Categoría: Historia

  • El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    Si hay un rey que todos conocemos es a Arturo, famoso por su reino y sus caballeros. Pero, aunque decepcione a muchos, la realidad es muy distinta: Arturo nunca fue rey “de cota y espada”. ¿Por qué entonces ha llegado hasta nosotros envuelto en un aura de realeza? La respuesta está en la propaganda política de bretones y normandos. El rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda son un referente  mental que ha sobrevivido a generaciones. Si bien no existió como  tal en la realidad, se trata de un mito indestructible que nació como parte de una campaña política normanda para justificar su ocupación de las islas británicas.

    Los orígenes del mito:

    Arturo jamás fue rey. Ni siquiera vivió en la época en la que lo sitúa la leyenda. Aunque el “canon artúrico” nos presenta un rey del siglo XII, viviendo en una corte ideal regida por los valores de la  caballería medieval, Arturo como tal no existió. Es cierto que hubo un héroe que inspiró la leyenda, pero este líder vivió en el siglo VI y respondió a las realidades de esa época; por eso, jamás fue un rey de cota y espada a la usanza del siglo XII. La gran pregunta entonces es ¿cómo este líder del siglo V que apenas podemos afirmar que existió, se convirtió en el gran rey modelo de los reyes medievales? Para poder contestar esta pregunta hay que remontarse a la época de las grandes invasiones de los anglos, los jutos y los sajones a la Isla Británica.

    Tiempos caóticos:

    Las islas estaban habitadas por los “britons”, de origen celta,  quienes se romanizaron y se ajustaron al nuevo orden dado por la pax romana. Las legiones romanas eran las garantes del orden  y de la estabilidad de la zona, y cuando el Imperio entró en crisis —especialmente debido a los ataques de los hunos desde el Asia  central y los godos que atravesaron el Danubio y el Rhin—, los romanos tuvieron que retirar sus tropas de esas tierras lejanas para poder hacer frente a estas amenazas. Con la disminución de las tropas en Britania, los pictos —que desde el siglo II amenazaban  la frontera norte de la Britania civilizada—, comenzaron a rondar el Muro de Adriano, que marcaba el límite norte del Imperio. Ante estas amenazas, la administración británica pidió refuerzos a Roma, pero fue en vano; en el siglo V, Roma, convulsionada por problemas  internos, retiró en forma definitiva sus pocas tropas que aún  permanecían en la Isla.

    Este fue el comienzo del fin del orden y la estabilidad, y comenzó un periodo de anarquía y caos, que la historiografía llama habitualmente “The Dark Ages”, —“La Época Oscura”—, un periodo confuso y poco documentado, imposible de reconstruir con precisión por la escasez de fuentes. Sabemos que los britons  volvieron a sus lealtades tribales, al tiempo que afloraban los  caudillos en diversas regiones y que el norte fue invadido por los  pictos, mientras los Irish invadían el oeste; al mismo tiempo, los caudillos regionales peleaban para obtener la soberanía. Fue  en este contexto de desorden y desasosiego que se produjo la invasión anglosajona.

    Amenazas externas:

    Los anglosajones, oriundos de Dinamarca y del norte de Alemania, cruzaron el Canal de la Mancha para asentarse en el este de Britania, con la intención apoderarse de cada vez más territorios. En los habitantes de esta caótica Isla asediada por estos pueblos y gobernada por muchos caudillos locales, surgió pronto el ansia de ser liderados por alguien que lograra generar la unidad perdida tras el retiro de Roma. Entonces apareció Vortigern, quien se autodenominó Suburbus Tiranus y se impuso como rey de los britanos. Si bien alguna historiografía lo considera un rey traidor, y la leyenda lo muestra como una figura despreciable, la verdad  es que fue un importante terrateniente del siglo V que logró dar unidad a este periodo de caos. La razón de esta “mala fama” fue que, mientras quienes pusieron sus esperanzas en él pretendían que defendiera a Inglaterra de los invasores, Vortigen se alió a los sajones y los invitó a instalarse a cambio de que pelearan a su lado contra los jutos y los anglos.

    Las fuentes del periodo son pocas y poco confiables, pero existen. Gildas, por ejemplo, en su “Excidio Britanniae” critica a Vortigen  duramente por esta acción: dice que se alió con el jefe de los Sajones, Hengist y les entregó a cambio de sus servicios tierra fértiles en el este. Gildas insiste que los sajones no quedaron contentos con lo que se les dio, por lo que se sublevaron y Vortigern habría muerto en un incendio. Nennio, quien en el siglo IX escribe una “Historia de los Britanos” bastante mítica, dice que la traición de Vortigern se debió a la lujuria, ya que se habría enamorado de Rowina, la hija del líder sajón, Hengist. Éste le habría pedido la provincia de Kent a cambio de su hija.

    Historias aparte, lo cierto es que para el 488 d.C., Hengist y los  sajones ocupaban gran parte de Inglaterra, y los tiranos británicos que se unieron para hacerles frente soñaban con un paladín. Entonces, surgió Ambrosio Aureliano: éste será el verdadero Arturo, el líder que hace frente a los sajones en Britania del siglo VI y que logra detenerlos por una generación. Recién en el siglo IX que Nennio dirá que este líder fue Arturo. ¿Y cuándo surge la imagen que hoy tenemos de Arturo?

    Para tener el corazón del Arturo que hoy conocemos hubo que esperar hasta el año 1130, cuando Geoffrey de Monmouth escribió su “Historia de los Reyes de Britania” y creó al Arturo de nuestros arquetipos mentales, el rey medieval por excelencia, ejemplo de valentía y cristiandad. Tomando como base todo lo usable a Gildas, e inventando el resto con una creatividad magistral, Geoffrey propuso una historia completa de Arturo. Este libro fue un verdadero best seller de la época, y la gente dio por hecho que lo que allí se decía era verdad.

    El cruce entre la Historia de Arturo y la Historia de Britania es la batalla de Badon Hill, una batalla crucial que dio origen a la leyenda artúrica. Antes de esta batalla, los sajones amenazaban con ocupar toda la isla, pero Badon cambió el curso de la historia. En ella, los britanos lograron emprender una ofensiva contra los Sajones, unidos bajo el estandarte de un caudillo guerrero. La batalla ya es citada por Gildas, nuestra fuente del siglo VI, y luego por Nennio en el siglo IX, y ambos autores coinciden en que, tras ella, se produjo un retroceso de los sajones y se recuperó la hegemonía britona por una generación. Según Nennio, si los sajones hubieran ganado hubiera sido el fin, pero los britanos, gracias a la ventaja de la caballería, le torcieron la mano a los sajones que luchaban a pie. Además, los vencedores habrían sido guiados por un gran jefe. La gran pregunta  es, ¿ quien fue el líder de Badon? Nennio habla de Arturo, a quien se refiere como Dux belorum.

    Hay muchas teorías acerca de quién fue este Arturo citado por Nennio. Algunos han querido identificar al líder de Badon con Artorius Casto, líder romano del siglo II, sin embargo, es poco probable. Otros lo identifican con Riothamus, rey briton que fue en ayuda de Roma en el siglo V, y cuyo marco de acción coincide con los viajes atribuidos a Arturo por Geoffrey. Nuevas teorías dicen que Arturo no sería un nombre, sino un estandarte de oso, ya que en gaélico “Arth” es “oso”. Por tanto, podría haber sido quien peleaba bajo el estandarte del oso del reino de Powys. Sea cual fuere el Arturo histórico, este renacimiento británico del siglo VI, organizado a la sombra de un jefe, no incluye ninguno de los arquetipos de la leyenda: no hay mesa redonda, ni Camelot, ni espada mágica llamada Excalibur.

    La victoria no duró mucho: tras el triunfo parcial de los britones, los sajones se apoderaron de toda la isla; para el siglo VIII había reinos sajones en toda Britania. Los britanos fueron recluidos a Gales, Cornwailles, y el resto cruzó el Canal y pasó a Francia. Para el siglo X, los Sajones se consolidaron en la Isla como sí fuesen los pueblos nativos de la zona, creyéndose los formadores de  Inglaterra y despreciando a los galeses. Por su parte, estos últimos añoraban las glorias pasadas, cuando dominaban la isla, y por eso la tradición popular cantaba las gestas del héroe de Badon. A principios del Siglo IX ya se retrataba a Arturo como una gran Leyenda: las familias galesas cantaban las glorias de este héroe, los príncipes de Gales recibían por nombre Arturo, y los Britanos en Francia también cantaban las glorias de Arturo. El rey mítico pasó a ser inmortal.

    En el 1066, en las costas de Francia, surgió una fuerza militar liderada por el duque de Normandía que miraba a Inglaterra: los normandos. Éstos, herederos de los britones, no eran usurpadores; fueron los sajones quienes se asentaron en las tierras de los britones. El duque de Normandía, Guillermo, decidió revindicar a los britones, ayudándolos a recuperar lo propio, comenzando la reconquista de los territorios que les pertenecían. Es en este contexto que deciden revivir el mito Artúrico para usarlo como propaganda política.

    Guillermo venció a los sajones en la batalla de Hasting. A partir de entonces, los normandos tenían que mantener el orden pero para hacerlo tenían claro que se necesitaba mucho más que tropas: tenían que mostrarse como gobernantes justos. Además, era necesario ser legitimados rápidamente por la Iglesia, pues los monarcas franceses, de la dinastía de los Capetos, reclamaban este trono. Por todo ello, los normandos dirigieron la vista a los guerreros que habían tenido que trasladarse a Francia en busca de una figura mítica que los validara; el mejor candidato era Arturo. En el siglo XII, Enrique I, tercer rey normando en Inglaterra, pide a un monje galés, Geoffrey de Monmouth, que escriba la historia oficial de Britania, incluyendo la edad de oro de Arturo. Entonces el monje reinventa a Arturo para consolidar el nuevo orden inglés. Este mito se dispersa por las cortes europeas, y Arturo pasa a ser el monarca ideal y modelo de la  caballería perfecta.

    Nace el relato del mito:

    En tiempos de Geoffrey no se sabía nada del “Arturo Histórico”; sólo había permanecido la leyenda, a través de las tradiciones orales. Basándose en una serie de personajes históricamente comprobables, tradiciones, mitos orales, apoyado en la obra de Nennio, los Annales Cambriae y las recopilaciones de tradiciones populares galeses como el Mabinogion, y las poesías bárdicas de Taliesin y Aneurin, —además de mucha imaginación — Geoffrey reconstituyó la Era Artúrica, preparando la base para los relatos medievales posteriores. Por eso, no es exagerado afirmar que Monmouth es el creador del mito. Geoffrey fue un autor de gran importancia. Ganó el favor de Roberto I Duque de Gloucester y fue profesor de Historia de la Universidad de Oxford desde 1128 hasta 1139. Luego fue nombrado diácono de Llandaff, hacia 1140, y en el 1152 fue nombrado obispo de la abadía de Saint Aspa en Gales.

    Su obra más reconocida, la “Historia de los Reyes de Britania”,  pretendía narrar las vidas de los reyes británicos, desde Brutus el Troyano (mítico fundador del pueblo británico), hasta Caedwalla, rey de Gales del norte que reinó entre el 625 y el 634. La historia comienza con el relato de la llegada a Britania del legendario príncipe troyano Brutus, padre legendario de los britons. Después narra la historia de una serie de reyes que bien podrían no haber existido y a continuación hace hincapié en el periodo romano. Y luego, se acerca al corazón de la gesta artúrica. Sus narraciones continúan a principios del siglo V, cuando sitúa a Vortigern en el trono. Mormouth cuenta que el “usurpador” hizo un acuerdo con Hengist y Horsa, líderes de los sajones, pero estos últimos rompieron el pacto. Aislado en el norte, Vortigern pidió consejos a Merlín, quien le auguró que sería destronado por un rey de escasa edad. Aurelio Ambrosio lo hizo, pero murió pronto, y asumió su hermano Uther Pendragon, quien mantuvo a los sajones a raya y entabló estrechas relaciones con Merlín.

    Uther celebraba la Navidad en su corte. Un año asistió a ella el duque de Cornwall, Gorlois, con su mujer, Igraine. Uther se enferma de amor por esta última y el duque, ofendido, se retira: estalla la guerra entre ambos. Merlín decide ayudar a Uther, y “convirtiéndolo” en Gorlois, consigue que entre al castillo de Tintagel y yazca con Igrain. De esta unión nació Arturo, quien fue educado por Merlín. El talentoso joven, ya adolescente, asumió el trono tras retirar una espada de la piedra; desde entonces mantuvo a los sajones a raya.

    Geoffrey cuenta que Arturo conquistó Irlanda, Islandia y que incluso cruzó el Canal de la Mancha, haciendo importantes conquistas, que ninguna otra fuente menciona. También describe el matrimonio con Ginebra, y la espléndida corte situada en Caerlion upon Usk, en el límite sur de Gales. Finalmente, narra el fin de Arturo: emisarios romanos enviados por el Emperador Romolo Agusto llegaron a Camelot a exigir tributos, que Arturo se negó a pagar. Es más: organizó una expedición a Roma, dejando a Morded a cargo, pero este último intentó usurpar el trono y Arturo volvió a enfrentarlo. Entonces se produjo la fatídica Batalla de Camlan, en la que muere Morded y Arturo es herido.

    La leyenda no termina con el relato de Geoffrey. Él es el primer eslabón de lo que será un relato imparable que responde a lo que Joseph Campell llama “mitología creativa”. Muchos aportarán desde entonces al relato, dándole nuevas dimensiones que permitirán construir todos los arquetipos mentales de este mundo ideal del rey ideal. Entre ellos cabe mencionar a Chretien de Troyes (siglo XII), Wace y Wolfram von Eschenbach (siglo XII), Layamon (siglo XIII), Sir Thomas Malory (siglo XV), Edmund Spenser (siglo XVI), y Lord Alfred Tennyson (siglo XIX), entre otros.

    Hoy Arturo es inmortal. Aunque nació como consecuencia de una propaganda política de los normandos para legitimarse, la fuerza de lo creado superó la idea inicial. El mito Artúrico, y todo el canon legendario que lo rodea es hoy, una telaraña complejísima que sumada construye un mundo arquetipal perfecto, añorado y fascinante.

  • Leonor de Inglaterra

    Leonor de Inglaterra

    “La desconocida reina de Castilla, ocho siglos después”

    Hija y hermana de grandes reyes, entre ellos el mítico Ricardo Corazón de León, esta reina castellana refutó con su vida la idea de que, en el Medioevo, lo femenino se limitaba a lo doméstico. Aunque aún no hay una biografía definitiva de esta mujer excepcional, esto pronto va a cambiar gracias a una investigación financiada por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología de Chile. Para los ansiosos, aquí presentamos una primera aproximación al tema. A Leonor Plantagenet se deben muchos de los cambios culturales y políticos experimentados por Castilla durante el reinado de su marido, Alfonso VII; éstos permitieron que el reino adquiriera una condición hegemónica en la Península Ibérica. Y, al mismo tiempo que se desarrollaba como una gran gobernante, fue madre y esposa abnegada. Una mujer muy moderna, viviendo en el siglo XII.  

    Leonor es el nombre que los príncipes de Asturias escogieron para su primogénita, nacida en octubre del 2005. Pero quién será algún día reina de España no fue la primera en ostentarlo con orgullo en tierras ibéricas, sino que tiene un precedente en el siglo XII: Leonor Plantagenet, reina castellana, hija de la famosa Leonor de Aquitania y del poderoso Enrique II Plantagenet —rey de Inglaterra,  duque de Normandía y conde de Anjou—, hermana de Ricardo  Corazón de León y de Juan Sin Tierra. El nacimiento de la pequeña infanta Borbón ha generado en España un renovado interés por la Leonor medieval.

    Ya su nombre tiene una historia propia: la abuela de la monarca de Castilla se llamaba Aenor de Chatellerault, por eso cuando nació su hija se le conoció como “la otra Aenor” —en el latín de la época era “alia Aenor”—, de lo que derivó a Alienor. A su vez, Alienor le dio su nombre a su sexta hija con el rey inglés, nombre que “castellanizado” derivó en Leonor. Leonor Plantagenet nació hacia el año 1161, en el Castillo de Domfront, en Normandía, al norte de Francia. En 1170, cuando la niña todavía no cumplía los 10 años, fue prometida en matrimonio al rey de Castilla. Entonces tuvo que partir de la refinada corte de Poitiers, donde había sido criada por su madre entre trovadores, músicos y poetas, a Burgos, la sede cortesana del reino de su prometido. Según las crónicas de la época, la acompañó en esta larga travesía a tierras lejanas una magnífica comitiva, encabezada por el arzobispo de Toledo —primado eclesial de Castilla—, los obispos de Palencia, Segovia, Burgos, Calahorra y, en palabras de un antiguo relato, “la más exquisita flor de la nobleza de ambas Castillas, no faltando la representación de las órdenes religiosas de San Benito y el Císter, singularmente de las órdenes militares”. Por si fuera poco, a ese impresionante grupo se unían en solemne y prestigioso séquito, el arzobispo de Burdeos, los obispos de Achen, Poitiers, Angouleme,Saintes, Pirigod y Bazas, y una multitud de nobles ingleses, aquitanos, bretones y normandos. Ese impresionante cortejo tiene que haber impactado a quienes lo vieron pasar cruzando la columna pirenaica hasta Tarazona, desde Burdeos a España, donde el rey Alfonso de Castilla, junto a sus nobles y al rey de Aragón – con quien el castellano había recién acordado una alianza-, esperaba a su futura esposa, la joven princesa de Inglaterra.

    Leonor llevaba los derechos sobre Gascuña, que el rey Enrique le entregaba en dote a su yerno para sellar la alianza matrimonial. A cambio de ese preciado territorio, el monarca castellano le ofreció a su mujer la jurisdicción sobre 14 ciudades, 16 castillos y las rentas de 9 puertos; a estas grandiosas arras se sumaban, según los documentos, “la mitad de las ganancias que hiciese  (el rey) a los moros desde el día de su matrimonio”, dado que en ese momento, Alfonso y los otros reyes cristianos de España  se encontraban en una intensa campaña de reconquista de la Península Ibérica, invadida desde el siglo VIII por los árabes.

    La “Crónica de Veinte Reyes” coincide con otros relatos al retratar a Leonor como una esposa amable, “muy amiga de su marido” en palabras de un relator anónimo, y cuentan que la relación conyugal entre ambos fue cercana y fructífera. Esto es notable, dados

    los antecedentes de ambos: la turbulenta y odiosa relación que sostuvieron por mucho tiempo los padres de Leonor, el temprano orfanato de Alfonso que no conoció padre ni madre, y considerando que los matrimonios entre nobles en esta época —y más aún entre futuros reyes—, se concertaban por conveniencia política, lo que no fue la excepción en este caso. Algunos relatos han pintado un cuadro menos idílico: según unas crónicas encomendadas por Alfonso X y Sancho IV en la segunda mitad del siglo XIII, el rey Alfonso VIII habría compartido amorosamente en Toledo, por mucho tiempo,con una judía de nombre Fermosa, conocida también como Raquel. Cuentan que: “fue satisfecho por una judía…y se olvidó de su mujer; y encerrándose con ella durante largo tiempo, tanto que no la podía dejar de ninguna manera, ni le importaba otra cosa alguna; y estuvo encerrado con ella poco menos de siete años, y no se preocupaba de sí, ni de su reino, ni de ninguna otra cosa.” Sin embargo, la falsedad de estos relatos tardíos ha sido denunciada por más de un trabajo erudito como un intento siniestro para deshonrar la memoria del rey Alfonso,mientras otros estudios históricos ni siquiera los han estimado dignos de consideración.

    La “Crónica General de España” afirma que la reina fue “muy  amable a su marido el Rey” y la “Crónica de Veinte Reyes” narra que “don Alfonso, haciendo su vida buena y muy limpia con su mujer Leonor, tuvo con ella hijos los cuales a ustedes contaremos”. A lo largo de 44 años de feliz matrimonio nacieron 12 hijos: las infantas Berenguela, Sancha, Mafalda, Urraca, Blanca, Constanza y Leonor, y los infantes Sancho, Fernando, Enrique; además, hubo otros 2 hijos de los que no sabemos prácticamente nada porque  murieron al nacer. Sancho, el primer hijo hombre, solo vivió unos meses, mientras que Sancha apenas alcanzó a vivir 2 años y, por ello, también es muy poco lo que sabemos de ellos. De los otros hijos tenemos abundantes fuentes, no sólo porque vivieron más tiempo, sino además porque Alfonso y Leonor se preocuparon de su futuro político con dedicación e inteligencia.

    La reina se esmeró en la educación de sus hijos, tal como su madre Leonor lo había hecho con ella. Testimonio de que este esfuerzo rindió frutos es, tal vez, la fama de santidad que alcanzaron dos de sus nietos, San Luis IX de Francia —hijo de Blanca— y San Fernando III de Castilla-León —hijo de Berenguela—. La narración de la “Crónica Latina de los Reyes de Castilla” deja constancia del amor que Leonor sintió por sus hijos y de la dedicación con que habría asumido su maternidad. Cuando su hijo Fernando falleció en 1211, el anónimo relato señala que “la reina se metió en la cama donde yacía su hijo; besando su boca y colocando sus manos entre las suyas, intentó incluso revivirlo o morir con él”.

    Probablemente el efecto más significativo que tuvo la madre sobre la posición de sus hijos y su familia en el concierto europeo se deba al gran peso que tenía la familia angevina de Leonor sobre los destinos del continente. La reina llegó a Castilla dotada de una influencia política claramente más decisiva que la de su esposo, lo que le permitió gestionar acuerdos matrimoniales entre su descendencia y las principales dinastías europeas. Con ello, la estirpe de Leonor quedó instalada en las principales casas reales de la Europa del siglo XIII.

    Berenguela, la mayor, se casó con Alfonso IX, rey de León. Ello significó el vasallaje y subordinación de éste a su suegro, Alfonso de Castilla; algo importante si se considera la hegemonía que pretendió alcanzar Fernando II —padre de Alfonso IX— sobre el reino de Castilla cuando, durante la minoría de su sobrino Alfonso VIII, el territorio era gobernado por regentes. La infanta Urraca se unió en matrimonio a Alfonso II de Portugal, Blanca con Luis VIII de Francia y Leonor con Jaime I de Aragón. Fernando moriría a los 22 años y Enrique sucedió a su padre Alfonso en el trono de Castilla.Constanza, mientras tanto, fue la abadesa del poderoso monasterio cisterciense de Las Huelgas, fundado en Burgos a instancias de su madre. Este monasterio es prueba del patronazgo religioso que asumió Leonor y del rol que cumplió como promotora de la reforma cisterciense en España. Además, tratándose de una orden de origen francés, este patrocinio fue una clara manifestación del carácter europeo que, producto de su iniciativa, iría adquiriendo Castilla bajo su reinado.

    La presencia de la reina supuso una apertura política de Castilla hacia el reino más poderoso de Europa y una alianza estratégica con Enrique de Inglaterra, el monarca de mayor prestigio en ese momento. En ese sentido, Leonor parece haber cumplido una función determinante en la “europeización” que experimentó el Reino de Castilla durante el reinado de Alfonso VIII. Además de su aporte político, la reina parece haber participado en dos de las más notables obras del reinado de Alfonso VIII: la fundación del Hospital del Rey en Burgos y en la del Estudio General de Palencia. El hospital acogía a los peregrinos que viajaban a Santiago de Compostela y hasta el día de hoy puede apreciarse parte de sus antiguas dependencias. La escuela de Palencia es, según muchos historiadores, la primera universidad española, aunque gozó de corta vida y sus maestros se trasladaron a Valladolid.

    Siguiendo los pasos de su madre, y honrando la educación que recibió de ella mientras crecía en el ámbito cortesano que imperaba en Poitiers, la reina Leonor trajo consigo tradiciones culturales que eran desconocidas hasta entonces en la corte castellana. Aunque hay poca información al respecto, ella indica que la presencia de Leonor habría empapado la corte de Burgos con la elegancia y sofisticación literaria de las cortes extranjeras. ¿Habrá cargado por sobre los Pirineos hasta tierras castellanas la épica del Rey Arturo, que en tantas ocasiones habría animado las sesiones cortesanas  en Aquitania? Es difícil de saber hasta qué punto la influencia de la familia real inglesa entró en Castilla con Leonor, pero los versos del trovador Ramón Vidal de Bezalú pintan una escueta imagen de lo que podría haber significado el influjo Plantagenet en la corte de Alfonso VIII: “Y cuando el rey había convocado a su corte,tanto caballero, barón rico, y juglar, y la compañía se había reunido, entonces vino la reina Leonor modestamente vestida en con un manto de material fino, rojo, con bordes plateados, con leones dorados. se inclina ante el rey y cerca de él toma asiento.”

    Los leones dorados mencionados por el trovador son los leopardos que, sobre un fondo de gules, componían las armas heráldicas del rey de Inglaterra. Es precisamente en este período, y probablemente por influencia de Leonor, que el monarca castellano adoptó por primera vez, un escudo real, compuesto por un castillo dorado sobre un fondo de gules, usando los colores emblemáticos de  su suegro y manifestando, tal vez, el carácter familiar de la alianza. Según la historiadora Régine Pernoud la corte castellana era frecuentada,además de Ramón Vidal, por muchos otros artistas extranjeros que animaban la escena cultural. Cuando la ya envejecida Leonor de Aquitania visitó a su hija en el año 1200 para concertar el matrimonio entre su nieta Blanca y Luis VIII de Francia, ésta debe haber gozado con nostalgia del sofisticado ambiente artístico de la corte que, tanto en Burgos como en Toledo, entretenía y encantaba a los asistentes como antaño en la corte de Poitiers. La incipiente actividad artística en las cortes de Castilla deja también de manifiesto un importante fenómeno cultural y social que comenzaba a gestarse en la Europa del siglo XII: la decisiva participación de mujeres nobles en la promoción y desarrollo de las artes. Además, la visita de la duquesa de Aquitania no sólo revela la intensa actividad cortesana que se practicaba gracias a su hija en Castilla, sino que también da cuenta de la importancia política que iba adquiriendo este reino ibérico en el escenario diplomático de Europa.

    Leonor murió a los 53 años en su querida Burgos, el 31 de octubre del año 1214; sólo 25 días antes había fallecido su esposo, Alfonso VIII, rey de Castilla. Desde entonces sus sarcófagos han estado unidos por la piedra sepulcral en el Real Monasterio de Santa María de las Huelgas (Burgos) sumando 800 años a los 44 años de su feliz —y fructífera— unión conyugal.

  • A propósito de los noventa años del nacimiento de Enrique Lihn (1929-1988) Una breve bio-bibliografía

    A propósito de los noventa años del nacimiento de Enrique Lihn (1929-1988) Una breve bio-bibliografía

    Bajo la excusa de los noventa años que Enrique Lihn podría haber cumplido, ofrecemos un breve recorrido sobre parte de su vida y obra.

    “¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto”. Esto escribía Roberto Bolaño en 2002, un año antes de su muerte, en una columna publicada el 30 de septiembre en el diario Las Últimas Noticias, donde escribía semanalmente. La relación de Bolaño con Lihn se fraguó a través de un intercambio postal –que el poeta mantenía con varios escritores jóvenes– pero sobre todo a través de la lectura, como sucede con una infinita constelación de lectoras y lectores para quienes Lihn es un referente como escritor, como artista y como sujeto. Leer a Lihn es conocer una manera crítica de percibir el mundo; conocer a Lihn es dialogar con la impertinencia, la incomodidad del “sarcasmo de la inteligencia crítica”, como la llama Adriana Valdés. Aquí, bajo la excusa de los noventa años que el escritor podría haber cumplido, un breve recorrido sobre parte de su vida y obra.

    Enrique Lihn nace en Santiago el 03 de septiembre de 1929 y fallece, en la misma ciudad, el 10 de julio de 1988. Hijo de una familia de la pequeña burguesía santiaguina, el escritor tiene sus primeros acercamientos al arte a través de las influencias literarias, pictóricas, musicales y místicas de su abuela materna y las de su tío, Gustavo Carrasco, pintor e ilustrador, quien lo alienta a ingresar a la Escuela de Bellas Artes, cuando el escritor tiene trece años. Un año después dejará el colegio y se dedicará largo tiempo a la creación pictórica, de la que derivará a la escritura. Pero las artes plásticas no desaparecen del trabajo de Lihn, si bien deja por un tiempo esa práctica, el lugar de la pintura en su obra es fundamental. Lo será tempranamente cuando ejerce como crítico de arte en la revista Pro Arte, también en la autorreflexividad de su poesía situada, donde la relación del mundo con el lenguaje, su experiencia del viaje, su calidad de meteco se alimentan de su tránsito por el arte. Si bien el escritor abandona formalmente la Escuela de Bellas Artes, es aquí donde se forja el grupo que luego recibirá la denominación de Generación del ’50, en el que participan otras figuras relevantes de la vida cultural chilena de esa época, como Luis Oyarzún, Roberto Humeres y Nicanor Parra, además de los miembros de dicha generación.

    En el año 1952, Lihn –junto a Parra, Jodorowsky y Jorge Berti (mecánico automotriz y mueblista)– publican el periódico mural Quebrantahuesos, que se exhibía en calle Ahumada, principal vía peatonal y comercial del centro de Santiago, en una vitrina del restaurante “El Naturista”. En este se incluían parte de los “trabajos verbales” que realizaba Parra en su casa y que consistían en el montaje de frases, realizadas por los miembros del grupo, las que se intercalaban en un poema, acompañadas por caricaturas, recortes de diarios y revistas. La importancia del Quebrantahuesos en el desarrollo de la literatura y las artes visuales en Chile es incuestionable, entre otras cosas, por el cuestionamiento a los formatos tradicionales y la concepción crítica del arte. Esto y la publicación de Poemas y antipoemas (1954) del mismo Parra son fundamentales en la historia del autor.

    Una de las cosas características en la vida de Lihn es su permanente desencuentro con las formas de vida práctica: vive en casa de sus padres pasados los cuarenta años y la subsistencia es una de sus principales angustias; sus trabajos alternaban entre sus colaboraciones a distintas revistas, la dirección de algunos medios académicos, clases y la escritura. Si bien vivirá fuera de Chile en distintos períodos, principalmente como beneficiario de algunas becas como la de la Unesco y una invitación del Gobierno cubano a trabajar en ese país, Lihn es uno de los pocos intelectuales que permanece en Chile después del Golpe Militar de 1973 y lo hará como académico del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile. Sus viajes, que quedan reflejados en parte importante de su producción poética, son producto de invitaciones por parte de distintas universidades tanto americanas como europeas. En 1975 viaja a Nueva York y realiza lecturas en Yale, Rutgers, Maryland y Stony Brook; en 1976 es profesor invitado en la Universidad de California –Irvine– y en 1977 se le concede la beca de la Fundación Guggenheim. En estos años publica París, situación irregular (1977) y A partir de Manhattan (1979), dos libros marcado por la experiencia del viaje, la imposibilidad del lenguaje que se acentúa frente a una lengua extranjera y el recuerdo de los espacios oscuros y represivos de su infancia. Al último libro nombrado pertenece uno de sus poemas más conocidos, “Nunca salí del horroroso Chile”: “Nunca salí del horroroso Chile / mis viajes que no son imaginarios / tardíos sí –momentos de un momento– / no me desarraigaron del eriazo / remoto y presuntuoso / Nunca salí del habla que el Liceo Alemán / me inflingió en sus dos patios como en un regimiento / mordiendo en ella el polvo de un exilio imposible / Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor: / el miedo de perder con la lengua materna / toda la realidad. Nunca salí de nada”.

    La situación personal del autor en esa época es compleja y no siempre bien comprendida; si bien tenía serias disidencias con la militancia dogmática y cerrada que caracterizaba a algunos grupos  de la izquierda de entonces, nunca careció de un profundo sentido de compromiso con la realidad y de profunda –y a ratos dolorosa– disidencia con la situación imperante. La asfixia que le producía permanecer bajo el estado de censura y totalitarismo en el que vivía Chile por esos años son motivo frecuente en su obra, tanto en la búsqueda de nuevas formas de escritura y de reflexión sobre la realidad, así como en su labor como articulista donde desplegará su más acérrima, inteligente y crítica lucha contra la censura. A esta tiempo pertenecen El Paseo Ahumada (1983), Pena de extrañamiento (1986) y La Aparición de la Virgen (1987).

    En 1987, el autor enferma de cáncer. Durante el breve período que dura su enfermedad llevará un diario y creará una historieta. Esta se publica de manera póstuma, bajo el título de Roma la loba, una muestra gráfica de la angustia que vivía el escritor en sus últimos días. Sobre este tiempo han circulado una serie de mitos urbanos, pero sin duda, es Adriana Valdés, en su libro Enrique Lihn: vistas parciales, quien aporta el relato más cercano y certero de ese tiempo, de los afectos, obsesiones y la escritura del autor. Además de la historieta mencionada, al año siguiente de su deceso, Valdés, a quien Lihn le encomienda la publicación de esos poemas finales, junto a Pedro Lastra se encargan de la edición de Diario de muerte (1988). Ambos escritores no solo tenían una profunda cercanía con Lihn sino que también son algunos de los lectores más lúcidos de su obra. Lihn publica sus primeros poemas en el volumen titulado Nada se escurre (1949), luego seguiría Poemas de este tiempo y el otro (1954) y La pieza oscura (1957-1963).

    Su primer libro de narrativa reúne cuatro cuentos de distintas épocas y recibe el título de uno de ellos –precisamente el texto recogido por Enrique Lafourcade en su Antología del cuento chileno– Agua de Arroz (1964). El relato más conocido de este libro es “Huacho y Pochocha”, publicado por primera vez en El nuevo cuento realista chileno (1962), compilación de Yerko Moretic y Carlos Orellana, a partir del cual el autor construye una línea reflexiva que seguirá en sus posteriores producciones narrativas. En estas, Lihn tomará por primera vez el tema de la articulación de una literatura que se construye desde la realidad y que discute el estatuto de lo literario en contraposición al primer término.

    En 1966, aparece Poesía de paso –con el que obtiene el premio Casa de las Américas– producto de su paso por Europa, gracias a una beca de la Unesco para estudiar Museología. En este libro comenzará un registro que luego será una constante en la producción poética del autor: los viajes y la extranjería, el fracaso ante la lengua ajena: “Cirios inmensos para siempre encendidos, / surtidores de piedra, torres de esta ciudad / en la que, para siempre, estoy de paso / como la muerte misma: poeta y extranjero; / maravilloso barco de piedra en que atalayan / los reyes y las gárgolas mi oscura existencia”.

    En este libro también reaparece la pintura como parte de esa extranjería, en la medida en que el hablante recorre el museo a través de la palabra y re-conoce aquellas reproducciones que veía en su infancia mientras se enfrenta al original: “Ciudades son imágenes. / Basta con un cuaderno de escolar para hacer la absurda vida de la poesía / en su primera infancia: / extrañeza elevada al cubo de Durero, / y un dolor que no alcanza a ser él mismo, melancólicamente”. Luego de este viaje el poeta parte a Cuba, donde vivirá dos años. De esta experiencia es Escrito en Cuba (1969), texto en el que Lihn articula su concepto de “poesía situada”, precisamente en un momento en el cual a la poesía –latinoamericana– se le exigía un compromiso social y político evidente, lo que radicalizará la veta autorreflexiva. Su siguiente libro de poemas, La musiquilla de las pobres esferas (1969), es un texto fundacional como un todo en torno a esa temática y el desarrollo de esa “poesía situada”, concepto fundamental en su obra y que se refiere a lo que Lihn llama “el enfrentamiento con la situación”, es decir, una escritura consciente de su entorno y de sus condiciones de producción, recepción y circulación.

    En 1973 aparece su primera novela, una suerte de folletín paródico, con muchos elementos tanto estructurales como temáticos del cómic, titulado Batman en Chile o El ocaso de un ídolo o Solo contra el desierto rojo. Luego vendrán otras dos novelas: La orquesta de cristal (1976) y El arte de la palabra (1980), las que se caracterizan por el cripticismo de su escritura, cripticismo concentrado en una narración claramente metaliteraria, reconstruyendo mundos que aluden a un pasado asimilado de manera decadente en América Latina (la Belle Èpoque) y cuyo protagonista es Gerardo de Pompier, histrión literario (noción heredada de E.A. Poe) quien también va a protagonizar la performance Lihn & Pompier que da origen al book-action del mismo nombre.

    Lihn publicó sus libros en distintas partes, no solo dentro de Chile (Cuba, México, Perú, España, Francia y Estados Unidos). Asimismo, en vida se encargó de dirigir algunas antologías suyas, especialmente en España y EE.UU.: Algunos poemas (1972), Por fuerza mayor (1975), Álbum para toda especie de poemas (1989), Mester de juglaría (1987), The dark room and the other poems (1976) y Al bello aparecer de este lucero (1983). 

    “¿Merecíamos los chilenos a Lihn?”, se preguntaba Bolaño, un chileno profundamente chileno y profundamente extranjero. La respuesta del autor es tan lúcida y aguda como la pregunta. Agregó también que lo necesitábamos, por la calidad de su obra, de su pensamiento crítico, de la impronta ética y estética de todo su trabajo. También para abrir los ojos y enfrentarse a lo incómodo. Para aprender a leer de otra manera, o a pensar más allá de los entretelones de la contingencia.

  • El Muro de Berlín a 30 años de su caída: La idea del Muro, encerrar a toda una población

    El Muro de Berlín a 30 años de su caída: La idea del Muro, encerrar a toda una población

    El muro de Berlín es el único en la historia que se construyó para evitar que las personas salgan de un lugar, para encerrarlas y coartar su libertad de movimiento.

    Los muros parecen estar de moda. Después de la exitosa serie de HBO Game of Thrones todos parecían encontrar lógico “The Wall in the North”, que separaba y protegía la civilización de lo no civilizado e incluso de los muertos vivientes. La verdad es que la ficción siempre se basa en la realidad. Ha habido muchos muros en la historia, la Gran Muralla China, el Muro de Adriano, el llamado Offa’s Dyke entre Mercia y Gales, por nombrar algunos. Todos ellos se construyeron para evitar que las personas entren a un lugar.

    La migración es algo muy humano y de hecho hoy se habla de ella como un derecho. En la historia, los movimientos humanos han sido muchos y siempre van de economías  deprimidas a economías más pujantes. Las personas se mueven buscando un mejor futuro. Nadie abandona su lugar de origen para estar peor en otro lugar. De hecho, las ciudades desde sus orígenes, buscando la defensa y controlar la migración, fueron concebidas como un recinto cerrado. Las murallas y los puentes controlaban también el pago respectivo de impuestos. El muro de Adriano fue construido por los romanos para dividir la Britania romanizada de la tierra de los pictos, hoy Escocia. No se trataba de impedir invasiones pictas, sino de controlar el comercio y asegurar el pago de los impuestos, algo que a los romanos les preocupaba en demasía.

    Pero el muro de Berlín es el único en la historia que se construyó para evitar que las personas salgan de un lugar, para encerrarlas y coartar su libertad de movimiento. Justificarán lo injustificable llamándolo “Barrera antifascista”, pero la verdad es que se trató de encerrar a las personas impidiéndoles buscar un futuro mejor. A treinta años de la caída de este brutal experimento, vale la pena recordar varios hechos y representarlos para las actuales generaciones. La idea de encerrar a gran parte de la población tiene que ver con un momento de la historia en que falsas creencias nublaron las mentes de las personas. El siglo XX es un siglo complejo, construido desde la visión filosófica del siglo XIX que abandona a Dios y, por lo mismo, se entrega a cualquier cosa. La disolución del concepto de verdad objetiva abre paso a las verdades múltiples y a las falsas verdades, que se manifiestan en las ideologías que pretenden “instaurar el paraíso terrenal sobre la tierra”.

    El racionalismo establece un nuevo concepto de mundo que empodera al hombre. Es ahora el ser humano con su razón el que crea la realidad, “pienso, luego existo” y el que está llamado a “Instaurar el imperio del hombre en el mundo”. Las visiones de René Descartes y Francis Bacon abrirán el paso a la revolución científica y a cambios antes inimaginables. Todo se redefinirá en términos humanos. El hombre es lo más importante y por tanto el arte se enfocará en él y su cotidianidad. La arquitectura buscará elevar a reyes y a personajes poderosos. El poder en esta tierra pasará a ser lo esencial. Nacerá la política moderna que considera que el soberano es el hombre. El concepto de soberanía popular y de creación de la sociedad desde el pacto se impondrá.

    Dos visiones opuestas aparecerán aquí y estarán presentes hasta hoy. Serán la base de dos visiones de mundo que se convertirán en ideologías. Las ideas de John Locke y de Jean  Jacques Rosseau. Locke cree que el hombre en el llamado estado de naturaleza es bueno y que tiene derechos anteriores al pacto que son sagrados. Hay que protegerlos a toda costa. Estos derechos son el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Para asegurar la protección de esos derechos se hace un pacto y se elige a un gobernante, que debe ser pequeño, ya que de lo contrario podría pasar a llevar los derechos de los individuos. Los individuos son los sujetos de derechos y el Estado solo debe estar cuando el individuo no puede hacerlo, debe ser subsidiario. Para Locke, el individuo es más importante que el Estado y la libertad es más importante que la igualdad. En contraposición está Jean Jacques Rousseau, suizo, parte del movimiento ilustrado francés. Aunque comienzan igual, no son lo mismo; más bien son “agua y aceite”. Él cree que en el estado de naturaleza el hombre es bueno, un bon sauvage. El hombre nace libre y bueno, dice Rousseau en su Contrato Social… Pero se lo ve por todas partes encadenado y corrupto. El hombre es bueno, pero la sociedad lo corrompe. El hombre era nómade, un buen salvaje que corría libre por las praderas… pero se sedentarizó y comenzó a acumular. Rousseau cree que la propiedad es el origen del mal, porque genera la desigualdad. La bondad tenía que ver con la igualdad y la corrupción con la desigualdad. Él cree que para recuperar la bondad perdida el “buen salvaje” debe entregar su voluntad a la voluntad general y constituir un gobierno que debe devolver la bondad perdida. El Estado es el único capaz de hacer eso. El Estado debe redistribuir devolviendo la igualdad y con ella, la bondad. Para Rousseau, el Estado es más importante que el individuo y la igualdad más importante que la libertad. Estas dos posturas explican toda la política hasta hoy. Locke es padre del llamado liberalismo que inspirará la Revolución de la Independencia americana y Rousseau es el padre del socialismo que llevará a la Revolución Francesa.

    Ambas visiones son la base de la democracia actual en sus dos versiones, libertaria y socialista. La idea roussoniana aplicada en la Revolución Francesa por los jacobinos llevará a instaurar la idea de que la causa permite y justifica cometer atrocidades. Saint-Just quería renovar la “raza humana desde la sangre” y afirmaba que el fracaso de la convención se debía a no haber muerto a suficiente cantidad de personas. Los jacobinos dividieron el mundo en pueblo y no pueblo; en “amigos” y en “enemigos” de la Revolución. A unos de se los gobierna con la razón y a los otros, con el terror. Está justificado y es deseable eliminarlos. La Revolución Francesa será una masacre en la que los realistas y católicos serán perseguidos y eliminados sistemáticamente. Estas ideas de socialismo, laicismo y fanatismo entrarán en Europa con las invasiones napoleónicas, que son hijas de la Revolución y exportarán sus ideas. La invasión francesa sobre Europa levantará el movimiento nacionalista en Alemania e Italia, países aún no constituidos, que comenzarán a tratar de definir qué es lo que son. Muchas veces, para saber qué se es, es más fácil definirse desde lo que no se es y lo que estaba claro es que franceses no eran. Tanto las revoluciones de 1830, como las de 1848 combinan ideas de nacionalismo, socialismo y romanticismo. Es la idea de la democratización que queda en el ambiente en sus diversas expresiones desde la Revolución Francesa. El establishment europeo temía a la expansión de las ideas socialistas jacobinas y tras la derrota de Napoleón hizo todo lo posible por controlar esta “infección”. Pero el socialismo creció y para la segunda mitad del siglo XIX era la tónica del mundo.

    Tras su larga búsqueda de su ser, Alemania logró el sueño de la unificación. Fue el reino de Prusia y no Austria el que logró unir los diversos principados con “Sangre y Hierro”. Otto von Bismark, tras enfrentarse a Dinamarca en 1864 y a Austria en 1866, que lograron poner a Prusia en las ligas mayores, buscó una guerra externa para sumar al sur de Alemania a la Unión. Francia, con Napoleón III, le da lo necesario. Tras derrotar a los franceses en la batalla de Sedán, se declarará el Segundo Reich Alemán en el salón de los espejos del palacio de Versalles. Unificada, Alemania entrará fuertemente en la segunda fase de la revolución industrial con el gran problema que aunque produce más y mejor, no puede competir con Inglaterra, que tiene colonias que le aseguran materias primas baratas y mercados para sus productos. Será esta competencia industrial la  que en combinación con el ascenso del nuevo kaiser Guillermo II llevarán al mundo a la Primera Guerra Mundial.

    El socialismo había crecido durante la segunda mitad del siglo XIX y había pasado de una visión utópica a una científica, que aseguraba resultados inexorables. Desde la publicación del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, la visión materialista determinista, como la historia de la lucha de clases, se impuso. Marx publica el Capital en 1867, su gran compendio económico. Su obra magna la completa Engels, ya que la muerte encuentra a Marx antes de terminarla. Para fines del siglo XIX los socialismos crecieron en todas partes y la visión de Marx se convirtió en una nueva religión laica en la que la Internacional Socialista ejecutaba rituales del tipo religioso. La idea de la unión de los obreros del mundo tomando conciencia social y apoderándose de los medios de producción para cambiar la infraestructura de la sociedad y la economía, se impuso y se generalizó. La economía era la base de todo. Si se cambiaba la economía, se cambiaba la sociedad. Esto era científico, por lo que sí algo fallaba, era boicot.

    Durante la Primera Guerra Mundial, Lenin se hizo del poder en Rusia. Tras una revolución en febrero que derrocó al zar, Lenin radicalizó el movimiento en el mes de octubre de 1917. Tras un plebiscito que demostró que su postura no era la mayoritaria, Lenin buscó la guerra civil para imponer sus ideas. Aplicando la lección jacobina, pudo eliminar a todos los “No pueblo”, justificando lo injustificable. Una vez afirmada la Revolución tras el triunfo en la guerra civil, Lenin decidió aplicar las ideas internacionales de Marx. Se estableció en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas la llamada Internacional Comunista, el Kommintern, que debía definir los dictámenes para todos los partidos comunistas del mundo. Los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial eran el caldo perfecto para expandir la revolución. 1919 será el año Rojo en que intentonas comunistas tratarán de hacerse del poder en Italia, Alemania, Hungría y hasta Inglaterra. Frente a esto, surgirán los llamados socialismos nacionalistas, como el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Todos creen en el Estado por sobre el individuo, son socialistas, son de izquierdas, pero son nacionalistas y no internacionalistas, como el comunismo. Por eso son anticomunistas.

    Había un consenso mundial en el socialismo y la necesidad de los Estados de controlar las áreas estratégicas de la economía, y es más, parecía ser que los resultados de las economías planificadas eran admirables. Stalin había logrado industrializar a la URSS en pocas décadas; el punto era a qué costo. Incluso aquellos que creían en la libertad aceptaban la idea de Keynes de que el Estado debía intervenir en la economía y controlar la producción y los precios. Su visión parecía ser sensata tras la crisis de 1929, que dejó en evidencia lo inescrupuloso del libre mercado.

    En 1933, Adolf Hitler asume como canciller de Alemania y al año siguiente muere el general von Hindemburg, por lo que Hitler declara el fin de la República de Weimar y establece el Tercer Reich que estaba destinado a durar mil años. Hitler, en su visión de crear el espacio vital para la raza aria, lleva al mundo a la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Con una “guerra relámpago” ocupa gran parte de Europa para abril de 1940. La guerra se extenderá hasta 1945 y pondrá al mundo en jaque. El gran error de Hitler fue la invasión a la Unión Soviética, lo que terminó con su alianza con Stalin y le generó un desgaste que luego le haría perder la guerra.

    Los aliados reorganizaban el mundo y habían acordado la liberación de Europa para luego liberar el Pacífico. Las fuerzas del eje son atacadas desde el sur por Sicilia y desde el norte por Normandía. Una vez liberado París, avanzan hacia Berlín. Hitler se suicida en un bunker junto a su mujer, Eva Braun. El general Jodl firmará la rendición final. Alemania quedaba dividida en cuatro zonas de ocupación: una inglesa, una francesa, una americana y una soviética. En la zona soviética quedaba la ciudad de Berlín, también dividida en cuatro subzonas con los mismos ocupantes. Ya en la conferencia de Postdam se aprecia que los liberadores de Europa, no eran precisamente amigos. Stalin tenía otras intenciones.

    Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance de la izquierda se hizo sentir. Winston Churchill ganó la guerra, pero perdió la paz. En las elecciones de 1945 es electo el candidato laborista Clemens Atlee. Su intención era incrementar el rol del Estado en la economía británica y lograr el control total de todas las áreas estratégicas de producción. Se produce la nacionalización del carbón, el gas, los trasportes, el petróleo e incluso la banca. Atlee quería terminar con las empresas privadas y esperaba construir un Estado de Bienestar que protegiera a los ciudadanos británicos desde la cuna a la tumba. Le encarga a lord Breveridge el informe para la construcción de la nueva Jerusalén.

    Mientras tanto, Stalin había ocupado la mitad de Europa y, como dijo Churchill en su discurso en Fulham, se había establecido en Europa una “Cortina de Hierro”. La idea era aumentar el área de influencia de la Unión Soviética intentando controlar nuevos territorios. Se hacía sentir la Guerra Fría, los bloques congelados de dos ideologías opuestas competían por lograr más áreas de influencia en una Europa destruida. Alemania era el centro de la polémica. En los últimos días de la guerra había sido dramáticamente bombardeada, lo que dejó a todas las grandes ciudades alemanas reducidas a cenizas. Era la llamada hora cero “stunde null”. Con la moral en el suelo y el país totalmente destruido, los alemanes veían un futuro incierto. La liberación de los soviéticos por el este implicó la violación de casi todas la mujeres alemanas. La amenaza soviética hizo que el secretario de Estado norteamericano, George Marshall, decretara un plan de ayuda económica para levantar a Europa y evitar que cayera en manos comunistas. Grandes sumas de dinero fueron entregadas para la reconstrucción de los países y el hielo de la Guerra Fría se hizo sentir cuando Checoslovaquia y Hungría quisieron postular a esta ayuda. La Unión Soviética dijo que no podían aceptar. Eran dos visiones de mundo y dos sistemas económicos diametralmente opuestos.

    Alemania dividida en sus cuatro zonas de ocupación lidiaba con estas dos visiones. Los americanos estaban obsesionados con desinfectar las mentes alemanas e iniciar un proceso de desnazificación. Eliminaron los símbolos nazis de las edificaciones e intentaron limpiar el territorio de la ideología visible. Llevaron a cabo en la ciudad de Nuremberg el juicio a importantes próceres nazis por crímenes de lesa humanidad. Del mismo modo, obligaron a la población local a remover los miles de cuerpos de las fosas comunes y darles digna sepultura.

    El antiguo alcalde de Colonia, Konrad Adenauer, había formado un nuevo partido político, Christian Democratic Union (CDU), que serviría para la restructuración de Alemania. Habiendo participado en el Zentrum y perseguido y encarcelado por los nazis, parecía ser la persona correcta. La Guerra Fría recrudecía y restructurar a Alemania parecía sensato y necesario. La posguerra parecía casi unánimemente abrazar al socialismo. Todos creían en las ideas de Keynes, en la necesidad de la intervención del Estado en la economía. Todos, menos un pequeño grupo de disidentes. Economistas de la llamada escuela austriaca, entre los que se encontraban Ludwig von Misses y Friedrich Hayek. Estos minoritarios se reunirían en un hotel de Suiza, en Mont Pelerin. Estaban preocupados, ya que veían que la libertad estaba en peligro y estaban convencidos que no podía haber libertad política sin libertad económica. Que las dos eran inseparables. A esta reunión llegaron alumnos de la universidad de Chicago, entre ellos, Milton Friedman.

    Fue entonces cuando Stalin decidió apoderarse de Berlín y estableció un bloqueo a la parte occidental de la ciudad, como medida de presión para apoderarse de la capital alemana de modo completo. Los norteamericanos decidieron hacer un plan de salvataje que consistió en establecer un puente aéreo para el abastecimiento de la ciudad. Los aviones salían desde la zona americana hasta Templehof llevando las provisiones necesarias para que la población de la ciudad no cayese en manos enemigas. Esto se mantuvo por casi un año. Era común que antes de aterrizar los pilotos americanos lanzaran chocolates Hershey a los niños que se acumulaban cerca del aeropuerto. El esfuerzo logístico y económico de esta heroica acción fue muy alto. Finalmente, el  29 de julio de 1949, Stalin decidió poner fin al bloqueo, con lo que se solucionaba la crisis inmediata. Las tres zonas occidentales decidieron constituir la que sería la República Federal Alemana RFA y nombrarían a Konrad Adenauer como su primer canciller. Del mismo modo, la zona soviética se constituía como la República Democrática Alemana RDA y nombraban a Walter Ulbricht como su jefe, quien respondía directamente al Kremlin soviético. Alemania quedaba dividida en dos. Alemania se convertía en la encarnación de la división del mundo.

    Adenauer comenzó la reestructuración de Alemania. Se acercó al mundo judío buscando la reconciliación y llegaría a ser muy amigo de Ben Gurion. Tomó una postura radical en contra del comunismo, entendiendo que el futuro de Alemania dependía del combate a esta ideología. Para la lucha contra el comunismo su principal aliado fue Estados Unidos, aunque su relación con Eisenhower no fue siempre fácil. Pero el gran problema de Alemania Federal fue mejorar la economía, controlar el mercado negro y el desabastecimiento. Adenauer nombró como ministro de Economía a Ludwig Edhard, miembro del grupo de Mont Pelerin y creyente en la libertad económica. Es por esto que aunque Alemania Federal seguía bajo la supervisión de los aliados, Edhard decidió liberar los precios, cosa impensada en el ambiente de la  época. Logró estabilizar el marco y con la libertad de precios, la  economía de Alemania comenzó a mejorar a pasos agigantados.

    De hecho, mientras el resto de Europa había optado por el camino del socialismo y el desabastecimiento era la tónica de todos, Alemania tenía los escaparates llenos de productos. Edhard creía en la libertad y en la competencia como el modo más eficiente para crecer y lograr la prosperidad. La libertad económica produjo el llamado “milagro alemán”. El desempleo bajó a tasas mejores que todo el resto de Europa y la bonanza económica hizo a todos mirar con cierta curiosidad. Ningún país de Europa había logrado niveles de recuperación como los de Alemania Federal. Si esto era evidente en relación a todos los países europeos, era aún más explícito con respecto a la otra mitad de Alemania. Esto provocó una fuerte migración, amenazando la sobrevivencia de la Alemania Democrática. Estaba quedando sin personas, por lo que Walter Ulbricht planteó la idea de construir un muro para evitar que la gente emigrara. Así, en 1961, los habitantes de Berlín se sorprendieron cuando un muro de alambres separó a la ciudad en dos. Ese primer muro se fue sofisticando, dividiendo la ciudad en dos por 28 años. El muro sería el símbolo de la Guerra Fría y la frontera de dos mundos irreconciliables

  • EN EL CENTENARIO DE LA BAUHAUS OCHO CLAVES QUE LA CONVIRTIERON EN LA MÁS CÉLEBRE ESCUELA DE DISEÑO DE TODOS LOS TIEMPOS

    EN EL CENTENARIO DE LA BAUHAUS OCHO CLAVES QUE LA CONVIRTIERON EN LA MÁS CÉLEBRE ESCUELA DE DISEÑO DE TODOS LOS TIEMPOS

    La Escuela de Diseño Staatliches Bauhaus, fundada en la localidad de Weimar (1919), para después trasladarse a la ciudad de Dessau (1925) y finalmente ser clausurada en Berlín (1933) por el régimen nazi, ofreceel caso más emblemático del grado de influencia que puede alcanzar un proyecto académico tan heterodoxo como ambicioso. A pesar de su corta existencia, apenas 14 años, igual que el proyecto democrático de la República de Weimar, sentó las bases para la enseñanza del diseño, el arte y la arquitectura por todo el orbe, permaneciendo vigente su legado a  pesar de los 100 años transcurridos desde su fundación. Este artículo intentará explicitar a qué se debió esto. “Creemos juntos la nueva construcción del futuro, que reunirá en una configuración todo: arquitectura, plástica y pintura” Walter Gropius Manifiesto Bauhaus, 1919.

    Acabada la Primera Guerra Mundial, y desmembrados los imperios centrales como el Austro-Húngaro y el II Reich Alemán, este último fue condenado a pagar las cuantiosas sumas de los gastos derivados de la reparación de la destrucción causada por la guerra, además de otras sanciones muy duras, a las que se agregaba la conversión forzosa de transitar del abatido régimen imperial a la formación de la república democrática de Weimar. En este duro contexto de posguerra –lo que sería en realidad una entreguerras–, es que surgiría un haz luminoso para el diseño, conocido con el nombre de Das Staatliche Bauhaus Weimar (Escuela Estatal de Arquitectura de Weimar), que le daría su fundador, Walter Gropius (1883-1969).

    La fundación de esta emblemática escuela de diseño representa no solo una escuela revolucionaria de arte, arquitectura y diseño, sino también toda una era que ayudó a marcar el nacimiento de lo moderno, que entendía la tradición academicista decimonónica como un lastre, y que debía ser reemplazada por el advenimiento de las nuevas posibilidades aún no exploradas de la revolución industrial, pero en sintonía con las técnicas artesanales y artes aplicadas que debían integrarse, finalmente, en la obra de arte total. Como todo proyecto altamente innovador, debió avanzar según la elemental metodología del ensayo-error-corrección, en el que se  pueden observar tres fases, tres directores y tres sedes.

    FASE DE FUNDACIÓN (1919-1923). 

    Esta fase transcurre completamente en Weimar, bajo la dirección de Walter Gropius, donde después del taller preparatorio se pasaba a talleres específicos al frente de los cuales estaban un “maestro de la forma” (artista) y un “maestro del oficio” (artesano) en un principio en situación de igualdad; sin embargo, en la práctica se comprobó el papel subordinado de los maestros de taller.

    FASE DE DESINTEGRACIÓN (1929-1933). 

    Bajo la dirección de Hannes Meyer entre 1928 y 1930, este propugnó con vehemencia una definición social de la arquitectura y el diseño. El creador debía satisfacer al pueblo y se abandonó el concepto de Escuela de Arte, por lo que un importante número de artistas como Paul Klee, Oskar Schlemmer o  Laszlo Moholy-Nagy abandonaron la Escuela. También, debido a la presión, renuncia Meyer, y tras una breve dirección de Gropius, asume la dirección Mies van der Rohe (1931-1933). El año 1932 los nazis cierran  Dessau, por lo que Mies van der Rohe la traslada a Berlín, a unos viejos galpones industriales, donde se le extendió su certificado de defunción al perder toda la mística conquistada, para ser cerrada finalmente por Hitler en julio de 1933, debido a divergencias insolubles.

    Hecha esta breve reseña, se analizarán los ocho factores que, a nuestro juicio, permitieron que el experimento pedagógico de la Bauhaus fuera tan exitoso e influyente para el modo de hacer diseño hasta nuestros días, aunque a veces se presente apenas como un germen de gran potencial. También se indagará acerca de ciertos mitos bien arraigados que, a veces, nuestra visión romántica ha ayudado a forjar.

    I. Su fundador capta el «Zeitgeist», el espíritu de su tiempo:

    Como afirma Andreas Haus, la Bauhaus es el fruto de una época que se sentía revolucionaria. No pocos pensaban que el antiguo mundo burgués del industrialismo y militarismo, con sus herencias nobiliarias, se había aniquilado a sí mismo, junto a sus contradicciones internas, con la Gran Guerra. Junto con ello, las nuevas ideas de la recién creada URSS tras la Revolución del Octubre Rojo en 1917 provocaron espejismos de renovación en toda la sociedad europea y más allá. Había una atmósfera psíquica que prometía un mundo nuevo y que era posible ser parte de esa construcción. A esa idea se unían los ideales socialdemócratas y sindicales surgidos desde el siglo XIX, que fomentaban nuevas esperanzas de felicidad y visiones de libertad para el ser humano.

    A ello se incorporaban ideales estéticos con profundas bases filosóficas, tales como el Arts & Crafts, surgido en el Reino Unido  hacia 1850, como reacción frente a los efectos de la industrialización, que había provocado una degeneración del diseño y de la calidad de los productos; y que proponía la promoción de los ideales de la producción artesanal. Otra corriente muy relevante en Alemania era el Jugendstil (Estilo Joven) hacia 1890, especie de interpretación alemana y escandinava del Art Nouveau que se inspiraba en las tradiciones locales y en la simplicidad de formas, junto a una sorprendente modernidad, dedicándose a las artes aplicadas para fabricar productos domésticos mediante métodos de producción basados en criterios éticos. También la Sezession, con origen en Viena hacia 1897, que era el nombre dado a diversos grupos de artistas y arquitectos alemanes y austríacos que se apartaron de las academias de artes oficiales, al negarse a aceptar sus estándares conservadores; intentando conciliar la arquitectura con las artes decorativas. Otro antecedente, y tal vez el más decisivo, fue la Deutsche Werkbund (1907-1934), que intentó llenar el vacío entre el diseño y la industria, que reemplazó las formas más naturalistas del Jugendstil con un lenguaje de diseño más formal, funcional y utilitarista, propugnando la importancia moral y estética del diseño frente a la creencia de que en Alemania la industrialización representaba una amenaza para la cultura nacional. 

    Henry Van de Velde (1863-1957), director antes de la Primera  Guerra Mundial de la Escuela Ducal de Artesanía y de la Escuela Ducal Superior de Artes Plásticas, ambas en Sajonia, propuso al Gran Duque como sucesor suyo a Walter Gropius (1883-1969). Tras una entrevista con el Gran Duque, Gropius consiguió plena autorización para reunir ambas escuelas en una sola, con el nombre de Das Staatliche Bauhaus Weimar (Escuela estatal de Arquitectura de  Weimar). Esta fusión de las escuelas tuvo gran importancia, elevando de rango instantáneamente el complejo Arte-Oficios. Así, el proceso de integración de arte e industria iniciado a finales del siglo XIX comenzaba a materializarse en 1919 con la creación de la Bauhaus.

    II. La excepcional planta docente de la escuela:

    Sin duda, un gran éxito de Gropius fue lograr reunir un cuerpo docente de excelencia, que sería clave para alcanzar el éxito en su misión. Estas luminarias de la Bauhaus se han convertido en leyendas. Han incluido artistas como Paul Klee (1879-1940), Wassily Kandinsky (1866-1944) y arquitectos como Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) y Marcel Breuer (1902-1981), para mencionar solo algunos.

    III. Su persistente influencia en el arte contemporáneo:

    Todos estos notables artistas y arquitectos participaban activamente en la eclosión de diferentes vanguardias que surgían en Europa en esa época, abriendo horizontes a las nuevas posibilidades del arte, siendo portavoces de la crítica a la cultura y promotores de la utopía social que suscitaban en sus obras y manifiestos. Ese espíritu rebelde, contestatario y embriagado por las nuevas oportunidades que se abrían fue clave para la cristalización de las nuevas ideas que fundamentarían la enseñanza del diseño.

    Pero quizás su logro más persistente se encuentra en el hecho de que tanto el espíritu como las enseñanzas de esta institución se extendieron por todo el mundo, siendo su más grande logro el enorme legado de trabajos que aún continúan inspirando,influyendo y rodeándonos. El diseño Bauhaus hoy es omnipresente en nuestros ambientes cotidianos, desde el mobiliario en nuestras casas y oficinas, a los edificios acristalados que definen nuestro horizonte urbano en las grandes metrópolis del siglo XXI. La prueba del tiempo ha sido superada por esas ideas e innovaciones surgidas hace exactamente 100 años, y que fueron consideradas tan adelantadas para su época. Rendidos ante la evidencia irrefutable, este movimiento o “escuela de pensamiento” ha producido directamente muchos de nuestros “clásicos modernos” e inspirado a tantos otros.

    IV. Su curso preparatorio y su propuesta pedagógica:

    La Bauhaus tenía dos objetivos esenciales: integrar todos los géneros artísticos bajo la arquitectura, y orientar la producción estética hacia las necesidades sociales de un amplio espectro de clases sociales. La metodología estaba basada en una “investigación de la esencia” y un “análisis de la función”. Se rompió la barrera entre las bellas artes y sus formas aplicadas, y se concibió al artista como artífice, artesano y constructor. Sus estudiantes fueron animados a liberarse de toda convencionalidad –experimentando en formas, contornos, materiales y color–, para convertirse en innovadores e “inventores de nuevas formas adaptadas a su función social”. La base de la educación en la Bauhaus era el curso preparatorio, que fue dirigido por Johannes Itten entre 1919 y 1920 como parte obligada del programa de estudios. Por una parte, pretendía la experimentación y el hallazgo personal, y por otro, otorgaba calificaciones objetivas de los alumnos. Este curso preparatorio o Vorkurs fue luego impartido por László Moholy-Nagy y Josef Albers.

    Las enseñanzas unificaban la pintura, escultura y arquitectura, culminando en un “arte total”. En su primera fase, en Weimar (1919-1924), la Bauhaus trabajó bajo la fuerte influencia del artista Johannes Itten (1888-1967), cuya estrategia pedagógica se centraba en lo que se denomina “intuición y método” y “experiencia subjetiva y reconocimiento objetivo”. Itten, junto a los profesores Lyonel Feininger (1871-1956) y Gerhard Marcks (1889-1981), fueron los responsables del curso preparatorio de la escuela, durante el cual los estudiantes aprendieron los principios del diseño y del color.

    La enseñanza comenzaba con un curso preparatorio de seis meses, dedicado a prácticas de taller con diversos materiales: piedra, madera, metal, barro, vidrio, colorantes y tejidos, juntamente con nociones de dibujo y modelado. El estudiante debía manifestar qué material le resultaba más atrayente y para cual tenía una mayor facilidad de trabajo. Los escolares aprendían el manejo de las herramientas y después el uso de las máquinas que en la industria sustituyen a aquellas. En la enseñanza de las formas entraba el estudio de principios fundamentales en la construcción de los edificios, de la oposición y conocimiento del espacio, de los colores y sobre todo de las formas.

    En los primeros años de la Escuela, en cada clase intervenían dos profesores, un artista y un artesano, que trabajaban en íntimo contacto. Creemos que este plan de enseñanza, que preveía dos cursos paralelos, el del trabajo manual y el de las formas, permitió  integrar teoría y práctica de modo virtuoso. El equipo de trabajo para la construcción tiene su paralelo en la colaboración para fines industriales; en ambos casos, se obtienen los mejores resultados cuando cada colaborador no sólo domina su propio cometido como tarea aislada, sino como parte de la obra en su conjunto.

    La misión de la Escuela, cada vez de mayor envergadura, no se limitó a la artesanía, sino a la creación de modelos para la producción masiva industrial. En este sistema de montaje el artista encontró un auténtico estímulo que le impulsaba a su propio perfeccionamiento; cuando, por ejemplo, formaba con sus manos un modelo, pero proyectándolo para la producción en serie. Así, ya no era un mero dibujante, autor de bosquejos sobre el tablero, sino un proyectista y un artesano al mismo tiempo.

    V. Dessau: la vida en comunidad entre profesores y estudiantes:

    Anja Baumhoff plantea un elemento interesante: Walter Gropius, un condecorado veterano de la Primera Guerra Mundial, logró un fuerte efecto integrador sobre el alumnado, que si bien era muy heterogéneo y reunido al azar, tenía en común que muchos de ellos regresaban de la guerra y estaban muy motivados a hacer algo con su vida, aunque en parte estuviesen muy desorientados. En la Bauhaus se dieron cuenta que la guerra había sido una experiencia decisiva y vivida de forma distinta por los dos sexos. Era vital unir a los estudiantes en aras de un proyecto común, para ello Gropius se servía de las fiestas. Siempre había un motivo para celebrar en la Escuela. Navidad, Nochebuena, Año Nuevo, cartas de nacionalidad a profesores, compromisos de matrimonio, cumpleaños, nacimiento de algún hijo engendrado en la Bauhaus, cualquier evento era motivo de celebración. Oskar Schlemmer, profesor de escultura y del taller de teatro, creaba los escenarios de las fiestas. Los alumnos hacían sus propios trajes y representaban el papel que les correspondía.

    De ahí que la vida amorosa entre difícilmente en el esquema mental. Además, se interponen a esta imagen una mezcla de leyendas y de nuestras propias fantasías. Lo interesante es que frente a la conservadora mentalidad de Weimar, se alzaban los vientos de los locos años veinte, donde los ciudadanos vagaban entre el deseo y la disciplina, entre el derecho al voto femenino y los anuncios de “novelas de medianoche”. Por ello, no hay duda de que en el fondo agradecían el hecho de poder utilizar al artista de la Bauhaus como pantalla de sus propias y oscuras fantasías no disfrutadas. Eran la única brújula entre el caos de todos los nuevos movimientos de la Alemania de posguerra, incomprensibles e inclasificables, como bien señala Ackermann.

    Por tanto –siguiendo a este autor–, debemos dejar en claro que la Bauhaus no era ni un convento, ni un burdel. El concepto comunitario de Weimar, expresado en la Haus am Horn, construida en 1923, ofrecía un espacio a todas las necesidades individuales de los miembros de la familia. La vida comunitaria se desarrollaba en un gran espacio central, junto al cual las habitaciones privadas ofrecían la posibilidad de recogerse individualmente. La idea de un asentamiento de la Bauhaus, formado por casas unifamiliares, deja en claro que la comunidad no gozaba en absoluto de prioridad por sobre la familia, y que esta debía sentirse en buenas manos dentro de la Bauhaus. Bajo ese ideario se incluían las necesidades de los niños, que desempeñaban un importante papel en las consideraciones de la Escuela. Desde el momento mismo de su fundación, sus alumnos se dedicaron a la creación de muebles y juguetes adecuados para los niños.

    Los evidentes éxitos de la Escuela no impidieron que en Weimar tropezara con la violenta oposición de los conservadores que comentamos, pues aparte de las costumbres y hábitos liberales descritos, también era considerada por muchos como de carácter socialista. A ello se sumó el Gobierno de Turingia, que mostró su hostilidad a la Escuela, viéndose obligado Gropius, a fines de 1924, a ordenar su clausura. Ante esta disyuntiva, Gropius, quien  confiaba ciegamente en su proyecto, y apoyado por sus profesores y alumnos, el 26 de diciembre anunció a dicho Gobierno que, al terminar su contrato en abril de 1925, se disolvería la Escuela.

    Así, varias ciudades solicitaron la Escuela: Frankfurt, Hagen, Mannheim, Darmstadt y Dessau. El alcalde de Dessau manifestó un especial interés por el traslado de la Escuela a su ciudad, adquiriendo siete locales, en los que funcionaría provisoriamente, hasta la erección del edificio definitivo que Gropius proyectó, a propuesta del Consejo de Dessau. Empezó la construcción del nuevo edificio en el otoño de 1925 y se terminó en diciembre de 1926.

    Lo importante es que entre los artistas de la Bauhaus había un  trato libre y tolerante, lo que se desarrolló a lo largo de los años en  una comunidad animada y plural que funcionaba bien. Obviamente, la idea de trasladar la escuela a Dessau en 1925, con un edificio propio proyectado por el mismo Gropius, que consideraba habitaciones para los alumnos y en la proximidad casas para algunos maestros con sus familias; funcionó como catalizador de las nuevas conquistas alcanzadas en Weimar. El hecho de convivir juntos, permitía estar muy vinculado emocional e intelectualmente con su alma mater; sin apartar mucho el hacer, el pensar, del vivir, todo se fundía en un solo acto creativo que vinculaba al estudiante con su comunidad y con su vocación. A eso debemos, sin duda, una clave de su fecunda aportación al diseño y su enseñanza. No obstante, muchos críticos opinaron que los estudiantes estaban recargados de trabajo, ya que tenían que aprender un oficio y  además habían de ocuparse del manejo de las máquinas.

    Poseía la nueva Escuela tres alas principales, una para la enseñanza técnica, otra para los laboratorios y talleres, y otra para los alojamientos. En el puente o paso entre los locales para  enseñanza y laboratorios, se encontraban las oficinas, el club y un taller privado de Gropius. La planta de alojamiento, de seis pisos, contenía 28 habitaciones para los alumnos. La construcción se  hizo, en parte, con estructura de hormigón armado, losas y pilares que permitieron la formación de una fachada de vidrio, corrida, a lo largo de tres pisos. Esta fue la primera vez que se empleó el cierre de muro cortina en un edificio industrial, y, al igual que en esta Escuela, pronto se extendió su uso en Europa y América.

    VI. Ser aglutinador de diversas posturas teóricas poco ortodoxas académicamente:

    En la Bauhaus reinaba una gran agitación. Se discutía  animadamente sobre el sentido de la vida y sobre  las leyes del arte y del universo, y también se pasaba hambre a raíz de la posguerra agravada por la crisis económica del 29. Intentando superar el nihilismo radical derivado de Nietzsche y algunos dadaístas, en los jóvenes intelectuales alemanes se tenía un sentimiento generalizado de que las religiones e ideologías tradicionales  habían fallado en su misión, por lo que las preguntas acerca del sentido debieron canalizarse a las nuevas respuestas que surgían en aquellos años. Las más importantes en el entorno alemán eran la Sociedad Teosófica fundada por la rusa Madame Blavatsky (1831-1891) y la Antroposofía del austríaco Rudolf Steiner (1861-1925). En la Bauhaus propiamente dicha, la doctrina Mazdaznan, fundada por Otoman Zar-Adusht Hanish (1856- 1936), fue seguida fervientemente por Johannes Itten, captando a muchos adeptos. Esto le resultó intolerable al liberal Gropius, pues cada vez más, se intentaban imponer las prácticas de dicha secta a toda la Bauhaus –un tipo de vestimenta, dieta vegetariana, ejercicios de respiración, ayuno, mortificación, etc.–, que terminó por generar un conflicto personal y material entre Gropius e Itten, según argumenta Norbert M. Schmitz.

    La Bauhaus, tal como plantea Andreas Haus, fue un movimiento de ebullición que deseaba sustituir el dominio de lo viejo –de los nihilistas perturbados–, por nuevos impulsos de esperanza, juventud y utopía. Despertó un nuevo legado de reforma vital, un romántico idealismo del corazón que apostaba por la unión humana, conformando un centro de cultura comunitaria artística y espiritual: la magnética personalidad y estilo de vida de Itten, unido a “la mística luz de Moholy-Nagy, la filosofía del espacio de Gropius, el ceremonioso idealismo de Schlemmer o el fácil romanticismo natural y poético de Klee eran constantes de contenido, más fuertes que los cambios de forma, más bien típicos de una época”. Estas variadas posturas se unían en la doctrina general de la Escuela que fue siempre la conexión de todos los trabajos artísticos y la dependencia íntima entre unos y otros. Esto, naturalmente, iba unido a que logró poseer un constante espíritu experimental y de cambio: nuevas modas y formas de convivencia, las posibilidades del amor libre, la creación de una filosofía propia, la imaginativa organización de fiestas y tantas otras expresiones que pudieron plasmarse en este proyecto.

    VII. La Bauhaus y el mito de la emancipación de las mujeres:

    La Gran Guerra ofreció la oportunidad a la mujer de ingresar a la  industria a reemplazar al hombre que batallaba en el frente. Este  hecho permitió romper el mito de la mujer como el “sexo débil” y se mostró tan cualificada como el hombre para las tareas de alta complejidad. No obstante, cuando llegó el fin de la movilización con el término de la guerra y la derrota de Alemania, la mujer volvió al hogar a sus labores habituales. Por otro lado, la constitución democrática de República de Weimar trajo a las mujeres la posibilidad de estudiar y votar. Pudieron demostrar por fin que eran capaces de combinar competencia y femineidad.

    Si bien es cierto que se permitió el ingreso de mujeres a la escuela alemana, y su manifiesto afirmaba que daba la bienvenida a “cualquier persona de buena reputación, independientemente de la edad o el sexo, cuya formación previa sea estimada suficiente por el consejo de maestros de la Bauhaus…” (abril, 1919), la verdad que un fuerte sesgo de género aún informaba su estructura. Como nos dice la autora Anja Baumhoff, las mujeres en la Bauhaus  llegaron a ser un tercio de los artistas. Se animaba a las alumnas, por ejemplo, a dedicarse al tejido en lugar de los medios dominados por los hombres, como la pintura, el tallado y la arquitectura. La única profesora de la veintena original de artistas que formaban el cuerpo académico principal de la Bauhaus fue Gunta Stölzl (1897-1983), que impartía la clase de diseño textil. En 1920, el consejo de maestros decide aglutinar a todas las mujeres en una sola clase, tal vez conscientes de que las posibilidades de que ellas pudieran ejercer su oficio en cargos directivos eran inciertas, dado los prejuicios existentes en la sociedad. Así, se formó una sección de carácter marcadamente femenino, como la de tejidos, y otra, preferentemente masculina, como la carpintería metálica y en maderas. Se compartían los talleres de encuadernación y alfarería. Además, el fundador de la Bauhaus, Walter Gropius, alentó esta distinción a través de su creencia, reforzada por Itten, de que los hombres pensaban mejor en tres dimensiones, mientras que las mujeres solo podían manejar bien las superficies planas. Las mujeres participarían en el recién creado taller de fotografía en 1928.

    Sin embargo, las alumnas de la Bauhaus no cejaron en sus deseos profesionales y en la alegría que despertaba en ellas la experimentación. Además, las ideas preconcebidas de su profesorado acerca del rol de género, solo alimentó el desafío por superarlas. La verdad es que hubo al menos diez mujeres que dejaron un imborrable legado en la producción artística e industrial de la Bauhaus.

    Tejedoras, diseñadoras industriales, fotógrafas y arquitectas como Anni Albers (1899-1994), quien usó el tejido para desarrollar un vocabulario visual característico de patrones de bordes duros, donde sus primeros tapices tendrían un impacto considerable en el desarrollo de la abstracción geométrica en las artes visuales, además de ser la esposa de Josef Albers, a quien conoció en esta escuela; Marianne Brandt (1893-1983), que se convirtió en una de las diseñadoras industriales más famosas de Alemania y reemplazó en la cátedra a Laszlo Moholy-Nagy cuando este renunciara como jefe del taller de metal en 1928, y Gertrud Arndt (1903-2000), que si bien cosechó sus primeros éxitos en el diseño textil, fue su trabajo fotográfico, que perfeccionó fuera de los talleres de la Bauhaus, lo que sería más influyente para los artistas modernos y contemporáneos, siendo precursora de la fotógrafa y artista visual feminista actual Cindy Sherman. Estas mujeres, junto a otras más, no solo posibilitaron el imperativo programático de unir arte y función de la escuela, sino que además fueron esenciales para sentar las bases para las décadas siguientes de las innovaciones que se produjeron tanto en arte como en diseño.

    Para finalizar este apartado, solo agregar que este fuerte hábito mental arraigado en la sociedad centroeuropea fue uno de los errores estratégicos más gravitantes en la aventura militar de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, al no incorporar decisivamente mujeres ni en la Wehrmacht ni en la industria pesada ni armamentista, disminuyendo dramáticamente su capacidad de gestión y logística, optando por que las madres se quedaran en casa cuidando y engendrado hijos para el Reich, cosa que hoy solo queda agradecer.

    VIII. La Bauhaus y el mito de su decidida oposición al régimen nazi:

    A la luz de nuevas investigaciones de ámbitos no explorados sobre la relación de la Bauhaus y el nacionalsocialismo, se han revisado las conexiones entre rompimiento y continuidad, así como entre complicidad y resistencia entre ambos. Sabemos que en 1932 los nacionalsocialistas cerraron la escuela en Dessau y Mies van der Rohe intentó que funcionara como instituto independiente en Berlín, pero tras la llegada de Hitler a la cancillería, la Escuela se disolvió en el verano, un 20 de julio de 1933. Entre enero de 1933 y junio de 1934, el régimen parlamentario que había permitido llegar al poder a Adolf Hitler se convirtió en una terrible dictadura. Este proceso de liquidación de la democracia vino acompañado de la persecución de toda forma de expresión cultural asociada a los principios que habían dado lugar a la República de Weimar, entre los que se encontraba la famosa Escuela.

    En este contexto, es interesante saber –como ha demostrado Winfried Nerdinger–, que durante los años treinta, Walter Gropius, Mies van der Rohe o Joost Schmidt no experimentaron ningún tipo de rechazo al nacionalsocialismo, sino más bien un aprecio total, aportando propuestas para la exposición del partido de 1934, “pueblo alemán, trabajo alemán”, o el encargo a Mies del pabellón alemán para la Exposición Universal de 1935 en Bruselas; o que muchos alumnos titulados en la Bauhaus tuvieran gran éxito profesional durante el III Reich. Lo que da indicios de que la historia de la Bauhaus en Alemania no termina en 1933. También es relevante saber que los principios y programas básicos de la arquitectura de la Bauhaus, si bien no se encarnaron en los edificios políticos o del Estado, sí tuvieron eco en los edificios industriales o en aquellos que no jugaban ningún rol simbólico. Más relevante aún fue la creación de objetos y artículos inspirados en el espíritu de la Bauhaus que suministraban a grandes mercados de exportación. Ayudó a esto la pervivencia de un hecho de carácter político; contribuía a la imagen de una certera estética industrial que ayudaba a crear la imagen de un régimen defensor de la tecnología y la creación moderna. Otra cosa es transformar ideológicamente las formas modernas, dándole connotaciones de “trabajo alemán de calidad” y de “cultura alemana”. El nacionalsocialismo logró transformar la orientación internacional de la Bauhaus en una propiedad nacional.

    Mirado bajo este nuevo prisma, entendemos la aparente paradoja de que a nivel internacional la influencia de la Bauhaus en la cultura de masas de los años treinta fue casi nula. La expansión del Movimiento Moderno fue una cosa minoritaria y tan solo en los años cincuenta y sesenta estas ideas se popularizaron comercialmente. En general, muchos de los creadores de la Bauhaus muy difícilmente llegaron al mundo de la industria. La aportación de la Bauhaus a un país tan industrializado como Alemania es prácticamente ridícula, aunque su significación pedagógica fue inmensa. En 1937, Moholy- Nagy, uno de los profesores, fundaría en Estados Unidos la Nueva Bauhaus de Chicago y Max Bill creó la Escuela de Ulm en la Alemania Federal en 1955.

    Lo importante fue que a pesar de la intensa pero breve existencia de esta Escuela, sus ideas y principios básicos se extendieron algunos años después de la guerra por Europa y Estados Unidos. Pero no solo sus ideas acerca de los aspectos formales sino también su visión globalizadora y su interés por el problema de la educación. Por tanto, aunque la Escuela se cerró, no murieron con ella sus enseñanzas y métodos, sino que se extendieron por todo el mundo.

  • La democracia ateniense: Mito, violencia y exclusión

    La democracia ateniense: Mito, violencia y exclusión

    ¿Qué es la democracia y cuáles son sus fundamentos? ¿De dónde proviene su legitimidad? Lejos de pretender dar respuesta unívoca a ello, lo que nos interesa es aportar reflexivamente a comprender una de las razones del por qué nos es tan difícil definirla cuando, supuestamente, existe una larga tradición histórica que la sustenta y que es además una de las bases estructurales de lo que conocemos como Historia universal. “¡Ah!, que jamás un intruso, salido de otra casa, reine sobre la ciudad, si no es de la cepa de los nobles erecteidas…” Eurípides, Ión.

    En tiempos donde el modelo democrático parece estar en una crisis profunda y no tener respuestas para un sinnúmero de demandas que apuntan a la necesidad de replantear las bases del sistema, parece pertinente detenerse en una pregunta que muchas veces es obviada en la medida que damos por sentado su significado: ¿Qué es la democracia y cuáles son sus fundamentos? ¿De dónde proviene su legitimidad? Lejos de pretender dar respuesta unívoca a ello, lo que nos interesa es aportar reflexivamente a comprender una de las razones del por qué nos es tan difícil definirla cuando, supuestamente, existe una larga tradición histórica que la sustenta y que es además una de las bases estructurales de lo que conocemos como Historia universal. Aquella tradición ha sido producto de una invención que permanente se ha ido actualizando desde la temprana modernidad, y que ha hecho tanto de la democracia ateniense como del republicanismo romano uno de los pilares de la política moderna. Justamente, el problema histórico radica en el hecho de que se ha creado una tradición tomando como punto originario fenómenos que responden más a los procesos de recepción modernos que a un conjunto material concreto de ideas de la Antigüedad.

    En este artículo abordaremos el problema de los orígenes del concepto de democracia en la ciudad de Atenas del siglo V a. C. para comprender sus fundamentos y las paradojas que resultan del hecho de intentar asimilar aquel modelo con las experiencias modernas como si hubiese ahí una concatenación evidente de fenómenos comunes y que formarían parte de algún tipo de excepcionalidad occidental. Así, veremos que la democracia no es solo una invención moderna a partir de un conjunto de ideas y textos canónicos determinados, sino que es también una creación discursiva compleja en sus orígenes antiguos y no una invención de un momento determinado, por lo que no existe un modelo sino más bien una experiencia democrática que se fue construyendo durante las primeras décadas del siglo V a. C.

    Antecedentes arcaicos de la democracia ateniense: orígenes de una idea:

    Al pensar sobre los comienzos de la democracia ateniense parece pertinente volver a lo planteado por Hannah Arendt quien, al reflexionar sobre el problema de la legitimidad de las democracias contemporáneas en Sobre la revolución, analiza qué tipo de relación debe existir entre la innovación propuesta por los sistemas democráticos y la tradición histórica que parece ir muchas veces en la dirección contraria. Esto porque justamente esta tensión entre el pasado y el presente, entre la preservación de una tradición y la transformación de la misma, es lo que está en el centro de la implantación del nuevo sistema democrático a fines del siglo VI y comienzos del V a. C. Por lo tanto, la pregunta histórica que se impone es la siguiente: ¿Debemos entender la democracia ateniense como un proceso cuyos orígenes se encuentran ya en el surgimiento de las poleis griegas durante la época arcaica (y, por lo tanto, la democracia sería uno de sus productos posibles) o, por el contrario, debemos entenderlo como el resultado de un corte radical con el pasado y que sería el origen de lo que se ha denominado como el “milagro griego”? Si bien muchas veces se resaltan más los aspectos inéditos de la democracia ateniense, desarraigándola de sus antecedentes históricos previos, es fundamental entender en qué medida esta no se puede explicar sin poner atención a los fenómenos previos que tanto externa como internamente condicionaron su emergencia.

    En primer lugar, debemos considerar las transformaciones ocurridas durante el período arcaico (siglos VIII al VI a. C.) que llevaron a la constitución de las polis como unidades políticas fundamentales de lo que denominamos como universo griego. Estas ciudades emergen hacia el siglo VIII a. C. como estructuras complejas donde la vida cívica se comienza a articular de manera muy distinta a como había ocurrido durante el período de los palacios micénicos (siglos XVI al XII) y que eran propiedad privada del rey. Hablar de poleis griegas es hacerlo ya de un fenómeno histórico que implica la disolución de gran parte de las características micénicas que dan paso a nuevas formas de entender y ordenar las emergentes nuevas colectividades. Como ejemplos podemos mencionar: en el ámbito militar, la reforma hoplita transforma la guerra individual en colectiva dando espacio a un número mayor de ciudadano participe de ella y de la política como consecuencia directa; de la administración palacial de corte oriental en cuya cabeza se encuentran los antiguos reyes todopoderosos micénicos (wanax) se pasa a comunidades independientes que tienen sistemas autogestionados y elegidos libremente; del ámbito privado del palacio micénico al mundo público de la acrópolis y el ágora; de la asamblea de corte palacial  a la articulación de la palabra en el espacio público, entre otras. Muchas de las ideas que sostendrán posteriormente el discurso ideológico de la democracia ateniense se encuentran ya en el universo de las polis griegas donde la palabra que se separa de la tradición mítica (logos) y la sabiduría humana (sophía) como cualidad reflexiva comienzan a imponerse por sobre otros instrumentos de poder en la vida cívica.

    Sin embargo, en la historia particular de la ciudad de Atenas existen episodios en los que estos procesos, en busca de evitar los conflictos civiles (stasis), no solo se manifestaron y desarrollaron aún más, sino también en algunas ocasiones tendieron a revertirlos. De ahí que la posterior irrupción del modelo democrático haya establecido una relación compleja con su propio pasado, exaltando a diferentes momentos y personajes del pasado dependiendo del contexto y de la facción política. Si por una parte tenemos episodios como la exhibición pública de las leyes de la ciudad por Dracón en el 620 a. C. –que puede verse como una forma de cesión del poder de la administración de la justicia por el conocimiento exclusivo de las leyes pero también como una estrategia superficial de evitar los enfrentamientos civiles que experimentaba la ciudad–, o la legislación de Solón en el 594-593 a. C., que adelanta diversas reformas que la democracia del siglo V a. C. tomará como referente (y de ahí que fuese considerado posteriormente por los propios atenienses como uno de sus fundadores e incluso como padre de la misma); por otra tenemos también el largo período de tiranía en Atenas durante el siglo VI a. C. (567-510 a. C.), donde la relación con lo democrático es más compleja. Si bien la tiranía fue uno de los principales antagonistas ideológicos de la democracia del siglo V a.C., es indudable que el pueblo (demos) se vio favorecido por muchas de las medidas populistas impulsadas por los tiranos e incluso algunas de ellas fueron parte del nuevo sistema en el siglo V a. C., como la tragedia. Como veremos, esta oposición ideológica es más bien una construcción discursiva de la democracia ateniense durante su período de legitimación y consolidación y no una condición natural entre estos dos sistemas políticos.

    Demokratía: la invención ateniense:

    El advenimiento de la democracia ateniense está lejos de ser un acontecimiento simple de circunscribir a un contexto y figura(s) determinada(s). La tradición habitual le otorga a Clístenes el rol principal de su instauración hacia el año 508 a. C. a través de una serie de reformas políticas que buscaban integrar a todos los sectores sociales en las actividades cívicas de la ciudad. El lugar común que se extrae de esto es que estos cambios se sostenían en base a la caída en desgracia de las facciones cercanas a los tiranos y por el apoyo popular de quienes se vieron beneficiados por sus reformas que recibieron el nombre de isonomía, es decir, el establecimiento de la igualdad de reparto de los derechos políticos y la igualdad ante la ley entre todos los ciudadanos. Sin embargo, en esta historia hay dos problemas elementales vinculados con nuestro tema en cuestión que son frecuentemente omitidos: a) Que el origen de la democracia no fue exclusivamente ateniense, sino que, además de los procesos arcaicos ya descritos, su nacimiento solo se explica por la invasión espartana que puso fin a la tiranía en Atenas en el año 510 a. C. Tras esta intervención los espartanos intentaron imponer un sistema oligárquico en la ciudad que ocasionó una respuesta de gran parte de la población ateniense, ocasión que fue aprovechada por la facción liderada por Clístenes para pasar unas reformas que tenían que ir más allá de los cambios  ocurridos en época arcaica (y en espacial durante la tiranía). Este acontecimiento fue muy importante posteriormente en la fase de construcción ideológica del discurso democrático una vez que los  atenienses comiencen a ver en Esparta al otro frente al cual irán  definiendo su propia identidad. b) No existe ninguna referencia al concepto demokratía en su época y tampoco posteriores que aludan a ellos, lo que explica el hecho de que nunca fuese considerado por los atenienses como el fundador de la democracia a diferencia de otros personajes como Solón. Si bien es posible encontrar el sustantivo dêmos (pueblo) asociado al verbo krateîn (gobernar) de manera aislada en algunas fuentes arcaicas espartanas (como en fragmentos de Tirteo y en la Gran Rhétra), en el caso de la ciudad de Atenas la primera fuente en la que podemos evidenciar su presencia es en la tragedia Las Suplicantes de Esquilo (463-462 a.C.) y su uso corriente para designar al sistema de poder donde la soberanía popular es ejercida positivamente solo se remontaría a mediados del siglo V a. C.

    Es decir, no tenemos en Atenas hasta casi mediados de siglo una noción clara y extendida de demokratía y menos aún una percepción de su sistema político como fundamentado a partir de la soberanía popular. ¿Qué fue lo que produjo este cambio y por qué el concepto se consolida ideológicamente volviéndose la encarnación misma del ethos cívico de la ciudad? El acontecimiento más importante fue, sin lugar a dudas, las Guerras Persas, consolidando las reformas democráticas y permitiendo que los sectores populares tuviesen cada vez mayor injerencia más allá de lo político. Si bien desde las reformas de Clístenes los ciudadanos podían participar directamente en las decisiones políticas de la ciudad, ya que gran parte de las magistraturas eran sorteadas, la participación de los ciudadanos comunes en la asamblea no era muy frecuente, la administración de la justicia seguía en manos del consejo de ancianos de la ciudad (areópago) y el poder militar estaba en manos de la infantería hoplita que excluía absolutamente a las clases bajas (solo participaban aquellos ciudadanos con el poder adquisitivo para adquirir la costosa panoplia de guerra). Sin embargo, tras el triunfo sobre los persas (y en particular tras la exitosa batalla de Salamina), fue la marina la que se posicionó como principal ámbito militar ateniense. Ahora las clases más bajas (thêtes) no solo podían participar en política, sino que también tenían un rol crucial en la defensa de la ciudad y en el posterior desarrollo del imperio ateniense gracias a su participación como remeros en las naves construidas con los fondos públicos. Este cambio resultó tan importante como el de la aparición de la reforma hoplita durante el período arcaico, la que no sólo transformó el arte de la guerra de lo individual a lo colectivo, sino que además confirmó los procesos de ampliación de las bases de participación de las polis, producto de la mayor presencia de ciudadanos en la guerra. El desarrollo de la marina tuvo efectos similares y la democratización de la sociedad ateniense no puede explicarse sin tener a la vista el desarrollo del imperio y, por tanto, de su poderío naval.

    Hacia una construcción ideológica de la excepcionalidad democrática: la fundamentación libertaria y la nueva identidad ateniense:

    El nuevo escenario posterior a las Guerras Persas transformó no sólo la posición de Atenas dentro del escenario heleno, sino que además alteró la manera en la que la ciudad se concebía a sí misma. Pensar la colectividad como un todo homogéneo, con un origen e historia común, generó las bases para que el concepto de demokratía emergiese y se consolidase durante el período de la pentekontaetía (cincuenta años entre las Guerras Persas y la Guerra del Peloponeso). Justamente, es la idea que se tiene del demos uno de los cambios más significativos que producirá la discursividad democrática ateniense durante su apogeo: de un concepto que en el mundo arcaico denominaba al pueblo en cuanto clase más baja y que se oponía a la aristocracia pasa a denominar al conjunto de los ciudadanos que forman parte activa de la política de la ciudad.

    El proyecto democrático adquirió una inédita fuerza ideológica a partir del triunfo griego sobre los persas y la lectura e interpretación que los atenienses hicieron de aquello en las décadas siguientes al fin del conflicto, que tuvo como causa principal, defender la libertad que iba a conferir a Atenas un imperio que solo acabaría a finales de siglo tras la derrota en la Guerra del Peloponeso. Este imperio comienza a gestarse apenas finalizan las Guerras Persas (479 a. C.) con la creación de la Liga de Delos, proyecto que tenía como fundamento crear un bloque defensivo contra un posible regreso de los persas, pero también posicionarse como una alianza contra posibles problemas con la Liga del Peloponeso, a cuya cabeza se encontraba Esparta. Esta liga surgió casi como producto natural del triunfo sobre los persas por el miedo de las poleis de Grecia oriental por una más que probable venganza persa y donde ellas serían las primeras perjudicadas, por el rol preponderante que había tenido Atenas en el transcurso de la guerra y en la que Esparta había actuado de manera bastante desinteresada, y por la posición estratégica y capacidad militar marítima que Atenas tenía por sobre los lacedemonios. Sin embargo, esta liga, que comenzó siendo una alianza donde todas las polis participantes (la mayoría del Egeo y de Asia Menor) tenían un rol igualitario (como proyección del sistema democrático, en caso de problemas el voto de cada una de ellas valía lo mismo), fue rápidamente convirtiéndose en un verdadero imperio en la medida que los atenienses empezaron a depender económica e ideológicamente del mismo. Cuando algunas de las ciudades de la liga quisieron salirse para dejar de pagar tributos, los atenienses comenzaron a responder cada vez con mayor fuerza y violencia, argumentando que estas ciudades ya se beneficiaban política, económica y culturalmente de la alianza, por lo que no podían salirse de ella.

    De esta manera, de la mano del imperio externo, se dio comienzo a una experiencia democrática que irá progresivamente revirtiendo la dominación aristocrática en la ciudad y que irá paralelamente creando una nueva construcción discursiva del ethos ateniense. En este proceso, los sectores populares irán teniendo cada vez mayor injerencia gracias a transformaciones que irán asegurado que todos los ciudadanos participen activamente de la vida pública. Al ya mencionado cambio militar de la marina podemos agregar la nueva relación entre política y educación, que se crea a partir del teatro (donde la tragedia se vuelve un espacio de educación pública obligatorio para los ciudadanos, pagando incluso el erario la entrada de quienes no podían hacerlo), la importación masiva de esclavos de todos los rincones del Mediterráneo (que permitirá que todos los ciudadanos participen de los asuntos públicos en la medida que los privados eran atendidos por esclavos), o la reforma a la administración de la justicia de Efialtes del 461 a. C., en la que se distribuyeron entre la asamblea, los tribunales populares y el consejo de los 500 (Boulé). Este empoderamiento de los sectores populares terminará imponiendo una efectiva concepción de igualdad en todos los ámbitos, lo que permitió que comenzaran a aparecer discursos y representaciones del colectivo que posicionaban a la democracia ateniense en un plano de excepcionalidad en el mundo griego gracias a una particular relación con los ideales de libertad, justicia y autoctonía.

    En cuanto al concepto de libertad, es imposible no comenzar hablando de la evidente paradoja que es posible advertir entre la política interior democrática –se resalta la igualdad, libertad y justicia imperante entre sus ciudadanos–, y la exterior, donde en las relaciones con otros miembros de la Liga de Delos se impondrá muchas veces una real politik que subordinará los aliados a la voluntad de Atenas. Pero esta aparente ambigüedad entre democracia-libertad interna e imperio-esclavitud externa no es tal si consideramos que el discurso ateniense nunca se pensó desde fundamentos universales o absolutos. La libertad ahora no solo implicaba para los atenienses el hecho de no ser esclavo, sino que adquiría un sentido “positivo” que apuntaba a una transformación humana de sus ciudadanos: debían actuar por el bien público y tomar responsabilidad por los asuntos políticos que afectaban a la colectividad, y esto solo era posible gracias a la esclavitud de otros. La libertad era concebida así como un bien exclusivamente ateniense, y de ahí que hablemos de una libertad política y no privada.

    El ideal de justicia es otro de los que ayudarán a forjar el ethos democrático ateniense en su plenitud. A partir de una relación crítica con el pasado griego en general (y por lo tanto con el suyo), la política democrática fue estableciendo rápidamente distancia con las formas arcaicas de administrar la justicia (diké). De la mano de ideas que comenzaron a homologarse al nuevo sistema, como igualdad, racionalidad o participación, la antigua justicia divina que se heredaba de generación en generación es ahora cuestionada de la mano de una racionalidad democrática que busca impulsar nuevas lógicas acorde a las demandas de los ciudadanos (como las reformas de Efialtes del 462 a. C. antes mencionadas). Si la justicia tradicional griega se rige por la naturaleza, la violencia, y la fuerza, la ateniense se mueve por la racionalidad, la persuasión,la benignidad, las que pasarán a encarnar el nuevo ideal interno de justicia. El teatro es uno de los ámbitos donde vemos encarnado con claridad este nuevo ideal: si los mitos en los que se basan las tragedias atenienses están llenos de hechos de violencia, a la hora de ponerlas en escena esta violencia es solo aludida, imaginada, no es jamás representaba en el escenario. El mejor ejemplo de esto lo podemos encontrar en la trilogía la Orestíada de Esquilo (458 a. C.), donde Orestes, tras años errando por haber asesinado a su madre Clitemnestra, es acogido por la ciudad de Atenas, cuyo tribunal escucha su caso, evitando que las Erinias (diosas de la venganza y encargadas de hacer justicia en casos de asesinato) apliquen de manera natural el castigo ancestral que se merece. En este sentido, la justicia racional de la ciudad de Atenas se impone por sobre la salvaje de las antiguas tradiciones griegas.

    Por último, tenemos que hablar del problema de la autoctonía como ideal que confirma la construcción discursiva antes señalada. Fue el encuentro de un origen y sentido común el que permitió consolidar el ethos democrático que había comenzado a configurarse durante las primeras décadas del siglo V a. C. Para muchos, la fecha decisiva es el 462 a. C., momento en el que se quiebran las relaciones con Esparta y donde esta se convierte en posible enemigo de Atenas. Esta oposición fue creando progresivamente tanto una imagen polar de Esparta como una unificación del discurso público respecto de la historia y política de la ciudad. En este sentido, la oligarquía espartana representaba lo opuesto a la democracia, lo que le daba cierta continuidad a la democracia ateniense en la medida que se continuaba defendiendo la libertad y la democracia contra las tiranías como supuestamente lo había hecho en su origen y en la lucha contra el imperio persa. Esto explica, por ejemplo, que la verdadera historia de la caída de la tiranía producto de la intervención espartana fuera suprimida y que en su lugar se crearan mitos que le daban un carácter autóctono a la democracia, la cual solo podía provenir de lo propio y no como producto de quien ahora era el enemigo. Dentro de estos mitos, el más popular es aquel de los llamados “tiranoctones” o asesinos de tiranos, que contaba la leyenda de dos héroes que habían dado muerte a los hijos del tirano Pisístrato devolviéndole la libertad a Atenas. A partir de lo que sostiene Heródoto en sus Historias, vemos cómo los atenienses fueron creando una retórica colectiva que terminó superponiéndose a la realidad: la liberación de la tiranía fue producto de una empresa de libertadores atenienses y no de la ayuda espartana. Así, el régimen democrático se liberaba de la injerencia extranjera y podía decirse que era de la tierra local. Solo quedaba cerrar este proceso con la creación de un origen común más allá del político, es decir, de la sangre ateniense desde antes de la existencia de la democracia.

    Si el espacio de lo público en la democracia apuntaba cada vez más a la igualdad entre los ciudadanos, ¿cómo homologar los orígenes ancestrales de diversas familias aristocráticas con los de las familias que no formaban parte de ese mundo? ¿Qué sucedía con aquellos que descendían de madres extranjeras? El mito de la autoctonía ateniense se vuelve un lugar común durante la segunda mitad del siglo V a. C. y busca unir discursivamente lo que estuvo dividido por siglos en la ciudad. El cambio se explica por la excepcionalidad ateniense a partir del poderío imperial y por las diferencias que buscan establecerse con otras ciudades griegas en general y con Esparta en particular, legitimando el orgullo colectivo. Si estos últimos dicen descender de Heracles y haber invadido el Peloponeso en calidad de extranjeros, los atenienses son su opuesto y pasan a ser los verdaderos autóctonos de Grecia. Previo a este contexto, la retórica sobre la autoctonía era propia de algunas familias que buscaban diferenciarse del resto de la comunidad ateniense a partir de un origen “más ateniense”. Incluso, pequeñas partes de la ciudadanía ateniense se jactaban de ser extranjeros con el fin de no sentirse identificados con esta polis de manera absoluta.

    Pero el recurso al mito y a la tradición cumple un rol esencial en el nuevo escenario conformado por el imperio democrático del cual todos forman parte. Marca una continuidad con el pasado griego y ateniense transformándose ahora en el soporte de un nuevo discurso identitario que termina igualando en la palabra lo que en la realidad no lo es. Estas medidas “propagandística” se desarrollaron bajo los parámetros del mito como rol pedagógico y eje central de la ciudad, pues se ocupó la tierra misma para conservar la tradición autóctona, y así, aproximar a cada generación el vínculo que une el presente con el origen (aión), para identificar así un comienzo y la ocupación continua del suelo ateniense, dando como resultado, su relación con el génos o raza común a todos. Esta raza ateniense desciende de Erictonio (nacido de la tierra), el primer rey de Atenas, y que es producto del semen de Hefesto, que en su intento por violar a la virgen Atenea cayó en la pierna de esta y luego en la tierra fértil de Atenas. Es decir, los atenienses descienden de un rey “sin madre” y tienen a la diosa Atenea como divinidad protectora, aquella que tampoco tiene madre y que fue engendrada directamente en la cabeza de Zeus. Un padre para cada uno, pero una sola madre para todos. Esta retórica de la inclusión/exclusión es la que evoca precisamente Platón en el siglo IV a. C., evidenciando su importancia incluso entre aquellos que pertenecían a sectores críticos de la democracia: “Nosotros y los nuestros, todos hermanos nacidos de una misma madre, no nos creemos unos de otros ni amos ni esclavos, sino que la igualdad de origen (isogonía) establecida por naturaleza, nos obliga a buscar la igualdad política (isonomía) establecida por la ley” (Menéxeno 238e – 239a).

    Esta política ateniense del mito excluye lo femenino como una manera de reafirmar y legitimar la posición dominante masculina de los ciudadanos, quienes tienen un origen común y cuyo origen excepcional explica la superioridad de su sistema político. Es por esto que la exclusión femenina de la política no puede ser una simple medida hecha por los hombres de su tiempo y sentenciada por la ley de la ciudad, debe ser naturalizada y por lo tanto divinizada desde el origen. Esto se realiza también a través del mito que explica por qué las mujeres no participan de la política: en el origen de los tiempos sí lo hacían, y ellas se pronunciaron a favor de Atenea en el momento en que se enfrentaba a Poseidón para determinar quién sería el dios protector de la ciudad. Los hombres votaron por Poseidón, pero fueron derrotados por las mujeres, quienes, paradójicamente, sufrieron la ira del dios y como castigo perdieron el voto para siempre. En este sentido, el sistema democrático que excluye a la mujer no hace sino velar por el cumplimiento de la voluntad de los dioses (sean estos Poseidón, Eleutheria, Diké o Atenea). Podemos concluir esta reflexión recordando parte de las palabras de la oración fúnebre de Pericles del año 431 a. C., quizás el discurso más famoso de esta retórica democrática. En ellas podemos advertir la presencia de estas ideas que acá hemos discutido y que dieron vida a esta experiencia democrática radical.

    Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se lesrinda este homenaje de recordación. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a través de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado libre hasta nuestros días. (…) Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo.

    Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir. (…) Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo también decir algo acerca de las virtudes propias de la mujer, lo resumiré todo en un breve consejo: grande será vuestra gloria si no desmerecéis vuestra condición natural de mujeres y si conseguís que vuestro nombre ande lo menos posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal

  • A propósito de La Guerra y la Paz, de León Tolstoi: Una breve reflexión

    A propósito de La Guerra y la Paz, de León Tolstoi: Una breve reflexión

    Leer La Guerra y la Paz es empaparse del espíritu de un hombre que, sabiéndose depositario de un urgente anhelo de verdad, quiso consagrar a él lo mejor de su vida, consciente de la presencia de un sentido superior que todo lo transfigura.

    La lectura de La Guerra y la Paz nos abre de manera entrañable al turbulento laberinto de la Rusia de comienzos del siglo XIX, un país desangrado por el enfrentamiento con las fuerzas napoleónicas cuyo impacto, más allá de lo político y militar, se dejará sentir también en el mundo del pensamiento. Y es que Napoleón representaba a la modélica Francia, la de Voltaire, Rosseau y la Revolución, cuyos ideales ilustrados, recepcionados por los jóvenes de aquel entonces, acentuarán la fractura que comenzaba a insinuarse en el corazón de la cultura rusa y cuyas oleadas se extenderán por decenios. Y es que, por un lado, asomarán los defensores del terruño, amantes de tradiciones ancestrales vinculadas a un mundo semi feudal, en extinción, teñidos por un apasionado e insoslayable misticismo y en una devoción casi mesiánica por el papel salvador de Rusia y, por otro lado, los adalides del advenimiento de las ideas progresistas de la ilustración europea, con su crítica del absolutismo monárquico y su fe secularizante en la ciencia y en el rol protagónico del hombre como artífice de su destino, un hombre ya desencadenado del oscurantismo de la religión.

    Cuando La Guerra y la Paz fue publicada, hacia 1862, el enfrentamiento entre esas dos visiones, representadas por eslavófilos y occidentalistas, estaba en su apogeo. Su pulso y su peso se dejará sentir en la obra de autores tan importantes como Herzen, Bakunin o Bielinski, por no hablar de los movimientos artísticos, políticos y sociales que comenzarán a irrumpir a partir de la segunda mitad del siglo, incluyendo a anarquistas y nihilistas. Turgeniev dibujará muy bien este flujo y reflujo de visiones entrecruzadas en su obra Padres e hijos, asociándolo además al choque intergeneracional; Dostoiewsky, más tarde, en los Endemoniados, hará escalar el conflicto a dimensiones espirituales y metafísicas de un alcance insospechado. El gran mérito de La Guerra y la Paz fue ambientar los orígenes de esta pugna, a veces soterrada, a veces visible, en el entorno de dos familias nobles –los Rostov y los Bolkonski–, y en los avatares y derroteros de dos personajes extraordinarios –quizá los más logrados de Tolstoi–, que plasmarán con sus ideas y con sus vidas el choque de toda una generación que asiste al derrumbe de una sociedad basada en certidumbres heredadas, anacrónicas: Andrei Bolkonski y Pierre Bezujov. Ellos son los protagonistas indiscutidos de la trama; incluso podría afirmarse, sin temor a exagerar, que el pulso narrativo de la obra, sus episodios y digresiones, su generoso número de personajes que van y vuelven, que aparecen y desaparecen, son solo el decorado que enmarca el decurso de estas almas unidas por un sinnúmero de afinidades electivas, que se profesan una admiración devota basada en una amistad inquebrantable, atizada por la búsqueda de los grandes sentidos que hacen de la vida una aventura digna de vivirse. Ese lazo afectivo hará las veces de círculo hermético, reforzado más tarde  por una mujer que estará unida al destino de ambos: la entrañable Natasha Rostov. Ignoro cuánto de autobiográfico encierran estos personajes en relación al propio Tolstoi, pero hay ciertos rasgos que hacen verosímil conjeturar, sino la filosofía misma de Tolstoi, al menos una máscara bastante acabada.

    Leer La Guerra y la Paz es empaparse del espíritu de un hombre que, sabiéndose depositario de un urgente anhelo de verdad, quiso consagrar a él lo mejor de su vida, consciente de la presencia de un sentido superior que todo lo transfigura. Las miradas contrapuestas que despiertan las guerras napoleónicas en el alma de su país, plasmadas con pinceladas agudas e inolvidables en este libro, serán también, sospecho, las del propio autor, que elogió y fustigó el progreso, que saludó los ideales libertarios pero que defendió al mismo tiempo el espíritu de la aldea y fue un enamorado ardiente de Dios. Anarquista insobornable y cristiano devoto, luchando por conjugar la literatura con la vida bajo la luz de un amor apasionado, dispuesto a todo, sin límites.

    Cuando Andrei Bolskonski está por morir dice: “¿El amor es la negación de la muerte; el amor es la vida; todo lo que comprendo solo lo comprendo a través del amor. Todo reside en él. El amor es Dios, y morir es el retorno de una partícula de amor, que soy yo, a la fuente universal y eterna”. Esa frase, de una belleza poética insuperable, no sólo representa el mejor retrato de la filosofía tolstoiana: es, creo, la cifra que resume el itinerario de viaje de un libro como este, que va mucho más allá de ser una novela, para transformarse, con toda justicia, en un manifiesto de la belleza impostergable de la vida.

  • Xi Jinping: camino hacia un nuevo y desconocido imperialismo cibernético

    Xi Jinping: camino hacia un nuevo y desconocido imperialismo cibernético

    En este artículo se pretende explicar lo que podría ocurrir los próximos años a partir de las acciones que tome China en la construcción de una nueva forma de imperialismo y poder hegemónico. El poder económico de China y la forma de hacer política de su líder, Xi Jinping, no son un tema nuevo en el debate actual. La incógnita más bien se ubica en el ámbito de los efectos que esa política podría tener sobre el poderío económico, militar y tecnológico de los Estados Unidos. La pregunta que intentan responder los analistas es: ¿será la China liderada por Xi Jinping capaz de amenazar la hegemonía de los Estados Unidos?

    La guerra comercial ha sido una de las aristas más visibles de esta nueva forma de disputa por la hegemonía de los mercados y la necesidad de equilibrar una balanza comercial cada vez más inclinada hacia China. En este artículo pretendemos explicar lo que a nuestro juicio podría ocurrir los próximos años a partir de las acciones que tome China en la construcción de una nueva forma de imperialismo y poder hegemónico.

    Todo bajo el Cielo (Tian Xia). Consideraciones previas:

    Sin duda que el completo libro de Henry Kissinger sobre China nos entrega algunas pistas sobre las diversas consideraciones que se deben tener a la vista cuando se aborda el fenómeno político chino. La primera de estas es que China posee tal amplitud y variedad de territorio que le ha permitido pensar a su pueblo que son un mundo en sí mismo y su emperador (léase Xi Jinping) una figura de trascendencia universal (Tian Xia).

    Asimismo, China poseería un rasgo característico que sus dirigentes no deben descuidar: parece vivir siempre entre el caos y el orden. La historia china presenta muchos períodos de guerra civil y caos; no obstante, después de cada desmoronamiento el Estado chino se reconstruye como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza. “El Imperio, luego de un largo tiempo dividido, tiene que unirse. El Imperio, luego de largo tiempo unido, tiene que dividirse. Así ha sucedido siempre” (Luo Guanzhong, “Romance de los Tres Reinos”, siglo XIV). Se sostiene que Mao sintió una gran obsesión por esta obra en su adolescencia, la que en su opinión resumía perfectamente la naturaleza de su país, por ello pensaba que todos los chinos en algún momento de su vida debían leerla.

    Biografía, carrera política y Programa de Gobierno de Xi Jinping: 

    El actual Príncipe Rojo (denominación asociada al hecho de que su padre fue uno de los cercanos a Mao), nace el año 1953 en la etnia Han, provincia de Shaanxi. Hijo de Xi Zhongxun (ex vice primer ministro de China), uno de los fundadores de la guerrilla comunista que actuó contra el Kuomintang. Estudió Ingeniería química en la Universidad de Tsinghua y poseería un doctorado en teoría marxista de la escuela de Humanidades y Ciencias Sociales de la misma universidad. Durante su juventud fue enviado a trabajar al campo. El mito dice que vivió esos años en una cueva (localidad de Liangjiabe), “esos años moldearon mi carácter y mi visión”, ha dicho Xi Jinping.

    Es casado con la soprano y cantante de música popular Peng Liyuan (se afirma que cuando se casaron ella era más conocida y popular que él). Tiene una hija, Xi Mingze (Xiao Muzi), la que estudiaría en Harvard. Su carrera política comienza el año 1974 (con 21 años de edad) ingresando al Partido Comunista Chino (PCCH). Su talento e inteligencia le habrían permitido alcanzar un rápido éxito al interior del Partido. Fue nombrado gobernador de Fujian (1999), más tarde secretario del PCCH en la provincia de Zhejiang y su desempeño sobresaliente lo llevó a la Secretaria del PCCH en Shanghai. Su mayor logro fue el año 2008, cuando asumió como encargado de los Juegos Olímpicos de Beijing. De allí su ascenso político es inminente, al ser nombrado vicepresidente de la República Popular China (XI Asamblea). Los años siguientes son definitivos al sumar nuevas responsabilidades como vicepresidente de la Comisión Militar, secretario general del PCCH y luego presidente de la República Popular China en 2013.

    Existe consenso en que su carrera siempre contó con la protección del ex presidente Jiang Zemin, aglutinador de los tecnócratas y desarrollistas. Quienes han seguido de cerca la trayectoria de Xi indican que es un gran promotor del mercado, heterodoxo en cuestiones ideológicas, pragmático, y con una amplia experiencia burocrática. Los analistas sostienen que Mao Zedong hizo independientes a los chinos (época de la “humillación”), y que por tanto la tarea de Xi Jinping es hacerlos fuertes (“dignidad”).

    Las tareas de la actual dirigencia china, presidida por Xi, se resumen en cuatro puntos: lucha contra la corrupción (Hu Jintao no logró cumplir con esta tarea en su mandato); desarrollo de la parte occidental del país; el establecimiento de vínculos entre la dirección del Partido y el campesinado, y por último, abordar el problema del envejecimiento progresivo de su población (en el 2050 la mitad de la población superará los 45 años y un 25% habrá superado los 65 años). ¿Cómo conseguir esto? En palabras de Xi Jinping, “manteniéndose alto, para poder mirar lejos, contar con un plan global en el que se tengan en cuenta todos los factores y lograr que los latidos del corazón sean los mismos que los del pueblo”.

    Ahora bien, los desafíos del nuevo emperador amarillo (aludiendo a la antigua denominación para el encargado de reconstruir la nación), serían producir los cambios necesarios en la economía sin afectar el empleo, terminar con la corrupción sin afectar ni reprimir a la sociedad civil, disminuir los privilegios de los burócratas del gobierno sin generar una crisis al interior del Partido, mantener y consolidar la influencia en Asia, África y América Latina, y por último, reinventar la milenaria “Ruta de la Seda”.

    Sin duda, Xi Jinping ha demostrado desde su primer mandato gran experiencia burocrática para mejorar la administración del país y consolidar un poder sin contrapeso, hecho que le ha permitido reformar las fuerzas armadas y producir mediante la formación de muchas comisiones de trabajo una vigorosa integración cívico militar para la profundización de las reformas, incluyendo en ello un moderno sistema de ciberseguridad. Su estrategia alcanzó un punto culminante cuando el PCCH eliminó el límite de tiempo aplicable al mandato presidencial, en aquello que la propaganda del Partido tituló “Presidente de todo” y “Presidente para siempre”.

    Su pensamiento, expuesto en el texto “Socialismo con características chinas para la Nueva Era” (incorporado en la Constitución del PCCH), le dio la oportunidad de fijar el marco teórico y el marco institucional para convertirse de manera definitiva en un emperador de por vida, solo comparable al poder alcanzado por Mao Zedong. Su forma de hacer política popular tiene mucho de inspiración occidental. La propaganda dice: “Xi recorre casas con goteras en  barrios sombríos, esquivando cuerdas donde se cuelga la ropa, sin usar mascarillas en su rostro. Hace fila para almorzar en un restaurante y paga por su comida… Habla en prosa terrena diciéndoles a los estudiantes que la vida es como una camisa con botones en la que tienes que abrochar bien los primeros porque, si no, los demás quedarán mal”. Es un líder preparado para respirar y vivir el mismo aire que su pueblo.

    Pero quizás lo más relevante de todo esto sea que la propaganda ha hecho que sus retratos estén omnipresentes en todas partes de las ciudades, generando una devoción y adhesión sólo comparable con la vivida por Mao. Pero Xi tiene algo que Mao no tenía: Internet y teléfonos inteligentes. Por ello existe consenso entre los analistas y expertos en tecnología que Xi está construyendo el régimen vigilante más poderoso e intrusivo de la historia.

    En nuestra opinión, la tradición política del PCCH, así como el sentido de su historia, está tan enraizada en el Partido y en la propia sociedad que le permite desarrollar una estrategia de Estado a largo plazo, por lo que se puede afirmar que el reforzamiento del liderazgo de Xi Jinping representa más la necesidad del Partido en tiempos difíciles, que un impulso de ambición personal. El XIX Congreso del PCCH presentó una hoja de ruta que debe llevar a China a convertirse en un país desarrollado el 2035 y una potencia global el 2050.

    Muchos analistas tienen la esperanza de que, como  consecuencia de sus propios problemas internos, China no  llegue a alcanzar una posición de primacía mundial. El peligro permanente (caos y orden) de una crisis interna provocada por un potencial proceso de subversión, así como los complejos reajustes económicos que el país requiere, explicarían que el PCCH haya nuevamente aceptado un cierto grado de concentración del poder en una sola persona, cuestión que parecía muy difícil que ocurriese nuevamente en el Partido después de la experiencia con Mao y su revolución cultural.

    De lo que no existe duda es que el modelo de hacer política de Xi le ha dado un poder sin contrapeso, poseyendo tal control del Estado, que se encamina a trascender sus fronteras a través del diseño de una nueva forma de imperialismo.

    Camino hacia un imperio cibernético:

    El modelo de desarrollo propuesto bajo el mandato de Xi busca posicionar a China como líder, en lo que se ha venido en denominar la cuarta revolución industrial, cuestión que significa alcanzar un  alto desarrollo en robótica, inteligencia artificial, nanotecnología y especialmente en el Internet de las cosas.

    Tal vez la mayor sorpresa para el mundo ha estado en que los avances chinos han sido más rápidos de lo previsto. El caso más emblemático es lo ocurrido con la empresa Huawei, respecto de la cual se ha observado una reacción de rechazo sin precedentes por parte de los Estados Unidos, alertando al mundo de las verdaderas (ocultas) intenciones de la compañía. Sin duda, detrás de todo aquello existe una competencia por la tecnología, especialmente en la red 5G. Algunos analistas estiman que lo que está en juego es la posibilidad de capturar la mayor tajada del crecimiento económico y la posibilidad cierta de desarrollar capacidades militares cada vez más letales. Ahora bien, la disputa que se prevé no tendrá ganadores, sino que podría terminar provocando un daño muy duro para la economía de ambos países.

    Las acciones pioneras de China respecto del 5G, quinta generación de la telefonía celular, le ha dado una ventaja de al menos un par de años sobre sus competidores. Las conexiones 5G aseguran ser 100 veces más rápidas que la 4G. Lo que de ser cierto, tendrían un efecto muy importante en el desarrollo de varias industrias, como la automotriz, la robótica y servicios como la salud.

    La red inalámbrica de la próxima generación, 5G, como se le denomina, permitirá abordar la evolución más allá del Internet móvil, y alcanzará al Internet de las cosas masivo en el 2019 y 2020. La evolución más notable del 5G, en comparación con las redes 4G y 4.5G (LTE avanzado) actuales, es que, aparte del aumento en la velocidad de los datos, los nuevos casos de uso del Internet de las cosas y de la comunicación requerirán nuevos tipos de desempeño mejorado; como la “latencia baja”, que brinda una interacción en tiempo real a los servicios que utilizan la nube, lo que resulta clave, por ejemplo, para los vehículos autónomos. Además, el bajo consumo de energía permitirá que los objetos conectados funcionen durante meses o años sin la necesidad de intervención humana.

    A diferencia de los servicios actuales del Internet de las cosas que sacrifican rendimiento para sacar el máximo provecho a las tecnologías inalámbricas existentes (3G, 4G, WiFi, Bluetooth, Zigbee, etc.), las redes 5G estarán diseñadas para alcanzar el nivel de rendimiento que necesita el Internet de las cosas masivo. Esto hará posible que se perciba un mundo completamente ubicuo y conectado.

    Teniendo en cuenta estos desarrollos proyectados, la empresa Huawei se ha convertido en el segundo mayor vendedor de celulares del mundo, teniendo ganancias estratosféricas, las que han sido invertidas en investigación y, por tanto, en la solicitud de nuevas patentes. Se dice que ha inscrito alrededor de 5.405, convirtiéndose en líder mundial en este ámbito.

    Pero no todo ha sido éxito para Huawei. El gobierno norteamericano la ha acusado de ser un brazo del PCCH, y ha sido el propio Trump el que ha encabezado una ofensiva muy dura sobre la compañía. La mayor acusación es que sus redes y celulares pueden ser una moderna forma de espionaje cibernético. Pero el tema no se queda allí, dado que se traslada a algo que es menos público: nos referimos al desarrollo de los supercomputadores. En la actualidad, la máquina más poderosa del mundo es norteamericana: Summit, desarrollada por IBM. Su capacidad de cómputo es equivalente a 200 petaflops; puede realizar 200 mil billones de operaciones por segundo. Por su parte, China posee 227 supercomputadoras, lo que equivale al 45% del total mundial.

    Estados Unidos espera desarrollar una nueva máquina que supere por primera vez un exaflop (procesamiento de un trillón de operaciones por segundo). La noticia es que China ha señalado que también quiere desarrollar una máquina similar, pero la diferencia es que se puso como meta el 2020, un año antes que los Estados Unidos. Además, China quiere poner en marcha una economía espacial, esto es, entre otras cosas, la captura de asteroides para explotar sus recursos mineros y un proyecto de instalación en el 2030 de la primera estación solar en la estratósfera. En el caso norteamericano, quizás el equilibrio venga por el lado de los proyectos privados de SpaceX de Elon Musk o el Blue Origin de Jeff Bezos.

    El impacto de lo aquí propuesto es desconocido para la humanidad, por lo que sus consecuencias son impredecibles. El desarrollo de la inteligencia artificial nos permitirá ver cambios notables en la medicina robótica, las ciudades inteligentes y la producción de nuevas armas militares. Estados Unidos, en este ámbito, todavía tiene ventajas con las numerosas compañías que en Sillicon Valley trabajan en inteligencia artificial, especialmente en vehículos no tripulados o sistema de machine learning, reconocimiento facial y de voz.

    La mayor incógnita es el desarrollo de inteligencia artificial de carácter militar, una revolución que terminaría por dejar atrás las formas de guerra hasta ahora conocidas. De este modo, cuando Donald Trump lidera acciones que nos parecen desproporcionadas en contra de Huawei y la propia China, quizás deberíamos incorporar en nuestro análisis que quizás no está completamente equivocado. El peligro es inminente. Es innegable que Estados Unidos ha sabido eludir, a lo largo de su historia, muchas amenazas externas, el problema es que ahora se trata de un adversario extremadamente poderoso, el cual propone una forma de hegemonía para la cual el país del norte parece no estar lo suficientemente preparado

  • Confucio y la Familia China

    Confucio y la Familia China

    “Conocer lo que es justo y no practicarlo es una cobardía” Analectas, Confucio.

    En China, en la época de los estados guerreros (403-221 a.C) aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china, cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país.

    Si hay algo que caracteriza a la historia de China es la existencia de las dinastías, que se sucedieron a lo largo de los siglos al mando del Emperador, Hijo del Cielo, que tenía el Mandato Divino y que decidía sobre la vida y la muerte de todos sus súbditos. La casa Zhou (771-256 a.C) comenzó a ver que su poder disminuía a causa de la aparición de estados familiares que se fueron convirtiendo en verdaderos feudos amurallados y que no pretendían hacer caso del poder central. En el período llamado Primavera- Otoño (722-481 a.C) existían alrededor de 170 de estos estados que luchaban con violencia entre sí para hacerse del poder total. En la era de los estados guerreros subsistían siete de estos estados. Curiosamente estos estados guerreros fueron los (403-221 a.C) que propiciaron la aparición de pensadores y filósofos para que aconsejaran y ayudaran a encontrar un camino para volver a la unificación del país y a la paz entre sus habitantes.

    Así, alentados por este clima propicio, aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china,  cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país. Si pudiéramos decirlo así, la época de las “cien escuelas” fue una época de oro del pensamiento en el mundo. Contemporáneos de Confucio fueron Buda en la India, Platón y Aristóteles en Grecia.

    El sueño de unificación de China se hizo realidad cuando los ejércitos del estado guerrero Qin vencieron a los otros estados en el 221 a.C y el rey Qin se otorgó a sí mismo el título de Primer Emperador. En el año 210 a.C muere y su imperio se desintegra rápidamente. Es así que en el año 206 a.C comienza la dinastía Han y se instala definitivamente el pensamiento de Confucio. Hacia el siglo II a.C el confucionismo se había convertido en el sistema del Estado Chino. Las enseñanzas orales de Confucio se conservaban en las Analectas y éstas junto a los cinco clásicos servían de base para la política gubernativa: Kung-Fu Tsé o Confucio es el personaje que más ha influido en la vida china y que sigue influyendo aún. Su obra más importante es Lun-Yu, Analecta o Conversaciones filosóficas que se divide en dos libros: el Chang- Lun y el Hia-Lun. Estos libros son una colección de sentencias y proverbios que contienen cuanto de importante enseñó o hizo Kung-Fu Tsé, que en estos libros es llamado Tsé, palabra china que significa maestro o por filósofo.

    Se cree que en esa época aparecieron los cinco clásicos confucianos: el Libro de los Cambios, el Libro de Historia, el Libro de Odas, el  Libro de Ritos y los Anales de Primavera y Otoño. En realidad en la  mayoría de ellos, Confucio se limitó a recopilar todas las enseñanzas y pensamientos de los antiguos pensadores y sabios de la China. Es interesante conocer que Confucio basó sus enseñanzas en el fomento de la moralidad, el orden, el estudio, la tradición y la armonía entre los seres humanos y la sociedad. Tradicionalmente la doctrina confuciana tiene tres puntos fuertes institucionales: El Estado, la Escuela y la Familia.

    El confucionismo tenía una gran importancia para el Estado, pues de hecho, las dinastías chinas debían mucho de su estabilidad y continuidad burocrática al saber confuciano, en comparación con la inestabilidad relativa de otros regímenes dinásticos existentes en esas épocas como por ejemplo los de la India. El confucionismo dependía menos del Estado para su supervivencia que éste de aquél, dice Fairbank en su libro China, la verdadera Historia porque aunque se sintiera afectado por el encumbramiento y caída de las dinastías, el confucionismo, encontró la manera de sobrevivir. Además, y eso era quizás su fortaleza, el confucionismo  siempre fue independiente de la dinastía de turno y no le interesaba quedarse con el poder. Así jamás organizaron un partido político ni llevaron a cabo una revolución, ni se hicieron con el poder. Esto no sería del todo nuevo para los confucianos y aún menos para el mismo Confucio y los que supieron comprenderle. A los ojos de Confucio no es necesario un cargo público para prestar un servicio o cumplir con la propia responsabilidad social.

    Y en cuanto a la enseñanza la escuela Confucio quiso educar a una elíte para convertirla en un conjunto de hombres superiores que pudieran aconsejar al gobernante y que fueran respetados por el pueblo. En relación a este tema Theodore de Bary en su libro Civilizaciones del Este Asiático lo explica muy claramente: “En la época moderna aún cuando los sistemas establecidos de cultura confuciana superior padecieron la destrucción de las élites políticas y sociales tradicionales, el respeto por el saber que había inculcado el despliegue de la educación neoconfuciana siguió siendo un estímulo poderoso para adquirir nuevos conocimientos. Aún con el cambio brusco que experimentó el contenido de la enseñanza, este amor profundamente asentado por el saber que tenían los pueblos durante largo tiempo por los valores confucianos, demostró ser una fuente de energía y adaptabilidad continuas, de tal modo que, en la misma China, llegó a contrarrestar el asalto total que la Revolución Cultural lanzó sobre la enseñanza”.

    En cuanto a la familia, Confucio enseñó una ética que colocaba a la familia como centro de la vida política, social y cultural. La familia estaba perfectamente estructurada y las relaciones entre ellos claramente definidas en base a la autoridad y la jerarquía y así se establecían los cinco valores fundamentales que estaban perfectamente estructurados: las relaciones que deben existir entre el príncipe y sus súbditos, entre el padre y sus hijos, entre el marido y la esposa, entre los hermanos mayores y los hermanos menores y entre los amigos entre sí.

    La Familia China.

    La familia ha sido siempre en China la base de la estructura social. La doctrina de Confucio veía a la sociedad como un gran conjunto de familias que vivían bajo el mandato del Emperador. Es decir que el núcleo de la sociedad era la familia y no el individuo. Y aún  antes de Confucio la base familiar ya estaba bastante definida en la cultura china. El individuo al nacer ya tenía establecido cuál era su rol dentro de la familia, cuál era la meta a cumplir y que se esperaba de su conducta. Esta noción perduró a través de los siglos pues era esta institución la que daba estabilidad a la sociedad, al Estado y al individuo. Y de esta manera se lograba la armonía entre los hombres,  y entre éstos, la sociedad y el universo, bien supremo al que aspiraba la doctrina confuciana.

    Ya dijimos que Confucio definía cinco relaciones entre los seres humanos: entre príncipe y ministros, padre e hijos, esposo y esposa, hermano mayor y hermano menor y por último entre amigos. No es casualidad que de estas cinco relaciones fundamentales, tres se refieran a la familia que era vista como un núcleo con jerarquías, protocolo y métodos de gobierno tal como lo era el Estado. El aprendizaje del hombre superior que propiciaba Confucio se iniciaba en la familia.

    Uno de los conceptos más importantes en cuanto al orden familiar y las obligaciones de sus miembros, era la obligación filial que servían a futuro para ser respetuosos y obedientes con las autoridades. El padre dentro del grupo familiar era el jefe indiscutido, la autoridad máxima contra la que las mujeres y los hijos no se atrevían a rebelarse. Si llegaba a pasar esto, el padre tenía todas las atribuciones para castigar a los que osaban transgredir estos códigos de honor. Atribución por lo demás que tenía el Emperador sobre todos los hombres y mujeres de su Imperio.

    En cuanto a la situación de la mujer, es evidente que ocupaba los rangos inferiores dentro de esta estructura firmemente jerarquizada. La principal función de la mujer era tener hijos. No tenía derecho a educación formal excepto las que les transmitía la madre sobre el cuidado del hogar y como ser una perfecta esposa. El sistema de parentesco se transmitía a través de la familia del padre. Las hijas al casarse abandonaban la familia, desaparecían para siempre y pasaban a integrar la familia del marido e incluso tenían la obligación de venerar sus antepasados. Si la mujer no tenía hijos o aún peor si no tenía hijo varón, la suegra podía buscar otras esposas  o concubinas para su hijo. El tener una hija mujer era visto como una desgracia que solo traía gastos a la familia y que llegada a una edad no iba a pertenecer más a ella. Toda esta tradición cultural referente a las mujeres se prestó para abusos como el infanticidio. Además en la dinastía Tang comenzó el mas cruel de todos los rituales que causó innumerables muertes en las niñas entre los seis y siete años: el vendado de los pies que continuaría vigente hasta bien entrado el siglo XX. El suicidio de las mujeres viudas era considerado un acto muy honorable y las mujeres que lo hacían merecían ser recordadas con respeto.

    La Familia china actual:

    Así dentro de estas estructuras se mantuvo la institución familiar a lo largo de la historia hasta que en el siglo XX, para ser más exactos a partir de 1911, con la caída de las dinastías, China comenzó a experimentar cambios bruscos y transformaciones profundas en lo económico, político y social.

    Se producen guerras internas, hay invasiones extranjeras, las ciudades comienzan a crecer, el sistema agrario empieza a cambiar y esto obliga a buscar formas de vivir adaptadas a los tiempos. La familia como era concebida, unida y jerarquizada empieza a perder terreno. El final de las visiones confucianas del mundo y de la sociedad es propiciado por las nuevas formas de gobierno y se agudizan en la época del comunismo y en especial en la Revolución Cultural de Mao. Todo lo viejo, todo lo antiguo debe ser borrado. La crisis es profunda porque destruye lo más esencial del alma nacional china, sin la familia todo se tambalea, todo está a punto de caer. Como veremos, luego de la Revolución Cultural que trató de borrar la identidad cultural y milenaria del pueblo, hay una vuelta atrás y las autoridades comienzan a ser más flexibles.

    A partir del año 1979 una medida drástica del gobierno golpea otra vez a la familia: a raíz del aumento explosivo de la población se determina la política dura e inflexible del “hijo único”. Han pasado más de treinta años desde ese momento y hoy comienzan ya a sentirse los efectos que esta ley ha provocado en la estructura familiar y las interrogantes de lo que pasará en el futuro solo provocan temor e incertidumbre. Al implementar la política de un solo hijo por familia, el gobierno chino ha hecho que muchos padres prefieran tener un hijo varón, que  los sostendrá a ellos en su vejez y no una hija que se casará y deberá permanecer con la familia del esposo.

    Consecuencia de esto es la cantidad de abortos de hijas mujeres. Es tan fuerte el problema que el gobierno ha restringido el acceso a las ecografías para no saber anticipadamente el sexo del hijo y provocar abortos. En resumen el resultado de la política del hijo único es que faltan en la China unos 30 millones de mujeres aptas para el matrimonio. Además está el problema del envejecimiento de la población.

    Hay diversos reportajes y estudios que tratan este problema y la mayoría de los hijos únicos expresa su deseo de haber tenido un hermano para “tener con quién compartir las alegrías y las tristezas” El sentimiento de soledad que ellos tuvieron hace que la mayoría de estos hijos únicos quiera tener dos hijos. Hasta el momento el Estado había dejado la decisión del segundo hijo a los gobiernos locales de las provincias, pero consciente de los problemas que ha acarreado a nivel nacional la política del hijo único, ha flexibilizado su posición y ha anunciado que se permite tener un segundo hijo. Si la familia tiene dos hijos, la carga de mantener a los padres será menos pesada.

    Además de todos los problemas que acarrea esta política de planificación familiar se suma la presión que sufre el hijo único de parte de los padres para que estudie, sea un alumno exitoso y logre entrar a las universidades más prestigiadas del país. El vicepresidente del Centro de Investigación sobre Jóvenes y Adolescentes de China, (CIJA) dice:”Esto es una tarea casi imposible de cumplir teniendo en cuenta que siempre hay 50 estudiantes por clase. Es una expectativa irreal que hace que muchos niños pierdan la confianza en ellos mismos y crean que son unos fracasados cuando apenas han cumplido los 14 años”.

    ¿Tiene validez el pensamiento confuciano en la China de hoy?:

    El pensamiento de Confucio, después de haber sido marginado de la sociedad china por el partido comunista y el maoísmo y acusado de ser responsable del atraso económico, de la desigualdad social y de ser baluarte del sistema feudal, ha vuelto en todo su esplendor. La Revolución Cultural de Mao destruyó y atacó las bases del pensamiento tradicional chino, budismo, taoísmo y sobre todo la doctrina de Confucio, pero después de la muerte del líder comunista, los nuevos dirigentes volvieron a buscar los viejos valores y encuentran en sus ideales culturales una respuesta para el tipo de sociedad a la que aspiran lograr. En un país que crece aceleradamente y la fiebre por el dinero arrasa con todos sus habitantes, los líderes del partido han encontrado en los ideales de Confucio un camino para no caer en un capitalismo salvaje. Hay que volver, dicen, a la moral tradicional, a la unidad familiar, a la lealtad, en resumen a los valores que un día ellos mismos trataron de borrar. Para algunos el pensamiento confuciano vuelve a ser útil al gobierno y es la última esperanza del partido comunista. Lo cierto es que sus gobernantes, los jerarcas del partido y los medios de comunicación  chinos honran públicamente a Confucio. Muchos piensan que el pensamiento de este legendario filósofo tiene un gran papel a jugar no solo en la parte ético-moral sino también en el desarrollo económico del país. Dice Anne Chang, sinóloga y autora de “Historiadel Pensamiento Chino”: “La Revolución Cultural había arrasado sus tradiciones. Entonces empezó a hacer mella el discurso ideológico sobre los valores asiáticos, identificados con el confucionismo, que sirvió para explicar el milagro económico. Incluso comunistas serios se adhirieron a esta tesis: este súbito desarrollo que parecía surgir de la nada se debía a la cultura confuciana (valoración del trabajo, de la educación, de la solidaridad familiar…) En un giro completo, el confucionismo pasó de ser considerado-por chinos y occidentales  como Max Weber- como freno para el desarrollo económico a convertirse en factor de un desarrollo específicamente chino y del mundo sinizado. China continental encuentra en él una explicación ideológica que convienen a los dirigentes autoritarios de Pekín: sí la sociedad está enfrascada en un desarrollo capitalista salvaje, no  se ocupa de política; es estable, fácil de controlar, etc. Todo ello se atribuye al “confucionismo” .

    Recordemos también al neoconfucionismo, cuando mil quinientos años después, los filósofos de la época valoraron la doctrina de Confucio y Mencio y su anhelo era entonces “recuperar el Camino”. ¿Será entonces el confucionismo la ideología de un régimen, como sostiene Anne Chang o el gobierno de la República Popular China ha recuperado “el Camino”?

    Lo cierto es que el gobierno actual de China ha reivindicado a Confucio y así lo pudimos ver en la visita que hizo tiempo atrás a Chile el rector de la Universidad de Pekín, Xu Zhihong, quién expresó en una entrevista al diario El Mercurio que la Universidad  de Pekín tiene como objetivo entrenar a personas para ser líderes: “Queremos formar una clase elitista capaz de dirigir y enfrentar desafíos en todo terreno”.

    Más adelante y ante la pregunta del periodista de cómo insertar la tradición china en el modo de hacer y la competencia occidental, Xu Zhihong dijo que “Ambas culturas tienen sus ventajas. En la cultura china tenemos un tesoro que son los pensamientos confucianos, que hablan sobre la armonía entre los seres humanos y entre estos y la  naturaleza. Es lo que nos falta en la actualidad. Las Ciencias Sociales son muy importantes en la sociedad moderna para que los seres humanos conozcan su esencia”. Las expresiones vertidas por el rector de la Universidad de Pekín casi parecen dichas por el mismo Confucio en cuanto a la formación de una clase elitista, educada, capaz de dirigir y gobernar.

  • “El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

    “El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

    Cuando se habla de “maquiavelismo” y de “maquiavélico”, en el lenguaje corriente, se alude a una manera inmoral de proceder, caracterizada por la hipocresía y el engaño. En realidad, Niccolò Machiavelli (su verdadero nombre y que usaré en este trabajo) estaba lejos de sugerir una actitud de ese tipo y – además –fue muy poco “maquiavélico” en su  vida, que resumiré a continuación.

    Niccolò Machiavelli nació en 1469 y asistió a la caída de los Medici en 1494. Después del intento republicano de Savonarola, que fue condenado a muerte en 1498, el gonfaloniere Pier Soderini lo llamó a ocupar el cargo de secretario de la Segunda Cancillería (Interior y Guerra). Se mantuvo allí durante los conflictos bélicos entre Francia y España, teniendo diversas misiones diplomáticas en Roma, en la corte de Luis XII, en el Tirol, en Urbino y Senigallia (donde conoció a Cesare Borgia). Tuvo que alejarse del gobierno al término de la República Florentina y el regreso de los Medici, en 1512. Además fue arrestado por un  presunto complot antimediceo y, ya libre, se dedicó a escribir en Albergaccio, en Sant’Andrea in Percussina, cerca de San Casciano in Val di Pesa. De esa época son sus obras principales, entre las cuales están Il principe, que escribió en 1513 y que habría de ser publicado sólo en 1531, cuatro años después de su muerte. En 1520, el cardenal Giulio de’ Medici le encargó una Historia de Firenze  (1520-25), pero dicha labor le costó la pérdida definitiva del puesto de secretario, cuando se restableció la República, en 1527, año en el que, creo decepcionado, murió. O sea que, si de olfato o de oportunismo políticos se trata, Machiavelli no los poseyó absolutamente. Ello explica también el pesimismo con que desarrolló su visión de ordenamiento del mundo civil y militar.

    Debo aclarar de inmediato que nunca escribió que “el fin justifica los medios”. Ni tampoco es – como dicen los políticos actuales – “lo que quiso decir”. Además de que la frase no  aparece en ninguno de sus escritos, existen elementos contradictorios al interno de su obra. Una afinidad podría advertirse en este pasaje: “Facci dunque uno principe di vincere e mantenere lo stato: e mezzi saranno sempre iudicati onorevoli e da ciascuno lodati; perché el vulgo ne va preso con quello che pare e con lo evento della cosa” (“Dedíquese, por lo tanto, un príncipe a ganar y a mantener el Estado: los medios serán siempre juzgados como honrosos y alabados por todos; porque al vulgo hay que tomarlo con aquello que aparece y con el evento de la cosa”; II Principe, cap. XVIII). Si bien es cierto que el sentido es parecido, la frase se refiere a la razón de Estado y no a cualquier conducta del Príncipe. La salvación del Estado es necesaria y debe ser antepuesta a las personales convicciones éticas del Príncipe porque él – ¡atención! – no es el amo, sino el servidor del Estado.

    ¿Por qué se necesitaba un Príncipe en Italia? Porque la península, después de la expedición de Carlos VIII (1494), era un territorio de conquista, de continua beligerancia y de permanente inseguridad. Se requería de una política hegemónica, como la de Francia y de España. No existían sólidos organismos estatales unitarios ni tampoco ejércitos “ciudadanos”, sino compañías de ventura mercenarias. Se habían perdido casi todos los valores que daban un fundamento sólido a un vivir civil y que existían en la antigua Roma: el amor a la patria, el sentido cívico, el espíritu de sacrificio y el impulso heroico, el orgullo y el sentido del honor. Todo había sido substituido por una actitud escéptica y renunciataria, que inducía a abandonarse fatalísticamente al capricho mutable de la fortuna, sin reaccionar ni luchar.

    Toda la especulación política de Machiavelli está dirigida al objetivo histórico de la presencia de un Príncipe capaz de organizar las energías que potencialmente existen para contrastar las miras expansionistas de los Estados vecinos. Y para delinear esa figura del Príncipe hegemónico era necesario desarrollar la política como ciencia y no como mera especulación. Por ejemplo, para Aristóteles (el filósofo más renombrado y  considerado en ese momento) el hombre era un zoón politikon, o sea que su valor como individuo se medía en razón de la ventaja o del daño que entregaba a la polis. Aquel que no actuaba políticamente era un  idion, un ser carente e incompleto.

    En tratados medioevales, se analiza la figura del Príncipe en cuanto a sus virtudes cristianas. Por ejemplo, Erasmo de Rotterdam escribe, en 1516, su Institutio principis christiani (La educación del príncipe cristiano), donde sostiene que éste debe buscar la magnanimidad, la templanza, la honestidad. Machiavelli, en cambio, escribe: «Quanto sia laudabile in un principe mantenere la fede, e vivere con integrità e non con astuzia, ciascun lo intende: nondimanco si vede per esperienza, ne» nostri tempi quelli principi avere fatto gran cose che della fede hanno  tenuto poco conto e che hanno saputo con l’astuzia aggirare e’ cervelli delli uomini: e alla fine hanno superato quelli che si sono fondati in su la realtà» (“Cuanto sea loable en un príncipe mantener la fe, y vivir con integridad y no con astucia, cada uno lo entiende: no obstante se ve por experiencia, en nuestros tiempos a aquellos príncipes haber hecho grandes cosas que de la fe han tenido poca cuenta y que han sabido con la astucia embaucar los cerebros de los hombres: y al final han superado a aquéllos que se han fundado en la realidad”; Il Principe, cap. XVIII). 

    Con esta opinión, queda claro que el pensamiento político no forma parte de lo especulativo, ético y religioso. La lógica brutal del poder no es manejable con sentimientos o consideraciones abstractas. Más que el “deber ser” y la retórica, lo que interesa al secretario florentino es dilucidar los dispositivos propios de las dinámicas del poder. Al igual que Bernardino Telesio (Cosenza 1509 – 1588) estudia la naturaleza iuxta propria principia, la política debe ser estudiada de manera autónoma, sin condicionamiento de principios que son válidos para otros ámbitos. Esta posición corresponde a la realidad política a la que aludía, y  que se sentía sobre todo en Firenze, que era una presa apetecida  por los Medici, el Imperio y la Iglesia Católica Apostólica Romana. Era necesario un consistente realismo político (que conllevaba un fuerte pesimismo antropológico) y el nuevo concepto de virtud y fortuna. Volver a la figura del Príncipe es una exigencia imperiosa para regenerar y renovar la vida política, pero éste debe imitar el comportamiento de los grandes hombres contemporáneos y del pasado.

    Sólo que Machiavelli elabora también una teoría que aspira a tener un alcance universal, formulando leyes válidas en todos los tiempos y todos los lugares. Por ello, es considerado como el fundador de la moderna ciencia política, porque la distingue de otras disciplinas que se ocupan igualmente del actuar del hombre, como la ética. Es así como tiene el coraje de denunciar lo que ocurre realmente en la política, en vez de delinear Estados ideales: «E molti si sono immaginati republiche e principati che non si sono mai visti né conosciuti in vero essere» (“Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que no se han visto nunca ni conocido en ser verdadero”; Il Principe, cap. XV). En efecto, proclama: «Ma sendo l’intenzione mia stata scrivere cosa che sia utile a chi la intende, mi è parso più conveniente andare dreto alla verità effettuale della cosa che alla immaginazione di essa» (“Pero habiendo sido mi intención escribir cosa que sea útil a quien la entienda, me ha parecido más conveniente ir detrás de la verdad efectual de la cosa que de la imaginación de ésta”; Il Principe, cap. XV). No le interesa crear una bella construcción teórica, sino entregar un instrumento conceptual de aplicabilidad inmediata a la política real y de segura eficacia.

    Antes de pasar a señalar las características que debe tener el Príncipe, es necesario precisar cómo se comportan esos hombres que éste debe dirigir. Esto porque si la política debe tener leyes propias, es necesario descubrir cuáles son las leyes de la naturaleza humana. Y es aquí donde surge la visión antropológica pesimista de Machiavelli. El hombre no es ni bueno ni malo, pero tiene la propensión a ser malo. Éstas son las reflexiones de Machiavelli: «Perché degli uomini si può dire questo, generalmente, che sieno ingrati, volubili, simulatori e dissimulatori, fuggitori de’ pericoli, cupidi del guadagno; e mentre fai  loro bene e’ sono tutti tua, offeronti el sangue, la roba, la vita, e’ figliuoli, come di sopra dissi, quando el bisogno è discosto: ma quando ti si appressa, si rivoltono, e quello principe che si è tutto fondato in su le parole loro, trovandosi nudo di altre preparazioni, ruina» (“Porque de los hombres se puede decir esto, generalmente, que sean ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, rehuidores de los peligros, codiciosos de la ganancia; y mientras les haces el bien ellos son todos tuyos,te ofrecen la sangre, las pertenencias, la vida, y los hijos, como dije más arriba, cuando la necesidad está distante: pero cuando se te acerca, se dan vuelta, y ese príncipe que se ha fundado totalmente en sus palabras, encontrándose desnudo de otras preparaciones, se desploma”; Il Principe, cap. XVII).

    Como conjunto físico y psicológico, el hombre tiene algunos caracteres constitutivos de su esencia individual que aseguran su conservación. Por ello, el político no puede confiar en el aspecto positivo del hombre, sino que debe tomar razón de su aspecto negativo para actuar de consecuencia. Además, los hombres tienden a estar constantemente insatisfechos: «La cagione è perché la natura ha creato gli uomini in modo che possono desiderare ogni cosa e non possono conseguire ogni cosa: talché essendo sempre maggiore il desiderio che la potenza dello acquistare, ne risulta la magra contentezza di quello che si possiede e la poca soddisfazione d’esso» (“La razón es porque la naturaleza ha creado a los hombres de modo que pueden desear todas las cosas y no pueden conseguir todas las cosas: de manera que siendo siempre mayor el deseo que la potencia de adquirirlo, resulta el magro contento de aquello que se posee y la poca satisfacción de éste”; Discorsi sulla Prima Deca di Tito Livio, I, cap. 37). 

    Los hombres han sido siempre iguales a sí mismos y, en su comportamiento, no conocen otro bien que la utilidad privada. Por ello, verbigracia, aconseja: «Ma soprattutto astenersi da la roba di altri,  perché li uomini sdimenticano più presto la morte del padre che la perdita del patrimonio» (“Pero sobre todo abstenerse de las pertenencias de los otros, porque los hombre olvidan más rápido la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”; Il Principe, cap. XVII). No hay idealismo en la naturaleza humana: «a quale cosa fa testimonianza a quello che di sopra ho detto che gli uomini non operono mai nulla bene, se non per necessità; ma, dove la elezione abonda, e che vi si può usare licenza, si riempie subito ogni cosa di confusione e di disordine» (“a la cual cosa hace testimonio a aquello que he dicho más arriba que los hombres no obran nunca nada bien, sino por necesidad; pero, donde la elección abunda, y que allí se puede usar licencia, se colma de inmediato todo de confusión y de desorden”; Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, I 3).

    Machiavelli no basa esta concepción negativa de la naturaleza humana en una idea abstracta (como podría ser la de Thomas Hobbes), sino del estudio de hechos históricos. Es allí donde  encuentra las leyes generales que no son infalibles, pero que deben orientar al Príncipe en su accionar. Y – ¡muy importante! – no existe una fractura entre el mundo antiguo y el moderno: no hay experiencia que venga del pasado que no pueda ser desmentida por una nueva experiencia presente. La auctoritas y los exempla virtutis de la historia se pueden reverenciar, pero no homenajear. Son ejemplos que tienen validez retórica, pero no científica. El hombre está constituido por un manojo de potencialidades, que se actúan en la historia. No tiene una naturaleza fija e inmutable, que haya sido estigmatizada por un pecado original o por una estructura metafísica que lo condene al mal. Es un ser frágil que necesita “asegurarse” de las fuerzas hostiles que lo amenazan, especialmente cuando los tiempos tienen una dura configuración. Debería tener la capacidad de cambiar, pero sigue apegado a sus hábitos y sus comportamientos. 

    Machiavelli no construyó una teoría “de laboratorio”, sino que partió de la relación directa con la realidad histórica, gracias a su experiencia como canciller en un Estado autónomo como Firenze, cuna del Renacimiento. Su pensamiento es una estrecha fusión de teoría y praxis: la teoría nace de la praxis y tiende a resolverse en ella. Se da cuenta que es necesario un verdadero condottiere, que  sea capaz de practicar la política con autonomía, lejos de la religión  y de la moral. La política debe ser un criterio ordenador de los flujos sociales, sobre la base de un estudio objetivo de la “realidad  efectual” y de la “naturaleza” del hombre. El político no debe ser  guiado por etéreas doctrinas teóricas, sino por la aguda conciencia y el sentido de la historia, pasada y contemporánea. Así podría tener una buena “ocasión” para efectuar un cambio.

    Ya los grandes historiógrafos latinos habían descrito la realidad como regulada por las  relaciones de fuerza existentes entre hombres que luchan también con los vicios y el valor de su naturaleza. Pero, por primera vez en la historia, Machiavelli indica en la “realidad efectual” el modo en que deben operar las fuerzas históricas en  relación con la utilidad, con el bien del Estado. Para Machiavelli, el Estado se construye creando equilibrios más avanzados en la realidad existente. El Príncipe no es un símbolo, sino un guía histórico que opera sirviéndose de lo informe para hacerlo llegar a ser voluntad que triunfa, actividad que transforma. Para ello es necesario que la política sea una actividad autónoma.

    Un ejemplo. La paz se funda en la guerra como la amistad en la igualdad. En el ámbito internacional, la supervivencia de cualquier Estado (democrático, republicano o aristocrático) está ligada a la fuerza del ejercicio de su poder. Por lo tanto, debe detentar el monopolio legítimo de la violencia, para garantizar la seguridad interna y para prevenir una eventual guerra externa. Sería preferible vivir en un mundo pacífico y leal, pero las pasiones naturales no lo permiten y quien cumple un análisis equivocado de las fuerzas reales, de los comportamientos y de las leyes está destinado a desplomarse: «Perché gli è tanto discosto da come si vive a come si doverrebbe vivere, che colui che lascia quello che si fa, per quello che si doverrebbe fare, impara più presto la ruina che la perservazione sua: perché uno uomo che voglia fare in tutte le parte professione di buono, conviene che ruini in fra tanti che non sono buoni. Onde è necessario, volendosi uno principe mantenere, imparare a potere essere non buono e usarlo e non usarlo secondo la necessità». (“Porque está tan alejado de cómo se vive a cómo se debería vivir. Que aquél que deja aquello que se hace, por aquello que se debería hacer, aprende bien pronto a desplomarse que su su preservación: porque un  hombre que quiera dejar hacer en todas las partes profesión de bueno, conviene que se desplome entre tantos que no son buenos. Por lo que es necesario, queriéndose un príncipe mantener, aprender a poder ser no bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”; Il Principe, cap. XV). Las constantes de la historia se descubren, porque la naturaleza humana es inmutable. Como siempre el mundo ha sido igual, los deseos y las pasiones generan siempre comportamientos iguales en todo tiempo y lugar, sólo que las cosas humanas son inestables. Y la principal enfermedad política es la “consunción”, esto es el desgaste: al principio puede curarse fácilmente, pero es difícil de reconocer; después es difícil de curar.

    La naturaleza humana se expresa a través de una serie de antonomias. El hombre puede ser: impetuoso, rápido de decisión, violento / respetuoso, prudente y ganador de tiempo; bueno /no bueno. ¿Cuáles características debe tener el Príncipe? Machiavelli perfila la figura de un Príncipe que sepa desafiar la inercia de las cosas, enfrentar la variación de los tiempos y cambiar la realidad y organizarla. Éste puede tener el conocimiento para actuar, pero para poder operar son necesarias la “virtud” y la “fortuna”. En cuanto a la virtud, ésta no tiene nada que ver con la areté cristiana, sino con la acepción griega – anterior a Sócrates, Platón y Aristóteles – que no tiene que ver con la razón que opera en función del Bien, sino con la capacidad de comprender la situación histórica y de plegar los hechos a propio beneficio. O sea, se trata de una energía constructiva y de una acción resolutiva. Como está al margen de la moral cristiana de la época, este nuevo concepto considera válido todo recurso que permita sacar provecho de la fuerza y habilidad del gobernante, pudiendo recurrir incluso a la crueldad y al engaño para imponerse a sus enemigos.

    Siguiendo la ideología del realismo político, el soberano puede aplicar métodos extremadamente crueles y deshumanos, porque a grandes males debe haber grandes remedios y se debe evitar la vía del compromiso, que no sirve para nada y que – al contrario – resulta extremadamente dañina. Machiavelli trastueca, por lo tanto, muchos aspectos del concepto humanístico de virtud: «E così arà duplicata gloria, di avere dato principio a uno principato e ornatolo e corroboratolo di buone legge, di buone arme e di buoni esempli; come quello ha duplicata vergogna che, nato principe, per sua poca prudenza lo ha perduto» (“Y así tendrá duplicada gloria, de haber dado principio a un principado y ornádolo y corroborádolo de buenas leyes, de buenas armas y de buenos ejemplos; como aquél tiene duplicada vergüenza que, nacido príncipe, por su Propia prudencia lo ha perdido”; Il Principe, XXIV). La virtud es la capacidad individual, la suma de calidad de intelecto, de experiencia, de deducción lógica y de intervención política que el príncipe debe tener para superar los límites condicionantes de la situación histórica. Ésta queda en evidencia cuando utiliza la “ocasión”, esto es las condiciones particulares que en una situación permiten la intervención y donde el Príncipe descuella con su personalidad.

    Para ejercitar la virtud, el Príncipe deberá tener la instintiva animalidad del león (la fuerza) y del zorro (la astucia): «Sendo dunque necessitato uno principe sapere bene usare la bestia, debbe di quelle pigliare la golpe e il lione: perché el lione non si difende da’ lacci, la golpe non si difende da’ lupi; bisogna adunque essere golpe a conoscere e’ lacci, e lione a sbigottire e’ lupi: coloro che stanno semplicemente in sul lione, non se ne intendono. Non può pertanto uno signore prudente, né debbe, osservare la fede quando tale osservanzia gli torni contro e che sono spente le cagioni che la feciono promettere» (“Por consiguiente, estando necesitado un príncipe de saber usar bien la bestia, debe de aquéllas tomar el zorro y el león: porque el león no se defiende de los lazos, el zorro no se defiende de los lobos; necesita, pues, ser zorro para conocer los lazos, y león para amedrentar a los lobos: aquéllos que están simplemente en el león, no entienden de ello. No puede, por lo tanto, un señor prudente, ni debe observar la fe cuando tal observancia le vuelva en contra y que se han apagado las razones que la hicieron prometer; Il Principe, cap. XVIII). El soberano no debe ser justo, sino que debe conservar el poder. Machiavelli no se pone el problema de la soberanía legítima: el único título para la soberanía legítima es la posesión de hecho. El Estado es, antes que todo, imperio, autoridad, poder monopólico de mando y coerción. Pero, además, el Príncipe deberá controlar la “fortuna” a través de la “virtud”.

    Mientras que la fortuna es el conjunto de los eventos no previsibles ni determinables por la voluntad, la virtud tiene que ver con la actuación humana libre y consciente, con la intuición que prevé las posibilidades que obstaculizan la acción. El hombre no es enteramente árbitro de sus acciones ni está enteramente sometido a las circunstancias. La antropología de Machiavelli ve entrelazarse la libertad con la necesidad, la voluntad subjetiva con la determinación objetiva (que había sido la lección de Cicerón en el De fato). Hay que domesticar la necesidad y desafiar a la fortuna: por ello, la virtud consiste en la adopción de medios idóneos para conseguir el fin. También el premio de la acción poítica es mundano: la gloria, el honor, el éxito de un proyecto.

    La relación entre virtud y fortuna es fundamental. La virtud es el conjunto de competencias que sirven al príncipe para relacionarse con la fortuna, vale decir con los eventos externos. La virtud es, por lo tanto, un conjunto de energía e inteligencia. El príncipe debe ser inteligente, pero también eficaz y enérgico. La virtud del individuo y la fortuna se implican recíprocamente: las dotes del político son puramente potenciales si él no encuentra la ocasión adecuada para afirmarlas, y viceversa la ocasión es pura potencialidad si un político virtuoso no sabe aprovecharla. No obstante, Machiavelli entiende la ocasión de manera peculiar: ésta es aquella parte de la fortuna que se puede prever y calcular gracias a la virtud. Mientras  un ejemplo de fortuna puede ser que dos Estados sean aliados (es un dato de hecho, un evento), un ejemplo de ocasión es el hecho de que sea necesario aliarse con algún otro Estado o, de todos modos, organizarse para estar listos para un eventual ataque de ellos. En los capítulos VI y XXVI de Il Principe, Machiavelli escribe que era necesario que los judíos fuesen esclavos en Egipto, los atenienses dispersos en el Ática, los persas sometidos a los medas para que pudiera relumbrar la “virtud” de los grandes condotieros como Moisés, Teseo y Ciro.

    La virtud humana además se puede imponer a la fortuna a través de la capacidad de previsión, del cálculo sensato. En los momentos de calma, el político hábil debe prevenir los reveses y buscar los remedios, cómo se construyen los terraplenes para contener las crecidas de los ríos. Esta capacidad de prever los acontecimientos fortuitos o contingentes, utilizando la virtud como creatividad artística y heroica que supere los límites, está directamente relacionada con el conocimiento de la realidad. Por ejemplo, para organizar el Estado, el Príncipe no puede ser “bueno”, porque está rodeado de muchos que “no son buenos”: « E se li uomini fussino tutti buoni, questo precetto non sarebbe buono: ma perché e’ sono tristi e non la osserverebbono a te, tu etiam non l’hai a osservare a loro; né mai a uno principe mancorno cagioni legittime di colorire la inosservanzia. Di questo se ne potrebbe dare infiniti esempli moderni e mostrare quante pace, quante promisse sono state fatte irrite e vane per la infidelità de’ principi: e quello che ha saputo meglio usare la golpe, è meglio capitato. Ma è necessario questa natura saperla bene colorire ed essere gran simulatore e dissimulatore: e sono tanto semplici gli uomini, e tanto ubbidiscono alle necessità presenti, che colui che inganna troverrà sempre chi si lascerà ingannare» (“Y sí los fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno: pero porque son tristes y no la observan tú también no la has de observar a ellos; ni nunca a un príncipe faltarán razones legítimas para colorear la inobservancia. De esto se podría dar infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han sido hechas ineficaces y vanas por la infidelidad de los príncipes: y aquél que ha sabido usar mejor al zorro, ha caído mejor. Pero es necesario esta naturaleza saberla colorear y ser gran simulador y disimulador: y son tan simples los hombres, y tanto obedecen a las necesidades presentes, que aquél que engaña encontrará siempre a quien se dejará engañar”; Il Principe, cap. XVIII).

    Por su comportamiento, lo ideal sería que el Príncipe fuera temido y amado al mismo tiempo, pero ambas cosas son difícilmente conciliables y debe saber elegir funcionalmente para el eficaz gobierno del Estado: «Perché le amicizie che si acquistono col prezzo, e non con grandezza e nobilità di animo, si meritano, ma elle non si hanno, e alli tempi non si possono spendere; e li uomini hanno meno rispetto a offendere uno che si facci amare, che uno che si facci temere: perché lo amore è tenuto da uno vinculo di obligo, il quale, per essere gl’uomini tristi, da ogni occasione di propria utilità è rotto, ma il timore è tenuto da una paura di pena che non ti abbandona mai» (“Porque las amistades que se adquieren pagándolas, y no con grandeza y nobleza de ánimo, se compran, pero ellas no se tienen, y en los tiempos no se pueden utilizar; y los hombres tienen menos respeto en ofender a uno que se hace amar, que a uno que se hace temer: porque el amor es considerado como un vínculo de obligación, el cual, por ser los hombres tristes, es roto en toda ocasión de propia utilidad, pero el temor es considerado por un miedo de pena que no te abandona nunca”; Il Principe, cap. XVII).

    Para salvar al Estado, deberá seguir la realidad efectual e incurrir en infamias, si es necesario. Como lo hizo Cesare Borgia que, gracias a la crueldad, logró unir a la Romagna, reduciéndola a la paz y a la fe. Según Machiavelli – que toca el tema en los capítulos VII y XVII de Il Principe – de esa manera demostró más piedad que el pueblo florentino, que permitió la autodestrucción de Pistoia dejando combatir a los grupos enemigos. En caso de guerra, el sacrificio debe ser absoluto. Por eso, Machiavelli propugna la adopción de milicias ciudadanas en vez de recurrir a los mercenarios. En un Estado nacional, la fuerza militar debe estar en función de la organización política y de la defensa de las instituciones. Sobre todo en esa época, cuando la mantención o la pérdida del Estado dependía tanto de la fuerza militar como de la experiencia y de las alianzas políticas.

    Los tiempos han cambiado en el siglo XVI y es necesario ver la realidad efectual. El  denominado “bofetón de Anagni” (7 de septiembre de 1303, con el que Felipe el Hermoso desconoció la autoridad de Bonifacio VIII) estableció el quiebre de la idea del  Imperio universal y de la Iglesia universal. De esa manera, se afirmó el poder laico y se dio paso a los nuevos Estados nacionales. De allí la importancia del pensamiento de Machiavelli, que deja de lado los valores absolutos para dar paso a una ciencia autónoma, o sea que tiene sus propias reglas. Y es, precisamente, la eficacia de esas reglas lo que hará posible el arte de gobernar. Se trata de orientar las simpatías hacia la virtud y la prudencia en la vida civil y política, así como lo habían hecho los antiguos romanos.

    Según esta perspectiva, la llegada del Cristianismo ha desarrollado una función negativa en la historia, porque ha hecho a los hombres menos viriles, induciéndolos a la mansedumbre, a la resignación, a la desvalorización del mundo y de la vida terrena. Además, Machiavelli ve en el poder temporal del Papado la causa de la falta de unidad nacional italiana, que se ha visto debilitada en manos de los mercenarios y de los aventureros. Ante la teocracia medieval surge la autonomía del Estado.

    La religión – justamente por ser un “instrumentum regni” – sí cumple con una función importante: mantener unida a la población en el nombre de una fe única. La religión de Estado debe ser usada para fines eminentemente políticos y especulativos; es un instrumento del que dispone el príncipe para obtener el consenso común del pueblo. En la antigua Roma, que reunía a todas las divinidades en un único panteón, fue fuente de solidez y unidad para la República y  más tarde para el Imperio.

    Por su parte, el Príncipe tiene que tener también las cualidades militares del condotiero e – incluso – en el último capítulo del tratado asume el cariz del “redentor” de una Italia « più stiava che li ebrei,più serva che ‘ persi, più dispersa che gli ateniesi: sanza capo, sanza ordine, battuta, spogliata, lacera» (“más esclava que los judíos, más sierva que los persas, más dispersa que los atenienses: sin jefe, sin orden, abatida, despojada, lacerada”; Il Principe, cap. XXVI). En el Medioevo no existía el concepto de “patria”, sino el de fidelidady sujeción por parte del súbdito. Para Machiavelli, la “patria” es la comuna libre, pero ese concepto le aparece muy luego como una cosa demasiado pequeña y por eso él mismo propone la constitución de una confederación italiana que sea un baluarte contra los extranjeros: su concepto de patria, por lo tanto, se amplía. La negación del Medioevo iliberal es justamente la delineación de los ideales de patriotismo, gloria, libertad de la patria.

    Para algunos pensadores, no habría sido sólo el fundador de la ciencia política, sino también el primer teórico del Estado burgués: autónomo en sus estructuras, funcional y finalizado a garantizar el desarrollo de las fuerzas y de las actividades económicas. La “virtud” es laboriosidad y capacidad de ganancia. El “Estado fuerte” se funda en la fe en el progreso espiritual, moral y cultural.

    Machiavelli pone las bases del liberalismo moderno, entendido como la doctrina que se asume la tarea de defender la libertad. Machiavelli ya teoriza el “contractualismo”, que considera al Estado como el fruto de una convención entre los individiduos afirmando además la coincidencia del interés privado con el público. También el individualismo es la base misma del liberalismo y el valor absoluto de la persona humana. En cuanto a la libertad, no se trata de la libertad del individualismo moderno, sino de una situación que tiene que ver con los equilibrios de fuerzas en el Estado, que deben determinar el predominio de uno solo. La libertad se obtiene cuando los diversos grupos o estratos que componen el Estado están involucrados en la gestión de la decisión política. No es la libertad del individuo con respecto al poder del Estado, sino que está más cercana a la idea de libertad antigua que se tiene cuando se interviene en las  decisiones políticas. La libertad de Machiavelli admite el conflicto: el conflicto no es en sí una causa de debilidad, sino que da dinamicidad al conjunto político, lo mantiene vital; esta vitalidad produce progreso en cuanto deja abiertos espacios de libertad que consisten en la prerrogativa de cada uno de intervenir en las decisiones políticas profundizándola con las otras partes. En esto, su pensamiento es diverso de la idea clásica de orden político como “solución de los conflictos”. Los antiguos veían, en efecto, en el conflicto un elemento de inestabilidad de la comunidad política.

    El hombre moderno se emancipa de lo sobrenatural y proclama su autonomía, tomando posesión del mundo. El liberalismo de Machiavelli es antipapal, antiimperial y antifeudal. Desde el punto de vista organizativo, la república es superior a la monarquía en cuanto no permite que prevalezca la voluntad de uno solo. El bien común puede prometerlo solo una ciudadanía libre. Como típico hombre del Renacimiento, rechaza el dogmatismo escolástico-religioso medioeval como una manera de liberarse de los prejuicios y enfrentar la naturaleza humana con una actitud científica. Está claro que esta posición de Machiavelli no era aceptada por la Iglesia de la Contrarreforma, pero tampoco lo fue por el Fascismo, a pesar de su sed de hegemonía, justamente, por su “corte” liberal. Porque es bueno recordar que la hegemonía (como dirección y consenso) no coincide con la política “ordinaria”, sino que constituye una cualidad adjunta a ella. Se requiere del dominio (fuerza y coerción), que el Fascismo consideraba como un acto mismo con el consenso. El Príncipe maquiaveliano ejercita el dominio, pero debe gobernar con el consenso. Para llegar al poder, debe desplegar una  acción hegemónica, pero que debe estar siempre apoyada por una conciencia de la realidad objetiva y de una subjetiva capacidad de actuar. O sea, lo que Machiavelli define como “virtud” que, en el caso de este tipo de soberano, debe ser extraordinaria.

    En el curso de una acción hegemónica, el príncipe debe pensar en su propia “gloria”. Según explica Machiavelli en el Cap. IX de su tratado, el principado civil se obtiene por el apoyo del “pueblo” (la burguesía) o de los “grandes” (la nobleza”). El apoyo al pueblo no es “caritativo”, sino que responde a una profunda lógica política. En efecto, éste desea no ser mandado ni oprimido por los grandes y – a su vez – los grandes desean mandar y oprimir al pueblo. De estos “humores” nace uno de estos tres efectos: o principado o libertad o licencia. Cada fuerza escoge al príncipe por razones distintas: los grandes hacen príncipe a uno de ellos cuando no pueden resistir al pueblo; el pueblo hace príncipe a uno de ellos para estar defendidos por su autoridad.

    Los efectos son los siguientes: aquél que viene al principado con la ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad, porque tiene entorno a muchos de sus iguales, a los que no puede mandar ni manejar a su modo; aquél que viene por el pueblo, encuentra a poquìsimos que no estén preparados para obedecer. Además, para satisfacer a los nobles es necesario cumplir injusticias y ofensas, porque ellos piden riquezas y privilegios; el pueblo es más honesto porque sólo pide no ser oprimido. Pero no es que Machiavelli lo mire con más simpatía por un juicio moral, sino porque políticamente es más dúctil y sirve como “instrumentum regni”. Por otro lado, el príncipe no puede nunca asegurarse del pueblo como enemigo, porque sus miembros son demasiados; en cambio, sí de los grandes porque son pocos. Lo peor que puede esperar del pueblo es el ser abandonado por él, pero de los grandes no debe temer solo eso, sino que se venguen de él. En efecto, dado que tienen mayor visión y astucia, en las crisis logran salvarse a tiempo, quedar incólumes y ponerse al servicio del vencedor. Aun así, el príncipe necesita vivir siempre con el mismo pueblo, pero puede no estar con los mismos grandes, haciéndose y deshaciéndose de ellos todos los días.

    El consenso hegemónico se obtiene asegurando las necesidades de la vida. Siguiendo el ideal de la república romana, toda la “plebe” està llamada a ser príncipe, en el sentido de producir un “vivir civil”. Porque la política no puede ser separada del “valor” que significa actuar de manera libre y consciente, esto es de la virtud civil. A fin de cuentas, no existe una “ciencia política” general capaz de dar certidumbres. Nada está garantizado, nada es cierto, con respecto a la construcción y al logro definitivo de una buena política. Casi al término del Cap. XXV de Il principe, Machiavelli tiene una duda radical: tal vez no es verdad que un Príncipe, aunque fuese extraordinariamente virtuoso, logre cumplir la empresa que ha preparado para él. El desconcierto nace en el punto más delicado: la fortuna está en perenne “variación”, y éste es el dato de la realidad, pero será el hombre el que esté en grado de cambiar a sí mismo, quedando en sintonía con las cosas, aunque éstas cambien rápidamente. Los hombres, como tienen “rostro diverso”, posee también un diverso “ingenio y fantasía”, y, como ejemplo, Machiavelli reconduce esta disparidad a dos diversos tipos: el “impetuoso” decisionista y el prudente “respetuoso”.

    Y prefiere al primero, porque es la voluntad la que actúa, es la virtud que sabe imprimir su signo en las cosas. El peso de la fortuna con respecto a la virtud sólo puede ser enfrentado e iluminado en el ámbito de la praxis, sólo se puede experimentar y medir en el trabajo de la acción, dejando en la “materia” de las cosas la propia “forma” subjetiva. Pero los seres humanos están acostumbrados a conducirse de una cierta manera y son renuentes en abandonar su modo de ser. Así ocurre que mientras los tiempos varían impetuosamente, el hombre no está en condiciones de cambiar a sí mismo. Y ni siquiera un hombre virtuoso como el Príncipe nuevo puede, saliendo de su naturaleza, seguir las vicisitudes de todos los tiempos. Porque la fortuna es árbitra de la mitad de nuestras acciones y la otra mitad corresponde al gobierno humano. Sin indicar la fuente, los cronistas han difundido la tradición que –cuando Machiavelli fue a entregar el manuscrito de Il Principe a Lorenzo, duque de Urbino, nieto de Lorenzo el Magnífico – éste se mostró más interesado en una pareja de perros de caza que le habían regalado. Verdadero o falso, el episodio quiere dejar en claro que el tiempo de los grandes políticos florentinos ya había llegado a su ocaso. Y la fortuna no estuvo de parte del creador de la ciencia política.