Mes: Febrero 2021

  • Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Los pequeños alumnos de la guardería sueca Egalia no se consideran a sí mismos niños o niñas, sino que para ellos todo es neutro. La causa está en el método pedagógico que siguen sus profesores, al eliminar por completo el uso de palabras como él y ella. En su lugar utilizan el pronombre finlandés hen (similar al “it” del inglés), que, al ser neutro, sirve para referirse tanto a un hombre como a una mujer. Toda la línea didáctica de la escuela se caracteriza por la ausencia de referencias o estereotipos sexuales, lo que convierte a este centro en una experiencia única no solo en Suecia, sino que en todo el mundo.

    Esa neutralidad sexual pasó por primera vez a ser reconocida legalmente gracias al caso de Norrie Mel-Welby, un hombre que nació en Reino Unido, emigró cuando tenía siete años a Australia y al no identificarse con su sexo, a los 28 años se hizo una operación para convertirse en mujer. Ahora a los 48 años, su país de origen ha reconocido legalmente a una persona sin sexo definido. Norrie ha sido la primera persona en ser reconocida como tal, teniendo un sexo neutro en su partida de nacimiento.

    Pero tal vez el caso más increíble en este sentido es el de un niño argentino de 6 años (sí, 6 años) que ha pasado a ser considerado oficialmente como niña tras recibir de manos de las autoridades del Gobierno provincial de Buenos Aires un documento de identidad con su nuevo sexo y, por supuesto, nuevo nombre: Luana, de acuerdo al derecho a la “identidad autopercibida” establecido por ley, lo que supone el primer caso de autorización de cambio de sexo en el que no existe decisión  judicial previa. La madre reconoce que tan pronto como su hijo empezó a hablar, expresó su rechazo a identificarse como niño, con la afirmación: ‘Yo, nena’.

    Estos y otros casos manifiestan la influencia en Occidente de la llamada “ideología de género”, una ideología que tiene como finalidad cambiar radicalmente la sociedad a través de un giro en el modo de entender al mismo ser humano. Si bien su origen se remonta a ciertas corrientes feministas de la década de los 60 y de los 70, es a partir de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer llevada a cabo en Pekín en 1995, que se difunde masivamente. De modo sintético se puede decir que esta ideología sostiene que el sexo es simplemente una realidad dada por la naturaleza biológica, que nada tiene que ver con el género, el cual es una construcción libre del propio individuo. Lo sintetizaba Simone de Beauvoir al afirmar: “La mujer no nace, se hace”. Ante la cada vez mayor presencia de esta ideología, conviene reflexionar brevemente sobre la sexualidad humana o mejor dicho, sobre la condición sexual de la persona, dadas las consecuencias que puede tener para la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, etc., el avance de estas ideas. La persona humana es un sujeto espiritual y libre pero que tiene, como la misma experiencia lo manifiesta, una dimensión material: la persona humana tiene cuerpo. Pero no tiene cuerpo como decimos que tenemos puesto un sombrero o que tenemos anteojos o que tenemos ropa: somos nuestro cuerpo. Al cuerpo lo vivenciamos como parte de nuestro ser. No decimos mi cuerpo tiene frío, sino que yo tengo frío; no decimos a mi cuerpo le duele la parte de arriba, sino decimos, me duele la cabeza. El cuerpo somos nosotros. No somos un ángel metido en un cuerpo material. Pero este cuerpo que somos, es tal cuerpo; y este cuerpo es el que es porque está configurado, organizado por un alma espiritual que le comunica la misma dignidad personal propia del espíritu. Nuestro cuerpo es un cuerpo personal, es el cuerpo de la persona humana. Por eso no podemos decir: “a mí me tienen que respetar porque soy digno y valgo por sí mismo, pero con mi cuerpo hagan lo que quieran”. ¡No! El cuerpo participa de la misma dignidad del ser personal. Y es allí, en el cuerpo personal, en el cuerpo informado y configurado por el alma espiritual, donde aparece la sexualidad.

    Los ángeles y Dios son seres personales pero no poseen sexualidad. Dios no es ni varón ni mujer; los ángeles no son varones o mujeres. Pero la persona humana por ser corpórea es una persona sexuada. Con su corporalidad viene, por así decirlo, incluida la sexualidad. La sexualidad es, por tanto, inseparable de la persona. El sexo no es del cuerpo, no es de la biología solamente, sino que es de la persona. No somos almas masculinas o femeninas encerradas en cuerpos que pueden o no corresponder con nosotros. El ser humano existe como varón y como mujer.

    La persona humana es una persona sexuada, por lo que existe necesariamente como persona masculina o persona femenina. La sexualidad es una dimensión constitutiva de la persona humana, no es algo extrínseco al ser personal; no es un simple atributo, no es un asunto meramente biológico o algo reducido a la mera genitalidad, como si cambiando ésta, como hizo Norrie, todo quedaría cambiado y solucionado. No se trata de agregarse ni sacarse nada, sino que el ser varón o mujer es un modo de ser de la persona humana; es  algo que impregna la humanidad del hombre y de la mujer en su totalidad.

    Y la pregunta que uno puede hacerse es ¿por qué la persona humana es sexuada? No puede ser propiamente para la propagación de la especie, porque conocemos en la naturaleza especies que se reproducen asexuadamente. Y sin embargo, la persona humana es varón y mujer. La razón la encontramos en la naturaleza misma del  ser personal: estar llamado al conocimiento y al amor. En efecto, la persona, por ser lo que es, alcanza su perfección y realización última en la entrega sincera de sí misma a los demás, de modo que la diferencia sexual significa una clara disposición hacia el otro, manifestando que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser-para-el-otro. Persona masculina y persona femenina, varón y mujer, no existen solo para estar uno al lado del otro, sino que están destinados a ser uno para el otro. El cuerpo humano sexuado, manifiesta la apertura a otro cuerpo personal sexuado, impulsa a la persona a salir de sí misma, a buscar al otro, a encontrarse con el otro. La persona está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual, o diríamos mejor, sexuada.

    De allí que salvaguardada totalmente la radical igualdad que hay entre uno y otro por el hecho de ser personas, es preciso reconocer también las diferencias que existen entre ellos, de modo que no atentemos contra esa singularidad: varón y mujer son iguales porque comparten la misma naturaleza, pero son diferentes porque la comparten de diversas maneras. Ser varón o ser mujer no se encuentra en la línea de lo específico, sino en la línea de concreción de esa especificidad, en la línea del distinto modo en que esa naturaleza se concreta. De allí que mientras más afirmemos que son  iguales en perfección personal, más debemos afirmar su distinción en el modo propio de ser persona. No existe la persona humana no concretizada. No existen personas humanas a las que se les añada extrínsecamente un sexo, porque la persona humana, como ya lo hemos dicho, incluye la corporeidad y por tanto, la sexualidad. De tal manera, que lo que verdaderamente existe es la persona masculina y persona femenina. La persona entera es varón o mujer “en la unidad de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser, desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas y espirituales. La igual dignidad que existe  entre ambos, en nada disminuye las evidentes diferencias que  existen entre ambos. Claro que objetivamente, desde lo específico,  el varón y la mujer pueden hacer las mismas cosas, pero desde el punto de vista de la concreción de la especie, desde el punto de vista del modo propio de ser, el varón no hace las cosas como las  hace la mujer. El hombre piensa, la mujer piensa, pero no lo hacen  del mismo modo; lo hacen según su propio modo de ser. El hombre ama, la mujer ama, pero no lo hacen de la misma e igual forma. Esto no es muy tenido en cuenta en nuestros días en los que más bien, como señalan varios sociólogos y psicólogos, asistimos a una fuerte feminización del hombre y a una masculinización de la mujer.

    Vamos hacia una homologación, hacia la pérdida de la diversidad. De hecho lo que buscan las corrientes más radicales de la ideología de género, no es la igualdad entre varón y mujer, sino la anulación de esas categorías, tal como los ejemplos arriba citados lo evidencian. Por eso debemos defender y reivindicar con la misma vehemencia la igualdad como la diferencia. Las diferencias, en modo alguno, disminuyen la igual dignidad personal de unos y otros. Son iguales en dignidad, pero insistimos, esa igualdad no nos puede llevar a negar las diferencias y las especificidades propias de uno y otro sexo. De hecho las diferencias psicológicas y espirituales son más profundas que las biológicas, precisamente porque la corporeidad manifiesta la interioridad personal. No reconocer la realidad de varón o mujer de un sujeto humano, relegándolo al orden de lo neutro, es atentar contra su más profunda intimidad personal. Ahora bien, ¿qué es lo propiamente femenino y qué es lo propiamente masculino? ¿A qué se deben esas diferencias? No es  descabellado pensar que esas diferencias están fundadas en aquello que solo la mujer puede hacer y en aquello que solo el hombre puede hacer. Todo lo que hace la mujer puede hacerlo el varón y todo lo que hace el varón puede hacerlo la mujer, menos una cosa: ser madre o padre. Lo que manifiesta aún más que entre el varón y la mujer hay una verdadera diferencia ordenada a la mutua complementariedad porque para llegar a ser aquello que solo ella puede ser, necesita del varón y el varón para realizar aquello que solo él puede ser, necesita de la mujer. Lejos de ser una opresión tortuosa impuesta por una sociedad patriarcal, la posibilidad de ser madre brota de la misma naturaleza biológica y espiritual de la misma mujer. Puede, por cierto, alguna mujer no querer o no poder tener hijos, puede aborrecer o idolatrar la maternidad, lo que no se puede es negar que, como tal, la mujer dice orden a la maternidad. La paternidad y la maternidad configuran todo el ser masculino y el ser femenino dejando claro, por supuesto, que estas son características que no se reducen a lo biológico –porque se puede ser padre o madre espiritual–, pero están íntimamente ligados a ello. De allí que cortar el nexo íntimo que hay entre lo corpóreo y lo espiritual, entre la naturaleza y la cultura, supone atentar contra la misma esencia del ser humano y solo puede tener consecuencias negativas, sobre todo para esos niños de los ejemplos señalados, que sin ellos quererlo, son educados sin respetar su condición natural.

  • Confucio y la Familia China

    Confucio y la Familia China

    “Conocer lo que es justo y no practicarlo es una cobardía” Analectas, Confucio.

    En China, en la época de los estados guerreros (403-221 a.C) aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china, cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país.

    Si hay algo que caracteriza a la historia de China es la existencia de las dinastías, que se sucedieron a lo largo de los siglos al mando del Emperador, Hijo del Cielo, que tenía el Mandato Divino y que decidía sobre la vida y la muerte de todos sus súbditos. La casa Zhou (771-256 a.C) comenzó a ver que su poder disminuía a causa de la aparición de estados familiares que se fueron convirtiendo en verdaderos feudos amurallados y que no pretendían hacer caso del poder central. En el período llamado Primavera- Otoño (722-481 a.C) existían alrededor de 170 de estos estados que luchaban con violencia entre sí para hacerse del poder total. En la era de los estados guerreros subsistían siete de estos estados. Curiosamente estos estados guerreros fueron los (403-221 a.C) que propiciaron la aparición de pensadores y filósofos para que aconsejaran y ayudaran a encontrar un camino para volver a la unificación del país y a la paz entre sus habitantes.

    Así, alentados por este clima propicio, aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china,  cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país. Si pudiéramos decirlo así, la época de las “cien escuelas” fue una época de oro del pensamiento en el mundo. Contemporáneos de Confucio fueron Buda en la India, Platón y Aristóteles en Grecia.

    El sueño de unificación de China se hizo realidad cuando los ejércitos del estado guerrero Qin vencieron a los otros estados en el 221 a.C y el rey Qin se otorgó a sí mismo el título de Primer Emperador. En el año 210 a.C muere y su imperio se desintegra rápidamente. Es así que en el año 206 a.C comienza la dinastía Han y se instala definitivamente el pensamiento de Confucio. Hacia el siglo II a.C el confucionismo se había convertido en el sistema del Estado Chino. Las enseñanzas orales de Confucio se conservaban en las Analectas y éstas junto a los cinco clásicos servían de base para la política gubernativa: Kung-Fu Tsé o Confucio es el personaje que más ha influido en la vida china y que sigue influyendo aún. Su obra más importante es Lun-Yu, Analecta o Conversaciones filosóficas que se divide en dos libros: el Chang- Lun y el Hia-Lun. Estos libros son una colección de sentencias y proverbios que contienen cuanto de importante enseñó o hizo Kung-Fu Tsé, que en estos libros es llamado Tsé, palabra china que significa maestro o por filósofo.

    Se cree que en esa época aparecieron los cinco clásicos confucianos: el Libro de los Cambios, el Libro de Historia, el Libro de Odas, el  Libro de Ritos y los Anales de Primavera y Otoño. En realidad en la  mayoría de ellos, Confucio se limitó a recopilar todas las enseñanzas y pensamientos de los antiguos pensadores y sabios de la China. Es interesante conocer que Confucio basó sus enseñanzas en el fomento de la moralidad, el orden, el estudio, la tradición y la armonía entre los seres humanos y la sociedad. Tradicionalmente la doctrina confuciana tiene tres puntos fuertes institucionales: El Estado, la Escuela y la Familia.

    El confucionismo tenía una gran importancia para el Estado, pues de hecho, las dinastías chinas debían mucho de su estabilidad y continuidad burocrática al saber confuciano, en comparación con la inestabilidad relativa de otros regímenes dinásticos existentes en esas épocas como por ejemplo los de la India. El confucionismo dependía menos del Estado para su supervivencia que éste de aquél, dice Fairbank en su libro China, la verdadera Historia porque aunque se sintiera afectado por el encumbramiento y caída de las dinastías, el confucionismo, encontró la manera de sobrevivir. Además, y eso era quizás su fortaleza, el confucionismo  siempre fue independiente de la dinastía de turno y no le interesaba quedarse con el poder. Así jamás organizaron un partido político ni llevaron a cabo una revolución, ni se hicieron con el poder. Esto no sería del todo nuevo para los confucianos y aún menos para el mismo Confucio y los que supieron comprenderle. A los ojos de Confucio no es necesario un cargo público para prestar un servicio o cumplir con la propia responsabilidad social.

    Y en cuanto a la enseñanza la escuela Confucio quiso educar a una elíte para convertirla en un conjunto de hombres superiores que pudieran aconsejar al gobernante y que fueran respetados por el pueblo. En relación a este tema Theodore de Bary en su libro Civilizaciones del Este Asiático lo explica muy claramente: “En la época moderna aún cuando los sistemas establecidos de cultura confuciana superior padecieron la destrucción de las élites políticas y sociales tradicionales, el respeto por el saber que había inculcado el despliegue de la educación neoconfuciana siguió siendo un estímulo poderoso para adquirir nuevos conocimientos. Aún con el cambio brusco que experimentó el contenido de la enseñanza, este amor profundamente asentado por el saber que tenían los pueblos durante largo tiempo por los valores confucianos, demostró ser una fuente de energía y adaptabilidad continuas, de tal modo que, en la misma China, llegó a contrarrestar el asalto total que la Revolución Cultural lanzó sobre la enseñanza”.

    En cuanto a la familia, Confucio enseñó una ética que colocaba a la familia como centro de la vida política, social y cultural. La familia estaba perfectamente estructurada y las relaciones entre ellos claramente definidas en base a la autoridad y la jerarquía y así se establecían los cinco valores fundamentales que estaban perfectamente estructurados: las relaciones que deben existir entre el príncipe y sus súbditos, entre el padre y sus hijos, entre el marido y la esposa, entre los hermanos mayores y los hermanos menores y entre los amigos entre sí.

    La Familia China.

    La familia ha sido siempre en China la base de la estructura social. La doctrina de Confucio veía a la sociedad como un gran conjunto de familias que vivían bajo el mandato del Emperador. Es decir que el núcleo de la sociedad era la familia y no el individuo. Y aún  antes de Confucio la base familiar ya estaba bastante definida en la cultura china. El individuo al nacer ya tenía establecido cuál era su rol dentro de la familia, cuál era la meta a cumplir y que se esperaba de su conducta. Esta noción perduró a través de los siglos pues era esta institución la que daba estabilidad a la sociedad, al Estado y al individuo. Y de esta manera se lograba la armonía entre los hombres,  y entre éstos, la sociedad y el universo, bien supremo al que aspiraba la doctrina confuciana.

    Ya dijimos que Confucio definía cinco relaciones entre los seres humanos: entre príncipe y ministros, padre e hijos, esposo y esposa, hermano mayor y hermano menor y por último entre amigos. No es casualidad que de estas cinco relaciones fundamentales, tres se refieran a la familia que era vista como un núcleo con jerarquías, protocolo y métodos de gobierno tal como lo era el Estado. El aprendizaje del hombre superior que propiciaba Confucio se iniciaba en la familia.

    Uno de los conceptos más importantes en cuanto al orden familiar y las obligaciones de sus miembros, era la obligación filial que servían a futuro para ser respetuosos y obedientes con las autoridades. El padre dentro del grupo familiar era el jefe indiscutido, la autoridad máxima contra la que las mujeres y los hijos no se atrevían a rebelarse. Si llegaba a pasar esto, el padre tenía todas las atribuciones para castigar a los que osaban transgredir estos códigos de honor. Atribución por lo demás que tenía el Emperador sobre todos los hombres y mujeres de su Imperio.

    En cuanto a la situación de la mujer, es evidente que ocupaba los rangos inferiores dentro de esta estructura firmemente jerarquizada. La principal función de la mujer era tener hijos. No tenía derecho a educación formal excepto las que les transmitía la madre sobre el cuidado del hogar y como ser una perfecta esposa. El sistema de parentesco se transmitía a través de la familia del padre. Las hijas al casarse abandonaban la familia, desaparecían para siempre y pasaban a integrar la familia del marido e incluso tenían la obligación de venerar sus antepasados. Si la mujer no tenía hijos o aún peor si no tenía hijo varón, la suegra podía buscar otras esposas  o concubinas para su hijo. El tener una hija mujer era visto como una desgracia que solo traía gastos a la familia y que llegada a una edad no iba a pertenecer más a ella. Toda esta tradición cultural referente a las mujeres se prestó para abusos como el infanticidio. Además en la dinastía Tang comenzó el mas cruel de todos los rituales que causó innumerables muertes en las niñas entre los seis y siete años: el vendado de los pies que continuaría vigente hasta bien entrado el siglo XX. El suicidio de las mujeres viudas era considerado un acto muy honorable y las mujeres que lo hacían merecían ser recordadas con respeto.

    La Familia china actual:

    Así dentro de estas estructuras se mantuvo la institución familiar a lo largo de la historia hasta que en el siglo XX, para ser más exactos a partir de 1911, con la caída de las dinastías, China comenzó a experimentar cambios bruscos y transformaciones profundas en lo económico, político y social.

    Se producen guerras internas, hay invasiones extranjeras, las ciudades comienzan a crecer, el sistema agrario empieza a cambiar y esto obliga a buscar formas de vivir adaptadas a los tiempos. La familia como era concebida, unida y jerarquizada empieza a perder terreno. El final de las visiones confucianas del mundo y de la sociedad es propiciado por las nuevas formas de gobierno y se agudizan en la época del comunismo y en especial en la Revolución Cultural de Mao. Todo lo viejo, todo lo antiguo debe ser borrado. La crisis es profunda porque destruye lo más esencial del alma nacional china, sin la familia todo se tambalea, todo está a punto de caer. Como veremos, luego de la Revolución Cultural que trató de borrar la identidad cultural y milenaria del pueblo, hay una vuelta atrás y las autoridades comienzan a ser más flexibles.

    A partir del año 1979 una medida drástica del gobierno golpea otra vez a la familia: a raíz del aumento explosivo de la población se determina la política dura e inflexible del “hijo único”. Han pasado más de treinta años desde ese momento y hoy comienzan ya a sentirse los efectos que esta ley ha provocado en la estructura familiar y las interrogantes de lo que pasará en el futuro solo provocan temor e incertidumbre. Al implementar la política de un solo hijo por familia, el gobierno chino ha hecho que muchos padres prefieran tener un hijo varón, que  los sostendrá a ellos en su vejez y no una hija que se casará y deberá permanecer con la familia del esposo.

    Consecuencia de esto es la cantidad de abortos de hijas mujeres. Es tan fuerte el problema que el gobierno ha restringido el acceso a las ecografías para no saber anticipadamente el sexo del hijo y provocar abortos. En resumen el resultado de la política del hijo único es que faltan en la China unos 30 millones de mujeres aptas para el matrimonio. Además está el problema del envejecimiento de la población.

    Hay diversos reportajes y estudios que tratan este problema y la mayoría de los hijos únicos expresa su deseo de haber tenido un hermano para “tener con quién compartir las alegrías y las tristezas” El sentimiento de soledad que ellos tuvieron hace que la mayoría de estos hijos únicos quiera tener dos hijos. Hasta el momento el Estado había dejado la decisión del segundo hijo a los gobiernos locales de las provincias, pero consciente de los problemas que ha acarreado a nivel nacional la política del hijo único, ha flexibilizado su posición y ha anunciado que se permite tener un segundo hijo. Si la familia tiene dos hijos, la carga de mantener a los padres será menos pesada.

    Además de todos los problemas que acarrea esta política de planificación familiar se suma la presión que sufre el hijo único de parte de los padres para que estudie, sea un alumno exitoso y logre entrar a las universidades más prestigiadas del país. El vicepresidente del Centro de Investigación sobre Jóvenes y Adolescentes de China, (CIJA) dice:”Esto es una tarea casi imposible de cumplir teniendo en cuenta que siempre hay 50 estudiantes por clase. Es una expectativa irreal que hace que muchos niños pierdan la confianza en ellos mismos y crean que son unos fracasados cuando apenas han cumplido los 14 años”.

    ¿Tiene validez el pensamiento confuciano en la China de hoy?:

    El pensamiento de Confucio, después de haber sido marginado de la sociedad china por el partido comunista y el maoísmo y acusado de ser responsable del atraso económico, de la desigualdad social y de ser baluarte del sistema feudal, ha vuelto en todo su esplendor. La Revolución Cultural de Mao destruyó y atacó las bases del pensamiento tradicional chino, budismo, taoísmo y sobre todo la doctrina de Confucio, pero después de la muerte del líder comunista, los nuevos dirigentes volvieron a buscar los viejos valores y encuentran en sus ideales culturales una respuesta para el tipo de sociedad a la que aspiran lograr. En un país que crece aceleradamente y la fiebre por el dinero arrasa con todos sus habitantes, los líderes del partido han encontrado en los ideales de Confucio un camino para no caer en un capitalismo salvaje. Hay que volver, dicen, a la moral tradicional, a la unidad familiar, a la lealtad, en resumen a los valores que un día ellos mismos trataron de borrar. Para algunos el pensamiento confuciano vuelve a ser útil al gobierno y es la última esperanza del partido comunista. Lo cierto es que sus gobernantes, los jerarcas del partido y los medios de comunicación  chinos honran públicamente a Confucio. Muchos piensan que el pensamiento de este legendario filósofo tiene un gran papel a jugar no solo en la parte ético-moral sino también en el desarrollo económico del país. Dice Anne Chang, sinóloga y autora de “Historiadel Pensamiento Chino”: “La Revolución Cultural había arrasado sus tradiciones. Entonces empezó a hacer mella el discurso ideológico sobre los valores asiáticos, identificados con el confucionismo, que sirvió para explicar el milagro económico. Incluso comunistas serios se adhirieron a esta tesis: este súbito desarrollo que parecía surgir de la nada se debía a la cultura confuciana (valoración del trabajo, de la educación, de la solidaridad familiar…) En un giro completo, el confucionismo pasó de ser considerado-por chinos y occidentales  como Max Weber- como freno para el desarrollo económico a convertirse en factor de un desarrollo específicamente chino y del mundo sinizado. China continental encuentra en él una explicación ideológica que convienen a los dirigentes autoritarios de Pekín: sí la sociedad está enfrascada en un desarrollo capitalista salvaje, no  se ocupa de política; es estable, fácil de controlar, etc. Todo ello se atribuye al “confucionismo” .

    Recordemos también al neoconfucionismo, cuando mil quinientos años después, los filósofos de la época valoraron la doctrina de Confucio y Mencio y su anhelo era entonces “recuperar el Camino”. ¿Será entonces el confucionismo la ideología de un régimen, como sostiene Anne Chang o el gobierno de la República Popular China ha recuperado “el Camino”?

    Lo cierto es que el gobierno actual de China ha reivindicado a Confucio y así lo pudimos ver en la visita que hizo tiempo atrás a Chile el rector de la Universidad de Pekín, Xu Zhihong, quién expresó en una entrevista al diario El Mercurio que la Universidad  de Pekín tiene como objetivo entrenar a personas para ser líderes: “Queremos formar una clase elitista capaz de dirigir y enfrentar desafíos en todo terreno”.

    Más adelante y ante la pregunta del periodista de cómo insertar la tradición china en el modo de hacer y la competencia occidental, Xu Zhihong dijo que “Ambas culturas tienen sus ventajas. En la cultura china tenemos un tesoro que son los pensamientos confucianos, que hablan sobre la armonía entre los seres humanos y entre estos y la  naturaleza. Es lo que nos falta en la actualidad. Las Ciencias Sociales son muy importantes en la sociedad moderna para que los seres humanos conozcan su esencia”. Las expresiones vertidas por el rector de la Universidad de Pekín casi parecen dichas por el mismo Confucio en cuanto a la formación de una clase elitista, educada, capaz de dirigir y gobernar.

  • “El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

    “El Príncipe” medio milenio después: El Nacimiento de la Ciencia Política

    Cuando se habla de “maquiavelismo” y de “maquiavélico”, en el lenguaje corriente, se alude a una manera inmoral de proceder, caracterizada por la hipocresía y el engaño. En realidad, Niccolò Machiavelli (su verdadero nombre y que usaré en este trabajo) estaba lejos de sugerir una actitud de ese tipo y – además –fue muy poco “maquiavélico” en su  vida, que resumiré a continuación.

    Niccolò Machiavelli nació en 1469 y asistió a la caída de los Medici en 1494. Después del intento republicano de Savonarola, que fue condenado a muerte en 1498, el gonfaloniere Pier Soderini lo llamó a ocupar el cargo de secretario de la Segunda Cancillería (Interior y Guerra). Se mantuvo allí durante los conflictos bélicos entre Francia y España, teniendo diversas misiones diplomáticas en Roma, en la corte de Luis XII, en el Tirol, en Urbino y Senigallia (donde conoció a Cesare Borgia). Tuvo que alejarse del gobierno al término de la República Florentina y el regreso de los Medici, en 1512. Además fue arrestado por un  presunto complot antimediceo y, ya libre, se dedicó a escribir en Albergaccio, en Sant’Andrea in Percussina, cerca de San Casciano in Val di Pesa. De esa época son sus obras principales, entre las cuales están Il principe, que escribió en 1513 y que habría de ser publicado sólo en 1531, cuatro años después de su muerte. En 1520, el cardenal Giulio de’ Medici le encargó una Historia de Firenze  (1520-25), pero dicha labor le costó la pérdida definitiva del puesto de secretario, cuando se restableció la República, en 1527, año en el que, creo decepcionado, murió. O sea que, si de olfato o de oportunismo políticos se trata, Machiavelli no los poseyó absolutamente. Ello explica también el pesimismo con que desarrolló su visión de ordenamiento del mundo civil y militar.

    Debo aclarar de inmediato que nunca escribió que “el fin justifica los medios”. Ni tampoco es – como dicen los políticos actuales – “lo que quiso decir”. Además de que la frase no  aparece en ninguno de sus escritos, existen elementos contradictorios al interno de su obra. Una afinidad podría advertirse en este pasaje: “Facci dunque uno principe di vincere e mantenere lo stato: e mezzi saranno sempre iudicati onorevoli e da ciascuno lodati; perché el vulgo ne va preso con quello che pare e con lo evento della cosa” (“Dedíquese, por lo tanto, un príncipe a ganar y a mantener el Estado: los medios serán siempre juzgados como honrosos y alabados por todos; porque al vulgo hay que tomarlo con aquello que aparece y con el evento de la cosa”; II Principe, cap. XVIII). Si bien es cierto que el sentido es parecido, la frase se refiere a la razón de Estado y no a cualquier conducta del Príncipe. La salvación del Estado es necesaria y debe ser antepuesta a las personales convicciones éticas del Príncipe porque él – ¡atención! – no es el amo, sino el servidor del Estado.

    ¿Por qué se necesitaba un Príncipe en Italia? Porque la península, después de la expedición de Carlos VIII (1494), era un territorio de conquista, de continua beligerancia y de permanente inseguridad. Se requería de una política hegemónica, como la de Francia y de España. No existían sólidos organismos estatales unitarios ni tampoco ejércitos “ciudadanos”, sino compañías de ventura mercenarias. Se habían perdido casi todos los valores que daban un fundamento sólido a un vivir civil y que existían en la antigua Roma: el amor a la patria, el sentido cívico, el espíritu de sacrificio y el impulso heroico, el orgullo y el sentido del honor. Todo había sido substituido por una actitud escéptica y renunciataria, que inducía a abandonarse fatalísticamente al capricho mutable de la fortuna, sin reaccionar ni luchar.

    Toda la especulación política de Machiavelli está dirigida al objetivo histórico de la presencia de un Príncipe capaz de organizar las energías que potencialmente existen para contrastar las miras expansionistas de los Estados vecinos. Y para delinear esa figura del Príncipe hegemónico era necesario desarrollar la política como ciencia y no como mera especulación. Por ejemplo, para Aristóteles (el filósofo más renombrado y  considerado en ese momento) el hombre era un zoón politikon, o sea que su valor como individuo se medía en razón de la ventaja o del daño que entregaba a la polis. Aquel que no actuaba políticamente era un  idion, un ser carente e incompleto.

    En tratados medioevales, se analiza la figura del Príncipe en cuanto a sus virtudes cristianas. Por ejemplo, Erasmo de Rotterdam escribe, en 1516, su Institutio principis christiani (La educación del príncipe cristiano), donde sostiene que éste debe buscar la magnanimidad, la templanza, la honestidad. Machiavelli, en cambio, escribe: «Quanto sia laudabile in un principe mantenere la fede, e vivere con integrità e non con astuzia, ciascun lo intende: nondimanco si vede per esperienza, ne» nostri tempi quelli principi avere fatto gran cose che della fede hanno  tenuto poco conto e che hanno saputo con l’astuzia aggirare e’ cervelli delli uomini: e alla fine hanno superato quelli che si sono fondati in su la realtà» (“Cuanto sea loable en un príncipe mantener la fe, y vivir con integridad y no con astucia, cada uno lo entiende: no obstante se ve por experiencia, en nuestros tiempos a aquellos príncipes haber hecho grandes cosas que de la fe han tenido poca cuenta y que han sabido con la astucia embaucar los cerebros de los hombres: y al final han superado a aquéllos que se han fundado en la realidad”; Il Principe, cap. XVIII). 

    Con esta opinión, queda claro que el pensamiento político no forma parte de lo especulativo, ético y religioso. La lógica brutal del poder no es manejable con sentimientos o consideraciones abstractas. Más que el “deber ser” y la retórica, lo que interesa al secretario florentino es dilucidar los dispositivos propios de las dinámicas del poder. Al igual que Bernardino Telesio (Cosenza 1509 – 1588) estudia la naturaleza iuxta propria principia, la política debe ser estudiada de manera autónoma, sin condicionamiento de principios que son válidos para otros ámbitos. Esta posición corresponde a la realidad política a la que aludía, y  que se sentía sobre todo en Firenze, que era una presa apetecida  por los Medici, el Imperio y la Iglesia Católica Apostólica Romana. Era necesario un consistente realismo político (que conllevaba un fuerte pesimismo antropológico) y el nuevo concepto de virtud y fortuna. Volver a la figura del Príncipe es una exigencia imperiosa para regenerar y renovar la vida política, pero éste debe imitar el comportamiento de los grandes hombres contemporáneos y del pasado.

    Sólo que Machiavelli elabora también una teoría que aspira a tener un alcance universal, formulando leyes válidas en todos los tiempos y todos los lugares. Por ello, es considerado como el fundador de la moderna ciencia política, porque la distingue de otras disciplinas que se ocupan igualmente del actuar del hombre, como la ética. Es así como tiene el coraje de denunciar lo que ocurre realmente en la política, en vez de delinear Estados ideales: «E molti si sono immaginati republiche e principati che non si sono mai visti né conosciuti in vero essere» (“Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que no se han visto nunca ni conocido en ser verdadero”; Il Principe, cap. XV). En efecto, proclama: «Ma sendo l’intenzione mia stata scrivere cosa che sia utile a chi la intende, mi è parso più conveniente andare dreto alla verità effettuale della cosa che alla immaginazione di essa» (“Pero habiendo sido mi intención escribir cosa que sea útil a quien la entienda, me ha parecido más conveniente ir detrás de la verdad efectual de la cosa que de la imaginación de ésta”; Il Principe, cap. XV). No le interesa crear una bella construcción teórica, sino entregar un instrumento conceptual de aplicabilidad inmediata a la política real y de segura eficacia.

    Antes de pasar a señalar las características que debe tener el Príncipe, es necesario precisar cómo se comportan esos hombres que éste debe dirigir. Esto porque si la política debe tener leyes propias, es necesario descubrir cuáles son las leyes de la naturaleza humana. Y es aquí donde surge la visión antropológica pesimista de Machiavelli. El hombre no es ni bueno ni malo, pero tiene la propensión a ser malo. Éstas son las reflexiones de Machiavelli: «Perché degli uomini si può dire questo, generalmente, che sieno ingrati, volubili, simulatori e dissimulatori, fuggitori de’ pericoli, cupidi del guadagno; e mentre fai  loro bene e’ sono tutti tua, offeronti el sangue, la roba, la vita, e’ figliuoli, come di sopra dissi, quando el bisogno è discosto: ma quando ti si appressa, si rivoltono, e quello principe che si è tutto fondato in su le parole loro, trovandosi nudo di altre preparazioni, ruina» (“Porque de los hombres se puede decir esto, generalmente, que sean ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, rehuidores de los peligros, codiciosos de la ganancia; y mientras les haces el bien ellos son todos tuyos,te ofrecen la sangre, las pertenencias, la vida, y los hijos, como dije más arriba, cuando la necesidad está distante: pero cuando se te acerca, se dan vuelta, y ese príncipe que se ha fundado totalmente en sus palabras, encontrándose desnudo de otras preparaciones, se desploma”; Il Principe, cap. XVII).

    Como conjunto físico y psicológico, el hombre tiene algunos caracteres constitutivos de su esencia individual que aseguran su conservación. Por ello, el político no puede confiar en el aspecto positivo del hombre, sino que debe tomar razón de su aspecto negativo para actuar de consecuencia. Además, los hombres tienden a estar constantemente insatisfechos: «La cagione è perché la natura ha creato gli uomini in modo che possono desiderare ogni cosa e non possono conseguire ogni cosa: talché essendo sempre maggiore il desiderio che la potenza dello acquistare, ne risulta la magra contentezza di quello che si possiede e la poca soddisfazione d’esso» (“La razón es porque la naturaleza ha creado a los hombres de modo que pueden desear todas las cosas y no pueden conseguir todas las cosas: de manera que siendo siempre mayor el deseo que la potencia de adquirirlo, resulta el magro contento de aquello que se posee y la poca satisfacción de éste”; Discorsi sulla Prima Deca di Tito Livio, I, cap. 37). 

    Los hombres han sido siempre iguales a sí mismos y, en su comportamiento, no conocen otro bien que la utilidad privada. Por ello, verbigracia, aconseja: «Ma soprattutto astenersi da la roba di altri,  perché li uomini sdimenticano più presto la morte del padre che la perdita del patrimonio» (“Pero sobre todo abstenerse de las pertenencias de los otros, porque los hombre olvidan más rápido la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”; Il Principe, cap. XVII). No hay idealismo en la naturaleza humana: «a quale cosa fa testimonianza a quello che di sopra ho detto che gli uomini non operono mai nulla bene, se non per necessità; ma, dove la elezione abonda, e che vi si può usare licenza, si riempie subito ogni cosa di confusione e di disordine» (“a la cual cosa hace testimonio a aquello que he dicho más arriba que los hombres no obran nunca nada bien, sino por necesidad; pero, donde la elección abunda, y que allí se puede usar licencia, se colma de inmediato todo de confusión y de desorden”; Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, I 3).

    Machiavelli no basa esta concepción negativa de la naturaleza humana en una idea abstracta (como podría ser la de Thomas Hobbes), sino del estudio de hechos históricos. Es allí donde  encuentra las leyes generales que no son infalibles, pero que deben orientar al Príncipe en su accionar. Y – ¡muy importante! – no existe una fractura entre el mundo antiguo y el moderno: no hay experiencia que venga del pasado que no pueda ser desmentida por una nueva experiencia presente. La auctoritas y los exempla virtutis de la historia se pueden reverenciar, pero no homenajear. Son ejemplos que tienen validez retórica, pero no científica. El hombre está constituido por un manojo de potencialidades, que se actúan en la historia. No tiene una naturaleza fija e inmutable, que haya sido estigmatizada por un pecado original o por una estructura metafísica que lo condene al mal. Es un ser frágil que necesita “asegurarse” de las fuerzas hostiles que lo amenazan, especialmente cuando los tiempos tienen una dura configuración. Debería tener la capacidad de cambiar, pero sigue apegado a sus hábitos y sus comportamientos. 

    Machiavelli no construyó una teoría “de laboratorio”, sino que partió de la relación directa con la realidad histórica, gracias a su experiencia como canciller en un Estado autónomo como Firenze, cuna del Renacimiento. Su pensamiento es una estrecha fusión de teoría y praxis: la teoría nace de la praxis y tiende a resolverse en ella. Se da cuenta que es necesario un verdadero condottiere, que  sea capaz de practicar la política con autonomía, lejos de la religión  y de la moral. La política debe ser un criterio ordenador de los flujos sociales, sobre la base de un estudio objetivo de la “realidad  efectual” y de la “naturaleza” del hombre. El político no debe ser  guiado por etéreas doctrinas teóricas, sino por la aguda conciencia y el sentido de la historia, pasada y contemporánea. Así podría tener una buena “ocasión” para efectuar un cambio.

    Ya los grandes historiógrafos latinos habían descrito la realidad como regulada por las  relaciones de fuerza existentes entre hombres que luchan también con los vicios y el valor de su naturaleza. Pero, por primera vez en la historia, Machiavelli indica en la “realidad efectual” el modo en que deben operar las fuerzas históricas en  relación con la utilidad, con el bien del Estado. Para Machiavelli, el Estado se construye creando equilibrios más avanzados en la realidad existente. El Príncipe no es un símbolo, sino un guía histórico que opera sirviéndose de lo informe para hacerlo llegar a ser voluntad que triunfa, actividad que transforma. Para ello es necesario que la política sea una actividad autónoma.

    Un ejemplo. La paz se funda en la guerra como la amistad en la igualdad. En el ámbito internacional, la supervivencia de cualquier Estado (democrático, republicano o aristocrático) está ligada a la fuerza del ejercicio de su poder. Por lo tanto, debe detentar el monopolio legítimo de la violencia, para garantizar la seguridad interna y para prevenir una eventual guerra externa. Sería preferible vivir en un mundo pacífico y leal, pero las pasiones naturales no lo permiten y quien cumple un análisis equivocado de las fuerzas reales, de los comportamientos y de las leyes está destinado a desplomarse: «Perché gli è tanto discosto da come si vive a come si doverrebbe vivere, che colui che lascia quello che si fa, per quello che si doverrebbe fare, impara più presto la ruina che la perservazione sua: perché uno uomo che voglia fare in tutte le parte professione di buono, conviene che ruini in fra tanti che non sono buoni. Onde è necessario, volendosi uno principe mantenere, imparare a potere essere non buono e usarlo e non usarlo secondo la necessità». (“Porque está tan alejado de cómo se vive a cómo se debería vivir. Que aquél que deja aquello que se hace, por aquello que se debería hacer, aprende bien pronto a desplomarse que su su preservación: porque un  hombre que quiera dejar hacer en todas las partes profesión de bueno, conviene que se desplome entre tantos que no son buenos. Por lo que es necesario, queriéndose un príncipe mantener, aprender a poder ser no bueno y usarlo y no usarlo según la necesidad”; Il Principe, cap. XV). Las constantes de la historia se descubren, porque la naturaleza humana es inmutable. Como siempre el mundo ha sido igual, los deseos y las pasiones generan siempre comportamientos iguales en todo tiempo y lugar, sólo que las cosas humanas son inestables. Y la principal enfermedad política es la “consunción”, esto es el desgaste: al principio puede curarse fácilmente, pero es difícil de reconocer; después es difícil de curar.

    La naturaleza humana se expresa a través de una serie de antonomias. El hombre puede ser: impetuoso, rápido de decisión, violento / respetuoso, prudente y ganador de tiempo; bueno /no bueno. ¿Cuáles características debe tener el Príncipe? Machiavelli perfila la figura de un Príncipe que sepa desafiar la inercia de las cosas, enfrentar la variación de los tiempos y cambiar la realidad y organizarla. Éste puede tener el conocimiento para actuar, pero para poder operar son necesarias la “virtud” y la “fortuna”. En cuanto a la virtud, ésta no tiene nada que ver con la areté cristiana, sino con la acepción griega – anterior a Sócrates, Platón y Aristóteles – que no tiene que ver con la razón que opera en función del Bien, sino con la capacidad de comprender la situación histórica y de plegar los hechos a propio beneficio. O sea, se trata de una energía constructiva y de una acción resolutiva. Como está al margen de la moral cristiana de la época, este nuevo concepto considera válido todo recurso que permita sacar provecho de la fuerza y habilidad del gobernante, pudiendo recurrir incluso a la crueldad y al engaño para imponerse a sus enemigos.

    Siguiendo la ideología del realismo político, el soberano puede aplicar métodos extremadamente crueles y deshumanos, porque a grandes males debe haber grandes remedios y se debe evitar la vía del compromiso, que no sirve para nada y que – al contrario – resulta extremadamente dañina. Machiavelli trastueca, por lo tanto, muchos aspectos del concepto humanístico de virtud: «E così arà duplicata gloria, di avere dato principio a uno principato e ornatolo e corroboratolo di buone legge, di buone arme e di buoni esempli; come quello ha duplicata vergogna che, nato principe, per sua poca prudenza lo ha perduto» (“Y así tendrá duplicada gloria, de haber dado principio a un principado y ornádolo y corroborádolo de buenas leyes, de buenas armas y de buenos ejemplos; como aquél tiene duplicada vergüenza que, nacido príncipe, por su Propia prudencia lo ha perdido”; Il Principe, XXIV). La virtud es la capacidad individual, la suma de calidad de intelecto, de experiencia, de deducción lógica y de intervención política que el príncipe debe tener para superar los límites condicionantes de la situación histórica. Ésta queda en evidencia cuando utiliza la “ocasión”, esto es las condiciones particulares que en una situación permiten la intervención y donde el Príncipe descuella con su personalidad.

    Para ejercitar la virtud, el Príncipe deberá tener la instintiva animalidad del león (la fuerza) y del zorro (la astucia): «Sendo dunque necessitato uno principe sapere bene usare la bestia, debbe di quelle pigliare la golpe e il lione: perché el lione non si difende da’ lacci, la golpe non si difende da’ lupi; bisogna adunque essere golpe a conoscere e’ lacci, e lione a sbigottire e’ lupi: coloro che stanno semplicemente in sul lione, non se ne intendono. Non può pertanto uno signore prudente, né debbe, osservare la fede quando tale osservanzia gli torni contro e che sono spente le cagioni che la feciono promettere» (“Por consiguiente, estando necesitado un príncipe de saber usar bien la bestia, debe de aquéllas tomar el zorro y el león: porque el león no se defiende de los lazos, el zorro no se defiende de los lobos; necesita, pues, ser zorro para conocer los lazos, y león para amedrentar a los lobos: aquéllos que están simplemente en el león, no entienden de ello. No puede, por lo tanto, un señor prudente, ni debe observar la fe cuando tal observancia le vuelva en contra y que se han apagado las razones que la hicieron prometer; Il Principe, cap. XVIII). El soberano no debe ser justo, sino que debe conservar el poder. Machiavelli no se pone el problema de la soberanía legítima: el único título para la soberanía legítima es la posesión de hecho. El Estado es, antes que todo, imperio, autoridad, poder monopólico de mando y coerción. Pero, además, el Príncipe deberá controlar la “fortuna” a través de la “virtud”.

    Mientras que la fortuna es el conjunto de los eventos no previsibles ni determinables por la voluntad, la virtud tiene que ver con la actuación humana libre y consciente, con la intuición que prevé las posibilidades que obstaculizan la acción. El hombre no es enteramente árbitro de sus acciones ni está enteramente sometido a las circunstancias. La antropología de Machiavelli ve entrelazarse la libertad con la necesidad, la voluntad subjetiva con la determinación objetiva (que había sido la lección de Cicerón en el De fato). Hay que domesticar la necesidad y desafiar a la fortuna: por ello, la virtud consiste en la adopción de medios idóneos para conseguir el fin. También el premio de la acción poítica es mundano: la gloria, el honor, el éxito de un proyecto.

    La relación entre virtud y fortuna es fundamental. La virtud es el conjunto de competencias que sirven al príncipe para relacionarse con la fortuna, vale decir con los eventos externos. La virtud es, por lo tanto, un conjunto de energía e inteligencia. El príncipe debe ser inteligente, pero también eficaz y enérgico. La virtud del individuo y la fortuna se implican recíprocamente: las dotes del político son puramente potenciales si él no encuentra la ocasión adecuada para afirmarlas, y viceversa la ocasión es pura potencialidad si un político virtuoso no sabe aprovecharla. No obstante, Machiavelli entiende la ocasión de manera peculiar: ésta es aquella parte de la fortuna que se puede prever y calcular gracias a la virtud. Mientras  un ejemplo de fortuna puede ser que dos Estados sean aliados (es un dato de hecho, un evento), un ejemplo de ocasión es el hecho de que sea necesario aliarse con algún otro Estado o, de todos modos, organizarse para estar listos para un eventual ataque de ellos. En los capítulos VI y XXVI de Il Principe, Machiavelli escribe que era necesario que los judíos fuesen esclavos en Egipto, los atenienses dispersos en el Ática, los persas sometidos a los medas para que pudiera relumbrar la “virtud” de los grandes condotieros como Moisés, Teseo y Ciro.

    La virtud humana además se puede imponer a la fortuna a través de la capacidad de previsión, del cálculo sensato. En los momentos de calma, el político hábil debe prevenir los reveses y buscar los remedios, cómo se construyen los terraplenes para contener las crecidas de los ríos. Esta capacidad de prever los acontecimientos fortuitos o contingentes, utilizando la virtud como creatividad artística y heroica que supere los límites, está directamente relacionada con el conocimiento de la realidad. Por ejemplo, para organizar el Estado, el Príncipe no puede ser “bueno”, porque está rodeado de muchos que “no son buenos”: « E se li uomini fussino tutti buoni, questo precetto non sarebbe buono: ma perché e’ sono tristi e non la osserverebbono a te, tu etiam non l’hai a osservare a loro; né mai a uno principe mancorno cagioni legittime di colorire la inosservanzia. Di questo se ne potrebbe dare infiniti esempli moderni e mostrare quante pace, quante promisse sono state fatte irrite e vane per la infidelità de’ principi: e quello che ha saputo meglio usare la golpe, è meglio capitato. Ma è necessario questa natura saperla bene colorire ed essere gran simulatore e dissimulatore: e sono tanto semplici gli uomini, e tanto ubbidiscono alle necessità presenti, che colui che inganna troverrà sempre chi si lascerà ingannare» (“Y sí los fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno: pero porque son tristes y no la observan tú también no la has de observar a ellos; ni nunca a un príncipe faltarán razones legítimas para colorear la inobservancia. De esto se podría dar infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han sido hechas ineficaces y vanas por la infidelidad de los príncipes: y aquél que ha sabido usar mejor al zorro, ha caído mejor. Pero es necesario esta naturaleza saberla colorear y ser gran simulador y disimulador: y son tan simples los hombres, y tanto obedecen a las necesidades presentes, que aquél que engaña encontrará siempre a quien se dejará engañar”; Il Principe, cap. XVIII).

    Por su comportamiento, lo ideal sería que el Príncipe fuera temido y amado al mismo tiempo, pero ambas cosas son difícilmente conciliables y debe saber elegir funcionalmente para el eficaz gobierno del Estado: «Perché le amicizie che si acquistono col prezzo, e non con grandezza e nobilità di animo, si meritano, ma elle non si hanno, e alli tempi non si possono spendere; e li uomini hanno meno rispetto a offendere uno che si facci amare, che uno che si facci temere: perché lo amore è tenuto da uno vinculo di obligo, il quale, per essere gl’uomini tristi, da ogni occasione di propria utilità è rotto, ma il timore è tenuto da una paura di pena che non ti abbandona mai» (“Porque las amistades que se adquieren pagándolas, y no con grandeza y nobleza de ánimo, se compran, pero ellas no se tienen, y en los tiempos no se pueden utilizar; y los hombres tienen menos respeto en ofender a uno que se hace amar, que a uno que se hace temer: porque el amor es considerado como un vínculo de obligación, el cual, por ser los hombres tristes, es roto en toda ocasión de propia utilidad, pero el temor es considerado por un miedo de pena que no te abandona nunca”; Il Principe, cap. XVII).

    Para salvar al Estado, deberá seguir la realidad efectual e incurrir en infamias, si es necesario. Como lo hizo Cesare Borgia que, gracias a la crueldad, logró unir a la Romagna, reduciéndola a la paz y a la fe. Según Machiavelli – que toca el tema en los capítulos VII y XVII de Il Principe – de esa manera demostró más piedad que el pueblo florentino, que permitió la autodestrucción de Pistoia dejando combatir a los grupos enemigos. En caso de guerra, el sacrificio debe ser absoluto. Por eso, Machiavelli propugna la adopción de milicias ciudadanas en vez de recurrir a los mercenarios. En un Estado nacional, la fuerza militar debe estar en función de la organización política y de la defensa de las instituciones. Sobre todo en esa época, cuando la mantención o la pérdida del Estado dependía tanto de la fuerza militar como de la experiencia y de las alianzas políticas.

    Los tiempos han cambiado en el siglo XVI y es necesario ver la realidad efectual. El  denominado “bofetón de Anagni” (7 de septiembre de 1303, con el que Felipe el Hermoso desconoció la autoridad de Bonifacio VIII) estableció el quiebre de la idea del  Imperio universal y de la Iglesia universal. De esa manera, se afirmó el poder laico y se dio paso a los nuevos Estados nacionales. De allí la importancia del pensamiento de Machiavelli, que deja de lado los valores absolutos para dar paso a una ciencia autónoma, o sea que tiene sus propias reglas. Y es, precisamente, la eficacia de esas reglas lo que hará posible el arte de gobernar. Se trata de orientar las simpatías hacia la virtud y la prudencia en la vida civil y política, así como lo habían hecho los antiguos romanos.

    Según esta perspectiva, la llegada del Cristianismo ha desarrollado una función negativa en la historia, porque ha hecho a los hombres menos viriles, induciéndolos a la mansedumbre, a la resignación, a la desvalorización del mundo y de la vida terrena. Además, Machiavelli ve en el poder temporal del Papado la causa de la falta de unidad nacional italiana, que se ha visto debilitada en manos de los mercenarios y de los aventureros. Ante la teocracia medieval surge la autonomía del Estado.

    La religión – justamente por ser un “instrumentum regni” – sí cumple con una función importante: mantener unida a la población en el nombre de una fe única. La religión de Estado debe ser usada para fines eminentemente políticos y especulativos; es un instrumento del que dispone el príncipe para obtener el consenso común del pueblo. En la antigua Roma, que reunía a todas las divinidades en un único panteón, fue fuente de solidez y unidad para la República y  más tarde para el Imperio.

    Por su parte, el Príncipe tiene que tener también las cualidades militares del condotiero e – incluso – en el último capítulo del tratado asume el cariz del “redentor” de una Italia « più stiava che li ebrei,più serva che ‘ persi, più dispersa che gli ateniesi: sanza capo, sanza ordine, battuta, spogliata, lacera» (“más esclava que los judíos, más sierva que los persas, más dispersa que los atenienses: sin jefe, sin orden, abatida, despojada, lacerada”; Il Principe, cap. XXVI). En el Medioevo no existía el concepto de “patria”, sino el de fidelidady sujeción por parte del súbdito. Para Machiavelli, la “patria” es la comuna libre, pero ese concepto le aparece muy luego como una cosa demasiado pequeña y por eso él mismo propone la constitución de una confederación italiana que sea un baluarte contra los extranjeros: su concepto de patria, por lo tanto, se amplía. La negación del Medioevo iliberal es justamente la delineación de los ideales de patriotismo, gloria, libertad de la patria.

    Para algunos pensadores, no habría sido sólo el fundador de la ciencia política, sino también el primer teórico del Estado burgués: autónomo en sus estructuras, funcional y finalizado a garantizar el desarrollo de las fuerzas y de las actividades económicas. La “virtud” es laboriosidad y capacidad de ganancia. El “Estado fuerte” se funda en la fe en el progreso espiritual, moral y cultural.

    Machiavelli pone las bases del liberalismo moderno, entendido como la doctrina que se asume la tarea de defender la libertad. Machiavelli ya teoriza el “contractualismo”, que considera al Estado como el fruto de una convención entre los individiduos afirmando además la coincidencia del interés privado con el público. También el individualismo es la base misma del liberalismo y el valor absoluto de la persona humana. En cuanto a la libertad, no se trata de la libertad del individualismo moderno, sino de una situación que tiene que ver con los equilibrios de fuerzas en el Estado, que deben determinar el predominio de uno solo. La libertad se obtiene cuando los diversos grupos o estratos que componen el Estado están involucrados en la gestión de la decisión política. No es la libertad del individuo con respecto al poder del Estado, sino que está más cercana a la idea de libertad antigua que se tiene cuando se interviene en las  decisiones políticas. La libertad de Machiavelli admite el conflicto: el conflicto no es en sí una causa de debilidad, sino que da dinamicidad al conjunto político, lo mantiene vital; esta vitalidad produce progreso en cuanto deja abiertos espacios de libertad que consisten en la prerrogativa de cada uno de intervenir en las decisiones políticas profundizándola con las otras partes. En esto, su pensamiento es diverso de la idea clásica de orden político como “solución de los conflictos”. Los antiguos veían, en efecto, en el conflicto un elemento de inestabilidad de la comunidad política.

    El hombre moderno se emancipa de lo sobrenatural y proclama su autonomía, tomando posesión del mundo. El liberalismo de Machiavelli es antipapal, antiimperial y antifeudal. Desde el punto de vista organizativo, la república es superior a la monarquía en cuanto no permite que prevalezca la voluntad de uno solo. El bien común puede prometerlo solo una ciudadanía libre. Como típico hombre del Renacimiento, rechaza el dogmatismo escolástico-religioso medioeval como una manera de liberarse de los prejuicios y enfrentar la naturaleza humana con una actitud científica. Está claro que esta posición de Machiavelli no era aceptada por la Iglesia de la Contrarreforma, pero tampoco lo fue por el Fascismo, a pesar de su sed de hegemonía, justamente, por su “corte” liberal. Porque es bueno recordar que la hegemonía (como dirección y consenso) no coincide con la política “ordinaria”, sino que constituye una cualidad adjunta a ella. Se requiere del dominio (fuerza y coerción), que el Fascismo consideraba como un acto mismo con el consenso. El Príncipe maquiaveliano ejercita el dominio, pero debe gobernar con el consenso. Para llegar al poder, debe desplegar una  acción hegemónica, pero que debe estar siempre apoyada por una conciencia de la realidad objetiva y de una subjetiva capacidad de actuar. O sea, lo que Machiavelli define como “virtud” que, en el caso de este tipo de soberano, debe ser extraordinaria.

    En el curso de una acción hegemónica, el príncipe debe pensar en su propia “gloria”. Según explica Machiavelli en el Cap. IX de su tratado, el principado civil se obtiene por el apoyo del “pueblo” (la burguesía) o de los “grandes” (la nobleza”). El apoyo al pueblo no es “caritativo”, sino que responde a una profunda lógica política. En efecto, éste desea no ser mandado ni oprimido por los grandes y – a su vez – los grandes desean mandar y oprimir al pueblo. De estos “humores” nace uno de estos tres efectos: o principado o libertad o licencia. Cada fuerza escoge al príncipe por razones distintas: los grandes hacen príncipe a uno de ellos cuando no pueden resistir al pueblo; el pueblo hace príncipe a uno de ellos para estar defendidos por su autoridad.

    Los efectos son los siguientes: aquél que viene al principado con la ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad, porque tiene entorno a muchos de sus iguales, a los que no puede mandar ni manejar a su modo; aquél que viene por el pueblo, encuentra a poquìsimos que no estén preparados para obedecer. Además, para satisfacer a los nobles es necesario cumplir injusticias y ofensas, porque ellos piden riquezas y privilegios; el pueblo es más honesto porque sólo pide no ser oprimido. Pero no es que Machiavelli lo mire con más simpatía por un juicio moral, sino porque políticamente es más dúctil y sirve como “instrumentum regni”. Por otro lado, el príncipe no puede nunca asegurarse del pueblo como enemigo, porque sus miembros son demasiados; en cambio, sí de los grandes porque son pocos. Lo peor que puede esperar del pueblo es el ser abandonado por él, pero de los grandes no debe temer solo eso, sino que se venguen de él. En efecto, dado que tienen mayor visión y astucia, en las crisis logran salvarse a tiempo, quedar incólumes y ponerse al servicio del vencedor. Aun así, el príncipe necesita vivir siempre con el mismo pueblo, pero puede no estar con los mismos grandes, haciéndose y deshaciéndose de ellos todos los días.

    El consenso hegemónico se obtiene asegurando las necesidades de la vida. Siguiendo el ideal de la república romana, toda la “plebe” està llamada a ser príncipe, en el sentido de producir un “vivir civil”. Porque la política no puede ser separada del “valor” que significa actuar de manera libre y consciente, esto es de la virtud civil. A fin de cuentas, no existe una “ciencia política” general capaz de dar certidumbres. Nada está garantizado, nada es cierto, con respecto a la construcción y al logro definitivo de una buena política. Casi al término del Cap. XXV de Il principe, Machiavelli tiene una duda radical: tal vez no es verdad que un Príncipe, aunque fuese extraordinariamente virtuoso, logre cumplir la empresa que ha preparado para él. El desconcierto nace en el punto más delicado: la fortuna está en perenne “variación”, y éste es el dato de la realidad, pero será el hombre el que esté en grado de cambiar a sí mismo, quedando en sintonía con las cosas, aunque éstas cambien rápidamente. Los hombres, como tienen “rostro diverso”, posee también un diverso “ingenio y fantasía”, y, como ejemplo, Machiavelli reconduce esta disparidad a dos diversos tipos: el “impetuoso” decisionista y el prudente “respetuoso”.

    Y prefiere al primero, porque es la voluntad la que actúa, es la virtud que sabe imprimir su signo en las cosas. El peso de la fortuna con respecto a la virtud sólo puede ser enfrentado e iluminado en el ámbito de la praxis, sólo se puede experimentar y medir en el trabajo de la acción, dejando en la “materia” de las cosas la propia “forma” subjetiva. Pero los seres humanos están acostumbrados a conducirse de una cierta manera y son renuentes en abandonar su modo de ser. Así ocurre que mientras los tiempos varían impetuosamente, el hombre no está en condiciones de cambiar a sí mismo. Y ni siquiera un hombre virtuoso como el Príncipe nuevo puede, saliendo de su naturaleza, seguir las vicisitudes de todos los tiempos. Porque la fortuna es árbitra de la mitad de nuestras acciones y la otra mitad corresponde al gobierno humano. Sin indicar la fuente, los cronistas han difundido la tradición que –cuando Machiavelli fue a entregar el manuscrito de Il Principe a Lorenzo, duque de Urbino, nieto de Lorenzo el Magnífico – éste se mostró más interesado en una pareja de perros de caza que le habían regalado. Verdadero o falso, el episodio quiere dejar en claro que el tiempo de los grandes políticos florentinos ya había llegado a su ocaso. Y la fortuna no estuvo de parte del creador de la ciencia política.

  • La Mujer en las Letras a través de la Historia: Verónica Franco, la Apertura de las Voces Femeninas.

    La Mujer en las Letras a través de la Historia: Verónica Franco, la Apertura de las Voces Femeninas.

    En la Edad Media se empieza a pavimentar el difícil camino para que la mujer tenga un rol reconocido en la literatura europea y es así que ya en el siglo XVI se difunde con éxito, la obra de esta cortesana y poetisa de las cortes de Venecia.

    Para efectos pedagógicos, la Edad Media se puede dividir en tres etapas, que en este caso coinciden con tres visiones en torno a la figura de la mujer. La primera comprende desde el siglo V hasta el X, en donde es vista sólo como un objeto procreador. En una segunda etapa (X-XII) vendrá a constituir el objeto de deseo desde una perspectiva platónica y virginal gobernada por el amor cortés.

    Finalmente, en el período que comprende desde el siglo XIII hasta el final de la Edad Media (siglo XV), comenzará un proceso de liberación femenina que se verá reflejado posteriormente en el auge de escritoras en el Renacimiento y Siglo de Oro español. En este período, que literariamente se considera como un Neoamor Cortés, la mujer se igualará al hombre tanto en el sufrimiento como en el deseo.

    Retrato de Verónica Franco, Paolo Caliari, Worcester Art Museum, Massachusetts, USA

    Hubo varias mujeres que intentaron, y que en efecto, lograron escapar del yugo masculino y dedicarse a las letras. Ejemplos desde las más antiguas como Wallada, la Omeya del Califato de Córdoba, Leonor López o Blanca de Castilla, han dejado un breve pero intenso legado de escritos que demuestran sus fuertes impulsos hacia la literatura. Existe un personaje femenino cuyo polémico actuar ha sido fuente de inspiración para el cine, pero más bien por su particular vida y no tanto por sus escritos. Se trata de la veneciana Verónica Franco.

    Verónica Franco, nace en Venecia en 1546. Perteneció a una clase intermedia entre los aristócratas y plebeyos, llamada los “Cosiddetti”, o bien ciudadanos originarios. Su madre Paola Fracassa, es de especial importancia en su vida, ya que es ella quien incita a su hija a seguir su mismo destino y convertirse en cortesana. Tempranamente, su padre la obliga a contraer matrimonio con Paolo Panizza, un reconocido doctor, pero su espíritu rebelde la obliga a separarse de su marido y convertirse rápidamente en “cortigiana onesta”, es decir, una prostituta de alto rango (destinada a satisfacer a la nobleza), que cautivó muy pronto las cortes de Venecia tanto por su despampanante belleza y simpatía, como también por su gran preparación intelectual.

    La joven alcanza la fama tras la visita en 1574 del lozano Rey de Francia Enrique III, quien al desembarcar exige pasar una noche con Verónica. Es después de este encuentro que la cortesana logra obtener un poco más de libertad y consigue autorización para publicar y estar a cargo de compilar una edición colectiva de versos. Es justamente esta vertiente de la vida de Verónica Franco la que interesa rescatar, ya que es realmente impactante la soltura de sus escritos. Esta libertad la consigue, como es predecible, por su cercanía a los nobles, ya que al ser sus amantes clandestinos, se ven en la obligación a apoyar y encubrir las actitudes radicales de la cortesana.

    Película de 1998, Dangerous Beauty.

    Verónica Franco, escribe lo que quiere sin tapujos ni encubrimientos, sus poemas son en la mayoría amorosos y eróticos. Además, existen vestigios de la correspondencia que mantenía con su real amante. Su talento es tal, que incluso el Rey Felipe publica sus textos. Lo interesante es que ya en esta escritora se evidencia una conciencia de público; no son escritos personales o textos de almohada, sino que han sido construidos para su posterior difusión, ya sea en las tertulias de la corte, en donde ella misma las relataba o por escrito, en las tantas publicaciones que los nobles le auspiciaron. Así lo evidencian poemas suyos como la Rima XVII Della Signora Verónica Franco:

    Questa la tua Verónica ti scrive,
    signor ingrato e disleale amante,
    di cui sempre un sospetto ella ne vive…
    Forse ch ́é buona in ció la sorte mia;

    e forse ch ́i non son priva di quello/ ch ́ad arder l ́alme volontarie invia”.

    De manera inevitable, este espíritu rebelde fue llevado a proceso por la Inquisición, pero gracias a la ayuda de sus amantes nobles, logra salvar ilesa. A sus treinta y cuatro años decide dejar su profesión con la intención de crear una casa de acogida para prostitutas, pero no existen evidencias de que su plan se haya concretado. A pesar de todos sus esfuerzos, su fin, once años más tarde, coincide con el de la mayoría, sino todas, las prostitutas de la época. En 1591 muere sola producto de la peste negra, pero su vida y obra dejó una huella que pese a todos los intentos masculinos, nunca pudo borrarse de las memorias colectivas, transformándose en un verdadero mito. Verónica Franco marcó el inicio y camino para la posterior liberación femenina, logrando que las voces y el legado literario de la mujer salieran del silencio.

  • La cultura Romana

    La cultura Romana

    Matemáticas: reprobado. Física: reprobado. Astronomía: reprobado. Las notas de un romano medio en materias científicas, hubieran sido un desastre. Inteligente pero no aplicado.

    A los romanos las ciencias no les interesaban, o mejor, se interesaban y ocupaban de ellas sólo si tenían un efecto práctico inmediato. Era gente concreta, que imponía un dominio militar y político, no científico. Distinto de lo que había acontecido en el mundo griego, en donde las ciencias habían florecido y habían producido a grandes “cerebros” del calibre de Euclides y Arquímedes, asesinado por las legiones que saquearon Siracusa en el 212 a.C. Tanto que, muy a menudo, en las casas de la Urbe, los esclavos griegos eran bastante más cultos que sus patrones, e incluso sus tutores.

    Por lo tanto, los conocimientos de los romanos en materias científicas derivaron de obras griegas y así también sus textos, parecidos a enciclopedias en donde se trata de recopilar todo el saber humano. Es el caso, por ejemplo de Plinio el Viejo, un ex oficial de caballería que produjo una monumental “Naturalis Historia” en 37 libros, que van desde la geografía hasta la medicina, de la metalurgia a la botánica. Lo escribió entre el 77 y el 78 d.C., justo antes de morir asfixiado por los humos del Vesubio, que, como buen científico, había querido ver demasiado cerca.

    Cayo Plinio segundo el viejo

    La ambición de Plinio era destacable pero el resultado científico escaso. En la “Naturalis Historia”, las informaciones fundadas desde un punto de vista científico se mezclan con interpretaciones erradas o fantasiosas. Un ejemplo: hablando de las celdas de los panales de las abejas, Plinio sostenía que eran hexagonales porque cada una de las seis patas de la abeja construía un lado. En realidad, son así porque de tal forma permite la optimización del espacio para almacenar la miel.

    GEÓGRAFOS POR OBLIGACIÓN:

    Un poco mejor les iba en geografía, aunque siempre los conocimientos eran de segunda mano. De Grecia, los romanos habían heredado una concepción esférica de la tierra: un globo, que fue representado en muchas monedas a partir del 76-75 a.C., situado al centro de una esfera celeste con dos polos, los trópicos y el ecuador. Los mapas geográficos estaban bastante bien hechos, porque tenían que responder a las exigencias de los militares y de los mercantes. La confección de mapas, tuvo un gran impulso en los tiempos de Augusto, cuando se hizo uno con todo el mundo conocido, llamado el “mapa de Agrippa”, para cuya realización se tomaron veinte años.

    El interés en las medidas del espacio se manifestaba también en la precisa división de las tierras, sea en la ciudad como en los campos: la “centuración” (centurazione), una subdivisión del territorio en forma de “ajedrez” la cual facilitaba el censo de la población y las atribuciones precisas de la propiedad. La centuración estaba administrada por especialistas, los mensores, los cuales tenían discretas competencias de geometría e instrumentos de medida adecuados, como la groma.

    ¿QUÉ HORA ES?:

    Entre sus contemporáneos, destacaba el talento de Julio César. Hombre de cultura además de gran estadista, entre una batalla con los galos y una cita con Cleopatra había estudiado astronomía, dándose cuenta que el calendario que estaba entonces en uso “se atrasaba”. Nadie en Roma era capaz de solucionarlo, así que Cesar llamó a un astrónomo alejandrino, Sosígenes, el cual inventó el año bisiesto. El calendario juliano permanecerá en vigor, sustancialmente invariado, por 16 siglos.

    Distintamente de los griegos, los romanos hacían comenzar el día civil en el transcurso de la noche y no al atardecer. En su origen, se refería a los distintos momentos de la jornada con expresiones como gallicinium (el instante en el cual canta el gallo), diluculum (el surgir del día), ad meridiem (alrededor del mediodía), prima fax noctis (el momento en el cual se enciende la primera antorcha), y así sucesivamente.

    En el 273 a.C., el día fue oficialmente dividido en horas, cuya duración eso sí era variable. De hecho el día y la noche estaban divididos en doce partes iguales. Por lo tanto en el invierno, cuando las jornadas son más breves, las horas eran de alrededor 45 minutos, en cambio en el verano eran de 75. La hora prima comenzaba a las 4:27 en el solsticio de verano y a las 7:33 en aquel del invierno.

    Para medir el tiempo se usaban las clepsidras de agua (la primera es del 11 a.C.) o las meridianas, las cuales se basaban en las sombras proyectadas por el sol. Las horas principales eran anunciadas en las plazas con fuertes gritos: los ciudadanos romanos no conocían la hora exacta por las campanas, sino que por los gritos. Tanto era así, que Juvenal decía que le daban pena los sordos, porque nunca sabían que hora era.

    GRANDES ARQUITECTOS:

    Las disciplinas técnicas en la cual los romanos destacaban en serio, eran la arquitectura y la ingeniería civil. Los atestiguan los puentes,los acueductos, los anfiteatros, los templos y  otras construcciones que han llegado hasta nuestros días y también algunos textos fundamentales, como el “De Architectura” de Vitruvio Pollione, escrito entre el 25 y el 23 a.C. En los 10 libros que lo componen, Vitruvio habla también de hidráulica y de gnomónica, el arte de construir las meridianas, y, por primera vez se encuentran descritos los tres órdenes arquitectónicos clásicos: dórico, jónico y corintio.

  • Juan Mauricio Rugendas Pintura Chilena del Siglo XIX

    Juan Mauricio Rugendas Pintura Chilena del Siglo XIX

    Atraído por el exotismo de América, Rugendas dejó atrás su Baviera natal y cruzó el Atlántico para conocerla. Diez años estuvo en Chile dando, por primera vez, forma pictórica a las costumbres nacionales. Su colorida obra, que retrata la vida cotidiana del nuevo país, es un legado esencial para la identidad chilena, y una impronta duradera en el incipiente arte nacional.

    Juan Mauricio Rugendas nació en Augsburgo, Alemania, el 29 de marzo de 1802. Hijo del dibujante, grabador y director de la Escuela de Arte y Dibujo de Augsburgo, Johann Lorenz Rugendas y Regina Lachler. Su padre apoyó desde un comienzo su vocación artística, y con el propósito de que el joven tuviera una formación más acabada, lo envió a Munich.

    Imbuido por el ánimo viajero de los artistas de la época, Rugendas se embarca a muy temprana edad en una expedición que habría de realizarse en la selva amazónica de Brasil. Después de presenciar la declaración de independencia de ese país y la coronación del primer emperador, Pedro I, emprendió el viaje a la selva, donde hizo dibujos, acuarelas y bocetos. Producto de su mala relación con el organizador de la expedición, decide regresar a Europa, llevando consigo muchos de sus dibujos.

    De vuelta en el viejo continente, Rugendas visita todas sus grandes capitales, entrando en conocimiento de los artistas y científicos más destacados de la época, dentro de los cuales cabe destacar a Humboldt, quien habría de elogiar su trabajo. El 30 de abril de 1831, decide iniciar un segundo viaje a América, llegando a México. Fue en esta etapa, enfrentado a la magnífica geografía del país del norte, que el paisaje comenzó a adquirir fuerza en su obra.

    Expulsado de México por una presunta participación conspirativa, Rugendas recala en el puerto de Valparaíso en 1834, visita que se prolongaría hasta 1842. Las autoridades nacionales, al enterarse de la llegada del pintor, le encargaron inmediatamente algunos trabajos, entre los cuales se cuentan “La llegada del Presidente Prieto a la Pampilla” y “La batalla de Maipú”. Pero lo que más seducía a Rugendas era conocer a los araucanos, de quienes se había enterado por la lectura del poema épico de Ercilla. En su viaje a la zona de la frontera, y aprovechando la cercanía física que tuvo con sus modelos, pintó retratos, representaciones de araucanos a caballo y grupos de figuras. También pintó algunas de las escenas que rondaban el imaginario chileno respecto de los indígenas, como las de asaltos y raptos de mujeres blancas.

    Rugendas estudió la fisonomía cultural del pueblo chileno, sus tradiciones y sus tipos humanos. Dibujó y pintó con predilección los personajes y costumbres más arraigadas del país, al campesinado, a los grupos urbanos modestos, al paisaje cultural. Fue un cronista gráfico, cuya obra, además de su calidad estética, interesa por su carácter histórico y documental. Muere en Wilheim, el 29 de mayo de 1858, a causa de la rotura de una arteria del corazón, lejos de las tierras donde alcanzara la consagración artística.

  • Friedrich  Hayek y la Filosofía de la Humildad

    Friedrich Hayek y la Filosofía de la Humildad

    Se recuerdan los debates de Hayek con John Maynard Keynes sobre política monetaria, la teoría de los ciclos de negocios, y su crítica de la planificación central. La mayor contribución de Hayek, sin embargo, es un corto ensayo publicado en 1945: “El Uso del Conocimiento en la Sociedad”. En este ensayo se argumenta a favor de la libertad económica y la economía de mercado, argumentos que continuaría expandiendo y refinando por el resto de su vida.

    Para Hayek las limitaciones del conocimiento humano nos obligan a depender del mercado, ya que el conocimiento sobre las preferencias del consumidor y de los procesos productivos está esparcido por toda la sociedad y es imposible juntarlo sistemáticamente para propósitos de planificación central. Hay demasiada gente con sus correspondientes deseos y necesidades como para manejarlos y procesarlos a través de una autoridad central. Pero ésto se puede resolver con súper computadoras que almacenen y traten la información para efectos de planificación central.

    El problema mayor es que mucho del conocimiento o información económica relevante es tácito y no está expresado. Un granjero puede saber como manejar su granja para obtener mayor productividad, pero no puede explicar sus habilidades de manera que puedan ser entendidas por observadores objetivos para transformarlas en datos útiles para la planificación central. Saber “como” hacer algo, no es equivalente a explicar el “que” se hace. Por eso, los comentaristas deportivos no son eximios atletas o los críticos de teatro, grandes actores.

    La información para efectuar transacciones económicas es insuficiente. Los consumidores no conocen a fondo sus propios deseos ni sus necesidades, ni tampoco los productores sus posibilidades técnicas, sino hasta que se enfrentan a las opciones del mundo real. Hayek sentencia de manera simple para este fenómeno: “lo desconocido no se puede planificar”. Es difícil imaginar desear tener un teléfono móvil, un iPod o un notebook, antes de haberlos visto a la venta por primera vez en alguna vitrina. Por eso sólo la economía de mercado descentralizada puede producir las maravillas tecnológicas que nos rodean hoy, pero no un sistema de planificación central. El mercado es un proceso de descubrimiento y no sólo un sistema de asignación de recursos.

    El terrible desempeño de los sistemas económicos de planificación central al estilo soviético validan las observaciones de Hayek. Las economías enclaustradas de Europa del Este tuvieron logros específicos: conquista militar, exploración del espacio, competencias olímpicas; pero nunca fueron capaces de proveer viviendas decentes, buen transporte o bienes de consumo para su gente. A sus sistemas de planificación siempre les faltó la información necesaria para manejar los multi variados procesos de interpretar necesidades y de producción eficiente de las sociedades avanzadas, así como la capacidad de innovar. ¿Qué invento fuera del fusil AK-47, el resto del mundo estaba dispuesto a comprar?

    Los economistas están de acuerdo que Hayek fue un distinguido economista, pero no leen ni se refieren mucho a su trabajo que no era de índole matemática. De hecho Hayek era muy crítico de los modelos matemáticos que dominan la economía contemporánea. Hayek era un economista en la gran tradición de Adam Smith y de John Stuart Mill . Hayek se distinguió más como filósofo que como economista. En sus últimos trabajos, desarrolló su entendimiento de los procesos de mercado en una teoría más amplia de la sociedad humana. Milton Friedmann pensaba que Hayek “fue el más importante pensador social del siglo XX”.

    Hayek, hacía distinción entre orden elaborado u organización por una parte; y orden emergente o espontáneo, por otra. Las organizaciones, como los departamentos administrativos de gobierno son sistemas estructurados de “arriba a abajo”, con una pirámide de autoridad con el ministro en el tope. Las órdenes de arriba son transmitidas a través de la cadena de mando hacia abajo, de manera que el ministro sea responsable por lo que realiza el departamento en todos su niveles. Las organizaciones formales como departamentos de gobierno, corporaciones, iglesias, hospitales, universidades, etc.; son indispensables para lograr objetivos bien definidos, pero están limitadas por los tacos de información en la cima, con los resultantes cuellos de botella.

    Si la organización es una pirámide de autoridad, el orden espontáneo es una red de interrelaciones. La interacción de los ejecutivos, siguiendo reglas locales producen un orden global. En el caso paradigmático del mercado económico, los individuos persiguiendo obtener ganancias y evitar pérdidas, negocian entre ellos, de donde surgen los precios flotantes para equilibrar oferta y demanda. Nadie tiene ésta a cargo, nadie tiene que decidir cuánto se debe producir o cual será el precio del mercado. Así el mercado evita la pérdida de información que afecta el orden organizacional. Las necesidades y habilidades de cada comprador y vendedor son parte de una red compleja de información. Cuando un huracán interrumpe laextracción de petróleo en el Golfo de México, los precios suben en todo Norte América. Se les avisa a los consumidores de economizar, mientras que los productores en otras zonas sacan inventarios o bombean más petróleo de los pozos. El tráfico automotriz continúa fluido e ininterrumpido sin órdenes del gobierno desde la altura. El conocimiento humano es un orden espontáneo, que no está bajo la autoridad o control de nadie. El lenguaje no fue creado por nadie en particular; es un ejemplo clásico de lo que el filósofo escocés Adam Ferguson llamara “el resultado de la acción humana pero no del diseño humano”. El lenguaje hablado consiste en emitir sonidos de acuerdo a ciertas reglas que entendemos en el sentido tácito de ser capaces de seguir, pero no de explicar lo que son. Los lingüistas pueden descubrir estas reglas a través de su investigación, pero no se necesita ser lingüista para comunicarse a través del lenguaje. Una vez que el lenguaje tiene existencia podemos valernos de las técnicas de organización para mejorar la comunicación. Los lexicógrafos pueden desarrollar listas de palabras, establecer definiciones, y publicar los resultados en diccionarios. Los gramáticos pueden a su vez establecer la reglas del lenguaje y publicarlos en textos de gramática. Pero todos esos esfuerzos son sólo momentos en el tiempo, reflejando el uso del leguaje pero no determinándolo. Con el paso del tiempo, el uso cambia inexorablemente, así que los diccionarios y la gramática deben ser revisados constantemente para seguir siendo útiles. La evolución lingüística se produce en forma espontánea, pero con un alto grado de orden y coherencia.

    Otro ejemplo de orden espontáneo es el “Common Law” (derecho consuetudinario) de los pueblos anglo sajones. El Common Law es el compendio de reglas de conducta que surgen de las decisiones de las Cortes desde la Edad Media. Estas reglas nunca fueron escritas como principios generales en formato legislativo; más bien son reglas inferidas de las decisiones de los jueces en casos particulares. La coherencia de este sistema se deriva del principio de stare decisis (queda decidido), bajo el cual los jueces deben seguir los precedentes legales de decisiones anteriores, apartándose de las mismas sólo si las circunstancias de un nuevo caso, hacen imposible seguir el modelo ya delineado por casos anteriores. Los jueces deciden en forma local casos particulares, aplicando el concepto de justicia como ellos lo interpretan; mientras que las reglas generales de precepto emergen en forma global, a medida que los jueces siguen las decisiones anteriores como precedentes.

    Un tercer y más contemporáneo ejemplo de orden espontáneo es Wikipedia, hoy por hoy la enciclopedia más usada a nivel mundial.. Uno de los fundadores de Wikipedia, Jimmy Wales, ha expresado como fue influenciado por Hayek a través de la lectura de uno de sus ensayos: “El uso del Conocimiento en la Sociedad”. “Uno no puede entender mis ideas acerca de Wikipedia sin entender el mensaje de Hayek”, escribió hace un tiempo, Wales. Wikipedia funciona permitiéndole a quien sea, “postear” artículos sobre el tema de su preferencia, con algunas limitaciones y salvedades con respecto a responsabilidad legal de autor en términos de difamación. Una vez “posteados” los artículos pueden ser revisados y enmendados por cualquier lector. Los empleados de Wikipedia intervienen sólo cuando se producen guerras inflamatorias entre autores con agendas de propaganda política. Todo el proyecto de Wikipedia está apoyado por aportes voluntarios. Wikipedia es una organización en el sentido de que Wales y sus colaboradores tuvieron que crear una entidad legal, diseñar el software y reservar un URL en la Red; pero por otra parte constituye un orden espontáneo en cuanto su funcionamiento cotidiano, tiene que ver con “posteos” y revisiones de un sinnúmero de autores. Fiel a la formula de Hayek, este sitio ayuda a juntar los pedacitos de conocimiento distribuido por el globo en las mentes de millones de seres humanos y en sólo pocos años ha llegado muy cerca de hacer realidad la filosofía programática de Wales de “imaginar un mundo en el cual cada persona en el planeta tenga acceso libre a la suma total del conocimiento humano”

    Para Hayek, la sociedad es una red de órdenes emergentes, la interrelación de los órdenes que ocurren espontáneamente como el lenguaje, la ley de costumbres, tradiciones morales, y el mercado; o en algunos ejemplos específicos como Wikipedia, deliberadamente creada por el ingenio humano. Organizaciones como los ejércitos, las burocracias y las corporaciones también tienen un lugar en este cuadro, pero la sociedad como tal, es un orden espontáneo no una organización. El totalitarismo es un intento de transformar la sociedad en una organización total, manejada por el estado. Mussolini lo expresó mejor que nadie y en forma memorable: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”

    Hayek le da un nombre especial al error intelectual que subyace el impulso totalitario: “constructivismo”. El constructivismo es la falacia intelectual de pensar que el orden social no puede emerger espontáneamente sino que debe ser diseñado a través de la articulación de la razón humana. Los ejemplos abundan: en el socialismo se supone que el estado debe planificar la economía; en el positivismo legal, se supone que el soberano es la única fuente legítima de la ley; y en el cientificismo de Compte, se propone someter la sociedad al control de la autoridad de la tecnocracia. Cuando se le permite al constructivismo hacerse realidad con el impulso y entusiasmo de algunos, el sueño se convierte rápidamente en pesadillas totalitarias.

    La crítica de Hayek de la razón articulada implica la aprobación tácita de la razón implícita. Es el caso con las reglas de conducta que se siguen sin poder explicarlas o siquiera expresarlas; el comportamiento moral siendo un buen ejemplo de esto. Los niños pequeños tienen un sentido innato del yo, expresado en conceptos como “mío y tuyo”, lo cual lleva directamente a discusiones sobre lo que es justo y lo que es justicia. A medida que crecemos aprendemos a tratar a los otros con ecuanimidad en todo tipo de situaciones: compartiendo el alimento con familiares; respetando la fila en la parada de bus; dándole una nota justa a un buen alumno u otorgándole aumentos a los empleados productivos. Es posible y normal, incorporar la virtud de ser justo sin detenerse a ponderar las teorías de la justicia ontológicas o utilitaristas. Lo que importa es actuar correctamente y no teorizar sobre como hacerlo en forma consciente.

    El conocimiento tácito es uno de los grandes temas unificadores de la filosofía de Hayek. Se aplica no sólo a la moral y al lenguaje, que a pesar de ser la base de todo avance humano, lo usamos sin conciencia inmediata de las reglas que lo gobiernan y que le dan coherencia. En suma, la filosofía de Hayek es una filosofía de la humildad, que apunta a lo tácito, lo implícito, lo inconsciente, y desconfía de las supuestas muchas virtudes de la razón articulada y consciente. La importancia del conocimiento tácito es el argumento fundamental en beneficio de la libertad humana: “Lo desconocido no se puede planificar”. Aún el más brillante y erudito de los intelectuales no puede asimilar el conocimiento tácito de los demás. Pero los resultados sociales serían óptimos si a cada persona se le permitiera utilizar el conocimiento que solo él o ella posee con respecto a sus aspiraciones, sus gustos y sus habilidades. Suplantando la decisión individual con planificación puede aparecer superficialmente racional, pero es en verdad irracional porque entorpece el proceso a través del cual la información realmente útil puede utilizarse para el servicio de otros. En el fondo, la defensa de la libertad de Hayek se basa no en una concepción de derechos humanos sino más bien en argumentos sobre utilidad en un mundo de información incompleta e imperfecta.

    Hayek también aborda temas como la libertad individual, el poder de los mercados, los límites del Estado y la sujeción del poder gubernamental a la ley. Hayek se veía a sí mismo como un liberal del siglo XX , no como un conservador. De hecho escribió en su momento un ensayo titulado “Por Que No Soy Conservador”. Pero sus opositores lo tildaron de conservador por la importancia que Hayek le daba a la libertad humana, los derechos de propiedad y a los mercados. Su versión del liberalismo tiene similitudes al conservadurismo dado el énfasis en las limitaciones de la razón humana y la importancia en conservar la sabiduría del pasado incorporada en las costumbres y tradiciones. Muchos liberales clásicos como Jeremy Bentham y John Stuart Mill, eran altamente racionalistas, glorificando la habilidad de la razón humana para entender procesos sociales y mejorarlos a través del diseño consciente de alternativas superiores. Pero Hayek, consciente de la debilidad de la razón, entendía tradición más a la manera de Edmund Burke quien la entendía como un depósito de sabiduría heredada, fruto de la experiencia práctica. Hayek pudo haber sido el autor de las famosas palabras de Burke: “ tememos poner a los hombres a negociar y a vivir sobre la base de su capital individual de razón, porque creemos que ese capital es pequeño y que sería preferible que dependieran del banco y capital de naciones enteras y del pasado ancestral”. La gran amenaza para la sociedad es el intelectual racionalista que pretende arrasar con todo para recomenzar con principios claros y simples en vez de respetar la sabiduría tácita de los ancestros. Tal racionalismo es un “engreimiento fatal”, la presunción de que el hombre pueda diseñar la sociedad en la que va a vivir.

    Típico de los liberales europeos, Hayek no fue un pensador religioso y siempre se consideró agnóstico, pero sí se convenció del valor y aporte positivo de la religión como una manifestación de la tradición. Después de su muerte en 1992, fue sepultado en una ceremonia católica en Viena. El sacerdote que presidiera el entierro dijo de Hayek lo siguiente: “él era alguien siempre en busca de una respuesta al problema de la religión y vivía una batalla interna constante con el concepto de lo que llamamos Dios. Siempre se resistió a un Dios antropomórfico. No quería un Dios que fuera sólo un poco más que un hombre”

    En la piedra sepulcral, traída de los Alpes Tiroleses, donde Hayek amaba pasear y escalar, hay una simple cruz. Quizás esta simple cruz sea un reflejo de lo que el escribiera en su momento: “Me pregunto que si lo que mucha gente quiere decir cuando hablan de Dios no es solo la personificación de la tradición moral y valores que mantienen a sus comunidades vivas”. La importancia de Hayek es ofrecer una base intelectual para las diferentes corrientes del conservadurismo moderno. Para aquellos que desean ver una economía de mercado, ofrece una explicación sofisticada de los derechos de propiedad y el libre intercambio.

    Para los conservadores religiosos, perturbados por la declinación de la religión y la moralidad tradicional, explica la importancia de confiar en la sabiduría heredada. Para los populistas, furiosos por los esquemas reformistas de las elites culturales y sociales, apunta a la importancia del sentido común y a la fragilidad del racionalismo de los intelectuales. Y para aquellos preocupados por las amenazas externas como el comunismo, o más recientemente, el Islamismo radical, ofrece una crítica coherente de todas las formas de teocracia y de totalitarismo.

    Hayek siempre se mantuvo alejado de la política contingente, a sabiendas que era incompatible con su rol de erudito y de filósofo. En 1947 fundó la Sociedad Mont Pelerin, que aún se dedica a difundir la visión liberal de la sociedad libre. Triunfó a través del poder de su pensamiento iluminado. En los 80, sus obra influenció los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y su pensamiento renació en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín; sirviendo de inspiración y guía a muchos reformadores de mercado y políticos conservadores. Aún cuando siempre negó ser un conservador, sigue siendo la mejor guía práctica de lo que significa ser conservador en el mundo moderno.

  • El Otoño de la Edad Media

    El Otoño de la Edad Media

    Una lectura indispensable para un primer acercamiento de lo que son los últimos dos siglos de la Edad Media es el libro del holandés Johan Huizinga, El Otoño de la Edad Media.

    Es un período también conocido como la Baja Edad Media, que Huizinga supo retratar con maestría, con sus descripciones dotadas de gran colorido, exaltando la importancia de los sentimientos, los símbolos y las imágenes, en este período marcado por su violento inicio, de la mano de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Huizinga supo rescatar, en medio de lo que tradicionalmente se conocía como “Crisis Bajomedieval”, la riqueza cultural de una época de transición entre el mundo medieval y el mundo moderno.

    Publicada en 1927, el autor retrata la mentalidad de Francia y los Países Bajos durante los siglos XIV y XV, resaltando sus manifestaciones artísticas y literarias, pero también describiendo aspectos de la vida cotidiana, como la actitud ante la muerte el amor, la pomposidad de las ceremonias, la exaltación de los sentimientos y la importancia de las apariencias en contraste con la decadencia de los simbolismos. En su prólogo, el autor explica que este extenso trabajo, en principio, buscaba comprender el contexto histórico e   ideológico en el que Van Eyck desarrolla su obra artística. El resultado fue una obra ya considerada un clásico de la historiografía medieval.

    La historiografía tradicional describe la Edad Media como aquel extenso período que comprende la historia europea entre los siglos V y XV. Y la llamada “Baja Edad Media” comprende los dos últimos siglos. Una época que tradicionalmente se ha identificado con la crisis que azotó Europa a mediados del siglo XIV, ignorándose su legado cultural y la importancia de éste para el desarrollo de Occidente. A fines del siglo XIII se vive una época de esplendor, cuando los reinos occidentales viven tiempos de bonanza económica, crecen las ciudades y los reyes, gracias al desprestigio que vive el sistema feudal por el aumento de la población urbana, libre de los vínculos vasalláticos, va aumentando su poder, configurándose lo que serán las monarquías absolutas del Mundo Moderno.

    En el plano cultural, es el siglo de apogeo de la Escolástica y la Summa Teológica de Santo Tomás. La labor de las órdenes mendicantes ha sido muy fecunda, logrando un mayor acercamiento del laico hacia la vida espiritual, a través de la promoción del culto a los santos, la devoción a la Virgen María, el rezo del Rosario, entre otras muestras de devoción popular. Sin embargo, ya en las primeras décadas del siglo XIV esta bonanza se vio perturbada por una grave crisis económica: varias temporadas seguidas de malas cosechas provocan graves hambrunas, un aumento de la pobreza y gran descontento hacia 1315.

    La mitad del siglo trae nuevas convulsiones, que nos hacen notar la crisis que vive el siglo XIV. El primer jinete del Apocalipsis, el Hambre, cabalga desde 1315.  Hacia 1330, estalla la Guerra de los Cien Años, que se relaciona con otros conflictos y guerras civiles, involucrando prácticamente a toda Europa Occidental. Es la Guerra, el segundo Jinete. Y en 1348, llega la Peste, tercer Jinete, la mortífera  peste bubónica, que diezmó a la población europea. El Cuarto Jinete, la Muerte, llega acompañando al primero de ellos, pero su cabalgada se hará cada vez más temible. Sobre todo con la Peste. A fines del siglo XIV estalla el Cisma de Occidente, que contribuye a una mayor confusión y desamparo de la población europea. Pero no todo es negativo, y por eso es necesario resaltar tanto las luces como las sombras de este período. Toda crisis supone cambio, introspección y crecimiento. Y la crisis del siglo XIV será fecunda para la literatura y el arte.

    El siglo XV comienza resolviendo todos los problemas aparecidos en el XIV: lentamente, la población va recuperándose, la crisis económica va desapareciendo, la Iglesia vuelve a unirse y los reinos logran su consolidación, surgiendo con fuerza los nacionalismos. Y en esta época de mayor prosperidad, es comprensible un aumento de la producción artística y literaria, que se nutre e inspira de un nuevo sentimiento, siempre presente en la mentalidad cristiana medieval, pero exacerbado en tiempos de crisis, que valora la vida como algo fugaz y presenta a la muerte como la gran limitante del hombre: Contemptus Mundi (el desprecio del mundo), Carpe Diem (aprovecha el día) y Memento mori (recuerda que eres mortal), a pesar de que parecen tres tópicos muy contrarios entre sí, en realidad son tres caras de la misma moneda: tres formas de enfrentar esta vida perecedera.

    Por otro lado, la crisis del siglo XIV, como todas las crisis, trae cambios. Sobre todo, una nueva mentalidad, que se ve sobre todo en la filosofía: la Escolástica, que es la filosofía medieval por antonomasia, es cuestionada por los nominalistas, seguidores de Occam, quienes no conciben una reflexión acerca de lo divino a partir de la razón. Paralelamente, surge con fuerza el Humanismo que busca exaltar las capacidades del hombre: sus talentos, sus sentimientos y sobre todo, su razón. Se ha malentendido como un “Renacimiento”, porque “reviviría” los valores propios de la cultura clásica. Sin embargo, estos jamás se habían abandonado del todo. Y por otro lado, el Humanismo, aunque exalta al hombre y sus capacidades y deja de lado las reflexiones racionales acerca de Dios propias de la Escolástica, no es pagano como la cultura clásica. Tampoco secular como el Racionalismo: es profundamente cristiano, como lo eran los hombres medievales. Y al exaltar al hombre, lo hace resaltando su condición de creatura de Dios, superior por las capacidades que Dios le dio.

  • El Misterio de Tutankamon,  el Rey Niño

    El Misterio de Tutankamon, el Rey Niño

    ¿Por qué es tan conocido este antiguo faraón egipcio? ¿Por sus grandes obras, por su corto reinado o por su juventud? ¿Será su vida lo que le trajo la fama o será más bien su muerte?

    La verdad histórica es que este joven monarca no destacó en vida, ni como gobernante ni en la larga lista de dinastías que tuvo la grandiosa civilización egipcia. Gobernó menos de una década y siendo apenas un niño. Subió al trono antes de cumplir los 10 años y de ahí en adelante no fue mucho lo que alcanzó a hacer antes de su muerte. Su extraña muerte.

    El arqueólogo británico Howard Carter

    ¿Su fama? Tal vez la única manera que encontró Tutankamón de destacar, fue recién en el mundo de los muertos, ese duat, donde el dios Osiris rescataba de la Sala del Juicio sólo a aquellos cuyo corazón pesara menos que la pluma de un avestruz. Y fue así. Recién tras encontrar su muerte, Tutankamón saltó finalmente a la fama. Su pequeña tumba –tan pequeña que probablemente no era para él- fue descubierta más de tres mil años después y sus tesoros, casi intactos, lo hicieron brillar como el faraón de los faraones. El mundo moderno no había conocido jamás la riqueza de tan nobles gobernantes.

    El descubrimiento fue difícil. Por años, décadas y casi siglos los arqueólogos habían buscado la manera de encontrar tesoros egipcios no saqueados. Y el británico Howard Carter no era la excepción. Tozudo y muy audaz, Carter se negaba a aceptar lo que todos los especialistas aseguraban en aquella época. Se negaba a creer que ya todo estaba descubierto en el Valle de los Reyes, un lugar con una treintena de tumbas faraónicas ya halladas. Llevaban años peinando esa zona, era noviembre de 1922, y cuando habían decidido que sería la última temporada de búsqueda, apareció una grada de piedra. Era el primer escalón para llegar a la tumba del Rey Niño.

    Primero una puerta sellada, más allá, una bóveda.Varias. Algunas cámaras secretas atestadas de riquezas, tesoros, figuras, joyas, amuletos e innumerables objetos ricamente decorados. Se veía saqueada, pero a la ligera. El desorden dejaba ver que lo principal aún estaba ahí. Los grandes tesoros empolvados demostraban que se trataba de un ajuar funerario. Pero no cualquiera. Un ajuar funerario real, es decir, monárquico. La momia que había ahí debía pertenecer a un rey, un faraón. Los estudios demostrarían después, que no tenía más de 17 ó 19 años.

    No fue nada de fácil acceder a la momia. Estaba dentro de un ataúd de piedra, es decir una enorme caja sellada, casi impenetrable. Y dentro de ella, no uno, sino cuatro sarcófagos, con formas humanas, uno dentro del otro. Al finalizar la búsqueda, el último sarcófago destellaba y encandilaba a quienes lo observaban. Completamente de oro macizo y con la famosísima máscara incrustada en lapislázuli, cuyos ojos fijos parecían haber despertado. Nadie pudo olvidar en ese momento, la antigua leyenda egipcia. Esa que castigaba a cualquiera que se atreviera a profanar el descanso eterno de un faraón. Se decía que todo aquel que violara alguna tumba, encontraría la muerte por su profanación. Era una maldición ancestral, que había recorrido milenios de historia intentando ahuyentar a los irrespetuosos.

    Mito o no, el canario que acompañaba a Carter en las excavaciones, fue devorado inmediatamente por una cobra –curiosamente la serpiente guardiana de los faraones en el Antiguo Egipto-. Y unos meses después, el financista de Carter, Lord Carnavon, fue picado por un insignificante mosquito. Una picadura más, de las miles que sufría todo aquel que pernoctara en el desierto. Pero esta vez se convirtió en una infección mortal, qué rápidamente había comprometido la garganta, el oído y uno de sus pulmones. Tras anunciarse su muerte a sus familiares, un prolongado corte de luz afectó a toda la ciudad de El Cairo. Poco después se supo que ese mismo día, pero en Londres, murió sin razón aparente su fiel perra fox terrier.

    Los rumores de la maldición habían comenzado. Vendría después el medio hermano de Lord Carnavon, quien apareció muerto en el baño de su casa y el caso del más cercano trabajador de Carter, cuya muerte no pudo ser explicada por los médicos que lo encontraron en la pieza de su hotel. La misma suerte corrió quien sacó las radiografías de la momia, la secretaria de Carter, el padre de ésta y hasta un amigo del arqueólogo. Todos habían estado en la tumba semanas antes de sus inexplicables muertes.

    Según los medios de la época, diez años después del descubrimiento, casi 30 personas relacionadas con los trabajos habían muerto sin razón aparente. Incluso pasado el tiempo, siguieron los ejemplos. Como el del Director de Antigüedades de Egipto, quien en la década del ’60 se negó a firmar la autorización para que algunas de las piezas del tesoro viajaran a París, por temor a la maldición. Luego de ser obligado a hacerlo por autoridades superiores, éste murió atropellado ese mismo día. E incluso su sucesor, quien se burlaba de los dichos populares, murió sorpresivamente la noche que supervisaba el embalaje de algunas muestras que viajarían esa semana a Londres. Y no sólo eso, la tripulación completa que voló ese avión a la capital inglesa, sufrió algún accidente misterioso.

    Hasta un científico que aseguró públicamente que las muertes de los trabajadores se debían sólo a un hongo que había en las tumbas, murió en un accidente de tránsito el mismo día que había dado la conferencia reveladora. Tras hacer la autopsia se comprobó que había sufrido un ataque al corazón minutos antes de la colisión.

    ¿Mito o realidad? Lo cierto es que la muerte, mucho más que la vida, fue lo que hizo destacar a Tutankamón. ¿Cómo murió él? Algunos explican que su prematura muerte se debió a un asesinato premeditado para usurparle el poder, mientras que otros insisten en que sólo fue un accidente de caza. Todos se basan en una fractura encontrada en su cráneo, aunque ella sólo podría deberse a una rotura provocada por los propios arqueólogos de Carter cuando retiraron la pesada máscara de 11 kilos de oro y lapislázuli que cubría su rostro. Sin embargo, hace apenas algunas semanas, científicos aseguraron que su muerte fue, simplemente, malaria y una deformación ósea heredada de sus antepasados.

    ¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿Qué quisiéramos creer y qué no? No será mejor preguntarse ¿qué habrán pensado esos obreros al ver el rostro del Rey Niño? ¿Qué habrá soñado Carter esa noche? ¿Qué habrán murmurado los saqueadores ante la imposibilidad de hacerse de ese tesoro? ¿Qué habrá dicho el mundo la primera vez que vio esos atentos ojos de obsidiana, dormidos desde el Antiguo Egipto? Pocas respuestas, aunque quizás sólo una posible. Se trataba, casi sin dudas, de uno de los descubrimientos arqueológicos más importante del siglo XX. Y no era el único. Otros hallazgos de igual importancia ya habían conmocionado a la población por esos años. El Palacio del Minotauro en Creta o las ruinas de Machu Picchu en Perú, ya estaban hablando su propia historia. Pero ello daría para otra larga conversación…

  • EL ICONO RUSO: Tramas espirituales de Lo Invisible hecho carne

    EL ICONO RUSO: Tramas espirituales de Lo Invisible hecho carne

    Los iconos no sólo nos entregan conceptualizaciones culturales, valóricas y espirituales de la riquísima, distante y aún desconocida Rusia; sino que su específico y radical aporte está en que nos regala una expresión religiosa tradicional que se ha mantenido inalterable y vigente; cual es ser un arte sagrado puro, de ignotos autores, que en un acto de oración y veneración del Dios cristiano, crean porque creen. Estas imágenes sacras que suscitan el culto a la Divinidad en hogares y templos, simbolizan la eternidad de los valores espirituales y hacen manifiesto el milagro de la Encarnación del Verbo.

    PROLEGÓMENOS AL ICONO ORTODOXO:

    ¿Por Qué interesarse en escribir y en leer acerca de los Iconos rusos? ¿Por qué se ha puesto de moda nuevamente, al parecer, el Icono? Preguntas, tal vez ociosas o mal intencionadas, pero que pueden tener múltiples respuestas. Una podría ser que vivimos en una sociedad que ha usado y abusado de la imagen, después de la trillada frase publicitara de Kodak donde “una imagen vale más que mil palabras”, otros podrían decir que son obras de arte antiguas y exóticas que poseen un alto valor estético, o tal vez haya quienes insistan en el alto valor tradicional de un arte que pareciera como si estuviese detenido en el tiempo frente al inquieto y dinámico arte occidental, quizás a algunos les despertó la curiosidad la aplaudida exposición Alma de Rusia en sus iconos, de la grandiosa colección del Museo Reserva Estatal Unificado de Moscú en el Centro Cultural de Providencia en el año 2007. Otros más afortunados, habrán tenido ocasión de verlos en sus lugares de origen, Moscú, Pskov o Novgorod.

    Lo cierto es que el Icono, no sólo nos presenta el esplendor de lo Bello, sino también el resplandor de la Verdad, sumergiéndonos en la contemplación y en las más profundas reflexiones teológicas. O al menos esa fue la intención originaria que tuvieron esos maestros iconógrafos místicos y toda la riquísima teología de la imagen de la Iglesia Ortodoxa cultivada desde el siglo V. Reducir el icono a mero objeto de arte, significa agotarlo en sí mismo y despojarlo de su función más elemental, cual es ser un vehículo que nos eleva hacia lo trascendente, revelándonos en esa presencia el misterio revelado de la Encarnación y de la Resurrección, síntesis de nuestra comunión con Dios; y en esa comunión, contemplar la belleza del mundo espiritual.

    Pero podría preguntar algún escéptico cartesiano: ¿Por qué acontece todo aquello en el Icono? ¿Dónde están los elementos espirituales que animan a esas imágenes y le confieren ese contenido? Pregunta nada fácil de responder y argumentar en las breves líneas de este artículo. Pero aventuremonos a intentar dar una respuesta, al menos satisfactoria, en los trazos siguientes.

    ARTE Y CRISTIANISMO: EL ICONO COMO PLENITUD DE ESA ALIANZA:

    En principio, podemos decir que se ha convenido en denominar iconos o íconos (del griego εἰκών, eikon: ‘imagen’) a las imágenes, cuadros o representaciones; que serían signos o símbolos que sustituyen al objeto material mediante un significado de orden espiritual, representado por analogía. En la ortodoxia oriental y en otras tradiciones de pintura cristiana, un icono es generalmente un panel plano en el cual aparece pintado un santo o un objeto consagrado (como Jesucristo, la Virgen María, los santos, los ángeles o la cruz cristiana). Los iconos también pueden ser en relieve y estar revestidos en metal (denominados “Oklad” o “Riza”), esculpidos en piedra, bordados, hechos en papel, mosaico, repujado, etc.

    Prácticamente desde los inicios mismos del Cristianismo ha existido una intensa relación entre arte y religión, relación de mutua exigencia y reciprocidad, reflejada en plenitud en la Liturgia, que es el conjunto de signos y símbolos con los que la Iglesia le rinde culto a Dios y se santifica, y donde el arte tiene un lugar de primerísima importancia. Por ello también debemos responder la pregunta: ¿Qué relación tienen los contenidos religiosos del cristianismo con la realidad estética, con el mundo de las formas sensibles? Y ¿cómo el icono participa de esa relación?

    En primer lugar debemos saber que la técnica del icono, dentro de todo el arte figurativo, probablemente ocupa el lugar más relevante en toda la vida de Rusia. El término icono nos sitúa dentro del arte sagrado tradicional de la espiritualidad de la iglesia católica oriental, comúnmente denominada Iglesia Ortodoxa; y que llegará a ser su expresión más depurada del pensamiento teológico y del sentimiento popular desde los albores del s. XIV, llegando a convertirse, en palabras de Nikodim Pavlovich, “en el símbolo único de la fe”.

    LAS TRAVESÍAS DEL ICONO: DE BIZANCIO A RUSIA

    También es necesario ver en el icono ruso una solución de absoluta continuidad con el arte desarrollado en Bizancio y el resto del imperio, ya que éste fue la persistencia de lo mejor de la tradición artística bizantina, cuya ingente producción artística comenzó a perder vigor debido al agotador desgaste que supuso la amenaza continua de los persas en un comienzo (s. VI y VII), proseguido de los búlgaros, ávaros y eslavos (s. VII), posteriormente de los árabes (s. VIII al XI) y de los reinos cristianos de Europa occidental (s. XI al XIII)), finalmente de los turcos selyúcidas (s. XI) y otomanos, que hicieron colapsar al otrora vasto y rico imperio en 1453.

    Pero donde más duro trance hubo fue durante el largo conflicto iconoclasta que sacudió a la cristiandad entre los años 726 y 843, pues el Imperio bizantino fue desgarrado por las luchas internas entre los iconoclastas, partidarios de la prohibición de las imágenes religiosas, y los iconódulos, contrarios a dicha prohibición, que es un capítulo esencial de la historia del arte cristiano a la hora de entender el desarrollo teológico que tuvo la imagen, desde el pseudo Concilio Iconoclasta de Hiera, cerca de Constantinopla (753), en el que se negaba que las imágenes tuvieran el poder de contener el misterio de la naturaleza de Cristo, humana y divina en forma simultánea (unión hipostática), pasando por alto la anterior condena y excomunión a los iconoclastas, dictado por el papa Gregorio III (731 a 741) y el Concilio de Roma del año 731; hasta el decisivo Concilio II de Nicea (787), donde prácticamente quedan esbozados los criterios pedagógicos y teológicos del uso y contenido de las imágenes sagradas. Sin embargo, creemos que este duro conflicto permitió esclarecer de modo trascendente y definitivo la función y el sentido de la imagen sagrada, de modo que cuando el icono llegó a Rusia, la oposición había sido ya superada.

    Es recién, bajo el reinado del Príncipe Vladimir de Kiev en el año 988 cuando el rito Bizantino del Cristianismo se establece como la religión estatal de Rusia, aunque previamente había sucedido una progresiva cristianización desde que la princesa Olga, viuda del príncipe Igor había sido bautizada en Constantinopla hacia el año 955 y desde allí había solicitado llevar sacerdotes griegos a las tierras del “Rus”, donde se comenzó a construir en el corazón de los dominios de Kiev, templos cristianos. También está la creencia de que los dos grandes apóstoles de los países eslavos, los monjes Cirilo y Metodio, que en una labor titánica, evangelizaron las zonas de las actuales Yugoslavia, Checoslovaquia, Bulgaria, Serbia, Croacia y otras, bautizaron a algunos habitantes del “Rus” en la segunda mitad del s. IX.

    En este proceso evangelizador debemos considerar que para los rusos, Bizancio era el símbolo del poder, la riqueza y el esplendor imperial, como lo era también para otras naciones cercanas que apenas empezaban a construir su organización estatal, por lo tanto se erigía como una civilización digna de ser imitada. Tal vez algo similar a lo que el zar Pedro el Grande replicaría de Europa occidental mucho más tarde. Por lo tanto, la cultura bizantina penetró profundamente en Rusia a partir del s. X, alcanzando un gran impulso, y con ello, trayendo toda la tradición artística que se cultivaba en Constantinopla, en particular la técnica del icono, que tuvo un desarrollo muy vital y capital en el núcleo del alma rusa. Ya en 1588 se establecería el Patriarcado de Moscú. Lamentablemente, debido al extraordinario dinamismo y hechizo que causó el arte y la cultura occidental a partir del Renacimiento y el Barroco en Rusia, hizo que en esta época, se produjera un enfrentamiento entre la ortodoxia y monjes ucranianos que querían introducir poderosas reformas litúrgicas y doctrinales de pautas europeas. Más tarde, en el s. XVIII, Pedro el Grande al crear el Imperio Ruso, restringió la influencia de la Iglesia Ortodoxa en el mundo secular, aboliendo el patriarcado e instaurando un órgano estatal conocido como el Sínodo Santo. Estas enérgicas políticas del poder temporal hicieron menguar poderosamente la autoridad moral de la Iglesia Rusa durante los siglos XVIII y XIX. Con estas medidas, el sentido de los iconos se oscureció y fueron paulatinamente cayendo en el olvido como forma de arte, incluso no siendo reconocidos siquiera como pintura. Pero sí debemos afirmar que desde el s. XVIII hasta nuestros días perduró y sobrevivió el icono ruso como una artesanía en las aldeas y poblados, denominados kustar.

    La llegada del s. XX no mejoró la situación, pues en 1917 se hicieron con el poder los bolcheviques, de fuerte inspiración marxista, que propugnaban, no sólo, una ideología de un hostil materialismo ateo, sino que incluso declaradamente anti teísta, enemiga de toda religión. Después de casi 75 años de una férrea vigilancia del Estado a cualquier rebrote místico, encarnada en severas medidas antirreligiosas tales como el plan quinquenal del Ateísmo, los gulags, supuestas “guerras patrióticas”, las persecuciones bajo Kruschev y medidas legislativas como confiscaciones y desamortizaciones, el increíble pueblo ruso dio prueba y garantía de un poderoso sustrato espiritual que no sólo no declinó, sino que demostró una persistencia y capacidad de renovación de su fe religiosa tan vigorosa, que hoy nos asombra tal radical testimonio de una fe combativa e intacta. 75 años de persecución no pudieron demoler una fe que se había construido a lo largo de casi mil años. Junto con ello, se redescubrió el extraordinario valor artístico y teológico del icono, fiel reflejo y símbolo de la excepcional espiritualidad del pueblo ruso conservada a través de los años.

    EL ICONO, VENTANA HACIA EL ABSOLUTO:

    Debemos aclarar, antes de seguir, que la tradición rusa sólo denominó icono a las imágenes religiosas en el que se representa a Cristo y los Santos para ser venerados en el culto del templo y de los hogares. La técnica implicaba su realización sobre un soporte de madera que se preparaba especialmente. Sobre esta se colocaba una fina capa de fondo blanco. El dibujo se ejecutaba a carbón y luego se aplicaban témperas, preparadas a base de pigmentos orgánicos y minerales mezclados con yema de huevo. La pintura, muy densa y opaca, se colocaba en diversas capas. Era común terminar el fondo con finas láminas de oro, que simbolizaban un color que no era de este mundo, es decir, reflejo de la divinidad. Una vez terminado el icono, se le aplicaba una capa de aceite de linaza que estabilizaba los colores, asegurando una buena conservación, tan buena, que las podemos disfrutar hoy en día.

    Los modelos son considerados fieles a los prototipos, a la realidad histórica, y por lo tanto, inalterables. Para comprender en hondura el verdadero y riquísimo contenido de un icono, debemos conocer sus significados más profundos y entender la articulación de este lenguaje iconográfico, y como ya advertimos, al contemplar un icono, no podemos quedarnos en su mera apreciación estética o dimensión artística, que sin duda es muy valiosa, sino que debemos entenderlos como un alcance del extraordinario dinamismo proyectivo producto de una profunda reflexión teológica y espiritual, donde los iconos tienen su concreción en la vida religiosa, litúrgica e incluso cotidiana de los fieles y de quienes los producen.

    Los iconos rusos, podemos afirmar, reproducen la composición bizantina, pero queda asegurada su originalidad por estar desprovisto de expresión y narración, desligado de la vida y de la realidad terrena o sensible. Se sostiene a menudo su carácter aristocrático; su idealismo impasible y “abierto a la contemplación del milagro”, en palabras del autor Nikodim Pavlovich. Todos los elementos de un icono están idealizados: rostros, cuerpos, arquitecturas y paisajes; a fin de hacer visible aquella realidad de orden suprasensible. Este arte sagrado es tal porque actúa de vehículo para la adoración del Dios encarnado, es tal porque un autentico arte sacro responde a un problema de forma, no de tema: su línea y su diseño están asegurados por la tradición, donde la selección y mezcla de colores pertenecen al iconógrafo, de acuerdo a prescripciones especiales, donde el color brillante de sus íconos y la sugerente belleza de sombras son su primordial fortaleza, donde sólo un ojo aguzado podría distinguir las diferentes escuelas y talleres, pero que manteniendo idéntico espíritu, permiten que la honra con la que es venerada la imagen pase al prototipo, según las enseñanzas del apologeta Juan Damasceno (Defensa de los iconos) en el s. VIII.

    La tradición oriental nos enseña el valor teológico de la expresión estética de la encarnación divina, poniendo así la imagen al servicio de la economía de Dios, según el Patriarca de Constantinopla, Dimitrios I. Así como el teólogo expresa estas verdades de orden trascendente a través del pensamiento, el iconógrafo, a través de su arte, expresa la Verdad viviente, la revelación que posee la Iglesia en forma de sus tradiciones, en palabras del padre Daniel Rousseau. El Patriarca Dimitrios nos enseña que el icono representa a la persona sagrada, pero no en sus proporciones naturales o meramente en una expresión simbólica que nos transfiere a su semblanza humana, sino que en su dimensión gloriosa y celestial. Para ello el ojo del iconógrafo debe transitar a través de los heterogéneos caminos de la ascesis, penetrando en el sublime “ayuno de los ojos” y tendiendo a armonizar totalmente con la contemplación del componente trascendente tal como es revelado a la Iglesia en la dimensión del espíritu. Por ello, el sentido que tiene pintar un icono, como forma profunda de oración y meditación, debe ser realizado en ayuno y en estado de gracia por parte del iconógrafo, iniciándose y terminando con una oración de alabanza a Dios.

    Esto sería lo opuesto a lo que pasa en la tradición occidental, donde percibimos y apreciamos una diferenciación y distancia entre el espíritu y la materia, pues este arte religioso no se diferencia en nada del arte profano. Las formas son las mismas y los sentimientos piadosos y devocionales del artista, cuando los hay, son absolutamente insuficientes para hacerlo sacro. Un arte alcanza esa sacralidad cuando una visión espiritual se encarna en las formas, y cuando éstas proyectan un fiel reflejo de esa visión. El lúcido escritor Michel Quenot nos advierte: “¡Qué contraste con el arte religioso occidental que se queda en la superficie de las cosas y se basa en modelos vivos para reproducir a Cristo y a su Madre!”, degradando la naturaleza divina del Verbo Encarnado y reduciéndola a su pura humanidad. El mundo bizantino logró armonizar estos dos elementos, espíritu y materia, en la inteligencia, cosa que caracterizó la particular dialéctica de la espiritualidad ortodoxa y encontró en el icono su expresión artística más inspirada y perfecta. El apóstol san Pablo formula elocuentemente el soporte cristológico del icono: “Cristo es la imagen visible (eikón) del Dios invisible” (Col. 1, 15).

    ESBOZOS Y CRITERIOS PARA ANALIZAR Y MEDITAR UN ICONO:

    El prestigioso autor sobre iconos, Paul Evdomikov nos ha dicho que “si el hombre aspira a la Belleza, es porque está de antemano bañado de su luz, porque el hombre desde su propia esencia es sed de la Belleza y de su imagen” y sabemos que sin esta belleza, el mundo se nos vuelve oscuro e ininteligible. Esa es la belleza que busca crear el iconógrafo, que nada tiene que ver con la belleza canónica del tipo realismo naturalista desarrollado tan vehementemente por el arte religioso occidental en los siglos recién pasados. La búsqueda de la belleza y la consecución de la armonía en un icono vienen dados por el resultado de una  larga tradición acompañada de una reflexión, contemplación y manufactura escrupulosa que van estrechamente unidas. La belleza de un icono no descansa en la genialidad intuitiva del autor o en las emociones intensas que quiere manifestar el artista, ni siquiera en su capacidad de abstracción de una realidad cierta, sino que está amparada en el fiel cumplimiento de reglas precisas derivadas de minuciosos estudios que se han ido elaborando, sedimentando y perfeccionando a través de una larga tradición histórica. Nada se deja al azar, cada uno de los elementos se articula en el conjunto con asombrosa precisión.

    Representar a Cristo fue una empresa temible y tremenda, de allí la exigencia hacia los iconógrafos para que garantizaran la continuidad y unidad doctrinal más allá de las fronteras del imperio bizantino, a través de un conjunto de guías, procedimientos y restricciones. Esto quedaba asegurado a través de la similitud con el prototipo, desde donde se irradiaba esa profunda belleza que se manifiesta en el icono. Esos prototipos provienen de algunas fuentes que se amparan en las más antiguas tradiciones, denominadas como imágenes “acheiropoietes”, es decir, imágenes no hechas por mano de hombre.

     Entre estas tenemos el Mandylion (palabra griega bizantina no aplicable a otro contexto), conocido también como el Lienzo de Edesa o Imagen de Edesa, que es una reliquia cristiana consistente en una pieza de tela rectangular en que se habría impreso milagrosamente el rostro de Jesús, siendo por tanto el primer icono (imagen) del Cristianismo y que de acuerdo con la tradición, el rey Abgar lo recibió del apóstol Judas Tadeo, hacia el final de la vida de Jesús. Otra fuente es el lienzo de la Verónica, sobre el que queda impresa la Santa Faz, de allí que el nombre con que conocemos a la mujer, la Verónica, sea en realidad una alusión al lienzo; la Vera Icona, esto es, la verdadera imagen del Señor. Una tercera fuente acheiropoietes, es el Santo Sudario o Sábana Santa, que hoy se encuentra en la capilla real de la Catedral de San Juan Bautista de Turín. Para el caso de la Madre de Dios, su origen se puede rastrear a partir del primer icono de Iver, el que se conserva en un monasterio en el Monte Athos, Grecia y que, según la tradición, es una copia del que fue pintado por el apóstol y evangelista Lucas. Un caso latinoamericano de una imagen acheiropoietos sería la imagen de la Virgen de Guadalupe.

    Dado la profunda fidelidad al prototipo, como versión más fidedignadel original, es que el arte del icono se ha mantenido prácticamente inalterable a través del tiempo y del espacio, conociendo sólo una lenta variación a través de los siglos. Ya el VII Concilio Ecuménico de Nicea del año 787 decretaba que solamente el aspecto técnico de la obra dependía del iconógrafo, pero todo su plan, disposición y programa pertenecen y dependen de claro modo, a los santos Padres. Más tarde, en 1551, el concilio moscovita de los 100 Capítulos señala que todas las autoridades eclesiásticas deben velar sobre los iconógrafos y controlar su obra en sus respectivas diócesis. Esto irá asociado con la circulación de manuales con indicaciones precisas sobre los modos de pintar y reproducir los rasgos de Cristo y de los santos. Esta serie de instrucciones harán que la factura de los iconos sean durante mucho tiempo, un patrimonio casi exclusivo de los monjes; cosa habitual, pues es al alero del monasterio, donde se da una vida y efusión espiritual privilegiada. Es preciso aclarar que tampoco debemos ver una regulación tan estricta que ahogue al artista, pues depende de él, en último término, que su obra sea algo más allá que una mera copia, sin limitarse a la letra, sino al espíritu de los principios que anhela actualizar y ennoblecer.

    El iconógrafo, previo a plasmar la imagen en el tablero de madera, debe engendrar primero, el icono en su propio interior, fruto de la contemplación, el silencio y la ascesis, “con la mirada y el corazón purificados, él podrá trazar la imagen de un mundo transfigurado” según nos señala Michel Quenot. Por ello son emblemáticas las palabras de la iconógrafa rusa contemporánea Mme Fortunato- Theokretov: “La razón de ser de los iconos es la de servir a Dios y  los hombres. El icono es una ventana a través de la cual el Pueblo de Dios, la Iglesia, contempla el Reino; y, por esta razón, cada línea, cada trazo del rostro adquiere un sentido. El canon iconográfico, formulado a lo largo de los siglos, no es una prisión que quiera privar al artista de su impulso creador, sino la protección de la autenticidad de lo que se representa. En esto consiste la Tradición.” El iconógrafo por tanto, funda y nutre su arte en la Tradición y en las Enseñanzas de la Iglesia, siendo expresión acabada de la Liturgia y es inspirada por el Espíritu Santo. De aquí que sean obras no firmadas – aunque no anónimas-, a fin de no distraer al orante de su finalidad esencial.

    Al contemplar el icono, nos percataremos de que existe una ausencia total de realismo, enfatizando su espiritualización por sobre su objetivación sensible, es decir, nos introduce en una realidad transfigurada que hace participar al hombre de un mundo suprasensible e invisible a nuestros límites materiales. En síntesis, hacerlo partícipe de la Encarnación de Cristo a través de la deificación del hombre. Por ello también la arquitectura y naturaleza presente en el icono desafía la lógica humana y las leyes de la gravedad al ignorar toda proporción, apariencia y distribución, para manifestar las esencias de las cosas y subordinar las a las personas representadas. De los cuerpos desaparece su carnalidad sensual bajo ropas en formas de togas y pliegues, expresando un movimiento del espíritu. El rostro es el centro del icono, lo domina todo; los personajes de frente -sólo los santos-, expresan que participan de la gloria de Dios. Los que no han alcanzado la santidad, se presentan de perfil. En el caso de Cristo el rostro busca el equilibrio de su humanidad y divinidad. Los ojos son grandes y vivos, miran como testimonio de estar en la presencia de Dios. La frente abombada y alta encierra la fuerza del espíritu y la sabiduría. La nariz alargada y fina nos revela su nobleza. La boca, signo de espiritualidad es un fino trazo que prescinde de toda sensualidad, y siempre está cerrada, pues la contemplación de Dios exige el silencio absoluto. Los oídos, pequeños expresan que oyen la voz interior de los mandatos del Señor. Por tanto, podemos afirmar que todos los personajes de un icono se nos presentan impasibles, severos e hieráticos –solemnidad en extremo- expresando la paz de Dios, un dinamismo que es interior y una carne rendida al espíritu; todos signos de la plenitud de la vida espiritual. Finalmente el nimbo brillante sobre las cabezas expresa la abundancia de Luz Divina de aquel que vive en la intimidad de Dios.

    ALGUNAS TIPOLOGÍAS DEL ICONO:

    Los iconos son factibles de agrupar de modo que permitan al lego una comprensión más acabada de lo que hemos escrito. El primer lugar lo ocupa el rostro de Cristo, testimonio de su Encarnación, muchas veces presentado como Pantocrátor – todopoderoso y dueño del Universo- como Cristo triunfante, en gloria, que viene a sojuzgar a las naciones y hombres en la Parusía, – el advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos-. El Mandylion, imagen acheiropoietes ya referido, y el Emmanuel; Cristo-Niño con aspecto adulto. En Bizancio aparecen con una mirada severa como si escrutara las profundidades insondables del corazón humano, que se vuelve más bondadosa y amable en los iconos eslavos.

    Le siguen en importancia las diversas representaciones de la Virgen, Madre de Dios –Theotokos- representada con Jesús niño, el cual tiene en sus manos el rollo de la ley, que se pueden sintetizar en la Kiriotissa; es decir, la Virgen representada como un trono de sabiduría y Jesús niño sentado en sus piernas, reinando en majestad. La Galaktotrofusa; que es la virgen amamantando a Jesús niño. La Glikofilousa; que corresponde a Virgen acariciando a Jesús niño o dándole un regalo. La Hodogitria, que es la que muestra el camino. La Virgen señala a Cristo como camino de salvación. También tenemos unas representaciones menos comunes como la Virgen Platytera; que contiene al Incontenible, o inmensa que contiene al Inmenso. La Virgen Psychosostria; que es la que salva nuestras almas. La Virgen Panaghia, que es la Virgen toda santa, porque cubierta con un manto rojo, que indica la santidad del Espíritu Santo, expresa la plenitud de la santidad externa e interna.

    Le siguen en abundancia, el icono de la Deesis -Intercesión-, que muestran al Pantocrator rodeado de la Theotokos y Juan Bautista, el Precursor del Mesías, y a veces, con varios santos intercesores a favor de los creyentes. El icono de la Crucifixión nos presenta a Cristo pleno de la gloria de Dios, dueño de la Vida, triunfando sobre la muerte. Absolutamente distinto a las crucifixiones de Occidente, donde prima el drama de la muerte y no el misterio de la Resurrección.

    Interesante es también el icono de la Resurrección o del Descenso a los Infiernos, pues constituye el principal tema litúrgico de vísperas de los sábados y como afirma Michel Quenot: “La Ortodoxia es la confesión de la Resurrección”, que se representa habitualmente con el descenso al Ínfero, pues se evita el momento de la Resurrección, puesto que no hay detalles precisos ni aproximados en las escrituras, cualquier intento falsearía o agotaría de contenido al Misterio. Esperamos que estas breves líneas hayan sido fieles a nuestros propósitos, y haber intentado explicar cómo el icono celebra, en definitiva, la luz y la verdad del Misterio de la Encarnación del Dios cristiano, haciendo visible lo Invisible.