Categoría: Literatura

  • A propósito de La Guerra y la Paz, de León Tolstoi: Una breve reflexión

    A propósito de La Guerra y la Paz, de León Tolstoi: Una breve reflexión

    Leer La Guerra y la Paz es empaparse del espíritu de un hombre que, sabiéndose depositario de un urgente anhelo de verdad, quiso consagrar a él lo mejor de su vida, consciente de la presencia de un sentido superior que todo lo transfigura.

    La lectura de La Guerra y la Paz nos abre de manera entrañable al turbulento laberinto de la Rusia de comienzos del siglo XIX, un país desangrado por el enfrentamiento con las fuerzas napoleónicas cuyo impacto, más allá de lo político y militar, se dejará sentir también en el mundo del pensamiento. Y es que Napoleón representaba a la modélica Francia, la de Voltaire, Rosseau y la Revolución, cuyos ideales ilustrados, recepcionados por los jóvenes de aquel entonces, acentuarán la fractura que comenzaba a insinuarse en el corazón de la cultura rusa y cuyas oleadas se extenderán por decenios. Y es que, por un lado, asomarán los defensores del terruño, amantes de tradiciones ancestrales vinculadas a un mundo semi feudal, en extinción, teñidos por un apasionado e insoslayable misticismo y en una devoción casi mesiánica por el papel salvador de Rusia y, por otro lado, los adalides del advenimiento de las ideas progresistas de la ilustración europea, con su crítica del absolutismo monárquico y su fe secularizante en la ciencia y en el rol protagónico del hombre como artífice de su destino, un hombre ya desencadenado del oscurantismo de la religión.

    Cuando La Guerra y la Paz fue publicada, hacia 1862, el enfrentamiento entre esas dos visiones, representadas por eslavófilos y occidentalistas, estaba en su apogeo. Su pulso y su peso se dejará sentir en la obra de autores tan importantes como Herzen, Bakunin o Bielinski, por no hablar de los movimientos artísticos, políticos y sociales que comenzarán a irrumpir a partir de la segunda mitad del siglo, incluyendo a anarquistas y nihilistas. Turgeniev dibujará muy bien este flujo y reflujo de visiones entrecruzadas en su obra Padres e hijos, asociándolo además al choque intergeneracional; Dostoiewsky, más tarde, en los Endemoniados, hará escalar el conflicto a dimensiones espirituales y metafísicas de un alcance insospechado. El gran mérito de La Guerra y la Paz fue ambientar los orígenes de esta pugna, a veces soterrada, a veces visible, en el entorno de dos familias nobles –los Rostov y los Bolkonski–, y en los avatares y derroteros de dos personajes extraordinarios –quizá los más logrados de Tolstoi–, que plasmarán con sus ideas y con sus vidas el choque de toda una generación que asiste al derrumbe de una sociedad basada en certidumbres heredadas, anacrónicas: Andrei Bolkonski y Pierre Bezujov. Ellos son los protagonistas indiscutidos de la trama; incluso podría afirmarse, sin temor a exagerar, que el pulso narrativo de la obra, sus episodios y digresiones, su generoso número de personajes que van y vuelven, que aparecen y desaparecen, son solo el decorado que enmarca el decurso de estas almas unidas por un sinnúmero de afinidades electivas, que se profesan una admiración devota basada en una amistad inquebrantable, atizada por la búsqueda de los grandes sentidos que hacen de la vida una aventura digna de vivirse. Ese lazo afectivo hará las veces de círculo hermético, reforzado más tarde  por una mujer que estará unida al destino de ambos: la entrañable Natasha Rostov. Ignoro cuánto de autobiográfico encierran estos personajes en relación al propio Tolstoi, pero hay ciertos rasgos que hacen verosímil conjeturar, sino la filosofía misma de Tolstoi, al menos una máscara bastante acabada.

    Leer La Guerra y la Paz es empaparse del espíritu de un hombre que, sabiéndose depositario de un urgente anhelo de verdad, quiso consagrar a él lo mejor de su vida, consciente de la presencia de un sentido superior que todo lo transfigura. Las miradas contrapuestas que despiertan las guerras napoleónicas en el alma de su país, plasmadas con pinceladas agudas e inolvidables en este libro, serán también, sospecho, las del propio autor, que elogió y fustigó el progreso, que saludó los ideales libertarios pero que defendió al mismo tiempo el espíritu de la aldea y fue un enamorado ardiente de Dios. Anarquista insobornable y cristiano devoto, luchando por conjugar la literatura con la vida bajo la luz de un amor apasionado, dispuesto a todo, sin límites.

    Cuando Andrei Bolskonski está por morir dice: “¿El amor es la negación de la muerte; el amor es la vida; todo lo que comprendo solo lo comprendo a través del amor. Todo reside en él. El amor es Dios, y morir es el retorno de una partícula de amor, que soy yo, a la fuente universal y eterna”. Esa frase, de una belleza poética insuperable, no sólo representa el mejor retrato de la filosofía tolstoiana: es, creo, la cifra que resume el itinerario de viaje de un libro como este, que va mucho más allá de ser una novela, para transformarse, con toda justicia, en un manifiesto de la belleza impostergable de la vida.

  • La Mujer en las Letras a través de la Historia: Verónica Franco, la Apertura de las Voces Femeninas.

    La Mujer en las Letras a través de la Historia: Verónica Franco, la Apertura de las Voces Femeninas.

    En la Edad Media se empieza a pavimentar el difícil camino para que la mujer tenga un rol reconocido en la literatura europea y es así que ya en el siglo XVI se difunde con éxito, la obra de esta cortesana y poetisa de las cortes de Venecia.

    Para efectos pedagógicos, la Edad Media se puede dividir en tres etapas, que en este caso coinciden con tres visiones en torno a la figura de la mujer. La primera comprende desde el siglo V hasta el X, en donde es vista sólo como un objeto procreador. En una segunda etapa (X-XII) vendrá a constituir el objeto de deseo desde una perspectiva platónica y virginal gobernada por el amor cortés.

    Finalmente, en el período que comprende desde el siglo XIII hasta el final de la Edad Media (siglo XV), comenzará un proceso de liberación femenina que se verá reflejado posteriormente en el auge de escritoras en el Renacimiento y Siglo de Oro español. En este período, que literariamente se considera como un Neoamor Cortés, la mujer se igualará al hombre tanto en el sufrimiento como en el deseo.

    Retrato de Verónica Franco, Paolo Caliari, Worcester Art Museum, Massachusetts, USA

    Hubo varias mujeres que intentaron, y que en efecto, lograron escapar del yugo masculino y dedicarse a las letras. Ejemplos desde las más antiguas como Wallada, la Omeya del Califato de Córdoba, Leonor López o Blanca de Castilla, han dejado un breve pero intenso legado de escritos que demuestran sus fuertes impulsos hacia la literatura. Existe un personaje femenino cuyo polémico actuar ha sido fuente de inspiración para el cine, pero más bien por su particular vida y no tanto por sus escritos. Se trata de la veneciana Verónica Franco.

    Verónica Franco, nace en Venecia en 1546. Perteneció a una clase intermedia entre los aristócratas y plebeyos, llamada los “Cosiddetti”, o bien ciudadanos originarios. Su madre Paola Fracassa, es de especial importancia en su vida, ya que es ella quien incita a su hija a seguir su mismo destino y convertirse en cortesana. Tempranamente, su padre la obliga a contraer matrimonio con Paolo Panizza, un reconocido doctor, pero su espíritu rebelde la obliga a separarse de su marido y convertirse rápidamente en “cortigiana onesta”, es decir, una prostituta de alto rango (destinada a satisfacer a la nobleza), que cautivó muy pronto las cortes de Venecia tanto por su despampanante belleza y simpatía, como también por su gran preparación intelectual.

    La joven alcanza la fama tras la visita en 1574 del lozano Rey de Francia Enrique III, quien al desembarcar exige pasar una noche con Verónica. Es después de este encuentro que la cortesana logra obtener un poco más de libertad y consigue autorización para publicar y estar a cargo de compilar una edición colectiva de versos. Es justamente esta vertiente de la vida de Verónica Franco la que interesa rescatar, ya que es realmente impactante la soltura de sus escritos. Esta libertad la consigue, como es predecible, por su cercanía a los nobles, ya que al ser sus amantes clandestinos, se ven en la obligación a apoyar y encubrir las actitudes radicales de la cortesana.

    Película de 1998, Dangerous Beauty.

    Verónica Franco, escribe lo que quiere sin tapujos ni encubrimientos, sus poemas son en la mayoría amorosos y eróticos. Además, existen vestigios de la correspondencia que mantenía con su real amante. Su talento es tal, que incluso el Rey Felipe publica sus textos. Lo interesante es que ya en esta escritora se evidencia una conciencia de público; no son escritos personales o textos de almohada, sino que han sido construidos para su posterior difusión, ya sea en las tertulias de la corte, en donde ella misma las relataba o por escrito, en las tantas publicaciones que los nobles le auspiciaron. Así lo evidencian poemas suyos como la Rima XVII Della Signora Verónica Franco:

    Questa la tua Verónica ti scrive,
    signor ingrato e disleale amante,
    di cui sempre un sospetto ella ne vive…
    Forse ch ́é buona in ció la sorte mia;

    e forse ch ́i non son priva di quello/ ch ́ad arder l ́alme volontarie invia”.

    De manera inevitable, este espíritu rebelde fue llevado a proceso por la Inquisición, pero gracias a la ayuda de sus amantes nobles, logra salvar ilesa. A sus treinta y cuatro años decide dejar su profesión con la intención de crear una casa de acogida para prostitutas, pero no existen evidencias de que su plan se haya concretado. A pesar de todos sus esfuerzos, su fin, once años más tarde, coincide con el de la mayoría, sino todas, las prostitutas de la época. En 1591 muere sola producto de la peste negra, pero su vida y obra dejó una huella que pese a todos los intentos masculinos, nunca pudo borrarse de las memorias colectivas, transformándose en un verdadero mito. Verónica Franco marcó el inicio y camino para la posterior liberación femenina, logrando que las voces y el legado literario de la mujer salieran del silencio.

  • El desafío de los escritores rusos del siglo XIX

    El desafío de los escritores rusos del siglo XIX

    El mérito de estos escritores fue hacer pública la miseria y el abandono en que vivían los campesinos para convencer a una sociedad pequeña y privilegiada que ellos también tenían el derecho a ser “rusos”.

    A través de los escritores del siglo XIX aparecen los rasgos que definen la cultura rusa y la existencia de una identidad nacional, “un alma rusa”. Ellos tienen un papel muy importante en todos los acontecimientos políticos y sociales que se desarrollan en el siglo XIX y cuya influencia llega hasta la Revolución de 1917. Describen una realidad antes nunca tratada, intentan mostrar las miserias y sentimientos de los campesinos, los grandes olvidados hasta ese momento y que a través de su pluma aparecen por primera vez en toda su dimensión de seres humanos.

    Surgen con fuerza también las dos corrientes que marcan hasta hoy la historia de Rusia: eslavófilos y occidentalistas. Los escritores representantes de estas dos corrientes, con distintos enfoques pero con el mismo fin, quieren incorporar al campesinado como protagonistas de la historia del país, unir a esa clase noble privilegiada y al pueblo marginado en un solo sentimiento: el ser rusos. En el siglo XIX en Rusia, prácticamente no existía literatura nacional hasta Pushkin. La mayoría de los libros que existían en esa época eran traducciones, especialmente de autores franceses. El público lector era muy reducido y eso hacía casi imposible que un autor viviera de sus escritos. Pero la dificultad mayor para los escritores del siglo XIX fue la falta de un lenguaje adecuado. Como dice Orlando Figes en su libro El Baile de Natascha, “No había ni una gramática ni una ortografía establecida y muchas palabras abstractas carecían de una definición precisa. Era un lenguaje pedante y oscuro muy alejado de la lengua hablada de la alta sociedad, que era básicamente el francés y del habla simple del campesinado ruso” . Crear un lenguaje literario era el desafío al que se enfrentaban los escritores de principios de siglo. Pushkin fue el pionero y esa es una de las razones por lo que se convirtió en objeto de admiración y culto por el pueblo ruso.

    Los escritores reemplazaron de alguna manera al Parlamento, a la Iglesia, a la educación, a la prensa, a la justicia y sus novelas fueron faro y guía de toda una sociedad. Ninguno pretendió terminar con el gobierno de los zares, como tampoco lo pretendieron nunca los campesinos que ya habían hecho algunas revueltas. Pero fueron los escritores los que mostraron por primera vez la miseria y el abandono del pueblo campesino. Y este rol no estaba exento de peligros. Muchos de ellos sufrieron el destierro y duras penas de trabajos forzados en Siberia.

    No obstante sería demasiado exagerado decir que los novelistas  salieron a predicar la reivindicación social ni nada parecido. Turgueniev y Gogol pertenecían a la burguesía, Tolstoi estaba emparentado con la nobleza y Dostoievski perteneció a una familia culta que le entregó muy buena educación. El mérito de estos escritores fue hacer pública la realidad en que vivían los campesinos para convencer a una sociedad pequeña y privilegiada que ellos también tenían el derecho a ser “rusos”.

    La literatura rusa del siglo XIX pasa por dos etapas. La primera mitad pertenece al Romanticismo y sus mejores exponentes son Alexander Pushkin, (1799-1837) y Miguel Lermontov (1811- 1841). Pushkin como ya hemos visto se convirtió en el símbolo de “lo ruso”. Su muerte a temprana edad en un duelo, sus versos melancólicos lo convierten en un representante del movimiento romántico que comenzó en Alemania en el siglo XIX y se extendió por toda Europa y América.

    Pushkin en su primer escrito, Ruslan y Ludmila expresa todas las tradiciones populares del pueblo ruso aprendidas de su nodriza. Fue desterrado temporalmente a las provincias caucásicas dónde el paisaje influyó en todos sus sentimientos y le inspiró en la escritura y en la lectura. Gran admirador del romántico inglés Byron leyó todos sus poemas que tuvieron gran influencia en su obra. Su vida, igual que el poeta inglés terminó abruptamente a la edad de 37 años. A los treinta y cuatro años publicó su obra maestra, Eugenio Oneguin, una novela en verso que muestra con gran agudeza todo el conjunto de la vida rusa con sus miserias y grandezas. Habla en esta novela de todos los sentimientos e interpreta a cabalidad la esencia del “alma rusa” A su muerte, el poeta Miguel Lermontov le escribió un apasionado poema que hizo llorar a todo el pueblo, que transido de dolor de la muerte de “su” poeta, transfirió su cariño a Lermontov que adquirió una fama que no había tenido hasta entonces. Era también admirador de Byron y al igual que éste y Pushkin murió muy joven, recién cumplidos los treinta años.

    Fue el gran crítico nacional Vielinski, el que más tarde descubriera el talento de Dostoievski, quién llamó la atención a los escritores y adelantó el paso del romanticismo al realismo. Bielinski hizo notar que ya había pasado el momento de hablar sobre tristezas, filtros de amor, ideales, héroes y que era el momento que los escritores se fijaran en el pueblo, en los campesinos en la dureza de su vida cotidiana. Y aquí, para llevar a cabo esta transición, y fundar el realismo ruso entra en escena Nicolás Gogol, 1807-1852. “Todos hemos salido del manto de Gogol”, diría luego Dostoievski. El realismo de sus obras fue algo impactante, especialmente para una sociedad que no estaba acostumbrada a este tipo de literatura. Sus primeras obras, El Capote y Almas Muertas, llegan profundamente y tal como lo describe Orlando Figes, “Su obra se halla reflejada en un espejo, que revela todas las arrugas de un rostro ajado por la corrupción, la brutalidad y la ignorancia de una burocracia tiránica y las miserias inexpresables de la servidumbre, el abandono, la degradación y la irresponsabilidad en su aspecto más repugnante”.

    Turgueniev, occidentalista y después enemigo de Dostoievski, es un autor que retrata de manera genial la sociedad rusa, sus diferencias de clase, muestra la vida de los campesinos, su resignación, sus desventuras. Y así lo vemos en “El Cazador” y “Padres e Hijos”. Cada una de sus obras tiene una figura con características especiales de esa sociedad que quiere retratar. Su prosa tiene gracia y mucha delicadeza de sentimientos. Escritores hubo muchos y muy buenos pero hay que destacar a dos de los más grandes: Tolstoi y Dostoiesvki. “Guerra y Paz” del primero y “Los hermanos Karamazov” del segundo, merecen un comentario especial. Estas dos novelas, cada una en su propio estilo se han convertido en los dos grandes clásicos de la literatura rusa y en clásicos de la literatura universal.

    LEON TOLSTOI Y “GUERRA Y PAZ”:

    Tolstoi hijo de un terrateniente, nació en 1828 en Yasnaia Poliana, la propiedad agrícola de su familia, al sur de Moscú. Quedó huérfano a los nueve años, y se crió con unos parientes. Tuvo tutores franceses y alemanes y a los 16 años ingresó en la Universidad Kazan, donde estudió, primero lenguas y más tarde, leyes para abandonarla poco después. En 1847 se mudó a una casa en el campo donde se propuso ser un granjero modelo y acercarse a los campesinos. Todo le producía insatisfacción. Se alistó en la Guerra de Crimea y estando allá en 1855 perdió la casa jugando a los naipes. Cuando regresó de la guerra en 1856 asqueado de su vida de juergas, prostitutas y alcohol se propuso cambiar de vida “basada en el campo, en el trabajo y en la hermandad del hombre”. Al decretarse la emancipación de los siervos en 1861, Tolstoi entregó a sus campesinos una importante parte de sus tierras y siempre se puso al lado de ellos. Abrió una escuela para niños campesinos y se esforzaba cada vez más para vivir como ellos. En 1862, se casó con Sonia Andréievna Bers, miembro de una culta familia de Moscú. Durante los siguientes quince años formó una extensa familia, administró sus propiedades y escribió sus dos novelas principales, Guerra y Paz, 1869 y Ana Karenina, 1877.

    En la segunda mitad de la década del 70 sufre una profunda crisis moral y se vuelca totalmente a Dios La búsqueda de la Fe fue una constante en toda su vida y en todas sus novelas, desde la primera en 1859, Felicidad Familiar, hasta la última, Resurrección, en 1899. Sin embargo su separación de la Iglesia fue absoluta. Rechazó la idea de un Cristo divino y comenzó a vivir una religión práctica basada en Cristo pero como ser humano vivo. Todo esto le valió la excomunión. Le gustaban las novelas de Dostoievski y acababa de leer los Hermanos Karamazov cuando decide abandonar todo lo que tiene, el 28 de octubre de 1910, para dirigirse al monasterio de Optina Pustyn, el mismo que visitara Fiodor varias veces y también Gogol. Diez días después muere en una pequeña ciudad, Astapovo donde tuvo que quedarse, falto de fuerzas, al abandonar el monasterio. Su muerte produjo escenas de profundo dolor nacional.

    Guerra y Paz, es considerada una de las novelas más importantes de la historia de la literatura universal. Presenta el retrato de la sociedad rusa en la época que se produce la invasión napoleónica en 1812. La novela abarca desde los años 1805 hasta 1815. Fue justamente cuando Napoleón invade Rusia que por primera vez los campesinos ocupan un lugar en la historia. Ellos van a pelear junto a los nobles y su coraje y su amor por Rusia se destaca e impresionan al príncipe Sergei Volkonsky. Cuando el Zar le pregunta por la moral de la tropa el príncipe responde: Su Majestad, debería enorgullecerse de ellos, cada uno de los campesinos es un patriota. Pero cuando la pregunta se refiere a la aristocracia, se queda callado, pero ante la insistencia del Zar responde: Su Majestad me avergüenzo de pertenecer a esa clase. No hacen más que pasar el tiempo hablando.

    El príncipe Volkonsky y otros nobles serían condenados a destierro a Siberia por luchar por una vida más justa para los campesinos en lo que se llamó la insurrección de los decembristas, por haberse realizado en el mes de diciembre de 1825. Es en este personaje, Andrei Bolkonsky en el libro, y en el protagonismo del campesinado que se basa la novela de León Tolstoi. Considerada una de las obras maestras del realismo. Aparecen 559 personajes, describe batallas militares y retrata a conocidas personalidades históricas. Tolstoi muestra también de una forma magistral como vivían los campesinos y especialmente los nobles en esa época. En el lenguaje que utilizan los personajes hay una realidad pero también una defensa del “alma rusa”: Y cito a Orlando Figes: “Andrei Bolkonsky habla ruso con acento francés, como la mayoría de los nobles de esa época, la princesa Hélene prefiere discutir sus problemas maritales en francés porque en ruso le parecían que no sonaban claros. Tolstoi refleja deliberadamente la antigua distinción entre el francés como el idioma del engaño y el ruso como el idioma de la sinceridad. Los personajes más idealizados de la novela sólo hablan en ruso como la princesa María y el campesino Karatiev y la princesa Natacha comete errores cuando habla el francés”.

    En este libro León Tolstoi une los dos mundos que parecen irreconciliables, la cultura europea de la nobleza y la cultura popular de los campesinos. La propia vida de Tolstoi y el mensaje de todas sus novelas estuvo orientada siempre a cumplir este sueño de que estas dos realidades se fundieran en una y formaran “una sola alma rusa”.

    FIODOR MIJAILOVICH DOSTOIEVSKI:

    Fiodor Mijailovich Dostoievski nace en Moscú el 11 de noviembre de 1821. Su padre es médico militar que deja el ejército en 1821 y es destinado como médico al hospital María de Moscú donde vive con su mujer, María Fiodorovna Nechayev con la que tendrá seis hijos. Fiodor es el segundo. Su padre es un hombre muy especial, autoritario, alcohólico, violento. Su madre por el contrario es una mujer dulce y callada que soporta con resignación el carácter de su marido.

    La vida de la familia Dostoievski es tranquila y aislada, sometida al carácter huraño del dueño de casa. Tiene una buena educación y lee desde niño, La Historia de Rusia de Karamzín, Las Odas de Derjavín, la novela La Pobre Lisa y versos de Pushkin a quien Fiodor va a admirar profundamente toda su vida. Su padre compra una aldea en Darovoié, en la provincia de Tula. Allí Fiodor Mijailovich conoce el campo, los bosques y en especial toma contacto con una realidad hasta ese momento desconocida para él: los campesinos. Ese conocimiento marcará toda su vida y toda su obra. Admirará para siempre la sencillez, la fe y la forma de vida del pueblo ruso. Así lo demostrará en cada uno de los personajes de sus novelas.

    Henri Troyat relata una conmovedora escena de su infancia en el campo, cuyo recuerdo lo consuela en la soledad y desesperación de su destierro en Siberia, dónde por razones políticas estuvo desterrado ocho años, cuatro con trabajos forzados y cuatro como soldado raso. Se ha internado en el bosque cercano a la casa absorto en los mil pequeños insectos y animales que buscan refugio entre los árboles cuando escucha un grito estridente “un lobo”. Aterrorizado corre entre la espesura hasta que llega a unm claro donde labra un mujik, Mariei, el campesino que trabaja para la familia lo tranquiliza, explicándole con cariño que no hay ningún lobo. “Anda que miedo has pasado pequeño, que Cristo sea contigo, persignate”.Y dice Dostoievski: ”De repente recordé la escena veinte años más tarde en Siberia. La recordé con todo detalle. Volví a ver la cariñosa sonrisa paternal del pobre campesino, de nuestro siervo. Me acordé de su señal de la cruz, de su cabeceo. Y sobre todo de aquél dedo basto, sucio de tierra con el que rozó mi boca suavemente, casi con timidez”.

    Y el recuerdo de este acto de bondad del campesino transformó totalmente su vida. Miró a sus compañeros de prisión en Siberia, borrachos, criminales y delincuentes con otros ojos, “el odio y la ira de mi corazón se disiparon”. A Dostoievski le atormentaba la Fe. Sus novelas están llenas de personajes que como él se balancean entre las dudas y la Fe. Pero su fe no podía alcanzarse a través de la razón, eso se lo dejaba a los occidentales. Su Dios ruso existía fuera de todo razonamiento, Escribió en 1854:” Si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad y que realmente es cierto que la verdad está fuera de Cristo preferiría quedarme con Cristo en vez de la verdad”.

    A la muerte de su madre cuando el tenía doce años, se va con su hermano Mijail, con quién estuvo muy unido siempre, a estudiar a San Petersburgo. Ahí comienza una dura vida de sacrificios y apreturas económicas. Dostoievski es un lector incansable; admira a Gogol por el realismo en su escritura, ha leído a Balzac, a Víctor Hugo, Schiller lo apasiona lo mismo que Goethe, Corneille, Racine. En 1839 su padre muere trágicamente asesinado por sus propios mujiks cansados de tanto despotismo, malos tratos y crueldad. Esta muerte marcará profundamente a Fiodor y la imagen de ese padre autoritario y borracho se repetirá en sus novelas especialmente en Los Hermanos Karamazov.

    Además el golpe es tan fuerte que desde esa época comienza a sufrir ataques de epilepsia que lo acosarán toda su vida. Desde muy joven sufre una adicción por el juego que no puede superar. Su libro “El Jugador” es un retrato de sí mismo. En 1846 el gran crítico de esa época, Bielinski lee su primer manuscrito Pobres Gentes y considera la obra de una gran calidad.

    El recuerdo culpable de su padre, quizás por haber deseado en alguna oportunidad su muerte lo persigue. En los hermanos Karamazov, Smérdiakov, ha matado al viejo Karamazov pero se siente menos culpable de ese asesinato que el hijo Iván:”El principal asesino es usted y no yo, aunque yo haya matado, dice Smérdiakov”. También el hijo mayor Dimitri, que es acusado injustamente de este asesinato, se declara culpable aun sin serlo porque sólo en el sufrimiento hay redención, porque no importa que otro haya cometido un delito, los culpables somos todos:”Todos somos crueles, todos somos monstruos, por nosotros lloran las madres y los niños, pero proclamo que yo soy el peor de todos…acepto las torturas de la acusación y la vergüenza pública, quiero sufrir y redimirme por el sufrimiento”.

    Dostoievski escribió numeroso libros y escribió artículos en distintas publicaciones Sus cuatro novelas más importantes son Crimen y Castigo, Los Demonios, El Idiota y por sobre todas las otras Los Hermanos Karamazov. En esta novela se plantea la moralidad de los actos humanos y del crimen. Dostoievski empezó a escribir esta última obra después de un viaje que hizo al monasterio de Optina Pustyn donde conoció a un monje que va a ser retratado en el libro como el starets Zósima. Los Hermanos Karamazov tuvo un éxito rotundo. La novela fue publicada en el Mensajero Ruso a lo largo de los años 1879-1880. A finales de 1880 apareció el libro completo meses antes de su muerte. A lo largo de toda su obra aparece el sufrimiento, la culpa, la redención, Dios y la Fe. La humanidad de sus personajes hace que sean universales porque se plantean las grandes interrogantes del hombre, aunque muchas veces no haya respuestas para ellas. El sufrimiento existe en el alma de cada ser humano, pero el sufrimiento a su vez redime y puede regenerar a la humanidad. Fiodor Mijailovich Dostoievski pasó también, como sus personajes, las fronteras de su amada Rusia para convertirse en un grande de la literatura universal.

  • Alsino – Pedro Prado

    Alsino – Pedro Prado

    A mediados de 1920 aparece en Chile una de las novelas que habrían de cambiar el destino de la literatura nacional: Alsino, de Pedro Prado. Líder de la nueva generación de escritores, que buscaban por todos los medios poner fin a la tradición estética decimonónica, se había destacado, principalmente, como poeta. Sin embargo, la publicación de Alsino va a  posicionarlo como uno de los mejores novelistas latinoamericanos, en la medida en que el hondo lirismo de la novela habría de diferenciarla claramente de toda la tradición de nuestra narrativa moderna y del intenso fervor realista del naturalismo y criollismo de los años 20.

    El origen de la novela se remonta a las pequeñas historias que el autor le contaba a sus hijos durante las tardes en su vieja casa de Mapocho. Ante el asombro de uno de ellos al presenciar a un niño pobre que cargaba en sus espaldas una joroba prominente, Pedro Prado ideó las aventuras del curcunchito. Aquello que en los demás hombres despertaba consternación, en Prado supuso el nacimiento de un mito, el del niño que sin importar las dificultades, haciendo oídos sordos a las advertencias del sentido común, se dispuso transgredir las limitaciones propias del ser humano y materializar su destino secreto: volar.

    La tragedia del límite, sindicada por Prado como la base esencial de su poética, permite interpretar el destino de Alsino como la incursión en las áreas inexploradas de la experiencia humana. En una entrevista concedida por Prado en Colombia, mientras ejercía como ministro plenipotenciario de Chile, la definió con claridad: “Yo, desde el primer momento en que principié a escribir sentí el ansia de las cosas raras. Quise hacer una obra humana, pero por encima de todo lo vulgar. Educado a solas con mi espíritu, inicié la realización de una obra que estuviese de acuerdo con mi temperamento perseguidor de emociones desconocidas. Examiné el panorama de la literatura, y resolví traspasar el límite dentro del cual se movía todo y se movían todos. ¿Usted sabe cuál es la tragedia del límite? El deseo de ir más allá, de llegar un poco más adelante del lugar visitado por otros. Bucear por los fondos vírgenes. Otear los horizontes no conquistados. Hacer cosas humanas sobre planos esotéricos. Y conquistar una vida intelectual nueva, dentro del culto de la estética”.

    Y en esto se parecen mucho Pedro Prado y Alsino. Ambos se constituyen en exploradores estéticos, buscando a través del arte la superación del hombre y su circunstancia. Alsino es un niño que habita junto a su hermano Poli y su abuela en un sector rural cercano al puerto de Llico, en la VII región. Colabora con su abuela en la recolección de hierbas medicinales, lo que le permite conocer en profundidad la naturaleza y su potencialidad curativa. La precariedad y monotonía de su existencia lo impulsan a buscar nuevas experiencias. Y tras intentar infructuosamente ensayar el vuelo desde lo alto de un árbol, recibe un golpe durísimo que lo deja al borde de la muerte. Preso del delirio, Alsino comienza a sentir el llamado de la naturaleza, que lo hace abandonar su choza sin haberse curado del todo y caminar sin rumbo con una joroba cada vez más pronunciada en sus espaldas.

    “Ni sé a dónde voy, ni lo que busco; los caminos se ofrecen y ayudan. Antes los veía inmóviles; ahora los veo ir y venir: adivino que desean que siga por ellos”.  Después de largos meses de vagancia, Alsino descubre las alas que lleva en su espalda y puede, por fin, alzar el vuelo. “Sin darse cuenta de sus actos, se encontró con sus grandes alasdesnudas, abiertas y temblorosas. (…) Dio un grito ahogado y terrible; lo estranguló a medias la angustia que le oprimía la garganta, y sus alas enardecidas con un furor de éxtasis o muerte, engancharon en el aire”.

    El vuelo extasiado y frenético de Alsino durante la primera mitad de la novela, nos va revelando todo aquello que había estado oculto al ser humano y que él descubre al superar sus límites. La naturaleza es descrita desde una perspectiva inédita, por cuanto Alsino no sólo posee la capacidad de volar, sino también la de comunicarse con el resto de los seres vivos. Y su canto alcanza momentos de extraordinario lirismo: “¡Oh! Abigail, si la voz de cualquiera, entre estas montañas, levanta fácilmente un eco, ¿qué no despertaría mi canto, cuando yo sé las palabras por todas las cosas comprendidas?”

    Pero los demás hombres interpretan la plena belleza alcanzada por Alsino en virtud de sus descubrimientos, como una monstruosidad. Sus recorridos por los caseríos rurales van alarmando a los campesinos, quienes se esconden aterrados al verlo. El aislamiento al que se ve sometido y el rechazo prodigado por los hombres lo desconcierta. “¡Miserable de mí! ¡No sólo los demás me tuvieron por un ser extraño a ellos; yo, también así lo sentía. Sólo cuando el amor llegó, supe que era igual a todos”.

    Si el contacto con la naturaleza lo fortaleció y dio nuevos bríos a su vida, su relación con los hombres no hizo más que destruirla. Después de sufrir toda clase de vejámenes y de perder la vista por las argucias de una vieja curandera, emprende su último vuelo, el de su redención. La lectura de Alsino supone un viaje mítico por las profundidades del hombre, una exploración de sus anhelos más desatados, de sus sueño más delirantes. Prado no se limita a la descripción de superficies, a la simple caracterización de tipos humanos, sino que penetra en el alma humana en una persecución estética y espiritual. Y todos aquellos elementos que caracterizaron su poesía se dan cita de manera admirable en esta novela: el aliento de vuelo, la superación de climas sofocantes y el llamado del vislumbrado infinito. Después de casi cien años de su publicación, Alsino conserva su vigencia, en la medida en que su potencial expresivo y su poder de evocación de nuevos mundos posibles permanecen intactos.

    I. En la noche:

    La noche cubre los campos como un agua oscura y sutil. Después de haber penetrado hasta en las últimas concavidades de las dunas, eleva silenciosamente su nivel mil veces por encima de las más altas montañas.

    Una niebla delgada, que el viento empuja contra el mar, vela los contornos de las cosas y hace que ellas se compenetren.

    La luna, que cae hacia el poniente, brilla pálida tras la niebla. En torno de la luna se ven dos nacarados y enormes círculos concéntricos. Alguien ha tañido esa campana de plata: son dos ondas sonoras que se propagan por los dominios de la noche silenciosa. Alguien ha arrojado la luna, como una moneda de oro, contra las mansas aguas del infinito; su caída ha hecho nacer esos círculos crecientes y gigantescos.

    El mar, convertido en una sombra sonora, canta; su voz se mezcla a la niebla que brota de su seno, a la niebla débil que se opone, sin fuerzas, al viento frío y cortante que baja de las nevadas cordilleras.

    Por angosto desaguadero un lago pugna por vaciar su tributo en el mar; pero las olas, desde la muerte del invierno, han vencido y ahora elevan y mantienen una constante valla de arena. Las aguas del lago, buscando cumplir con su destino, se filtran calladamente; pero van con tanto despacio, que se espesan y pudren, y las innumerables fosforescencias que vagan en la noche como fuegos fatuos por encima de los pantanos, juegan y danzan sobre ellas como niños alegres y caprichosos. Más allá del desaguadero el lago es puro y transparente. Cerca de los trémulos pajonales, y en un sitio que nadie conoce, los flamencos, sentados a horcajadas en sus altos nidos de barro, empollan y duermen. Los huillines, que en el día pasaron en sus escondidos lechos de hierba, ahora aprovechan la pálida vislumbre de la luna y pescan confiados y pacientes.

    Y del mismo modo que las iglesias guardan las melodías de las oraciones y de los cánticos que en ellas se elevaron, la enorme cuenca que forman las colinas que rodean el lago está llena de una dulzura que sólo se atribuye a la placidez del agua que duerme, cuando ella está formada por los últimos ecos de los melancólicos cantos de los pidenes y de todas las aves que, desde incontables atardeceres, aquí se reúnen para elevar sus oraciones cuando aún brillan las últimas horas rosadas y luminosas.

    Como nadie las ve, las dunas avanzan con más prisa que la que tienen cuando el sol brilla. Hay una mísera aldea de pescadores y labriegos que las dunas estrechan contra el desaguadero, donde las miasmas se incorporan a las densas nieblas del pantano. Las chozas, construidas con ramas traídas de la montaña, todavía no pierden sus hojas y su fragancia cuando, antes del año, ceden al peso de la arena que se ha ido acumulando contra los débiles tabiques. Entonces es preciso volver a la montaña por otras ramas y construir una nueva y pasajera morada.

    Una vez, una vaca que vagaba extraviada en la noche por los arenales llegó a este caserío. Hambrienta y ciega por la oscuridad, bajando por el declive de la duna, dio con la frágil y engañosa techumbre de una choza medio sepultada. Cuando comía con ansia las hojas secas, dentro los habitantes de la choza se santiguaban al no descifrar los ruidos extraños de la techumbre. Y cuando, al avanzar otro paso, cayó con estrépito en medio de la habitación, arrastrando consigo las ramas rotas, sus bramidos de angustia y su gran cabeza armada de enormes astas, que sacudía en su desesperación, hicieron creer a los aterrados moradores en la visita del Señor de los Infiernos.

    Esta noche, en cada choza también se oye ruido. Es el chisporroteo fino y constante que hacen los granos de arena al chocar contra las hojas secas y coriáceas. Ni por un segundo el trémolo cesa; ya es casi imperceptible como débil llovizna que se cierne y cae; ya sube de tono más y más hasta semejar ruido de la grasa hirviendo; ya se atenúa y cesa; no se le oye, pero es preciso perder la esperanza de que alguna vez concluya, porque siempre hay un grano de arena que resbala. Hacia el oriente, en la última choza, duermen una anciana y dos niños.

    Uno de los niños despierta y abre desmesuradamente los ojos en la oscuridad. El paso de su propia sangre le finge rojas alucinaciones, apagados fulgores que él cree se desprenden de las tinieblas circundantes. El miedo le turba, cierra los párpados con fuerza y esconde su cabeza entre las mantas. El otro niño, tal vez embriagado con el perfume violento de las ramas de boldo que forman la choza tiene un ensueño a la vez sencillo y maravilloso. Sueña que volar es una hazaña que no requiere esfuerzo alguno; sueña que volar es un hecho fácil para todo aquel que deje su peso en tierra. Se asombra de no haber tenido antes tal ocurrencia, una y otra vez, solo con la fuerza de su propia voluntad se desprende suavemente del suelo; poco a poco se eleva, y va y viene, con rapidez, por el aire. Pasa por encima de la choza y de la aldea, pasa por sobre los montes de arena y cruza el lago a gran altura, sonriendo de los arroyos que, a la luz de la luna, vierten en él sus aguas. Desde allí se divisan tan pequeños y brillantes, que solo parecen rastros dejados por los caracoles entre las hierbas.

    En esta novela, es posible apreciar el carácter multifacético de Pedro Prado, por cuanto todas las ilustraciones que acompañan el texto, además de las capitulares que inician cada capítulo, son de su autoría. Su condición de poeta, novelista y pintor se entrelazan para constituir una novela que anhela la fusión intregral de las distintas disciplinas artísticas. Discípulo de Pedro Lira y, sobre de todo, de Juan Francisco González, Prado supo ver en la pintura y el dibujo una nueva forma de descubrir el mundo. Absolutamente convencido de la esencial compatibilidad de ambos códigos, el literario y el pictórico, desarrolló a lo largo de su obra un intenso y enriquecedor diálogo.

  • Mihail Yurievich Lermontov: Poeta, Romántico y Luchador

    Mihail Yurievich Lermontov: Poeta, Romántico y Luchador

    Este poeta romántico y rebelde, defensor de la libertad y de los derechos de su pueblo es contemporáneo de Pushkin, a quien admira profundamente. A su muerte le escribe un poema que estremece a todo el pueblo ruso.

    Su padre era un capitán retirado, noble sin fortuna, descendiente de escoceses establecidos en Rusia durante el siglo XVI. Su madre pertenecía a la alta aristocracia terrateniente y hubiera podido aspirar a una unión más brillante, pero joven y romántica siguió el camino que le indicaba su corazón, venciendo la oposición férrea de su familia. De esta unión nació Mihail que vino al mundo en Pensa, una aldea al sur de Moscú, durante la noche del 2 al 3 de octubre de 1814. Tanto los padres como la abuela materna amaban al niño profundamente pero eran incapaces de entenderse entre sí. El rencor de Elizaveta Arsenieva hacia su yerno provocaba escenas violentas y el matrimonio se entendía cada vez peor. El niño tenía apenas tres años cuando su madre murió de tisis y la abuela obligó al padre a cedérselo, poniéndolo en una situación insostenible. Si renunciaba al hijo, ella pagaría las deudas del capitán y haría del pequeño Mihail su heredero, pero si insistía en llevárselo consigo, lo desheredaría. Elizaveta Alexeevna Arsenieva se instaló en sus dominios de Tarhany con el nieto a quien hizo impartir una educación excelente. Profesores privados le enseñaron ruso, inglés, alemán, francés y griego, historia, geografía, matemáticas, literatura, música y pintura para la que reveló dotes extraordinarias. Aprendió a dibujar antes que a escribir. Por cierto, recibió también clases de esgrima. La vida de la abuela, dominante y posesiva, giraba en torno al pequeño y no reparaba en gastos para darle lo mejor. Todos procuraban complacerlo y cuando estaba enfermo, las siervas eran liberadas de su trabajo para que rezaran por la salud del joven amo.

    Por el lado materno tenía muchísimos parientes por lo que no era un niño solitario Compartía juegos con primos más o menos lejanos. Uno de ellos, Alexei Stolypin fue su mejor amigo hasta el fin de su vida. Como era de salud delicada, su abuela solía llevarlo al Cáucaso para reponerse. La vida de los pueblos de las montañas caucasianas le provocaron impresiones durables que luego se reflejarán en sus obras poéticas. Iban donde una tía en Georgia con la esperanza de que el aire puro y los baños de mar mejorarían su salud. La casa tenía una estupenda biblioteca y “Misha”, de diez años, gozaba leyendo a Voltaire, Rousseau, Schiller y Goethe.
    Contaba 11 años cuando Nicolás I subió al trono y ocurrió la rebelión de los decembristas, oficiales que intentaron exigir una constitución, fracasaron y fueron reprimidos por el zar. Como muchas familias aristócratas, la suya también se vio afectada. Su tío abuelo, Dmitri Stolypin, era muy amigo de uno de los líderes: Pavel Pestel, condenado a la horca. En 1827 Mihail es ya un adolescente; hay que pensar en su educació y abuela y nieto se trasladan a Moscú lo que le permite intimar con la familia Lopoukhin que tenía varias hijas. Con Alexandra y María, sobretodo con esta última, bastante mayor, sostuvo correspondencia asidua a lo largo de su vida y ellas lo consideraban como un hermano. Pero se enamoró de la menor, Várvara, quinceañera dulce, inteligente, simpática, de sonrisa radiante, tal vez el gran amor de su vida, pero que nunca le correspondió. Al año siguiente Mihail ingresa al internado para nobles que dependía de la Universidad de Moscú y cuya instrucción estaba principalmente orientada a los clásicos ya que al zar no le gustaban los currículos liberales. Pero la vieja Moscú vivía un momento intelectual interesante porque, si bien era la sede de la élite mas tradicional, la aristocracia terrateniente ligada a la institución de la servidumbre, no pudo impedir la influencia del romanticismo, movimiento clásico alemán y eso renovó su visión cultural de tal manera que el joven Lermontov se benefició tanto de la instrucción del internado como de las representaciones públicas de obras de Shakespeare y Schiller, aunque mutiladas por la censura. Es una etapa grata en su vida; a los 16 años se enamora de Ekaterina Shuskova y le escribe un ciclo de poemas, poco después otro entusiasmo, pasajero, por la hija del dramaturgo Ivanov. 1831 es un año importante por dos razones: se reencuentra con su padre e ingresa a la universidad. Está encantado de volver a ver a su progenitor y le muestra sus pinturas y sus versos, pero lamentablemente el padre muere ese mismo año y es un desgarro en el alma del joven que escribe versos desolados: “Me diste la vida pero no la felicidad”.

    El primer semestre universitario coincidió con una epidemia de cólera y los estudiantes se comprometieron en una lucha para derrotar la enfermedad, bajo la coordinación de los alumnos de Medicina, de tal manera que las clases no se reanudarán hasta el año siguiente. Cuando todo volvió a la normalidad, estos jóvenes que habían dado muestras de iniciativa y gozado de una cierta autonomía, tuvieron dificultad en adaptarse al cerrado criterio universitario que rechazaba toda idea opuesta a la autocracia. Mihail Lermontov pertenecía a un grupo denominado:”La Alegre Pandilla” que propiciaba un estado constitucional, en el cual la servidumbre sería abolida y donde todos tendrían derecho a la educación. No proponían soluciones concretas pero tenían claro que la educación que se les impartía era de espíritu estrecho e ideologizada. El conflicto con la autoridad era inevitable. Silbaron al profesor de derecho romano por considerarlo obtuso. Lermontov, en especial, provocaba a los docentes continuamente. Les reprochaba su ignorancia y el material de estudios anticuado, jactándose de su propia biblioteca, muchísimo más actualizada que la universitaria. Esta confrontación terminó con su expulsión. En un principio pensó continuar los estudios en la universidad de San Petersburgo, pero ésta no reconocía los estudios de la moscovita.

    Decidió, por lo tanto ingresar a la Escuela Militar. Como vástago noble, luego de dos años se graduaría y estaría listo para enrolarse en alguno de los regimientos de la guardia imperial. Era el camino que seguían muchos aristócratas, pero en el caso del joven Mihail con su carácter rebelde, cabía preguntarse si se adaptaría a un ambiente en que todo atisbo de liberalismo había sido suprimido y donde se enseñaba únicamente estrategia, balística y fortificación mientras que el tiempo libre se dedicaba al juego de cartas, pero el caso es que lo soportó e incluso encontró tiempo para escribir gran parte de su poema “Demonio”, el ángel caído que se enamora de una mujer, Tamara. Se gradúa con su clase en 1834 y comienza una etapa de mucha vida social en los salones de la capital, donde luce su uniforme, pero su espíritu crítico se desata contra esa sociedad, llena de privilegios y de ideas estrechas, que le inspira un drama “Masquerade”, obra de teatro en verso, que no pasó la censura y tuvo que ser reescrita tres veces, a pesar de lo cual no será representada en vida del autor. No sólo la censura lo rechaza, el amor tampoco le sonríe. Un reencuentro con Ekaterina Shuskhova termina en ruptura y Várvara Lopoukhina se casa con otro. 

    En 1837 lo impacta terriblemente la muerte de Pushkin, a quien admira profundamente, ocurrida en un duelo a manos de Georges d’ Anthès y escribe en contra del agresor, un poema, muy alabado incluso por su superior , el gran duque Mihail Pavlovich , pero al enterarse que d’ Anthès no será juzgado en Rusia por ser extranjero, se desata en él una rabia enorme y agrega 16 líneas a lo escrito, acusando a la aristocracia , llena de parásitos pululando detrás del trono, de haber dado muerte al poeta y cuya sangre negra jamás podrá borrar la sangre pura del fallecido Pushkin. Enterado Nicolás I, cuyos consejeros califican el poema de revolucionario, lo hace detener y lo exilia al Cáucaso, donde se integra al ejército. Con esto le brindó la oportunidad de conocer personalmente y de admirar a los decembristas a quienes el zar había conmutado el destierro a Siberia por una asignación en el ejército que combatía las tribus rebeldes. Los decembristas lo habían arriesgado todo, hasta la vida, por Rusia, olvidándose de sí mismos.

    El exilio le resultó artísticamente muy positivo. Escribió mucho y pintó mucho. El Cáucaso lo inspira. Por influencia de su abuela, en 1838 es perdonado y vuelve a la capital. Sus poemas, sus aventuras, lo convierten en un personaje a la moda y los salones reclaman su presencia, pero él está demasiado conciente de la independencia de sus opiniones y de sus reflexiones, producto de una observación aguda y sabe que chocará con los elementos más conservadores, que lo volverán a atacar. Como gran concesión, el zar lo promueve a teniente y lo reintegra a su regimiento de húsares. Mayor satisfacción le produce integrarse al grupo de poetas que había rodeado a Pushkin y al que pertenecen Zhukovsky, Vyazemsky, Pletnev, Karamzin, entre otros. 
    Es la época en que escribe su obra maestra: “Un héroe de nuestro tiempo”, novela de transición, realista por su crítica a la sociedad rusa y romántica en todo lo demás. Su protagonista, Pechorin es el antihéroe en el que reconocemos rasgos autobiográficos del autor. Pechorin es joven, muy inteligente y tras su cinismo se esconde un corazón torturado. Su apariencia de hombre a quien nada le importa, gozador y oportunista es un disfraz. Como telón de fondo el Cáucaso, con sus paisajes majestuosos y sus gentes, que tan pronto conviven con el ejército ruso como luchan contra él. En el prefacio escribió: “¡Un hombre de nuestro tiempo, mis queridos señores, es en verdad un retrato, pero no de un hombre, es el retrato de todos los vicios que florecen en nuestra generación!”

    En 1839 asiste a muchas veladas de lectura de poesías. El crítico Bielinsky lo consideraba un regalo nuevo y poderoso para Rusia, pero no era fácil alternar con él. Turguenev que lo apreciaba dirá: “Había algo negativo y trágico en la apariencia de Lermontov; de su rostro moreno y de sus grandes oscuros ojos fijos emanaba una suerte de pensativo desprecio y pasión”. Ese año da su forma final al poema “Demonio”. El melancólico maligno vaga por la tierra y se enamora de Tamara a quien promete la eternidad por un momento de amor, pero su beso, como veneno mortal la mata. Redimida por su amor y su sufrimiento, el cielo se abre para ella, pero el demonio renuncia a su sueño de mejores cosas y permanece abandonado en el universo, sin amor ni esperanza.
    Lermontov se burlaba agriamente de las damas petersburguesas, y en el baile de año nuevo de 1840 se las ingenia para ofender a las hijas de Nicolás I. A renglón seguido, en febrero de ese año, en el baile ofrecido por la condesa de Laval se pelea con un amigo de d’Anthés, el que había dado muerte a Pushkin, Se llamaba Ernest de Barante y era hijo del embajador de Francia en Rusia. ¿El motivo?: una dama, es lo más probable y se baten a duelo, contra prohibición expresa de la autoridad. Primero se dieron golpes de sables y luego Lermontov disparó al aire. Le cayó encima el peso de la ley lo que aceptaba, pero a su alma profunda y poderosa le resultaba insoportable que dudaran de su palabra y no creyeran que había disparado al aire. De nuevo fue exiliado al Cáucaso donde se distinguió en las operaciones militares contra los montañeses y participó en sangrientas batallas, con tanto valor que sus superiores lo propusieron para condecoraciones que el zar le negó. Como gran concesión le permitió una licencia de dos meses en San Petersburgo, por motivos de salud.
    La bella condesa Vorontsova Dashkova a quien había cantado en un poema lo invita a un baile al que asiste el gran duque Miguel, hermano del zar, quien se siente ofendido por la presencia de un oficial en desgracia. La condesa logra calmar los ánimos a duras penas y evitar su expulsión. Lermontov quería dejar el servicio activo pero no lo autorizan y retorna al Cáucaso .Está enfermo y le permiten ir a la estación termal de Pyatigorsk a recuperarse. Allí encuentra un antiguo compañero del internado: el oficial Martinov .Y se produce una riña. Algunos piensan que Martinov se sentía herido porque el poeta había despreciado a su hermana, otros que se disputaron por una bella que también hacía una cura de aguas, pero el hecho es que el duelo resultó inevitable a pesar de que Lermontov intentó arreglar las cosas. No hizo el menor intento por disparar y su adversario, experto duelista, luego de vacilar un segundo disparó directo al corazón y le arrebató la vida. Era el 15 de julio de 1841, día aciago en que a los 26 años moría, en plena juventud, un hombre dotado de talentos excepcionales. Sus poemas y novelas combinan folclor, romanticismo lírico y realismo incipiente sin olvidar su apasionada defensa de la libertad, presente en toda su obra, lo que conllevaba un gran desprecio por el zar y sobretodo por los cortesanos y el clero, sostenes de la autocracia.

    Por eso cuando se difundió la noticia de su muerte, quienes se movían en los altos círculos de poder que rodeaban al trono, se alegraron de su desaparición, en tanto otros, cuya sensibilidad les permitía apreciar su alma de artista, lamentaban la desaparición de un gran poeta. El príncipe Viasemky declaraba: “Es una pérdida enorme para nuestra literatura. Doble golpe.¡Qué tristeza!. El propio Lermontov, con su agudeza habitual, había anticipado estas reacciones. En “Un héroe de nuestro tiempo” puso en labios del protagonista, Pechorin, que tanto se le parecía, las siguientes palabras: “¿Moriré mañana quizá? No quedará sobre la tierra ningún ser que me haya comprendido perfectamente. Unos me considerarán peor, otros mejor de lo que soy en realidad. Los últimos dirán: era un valiente joven; los primeros: era un mal elemento. Y unos y otros se equivocarán…”

  • Solzhenitsyn, conciencia de Rusia

    Solzhenitsyn, conciencia de Rusia

    Alexander Solzhenitsyn, Premio Nobel de Literatura 1970, ha sido figura clave de la cultura rusa del siglo XX, su estatura intelectual y moral se forjaron en la denuncia clarividente de los poderes de turno, el comunismo soviético y el capitalismo occidental, alzando su voz, sólida, profunda y valiente, cada vez que pudo, contra viento y marea.

    Solzhenitsyn nació en 1818, hijo único y huérfano de padre. Los recelos de su madre a la Revolución bolchevique no fueron obstáculo a que el sistema educativo estatal cumpliera su tarea y el joven Alexander se dejara encandilar, como muchos, por la propaganda comunista que construía la Unión Soviética. Al ingresar a la universidad, para estudiar física y matemáticas, postergó sus aficiones literarias, y adquirió conciencia de su militancia comunista, siendo un hijo leal de la revolución, optimista y parte del proyecto en marcha. Su educación familiar cristiana dio paso así a un alejamiento total de la religión, reemplazada por el materialismo dialéctico marxista. Avanzada la II Guerra Mundial no extrañó que Solzhenitsyn se incorporara con entusiasmo al ejército rojo, y formó parte de las tropas soviéticas que ingresaron a Alemania, siendo testigo no sólo de los excesos revanchistas de su ejército al penetrar a territorio germano, sino también, de la existencia real de combatientes rusos junto a los alemanes en la esperanza de derrotar al comunismo. Ambas experiencias fueron las primeras trizaduras en su, hasta entonces, sólido compromiso comunista.

    La vida del joven Solzhenitsyn daría un dramático vuelco al ser interceptada una de sus cartas, dirigida a un amigo, en la cual deslizaba algunas críticas al régimen stalinista. La dura represión comunista supuso que el hasta ahora oficial del ejército rojo fuera condenado nada menos que a ocho años de trabajos forzados y relegación perpetua. El hecho, que terminaría marcando su vida, comenzaba por mostrarle la brutal realidad de un régimen que aún estimaba. La esperada victoria frente al nazismo lo encuentra así, paradojas de la vida, entre las rejas de su propia ideología comunista. Comienza entonces la experiencia de Solzhenitsyn por lo que él llamaría archipiélago Gulag, es decir, el vivir en carne propia el horror de la represión en campos de prisioneros soviéticos.

    Los primeros meses, pasan entre el confinamiento animalesco en cárceles saturadas de prisioneros, y la espera de sentencias bajo una atmósfera kafkiana, alimentada por el continuo rumor de la posibilidad de una amnistía para los cautivos que la victoria soviética en la guerra permitía presagiar, pero que, en definitiva, no sólo no llega, sino que termina por agudizar la tragedia. Sus experiencias en los campos de prisioneros se plasmarán luego en sus novelas que lo llevan a la cima de la literatura del siglo XX. Cumplió los ocho años de trabajos forzados, donde se derriban poco a poco sus dogmas materialistas y se forja la inquebrantable idea de que el espíritu no sólo es superior sino que trasciende a la materia. “Primero viene la lucha por la supervivencia, luego el descubrimiento de la vida, luego Dios”, este itinerario permitió al prisionero fortalecerse espiritualmente en medio de la más patente carencia material. Solzhenitsyn aprovechó así todas las privaciones materiales para crecer en vida interior y desarrollar su vocación literaria en condiciones extremas inimaginables. Escribió versos furtivamente y luego se las arreglaba para memorizarlos antes de destruirlos por temor a sus omnipresentes carceleros. Llegó a memorizar 12.000 versos. Su traslado, luego de ocho años de trabajos forzados, a un pequeño pueblo del interior de Rusia, para continuar cumpliendo su condena, ahora de exilio perpetuo, coincide, en 1953, con la muerte de Stalin. La atmósfera posterior de desestalinización permitirá, tras tres años de relegación, que se revise su caso y se le otorgue la libertad.

    Un día en la vida de Iván Denisovitch fue su primera novela, publicada en 1956, gracias a las políticas revisionistas de Kruschev de crítica al régimen de Stalin. Su éxito fue inmediato, relataba en síntesis un día normal de un preso común en los campos de trabajo, la vida corriente de la mañana a la noche, de prisioneros que como él lo vivieron por años…muchos en la Unión Soviética pudieron ver en su relato parte del amargo destino de ellos mismos o de sus seres queridos. Su afán de relatar la verdad de lo que sucedía en la URSS fue permitido sólo unos pocos años, lo que duró la atmósfera de desestalinización. Kruschev fue separado del poder, y su sucesor, Brezhnev, volvió a la línea dura, donde los escritos de Solzhenitsyn más que incomodar comenzaron a sentirse peligrosos desde el Kremlin. La novela que lo hará pronto conocido en Occidente El primer círculo había sido rechazada por un ya debilitado Kruschev. A partir de mediados de los años 60, el régimen de Brezhnev, no sólo impidió la publicación de sus escritos sino que comienza a hostigarlo a través de la temible KGB, obligando al autor a publicar en forma clandestina y a esconder los manuscritos de lo que más tarde será la famosa novela Archipiélago Gulag. Mientras, en Occidente crece su prestigio ante el éxito consecutivo de sus novelas que habían logrado salir bajo cuerda: El primer círculo y Pabellón de cancerosos. Su libertad en la URSS, para un ya reconocido disidente, fue precaria, la vigilancia constante del régimen y la imposibilidad de dar a conocer su obra literaria, estrechan su ámbito de acción. El repudio y asedio oficial en su patria, contrastó con el reconocimiento internacional que se hizo evidente al recibir, en 1970, la noticia del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura.

    Para ese entonces, el escritor y su entorno recibía tal grado de hostigamiento, espionaje y persecución que estimó que salir de la URSS, aún para recibir el Premio Nobel, implicaría el riesgo de no poder regresar a su adorada patria. En 1973, una de sus cercanas colaboradoras muere en extrañas circunstancias, tras un interrogatorio de la KGB. En 1974, Solzhenisyn es arrestado, desposeído de la ciudadanía soviética y expulsado de su patria, se había convertido en una figura disidente, inmanejable por su valentía e integridad, y su fama era tal, dentro y fuera de la URSS, que su prisión habría supuesto un escándalo internacional de proporciones. No obstante, el dolor para el escritor fue enorme, nunca pensó en abandonar la Unión Soviética. Exiliado primero en Suiza y luego en los Estados Unidos, Solzhenitsyn mostrará en Occidente que sus denuncias van más allá de la descripción de los horrores del Gulag soviético, que hasta entonces lo habían distinguido, para encumbrarse como uno de los críticos más acérrimos de la utopía comunista en pleno periodo de guerra fría y, más aun, como un gran diagnosticador de la debilidad interna del régimen. Por de pronto, en uno de sus más comentados escritos, Carta a los líderes soviéticos, clama por abandonar la ideología marxista, desenmascarando su tiranía y falsedad, nosotros que la conocemos, estamos fingiendo. La mentira institucionalizada que supone el régimen soviético, por décadas hábilmente solapada, comienza poco a poco, en los años setenta, a ser denunciada en los ámbitos intelectuales, culturales y de medios de comunicación de Occidente, la responsabilidad de Solzhenitsyn en esta tarea, primero como disidente y luego como exiliado, lo encontró siempre en la primera línea.

    Donde el mensaje del escritor pareciera, provocar más sorpresa y polémica es en la crítica no menos descarnada del ambiente que constata en los países occidentales. Solzhenitsyn denuncia contra corriente, lo que eleva la integridad de su diagnóstico, la falta de valentía de la sociedad norteamericana que pareciera no querer oponer resistencia al avance comunista en el tenso escenario de la Guerra Fría. Ello tendría por causa la idea común en las sociedades occidentales de asumir el bienestar como medida de todas las cosas, los bienes materiales como requisito indispensable de la felicidad. Entre las múltiples y negativas consecuencias de esta “idea fuerza” del mundo contemporáneo, el Nobel ruso denuncia con clarividencia la aparición de una prensa invasiva y superficial, basada en la falsa premisa de que todos tienen derecho a conocerlo todo, lo que denuncia como un slogan falso, ya que también existe el derecho a no conocer, a no verse atiborrado de banalidades, chismes y vulgaridades.

    Pérdida de fuerza de voluntad, debilidad sicológica, es el diagnóstico que le otorga a Occidente, y en términos audaces y políticamente incorrectos, desafía: Si uno quiere defenderse a sí mismo debe estar dispuesto a morir, ¿quien hoy está dispuesto a morir, quien hoy está dispuesto a actuar sin considerar las consecuencias para su bienestar?. El better red than dead, consigna que puso de moda la juventud sesentera fue prueba palpable de la debilidad psicológica, del complejo occidental que diagnostica sin tapujos el escritor. En la Universidad de Harvard, en famoso discurso, denuncia la bancarrota moral de Occidente, describiendo, en su opinión, el itinerario histórico que lo explica: El humanismo sin Dios del Renacimiento, siglos XV y XVI, encontró su expresión política en la Ilustración, siglo XVIII, generando una autonomía del hombre ante cualquier instancia superior. Este antropocentrismo, esta consideración del hombre sin Dios, que se explica a sí mismo como centro del universo, bañado de soberbia, termina por entender que la felicidad se alcanza sólo en la tierra y se obtiene sólo a través de los bienes materiales. Toda otra consideración ajena a este objetivo materialista, quedará, en definitiva, ignorada, despreciada. Su propia experiencia de años de carencia material en campos de trabajo forzado lo llevaron a concluir que la felicidad no puede resignarse a una mera acumulación y goce de bienes materiales, sino que la felicidad del hombre exige un desarrollo interior, espiritual, el propósito de la vida debe ir unido al cumplimiento de un deber superior…una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo mejor ser humano que al empezar. Este leitmotif, está presente en toda su obra literaria y contradice el existencialismo nihilista, la pérdida de sentido de la vida, y el refugio final en el yo egoísta, tan habituales en el hombre contemporáneo. Occidente se ha olvidado de Dios, denunció ante un público atónito, su manifestación es la búsqueda de la felicidad en un consumismo ilimitado, la salida que propone es un desafío que pareciera chocar contra las banderas que flamean en la sociedad actual: promueve la autolimitación, la capacidad de no generarnos necesidades materiales artificiales, conciente que el verdadero sentido del hombre está en crecer en su interior, alimentar su espíritu: La autolimitación es el paso fundamental y más sabio de un hombre que ha logrado su libertad …y sólo podemos experimentar la verdadera satisfacción espiritual no en poseer, sino en negarnos a poseer.

    Sus denuncias y renuncias ya no sólo incomodaban a la nomenklatura comunista, a partir de entonces, también a buena parte de los dirigentes y los medios de comunicación occidentales. La publicación en Occidente de Archipiélago Gulag en tres extensos volúmenes y la fuerza de los testimonios allí expuestos fueron un síntoma coincidente del lento y, para muchos imperceptible, declive del imperio comunista. La llegada de Gorbachov, a mediados de la década de los  ́80, acelera el proceso ante el deterioro económico que desata la llamada Perestroika, reestructuración y apertura del estado que favoreció el debilitamiento progresivo del bloque soviético en Europa oriental, tanto como las reivindicaciones nacionales al interior de la propia URSS. Solzhenitsyn siempre auguró la caída del comunismo y anhelaba regresar a su patria. Los acontecimientos en Polonia y Hungría anticiparon la aún inesperada caída del muro de Berlín, durante el “mágico” año de 1989. A continuación, se precipitó la desunión soviética, es decir, la sorpresiva desintegración de la URSS. Solzhenitsyn ante la expectante coyuntura escribe: Cómo reorganizar Rusia mirando positivamente, tanto la caída del imperio comunista como el resurgimiento de naciones independientes en su reemplazo. Favoreció el desarrollo para la nueva Rusia de democracias locales en zonas reducidas, vitalizando el autogobierno de cada localidad, bajo el modelo suizo, de activa participación de los ciudadanos en el sistema cantonal. En lo económico, favoreció la propiedad privada y la iniciativa y arraigo que ella conlleva, junto a límites legales que eviten su concentración. Advirtió, en el tono apocalíptico que lo caracterizó, que el peligro para sus compatriotas era pasar de los errores marxistas al fuego económico devorador de Occidente. Pero los llamados a la autolimitación que hizo Solzhenitsyn, ahora también para sus compatriotas, cayeron en saco roto ante un pueblo ávido de deshacerse de todo tipo de limitaciones, luego de 74 años de régimen comunista. El desplome de la URSS permite que Yeltsin le comunique, en 1992, que las puertas de Rusia están para él abiertas.

    Antes de regresar a su patria, se despide de Occidente con otro famoso discurso, que completa y actualiza el de Harvard, esta vez en la Academia Internacional de Filosofía en Liechtenstein. Sus palabras son inquietantes: nuestra cultura se empobrece y apaga por mucho que intente encubrir su decadencia con el barullo de unas novedades vacías de significado. Mientras no dejan de mejorar las comodidades para las personas, el desarrollo espiritual está cada vez más estancado. Los excesos llevan a una persistente tristeza del corazón cuando sentimos que la vorágine de placeres no nos produce satisfacción y que no tardará en ahogarnos…hemos dejado de ver el propósito.

    Después de 20 años, en 1994, regresó a su querida Rusia, su vuelta generó gran expectativa llegando a Vladivostok para recorrer en tren desde el este hacia Moscú. Sin embargo, su mensaje apareció algo pasado de moda, e incómodo, aunque siempre directo y profundo para describir una realidad no tan nueva como aparecía a primera vista: Antiguos miembros de la elite comunista, junto con los nuevos ricos de Rusia, que han amasado fortunas instantáneas a través del pillaje, han formado una exclusiva…oligarquía de unas ciento cincuenta o doscientas personas que dirigen el país. Más temprano que tarde, confirma que la atmósfera materialista que afectaba a Occidente había sido muy bien recibida en la nueva Rusia, a pesar de sus advertencias, allí también el hombre se ha propuesto la meta de conquistar el mundo pero en el proceso pierde su alma. La respuesta a la crisis, a las prisas y a la superficialidad del siglo XX, debe encontrarse también y consecuentemente en el ámbito espiritual. Así, vincula estrechamente la fe ortodoxa a las raíces culturales de su patria, donde continuó manifestando la grandeza espiritual que yace tras el sufrimiento, aquella grandeza que no se cansó de testimoniar hasta los 90 años, cuando fallece en Moscú… Su espíritu, aún perdura.

  • Joseph Pearce: Un Cruzado del Siglo XXI

    Joseph Pearce: Un Cruzado del Siglo XXI

    “Soy un pecador que trata cada día de ser mejor. Soy también marido, padre, escritor, editor, conferencista y profesor de Literatura. También soy un inglés viviendo en los Estados Unidos”.

    Así se define a sí mismo, con bastante modestia por cierto, Joseph Pearce, escritor inglés, especialista en biografías de renombre mundial, profesor de Literatura en Ave María University, Naples, Florida que ha venido dos veces a nuestro país, invitado por la Universidad Gabriela Mistral. El año pasado centró sus conferencias en los grandes escritores ingleses de fines del siglo XIX y comienzos del XX que se convirtieron al catolicismo y este año, en el mes de agosto, vino a dar la partida a la “Cruzada Chestertoniana” y estuvo presente en el lanzamiento del primer número de esta revista dedicada a este inolvidable escritor inglés que tuvo una marcadisima influencia y cambió fundamentalmente la vida de nuestro entrevistado.
    Pearce está casado desde el 2001 con Susan, una americana de California que conoció en Oxford en 1999 y tiene dos hijos. Su padre, que murió en el 2005, se había convertido diez años antes al catolicismo. Su madre murió hace pocos meses y su hermano menor vive en Londres.
    Amante del deporte, practicó rugby, fútbol, basketbol y cricket cuando estaba en el colegio y siguió jugando fútbol hasta que se fue a los Estados Unidos hace ocho años. Le encanta andar en bicicleta y escalar montañas y trata de hacerlo cuando tiene tiempo que nunca es tanto como quisiera . A pesar que vive hace ocho años en Estados Unidos los lazos con su país son muy fuertes y va de visita siempre que puede.
    Nos habla de su infancia y de su juventud:”Tuve una infancia muy feliz, vivía con mis padres en Suffolk, en la campiña inglesa. Mi vida de niño fue tan plena de felicidad y de paz que me recuerda a la “Comarca” (Shire) de Tolkien. Cuando niño yo podría decir que era un hobbit. El problema comenzó a los doce años cuando mi familia se trasladó a Londres. Ahí empecé con malas compañías y a empaparme de malas ideas. En esa época comenzó mi cambio de niño hobbit a ser un adolescente Gollum”.
    Y según su propio testimonio fue un joven rebelde, violento que pertenecía al movimiento racista Nacional Front y que detestaba por sobre todas las cosas la religión católica hasta que la segunda vez que estuvo en la cárcel, por provocar desmanes en las calles, cayó en sus manos un libro de G.K. Chesterton. A partir de ese momento su vida cambió radicalmente.

    ¿Cómo fue esa transición del joven violento del nacional Front al hombre tranquilo y conciliador de ahora?:
    Me siento honrado que me considere así. Pienso que quizás no soy tan tranquilo y conciliador como debería y estoy convencido que todos los cambios positivos en mi personalidad en estos últimos años se deben sólo a la gracia de Dios.
    ¿Qué pasó dentro de su alma cuando leyó a Chesterton?, ¿Qué de su lectura le hizo cambiar tan drásticamente?:
    Cuando leí a Chesterton descubrí a un amigo que además era mucho más sabio que yo. No fue solamente un amigo sino también un guía y un maestro. Aunque al principio no estaba de acuerdo con sus ideas, me di cuenta enseguida que él estaba en lo correcto y no yo. Chesterton me enseñó cómo pensar filosófica y teológicamente. Me enseñó que la fe es alegre y las personas virtuosas son mucho más felices que las que no lo son. Me enseñó tanto que creo nunca podré terminar de darle las gracias. Chesterton fue la influencia más importante y poderosa, después de la gracia, para mi conversión al Catolicismo.
    ¿Nos puede explicar todo lo que pasó por su interior?:
    Me tomaría tanto tiempo contar todo lo que pasó en mi interior. Por eso quiero escribir un libro el próximo año en el que trataré de describir cómo fue el camino que me condujo a la fe católica. Está demás decir que el proceso implicó un crecimiento intelectual y espiritual alimentado por la lectura de grandes escritores y pensadores como Chesterton, Tolkien, C:S Lewis, Newman, Belloc, San Agustín, Santo Tomás entre otros.
    Ahora ¿Cuál es esencialmente su pensamiento ante algunos temas de la vida como la religión y la política?:
    Creo que la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo, por lo tanto es infalible en temas como la fé y la moral. Mi religión encausa mis ideas y estoy totalmente de acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia en lo económico y político y lo que plantea ante el aborto.
    ¿Es tolerante ante la gente que no piensa como usted?:
    Espero poder seguir siempre la máxima que dice “odiar el pecado pero amar al pecador”. Espero tener siempre el coraje de luchar contra el vicio y la injusticia sin dejar de querer a la persona que lo comete. El mandamiento más fuerte de Cristo es de amar a nuestros enemigos.
    ¿Por qué solamente le interesan los escritores ingleses conversos al catolicismo?:
    Cada persona se especializa en determinandas áreas. Yo quiero a mi país y a mi fe. Por lo tanto es algo natural en interesarme en los Católicos Ingleses y los Católicos Ingleses conversos en particular. Pero también he escrito sobre autores no ingleses como Alexander Solzhenitsyn por ejemplo.
    De todas las biografías que ha escrito, ¿cúal le llegó más produndamente ?, ¿Por qué?:
    Es difícil contestar eso. Mi encuentro con Solzhenitsyn enMoscú fue una una de las experiencias más grandes de mi vida. Mi biografía de él fue una gran bendición. La biografía del poeta Roy Campbell fue difícil de escribir, llena de altos y bajos y por supuesto está Belloc y Wilde… y Chesterton. Es imposible elegir una de ellas. La investigación y la escritura de sus biografías fue una poderosa y enriquecedora experiencia. Siento de alguna manera que todos ellos son mis amigos y mis maestros.
    Aparte de seguir escribiendo, ¿Qué más tiene en su mente hacer en el futuro?:
    Mi deber principal en la vida es ser un siervo de Cristo. Como tal espero ser capaz de evangelizar nuestra empobrecida y decadente cultura con el poder de la belleza. Tenemos más de dos mil años de herencia cultural, arte, música, filosofía, teología y arquitectura. Esa es la riqueza con la que podemos cambiar este mundo y llevarlo a la redención.
    ¿Practica desportes?:
    Jugué fútbol, rugby, basketbol y cricket cuando estaba en el colegio seguí jugando fútbol hasta que me vine a los Estados Unidos hace ocho años. Durante muchos años me encantaba andar en bicicleta, hacer pesas y escalar montañas. Ahora voy a un gimnasio varias veces a la semana y ando en bicicleta y voy a la montaña cuando puedo pero no es tanto como quisiera. 

  • The Relevance of Shakespeare

    The Relevance of Shakespeare

    Last week, to celebrate the 450th anniversary of Shakespeare’s birth, I focused on the “eternal Shakespeare”, arguing that Shakespeare is timeless and therefore, and paradoxically, that he is also timely. Here are a few of the timeless truths in Shakespeare that are also and always timely.
    In Romeo and Juliet the difference between true and false love, i.e. rational and irrational love, is highlighted. This is evident in Romeo’s blasphemous exclamation that “heaven is here / Where Juliet lives”. Juliet is Romeo’s alpha and omega, his beginning and his end. She is the goddess to which he owes the sum of all his worship. It is for this reason that he chooses this “heaven” even when it becomes his hell. In Dante’s Inferno the lustful are described as “those who make reason slave to appetite” or as those who let their erotic passions “master reason and good sense”. Like Paolo and Francesca in the Inferno, Shakespeare’s lovers have overthrown reason in pursuit of passion. Embracing their madness and blindness, their “love” has surrendered to the force of feeling. Their love is headless and therefore heedless of the bad consequences of the bad choices being made. Shakespeare and Dante are well aware of the danger of separating love from reason. Love, like faith, must be subject to reason; a love that denies or defies reason is illicit and is not really love at all.
    In some ways, Romeo and Juliet can be seen as a cautionary commentary on the two great commandments of Christ that we love the Lord our God and that we love our neighbor. The two lovers deny the love of God in their deification of each other, with disastrous consequences, and their respective families deny the love of neighbor in their vengeful feuding. It could be said that the venereal and vengeful passions of Verona represent the culture of death in microcosm. A society that turns its back on Christ and His commandments is on the path to suicide, to nihilistic self annihilation. If the lessons are not learned and the warnings heeded, the sinful society will be doomed to be damned.
    Similar lessons to those taught in Romeo and Juliet are taught in The Merchant of Venice in which the test of the caskets shows that true love is about dying to oneself so that one can give oneself fully and self-sacrificially to the beloved. This true love is contrasted with the self-centred desire of those who fail the test. In similar vein, the test of the rings at the end of the play reinforces the necessity of self-sacrifice in the sacrament of marriage. Finally, of course, Portia’s timeless wisdom reminds us that we must love our neighbor, showing the quality of mercy that God has shown to us.

    In Julius Caesar, Shakespeare pours scorn on Caesar’s vanity, on Antony’s bloodthirsty opportunism, on Cassius’ ambition, and on Brutus’ brutal idealism. Yet he is not cursing from the perspective of a worldly cynicism but from that of a believing Christian at a time when believing Christians were being tortured and put to death by the vanity of monarchs, by bloodthirsty opportunists, by political ambition, and by brutal idealism.

    There is, however, a deeper level of meaning in Julius Caesar that is all too often overlooked completely. It is the sound of silence within the play; the scream in the vacuum of the play’s vacuity. It is the unheard and unheeded voice of the virtuous. It is the voice of Calpurnia, which, if heeded, would have saved Caesar’s life; it is the voice of Portia, which, if heeded, might have urged Brutus to think twice about his involvement with the conspirators. It is the voice of the Soothsayer and of the augurers. It is the voice of Artemidorus, a teacher of rhetoric, whose note to Caesar is devoid of all rhetorical devices and direct to the point of bluntness. The note is not read, the voices are not heard, and the consequences are fatal. All that was missing in the play is the one thing necessary, the still, small voice of virtue and wisdom that the proud refuse to hear.

    The whole of Hamlet turns on the crucial distinction between reason and will, and between that which is and that which seems to be, and the test of success is the extent to which the protagonists conform their will to reason and to the reality to which it points, irrespective of all appearances to the contrary. This is Hamlet’s struggle throughout the play. In the end, through conforming his will to reason and in connecting reason to faith, he becomes the willing minister of Divine Providence, bringing justice to the wicked King Claudius and restoring justice to the realm.
    In many ways, Macbeth can be seen as the anti-Hamlet. Whereas Hamlet begins in the Slough of Despond, temperamentally tempted to despair, he grows in virtue throughout the play until he reaches the ripeness of Christian conversion and the readiness to accept his own death as part of God’s benign Providence. Hamlet grows in faith because he grows in reason; Macbeth loses his faith because he loses his reason.
    In a more general sense, the dynamism of the underlying dialectic in Shakespeare’s plays, and therefore of the dialogue, is centred on the tension between Christian conscience and self-serving, cynical secularism. Whereas the heroes and heroines of Shakespearean drama are informed by an orthodox Christian understanding of virtue, the villains are normally moral relativists and Machiavellian practitioners of secular real-politik.
    In the final analysis, the right reason for learning Shakespeare is to learn the right reason that Shakespeare teaches!

  • The Eternal Shakespeare

    The Eternal Shakespeare

    He was not of an age, but for all time!
    Ben Jonson on William Shakespeare
     
    These famous words of praise by the great poet, Ben Jonson, in honour of the even greater poet, William Shakespeare, were published in the First Folio edition of Shakespeare’s plays in 1623, only seven years after Shakespeare’s death. The words of praise have, therefore, become words of prophecy because none of the Bard of Avon’s contemporaries could have foreseen the extent to which Shakespeare would conquer the world in the centuries after his death. Today, on the 450th anniversary of his birth, he stands as a colossus who straddles the centuries, towering above all other writers, with the possible exception of Homer and Dante. His stature as a giant of civilization is itself sufficient reason to read and study his works. In spending time with Shakespeare we are communing with genius. Can there be many better and more fruitful and edifying ways of spending our time?

    by Abraham van Blyenberch, oil on canvas, circa 1617

    There is, however, another and deeper meaning behind Ben Jonson’s words. It is not merely that Shakespeare has survived the test of time, it is that his plays, and the truth and morality contained within them, transcend time. They are not merely works that endure in time, they are works that are beyond time. They are timeless. They have their inspiration in eternal verities and they point to those same verities. Such truths do not change with time, nor are they changed by it. They simply are.
    Perhaps the best way of illustrating this timeless dimension to Shakespeare is to compare the Heilige Geist with the zeitgeist, the Holy Spirit with the Spirit of the Age. The Holy Spirit does not change from one generation to the next. He simply is. The Spirit of the Age, on the other hand, is always changing. It is subject to time and is changed by it. The literal meaning of zeitgeist is Time-Spirit. One who serves the Time-Spirit is one who wants to seem relevant to the fads and fashions of his own day. He is primarily concerned with being up-to-date. The problem is that those who are up-to-date are very soon out of date because, as C. S. Lewis quipped, fashions are always coming and going, but mostly going. One who is relevant to the fashions of today will be irrelevant to the fashions of tomorrow.
    The reason that Shakespeare is not of an age but for all time is that he serves the Heilige Geist and not the zeitgeist. The truths that inspire his Muse and the truths that emerge in the fruits of his Muse (his plays and poems) are the truths of the Holy Spirit. Such truths do not merely stand the test of time they are the very truths by which time itself is tested. This timeless aspect of truth is very important for us to understand but perhaps a little difficult to grasp. It might, therefore, be useful to employ a famous philosophical riddle: If a tree falls in a forest and there’s nobody there to hear it fall does it make a sound? The answer is that of course it makes a sound because the sound of the tree falling is not dependent on anyone hearing it. We might rephrase the riddle thus: If Shakespeare’s works are neglected so that they are no longer performed or read, will Shakespeare and his works cease to be relevant? The answer is that of course they are still relevant because the goodness, truth and beauty of the works are not dependent on our ability to see or understand them. Indeed, it could and should be argued that a culture that could no longer read Shakespeare because of its illiteracy and barbarism was suffering the woeful consequence of neglecting the truths that Shakespeare’s plays reveal!
    Another way of understanding the timeless dimension of truth is to see it in relation to eternity. When we say that God is omnipresent, it doesn’t simply mean that God is present everywhere in time and space, though He is. More importantly it means that everything in time and space is present to Him. There is no past and future from the perspective of the eternalpresence of God. His omnipresence means that everything is present to Him. In a similar though less perfect sense, Shakespeare enters eternity when he dies. On the assumption that He goes to heaven and not to the other place, he will enter into the eternal presence of God. He will be timeless. Insofar as Shakespeare’s works are good, true and beautiful, which of course they are, and in so far as they are the fruits of God’s presence in the creative process, which is indubitable, those works will be enshrined with Shakespeare in eternity. They will be with him because they are an integral and essential part of who he is. In this sense, Shakespeare’s works simply are. They will be even when the world passes away.

    Ben Jonson’s folio

    These metaphysical first principles are crucial to our understanding of why we should learn Shakespeare, or indeed why we should learn anything else that contains goodness, truth and beauty. The learning of such things points us towards eternity and helps us to get there. Can anything else be more worth learning?
    Lest we be tempted to think that the foregoing discussion means that the learning of Shakespeare is purely a spiritual or mystical undertaking, connected solely to what philosophers call the anagogical meaning of life, we should remind ourselves of the paradox that the timeless is always timely. If the timeless resides in the eternal it means that all times are present to it. If it is timeless, it is always true – and, if it’s always true it is always relevant. It is for this reason that Shakespeare’s works are rightly listed amongst the “permanent things”, those things which are and will always be, and, in consequence, those things that are and will always be relevant.

  • Shakespeare: 450, Not Out

    Shakespeare: 450, Not Out

    Today is St. George’s Day. It is also Shakespeare’s birthday and, believe it or not, it is the day on which Shakespeare died. Apart from the astonishing coincidence that Shakespeare died on his own birthday, it is also singularly appropriate that England’s greatest poet should have been born and should have died on the feast day of her patron saint. It seems appropriate, therefore, that we should celebrate the 450th anniversary of Shakespeare’s birthday with a reference to cricket, that most quintessential of all English sports. Shakespeare is “450, Not Out”, continuing to hit his audiences for six after reaching several consecutive centuries of continuing relevance.
    On such a prestigious anniversary it would do well to remind ourselves of the enduring stature of the Bard of Avon.
    Arguably the three greatest writers of all time are Homer, Dante, and Shakespeare. Of the first of these, very little is known. Homer, it seems, has disappeared amidst the murk and mists of history. So great and wide is the chasm that separates him from us that he is almost invisible. What we know of him, for what it’s worth, is gleaned from allusive and elusive clues embedded in his work. Thus, for instance, it is widely presumed that, like Milton, he was blind. If so, like the blind seer Teiresias, he sees more in his blindness than those blinded by their own unwillingness to see.
    Much more is known of Dante, a devout Catholic and a disciple of the scholasticism of Thomas Aquinas, who lived much of his life as a political exile from his beloved Florence. Perhaps the fact that he is a thousand years closer to us than Homer might explain the greater knowledge. If so, why is it that such mystery continues to surround the seemingly elusive figure of William Shakespeare? In terms of the time that has elapsed from his time to ours, it would seem reasonable to presume that we should know more about the Bard of Avon than about the divinely-inspired poet of Italy, the latter of whom lived three hundred years earlier.
    Much of the mystery surrounding Shakespeare is linked to the age in which he lived. It was an age in which a large and alienated section of the population was considered outlaws by the state. In Elizabethan and Jacobean England it was a criminal offence to practice or propagate the Catholic religion, an offence that for priests was punishable by death. It is for this reason that England’s greatest poet remains largely unknown. He is unknown, first of all, because he sought to keep his religious life unknown, as far as possible, from the authorities. He is also unknown because later generations of Englishmen erected a myth in the nation’s likeness, ignoring or smothering the Bard’s “treacherous” popery in the interests of a nationally acceptable patriotic iconography. He became the posthumous victim of “patriotic correctness”.
    The overwhelming evidence for the Bard’s Catholicism is rooted in the solid facts of his life and in the theological, philosophical and moral truths to be found in his work.
    The factual evidence is to be found in documents, such as Shakespeare’s last will and testament and in the spiritual last will and testament of his father; in the persecution of Shakespeare family and friends for the practice of their faith; in court cases in which Shakespeare became embroiled; in property that he purchased; and in the sort of acquaintances and friends that he valued, and the type of people whom he considered enemies. All of these historical facts, pieced together meticulously by historians, paints a picture of Shakespeare’s life that points to his papist sympathies.
    The textual evidence to be gleaned from his work includes thinly veiled and sympathetic allusions to the work of the Catholic poet and martyr, St. Robert Southwell, and a host of allegorical connections in his poetry and plays to the religious and political turmoil of the times in which he lived. At its deepest level of meaning, Shakespeare’s oeuvre can be seen as a dialectical engagement with the opposing forces of Christian orthodoxy and secular fundamentalism, with the Bard’s sympathies clearly falling on the side of the former against the latter.
    One consequence of the emergence of the historically and textually verifiable Catholic Shakespeare is the construction of more acceptable “alternative” Shakespeares who can be made to dance obediently to the tune of the “religiously-correct” zeitgeist. Thus the dubious textual scholarship surrounding the “dark lady” of the sonnets was employed by Hollwood to depict an adulterous and hedonistic Bard in the travesty, Shakespeare in Love. More recently, the utterly absurd theory that Shakespeare’s plays were not written by the Bard but by Edward de Vere, the Earl of Oxford, has been resurrected by Hollywood. This so-called “Oxfordian theory”, which can be demolished with consummate ease with the merest modicum of historical scholarship, forms the basis of the more recent film, Anonymous.
    The construction of bogus Shakespeares is an act of treason against the real Shakespeare, who is still being hounded by his enemies 450 years after his birth. In this context, the distortions and fabrications that have dogged the Bard throughout the centuries can be said to be held at bay by the true scholars who are the Bard’s true friends. Set against the baying hounds who have hounded him, the true scholars can be likened to bloodhounds who unearth the evidence that sets Shakespeare and his times free of the falsehood that has surrounded them. Against the dogs of deception and deconstruction, such scholars can be likened to the hounds of heaven. Switching analogies, and considering the significance of today’s date, we might also liken the Shakespeare-abusers to deceitful dragons who have been slain by the scholarly St. George. As Henry V might have said, “The game’s afoot; Follow your spirit: and upon this charge, Cry — God for Shakespeare! England and Saint George!”