Categoría: Literatura

  • La Respuesta Romántica

    La Respuesta Romántica

    ¿Que es el Romanticismo?; ¿es algo errático o una certeza?; ¿es de izquierda o de derecha?; ¿es revolucionario o reaccionario?; ¿que es lo que es? Tales preguntas no son académicas pero no por eso sin importancia. Al contrario, nos ayudan a entender el mundo en que vivimos.

    John William Waterhouse. The Lady of the Shalott, 1888

    En el Epílogo de la tercera edición de “La Vuelta del Peregrino” , C.S. Lewis se quejaba que por Romanticismo se entendían tantas cosas, que como palabra había pasado a no tener significación. “No usaría esta palabra para describir ningún fenómeno”, protestaba, ya que la considera “una palabra con tantas acepciones al punto de ser inútil y debería por ende, borrarse del vocabulario”. Con calma, Lewis!, si elimináramos palabras simplemente por tener múltiples y vagos significados, o porque se abuse de su significado, o éste se corrompa por una mala aplicación, resultaría casi imposible poder hablar o expresarnos. Tomemos como ejemplo la palabra “amor”. Pocas palabras han sido tan manoseadas como “amor” y sin embargo, pocas palabras son de tal importancia axiomática para el entendimiento de sí mismo.

    John Lennon y Jesucristo no quieren decir lo mismo cuando hablan del amor. Uno se pone una flor en el pelo y se embarca en un viaje alucinógeno a San Francisco, mientras que el otro acepta que le pon- gan una corona de espina en su cabeza y va al Gólgota a encontrar SU muerte. El uno se desvía, el otro muestra el CAMINO. El uno es sublime, y el otro ridículo. Por supuesto que C.S. Lewis entendía esto perfectamente. De hecho lo entendía tan bién que escribió un libroentero sobre el asunto. En “Cuatro Amores” quiso definir “el amor”. Y lo que es verdad de esa palabra “amor”, es igualmente verdad de la palabra “romanticismo”.

    Si queremos avanzar en entender el romanticismo, debemos aban- donar la noción de abolir la palabra “romanticismo”, y comenzar, en vez, a definir los términos. Lewis, a pesar de sus protestas, entendía perfectamente esto y del deseo de abolir la palabra, pasó a enumerar varias definiciones de la misma, argumentando que“podemos distinguir al menos siete especies de cosas a las que se le llaman románticas”. ¡De cuatro amores a siete romanticismos!, Lewis no estaba para abandonar el significado, o “mens sana” a otros hombres sin mente ni pecho!

    Ya que las siete definiciones del romanticismo, de Lewis son difíciles de manejar, es necesario afinar nuestra definición del romanticismo en una unidad comprensiva de la cual las otras definiciones sean sub sets. Que caracteriza o distingue al romanticismo, o volviendo a la pregunta inicial, ¿que es?. De acuerdo al Diccionario de Filosofía, Collins; el romanticismo es “un estilo de pensamiento y de percepción del mundo, que dominara la Europa del siglo XIX”. Partiendo en la cultura medieval temprana, se refería originalmente a los cuentos en la lengua Romance sobre el amor cortesano y otros temas sentimentales que se distinguen de las obras escritas en latín clásico. Desde el comienzo, por ende, “el romanticismo” estuvo en contra distinción del “clasicismo”. El primero se refiere a un punto de vista marcado por sentimientos refinados y recíprocos, y por lo tanto se puede decir que es introvertido, subjetivo, “sensible” y dado a los sueños nobles; el último está marcado por el empirismo, gobernado por la ciencia y medición precisa y podría llamársele extrovertido.

    Joseph Karl Stieler (1781–1858). Retrato de Ludwig van Beethoven Componiendo la Missa Solemnis. 1820 Current location Beethoven-Haus.

    Habiendo definido nuestros términos, entendiendo, en el sentido más amplio y general; podemos proceder a una discusión de la forma en que la sociedad humana ha oscilado entre las dos visiones alternativas de la realidad representada por el clasicismo y el romanticismo. Antes que nada, sin embargo, debemos insistir en que esta oscilación es en sí una aberración, producto de la modernidad. En la Edad Media no existía tal oscilación entre los dos extremos de la percepción. Al contrario, el mundo medieval se caracterizaba, y de hecho se definía por, una unidad teológica y filosófica que trascendía la división entre romanticismo y clasicismo. El nexo entre filosofía y teología en la visión del hombre en el Platonismo Agustino y el Aristotelismo Tomista estaba representado en la fusión de fides ratio, la unión de fe y razón. Tómese como ejemplo el uso figurativo o alegórico en la literatura medieval, o el uso del simbolismo en el arte de la época. La función de lo figurativo en el arte y la literatura medieval no tenía como propósito principal producir sentimientos espontáneos en el observador o lector, sino estimular al observador o lector a ver el significado filosófico o teológico contenido en la configuración simbólica. En este sentido, el arte medieval, iluminado por la filosofía y teología medieval, es mucho más objetivo y extrovertido que el ejemplo más “realista” del arte moderno. El primero apunta a las ideas abstractas que son el fruto de una tradición filosófica que existe independiente tanto del artista como del observador; el segundo recibe su “realismo” sólo de las emociones y sentimientos de aquellos que lo “experimentan” o “sienten”. Uno exige que el artista o el observador se proyecten más allá de sí mismos a la verdad trascendente que está afuera; mientras que el otro se desliza por los sentimientos de la experiencia subjetiva. El rendir lo trascendental a lo transitorio, lo perenne a lo efímero, es la característica de la sociedad post cristiana y por ende, post racional. Es la marca de la bestia. La fusión medieval de la fe y la razón se fragmentó, teológicamente, con la Reforma, y filosóficamente, con el neo clasicismo de fines del Renacimiento. El romanticismo y el clasicismo, puede decirse, representan intentos de reparar los fragmentos del huevo Humpty Dumpty del cuento. Son en realidad intentos de darle sentido al sinsentido de la fragmentación de fe y razón.

    La pretenciosa auto nominada “Ilustración” era el Fenix-Frankestein filosófico que se elevó de las cenizas de esta fragmentada unidad. Representa la razón sin fe, o mejor dicho, una fe ciega en la pura razón. De la misma forma que la fragmentación teológica de la Reforma Protestante había llevado a un rechazo de la ratio (razón) escolástica, incluyendo solo el fides; la fragmentación de la Ilustración-Renacimiento, llevó a un rechazo del fides, incluyendo sólo la ratio. La creencia que el hombre había destronado a los dioses de la superstición, llevaría muy rápidamente a la supersticiosa elevación del hombre a ser un dios auto adorador. En el tiempo esto llevó a la veneración de la diosa Razón en la Catedral Notre Dame de París durante el Reino del terror que surgió a continuación de la Revolución Francesa, la primera manifestación del totalitarismo racionalista. Si la Ilustración se caracterizó por el cientificismo y el escepticismo, es decir, la veneración de la ciencia y la denigración de la religión; la Respuesta Romántica en contra de la Ilustración se caracterizó por el escepticismo hacia la ciencia y la resurrección de la religión. El Romanticismo emergería, de hecho, como la reacción de “fe inarticulada” en contra de la “razón inarticulada”; es decir la veneración del corazón en guerra contra la veneración del seso. Fue un espectáculo muy alejado del paisaje de unión de corazón y seso que caracterizara a la civilización cristiana. La Respuesta Romántica, sería, sin embar- go, un paso significativo en la dirección correcta, llevando a muchos románticos de corazón noble, al corazón de Roma. Este fue el caso de al menos Inglaterra, Francia, aunque en Alemania se desvió vía el genio de Wagner y la locura de Nietzsche, a la psicosis de Hitler.

    La respuesta romántica en Inglaterra, puede decirse, tuvo su génesis en 1798 con la publicación de Las Baladas Líricas (Lyrical Ballads), de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge. Publicado sólo nueve años después de la Revolución Francesa, el poema Lyrical Ballads representaba el alejamiento y rechazo del racionalismo que había llevado al Reino del Terror. Wordsworth pasó de un “estado espiritual sereno y sublime” de un panteísmo optimista, evidente en sus “Lineas Compuesta varias millas sobre la Abadía de Tintern”, a un completo acuerdo con la Cristiandad Anglicana, evidente en la descripción alegórica de Cristo en “Resolución e Independencia”. Coleridge echó el guante del desafío de la Cristiandad en la sublimación de los sublime en “la Rima del Viejo Marinero”; y en sus “Himno al Alba en el valle de Chamouti” apuntó más allá de la naturaleza majestuosa (OSovran Blanc!) a la majestuosidad del Dios de la naturaleza:

    Quién te dio gloria como las Puertas del Cielo
    bajo la espléndida luna llena? Quién ordenó al sol
    que te vistiera con el arco iris? Quién ordenó guirnaldas a tus pies del azul más bello?
    Dios! Deja que los torrentes, como el clamor de naciones contesten! Y deja que las mesetas heladas hagan eco, Dios! Dios! Que canten los esteros de las praderas con voces alegres!
    Y los pinares, con sus suaves sonidos del alma!
    Que alcance su voz, más allá de los picos nevados,
    y que en su peligrosa caída, truenen, Oh Dios!

    En su reacción en contra de la Ilustración y sus monstruosos en- gendros, la Revolución Francesa, Wordsworth y Coleridge pasarían por sobre los errores y el terror de los tres siglos precedentes para redescubrir la pureza y un pasado cristiano, saltándose la herejía para encontrar la ortodoxia. Esta forma de reacción se repetiría en varias de las manifestaciones del neo-medievalismo que seguiría al Romanticismo de Wordsworth y de Coleridge. El renacimiento gótico, anunciado por el arquitecto Augustus Pugin en 1830 y defendido por el crítico de arte, John Ruskin, veinte años más tarde, buscaba descubrir una estética más pura a través de de las nociones de belleza del Medioevo. El Movimiento de Oxford, liderado por John Henry Newman, Edward Pussey y John Keble, buscaba un retorno a una visión católica más pura para la Iglesia de Inglaterra, saltándose la Reforma en un intento por injertar la Iglesia Anglicana Victoriana a la Iglesia Católica de la Inglaterra medieval, promoviendo la liturgia católica y la interpretación católica de los sacramentos. La hermandad pre-Rafaelita, formada después de 1850 por Dante Gabriel Rosseti, John Everett Millais, William Holman Hunt, y otros; buscaba una visión más pura del arte, pasando por sobre el arte de Renacimiento tardío, buscando la claridad de la pintura medieval y del Renacimiento temprano, pintura que, como lo sugiere la rúbrica de pre-Rafaelita, era anterior a las innovaciones de Rafael.

    John Everett Millais: Ophelia. 1851 – 1852 Tate Britain, London

    Quizás la voz poética emergente más importante de la Respuesta Romántica es la de Gerard Manley Hopkins, quien fuera recibido en la Iglesia Católica por John Henry Newman en 1866, veintiún años más tarde de la propia conversión de Newman. Influenciado por las figuras de la pre Reforma, como San Francisco y Duns Scotus, y por el rigor anti reformista de San Ignacio de Loyola, Hopkins escribió poesía llena del dinamismo de la ortodoxia religiosa. No publicado en vida, Hopkins estaba destinado a surgir como uno de los poetas más influyentes del siglo XX, después de la publicación de sus versos en 1918, casi treinta años después de su muerte. Aunque estas manifestaciones del Romanticismo neo medieval, transformaron la cultura del siglo XIX, contrastando con el optimismo y triunfalismo cientificista de la psiquis imperial Victoriana, sería un grave error sugerir que el Romanticismo siempre desembocó en el medievalismo. Las tendencias neo medievales de lo que podría denominarse Romanticismo Luminoso eran acompañadas a la par por un Romanticismo Oscuro, evidenciado en la vida y obra de Byron y Shelley, quienes demostraban tendencias nihilistas y desesperación ensimismada.

    Si Wordsworth y Coleridge reaccionaban en contra del ícono racionalista de la Revolución Francesa, Byron y Shelley pretendían reaccionar en contra de la propia reacción de Wordsworth y Coleridge!. Fuertemente influenciado por las Lyrical BalladsI, Byron y Shelley se sentían incómodos con el tradicionalismo Cristiano que Wodsworth y Coleridge comenzaban a hacer suyo. Byron dedicó bastante espacio en el Prefacio del Pergrinaje del Niño Harold, para atacar las monstruosas necedades de la edad media”, y Shelley en su “Defensa de la Poesía”, declaraba su horror de la Tradición, insistiendo que los poetas debían ser los esclavos del espíritu de los tiempos, y que “debían reflejar las sombras gigantescas que el futuro echa sobre el presente”. Esclavos del espíritu del Presente, y espejos de la Gigante presencia del Futuro, los poetas eran guerreros del Progreso que buscaba vencer los supers- ticiosos retazos de la Tradición. Es posible que estas soserías pudieran ser excusadas como locuras y liviandades de la juventud, sobre todo considerando que hay evidencia de que Byron aspiraba a algo más sólido que un deísmo inarticulado y sin credo, como en su “ The Prayer of Nature” (Oración de la Naturaleza); y que el ateísmo militante de Shelley se estaba convirtiendo en un panteísmo fugaz. Sus tempranas muertes así como la temprana muerte de su menos tenebroso colega Keats , truncaron su intento de encontrar la luz a partir de sus ensimismadas y oscuras existencias y anhelos. Como un ladrón furtivo en la noche, la muerte los ha preservado para siempre como íconos de la locura que a menudo, y casi a pesar de ellos mismos, alcanza alturas de belleza y percepción notables.

    En lo esencial, al comparar Wordsworth and Coleridge con Byron y Shelley, vemos la separación entre la altura de miras del Romanti- cismo Luminoso y el camino de profundidades de los Románticos oscuros. Sin embargo, si supusiéramos que la separación fuera permanente y que como en el caso de Oriente-Occidente de Kipling, “hebras que nunca se han de encontrar”, cometeríamos un grave error. Las dos vertientes del Romanticismo tienen más en común que el camino alto y el camino bajo que conducen a los “bellos, bellos bancos del Lago Lomond”, o visto de otra forma, convergen donde todos los caminos lo hacen, en Roma! Porque, como corresponde a un romance, el Romanticismo aún cuando sea Oscuro, a menudo lleva a Roma. La Influencia de Byron en la corriente oscura, cruzó la Mancha, y se entronizó en la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysmans, todos eximios exploradores de la desesperación, que en su momento descubrieron la realidad del infierno y retornaron despavoridos al seno de la madre Iglesia. Baudelaire fue recibido por la Iglesia en su lecho de muerte, Verlaine se convirtió en prisión; y Huysmans, habiendo intimado con lo diabólico, terminó sus días en un monasterio. La principal diferencia entre el Romanticismo Oscuro de Byron y Shelley y la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysman, es que los primeros se internaron en la oscuridad de sus propios egos con nada, sino la Nada, que iluminara sus divagaciones; mientras que los últimos, se internaron profundo en su propia oscuridad interior aprovechando la luz de la teología. Los primeros se perdieron en las elocuciones circulares de la navegación ensimis- mada en redondo, mientras que los últimos descubrieron la Bestia, que habitaba en el pozo sin fondo de la obsesión consigo mismo y, golpeándose el pecho, se arrodillaron al fin ante el Cristo que sus propios pecados habían crucificado. Es interesante notar que la Decadencia Francesa, fue caracterizada por su preocupación con el simbolismo, que en sí, era un retorno al modo de comunicación que se empleaba en el arte medieval.

    Si el Romanticismo oscuro había cruzado la Mancha en disfraz Byroneano, metamorfoseándose en el simbolismo de la Decadencia Francesa, cruzó el Canal de nuevo, bajo el auspicio de Oscar Wilde, que era aficionado de Baudelaire y Verlain. De manera quizás perversa, Wilde había leído la obra recién publicada de Huysmans, A ReboursI, una obra maestra de la decadencia, durante su luna de miel en París que influenciaría profundamente su propia obra decadente: El Retrato de Dorian Gray. Tal como sus antecesores franceses, los decanos de la Decadencia Inglesa, también encontraron su camino a la Iglesia Católica, volviéndole la espalda al exceso y a la modernidad, favoreciendo el Cristianismo tradicional. Fuera de Wilde, que fue recibido en la Iglesia Católica en su lecho de muerte, otras figuras de la Decadencia Inglesa, se decidieron por el Papa, como Aubrey Beardsley, Lionel Johnson, John Gray, Ernest Dowson e incluso el enfant terrible de los 1890 ́s, Lord Alfred Douglas. Se puede ver, por lo tanto, que el camino alto y el camino bajo convergen en la vía de la Conversión Romana. El camino alto de la santidad fue seguido por Newman y Hopkins, ambos convertidos sacerdotes católicos, mientras que en el camino bajo del pecado, o la vía del hijo pródigo, fue elegido por un grupo amplio de decaden- tes franceses e Ingleses. No hay que olvidar que Oscar Wilde nunca se cansó de recordarnos que, incluso los santos han sido pecadores, y que todos los pecadores son llamados a la santidad.

    Caminante sobre el Mar de Nubes, Caspar David Friedrich. Kunsthalle de Hamburgo (1818).

    Desde la publicación de Lyrical Ballads en 1798, hasta la muerte de Oscar Wilde en 1900, la Respuesta Romántica podría verse , en general, como una reacción contra el superfluo racionalismo y la anti religión de la Ilustración. Pero a pesar de sus muchas faltas y desvíos, se las arregló para seguir el camino correcto, perdiendo el rumbo en pocas ocasiones. Concluyamos, volviendo a las preguntas iniciales.

    ¿Qué es el Romanticismo?
    Es la reacción generalmente sana del corazón a la testarudez de la cabeza. Es errático o una certitud? A menudo está en lo correcto, aunque también se equivoca, pero como en las palabras del mal entendido romántico, el Rey Lear “ se peca más en su contra sin ser un pecado en sí”.

    ¿Es de izquierda o de derecha?
    Ha sido sabio para no caer en esa trampa clasificatoria. Los conceptos políticos de izquierda o derecha son el producto del racionalismo “irracional” de la Revolución Francesa, es el lenguaje del parlamento de los necios. El verdadero Romanticismo, como el verdadero Clasicismo, siempre se ha preocupado de los asuntos del bien y el mal, contentándose con dejar la retórica de izquierda y derecha a los sinvergüenzas y charlatanes.

    ¿Es revolucionario o reaccionario?
    Depende, de cómo se definan los términos. Si hablamos de revoluciones políticas como la de 1789 o 1917, el Romanticismo es contra revolucionario yespléndidamente reaccionario, por lo menos en su manifestación Inglesa.

    ¿Que es, entonces?
    Es un esfuerzo de redescubrir lo que se ha perdido, un anhelar en las profundidades de la oscuridad de la modernidad por la luz de la verdad que preserva la tradición. Oscar Wilde nos recuerda “que estamos todos en el barro, pero algunos de nosotros, buscamos las estrellas”

    *Este artículo fue publicado en Diciembre del 2005 en Chronicles
    ** Traducción: Enrique Romo

  • Patricia Highsmith y El Atractivo De Los Caracoles

    Patricia Highsmith y El Atractivo De Los Caracoles

    Fiona Peters, una de las especialistas más destacadas en la obra de la escritora norteamericana Patricia Highsmith (1921-1995), profundiza en este artículo sobre la forma innovadora y enigmática en que Highsmith incorpora a los caracoles en su obra.

    Patricia Highsmith adoraba los caracoles, no aliñados con ajo para comérselos, sino como criaturas que pueden demostrar tendencias benignas así como malignas, dependiendo de la situación en que se les ponga. En los años 60, Patricia vivió en Europa y viajó al Reino Unido con caracoles africanos gigantes adosados a su sostén, para evitar el escrutinio de aduanas. En ocasiones sociales organizadas por su agente o en otros eventos publicitarios que odiaba, se aislaba de la muchedumbre sentándose con un bolso en su falda, observando sus caracoles mascotas mascar la lechuga que ella les ofrecía: “Después de haberme quedado con ella en su casa de Suffolk, me encontré con ella la semana siguiente en un cocktail en Londres –nos dice Peter Thomson–. Entró con un bolso gigante, el cual abrió con orgullo; contenía cien caracoles y una enorme lechuga. Sin duda, adoraba sus caracoles, eran su compañía para esa velada”. Su editor en Doubleday, Larry Ashmead, recuerda que cuando Highsmith se mudó a Francia en 1967, le contó que introdujo sus mascotas en forma ilegal escondidos bajo sus senos. Y eso era solo un viaje. “Iba y venía llevando, según ella, entre seis y diez de las criaturas bajo cada seno, cada vez que ingresaba a Francia. Y esto no era broma, era en serio” (Wilson: 2003, 267).

    En una de sus primeras novelas, Deep Water (Aguas profundas, 1957), el “héroe”, Victor Van Allen, se siente distante de su indiferente esposa. Es un afuerino en los años 50 en un pequeño pueblo del norte del estado de Nueva York. Su consuelo (que, de paso, no dura mucho) proviene sus dos caracoles mascotas: Hortense y Edgar. En un abyecto pasaje, Highsmith describe cómo Victor ve la copulación de los caracoles como “hacer el amor”: “Hortense y Edgar hacían el amor. Edgar se deslizaba de una pequeña roca para besar a Hortense en los labios. Hortense se levantaba como en cuclillas, balanceándose para recibir sus caricias, como una bailarina encantada por la música. Victor observaba por unos breves instantes, con la mente vacía, ni siquiera en los caracoles, hasta que percibía las excrecencias en forma de copa que aparecían en el costado derecho de las cabezas de ambos caracoles. ¡Cómo se adoraban y qué perfectos se veían juntos! Las copas glutinosas aumentaban de tamaño y se tocaban borde a borde. Sus labios se separaron” (Highsmith: 1957, 131).

    Esta cita captura tanto el momento mundano como el tiempo extrañamente sublime de este extremo antropomorfismo de Victor. Lleva los caracoles consigo en el bolsillo de su chaqueta, como un talismán para alejar la hostilidad de un mundo duro, poblado por humanos, de la misma forma que Highsmith, su creadora, lo hacía en la realidad. Sin embargo, en la fecha de sus cuentos “El observador de caracoles” y “El buscador de chismes vacíos”, los caracoles son presentados bajo una luz diferente, como peligrosos y malignos. “El observador de caracoles” comienza en una forma similar a Aguas profundas, donde el protagonista, Peter Koppert, observa a dos caracoles copulando, justo antes de ser cocinados para la cena. Peter los rescata y los lleva a su estudio, solo para encontrar una muerte repulsiva, mientras los caracoles se reproducen a una  velocidad abismante, desgarrando el papel mural que lo cubre por completo y termina por asfixiarlo. Al mismo tiempo, en “La búsqueda del exótico Caleveringi”, un zoólogo, Avery Clavering, busca a un caracol gigante en una isla inhabitada, pesquisa que culmina con su muerte en el mar al tratar de escapar de este caracol gigante que quería tragárselo.

    Aun cuando Highsmith es básicamente una escritora de crimen-ficción, su representación de los caracoles está motivada por temas fundamentalmente góticos. Los caracoles son abyectos, extraños, y este artículo extraerá (a través de un lente predominantemente psicoanalítico) las implicancias del uso que Highsmith hace del caracol más allá de lo neutral e históricamente ambiguos modos de representación. Lilian M. C. Randall, en El caracol y su guerra marginal gótica, argumenta que hacia fines del siglo XIII se produjeron múltiples imágenes de hombres batallando con caracoles gigantes en manuscritos ilustrados encontrados en el norte de Francia, y que “a pesar de sus implicancias satíricas y humorísticas, en línea con el espíritu predominante de las extravagancias góticas de la época, no explican su popularidad” (Randall: 1962, 358).

    Randall explica que esta representación continúa durante toda la Edad Media, de hecho constituye una tradición artística. Rachel Gillibrand reflexiona sobre esto en 2016: “Mientras este concepto ha provocado muchas opiniones diferentes y teorías, todavía constituye un enigma para medievalistas e historiadores del arte” (Gillbrand: 2016). Continúa delineando las principales teorías y argumentos propuestos para explicar lo extraño que resulta que a esta inocente y benigna criatura se le utilice en forma combinada en el imaginario de esos tiempos: “El caracol deslizándose sobre su vientre era visto como algo repulsivo, sin columna vertebral, como la imagen que tenía el vulgo de un grupo en quien no se podía confiar. Roger Pinon, por otra parte, argumenta que el caracol representaba los genitales femeninos, con su imagen como concha de caracol. Esta idea nos conecta al tema de la burla, ya que un caballero medieval huyendo de miedo de una mujer o de un encuentro sexual, se prestaría para ser un hazmerreír” (Gillibrand: 2016).

    El caracol como símbolo de la sexualidad femenina se relaciona a otras teorías sobre el significado de su uso en el imaginario medieval, como sería “la reputación del caracol como peste en el jardín” (Biggs: 2009) o un comentario sobre los arribistas. Los posibles significados de su uso son múltiples, problemáticos y transgresivos. Los estudios sobre lo poco probable de un caballero batallando caracoles, apuntan a la tradición del amor cortesano, tal como Jacques Lacan y Slavoj Žižek teorizan; estas representaciones son totalmente masoquistas e íntimamente relacionadas al instinto de muerte y al narcisismo: “La idealización de la dama, su elevación a un ideal espiritual etéreo, es concebido como un fenómeno estrictamente secundario: es una proyección narcisista cuya función es hacer que la dimensión traumática se haga invisible” (Žiźek: 1999, p. 151). El acto de mostrar al caracol como guerrero combatiente en las imágenes medievales, en mi opinión, le da un carácter eminentemente extraño y disruptivo al imaginario. Los caracoles se pueden comer, como la exquisitez de la comida francesa: l’escargot. La receta tradicional para comérselos es que sean hervidos, un proceso muy doloroso para un gasterópodo capaz de sentir dolor. Pero los caracoles también son considerados una peste. Invaden huertos en la noche y pueden comerse una lechuga entera. Los hortelanos dedicados los combaten con sal, haciendo que sus cuerpos glutinosos se arruguen y se derritan. Informes eruditos han subrayado la amenaza que representan los caracoles para la parte continental de los Estados Unidos, donde la respuesta a su presencia provoca discusiones sobre alienígenas y otras especies:  “Lo cual sirve para ilustrar la facilidad con que el caracol africano gigante puede establecerse en los Estados Unidos, sin mediar los estrictos reglamentos de cuarentena en vigencia. Aun cuando algunas personas tienden a minimizar los elementos de peligro, basándose en que esta especie no podría sobrevivir las condiciones extremadamente áridas de Arizona central, investigaciones realizadas por la Universidad de Arizona demuestran, al contrario, que infestaciones de gasterópodos terrestres pueden perfectamente producirse” (Scholarspace: 2017).

    Estos ejemplos aislados demuestran las muchas maneras en que los caracoles han sido y siguen siendo percibidos. Todas estas visiones tienen en común que el caracol es siempre un desafío nuestro universo “limpio y seguro”. Aun cuando se consumen como alimento, deben ser privados de alimentación por varios días antes de ser sumergidos en agua hirviendo. Son, como insiste Julia Kristeva, objetos abyectos:“Ante alimentos repugnantes, basura o desperdicio y excrementos, los espasmos y el vómito me protegen. La repugnancia, la náusea que me voltea y me aleja del peligro, la alcantarilla o la inmundicia. La vergüenza de estar en algo turbio, o la traición. La fascinación que se siente cuando soy impulsada a separarme de estos males” (Kristeva: 1982, 2).

    El caracol puede verse como una criatura arquetípicamente grotesca: su cuerpo por afuera y por adentro resulta un objeto abyecto, conectado a lo extraño y lo gótico. Su baba contamina y se hace evidente bajo nuestro zapato, causando una respuesta de asco al pegarse a la suela, y peor aún si se está descalzo. El caracol es un objeto grotesco que atrae y repele. Kristeva mantiene que una categoría de lo abyecto es el “horror de los signos de diferencias sexuales” femenino (o semiótico en su terminología) y por ende, opuesto al orden simbólico gobernado por sistemas de autoridad patriarcales y masculinos. Según lo visto con anterioridad, la explicación de que el caracol sea un símbolo de la sexualidad femenina transgresiva, es una lectura prevalente del por qué es representado como un combatiente de los caballeros en el imaginario del período medieval. El caracol, objeto abyecto, grotesco, criatura gótica cuyo cuerpo no tiene bordes y es antepuesto al orden social (Grosz: 1990, 72).

    Patricia Highsmith transgrede el orden social en su escritura, usando diferentes medios. El uso de caracoles es solo uno de estos medios, pero muy importante. Como dijéramos anteriormente, ella amaba en forma especial a los caracoles y consistentemente ponía a los humanos en un plano más bajo que otras especies en términos de merecer afecto y consideración. Victor van Allen, protagonista de Aguas profundas, no es feliz con su esposa Melinda y su hija Trixie, en una comunidad suburbana del norte del estado de Nueva York, donde se le considera “extraño” y “apocado” por negarse a condenar expresamente las aventuras extramaritales de su esposa, sufriendo humillaciones y replegándose en su hogar, donde se concentraba en observar el comportamiento de sus amados caracoles. Como carece de amor en su propia vida, desplaza su deseo hacia los caracoles, antromorfizándolos al punto que los caracoles hermafroditas (que tienen órganos reproductivos masculinos y femeninos), pasan a ser masculino y femenino, llamados Edgar y Hortense. Victor es un esteta (al igual de Highsmith) que no siente ninguna de las sensaciones abyectas ya expuestas al tocar a sus caracoles y al describir sus actividades y sus sentimientos mientras los acariciaba.

    Hortense y Edgar tienen una relación “amorosa” en Aguas profundas. Dado que Highsmith (a través de Victor) adscribe emociones humanas e incluso una relación monógama entre los caracoles, esto le permite a Victor evadir la amenaza de la sobre presencia sexual de Melinda (por un rato al menos). Las maneras en que el amor entre los caracoles presenta una imagen de “cuerpos sin límites” son multiples. Representan fluidos físicos, haciendo el amor por muchas horas, cubriéndose de baba. La baba es una sustancia que calza bien con el concepto de Kristeva de “objeto abyecto”, pegándose al cuerpo, interrumpiendo el estado “limpio y seguro” que representa, según Kelly Hurley en El cuerpo gótico: sexualidad, materialismo y denigración en el fin de siglo (2004), un llamado de atención apenas perceptible y gótico al cuerpo como cosa: “Nada ilustra mejor la naturaleza de cosa de la materia como la baba, ni tampoco lo cosificado del cuerpo como la bravosidad o la propenso a ser baba. Las sustancias gelatinoso-babosas – excrementos, fluidos sexuales, la saliva, el mucus– surgen de los bordes del cuerpo, apuntando a la evidente materialidad del cuerpo (Hurley: 2004, 34).

    Sophie Mantrant está de acuerdo con Hurley y relaciona este motivo al concepto de lo abyecto de Kristeva en su lectura de la baba como gótico, en Sacramentos del Mal, los cuentos supernaturales de Arthur Machen: “La imagen de lo amorfo, la masa babosa, algo recurrente en los cuentos de Mahen de 1890, y en la literatura de fin de siglo en general, se puede analizar a la luz del ensayo de Julie Kristeva sobre lo abyecto, donde define esto último como un estado intermedio, ni sólido ni líquido, ni vivo ni muerto” (Mantrant: 2016, 94). Aguas profundas trata del descenso gradual a la locura del “héroe” arquetípico de Highsmith, Victor. La novela comienza con un asesinato –el de un ex amante de su esposa–. Vic, un hombre de medios, independiente, que ama la vida definida por el orden, muy afectado por el caos de su matrimonio, se mantiene ocupado manejando un pequeño negocio de imprenta en una comunidad donde vive con su familia. Queda claro, desde el comienzo de la obra, que su comportamiento es considerado “extraño” por las parejas de los círculos de clase media que él y Melinda frecuentan.

    La aparente ecuanimidad con la cual Vic parece aceptar la seguidilla de amantes de su esposa, lascivos reptiles de bar, con inteligencia muy inferior a la suya, sin ninguna apreciación de los valores estéticos por los cuales Vic rige su vida, deja perplejos a sus amigos, uno de los cuales comenta durante una fiesta: “Eres como alguien que espera pacientemente hasta que un día haga algo” (Highsmith: 1957, 53). Aun cuando Vic no jugó ningún rol en el asesinato de Malcolm McRae (que aconteció en la ciudad de Nueva York), él dejaba que la comunidad en que vivía creyera que “tenía” algo que ver. Así parecía más “normal” a los ojos de su comunidad, que pensaba que a Vic le faltaba esa básica emoción. Con esto se elevó en la estimación de muchos, hasta que se atrapó al verdadero asesino, con lo que volvió a ser el marido que no se atrevía a actuar con firmeza, al que le faltaba la emoción de los celos.

    Cuando en una de esas fiestas de borrachera se le presenta la oportunidad de eliminar al amante de turno de Melinda, Charley de Lisle, sumergiéndolo en una piscina, Vic, siguiendo la repulsión que siente por los vivos, y ante un grupo horrorizado que acepta como normal vengarse del amante de su esposa, hace que su repulsión cese, saca a Charley y trata de revivirlo: “¿Creen – pregunta Vic mientras nada hacia Charley–, que deberíamos darlo vuelta y masajear su corazón? Y si bien pensaba estar calmo, se sintió estúpido por esa pregunta ansiosa, el tipo de pregunta que se esperaba que él hiciera” (Highsmith: 97). Esta acción lleva a Vic a planificar otros asesinatos y a retraerse más al mundo de sus caracoles. Highsmith da vueltas así ágilmente el significado común de lo abyecto a través de la forma en que Vic siente náuseas y repulsión hacia la proximidad física de otro cuerpos humanos, mientras que lo lascivo, los cadáveres etc., conceptos aceptados como lo abyecto en lo gótico, lo afirman y sosiegan. Desde un punto de vista psicoanalítico, puede decirse que los caracoles pasan a ser lo que Lacan llama un sinthome: “la manifestación de goce del sujeto de lo que no puede prescindir y que debe adoptar como “aquello que está en él y que es más que si mismo”” (Kay: 2003, 80).

    Žižek observa que los cuentos de Highsmith ilustran cómo el sinthome funciona como “pegamento”. Anota que la obra de Highsmith hace presente en los objetos las fuerzas extrañas, que repelen y atraen a la vez, y en los cuales el sinthome es un “grano invisible, un fragmento insignificante de lo real” (Žižek: 2001, 199), que logra penetrar el texto como un ancla, un fijador extraño y misterioso. En “El cementerio misterioso” el “brote subterráneo de goce” sobre el cual –argumenta– pivotea el texto son extrañas protuberancias que aparecen en el cementerio detrás de un hospital después de experimentos que utilizaron radiación sobre paciente moribundo. En vez de repulsar a los pueblerinos, como ocurriría en un texto clásico de horror, estos los adoptan y se sienten atraídos hacia ellos, escriben poemas y celebran sus existencia. Estos fenómenos, como pequeñas muestras de lo real, aun cuando insignificantes en sí mismos, le dan seguridad a la comunidad, fortaleciendo su cohesión, y teniendo la misma función que los caracoles en Aguas profundas, pero en forma colectiva y no individual, como es el caso con la soledad de Vic y su alienación de la comunidad.

    En tanto sinthome y apoyo psíquico, los caracoles de Vic lo protegen de las vicisitudes y riesgos en su vida cotidiana. A medida que la novela progresa, la protección que ofrecen se desintegra, como cuando Melinda amenaza con hervirlos en agua y comérselos para la cena, lo que hace para impresionar a Cameron, su último amante. Con la intención de provocar a Vic, Melinda envía a Cameron a preguntarle: “Oye Vic, ¿qué tal si me das dos o tres docenas de tus caracoles? Tengo una receta para una salsa de ajo y mantequilla que es una delicia. ¡Hasta un niño podría hacerla y tendría el mismo sabor que en Nueva Orleans!” (Highsmith: 199). Vic se ve obligado a defender a sus caracoles, porque no son para comer. Y cuando Cameron le pregunta para qué son entonces, Vic responde de forma ácida, que “no los usa para nada, que  son inútiles” (199). Melinda y los amigos que ha invitado a cenar intentan irrumpir en el cuarto donde Vic guarda sus caracoles, pero él logra salvarlos diciéndoles que para comerlos tiene que dejar de alimentarlos por varios días. Si bien Vic está molesto por la invasión de su espacio y el intento de matar a sus amados caracoles, se mantuvo calmo y la lógica vino a ayudarlo: “No se pueden comer los caracoles así no más –dijo en tono ligero–, tienen que tenerlos en ayuno por dos días para limpiarlos. Estos caracoles han estado comiendo, como bien lo saben” (199). Hacia el final de la novela, se atreve a traer un caracol a una celebración de su cumpleaños, y frente a amigos a quien considera dobles y que conspiran contra él, “puso el caracol adormilado que acababa de encontrar en la puerta del garage” (241).

    Esta es la última mención de caracoles en Aguas profundas. Algunas páginas antes, Hortense había puesto sus huevos cinco días después del ritual de copulación ya descrito, que es la más extensa y tierna descripción de un acto amoroso en la obra de Highsmith. La descripción antropomórfica merece ser citada porque ejemplifica la forma en que los caracoles, monstruosos, misteriosos y abyectos para algunos, son en los ojos de Vic criaturas maravillosas, quienes, por lo menos por un tiempo, lo protegen de la hipocresía y la intriga de otros seres humanos: “Los caracoles no hacían ruido. Hortense tiraba sus dardos primero. Sin dar en el blanco, ¿era eso parte del juego? Después de un rato, Edgar intentó, pero tampoco dio en el blanco. Retrocedió e intentó de nuevo, esta vez dando en el lugar correcto y el dardo se hendió, lo que motivó a Hortense a hacer otro intento. Le costó más a ella, apuntando hacia arriba, pero lo logró después de tres intentos deliberados y pacientes. Los caracoles, como anonadado en un profundo trance, sus cabezas levemente hacia atrás, sus tentáculos juntos. Vic sabía que si tuvieran párpados, sus ojos estarían cerrados. Ahora estaban estacionarios. Vic los miró hasta que vio que los bordes de sus copas se separarían. Caminó atravesando el garaje por un minuto, sintiéndose particularmente ansioso. Su mente se volcó a Melinda y luego volvió a sus caracoles para dejar de pensar en ella” (131).

    Los cuerpos babosos, sin bordes, que se transformaban en el rito amoroso, protegían la débil capacidad de Vic de funcionar en  el orden social que parecía desmoronarse a su alrededor. Después de la última mención de los caracoles, el texto simplemente revela las consecuencias de las “huellas de caracol” de Vic que quedarán como testigos de uno de sus asesinatos y que lo llevan hacia un quiebre psicológico, donde incluso la “protección” de sus amados caracoles no basta para salvarlo. En Aguas profundas, los caracoles se convierten en criaturas benignas y ya está demostrado cómo Highsmith los usa para subvertir la manera gótica generalmente aceptada de presentar a los caracoles como enigmáticos en la literatura. Vic no solo no reacciona a la baba viscosa de los caracoles con repulsión, de hecho, se siente atraído por ella debido al excesivo deseo antropomórfico de negar los horrores e irracionalidad del comportamiento humano. En otras obras de Highsmith, sin embargo, los caracoles son presentados de forma un tanto más maligna, pero debido al orgullo y estupidez de los seres humanos.

    Los dos cuentos relevantes: “El observador de caracoles” y “La búsqueda del exótico Clavering” están publicados en Eleven (1970). El primero cuenta la historia de Peter Knoppert, socio en una firma de corretaje, cuyo matrimonio no muestra las anomalías del matrimonio de Vic y Melinda en Aguas profundas. Una tarde antes de la cena, Mr. Knoppert (Highsmith nunca se refiere a él como Peter) va a la cocina y descubre “una pareja de caracoles en un bolo de porcelana en el secador del lavaplatos que se comportaban de manera extraña” (Highsmith: 1970, 13). Highsmith usa un lenguaje como en la seducción imaginaria de serpientes avanzando una hacia la otra, como si: “estuviera hipnotizada por un flautista” (14). Observa una protuberancia cual oreja “en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles, y su instinto le decía que estaba en presencia de algún tipo de actividad sexual” (14).

    Después de quedar mesmerizado por los caracoles copulando, Mr. Knoppert se los llevó a su estudio, salvándolos de una muerte inevitable, y de ahí en adelante “nunca más se sirvieron caracoles en la mesa de los Knoppert” (14). El cuidado y la crianza de caracoles pasaría a ser el hobby de Mr. Knoppert, el que practicaba en su estudio, espacio que sería de su uso exclusivo después que su esposa se resbalara en lo que ella veía como una criatura grotesca hedionda a pescado: “Su esposa Edna lo instó o bien a comerse los caracoles o a deshacerse de ellos y fue entonces que pisó sobre uno que había reptado hacia el piso” (15). Mr. Knoppert es disuadido de seguir el deseo de su esposa después de leer un pasaje de Henri Febre en el Origen de las especies de Darwin. En la página dedicada a los gasterópodos, Fabre observa que los caracoles exhiben una sensualité “en su copulación que no se encuentra en ninguna otra especie en el reino animal” (15). Mr. Knoppert hace de su estudio un lugar de procreación para caracoles y estos se multiplican de setenta a noventa con cada camada. Al leer este texto, queda claro que Highsmith se aleja de la forma ordenada de manejar los caracoles en Aguas profundas. Al contrario, en “El observador de caracoles” estos se escapan del control de Mr. Knoppert. Hay un período inicial de goce al observar la multiplicación (en un momento trata de contar el número exacto, pero termina por estimar el número entre once a doce mil). Los caracoles copulan y los huevos se realizan y las criaturas se deslizan por sus dedos, actividades que desbordan su universo privado de caracoles para darle confianza y éxito en los negocios. Estos pasajes son hermosos y aun así conllevan un aire de repulsión y peligro relacionado a lo que Žižek describe en “¿Por qué aparece el falo?”, como la transformación anamorfa de la cara de horror cuando es evocada por lo humano, y sin embargo no humano, imagen y comportamiento: “todos los que ven esta amorfa sustancia vital entran en el dominio prohibido y deben por ende ser excluidos de la comunidad” (Žižek: 2001, 115-116). Las protuberancias fálicas y las distorsiones transfiguran los cuerpos de los caracoles en copulación: “Cuando las excrecencias en forma de oreja se juntaron en forma precisa, borde con borde, un bastoncillo blanquecino como un tentáculo adicional se proyectó de una de las orejas a la oreja del otro caracol. La primera hipótesis del señor Knopper quedó anulada cuando un tentáculo surgió del otro caracol. Muy curioso, pensó. Los dos tentáculos se plegaron y de nuevo se extendieron como si supieran cuál era la marca invisible donde debían apoyarse en el otro” (Highsmith: 1970, 14).

    La “alegría” experimentada por Mr. Knopper al observar “sus caracoles” estaba en gran parte determinada por su fecundidad extraordinaria. Cada vez que visita la pieza de los caracoles cada tres semanas (que indicaba que su interés disminuía), siente que el cuarto es como un útero-prisión sofocante. Trata de salir del mismo, pero se siente impedido. Los caracoles se multiplican a tal punto, que lo abruman y no lo dejan salir. En sus intentos cada vez más desesperados de extraerse de la situación, los caracoles son presentados en la forma contraria a los caracoles de Vic en Aguas profundas. Es un cuadro grotesco: “Un caracol se metió en su boca y él lo escupió asqueado” (20). Al tratar de abrir la ventana, descubre que está atorada con criaturas gelatinosas, y trata entonces de escapar por la puerta del estudio, pero se ve impedido ya que el papel mural saturado de caracoles se desprende y lo golpea en el costado de su cabeza, y luego la lámpara se desprende y lo golpea también. Yace en el suelo agonizando, con caracoles reptando a su boca e inmovilizándolo en el suelo, sin poder ver ni respirar: “Con ojos apenas entreabiertos veía directamente en frente, a corta distancia lo que él había conocido como una planta de gomero en su macetero cerca de la puerta. Un par de caracoles estaban silenciosamente copulando sobre la planta, y justo al costado, pequeños caracoles, puros como el rocío, surgían desde un hoyo como un ejército masivo hacia el vasto mundo” (20).

    La antipatía de Highsmith contra los seres humanos y su afinidad por los animales es bien conocida. La colección de cuentos El libro de crímenes bestiales del amante de los animales (1975), incluye historias como la de un elefante explotado, ratones, gatos y otros animales. En “El observador de caracoles” estos se multiplican porque Mr. Knoppert decide permitir que los caracoles gocen su ritual copulativo, se complace y lo considera un éxito dado el grado de relajación que obtiene por todo eso. Al final, los caracoles, en la repelente escena gótica final, lo matan, pero sin rencor o intención. El cuento “La búsqueda del exótico Clavering” es el que más se asemeja en su preocupación a los textos de El libro de crímenes bestiales del amante de los animales. En El mejor amigo del hombre: la evolución, la rabia y el perro gótico, Claire Charlotte McKechnie argumenta que la forma gótica del cambio de apariencia está ligada al período victoriano tardío: “Las imágenes góticas de cambio de apariencia y de transformación, oscilan entre los contextos históricos y sociales del período victoriano tardío y los cambios significativos en el ‘progreso’ médico y científico de las décadas del 1880 y 1890” (McKechnie: 2013, 1). “La búsqueda del exótico Clavering” no ocurre en la última parte del siglo XIX, sin embargo, incorpora las sensibilidades de esa época, en especial el deseo del profesor de zoología Avery Clavering de descubrir nuevas especies animales a los cuales pudiera nombrar con su apellido: “El profesor tenía 48 años. No temía morir pronto, pero no había alcanzado fama alguna, y el descubrimiento de una nueva especie lo inmortalizaría entre sus pares” (Highsmith: 1970, 61). Avery, a pesar de la advertencia de no viajar a la isla inhabitada para ver por sí mismo estos caracoles gigantes que los “nativos” habían descubierto, insiste en ir. Cuando llega a la isla, encuentra un caracol gigante, y luego muchos más. “Una cara gigante lo observaba con mejillas o labios caídos y ondulados, con antenas de seis pies de altura, con ojos en sus puntas que lo examinaban con atención. (…) Si la concha tenía entre 15 y 18 pies en diámetro, calculaba que el cuerpo o pie del animal sería de unas seis yardas, extendido” (69). Su orgullo y su sentido de seguridad occidental humano céntrica, le cegaba al hecho de que los caracoles se movían rápido y que lo iban a matar. Highsmith narra en uno de sus cuadernos cómo concibió la trama, primero como la revancha femenina sobre la invasión del mundo de estos caracoles por Clavering, y en segundo lugar, por haber matado a su compañero: “nuestro héroe, mata al macho”, escribió en su cuaderno, pero es liquidado por la hembra que deja su cuerpo abandonado con desdén para que sea devorado por los pequeños caracoles, de lo cual Clavering es consciente mientras es devorado vivo (Wilson: 2003, 261). El maravilloso final macabro revierte la tendencia humana a comer caracoles. La tortilla se da vuelta, con Clavering corriendo hacia el mar y finalmente reconociendo su destino: “Estaba con el agua hasta la cintura cuando tropieza, la cabeza sumergida cuando el caracol se estrella contra él con miles de pares de dientes mascando su espalda. Se va a ahogar y va a ser devorado” (Highsmith:1970, 84). El caracol habituado a ser desprovisto de alimento por varios días y luego hervido vivo, revierte la situación con la humanidad.

    He podido demostrar que, mientras Highsmith utiliza a los animales en su trabajo, el uso que hace de los caracoles es único. Otras criaturas en los textos que se han discutido, también pueden describirse como imágenes góticas, como los chinches, que también viven en el garaje de Vic: “Dos chinches se movían en un pedazo del colchón buscando carne y sangre, pero él no estaba de humor para ofrecer su mano esa noche y los dos chinches arrastraron sus flácidos cuerpos buscando donde esconderse de los rayos de la linterna” (Highsmith: 1957, 19). Si bien estas criaturas chupa-sangre aportan un escalofrío gótico al texto, no tienen ninguna otra función, como es el caso de los amados caracoles de Highsmith

  • Moby Dick a 200 años del nacimiento de su autor

    Moby Dick a 200 años del nacimiento de su autor

    Esta novela clásica de la literatura norteamericana y mundial sigue apasionando a los lectores  contemporáneos. Este artículo abordará una de las múltiples razones de su éxito: el entramado preciso entre ficción y no ficción. En el bicentenario del nacimiento del escritor norteamericano Herman Melville, es difícil comprender las críticas y cuestionamientos que recibió de sus contemporáneos y los años que su obra estuvo postrada en el olvido y en la falta de reconocimiento.

    No fue sino hasta el centenario de su nacimiento, en agosto de 1919, que un renovado análisis de sus obras y de su legado, le dieron el sitial que hoy ocupa en la literatura internacional. Este proceso, conocido como “Melville’s Revival”, fue producto del trabajo de Raymond Weaver, quien en su biografía Herman Melville: Man, Mariner and Mystic encendió la flama del resurgimiento de la obra de Melville, rescatándola de la oscuridad histórica en la que se encontraba y asegurándole un lugar de privilegio en la literatura, no solo americana sino también mundial. Weaver hizo suya la causa de reconocer a Merville como uno de los autores norteamericanos más ejemplares, al tiempo que asumía que los aspectos más perturbadores de su visión podían generar un reclamo generalizado contrario a su causa.

    La biografía de Weaver recibió diversas muestras de aprecio y críticos como Carl van Doren se sumaron a la valoración de la obra de Melville. Van Doren llegó a señalar que Benito Cereno iguala lo mejor de Conrad, en términos del peso del drama y la habilidad de su desarrollo, y que sus novelas cortas, sin importar lo dicho de ellas en su momento, pertenecían a las obras de ficción más distinguidas y originales producidas en su país. Con esto, el resurgimiento de Melville estaba asegurado.

    Indudablemente, muchos expertos y lectores aficionados han coincidido, con el paso de los años, que la obra más trascendente de Herman Melville es Moby Dick. La difundida historia de esta aparentemente inmortal ballena blanca y su eterno persecutor, el obsesionado capitán Ahab. Obsesión que no solo lo lleva a su propia muerte, sino a la destrucción de toda su tripulación, con la sola excepción del así autodenominado Ismael, a quien le corresponde ser el narrador de este trágico pero cautivante relato. Una historia de este nivel épico debe resolver muchos conflictos Una historia de este nivel épico debe resolver muchos conflictos y, entre ellos, iré desarrollando, sin pretender en modo alguno agotar el tema, la dualidad entre la no ficción y la ficción en la obra. De igual forma, realizaré algunas reflexiones acerca de sus principales protagonistas.

    Melville presenta verdades enigmáticas y sutiles, muchas veces ambiguas y cargadas de ironía. Verdades de un espíritu que deseaba dar a conocer y para las cuales requería de la ficción. De igual forma, hay otras verdades que necesita expresar y para las cuales debe encontrar un espacio. Entre ellas, podemos mencionar descripciones de hechos reales y de materias asociadas que necesitan ser contadas como no ficción, a modo de prosa referencial, como señalan algunos de los expertos en esta materia. Moby Dick no es solo una novela acerca de la caza de ballenas, sino también de la batalla entre el bien y el mal. Si bien el narrador es ficticio, Ismael declara que sus relatos son exactos, basados en fuentes confiables y en su propia experiencia como ballenero.

    Aprovecha cada oportunidad para manifestar la veracidad de sus historias y alude constantemente a una serie de autoridades y expertos en la materia para dar sustento a su narración. Extensos tratados de psicología, sin trama alguna, cumplen el mismo fin. De esta forma, Ismael va presentando capas de verdad, hechos reales de la caza de ballenas adornados y embellecidos con una buena cuota de ficción, una combinación entre novela y texto de estudio. En este punto, no puedo dejar de recordar las palabras de mi profesor de Literatura Inglesa y Norteamericana, don Juan Vargas Duarte, quien siempre tomaba las palabras de Ismael para invitarnos a descubrir qué había “below the little layer”.  Un relato estructurado, y me apoyo en Elizabeth Schultz, en capas de humor, ironía, escatología, mitología griega, hebrea, hindú, toques shakesperianos, madera negra americana, acero, fuego, líneas, círculos, ataúdes, pirámides, máscaras y fantasmas. Capas de ideas acerca de la economía, la religión, la justicia, el destino, la libertad, la democracia, el imperialismo, el racismo, la naturaleza, la maquinaria, la poética, la tecnología, la muerte y la vida. Esta desafiante cantidad de capas interactuantes, pone de manifiesto la importancia del punto de vista que el lector asuma al abordar esta obra. Su interpretación de la misma dependerá, en gran medida, de la óptica personal de cada individuo.

    Si bien la realidad en Moby Dick ha sido mucho menos estudiada que su ficción, no son pocos los autores que han sostenido que su utilización marca el ritmo lento de la obra. A pesar de que los aspectos no ficticios de la novela pueden considerarse difíciles y aburridos, cada relato requiere de sus tiempos lentos y Moby Dick no es la excepción. De igual forma, la información entregada y, en especial, los temas cetológicos le agregan verosimilitud al relato y establecen el tema de la búsqueda del conocimiento. Además, ayudan al logro de la unidad temática y estructural de la novela. Si bien la información y conocimiento acerca del mundo de las ballenas entregado puede tener un valor en sí mismo, no se debe desconocer que también sirven para dar sustento a los aspectos ficticios de la novela. Las alusiones filosóficas y las partes argumentativas se relacionan de manera intrincada con los aspectos narrativos y dramáticos de la obra en muchas partes. Es así como el relato ficticio nos permite empatizar con Ahab, su búsqueda y su tripulación, mientras que en el ámbito no ficticio podemos encontrar buena parte de la gracia, ingenio, sustancia y estilo de la obra.

    Probablemente son los elementos no ficticios aquellos que produjeron buena parte de la crítica que este libro generó entre los contemporáneos de Melville. La escuela de su época consideraba la no ficción como mero “periodismo” y, por lo tanto, de un menor nivel. El verdadero genio se encontraba en la ficción. El reporte de hechos pasaba a un segundo plano frente al proceso creativo considerado propio de los poetas y novelistas. No obstante, con el paso de las décadas y la aparición de otros importantes novelistas, está noción es desafiada y se le comienza a dar mayor o incluso la misma importancia a los aspectos no ficticios de una novela. En cierta medida, Melville puso en juego nuestras propias preconcepciones para el entendimiento de su obra. Desafió el concepto simple y claro de género narrativo que existía en su época agregándole, a través de las diversas capas contenidas en su relato, elementos que produjeron confusión entre sus lectores y críticos. Algunos de estos últimos llegaron a decir que Moby Dick era en realidad dos libros: un tratado acerca de ballenas y su caza, y una novela, basada en el primer material, donde se desarrolla y hace extensiva la ficción del libro. Aquí vuelve a aparecer la concepción de su época, el contenido no ficticio es el mero preludio para la obra de ficción, en la cual radica el verdadero genio o el valor de la obra.

    Existe gran controversia respecto al lugar y el valor que el autor de Moby Dick le otorgaba a la ficción. Para algunos estudiosos, Melville no tenía problemas en ser considerado un escritor periodístico, ya que dudaba del poder de la ficción para contar una verdad. Para otros, en cambio, cada una de sus palabras era una obra de ficción. Probablemente, Moby Dick no es completamente ficción pero tampoco es puramente invención. Aquí, una vez más, la ambigüedad a la que nos referíamos y, quizás, una de la principales riquezas de esta obra. Sí debiera existir un mayor consenso en que Moby Dick es una historia bien contada. Hay quienes ven ella la búsqueda de la verdad, pero también el temor a la nada. Temor expresado en algunas de las reflexiones de Ismael, miedo a que no exista nada más allá de la ballena blanca o temor a que la ballena signifique nada. Ahora, la mera aceptación de la nada no es una noción carente de significado. Bajo esta óptica, la búsqueda de la verdad es, en sí misma, valiosa y significativa, aunque tal verdad no se alcance. Un libro que da cuenta de tal búsqueda es de por sí relevante.

    Ismael va presentando muchas dudas y cuestionamientos a lo largo del relato, pero jamás duda de este ejercicio. En sus reflexiones posteriores, como único sobreviviente de la cacería de la ballena blanca, Ismael deja entrever que lo importante no es encontrar nuevas respuestas, sino más bien redescubrir verdades eternas y recuperar aquello que, con la acción humana, se ha perdido o desvirtuado. Ismael se conforma con encontrar verdades pequeñas en lo que va viendo y viviendo y, al hacerlo, logra algún grado de felicidad. Muchos de los estudiosos de su época, basados en los cánones y estándares tradicionales bajo los cuales fueron formados, presentaban serias dificultades al procurar clasificar Moby Dick. Esta ambigua y desbalanceada mezcla entre ficción y no ficción, sin una forma predominante, ¿era una crónica, un ensayo, un monólogo, una argumentación, un reportaje o un tratado? ¿Cuál era el lugar de estas largas meditaciones sin trama acerca del cuerpo de una ballena sin que su tema fuera Moby Dick?

    Ciertos círculos creen que su función era intensificar el significado de la búsqueda de la ballena blanca y que Melville se aprovecha de esto para exponer acerca de las ballenas en general y, así, desarrollar una interesante cobertura de credibilidad para su relato. Probablemente, lo que Melville simplemente pretendía era demostrar que la verdad, al ser multifacética, podía ser contada de diversas maneras. Críticos posteriores le han otorgado a esta ambigüedad, a su juicio, bien balanceada, gran valor e importancia. En ella radicaría el poder de la novela, constituyendo esta ambigüedad el tema central de la obra. Lo cierto es que Ismael va estableciendo el relato, en ocasiones en presente, en otras en pasado.

    A veces de forma cercana, en otras, tomando distancia. Lo que no cambia es su actividad narrativa de estilo alusivo, enciclopédico y de asociaciones libres. Es su voz la que nos lleva a un mundo que nos conmueve y asombra. Mas no hay que confundirse, el que nos habla no es el Ismael joven que se embarca por no tener dinero o algún prospecto en tierra o por su deseo de conocer la vida de los hombres de mar; habla el único sobreviviente de una tragedia, el que se sometió a la voluntad de una carismático y obsesivo capitán, el que conoció la destrucción en forma de ballena. En consecuencia, es un narrador con experiencia de vida y una visión mucho más amplia de la existencia y de los seres humanos. Por lo tanto, no es de extrañar que, en su relato, Ismael vaya interpolando hechos ficticios con otros no ficticios. Para algunos estudiosos de Melville, estas alternativas ficticias a la fábula principal, ofrecerían diversos ángulos para la interpretación de la ballena blanca, al tiempo que sugerirían los límites de la trama principal. Lo cierto es que Melville dotó la voz de Ismael de la estructura más amplia y libre posible, tomando algo de cada género y trascendiéndolo. Prueba de ello es que Moby Dick debe contener todas las formas posibles de referirse a una ballena, pero también todas las formas verbales y literarias disponibles. Esto genera la sensación de que el relato de Ismael transciende las formas tradicionales, dejando de lado las restricciones del medio para centrarse en la búsqueda de la verdad. Su voz parece resumir todas las otras voces, tal como el blanco de la ballena que –de acuerdo a la tradición literaria–resume a todos los colores. En consecuencia, la sensación es de  compleción, no de vacío.

    Hasta aquí me he centrado en la visión y el rol de Ismael, más Ahab es un personaje tan atrayente y envolvente que también merece algunas consideraciones. Ahab es el capitán del barco ballenero Pequod. Mutilado por Moby Dick en un encuentro anterior, pierde una de sus piernas, por lo que jura venganza, fortaleciendo aún más su carácter determinado, desafiante, obsesivo y su necesidad de control y dominancia. Este mismo deseo de revancha lo hace asumir riesgos mayores en alta mar. Situación que lo dotaba de una cierta fama y que era bien conocida por su entorno. De hecho, señala el relato, los barcos que el comandaba pagaban un seguro más alto. Quienes leen Moby Dick desde una óptica bíblica, proponen que Ahab, en cierta medida, encarna todo el odio y la ira de la humanidad desde la caída del hombre del Edén. Frente a Moby Dick, Ahab parece perder toda su fe y equilibrio. Para el desmembrado capitán, la ballena blanca es un símbolo del mal, más pensante e inteligente. El busca su ideal y su redención en la destrucción de Moby Dick, olvidando que el odio no salva y que atentar contra la creación termina por destruir a quien lo intenta.

    El mismo nombre de nuestro capitán es una referencia al malvado Rey Ahab en el Antiguo Testamento y cuyo pecado consistió en tolerar otras religiones y permitir la adoración de otros dioses. Sin embargo, el capitán Ahab no es exactamente malvado. Su herida, la caza de la ballena y su muerte, le dan también un carácter heroico y, por cierto, atractivo. Desafía la creencia del Dios cristiano, adora el fuego y el sol, incluso llega a bautizar a sus arponeros en el nombre del demonio. Arroja su cuadrante y se deja guiar por el sol. En síntesis, Ahab deja atrás todo aquello que estorbe su propósito y abraza cuanto el sienta pueda ayudarle, sin mediar costo físico o moral alguno. A pesar de estas evidentes e inquietantes características, sumadas a los largos periodos de reclusión de su capitán, Ahab logra sorprendentemente que su tripulación lo siga. Su fuerza interior y su carisma los hace partícipe de su ira y de su misión. De una u otra forma, cómplices de su deseo de venganza y, por lo tanto, merecedores de su mismo destino trágico. El doblón que le ofrece a la tripulación, para el primero que aviste a Moby Dick, es el instrumento que materialmente Ahab utiliza para asegurar la fidelidad de su gente. Además, demuestra una faceta más humana en su interacción con miembros de su barco, reafirmándolos en su rol y valorando sus cualidades. Moby Dick, por su parte, es en sí todo un personaje. Para la tripulación del Pequod, la ballena blanca es una criatura nebulosa, en cierta medida fantasmagórica. A medida que la persiguen y la enfrentan, se vuelve una figura a temer, incomprensible y dotada de poderes sobrenaturales, como la inmortalidad y la ubicuidad, no solo en el espacio, sino también en el tiempo.

    Sus dos ojos son una invitación a múltiples miradas. Ya su color blanco denota, para algunos, la compleción, todos los colores en uno, como señalé en su momento. Es así que la ballena contendría todos los significados en su blancura, convirtiéndose, de esa forma, en un símbolo de la búsqueda de Ahab del conocimiento total. Este conocimiento se alcanzaría al capturar al cetáceo blanco, aún a riesgo de fracasar y sucumbir en el intento. Para otros, el color blanco nos es más que una representación del vacío más absoluto. Hay quienes ven en Moby Dick un instrumento de Dios para castigar la soberbia de Ahab, mientras que el mutilado capitán ve en Moby Dick la personificación de todo el mal. Como lector, uno descubre la astucia de la ballena blanca, sus movimientos estratégicos, la cualidad de reconocer a sus enemigos, su fortaleza y determinación, su resistencia al dolor y su capacidad de sobrevivencia. En cada enfrentamiento sale victoriosa, sobre todo en los tres días de la caza final. Ante esto es válido preguntarse si era Ahab quien perseguía a la ballena o si Moby Dick acechaba al capitán.

    El drama se consuma. Melville dotó su obra de significados más allá de la mentalidad de su época. Entrega su verdad a través de la voz de Ismael, una teoría del cielo y la tierra, un tratado místico de búsqueda de la verdad. La existencia del hombre es temporal y la naturaleza no va a esperar a que alcance su destino en la historia. Melville dejó de lado los principios narrativos y no utilizó los géneros de ficción normativos de su época. Más aún las rechazó como insuficientes para sus propósitos. Es así que Moby Dick posee una riqueza y variedad de estilos narrativos que dan cuenta de la diversidad de las experiencias humanas. Melville cuestionó las convenciones y las formas de valorar las obras de arte, pero, por sobre todo, nos proporcionó la oportunidad de abordar la búsqueda de la verdad desde una óptica personal. No son poco los estudiosos que consideran que Melville fue un adelantado para su época; otros, más entusiastas, lo consideran un profeta. Anticipó el futuro y proclamó la realidad interna de las cosas. Además Introdujo temas de plena vigencia y discusión como, por ejemplo, género, sexualidad, raza, nacionalidad y multiculturalismo.

    A pesar de las duras críticas de sus contemporáneos y de la falta de reconocimiento en vida para Herman Melville, con el paso de los años, su contribución ha trascendido el ámbito estricto de la novela para ejercer también su influencia en el mundo del teatro (recientemente se montó la obra Moby Dick de Juan Cavestany en el Teatro Goya de Barcelona); la pintura (cientos de cuadros basados en la ballena blanca, siendo probablemente los de William Turner los más conocidos); la escultura (unas muy interesantes creaciones de nuestro cetáceo fueron exhibidas en la Feria de Artesanía Aragonesa el 2012); el cine (al menos cinco películas reconocen estar basadas en la historia de la ballena blanca) y la música. El compositor Richard Melville toma su nombre Moby del libro de su tío bisabuelo. Además de la canción de Led Zeppelín y un grupo musical llamado Moby Dick, está el musical de Longden y Kaye estrenado en Londres en 1992, e incluso, en esta década, JakeHeggie presenta al mundo su ópera Moby Dick, con texto de Gene Sheer, en la Dallas Opera el 30 abril del 201). Como dato anecdótico adicional, los creadores de la cadena internacional de café Starbucks, la llamaron así por el primer oficial del Pequod (único personaje que pudo, en algún grado, oponerse a Ahab). Sirva todo esto de un justo y necesario reconocimiento

  • Gabriela Mistral – A 130 años del natalicio de la niña que fue Lucila

    Gabriela Mistral – A 130 años del natalicio de la niña que fue Lucila

    A 130 años del natalicio de Lucila Godoy Alcayaga, la niña que el mundo conoció y conoce como Gabriela Mistral, su obra literaria y humanitaria, su figura y su pensamiento conservan intacta su vigencia en Chile y el mundo.

    Pero Lucila Godoy Alcayaga es mucho más que Gabriela Mistral, es merecedora de nuestra atención, de nuestro tiempo y de nuestro estudio. La niña que creció entre montañas, mirando el cielo y las estrellas, y que se inspiró no solo en la magnífica geografía que la rodeaba, sino que también en su pueblo, encontró a la escritura – tanto poemas como prosa– como el vehículo para expresar lo que veía y que otros ni siquiera se daban cuenta: la pobreza, falta de educación, falta de respeto hacia las mujeres, pueblos indígenas y en forma especial lo que a ella le afectaba emocionalmente a lo más profundo.

    Lucila no tuvo que leer sobre pobreza, falta de oportunidades y las dificultades de crecer en una familia con un padre ausente. Todo esto lo vivió y lo expresó. Considerando las condiciones en las que nació y creció, no había indicio alguno de lo que el futuro tenía reservado para ella. A los 14 años, en su artículo “El perdón de una víctima”, una joven, profunda y valiente L. Godoy A. en forma directa y simple escribe sobre el horror del abuso a una mujer. Pocos años más tarde, cuando tenía 17, expresaba su preocupación por la mujer en su magnífico artículo “La instrucción de la mujer”, publicado en la Voz de Elqui. Hoy, a más de un siglo de esta publicación, desgraciadamente, aún aplica a muchos lugares del mundo. ¿Podría alguien haber imaginado que en unos pocos años, Lucila sería admirada y conocida por su labor como maestra y poetisa? ¿Que llegaría a ser considerada una de las más importantes figuras intelectuales y literarias de su época y del mundo contemporáneo? ¿Que llegaría a ganar el reconocimiento mundial al recibir el Premio Nobel? La respuesta es probablemente no. Pero a pesar de todas las dificultades, lo logró. El mundo reconoció y valoró a Lucila de Elqui, quien se convirtió en Lucila del mundo.

    ¿Por qué es importante Mistral?:

    Gabriela Mistral representó en su época y representará siempre los mejores valores de nuestro país y del continente americano, en todas sus facetas: como maestra, poetisa, ensayista, cronista, diplomática y humanitaria. Podemos hoy tomar cualquiera de sus ensayos, pensamientos o críticas y darnos cuenta que sus preocupaciones son las de nuestro mundo contemporáneo.

    Desde el punto de vista literario, Gabriela Mistral fue la primera persona latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Este gran reconocimiento abrió las puertas e invitó a Europa y al mundo no hispano parlante a conocer y valorar nuestra rica producción literaria. “Este premio es de América”, dijo Gabriela el día de la recepción del Nobel. Y así fue, porque muchos escritores latinoamericanos se vieron beneficiados.

    ¿Por qué recordarla y establecer una fundación en Nueva York?:

    Nueva York jugó un rol de gran importancia en la vida de Gabriela Mistral. Fue la ciudad donde publicó su primer libro Desolación (1922); en donde enseñó (Barnard, Vassar); en donde desempeñó labores diplomáticas tanto consulares como en la Liga de las Naciones, ahora conocida como la ONU; en donde forjó importantes relaciones intelectuales y es el lugar donde falleció. Por estas razones, un pequeño grupo de personas, liderado por Heraldo Muñoz, y después de la entrega del legado de Gabriela Mistral a Chile, formó esta fundación sin fines de lucro en el Estado de Nueva York. Somos un grupo muy pequeño en nuestra directiva y contamos con un excelente Consejo Honorario, todos voluntarios. Creemos firmemente en la misión de nuestra organización y entregamos lo mejor de nosotros, porque Gabriela ciertamente lo merece.

    Es para nosotros un gran honor y un privilegio ser parte de la fundación que honra y lleva su nombre. Pero nuestra fundación va más allá de recordarla. Nuestra misión es promover el importante legado literario y humanitario de Gabriela Mistral y continuar su labor de ayuda a los niños y adultos mayores necesitados en su Chile natal. Esta labor la hacemos entregando programas y proyectos de ayuda que tienen un impacto positivo en la vida de aquellos que más lo necesitan. Por ejemplo: Misión Humanitaria Médica a Chile; donación de sillas de ruedas; donación de equipos médicos; donación de pianos, iPads, libros, etc.

    Trabajamos con niños y jóvenes para que conozcan a Mistral, haciendo presentaciones, talleres y concursos, para que encuentren el vehículo para expresar sus sentimientos a través de la poesía y ensayos. Nuestra labor es también promover la obra literaria de Mistral. Para este efecto, realizamos presentaciones y eventos tanto en EE.UU. como alrededor del mundo, invitando a quienes no la conocen a conocerla y a quienes la conocen “algo” que la conozcan más. Por esta razón, la fundación traduce en forma continua y extensa la obra literaria de Gabriela Mistral. Para conmemorar los 70 años del Premio Nobel, publicamos el libro bilingüe De Chile al Mundo. 70 años del Premio Nobel de Literatura a Gabriela Mistral (disponible en confin.cl). En el 2018, ad portas de la celebración de los 130 años del natalicio, la fundación lanzó la revista anual bilingüe The Mistral Review. El primer volumen está dedicado a “Gabriela Mistral, la biblia y el pueblo judío”. Un importante tema en la vida de Mistral y que encontramos a través de toda su obra.

    Destacamos que las publicaciones se han hecho totalmente ad honorem y todas las ventas, tanto del libro como de la revista, van en su totalidad a financiar los programas y proyectos de Gabriela Mistral Foundation. Nuestro objetivo es hacer una diferencia en las vidas de quienes están en necesidad. Pero también, ¿por qué no soñar con la posibilidad de abrir el horizonte y las posibilidades de los niños… ya que quizás entre ellos podemos encontrar a otra Gabriela? Lucila le perteneció a Elqui, pero Gabriela le pertenece al mundo. Más de 20.000 personas al mes visitan nuestro sitio web desde distintos rincones del mundo, quienes nos solicitan información, ayuda, material etc. Estamos convencidos que con ayuda, atención y oportunidades, los niños tendrán un futuro mejor y así también será el futuro de nuestro planeta.

    Para celebrar este importante hito, Gabriela Mistral Foundation entrega un obsequio a los niños de Chile, los niños de Gabriela. Se trata de un proyecto realizado en colaboración con Historias para todos, que consiste en un video libro con ilustraciones, animación, narración e interpretación de lenguaje de señas chilena titulado Lucila y las palabras. La vida de Gabriela Mistral. Este video libro estará disponible en forma gratuita por medio del sitio web de Gabriela Mistral Foundation, Inc.; Ministerio de Educación, Ministerio de las Culturas, el Patrimonio y las Artes; Ministerio de Relaciones Exteriores, a través de sus consulados, e Historias para todos. Próximamente también estará disponible con narración en inglés

  • La Resurreción de G.K. Chesterton

    La Resurreción de G.K. Chesterton

    Después de décadas de indiferencia, hoy vemos en los jóvenes un renovado interés por la obra de G.K. Chesterton. Así queda demostrado con el aumento en la venta de sus libros, con el interés de los alumnos universitario de pre y postgrado  en los cursos que se imparten de este importante autor, y en la asistencia a las conferencias que se realizan en su nombre.

    “Las noticias de mi muerte han sido muy exageradas”, bromeaba Mark Twain al saber que su obituario había sido publicado en un diario local. De todas maneras debe haber sido una experiencia halagadora para este gran escritor norteamericano leer su propia muerte estando aún vivo. Sería aún más halagador para él si supiera que sigue vivo tantos años después de su muerte. Sin embargo los autores que sobreviven en sus libros, están sentenciados a sufrir una segunda muerte cuando pasan al olvido. C.S. Lewis estaba convencido de esto, que sus libros serían leídos mientras él viviera, pero que sería olvidado años después de su muerte. Cuán equivocado estaba!

    Que alentador es saber que un autor cristiano como C.S. Lewis esté viviendo un renacimiento, y aún más alentador es saber que G.K. Chesterton, cuya obra es una defensa a la Verdad Cristiana esté viviendo este mismo fenómeno: “Hace veinte años había menos de diez obras de Chesterton en imprenta” asegura Dale Ahlquist, presidente de la Sociedad Americana de Chesterton: “Hoy, hay más de setenta, incluyendo nuevas colecciones de material inédito. Y más títulos salen a la luz”

    El entusiasmo de Ahlquist es igual al de Tony Ryan, Director de Marketing de Ignatius Press: “Claramente las ventas de los libros de y sobre Chesterton han aumentado notablemente en los últimos diez años” dice Ryan, “lo que es una gran noticia para la Iglesia y los Católicos en el mundo ya que Chesterton fue un autor muy prolífico que tocó temas muy importantes para el género humano”.

    Pocos habrían pensado en los años  ́ 60 que la popularidad de Chesterton viviría un renacimiento. En esa época eran pocos los fanáticos que leían su obra. En Estados Unidos el padre Ian Boyd fundó en 1974 el “Chesterton Review” que es en la actualidad el periódico literario más importante del mercado académico. En los 80′, cuando yo era un adolescente y conocí la obra de Chesterton, era fácil encontrar sus obras y había ediciones baratas en las librerías que habían sido vendidas por conventos o teólogos más liberales. No es una locura hacer un paralelo entre el renacimiento del interés por las obras de Chesterton y la disminución de las vocaciones pertenecientes a las órdenes que siguieron las enseñanza del Concilio Vaticano II. El mismo análisis podemos hacer con la obra de C.S. Lewis y el anglicanismo. Así, podemos imaginar que, mientras más gente lee a C.S. Lewis, menos gente asiste a las misas anglicanas. Y, claro, los millones de lectores de C.S. Lewis deben agradecerle a Chesterton ya que a él le debe Lewis su conversión: “Al leer a Chesterton no sabía en lo que me estaba metiendo”.

    La lógica inexorable y el encanto irresistible de Chesterton en su apología al Cristianismo de “El Hombre Eterno” terminó por derrumbar el ateísmo de Lewis: “Al leer el Hombre Eterno encontré sentido al Cristianismo por primera vez”. Y no es sólo Lewis quien debe a G.K Chesterton su conversión, hay una horneada completa de escritores que se rindieron al ingenio y sabiduría del escritor. Entre ellos destacan Maurice Baring, Ronald Knox, Christopher Dawson, Theodor Maynard, Alfred Noyes, y Graham Greene. Hoy no sólo más gente lee a Chesterton, sino que se ven cada vez más conversiones como consecuencia de esta lectura.

    Dawn Eden, una periodista rockera y de vida disipada leyó por casualidad “El Hombre que fue Jueves” y quedó tan impresionada por la verdad encerrada en ese libro que lo leyó dos veces más y luego leyó todo lo que pudo sobre el autor. Esta periodista no sólo se convirtió sino que además, su conferencia “La Mujer que Tenía Sed: cómo leer a Chesterton me llevó a mi conversión” fue la principal en la última “Chesterton Conference” en Saint Paul, MN. Esta conferencia, que en los   ́ 80 congregaba a un poco más de 20 personas, hoy atrae a quinientas. Vienen de tan lejos como Australia o Nueva Zelanda y no solo a oír las conferencias, sino que a vivir el espíritu chestertoniano. Los sedientos participantes llevan vino hechos en viñas personales gratis, mientras que el agua en botella debe ser comprada. Esto habría sido aprobado por Chesterton que decía “no me importa donde el agua vaya, mientras no sea a mi vino”.

    Esta Conferencia anual es organizada por la Sociedad Americana Chesterton, una organización que es el eje del renacimiento de la obra de GKC. Su sitio web (www.chesterton.org) tuvo 100 mil visitas los primeros seis años, y en los cuatro siguientes ha excedido medio millón. También publican “Gilbert Magazine, más popular y fácil de leer que la académica “Chesterton Review”. Es increíble ver como los moradores de la postmodernidad buscan detener la ola emergente de interés por la obra de Chesterton: “De todas partes del mundo me buscan alumnos de pre y postgrado para hacer sus tesis sobre Chesterton”, dice Ahlquist. “Lo han descubierto pero el problema es que muy pocos profesores saben de él. La Asociación Americana es, por supuesto, el mejor lugar para ayudarlos”.

    Yo soy uno de esos profesores que descubrieron a Chesterton y que, gracias a Dios, encontraron entre sus palabras la Verdad y me convertí al Catolicismo. Yo lo enseño siempre en mis clase de Literatura del Siglo XX e incluyó “El Hombre que fue Jueves” y “Lepanto”. En el 2006, el curso “Chesterton y Belloc” fue el electivo más popular en la Ave María University, de Naples Florida. La generación más joven es la más entusiasta por los escritos de Gilbert Keith Chesterton y cada vez se lee con mayor interés toda su obra. Puede que con esta nueva popularidad del escritor algunas de sus obras, en un futuro no muy lejano, sean llevadas al cine. Ya hemos visto en la pantalla gigante la magnífica obra de Peter Jackson con el Señor de los Anillos de Tolkien y con las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis representadas con Disney. Con esto ya sabemos que la moral y la literatura cristiana vende en la taquilla. Esto sería magnífico, pero por ahora nos conformamos con saber que Chesterton vive en el siglo XXI. Su lugar no está en la tumba de los autores cuya influencia se desvanece como una moda. Ocupa un lugar de honor entre los vivos. No lo busquen junto a los hombres de letras que ya se han ido. No está ahí. Ha resucitado de su muerte.

  • J.R.R Tolkien y la Guerra

    J.R.R Tolkien y la Guerra

    Tolkien vivió en carne propia el trauma de la Primera Guerra Mundial, probablemente el conflicto bélico más traumático de la historia inglesa. En este relato, en el que lo amargo y lo dulce se entremezclan, sir Martin Gilbert cuenta lo que oyó de la boca del escritor cuando se conocieron como profesores en la Universidad de Oxford.

    J. R.R Tolkien y la batalla del Somme están intrínsecamente unidos. Aprendí esto hace cuarenta y cuatro años, tras haber sido elegido para mi primera entrevista universitaria en el Merton College de la Universidad de Oxford, cuando yo tenía veintitrés años. En esos días existía una norma muy estricta en las comidas de los college. La autoridad se sentaba al centro, los miembros más antiguos a ambos costados de él y los miembros novatos en la parte final de la mesa. También al final estaban los miembros eméritos, hace largo tiempo retirados, muchas veces venerables y grandes guardianes del nombre del college. Muchos de ellos habían servido en la Primera Guerra Mundial. Cuando descubrían un historiador  nuevo en el ambiente, se sentían muy contentos de poder hablar de esos días distantes de más de cuarenta años atrás. A algunos les gustaba cantar las canciones de las trincheras, en  una versión más ruda de la que se cantaba en esa época. Tolkien era más reticente, de hecho jamás se auto glorificaba y se negaba a embellecer esos recuerdos.

    En 1916, Tolkien de veinticuatro años era segundo lugarteniente de los fusileros de Lancashire. En la tarde del 14 de julio, dos días después de comenzada la batalla del Somme, su batallón fue enviado al frente. Lo que más tarde llamó “el horror animal” de las trincheras era para entonces deconocido para él. Pronto se enteraría que uno de sus más cercanos amigos, Robert Gilson, había muerto ese mismo día. Gilson era dos años menor que Tolkien, había escrito a su casa dos días antes de su muerte. “El tronar de las armas durante la noche es hasta hermoso- no se siente muy terrible. Suenan los enormes estruendos, pero como una garra que irrumpe en una escena pacífica. Sería maravilloso poder estar a cientos de millas de la línea de fuego otra vez”

    Tolkien debió experimentar muchas noches como ésta, incluso tendrá que perder más amigos. El 22 de julio, tres días después de su primer turno de cinco días en la trinchera, su amigo Ralph Payton murió en acción y su cuerpo de Payton nunca fue identificado, su nombre está inscrito hoy en el Memorial Thiepval a los desaparecidos. Dos días después que Payton murió, Tolkien regresó a las trincheras por un segundo turno de cinco días de deberes en la línea del frente. Como oficial de señal del batallón, su objetivo cada vez que iba “arriba a la linea” era supervisar las comunicaciones de la posta del comando de la brigada en una milla y media tras las trincheras. El mejor método de comunicaciones era a través de palomas.

    Cuando hablábamos de esos lejanos tiempos, Tolkien recordaba, tan vívidamente como si fuese ayer, el constante daño de la artillería alemana en las zonas circundantes, acompañados de sus chirridos y bramidos, las nubes de polvo y lodo, y los llantos desconsolados de hombres que habían sido heridos. Como todos los soldados de la Primera Guerra Mundial en la comida del college, Tolkien sabía que su historia sonaba anticuada comparada con las memorias más recientes de aquellos que habían peleado en la Segunda Guerra Mundial. Algunas veces me dijo, en palabras que más tarde usó en la segunda edición de El Señor de los Anillos: “parece que para ser tomado en cuenta por la juventud, 1914 no es una experiencia en comparación con los hechos ocurridos desde 1939 en adelante”.

    Cuarenta y cuatro años antes de mis conversaciones en el Merton College con Tolkien, pasé por la Iglesia Católica de Bertrancourt, tres millas atrás de la antigua línea del frente. Ahí el 6 de Agosto, asistió a misa, antes de partir a la mañana siguiente a la primera línea de la trinchera. Era su tercer turno en la parte alta de la línea y había sido afortunado. Durante los cinco días que estuvo a cargo de las comunicaciones, no hubo ningún asalto y sólo cuatro hombres murieron. Uno escribió “solamente” porque, en ese tiempo, la muerte de cuatro soldados de un batallón parecía un número muy reducido.

    Como muchos otros soldados, Tolkien hablaba de la desolación, del vacío de las cosas cotidianas de la vida que muchos sentían en el campo de batalla. Pero ahí no había falta de acción. El 27 de Septiembre Tolkien estaba de vuelta en el frente, organizando las comunicaciones entre el laberinto de astilleros del bosque de Thiepval, como parte de la lucha vana de subatallón por entrar al Schwaben Redoubt, un importante punto fuerte alemán que había resistido a todos los esfuerzos de ser capturados desde el primero de julio. Al día siguiente cuando el batallón realizaba una incursión efectiva sobre una ametralladora alemana que había causado varias bajas con sus ataques, más de treinta alemanes fueron prisioneros.

    Tolkien, que hablaba alemán, recordaba con un gesto, entre de asombro y risa, que cuando le ofrecía agua a los oficiales alemanes heridos, éstos aceptaban, pero no sin antes corregir su pronunciación. Tolkien y su equipo eran siempre vulnerables. Uno de ellos, el soldado Sydney Sumner, desapareció tras un intenso bombardeo el 9 de julio. Por dos meses no se encontró ningún rastro de él. “Querido señor”, escribía su mujer a Tolkien con esperanza y desesperación, “No me importaría si sólo pudiera saber cómo se fue”, y agregaba. “Yo sé que todos no se pueden salvar y regresar a casa”. Sumner había dejado una hija de tan sólo un año. Su nombre está en el Memorial Thiepval de los desaparecidos: un memorial con más de 73.335 nombres grabados. Ninguno de esos hombres fue nunca reconocido debido a la crueldad del campo de batalla, otra cara del “horror animal” del que hablaba Tolkien.

    El 21 de octubre Tolkien estaba otra vez en la línea del frente con sus compañeros y seguían a las primeras oleadas de infantería, la que había atrapado una trinchera alemana frente a ellos. Durante el ataque, una granada alemana alcanzó a uno de sus compañeros. Otros pudieron rescatar el canasto de palomas del equipo. Al día siguiente el encargado del batallón, el capitán Evers, quien había desaparecido  durante la contienda, regresó a las línea británicas cubierto de sangre. Había pasado la noche en la llamada tierra de nadie, bajo el fuego de la artillería alemana, tendido bajo los heridos.

    El 26 de Octubre, cuando estaba de reserva, el batallón de Tolkien fue inspeccionado por Sir Douglas Hais. Al día siguiente Tolkien cayó enfermo. Había contraído la llamada “Fiebre de la trinchera”, una bacteria en el sistema sanguíneo. Tras esto no volvería al servicio. El 18 de noviembre, el último día de la Batalla del Somme, Tolkien fue evacuado a Inglaterra. Nunca olvidaría esos cinco meses en el Somme. En El Señor de los Anillos, Sam Gangee- el personaje ficticio del cual Tolkien dice que se trata de una “reflexión acerca del soldado inglés  anónimo que él conoció en la guerra de 1914, a quienes reconoce superior a él mismo” viaja, “sosteniendo sus pies en una vieja raíz o alguna mata de hierba. Se caía y sentía el peso en sus manos, las cuales transpiraban desde sus pegajosas heridas, de manera que su cara era llevada cerca de la superficie oscura. Había un casi imperceptible silbido, un fétido olor subía… Sacando sus manos del charco volvía a romper en llantos: había cosas muertas, caras muertas en el agua” decía con horror.

    Me siento orgulloso de haber podido contar la historia de una batalla en la cual  mi primer testigo fue Tolkien.

  • G.K. Chesterton un autor que cautiva el alma

    G.K. Chesterton un autor que cautiva el alma

    El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su inteligencia, su capacidad para maravillarse aún de las cosas más pequeñas y cotidianas provocan asombro. Con Chesterton pasa, que uno cree descubrirlo, cuando en realidad es él quién nos atrapa.

    G. K Chesterton es un personaje que despierta la curiosidad del lector por conocerlo más, por leer su obra, por entenderlo; pero escribir sobre él es una tarea difícil porque siempre queda la sensación de no hacerle plena justicia. Su pluma y su retórica tienen tanta profundidad y sabiduría que sería presuntuoso decir que a través de estas líneas vamos a conocerlo en toda su verdadera dimensión. Las siguientes páginas son sólo una aproximación a su genio y a su persona, un bosquejo, para tratar de entender al hombre que a través de sus ideas marcó definitivamente a la gente de su tiempo y cuyo pensamiento trascendió, con la misma fuerza de entonces, hasta nuestros días.

    Joseph Pearce, escritor inglés, autor de numerosas biografías, entre ellas la del mismo Chesterton, visitó el año pasado nuestro país invitado por la Universidad Gabriela Mistral. En una de sus charlas contó que en su juventud había sido activista, violento, racista y sobre todo anti- católico. Su agresividad, que lo hacía salir a las calles a gritar y provocar desórdenes lo llevó dos veces a la cárcel. La segunda vez cayó en sus manos en forma accidental un libro de Chesterton “La Poza y los Charcos”. Esta lectura le hizo reflexionar profundamente y al poco andar se convirtió al catolicismo.

    Pearce en su libro “Los Autores Conversos” relata la influencia que tuvo este autor en la conversión de numerosos escritores ingleses de la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Fueron muchísimos los que influenciados por la pasión, por la vitalidad y por los argumentos de G.K. Chesteron se convirtieron al catolicismo. Dice Pearce: “El profundo agradecimiento de Belloc, ante ese ejército de conversos, tenía como objeto, en buena parte al menos, a la obra de su amigo G.K. Chesterton. Fue éste antes que cualquier otro escritor, quién en la primera década del nuevo siglo se midió con el laicismo, plantando batalla a “herejes” como Shaw o como Wells, con una amable jovialidad que se pegaba. El cristianismo de Chesterton era contagioso y gracias a sus penetrantes paradojas y a su quijotesco entusiasmo, muchos comenzaron a descubrir el atractivo de la ortodoxia” .

    Pero lo curioso es que mientras sus obras y su testimonio convencían a los demás de engrosar las filas de la Iglesia de Roma,  el propio Chesterton no daba el paso decisivo. Dice Luis Ignacio Seco en su libro, Chesterton, un Escritor para todos los Tiempos: “Eran muchos los que se preguntaban dentro y fuera de la Iglesia Católica que detenía a Chesterton en el umbral de su decisión. En Herejes (1905) en Ortodoxia (1908) y en escritos posteriores estaba claro que veía a Dios en Jesús de Nazaret, que admiraba la fidelidad de la Iglesia a su mensaje a lo largo de los siglos, que hablaba de los sacramentos como encuentros de Dios con los hombres, que contemplaba al hombre como hijo de Dios”.

    Jorge Luis Borges, considerado por muchos uno de los mejores escritores del siglo XX, era un gran admirador de Chesterton y en el primer Ensayo que escribió sobre él se había declarado el más devoto de sus lectores. En el segundo Ensayo escrito después de la muerte de Chesterton en 1936 dijo: “Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa invención, por su imaginación visual o por la felicidad pueril o divina  que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza”.

    Además de citarlo siempre en sus conferencias, entrevistas, ensayos, artículos y cuentos, Borges hizo una maravillosa traducción al español de su poema Lepanto. Debemos agregar que Borges declaró siempre su gusto por la literatura inglesa y dentro de ella por Chesterton especialmente. Todos estos elementos, despiertan la curiosidad por conocerlo,  por leer su obra y todo lo que otros han escrito sobre él. El encuentro con Chesterton es una experiencia maravillosa que se disfruta intensamente. Su vehemencia, su sabiduría, su sentido del humor, su bondad, su capacidad para maravillarse aún de las cosas más pequeñas y cotidianas provocan asombro. Con Chesterton pasa, que uno cree descubrirlo, cuando en realidad es él quién nos atrapa.

    ¿Quién es Gilbert K. Chesterton?:

    Que difícil tarea la de tratar de describir a este hombre, poeta, ensayista, escritor, periodista, orador, polemista, porque como dice Luis Ignacio Seco: “A Chesterton hay que verlo de cuerpo entero, como lo vio Borges y como lo ven en definitiva la multitud de lectores anónimos que una vez descubierto ya no le abandonan.  Hay que verlo como un solitario genial que entró de rondón en la transición del siglo XIX al XX, que fue un testigo excepcional de su época y que supo trazar diagnósticos tan certeros que siguen y seguirán sobre el tapete de la Historia”

    Y aún así, viéndolo de cuerpo entero, hay partes de él que se nos escapan, su vida es tan intensa, tan vertiginosa, que en esta  loca carrera por alcanzarlo lo perdemos y lo encontramos una y otra vez. Su pensamiento vuela, sus ideas se multiplican, su pluma corre entre uno y otro tema, sus argumentos sólidos y punzantes “Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo y ello no sólo por su venturosa  invención, por su imaginación visual o por la felicidad pueril o divina que traslucen todas sus páginas, sino por sus virtudes retóricas, por sus puros méritos de destreza” Jorge Luis Borges

    Considerado un gozador de la vida, siempre defendió el buen tomar en oposición al abuso. “Si hay un grupo tomando cerveza y riéndose siempre son católicos“especial desarman a cualquier adversario, su marcha es incansable, su imaginación sin límites. Su apariencia es única. Es un hombre gordo, grande, majestuoso, vestido con una amplísima capa para cubrir su gordura y desaliño, un sombrero de ala ancha y un bastón. Su físico es imponente, más de un metro noventa de estatura y alrededor de ciento treinta kilos de peso. Se ríe de sí mismo como nadie: “no soy tan gordo como parezco, dijo una vez en una conferencia, es que me ven ustedes amplificado por el micrófono”. El humor y la alegría no lo abandonan nunca. Alfonso Reyes en el prólogo de El Hombre que fue Jueves lo describe así: “Siempre combativo, de una combatividad alegre y tremenda, tiene un buen humor y una gracia de hombre gordo, una risa madura de hombre de cuarenta y cinco años. Su cara redonda, sus cabellos enmarañados de “rorro”, inspiran una simpatía instantánea”

    Chesterton nació en Londres un 29 de mayo de 1874 y murió en 1936. Con su clásico sentido del humor nos cuenta en su Autobiografía de su infancia y de su familia “Lamento no tener un padre siniestro y brutal que ofrecer a la mirada pública como la verdadera causa de mis trágicas inclinaciones; ni una madre pálida y aficionada al veneno, cuyos instintos suicidas me hayan abocado a las trampas del temperamento artístico. Lamento que no hubiera nadie en mi familia más audaz que un tío lejano ligeramente indigente y siento no poder cumplir con mi deber de hombre verdaderamente moderno y culpar a los demás de haberme hecho como soy. No tengo muy claro como soy, pero estoy seguro que soy responsable en gran medida del resultado final” y más adelante agrega: “Lo maravilloso de la niñez es que cualquier cosa en ella puede ser una maravilla. No era simplemente un mundo lleno de milagros, era un mundo milagroso”

    Y no cabe duda que en el resultado final influyó sobremanera esa infancia prodigiosa y feliz aunque en su adolescencia y juventud Chesterton buscará por diferentes caminos esa Verdad que llegó finalmente después de varios años dándole todo el sentido a su existencia. Dice Luis Ignacio Seco: “El valor más efectivo en la vida y la obra de Chesterton fue su inquietud religiosa, su necesidad de buscar respuestas a los interrogantes ineludibles para dar sentido a su existencia y a la ajena”

    Después de esta infancia feliz y llena de recuerdos mágicos, Chesterton se enfrentó a una juventud llena de dudas y escepticismo. A pedido de su padre ingresó a la Slade School para estudiar dibujo y pintura, pero la dejó al poco tiempo para dedicarse a escribir. Comenzó a interesarse por el espiritismo y la literatura teosófica, conocida también por ocultismo. Como él lo cuenta en su Autobiografía fue una época oscura de su vida, se sentía sumido en el pesimismo del entorno y entonces para librarse de esa pesadilla con la ayuda de la filosofía, pero no todavía de ninguna religión, se inventó una teoría mística que lo sacara de todas las pesadillas de su alma. Sintió que todavía había un pequeño hilo de agradecimiento que lo ligaba a una cierta religiosidad: “Lo que me sorprende al volver la vista a mi juventud e incluso a mi adolescencia es la enorme rapidez con la que se cree estar de vuelta de lo fundamental y con la que incluso se niega lo fundamental”

    Años después trata de plasmar todo este proceso en su libro “El Hombre que fue Jueves” y que pone como subtítulo: Pesadilla. Pero sigamos intentando delinear a este hombre, que sorprende por su capacidad infinita de reinventarse a sí mismo y reinventar el mundo con él. Valiente, audaz, se lanzaba siempre a la defensa de lo que creía justo, estaba al lado del hombre de la calle, del hombre común como gustaba llamarle. Fue tildado de anti imperialista y de ser pro boer y lo era. Para él los boers eran los verdaderos patriotas y justificaba ampliamente que usaran las armas para defender sus campos y sus casas que los usurpadores británicos querían quitarles. Argumentaba a quién quisiera escucharlo de su repudio tanto al socialismo como al capitalismo.

    Defensor acérrimo de la propiedad privada, apoyó abiertamente la corriente llamada del distributismo impulsada por la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII y que era en definitiva la Doctrina Social de la Iglesia. Le molestaba el materialismo imperante y sobre todas las cosas odiaba la sociedad industrial y el progreso. Tuvo un largo noviazgo con Frances Blogg, a quién amó apenas conocerla y a quién siguió amando toda su vida. Se casó con ella en 1901. Callada y tranquila, Frances comprendía y aceptaba el carácter desbordante y a veces excéntrico de su marido.Hay una anécdota que relata el mismo Chesterton que es de la época en que viajaba dando conferencias por toda Inglaterra, y que lo pinta de cuerpo entero: “Cuentan que un día de aquellos envié un telegrama a mi esposa, que estaba en Londres, y que decía así:”Estoy en Market Harborough. ¿dónde debería estar?. No recuerdo si la historia es cierta, pero no es improbable ni creo que sea poco razonable”

    En esa infancia feliz tuvo un papel importantísimo su queridísimo hermano Cecil, cinco años menor que él, que murió al final de la Primera Guerra Mundial: “Nació cuando yo tenía casi cinco años; tras una breve pausa empezó a discutir y continuó discutiendo hasta el final, porque estoy seguro que discutía enérgicamente con los soldados entre los que murió, en las gloriosas postrimerías de la Gran Guerra” Dice Chesterton que cuando Cecil nació, se alegró pensando que al fin iba a tener público que lo escuchara. Que equivocado estaba. Cecil resultó tanto o más vehemente y testarudo que su hermano Gilbert. Sus discusiones eran interminables y así lo recuerda en su Autobiografía “No dejamos de discutir en toda nuestra adolescencia y juventud, hasta convertirnos en una auténtica pesadilla para nuestro círculo social. Nos gritábamos de un lado a otro de la mesa, a propósito de Parnell, el puritanismo o la cabeza de Carlos I, hasta que los más próximos y queridos huían al vernos aparecer y solo encontrábamos un enorme desierto alrededor”

    Con cierta alegría llena de nostalgia Chesterton aclara en su Autobiografía que a pesar de sus interminables discusiones no riñeron jamás. Pero indudablemente las dotes de polemista de su hermano las consideró siempre extraordinarias: “El hombre acostumbrado a discutir con Cecil Chesterton no tiene porqué temer discutir con nadie” Cecil era un “pagano más rebelde”, gran enemigo de los puritanos, Gilbert defendía, aunque tibiamente, el idealismo y la religiosidad victoriana. Ambos hermanos, socialistas y agnósticos en un comienzo, terminaron juntos en la fe católica. Cecil lo hizo primero, Gilbert varios años después.

    Tuvo amigos y muy buenos. Pero hay dos que están demasiado unidos a su vida y no se pueden dejar de nombrar: Hilaire Belloc y Maurice Baring. Hay un célebre cuadro pintado en 1932 por Sir James Gunn “Tertulia”, hoy en la National Portrait Gallery, en que aparecen los tres alrededor de una mesa. De esta relación entre los tres dice Joseph Pearce: “No sólo participaban de una amistad común, también compartían una misma filosofía y una misma fe. Sí no llegaban a ser tan indivisibles como la Santísima Trinidad, desde luego si eran tan indómitos como los Tres Mosqueteros. En el caso de la quimera Belloc-Baring- Chesterton el grito de guerra de, uno para todos y todos para uno, nunca resultó inapropiado”

    De esta amistad, especialmente la de Belloc, a quién conoció en un café del Soho y le marcó la vida, comenzó la lenta transformación que llevaría a Chesterton a convertirse en el transcurso de los años en un católico ferviente, y de esta amistad nació la ocurrencia de Bernard Shaw de hablar de Chesterbelloc, estas dos mitades de un “divertido elefante de circo”. Pero no podemos dejar de mencionar a Bernard Shaw en la vida de Chesterton. Dice Joseph Pearce en Sabiduría e Inocencia: “Lo cierto es que la relación entre los dos estuvo presidida por un cálido afecto que se oponía a su antagonismo intelectual. Fueron amigos y también enemigos y ambos obtuvieron un inmenso provecho tanto de su amistad como de su enemistad”

    Y Maisie Ward, biógrafa de Chesterton, citada por Joseph Pearce en Sabiduría e Inocencia: “Hasta que apareció Chesterton, Bernard Shaw había tenido el mundo de la polémica para él solo, pero tan pronto como aquél saltó al cuadrilátero, Shaw tuvo que empezar a medir sus pasos y a aprovechar su habilidad en la palestra. Chesterton podía romper la guardia del viejo irlandés en cualquier momento y ello aportaba una emoción especial a sus encuentros en las tribunas o en las páginas del G.K. ́s Weekley o del New Witness”

    Chesterton era un contendor temible y temido. Un orador extraordinario pero con un respeto profundo por sus adversarios sí éstos tenían altura; a los que no la tenían, no titubeaba en liquidarlos. Tuvo largas discusiones con H.G. Wells pero lo estimaba: “Siempre había sido un liberal un fabiano, un amigo de Henry James o Bernard Shaw. Y tenía razón con tanta frecuencia que sus movimientos me irritaban como la contemplación de un sombrero mecido perpetuamente por el mar sin llegar nunca a la orilla”. Pero Bernard Shaw era su preferido. En su Autobiografía citada en este trabajo, Chesterton habla con cariño y con admiración de él: “Mi experiencia fundamental, desde el principio hasta el final, ha consistido en polemizar con él. Vale la pena señalar que he aprendido a profesarle afecto y un respeto cálido más a partir de nuestra disensión que a partir de lo que la mayoría de la gente logra a través del acuerdo. Bernard Shaw, a diferencia de algunos de los que he hablado aquí, muestra su mejor lado en el antagonismo. Diría que muestra su lado mejor cuando se equivoca; o mejor aún, todo en él es erróneo salvo él mismo”.

    Y los dos mejores polemistas de Inglaterra no sólo eran diferentes en sus ideas, sino absolutamente en todo. Uno, Chesterton, gordo y jovial, el otro, Shaw, flaco y austero. El primero amante de la buena mesa y el trago, “de las chuletas y la cerveza” y Shaw vegetariano y abstemio. Pero los dos se necesitaban y se potenciaban y el público necesitaba de sus intensas polémicas que marcaron época. Cuando Chesterton murió, Bernard Shaw le escribió a Frances: “Parece totalmente ridículo que yo, dieciocho años mayor que Gilbert, sobreviva a él de forma tan despiadada… Las trompetas están sonando en su honor”

    Ortodoxia y El Hombre Eterno:

    En 1908, Chesterton pública Ortodoxia, su primer libro explícitamente cristiano y que muchos consideran un aporte fundamental para el desarrollo del pensamiento de la Iglesia. Lo cierto es que muchos de sus lectores se sintieron tocados en lo más profundo e influyó, como mencionamos en la introducción, en ese “ejército de conversos” que cita Joseph Pearce del cuál Hilaire Belloc se siente tan feliz.

    En Ortodoxia, Chesterton exalta el cristianismo, pero más concretamente escribe y siente como un católico aunque faltan todavía catorce años para dar el paso definitivo. La clave del éxito de este libro es el modo en que Chesterton se comunica con el lector. Usa un estilo directo, potente, franco. Las palabras estallan, se mueven, se levantan del libro para tocar al lector y abrazarlo sin darle tregua alguna. En 1952, la escritora Dorothy L. Sayers diría:” Para los jóvenes de mi generación, G.K.C era una especie de libertador cristiano. Como si de una bomba beneficiosa se tratara, hizo saltar por los aires en la Iglesia un buen número de vidrieras de una época poco brillante para dejar paso a una fresca brisa en que las hojas muertas de la doctrina danzaban con todo el vigor y la falta de decoro de Juglar de Nuestra Señora” .

    Y acerca de la influencia en la conversión de tantos, cita Joseph Pearce varios casos, en el libro “Escritores Conversos”: “No está claro si Ortodoxia tuvo algo que ver con la eminente conversión de Maurice Baring, pero dada su admiración por las primeras obras de Chesterton y el creciente cariño que sentía hacia él, raro sería que no lo hubiera leído en los meses inmediatamente previos a su recepción en la Iglesia, ocurrida el 1 de febrero de 1909”. En Ortodoxia pone Chesterton su propia experiencia en la búsqueda espiritual. Se compara a un hombre, un aventurero que sale a explorar mundos nuevos, que cree haber descubierto una lejana isla y de pronto se da cuenta que está en su propio país, en el mismo lugar de dónde había partido: “A menudo he soñado en escribir la historia de un piloto inglés que, habiendo calculado mal su derrotero, descubrió nada menos que la antigua Inglaterra, bajo la impresión de que era una ignorada isla del Mar del Sur… su equivocación fue en verdad la más envidiable de las equivocaciones posible; y mi hombre, si era como yo lo supongo, no dejaría de reconocerlo así. Porque ¿puede haber nada más delicioso que pasar en unos cuantos minutos, por todos los grados de la escala patética, desde las fascinaciones y terrores de arrojarse a lo desconocido hasta la humanisima seguridad de volver a lo familiar y propio?… Tengo mis razones para insistir porque yo mismo soy ese hombre, yo descubrí Inglaterra”

    Y es la llaneza y frescura de su prosa lo que encanta y como dice Alfonso Reyes: “Así en Chesterton, este nuevo padre de la Iglesia, la paradoja humorística sustituye a la parábola cristiana. Habla de las verdades más antiguas de la Iglesia, pero con el mismo tono de voz con que describe los ritos misteriosos de la isla recién descubierta en el Mar del Sur. Así en Chesterton, este salteador de su propia bodega, aprendemos a gustar otra vez el vino de nuestros abuelos”

    Recordemos que Ortodoxia fue escrito en respuesta a la crítica de su libro “Herejías”, 1905. Se le reprocha que enumera allí todas las herejías presentes en la sociedad pero no dice cuál es su propia posición y filosofía de la vida. Chesterton encontrando quizás certera la crítica se embarca en este libro, dónde expone sus verdaderos sentimientos en cuanto a religión. No cabe ninguna duda que es un católico verdadero y su libro es un himno que exalta su fe. Sin embargo asentado en la Iglesia Anglicana- Católica, incomprensiblemente para muchos, no da el salto definitivo. El propio Chesterton expresa: “Ante todo debo considerar mi postura acerca si debo estar dentro o fuera. Yo pensaba que uno podía ser anglocatólico y estar realmente dentro, pero si eso significa quedarse solo en el pórtico, creo que no quiero estar en el pórtico, y desde luego no en un pórtico separado del edificio”. Dicen que Belloc su gran amigo y ferviente católico de toda la vida, fue uno de los grandes sorprendidos cuando supo en 1922 de su conversión. Parece que había perdido totalmente las esperanzas.

    Pero el gran obstáculo para Chesterton era Frances, su mujer con quién había compartido todo en la vida y ella se oponía tenazmente a convertirse al catolicismo. Joseph Pearce dice en Escritores Conversos que Frances había dicho una vez que no haría jamás tres cosas: tener una secretaria eficiente, cortarse el pelo, y ser católica. Por lo menos esta última no la cumplió porque cuatro años después de su marido ingresó a la fe Católica. Pero, volvamos a G.K. Chesterton y a su largo proceso espiritual para llegar al fin a la fe presentida y anhelada toda su vida. Para hablar de ello tenemos que nombrar inevitablemente a dos personas que influyeron notablemente en su decisión de “pasarse al Papa”.

    Ellos fueron Ronald Knox y el padre John O’Connor. A Knox lo conoció un par de años antes de su conversión a través de su amigo Baring. Knox había sido sacerdote anglicano hasta 1917 cuando luego de pasar años de incertidumbre y angustia decidió entrar a la Iglesia Católica de Roma. Chesterton y sus escritos habían tenido alguna influencia en su decisión. Por cierto le admiraba y lo único que quería era ayudarlo a profesar el catolicismo. Al padre O’Connor, quién fuera inspirador de su famoso personaje de cuentos policiales, padre Brown, lo había conocido muchísimo antes en Yorkshire y le había impresionado desde el primer momento su sencillez, su inteligencia y su bondad. Cuando llegó el momento de la decisión final, fue la propia Frances, su mujer quién le aconsejó que llamara al padre O’Connor. En julio de 1922 Chesterton fue recibido dentro de la Iglesia. Pero la verdad es que lo único que hacía falta era su consentimiento, no necesitaba ser instruido en esta fe porque hacía más de veinte años que hablaba del catolicismo sin ser católico, sus conocimientos de la ortodoxia y el dogma eran mucho más profundos que los de muchos creyentes.

    Dice en su Autobiografía: “Estoy orgulloso de mi religión hasta donde puede estarlo un hombre de una religión que hunde sus raíces en la humildad; sobretodo estoy orgulloso de esos aspectos que con mayor frecuencia se califican de superstición. Me siento orgulloso de estar sujeto a dogmas anticuados y esclavizado por credos muertos (como repiten sin descanso mis amigos periodistas), porque sé muy bien que los credos heréticos son los que mueren y solo los dogmas razonables viven lo suficiente para que se les llame anticuados”

    No se puede terminar este esbozo de la persona y la vida de Chesterton sin mencionar su libro “El Hombre Eterno”: El Hombre Eterno que muchos consideran su mejor obra es una fulminante y clara reflexión histórica que solo podía escribir en un período de relativa calma, sin los agobios de la urgencia periodística. Según Evelyn Waugh surgió para cubrir una necesidad temporal y quedó como un monumento permanente y Borges lo considera una “extraña historia universal que prescinde fechas y en la que casi no hay nombres propios y que expresa la trágica hermosura del destino del hombre sobre la tierra”. Esta obra escrita en 1925 surge como respuesta a “Esquema de la Historia” de H.G. Wells. En ese libro Wells, con una visión materialista del mundo, considera que el hombre es solamente el resultado de la evolución. Nada podría haber exasperado más a Chesterton que tiene una opinión diametralmente opuesta: José Manuel de la Prada en el prólogo a este libro dice “El hombre según Chesterton no es el fruto de una evolución, sino de una revolución y para mejor explicar este aserto nos lleva de la mano al interior de las cavernas que habitaron nuestros antepasados”

    Pero veamos como el mismo Chesterton nos explica que este libro está considerado mucho más desde el punto de vista histórico que el teológico y que no debe relacionarse con su reciente conversión a la fe Católica. Aquí hay dos conceptos que quiere tratar: la criatura llamada hombre y el hombre llamado Cristo: “He dividido este libro en dos partes: la primera es un esbozo de la aventura más importante vivida por la raza humana hasta el término de su itinerario pagano; la segunda, un resumen de la sustancial diferencia que supuso su transformación al cristianismo”

    Y así como “Ortodoxia” provocó una serie de conversiones, también lo hizo “El Hombre Eterno”. Entre los que fueron impactados profundamente por el mensaje y contenido del libro se encuentra el escritor C.S Lewis quién en su libro Sorprendido por la Alegría dice: “Entonces leí El Hombre Eterno de Chesterton y por primera vez ví toda la concepción cristiana de la historia expuesta en una forma que me parecía tener sentido. De alguna manera me las arreglé para que el remezón no fuera demasiado fuerte. Recordarán que ya creía a Chesterton el hombre vivo más sensato que existía, dejando de lado su cristianismo”

    Quiero citar algunas palabras de Chesterton en las conclusiones de El Hombre Eterno: “Sin embargo (la Iglesia Católica) ha aguantado dos mil años, y el mundo, a su sombra, se ha hecho más lúcido, más equilibrado, más razonable en sus esperanzas, más sano en sus instintos, más gracioso y alegre ante el destino y la muerte, que todo el mundo que no se acoge a ella”.

  • El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El Chocante Catolicismo de Shakespeare

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católico conservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    El tiempo develará lo que astutos planes esconden…(Time shall unfold what plighted cunning hides…) – Cordelia (King Lear, I,1.282)

    El más famoso escritor de la historia, ¿un católico? La sola sugerencia basta para crear escándalo. ¿Cómo es posible que el poeta de Avon, alabado por homófilos, feministas, relativistas y ateístas, como parte de su patrimonio, fuera un católicoconservador? Resulta impensable. ¡Pero, en este caso, lo impensable es realidad!

    Diversos autores, en distintas épocas, han propuesto que  Shakespeare era católico. G.K. Chesterton, por ejemplo, pensaba que la evidencia apuntaba a esta conclusión, aduciendo a que el “sentido común convergente” que llevara a pensar en que el poeta fuera un católico estaba “apoyado por algunos hechos externos y políticos de nuestro conocimiento”Se desprende de esta declaración que Chesterton, estaba al tanto de la considerable evidencia textual e histórica, acumulada por el erudito shakesperiano del siglo XIX, Richard Simpson, que apoya la tesis del catolicismo de Shakespeare.

    Sin embargo, Simpson no fue el primer erudito en concluir que había suficiente evidencia para aseverar que Shakespeare habría sido católico. En 1808, el escritor francés, Francois René de Chateaubriand, ya declaraba que “de tener alguna religión, la de Shakespeare era la católica. El mismo Thomas Carlyle escribió en su momento que “la era Isabelina, con Shakespeare incluido, es el resultado del florecimiento de todo lo que la precediera, es decir, que en sí es atribuible al catolicismo de la Edad Media”. Carlyle, gran contemporáneo de John Henry Newman, era todavía más enfático respecto de esta dimensión católica, agregando que Shakespeare “tiene tan poco de protestante en él, que los católicos han podido,sin extravagancia, proclamarlo como uno de los suyos”. A su vez, Hillaire Belloc, haciendo eco de Newman, insistía en que “las obras de Shakespeare habían sido escritas por un hombre con los hábitos mentales indudables de un católico”.

    Estos grandes escritores de la era victoriana y eduardiana, habrían percibido el catolicismo de Shakespeare en la visión moral que emerge de sus obras. Al contrario, “eruditos” modernos, ciegos a esta dimensión moral de las obras de Shakespeare, las han malinterpretado en forma habitual. En vez de ver la evidencia de la tradición moral cristiana, ven las obras como un reflejo de sus propios prejuicios fundamentalistas seculares. Por eso, hay que re-descubrir al verdadero Shakespeare y las creencias que el sostenía para, de una vez, exponer el abuso literario que se ha hecho de sus obras. Afortunadamente, un cuerpo sólido de erudición histórica reciente ha contribuido de forma significativa a considerar “los hechos externos y políticos”, conocidos por Chesterton y sus contemporáneos. Así, las aseveraciones de Carol Curt Enos en su reciente libro “Shakespeare and the Catholic Religión” (“Shakespeare y la religión católica”) contienen una confianza adicional a la de Chesterton en el énfasis de que “cuando las muchas piezas existentes del rompecabezas de la vida de Shakespeare se ensamblan, es muy difícil no ver su catolicismo”. Cada pieza, pacientemente ubicada en su lugar, nos revela una imagen objetivamente verificable del autor de estas magnas obras, y ese hombre emerge como un católico creyente, en una época en que los católicos eran ferozmente perseguidos por su fe.

    Examinemos la evidencia:

    La investigación sobre la vida de Shakespeare comienza con la evidencia innegable del catolicismo desafiante de su familia. Mucha de la erudición histórica en los años recientes se ha centrado en el legado espiritual de John Shakespeare, el padre del poeta, que claramente demuestra su buena fe católica y manifiesta su intenso deseo de morir como católico, en buena fe y en conciencia. El ítem IV es de especial interés: en él enuncia su deseo de recibir los últimos sacramentos de la iglesia, con la esperanza que este deseo fuera suficiente en caso de que no hubiera un sacerdote disponible para ejecutarlos en el momento de su muerte. Hay que recordar que en tiempos de John Shakespeare, de amplia persecución anticatólica, el proteger o refugiar a un sacerdote era penado con la muerte; por eso, era más que probable que no hubiera un sacerdote disponible para los católicos agonizantes. Es en este contexto oscuro de persecución, con nubes de incertidumbre pendiendo sobre los católicos, que debería ser interpretado el desafiante deseo de John Shakespeare de tener la extremaunción.

    Otros párrafos en el testamento de John Shakespeare, lamentan y expresan remordimiento por “cualquier murmuración en contra de Dios o la fe católica” y ofrece “gracias infinitas” a Dios por los beneficios recibidos, incluyendo “el sagrado conocimiento de ÉL y la verdadera fe católica”. La evidencia que John Shakespeare permaneció como católico desafiante, en medio de la amplia persecución anticatólica del estado isabelino, ha obligado a los eruditos modernos a aceptar que William Shakespeare fue criado como un católico creyente. Esto además es respaldado por el hecho de que John Shakespeare tuvo problemas con la ley debido a su compromiso irrestricto con la resistencia católica: en 1592 fue multado por su falta de sumisión, al negarse a asistir a los servicios anglicanos. Hay que agregar que la madre de Shakespeare, era miembro de una de las familias católicas más desafiantes en toda Inglaterra, la familia Arden.

    Shakespeare, ¿un católico en Londres?:

    Si este mar de evidencia ha obligado a la mayoría de los eruditos a aceptar que Shakespeare fue criado y educado en una familia católica, hay algunos que insisten que Shakespeare habría perdido su fe después de ir en busca de fortuna a Londres. Esto es altamente conveniente para los eruditos seculares, ya que les permite ver cualquier influencia católica en las obras como un rezago de la fe de niño que el poeta habría rechazado más tarde. Desafortunadamente para estos eruditos, los hechos de la vida de Shakespeare sugieren que él se mantuvo fiel a sus creencias católicas durantes sus años en Londres y que este apego a la fe habría influenciado sus obras. De nuevo, examinemos la evidencia.

    Antes de llegar a Londres, Shakespeare habría sido profesor en un hogar profundamente católico en Lancashire, y hay evidencia también de que tuvo que escapar de Stratford para evitar ser arrestado por Sir Thomas Lucy, un notorio perseguidor de los católicos. Una vez en Londres, su benefactor, el Earl of Southampton, era un devoto católico, cuyo confesor era el jesuita San Robert Southwell. Existe vasta evidencia documental que demuestra que Shakespeare y Southwell eran amigos desde antes que este último fuera arrestado en 1592. Southwell fue repetidamente torturado durante su prisión en la torre de Londres, ahorcado y cuarteado en Tyburn en 1595; más tarde fue canonizado como uno de los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales. Además, Shakespeare conoció a otro mártir jesuita, San Edmund Campion, y es probable que también conociera al martirizado sacerdote Robert Dibdale, quien fue más tarde beatificado por la iglesia como mártir.

    Si Shakespeare tenía amigos sacerdotes, sabemos también que tenía enemigos entre quienes perseguían a los católicos. Registros  de las cortes demuestran que Shakespeare estuvo involucrado en una disputa legal con William Gardiner. Éste era un Juez de Paz de un carácter particularmente deshonroso, quien “habría cometido fraude en contra de la familia de su esposa, en contra de su yerno y de su hijastro; que además persiguiera a sus vecinos y explotara a sus arrendatarios”. Gardiner y su igualmente deshonroso hijastro, William Wayte (“un cierto tipo suelto sin valores ni responsabilidad, enteramente a merced de las órdenes de Gardiner”), interpuso un recurso de protección, buscando una orden que garantizara la paz y seguridad. Esta orden nombraba a William Shakespeare, Francis Langley, Dorothy Soer, esposa de John Soer y de Ann Lee, y pedía protección por temor a ser asesinado por estas personas y otras cosas por el estilo. Si bien es cierto que algunas fuentes hablan de que Shakespeare fue demandado por asaltar físicamente a William Wayte, esto es poco probable. Que se sepa, Shakespeare no tenía un carácter violento, y el que dos de los acusados fueran mujeres casadas, sugiere que cualquier “violencia” aplicada en contra de Wayte habría sido efectuada con la lengua o la pluma, pero no con otra parte de la anatomía humana o implemento cualquiera. Sea como fuere, este curioso caso legal nos entrega una visión clara de la clase de personas a quienes Shakespeare consideraba amigos y enemigos en 1596.

    Es interesante, por ejemplo, que Ann Lee fuera la esposa del insumiso y rebelde Roger Lee, en cuya casa muchos sacerdotes proscritos encontraron refugio; y que una denuncia hubiera sido hecha en contra de la misma Ann por asistir a misa, y por haber ayudado al jesuita John Gerard a esconderse de las autoridades. Más curioso aún es el temperamento de su enemigo, William Gardiner. A este se le habría acusado por sus contemporáneos de ser “poco cristiano”, irreligioso”, “pagano”, e “impío”; y hombre de “opiniones extrañas”. Algunos lo consideraban un ateo, mientras que otros creían que era brujo o alquimista. En un pleito legal en 1588, se le acusaba de “magia, brujería….y de tener opiniones irreligiosas”. Así y todo, Gardiner podía estar seguro de que nunca sería acusado de ser católico. Aunque fuera puritano, ateo o brujo, todo el mundo sabía que no era “papista”, sobre todo porque tenía reputación de persecutor de la comunidad católica de Londres, a la que pertenecía Shakespeare.

    El virulento anti catolicismo de Gardiner se ha manifestado para la posteridad en un informe que le envió al consejo privado de Isabel en enero de 1585, en el que documentaba un allanamiento a una morada católica de Londres. Allí, Gardiner manifiesta vehemente su “anti papismo”, y entrega una visión bastante completa de quien Shakespeare considerara un enemigo. Shakespeare se vengaría tanto de Gardiner como de Wayte al insertarlos en “The Merry Wives of Windsor” (Las felices doncellas de Windsor), y en la segunda parte de “Henry IV”(Enrique IV) como los personajes del juez Shallow y de Slender, respectivamente. Ambas obras fueron estrenadas en 1597, por lo que es probable que el Juez Gardiner, quien murió en Noviembre de ese mismo año, hubiera alcanzado a enterarse de la “dramatización” de la venganza de Shakespeare.

    En los estertores del reino de Isabel, Shakespeare se vio envuelto en una obra controversial acerca de Tomás Moro, quien más de sesenta años antes había sido martirizado por su fe católica bajo las órdenes del padre de la reina, Enrique VIII. No es sorprendente que la obra fuera suspendida por Sir Edmund Tilney, jefe de los Calaveras y el censurador oficial de Isabel. A décadas de su muerte, Tomás Moro aún era una “papa caliente” que no sólo tocaba el nervio de Isabel —cuyo padre tenía la sangre del mártir en sus manos—, sino también de todo el reino. Moro había sido ejecutado por el monarca por negarse a comprometer su conciencia católica en el altar maquiavélico de la “realpolitik”, convirtiéndose así en modelo para Campion, Walpole, Southwell y muchos otros que sufrieron una suerte semejante durante el reino de Isabel. Por ende, cualquier retrato positivo de Tomás Moro, se veía como una condena peligrosa de los gobernantes del momento.

    La obra había sido escrita por Anthony Munday, pero Shakespeare se habría involucrado personalmente en su proceso de producción y revisión. El manuscrito original aún existe, y contiene correcciones al original de Munday que se cree fueron hechas por Shakespeare. Al parecer Shakespeare habría tratado de enmendar el trabajo para lograr su paso por la censura. Estas enmiendas claramente ilustran la simpatía de Shakespeare por Moro, y su convicción de que habían lecciones que sacar para su época de su santo ejemplo.

    Evidencia adicional de la admiración del poeta por Moro es discernible en el Soneto 23, en el que utiliza el mismo juego de vocablos con el nombre de Moro que usó en sus correcciones a la obra de Munday. Si la palabra “more” (“más”) aparece en la duodécima línea del soneto con mayúscula (“More than that love which More hath more expressed”), el soneto es transfigurado en un homenaje al santo: Shakespeare contrasta su propio imperfecto (unperfect) amor, debilitado por el miedo y la ira, con el amor santo “que [M]ore había expresado” (“[M]ore hath more expressed”). También aparece una alusión sublime a la misa como “la perfect ceremonia del derecho al amor” (“the perfect ceremony of love ́s right”), reforzado por el juego de vocablos de “right (derecho) / rite (rito)”; así, ilustraba un profundo entendimiento teológico de la misa como la “ceremonia perfecta” y “el rito del amor” (love ́s rite”). Abriendo aún más este seductor soneto, vemos que el poeta lamenta de no estar presente en esta “perfecta ceremonia” tan a menudo como quisiera, “por temor (falta) de confianza”, quizás como referencia a los espías que acudían a estas misas secretas para reportar los nombres de los “papistas” y entregar a los sacerdotes a las autoridades. Sin tener el heroico amor de auto sacrificio, que podía llevar a la muerte —como en el caso de Tomás Moro—, el poeta desea que “sus libros” sean “su elocuencia”, los “mudos presagios de su elocuente pecho”. Las últimas dos líneas son sin duda dirigidas a sí mismo y al lector, rogándole a este último que “aprenda a leer” en sus obras lo que el amor del poeta, silenciado por el miedo, no se atreve a decir abiertamente. Dado que los lectores no oirán al poeta hablar, deben ver lo que quiere decir en sus obras, oyendo con sus ojos y usando su propia “inteligencia refinada de amor” para discernir su significado más profundo.

    “O, aprended a leer lo que el silencioso amor ha escrito, Oir con los ojos es parte de la inteligencia más refinada del amor” (“O learn to read what silent love hath writ To hear with eyes belongs to love ́s finest wit”)

    Recordando la devoción de Shakespeare por Moro, no es sorprendente que le convencieran de participar en el esfuerzo para que la obra de Munday pasara la censura. Finalmente, la censura indicó al margen del texto,:“montar esta obra a riesgo propio”.  Pero a pesar de los esfuerzos de Shakespeare, Tilney se negó a levantar la censura y prohibió su presentación. Tuvieron que pasar cuatrocientos años para que, en el reino de otra Isabel, “Thomas More “ de Munday debutara. Cuando, en el verano del 2004, la compañía Royal Shakespeare montó la obra en el New Globe Theatre, Shakespeare y Moro finalmente fueron reunificados en el arte, del mismo modo que lo habían estado en sus creencias. El poeta, de cuya obra Ben Jonson dijera que “no es de una época sino para todos los tiempos”, había podido al fin rendir homenaje al santo, quien, según el título de la memorable obra de Robert Bolt, fue “un hombre para todos los tiempos”.

    Una de las piezas de evidencia más convincentes del catolicismo de Shakespeare está en la compra de Blackfriars Gatehouse, en Marzo de 1613. Esta casa era un “reconocido centro de actividades católicas”, con “puertas diversas y salidas de escape escondidas, cámaras secretas y recovecos” y “tenía una historia de sospechas y de allanamientos en busca de “Papistas””. En 1598, sobre la base de una denuncia de que Gatehouse era una colmena de actividades de insumisos, con “muchos escondites y pasajes secretos” y “salidas secretas al río” (Thames) por las que los sacerdotes podían escaparse, la casa fue allanada por las autoridades. John Fortescue —el propietario católico de la casa—, estaba ausente, pero su esposa e hijas fueron interrogadas. Ellas admitieron que eran insumisas, pero negaron que hubieran escondido a sacerdotes en la casa. En 1605. El jesuita John Gerard, el hombre más buscado de Inglaterra, se presentó desesperado en la casa, portando una peluca, barba postiza y un disfraz. Pedía refugio ya que no sabía donde esconderse.

    Poco se sabe de la historia de Gatehouse entre el periodo en que los Fortescue optaran por el exilio y la compra de la casa por parte de Shakespeare, pero en 1610 se comentaba en Nápoles que la casa era la base de un complot de los jesuitas para “enviar al rey un par de medias bordadas, envenenadas, que causaran la muerte a quien las portaran”(xii). Aún cuando tales elucubraciones pueden ser ignoradas como febriles imágenes de exiliados amargados o trampas de espías anti católicos, el hecho es que Shakespeare había decidido comprar esta propiedad londinense, teñida con actividades católicas. Es, por decir lo menos curioso, pero no termina de dilucidar el rompecabezas.

    Shakespeare decidió alquilar Gatehouse a John Robinson, un católico activo, cuyo hermano había ingresado al Colegio Inglés (English College) en Roma para prepararse al sacerdocio. Es obvio que Shakespeare sabía que al alquilar Gatehouse a John Robinson, la dejaba en manos de un insumiso católico. Por ende, como conjeturara Ian Wilson en Shakespeare: La Evidencia, Robinson “no era tanto el arrendatario de Shakespeare, sino su representante y guardián de uno de los mejores lugares de Londres para refugiar sacerdotes católicos”. Más aún, John Robinson no era sólo un arrendatario sino también un valioso amigo. Robinson visitó Stratford durante el retiro del poeta y fue, aparentemente, el único de los amigos londinenses del poeta que estuviera presente durante sus últimos días, firmando como testigo en su testamento.

    Se necesita más prueba de que Shakespeare había comprado Gatehouse sabiendo que sería usado como refugio para sacerdotes católicos. Esto es algo que el post scriptum podría clarificar de una vez por todas. El 23 de Octubre de 1623 una congregación clandestina de católicos se reunió en una buhardilla secreta “en los altos de Gatehouse”, para, supuestamente, celebrar la misa dominical. De pronto, una viga del piso cedió por el peso de los ocupantes, muriendo en este evento más de noventa personas. Fue este desastre el que hizo que las autoridades descubrieron esta “iglesia” secreta, que posiblemente había sido usada como tal durante años. Si bien Shakespeare había fallecido seis años antes de esta tragedia, el evento sirve para armar el rompecabezas sobre una base de sentido común y probabilidades.. El hecho de que John Robinson continuará alquilando la propiedad después de la muerte de Shakespeare sugiere que la propiedad había sido utilizada para actividades católicas clandestinas, incluyendo la celebración de la misa en los años en que Shakesperae fuera el dueño. Esto es reforzado por el hecho de que después de su muerte Gatehouse continuaba siendo usada para celebrar la misa.

    Shakespeare murió el día de San Jorge en 1616, dejando la mayor parte de su herencia a su hija Susana, a quien se considera como católica insumisa diez años antes. El resto de su herencia tenía como beneficiarios a varios católicos insumisos. Queda claro por lo tanto como lamentará el presbítero anglicano Richard Davies a fines de 1600 que “muriera como un papista”. Resulta abundantemente claro también que Shakespéare vivió como “papista”, un hecho que los ingleses trataron por mucho tiempo de esconder y que críticos literarios modernos tratan de negar hoy. La noticia de que el vate de Avon fuera un comprometido miembro de la iglesia de Roma es chocante para aquellos que falazmente han erigido su reputación sobre una lectura equívoca de sus obras. Es de esperar que no se recuperen de ese choque. Es sin embargo, una profunda alegría para los católicos de saber que William Shakespeare está del lado de los ángeles.

  • El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    Si hay un rey que todos conocemos es a Arturo, famoso por su reino y sus caballeros. Pero, aunque decepcione a muchos, la realidad es muy distinta: Arturo nunca fue rey “de cota y espada”. ¿Por qué entonces ha llegado hasta nosotros envuelto en un aura de realeza? La respuesta está en la propaganda política de bretones y normandos. El rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda son un referente  mental que ha sobrevivido a generaciones. Si bien no existió como  tal en la realidad, se trata de un mito indestructible que nació como parte de una campaña política normanda para justificar su ocupación de las islas británicas.

    Los orígenes del mito:

    Arturo jamás fue rey. Ni siquiera vivió en la época en la que lo sitúa la leyenda. Aunque el “canon artúrico” nos presenta un rey del siglo XII, viviendo en una corte ideal regida por los valores de la  caballería medieval, Arturo como tal no existió. Es cierto que hubo un héroe que inspiró la leyenda, pero este líder vivió en el siglo VI y respondió a las realidades de esa época; por eso, jamás fue un rey de cota y espada a la usanza del siglo XII. La gran pregunta entonces es ¿cómo este líder del siglo V que apenas podemos afirmar que existió, se convirtió en el gran rey modelo de los reyes medievales? Para poder contestar esta pregunta hay que remontarse a la época de las grandes invasiones de los anglos, los jutos y los sajones a la Isla Británica.

    Tiempos caóticos:

    Las islas estaban habitadas por los “britons”, de origen celta,  quienes se romanizaron y se ajustaron al nuevo orden dado por la pax romana. Las legiones romanas eran las garantes del orden  y de la estabilidad de la zona, y cuando el Imperio entró en crisis —especialmente debido a los ataques de los hunos desde el Asia  central y los godos que atravesaron el Danubio y el Rhin—, los romanos tuvieron que retirar sus tropas de esas tierras lejanas para poder hacer frente a estas amenazas. Con la disminución de las tropas en Britania, los pictos —que desde el siglo II amenazaban  la frontera norte de la Britania civilizada—, comenzaron a rondar el Muro de Adriano, que marcaba el límite norte del Imperio. Ante estas amenazas, la administración británica pidió refuerzos a Roma, pero fue en vano; en el siglo V, Roma, convulsionada por problemas  internos, retiró en forma definitiva sus pocas tropas que aún  permanecían en la Isla.

    Este fue el comienzo del fin del orden y la estabilidad, y comenzó un periodo de anarquía y caos, que la historiografía llama habitualmente “The Dark Ages”, —“La Época Oscura”—, un periodo confuso y poco documentado, imposible de reconstruir con precisión por la escasez de fuentes. Sabemos que los britons  volvieron a sus lealtades tribales, al tiempo que afloraban los  caudillos en diversas regiones y que el norte fue invadido por los  pictos, mientras los Irish invadían el oeste; al mismo tiempo, los caudillos regionales peleaban para obtener la soberanía. Fue  en este contexto de desorden y desasosiego que se produjo la invasión anglosajona.

    Amenazas externas:

    Los anglosajones, oriundos de Dinamarca y del norte de Alemania, cruzaron el Canal de la Mancha para asentarse en el este de Britania, con la intención apoderarse de cada vez más territorios. En los habitantes de esta caótica Isla asediada por estos pueblos y gobernada por muchos caudillos locales, surgió pronto el ansia de ser liderados por alguien que lograra generar la unidad perdida tras el retiro de Roma. Entonces apareció Vortigern, quien se autodenominó Suburbus Tiranus y se impuso como rey de los britanos. Si bien alguna historiografía lo considera un rey traidor, y la leyenda lo muestra como una figura despreciable, la verdad  es que fue un importante terrateniente del siglo V que logró dar unidad a este periodo de caos. La razón de esta “mala fama” fue que, mientras quienes pusieron sus esperanzas en él pretendían que defendiera a Inglaterra de los invasores, Vortigen se alió a los sajones y los invitó a instalarse a cambio de que pelearan a su lado contra los jutos y los anglos.

    Las fuentes del periodo son pocas y poco confiables, pero existen. Gildas, por ejemplo, en su “Excidio Britanniae” critica a Vortigen  duramente por esta acción: dice que se alió con el jefe de los Sajones, Hengist y les entregó a cambio de sus servicios tierra fértiles en el este. Gildas insiste que los sajones no quedaron contentos con lo que se les dio, por lo que se sublevaron y Vortigern habría muerto en un incendio. Nennio, quien en el siglo IX escribe una “Historia de los Britanos” bastante mítica, dice que la traición de Vortigern se debió a la lujuria, ya que se habría enamorado de Rowina, la hija del líder sajón, Hengist. Éste le habría pedido la provincia de Kent a cambio de su hija.

    Historias aparte, lo cierto es que para el 488 d.C., Hengist y los  sajones ocupaban gran parte de Inglaterra, y los tiranos británicos que se unieron para hacerles frente soñaban con un paladín. Entonces, surgió Ambrosio Aureliano: éste será el verdadero Arturo, el líder que hace frente a los sajones en Britania del siglo VI y que logra detenerlos por una generación. Recién en el siglo IX que Nennio dirá que este líder fue Arturo. ¿Y cuándo surge la imagen que hoy tenemos de Arturo?

    Para tener el corazón del Arturo que hoy conocemos hubo que esperar hasta el año 1130, cuando Geoffrey de Monmouth escribió su “Historia de los Reyes de Britania” y creó al Arturo de nuestros arquetipos mentales, el rey medieval por excelencia, ejemplo de valentía y cristiandad. Tomando como base todo lo usable a Gildas, e inventando el resto con una creatividad magistral, Geoffrey propuso una historia completa de Arturo. Este libro fue un verdadero best seller de la época, y la gente dio por hecho que lo que allí se decía era verdad.

    El cruce entre la Historia de Arturo y la Historia de Britania es la batalla de Badon Hill, una batalla crucial que dio origen a la leyenda artúrica. Antes de esta batalla, los sajones amenazaban con ocupar toda la isla, pero Badon cambió el curso de la historia. En ella, los britanos lograron emprender una ofensiva contra los Sajones, unidos bajo el estandarte de un caudillo guerrero. La batalla ya es citada por Gildas, nuestra fuente del siglo VI, y luego por Nennio en el siglo IX, y ambos autores coinciden en que, tras ella, se produjo un retroceso de los sajones y se recuperó la hegemonía britona por una generación. Según Nennio, si los sajones hubieran ganado hubiera sido el fin, pero los britanos, gracias a la ventaja de la caballería, le torcieron la mano a los sajones que luchaban a pie. Además, los vencedores habrían sido guiados por un gran jefe. La gran pregunta  es, ¿ quien fue el líder de Badon? Nennio habla de Arturo, a quien se refiere como Dux belorum.

    Hay muchas teorías acerca de quién fue este Arturo citado por Nennio. Algunos han querido identificar al líder de Badon con Artorius Casto, líder romano del siglo II, sin embargo, es poco probable. Otros lo identifican con Riothamus, rey briton que fue en ayuda de Roma en el siglo V, y cuyo marco de acción coincide con los viajes atribuidos a Arturo por Geoffrey. Nuevas teorías dicen que Arturo no sería un nombre, sino un estandarte de oso, ya que en gaélico “Arth” es “oso”. Por tanto, podría haber sido quien peleaba bajo el estandarte del oso del reino de Powys. Sea cual fuere el Arturo histórico, este renacimiento británico del siglo VI, organizado a la sombra de un jefe, no incluye ninguno de los arquetipos de la leyenda: no hay mesa redonda, ni Camelot, ni espada mágica llamada Excalibur.

    La victoria no duró mucho: tras el triunfo parcial de los britones, los sajones se apoderaron de toda la isla; para el siglo VIII había reinos sajones en toda Britania. Los britanos fueron recluidos a Gales, Cornwailles, y el resto cruzó el Canal y pasó a Francia. Para el siglo X, los Sajones se consolidaron en la Isla como sí fuesen los pueblos nativos de la zona, creyéndose los formadores de  Inglaterra y despreciando a los galeses. Por su parte, estos últimos añoraban las glorias pasadas, cuando dominaban la isla, y por eso la tradición popular cantaba las gestas del héroe de Badon. A principios del Siglo IX ya se retrataba a Arturo como una gran Leyenda: las familias galesas cantaban las glorias de este héroe, los príncipes de Gales recibían por nombre Arturo, y los Britanos en Francia también cantaban las glorias de Arturo. El rey mítico pasó a ser inmortal.

    En el 1066, en las costas de Francia, surgió una fuerza militar liderada por el duque de Normandía que miraba a Inglaterra: los normandos. Éstos, herederos de los britones, no eran usurpadores; fueron los sajones quienes se asentaron en las tierras de los britones. El duque de Normandía, Guillermo, decidió revindicar a los britones, ayudándolos a recuperar lo propio, comenzando la reconquista de los territorios que les pertenecían. Es en este contexto que deciden revivir el mito Artúrico para usarlo como propaganda política.

    Guillermo venció a los sajones en la batalla de Hasting. A partir de entonces, los normandos tenían que mantener el orden pero para hacerlo tenían claro que se necesitaba mucho más que tropas: tenían que mostrarse como gobernantes justos. Además, era necesario ser legitimados rápidamente por la Iglesia, pues los monarcas franceses, de la dinastía de los Capetos, reclamaban este trono. Por todo ello, los normandos dirigieron la vista a los guerreros que habían tenido que trasladarse a Francia en busca de una figura mítica que los validara; el mejor candidato era Arturo. En el siglo XII, Enrique I, tercer rey normando en Inglaterra, pide a un monje galés, Geoffrey de Monmouth, que escriba la historia oficial de Britania, incluyendo la edad de oro de Arturo. Entonces el monje reinventa a Arturo para consolidar el nuevo orden inglés. Este mito se dispersa por las cortes europeas, y Arturo pasa a ser el monarca ideal y modelo de la  caballería perfecta.

    Nace el relato del mito:

    En tiempos de Geoffrey no se sabía nada del “Arturo Histórico”; sólo había permanecido la leyenda, a través de las tradiciones orales. Basándose en una serie de personajes históricamente comprobables, tradiciones, mitos orales, apoyado en la obra de Nennio, los Annales Cambriae y las recopilaciones de tradiciones populares galeses como el Mabinogion, y las poesías bárdicas de Taliesin y Aneurin, —además de mucha imaginación — Geoffrey reconstituyó la Era Artúrica, preparando la base para los relatos medievales posteriores. Por eso, no es exagerado afirmar que Monmouth es el creador del mito. Geoffrey fue un autor de gran importancia. Ganó el favor de Roberto I Duque de Gloucester y fue profesor de Historia de la Universidad de Oxford desde 1128 hasta 1139. Luego fue nombrado diácono de Llandaff, hacia 1140, y en el 1152 fue nombrado obispo de la abadía de Saint Aspa en Gales.

    Su obra más reconocida, la “Historia de los Reyes de Britania”,  pretendía narrar las vidas de los reyes británicos, desde Brutus el Troyano (mítico fundador del pueblo británico), hasta Caedwalla, rey de Gales del norte que reinó entre el 625 y el 634. La historia comienza con el relato de la llegada a Britania del legendario príncipe troyano Brutus, padre legendario de los britons. Después narra la historia de una serie de reyes que bien podrían no haber existido y a continuación hace hincapié en el periodo romano. Y luego, se acerca al corazón de la gesta artúrica. Sus narraciones continúan a principios del siglo V, cuando sitúa a Vortigern en el trono. Mormouth cuenta que el “usurpador” hizo un acuerdo con Hengist y Horsa, líderes de los sajones, pero estos últimos rompieron el pacto. Aislado en el norte, Vortigern pidió consejos a Merlín, quien le auguró que sería destronado por un rey de escasa edad. Aurelio Ambrosio lo hizo, pero murió pronto, y asumió su hermano Uther Pendragon, quien mantuvo a los sajones a raya y entabló estrechas relaciones con Merlín.

    Uther celebraba la Navidad en su corte. Un año asistió a ella el duque de Cornwall, Gorlois, con su mujer, Igraine. Uther se enferma de amor por esta última y el duque, ofendido, se retira: estalla la guerra entre ambos. Merlín decide ayudar a Uther, y “convirtiéndolo” en Gorlois, consigue que entre al castillo de Tintagel y yazca con Igrain. De esta unión nació Arturo, quien fue educado por Merlín. El talentoso joven, ya adolescente, asumió el trono tras retirar una espada de la piedra; desde entonces mantuvo a los sajones a raya.

    Geoffrey cuenta que Arturo conquistó Irlanda, Islandia y que incluso cruzó el Canal de la Mancha, haciendo importantes conquistas, que ninguna otra fuente menciona. También describe el matrimonio con Ginebra, y la espléndida corte situada en Caerlion upon Usk, en el límite sur de Gales. Finalmente, narra el fin de Arturo: emisarios romanos enviados por el Emperador Romolo Agusto llegaron a Camelot a exigir tributos, que Arturo se negó a pagar. Es más: organizó una expedición a Roma, dejando a Morded a cargo, pero este último intentó usurpar el trono y Arturo volvió a enfrentarlo. Entonces se produjo la fatídica Batalla de Camlan, en la que muere Morded y Arturo es herido.

    La leyenda no termina con el relato de Geoffrey. Él es el primer eslabón de lo que será un relato imparable que responde a lo que Joseph Campell llama “mitología creativa”. Muchos aportarán desde entonces al relato, dándole nuevas dimensiones que permitirán construir todos los arquetipos mentales de este mundo ideal del rey ideal. Entre ellos cabe mencionar a Chretien de Troyes (siglo XII), Wace y Wolfram von Eschenbach (siglo XII), Layamon (siglo XIII), Sir Thomas Malory (siglo XV), Edmund Spenser (siglo XVI), y Lord Alfred Tennyson (siglo XIX), entre otros.

    Hoy Arturo es inmortal. Aunque nació como consecuencia de una propaganda política de los normandos para legitimarse, la fuerza de lo creado superó la idea inicial. El mito Artúrico, y todo el canon legendario que lo rodea es hoy, una telaraña complejísima que sumada construye un mundo arquetipal perfecto, añorado y fascinante.

  • A propósito de los noventa años del nacimiento de Enrique Lihn (1929-1988) Una breve bio-bibliografía

    A propósito de los noventa años del nacimiento de Enrique Lihn (1929-1988) Una breve bio-bibliografía

    Bajo la excusa de los noventa años que Enrique Lihn podría haber cumplido, ofrecemos un breve recorrido sobre parte de su vida y obra.

    “¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto”. Esto escribía Roberto Bolaño en 2002, un año antes de su muerte, en una columna publicada el 30 de septiembre en el diario Las Últimas Noticias, donde escribía semanalmente. La relación de Bolaño con Lihn se fraguó a través de un intercambio postal –que el poeta mantenía con varios escritores jóvenes– pero sobre todo a través de la lectura, como sucede con una infinita constelación de lectoras y lectores para quienes Lihn es un referente como escritor, como artista y como sujeto. Leer a Lihn es conocer una manera crítica de percibir el mundo; conocer a Lihn es dialogar con la impertinencia, la incomodidad del “sarcasmo de la inteligencia crítica”, como la llama Adriana Valdés. Aquí, bajo la excusa de los noventa años que el escritor podría haber cumplido, un breve recorrido sobre parte de su vida y obra.

    Enrique Lihn nace en Santiago el 03 de septiembre de 1929 y fallece, en la misma ciudad, el 10 de julio de 1988. Hijo de una familia de la pequeña burguesía santiaguina, el escritor tiene sus primeros acercamientos al arte a través de las influencias literarias, pictóricas, musicales y místicas de su abuela materna y las de su tío, Gustavo Carrasco, pintor e ilustrador, quien lo alienta a ingresar a la Escuela de Bellas Artes, cuando el escritor tiene trece años. Un año después dejará el colegio y se dedicará largo tiempo a la creación pictórica, de la que derivará a la escritura. Pero las artes plásticas no desaparecen del trabajo de Lihn, si bien deja por un tiempo esa práctica, el lugar de la pintura en su obra es fundamental. Lo será tempranamente cuando ejerce como crítico de arte en la revista Pro Arte, también en la autorreflexividad de su poesía situada, donde la relación del mundo con el lenguaje, su experiencia del viaje, su calidad de meteco se alimentan de su tránsito por el arte. Si bien el escritor abandona formalmente la Escuela de Bellas Artes, es aquí donde se forja el grupo que luego recibirá la denominación de Generación del ’50, en el que participan otras figuras relevantes de la vida cultural chilena de esa época, como Luis Oyarzún, Roberto Humeres y Nicanor Parra, además de los miembros de dicha generación.

    En el año 1952, Lihn –junto a Parra, Jodorowsky y Jorge Berti (mecánico automotriz y mueblista)– publican el periódico mural Quebrantahuesos, que se exhibía en calle Ahumada, principal vía peatonal y comercial del centro de Santiago, en una vitrina del restaurante “El Naturista”. En este se incluían parte de los “trabajos verbales” que realizaba Parra en su casa y que consistían en el montaje de frases, realizadas por los miembros del grupo, las que se intercalaban en un poema, acompañadas por caricaturas, recortes de diarios y revistas. La importancia del Quebrantahuesos en el desarrollo de la literatura y las artes visuales en Chile es incuestionable, entre otras cosas, por el cuestionamiento a los formatos tradicionales y la concepción crítica del arte. Esto y la publicación de Poemas y antipoemas (1954) del mismo Parra son fundamentales en la historia del autor.

    Una de las cosas características en la vida de Lihn es su permanente desencuentro con las formas de vida práctica: vive en casa de sus padres pasados los cuarenta años y la subsistencia es una de sus principales angustias; sus trabajos alternaban entre sus colaboraciones a distintas revistas, la dirección de algunos medios académicos, clases y la escritura. Si bien vivirá fuera de Chile en distintos períodos, principalmente como beneficiario de algunas becas como la de la Unesco y una invitación del Gobierno cubano a trabajar en ese país, Lihn es uno de los pocos intelectuales que permanece en Chile después del Golpe Militar de 1973 y lo hará como académico del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile. Sus viajes, que quedan reflejados en parte importante de su producción poética, son producto de invitaciones por parte de distintas universidades tanto americanas como europeas. En 1975 viaja a Nueva York y realiza lecturas en Yale, Rutgers, Maryland y Stony Brook; en 1976 es profesor invitado en la Universidad de California –Irvine– y en 1977 se le concede la beca de la Fundación Guggenheim. En estos años publica París, situación irregular (1977) y A partir de Manhattan (1979), dos libros marcado por la experiencia del viaje, la imposibilidad del lenguaje que se acentúa frente a una lengua extranjera y el recuerdo de los espacios oscuros y represivos de su infancia. Al último libro nombrado pertenece uno de sus poemas más conocidos, “Nunca salí del horroroso Chile”: “Nunca salí del horroroso Chile / mis viajes que no son imaginarios / tardíos sí –momentos de un momento– / no me desarraigaron del eriazo / remoto y presuntuoso / Nunca salí del habla que el Liceo Alemán / me inflingió en sus dos patios como en un regimiento / mordiendo en ella el polvo de un exilio imposible / Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor: / el miedo de perder con la lengua materna / toda la realidad. Nunca salí de nada”.

    La situación personal del autor en esa época es compleja y no siempre bien comprendida; si bien tenía serias disidencias con la militancia dogmática y cerrada que caracterizaba a algunos grupos  de la izquierda de entonces, nunca careció de un profundo sentido de compromiso con la realidad y de profunda –y a ratos dolorosa– disidencia con la situación imperante. La asfixia que le producía permanecer bajo el estado de censura y totalitarismo en el que vivía Chile por esos años son motivo frecuente en su obra, tanto en la búsqueda de nuevas formas de escritura y de reflexión sobre la realidad, así como en su labor como articulista donde desplegará su más acérrima, inteligente y crítica lucha contra la censura. A esta tiempo pertenecen El Paseo Ahumada (1983), Pena de extrañamiento (1986) y La Aparición de la Virgen (1987).

    En 1987, el autor enferma de cáncer. Durante el breve período que dura su enfermedad llevará un diario y creará una historieta. Esta se publica de manera póstuma, bajo el título de Roma la loba, una muestra gráfica de la angustia que vivía el escritor en sus últimos días. Sobre este tiempo han circulado una serie de mitos urbanos, pero sin duda, es Adriana Valdés, en su libro Enrique Lihn: vistas parciales, quien aporta el relato más cercano y certero de ese tiempo, de los afectos, obsesiones y la escritura del autor. Además de la historieta mencionada, al año siguiente de su deceso, Valdés, a quien Lihn le encomienda la publicación de esos poemas finales, junto a Pedro Lastra se encargan de la edición de Diario de muerte (1988). Ambos escritores no solo tenían una profunda cercanía con Lihn sino que también son algunos de los lectores más lúcidos de su obra. Lihn publica sus primeros poemas en el volumen titulado Nada se escurre (1949), luego seguiría Poemas de este tiempo y el otro (1954) y La pieza oscura (1957-1963).

    Su primer libro de narrativa reúne cuatro cuentos de distintas épocas y recibe el título de uno de ellos –precisamente el texto recogido por Enrique Lafourcade en su Antología del cuento chileno– Agua de Arroz (1964). El relato más conocido de este libro es “Huacho y Pochocha”, publicado por primera vez en El nuevo cuento realista chileno (1962), compilación de Yerko Moretic y Carlos Orellana, a partir del cual el autor construye una línea reflexiva que seguirá en sus posteriores producciones narrativas. En estas, Lihn tomará por primera vez el tema de la articulación de una literatura que se construye desde la realidad y que discute el estatuto de lo literario en contraposición al primer término.

    En 1966, aparece Poesía de paso –con el que obtiene el premio Casa de las Américas– producto de su paso por Europa, gracias a una beca de la Unesco para estudiar Museología. En este libro comenzará un registro que luego será una constante en la producción poética del autor: los viajes y la extranjería, el fracaso ante la lengua ajena: “Cirios inmensos para siempre encendidos, / surtidores de piedra, torres de esta ciudad / en la que, para siempre, estoy de paso / como la muerte misma: poeta y extranjero; / maravilloso barco de piedra en que atalayan / los reyes y las gárgolas mi oscura existencia”.

    En este libro también reaparece la pintura como parte de esa extranjería, en la medida en que el hablante recorre el museo a través de la palabra y re-conoce aquellas reproducciones que veía en su infancia mientras se enfrenta al original: “Ciudades son imágenes. / Basta con un cuaderno de escolar para hacer la absurda vida de la poesía / en su primera infancia: / extrañeza elevada al cubo de Durero, / y un dolor que no alcanza a ser él mismo, melancólicamente”. Luego de este viaje el poeta parte a Cuba, donde vivirá dos años. De esta experiencia es Escrito en Cuba (1969), texto en el que Lihn articula su concepto de “poesía situada”, precisamente en un momento en el cual a la poesía –latinoamericana– se le exigía un compromiso social y político evidente, lo que radicalizará la veta autorreflexiva. Su siguiente libro de poemas, La musiquilla de las pobres esferas (1969), es un texto fundacional como un todo en torno a esa temática y el desarrollo de esa “poesía situada”, concepto fundamental en su obra y que se refiere a lo que Lihn llama “el enfrentamiento con la situación”, es decir, una escritura consciente de su entorno y de sus condiciones de producción, recepción y circulación.

    En 1973 aparece su primera novela, una suerte de folletín paródico, con muchos elementos tanto estructurales como temáticos del cómic, titulado Batman en Chile o El ocaso de un ídolo o Solo contra el desierto rojo. Luego vendrán otras dos novelas: La orquesta de cristal (1976) y El arte de la palabra (1980), las que se caracterizan por el cripticismo de su escritura, cripticismo concentrado en una narración claramente metaliteraria, reconstruyendo mundos que aluden a un pasado asimilado de manera decadente en América Latina (la Belle Èpoque) y cuyo protagonista es Gerardo de Pompier, histrión literario (noción heredada de E.A. Poe) quien también va a protagonizar la performance Lihn & Pompier que da origen al book-action del mismo nombre.

    Lihn publicó sus libros en distintas partes, no solo dentro de Chile (Cuba, México, Perú, España, Francia y Estados Unidos). Asimismo, en vida se encargó de dirigir algunas antologías suyas, especialmente en España y EE.UU.: Algunos poemas (1972), Por fuerza mayor (1975), Álbum para toda especie de poemas (1989), Mester de juglaría (1987), The dark room and the other poems (1976) y Al bello aparecer de este lucero (1983). 

    “¿Merecíamos los chilenos a Lihn?”, se preguntaba Bolaño, un chileno profundamente chileno y profundamente extranjero. La respuesta del autor es tan lúcida y aguda como la pregunta. Agregó también que lo necesitábamos, por la calidad de su obra, de su pensamiento crítico, de la impronta ética y estética de todo su trabajo. También para abrir los ojos y enfrentarse a lo incómodo. Para aprender a leer de otra manera, o a pensar más allá de los entretelones de la contingencia.