ruso Japonesa pareció ser el momento de la Revolución, pero los movimientos populares que se levantaron culminaron en el fatídico Domingo Sangriento, lo que obligó al Zar a aceptar ciertos cambios que por la vía democrática minaron las opciones de la veía violenta. Lenin estaba convencido que la revolución no llegaría sola y que había que provocarla. La aceptación de una asamblea de representación, la Duma y de reformas de corte democrático hacían pensar a Lenin que la oportunidad había pasado para él. Hablaba de las dos tácticas valorando la verdadera revolución a la refundante.

    El estallido de la Primera Guerra Mundial, vista como una guerra imperialista causada por el capitalismo compulsivo hará que los socialistas se declaren pacifistas. Lenin escribe “El Capitalismo y el Imperialismo” y Rosa Luxemburgo habla del mal de la acumulación de capital. La impopularidad de la Guerra y las malas medidas zaristas darán una oportunidad a Lenin. El febrero de 1917 el tren que llevaba a Nicolás II es detenido por descontentos que exigen que abdique. Quiere hacerlo a favor de su hijo hemofílico, le aconsejan que no lo haga; intenta abdicar a favor se su hermano, quien se niega a tomar la responsabilidad por lo que la monarquía es abolida y se establece un gobierno provisional de corte socialista. En Octubre de ese año debido al mantenimiento de la guerra y al descontento popular y del ejercito y de los marineros de Kronstaad se da la posibilidad para Lenin de radicalizar la revolución. Aunque prometía “Tierra, Paz y Pan”, él había establecido en sus llamadas “Tesis de Abril” que quería transformar la Guerra Capitalista en una Guerra Civil, traspasar todo el poder a los soviets para lograr el Control Obrero y establecer la autodeterminación naciones. Ya había ajustado la teoría en su libros “El Estado y la Revolución”, manifestaba que habría una transición entre capitalismo y comunismo, la llamada “dictadura del proletariado” para lograr construir un verdadero comunismo. Al encontrarse con resistencia, la guerra civil le permitirá aplicar la lección jacobita de eliminar a todos los “no pueblo”, “enemigos de la Revolución” y construir un Estado todopoderoso bajo las bases del terror. 

    El socialismo mundial llamaba a la paz y al fin de la Gran Guerra capitalista. La idea de un mundo internacional en armonía era parte del anhelo utópico que entre otras cosas llevó a crear un nuevo idioma el Esperanto, para la paz. Los agitadores de la paz no eran especialmente pacíficos, tenían su lucha propia. 

    Con el fin de la Guerra la esperanza de aplicar el socialismo residía en el ejemplo soviético. La Internacional Comunista que ahora residía de modo permanente en la URSS establecía los dictámenes para todos los partidos comunistas del mundo. Su gran sueño era el Octubre en países industrializados. Alemania era el gran objetivo. Habían sido derrotados en la Guerra y el Kaiser Guillermo II había sido obligado a abdicar. Se había establecido la llamada República de Weimar, un gobierno carente de poder real en medio del caos político y económico de la postguerra germana. Los comunistas alemanes llamados los “espartaquistas” comenzaron a arremeter en la política. El Partido Comunista Alemán (KPD) o Spartakusbund prometía barrer con los políticos traidores que habían firmado el tratado de Versalles. Alemania era el país más industrial de Europa antes de la Guerra y ahora estaba en ruinas. Versalles había castigado de forma excesiva a Alemania, lo que les impedía levantar la cabeza. Desde su periódico llamado “Die Rote Fahne”(La Bandera Roja) buscaban apelar a las emociones de la audiencia que se sentía mancillada y humillada. Manifestaciones en las calles exigiendo pan a las que se cuadró parte del ejercito permitió que los espartaquistas se lograsen tomar el poder de la ciudad de Berlín en el año 1919. El ejército desorganizado tras la guerra salió a las calles y se produjeron sendos enfrentamientos en este intento de Revolución proletaria alemana. Los líderes comunistas fueron atrapados en un hotel, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknechts resultaron muertos en los enfrentamientos. Con funerales masivos, los espartaquistas siguieron arremetiendo en la política de Weimar. El temor a los comunistas hace que en 1919 se organice la Liga anticomunista para evitar que los rojos se tomen el poder. El año 1923 es un año fatal para Alemania, se produce la mayor hiperinflación registrada en la historia. El dinero literalmente muere y el fracaso total de la economía alemana, que hace insostenible la vida cotidiana de sus habitantes, colapsa también la política. Las únicas opciones viables que aparecían eran las de cambio radical, comunismo o nacionalsocialismo, una nueva vertiente socialista nacionalista que aparece como alternativa al comunismo internacionalista que quería una Alemania soviética. La solución a la crisis económica era socialismo, de un modo u otro. La idea de la intervención del Estado en economía. Ambos bandos prometían Trabajo y Pan en un momento de desesperación. 

    Pero 1919 no se manifestó solo en Alemania, en Italia la Liga Proletaria y el Partido Socialista Italiano arremetieron con fuerza. El llamado al paro hizo que el país prácticamente se paralizara denominando a los años 1919 y 1920 el Biennio Rosso (los dos años Rojos). El comunismo parecía tener el control del país al paralizar al norte productivo y apoderarse de los medios de producción, incluida la emblemática fábrica de Fiat de Turín. Las Guardias Rossa de Occupazione tomaban las fábricas y con fuerzas armadas lograban el control de éstas. Por su parte, Antonio Gramci desarrolló el concepto de la otra vía, es decir la revolución no había que hacerla desde abajo, sino desde arriba. El partido comunista debía apoderarse de las áreas estratégicas de la sociedad, la educación, la Cultura y las comunicaciones para lograr transformar de modo real la sociedad. La fuerza Rossa parecía imparable. Benito Mussolini que había sido expulsado del partido socialista escribe en Il Popolo d’Italia un artículo «Trincerocrazia», en el que reivindicaba para los soldados italianos que habían combatido en las trincheras el derecho a gobernar Italia tras la guerra. Cree en un socialismo para Italia, no soviético. Funda los facci de combatimento, brigadas de choque que debían impedir que los “partisanos” comunistas se hiciesen del país. Logra gran apoyo empresarial y de personas del norte del país quienes querían liberarse de los rojos. En dos años desocupa las fábricas, los campos , los pueblos y las ciudades y hace la Marcha sobre Roma y se toma el gobierno de Italia. Creía en el Estado, “Todo con el Estado, todo para el Estado y nada sin el Estado”, era un socialismo pleno, solo que nacionalista y no internacional.

    En otros lugares como España en 1919 acciones comunistas que buscan la Revolución soviética se manifiestan en Andalucía, Cataluña, Madrid entre otros. Del mismo modo, en Hungría en 1919 Bela Kun se toma el poder y funda la República soviética de Hungría. Llena las calles de afiches que muestran como el parlamento se tiñe de rojo y al obrero tomando el poder para demoler lo establecido. Hasta Inglaterra tendrá manifestaciones comunistas y las banderas rojas se verán desfilar en Hyde Park. En los Estados Unidos los movimientos comunistas se levantarán con fuerza en las ciudades industriales, Chicago, Detroit y otras llamarán a las huelgas. Hasta Canadá, país en general tranquilo, tendrá acciones de esta marea roja. En México el comunismo calará hondo. La revolución mexicana será de corte socialista profundo, por lo que el comunismo de comienzos del siglo XX ensalzará a Zapata como su referente. El artista Diego Rivera será una de las figuras emblemáticas del comunismo mexicano. De hecho frente a las huelgas en Detroit se lo contratará para hacer unos murales para pacificar la situación y pintará a los obreros orgullosos con Lenin y Trotski como referentes. La presencia soviética parecía imparable. Hasta Chile organiza su partido comunista estableciendo sus estatutos.

    Pero el comunismo aplicado en la Unión Soviética será un desastre económico. La colectivización de las tierras llevará a una hambruna causada por el Estado que matará a millones de personas. Lenin intentará buscar una forma de reactivar la economía e instaurará la NEP ( Nueva Política económica) en la que aceptará un cierto grado de propiedad privada, con lo que la economía comenzará a crecer. En su afán refundante arremeterá contra la Iglesia ortodoxa y establecerá la Liga del ateísmo militante. Una nueva religión laica donde los nuevos dioses eran Marx, Engels y Lenin. Estatuas de los próceres del marxismo se levantarían en toda la Unión soviética. 

    El temor al socialismo crecerá en el mundo y la propaganda anti roja aparecerá activamente en todas partes. La idea que los bolcheviques venían a comerse todo y que buscaban el control mundial trayendo la muerte y desolación estarán presente en los afiches callejeros y en los medios de prensa. Representados como una serpiente de imagen demoniaca que debe ser combatido la sociedad se organizará para repelerlos. Esta reacción hará que en Alemania los Nazis, aunque socialistas de visión, por ser nacionalistas serán anticomunistas ya que estos son internacionales. Esto les permitirá tener con el apoyo de empresarios y políticos de todos los espectros incluido el Partido Agrario Conservador.

    La violencia de las acciones de 1919 del año rojo harán que la sociedad europea y mundial se organicen para repeler el avance comunista en el mundo. Esto explica que 1919 no fuera finalmente el triunfo rojo. Pero independiente de no haber logrado el Octubre en Alemania, ni en otro lugar industrial emblemático, el socialismo triunfará. Para 1920 todos creían en la intervención del Estado y en política prácticamente no había “Derechas” políticas (los que creen en el individuo por sobre el Estado). Los Estatistas encontarán un terreno perfecto y 10 años después, en 1929 a causa del el crash de la Bolsa de Nueva York en el Jueves negro la idea socialista de la intervención estatal crecerá y se impondrá. El joven economista inglés, Keynes, será el gurú que todos seguirán incluso aquellos que consideraríamos “de derecha”. Es el momento de la historia en que la derecha desaparece, todos eran socialistas y se produce la socialistización de la sociedad toda. Se creía en la necesidad del control del Estado de las Areas de producción estratégica, los llamados Commanding Heights. Los Totalitarismos se impondrán en Europa, todo Estado, cero individuo. La Izquierdización absoluta, unos internacionales y los otros nacionalistas. Para efectos prácticos todos socialistas. La marea roja había tenido éxito el mundo entero creía en el socialismo y se mantendrá así hasta fines de 1970 en que la aplicación de las ideas neoliberales permitirán un crecimiento económico ya olvidado y cuestionarán el modelo socialista. Comenzará el retroceso de la marea roja.