Categoría: Filosofía

  • Civilización y barbarie: Estados Modernos

    Civilización y barbarie: Estados Modernos

    No hay sociedad sin alguna forma de poder político. Si este falta, el grupo se disgrega y acaba desapareciendo. En nuestras sociedades modernas ese poder se encarna en el Estado, que ha crecido de modo extraordinario. Regula y controla casi todos los aspectos de la vida social y emplea a su servicio una ingente cantidad de recursos –materiales y personales–. Dos circunstancias entre otras, la guerra y la revolución, han contribuido de modo decisivo al crecimiento de los Estados modernos.

    Nuestras sociedades occidentales dan la impresión, a primera vista, de funcionar casi solas, sin necesidad de que los agentes del Estado nos coaccionen físicamente. Es así de modo ordinario, pero en última instancia éste se apoya en la fuerza física –ejército, policía, jueces, cárceles–. Lo notamos en cuanto hay cualquier desorden y la policía tiene que reprimir algaradas o manifestaciones.

    Ejercer el poder, de modo especial si es tan grande como el de los Estados modernos, tiene un particular atractivo. En las sociedades anglosajonas este fenómeno es menos acusado, pues hay en ellas una sociedad civil más robusta. En cambio, en sociedades europeas como la española, manda el Estado. Mantenemos con él una peculiar y casi contradictoria relación: nos rebelamos contra su hegemonía y, a la vez, lo esperamos todo de él. Mucha gente joven, que comienza su vida profesional, aspira a trabajar justamente en la función pública. Se da hoy en España una notable desafección hacia la clase política y hacia las instituciones del sistema democrático – partidos políticos, parlamentos, ayuntamientos, etcétera–, pero, a la vez, esos mismos ciudadanos esperan la solución a sus problemas de los políticos que mantienen el aparato estatal, ante el que se postran en actitud reverente. Ya he mencionado antes cómo el Estado se ha “adueñado” de la gestión de ámbitos tan importantes como la sanidad o la educación. El clima de opinión en la Europa continental es básicamente socialdemócrata: la ciudadanía acepta encantada que sea el Estado quien tome el mando, se encuentra muy cómoda bajo esa tutela y parece que al cabo de dos siglos se hubiera olvidado el llamamiento de Kant.

    Por fortuna, la violencia ha desaparecido en buena medida de nuestra vida cotidiana. Generalmente no tenemos la necesidad de salir armados a la calle y, si hay conflictos que lleguen a la confrontación física, los agentes del orden se encargan de resolverlos. Aun así, con inquietante frecuencia hay estallidos de violencia: delincuencia, terrorismo, huelgas y manifestaciones salvajes. Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas. Se pone de manifiesto entonces que el orden social es frágil, que la aparente estabilidad institucional puede esfumarse a las primeras de cambio. También en el orden social adquiere vigencia la ley de la entropía, en virtud de la cual todo sistema físico cerrado está condenado al enfriamiento y al desorden. Mantener el orden, cualquier tipo de orden –en la mesa de trabajo, en el armario, en el jardín, en la sociedad–, exige un notable y constante esfuerzo. Platón ya explicó que todo orden se arranca con esfuerzo al caos primordial.

    Esa presencia de la violencia, siquiera latente, en medio de Estados tan bien organizados constituye un motivo de “escándalo”. ¿Cómo se compagina un grado tan alto de civilización con esa brutalidad salvaje? Ya he aludido antes a la peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Además de la guerra y de la revolución, hay otros factores que explican el prodigioso desarrollo del Estado moderno. Por ejemplo, la ciencia y la tecnología. He descrito antes a la ciencia como el buque insignia de la cultura moderna, como su logro más destacado –junto con la tecnología–.

    Las ciudades modernas se han vuelto lugares inseguros, es peligroso entrar en determinados barrios. En épocas de crisis como la que vivimos, aumenta la delincuencia y la gente se siente menos segura en sus casas.

    La ciencia es, de entrada, una forma de saber, aunque muy distinta del conocimiento intuitivo de la vida cotidiana. Se trata de un saber riguroso, bien fundado, de validez objetiva –quien lo rechaza parece un loco, se autodescalifica–, que se basa en un método específico (hipotético–deductivo y experimental). Pero ya desde el principio de su prodigiosa historia, la ciencia moderna ha sido también poder. “Saber es poder; tanto puedes cuanto sabes”, escribió Francis Bacon, el sistematizador del método científico experimental. Desde que la ciencia moderna empieza su singladura (siglo XVII) y hasta el día de hoy, ese poder, ese talante de dominio y explotación se ha ido aplicando sucesivamente a tres ámbitos. Voy a distinguirlos a efectos de la exposición, pues en la realidad todo se mezcla. En primer lugar, se somete el medio físico, como exigencia de la revolución industrial. La producción masiva de todo tipo de bienes exige la extracción de recursos –minerales, vegetales y animales–, algunos de los cuales no resultan fácilmente renovables. Además, el proceso industrial produce basura y contamina. Esto ya se advirtió desde el comienzo de la revolución industrial, lo denuncia, por ejemplo, el Romanticismo, pero los campeones de la industria tranquilizan a los críticos: “No hay problema; es verdad que las fábricas contaminan, pero la naturaleza es fuerte y puede autoregenerarse”. Sin embargo, desde hace unos años advertimos que esto ya no es así: peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    La Libertad Guiando al Pueblo de Eugène Delacroix.

    Peligra el mantenimiento del ecosistema planetario por la contaminación, deforestación, efecto invernadero, cambio climático, entre otros. La alarma mundial, la labor desarrollada por la ONU y las continuas cumbres internacionales apenas han conseguido frenar el deterioro.

    En segundo término, el poder de la ciencia y la tecnología se ejerce sobre el medio social. El moderno ve la sociedad como un artificio, como una convención (contrato social). Si no nos convence la que tenemos, podemos idear diseños alternativos y proponernos llevarlos a la práctica, incluso de modo violento (revolución). La sociedad se concibe como un mecanismo, que podemos desarmar y volver a armar conforme a nuestro designio. Cuando el gobierno de la sociedad se plantea como una técnica, al modo ingenieril, hablamos de tecnocracia. Se trata de trasladar al ámbito social la eficacia mostrada por la tecnología en el campo industrial. El siglo XX nos ha enseñado cómo terminan esos experimentos: en regímenes totalitarios, que han dejado el campo sembrado de millones de cadáveres. La pretensión de instaurar el paraíso en la tierra desemboca fácilmente en el infierno más inhumano. En tercer lugar, el talante dominador afecta a la vida del organismo humano, en el nacimiento y en la muerte. Se trata en todos los casos de imponerse a la espontaneidad natural, que ya no merece ningún respeto. La revolución sexual favorece una práctica promiscua, con la inevitable consecuencia de los embarazos no previstos y a esa indeseable situación se responde con el aborto masivo. Y a la inversa: la infertilidad aumenta y se quiere descendencia a toda costa. Para dar respuesta a esa exigencia –el juego oferta–demanda es consustancial a la economía de mercado– surge toda una industria de la fecundación asistida: in vitro, clonación (como proyecto, de casi imposible realización), útero artificial. En el final de la vida se repite la situación. De una parte, el prejuicio intervencionista, propio de la medicina moderna, lleva al ensañamiento terapéutico. La tecnología y la farmacología ofrecen muchas posibilidades de actuación (y de lucro) que sería absurdo desperdiciar. Al médico le cuesta aceptar su fracaso y asistir pasivamente a la muerte del paciente, siente la imperiosa necesidad de hacer algo. Además, esa fase terminal de la vida constituye un interesante reto científico y permite experimentar en condiciones únicas. Y a la inversa: si el paciente es una carga, bien para el personal sanitario o para la familia, o no termina de morir, se le elimina sin más (eutanasia) o se le persuade para que él mismo se quite de en medio (suicidio asistido). Y siempre, en cada una de esas manifestaciones del control sobre la naturaleza humana, acecha el negocio. Es más, con frecuencia son intereses económicos los que están detrás de proyectos, investigaciones o legislaciones.

    Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    Salta a la vista la conexión de este afán de dominio, posibilitado por la ciencia, con la aparición y consolidación de la cultura de la muerte. El moderno no va a respetar nada, tampoco la vida del no nacido o del enfermo terminal. El “yo quiero” de Nietzsche se convierte en el nuevo imperativo categórico. Lo que se puede hacer, se hará, también cuando implique eliminar vidas. El moderno se propone tomar el mando también sobre la totalidad del proceso evolutivo. Si hasta el momento hemos asistido al despliegue de la “evolución biológica”, desde el primer unicelular hasta el hombre, ahora vamos a entrar en la denominada “evolución cultural”, en la que el propio hombre determinará el rumbo Se habla de enhancement, de condición transhumana, de la simbiosis hombre–máquina (cyborg), de la inmortalidad, de la creación de una nueva modalidad humana. Gran parte de esas pretensiones son quiméricas, pero nos dicen mucho sobre la mentalidad del moderno. Y abren un panorama sombrío. Como ya señaló lúcidamente C. S. Lewis, siempre que se habla del dominio del hombre sobre la naturaleza, en realidad se trata de la supremacía de unos hombres sobre otros hombres, y generalmente, de una minoría exigua sobre la inmensa mayoría.

    La inquietante presencia de la violencia, latente o manifiesta, en medio de sociedades modernas y refinadas ha reabierto el debate sobre sus causas o raíces. ¿Somos violentos por naturaleza o aprendemos a serlo en sociedad? Tenemos aquí una nueva modalidad de la clásica contraposición entre naturaleza y cultura. Como hemos ido viendo en estas páginas, el moderno se esfuerza por quitar protagonismo o relevancia a la naturaleza para poner en su lugar la propia voluntad.La etología, que estudia el comportamiento animal y lo compara con el humano, habla de raíces biológicas de la violencia, pues cierta dosis de agresividad es útil, casi imprescindible, para la supervivencia de la especie. Tenemos así violencia ligada al territorio, a la jerarquía dentro del grupo, a la sexualidad, a la supervivencia (cadena trófica). Incluso hay una violencia lúdica: los animales juegan, igual que el hombre.

    En el caso del hombre también entran en liza factores culturales, de muy diverso tipo. Enumero algunos, sin ánimo de ser exhaustivo: el cambio social rápido y profundo (los individuos o grupos que no son capaces de adaptarse pueden reaccionar con violencia); la tecnología, (el prodigioso desarrollo del armamento facilita y, en ocasiones, incita a su utilización); el desarrollo urbano (tanta gente hacinada en tan poco espacio da lugar a fricciones); patrones culturales en proceso de cambio, (por ejemplo, el machismo de algunas sociedades tradicionales); la droga (la mayor parte de los delitos cometidos en Occidente tienen que ver con ella); el negocio del sexo (trata de mujeres, pedofilia, pornografía; la asociación de sexo y violencia es clásica); la ideología, (el terrorismo como fenómeno moderno, los totalitarismos); la codicia; el odio; la xenofobia.

    Son muchos los factores capaces de originar comportamientos violentos. Me pregunto si se podría hablar de un factor radical. ¿Qué persigue, en última instancia, el homicida? ¿Qué es lo que hay en juego cuando un hombre mata a otro? He apuntado más arriba que no hay grupo humano sin poder y que la sociedad moderna ha desarrollado mecanismos para la concentración de un poder nunca visto anteriormente (Estado moderno). Pero esos poderes, a pesar de modos de ejercicio de una crueldad inédita, son limitados. El hombre, también el déspota, está sometido a un poder superior:la muerte. Nadie escapa a su jurisdicción. En última instancia, el homicida se asocia a la muerte, al poder supremo. En el límite, puede aspirar a ser el último en morir, lo que no deja de ser un consuelo. El que mata ejerce la suprema soberanía, decide sobre la vida y la muerte de los demás, se coloca por encima del bien y del mal, juega a ser Dios.

    Las autoridades, el personal sanitario, los padres que deciden sobre la vida o la muerte de hijos no nacidos o de enfermos desahuciados participan de ese mismo juego. Sucumben a una fascinación particularmente insidiosa, que es erigirse en juez supremo (esto no impide que intervengan también otras motivaciones: económicas, políticas, de conveniencia personal). Ya lo escribió Hegel: “La obra de la libertad absoluta es la muerte”.

    LA RELIGIÓN TAMBIÉN TIENE ALGO QUE DECIR

    Vengo razonando en términos sociológicos, al margen de cualquier fe religiosa. El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias. Hecha esta salvedad, añado que la religión contribuye a enriquecer la argumentación y el debate. La apertura a la trascendencia ensancha el horizonte y abre nuevas perspectivas.

    Max Horkheimer, marxista y cabeza de la Escuela de Frankfurt, lo intuyó agudamente al escribir: “En última instancia, el argumento decisivo contra el homicidio es de tipo religioso”. ¿Por qué tenemos que respetar al otro? ¿Qué nos impedirá eliminarlo si supone un obstáculo para nuestros intereses? La pertenencia a la común especie humana no garantiza nada (homo homini lupus, en expresión de Hobbes). El hombre ha visto siempre en la vida algo sagrado, de valor eminente. En la tradición occidental eso se ha llamado “dignidad humana”, y tiene una inherente connotación religiosa. La vida humana adquiere un valor absoluto solo si el hombre es imagen del Absoluto.

    Manifestación de 1917 en Rusia.

    Kant ha sido tal vez el autor moderno que con más profundidad ha reflexionado sobre la dignidad humana. Distingue dos tipos de fines, el fin para sí y el fin en sí. El primero caracteriza el egocentrismo puramente animal: cualquier ser vivo es el centro de su mundo y puede referirse a los demás seres en función de su propio bienestar orgánico (por ejemplo, el bebé espera que el mundo atienda sus necesidades orgánicas). Para Kant, el hombre es además fin en sí. Sería inmoral considerar a los demás únicamente como medios, como instrumentos para el logro de nuestros objetivos. Seguramente es inevitable verlos desde esta perspectiva utilitarista, pero hay que procurar mirarlos también como fines en sí. La antropología del siglo XX ha hablado en este sentido de la “posición excéntrica” del hombre (Helmut Plessner): el ser humano puede advertir que hay otros centros, para los que uno mismo es periferia, reconocerlo e incluso ponerse al servicio de los demás (amor). Reflexiones como las de Kant o Plessner son atinadas, pero tal vez se quedan cortas. Los hombres solo pueden considerarse hermanos si comparten un Padre común (la retórica invocación a la fraternidad universal en la Revolución francesa fue de la mano con el genocidio de La Vendée y el recurso a la guillotina). Ver al otro como una amenaza, como un enemigo al que hay que exterminar implica que hemos roto antes el lazo de la fraternidad radical. –¿Soy acaso el guardián de mi hermano?-, responde Caín a Yahvé cuando le pregunta por el paradero de Abel. Platón añade otro elemento a esta reflexión: hay en el hombre un anhelo natural de justicia. La realidad de este mundo enseña que, con demasiada frecuencia, los malos triunfan y los buenos son oprimidos. Es necesario, supone Platón, que al término de esta vida haya un arreglo de cuentas definitivo, en el que unos y otros reciban su merecido. Así argumenta a favor de la inmortalidad del alma.

    El aborto o la eutanasia no son cuestiones eminentemente religiosas, y no es preciso adoptar un discurso teológico para debatirlas. Los que defienden la vida no tienen por qué actuar movidos por un credo, bastan las razones puramente humanitarias.

    Si nos fijamos en Occidente, ya vimos la poca estima por la vida humana que caracteriza a las antiguas culturas, Grecia y Roma incluidas. El cristianismo humanizó las leyes y las costumbres. La práctica de la caridad protegió a los más débiles e indefensos: huérfanos, viudas, enfermos, esclavos. Cuando en el siglo IV el emperador Juliano el Apóstata intenta borrar el cristianismo y recuperar el viejo paganismo, reconoce que el enemigo a batir es la institucionalización de la caridad cristiana, y se propone (sin conseguirlo) hacer algo parecido en términos paganos. En cierto modo, la situación es la misma a día de hoy. Heinrich Böll, premio Nobel de literatura y hombre de izquierda, dijo que prefería vivir en el peor país cristiano antes que en el mejor país pagano. En el primero se podía dar algo por seguro: la misericordia, la compasión hacia los más débiles. En continuidad con esa tradición, los Papas y la Iglesia en general han asumido en nuestro tiempo un destacado protagonismo en la defensa de la vida frente a los embates de la cultura de la muerte. La Iglesia aporta a ese debate su acervo de reflexión teológica y filosófica y su condición de veterana experta en humanidad. A la luz de la situación, no sorprende que los promotores de la muerte hayan visto en la Iglesia a su principal enemiga, de la misma forma que el homicida se enfrenta a Dios. Si el moderno se siente llamado a ocupar el lugar de Dios –el poder que le proporcionan la ciencia y la tecnología así lo autoriza–, deberá procurar con todos los medios a su alcance neutralizar la influencia de la Iglesia (proceso de secularización).

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia.

    Esto puede hacerse “por las buenas”, sin dramatismo, tal como lo formula Feuerbach: “La religión es algo conveniente, pues hace a los hombres pacíficos, benevolentes, solidarios; es uno de los más maravillosos inventos humanos, del cual sería peligroso prescindir. Pero, en definitiva, la religión es un invento: no es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre el que con su genio ha creado a Dios”. Una vez que el moderno ha logrado el adecuado nivel de madurez, ya no necesita esas muletas y Dios y la religión son invitados a hacer mutis por el foro. El tono empleado por Nietzsche es más perentorio: “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”.

    “Guérnica”, inspirada en el bombardeo alemán a esta ciudad en 1937. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia.

    En su versión moderada, este programa apunta a eliminar la presencia pública del hecho religioso y a recluirlo en la esfera privada. En su expresión más radical, el objetivo es la eliminación física de la Iglesia y la implantación del ateísmo. La secuencia que se da en Europa a partir del siglo XVII –deísmo, agnosticismo, ateísmo– permitía suponer que la victoria de la Ilustración sería definitiva y que la religión quedaría completamente extirpada del cuerpo social. No ha sido así. Es evidente que la religión ha perdido vigencia en Occidente, inspira en mucha menor medida que antes, las costumbres, leyes e instituciones. Pero no ha desaparecido, ni mucho menos. El país más moderno del mundo, Estados Unidos, es el que cuenta con una mayor densidad de templos por habitante. Y en otros continentes la religión prospera (Occidente no equivale a la totalidad del mundo, hay que evitar el etnocentrismo). En cambio, quien sí ha entrado en una crisis de grandes dimensiones es la cultura ilustrada. Por tanto, hoy se tiende a revisar “a labaja” la tesis de la secularización como proceso inherente a toda modernización.

    El ateísmo es un fenómeno más bien reciente, que contradice la casi universal presencia del hecho religioso, en el espacio y en el tiempo. En nuestros días se presenta no pocas veces como antiteísmo y, más en concreto, como cristofobia. Hay un rechazo militante, que encuentra una favorable cobertura en muchos foros y medios de comunicación, y que querría negar a la religión –más en concreto, a la Iglesia católica– el pan y la sal. Son constantes las manifestaciones de esta nueva Kulturkampf: “guerras de los crucifijos”; intentos para borrar el carácter cristiano de fiestas como la Navidad; cambios en la denominación de las vacaciones escolares; supresión de los juramentos en las tomas de posesiones de representantes electos y de Gobiernos; eliminación de cualquier referencia a Dios en constituciones y otros textos legales. Ejemplo reciente y de los más ilustrativos: el intento de suprimir toda mención al cristianismo en el prólogo del fallido proyecto de Constitución europea, para lo que se saltaba directamente de la Grecia clásica a la Ilustración del siglo XVIII al tratar las raíces de la cultura europea. Generalmente son minorías las que plantean estas batallas, pero con gran encono y con notable eco en los medios y en las redes sociales. El enfrentamiento entre las culturas de la vida y de la muerte se lleva también al campo religioso, con una especial virulencia. Encontramos manifestaciones, y no solamente verbales, de auténtico odio. Los enemigos de la vida suelen serlo también de Dios y de la Iglesia. Siquiera implícitamente vienen a reconocer en Dios al autor de la vida y en la Iglesia a su representante cualificado en la tierra, y no soportan que se crucen en su camino para recordarles la vigencia del “no matarás”.

    Es lógico que se produzca esa confrontación. El positivismo jurídico había pretendido independizar el derecho de la moral (vano intento, como ya hemos visto). Cabe ir más allá todavía y preguntarse si es posible en absoluto una moral sin religión. Probablemente, no. La fe religiosa da razón de la estructura y sentido último del mundo y del papel de Dios y del hombre en él. Del dogma deriva la moral: si Dios, el mundo y el hombre son de tal manera, de ahí se deduce el modo correcto de comportarse. Sin el anclaje religioso la moral queda coja. En última instancia, los grandes debates morales acaban teniendo una implicación religiosa, y esto es lo que sucede con la cultura de la muerte, que afecta a aspectos esenciales de la condición humana. ¿Cómo dialogar con alguien que, en virtud de una supuesta libertad absoluta, invoca el derecho a matar a su hijo y, además, con cargo a los presupuestos del Estado? No resulta fácil razonar en ese contexto con un mínimo de serenidad. Los razonamientos abstractos no alcanzan su objetivo. Cabe confiar en que esa persona hará algún día la experiencia del amor verdadero, incondicionado, bien porque amará a alguien o porque se sentirá amada. El amor está íntimamente unido a la auténtica apertura a la realidad, a una actitud que no busca la manipulación interesada. De hecho, en cierto modo son la misma cosa. Al que se sabe querido –y creado– por Dios le resulta más fácil aceptar y querer al otro. En clave cristiana, incluso verá al mismo Cristo en el otro. Jesucristo es nuestro hermano mayor, la cabeza de la humanidad y de la Iglesia, quien revela el ser íntimo del hombre al propio hombre.

    Hay una peculiar mezcla de civilización y de barbarie que caracteriza al siglo XX y que vamos a recordar con frecuencia durante este año, al conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial. Nos volveremos a asombrar ante el grado de brutalidad del que son capaces las personas y las sociedades aparentemente más cultas y refinadas.

    Quien vive así aprende a estar en el mundo de una manera nueva. Hay continuidad entre la relación que tenemos con Dios y la que tenemos con los demás hombres y con la naturaleza. Nos encontramos aquí con una profunda intuición, presente en muchas religiones: la paz con los hombres y con la naturaleza no se pueden separar de la paz, de la armonía con Dios. Podemos hablar así de una ecología integradora, en la que el respeto a la vida encuentra su pleno sentido.

  • Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Mucho se habla actualmente acerca de “reforma de la educación”, de “calidad educativa”, de “mejorar la formación de los docentes” y un largo etcétera, pero no se ve una reflexión profunda en torno a qué significa ser un verdadero maestro. Preguntarse por las virtudes que deben brillar en el alma de un maestro para que pueda ser llamado “buen maestro” o “excelente maestro”, “profesor de calidad”, supone antes, y más en estos tiempos que corren, decir qué significa serlo: ¿Qué es un maestro? ¿Cuál es el sentido y el significado último de su actividad docente? ¿Es solo aquel que entrega información al alumno, que busca llenar su mente con datos, fechas y conocimientos diversos? ¿Es acaso, como lo sostienen algunas corrientes muy actuales, un mero facilitador de instrumentos y herramientas para que el propio alumno construya, cree, forme su propio conocimiento?

    Para responder adecuadamente conviene fundarse en la experiencia común, esa experiencia que ha tenido todo aquel que ha estado frente a un maestro que lo ha sido realmente y que le ha marcado de tal modo que le permite decir que el maestro es mucho más que un instructor o facilitador, sino que ha llegado con su acción a descubrirnos el sentido último de nuestro vivir, al punto que su paso por nuestra vida nos ha agrandado la existencia. En efecto, la acción docente es con toda propiedad una acción que teniendo como finalidad más propia y específica la comunicación de un saber, esto es, que busca enseñar una verdad de tal modo que enriquezca la inteligencia del alumno, no obstante, se ordena últimamente a ayudar a que los educandos vivan una vida plenamente humana, una vida con sentido que les posibilite alcanzar esa plenitud a la que por su propia naturaleza están llamados. Es, a través de lo que enseña, que el maestro educa. La tarea del maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; sino que se trata de formar a la persona del educando, ayudarlo a ser plenamente hombre. La acción del maestro nos aparece entonces, no solo como una vocación, sino como una verdadera misión, que en cierto modo le sobrepasa, pero a la que no puede renunciar. Para llevarla a cabo, ha de contar, de modo más radical y fundamental con su palabra y con su ejemplo.

    1.- La palabra es aquello en lo que está contenido su propio saber y por lo cual puede comunicarlo a su alumno. Evidentemente, no solo es la voz exterior, sino que es una palabra íntima, una palabra sabia, una palabra que conoce y entiende de modo profundo aquello que enseña. El docente no está solo repitiendo de un libro, no está recitando una lección que le es ajena y exterior, sino que el maestro verdadero, comunica aquello conocido en lo más profundo de sí mismo y lo dice como si fuera suyo. No obstante, es un saber que él mismo sabe que ha recibido de otros maestros que le precedieron, por lo que su palabra aparece inserta en una tradición de conocimiento. Transmite lo que ha recibido. Muchas veces, enriquecido por su propia reflexión, pero en esa palabra brinda a su alumno un saber que, aunque suyo, no le pertenece absolutamente y, por tanto, exige fidelidad, respeto y reconocimiento a dicha tradición. Ha de ser palabra fiel.

    Ahora bien, junto con ello, es preciso que el maestro sepa comunicar su saber en el contexto de un orden aún mayor. Ni la matemática, ni la física, ni la biología, ni ninguna ciencia o arte en concreto, tiene la fuerza para colmar el corazón humano. De allí que no puede bastarle al alumno la simple recepción de esos conocimientos descontextualizados. Es preciso además, mostrarle el sentido, el lugar que ocupa dicha ciencia en el conjunto de la propia vida humana, por lo que debe ser una palabra profunda, una palabra que esté arraigada en su propia vida interior, en aquello que su propia vida es. El maestro tiene que hacer patente que a través de la misma ciencia se pueden describir realidades superiores, como el orden del universo, la belleza de las cosas, la misma hondura de la existencia humana, etc. Pero si el alumno no sabe qué sentido tiene su vida y qué es aquello que vale verdaderamente la pena, desde luego, que la ecuación de segundo grado, la célula, o los ríos de Chile, le traerán sin cuidado. Finalmente, esa palabra ha de ser una palabra amada, esto es, el maestro debe amar profunda y apasionadamente el saber que comunica, debe manifestar que es un bien de tal modo valioso que enriquece la propia vida. Ese amor a la verdad y al saber particular que posee el maestro es lo que despierta en el alumno la inclinación decidida a adquirirlo. Solo en la medida en que se vea dicho saber como algo capaz de mejorar la propia vida porque es algo bueno, el alumno se moverá a conocerlo. De otro modo, podría pasar como algo que el maestro quiere que el alumno sepa, pero que no tiene que ver con su propia existencia concreta. Cuántas veces en una clase no hemos entendido lo que se nos ha enseñado y, sin embargo, sí entendíamos, por la pasión con la que el maestro lo enseñaba, que algo grande debía haber allí contenido.

    Evidentemente, las palabras por sí mismas no son capaces de hacer que el alumno aprenda y crezca como persona, ya que es el mismo discípulo el que ha de realizar aquellos actos que le permitan entender y amar en propiedad, no obstante, las palabras del maestro, dice Klaus Droste, son verdaderos dones capaces de suscitar en el interior del alumno aquella voz interior que le permitan moverse a pensar y comprender lo que el maestro generosamente le ha transmitido. Las palabras del maestro son la semilla que ha de dar fruto en el corazón del discípulo. Como nos enseña Tomás de Aquino: “las palabras contundentes gratuitamente ofrecidas dan fruto interior, de manera tal que el discípulo de pocas cosas oídas muchas cosas buenas anuncie”.

    2.- Junto con la palabra, el maestro ha de contar con su propio ejemplo, esto es, manifestar una clara coherencia y equilibro vital. Dicho de otro modo, manifestar con sus acciones aquello que tiene concebido en su corazón. Precisamente, porque el obrar del maestro hace patente aquello en lo que consiste su vida, que el discípulo es movido más perfectamente al bien por las acciones del maestro que por sus dichos. Si hay incoherencia entre lo que dice y lo que hace, es indudable, y la experiencia nos lo confirma, que el alumno creerá más a las acciones. Ya podrá el maestro dominar perfectamente muchas técnicas pedagógicas, ser un artista en el uso de métodos y tecnologías educativas, pero si esto no está fundado en el orden de su vida interior, esto es, en su propia integridad personal, le será difícil, si no imposible formar hombres y mujeres buenos. Por eso la gran misión de la tarea educativa a la que todo maestro está llamado (vocación) supone que el educador entrega al alumno no solo realidades exteriores, como conocimientos, habilidades, destrezas, –que también–, sino que sobre todo, le entrega, la brinda, su propia persona.

    El centro de la misión educativa es la capacidad de donación que demuestra el educador en su acción cotidiana: su transparencia, su humildad, su disponibilidad, su testimonio, su afán de superación y de crecimiento para servir a los alumnos. La docencia como misión supone la entrega de sí mismo a la persona del educando, que espera en cada sala de clase que le enseñen a vivir. Faltarían a su misión aquellos maestros que enseñando matemáticas, las vocales, historia o biología, solo enseñaran eso y no comunicaran a través de esas ciencias, con sus palabras y ejemplos, aquello por lo que vale la pena vivir. Más que buenos maestros, expertos en el arte metodológico, grandes conocedores de sus ciencias, lo que se necesita de modo urgente son maestros buenos, que sean capaces de dejar en el corazón del alumno un recuerdo ejemplar, una huella profunda en el alma del discípulo que le permita orientar su propia vida y llenarla de significado. De esta manera, entendiendo de este modo la acción del maestro, es posible aspirar a una educación de calidad como la que se anhela.

  • Apuntes sobre el sentido de la Universidad

    Apuntes sobre el sentido de la Universidad

    En la actualidad, la institución universitaria vive una profunda crisis y confusión que exige ser restablecida para dirigir sus pasos hacia lo que ella esencialmente es. Dicha exigencia viene dada por la misma nobleza de la institución, pero también por la necesidad de ofrecer a las generaciones jóvenes una formación que posibilite dirigir la sociedad a su fin último, que es el Bien común, entendido este como el bien más pleno de la persona en sociedad.

    Debido a lo anterior es que hago mías las palabras del papa Benedicto XVI: “A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en  cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la capacitación técnica… Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la universidad, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre”.

    Estas palabras, llenas de sentido, sintetizan lo que queremos expresar sobre la misión de la universidad en general y de la universidad católica en particular. Por una parte, aparece la afirmación según la cual la universidad no puede ser reducida a una institución de formación técnica, en la que se busque únicamente la utilidad y el pragmatismo inmediato, menos aún, que se absolutice en ella la lógica economicista y empresarial. No es un lugar para formar a los alumnos en un mero saber técnico y útil que les capacite para ejercer una determinada función. Sin negar esta dimensión, sin desconocer que es la universidad “el lugar donde los estudiosos examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica, contribuyendo así al enriquecimiento del saber humano”, el Papa, por otra parte, nos ilustra sobre lo que exige la vida universitaria, afirmando que la universidad se eleva y brinda mucho más. En efecto, es ella, como enseña Antonio Amado, el lugar donde se cultiva el saber superior, aquel que está pensado desde los fundamentos últimos de la realidad y que permite dar sentido y significado a los saberes particulares, esto es, donde la actitud sapiencial busca integrar todo conocimiento en la unidad del saber sobre la realidad. Es a la vez el lugar donde crece y se desarrolla el saber científico que eleva la cultura y el bienestar general, y a la vez, el lugar que orienta ese conocimiento al bien de la persona. Decía Tomás de Aquino que “todas las artes y todas las ciencias se ordenan a una sola cosa, a saber, la perfección del hombre en qué consiste su felicidad”. Por eso, la ciencia en sí misma  no nos dice nada si no está integrada en un orden superior, que es precisamente el de la dignidad de la persona humana. De allí  que bien ha definido la universidad el rey Alfonso X al decir que es “el ayuntamiento de maestros y discípulos que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes” Solo el vínculo voluntario con otros que están movidos por un amor común puede constituir vida universitaria. Amor a la verdad, pero sobre todo, amor a la Verdad, lo cual excede la sola formación intelectual y trasciende a lo humano, a lo moral. Esto es lo que posibilita la formación integral de aquellos que tienen el privilegio de ser parte de ella. Privar a la universidad de esta formación moral, como propia de su misión, es reducirla a un centro de formación técnica que nada tiene que ver con el espíritu que tradicionalmente animaba a dicha institución.

    Como se ve, no solo busca la universidad comunicar una serie de habilidades y conocimientos superficiales, sino que busca formar a la persona en su integridad, lo que supone la formación de “todas sus dimensiones”: corporal, afectiva, moral, intelectual e incluso, sobrenatural. De ese modo, el abogado no es solo un profesional que conoce los códigos y procedimientos, sino que ama la justicia y el derecho; el maestro no es solo un funcionario que aplica metodologías y tecnologías en el aula, sino que le mueve la vocación de educar en la verdad, el bien y la belleza; el periodista no es solo aquel que escribe y comunica, sino que defiende la verdad y su conocimiento; el médico no es solo quien trata enfermedades, sino que se busca la salud de las personas, etc. La universidad no solo capacita profesionalmente, sino que eleva humanamente, ya que el auténtico cultivo del conocimiento se vuelve imposible para quien no tiene una disciplina interior que le vincule con el orden de la verdad.

    Esta visión de la universidad, consiguientemente, supone y exige entre otras cosas, profesores, o mejor, maestros universitarios que posean no solo una seria formación intelectual que permita comunicar el saber que posee al que no sabe, sino que una humanidad cultivada, un sentido profundo de lo humano y del bien moral, y una libertad orientada a la comunicación de los grandes bienes del conocimiento al servicio de la formación de los alumnos.

    En efecto, ser maestro universitario no supone entretener a los alumnos y fomentar sus opiniones y juicios personales, sino transmitirles un saber profundo y hondo sobre la realidad, lo cual exige la posesión de ese saber, el amor por aquello que enseña, por sobre el dominio de la metodología concreta. No es el modo de comunicar lo que sabe lo que mueve al alumno a apasionarse por lo que estudia, sino la profundidad de lo que se le propone y el amor con el que se le transmite. Por otra parte, conscientes de la formación humana, el maestro universitario ha de ser ejemplo vivo para su alumno de aquel ideal de vida que busca proponerle. Como enseña Benedicto XVI: “En ese sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros: personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar, personas convencidas, sobre todo de la capacidad humana de avanzar”.

    En lo que respecta a una universidad de inspiración católica, en tanto que universidad, participa de la misma finalidad, esto es, en palabras de Juan Pablo II: “una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales”. No obstante, en tanto que católica se ha de dedicar por entero a “la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida», el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro”.

    En efecto, toda universidad católica debe garantizar de forma institucional, esto es, no dejando a la benevolencia de algunos de sus miembros, una presencia cristiana en la sociedad en la que existe, iluminando los problemas y cuestiones más urgentes de la cultura actual. De allí que, como sostenía el mismo Juan Pablo II, “en cuanto católica, debe poseer las características siguientes: Una inspiración cristiana por parte, no solo de cada miembro, sino también de la comunidad universitaria como tal. Una reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones. La fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia. El esfuerzo institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida. Más allá de las dificultades, los que tienen la gracia de ser parte de la vida universitaria, por el bien de los mismos alumnos y de la sociedad, deben esforzarse en llevar a la práctica estos y los anteriores principios

  • Recuperar el ocio

    Recuperar el ocio

    El filósofo surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959) se ha convertido en un fenómeno editorial gracias a su mirada fresca y actual sobre los pensadores clásicos europeos, especialmente alemanes. Él ha dicho que su fascinación por la filosofía nació de su lento ritmo de lectura cuando era un estudiante extranjero en Alemania, país al que llegó sin conocer el idioma. Esa velocidad parece ser lo que le ha permitido profundizar sobre autores como Heidegger (su tesis doctoral versa sobre su obra) o Hegel. Es también desde ese ritmo que cuestiona la aceleración de la sociedad contemporánea, a través de una decena de ensayos publicados originalmente en alemán y traducidos al español por editorial Herder (distribuidos en Chile por Liberalia).

    El más popular de sus libros es La sociedad del cansancio, en que detalla cómo la explotación clásica del trabajador se ha convertido en autoexplotación, es decir, cada uno de nosotros ha internalizado que solo vive para trabajar y que su propio valor radica en cuánta riqueza genera. En otros libros, como La agonía del Eros o La expulsión de lo distinto, aborda las consecuencias de la estandarización de las maneras de ser humano, al punto de aniquilar la singularidad y convertir el placer en una forma de represión.

    Su último libro, Buen entretenimiento, muestra cómo en el trascurso de los últimos siglos el ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada, en una insoportable forma vacía del trabajo. Para desarrollar esta reflexión, Buen entretenimiento está organizado en diez capítulos que pueden ser leídos como ensayos individuales. En el primero, “Dulce cruz”, el autor explica cómo la idea de “entretenimiento” ha cambiado a lo largo del tiempo, y lo ejemplifica con el caso de Bach y su obra “La Pasión según san Mateo”: si bien hoy se le considera música docta, en el momento de su presentación (el Viernes Santo de 1727 en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig) fue criticada porque se le consideró “operática” y en ese sentido, “entretenida”, alejada del espíritu de contrición que debiera generar la música sacra. Esta dicotomía serio/entretenido marcó también la crítica musical en el siglo XIX: en el capítulo “Sueños de mariposas” se recogen los comentarios contra Rossini por ser demasiado “entretenido”, sinónimo de liviano y frívolo. Por ejemplo, E.T.A. Hoffmann (autor de El cascanueces y el rey de los ratones) habla sobre la “limonada rossiniana” y se pregunta: “¿Cómo ha podido suceder que aquel gusto degenerado haya encontrado tantos seguidores incluso en Alemania, donde el arte solo cuenta la verdad y la seriedad?”. En el capítulo “Sobre el lujo” ahonda en la relación entre entretenimiento y lujo, entendido como un consumo que excede las necesidades naturales del hombre. La “pura diversión” es, como se advierte, un lujo accesible sólo para quienes ya tienen cubiertas sus necesidades básicas. Este vínculo se hace patente con el desarrollo económico de las sociedades europeas. Nietzche afirma que “el lujo es humillante para el hombre del conocimiento”, pues representa una vida “distinta de la vida sencilla y heroica”.

    En el capítulo “Satori” se observa cómo esta dicotomía entre espíritu –que se correspondería con el arte y la filosofía– y sensorialidad –asociada a la diversión– es propia de Occidente y no de Oriente. El ejemplo es el haiku, el poema breve japonés, que en Occidente ha sido interpretado inequívocamente como una muestra de la concisa profundidad del budismo zen. El haiku es esto y al mismo tiempo, escribe Byung-Chul Han, es un juego de  palabras, una forma de entretenimiento muy popular en Japón, usualmente provista de una buena dosis de humor. En esa cultura no existió históricamente la oposición entre arte elevado y popular: la división llegó con la occidentalización.

    Kant, si bien mantiene la distinción entre lo sensorial (lo ameno) y lo sublime (lo bello), reivindica el valor del entretenimiento. A la afirmación de Voltaire, expresada en la Crítica del juicio, “El cielo nos había dado dos cosas como contrapeso a las muchas penas de la vida: la esperanza y el sueño”, Byung-Chul Han explica que “Kant quiso agregar una tercera: la risa. También podría haber dicho el buen entretenimiento, pues justamente en el apartado que versa sobre el juego y el entretenimiento Kant reflexiona sobre la risa y su efecto positivo”. Kant lo percibe como un efecto corporal, terapéutico, no cognoscitivo. Byung-Chul Han se aleja de esta línea porque afirma que el entretenimiento, el juego, la risa y el ocio sí tienen efectos cognoscitivos: “La risa, que es causada por una desviación de lo habitual, restituye y afianza precisamente lo habitual. (…) Y reírse de lo distinto siempre significa una confirmación de lo propio, de lo conocido y de lo que nos resulta familiar. Por eso el entretenimiento que divierte se produce también en un nivel cognoscitivo, es decir, en un nivel del sentido”.

    Hacia el final del libro, el filósofo desentraña el problema del entretenimiento en la sociedad actual: dada la obsesión contemporánea por el rendimiento (es decir, que cada individuo produzca el máximo posible), se ha instalado la idea de que no puede existir entretenimiento por sí solo. “Como tantos otros fenómenos, el entretenimiento comenzó en el siglo XVIII, porque solo en el siglo XVIII surgió la diferencia entre trabajo y ocio en sentido moderno”, explica el filósofo. “Lo peculiar del actual fenómeno del entretenimiento consiste más bien en que rebasa con mucho el fenómeno del ocio (…) También la información puede ser entretenida, e incluso el saber y el trabajo, y hasta el propio mundo”. Sin embargo, este aparente predominio del entretenimiento es engañoso: “Sí incluso el trabajo mismo tiene que ser entretenido, entonces el entretenimiento se desprende por completo de su referencia a aquel ocio como fenómeno histórico”. Es decir, el entretenimiento ya no es libre: “Para ser, para formar parte del mundo, es necesario resultar entretenido”.

    En el mundo actual todo es entretenimiento, pero a la vez todo es rendimiento. En una entrevista publicada en febrero pasado por el diario español El Mundo, Byung-Chul Han ahondó en esta idea: el individuo se “entretiene” consumiendo como si fuese una obligación “estar al día”: maratones de series televisivas, redes sociales, libros, dejan de ser experiencias ociosas y libres para convertirse en deberes. “El tiempo laboral se ha totalizado hoy convirtiéndose en el tiempo absoluto. Y si resulta que nuestro tiempo vital o la duración de nuestra vida coincide por completo con el tiempo laboral, como en parte está sucediendo ya hoy, entonces la propia vida se vuelve radicalmente fugaz”, advirtió. No se trata solo de la aceleración, sino por sobre todo de la falta de sentido: “A la actual crisis del tiempo yo la llamo “discronía”. El tiempo carece de un ritmo que ponga orden, carece de una narración que cree sentido. El tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes puntuales. Ya no es narrativo, sino meramente aditivo. El tiempo se atomiza. En un tiempo atomizado tampoco es posible una experiencia de la duración. Hoy cada vez hay menos cosas que duren y que con su duración den estabilidad a la vida. El tiempo ha perdido hoy su fragancia. A la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse. Ya no es posible experimentar un tiempo pleno. A causa de esta falta de tranquilidad nuestra civilización se está tornando una barbarie”.

    Un ocio significativo debiera, entonces, hacer posible recrearse y vivir una experiencia de la duración. “El tiempo festivo es un tiempo en el que la vida se refiere a sí misma, en lugar de someterse a un objetivo externo”, afirmó en esa conversación. La propuesta de Byung-Chul Han se observa en cada uno de sus libros y en su mirada global como intelectual, al dedicarse al estudio de la filosofía en una época en que pareciera que ya pocos se interesan por desarrollar esa discusión. En la entrevista con El Mundo explicó que, por el contrario, estamos en una época en que la reflexión filosófica se hace crucial: “Hoy se elimina todo lo que no reporta un provecho inmediato, es decir, económico. Se renuncia a la formación integral a cambio de la formación profesional. Renunciar a la filosofía significa renunciar a pensar.

    La filosofía es un pensamiento meditativo, que se distingue del pensamiento calculador. Hoy el pensamiento se asimila cada vez más al cálculo. El pensamiento calculador da continuidad a lo igual. La palabra alemana para meditar, sinnen, “darle vueltas a algo”, significa originalmente “viajar”. Por tanto, en un sentido enfático, pensar es dar vueltas, viajar. Es estar en camino hacia otro lugar. El pensamiento meditativo y filosófico es el único capaz de engendrar algo totalmente distinto. Hoy vivimos en un infierno de lo igual. Para este infierno de lo igual resulta un peligro el pensar, la filosofía, porque interrumpe lo igual a favor de lo totalmente distinto, es más, a favor de una forma de vida totalmente distinta. Por eso es precisamente en el infierno de lo igual donde habría que introducir la filosofía como asignatura obligatoria, en lugar de eliminarla. De lo contrario, solo prosigue lo igual. La revolución empieza con el pensamiento”

  • Patricia Highsmith y El Atractivo De Los Caracoles

    Patricia Highsmith y El Atractivo De Los Caracoles

    Fiona Peters, una de las especialistas más destacadas en la obra de la escritora norteamericana Patricia Highsmith (1921-1995), profundiza en este artículo sobre la forma innovadora y enigmática en que Highsmith incorpora a los caracoles en su obra.

    Patricia Highsmith adoraba los caracoles, no aliñados con ajo para comérselos, sino como criaturas que pueden demostrar tendencias benignas así como malignas, dependiendo de la situación en que se les ponga. En los años 60, Patricia vivió en Europa y viajó al Reino Unido con caracoles africanos gigantes adosados a su sostén, para evitar el escrutinio de aduanas. En ocasiones sociales organizadas por su agente o en otros eventos publicitarios que odiaba, se aislaba de la muchedumbre sentándose con un bolso en su falda, observando sus caracoles mascotas mascar la lechuga que ella les ofrecía: “Después de haberme quedado con ella en su casa de Suffolk, me encontré con ella la semana siguiente en un cocktail en Londres –nos dice Peter Thomson–. Entró con un bolso gigante, el cual abrió con orgullo; contenía cien caracoles y una enorme lechuga. Sin duda, adoraba sus caracoles, eran su compañía para esa velada”. Su editor en Doubleday, Larry Ashmead, recuerda que cuando Highsmith se mudó a Francia en 1967, le contó que introdujo sus mascotas en forma ilegal escondidos bajo sus senos. Y eso era solo un viaje. “Iba y venía llevando, según ella, entre seis y diez de las criaturas bajo cada seno, cada vez que ingresaba a Francia. Y esto no era broma, era en serio” (Wilson: 2003, 267).

    En una de sus primeras novelas, Deep Water (Aguas profundas, 1957), el “héroe”, Victor Van Allen, se siente distante de su indiferente esposa. Es un afuerino en los años 50 en un pequeño pueblo del norte del estado de Nueva York. Su consuelo (que, de paso, no dura mucho) proviene sus dos caracoles mascotas: Hortense y Edgar. En un abyecto pasaje, Highsmith describe cómo Victor ve la copulación de los caracoles como “hacer el amor”: “Hortense y Edgar hacían el amor. Edgar se deslizaba de una pequeña roca para besar a Hortense en los labios. Hortense se levantaba como en cuclillas, balanceándose para recibir sus caricias, como una bailarina encantada por la música. Victor observaba por unos breves instantes, con la mente vacía, ni siquiera en los caracoles, hasta que percibía las excrecencias en forma de copa que aparecían en el costado derecho de las cabezas de ambos caracoles. ¡Cómo se adoraban y qué perfectos se veían juntos! Las copas glutinosas aumentaban de tamaño y se tocaban borde a borde. Sus labios se separaron” (Highsmith: 1957, 131).

    Esta cita captura tanto el momento mundano como el tiempo extrañamente sublime de este extremo antropomorfismo de Victor. Lleva los caracoles consigo en el bolsillo de su chaqueta, como un talismán para alejar la hostilidad de un mundo duro, poblado por humanos, de la misma forma que Highsmith, su creadora, lo hacía en la realidad. Sin embargo, en la fecha de sus cuentos “El observador de caracoles” y “El buscador de chismes vacíos”, los caracoles son presentados bajo una luz diferente, como peligrosos y malignos. “El observador de caracoles” comienza en una forma similar a Aguas profundas, donde el protagonista, Peter Koppert, observa a dos caracoles copulando, justo antes de ser cocinados para la cena. Peter los rescata y los lleva a su estudio, solo para encontrar una muerte repulsiva, mientras los caracoles se reproducen a una  velocidad abismante, desgarrando el papel mural que lo cubre por completo y termina por asfixiarlo. Al mismo tiempo, en “La búsqueda del exótico Caleveringi”, un zoólogo, Avery Clavering, busca a un caracol gigante en una isla inhabitada, pesquisa que culmina con su muerte en el mar al tratar de escapar de este caracol gigante que quería tragárselo.

    Aun cuando Highsmith es básicamente una escritora de crimen-ficción, su representación de los caracoles está motivada por temas fundamentalmente góticos. Los caracoles son abyectos, extraños, y este artículo extraerá (a través de un lente predominantemente psicoanalítico) las implicancias del uso que Highsmith hace del caracol más allá de lo neutral e históricamente ambiguos modos de representación. Lilian M. C. Randall, en El caracol y su guerra marginal gótica, argumenta que hacia fines del siglo XIII se produjeron múltiples imágenes de hombres batallando con caracoles gigantes en manuscritos ilustrados encontrados en el norte de Francia, y que “a pesar de sus implicancias satíricas y humorísticas, en línea con el espíritu predominante de las extravagancias góticas de la época, no explican su popularidad” (Randall: 1962, 358).

    Randall explica que esta representación continúa durante toda la Edad Media, de hecho constituye una tradición artística. Rachel Gillibrand reflexiona sobre esto en 2016: “Mientras este concepto ha provocado muchas opiniones diferentes y teorías, todavía constituye un enigma para medievalistas e historiadores del arte” (Gillbrand: 2016). Continúa delineando las principales teorías y argumentos propuestos para explicar lo extraño que resulta que a esta inocente y benigna criatura se le utilice en forma combinada en el imaginario de esos tiempos: “El caracol deslizándose sobre su vientre era visto como algo repulsivo, sin columna vertebral, como la imagen que tenía el vulgo de un grupo en quien no se podía confiar. Roger Pinon, por otra parte, argumenta que el caracol representaba los genitales femeninos, con su imagen como concha de caracol. Esta idea nos conecta al tema de la burla, ya que un caballero medieval huyendo de miedo de una mujer o de un encuentro sexual, se prestaría para ser un hazmerreír” (Gillibrand: 2016).

    El caracol como símbolo de la sexualidad femenina se relaciona a otras teorías sobre el significado de su uso en el imaginario medieval, como sería “la reputación del caracol como peste en el jardín” (Biggs: 2009) o un comentario sobre los arribistas. Los posibles significados de su uso son múltiples, problemáticos y transgresivos. Los estudios sobre lo poco probable de un caballero batallando caracoles, apuntan a la tradición del amor cortesano, tal como Jacques Lacan y Slavoj Žižek teorizan; estas representaciones son totalmente masoquistas e íntimamente relacionadas al instinto de muerte y al narcisismo: “La idealización de la dama, su elevación a un ideal espiritual etéreo, es concebido como un fenómeno estrictamente secundario: es una proyección narcisista cuya función es hacer que la dimensión traumática se haga invisible” (Žiźek: 1999, p. 151). El acto de mostrar al caracol como guerrero combatiente en las imágenes medievales, en mi opinión, le da un carácter eminentemente extraño y disruptivo al imaginario. Los caracoles se pueden comer, como la exquisitez de la comida francesa: l’escargot. La receta tradicional para comérselos es que sean hervidos, un proceso muy doloroso para un gasterópodo capaz de sentir dolor. Pero los caracoles también son considerados una peste. Invaden huertos en la noche y pueden comerse una lechuga entera. Los hortelanos dedicados los combaten con sal, haciendo que sus cuerpos glutinosos se arruguen y se derritan. Informes eruditos han subrayado la amenaza que representan los caracoles para la parte continental de los Estados Unidos, donde la respuesta a su presencia provoca discusiones sobre alienígenas y otras especies:  “Lo cual sirve para ilustrar la facilidad con que el caracol africano gigante puede establecerse en los Estados Unidos, sin mediar los estrictos reglamentos de cuarentena en vigencia. Aun cuando algunas personas tienden a minimizar los elementos de peligro, basándose en que esta especie no podría sobrevivir las condiciones extremadamente áridas de Arizona central, investigaciones realizadas por la Universidad de Arizona demuestran, al contrario, que infestaciones de gasterópodos terrestres pueden perfectamente producirse” (Scholarspace: 2017).

    Estos ejemplos aislados demuestran las muchas maneras en que los caracoles han sido y siguen siendo percibidos. Todas estas visiones tienen en común que el caracol es siempre un desafío nuestro universo “limpio y seguro”. Aun cuando se consumen como alimento, deben ser privados de alimentación por varios días antes de ser sumergidos en agua hirviendo. Son, como insiste Julia Kristeva, objetos abyectos:“Ante alimentos repugnantes, basura o desperdicio y excrementos, los espasmos y el vómito me protegen. La repugnancia, la náusea que me voltea y me aleja del peligro, la alcantarilla o la inmundicia. La vergüenza de estar en algo turbio, o la traición. La fascinación que se siente cuando soy impulsada a separarme de estos males” (Kristeva: 1982, 2).

    El caracol puede verse como una criatura arquetípicamente grotesca: su cuerpo por afuera y por adentro resulta un objeto abyecto, conectado a lo extraño y lo gótico. Su baba contamina y se hace evidente bajo nuestro zapato, causando una respuesta de asco al pegarse a la suela, y peor aún si se está descalzo. El caracol es un objeto grotesco que atrae y repele. Kristeva mantiene que una categoría de lo abyecto es el “horror de los signos de diferencias sexuales” femenino (o semiótico en su terminología) y por ende, opuesto al orden simbólico gobernado por sistemas de autoridad patriarcales y masculinos. Según lo visto con anterioridad, la explicación de que el caracol sea un símbolo de la sexualidad femenina transgresiva, es una lectura prevalente del por qué es representado como un combatiente de los caballeros en el imaginario del período medieval. El caracol, objeto abyecto, grotesco, criatura gótica cuyo cuerpo no tiene bordes y es antepuesto al orden social (Grosz: 1990, 72).

    Patricia Highsmith transgrede el orden social en su escritura, usando diferentes medios. El uso de caracoles es solo uno de estos medios, pero muy importante. Como dijéramos anteriormente, ella amaba en forma especial a los caracoles y consistentemente ponía a los humanos en un plano más bajo que otras especies en términos de merecer afecto y consideración. Victor van Allen, protagonista de Aguas profundas, no es feliz con su esposa Melinda y su hija Trixie, en una comunidad suburbana del norte del estado de Nueva York, donde se le considera “extraño” y “apocado” por negarse a condenar expresamente las aventuras extramaritales de su esposa, sufriendo humillaciones y replegándose en su hogar, donde se concentraba en observar el comportamiento de sus amados caracoles. Como carece de amor en su propia vida, desplaza su deseo hacia los caracoles, antromorfizándolos al punto que los caracoles hermafroditas (que tienen órganos reproductivos masculinos y femeninos), pasan a ser masculino y femenino, llamados Edgar y Hortense. Victor es un esteta (al igual de Highsmith) que no siente ninguna de las sensaciones abyectas ya expuestas al tocar a sus caracoles y al describir sus actividades y sus sentimientos mientras los acariciaba.

    Hortense y Edgar tienen una relación “amorosa” en Aguas profundas. Dado que Highsmith (a través de Victor) adscribe emociones humanas e incluso una relación monógama entre los caracoles, esto le permite a Victor evadir la amenaza de la sobre presencia sexual de Melinda (por un rato al menos). Las maneras en que el amor entre los caracoles presenta una imagen de “cuerpos sin límites” son multiples. Representan fluidos físicos, haciendo el amor por muchas horas, cubriéndose de baba. La baba es una sustancia que calza bien con el concepto de Kristeva de “objeto abyecto”, pegándose al cuerpo, interrumpiendo el estado “limpio y seguro” que representa, según Kelly Hurley en El cuerpo gótico: sexualidad, materialismo y denigración en el fin de siglo (2004), un llamado de atención apenas perceptible y gótico al cuerpo como cosa: “Nada ilustra mejor la naturaleza de cosa de la materia como la baba, ni tampoco lo cosificado del cuerpo como la bravosidad o la propenso a ser baba. Las sustancias gelatinoso-babosas – excrementos, fluidos sexuales, la saliva, el mucus– surgen de los bordes del cuerpo, apuntando a la evidente materialidad del cuerpo (Hurley: 2004, 34).

    Sophie Mantrant está de acuerdo con Hurley y relaciona este motivo al concepto de lo abyecto de Kristeva en su lectura de la baba como gótico, en Sacramentos del Mal, los cuentos supernaturales de Arthur Machen: “La imagen de lo amorfo, la masa babosa, algo recurrente en los cuentos de Mahen de 1890, y en la literatura de fin de siglo en general, se puede analizar a la luz del ensayo de Julie Kristeva sobre lo abyecto, donde define esto último como un estado intermedio, ni sólido ni líquido, ni vivo ni muerto” (Mantrant: 2016, 94). Aguas profundas trata del descenso gradual a la locura del “héroe” arquetípico de Highsmith, Victor. La novela comienza con un asesinato –el de un ex amante de su esposa–. Vic, un hombre de medios, independiente, que ama la vida definida por el orden, muy afectado por el caos de su matrimonio, se mantiene ocupado manejando un pequeño negocio de imprenta en una comunidad donde vive con su familia. Queda claro, desde el comienzo de la obra, que su comportamiento es considerado “extraño” por las parejas de los círculos de clase media que él y Melinda frecuentan.

    La aparente ecuanimidad con la cual Vic parece aceptar la seguidilla de amantes de su esposa, lascivos reptiles de bar, con inteligencia muy inferior a la suya, sin ninguna apreciación de los valores estéticos por los cuales Vic rige su vida, deja perplejos a sus amigos, uno de los cuales comenta durante una fiesta: “Eres como alguien que espera pacientemente hasta que un día haga algo” (Highsmith: 1957, 53). Aun cuando Vic no jugó ningún rol en el asesinato de Malcolm McRae (que aconteció en la ciudad de Nueva York), él dejaba que la comunidad en que vivía creyera que “tenía” algo que ver. Así parecía más “normal” a los ojos de su comunidad, que pensaba que a Vic le faltaba esa básica emoción. Con esto se elevó en la estimación de muchos, hasta que se atrapó al verdadero asesino, con lo que volvió a ser el marido que no se atrevía a actuar con firmeza, al que le faltaba la emoción de los celos.

    Cuando en una de esas fiestas de borrachera se le presenta la oportunidad de eliminar al amante de turno de Melinda, Charley de Lisle, sumergiéndolo en una piscina, Vic, siguiendo la repulsión que siente por los vivos, y ante un grupo horrorizado que acepta como normal vengarse del amante de su esposa, hace que su repulsión cese, saca a Charley y trata de revivirlo: “¿Creen – pregunta Vic mientras nada hacia Charley–, que deberíamos darlo vuelta y masajear su corazón? Y si bien pensaba estar calmo, se sintió estúpido por esa pregunta ansiosa, el tipo de pregunta que se esperaba que él hiciera” (Highsmith: 97). Esta acción lleva a Vic a planificar otros asesinatos y a retraerse más al mundo de sus caracoles. Highsmith da vueltas así ágilmente el significado común de lo abyecto a través de la forma en que Vic siente náuseas y repulsión hacia la proximidad física de otro cuerpos humanos, mientras que lo lascivo, los cadáveres etc., conceptos aceptados como lo abyecto en lo gótico, lo afirman y sosiegan. Desde un punto de vista psicoanalítico, puede decirse que los caracoles pasan a ser lo que Lacan llama un sinthome: “la manifestación de goce del sujeto de lo que no puede prescindir y que debe adoptar como “aquello que está en él y que es más que si mismo”” (Kay: 2003, 80).

    Žižek observa que los cuentos de Highsmith ilustran cómo el sinthome funciona como “pegamento”. Anota que la obra de Highsmith hace presente en los objetos las fuerzas extrañas, que repelen y atraen a la vez, y en los cuales el sinthome es un “grano invisible, un fragmento insignificante de lo real” (Žižek: 2001, 199), que logra penetrar el texto como un ancla, un fijador extraño y misterioso. En “El cementerio misterioso” el “brote subterráneo de goce” sobre el cual –argumenta– pivotea el texto son extrañas protuberancias que aparecen en el cementerio detrás de un hospital después de experimentos que utilizaron radiación sobre paciente moribundo. En vez de repulsar a los pueblerinos, como ocurriría en un texto clásico de horror, estos los adoptan y se sienten atraídos hacia ellos, escriben poemas y celebran sus existencia. Estos fenómenos, como pequeñas muestras de lo real, aun cuando insignificantes en sí mismos, le dan seguridad a la comunidad, fortaleciendo su cohesión, y teniendo la misma función que los caracoles en Aguas profundas, pero en forma colectiva y no individual, como es el caso con la soledad de Vic y su alienación de la comunidad.

    En tanto sinthome y apoyo psíquico, los caracoles de Vic lo protegen de las vicisitudes y riesgos en su vida cotidiana. A medida que la novela progresa, la protección que ofrecen se desintegra, como cuando Melinda amenaza con hervirlos en agua y comérselos para la cena, lo que hace para impresionar a Cameron, su último amante. Con la intención de provocar a Vic, Melinda envía a Cameron a preguntarle: “Oye Vic, ¿qué tal si me das dos o tres docenas de tus caracoles? Tengo una receta para una salsa de ajo y mantequilla que es una delicia. ¡Hasta un niño podría hacerla y tendría el mismo sabor que en Nueva Orleans!” (Highsmith: 199). Vic se ve obligado a defender a sus caracoles, porque no son para comer. Y cuando Cameron le pregunta para qué son entonces, Vic responde de forma ácida, que “no los usa para nada, que  son inútiles” (199). Melinda y los amigos que ha invitado a cenar intentan irrumpir en el cuarto donde Vic guarda sus caracoles, pero él logra salvarlos diciéndoles que para comerlos tiene que dejar de alimentarlos por varios días. Si bien Vic está molesto por la invasión de su espacio y el intento de matar a sus amados caracoles, se mantuvo calmo y la lógica vino a ayudarlo: “No se pueden comer los caracoles así no más –dijo en tono ligero–, tienen que tenerlos en ayuno por dos días para limpiarlos. Estos caracoles han estado comiendo, como bien lo saben” (199). Hacia el final de la novela, se atreve a traer un caracol a una celebración de su cumpleaños, y frente a amigos a quien considera dobles y que conspiran contra él, “puso el caracol adormilado que acababa de encontrar en la puerta del garage” (241).

    Esta es la última mención de caracoles en Aguas profundas. Algunas páginas antes, Hortense había puesto sus huevos cinco días después del ritual de copulación ya descrito, que es la más extensa y tierna descripción de un acto amoroso en la obra de Highsmith. La descripción antropomórfica merece ser citada porque ejemplifica la forma en que los caracoles, monstruosos, misteriosos y abyectos para algunos, son en los ojos de Vic criaturas maravillosas, quienes, por lo menos por un tiempo, lo protegen de la hipocresía y la intriga de otros seres humanos: “Los caracoles no hacían ruido. Hortense tiraba sus dardos primero. Sin dar en el blanco, ¿era eso parte del juego? Después de un rato, Edgar intentó, pero tampoco dio en el blanco. Retrocedió e intentó de nuevo, esta vez dando en el lugar correcto y el dardo se hendió, lo que motivó a Hortense a hacer otro intento. Le costó más a ella, apuntando hacia arriba, pero lo logró después de tres intentos deliberados y pacientes. Los caracoles, como anonadado en un profundo trance, sus cabezas levemente hacia atrás, sus tentáculos juntos. Vic sabía que si tuvieran párpados, sus ojos estarían cerrados. Ahora estaban estacionarios. Vic los miró hasta que vio que los bordes de sus copas se separarían. Caminó atravesando el garaje por un minuto, sintiéndose particularmente ansioso. Su mente se volcó a Melinda y luego volvió a sus caracoles para dejar de pensar en ella” (131).

    Los cuerpos babosos, sin bordes, que se transformaban en el rito amoroso, protegían la débil capacidad de Vic de funcionar en  el orden social que parecía desmoronarse a su alrededor. Después de la última mención de los caracoles, el texto simplemente revela las consecuencias de las “huellas de caracol” de Vic que quedarán como testigos de uno de sus asesinatos y que lo llevan hacia un quiebre psicológico, donde incluso la “protección” de sus amados caracoles no basta para salvarlo. En Aguas profundas, los caracoles se convierten en criaturas benignas y ya está demostrado cómo Highsmith los usa para subvertir la manera gótica generalmente aceptada de presentar a los caracoles como enigmáticos en la literatura. Vic no solo no reacciona a la baba viscosa de los caracoles con repulsión, de hecho, se siente atraído por ella debido al excesivo deseo antropomórfico de negar los horrores e irracionalidad del comportamiento humano. En otras obras de Highsmith, sin embargo, los caracoles son presentados de forma un tanto más maligna, pero debido al orgullo y estupidez de los seres humanos.

    Los dos cuentos relevantes: “El observador de caracoles” y “La búsqueda del exótico Clavering” están publicados en Eleven (1970). El primero cuenta la historia de Peter Knoppert, socio en una firma de corretaje, cuyo matrimonio no muestra las anomalías del matrimonio de Vic y Melinda en Aguas profundas. Una tarde antes de la cena, Mr. Knoppert (Highsmith nunca se refiere a él como Peter) va a la cocina y descubre “una pareja de caracoles en un bolo de porcelana en el secador del lavaplatos que se comportaban de manera extraña” (Highsmith: 1970, 13). Highsmith usa un lenguaje como en la seducción imaginaria de serpientes avanzando una hacia la otra, como si: “estuviera hipnotizada por un flautista” (14). Observa una protuberancia cual oreja “en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles, y su instinto le decía que estaba en presencia de algún tipo de actividad sexual” (14).

    Después de quedar mesmerizado por los caracoles copulando, Mr. Knoppert se los llevó a su estudio, salvándolos de una muerte inevitable, y de ahí en adelante “nunca más se sirvieron caracoles en la mesa de los Knoppert” (14). El cuidado y la crianza de caracoles pasaría a ser el hobby de Mr. Knoppert, el que practicaba en su estudio, espacio que sería de su uso exclusivo después que su esposa se resbalara en lo que ella veía como una criatura grotesca hedionda a pescado: “Su esposa Edna lo instó o bien a comerse los caracoles o a deshacerse de ellos y fue entonces que pisó sobre uno que había reptado hacia el piso” (15). Mr. Knoppert es disuadido de seguir el deseo de su esposa después de leer un pasaje de Henri Febre en el Origen de las especies de Darwin. En la página dedicada a los gasterópodos, Fabre observa que los caracoles exhiben una sensualité “en su copulación que no se encuentra en ninguna otra especie en el reino animal” (15). Mr. Knoppert hace de su estudio un lugar de procreación para caracoles y estos se multiplican de setenta a noventa con cada camada. Al leer este texto, queda claro que Highsmith se aleja de la forma ordenada de manejar los caracoles en Aguas profundas. Al contrario, en “El observador de caracoles” estos se escapan del control de Mr. Knoppert. Hay un período inicial de goce al observar la multiplicación (en un momento trata de contar el número exacto, pero termina por estimar el número entre once a doce mil). Los caracoles copulan y los huevos se realizan y las criaturas se deslizan por sus dedos, actividades que desbordan su universo privado de caracoles para darle confianza y éxito en los negocios. Estos pasajes son hermosos y aun así conllevan un aire de repulsión y peligro relacionado a lo que Žižek describe en “¿Por qué aparece el falo?”, como la transformación anamorfa de la cara de horror cuando es evocada por lo humano, y sin embargo no humano, imagen y comportamiento: “todos los que ven esta amorfa sustancia vital entran en el dominio prohibido y deben por ende ser excluidos de la comunidad” (Žižek: 2001, 115-116). Las protuberancias fálicas y las distorsiones transfiguran los cuerpos de los caracoles en copulación: “Cuando las excrecencias en forma de oreja se juntaron en forma precisa, borde con borde, un bastoncillo blanquecino como un tentáculo adicional se proyectó de una de las orejas a la oreja del otro caracol. La primera hipótesis del señor Knopper quedó anulada cuando un tentáculo surgió del otro caracol. Muy curioso, pensó. Los dos tentáculos se plegaron y de nuevo se extendieron como si supieran cuál era la marca invisible donde debían apoyarse en el otro” (Highsmith: 1970, 14).

    La “alegría” experimentada por Mr. Knopper al observar “sus caracoles” estaba en gran parte determinada por su fecundidad extraordinaria. Cada vez que visita la pieza de los caracoles cada tres semanas (que indicaba que su interés disminuía), siente que el cuarto es como un útero-prisión sofocante. Trata de salir del mismo, pero se siente impedido. Los caracoles se multiplican a tal punto, que lo abruman y no lo dejan salir. En sus intentos cada vez más desesperados de extraerse de la situación, los caracoles son presentados en la forma contraria a los caracoles de Vic en Aguas profundas. Es un cuadro grotesco: “Un caracol se metió en su boca y él lo escupió asqueado” (20). Al tratar de abrir la ventana, descubre que está atorada con criaturas gelatinosas, y trata entonces de escapar por la puerta del estudio, pero se ve impedido ya que el papel mural saturado de caracoles se desprende y lo golpea en el costado de su cabeza, y luego la lámpara se desprende y lo golpea también. Yace en el suelo agonizando, con caracoles reptando a su boca e inmovilizándolo en el suelo, sin poder ver ni respirar: “Con ojos apenas entreabiertos veía directamente en frente, a corta distancia lo que él había conocido como una planta de gomero en su macetero cerca de la puerta. Un par de caracoles estaban silenciosamente copulando sobre la planta, y justo al costado, pequeños caracoles, puros como el rocío, surgían desde un hoyo como un ejército masivo hacia el vasto mundo” (20).

    La antipatía de Highsmith contra los seres humanos y su afinidad por los animales es bien conocida. La colección de cuentos El libro de crímenes bestiales del amante de los animales (1975), incluye historias como la de un elefante explotado, ratones, gatos y otros animales. En “El observador de caracoles” estos se multiplican porque Mr. Knoppert decide permitir que los caracoles gocen su ritual copulativo, se complace y lo considera un éxito dado el grado de relajación que obtiene por todo eso. Al final, los caracoles, en la repelente escena gótica final, lo matan, pero sin rencor o intención. El cuento “La búsqueda del exótico Clavering” es el que más se asemeja en su preocupación a los textos de El libro de crímenes bestiales del amante de los animales. En El mejor amigo del hombre: la evolución, la rabia y el perro gótico, Claire Charlotte McKechnie argumenta que la forma gótica del cambio de apariencia está ligada al período victoriano tardío: “Las imágenes góticas de cambio de apariencia y de transformación, oscilan entre los contextos históricos y sociales del período victoriano tardío y los cambios significativos en el ‘progreso’ médico y científico de las décadas del 1880 y 1890” (McKechnie: 2013, 1). “La búsqueda del exótico Clavering” no ocurre en la última parte del siglo XIX, sin embargo, incorpora las sensibilidades de esa época, en especial el deseo del profesor de zoología Avery Clavering de descubrir nuevas especies animales a los cuales pudiera nombrar con su apellido: “El profesor tenía 48 años. No temía morir pronto, pero no había alcanzado fama alguna, y el descubrimiento de una nueva especie lo inmortalizaría entre sus pares” (Highsmith: 1970, 61). Avery, a pesar de la advertencia de no viajar a la isla inhabitada para ver por sí mismo estos caracoles gigantes que los “nativos” habían descubierto, insiste en ir. Cuando llega a la isla, encuentra un caracol gigante, y luego muchos más. “Una cara gigante lo observaba con mejillas o labios caídos y ondulados, con antenas de seis pies de altura, con ojos en sus puntas que lo examinaban con atención. (…) Si la concha tenía entre 15 y 18 pies en diámetro, calculaba que el cuerpo o pie del animal sería de unas seis yardas, extendido” (69). Su orgullo y su sentido de seguridad occidental humano céntrica, le cegaba al hecho de que los caracoles se movían rápido y que lo iban a matar. Highsmith narra en uno de sus cuadernos cómo concibió la trama, primero como la revancha femenina sobre la invasión del mundo de estos caracoles por Clavering, y en segundo lugar, por haber matado a su compañero: “nuestro héroe, mata al macho”, escribió en su cuaderno, pero es liquidado por la hembra que deja su cuerpo abandonado con desdén para que sea devorado por los pequeños caracoles, de lo cual Clavering es consciente mientras es devorado vivo (Wilson: 2003, 261). El maravilloso final macabro revierte la tendencia humana a comer caracoles. La tortilla se da vuelta, con Clavering corriendo hacia el mar y finalmente reconociendo su destino: “Estaba con el agua hasta la cintura cuando tropieza, la cabeza sumergida cuando el caracol se estrella contra él con miles de pares de dientes mascando su espalda. Se va a ahogar y va a ser devorado” (Highsmith:1970, 84). El caracol habituado a ser desprovisto de alimento por varios días y luego hervido vivo, revierte la situación con la humanidad.

    He podido demostrar que, mientras Highsmith utiliza a los animales en su trabajo, el uso que hace de los caracoles es único. Otras criaturas en los textos que se han discutido, también pueden describirse como imágenes góticas, como los chinches, que también viven en el garaje de Vic: “Dos chinches se movían en un pedazo del colchón buscando carne y sangre, pero él no estaba de humor para ofrecer su mano esa noche y los dos chinches arrastraron sus flácidos cuerpos buscando donde esconderse de los rayos de la linterna” (Highsmith: 1957, 19). Si bien estas criaturas chupa-sangre aportan un escalofrío gótico al texto, no tienen ninguna otra función, como es el caso de los amados caracoles de Highsmith

  • Lo que no es la moral

    Lo que no es la moral

    La ética o moral es un hecho. Todos los seres humanos, sin importar cuáles sean sus costumbres, realizan acciones que consideran buenas o malas moralmente. Más aún, sin importar su concepción antropológica o ética, todos buscan realizar acciones que los hagan buenas personas. Realidades cotidianas que todos vivimos, como el premio, el castigo, el remordimiento o el arrepentimiento, nos constatan la existencia en el orden humano de este tipo de acciones. Es posible que no haya un tema sobre el cual se discuta tanto como el de las materias morales. Las opiniones se enfrentan sin que parezca posible conciliarlas. Por todo ello es que en nuestros tiempos posmodernos suele afirmarse que la moral es del orden de la opinión. No hay lugar para certezas. Cuando se trata de ciencias empíricas o técnicas que tienen que ver con cosas objetivas, palpables, ahí sí es posible la certeza objetiva, allí sí es posible afirmar proposiciones verdaderas y rechazar con seguridad las falsas. Sin embargo, esto no ocurre en el ámbito de la moral, que de ningún modo puede ser considerada una ciencia. En ella todo es subjetivo, todo es opinable.

    Pero eso dista mucho de ser verdadero. La moral no solo es un hecho empírico, sino que se puede reflexionar filosóficamente sobre el modo adecuado en que el ser humano puede obrar de un modo tal que pueda alcanzar la felicidad. No obstante, como pareciera más difícil afirmar el carácter científico (filosófico) que tiene la moral, tal vez resulta más conveniente, en esta oportunidad, dejar establecido al menos lo que no es la moral, de modo que se pueda luego establecer lo que es, con una base más sólida.

    1.–En primer lugar, un error que es necesario descartar es el que está fundado sobre un cierto individualismo moderno o posmoderno. Nos referimos a aquel que sostiene que la moral depende de lo que piensa cada uno. Es el famoso “para ti” o “para mí”, el conocido “yo pienso que” o “yo creo que”. Este error está fundado en el agnosticismo moral que sostiene que en estas materias nada puede ser conocido con certeza y, por tanto, el conocimiento sobre el obrar humano en relación con su felicidad queda reducido a la opinión personal. Pero al haber opiniones contrarias entre sí, sucede que las cosas son buenas y no son buenas dependiendo del sujeto que lo esté considerando o de las circunstancias. Así, por ejemplo, para una persona puede ser bueno y conveniente aceptar coimas para enriquecerse y darle un mejor nivel de vida a su familia, y para otro, puede resultar inaceptable desde todo punto de vista. Afirmar que cada uno puede sostener esa opinión como correcta es suponer que todo es relativo, que no hay bondad absoluta. Este relativismo moral, aunque está muy extendido en nuestros días, no deja de ser una equivocación, dado que se funda en un error del orden especulativo: la negación del principio de no-contradicción. ¿Qué señala este principio? “Es imposible que lo mismo sea y no sea a la vez y en el mismo sentido”. Dicho más simplemente: todo lo que es, es y lo que no es, no es. Así, una cosa no puede ser buena y no buena a la vez y en el mismo sentido. Puede alguien ser vanidoso y estudiante a la vez,sin duda, pero alguien no puede ser y no ser vanidoso a la vez y en el mismo sentido. Afirmar esto es a todas luces violar un principio

    fundamental de nuestra inteligencia, principio primero y, por tanto, evidente. De este modo, las cosas son y no son, lo cual es absurdo y contradictorio. Así, llevado al orden moral la negación de este principio, tenemos que quitar la vida a un niño inocente en el seno de su madre (aborto) es bueno y es malo a la vez, dependiendo de quien lo esté considerando. La dificultad está en llegar a conocer lo que son, en descifrar la bondad o maldad intrínseca de los actos, pero ese es otro problema, pero afirmar que en moral todo es relativo conduce a un completo escepticismo, que en el fondo nos conduce a pensar que da lo mismo lo que hacemos. Para salir de este error es preciso realizar un gran esfuerzo por conocer la verdad en el orden moral, pero no contentarse con la posición fácil del relativismo, que no es otra cosa que el capricho y el egoísmo personal.

    2.–Un segundo error en materia moral es el que está fundado en el culturalismo o historicismo. Ambos errores están íntimamente ligados al relativismo. Según estas corrientes, la moral cambia según las personas, las culturas y las épocas. Esto aumenta la sensación de que la moral es inestable y provisional. Lo que es bueno y lo que es malo moralmente, se afirma, va cambiando con el tiempo y las culturas. Algunas cosas que para los griegos eran consideradas como buenas y nobles, hoy son consideradas malas y reprobables. La esclavitud suele ser un ejemplo que se esgrime a menudo: para los griegos era buena la esclavitud, para nosotros es mala. Y más aún, en un mismo momento histórico hay diversas culturas con preceptos morales diferentes. En nuestros días, por ejemplo, mientras se defiende en el mundo occidental la dignidad de la mujer, vemos que en otros lugares no se la considera. Es decir, para ellos no es malo conculcar los derechos de la mujer, porque para ellos no los tiene. Esta consideración no deja de ser un error, ya que es el mismo “para mí”, “para ti” del relativismo, pero aplicado al orden cultural. Y es que el culturalismo no es más que otra forma de relativismo. ¿No hay culturas que tienen por buenos los sacrificios humanos? ¿No hay sociedades que mantienen la esclavitud? ¿Los romanos no concedían al padre el derecho de exponer al hijo recién nacido? La moral no puede ser universal, dicen, depende del tiempo y de las culturas.

    Quien afirme lo anterior desconoce que la moral no descansa en la ignorancia de estos hechos. Todo lo contrario, la reflexión racional sobre la cuestión de lo bueno y lo malo comenzó, precisamente, con el descubrimiento de esos hechos. En el siglo V a. C. eran ya ampliamente conocidos. Procedentes de viajes, corrían en Grecia noticias que contaban cosas fantásticas de las costumbres (ethos) de los pueblos vecinos. Pero los griegos no se contentaron con encontrar esas costumbres sencillamente absurdas, despreciables o primitivas, sino que los filósofos buscaron una medida o regla con la que medir las distintas maneras de vivir. Y a esa regla o medida la llamaron fisis o naturaleza. Así, la costumbre de las jóvenes escitas que se cortaban un pecho resultaba peor que su contraria. No diremos ahora cuáles actos están conformes a esa naturaleza, solo digamos que existe lo que podemos denominar con C.S Lewis “normas del comportamiento decente” que son obvias e iguales para todos los hombres. Que existan muchas culturas con diversas costumbres nada significa, más que hay diversas culturas con diversas costumbres. Porque sí quisiéramos, a partir de ello, afirmar que cada moral es válida en su cultura, ¿con qué derecho intentaríamos avanzar en la defensa de la dignidad humana? ¿Tienen dignidad las mujeres o solo las occidentales? ¿Qué pasa en las culturas que aún en nuestros días practican la ablación, por ejemplo? ¿Solo porque se practica en un determinado lugar basta para que no hagamos nada para detener semejante práctica o al menos, iluminar para que se vea el atentado atroz que eso supone para la mujer, para esas mujeres en concreto? La moral no puede depender de la cultura, porque no todas las culturas poseen costumbres que protejan la dignidad humana. Si fuera así, no deberíamos hacer nada para cambiar en la nuestra los aspectos en los que aún no está garantizado el respeto al ser humano. Para salir de este error es necesario considerar que el criterio no puede ser la propia cultura, sino la dignidad de la persona. Visto así, se aprecia enseguida cómo en realidad las diferencias entre las culturas son menos, mucho menos que las semejanzas, porque todas tienen en común el cultivo del ser humano. No existe cultura alguna que admire a los traidores o a los egoístas; lo mismo en relación al matrimonio: hay culturas que permiten el matrimonio con una, dos o más esposas, pero en todas es claro que no se puede estar con la mujer que a uno se le antoje. Dicho de otra manera, existe una ley natural común a todos los seres humanos en todos los tiempos y lugares. Otra cosa muy distinta es, que por diversas razones, no se conozca o no se quiera seguir dicha ley y por costumbre llegue a deformarse el sentido común en materias morales. Así, no puede afirmarse que la moral dependa de las culturas, ni de las épocas, sino que está inseparablemente unida a la naturaleza humana.

    3.–Finalmente, otro error muy difundido con respecto a la moral en nuestros días es aquel que sostiene que la moral es algo que impide disfrutar de la vida. La moral sería un conjunto de principios que reprimen, que coartan la “libertad de uno de hacer lo que le gusta”. Aparece la moral ante quienes así opinan como un conjunto de prohibiciones, más que de principios. La respuesta a tal afirmación exige una larga reflexión, pero diremos aquí, siguiendo a C.S Lewis, que “las reglas morales son instrucciones para hacer funcionar la máquina humana”. Son como las claves para hacer un uso correcto de eso que llamamos “nuestro Yo”. Dicho de otro modo, es la manera de asegurarnos la felicidad. Sí encontráramos un mapa que nos indica el camino para encontrar un tesoro en una isla perdida, ¿lo seguiríamos al pie de la letra o no? La respuesta es, evidentemente, que lo seguiríamos, siempre y cuando lo que queramos sea encontrar el tesoro, pues bien, ese tesoro es la felicidad y el mapa para encontrarlo son las reglas morales que nos guían en el camino hacia nuestra perfección. Las reglas morales, en lugar de coartarnos la libertad, son las que aseguran su mejor uso. Ellas son las que nos aseguran el camino a la plenitud humana. ¿Podríamos afirmar que las leyes del tránsito nos coartan nuestra libertad de ir por donde se nos ocurra? O debemos afirmar, por el contrario, que son ellas las que nos garantizan llegar sanos y salvos a casa. Claramente es esto último, ya que precisamente aquellos que no logran llegar “sanos y salvos” a casa es debido, en la mayoría de los casos, a que alguien no quiso respetar las normas.

    El orden moral, pese a ser tan cotidiano y tan cercano a nosotros, exige una reflexión y profundización al igual que el resto de saberes sobre la realidad. Mejor dicho, exige una mayor reflexión que el resto de saberes, porque está en juego nada menos que nuestra propia felicidad. En este sentido, debemos estar alertas a ciertas “ideas” que prevalecen en nuestros días y que pueden afectar la consideración del recto orden moral. Así, luego de lo visto, vemos que la moral no es algo que dependa de lo que cada uno piense o sienta, que no depende de la cultura o la historia y que, finalmente, no es algo que coarte la libertad, sino que la garantiza. Con estos principios, puede uno adecuadamente, enfrentar la reflexión sobre qué es el bien y qué el mal. Pero dejaremos este desafío para otra oportunidad. No seguirlas ir contra nuestro propio bien.

  • La dignidad humana: Un concepto olvidado

    La dignidad humana: Un concepto olvidado

    No es muy difícil apreciar que nuestro tiempo ha defendido, como ningún otro, en la letra y las declaraciones, la dignidad humana. Pero a la vez, es el tiempo en que más se ha atropellado dicha dignidad. Ejemplos existen para todos los gustos, por eso no nos detendremos en ellos, pero es una realidad que vivimos en una sociedad que ha perdido el sentido de lo que significa ser persona humana. Algunos dicen que es una sociedad despersonalizada que pone los bienes materiales sobre el bien más preciado, que es el ser humano. Por eso es necesario volver a poner frente a nuestra atención el valor que posee el ser personal, así como su particular y especialísima dignidad.

    La persona humana es un sujeto libre. Este debe ser nuestro punto de partida. Persona y libertad están de tal modo implicados que negar una es negar la otra. Pero ¿qué significa que la persona sea libre? No que puede hacer cualquier cosa que se le antoje, sino que es dueña de sí misma y de sus actos. Esta es la verdadera libertad, la de dirigirse por sí mismo a la propia felicidad. La persona humana, por su naturaleza racional, tiene dominio de sí para ordenarse a su plenitud. Es precisamente este dominio sobre sí mismo lo que nos permite afirmar que nadie, absolutamente nadie, puede tener a la persona como propiedad. Si ella es dueña de sí misma, nadie puede tener a otra persona como siendo su dueño, al modo como se tiene un celular o una bicicleta. Si la persona tiene posesión de sí misma, nadie puede disponer de ella a su antojo como lo hacemos con una mascota, que la  llevamos a casa o la sacamos a pasear decidiendo por ella. La persona humana es aquel sujeto que por su propio modo de ser decide por sí mismo, de modo que nadie la puede usar o instrumentalizar porque, dicho de modo más claro, la persona es “suya”. El ser humano “se tiene” a sí mismo, por lo que nadie puede tenerlo, dominarlo, manipularlo.

    Pero entiéndase bien: es la bondad del ser personal la que hace que la persona no pueda ser dominada, usada y que nadie pueda instrumentalizarla. En efecto, la nobleza de la persona es tal que no está hecha para ser “de nadie”, ni siquiera de Dios, porque Dios la ha creado por amor con libertad para que sea “suya”, para que desde sí misma se determine al Bien. No es la persona una  realidad que exista para otra cosa, sino que es el único ser en la naturaleza que ha sido creado por sí mismo como fin. En efecto, es la persona un fin en sí mismo, que vale por sí mismo y todo lo demás en relación a ella. De manera que nunca y por ningún motivo o razón puede ser medio para otra cosa. Este valor que tiene la persona, esta nobleza que le da el ser libre, es lo que se denomina “dignidad”. El ser humano por su naturaleza racional es un ser personal, máximamente individual y único. Esa individualidad se debe a que es un sujeto libre que se ordena por sí mismo a su felicidad y plenitud. Y es esa misma libertad que impide que se subordine a otra cosa, la que hace de él un ser dignísimo, valioso por sí mismo. Pero ¿qué es la dignidad?  

    La dignidad, en una primera aproximación, podemos decir que es la sublime modalidad de lo bueno. Dicho de otro modo, como  sostiene Melendo, es la excelencia o la nobleza de aquello que tiene una categoría o valor superior. El término “digno” alude a una realidad valiosa, a una realidad que posee tal grado de bondad que solo puede calificarse como positiva. Por ello, decir que la persona es digna o que la persona tiene dignidad es como una tautología, porque la misma noción de persona supone aquello que tiene excelencia en el ser. Agregar que lo excelso, lo valioso que es el ser personal, además es digno, es afirmar más explícitamente su valor superior. Este valor, desde luego, no procede de ciertas cualidades, características, acciones  o determinaciones exteriores que pueda tener una persona, sino que procede de lo más íntimo de su ser. En efecto, no es un valor que se deba adquirir o que se deba conquistar, sino que se posee por el hecho de ser persona y, por tanto, por tener ese modo de ser espiritual y libre. De modo que es algo que surge del elevado valor interior del ser personal, no de ciertos atavíos exteriores.

    Esta noción de dignidad ha sido afirmada y defendida por varios filósofos. Así por ejemplo Kant sostiene que “aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente un valor relativo o precio, sino un valor interno,  esto es, dignidad”. Como se ve, lo digno se opone a lo útil, a lo que puede comprarse o venderse. La persona trasciende infinitamente todo valor comercial o de utilidad. Es fin en sí mismo, nunca medio. Kierkegaard, por su parte, escribe en su Diario que la condición personal, entendida en su sentido más hondo, como raíz  y fundamento de la nobleza humana, no es algo inmediatamente  accesible, porque la dignidad de la persona “es un replegarse en sí mismo, un clausum, un mystérion; la personalidad es lo que está dentro y este es el motivo de que el término persona resulte significativo”. Lo digno dice relación con lo que se afirma y vale por  sí mismo, que no recibe su valor por su relación con otro. En esta misma línea insistía Spaemann quien sostiene que la dignidad es la “expresión de un descansar-en-sí-mismo, de una independencia interior”. Ese replegarse en sí mismo, esa independencia o autonomía interior propia del ser personal que se tiene a sí mismo  es lo que define de algún modo la dignidad humana. Es ese valor que no le viene dado desde fuera sino desde la propia interioridad. Ahora bien, esa no dependencia, ese descansar en sí mismo es propio de lo absoluto, de lo que no está vinculado ni dependiente de otro. En este sentido es que Tomás de Aquino dice que la dignidad es “de absolutis dictis”, esto es, lo digno pertenece a aquello de lo que se dice es absoluto. De donde se sigue que la persona no es buscada según una conveniencia o relación con otra cosa, sino que, por ser un absoluto, es buscada por sí misma. Así lo dice explícitamente Tomás de Aquino: “únicamente la persona es buscada por sí misma y las demás cosas por ella”.

    En estos tiempos en los que todo es relativo, en lo que da la  impresión de que todo  depende de la propia percepción y nada  es lo mismo para todos, es preciso reivindicar con fuerza este carácter absoluto de la persona humana. La dignidad personal no depende ni de la percepción subjetiva, ni de la cultura, ni de la opinión imperante, ni de la mayoría social, sino que se funda en el mismo ser libre del ser humano. Es el valor del ser personal  lo que hace aparecer esta realidad que llamamos “dignidad”. En este sentido, no puede entenderse este concepto sin su relación  intrínseca con el ser personal. Persona, libertad y dignidad, son realidades íntimamente ligadas, que de ningún modo pueden separarse o desligarse, sin que se vean afectadas las otras, como señalamos al comienzo. Negar en el ser humano su libertad es, a la vez, privarlo de dignidad y de la condición de persona. Del mismo modo, negar su dignidad es negar su condición de persona libre. Por eso, podemos definir la dignidad, sintetizando las reflexiones  de los anteriores filósofos, diciendo que es la bondad superior que corresponde a lo absoluto. Definición que podría perfectamente aplicarse también a la persona. La bondad de la persona es de un orden superior, de aquel propio de los bienes llamados honestos, esto es, amados por sí mismos y nunca por otra cosa. Bondad que posee la persona por el hecho de ser. Lo cual supone que la dignidad no se posee por alguna determinación del orden esencial, como la actualización de la racionalidad o la manifestación en acto de la libertad, sino por participar de ese grado de ser que posibilita la posesión de uno mismo. Así, aunque la persona no realice actos racionales o actos deliberados, posee igualmente dignidad y merece ser tratada como fin y nunca como medio.

    Cabe señalar, aun cuando estamos en el orden puramente filosófico, que el fundamento último de la dignidad personal no puede encontrarse en la sola consideración de la persona como ser libre. La persona es un sujeto libre, como hemos visto, pero lo es debido a la apertura radical a la realidad que le da su naturaleza espiritual. De allí que los autores materialistas, que niegan la naturaleza espiritual en el ser humano, se empeñen en negar también la libertad humana. Lo mismos aquellos que desde una visión cientificista de la realidad, reducen todo a lo que puede ser medido, pesado, cuantificado. Negada la espiritualidad y afirmadas solo las leyes físicas de la materia, se pierde la posibilidad de encontrarse con la grandeza de la libertad humana. Ahora bien, esa espiritualidad no procede de lo material, no procede de lo inferior, sino que debe tener su causa y principio en un ser también espiritual, capaz de dar el ser. Esa naturaleza espiritual no puede ser sino participación del Ser que es fuente y principio de todo ser, aquel que llamamos Dios. Por eso, ese carácter absoluto que posee la persona por ser dueña de sí misma, por poseer dominio sobre su propio ser, procede últimamente de que es ella “imagen y semejanza de Dios”. Hay en la persona humana, por participar de la naturaleza espiritual o racional, una chispa divina, como afirmaba Sócrates, que es lo que da razón última de su valor y dignidad. Evidentemente, la persona no solo es, sino que también actúa y, por tanto, puede hacerse indigna moralmente por actuar de un modo contrario a su dignidad radical. Pero es preciso dejar claramente establecido, porque de eso depende el irrestricto respeto que le debemos a todo ser humano, que no hay acto por malo, por deleznable que sea, que haga perder aquella dignidad humana que se tiene por el mismo hecho de ser persona. Reconocer esta verdad es el principio de un obrar bueno y feliz

  • La democracia ateniense: Mito, violencia y exclusión

    La democracia ateniense: Mito, violencia y exclusión

    ¿Qué es la democracia y cuáles son sus fundamentos? ¿De dónde proviene su legitimidad? Lejos de pretender dar respuesta unívoca a ello, lo que nos interesa es aportar reflexivamente a comprender una de las razones del por qué nos es tan difícil definirla cuando, supuestamente, existe una larga tradición histórica que la sustenta y que es además una de las bases estructurales de lo que conocemos como Historia universal. “¡Ah!, que jamás un intruso, salido de otra casa, reine sobre la ciudad, si no es de la cepa de los nobles erecteidas…” Eurípides, Ión.

    En tiempos donde el modelo democrático parece estar en una crisis profunda y no tener respuestas para un sinnúmero de demandas que apuntan a la necesidad de replantear las bases del sistema, parece pertinente detenerse en una pregunta que muchas veces es obviada en la medida que damos por sentado su significado: ¿Qué es la democracia y cuáles son sus fundamentos? ¿De dónde proviene su legitimidad? Lejos de pretender dar respuesta unívoca a ello, lo que nos interesa es aportar reflexivamente a comprender una de las razones del por qué nos es tan difícil definirla cuando, supuestamente, existe una larga tradición histórica que la sustenta y que es además una de las bases estructurales de lo que conocemos como Historia universal. Aquella tradición ha sido producto de una invención que permanente se ha ido actualizando desde la temprana modernidad, y que ha hecho tanto de la democracia ateniense como del republicanismo romano uno de los pilares de la política moderna. Justamente, el problema histórico radica en el hecho de que se ha creado una tradición tomando como punto originario fenómenos que responden más a los procesos de recepción modernos que a un conjunto material concreto de ideas de la Antigüedad.

    En este artículo abordaremos el problema de los orígenes del concepto de democracia en la ciudad de Atenas del siglo V a. C. para comprender sus fundamentos y las paradojas que resultan del hecho de intentar asimilar aquel modelo con las experiencias modernas como si hubiese ahí una concatenación evidente de fenómenos comunes y que formarían parte de algún tipo de excepcionalidad occidental. Así, veremos que la democracia no es solo una invención moderna a partir de un conjunto de ideas y textos canónicos determinados, sino que es también una creación discursiva compleja en sus orígenes antiguos y no una invención de un momento determinado, por lo que no existe un modelo sino más bien una experiencia democrática que se fue construyendo durante las primeras décadas del siglo V a. C.

    Antecedentes arcaicos de la democracia ateniense: orígenes de una idea:

    Al pensar sobre los comienzos de la democracia ateniense parece pertinente volver a lo planteado por Hannah Arendt quien, al reflexionar sobre el problema de la legitimidad de las democracias contemporáneas en Sobre la revolución, analiza qué tipo de relación debe existir entre la innovación propuesta por los sistemas democráticos y la tradición histórica que parece ir muchas veces en la dirección contraria. Esto porque justamente esta tensión entre el pasado y el presente, entre la preservación de una tradición y la transformación de la misma, es lo que está en el centro de la implantación del nuevo sistema democrático a fines del siglo VI y comienzos del V a. C. Por lo tanto, la pregunta histórica que se impone es la siguiente: ¿Debemos entender la democracia ateniense como un proceso cuyos orígenes se encuentran ya en el surgimiento de las poleis griegas durante la época arcaica (y, por lo tanto, la democracia sería uno de sus productos posibles) o, por el contrario, debemos entenderlo como el resultado de un corte radical con el pasado y que sería el origen de lo que se ha denominado como el “milagro griego”? Si bien muchas veces se resaltan más los aspectos inéditos de la democracia ateniense, desarraigándola de sus antecedentes históricos previos, es fundamental entender en qué medida esta no se puede explicar sin poner atención a los fenómenos previos que tanto externa como internamente condicionaron su emergencia.

    En primer lugar, debemos considerar las transformaciones ocurridas durante el período arcaico (siglos VIII al VI a. C.) que llevaron a la constitución de las polis como unidades políticas fundamentales de lo que denominamos como universo griego. Estas ciudades emergen hacia el siglo VIII a. C. como estructuras complejas donde la vida cívica se comienza a articular de manera muy distinta a como había ocurrido durante el período de los palacios micénicos (siglos XVI al XII) y que eran propiedad privada del rey. Hablar de poleis griegas es hacerlo ya de un fenómeno histórico que implica la disolución de gran parte de las características micénicas que dan paso a nuevas formas de entender y ordenar las emergentes nuevas colectividades. Como ejemplos podemos mencionar: en el ámbito militar, la reforma hoplita transforma la guerra individual en colectiva dando espacio a un número mayor de ciudadano participe de ella y de la política como consecuencia directa; de la administración palacial de corte oriental en cuya cabeza se encuentran los antiguos reyes todopoderosos micénicos (wanax) se pasa a comunidades independientes que tienen sistemas autogestionados y elegidos libremente; del ámbito privado del palacio micénico al mundo público de la acrópolis y el ágora; de la asamblea de corte palacial  a la articulación de la palabra en el espacio público, entre otras. Muchas de las ideas que sostendrán posteriormente el discurso ideológico de la democracia ateniense se encuentran ya en el universo de las polis griegas donde la palabra que se separa de la tradición mítica (logos) y la sabiduría humana (sophía) como cualidad reflexiva comienzan a imponerse por sobre otros instrumentos de poder en la vida cívica.

    Sin embargo, en la historia particular de la ciudad de Atenas existen episodios en los que estos procesos, en busca de evitar los conflictos civiles (stasis), no solo se manifestaron y desarrollaron aún más, sino también en algunas ocasiones tendieron a revertirlos. De ahí que la posterior irrupción del modelo democrático haya establecido una relación compleja con su propio pasado, exaltando a diferentes momentos y personajes del pasado dependiendo del contexto y de la facción política. Si por una parte tenemos episodios como la exhibición pública de las leyes de la ciudad por Dracón en el 620 a. C. –que puede verse como una forma de cesión del poder de la administración de la justicia por el conocimiento exclusivo de las leyes pero también como una estrategia superficial de evitar los enfrentamientos civiles que experimentaba la ciudad–, o la legislación de Solón en el 594-593 a. C., que adelanta diversas reformas que la democracia del siglo V a. C. tomará como referente (y de ahí que fuese considerado posteriormente por los propios atenienses como uno de sus fundadores e incluso como padre de la misma); por otra tenemos también el largo período de tiranía en Atenas durante el siglo VI a. C. (567-510 a. C.), donde la relación con lo democrático es más compleja. Si bien la tiranía fue uno de los principales antagonistas ideológicos de la democracia del siglo V a.C., es indudable que el pueblo (demos) se vio favorecido por muchas de las medidas populistas impulsadas por los tiranos e incluso algunas de ellas fueron parte del nuevo sistema en el siglo V a. C., como la tragedia. Como veremos, esta oposición ideológica es más bien una construcción discursiva de la democracia ateniense durante su período de legitimación y consolidación y no una condición natural entre estos dos sistemas políticos.

    Demokratía: la invención ateniense:

    El advenimiento de la democracia ateniense está lejos de ser un acontecimiento simple de circunscribir a un contexto y figura(s) determinada(s). La tradición habitual le otorga a Clístenes el rol principal de su instauración hacia el año 508 a. C. a través de una serie de reformas políticas que buscaban integrar a todos los sectores sociales en las actividades cívicas de la ciudad. El lugar común que se extrae de esto es que estos cambios se sostenían en base a la caída en desgracia de las facciones cercanas a los tiranos y por el apoyo popular de quienes se vieron beneficiados por sus reformas que recibieron el nombre de isonomía, es decir, el establecimiento de la igualdad de reparto de los derechos políticos y la igualdad ante la ley entre todos los ciudadanos. Sin embargo, en esta historia hay dos problemas elementales vinculados con nuestro tema en cuestión que son frecuentemente omitidos: a) Que el origen de la democracia no fue exclusivamente ateniense, sino que, además de los procesos arcaicos ya descritos, su nacimiento solo se explica por la invasión espartana que puso fin a la tiranía en Atenas en el año 510 a. C. Tras esta intervención los espartanos intentaron imponer un sistema oligárquico en la ciudad que ocasionó una respuesta de gran parte de la población ateniense, ocasión que fue aprovechada por la facción liderada por Clístenes para pasar unas reformas que tenían que ir más allá de los cambios  ocurridos en época arcaica (y en espacial durante la tiranía). Este acontecimiento fue muy importante posteriormente en la fase de construcción ideológica del discurso democrático una vez que los  atenienses comiencen a ver en Esparta al otro frente al cual irán  definiendo su propia identidad. b) No existe ninguna referencia al concepto demokratía en su época y tampoco posteriores que aludan a ellos, lo que explica el hecho de que nunca fuese considerado por los atenienses como el fundador de la democracia a diferencia de otros personajes como Solón. Si bien es posible encontrar el sustantivo dêmos (pueblo) asociado al verbo krateîn (gobernar) de manera aislada en algunas fuentes arcaicas espartanas (como en fragmentos de Tirteo y en la Gran Rhétra), en el caso de la ciudad de Atenas la primera fuente en la que podemos evidenciar su presencia es en la tragedia Las Suplicantes de Esquilo (463-462 a.C.) y su uso corriente para designar al sistema de poder donde la soberanía popular es ejercida positivamente solo se remontaría a mediados del siglo V a. C.

    Es decir, no tenemos en Atenas hasta casi mediados de siglo una noción clara y extendida de demokratía y menos aún una percepción de su sistema político como fundamentado a partir de la soberanía popular. ¿Qué fue lo que produjo este cambio y por qué el concepto se consolida ideológicamente volviéndose la encarnación misma del ethos cívico de la ciudad? El acontecimiento más importante fue, sin lugar a dudas, las Guerras Persas, consolidando las reformas democráticas y permitiendo que los sectores populares tuviesen cada vez mayor injerencia más allá de lo político. Si bien desde las reformas de Clístenes los ciudadanos podían participar directamente en las decisiones políticas de la ciudad, ya que gran parte de las magistraturas eran sorteadas, la participación de los ciudadanos comunes en la asamblea no era muy frecuente, la administración de la justicia seguía en manos del consejo de ancianos de la ciudad (areópago) y el poder militar estaba en manos de la infantería hoplita que excluía absolutamente a las clases bajas (solo participaban aquellos ciudadanos con el poder adquisitivo para adquirir la costosa panoplia de guerra). Sin embargo, tras el triunfo sobre los persas (y en particular tras la exitosa batalla de Salamina), fue la marina la que se posicionó como principal ámbito militar ateniense. Ahora las clases más bajas (thêtes) no solo podían participar en política, sino que también tenían un rol crucial en la defensa de la ciudad y en el posterior desarrollo del imperio ateniense gracias a su participación como remeros en las naves construidas con los fondos públicos. Este cambio resultó tan importante como el de la aparición de la reforma hoplita durante el período arcaico, la que no sólo transformó el arte de la guerra de lo individual a lo colectivo, sino que además confirmó los procesos de ampliación de las bases de participación de las polis, producto de la mayor presencia de ciudadanos en la guerra. El desarrollo de la marina tuvo efectos similares y la democratización de la sociedad ateniense no puede explicarse sin tener a la vista el desarrollo del imperio y, por tanto, de su poderío naval.

    Hacia una construcción ideológica de la excepcionalidad democrática: la fundamentación libertaria y la nueva identidad ateniense:

    El nuevo escenario posterior a las Guerras Persas transformó no sólo la posición de Atenas dentro del escenario heleno, sino que además alteró la manera en la que la ciudad se concebía a sí misma. Pensar la colectividad como un todo homogéneo, con un origen e historia común, generó las bases para que el concepto de demokratía emergiese y se consolidase durante el período de la pentekontaetía (cincuenta años entre las Guerras Persas y la Guerra del Peloponeso). Justamente, es la idea que se tiene del demos uno de los cambios más significativos que producirá la discursividad democrática ateniense durante su apogeo: de un concepto que en el mundo arcaico denominaba al pueblo en cuanto clase más baja y que se oponía a la aristocracia pasa a denominar al conjunto de los ciudadanos que forman parte activa de la política de la ciudad.

    El proyecto democrático adquirió una inédita fuerza ideológica a partir del triunfo griego sobre los persas y la lectura e interpretación que los atenienses hicieron de aquello en las décadas siguientes al fin del conflicto, que tuvo como causa principal, defender la libertad que iba a conferir a Atenas un imperio que solo acabaría a finales de siglo tras la derrota en la Guerra del Peloponeso. Este imperio comienza a gestarse apenas finalizan las Guerras Persas (479 a. C.) con la creación de la Liga de Delos, proyecto que tenía como fundamento crear un bloque defensivo contra un posible regreso de los persas, pero también posicionarse como una alianza contra posibles problemas con la Liga del Peloponeso, a cuya cabeza se encontraba Esparta. Esta liga surgió casi como producto natural del triunfo sobre los persas por el miedo de las poleis de Grecia oriental por una más que probable venganza persa y donde ellas serían las primeras perjudicadas, por el rol preponderante que había tenido Atenas en el transcurso de la guerra y en la que Esparta había actuado de manera bastante desinteresada, y por la posición estratégica y capacidad militar marítima que Atenas tenía por sobre los lacedemonios. Sin embargo, esta liga, que comenzó siendo una alianza donde todas las polis participantes (la mayoría del Egeo y de Asia Menor) tenían un rol igualitario (como proyección del sistema democrático, en caso de problemas el voto de cada una de ellas valía lo mismo), fue rápidamente convirtiéndose en un verdadero imperio en la medida que los atenienses empezaron a depender económica e ideológicamente del mismo. Cuando algunas de las ciudades de la liga quisieron salirse para dejar de pagar tributos, los atenienses comenzaron a responder cada vez con mayor fuerza y violencia, argumentando que estas ciudades ya se beneficiaban política, económica y culturalmente de la alianza, por lo que no podían salirse de ella.

    De esta manera, de la mano del imperio externo, se dio comienzo a una experiencia democrática que irá progresivamente revirtiendo la dominación aristocrática en la ciudad y que irá paralelamente creando una nueva construcción discursiva del ethos ateniense. En este proceso, los sectores populares irán teniendo cada vez mayor injerencia gracias a transformaciones que irán asegurado que todos los ciudadanos participen activamente de la vida pública. Al ya mencionado cambio militar de la marina podemos agregar la nueva relación entre política y educación, que se crea a partir del teatro (donde la tragedia se vuelve un espacio de educación pública obligatorio para los ciudadanos, pagando incluso el erario la entrada de quienes no podían hacerlo), la importación masiva de esclavos de todos los rincones del Mediterráneo (que permitirá que todos los ciudadanos participen de los asuntos públicos en la medida que los privados eran atendidos por esclavos), o la reforma a la administración de la justicia de Efialtes del 461 a. C., en la que se distribuyeron entre la asamblea, los tribunales populares y el consejo de los 500 (Boulé). Este empoderamiento de los sectores populares terminará imponiendo una efectiva concepción de igualdad en todos los ámbitos, lo que permitió que comenzaran a aparecer discursos y representaciones del colectivo que posicionaban a la democracia ateniense en un plano de excepcionalidad en el mundo griego gracias a una particular relación con los ideales de libertad, justicia y autoctonía.

    En cuanto al concepto de libertad, es imposible no comenzar hablando de la evidente paradoja que es posible advertir entre la política interior democrática –se resalta la igualdad, libertad y justicia imperante entre sus ciudadanos–, y la exterior, donde en las relaciones con otros miembros de la Liga de Delos se impondrá muchas veces una real politik que subordinará los aliados a la voluntad de Atenas. Pero esta aparente ambigüedad entre democracia-libertad interna e imperio-esclavitud externa no es tal si consideramos que el discurso ateniense nunca se pensó desde fundamentos universales o absolutos. La libertad ahora no solo implicaba para los atenienses el hecho de no ser esclavo, sino que adquiría un sentido “positivo” que apuntaba a una transformación humana de sus ciudadanos: debían actuar por el bien público y tomar responsabilidad por los asuntos políticos que afectaban a la colectividad, y esto solo era posible gracias a la esclavitud de otros. La libertad era concebida así como un bien exclusivamente ateniense, y de ahí que hablemos de una libertad política y no privada.

    El ideal de justicia es otro de los que ayudarán a forjar el ethos democrático ateniense en su plenitud. A partir de una relación crítica con el pasado griego en general (y por lo tanto con el suyo), la política democrática fue estableciendo rápidamente distancia con las formas arcaicas de administrar la justicia (diké). De la mano de ideas que comenzaron a homologarse al nuevo sistema, como igualdad, racionalidad o participación, la antigua justicia divina que se heredaba de generación en generación es ahora cuestionada de la mano de una racionalidad democrática que busca impulsar nuevas lógicas acorde a las demandas de los ciudadanos (como las reformas de Efialtes del 462 a. C. antes mencionadas). Si la justicia tradicional griega se rige por la naturaleza, la violencia, y la fuerza, la ateniense se mueve por la racionalidad, la persuasión,la benignidad, las que pasarán a encarnar el nuevo ideal interno de justicia. El teatro es uno de los ámbitos donde vemos encarnado con claridad este nuevo ideal: si los mitos en los que se basan las tragedias atenienses están llenos de hechos de violencia, a la hora de ponerlas en escena esta violencia es solo aludida, imaginada, no es jamás representaba en el escenario. El mejor ejemplo de esto lo podemos encontrar en la trilogía la Orestíada de Esquilo (458 a. C.), donde Orestes, tras años errando por haber asesinado a su madre Clitemnestra, es acogido por la ciudad de Atenas, cuyo tribunal escucha su caso, evitando que las Erinias (diosas de la venganza y encargadas de hacer justicia en casos de asesinato) apliquen de manera natural el castigo ancestral que se merece. En este sentido, la justicia racional de la ciudad de Atenas se impone por sobre la salvaje de las antiguas tradiciones griegas.

    Por último, tenemos que hablar del problema de la autoctonía como ideal que confirma la construcción discursiva antes señalada. Fue el encuentro de un origen y sentido común el que permitió consolidar el ethos democrático que había comenzado a configurarse durante las primeras décadas del siglo V a. C. Para muchos, la fecha decisiva es el 462 a. C., momento en el que se quiebran las relaciones con Esparta y donde esta se convierte en posible enemigo de Atenas. Esta oposición fue creando progresivamente tanto una imagen polar de Esparta como una unificación del discurso público respecto de la historia y política de la ciudad. En este sentido, la oligarquía espartana representaba lo opuesto a la democracia, lo que le daba cierta continuidad a la democracia ateniense en la medida que se continuaba defendiendo la libertad y la democracia contra las tiranías como supuestamente lo había hecho en su origen y en la lucha contra el imperio persa. Esto explica, por ejemplo, que la verdadera historia de la caída de la tiranía producto de la intervención espartana fuera suprimida y que en su lugar se crearan mitos que le daban un carácter autóctono a la democracia, la cual solo podía provenir de lo propio y no como producto de quien ahora era el enemigo. Dentro de estos mitos, el más popular es aquel de los llamados “tiranoctones” o asesinos de tiranos, que contaba la leyenda de dos héroes que habían dado muerte a los hijos del tirano Pisístrato devolviéndole la libertad a Atenas. A partir de lo que sostiene Heródoto en sus Historias, vemos cómo los atenienses fueron creando una retórica colectiva que terminó superponiéndose a la realidad: la liberación de la tiranía fue producto de una empresa de libertadores atenienses y no de la ayuda espartana. Así, el régimen democrático se liberaba de la injerencia extranjera y podía decirse que era de la tierra local. Solo quedaba cerrar este proceso con la creación de un origen común más allá del político, es decir, de la sangre ateniense desde antes de la existencia de la democracia.

    Si el espacio de lo público en la democracia apuntaba cada vez más a la igualdad entre los ciudadanos, ¿cómo homologar los orígenes ancestrales de diversas familias aristocráticas con los de las familias que no formaban parte de ese mundo? ¿Qué sucedía con aquellos que descendían de madres extranjeras? El mito de la autoctonía ateniense se vuelve un lugar común durante la segunda mitad del siglo V a. C. y busca unir discursivamente lo que estuvo dividido por siglos en la ciudad. El cambio se explica por la excepcionalidad ateniense a partir del poderío imperial y por las diferencias que buscan establecerse con otras ciudades griegas en general y con Esparta en particular, legitimando el orgullo colectivo. Si estos últimos dicen descender de Heracles y haber invadido el Peloponeso en calidad de extranjeros, los atenienses son su opuesto y pasan a ser los verdaderos autóctonos de Grecia. Previo a este contexto, la retórica sobre la autoctonía era propia de algunas familias que buscaban diferenciarse del resto de la comunidad ateniense a partir de un origen “más ateniense”. Incluso, pequeñas partes de la ciudadanía ateniense se jactaban de ser extranjeros con el fin de no sentirse identificados con esta polis de manera absoluta.

    Pero el recurso al mito y a la tradición cumple un rol esencial en el nuevo escenario conformado por el imperio democrático del cual todos forman parte. Marca una continuidad con el pasado griego y ateniense transformándose ahora en el soporte de un nuevo discurso identitario que termina igualando en la palabra lo que en la realidad no lo es. Estas medidas “propagandística” se desarrollaron bajo los parámetros del mito como rol pedagógico y eje central de la ciudad, pues se ocupó la tierra misma para conservar la tradición autóctona, y así, aproximar a cada generación el vínculo que une el presente con el origen (aión), para identificar así un comienzo y la ocupación continua del suelo ateniense, dando como resultado, su relación con el génos o raza común a todos. Esta raza ateniense desciende de Erictonio (nacido de la tierra), el primer rey de Atenas, y que es producto del semen de Hefesto, que en su intento por violar a la virgen Atenea cayó en la pierna de esta y luego en la tierra fértil de Atenas. Es decir, los atenienses descienden de un rey “sin madre” y tienen a la diosa Atenea como divinidad protectora, aquella que tampoco tiene madre y que fue engendrada directamente en la cabeza de Zeus. Un padre para cada uno, pero una sola madre para todos. Esta retórica de la inclusión/exclusión es la que evoca precisamente Platón en el siglo IV a. C., evidenciando su importancia incluso entre aquellos que pertenecían a sectores críticos de la democracia: “Nosotros y los nuestros, todos hermanos nacidos de una misma madre, no nos creemos unos de otros ni amos ni esclavos, sino que la igualdad de origen (isogonía) establecida por naturaleza, nos obliga a buscar la igualdad política (isonomía) establecida por la ley” (Menéxeno 238e – 239a).

    Esta política ateniense del mito excluye lo femenino como una manera de reafirmar y legitimar la posición dominante masculina de los ciudadanos, quienes tienen un origen común y cuyo origen excepcional explica la superioridad de su sistema político. Es por esto que la exclusión femenina de la política no puede ser una simple medida hecha por los hombres de su tiempo y sentenciada por la ley de la ciudad, debe ser naturalizada y por lo tanto divinizada desde el origen. Esto se realiza también a través del mito que explica por qué las mujeres no participan de la política: en el origen de los tiempos sí lo hacían, y ellas se pronunciaron a favor de Atenea en el momento en que se enfrentaba a Poseidón para determinar quién sería el dios protector de la ciudad. Los hombres votaron por Poseidón, pero fueron derrotados por las mujeres, quienes, paradójicamente, sufrieron la ira del dios y como castigo perdieron el voto para siempre. En este sentido, el sistema democrático que excluye a la mujer no hace sino velar por el cumplimiento de la voluntad de los dioses (sean estos Poseidón, Eleutheria, Diké o Atenea). Podemos concluir esta reflexión recordando parte de las palabras de la oración fúnebre de Pericles del año 431 a. C., quizás el discurso más famoso de esta retórica democrática. En ellas podemos advertir la presencia de estas ideas que acá hemos discutido y que dieron vida a esta experiencia democrática radical.

    Comenzaré, ante todo, por nuestros antepasados, pues es justo y, al mismo tiempo, apropiado a una ocasión como la presente, que se lesrinda este homenaje de recordación. Habitando siempre ellos mismos esta tierra a través de sucesivas generaciones, es mérito suyo el habérnosla legado libre hasta nuestros días. (…) Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce en favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia; respecto a las leyes, todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares; en lo relativo a los honores, cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social; y tampoco al que es pobre, por su parte, su oscura posición le impide prestar sus servicios a la patria, si es que tiene la posibilidad de hacerlo.

    Tenemos por norma respetar la libertad, tanto en los asuntos públicos como en las rivalidades diarias de unos con otros, sin enojarnos con nuestro vecino cuando él actúa espontáneamente, ni exteriorizar nuestra molestia, pues ésta, aunque innocua, es ingrata de presenciar. Si bien en los asuntos privados somos indulgentes, en los públicos, en cambio, ante todo por un respetuoso temor, jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir. (…) Y si, para aquellas esposas que ahora quedan viudas, debo también decir algo acerca de las virtudes propias de la mujer, lo resumiré todo en un breve consejo: grande será vuestra gloria si no desmerecéis vuestra condición natural de mujeres y si conseguís que vuestro nombre ande lo menos posible en boca de los hombres, ni para bien ni para mal

  • Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Los pequeños alumnos de la guardería sueca Egalia no se consideran a sí mismos niños o niñas, sino que para ellos todo es neutro. La causa está en el método pedagógico que siguen sus profesores, al eliminar por completo el uso de palabras como él y ella. En su lugar utilizan el pronombre finlandés hen (similar al “it” del inglés), que, al ser neutro, sirve para referirse tanto a un hombre como a una mujer. Toda la línea didáctica de la escuela se caracteriza por la ausencia de referencias o estereotipos sexuales, lo que convierte a este centro en una experiencia única no solo en Suecia, sino que en todo el mundo.

    Esa neutralidad sexual pasó por primera vez a ser reconocida legalmente gracias al caso de Norrie Mel-Welby, un hombre que nació en Reino Unido, emigró cuando tenía siete años a Australia y al no identificarse con su sexo, a los 28 años se hizo una operación para convertirse en mujer. Ahora a los 48 años, su país de origen ha reconocido legalmente a una persona sin sexo definido. Norrie ha sido la primera persona en ser reconocida como tal, teniendo un sexo neutro en su partida de nacimiento.

    Pero tal vez el caso más increíble en este sentido es el de un niño argentino de 6 años (sí, 6 años) que ha pasado a ser considerado oficialmente como niña tras recibir de manos de las autoridades del Gobierno provincial de Buenos Aires un documento de identidad con su nuevo sexo y, por supuesto, nuevo nombre: Luana, de acuerdo al derecho a la “identidad autopercibida” establecido por ley, lo que supone el primer caso de autorización de cambio de sexo en el que no existe decisión  judicial previa. La madre reconoce que tan pronto como su hijo empezó a hablar, expresó su rechazo a identificarse como niño, con la afirmación: ‘Yo, nena’.

    Estos y otros casos manifiestan la influencia en Occidente de la llamada “ideología de género”, una ideología que tiene como finalidad cambiar radicalmente la sociedad a través de un giro en el modo de entender al mismo ser humano. Si bien su origen se remonta a ciertas corrientes feministas de la década de los 60 y de los 70, es a partir de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer llevada a cabo en Pekín en 1995, que se difunde masivamente. De modo sintético se puede decir que esta ideología sostiene que el sexo es simplemente una realidad dada por la naturaleza biológica, que nada tiene que ver con el género, el cual es una construcción libre del propio individuo. Lo sintetizaba Simone de Beauvoir al afirmar: “La mujer no nace, se hace”. Ante la cada vez mayor presencia de esta ideología, conviene reflexionar brevemente sobre la sexualidad humana o mejor dicho, sobre la condición sexual de la persona, dadas las consecuencias que puede tener para la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, etc., el avance de estas ideas. La persona humana es un sujeto espiritual y libre pero que tiene, como la misma experiencia lo manifiesta, una dimensión material: la persona humana tiene cuerpo. Pero no tiene cuerpo como decimos que tenemos puesto un sombrero o que tenemos anteojos o que tenemos ropa: somos nuestro cuerpo. Al cuerpo lo vivenciamos como parte de nuestro ser. No decimos mi cuerpo tiene frío, sino que yo tengo frío; no decimos a mi cuerpo le duele la parte de arriba, sino decimos, me duele la cabeza. El cuerpo somos nosotros. No somos un ángel metido en un cuerpo material. Pero este cuerpo que somos, es tal cuerpo; y este cuerpo es el que es porque está configurado, organizado por un alma espiritual que le comunica la misma dignidad personal propia del espíritu. Nuestro cuerpo es un cuerpo personal, es el cuerpo de la persona humana. Por eso no podemos decir: “a mí me tienen que respetar porque soy digno y valgo por sí mismo, pero con mi cuerpo hagan lo que quieran”. ¡No! El cuerpo participa de la misma dignidad del ser personal. Y es allí, en el cuerpo personal, en el cuerpo informado y configurado por el alma espiritual, donde aparece la sexualidad.

    Los ángeles y Dios son seres personales pero no poseen sexualidad. Dios no es ni varón ni mujer; los ángeles no son varones o mujeres. Pero la persona humana por ser corpórea es una persona sexuada. Con su corporalidad viene, por así decirlo, incluida la sexualidad. La sexualidad es, por tanto, inseparable de la persona. El sexo no es del cuerpo, no es de la biología solamente, sino que es de la persona. No somos almas masculinas o femeninas encerradas en cuerpos que pueden o no corresponder con nosotros. El ser humano existe como varón y como mujer.

    La persona humana es una persona sexuada, por lo que existe necesariamente como persona masculina o persona femenina. La sexualidad es una dimensión constitutiva de la persona humana, no es algo extrínseco al ser personal; no es un simple atributo, no es un asunto meramente biológico o algo reducido a la mera genitalidad, como si cambiando ésta, como hizo Norrie, todo quedaría cambiado y solucionado. No se trata de agregarse ni sacarse nada, sino que el ser varón o mujer es un modo de ser de la persona humana; es  algo que impregna la humanidad del hombre y de la mujer en su totalidad.

    Y la pregunta que uno puede hacerse es ¿por qué la persona humana es sexuada? No puede ser propiamente para la propagación de la especie, porque conocemos en la naturaleza especies que se reproducen asexuadamente. Y sin embargo, la persona humana es varón y mujer. La razón la encontramos en la naturaleza misma del  ser personal: estar llamado al conocimiento y al amor. En efecto, la persona, por ser lo que es, alcanza su perfección y realización última en la entrega sincera de sí misma a los demás, de modo que la diferencia sexual significa una clara disposición hacia el otro, manifestando que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser-para-el-otro. Persona masculina y persona femenina, varón y mujer, no existen solo para estar uno al lado del otro, sino que están destinados a ser uno para el otro. El cuerpo humano sexuado, manifiesta la apertura a otro cuerpo personal sexuado, impulsa a la persona a salir de sí misma, a buscar al otro, a encontrarse con el otro. La persona está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual, o diríamos mejor, sexuada.

    De allí que salvaguardada totalmente la radical igualdad que hay entre uno y otro por el hecho de ser personas, es preciso reconocer también las diferencias que existen entre ellos, de modo que no atentemos contra esa singularidad: varón y mujer son iguales porque comparten la misma naturaleza, pero son diferentes porque la comparten de diversas maneras. Ser varón o ser mujer no se encuentra en la línea de lo específico, sino en la línea de concreción de esa especificidad, en la línea del distinto modo en que esa naturaleza se concreta. De allí que mientras más afirmemos que son  iguales en perfección personal, más debemos afirmar su distinción en el modo propio de ser persona. No existe la persona humana no concretizada. No existen personas humanas a las que se les añada extrínsecamente un sexo, porque la persona humana, como ya lo hemos dicho, incluye la corporeidad y por tanto, la sexualidad. De tal manera, que lo que verdaderamente existe es la persona masculina y persona femenina. La persona entera es varón o mujer “en la unidad de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser, desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas y espirituales. La igual dignidad que existe  entre ambos, en nada disminuye las evidentes diferencias que  existen entre ambos. Claro que objetivamente, desde lo específico,  el varón y la mujer pueden hacer las mismas cosas, pero desde el punto de vista de la concreción de la especie, desde el punto de vista del modo propio de ser, el varón no hace las cosas como las  hace la mujer. El hombre piensa, la mujer piensa, pero no lo hacen  del mismo modo; lo hacen según su propio modo de ser. El hombre ama, la mujer ama, pero no lo hacen de la misma e igual forma. Esto no es muy tenido en cuenta en nuestros días en los que más bien, como señalan varios sociólogos y psicólogos, asistimos a una fuerte feminización del hombre y a una masculinización de la mujer.

    Vamos hacia una homologación, hacia la pérdida de la diversidad. De hecho lo que buscan las corrientes más radicales de la ideología de género, no es la igualdad entre varón y mujer, sino la anulación de esas categorías, tal como los ejemplos arriba citados lo evidencian. Por eso debemos defender y reivindicar con la misma vehemencia la igualdad como la diferencia. Las diferencias, en modo alguno, disminuyen la igual dignidad personal de unos y otros. Son iguales en dignidad, pero insistimos, esa igualdad no nos puede llevar a negar las diferencias y las especificidades propias de uno y otro sexo. De hecho las diferencias psicológicas y espirituales son más profundas que las biológicas, precisamente porque la corporeidad manifiesta la interioridad personal. No reconocer la realidad de varón o mujer de un sujeto humano, relegándolo al orden de lo neutro, es atentar contra su más profunda intimidad personal. Ahora bien, ¿qué es lo propiamente femenino y qué es lo propiamente masculino? ¿A qué se deben esas diferencias? No es  descabellado pensar que esas diferencias están fundadas en aquello que solo la mujer puede hacer y en aquello que solo el hombre puede hacer. Todo lo que hace la mujer puede hacerlo el varón y todo lo que hace el varón puede hacerlo la mujer, menos una cosa: ser madre o padre. Lo que manifiesta aún más que entre el varón y la mujer hay una verdadera diferencia ordenada a la mutua complementariedad porque para llegar a ser aquello que solo ella puede ser, necesita del varón y el varón para realizar aquello que solo él puede ser, necesita de la mujer. Lejos de ser una opresión tortuosa impuesta por una sociedad patriarcal, la posibilidad de ser madre brota de la misma naturaleza biológica y espiritual de la misma mujer. Puede, por cierto, alguna mujer no querer o no poder tener hijos, puede aborrecer o idolatrar la maternidad, lo que no se puede es negar que, como tal, la mujer dice orden a la maternidad. La paternidad y la maternidad configuran todo el ser masculino y el ser femenino dejando claro, por supuesto, que estas son características que no se reducen a lo biológico –porque se puede ser padre o madre espiritual–, pero están íntimamente ligados a ello. De allí que cortar el nexo íntimo que hay entre lo corpóreo y lo espiritual, entre la naturaleza y la cultura, supone atentar contra la misma esencia del ser humano y solo puede tener consecuencias negativas, sobre todo para esos niños de los ejemplos señalados, que sin ellos quererlo, son educados sin respetar su condición natural.

  • Confucio y la Familia China

    Confucio y la Familia China

    “Conocer lo que es justo y no practicarlo es una cobardía” Analectas, Confucio.

    En China, en la época de los estados guerreros (403-221 a.C) aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china, cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país.

    Si hay algo que caracteriza a la historia de China es la existencia de las dinastías, que se sucedieron a lo largo de los siglos al mando del Emperador, Hijo del Cielo, que tenía el Mandato Divino y que decidía sobre la vida y la muerte de todos sus súbditos. La casa Zhou (771-256 a.C) comenzó a ver que su poder disminuía a causa de la aparición de estados familiares que se fueron convirtiendo en verdaderos feudos amurallados y que no pretendían hacer caso del poder central. En el período llamado Primavera- Otoño (722-481 a.C) existían alrededor de 170 de estos estados que luchaban con violencia entre sí para hacerse del poder total. En la era de los estados guerreros subsistían siete de estos estados. Curiosamente estos estados guerreros fueron los (403-221 a.C) que propiciaron la aparición de pensadores y filósofos para que aconsejaran y ayudaran a encontrar un camino para volver a la unificación del país y a la paz entre sus habitantes.

    Así, alentados por este clima propicio, aparecieron numerosos pensadores, “las cien escuelas”, que tuvieron muchísima influencia en su momento. Confucio (551-479 a.C) y su discípulo más importante Mencio (372-289 a.C) pertenecieron a este grupo y en su pensamiento se encuentran los fundamentos de la filosofía china,  cimiento de toda una estructura social y cultural que ha perdurado en los siglos. Pero no fue hasta la dinastía Han (206 a.C- 220 d.C) que el pensamiento de Confucio es adoptado como esencia fundamental de la vida cultural, política y social del país. Si pudiéramos decirlo así, la época de las “cien escuelas” fue una época de oro del pensamiento en el mundo. Contemporáneos de Confucio fueron Buda en la India, Platón y Aristóteles en Grecia.

    El sueño de unificación de China se hizo realidad cuando los ejércitos del estado guerrero Qin vencieron a los otros estados en el 221 a.C y el rey Qin se otorgó a sí mismo el título de Primer Emperador. En el año 210 a.C muere y su imperio se desintegra rápidamente. Es así que en el año 206 a.C comienza la dinastía Han y se instala definitivamente el pensamiento de Confucio. Hacia el siglo II a.C el confucionismo se había convertido en el sistema del Estado Chino. Las enseñanzas orales de Confucio se conservaban en las Analectas y éstas junto a los cinco clásicos servían de base para la política gubernativa: Kung-Fu Tsé o Confucio es el personaje que más ha influido en la vida china y que sigue influyendo aún. Su obra más importante es Lun-Yu, Analecta o Conversaciones filosóficas que se divide en dos libros: el Chang- Lun y el Hia-Lun. Estos libros son una colección de sentencias y proverbios que contienen cuanto de importante enseñó o hizo Kung-Fu Tsé, que en estos libros es llamado Tsé, palabra china que significa maestro o por filósofo.

    Se cree que en esa época aparecieron los cinco clásicos confucianos: el Libro de los Cambios, el Libro de Historia, el Libro de Odas, el  Libro de Ritos y los Anales de Primavera y Otoño. En realidad en la  mayoría de ellos, Confucio se limitó a recopilar todas las enseñanzas y pensamientos de los antiguos pensadores y sabios de la China. Es interesante conocer que Confucio basó sus enseñanzas en el fomento de la moralidad, el orden, el estudio, la tradición y la armonía entre los seres humanos y la sociedad. Tradicionalmente la doctrina confuciana tiene tres puntos fuertes institucionales: El Estado, la Escuela y la Familia.

    El confucionismo tenía una gran importancia para el Estado, pues de hecho, las dinastías chinas debían mucho de su estabilidad y continuidad burocrática al saber confuciano, en comparación con la inestabilidad relativa de otros regímenes dinásticos existentes en esas épocas como por ejemplo los de la India. El confucionismo dependía menos del Estado para su supervivencia que éste de aquél, dice Fairbank en su libro China, la verdadera Historia porque aunque se sintiera afectado por el encumbramiento y caída de las dinastías, el confucionismo, encontró la manera de sobrevivir. Además, y eso era quizás su fortaleza, el confucionismo  siempre fue independiente de la dinastía de turno y no le interesaba quedarse con el poder. Así jamás organizaron un partido político ni llevaron a cabo una revolución, ni se hicieron con el poder. Esto no sería del todo nuevo para los confucianos y aún menos para el mismo Confucio y los que supieron comprenderle. A los ojos de Confucio no es necesario un cargo público para prestar un servicio o cumplir con la propia responsabilidad social.

    Y en cuanto a la enseñanza la escuela Confucio quiso educar a una elíte para convertirla en un conjunto de hombres superiores que pudieran aconsejar al gobernante y que fueran respetados por el pueblo. En relación a este tema Theodore de Bary en su libro Civilizaciones del Este Asiático lo explica muy claramente: “En la época moderna aún cuando los sistemas establecidos de cultura confuciana superior padecieron la destrucción de las élites políticas y sociales tradicionales, el respeto por el saber que había inculcado el despliegue de la educación neoconfuciana siguió siendo un estímulo poderoso para adquirir nuevos conocimientos. Aún con el cambio brusco que experimentó el contenido de la enseñanza, este amor profundamente asentado por el saber que tenían los pueblos durante largo tiempo por los valores confucianos, demostró ser una fuente de energía y adaptabilidad continuas, de tal modo que, en la misma China, llegó a contrarrestar el asalto total que la Revolución Cultural lanzó sobre la enseñanza”.

    En cuanto a la familia, Confucio enseñó una ética que colocaba a la familia como centro de la vida política, social y cultural. La familia estaba perfectamente estructurada y las relaciones entre ellos claramente definidas en base a la autoridad y la jerarquía y así se establecían los cinco valores fundamentales que estaban perfectamente estructurados: las relaciones que deben existir entre el príncipe y sus súbditos, entre el padre y sus hijos, entre el marido y la esposa, entre los hermanos mayores y los hermanos menores y entre los amigos entre sí.

    La Familia China.

    La familia ha sido siempre en China la base de la estructura social. La doctrina de Confucio veía a la sociedad como un gran conjunto de familias que vivían bajo el mandato del Emperador. Es decir que el núcleo de la sociedad era la familia y no el individuo. Y aún  antes de Confucio la base familiar ya estaba bastante definida en la cultura china. El individuo al nacer ya tenía establecido cuál era su rol dentro de la familia, cuál era la meta a cumplir y que se esperaba de su conducta. Esta noción perduró a través de los siglos pues era esta institución la que daba estabilidad a la sociedad, al Estado y al individuo. Y de esta manera se lograba la armonía entre los hombres,  y entre éstos, la sociedad y el universo, bien supremo al que aspiraba la doctrina confuciana.

    Ya dijimos que Confucio definía cinco relaciones entre los seres humanos: entre príncipe y ministros, padre e hijos, esposo y esposa, hermano mayor y hermano menor y por último entre amigos. No es casualidad que de estas cinco relaciones fundamentales, tres se refieran a la familia que era vista como un núcleo con jerarquías, protocolo y métodos de gobierno tal como lo era el Estado. El aprendizaje del hombre superior que propiciaba Confucio se iniciaba en la familia.

    Uno de los conceptos más importantes en cuanto al orden familiar y las obligaciones de sus miembros, era la obligación filial que servían a futuro para ser respetuosos y obedientes con las autoridades. El padre dentro del grupo familiar era el jefe indiscutido, la autoridad máxima contra la que las mujeres y los hijos no se atrevían a rebelarse. Si llegaba a pasar esto, el padre tenía todas las atribuciones para castigar a los que osaban transgredir estos códigos de honor. Atribución por lo demás que tenía el Emperador sobre todos los hombres y mujeres de su Imperio.

    En cuanto a la situación de la mujer, es evidente que ocupaba los rangos inferiores dentro de esta estructura firmemente jerarquizada. La principal función de la mujer era tener hijos. No tenía derecho a educación formal excepto las que les transmitía la madre sobre el cuidado del hogar y como ser una perfecta esposa. El sistema de parentesco se transmitía a través de la familia del padre. Las hijas al casarse abandonaban la familia, desaparecían para siempre y pasaban a integrar la familia del marido e incluso tenían la obligación de venerar sus antepasados. Si la mujer no tenía hijos o aún peor si no tenía hijo varón, la suegra podía buscar otras esposas  o concubinas para su hijo. El tener una hija mujer era visto como una desgracia que solo traía gastos a la familia y que llegada a una edad no iba a pertenecer más a ella. Toda esta tradición cultural referente a las mujeres se prestó para abusos como el infanticidio. Además en la dinastía Tang comenzó el mas cruel de todos los rituales que causó innumerables muertes en las niñas entre los seis y siete años: el vendado de los pies que continuaría vigente hasta bien entrado el siglo XX. El suicidio de las mujeres viudas era considerado un acto muy honorable y las mujeres que lo hacían merecían ser recordadas con respeto.

    La Familia china actual:

    Así dentro de estas estructuras se mantuvo la institución familiar a lo largo de la historia hasta que en el siglo XX, para ser más exactos a partir de 1911, con la caída de las dinastías, China comenzó a experimentar cambios bruscos y transformaciones profundas en lo económico, político y social.

    Se producen guerras internas, hay invasiones extranjeras, las ciudades comienzan a crecer, el sistema agrario empieza a cambiar y esto obliga a buscar formas de vivir adaptadas a los tiempos. La familia como era concebida, unida y jerarquizada empieza a perder terreno. El final de las visiones confucianas del mundo y de la sociedad es propiciado por las nuevas formas de gobierno y se agudizan en la época del comunismo y en especial en la Revolución Cultural de Mao. Todo lo viejo, todo lo antiguo debe ser borrado. La crisis es profunda porque destruye lo más esencial del alma nacional china, sin la familia todo se tambalea, todo está a punto de caer. Como veremos, luego de la Revolución Cultural que trató de borrar la identidad cultural y milenaria del pueblo, hay una vuelta atrás y las autoridades comienzan a ser más flexibles.

    A partir del año 1979 una medida drástica del gobierno golpea otra vez a la familia: a raíz del aumento explosivo de la población se determina la política dura e inflexible del “hijo único”. Han pasado más de treinta años desde ese momento y hoy comienzan ya a sentirse los efectos que esta ley ha provocado en la estructura familiar y las interrogantes de lo que pasará en el futuro solo provocan temor e incertidumbre. Al implementar la política de un solo hijo por familia, el gobierno chino ha hecho que muchos padres prefieran tener un hijo varón, que  los sostendrá a ellos en su vejez y no una hija que se casará y deberá permanecer con la familia del esposo.

    Consecuencia de esto es la cantidad de abortos de hijas mujeres. Es tan fuerte el problema que el gobierno ha restringido el acceso a las ecografías para no saber anticipadamente el sexo del hijo y provocar abortos. En resumen el resultado de la política del hijo único es que faltan en la China unos 30 millones de mujeres aptas para el matrimonio. Además está el problema del envejecimiento de la población.

    Hay diversos reportajes y estudios que tratan este problema y la mayoría de los hijos únicos expresa su deseo de haber tenido un hermano para “tener con quién compartir las alegrías y las tristezas” El sentimiento de soledad que ellos tuvieron hace que la mayoría de estos hijos únicos quiera tener dos hijos. Hasta el momento el Estado había dejado la decisión del segundo hijo a los gobiernos locales de las provincias, pero consciente de los problemas que ha acarreado a nivel nacional la política del hijo único, ha flexibilizado su posición y ha anunciado que se permite tener un segundo hijo. Si la familia tiene dos hijos, la carga de mantener a los padres será menos pesada.

    Además de todos los problemas que acarrea esta política de planificación familiar se suma la presión que sufre el hijo único de parte de los padres para que estudie, sea un alumno exitoso y logre entrar a las universidades más prestigiadas del país. El vicepresidente del Centro de Investigación sobre Jóvenes y Adolescentes de China, (CIJA) dice:”Esto es una tarea casi imposible de cumplir teniendo en cuenta que siempre hay 50 estudiantes por clase. Es una expectativa irreal que hace que muchos niños pierdan la confianza en ellos mismos y crean que son unos fracasados cuando apenas han cumplido los 14 años”.

    ¿Tiene validez el pensamiento confuciano en la China de hoy?:

    El pensamiento de Confucio, después de haber sido marginado de la sociedad china por el partido comunista y el maoísmo y acusado de ser responsable del atraso económico, de la desigualdad social y de ser baluarte del sistema feudal, ha vuelto en todo su esplendor. La Revolución Cultural de Mao destruyó y atacó las bases del pensamiento tradicional chino, budismo, taoísmo y sobre todo la doctrina de Confucio, pero después de la muerte del líder comunista, los nuevos dirigentes volvieron a buscar los viejos valores y encuentran en sus ideales culturales una respuesta para el tipo de sociedad a la que aspiran lograr. En un país que crece aceleradamente y la fiebre por el dinero arrasa con todos sus habitantes, los líderes del partido han encontrado en los ideales de Confucio un camino para no caer en un capitalismo salvaje. Hay que volver, dicen, a la moral tradicional, a la unidad familiar, a la lealtad, en resumen a los valores que un día ellos mismos trataron de borrar. Para algunos el pensamiento confuciano vuelve a ser útil al gobierno y es la última esperanza del partido comunista. Lo cierto es que sus gobernantes, los jerarcas del partido y los medios de comunicación  chinos honran públicamente a Confucio. Muchos piensan que el pensamiento de este legendario filósofo tiene un gran papel a jugar no solo en la parte ético-moral sino también en el desarrollo económico del país. Dice Anne Chang, sinóloga y autora de “Historiadel Pensamiento Chino”: “La Revolución Cultural había arrasado sus tradiciones. Entonces empezó a hacer mella el discurso ideológico sobre los valores asiáticos, identificados con el confucionismo, que sirvió para explicar el milagro económico. Incluso comunistas serios se adhirieron a esta tesis: este súbito desarrollo que parecía surgir de la nada se debía a la cultura confuciana (valoración del trabajo, de la educación, de la solidaridad familiar…) En un giro completo, el confucionismo pasó de ser considerado-por chinos y occidentales  como Max Weber- como freno para el desarrollo económico a convertirse en factor de un desarrollo específicamente chino y del mundo sinizado. China continental encuentra en él una explicación ideológica que convienen a los dirigentes autoritarios de Pekín: sí la sociedad está enfrascada en un desarrollo capitalista salvaje, no  se ocupa de política; es estable, fácil de controlar, etc. Todo ello se atribuye al “confucionismo” .

    Recordemos también al neoconfucionismo, cuando mil quinientos años después, los filósofos de la época valoraron la doctrina de Confucio y Mencio y su anhelo era entonces “recuperar el Camino”. ¿Será entonces el confucionismo la ideología de un régimen, como sostiene Anne Chang o el gobierno de la República Popular China ha recuperado “el Camino”?

    Lo cierto es que el gobierno actual de China ha reivindicado a Confucio y así lo pudimos ver en la visita que hizo tiempo atrás a Chile el rector de la Universidad de Pekín, Xu Zhihong, quién expresó en una entrevista al diario El Mercurio que la Universidad  de Pekín tiene como objetivo entrenar a personas para ser líderes: “Queremos formar una clase elitista capaz de dirigir y enfrentar desafíos en todo terreno”.

    Más adelante y ante la pregunta del periodista de cómo insertar la tradición china en el modo de hacer y la competencia occidental, Xu Zhihong dijo que “Ambas culturas tienen sus ventajas. En la cultura china tenemos un tesoro que son los pensamientos confucianos, que hablan sobre la armonía entre los seres humanos y entre estos y la  naturaleza. Es lo que nos falta en la actualidad. Las Ciencias Sociales son muy importantes en la sociedad moderna para que los seres humanos conozcan su esencia”. Las expresiones vertidas por el rector de la Universidad de Pekín casi parecen dichas por el mismo Confucio en cuanto a la formación de una clase elitista, educada, capaz de dirigir y gobernar.