Los acontecimientos de estas últimas semanas han vuelto a poner en los titulares del mundo al Medio Oriente. Todo el tiempo estamos observado cómo la región estalla con diferentes conflictos locales. Desde hace ya un siglo esto se ha vuelto una constante. ¿Por qué?
Tal vez una de las formas de comprenderlo es entendiendo la historia que hay detrás. Cómo se fue forjando la identidad de una civilización en torno al siglo VII d.C. cuando nacía el Islam de la mano del Profeta Mahoma, el arcángel Gabriel y el mismísimo Dios. Ello permitió a la comunidad beduina tener un marco social común, que finalmente se transformó en un poderoso Imperio o Califato árabe. Su caída los dejó en manos de los igualmente poderosos turcos y tras ellos, con su fin en la Primera Guerra Mundial, ¿qué pasó con el Medio Oriente? Quedó en gran parte en manos de los ganadores de la Gran Guerra: europeos, cristianos, ninguno de ellos representantes del Islam que por siglos los habían gobernado. Esto fue hace un siglo, el mismo siglo que la región lleva en crisis. Las decisiones tomadas por Occidente para ellos hace 100 años atrás y en adelante, han convertido al Medio Oriente en un polvorín que no cesa de estallar.
100 años viviendo con fronteras que trazaron para ellos los dominadores europeos. Límites que no se ajustaban a la realidad de la región ni por historia, ni por etnia, ni por lengua. Nunca habían tenido barreras. Siempre circularon con libertad por los desiertos, montañas y valles. Ahora Europa les dibujaba nuevos mapas que debían acatar sin ser consultados. El Islam se convertiría en su refugio. En el único elemento que aún les quedaba para seguir sintiéndose parte de esa comunidad original. Las reglas del juego habían cambiado y ellos debían adaptarse.
Fue el caso de Afganistán, de identidad completamente tribal y libre. Nunca conocieron fronteras hasta que se independizaron en 1919 de los ingleses, quienes ya las habían dibujado. Intentaron una monarquía, que con dificultades sostuvo el poder durante algunas décadas, ya que la población más que una identidad nacional, afgana, seguía sintiéndose únicamente parte de su clan. No sentían ser parte de un “Afganistán inventado”. Finalmente la crisis no demoró en llegar y desde entonces, casi ininterrumpidamente, han vivido en guerra civil. Cómo conciliar tribus que antes de sentirse nacionales, se saben tribales. ¿Habrá alguna solución parecida al modelo occidental para ellos? Probablemente no. Esa es la lección que acaba de sacar Occidente después de décadas de invasiones. ¿Qué vendrá para ellos ahora? Es la enorme pregunta que sólo deja incertidumbres como respuesta.
El capitán James Cook (1728-1779) es uno de los hombres más viajados de la historia: dios tres vueltas al mundo en una época en la que el ser humano quiso conocer, ordenar y catalogar todo. Representa el cambio de mentalidad racionalista en acción y encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación, que lograron que este hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico.
El capitán Cook es una figura poco conocida en el mundo de habla hispana. Sin embargo, en el mundo anglosajón es un verdadero ícono, contando con estatuas, billetes y estampillas en muchos de los países donde Cook no solo estuvo, sino que cambió su destino. Sin duda, se trata de uno de los hombres más viajados de la historia: dio tres vueltas al mundo en una época en la que el hombre quiso conocer, ordenar y catalogar todo. James Cook representa el cambio de mentalidad racionalista en acción, fruto de la meritocracia incipiente y ascendente desde el siglo XVIII. Encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación que lograron que este joven hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico y, en gran medida, uno de los arquitectos iniciales de la idea del Empire over seas.
Sello impreso en Nueva Zelanda en homenaje al capitán Cook, ca. 1940
Nació en Marton, Cleveland, Yorkshire, Inglaterra el 27 de octubre de 1728, en una familia campesina. Sus biógrafos insisten que desde la colina de su casa se veía el mar y que eso marcó su espíritu. Como familia se trasladaron a un cottage en Great Ayton, donde el patrón del lugar, Thomas Scott, notó rápidamente las habilidades del joven y fomentó su educación. Siendo un adolescente se fue a vivir a Staithes, un pueblo pesquero. Terminó su formación allí y luego viajó a Whitby, donde trabajó ocho años en la casa de un comerciante, John Walker. Allí vivió junto a la familia de su patrón, en el ático. Aún se puede visitar la casa del célebre capitán en Whitby. Walker era un mercader y almacenero del pueblo, de una religiosidad y rigor de vida extremo. La estancia con esta familia caló profundamente en el ser de Cook. El espíritu reformado y de disciplina de Walker lo acompañarán toda su vida. Sirvió con esmero y dedicación en su trabajo, por lo que se le ofreció el grado de capitán de un barco mercante, pero él lo rechazó para enrolarse en la Royal Navy. De este modo, Cook dejó Whitby y se trasladó a Londres.
En dos años, el joven Cook logró llegar por sus propios méritos al grado de capitán. En ese entonces, Inglaterra peleaba la llamada “Guerra de los siete años” en Canadá. Los británicos habían iniciado su colonización en Norteamérica con territorios bastante escasos. Básicamente, las llamadas 13 colonias eran una franja de tierra en la costa este de lo que hoy es Estados Unidos. Francia tenía muchos más territorios que Inglaterra en Norteamérica y la “Guerra de los siete años”, que estalló en 1756, tuvo como propósito hacer retroceder el poderío francés. Esta guerra fue ganada por Inglaterra, quienes con ayuda del mismísimo capitán Cook lograron tomar la estratégica ciudad de Quebec en el río San Lorenzo. Si bien los ingleses ya habían logrado penetrar en la parte sur de lo que hoy es Canadá, con esta guerra llegaron al corazón del enclave francés en el Nuevo Mundo y terminaron con las aspiraciones imperiales francesas en estas tierras para siempre.
El capitán James Cook arribó a lo que hoy es Canadá en 1758, cuando la guerra ya llevaba dos años. Le tocó presenciar el asedio de Louisbourg y luego se dedicó a trabajar en cartografía, que era uno de sus principales aficiones. Conoció a Samuel Holland, cartógrafo británico que estaba haciendo mapas de lo que hoy es Prince Edwards Island, y trabajó bajo su dirección. Viajó a Halifax para comenzar a mapear toda la costa. Más tarde hizo un trabajo de gran dificultad: mapear las corrientes y profundidades del río San Lorenzo, lo que fue estratégico para la guerra. Ese río era especialmente dificultoso de navegar ya que en su interior hay una serie de rápidos que entorpecían la entrada a Quebec. Los franceses habían mantenido en secreto esta información, lo que era una desventaja para los ingleses, quienes pretendían tomar la ciudad. Las mediciones de James Cook fueron determinantes para que los ingleses pudieran finalmente tomar Quebec y derrotar a los franceses.
En 1760, Cook regresó a Londres y se instaló en la zona de Mall, para estar cerca del Almirantazgo. En la segunda mitad del siglo XVIII, Londres había crecido mucho y se trataba de una ciudad bullante y llena de movimiento. Un mercado en donde el Támesis era la gran carretera por la que la producción de todo el reino llegaba a Londres y desde ahí se repartía. El movimiento era frenético y las calles estaban repletas de gente. Con el avance de la Revolución Industrial comenzó a proliferar el consumo y Londres era el centro de este nuevo mundo de intercambio. El joven Cook estaba fascinado. En una taberna conoció a la hija del tabernero, Elizabeth, que se convirtió en su mujer y con la que tuvo varios hijos. Se fueron a vivir a Mile End y desde allí Cook iba constantemente al Almirantazgo. Lo nombraron cartógrafo real, en reconocimiento a su labor en el Nuevo Mundo y lo clave de sus mapas para el triunfo. Fue enviado a Canadá, donde estuvo varios meses dedicado a realizar mapas de la isla de Terranova. Trabajó en los mapas junto a Michael Lane y se interesó por la flora y la fauna de Terranova.
El advenimiento del llamado Racionalismo y la idea que la razón humana era la que creaba la realidad habían cambiado la visión de mundo. Sir Francis Bacon llamaba desde su método experimental a dominar y controlar la naturaleza para establecer el “imperio del hombre en el mundo”. Es cierto que durante este período se cree en la existencia de un Dios creador, pero que después de crear el mundo, se fue y el mundo funciona solo, sin Él. Es un Dios creador, pero no providente, no actúa. El mundo depende del hombre, que tiene el control y dominio de ese hábitat. El interés por la cartografía era parte de ese afán de dominio y control. Ordenar, catalogar, medir todo. Europa se llenó de asociaciones científicas que querían terminar con lo desconocido, dominar lo antes ignorado y terminar con la superstición y el fanatismo. La ciencia estaba de moda y generalmente se incluía entre los pasatiempos y entretenimientos de las personas.
En aquellos años se sabía que se produciría un alineamiento del planeta Venus con el Sol, evento que podría servir para conocer la distancia entre la Tierra y el Sol. Como el lugar donde se podría apreciar mejor este acontecimiento astronómico era desde el Pacífico, llamaron a James Cook para encomendarle un viaje con el fin de hacer la medición en alguna isla del Pacífico. James Cook inició así el primero de sus tres viajes que lo llevaron a dar la vuelta al mundo y a convertirse en el marinero con más millas navegables hasta entonces. Partieron en 1768 y regresaron tres años después, en 1771. Joseph Banks, un millonario y científico amateur, pagó una suma de dinero inimaginable por sumarse a la expedición. El gran terror a bordo de cualquier nave era el escorbuto, que para ese entonces no se sabía que era producido por falta de vitamina A, sino que se pensaba que se generaba casi espontáneamente. Cook ya intuía que tenía que ver con la dieta y había desarrollado unos barriles con repollos en vinagre con cáscaras de naranja que creía evitaban el mal. Obligaba a los marineros a comer estos repollos por turnos. Como no eran sabrosos ni lucían bien, muchos marineros no querían comerlos. Entonces Cook demostró tino y sabiduría. Comenzó a servir esta preparación en el comedor de oficiales y la convirtió en el banquete de los elegidos. Invitaba con regularidad a los marineros al comedor y les servía los repollos y así, no solo comían, sino que se sentían honrados de hacerlo. De este modo, evitó el escorbuto entre sus tripulantes y mostró manejar a su gente con gran psicología.
Retrato de Sir Joseph Banks, de Sir Joshua Reynolds, 1773
Después de una larga travesía, llegaron por primera vez a Tahití, isla que había sido descubierta poco tiempo antes por Samuel Wallis, quien la había calificado como el paraíso terrenal. Una isla de esplendoroso verde con mares turquesas y población amable. Un lugar donde los marineros no podían creer el hecho de que los jefes de la zona para halagarlos les ofrecían a sus propias mujeres. Parecía definitivamente el lugar más perfecto sobre la tierra y el lugar en el Pacífico para hacer las mediciones del paso de Venus con precisión. El Endeavour fue recibido por los nativos con gran alegría y los marineros estaban felices. La formación puritana de James Cook le hacía estar muy molesto frente al hecho que sus marineros se entregasen a los placeres carnales. Después de semanas de esparcimiento, lograron establecer lo que llamaron “Fuerte Venus”. James Cook estaba preocupado de preparar todo para cumplir a cabalidad con la medición de la alineación del Venus con el Sol. Otro miembro del equipo, el dibujante Sydney Parkinson, estabainteresado en dibujar lo más fielmente posible todo lo que veía en la isla, especialmente los bailes de las mujeres tahitianas, algo que parecía totalmente novedoso para los estándares europeos. Son numerosas las ilustraciones realizadas por este dibujante sobre las maravillas naturales y lo exótico de esta tierra y sus gentes.
Finalmente, el día de las mediciones llegó y aunque el capitán James Cook actuó con gran precisión, no pudo lograr la medición exacta del momento en que Venus se alineó en el instante preciso del alineamiento. Aunque todas las observaciones habían sido hechas con rigor, James Cook se sentía frustrado. Antes de partir desde Gran Bretaña, el Almirantazgo le había encomendado dos misiones: medir el alineamiento de Venus y al culminar esa tarea debía abrir un sobre que contenía una misión secreta, que consistía en descubrir el llamado “Continente del Sur”, la llamada “Terra Australis”. La creencia popular establecía que si había una gran masa territorial en el hemisferio norte de la Tierra, debía haber un volumen similar al sur, ya que si no la Tierra misma debía desbalancearse. Su misión era descubrir ese continente perdido e incorporarlo a las tierras de la corona inglesa. Antes de partir en su nueva misión, el capitán Cook realizó los mapas de Tahití. Mientras tanto, los equipos de Joseph Banks se dedicaban a clasificar la flora y la fauna, y junto a Sydney Parkinson realizan múltiples dibujos. Banks embarcó en el Endeavour una serie de muestras botánicas e insistió en que un aborigen llamado Tupaia los acompañara durante el resto del viaje. Tupaia fue de gran utilidad, ya que la lengua de Tahití tiene muchos elementos comunes con las de otras regiones de la polinesia, lo que le permitió servir de intérprete. Sabemos mucho sobre todas estas cosas, ya que el mismo James Cook llevó un diario de su viaje que más tarde fue publicado y se convirtió en un éxito de ventas. Cook no creía en la existencia del continente del sur, pero muchos de su tripulación sí, entre ellos Joseph Banks. Años antes, en 1642, el holandés Abel Tasman arribó a unas tierras en el sur que pensó se trataba de las costas de este misterioso continente, y se esparció la idea que Tasman había llegado a Terra Australis. Las tierras a las que llegó este explorador fueron bautizadas como “Tasmania” en su honor y hoy sabemos que no era un continente, sino una isla frente a otra gran isla que hoy conocemos como Australia. Siguiendo el camino relatado por Tasman, el capitán Cook llegó las costas de Nueva Zelanda. Recorrió la costa y luego desembarcó, produciéndose el primer encuentro entre nativos blancos y maoríes. De hecho, al bajarse con su tripulación y enfrentarse a los maoríes, fueron los primeros blancos en presenciar el Haka, baile maorí de la guerra internacionalizado por el equipo de rugby neozelandés, los Old Blacks. Este baile no debió haber dejado tranquilos a los ingleses y cuando el jefe Terakau sacó una espada, algunos miembros de la tripulación temieron por sus vidas y dispararon. Timaru se encontró cara a cara con el capitán Cook y se saludaron como iguales. Cook le rindió honores al caído y logró el acercamiento con los habitantes de la isla. Tupaia fue esencial para lograr una real comunicación entre las partes. Esta prueba lingüística de comprensión entre la lengua de Tahití y esta nueva isla llevaron a Cook a pensar que se trataba del mismo pueblo. Por su parte, Joseph Banks y Sydney Parkinson realizaron muchos hallazgos e intentos de catalogación. Son múltiples los dibujos sobre la tierra y las gentes de nueva Zelanda de este primer viaje del capitán Cook. Una de las cosas que llamó profundamente la atención de los europeos fue la costumbre de realizar tatuajes simétricos en todo su cuerpo.
Tras algunas semanas decidieron volver a embarcarse. Cook quería realizar los mapas de la zona. De este modo, se alejaron de la bahía que llamarían “Poverty Bay”. Avanzando por las costas de la isla llegaron a “Tolaga Bay”, lugar donde compartieron con los aborígenes, exploraron y dibujaron, para poder llevar reportesfidedignos a la Corona. Tras completar la cartografía de la isla y constatar que se trataba de dos islas de mediana dimensión y que no era Terra Australis, Cook tomó posesión de la isla en nombre de la Corona británica. Tras esto, continuó la ruta, llegando a las costas de lo que hoy es Australia. En este lugar, la actual Sidney, quedaron sorprendidos por la flora abundante que se les presentaba a los ojos, por lo que la bautizaron como “Botany Bay”. Joseph Banks estaba fascinado. Las caricaturas de la época posterior a este viaje reflejan el entusiasmo y asombro que habría experimentado Banks y el equipo del Endeavour. Los dibujos de la flora y fauna encontrada sorprendieron al mundo. El mismo Joseph Banks, de regreso en Inglaterra, publicó un libro al que tituló Florilegium, que le valió el elogio de la comunidad científica londinense. De hecho, Banks y Cook se retrataron junto a lord Sandwich como expertos científicos, lo que los elevó a hombres de su tiempo y de moda. Las descripciones de esta “Botany Bay” llevaron luego al gobierno británico a concluir que se trataba de una fabulosa solución a la sobre densidad de las cárceles británicas. Ya las cárceles no daban abasto y desde hacía años se habían inaugurado los buques prisiones, que resultaban ser instalaciones complejas. Great Expectations, una de las novelas de Charles Dickens maduro, inicia cuando de un buque prisión se escapan dos presos que pelean a muerte. Uno de ellos se esconde en el cementerio y es ayudado por el joven Pip. Con esa primera escena comienza la historia de redención de un gran hombre y se revelan las injusticias del sistema británico. Para solucionar este tema, se pensó dar fin a los barcos prisiones y establecer una colonia penal en “Botany Bay”. Sería un lugar para prisioneros y para aquellos que requerían un nuevo comienzo, como otra vez Dickens deja en evidencia en su obra David Coperfield, donde los caídos y los villanos terminan en Australia, lugar de redención.
Banksia integrifolia, de Nueva Zelanda, publicada en Florilegium, de Joseph Banks
Cook y su tripulación continuaron mapeando las costas de Australia hacia el norte, pero su error fue intentar navegar cerca de la costa frente a Queensland, sin saber que ahí se encontraba la Gran Barrera de Coral. Es así como dañaron el casco del Endeavour y casi naufragan. Usando las velas como vendaje del casco, continuaron viaje hasta el norte y llegaron a lo que hoy se llama Cookstown. Eligieron un lugar en el que se juntaban dos ríos, que podía ser de gran utilidad para llevar la madera hasta allí. El río fue bautizado como Endeavour, ya que el barco fue reparado allí entre junio y agosto de 1770. No había muchos aborígenes en la zona, pero la necesidad de alimentos los hizo adentrarse en el territorio y avistaron los primeros canguros, que fueron dibujados por Sydney Parkinson. Luego escribiría en su diario “Cuán diversa y rica es la creación divina”. Nuevamente, Cook reclamó las tierras de la llamada Nueva Holanda para la Corona británica. Este acto fue esencial para la construcción de la idea del Imperio Británico e hizo de Cook un héroe nacional. De regreso a Gran Bretaña, pararon en Batavia, hoy Yakarta, que era colonia holandesa y había sido recién remodelada. Era un buen lugar para descansar, conseguir provisiones y terminar de reparar el Endeavour de modo adecuado. Pero estando allí los azotó la peste y murieron muchos hombres, incluido el joven tahitiano Tupaia. Al partir, se llevaron agua contaminada, por lo que la muerte siguió llevándose a varios tripulantes, entre los que estaba el joven dibujante Sydney Parkinson y el astrónomo Charles Green. En total, murió un tercio de los hombres de Cook. Finalmente, en julio de 1771 divisaron los acantilados de Dover. Habían regresado a casa, con solo parte de los hombres y el preciado tesoro botánico de esta vuelta al mundo de más de tres años.
Retrato de Omai, de Sir Joshua Reynolds, 1776
Cook fue directo al Almirantazgo en vez de visitar a su mujer e hijos. Estaba preocupado, temía que la estrella fuera Banks con sus contactos y no él. Y de hecho, fue así. Rápidamente, George III le ofreció dos embarcaciones a Banks para realizar una expedición para encontrar los mares del sur. Cook fue ascendido, sus mapas eran considerados de gran importancia, pero no le ofrecieron barcos ni tenía una próxima expedición. Cook, en vez de alegar contra Banks, le escribió agradeciéndole la oportunidad de haber hecho el viaje juntos; quería acompañarlo. Banks comenzó a exigir muchas comodidades: quería un barco con doble cubierta, lo que era inviable para un viaje como ese. Al no concedérsele lo que pedía, desistió de viajar. Así, en 1771 zarpó una nueva expedición de dos barcos: el Resolution, capitaneado por James Cook, y el Adventure, al mando de Tobias Furneaux. Cook llevó todos los adelantos que le permitieran más precisión en sus mediciones. John Harrison, un relojero importante, le diseñó un reloj que lo ayudaría a medir los grados de latitud al navegar y ser exacto en sus mediciones. La misión nuevamente era encontrar el continente del sur. De este modo, avanzaron hacia el sur y se acercaron a los hielos. El dibujante de a bordo de este segundo viaje fue William Hodges, quien retrató la inmensidad de los hielos de un modo fascinante. Tras avanzar lo más lejos que pudieron, sin llegar a tierra firme, regresaron hasta Tahití. Los hombres de Cook permanecieron ilesos y saludables como siempre, por lo estricto del capitán en relación a la dieta de los marineros. El Adventure, sin embargo, sufrió de escorbuto y Furneaux perdió a algunos hombres. En Tahití, todos los hombres pudieron descansar y gozar del “Paraíso terrenal”. Cook volvió a lamentar las licencias de sus hombres y los excesos en el pecado de la carne. Aparte de los placeres, presenciaron sacrificios humanos, lo que los escandalizó. Furneaux insistió en llevar a un aborigen y fue así como Omai se incorporó a la expedición. Cook exploró los mapas que había hecho Tupaia y resultó ser verídico lo dicho por el aborigen muerto en la hoy Yakarta. Partieron rumbo a Nueva Zelanda. Los barcos habían quedado de encontrarse en el Estrecho de la Reina Carlota, pero Cook llegó antes y esperó dos semanas. Ante la demora de Furneaux, Cook prosiguió camino al sur. Furneaux llegó poco después y al ver que Cook no estaba, decidió explorar y ordenó a sus tripulantes bajarse en una de las islas a buscar provisiones, pero fueron atacados y todos resultaron muertos. El resto de la tripulación, horrorizada por el evento, decidió retornar a Londres. Al arribar a la capital, Omai se convirtió en el centro de la atención de la sociedad londinense. Fue retratado por Sir Joshua Reynolds, el gran pintor del minuto, lo invitaron a eventos sociales de gran envergadura e incluso fue presentado al Rey. Todos querían conocerlo. Representaba lo exótico.
Mientras tanto, Cook insistía en llegar lo más al sur posible. Sus relatos probablemente inspirarían al propio Coleridge al escribir su Balada del Viejo Marinero. Exploraron el hielo y llega hasta los 71 grados sur, lo que para ese entonces era lo más al sur alcanzado por los europeos. En esta expedición lo acompañó el joven George Vancouver, quien sería después protagonista de otros viajes en la costa oeste de Norteamérica y que dejaría su nombre plasmado en la zona. El joven Vancouver, antes de dar la vuelta para volver al norte, se asomó sobre el mástil para ser el hombre que llegó más al sur. Cook contó luego acerca de su acercamiento al polo antártico entre los hielos, lo que fascinó al público en una era de descubrimientos. Volvieron a Nueva Zelanda y se dirigieron hacia el Cabo de Hornos, donde pasaron la Navidad, para luego regresar a Londres. Volvió a casa en 1775 a casa, lleno de cosas que mostrar y con dos vueltas al mundo en el cuerpo. El mismo William Hodges lo retrató como un hombre maduro y experimentado. Fue aceptado en la Hospedería de Greenwich como reserva. La vida de comodidades había llegado. Era reconocido por sus méritos. La Corona le estaba agradecida y le pagaba con generosidad.
El siglo XVIII había visto a Inglaterra cambiar. La incipiente Revolución Industrial estaba creando una sociedad de consumo y los bienes importados desde otras regiones gracias a la navegación y el auge de las compañías comerciales habían cambiado los gustos de los británicos. Por primera vez en la historia, había muchos bienes disponibles y la moda pasó a ser algo importante. El té había pasado a ser algo habitual en Inglaterra a tal punto, que el azúcar que lo acompañaba, antes un producto de lujo, era un bien básico. Josiah Wedgwood se había hecho millonario vendiendo porcelana. La reina Ana y Catalina la Grande de Rusia le habían comprado juegos únicos, y todas las mujeres querían su propia “China”. La India, desde donde venía el té y la seda con flores bordadas, se había convertido en un lugar fundamental. Muchos productos esenciales para el incipiente Imperio Británico provenían de allí. Encontrar un camino directo, sin pasar por África, implicaba evitar el control de los portugueses en el comercio. Se pensaba que debía existir un paso por el polo norte y los ingleses estaban empeñados en encontrarlo y controlarlo. El Almirantazgo sabía que Cook estaba retirado, pero no había capitán mejor que él. Por lo tanto, decidieron no llamarlo, sino lograr que él se ofreciera para la expedición. De este modo, James Cook fue invitado a una comida con Sir Hugh Palliser, contralor del Almirantazgo, y John Montagu, cuarto Earl de Sandwich, quienes le contaron lo que necesitaban y le pidieron ayuda para encontrar al capitán idóneo para esta empresa de suma importancia para la nación. Cook rápidamente se ofreció. Echaba de menos el mar, las comodidades estaban bien, pero él sabía que si lograba encontrar el paso, lo que vendría sería la nobleza, título que permanecería en las futuras generaciones. Esta tercera expedición podía ser la más importante de su vida. Cook era famoso, sus diarios de los viajes se habían publicado y se habían convertido en éxito en ventas, era un emblema nacional. La misión era secreta, nadie debía saber que Inglaterra buscaba el paso por el norte, por lo que públicamente se dijo que el viaje del capitán Cook tenía como fin devolver a Omai a su hábitat natural de Tahití. James Cook iría a bordo del Resolution y la otra nave, el Discovery, sería comandada por Charles Clarke. En este viaje lo acompañaron por segunda vez George Vancouver y William Bligh, quien más tarde sería inmortalizado por ser el capitán del motín del Bounty.
Mapa de Nueva Zelanda realizado por el capitán Cook durante su primer viaje
Este viaje dio la vuelta a África, pasando por Nueva Zelandia y Tahití, donde dejaron a Omai para luego seguir camino al norte. El genio de Cook se vio afectado, ya no era el mismo. El capitán templado, de decisiones mesuradas, había desaparecido. Era irascible y complejo. En la Isla de Morea ordenó matar a aldeanos por haberse comido la cabra del barco. Pasó por la Isla de Pascua y describió los moais. En 1883, arribó a Nueva Albion, Canadá, y luego a las Nuevas Hébridas. Al llegar a Alaska y al Ártico, concluyó que los mapas rusos que ocupaban no servían para nada. La falta de comida lo obligó a cazar lobos de mar para mantener a la tripulación. El hielo les impedía pasar, por lo que decidió abrirse camino. Así terminó divisando las islas de lo que hoy es Hawai, que él llamó islas Sandwich. Al llegar a lo que hoy es Waimea, fueron recibidos con honores y la gentileza y generosidad de los locales impresionó a toda la tripulación. Por esto, permanecieron varias semanas. Finalmente, decidieron partir para ver si lograban dar con el paso del norte, pero al poco andar, a causa del mal tiempo, el mástil de la embarcación se quebró, por lo que Cook decidió volver a Hawai para reparar el barco. Nadie sabe bien qué pasó, pero al parecer a los nativos no les gustó que Cook y sus hombres regresaran y no les dieron la bienvenida. Sin provisiones ni ayuda, Cook intentó tomar cosas por la fuerza y en la refriega resultó muerto. Allí, en medio del Pacífico, el gran navegante encontraría su última aventura el 14 de febrero de 1779. Tras este evento, la expedición continuó rumbo a Macao, dejando atrás el cuerpo del gran Capitán. La misión del paso del norte no se había logrado y con la muerte de Cook ya solo quedaba regresar a casa. El 11 de enero de 1780, los periódicos de Londres comunicaban la muerte de James Cook en Hawai.
Hoy, a 250 años de su viaje, es importante apreciar el legado de este hombre. Un self made man que llegó a ser conocido como uno de los forjadores del Imperio Británico. El mundo no sería el mismo después de sus tres grandes viajes. Gran parte de la Tierra quedaría bajo la tutela de Britania gracias a este hombre que ayudó a construir ese Imperio anglosajón. Cook es una muestra del cambio en un mundo donde el mérito comenzaba a ser algo determinante. Es un adelantado. Hay estatuas y monumentos suyos en la mayoría de los lugares donde llegó. Sin embargo, en el siglo XXI ha sido sindicado como el causante de las muertes de miles de aborígenes y presentado como causa de vergüenza. Muchos de los monumentos dedicados a su persona han sido atacados y rayados, y no falta quien pida su eliminación de los lugares públicos. Pero a pesar de estos modernos discursos neomarxistas, que intentan condenar todo lo que huela a imperialismo, siempre y cuando no sea el propio, la historia del capitán Cook tiene mucho que decirles a ellos mismos. Muestra cómo alguien de baja cuna llegó a tocar el cielo creyendo en sus ideales. James Cook es, sin duda, uno de los aventureros más grandes de la historia y sus tres vueltas al mundo lo hacen merecedor todos los homenajes
El largo conflicto que enfrentó a Chiang Kai-shek y Mao Zedong sentó las bases de una tensa y compleja convivencia entre la República Popular China y Taiwán, que perdura hasta hoy.
Cuando se revisa la historia política del siglo XX, las revoluciones y guerras civiles aparecen como verdaderos puntos de inflexión en los que los países –o incluso áreas geográficas completas– cambiaron violentamente su rumbo. En parte, producto del choque interno de las fuerzas en conflicto, pero muchas veces también por la intervención de actores externos.
Los ejemplos son variados: México (1910), Rusia (1917), España (1936), Cuba (1959), Irán (1979), etc. Pero en este contexto, la Guerra Civil China (1927-1949) parece haber permanecido en un segundo plano para Occidente. Eso probablemente cambiará durante los próximos meses, en la medida que nos acerquemos a octubre, cuando se conmemoren los 80 años del término de este conflicto que desgarró a China. Pero, ¿cuál fue su origen y de qué manera sus consecuencias persisten hasta hoy?
Chiang vs. Mao:
Las primeras décadas del siglo XX fueron particularmente turbulentas para China, que durante el siglo XIX había vivido en carne propia el avance colonial de Occidente, en busca de sus riquezas y materias primas. Esta situación había ido socavando la autoridad imperial, que durante siglos había determinado el presente y el futuro de millones de chinos. Fue así como en 1911, el intelectual y líder político Sun Yatsen –apoyado por militares, comerciantes, estudiantes e intelectuales– fundó en Cantón el Kuomintang: el Partido Nacionalista chino. Sus objetivos eran claros: lograr la unificación nacional, instalar un modelo de democracia al estilo europeo y mejorar el paupérrimo nivel de vida del país.
Pero para alcanzar esos objetivos, era necesario un cambio radical en la manera en que China había sido gobernada hasta entonces. Y fue así como se produjo el alzamiento de las tropas de Wuchang, con el cual se inició la revolución que terminó con la caída de la dinastía Qing y la abdicación del –literalmente– último emperador chino: Pu Yi (1906-1967). Una figura compleja, trágica y muchas veces contradictoria, que el director de cine Bernardo Bertolucci (1941-2018) logró retratar de manera magistral en su cinta El último emperador (1987), ganadora de nueve premios Oscar.
Desmantelada la corte imperial, Sun Yatsen intentó iniciar la construcción de las bases de un modelo republicano y, lejos de asumir él mismo la conducción de China, ofreció la Presidencia a Yuan Shikai, un destacado general del Ejército real. Pero la decepción fue temprana, al constatar que Yuan –lejos de promover la consolidación de la joven democracia– prefirió proclamarse como un nuevo emperador.
A pesar de este episodio, Sun logró reencausar el rumbo de su país, enfocándose en los esfuerzos para resolver complejos temas, como la falta de alimentos y medicinas, además de educación y seguridad. En ese contexto, dos figuras comenzaron a emerger, posicionándose cada una en un segmento diferente del espectro político de la China post imperial: un joven general de nombre Chiang Kai-shek y un profesor de secundaria llamado Mao Zedong. Así, la segunda década del siglo XX vio nuevos cambios en China, como la fundación del Primer Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), en 1921. Y dos años después, Mao fue elegido para el Comité Central, transformándose en el principal dirigente del PCCh.
El punto es que el Kuomintang veía con preocupación y desconfianza la aparición del comunismo en China. Hasta que, finalmente, Chiang Kai-shek encabezó un golpe anticomunista a espaldas del Kuomintang. Entre 1927 y 1928, Chiang ordenó acabar con el PCCh, llegando a exterminar a cuatro quintas partes de sus militantes, lo que dio inicio a la llamada Primera Guerra Comunista-Nacionalista (1927-1937). A pesar de este golpe directo al corazón del partido, en 1929, el Ejército Rojo conquistó los territorios de Kiangsi y Juichin, donde proclamó el nacimiento de un gobierno pro-soviético, iniciando una fuerte resistencia. Pero ni Chiang ni Mao, inmersos en el fragor de la guerra civil, advirtieron que un nuevo y temido actor regional habría de entrar en escena.
Un país dividido:
En 1931, Japón invadió el territorio chino de Manchuria, sumando una conquista más a su larga lista de éxitos militares. Al año siguiente, tomó el control de la importante ciudad-puerto de Shanghai y a partir de ahí siguió adelante con la ocupación del país. Y con esto, China sumó a su guerra civil una invasión de la principal potencia militar de esa época en Asia.
En los años posteriores, Chiang y Mao enfrentaron a los japoneses por separado, al mismo tiempo que continuaban combatiendo entre ellos. Y aunque también hubo momentos en que unieron fuerzas –el llamado Frente Unido–, estas alianzas fueron frágiles y breves. Finalmente, con la derrota de Japón en 1945, Estados Unidos vio la oportunidad de buscar una solución negociada de la guerra civil. Y para eso, el embajador estadounidense Patrick J. Hurley intentó mediar entre Chiang y Mao, aunque sin éxito.
De esta forma, tras el fracaso de la opción diplomática, se inició la Segunda Guerra Comunista-Nacionalista (1946-1949), que terminó con la derrota de Chiang, quien junto a sus fuerzas –poco más de dos millones de personas– abandonó China continental para refugiarse en la isla de Formosa (posteriormente, Taiwán), mientras Mao consolidaba su victoria a escala nacional, tras tomar el control de Beijing, en octubre de 1949.
De esta forma, en el escenario mundial surgieron dos actores diferentes: la República China, bajo el gobierno de Chiang; y la República Popular China, liderada por Mao. En los años posteriores, la comunidad internacional se inclinó abiertamente –en un contexto de Guerra Fría– por reconocer a Taiwán como “la China legítima”, desconociendo al gobierno comunista de Mao. Pero todo eso cambió a partir de 1964, cuando China detonó su primera bomba nuclear. Un episodio que tuvo un profundo impacto mundial. Además, en esos años, el gobierno de Richard Nixon comenzó a ver con interés el distanciamiento de Beijing con Moscú, producto de sus crecientes diferencias políticas. Y apoyó la idea de que China ingresara a las Naciones Unidas.
El punto fue que el gobierno chino estableció con claridad y fuerza su posición de que a nivel mundial no existían “dos Chinas” –la República China en Taiwán y la República Popular China–, porque Taiwán era una provincia china “en rebeldía” y no un Estado independiente. Todo esto llevó a que en 1971, Naciones Unidas (a través de su Resolución 2758) estableciera, con el voto de dos tercios de los miembros, que Taiwán dejaba de ser miembro de la ONU, entregando su asiento a China hasta hoy.
De esta forma, la República Popular China sentó las bases de su política hacia la isla y comenzó su imparable ascenso como potencia mundial. Y, en ese sentido, el histórico viaje de Richard Nixon a China en febrero de 1972 –convirtiéndose en el primer presidente de EE.UU. y de Occidente en visitar este país–, fue la primera prueba de eso.
El frágil statu quo:
Chiang Kai-shek murió en 1975, dejando a Taiwán en manos de su hijo Chiang Ching-kuo, quien gobernó la isla hasta su muerte, en 1988. Tras su fallecimiento, lo reemplazó Lee Teng-hui –una importante figura del Kuomintang–, tras ser designado por la Asamblea Nacional. A pesar de eso, años más tarde, en 1996, Lee se convirtió en el primer presidente electo en la historia de Taiwán, iniciando una serie de gobiernos civiles y democráticos.
Por su parte, Mao Zedong murió en 1976, dejando un vacío de poder que solo pudo ser llenado por otra figura icónica del PCCh, Deng Xiaoping (1904-1997), quien lideró a China durante los turbulentos tiempos del fin de la Guerra Fría, e impulsó las reformas que permitieron posicionar –a partir de la década de 1990– a este gigante asiático como la segunda economía más importante de mundo después de la estadounidense.
Mientras tanto, la comunidad internacional se inclinó mayoritariamente por formalizar relaciones diplomáticas con Beijing, dejando los vínculos con Taiwán solo a nivel económico y cultural. Actualmente, de los 193 países que son miembros de Naciones Unidas, solo 17 mantienen relaciones diplomáticas plenas con Taiwán. Básicamente, países de Centroamérica y pequeñas islas del Pacífico. En este contexto, en enero pasado, el presidente chino Xi Jinping aseguró que la reunificación con Taiwán será un hecho concreto para 2050 y que, incluso, no descartaba el uso de la fuerza para lograrlo. Palabras que causaron profunda inquietud en las autoridades de esta isla de tan solo 23 millones de habitantes.
La oferta de Xi Jinping es que Taiwán tenga el mismo estatus que tiene Hong Kong, es decir, el modelo de “un país, dos sistemas”. Sin embargo, si bien la ex colonia británica mantiene su autonomía económica y financiera desde 1997 –cuando volvió definitivamente a manos chinas–, lo cierto es que cuando se realizan elecciones de gobernador, los hongkoneses pueden elegir entre varios candidatos, aunque todos designados por el gobierno en Beijing. Y por eso, el gobierno de la presidenta Tsai Ing-wen ha rechazado de plano las palabras de Xi.
Al margen de eso, la idea de una reunificación forzada es un tema que también involucra a Estados Unidos, que durante décadas ha protegido a la isla y le ha vendido armas en condiciones privilegiadas. Algo que China siempre ha criticado. Aunque aún faltan décadas para 2050, lo cierto es que las declaraciones de Beijing sobre Taipei reviven un conflicto que se había mantenido relativamente congelado y cuyas implicancias pueden impactar más allá del Asia Pacífico.
En ese sentido, es muy probable que la conmemoración de los 80 años del término de la Guerra Civil China –en los próximos meses– dé pie a ceremonias a ambos lados del estrecho de Formosa. Pero también será un claro recordatorio de que la relación entre Beijing y Taipei sigue siendo un asunto no resuelto, frente al cual la comunidad internacional ha preferido mantener un conveniente statu quo. La pregunta: ¿por cuánto tiempo más?
La “Cappella Sistina”, construida por el Papa Sisto IV entre los años 1475 y 1481 en pleno inicio del Renacimiento, es la Capilla privada oficial de los Pontífices, en la que se realizan los Cónclaves. Sus dimensiones son 40.50 metros de largo por 13.20 metros de ancho y una altura de 20.70 metros. Los frescos de la Bóveda son obra de Michelangelo Buonarroti pintados entre los años 1508 y 1512, por encargo del Papa Giulio II.
En este artículo me referiré específicamente a la restauración de la Bóveda de la Capilla, la que ha generado una serie de mitos y controversias. Entre los años 1987 y 1990, por razones académicas vivía en Roma, y tuve la oportunidad de conocer al Arquitecto autor de la obra, como también, invitado por él, a visitarla “en curso”, instancia que me permitió descifrar sus secretos.
En primer lugar, la obra fue restaurada por un equipo de expertos italianos y los japoneses, a diferencia de lo que pensaban algunos, sólo la financiaron. Por otra parte, los hermosos y llamativos colores, que algunos juzgaron como demasiado intensos, aparecidos luego de la intervención, no son más que parte de la gama cromática propia y característica de la pintura de frescos del Renacimiento Italiano “il Cinquecento”.
La restauración desde sus inicios tuvo que superar una serie de problemas y requerimientos. De partida la obra que duraría varios años no debía impedir que la Capilla siguiese siendo visitada regularmente por el público y esto se logró de forma magistral inventando un “laboratorio móvil motorizado”, que recorría “flotando en las alturas” la totalidad de la Bóveda, a la distancia adecuada de los frescos. A ellos se accedía por un ascensor que conectaba el pavimento con un “muelle” de embarque al laboratorio, que poseía todo el equipamiento técnico para manejarlo por control remoto. El dilema era dónde fijar los “rieles de tren” por donde circularía el laboratorio, problema principal que fue resuelto sabiamente por Michelangelo, sí, el Maestro intuyendo que su obra debería ser restaurada en el futuro, no eliminó los anclajes metálicos originales que sostuvieron sus andamios, los que durante casi 500 años permanecieron ocultos detrás de las cornisas de la Capilla.
Por lo tanto sin ningún sacrificio al edificio, los rieles se fijaron a los soportes originales. La restauración se basó esencialmente en un profundo “trabajo de limpieza”, de una dañina estratificación patológica principalmente de depósitos carbonosos, suciedad de diversas procedencias, barnices basados en aceites animales y una serie de intervenciones pictóricas de pseudo restauraciones poco afortunadas e invasivas. Esta superposición de estratos, no sólo dañaban la película pictórica original, en el plano químico, físico, biótico, sino que también creaba “una suerte de lente”, que distorsionaba radicalmente la gama cromática y los colores y formas de los frescos de la Bóveda, que durante siglos los espectadores creían los originales. Luego de esta operación medular que tardó varios años, se generaron algunas reintegraciones de “lagunas”, o sea zonas donde la pintura había desaparecido en su totalidad o parcialmente, y finalmente se aplicaron sobre la superficie pictórica de la Bóveda, una serie de sustancias químicas inocuas que protegerán la obra de todos los agentes patógenos externos, garantizando la conservación de éste relevante y único monumento para ser apreciado por la posteridad.
La idea de la plaza, como lugar en donde los ciudadanos se reúnen es antiquísima. Sus orígenes pueden rastrearse en los griegos con su ágora, o en el foro romano donde se congregaban los ciudadanos del Imperio. Más tarde estos espacios derivaron en las explanadas ubicadas frente a las catedrales medievales. Si bien estos esquemas europeos fueron clave para dar forma y significación a las plazas hispanoamericanas, la herencia indígena también fue importante. Las plazas de las ciudades se cargaron de un fuerte simbolismo religioso y social que no estaba presente en el Viejo Continente y que era heredado de las creencias propias de los pueblos americanos.
En las ciudades precolombinas de América la plaza era considerada como un centro sagrado. Tanto los mayas como los aztecas e incas tenían en sus ciudades un “centro”, una “plaza central”, indicada como núcleo político, secular y religioso. Alrededor de éste se situaban edificios de naturaleza ritual y política, se distribuían las residencias de los nobles (cuya cercanía respecto de la plaza determinaba el estatus del noble: a más cercano al centro, mayor nivel en la escala social), se encontraba el mercado central de la ciudad y estaba el terreno abierto en que se desarrollaban las actividades masivas que reunían al pueblo.
A su llegada a América los conquistadores y misioneros se embarcaron en la aventura de poblar y evangelizar nuevos horizontes. Poseedores de una cultura urbana, fundaron ciudades a lo largo de América reproduciendo en el continente la cuadrícula del campamento militar romano. Durante los trescientos años de dominio español se establecieron en el continente una serie de centros urbanos interconectados, diversos por su tamaño y jerarquía. Estas nuevas ciudades fueron únicas, pues añadieron los elementos prehispánicos (espacios abiertos, el contacto con la naturaleza y la valoración religiosa de la plaza) al modelo español haciendo de ellas una manifestación única del sincretismo en el Nuevo Mundo.
A medida que la conquista avanzaba se requería de nuevas ciudades para afianzar el dominio español. La Corona entregó las primeras directrices para su urbanización, primero en 1526 y luego en 1542. Las normativas exponían claramente cómo había que organizar el plano urbano; los fundadores debían dividir el espacio en plazas, calles y solares, a cordel y regla. Algo fundamental era el punto físico de partida de este ordenamiento, que marcaba el corazón de la ciudad: la plaza Mayor. Desde ella salían no sólo las calles que habrían de formar la grilla de la ciudad, sino también los caminos principales que la comunicarían con las demás ciudades.
La ciudad se organizaba en torno a la Plaza Mayor, que debía estar al centro en el caso de las ciudades tierra adentro y frente al puerto en las ciudades costeras. En ella se celebraban las actividades más importantes de la sociedad colonial, especialmente las festividades cívicas y religiosas. También la vida comercial tenía su foco en este espacio donde tenía lugar el mercado de abastos; incluso, con el pasar del tiempo se ordenó construir a su alrededor portales para facilitar la instalación de los comerciantes. El poder religioso, tan importante para la conquista española, tenía generalmente su correlato físico en la Plaza Mayor, pues la iglesia más importante solía instalarse en alguna de sus veredas. El poder político estaba también a su vera: los edificios del cabildo y, cuando correspondiera, la “casa real” también miraban a la explanada.
La vida social también tenía su centro en la plaza: en ella se veían y dejaban ver personas de las más diversas clases sociales. Además era el lugar indicado para informarse de noticias y chismes del Reino y del resto del imperio. Como tantas plazas del mundo hispanoamericano, la Plaza de Armas de Santiago ejerce un rol orientador para sus habitantes; es un lugar que refleja nuestra historia a través de sus edificios y monumentos; y se ha convertido con el paso de los años en un espacio físico importante en el sustento de nuestra memoria e identidad; esta plaza nos recuerda el pasado de nuestro país, que prácticamente nació a su alero, y encarna en ella el progreso de la ciudad, pues es un espacio que ha sufrido transformaciones físicas según el espíritu de cada época.
La apertura y vinculación del país al comercio internacional y la riqueza resultante de las exportaciones de plata, cobre, cereales y finalmente del salitre incrementaron de manera significativa las arcas fiscales y el desarrollo del país durante el siglo XIX. Reflejando estos nuevos aires de riqueza, Santiago pasó de ser poco más que un pueblo a principios de la República, a ser una ciudad muy viva. La Plaza de Armas no fue la excepción y fue mudando su aspecto conforme avanzaba el siglo. Durante el siglo XX se mantiene a grandes rasgos, el aspecto de paseo que la plaza había adquirido durante el siglo anterior. Se renuevan los bancos, faroles, jardines y, los edificios que rodean la plaza sufren importantes cambios.
La Plaza de Armas entra al siglo XXI completamente renovada: pierde su apariencia de jardín público para convertirse en una explanada que aspira a reunir los ciudadanos. Tras tantos años en que la Plaza de Armas ha ido cambiando de aspecto y significado para adaptarse a los nuevos tiempos, durante estas primeras décadas del siglo XXI el espacio parece haber aunado, por fin, los diferentes sentidos que a lo largo de los siglos le han ido otorgando los habitantes de la ciudad. Es a la vez un espacio privilegiado de reunión de los citadinos, uno de los lugares preferidos de las autoridades civiles y religiosas, un terreno en que el comercio florece y un ambiente propicio para que chilenos y extranjeros paseen y entablen relaciones, aunque todo bañado en un barniz de modernidad que responde al espíritu de estos años.
“La escena es tan bella como me la había imaginado. Todos los pequeños puestos están iluminados: las mejores mercaderías salen a relucir; y las señoras, que para este paseo nocturno se visten con elegancia…” Maria Graham, 1822
La Plaza de Armas era “el centro del movimiento santiaguino, el término de la carrera de los tranvías, la gran estación de coches y el paseo de lujo de la tarde… ¡Qué aspecto tan alegre tiene una plaza latina!” Theodoro Child, 1890
Invocar la imagen de las antiguas pirámides egipcias, nos hace pensar en un paisaje seco, solitario, casi anaranjado, donde el camello es la bucólica manera de aproximarse a ellas. Imaginamos numerosos esclavos, trabajando bajo la orden del látigo y hasta fuerzas casi sobrenaturales participando de la construcción. Incluso podemos responder memorizadamente, casi como una trivia, que sus faraones fueron Keops, Kefrén y Mecerinos. Pero …, nada de esto es cierto.
¿Es un misterio la construcción de las pirámides? ¿Realmente es incomprensible para el entender humano que sigan aún en pie? ¿Podemos justificar en el trabajo esclavo la subsistencia de tan antiguas edificaciones Ciertamente entender el ¿Misterio? de las Pirámides exige, en primer lugar, retroceder en el tiempo unos 5 mil años. Cuando el mundo acostumbraba ver pasar numerosas tribus primitivas, todas nómades, sin dejar casi huella. Sin embargo hubo un lugar diferente, donde comenzó a forjarse una historia distinta. Un río Nilo privilegiado, cargado de riquezas (fertilizantes naturales minerales y vegetales) que arrastraban sus aguas desde sus remotos afluentes procedentes del centro africano. Aún más, el río era tan generoso, que cada año, religiosamente, inundaba ordenadamente las tierras aledañas, haciendo de la agricultura una de las mejores excusas para que algunos de esas tribus decidieran asentarse.
Si el tema del alimento ya estaba resuelto y la razón para quedarse en un solo lugar ya estaba dada, entonces ¿a qué dedicarían su tiempo estos nuevos pueblos? La respuesta fue inmediata. El arte, la literatura, la religión, la escritura, la educación, la medicina, la música y, por supuesto, la arquitectura. Todo ello desarrollándose velozmente. Ya se habían transformado en una civilización.
Las Pirámides de Giza (nombre dado por el lugar en el que se encuentran emplazadas), son entonces una excelente muestra del nivel de desarrollo que alcanzaron los egipcios. Nos detallan su capacidad de construcción, sin olvidar que datan del siglo XXVI a.C. De hecho, se trata de las construcciones más antiguas del mundo que aún siguen levantadas. No por nada son una de las Siete Maravilla del Mundo Antiguo, las más antiguas y las únicas que no han caído.
Los egipcios creían en la trascendencia, en la vida más allá de la muerte. Por eso debían prepararse muy bien y, llegado el momento, enfrentarse al juicio de Osiris, dios que resolvería su paso al paraíso (o el castigo del monstruo devorador). Si era tan importante, había que preparar el cuerpo –y por eso las momificaciones-. Pero también había que buscar el lugar más adecuado para depositarlo. En los comienzos, se dejaban bajo la arena, pero ello no siempre funcionaba. La volatilidad de la arena a veces dejaba el descanso a la deriva, por tanto la solución estuvo dada en una nueva alternativa: las mastabas. Cajones de piedra que cubrirían, de ahí en adelante, los cuerpos debidamente preparados. Así trascenderían.
Pero, la gran figura del faraón, máxima autoridad y representante de los dioses en la tierra, buscaría siempre una mejor forma de trascender. Uno de ellos, Netjerjet, entregó la tarea a su visir Imhotep: debía encontrar una manera majestuosa. No le fue tan difícil. Mandó a posar una mastaba sobre otra. Seis en total. El único requisito era que las mastabas superiores, fueran más pequeñas que las donde se posaban. Así nació la primera pirámide escalonada. Era el año 2.650 a.C.
Un siglo después, los faraones sofisticaron las líneas de aquella primera estructura, convirtiendo sus tumbas en las Pirámides de Giza. Ellos fueron Jufu, Jafra y Menkaura. Sus nombres no fueron Keops, Kefrén y Micerinos. Así fue como los llamaron los griegos, dos mil años después, al relatarnos –por primera vez- sus experiencias en el antiguo Egipto. La orden fue clara. Había que construir esas enormes estructuras, de hasta 146 metros de altura. Requerirían pesadisimos bloques de piedra y habría que montarlos con mucha precisión para que la estructura no cediera. Encontraron la manera. Cada bloque iba encajado en el otro, con un efecto similar al juego moderno de lego. Así, su efectividad fue absoluta, permitiendo mantener en pie las construcciones hasta nuestros días.
Sí fue necesaria también, muchísima mano de obra. Pero no fueron esclavos. Los esclavos no existieron en la cultura egipcia. Todos los ciudadanos tenían el mismo derecho dentro de su sociedad. Así, los que hicieron estas labores fueron los propios campesinos, quienes pasaban varios meses al año sin trabajar, esperando que el Nilo regara sus tierras y volviera luego a su cauce. Es así como el faraón daba un salario a dichos campesinos, además de alimento, alojamiento, herramientas y vestimenta. Muy lejos de la idea de esclavo… El trabajo era duro. Había que transportar los pesados bloques por la arena. Encontraron la manera usando largos rollizos de madera que ponían a modo de trineos, avanzando a fuerza humana. Y una vez en el lugar, levantaban rampas en torno a la construcción, subiendo cada bloque hasta el nivel correcto.
Ni fuerzas sobrenaturales, ni esclavos. Tampoco nombres griegos. Pero aún resta un mito. Cuando hoy en día nos animamos a visitarlas, ni el desierto es tan solitario ni anaranjado, ni el camello es la manera de acercarse. Una moderna carretera entorpece la visión, cruzándose entre ellas, impidiendo la imagen bucólica de los sueños infantiles.
El muro de Berlín es el único en la historia que se construyó para evitar que las personas salgan de un lugar, para encerrarlas y coartar su libertad de movimiento.
Los muros parecen estar de moda. Después de la exitosa serie de HBO Game of Thrones todos parecían encontrar lógico “The Wall in the North”, que separaba y protegía la civilización de lo no civilizado e incluso de los muertos vivientes. La verdad es que la ficción siempre se basa en la realidad. Ha habido muchos muros en la historia, la Gran Muralla China, el Muro de Adriano, el llamado Offa’s Dyke entre Mercia y Gales, por nombrar algunos. Todos ellos se construyeron para evitar que las personas entren a un lugar.
La migración es algo muy humano y de hecho hoy se habla de ella como un derecho. En la historia, los movimientos humanos han sido muchos y siempre van de economías deprimidas a economías más pujantes. Las personas se mueven buscando un mejor futuro. Nadie abandona su lugar de origen para estar peor en otro lugar. De hecho, las ciudades desde sus orígenes, buscando la defensa y controlar la migración, fueron concebidas como un recinto cerrado. Las murallas y los puentes controlaban también el pago respectivo de impuestos. El muro de Adriano fue construido por los romanos para dividir la Britania romanizada de la tierra de los pictos, hoy Escocia. No se trataba de impedir invasiones pictas, sino de controlar el comercio y asegurar el pago de los impuestos, algo que a los romanos les preocupaba en demasía.
Pero el muro de Berlín es el único en la historia que se construyó para evitar que las personas salgan de un lugar, para encerrarlas y coartar su libertad de movimiento. Justificarán lo injustificable llamándolo “Barrera antifascista”, pero la verdad es que se trató de encerrar a las personas impidiéndoles buscar un futuro mejor. A treinta años de la caída de este brutal experimento, vale la pena recordar varios hechos y representarlos para las actuales generaciones. La idea de encerrar a gran parte de la población tiene que ver con un momento de la historia en que falsas creencias nublaron las mentes de las personas. El siglo XX es un siglo complejo, construido desde la visión filosófica del siglo XIX que abandona a Dios y, por lo mismo, se entrega a cualquier cosa. La disolución del concepto de verdad objetiva abre paso a las verdades múltiples y a las falsas verdades, que se manifiestan en las ideologías que pretenden “instaurar el paraíso terrenal sobre la tierra”.
El racionalismo establece un nuevo concepto de mundo que empodera al hombre. Es ahora el ser humano con su razón el que crea la realidad, “pienso, luego existo” y el que está llamado a “Instaurar el imperio del hombre en el mundo”. Las visiones de René Descartes y Francis Bacon abrirán el paso a la revolución científica y a cambios antes inimaginables. Todo se redefinirá en términos humanos. El hombre es lo más importante y por tanto el arte se enfocará en él y su cotidianidad. La arquitectura buscará elevar a reyes y a personajes poderosos. El poder en esta tierra pasará a ser lo esencial. Nacerá la política moderna que considera que el soberano es el hombre. El concepto de soberanía popular y de creación de la sociedad desde el pacto se impondrá.
Dos visiones opuestas aparecerán aquí y estarán presentes hasta hoy. Serán la base de dos visiones de mundo que se convertirán en ideologías. Las ideas de John Locke y de Jean Jacques Rosseau. Locke cree que el hombre en el llamado estado de naturaleza es bueno y que tiene derechos anteriores al pacto que son sagrados. Hay que protegerlos a toda costa. Estos derechos son el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Para asegurar la protección de esos derechos se hace un pacto y se elige a un gobernante, que debe ser pequeño, ya que de lo contrario podría pasar a llevar los derechos de los individuos. Los individuos son los sujetos de derechos y el Estado solo debe estar cuando el individuo no puede hacerlo, debe ser subsidiario. Para Locke, el individuo es más importante que el Estado y la libertad es más importante que la igualdad. En contraposición está Jean Jacques Rousseau, suizo, parte del movimiento ilustrado francés. Aunque comienzan igual, no son lo mismo; más bien son “agua y aceite”. Él cree que en el estado de naturaleza el hombre es bueno, un bon sauvage. El hombre nace libre y bueno, dice Rousseau en su Contrato Social… Pero se lo ve por todas partes encadenado y corrupto. El hombre es bueno, pero la sociedad lo corrompe. El hombre era nómade, un buen salvaje que corría libre por las praderas… pero se sedentarizó y comenzó a acumular. Rousseau cree que la propiedad es el origen del mal, porque genera la desigualdad. La bondad tenía que ver con la igualdad y la corrupción con la desigualdad. Él cree que para recuperar la bondad perdida el “buen salvaje” debe entregar su voluntad a la voluntad general y constituir un gobierno que debe devolver la bondad perdida. El Estado es el único capaz de hacer eso. El Estado debe redistribuir devolviendo la igualdad y con ella, la bondad. Para Rousseau, el Estado es más importante que el individuo y la igualdad más importante que la libertad. Estas dos posturas explican toda la política hasta hoy. Locke es padre del llamado liberalismo que inspirará la Revolución de la Independencia americana y Rousseau es el padre del socialismo que llevará a la Revolución Francesa.
Ambas visiones son la base de la democracia actual en sus dos versiones, libertaria y socialista. La idea roussoniana aplicada en la Revolución Francesa por los jacobinos llevará a instaurar la idea de que la causa permite y justifica cometer atrocidades. Saint-Just quería renovar la “raza humana desde la sangre” y afirmaba que el fracaso de la convención se debía a no haber muerto a suficiente cantidad de personas. Los jacobinos dividieron el mundo en pueblo y no pueblo; en “amigos” y en “enemigos” de la Revolución. A unos de se los gobierna con la razón y a los otros, con el terror. Está justificado y es deseable eliminarlos. La Revolución Francesa será una masacre en la que los realistas y católicos serán perseguidos y eliminados sistemáticamente. Estas ideas de socialismo, laicismo y fanatismo entrarán en Europa con las invasiones napoleónicas, que son hijas de la Revolución y exportarán sus ideas. La invasión francesa sobre Europa levantará el movimiento nacionalista en Alemania e Italia, países aún no constituidos, que comenzarán a tratar de definir qué es lo que son. Muchas veces, para saber qué se es, es más fácil definirse desde lo que no se es y lo que estaba claro es que franceses no eran. Tanto las revoluciones de 1830, como las de 1848 combinan ideas de nacionalismo, socialismo y romanticismo. Es la idea de la democratización que queda en el ambiente en sus diversas expresiones desde la Revolución Francesa. El establishment europeo temía a la expansión de las ideas socialistas jacobinas y tras la derrota de Napoleón hizo todo lo posible por controlar esta “infección”. Pero el socialismo creció y para la segunda mitad del siglo XIX era la tónica del mundo.
Tras su larga búsqueda de su ser, Alemania logró el sueño de la unificación. Fue el reino de Prusia y no Austria el que logró unir los diversos principados con “Sangre y Hierro”. Otto von Bismark, tras enfrentarse a Dinamarca en 1864 y a Austria en 1866, que lograron poner a Prusia en las ligas mayores, buscó una guerra externa para sumar al sur de Alemania a la Unión. Francia, con Napoleón III, le da lo necesario. Tras derrotar a los franceses en la batalla de Sedán, se declarará el Segundo Reich Alemán en el salón de los espejos del palacio de Versalles. Unificada, Alemania entrará fuertemente en la segunda fase de la revolución industrial con el gran problema que aunque produce más y mejor, no puede competir con Inglaterra, que tiene colonias que le aseguran materias primas baratas y mercados para sus productos. Será esta competencia industrial la que en combinación con el ascenso del nuevo kaiser Guillermo II llevarán al mundo a la Primera Guerra Mundial.
El socialismo había crecido durante la segunda mitad del siglo XIX y había pasado de una visión utópica a una científica, que aseguraba resultados inexorables. Desde la publicación del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, la visión materialista determinista, como la historia de la lucha de clases, se impuso. Marx publica el Capital en 1867, su gran compendio económico. Su obra magna la completa Engels, ya que la muerte encuentra a Marx antes de terminarla. Para fines del siglo XIX los socialismos crecieron en todas partes y la visión de Marx se convirtió en una nueva religión laica en la que la Internacional Socialista ejecutaba rituales del tipo religioso. La idea de la unión de los obreros del mundo tomando conciencia social y apoderándose de los medios de producción para cambiar la infraestructura de la sociedad y la economía, se impuso y se generalizó. La economía era la base de todo. Si se cambiaba la economía, se cambiaba la sociedad. Esto era científico, por lo que sí algo fallaba, era boicot.
Durante la Primera Guerra Mundial, Lenin se hizo del poder en Rusia. Tras una revolución en febrero que derrocó al zar, Lenin radicalizó el movimiento en el mes de octubre de 1917. Tras un plebiscito que demostró que su postura no era la mayoritaria, Lenin buscó la guerra civil para imponer sus ideas. Aplicando la lección jacobina, pudo eliminar a todos los “No pueblo”, justificando lo injustificable. Una vez afirmada la Revolución tras el triunfo en la guerra civil, Lenin decidió aplicar las ideas internacionales de Marx. Se estableció en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas la llamada Internacional Comunista, el Kommintern, que debía definir los dictámenes para todos los partidos comunistas del mundo. Los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial eran el caldo perfecto para expandir la revolución. 1919 será el año Rojo en que intentonas comunistas tratarán de hacerse del poder en Italia, Alemania, Hungría y hasta Inglaterra. Frente a esto, surgirán los llamados socialismos nacionalistas, como el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Todos creen en el Estado por sobre el individuo, son socialistas, son de izquierdas, pero son nacionalistas y no internacionalistas, como el comunismo. Por eso son anticomunistas.
Había un consenso mundial en el socialismo y la necesidad de los Estados de controlar las áreas estratégicas de la economía, y es más, parecía ser que los resultados de las economías planificadas eran admirables. Stalin había logrado industrializar a la URSS en pocas décadas; el punto era a qué costo. Incluso aquellos que creían en la libertad aceptaban la idea de Keynes de que el Estado debía intervenir en la economía y controlar la producción y los precios. Su visión parecía ser sensata tras la crisis de 1929, que dejó en evidencia lo inescrupuloso del libre mercado.
En 1933, Adolf Hitler asume como canciller de Alemania y al año siguiente muere el general von Hindemburg, por lo que Hitler declara el fin de la República de Weimar y establece el Tercer Reich que estaba destinado a durar mil años. Hitler, en su visión de crear el espacio vital para la raza aria, lleva al mundo a la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Con una “guerra relámpago” ocupa gran parte de Europa para abril de 1940. La guerra se extenderá hasta 1945 y pondrá al mundo en jaque. El gran error de Hitler fue la invasión a la Unión Soviética, lo que terminó con su alianza con Stalin y le generó un desgaste que luego le haría perder la guerra.
Los aliados reorganizaban el mundo y habían acordado la liberación de Europa para luego liberar el Pacífico. Las fuerzas del eje son atacadas desde el sur por Sicilia y desde el norte por Normandía. Una vez liberado París, avanzan hacia Berlín. Hitler se suicida en un bunker junto a su mujer, Eva Braun. El general Jodl firmará la rendición final. Alemania quedaba dividida en cuatro zonas de ocupación: una inglesa, una francesa, una americana y una soviética. En la zona soviética quedaba la ciudad de Berlín, también dividida en cuatro subzonas con los mismos ocupantes. Ya en la conferencia de Postdam se aprecia que los liberadores de Europa, no eran precisamente amigos. Stalin tenía otras intenciones.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance de la izquierda se hizo sentir. Winston Churchill ganó la guerra, pero perdió la paz. En las elecciones de 1945 es electo el candidato laborista Clemens Atlee. Su intención era incrementar el rol del Estado en la economía británica y lograr el control total de todas las áreas estratégicas de producción. Se produce la nacionalización del carbón, el gas, los trasportes, el petróleo e incluso la banca. Atlee quería terminar con las empresas privadas y esperaba construir un Estado de Bienestar que protegiera a los ciudadanos británicos desde la cuna a la tumba. Le encarga a lord Breveridge el informe para la construcción de la nueva Jerusalén.
Mientras tanto, Stalin había ocupado la mitad de Europa y, como dijo Churchill en su discurso en Fulham, se había establecido en Europa una “Cortina de Hierro”. La idea era aumentar el área de influencia de la Unión Soviética intentando controlar nuevos territorios. Se hacía sentir la Guerra Fría, los bloques congelados de dos ideologías opuestas competían por lograr más áreas de influencia en una Europa destruida. Alemania era el centro de la polémica. En los últimos días de la guerra había sido dramáticamente bombardeada, lo que dejó a todas las grandes ciudades alemanas reducidas a cenizas. Era la llamada hora cero “stunde null”. Con la moral en el suelo y el país totalmente destruido, los alemanes veían un futuro incierto. La liberación de los soviéticos por el este implicó la violación de casi todas la mujeres alemanas. La amenaza soviética hizo que el secretario de Estado norteamericano, George Marshall, decretara un plan de ayuda económica para levantar a Europa y evitar que cayera en manos comunistas. Grandes sumas de dinero fueron entregadas para la reconstrucción de los países y el hielo de la Guerra Fría se hizo sentir cuando Checoslovaquia y Hungría quisieron postular a esta ayuda. La Unión Soviética dijo que no podían aceptar. Eran dos visiones de mundo y dos sistemas económicos diametralmente opuestos.
Alemania dividida en sus cuatro zonas de ocupación lidiaba con estas dos visiones. Los americanos estaban obsesionados con desinfectar las mentes alemanas e iniciar un proceso de desnazificación. Eliminaron los símbolos nazis de las edificaciones e intentaron limpiar el territorio de la ideología visible. Llevaron a cabo en la ciudad de Nuremberg el juicio a importantes próceres nazis por crímenes de lesa humanidad. Del mismo modo, obligaron a la población local a remover los miles de cuerpos de las fosas comunes y darles digna sepultura.
El antiguo alcalde de Colonia, Konrad Adenauer, había formado un nuevo partido político, Christian Democratic Union (CDU), que serviría para la restructuración de Alemania. Habiendo participado en el Zentrum y perseguido y encarcelado por los nazis, parecía ser la persona correcta. La Guerra Fría recrudecía y restructurar a Alemania parecía sensato y necesario. La posguerra parecía casi unánimemente abrazar al socialismo. Todos creían en las ideas de Keynes, en la necesidad de la intervención del Estado en la economía. Todos, menos un pequeño grupo de disidentes. Economistas de la llamada escuela austriaca, entre los que se encontraban Ludwig von Misses y Friedrich Hayek. Estos minoritarios se reunirían en un hotel de Suiza, en Mont Pelerin. Estaban preocupados, ya que veían que la libertad estaba en peligro y estaban convencidos que no podía haber libertad política sin libertad económica. Que las dos eran inseparables. A esta reunión llegaron alumnos de la universidad de Chicago, entre ellos, Milton Friedman.
Fue entonces cuando Stalin decidió apoderarse de Berlín y estableció un bloqueo a la parte occidental de la ciudad, como medida de presión para apoderarse de la capital alemana de modo completo. Los norteamericanos decidieron hacer un plan de salvataje que consistió en establecer un puente aéreo para el abastecimiento de la ciudad. Los aviones salían desde la zona americana hasta Templehof llevando las provisiones necesarias para que la población de la ciudad no cayese en manos enemigas. Esto se mantuvo por casi un año. Era común que antes de aterrizar los pilotos americanos lanzaran chocolates Hershey a los niños que se acumulaban cerca del aeropuerto. El esfuerzo logístico y económico de esta heroica acción fue muy alto. Finalmente, el 29 de julio de 1949, Stalin decidió poner fin al bloqueo, con lo que se solucionaba la crisis inmediata. Las tres zonas occidentales decidieron constituir la que sería la República Federal Alemana RFA y nombrarían a Konrad Adenauer como su primer canciller. Del mismo modo, la zona soviética se constituía como la República Democrática Alemana RDA y nombraban a Walter Ulbricht como su jefe, quien respondía directamente al Kremlin soviético. Alemania quedaba dividida en dos. Alemania se convertía en la encarnación de la división del mundo.
Adenauer comenzó la reestructuración de Alemania. Se acercó al mundo judío buscando la reconciliación y llegaría a ser muy amigo de Ben Gurion. Tomó una postura radical en contra del comunismo, entendiendo que el futuro de Alemania dependía del combate a esta ideología. Para la lucha contra el comunismo su principal aliado fue Estados Unidos, aunque su relación con Eisenhower no fue siempre fácil. Pero el gran problema de Alemania Federal fue mejorar la economía, controlar el mercado negro y el desabastecimiento. Adenauer nombró como ministro de Economía a Ludwig Edhard, miembro del grupo de Mont Pelerin y creyente en la libertad económica. Es por esto que aunque Alemania Federal seguía bajo la supervisión de los aliados, Edhard decidió liberar los precios, cosa impensada en el ambiente de la época. Logró estabilizar el marco y con la libertad de precios, la economía de Alemania comenzó a mejorar a pasos agigantados.
De hecho, mientras el resto de Europa había optado por el camino del socialismo y el desabastecimiento era la tónica de todos, Alemania tenía los escaparates llenos de productos. Edhard creía en la libertad y en la competencia como el modo más eficiente para crecer y lograr la prosperidad. La libertad económica produjo el llamado “milagro alemán”. El desempleo bajó a tasas mejores que todo el resto de Europa y la bonanza económica hizo a todos mirar con cierta curiosidad. Ningún país de Europa había logrado niveles de recuperación como los de Alemania Federal. Si esto era evidente en relación a todos los países europeos, era aún más explícito con respecto a la otra mitad de Alemania. Esto provocó una fuerte migración, amenazando la sobrevivencia de la Alemania Democrática. Estaba quedando sin personas, por lo que Walter Ulbricht planteó la idea de construir un muro para evitar que la gente emigrara. Así, en 1961, los habitantes de Berlín se sorprendieron cuando un muro de alambres separó a la ciudad en dos. Ese primer muro se fue sofisticando, dividiendo la ciudad en dos por 28 años. El muro sería el símbolo de la Guerra Fría y la frontera de dos mundos irreconciliables
La visita a interesantes monasterios e iglesias fueron parte de este recorrido cuyo destino final es uno los lugares más insignes del Reino Unido y uno de los prioratos más emblemáticos de la Inglaterra medieval.
Europa ofrece al peregrino una gran cantidad de destinos que lo llevan al pasado. En 2004, cuando me encontraba investigando en la Universidad de Oxford, conocí a Alex, un irlandés, oriundo de Galway, que había estudiado Historia en la Universidad de Saint Andrews, en la costa este de Escocia. Al terminar ese año le sugerí a mi conocido celta que la próxima vez que nos volviéramos a reunir, haríamos juntos un viaje a un lugar emblemático de la Edad Media.
Vista del Castillo de Northumberland, Lindisfarne. UK
Pasaron tres años antes del esperado encuentro y el destino elegido fue el Priorato de Lindisfarne, fundado por monjes irlandeses en el siglo VIII. A parte del aguamiel que ahí se produce desde antaño, el lugar es también famoso por una espectacular y muy conocida copia que nos han dejado de los evangelios.
En un pequeño Skoda iniciamos la travesía hacia el sureste, en dirección a Edimburgo, donde después nos internamos en la provincia escocesa de los Bordes (porque bordea con Inglaterra). La Abadía de Melrose, cuyos restos medievales revelan la atrocidad de las guerras anglo-escocesas del siglo XIV, fue nuestra primera parada. Ahí también está enterrado el corazón de Robert The Bruce, el mal retratado protagonista de una saga hollywoodense y quien fuera Rey de Escocia en la época en que esta nación se levantó en contra de Eduardo I de Inglaterra.
Abadía de Lindisfarne. UK
Sentados en un banco comenzamos a leer la prosa del venerable historiador Beda, autor de la celebrada Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés, escrita en el año 731, quien también escribió sobre la vida de San Cutberto y sobre la fundación del monasterio que ante nuestros ojos se levantaba. Todos los monasterios que visitamos esa mañana presentaban el mismo deterioro bélico, pues en estos conflictos los soldados se atrincheraban en los pocos edificios de piedra que había. Hay que decir que en esa época, los escoceses harían lo propio con muchos monasterios en el norte de Inglaterra. Como en todas partes, las guerras fronterizas han significado un desgaste lamentable del patrimonio medieval británico.
El sitio de Walter Scott: Rumbo hacia el sur, nuestra siguiente parada fue el Monasterio de Dryburgh, cuyas ruinas del siglo XII nos esperaban con una calma que no experimentamos en ninguna otra parte del trayecto. Fue precisamente la paz del entorno de Dryburgh la que hizo que Sir Walter Scott, uno de los más connotados literatos decimonónicos, escogiera como el lugar de su eterno descanso. Al llegar se comprende de una vez por qué el autor de “Ivanhoe” admiraba aquellos parajes monásticos que evocan el mundo medieval que tanto le atraía.
Nos habríamos quedado en Dryburgh todo el día, pero el tiempo apremiaba y debíamos llegar a la Abadía de Kelso. Kelso fue fundada por el Rey David I de Escocia en la primera mitad del siglo XII. La Abadía está emplazada en el corazón de una ciudad, es más, su pórtico en ruinas se levanta a pocos metros de una concurrida rotonda vehicular. Algo de tenebrosidad transmite este edificio, aquella que a muchos les parece típica de la época medieval, pero que más bien acusa la acción del hollín citadino y el paso inclemente de los siglos.
Un “Haggis”: Jedburgh fue la ciudad escogida para visitar antes de cruzar la frontera con Inglaterra. Fundada en el siglo XII y al igual que los otros sitios, Jedburgh también sufrió la embestida de las guerras de independencia entre Escocia e Inglaterra, más todavía tratándose de un emplazamiento fronterizo,a pasos del río Tweed. A pesar de que hasta hoy conserva casi toda su estructura, su monasterio carece de techumbre. Se acercaba la hora de almuerzo y nos pareció pertinente hacerle honor a la cocina escocesa antes de cruzar el Tweed y llegar a tierras inglesas. Un plato del tradicional “Haggis”, que no me atrevería a describir, y un vaso de “Irn Bru” (una especie de Fanta made in Scotland) calmaron nuestra hambre y sed. Una hora después de cruzar el Tweed, la primera urbe inglesa que nos recibió fue Newcastle, y después de atravesar el río Tyne nos encontramos en la pequeña iglesia anglosajona de Saint Paul, en Jarrow. En esos momentos, nuestra peregrinación gozó de un momento sublime: con Alex contemplamos el vitral medieval más antiguo que se conserva en Europa y, mucho más importante que eso, éste adorna una de las ventanas de la iglesia que vio crecer y morir al mismísimo Beda. Esta pequeña iglesia de piedra fue construida en el siglo VII y desde el siglo XVI es administrada por los anglicanos.
Escultura de la Iglesia de Lindisfarne. UK
A día siguiente, la jornada en Durham fue intensa. Primero fuimos a la catedral, construida por los normandos hacia fines del siglo XI, una de las pocas catedrales románicas que sobreviven en Europa y donde se encuentran los restos de Beda y Cutberto. La historia nos dice que, cuando el Priorato de Lindisfarne (nuestro destino final) fue atacado por los vikingos el año 793, los monjes lograron escapar cargando el cuerpo de San Cutberto, su más valioso tesoro. Después de instalarse en diversas localidades de Northumberland, los monjes llegaron a un sitio que ofrecía la mejor protección: se trataba de un montículo rodeado por el río Wear, donde instalaron su abadía y la tumba de Cutberto. Los milagros que el santo obraba en beneficio de los peregrinos que, poco a poco, comenzaron a llegar a este lugar, propagaron la fama de Cutberto y sus fieles monjes en toda Inglaterra y se constituyó aquel lugar como diócesis. La catedral normanda que hoy rasca los cielos de Durham debe su imponente construcción a la importancia que adquirió en los siglos medievales este obispado. Testimonio de ésto son los impresionantes objetos que hasta hoy se conservan en el museo catedralicio.
Bendita isla
Seguimos nuestro rumbo sur por la costa noreste de Inglaterra hacia Holy Island, lugar donde, por obra fundacional del monje irlandés, San Aidan, se instaló en el siglo VII el Priorato de Lindisfarne, como dependiente del Monasterio de Iona (Escocia). Holy Island tiene una característica geográfica que se presenta como un atributo medieval: es una isla de marea, es decir, sólo se puede llegar desde el continente sí la marea está baja. Al momento de cruzar, grandes carteles advierten a turistas y peregrinos que no han de desafiar la naturaleza y deben respetar las horas precisas en que el mar se repliega para conectar la pequeña con la gran isla. Manuscrito de Evangelio de Lindisfarne. SVII. combina el estilo celta con el anglosajón
La marea de aquella tarde nos hacía contar con unas pocas horas para llegar y cumplir nuestro cometido espiritual: rendirle honores a Cutberto y al monacato celta de la época, autor de los maravillosos evangelios del priorato y luz en un periodo mal llamado Dark Ages. Al llegar, nos sorprendió encontrar el museo cerrado, así también como las tiendas donde encontraríamos el Lindisfarne Mead (aguamiel), que los monjes preparan en forma tradicional desde hace muchos siglos, en base a la fermentación de la miel.
Lejos de entregarnos al desánimo, procuramos concentrarnos en el aspecto más importante del viaje. Así subimos a una colina donde pudimos rezar y conversar, y por supuesto, admirar a lo lejos el castillo que se alza sobre el Mont Saint Michel de Northumberland. Luego, contemplamos durante un buen rato las ruinas del priorato y entramos con timidez a una pequeña iglesia que alberga una de las cosas más notables que presenciamos en todo el viaje: un tallado moderno de madera, tamaño natural, que representaba el traslado del cuerpo de San Cutberto a hombros de los monjes de Lindisfarne en dirección a la nueva fundación monacal que se establecería en Durham.
Decir que el hallazgo fue conmovedor es la forma más escueta de describir el momento. Minutos más tarde, nos encontrábamos en una tienda comprando aguamiel y el atardecer nos advertía que la marea acechaba y debíamos regresar. Detrás dejábamos uno de los lugares de peregrinación más insignes del Reino Unido y uno de los prioratos másemblemáticos de la Inglaterra medieval.
Colorida y multiétnica, pero también sucia y peligrosa. La Roma de dos mil años atrás era muy distinta a como nos la imaginamos.
Poblada como Calcuta. Multirracial como Nueva York. Lujosa como París. Rica como Tokio. Monumental como sí misma. La Roma de los primeros siglos después de Cristo (antes de la crisis y del traslado de la corte imperial) era una ciudad de mil caras: frenética y tranquila, austera y tolerante, noble y corrupta, sobria y lujosa. Poblada por casi un millón y medio de habitantes (no solo Romanos, sino que también Galos, Iberos, Africanos, Griegos, Sirios, Egipcios, Hebreos, Cilicios, Tracios, Sármatas, Germanos, Etíopes…etc.), vivía los mismos contrastes de una moderna megalópolis; los monumentos públicos y las grandes casas de los más adinerados, surgían en medio de un mar de pequeñas casuchas precarias, erigidas sin ninguna base ni criterio urbanístico preciso, las cuales se asomaban a calles angostas y malolientes, dinámicas y ruidosas de día pero semidesiertas y peligrosas de noche.
Corazón palpitante. La más verdadera expresión de vida en la Urbe, de su riqueza y de su exhuberancia, eran los espacios públicos: los foros y los templos. Las grandiosas plazas que surgían en el centro de la ciudad (fora) eran no sólo la sede del gobierno y de la justicia, sino que también los lugares en donde se cerraban los negocios, se adquirían mercancías y géneros alimenticios, se encontraban amigos, se discutía, se participaba en ceremonias y manifestaciones. Al lado de las plazas surgían las basílicas, imponentes edificios con decenas de ambientes en donde se realizaban comicios, lecturas, juicios, pero también en donde encontraban resguardo miles de vagos. Y después los templos, desde los cuales las divinidades paganas dominaban y tutelaban a aquella, que en sus tiempos, era la metrópolis más poblada de la tierra.
¿Pero qué aspecto tenía la gente que animaba las calles de Roma? La respuesta nos viene dada por una ciudad en los faldeos del Vesubio, Pompeya, sepultada con casi todos sus 20 mil habitantes en la erupción del 79 d.C. De los análisis realizados en los frescos y en los restos de las personas fallecidas en la catástrofe, sabemos que los hombres tenían una altura promedio de 1,66 metros, y las mujeres de 1,54. Los primeros pesaban alrededor de 65 kg., y las segundas alrededor de 49, resultado de una dieta principalmente vegetariana. La edad promedio era de apenas 40 años. También por esta razón se casaban tan jóvenes, a los 13-14 años. Cada pareja tenía por lo general dos o tres hijos y un anciano por mantener. Sólo los niños llevaban el pelo largo, pero tampoco la calvicie era bien vista. La barba estaba permitida sólo a los filósofos, hasta que el emperador Adriano la convirtió en una moda. Las mujeres hacían un amplio uso de cosméticos, bases (hechas con carbonato de plomo, una sustancia tóxica), lápiz labiales (de yeso rojo o algas purpúreas), sombras (polvos de malaquita) y perfumes. Se usaban mucho también los cabellos postizos de color rubio, adquiridos a las poblaciones del norte.
Aquella de Roma, era una sociedad multiétnica, con una fuerte presencia de extraeuropeos y mestizos. El componente etrusco variaba desde un 40% en las localidades de la Italia central, a un 10% en el sur de Italia. Pero habían también Sanitas, Griegos, Caucásicos e inclusive personas que provenían de la África negra. Una ciudad, por lo tanto, meta de miles de viajeros e inmigrantes, mistificada por muchas poblaciones del imperio en donde el concepto de raza era prácticamente desconocido. Y por esto, tuvo que pagar un precio no indiferente. Juvenal en una sátira, describe a Roma como un desproporcionado mercaducho regional, donde era casi imposible vivir: escribe, “la ola de gente que me está por delante me obstaculiza, aquella que se encuentra por atrás, me presiona por las espaldas como una falange cerrada” continúa el poeta “por acá uno me da un codazo, por allá me pega duramente una lettiga al pasar, otro me pega con una viga…”
Problemas de alojamiento: La siempre mayor afluencia de personas y el espacio que se reducía progresivamente, obligaban a los últimos que llegaban a contentarse con habitaciones constituidas por una sola gran pieza, iluminadas solo por la luz que entraba por la puerta o al máximo por alguna ventanilla. Para hacerle frente a la sobrepoblación se recurrió a una solución que muchos comentaristas de la época juzgaron como peor que el mal: las insulae, precursoras de los modernos condominios, pero en realidad inestables edificios de cuatro o cinco pisos muchos de ellos habitados por cientos de pobres y esclavos.
En el primer piso (planta baja), estaban las bodegas con un entrepiso piso para el alojamiento de los mercaderes; arriba, los departamentos de 2 o 3 locales. No obstante estaban privados de cualquier confort, calurosos en el verano y fríos en el invierno, algunos eran muy caros y arrendarlos no estaba al alcance de todos. El poeta Marcial afirmaba con sarcasmo que los inquilinos podían casi darse la mano de un edificio a otro. Fruto de las especulaciones de las clases acomodadas, las insulae eran construidas preferentemente en madera y bien a menudo, eran devoradas por las llamas, al igual que sus ocupantes.
Y después, el ruido, ensordecedor. Séneca, que vivía encima de una estructura termal, así se lamentaba: “Me rodea un ruido, un gritar constante en todos los tonos que te hace desear ser sordo. Siento el jadear de aquellos que se ejercitan afanosamente con los pesos de plomo…Cuando después llega uno de esos que no saben jugar a la pelota sin gritar, y comienza a contar los puntos hechos en alta voz, entonces se acabó. Está el vendedor de bebidas, el salchichero, el pastelero y todos los diferentes vendedores que andan ofreciendo sus mercancías con una especial y única modulación de voz”. Y en las noches las cosas no mejoraban: a los carros y otros medios que abastecían a Roma, les estaba prohibido circular de día (con raras excepciones) para no hacer más caótica la situación. Así, al atardecer y llegar la oscuridad, la ciudad, casi totalmente carente de iluminación, se llenaba de carros y carritos. Comenta Marcial: “En Roma, la mayor parte de los enfermos muere de insomnio, porque ¿cuál casa en arriendo te permite dormir?”.
También realizar un simple paseo era toda una empresa: pocas veredas, calles angostas, y además, varias veces obstruidas, en una época en que el único sistema para deshacerse de la basura era tirándola por la ventana. Las calles (vías) tenían un andar irregular y no poseían generalmente nombres. Tampoco las casas eran numeradas. Para los forasteros era casi inevitable confiarse en la “guía” de un habitante del lugar. Con todos los riesgos del caso. Los barrios más peligrosos eran obviamente aquellos populares, como el Esquilino, el Viminale o peor, la Suburra: aquí se encontraban los antros y locales de peor reputación, refugio de prostitutas, ladrones y cualquier tipo de delincuente. Después del atardecer, caminar en la ciudad era un reto al destino: los delitos eran muy frecuentes y quien estaba obligado a poner un pie fuera de su casa lo hacia acompañado de esclavos armados y con antorchas. Pero de todas formas, alrededor de un cuarto de la población de la Urbe se adaptaba a dormir bajo los puentes o los arcos de los grandiosos edificios, o sino, en improvisadas construcciones. La iluminación pública apareció sólo en el 450 d.C. Antes, las calles eran totalmente oscuras y las casas iluminadas por linternas o antorchas.
Por cientos de miles de personas en condiciones precarias, habían otras que ostentaban riqueza y poder. Magistrados, jefes militares, políticos, banqueros y negociantes vivían lejos del centro, en zonas como el Quirinale, el Pincio, el Oppio o el Aventino, en villas de un sólo piso, rodeadas de jardines extraordinarios, con piscinas, termas, columnatas, porticados forrados en mármol. La planta de estos edificios era más o menos la misma: una primera zona –donde estaban expuestos los retratos de los antepasados y surgía el tabernáculo de los dioses protectores de la casa- incluía el atrium (una sala de entrada con una abertura en el techo para hacer entrar luz y agua) y el tablinum (donde estaba el archivo, la biblioteca y se recibía a las visitas); la segunda zona se desarrollaba alrededor a un patio porticado con jardín central (peristylium) por donde se iba a las habitaciones y al triclinium, el comedor.
¿Y el trabajo? En la época era aún un concepto indefinido. Sin duda no era un recurso para vivir. No al menos para todos. El cansancio, el trabajo arduo eran sólo de los esclavos y de las clases pobres, mientras los romanos más acomodados (pero no sólo ellos) alternaban la actividad pública de la mañana con el llamado otium, el tiempo dedicado a los juegos, a los circos, al relajo. Inclusive ser parte del ejército, para los ciudadanos de la edad imperial, se había convertido en algo inaceptable. En la antigua Roma, la privacidad no existía. Los hechos íntimos eran expuestos en la plaza sin vergüenza y comentados, como advertencia o ejemplo.
Baños Romanos: Uno de los principales lugares de encuentro y placer eran los baños y las termas, construidas con las ganancias de las conquistas: habían más o menos 867 extendidas en el perímetro urbano. Su notoriedad creció rápidamente hasta convertirse casi en un símbolo de la metrópolis y de su filosofía de vida: el baño precedía el banquete posmeridiano, se paseaba en los jardines que había en los alrededores de las tinas y piscinas y se cerraban negocios. Para hacer funcionar estos establecimientos se necesitaba mucha agua, once acueductos abastecían a Roma más de cuanta puedan disponer hoy en día la muchas ciudades en el orbe.
Pero sólo pocos privados, más o menos dos mil, podían gozar del agua corriente en las casas. El resto de la población recurría a las numerosas fuentes, al Tíber o se conectaban abusivamente a los conductos públicos. De hecho, algo similar, a lo que pasa hoy en día en muchas zonas del mundo. Baños calientes y fríos, masajes, sauna. Ir a las termas era la actividad más agradable y deseada. Durante la república los romanos aprendieron de los griegos la costumbre de incorporar en las casas, para quien pudiera permitírselo, una habitación para el baño. Y se apasionaron de tal manera que terminaron por construir, solo en Roma, once grandes complejos termales públicos (gratuitos) y 856 establecimientos balnearios privados (para entrar se pagaba un cuarto de As, los niños entraban gratis).
En los enormes establecimientos termales, se podía acceder a distintos tipos de tratamiento, desde la transpiración en seco, a los masajes, al baño verdadero, frío o caliente, en grandes piscinas o en tinas individuales. Hornos subterráneos calentaban el agua e introducían aire caliente en los respectivos espacios existentes entre las murallas externas y aquellas internas. Con Domiziano y Trajano ningún impedimento prohibió más a las mujeres de bañarse con los hombres; a quien no le agradase tal promiscuidad, podía dirigirse a los establecimientos reservados sólo para las mujeres. En realidad, también en algunas termas públicas se obtenía la separación de los ambientes comunes, asignando horas distintas a los baños masculinos y a los femeninos.
Trajano (emperador desde el 98 al 117) ha legado con su propio nombre también a una de las termas más grandiosas de Roma. Construidas en el Esquilino, en el 109 d.C., las termas de Trajano ocupaban un área de alrededor 10 hectáreas. Fueron las primeras orientadas en modo de aprovechar por todo el transcurso de la jornada la luz y el calor del sol. Hoy día, quedan algunos restos en el parque del cerro Oppio. Entre todas las calamidades que Roma tuvo que combatir, el fuego fue sin duda, una de las más insidiosas. Una mínima distracción o desatención en la manutención del fuego doméstico (focolare domesticus) podía de hecho iniciar incendios colosales, alimentados por la madera de la cual estaban hechas las habitaciones populares. Por esto, en el 6 d.C., se instauró la milicia de los vigiles, un cuerpo de 7 mil hombres (divididos en 7 cohortes) comandadas por un praefectus vigilum.
A los “vigili”, que vivían en cuarteles especiales, les correspondía apagar los incendios pero también prevenirlos: por esto terminaron también teniendo tareas más amplias como de policía, especialmente para la seguridad nocturna. Según una ley emanada por el emperador Tiberio, al cuerpo de los vigiles podían acceder también los libertos, los cuales después de 6 años de servicio recibían la ciudadanía romana. El operar de los vigili, dotados de bombas, escaleras, aparejos y cuerdas, cubiertas con reservas de vinagre, orina y arena, se revelaban particularmente eficaces, también gracias a la abundancia de agua en Roma.
A pesar de que la Torre Inclinada de Pisa es uno de los atractivos turísticos más importantes de Italia, es en realidad sólo una parte del “Duomo de Pisa”, compuesto por cuatro edificios.
Italia posee el 45% de los monumentos arquitectónicos del mundo y entre ellos la Torre de Pisa es uno de los que más retiene en su mente el viajero que visita este país. Sin embargo, para poder entender el por qué de su fama internacional, debemos conocerla con un mínimo de rigor y profundidad. La Torre de Pisa no es más que el campanil de tipología arquitectónica aislada del “Duomo di Pisa”, ambos edificios forman parte de un conjunto arquitectónico- urbanístico único en el mundo en su género, el llamado “Campo dei Miracoli”, que está compuesto por cuatro edificios: “il Duomo, la Torre, il Battistero e il Camposanto”, envueltos los cuatro por un muro perimetral que transforma al conjunto en un espacio cerrado y por ende en una obra Arquitectónica única.
Campo dei Miracoli
Por lo tanto, no podemos referirnos a la Torre, sin al menos exponer una pequeña reseña de los edificios parte del complejo. En primer lugar, “il Duomo”, iniciado en el año 1064 por el Arquitecto Buscheto y terminado por el Arquitecto Rainaldo en el S.XII. En su interior paradojalmente aún cuelga de la nave principal el “péndulo” con el cual el Maestro Galileo Galilei, generó una serie de experimentos desde la cúspide de la Torre, entre ellos la demostración del “isocronismo del péndulo”. “Il Battistero” iniciado en el año 1152 y terminado a fines del 1300, sus principales autores son los Arquitectos Diotisalvi y Nicola Pisano. “Il Camposanto”, iniciado en el año 1277 por el Arquitecto Giovanni di Simone, y finalmente “Il Campanile del Duomo”, también llamado desde la antigüedad la “Torre pendente”, actualmente conocida como la Torre de Pisa.
Esta construcción iniciada en el año 1173 posee una altura de 55 m y una inclinación de 5o – 30. Al finalizar el tercer nivel, la Torre comienza a inclinarse, lo cual lleva a una suspensión inmediata de los trabajos por razones evidentemente estructurales. Sin una razón histórica ni científicamente comprobada, en el año 1275 se continúa su construcción conservando la inclinación de los tres niveles anteriores, obra encargada al Arquitecto Giovanni di Simone, quien generando una aparente suerte de “Ilogísmo Arquitectónico”, cada vez que construía un nuevo nivel, lo hacía retomando la verticalidad perfecta de éste. Sin embargo, al terminar el nuevo nivel, con su peso inclinaba más la Torre, acusando claramente que el terreno cedía. Esta operación y curioso fenómeno se repitió hasta terminar la Torre coronándola con su “cella campanaria”. La fecha de término data de la segunda mitad del 1300, generando una de las Torres más altas de su época, a la que se asciende por una escala de 294 escalones.
En el interior de “Il Duomo” aún cuelga de la nave principal el “péndulo” con el cual el Maestro Galileo Galilei, generó una serie de experimentos desde la cúspide de la Torre, entre ellos la demostración del “isocronismo del péndulo”.
La Restauración constó esencialmente de una exhaustiva limpieza de todos los agentes patológicos de epidermis a nivel físico, químico y biótico, aplicando como terminación sustancias consolidantes para garantizar la no disgregación de la materia. Dado que la Torre no se puede enderezar, pues fue construida curva e inclinada como si luchara contra la fuerza de gravedad con cada nuevo nivel que se le agregaba, la operación que se realizó en primer lugar fue la consolidación del terreno de su base para impedir que se siguiera curvando, pero conservando la inclinación original ya que es parte de su especial historia y de su valor como Monumento. En segundo lugar, de la mano con la operación anterior, se intervinieron cuidadosamente sus cimientos para garantizar así su estabilidad estructural.