Mes: Enero 2021

  • Mihail Yurievich Lermontov: Poeta, Romántico y Luchador

    Mihail Yurievich Lermontov: Poeta, Romántico y Luchador

    Este poeta romántico y rebelde, defensor de la libertad y de los derechos de su pueblo es contemporáneo de Pushkin, a quien admira profundamente. A su muerte le escribe un poema que estremece a todo el pueblo ruso.

    Su padre era un capitán retirado, noble sin fortuna, descendiente de escoceses establecidos en Rusia durante el siglo XVI. Su madre pertenecía a la alta aristocracia terrateniente y hubiera podido aspirar a una unión más brillante, pero joven y romántica siguió el camino que le indicaba su corazón, venciendo la oposición férrea de su familia. De esta unión nació Mihail que vino al mundo en Pensa, una aldea al sur de Moscú, durante la noche del 2 al 3 de octubre de 1814. Tanto los padres como la abuela materna amaban al niño profundamente pero eran incapaces de entenderse entre sí. El rencor de Elizaveta Arsenieva hacia su yerno provocaba escenas violentas y el matrimonio se entendía cada vez peor. El niño tenía apenas tres años cuando su madre murió de tisis y la abuela obligó al padre a cedérselo, poniéndolo en una situación insostenible. Si renunciaba al hijo, ella pagaría las deudas del capitán y haría del pequeño Mihail su heredero, pero si insistía en llevárselo consigo, lo desheredaría. Elizaveta Alexeevna Arsenieva se instaló en sus dominios de Tarhany con el nieto a quien hizo impartir una educación excelente. Profesores privados le enseñaron ruso, inglés, alemán, francés y griego, historia, geografía, matemáticas, literatura, música y pintura para la que reveló dotes extraordinarias. Aprendió a dibujar antes que a escribir. Por cierto, recibió también clases de esgrima. La vida de la abuela, dominante y posesiva, giraba en torno al pequeño y no reparaba en gastos para darle lo mejor. Todos procuraban complacerlo y cuando estaba enfermo, las siervas eran liberadas de su trabajo para que rezaran por la salud del joven amo.

    Por el lado materno tenía muchísimos parientes por lo que no era un niño solitario Compartía juegos con primos más o menos lejanos. Uno de ellos, Alexei Stolypin fue su mejor amigo hasta el fin de su vida. Como era de salud delicada, su abuela solía llevarlo al Cáucaso para reponerse. La vida de los pueblos de las montañas caucasianas le provocaron impresiones durables que luego se reflejarán en sus obras poéticas. Iban donde una tía en Georgia con la esperanza de que el aire puro y los baños de mar mejorarían su salud. La casa tenía una estupenda biblioteca y “Misha”, de diez años, gozaba leyendo a Voltaire, Rousseau, Schiller y Goethe.
    Contaba 11 años cuando Nicolás I subió al trono y ocurrió la rebelión de los decembristas, oficiales que intentaron exigir una constitución, fracasaron y fueron reprimidos por el zar. Como muchas familias aristócratas, la suya también se vio afectada. Su tío abuelo, Dmitri Stolypin, era muy amigo de uno de los líderes: Pavel Pestel, condenado a la horca. En 1827 Mihail es ya un adolescente; hay que pensar en su educació y abuela y nieto se trasladan a Moscú lo que le permite intimar con la familia Lopoukhin que tenía varias hijas. Con Alexandra y María, sobretodo con esta última, bastante mayor, sostuvo correspondencia asidua a lo largo de su vida y ellas lo consideraban como un hermano. Pero se enamoró de la menor, Várvara, quinceañera dulce, inteligente, simpática, de sonrisa radiante, tal vez el gran amor de su vida, pero que nunca le correspondió. Al año siguiente Mihail ingresa al internado para nobles que dependía de la Universidad de Moscú y cuya instrucción estaba principalmente orientada a los clásicos ya que al zar no le gustaban los currículos liberales. Pero la vieja Moscú vivía un momento intelectual interesante porque, si bien era la sede de la élite mas tradicional, la aristocracia terrateniente ligada a la institución de la servidumbre, no pudo impedir la influencia del romanticismo, movimiento clásico alemán y eso renovó su visión cultural de tal manera que el joven Lermontov se benefició tanto de la instrucción del internado como de las representaciones públicas de obras de Shakespeare y Schiller, aunque mutiladas por la censura. Es una etapa grata en su vida; a los 16 años se enamora de Ekaterina Shuskova y le escribe un ciclo de poemas, poco después otro entusiasmo, pasajero, por la hija del dramaturgo Ivanov. 1831 es un año importante por dos razones: se reencuentra con su padre e ingresa a la universidad. Está encantado de volver a ver a su progenitor y le muestra sus pinturas y sus versos, pero lamentablemente el padre muere ese mismo año y es un desgarro en el alma del joven que escribe versos desolados: “Me diste la vida pero no la felicidad”.

    El primer semestre universitario coincidió con una epidemia de cólera y los estudiantes se comprometieron en una lucha para derrotar la enfermedad, bajo la coordinación de los alumnos de Medicina, de tal manera que las clases no se reanudarán hasta el año siguiente. Cuando todo volvió a la normalidad, estos jóvenes que habían dado muestras de iniciativa y gozado de una cierta autonomía, tuvieron dificultad en adaptarse al cerrado criterio universitario que rechazaba toda idea opuesta a la autocracia. Mihail Lermontov pertenecía a un grupo denominado:”La Alegre Pandilla” que propiciaba un estado constitucional, en el cual la servidumbre sería abolida y donde todos tendrían derecho a la educación. No proponían soluciones concretas pero tenían claro que la educación que se les impartía era de espíritu estrecho e ideologizada. El conflicto con la autoridad era inevitable. Silbaron al profesor de derecho romano por considerarlo obtuso. Lermontov, en especial, provocaba a los docentes continuamente. Les reprochaba su ignorancia y el material de estudios anticuado, jactándose de su propia biblioteca, muchísimo más actualizada que la universitaria. Esta confrontación terminó con su expulsión. En un principio pensó continuar los estudios en la universidad de San Petersburgo, pero ésta no reconocía los estudios de la moscovita.

    Decidió, por lo tanto ingresar a la Escuela Militar. Como vástago noble, luego de dos años se graduaría y estaría listo para enrolarse en alguno de los regimientos de la guardia imperial. Era el camino que seguían muchos aristócratas, pero en el caso del joven Mihail con su carácter rebelde, cabía preguntarse si se adaptaría a un ambiente en que todo atisbo de liberalismo había sido suprimido y donde se enseñaba únicamente estrategia, balística y fortificación mientras que el tiempo libre se dedicaba al juego de cartas, pero el caso es que lo soportó e incluso encontró tiempo para escribir gran parte de su poema “Demonio”, el ángel caído que se enamora de una mujer, Tamara. Se gradúa con su clase en 1834 y comienza una etapa de mucha vida social en los salones de la capital, donde luce su uniforme, pero su espíritu crítico se desata contra esa sociedad, llena de privilegios y de ideas estrechas, que le inspira un drama “Masquerade”, obra de teatro en verso, que no pasó la censura y tuvo que ser reescrita tres veces, a pesar de lo cual no será representada en vida del autor. No sólo la censura lo rechaza, el amor tampoco le sonríe. Un reencuentro con Ekaterina Shuskhova termina en ruptura y Várvara Lopoukhina se casa con otro. 

    En 1837 lo impacta terriblemente la muerte de Pushkin, a quien admira profundamente, ocurrida en un duelo a manos de Georges d’ Anthès y escribe en contra del agresor, un poema, muy alabado incluso por su superior , el gran duque Mihail Pavlovich , pero al enterarse que d’ Anthès no será juzgado en Rusia por ser extranjero, se desata en él una rabia enorme y agrega 16 líneas a lo escrito, acusando a la aristocracia , llena de parásitos pululando detrás del trono, de haber dado muerte al poeta y cuya sangre negra jamás podrá borrar la sangre pura del fallecido Pushkin. Enterado Nicolás I, cuyos consejeros califican el poema de revolucionario, lo hace detener y lo exilia al Cáucaso, donde se integra al ejército. Con esto le brindó la oportunidad de conocer personalmente y de admirar a los decembristas a quienes el zar había conmutado el destierro a Siberia por una asignación en el ejército que combatía las tribus rebeldes. Los decembristas lo habían arriesgado todo, hasta la vida, por Rusia, olvidándose de sí mismos.

    El exilio le resultó artísticamente muy positivo. Escribió mucho y pintó mucho. El Cáucaso lo inspira. Por influencia de su abuela, en 1838 es perdonado y vuelve a la capital. Sus poemas, sus aventuras, lo convierten en un personaje a la moda y los salones reclaman su presencia, pero él está demasiado conciente de la independencia de sus opiniones y de sus reflexiones, producto de una observación aguda y sabe que chocará con los elementos más conservadores, que lo volverán a atacar. Como gran concesión, el zar lo promueve a teniente y lo reintegra a su regimiento de húsares. Mayor satisfacción le produce integrarse al grupo de poetas que había rodeado a Pushkin y al que pertenecen Zhukovsky, Vyazemsky, Pletnev, Karamzin, entre otros. 
    Es la época en que escribe su obra maestra: “Un héroe de nuestro tiempo”, novela de transición, realista por su crítica a la sociedad rusa y romántica en todo lo demás. Su protagonista, Pechorin es el antihéroe en el que reconocemos rasgos autobiográficos del autor. Pechorin es joven, muy inteligente y tras su cinismo se esconde un corazón torturado. Su apariencia de hombre a quien nada le importa, gozador y oportunista es un disfraz. Como telón de fondo el Cáucaso, con sus paisajes majestuosos y sus gentes, que tan pronto conviven con el ejército ruso como luchan contra él. En el prefacio escribió: “¡Un hombre de nuestro tiempo, mis queridos señores, es en verdad un retrato, pero no de un hombre, es el retrato de todos los vicios que florecen en nuestra generación!”

    En 1839 asiste a muchas veladas de lectura de poesías. El crítico Bielinsky lo consideraba un regalo nuevo y poderoso para Rusia, pero no era fácil alternar con él. Turguenev que lo apreciaba dirá: “Había algo negativo y trágico en la apariencia de Lermontov; de su rostro moreno y de sus grandes oscuros ojos fijos emanaba una suerte de pensativo desprecio y pasión”. Ese año da su forma final al poema “Demonio”. El melancólico maligno vaga por la tierra y se enamora de Tamara a quien promete la eternidad por un momento de amor, pero su beso, como veneno mortal la mata. Redimida por su amor y su sufrimiento, el cielo se abre para ella, pero el demonio renuncia a su sueño de mejores cosas y permanece abandonado en el universo, sin amor ni esperanza.
    Lermontov se burlaba agriamente de las damas petersburguesas, y en el baile de año nuevo de 1840 se las ingenia para ofender a las hijas de Nicolás I. A renglón seguido, en febrero de ese año, en el baile ofrecido por la condesa de Laval se pelea con un amigo de d’Anthés, el que había dado muerte a Pushkin, Se llamaba Ernest de Barante y era hijo del embajador de Francia en Rusia. ¿El motivo?: una dama, es lo más probable y se baten a duelo, contra prohibición expresa de la autoridad. Primero se dieron golpes de sables y luego Lermontov disparó al aire. Le cayó encima el peso de la ley lo que aceptaba, pero a su alma profunda y poderosa le resultaba insoportable que dudaran de su palabra y no creyeran que había disparado al aire. De nuevo fue exiliado al Cáucaso donde se distinguió en las operaciones militares contra los montañeses y participó en sangrientas batallas, con tanto valor que sus superiores lo propusieron para condecoraciones que el zar le negó. Como gran concesión le permitió una licencia de dos meses en San Petersburgo, por motivos de salud.
    La bella condesa Vorontsova Dashkova a quien había cantado en un poema lo invita a un baile al que asiste el gran duque Miguel, hermano del zar, quien se siente ofendido por la presencia de un oficial en desgracia. La condesa logra calmar los ánimos a duras penas y evitar su expulsión. Lermontov quería dejar el servicio activo pero no lo autorizan y retorna al Cáucaso .Está enfermo y le permiten ir a la estación termal de Pyatigorsk a recuperarse. Allí encuentra un antiguo compañero del internado: el oficial Martinov .Y se produce una riña. Algunos piensan que Martinov se sentía herido porque el poeta había despreciado a su hermana, otros que se disputaron por una bella que también hacía una cura de aguas, pero el hecho es que el duelo resultó inevitable a pesar de que Lermontov intentó arreglar las cosas. No hizo el menor intento por disparar y su adversario, experto duelista, luego de vacilar un segundo disparó directo al corazón y le arrebató la vida. Era el 15 de julio de 1841, día aciago en que a los 26 años moría, en plena juventud, un hombre dotado de talentos excepcionales. Sus poemas y novelas combinan folclor, romanticismo lírico y realismo incipiente sin olvidar su apasionada defensa de la libertad, presente en toda su obra, lo que conllevaba un gran desprecio por el zar y sobretodo por los cortesanos y el clero, sostenes de la autocracia.

    Por eso cuando se difundió la noticia de su muerte, quienes se movían en los altos círculos de poder que rodeaban al trono, se alegraron de su desaparición, en tanto otros, cuya sensibilidad les permitía apreciar su alma de artista, lamentaban la desaparición de un gran poeta. El príncipe Viasemky declaraba: “Es una pérdida enorme para nuestra literatura. Doble golpe.¡Qué tristeza!. El propio Lermontov, con su agudeza habitual, había anticipado estas reacciones. En “Un héroe de nuestro tiempo” puso en labios del protagonista, Pechorin, que tanto se le parecía, las siguientes palabras: “¿Moriré mañana quizá? No quedará sobre la tierra ningún ser que me haya comprendido perfectamente. Unos me considerarán peor, otros mejor de lo que soy en realidad. Los últimos dirán: era un valiente joven; los primeros: era un mal elemento. Y unos y otros se equivocarán…”

  • Moscú: Entre la mesura y el imperio

    Moscú: Entre la mesura y el imperio

    Resulta difícil referirse a cualquier tema relacionado con Rusia porque pesa en la opinión pública una mala imagen de ella. La prensa internacional se solaza en destacar los lunares de la vida rusa: los ricos excéntricos, las mafias, el consumismo y los abusos del poder político. Ello parece continuar una larga tradición de desinformación sobre Rusia, que seguramente tuvo su origen en la Guerra Fría ¿Podemos pensar acaso que el gran gasto en armas nucleares de Estados Unidos y de los países de Europa Occidental, no iba acompañado de un gigantesco presupuesto para movilizar a la opinión pública de estos países en contra de Rusia, cuando parecía jugarse la destrucción y peor el aniquilamiento de los adversarios? Mayor es el desafío entonces para los que quieren la verdad sobre la historia y la cultura rusa.

    NUESTRO AMADO MOSCÚ:

    Ante el escenario de ignorancia y desinformación sobre Rusia, se hace necesario recurrir a una autoridad tan destacada como Solzshenitsyn. “Nuestro amado Moscú”: así se refiere este autor a la ciudad capital de la Unión Soviética, al manifestar su pesar por el cambio que ella sufriera después de la Revolución, la misma ciudad que fuera el gran centro de la cultura rusa en el siglo XIX y hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Pero la suya no es una expresión al pasar. Él proporciona suficientes elementos para concluir que este sentimiento de los rusos hacia el antiguo Moscú no estaba fuera de lugar. Dice de las antiguas ciudades rusas, que “eran lugares humanos, amistosos, cómodos, en donde el aire estaba siempre limpio, se cubrían de nieve en el invierno y en primavera se volvían fragantes con el aroma de los jardines que trascendía de los cercos hacia la calle. Casi todas las casas tenían jardín y apenas había casas de más de dos pisos –la altura más agradable para la habitación humana”.
    Orlando Figes, destacado historiador inglés que visitará en Chile en abril, gracias a la Red Cultural, dedica el capítulo “Moscú, Moscú” de su libro “El Baile de Natacha”, a esta ciudad en su época de esplendor, la que terminara abruptamente por las desgraciadas circunstancias del siglo XX. A ella se refiere como “un lugar cálido y amistoso”, “hospitalario y de costumbres relajadas”. Con el respaldo de estos destacados intelectuales es posible abordar Moscú sin aparecer como un excéntrico, alejado de la opinión que prevalece en el mundo. De inmediato hay que hacer una distinción: en Moscú conviven dos ciudades con un espíritu diferente. Por un lado nos encontramos con la ciudad que fuera el emblema de la cultura tradicional rusa y que llegara a poco más de un millón de habitantes al comienzo del siglo XX, ocupando una superficie de un quinto de la actual ciudad. Se desarrolla en forma concéntrica, en torno al Kremlin, que constituye el centro de la ciudad. Por otra parte existe la otra ciudad, la soviética, que incrementará dramáticamente la población, llegando ésta en nuestros días, a 12 millones de habitantes. Esta vasta sección soviética cubre las cuatro quintas partes del área urbana, y se sitúa al exterior de los anillos de la ciudad tradicional. Comencemos por esta última.

    CAPITAL DEL IMPERIO SOVIÉTICO:

    De la ciudad soviética habría que decir que ella no es tan terrorífica como la pintan o como la imaginamos (nuevamente las imágenes que nos han creado). El Moscú soviético es sin duda frío, poco acogedor y sin muchas consideraciones estéticas y urbanísticas, las que por lo demás no parecen haber sido la tónica de las construcciones santiaguinas y de las de muchas ciudades del mundo, a partir de los años treinta y hasta los sesenta. Pero al fin y al cabo Moscú cumplió su misión de entonces al albergar a la enorme población del campo que debió emigrar a esta ciudad, como mano de obra del intenso proceso de industrialización que experimentara Rusia a partir de 1925, y al acoger también a muchos millones de ciudadanos que perdieron sus viviendas en la Guerra Civil y en la Segunda Guerra Mundial. No fue éste un esfuerzo menor del régimen comunista, más aún si se considera que el clima no hace livianas las exigencias para las construcciones en Rusia.
    Resulta fácil descalificar al Moscú Soviético contrastándolo con los barrios más conspicuos de Santiago, pero me temo que la comparación no nos resulte ventajosa si ésta la hacemos con grandes áreas de nuestra capital, que surgieron como solución a los deplorables problemas de vivienda que plagaron a nuestro Santiago del siglo XX . Y aunque no lo imaginemos, Moscú ha sido constantemente una ciudad de muchos parques y árboles, amén de estar rodeada por bosques. Tanto es así que cuenta con diez veces más áreas verdes que Londres, que para nosotros ya representa un estándar casi inalcanzable. Tanta naturaleza próxima permite gozar intensamente la primavera rusa. La “Consagración de la Primavera” o más propiamente traducida, “La Primavera Sagrada”, resulta un nombre muy adecuado para describir esta resurrección maravillosa de la naturaleza después del largo invierno. ¿No será ella una explicación de la fuerte creencia tradicional rusa en la resurrección del hombre? Pero hay que decir que carga el Moscú Soviético con un reflejo de una gran tragedia: el aniquilamiento de la vida y cultura campesinas, pues el campo ruso fue el que soportó el precio de la industrialización forzada por la vía de las requisiciones de sus productos, la colectivización de la agricultura, los precios absurdos otorgados a las cosechas agrícola, y por las deportaciones masivas para los rebeldes o sospechosos de rebeldía.
    Ello significó la muerte de millones de campesinos y la ruina y destrucción de la vida campesina, vida que durante cientos de años fue el origen de la cultura rusa. De este modo, el Moscú soviético como una gran ciudad que emerge como consecuencia de la industrialización forzada y que requiere concentrar grandes masas de población, es una cara de la medalla, siendo la otra cara, la sombría, el asesinato masivo de los campesinos y la extinción de esta fuente maravillosa que originó y alimentó el ser ruso tal como lo conocemos. El gran culpable de este verdadero cataclismo, el régimen comunista, recibió oportunamente su merecido de manos de su misma criatura: no hay duda que las grandes ciudades rusas que emergieron de la industrialización, a su debido tiempo dieron origen a una opinión pública más independiente y menos controlable que la existente en la aldea rural, y, por ende, originaron las fuerzas que en definitiva derrumbaron al régimen comunista.

    LA CIUDAD DE LA MESURA:

    El Moscú de la mesura, “nuestro amado Moscú” de Solzshenitsyn, es el Moscú tradicional, la ciudad que existió hasta la Primera Guerra Mundial, y que hoy día hay que salir a buscar caminando en los alrededores del Kremlin. Es una sorpresa: ciudad de individualidades, fruto de la espontaneidad más que de la planificación, de casas de baja altura, hecha para caminarla, ciudad que no busca la monumentalidad sino que el buen vivir, aquel donde el espíritu humano no se agobia, ciudad que muestra sus raíces campesinas y que no reniega de la naturaleza. Fue esta ciudad la que se convirtió en el centro cultural de las provincias rusas. A poco andar se descubren las numerosas pequeñas iglesias que nos hablan de una intensa religiosidad, y esto a pesar de las que fueron destruidas a partir de la revolución. Son varios cientos de iglesias las que todavía existen y cada vez mejor conservadas, con una concentración que es difícil de encontrar en otras ciudades. Esto hace que en Moscú se pueda tener una experiencia ya prácticamente desaparecida en nuestras ciudades: el tañido de las campanas. Es otro gesto de humildad el de esta ciudad antigua, que en forma frecuente a lo largo del día, invitaba a sus ciudadanos al recogimiento y a no olvidar el deber de honrar a Dios. Nos sorprendemos porque no hemos aquilatado suficientemente la profunda religiosidad que caracterizó a la sociedad rusa de amantes de la Revolución, la sociedad que construyó este “Moscú de la mesura”. Sin que sea contradictorio con lo anterior, sino propio de un mundo bien equilibrado, este Moscú fue tremendamente creativo tanto intelectualmente, como en las artes y los negocios, y fue también un mundo alegre.

    Así, todo resulta bien diferente a lo que nos imaginamos sobre el Moscú pre-revolucionario. Nosotros nos hemos quedado con la imagen del Moscú soviético. Se nos aparece entonces que la misma ciudad en breve período de tiempo, cambió radicalmente. Porque no pueden haber dos estilos de vidas más contradictorios que los que muestran el Moscú tradicional y el Moscú soviético.¡ Para reflexionar sobre las mudanzas de la fortuna de las sociedades humanas! Porque quién habría pensado, en medio del apogeo del Moscú de comienzos del siglo XX, en lo que se convertiría la ciudad y cómo cambiaría su estilo de vida. El Moscú tradicional se conserva gracias a que prácticamente no sufrió por los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial, y ello a pesar que el ejército alemán estuvo en las puertas de Moscú. Habla bien de la capacidad defensiva de Rusia y particularmente de la capacidad de su aviación y de muy buenas defensas antiaéreas. Tanta seguridad sintieron los rusos en su ciudad capital, cuatro meses después del comienzo de la invasión alemana, que el gobierno ruso decidió efectuar el tradicional desfile con el que todos los años se celebraba el aniversario de la revolución, sin que le importara la cercanía de la aviación alemana. A propósito de la guerra, es interesante resaltar la disciplina que se auto impusieron los ciudadanos de Moscú en cuanto a tratar de continuar su vida en forma normal, y particularmente en cuanto a no perder su ánimo festivo, obligándose a celebrar fiestas prácticamente todas las semanas. ¡Cuánto nos dice este gesto de la templanza y del carácter ruso! 

    Hoy Moscú está retomando sus antiguas tradiciones, rescatando su energía cultural y su creatividad. Ello le permitirá, a corto plazo, recuperar una posición expectante en medio de sus pares europeos. No será raro en el futuro cercano que los viajes de turismo a Europa incluyan una visita a Moscú, el que mostrará para entonces, su gran vitalidad. Ya hoy es casi apabullante la oferta de buenos conciertos, ballet, óperas y exhibiciones de arte, además de espectáculos más frívolos. Al constatar las abundantes obras de teatro en cartelera, es una verdadera lástima la limitación que para nosotros los extranjeros impone el desconocimiento del idioma ruso. Así también, en la medida que ha mejorado la capacidad de consumo de los rusos, hoy más o menos equivalente a la de los chilenos, aumenta la oferta de un comercio moderno y muy activo, además de una buena oferta gastronómica y hotelera. Pareciera que comienza a surgir un nuevo Moscú de la mano de la modernidad.

    Pareciera que comienza a surgir un nuevo Moscú de la mano de la modernidad. Lamentablemente la globalización deja sus huellas y eso hace que surjan en esta nueva ciudad, edificios que no difieren mayormente en su estilo, de los occidentales. Habrá que esperar que esto no vaya más allá de un breve encandilamiento después del largo período de reclusión de Rusia. Hay que confiar en las profundas raíces rusas y en la vitalidad de ellas, para asumir que se manifestarán y mantendrán una identidad nacional ¿Veremos en el Moscú del futuro la reaparición de la mesura y del buen vivir? ¿Habrán generado tantos años de sufrimiento y de sacrificios, sólidos cimientos para que perduren las virtudes que caracterizaron al viejo Moscú?

  • Solzhenitsyn, conciencia de Rusia

    Solzhenitsyn, conciencia de Rusia

    Alexander Solzhenitsyn, Premio Nobel de Literatura 1970, ha sido figura clave de la cultura rusa del siglo XX, su estatura intelectual y moral se forjaron en la denuncia clarividente de los poderes de turno, el comunismo soviético y el capitalismo occidental, alzando su voz, sólida, profunda y valiente, cada vez que pudo, contra viento y marea.

    Solzhenitsyn nació en 1818, hijo único y huérfano de padre. Los recelos de su madre a la Revolución bolchevique no fueron obstáculo a que el sistema educativo estatal cumpliera su tarea y el joven Alexander se dejara encandilar, como muchos, por la propaganda comunista que construía la Unión Soviética. Al ingresar a la universidad, para estudiar física y matemáticas, postergó sus aficiones literarias, y adquirió conciencia de su militancia comunista, siendo un hijo leal de la revolución, optimista y parte del proyecto en marcha. Su educación familiar cristiana dio paso así a un alejamiento total de la religión, reemplazada por el materialismo dialéctico marxista. Avanzada la II Guerra Mundial no extrañó que Solzhenitsyn se incorporara con entusiasmo al ejército rojo, y formó parte de las tropas soviéticas que ingresaron a Alemania, siendo testigo no sólo de los excesos revanchistas de su ejército al penetrar a territorio germano, sino también, de la existencia real de combatientes rusos junto a los alemanes en la esperanza de derrotar al comunismo. Ambas experiencias fueron las primeras trizaduras en su, hasta entonces, sólido compromiso comunista.

    La vida del joven Solzhenitsyn daría un dramático vuelco al ser interceptada una de sus cartas, dirigida a un amigo, en la cual deslizaba algunas críticas al régimen stalinista. La dura represión comunista supuso que el hasta ahora oficial del ejército rojo fuera condenado nada menos que a ocho años de trabajos forzados y relegación perpetua. El hecho, que terminaría marcando su vida, comenzaba por mostrarle la brutal realidad de un régimen que aún estimaba. La esperada victoria frente al nazismo lo encuentra así, paradojas de la vida, entre las rejas de su propia ideología comunista. Comienza entonces la experiencia de Solzhenitsyn por lo que él llamaría archipiélago Gulag, es decir, el vivir en carne propia el horror de la represión en campos de prisioneros soviéticos.

    Los primeros meses, pasan entre el confinamiento animalesco en cárceles saturadas de prisioneros, y la espera de sentencias bajo una atmósfera kafkiana, alimentada por el continuo rumor de la posibilidad de una amnistía para los cautivos que la victoria soviética en la guerra permitía presagiar, pero que, en definitiva, no sólo no llega, sino que termina por agudizar la tragedia. Sus experiencias en los campos de prisioneros se plasmarán luego en sus novelas que lo llevan a la cima de la literatura del siglo XX. Cumplió los ocho años de trabajos forzados, donde se derriban poco a poco sus dogmas materialistas y se forja la inquebrantable idea de que el espíritu no sólo es superior sino que trasciende a la materia. “Primero viene la lucha por la supervivencia, luego el descubrimiento de la vida, luego Dios”, este itinerario permitió al prisionero fortalecerse espiritualmente en medio de la más patente carencia material. Solzhenitsyn aprovechó así todas las privaciones materiales para crecer en vida interior y desarrollar su vocación literaria en condiciones extremas inimaginables. Escribió versos furtivamente y luego se las arreglaba para memorizarlos antes de destruirlos por temor a sus omnipresentes carceleros. Llegó a memorizar 12.000 versos. Su traslado, luego de ocho años de trabajos forzados, a un pequeño pueblo del interior de Rusia, para continuar cumpliendo su condena, ahora de exilio perpetuo, coincide, en 1953, con la muerte de Stalin. La atmósfera posterior de desestalinización permitirá, tras tres años de relegación, que se revise su caso y se le otorgue la libertad.

    Un día en la vida de Iván Denisovitch fue su primera novela, publicada en 1956, gracias a las políticas revisionistas de Kruschev de crítica al régimen de Stalin. Su éxito fue inmediato, relataba en síntesis un día normal de un preso común en los campos de trabajo, la vida corriente de la mañana a la noche, de prisioneros que como él lo vivieron por años…muchos en la Unión Soviética pudieron ver en su relato parte del amargo destino de ellos mismos o de sus seres queridos. Su afán de relatar la verdad de lo que sucedía en la URSS fue permitido sólo unos pocos años, lo que duró la atmósfera de desestalinización. Kruschev fue separado del poder, y su sucesor, Brezhnev, volvió a la línea dura, donde los escritos de Solzhenitsyn más que incomodar comenzaron a sentirse peligrosos desde el Kremlin. La novela que lo hará pronto conocido en Occidente El primer círculo había sido rechazada por un ya debilitado Kruschev. A partir de mediados de los años 60, el régimen de Brezhnev, no sólo impidió la publicación de sus escritos sino que comienza a hostigarlo a través de la temible KGB, obligando al autor a publicar en forma clandestina y a esconder los manuscritos de lo que más tarde será la famosa novela Archipiélago Gulag. Mientras, en Occidente crece su prestigio ante el éxito consecutivo de sus novelas que habían logrado salir bajo cuerda: El primer círculo y Pabellón de cancerosos. Su libertad en la URSS, para un ya reconocido disidente, fue precaria, la vigilancia constante del régimen y la imposibilidad de dar a conocer su obra literaria, estrechan su ámbito de acción. El repudio y asedio oficial en su patria, contrastó con el reconocimiento internacional que se hizo evidente al recibir, en 1970, la noticia del otorgamiento del Premio Nobel de Literatura.

    Para ese entonces, el escritor y su entorno recibía tal grado de hostigamiento, espionaje y persecución que estimó que salir de la URSS, aún para recibir el Premio Nobel, implicaría el riesgo de no poder regresar a su adorada patria. En 1973, una de sus cercanas colaboradoras muere en extrañas circunstancias, tras un interrogatorio de la KGB. En 1974, Solzhenisyn es arrestado, desposeído de la ciudadanía soviética y expulsado de su patria, se había convertido en una figura disidente, inmanejable por su valentía e integridad, y su fama era tal, dentro y fuera de la URSS, que su prisión habría supuesto un escándalo internacional de proporciones. No obstante, el dolor para el escritor fue enorme, nunca pensó en abandonar la Unión Soviética. Exiliado primero en Suiza y luego en los Estados Unidos, Solzhenitsyn mostrará en Occidente que sus denuncias van más allá de la descripción de los horrores del Gulag soviético, que hasta entonces lo habían distinguido, para encumbrarse como uno de los críticos más acérrimos de la utopía comunista en pleno periodo de guerra fría y, más aun, como un gran diagnosticador de la debilidad interna del régimen. Por de pronto, en uno de sus más comentados escritos, Carta a los líderes soviéticos, clama por abandonar la ideología marxista, desenmascarando su tiranía y falsedad, nosotros que la conocemos, estamos fingiendo. La mentira institucionalizada que supone el régimen soviético, por décadas hábilmente solapada, comienza poco a poco, en los años setenta, a ser denunciada en los ámbitos intelectuales, culturales y de medios de comunicación de Occidente, la responsabilidad de Solzhenitsyn en esta tarea, primero como disidente y luego como exiliado, lo encontró siempre en la primera línea.

    Donde el mensaje del escritor pareciera, provocar más sorpresa y polémica es en la crítica no menos descarnada del ambiente que constata en los países occidentales. Solzhenitsyn denuncia contra corriente, lo que eleva la integridad de su diagnóstico, la falta de valentía de la sociedad norteamericana que pareciera no querer oponer resistencia al avance comunista en el tenso escenario de la Guerra Fría. Ello tendría por causa la idea común en las sociedades occidentales de asumir el bienestar como medida de todas las cosas, los bienes materiales como requisito indispensable de la felicidad. Entre las múltiples y negativas consecuencias de esta “idea fuerza” del mundo contemporáneo, el Nobel ruso denuncia con clarividencia la aparición de una prensa invasiva y superficial, basada en la falsa premisa de que todos tienen derecho a conocerlo todo, lo que denuncia como un slogan falso, ya que también existe el derecho a no conocer, a no verse atiborrado de banalidades, chismes y vulgaridades.

    Pérdida de fuerza de voluntad, debilidad sicológica, es el diagnóstico que le otorga a Occidente, y en términos audaces y políticamente incorrectos, desafía: Si uno quiere defenderse a sí mismo debe estar dispuesto a morir, ¿quien hoy está dispuesto a morir, quien hoy está dispuesto a actuar sin considerar las consecuencias para su bienestar?. El better red than dead, consigna que puso de moda la juventud sesentera fue prueba palpable de la debilidad psicológica, del complejo occidental que diagnostica sin tapujos el escritor. En la Universidad de Harvard, en famoso discurso, denuncia la bancarrota moral de Occidente, describiendo, en su opinión, el itinerario histórico que lo explica: El humanismo sin Dios del Renacimiento, siglos XV y XVI, encontró su expresión política en la Ilustración, siglo XVIII, generando una autonomía del hombre ante cualquier instancia superior. Este antropocentrismo, esta consideración del hombre sin Dios, que se explica a sí mismo como centro del universo, bañado de soberbia, termina por entender que la felicidad se alcanza sólo en la tierra y se obtiene sólo a través de los bienes materiales. Toda otra consideración ajena a este objetivo materialista, quedará, en definitiva, ignorada, despreciada. Su propia experiencia de años de carencia material en campos de trabajo forzado lo llevaron a concluir que la felicidad no puede resignarse a una mera acumulación y goce de bienes materiales, sino que la felicidad del hombre exige un desarrollo interior, espiritual, el propósito de la vida debe ir unido al cumplimiento de un deber superior…una experiencia de crecimiento moral: dejar la vida siendo mejor ser humano que al empezar. Este leitmotif, está presente en toda su obra literaria y contradice el existencialismo nihilista, la pérdida de sentido de la vida, y el refugio final en el yo egoísta, tan habituales en el hombre contemporáneo. Occidente se ha olvidado de Dios, denunció ante un público atónito, su manifestación es la búsqueda de la felicidad en un consumismo ilimitado, la salida que propone es un desafío que pareciera chocar contra las banderas que flamean en la sociedad actual: promueve la autolimitación, la capacidad de no generarnos necesidades materiales artificiales, conciente que el verdadero sentido del hombre está en crecer en su interior, alimentar su espíritu: La autolimitación es el paso fundamental y más sabio de un hombre que ha logrado su libertad …y sólo podemos experimentar la verdadera satisfacción espiritual no en poseer, sino en negarnos a poseer.

    Sus denuncias y renuncias ya no sólo incomodaban a la nomenklatura comunista, a partir de entonces, también a buena parte de los dirigentes y los medios de comunicación occidentales. La publicación en Occidente de Archipiélago Gulag en tres extensos volúmenes y la fuerza de los testimonios allí expuestos fueron un síntoma coincidente del lento y, para muchos imperceptible, declive del imperio comunista. La llegada de Gorbachov, a mediados de la década de los  ́80, acelera el proceso ante el deterioro económico que desata la llamada Perestroika, reestructuración y apertura del estado que favoreció el debilitamiento progresivo del bloque soviético en Europa oriental, tanto como las reivindicaciones nacionales al interior de la propia URSS. Solzhenitsyn siempre auguró la caída del comunismo y anhelaba regresar a su patria. Los acontecimientos en Polonia y Hungría anticiparon la aún inesperada caída del muro de Berlín, durante el “mágico” año de 1989. A continuación, se precipitó la desunión soviética, es decir, la sorpresiva desintegración de la URSS. Solzhenitsyn ante la expectante coyuntura escribe: Cómo reorganizar Rusia mirando positivamente, tanto la caída del imperio comunista como el resurgimiento de naciones independientes en su reemplazo. Favoreció el desarrollo para la nueva Rusia de democracias locales en zonas reducidas, vitalizando el autogobierno de cada localidad, bajo el modelo suizo, de activa participación de los ciudadanos en el sistema cantonal. En lo económico, favoreció la propiedad privada y la iniciativa y arraigo que ella conlleva, junto a límites legales que eviten su concentración. Advirtió, en el tono apocalíptico que lo caracterizó, que el peligro para sus compatriotas era pasar de los errores marxistas al fuego económico devorador de Occidente. Pero los llamados a la autolimitación que hizo Solzhenitsyn, ahora también para sus compatriotas, cayeron en saco roto ante un pueblo ávido de deshacerse de todo tipo de limitaciones, luego de 74 años de régimen comunista. El desplome de la URSS permite que Yeltsin le comunique, en 1992, que las puertas de Rusia están para él abiertas.

    Antes de regresar a su patria, se despide de Occidente con otro famoso discurso, que completa y actualiza el de Harvard, esta vez en la Academia Internacional de Filosofía en Liechtenstein. Sus palabras son inquietantes: nuestra cultura se empobrece y apaga por mucho que intente encubrir su decadencia con el barullo de unas novedades vacías de significado. Mientras no dejan de mejorar las comodidades para las personas, el desarrollo espiritual está cada vez más estancado. Los excesos llevan a una persistente tristeza del corazón cuando sentimos que la vorágine de placeres no nos produce satisfacción y que no tardará en ahogarnos…hemos dejado de ver el propósito.

    Después de 20 años, en 1994, regresó a su querida Rusia, su vuelta generó gran expectativa llegando a Vladivostok para recorrer en tren desde el este hacia Moscú. Sin embargo, su mensaje apareció algo pasado de moda, e incómodo, aunque siempre directo y profundo para describir una realidad no tan nueva como aparecía a primera vista: Antiguos miembros de la elite comunista, junto con los nuevos ricos de Rusia, que han amasado fortunas instantáneas a través del pillaje, han formado una exclusiva…oligarquía de unas ciento cincuenta o doscientas personas que dirigen el país. Más temprano que tarde, confirma que la atmósfera materialista que afectaba a Occidente había sido muy bien recibida en la nueva Rusia, a pesar de sus advertencias, allí también el hombre se ha propuesto la meta de conquistar el mundo pero en el proceso pierde su alma. La respuesta a la crisis, a las prisas y a la superficialidad del siglo XX, debe encontrarse también y consecuentemente en el ámbito espiritual. Así, vincula estrechamente la fe ortodoxa a las raíces culturales de su patria, donde continuó manifestando la grandeza espiritual que yace tras el sufrimiento, aquella grandeza que no se cansó de testimoniar hasta los 90 años, cuando fallece en Moscú… Su espíritu, aún perdura.

  • Stravinsky y su reencuentro con el alma rusa

    Stravinsky y su reencuentro con el alma rusa

    “Había mucho de Rusia en el corazón de Stravinsky. Era mucho más que los iconos en su casa, que los libros que leía, o que la cuchara favorita de su infancia con la que comía. Mantuvo una sensación física y recuerdos de la tierra, de los hábitos de Rusia y sus costumbres, las formas de expresión y la interacción social, y todos estos sentimientos empezaron a volver a él en el momento en que puso un pie en su tierra natal. La opinión pública occidental vio a Stravinsky como un exiliado que visitaba el país de su nacimiento. Pero los rusos le reconocieron como un ruso que vuelve a su casa”.

    En 1962 Stravinsky aceptó la invitación soviética para visitar el país donde había nacido. Habían pasado exactamente 50 años desde que había dejado Rusia y por lo tanto sentía un cúmulo de emociones detrás de su decisión de volver. Como un emigrado, siempre había dado la impresión de rechazar en forma violenta su pasado ruso. Le contó a su amigo cercano y asistente musical, el conductor Robert Craft, que recordaba con añoranza su niñez en San Petersburgo como: “un período de espera para el momento cuando todos y todo iban a ser conectados con el infierno”.

    Gran parte de su antipatía a su país natal era la lógica reacción de todo emigrado del régimen soviético. La sola mención de la palabra Unión Soviética era suficiente para llenarlo de cólera. Cuentan que en 1957 un mesero alemán se acercó a su mesa y le preguntó si se sentía orgulloso de los rusos a causa del reciente lanzamiento del Sputnik al espacio. Stravinsky se enfureció con el mesero por preguntar, con los rusos por haber alcanzado este logro y con los americanos por no haber sido ellos quienes lo hicieran.

    Era especialmente crítico frente a la música soviética, donde el espíritu de Rimsky Korsakov y Glazunov, se manifestó en forma abusiva en la Consagración de la Primavera y lo mismo sentía en relación a los modernistas. Su música había sido prohibida en el repertorio de conciertos soviéticos desde el comienzo de los años 30 cuando fue denunciado por el régimen musical existente como “un ideólogo artístico del imperialismo y la burguesía”. Se trataba de una especie de Guerra Fría Musical. Pero tras la muerte de Stalin el clima cambió. Vino el “deshielo” de Kruschev que terminó con la campaña stalinista contra los llamados “formalistas” y restauró a Shostakovich al lugar que le correspondía, como cabeza del “régimen musical” existente. Emergieron jóvenes compositores quiénes se inspiraron en la obra de Stravinsky como Edison Denisov, Sofía Gubaidulina y Alfred Schittke. Una brillante generación de músicos soviéticos, Oistrakh, Richter, Rostropovich, el Cuarteto Beethoven, se hicieron muy famosos por sus grabaciones y tours en Occidente. Se veía a Rusia retornando al centro de la música europea – el lugar que había ocupado hasta que Stravinsky dejó el país en 1912.

    A pesar de sus propias negaciones, Stravinsky siempre lamentó las circunstancias en que se produjo su exilio de Rusia; cargaba con la separación de su pasado como una herida abierta. El hecho que cumpliera 80 años en 1962 fue esencial en su decisión de volver. En la medida que fue envejeciendo comenzó a pensar más en su niñez. Era común que usara frases infantiles rusas y diminutivos. Volvió a leer los libros que había leído en Rusia, como La Madre de Gorki: “ Lo leí cuando recién se publicó en 1906 y estoy tratando ahora de nuevo”, le dijo a Craft, “probablemente porque quiero reencontrarme conmigo mismo”. Pero a pesar de eso, Stravinsky le dijo a la prensa norteamericana que la decisión de volver a Rusia no tenía nada que ver con la nostalgia, aunque es un hecho que ese sentimiento estaba en lo profundo de su corazón. El 21 de Septiembre de 1962 voló en un avión soviético a su país y aterrizó en Sheremetyevo. Comenzó a divisar desde el avión, en la medida que éste iba descendiendo, los bosques que estaban comenzando a pintarse de amarillo, los prados, los campos y los lagos. De acuerdo con Craft, quien los acompañó en el viaje, Stravinsky estaba en shock producto de la excitación y la emoción. Cuando el avión se detuvo y se abrió la puerta, se asomó y parado en la parte alta de la escalera de descenso se inclinó como es la tradición rusa. Ese era un gesto de otra época, tal como los anteojos que lo protegían de la luz de la televisión y simbolizaban el tipo de vida que él llevaba en Hollywood. En la medida que descendía, Stravinsky comenzó a ser rodeado por un gran comité de bienvenida, entre los que se veía a María Yudina, una fuerte mujer con ojos tártaros, según la descripción de Craft, quien dijo ser sobrina del compositor. Otra mujer era la hija de Konstantin Balmont, el poeta que había introducido a Stravinsky al culto pagano de El Fuego y Los Ritos de la Primavera. Ella se presentó ante Craft y le entregó un canasto de corteza de abedul con una rama, una hoja, una espiga de trigo, una bellota un poco de musgo y otros recuerdos de la tierra rusa.
    El viaje había producido una gran emoción en Stravinsky. En los quince años que Robert Craft lo conocía nunca se había dado cuenta de lo importante que Rusia era para él y que profundo estaba este sentimiento dentro de su corazón. “Hace sólo dos días, en París, habría negado que alguna vez se podría sentir en casa de nuevo …. Ahora veo que medio siglo de expatriación pueden ser olvidados en una noche. No fue a la Unión Soviética que Stravinsky había regresado. Había regresado a Rusia. En el monasterio de Novodevichy, Stravinsky se conmovió mucho más de lo que jamás Craft hubiese imaginado: “No por razones religiosas o políticas, sino simplemente porque Novodevichy es la Rusia que ellos conocían, la Rusia que sigue siendo una parte de ellos.”

    Detrás de las antiguas murallas del monasterio había como una isla de la antigua Rusia. En los jardines mujeres vestidas con pañuelos negros y zapatos y abrigos gastados estaban tendidas sobre las tumbas, y en la iglesia un sacerdote dirigía un servicio donde, como le pareció a Craft, los “miembros más fervientes de la congregación yacían en una posición de postración total como Stravinsky lo hacía en la Iglesia Rusa en Hollywood. Y a pesar de todas las turbulencias que había pasado la Unión Soviética, todavía había algunos valores de Rusia que permanecían sin cambios”. Stravinsky se regocijó en su redescubrimiento del idioma ruso. Desde el momento en que llegó se manejaba con facilidad en los modismos y palabras de Rusia y en la conversación, usaba términos y frases, expresiones de la infancia, mucho tiempo olvidados, que no había trabajado por más de cincuenta años. Craft fue golpeado por la transformación en el carácter de Stravinsky. Se preguntaba si estaba viendo “el verdadero Stravinsky “ en su elemento Ruso, el estadounidense respondió que “todo es bastante cierto … pero mi imagen de él la da finalmente su pasado que se ve tras una gran lucha entre lo que había supuesto serían “rasgos de carácter” o “idiosincrasia personal”. Craft también escribió que, como resultado de la visita a Rusia, su oído se puso en sintonía con los elementos de Rusia que había en la música de Stravinsky. El “rusianismo” de la música de Stravinsky no es inmediatamente evidente. Pero ahí está. De la Sinfonía de los Salmos (1930) al Réquiem (1966) su lenguaje musical mantiene un núcleo de Rusia. Como él mismo confesó a la prensa soviética: “He hablado ruso durante toda mi vida, mi forma de expresión es el ruso. Tal vez no puede ser apreciable en una primera audición, pero es inherente a mi música y forma su carácter latente interior “.

    Había mucho de Rusia en el corazón de Stravinsky. Era mucho más que los iconos en su casa, que los libros que leía, o que la cuchara favorita de su infancia con la que comía. Mantuvo una sensación física y recuerdos de la tierra, de los hábitos de Rusia y sus costumbres, las formas de expresión y la interacción social, y todos estos sentimientos empezaron a volver a él en el momento en que puso un pie en su tierra natal. La opinión pública occidental vio a Stravinsky como un exiliado que visitaba el país de su nacimiento. Pero los rusos le reconocieron como un ruso que vuelve a su casa. Una cultura es más que las obras de arte. No puede estar encerrada en una biblioteca – pensemos sólo en los ocho finos volúmenes de la obra de Pushkin que el poeta Khodasevich “empacó en una bolsa” cuando salió de la Unión Soviética en 1922: Todo lo que poseo son ocho volúmenes delgados, y contienen mi tierra natal.

    Una cultura se expresa en códigos no escritos, signos y símbolos, rituales y gestos, en las costumbres y convenciones, las creencias y actitudes sociales comunes que fijan el significado público de estas obras y organizan la vida interna de una sociedad. Es algo visceral, emocional, instintivo, una sensibilidad que moldea la personalidad y une a esa persona a un pueblo y a un lugar. Rusia es un lugar inmenso – un vasto plano abierto que se extiende En Rusia hoy coexisten lo ruso tradicional con lo soviético internacional sobre una sexta parte de la superficie del mundo. Históricamente, su cultura fue profundamente moldeada por las diversas influencias de Bizancio, Escandinavia, Europa Occidental, Persia, Asia Central y Mongolia. Todo muy complejo, demasiado dividido socialmente, muy mal definido geográficamente, y tal vez demasiado grande, para que sólo una cultura se pudiera constituir en patrimonio nacional. Sin embargo, hay un temperamento ruso, una serie de costumbres autóctonas, costumbres y creencias que celebra este pueblo disperso en forma conjunta, y que encontró su expresión en las obras supremas del arte, desde la poesía de Pushkin, a las novelas de Tolstoi y la música de Stravinsky, que se elevan como monumentos a la edad de oro de Rusia. Este temperamento difícil ha demostrado ser mucho más duradero, y más significativo, que cualquier Estado ruso. Le dio al pueblo el espíritu para sobrevivir a los momentos más oscuros de su historia y unió a los que huyeron de la Rusia soviética después de 1917.

    ¿Dónde está Shostakovich? , no dejaba de preguntar Stravinsky desde el momento de su llegada. Mientras él estaba en Moscú, Shostakovich estaba en Leningrado, y justo cuando Stravinsky fue a Leningrado, Shostakovich regresó a Moscú. Como artista Shostakovich adoraba a Stravinsky. Él era su musa secreta. Por debajo del cristal de su mesa de trabajo tenía dos fotografías: una de sí mismo con el Cuarteto Beethoven, y la otra, un gran retrato de Stravinsky. Se conocieron finalmente en Moscú, en un banquete en el Hotel Metropole. La reunión no fue ni una reunión ni una reconciliación de las dos Rusias que habían seguido caminos separados desde 1917. Pero fue un símbolo de unidad cultural que al final triunfaría sobre la política. Los dos compositores vivían en mundos separados, pero su música mantenía un ritmo único de Rusia. Fue una ocasión memorable – uno de esas ocasiones esenciales “de Rusia” interrumpida por una sucesión regular de brindis de vodka cada vez más amplios – y luego, Craft recordó, la sala se convirtió en un “baño finlandés, en todos sus vapores, proclamando y aclamando uno al otro “lo ruso”, diciendo casi lo mismo … Una y otra vez, cada uno se inclinaba ante el misterio de su rusianismo, y entonces, me di cuenta de golpe, que sus respuestas estaban superando los brindis. En un discurso perfectamente sobrio – él era el menos alcoholizado de la habitación – Stravinsky proclamó: ‘El olor de la tierra rusa es diferente, y esas cosas son imposibles de olvidar … Un hombre tiene un lugar de nacimiento, una patria, un país – sólo puede tener un país – y el lugar de su nacimiento es el factor más importante de su vida …. no me fui de Rusia por mi propia voluntad, a pesar de sentir un desagrado por mi Rusia y por Rusia en general. Sin embargo, el derecho a criticar a Rusia es mío, porque Rusia es mía y porque la amo, y no doy a ningún extranjero ese derecho.”

  • ¿Es posible filosofar en nuestros tiempos?

    ¿Es posible filosofar en nuestros tiempos?

    Por primera vez la Red Cultural llamó a Concurso a los alumnos de Humanidades de la Universidad Gabriela Mistral para escribir un artículo para nuestra revista. A continuación le presentamos a la ganadora de este concurso, Carmen Gloria Vallejos, alumna de Licenciatura en Ciencia Política y Periodismo.

    Lejos están los filósofos modernos, lejos están quienes los anteceden, lejos también se encuentran los que comenzaron la reflexión filosófica, los que aceptaron conducir la mente de los hombres por los espacios más elevados. Es que en nuestros tiempos la razón humana ha caído progresivamente en el olvido, por eso mismo resulta tan difícil que la disciplina filosófica vuelva a considerarse elemental. Hoy, nos han convencido que el objeto de la filosofía no existe. Qué no hay espacio para los filósofos, que no merece la pena llegar a la verdad, qué es preciso olvidar los grandes misterios que atraviesan la humanidad. Es difícil lidiar con tanta confusión, pero ciertamente, es nuestro propio mundo el que nos exige una metamorfosis muy profunda, nos pide cambiar el curso de las cosas. Me he preguntado en estos días, ¿cómo es que pudiendo elevarnos a resolver los más grandes misterios, nos hemos empecinado en deambular únicamente por el mundo sensible? Es que hemos abandonado la reflexión filosófica, y con ello, le hemos arrebatado a la mente humana la posibilidad de elevarse, y habituarse a pensar, como puede pensar, pero como no está acostumbrada.
    ¿Cómo nos hemos puesto nosotros mismos el techo equivocado? No sé con exactitud porque ha ocurrido algo así, sin embargo, el pensamiento filosófico moderno, parece incidir en todo esto. Es que la reflexión filosófica, se funda en la posibilidad de conocer la verdad, sin embargo, para nadie es un misterio que hoy se señale que lo verdadero es aquello que cada sujeto juzga como tal. Pues bien, los primeros atisbos de subjetividad se encuentran en el pensamiento moderno. Es tal la envergadura, y el vuelco que supone esta reflexión que significó incluso que me preguntaran si aún con los modernos existe la filosofía. Mi respuesta fue un sí, aunque admito que tal interrogante me dejó pensativa; ¿es posible hoy desarrollar esta actividad?, ¿puede en nuestros días haber filósofos? No quiero con esto, señalar que el techo equivocado fue puesto por los pensadores de la modernidad, no es esto una condena a su reflexión filosófica, sino más bien un cuestionamiento que de pronto he necesitado responderme.
    Lo cierto es que los modernos fueron ejecutores de una metamorfosis, transformaron el modo de concebir la realidad, los empiristas por un lado y los racionalistas por otro, escindieron la filosofía, sin ser conscientes con ello, de las implicancias que esto ocasionaría para nosotros. Unos nos redujeron a la mera razón como si solo fuéramos, dicho con Descartes, “una cosa que piensa”, y los otros nos convencieron de que sólo la experiencia podría llevarnos a la verdad. Tuvo que llegar Kant a unirnos otra vez. ¡Vaya labor la que realizó!, sin embargo, nada volvió a ser igual, aunque la reflexión kantiana hizo lo suyo, no fue posible olvidar a Descartes, que se había atrevido antes a universalizar la duda, a tal punto que nada pudiera ya darse por verdadero. La razón, sin su objeto- únicamente ella- aparece como real, y con ello queda imposibilitada de disponerse a avanzar más allá de sí misma. Es el objeto de la inteligencia, el ser, lo que se pone en entredicho pues no sabemos si existe realidad fuera de nuestra mente. Es que con Descartes el ser debe ser conquistado a fuerza de pensamiento, porque la realidad no es algo dado y se transforma en un problema el conducirse hacia ella, en cuanto no tenemos certeza de que exista con independencia del pensamiento. ¿Cómo esto no iba implicar un cierto derrumbe de la filosofía? Precisamente su objeto es el ser de las cosas, sin embargo a partir de la modernidad, no parece ser tan claro que las cosas tengan una consistencia ontológica, ahora el objeto de la inteligencia es el pensamiento, no ya el ser, como lo era para la filosofía clásica. Este nuevo enfoque, sin duda, pone en jaque el lugar que ocupaba la disciplina, tanto es así que será el propio Kant, el que sentenciará que aún siendo la metafísica una inclinación natural, no puede el hombre empeñarse en realizarla porque la razón no logrará jamás habitar esos espacios.
    Desde la reflexión filosófica kantiana queda establecido que la razón humana sólo tendrá que contentarse con los fenómenos, no podrá ya, conocer lo que las cosas son. No es apresurado pensar que entonces la inteligencia tuvo que abandonar su actitud natural y extrovertida, en la cual el sujeto se abre a la realidad exterior, para dar cabida a una nueva, voluntariamente adquirida, asumiendo así, una disposición introvertida, es decir, tuerce la dirección, y en vez de posarse hacia las cosas del mundo que nos rodean, recae sobre sí misma, sobre el yo. ¡Qué duro es ver que nos hemos empecinado en ir a contracorriente!
    Hoy estamos aquí, impregnados de una subjetividad que no es la moderna, pero que en ella encuentra sus cimientos. El mundo posmoderno, nos ha convencido que nosotros podemos definir que es lo que son las cosas, como si en ellas no hubiese un principio que las haga ser lo que son. ¡Cómo si no existiese un orden en el universo! Curioso afán que tenemos de modificarlo,  hemos estado dándonos demasiados permisos, y con ellos, la filosofía ha quedado relegada a un conjunto de opiniones y está siendo mirada con cierta indiferencia, ¿qué paradojal es pensar que podamos asumir esta actitud frente a una actividad que es connatural al hombre?
    Precisamente, porque es propio de los seres humanos el intentar comprender el orden del universo, no podemos afirmar que con los modernos se acaba la filosofía porque la habrá cada vez que alguien se atreva a mirar el mundo desde lo más radical, desde lo más sustancial, desde lo más propio que conviene a todo ser. Es que los filósofos, y sus reflexiones no son los dueños de la filosofía, no puede ellos determinar su persistencia. Siempre es posible desarrollar la actividad filosófica, basta que asumamos que como seres humanos somos capaces de elevarnos más allá de lo que los sentidos nos muestran. El techo no es pues lo que por ellos captamos, hay algo más que realidades sensibles, ahora bien, no debemos perder de vista, que todo comienza aquí, pues nada pasa por el entendimiento que no haya pasado antes por los sentidos.
    Los filósofos, y los que algún día serán tales, esos que quieren pensar filosóficamente, advirtiendo con ello que es preciso mirar la realidad desde los primeros principios, son los que pueden mostrarle al mundo el gran valor que supone desarrollar una actividad como ésta. Mediante ella, podemos conocer por ejemplo que exist en nosotros una inclinación natural hacia la felicidad, a la que debemos hacer caso, pues es ésta una exigencia de nuestro ser. Y es que tenemos una consistencia que nos hace ser tales, por mucho que nos empeñemos en ser lo que queramos. Somos seres humanos, y porque aún podemos saber esto, es que todavía puede haber filósofos, es cierto que el camino se ha puesto algo complejo, es verdad que cada vez son menos los que parecen impresionarse cuando desde sí mismos, descubren esta maravillosa verdad.
    Es que hemos dejado esta interrogante  abierta cómo si pudiésemos nosotros decidir ¿qué es en verdad el hombre?, ¿qué es la felicidad?, ¿qué es la belleza?, ¿que es la bondad? ¡Hasta dónde ha llegado la soberbia humana! ¿Cómo es que hemos querido manejarlo todo?, ¿cómo fue que borramos de nuestras almas la convicción de que hay ciertas cosas que funcionan con independencia de nosotros? La filosofía es tan necesaria como fascinante y no puedo ser yo, la que le quite el ser. Pues he aquí precisamente el esfuerzo contrario. Quiero custodiar la gran relevancia que tiene en nuestros días el desarrollo y la reubicación de esta disciplina como la ciencia primera, pues, ¿podemos acaso orientar nuestra existencia si no conocemos lo que somos?, ¿si hemos prescindido de lo más elemental? Tal vez, el sin sentido que atraviesa nuestra sociedad, se explique en parte, porque muchos hemos pensado que ya no es posible filosofar, y con ello, hemos abandonado la preocupación por la naturaleza humana, a sabiendas de que entonces andaremos errantes.
    Es que hemos sido incapaces hasta este momento, de hacernos parte del “conócete a ti mismo”, propuesto por Sócrates, y con ello, hemos dejado nuestro destino abandonado a su suerte sin que parezca necesario desentrañar los misterios, sin que tengamos que preguntarnos ¿por qué pasa lo que pasa?, sin que tengamos que explicarnos las causas de los efectos, sin que tengamos que comprender nuestra circunstancia. Cada vez que renunciamos a la filosofía, es porque hemos decidido olvidar lo que no se puede olvidar.

  • ¿Descansar para trabajar o trabajar para descansar?: El sentido del descanso humano

    ¿Descansar para trabajar o trabajar para descansar?: El sentido del descanso humano

    El término de las vacaciones, la finalización de ese tiempo de descanso y diversión, suele provocar cierta tristeza y desazón, a la vez que un profundo desgano al enfrentar otra vez las actividades intelectuales y laborales. Se vuelve al trabajo, pero se esperan y anhelan de manera ferviente las vacaciones futuras. Se retoman las ocupaciones, pero con el espíritu aún enredado en “la arena y el mar”. No suelen ser frecuentes las manifestaciones de júbilo causadas por el regreso a la sala de clases o al puesto de trabajo.
    Pero este sentimiento generalizado, que más de alguna vez ha embargado al que escribe estas líneas, manifiesta una apreciación impropia de lo que significan el descanso y la actividad en la vida humana, ya que considera al primero como fin y al segundo como medio, manifestando con ello una visión del hombre reducida a que éste viva en orden al descanso y no hacia la realización de sí mismo mediante alguna actividad perfectiva. Por eso, es conveniente realizar algunas reflexiones en torno al verdadero sentido del descanso, la diversión y el juego; y su relación con las actividades humanas.
    En primer lugar es preciso señalar que el descanso y la diversión son realidades no solo convenientes sino también necesarias. San Agustín, refiriéndose a aquel que se dedica a labores intelectuales, dice: “Quiero que seas indulgente contigo mismo, porque conviene que el sabio relaje de vez en vez el rigor de su aplicación a las cosas que debe hacer”. El descanso, por tanto, es un deber, no sólo para aquel que se dedica al trabajo que implica un esfuerzo corporal, sino también para el que realiza actividades intelectuales. Y lo es en la medida en que es necesaria la conservación de las propias fuerzas. No es posible mantener la tensión del estudio, de la entrega constante al conocimiento, al saber y al trabajo, sin padecer el cansancio que generan dichas actividades. Cansancio que exige ser reparado para continuar realizando plena y perfectamente las actividades que lo ocasionaron.
    En el caso del cansancio físico lo que se exige es la suspensión de las actividades. Mientras que para el descanso del intelecto, la diversión y el juego son los medios más  eficaces. El alma humana encuentra la reparación en la medida en que dirige su atención hacia otras cosas, distintas del trabajo habitual, en la medida en que se divierte, en que se vuelca, se vierte hacia otra realidad. De allí que diga Tomás de Aquino que el juego y la diversión tienen cierta razón de bien en cuanto son útiles para la vida humana y cuenta aquella historia del evangelista Juan, en la que algunos de los que lo frecuentaban se escandalizaron al verlo jugar con sus discípulos. Entonces, Juan “mandó a uno de ellos, que tenía un arco, que tensara una flecha. Después de hacerlo muchas veces, le preguntó si podría hacerlo ininterrumpidamente, a lo que el otro respondió que, si lo hiciera así, se rompería el arco. San Juan hizo notar entonces que, al igual que el arco, se rompería también el alma humana si se mantuviera siempre en la misma tensión”.
    De lo cual concluimos que si bien es necesario el descanso y la diversión, lo son en la medida en que se ordenan a reparar las fuerzas para retomar la acción. No son buenos en sí mismos, sino como un medio exigido para retomar la acción con fuerza renovada. Y es que el trabajo, tanto físico como intelectual, no es simplemente una actividad mediante la cual conseguimos lo necesario para sobrevivir, sino que es mucho más que eso. El trabajo es un acto personal ordenado al perfeccionamiento integral del sujeto que lo realiza. Mediante el trabajo la persona se autorrealiza y se dignifica. Es erróneo pensar que el valor del trabajo se mide en función de la productividad y no por la dignificación que la persona adquiere en su obrar. No es el descanso lo que nos realiza en cuanto personas, por ello no puede ser nunca buscado como fin. Aquello que propiamente debe ser buscado en orden a nuestro crecimiento personal es esa actividad con la que de alguna manera aportamos novedad a lo ya dado, colaboramos al progreso social y a la obra creadora de Dios.
    De lo que se sigue que por muy noble y necesario que sea el descanso y la diversión no pueden ser lo más importante en nuestra vida, no podemos ordenar nuestra vida teniéndolos como centro. Así lo enseña Aristóteles: “La felicidad no consiste en el juego y el descanso. Sería un absurdo que la diversión fuera el fin de la vida. La diversión es una especie de reposo, y como no se puede trabajar sin descanso, el ocio es una necesidad. Pero este ocio, ciertamente, no es el fin de la vida, porque sólo tiene lugar en razón de la futura operación. La vida dichosa es la vida conforme a la virtud; ésta va con el gozo, pero no con el gozo del juego. Las cosas serias son mejores que las que mueven a risa y a chanza, y el acto de la mejor parte del hombre, o de lo mejor del hombre, esto es el intelecto, se considera como el acto más serio”. Una vida dedicada al descanso y a la diversión como fin es poco seria; de hecho, tiene más semejanza con la vida animal que con la vida propiamente humana. Es cosa de ver a algunos animales, como el gato o el león, cómo pasan gran parte de su día recostados, durmiendo o descansando y sólo se animan para alimentarse y procrear; pero su estado natural es, para decirlo coloquialmente, “estar echados”. De allí que aún teniendo aseguradas de por vida la satisfacción de nuestras necesidades básicas, es decir, aún no necesitando del trabajo para conseguir los recursos que me permiten subsistir, aún así no podríamos dejar de realizar alguna actividad intelectual o productiva que nos enriquezca espiritualmente. Es a ella a la que debemos amar más que al descanso.
    Luego de haber afirmado la necesidad y la conveniencia del descanso, el juego y la diversión, es preciso en segundo lugar, referirse al orden propio que debe animarlos. Porque la relajación del alma y del cuerpo no significa dejar de obrar humanamente. El abandono de las actividades laborales no supone el abandono del obrar que enriquece al ser humano. Santo Tomás nos llama a recurrir al deleite que proporciona el juego, la diversión y el descanso, para “relajar la tensión del espíritu”, pero nunca para olvidarnos del espíritu. Si bien divertirse supone un salir en cierta manera de uno mismo, salir un poco de lo habitual, del esfuerzo constante; sin embargo, no puede ser un salir que pierda de vista nuestra realización personal. El Doctor Angélico señala tres cosas que es preciso evitar en el descanso y la diversión. “La primera y principal, que este deleite se busque en obras o palabras torpes o nocivas. En segundo lugar, hay que evitar que la gravedad del espíritu se pierda totalmente. En tercer lugar, concluye, hay que procurar, como en todos los demás actos humanos, que el juego se acomode a la dignidad de la persona y el tiempo”. Este orden de la razón en la diversión es lo que Aristóteles llama eutrapelia, esto es, la virtud que ha de moderar el descanso y la diversión, de manera que no caiga en excesos.
    Muchas veces, sin darnos cuenta, la diversión da paso a un mayor cansancio o lo que es peor, a la amargura. Esto se debe a que no sabemos descansar, no guardamos el orden debido, entregándonos a una diversión que altera la tranquilidad del alma, porque preferimos ambientes ruidosos y masificados, o nos entregamos a acciones torpes que no guardan ninguna relación con aquello que nos perfecciona. Santo Tomás nos enseña que el verdadero descanso del alma es el gozo y Sertillanges nos ilustra esto al decir: “Los juegos, las conversaciones familiares, la amistad, la vida de familia, las lecturas agradables, el contacto con la naturaleza, el arte fácil, un moderado trabajo manual, la visita a una ciudad, los espectáculos poco absorbentes, los deportes moderados, son elementos de expansión”. Cuan diferente es esta visión del descanso con la que parece reinar en la sociedad moderna basada en la televisión, Internet y videojuegos.
    Divertirse no puede ir de la mano con el  olvido del perfeccionamiento humano. El descanso no es un momento en el que hacemos un paréntesis en nuestro empeño por ser mejores, sino sólo un descanso en el esfuerzo cotidiano en orden a tomar nuevas fuerzas para continuar realizando aquello que de verdad amamos. Dicho de otro modo, para divertirse y descansar es preciso ocuparnos en esas actividades que relajan, distienden, sosiegan, reparan fuerzas para que después seamos capaces de mayores esfuerzos. Cuando se plantean las cosas de modo inverso y se tiene la diversión como fin en sí mismo, se espera de la diversión algo que ella no nos puede dar. Eso explica las tristezas al volver de las vacaciones o al concluir los fines de semanas. Cuando el descanso que se había tomado como fin termina, lógicamente comienza el desencanto, la desazón del alma. Quizá se anhelan entonces nuevas diversiones, nuevos descansos, que sí siguen tomándose como razón de ser de la existencia, nunca conseguirán hacer feliz. ¿Cuál es el sentimiento que a usted, estimado lector, le embarga después de haber concluido las vacaciones?
     

  • Tributo a la Luz: Peregrinación Medieval a Lindisfarne

    Tributo a la Luz: Peregrinación Medieval a Lindisfarne

    La visita a interesantes monasterios e iglesias fueron parte de este recorrido cuyo destino final es uno los lugares más insignes del Reino Unido y uno de los prioratos más emblemáticos de la Inglaterra medieval.

    Europa ofrece al peregrino una gran cantidad de destinos que lo llevan al pasado. En 2004, cuando me encontraba investigando en la Universidad de Oxford, conocí a Alex, un irlandés, oriundo de Galway, que había estudiado Historia en la Universidad de Saint Andrews, en la costa este de Escocia. Al terminar ese año le sugerí a mi conocido celta que la próxima vez que nos volviéramos a reunir, haríamos juntos un viaje a un lugar emblemático de la Edad Media.

    Vista del Castillo de Northumberland, Lindisfarne. UK

    Pasaron tres años antes del esperado encuentro y el destino elegido fue el Priorato de Lindisfarne, fundado por monjes irlandeses en el siglo VIII. A parte del aguamiel que ahí se produce desde antaño, el lugar es también famoso por una espectacular y muy conocida copia que nos han dejado de los evangelios.

    En un pequeño Skoda iniciamos la travesía hacia el sureste, en dirección a Edimburgo, donde después nos internamos en la provincia escocesa de los Bordes (porque bordea con Inglaterra). La Abadía de Melrose, cuyos restos medievales revelan la atrocidad de las guerras anglo-escocesas del siglo XIV, fue nuestra primera parada. Ahí también está enterrado el corazón de Robert The Bruce, el mal retratado protagonista de una saga hollywoodense y quien fuera Rey de Escocia en la época en que esta nación se levantó en contra de Eduardo I de Inglaterra.

    Abadía de Lindisfarne. UK

    Sentados en un banco comenzamos a leer la prosa del venerable historiador Beda, autor de la celebrada Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés, escrita en el año 731, quien también escribió sobre la vida de San Cutberto y sobre la fundación del monasterio que ante nuestros ojos se levantaba. Todos los monasterios que visitamos esa mañana presentaban el mismo deterioro bélico, pues en estos conflictos los soldados se atrincheraban en los pocos edificios de piedra que había. Hay que decir que en esa época, los escoceses harían lo propio con muchos monasterios en el norte de Inglaterra. Como en todas partes, las guerras fronterizas han significado un desgaste lamentable del patrimonio medieval británico.

    El sitio de Walter Scott:
    Rumbo hacia el sur, nuestra siguiente parada fue el Monasterio de Dryburgh, cuyas ruinas del siglo XII nos esperaban con una calma que no experimentamos en ninguna otra parte del trayecto. Fue precisamente la paz del entorno de Dryburgh la que hizo que Sir Walter Scott, uno de los más connotados literatos decimonónicos, escogiera como el lugar de su eterno descanso. Al llegar se comprende de una vez por qué el autor de “Ivanhoe” admiraba aquellos parajes monásticos que evocan el mundo medieval que tanto le atraía.

    Nos habríamos quedado en Dryburgh todo el día, pero el tiempo apremiaba y debíamos llegar a la Abadía de Kelso. Kelso fue fundada por el Rey David I de Escocia en la primera mitad del siglo XII. La Abadía está emplazada en el corazón de una ciudad, es más, su pórtico en ruinas se levanta a pocos metros de una concurrida rotonda vehicular. Algo de tenebrosidad transmite este edificio, aquella que a muchos les parece típica de la época medieval, pero que más bien acusa la acción del hollín citadino y el paso inclemente de los siglos.

    Un “Haggis”:
    Jedburgh fue la ciudad escogida para visitar antes de cruzar la frontera con Inglaterra. Fundada en el siglo XII y al igual que los otros sitios, Jedburgh también sufrió la embestida de las guerras de independencia entre Escocia e Inglaterra, más todavía tratándose de un emplazamiento fronterizo,a pasos del río Tweed. A pesar de que hasta hoy conserva casi toda su estructura, su monasterio carece de techumbre. Se acercaba la hora de almuerzo y nos pareció pertinente hacerle honor a la cocina escocesa antes de cruzar el Tweed y llegar a tierras inglesas. Un plato del tradicional “Haggis”, que no me atrevería a describir, y un vaso de “Irn Bru” (una especie de Fanta made in Scotland) calmaron nuestra hambre y sed. Una hora después de cruzar el Tweed, la primera urbe inglesa que nos recibió fue Newcastle, y después de atravesar el río Tyne nos encontramos en la pequeña iglesia anglosajona de Saint Paul, en Jarrow. En esos momentos, nuestra peregrinación gozó de un momento sublime: con Alex contemplamos el vitral medieval más antiguo que se conserva en Europa y, mucho más importante que eso, éste adorna una de las ventanas de la iglesia que vio crecer y morir al mismísimo Beda. Esta pequeña iglesia de piedra fue construida en el siglo VII y desde el siglo XVI es administrada por los anglicanos.

    Escultura de la Iglesia de Lindisfarne. UK

    A día siguiente, la jornada en Durham fue intensa. Primero fuimos a la catedral, construida por los normandos hacia fines del siglo XI, una de las pocas catedrales románicas que sobreviven en Europa y donde se encuentran los restos de Beda y Cutberto. La historia nos dice que, cuando el Priorato de Lindisfarne (nuestro destino final) fue atacado por los vikingos el año 793, los monjes lograron escapar cargando el cuerpo de San Cutberto, su más valioso tesoro. Después de instalarse en diversas localidades de Northumberland, los monjes llegaron a un sitio que ofrecía la mejor protección: se trataba de un montículo rodeado por el río Wear, donde instalaron su abadía y la tumba de Cutberto. Los milagros que el santo obraba en beneficio de los peregrinos que, poco a poco, comenzaron a llegar a este lugar, propagaron la fama de Cutberto y sus fieles monjes en toda Inglaterra y se constituyó aquel lugar como diócesis.
    La catedral normanda que hoy rasca los cielos de Durham debe su imponente construcción a la importancia que adquirió en los siglos medievales este obispado. Testimonio de ésto son los impresionantes objetos que hasta hoy se conservan en el museo catedralicio.

    Bendita isla

    Seguimos nuestro rumbo sur por la costa noreste de Inglaterra hacia Holy Island, lugar donde, por obra fundacional del monje irlandés, San Aidan, se instaló en el siglo VII el Priorato de Lindisfarne, como dependiente del Monasterio de Iona (Escocia). Holy Island tiene una característica geográfica que se presenta como un atributo medieval: es una isla de marea, es decir, sólo se puede llegar desde el continente sí la marea está baja. Al momento de cruzar, grandes carteles advierten a turistas y peregrinos que no han de desafiar la naturaleza y deben respetar las horas precisas en que el mar se repliega para conectar la pequeña con la gran isla.
    Manuscrito de Evangelio de Lindisfarne. SVII. combina el estilo celta con el anglosajón

    La marea de aquella tarde nos hacía contar con unas pocas horas para llegar y cumplir nuestro cometido espiritual: rendirle honores a Cutberto y al monacato celta de la época, autor de los maravillosos evangelios del priorato y luz en un periodo mal llamado Dark Ages. Al llegar, nos sorprendió encontrar el museo cerrado, así también como las tiendas donde encontraríamos el Lindisfarne Mead (aguamiel), que los monjes preparan en forma tradicional desde hace muchos siglos, en base a la fermentación de la miel.

    Lejos de entregarnos al desánimo, procuramos concentrarnos en el aspecto más importante del viaje. Así subimos a una colina donde pudimos rezar y conversar, y por supuesto, admirar a lo lejos el castillo que se alza sobre el Mont Saint Michel de Northumberland. Luego, contemplamos durante un buen rato las ruinas del priorato y entramos con timidez a una pequeña iglesia que alberga una de las cosas más notables que presenciamos en todo el viaje: un tallado moderno de madera, tamaño natural, que representaba el traslado del cuerpo de San Cutberto a hombros de los monjes de Lindisfarne en dirección a la nueva fundación monacal que se establecería en Durham.

    Decir que el hallazgo fue conmovedor es la forma más escueta de describir el momento. Minutos más tarde, nos encontrábamos en una tienda comprando aguamiel y el atardecer nos advertía que la marea acechaba y debíamos regresar. Detrás dejábamos uno de los lugares de peregrinación más insignes del Reino Unido y uno de los prioratos másemblemáticos de la Inglaterra medieval. 

  • Roma, Vida Cotidiana

    Roma, Vida Cotidiana

    Colorida y multiétnica, pero también sucia y peligrosa. La Roma de dos mil años atrás era muy distinta a como nos la imaginamos.

    Poblada como Calcuta. Multirracial como Nueva York. Lujosa como París. Rica como Tokio. Monumental como sí misma. La Roma de los primeros siglos después de Cristo (antes de la crisis y del traslado de la corte imperial) era una ciudad de mil caras: frenética y tranquila, austera y tolerante, noble y corrupta, sobria y lujosa. Poblada por casi un millón y medio de habitantes (no solo Romanos, sino que también Galos, Iberos, Africanos, Griegos, Sirios, Egipcios, Hebreos, Cilicios, Tracios, Sármatas, Germanos, Etíopes…etc.), vivía los mismos contrastes de una moderna megalópolis; los monumentos públicos y las grandes casas de los más adinerados, surgían en medio de un mar de pequeñas casuchas precarias, erigidas sin ninguna base ni criterio urbanístico preciso, las cuales se asomaban a calles angostas y malolientes, dinámicas y ruidosas de día pero semidesiertas y peligrosas de noche.

    Corazón palpitante. La más verdadera expresión de vida en la Urbe, de su riqueza y de su exhuberancia, eran los espacios públicos: los foros y los templos. Las grandiosas plazas que surgían en el centro de la ciudad (fora) eran no sólo la sede del gobierno y de la justicia, sino que también los lugares en donde se cerraban los negocios, se adquirían mercancías y géneros alimenticios, se encontraban amigos, se discutía, se participaba en ceremonias y manifestaciones. Al lado de las plazas surgían las basílicas, imponentes edificios con decenas de ambientes en donde se realizaban comicios, lecturas, juicios, pero también en donde encontraban resguardo miles de vagos. Y después los templos, desde los cuales las divinidades paganas dominaban y tutelaban a aquella, que en sus tiempos, era la metrópolis más poblada de la tierra.

    ¿Pero qué aspecto tenía la gente que animaba las calles de Roma? La respuesta nos viene dada por una ciudad en los faldeos del Vesubio, Pompeya, sepultada con casi todos sus 20 mil habitantes en la erupción del 79 d.C. De los análisis realizados en los frescos y en los restos de las personas fallecidas en la catástrofe, sabemos que los hombres tenían una altura promedio de 1,66 metros, y las mujeres de 1,54. Los primeros pesaban alrededor de 65 kg., y las segundas alrededor de 49, resultado de una dieta principalmente vegetariana. La edad promedio era de apenas 40 años. También por esta razón se casaban tan jóvenes, a los 13-14 años. Cada pareja tenía por lo general dos o tres hijos y un anciano por mantener. Sólo los niños llevaban el pelo largo, pero tampoco la calvicie era bien vista. La barba estaba permitida sólo a los filósofos, hasta que el emperador Adriano la convirtió en una moda. Las mujeres hacían un amplio uso de cosméticos, bases (hechas con carbonato de plomo, una sustancia tóxica), lápiz labiales (de yeso rojo o algas purpúreas), sombras (polvos de malaquita) y perfumes. Se usaban mucho también los cabellos postizos de color rubio, adquiridos a las poblaciones del norte.

    Aquella de Roma, era una sociedad multiétnica, con una fuerte presencia de extraeuropeos y mestizos. El componente etrusco variaba desde un 40% en las localidades de la Italia central, a un 10% en el sur de Italia. Pero habían también Sanitas, Griegos, Caucásicos e inclusive personas que provenían de la África negra. Una ciudad, por lo tanto, meta de miles de viajeros e inmigrantes, mistificada por muchas poblaciones del imperio en donde el concepto de raza era prácticamente desconocido. Y por esto, tuvo que pagar un precio no indiferente. Juvenal en una sátira, describe a Roma como un desproporcionado mercaducho regional, donde era casi imposible vivir: escribe, “la ola de gente que me está por delante me obstaculiza, aquella que se encuentra por atrás, me presiona por las espaldas como una falange cerrada” continúa el poeta “por acá uno me da un codazo, por allá me pega duramente una lettiga al pasar, otro me pega con una viga…”

    Problemas de alojamiento:
    La siempre mayor afluencia de personas y el espacio que se reducía progresivamente, obligaban a los últimos que llegaban a contentarse con habitaciones constituidas por una sola gran pieza, iluminadas solo por la luz que entraba por la puerta o al máximo por alguna ventanilla. Para hacerle frente a la sobrepoblación se recurrió a una solución que muchos comentaristas de la época juzgaron como peor que el mal: las insulae, precursoras de los modernos condominios, pero en realidad inestables edificios de cuatro o cinco pisos muchos de ellos habitados por cientos de pobres y esclavos.

    En el primer piso (planta baja), estaban las bodegas con un entrepiso piso para el alojamiento de los mercaderes; arriba, los departamentos de 2 o 3 locales. No obstante estaban privados de cualquier confort, calurosos en el verano y fríos en el invierno, algunos eran muy caros y arrendarlos no estaba al alcance de todos. El poeta Marcial afirmaba con sarcasmo que los inquilinos podían casi darse la mano de un edificio a otro. Fruto de las especulaciones de las clases acomodadas, las insulae eran construidas preferentemente en madera y bien a menudo, eran devoradas por las llamas, al igual que sus ocupantes.

    Y después, el ruido, ensordecedor. Séneca, que vivía encima de una estructura termal, así se lamentaba: “Me rodea un ruido, un gritar constante en todos los tonos que te hace desear ser sordo. Siento el jadear de aquellos que se ejercitan afanosamente con los pesos de plomo…Cuando después llega uno de esos que no saben jugar a la pelota sin gritar, y comienza a contar los puntos hechos en alta voz, entonces se acabó. Está el vendedor de bebidas, el salchichero, el pastelero y todos los diferentes vendedores que andan ofreciendo sus mercancías con una especial y única modulación de voz”. Y en las noches las cosas no mejoraban: a los carros y otros medios que abastecían a Roma, les estaba prohibido circular de día (con raras excepciones) para no hacer más caótica la situación. Así, al atardecer y llegar la oscuridad, la ciudad, casi totalmente carente de iluminación, se llenaba de carros y carritos. Comenta Marcial: “En Roma, la mayor parte de los enfermos muere de insomnio, porque ¿cuál casa en arriendo te permite dormir?”.

    También realizar un simple paseo era toda una empresa: pocas veredas, calles angostas, y además, varias veces obstruidas, en una época en que el único sistema para deshacerse de la basura era tirándola por la ventana. Las calles (vías) tenían un andar irregular y no poseían generalmente nombres. Tampoco las casas eran numeradas. Para los forasteros era casi inevitable confiarse en la “guía” de un habitante del lugar. Con todos los riesgos del caso. Los barrios más peligrosos eran obviamente aquellos populares, como el Esquilino, el Viminale o peor, la Suburra: aquí se encontraban los antros y locales de peor reputación, refugio de prostitutas, ladrones y cualquier tipo de delincuente. Después del atardecer, caminar en la ciudad era un reto al destino: los delitos eran muy frecuentes y quien estaba obligado a poner un pie fuera de su casa lo hacia acompañado de esclavos armados y con antorchas. Pero de todas formas, alrededor de un cuarto de la población de la Urbe se adaptaba a dormir bajo los puentes o los arcos de los grandiosos edificios, o sino, en improvisadas construcciones. La iluminación pública apareció sólo en el 450 d.C. Antes, las calles eran totalmente oscuras y las casas iluminadas por linternas o antorchas.

    Por cientos de miles de personas en condiciones precarias, habían otras que ostentaban riqueza y poder. Magistrados, jefes militares, políticos, banqueros y negociantes vivían lejos del centro, en zonas como el Quirinale, el Pincio, el Oppio o el Aventino, en villas de un sólo piso, rodeadas de jardines extraordinarios, con piscinas, termas, columnatas, porticados forrados en mármol. La planta de estos edificios era más o menos la misma: una primera zona –donde estaban expuestos los retratos de los antepasados y surgía el tabernáculo de los dioses protectores de la casa- incluía el atrium (una sala de entrada con una abertura en el techo para hacer entrar luz y agua) y el tablinum (donde estaba el archivo, la biblioteca y se recibía a las visitas); la segunda zona se desarrollaba alrededor a un patio porticado con jardín central (peristylium) por donde se iba a las habitaciones y al triclinium, el comedor.

    ¿Y el trabajo? En la época era aún un concepto indefinido. Sin duda no era un recurso para vivir. No al menos para todos. El cansancio, el trabajo arduo eran sólo de los esclavos y de las clases pobres, mientras los romanos más acomodados (pero no sólo ellos) alternaban la actividad pública de la mañana con el llamado otium, el tiempo dedicado a los juegos, a los circos, al relajo. Inclusive ser parte del ejército, para los ciudadanos de la edad imperial, se había convertido en algo inaceptable. En la antigua Roma, la privacidad no existía. Los hechos íntimos eran expuestos en la plaza sin vergüenza y comentados, como advertencia o ejemplo.

    Baños Romanos:
    Uno de los principales lugares de encuentro y placer eran los baños y las termas, construidas con las ganancias de las conquistas: habían más o menos 867 extendidas en el perímetro urbano. Su notoriedad creció rápidamente hasta convertirse casi en un símbolo de la metrópolis y de su filosofía de vida: el baño precedía el banquete posmeridiano, se paseaba en los jardines que había en los alrededores de las tinas y piscinas y se cerraban negocios. Para hacer funcionar estos establecimientos se necesitaba mucha agua, once acueductos abastecían a Roma más de cuanta puedan disponer hoy en día la muchas ciudades en el orbe.

    Pero sólo pocos privados, más o menos dos mil, podían gozar del agua corriente en las casas. El resto de la población recurría a las numerosas fuentes, al Tíber o se conectaban abusivamente a los conductos públicos. De hecho, algo similar, a lo que pasa hoy en día en muchas zonas del mundo. Baños calientes y fríos, masajes, sauna. Ir a las termas era la actividad más agradable y deseada. Durante la república los romanos aprendieron de los griegos la costumbre de incorporar en las casas, para quien pudiera permitírselo, una habitación para el baño. Y se apasionaron de tal manera que terminaron por construir, solo en Roma, once grandes complejos termales públicos (gratuitos) y 856 establecimientos balnearios privados (para entrar se pagaba un cuarto de As, los niños entraban gratis).

    En los enormes establecimientos termales, se podía acceder a distintos tipos de tratamiento, desde la transpiración en seco, a los masajes, al baño verdadero, frío o caliente, en grandes piscinas o en tinas individuales. Hornos subterráneos calentaban el agua e introducían aire caliente en los respectivos espacios existentes entre las murallas externas y aquellas internas. Con Domiziano y Trajano ningún impedimento prohibió más a las mujeres de bañarse con los hombres; a quien no le agradase tal promiscuidad, podía dirigirse a los establecimientos reservados sólo para las mujeres. En realidad, también en algunas termas públicas se obtenía la separación de los ambientes comunes, asignando horas distintas a los baños masculinos y a los femeninos.

    Trajano (emperador desde el 98 al 117) ha legado con su propio nombre también a una de las termas más grandiosas de Roma. Construidas en el Esquilino, en el 109 d.C., las termas de Trajano ocupaban un área de alrededor 10 hectáreas. Fueron las primeras orientadas en modo de aprovechar por todo el transcurso de la jornada la luz y el calor del sol. Hoy día, quedan algunos restos en el parque del cerro Oppio. Entre todas las calamidades que Roma tuvo que combatir, el fuego fue sin duda, una de las más insidiosas. Una mínima distracción o desatención en la manutención del fuego doméstico (focolare domesticus) podía de hecho iniciar incendios colosales, alimentados por la madera de la cual estaban hechas las habitaciones populares. Por esto, en el 6 d.C., se instauró la milicia de los vigiles, un cuerpo de 7 mil hombres (divididos en 7 cohortes) comandadas por un praefectus vigilum.

    A los “vigili”, que vivían en cuarteles especiales, les correspondía apagar los incendios pero también prevenirlos: por esto terminaron también teniendo tareas más amplias como de policía, especialmente para la seguridad nocturna. Según una ley emanada por el emperador Tiberio, al cuerpo de los vigiles podían acceder también los libertos, los cuales después de 6 años de servicio recibían la ciudadanía romana. El operar de los vigili, dotados de bombas, escaleras, aparejos y cuerdas, cubiertas con reservas de vinagre, orina y arena, se revelaban particularmente eficaces, también gracias a la abundancia de agua en Roma. 

  • Recuperando la Edad Media

    Recuperando la Edad Media

    La Edad Media en el Siglo XX:
    En el siglo XX aparecieron dos fuerzas muy diferentes que contribuyeron a formar nuestra visión del pasado medieval. La primera fue la gran cantidad de estudios sobre la Edad Media que se realizaron en las universidades. Miles de tesis doctorales y de facultades de literatura han estudiado la historia y la cultura del período, generando cientos de libros de texto, de estudios y de monografías. Al mismo tiempo, surgió otra fuerza que presentó su propia imagen de la Edad Media: el cine.

    A finales del siglo XIX y principios del XX, la historia, la literatura, y luego la historia del arte se constituyeron en profesiones diferenciadas. Se establecieron cátedras para su enseñanza y se multiplicaron los cursos, las titulaciones y los departamentos universitarios que giraban en torno a ellas. Aparecieron entidades especializadas, como la Academia Medieval de Estados Unidos, que se fundó en 1925.

    El pueblo de Saint Andrew era un centro de peregrinación medieval

    El resultado de estos grandes adelantos de la organización y el financiamiento fue que la Edad Media quedó en manos de académicos profesionales, que trataban de imprimir su imagen del pasado en los jóvenes de clase media a los que educaban. Las opiniones de los académicos, no siempre bien entendidas, dieron forma a las imágenes del período que se formaron sus discípulos, y estas mismas imágenes han sufrido cambios.

    La historiografía medieval ha atravesado tres grandes momentos. El primero, a principios del siglo XX, privilegiaba la historia política y constitucional, y era un sistema de formación de funcionarios públicos y de administradores imperiales; la segunda dio más peso a la historia económica y social, y estuvo muy influida por las controversias de las décadas medias del siglo; la tercera se origina en el consumismo, el hedonismo y el feminismo de los tiempos actuales, que han encontrado su objeto natural en la historia de la cultura.
    Por supuesto, en todos estos momentos se pueden encontrar ejemplos de los demás, pero la tendencia es clara. Las anteriores generaciones de estudiantes, acostumbradas a investigar los grandes documentos de la historia constitucional de su país, contrastan con quienes defienden la interpretación marxista de la Edad Media o el valor de la escuela francesa de los Annales, influida por el marxismo, o con los estudiantes de los cursos superiores de la actualidad, que se interesan por el papel del género o del cuerpo en aquella época.

    Los cambios sociológicos y educativos del estudiantado se han visto acompañados por cambios paralelos de la imagen misma de la Edad Media que se les enseña. No sólo las modas han dado forma a los estudios medievales durante el siglo XX. Lamentablemente, la nueva disciplina también se ha visto sometida a los regímenes políticos del momento. En 1937, el nombre de la principal revista alemana de estudios medievales dejó de ser Neues Archiv (Archivo Nuevo) para convertirse en Deutsches Archiv (Archivo Alemán), abandonando también la tipografía moderna para adoptar la pseudomedieval, llamada Fraktur o gótica. El primer artículo de la nueva revista se titulaba «La Edad Media alemana», y su primera frase rezaba: «Para el nacionalsocialismo es indispensable que la validez universal de su cosmovisión conforme la base de la ciencia alemana, y que siga conformándola durante todo el porvenir». No todos los eruditos alemanes abrazaron el nazismo, como lo testimonia el hecho de que tantos de ellos abandonaran el país y pasaran a enriquecer las universidades inglesas, pero muchos lo hicieron.

    Castillo de Warwick 

    En los países comunistas, los estudiosos estaban obligados a incluir a Marx y a Engels en sus bibliografías y a organizar su pensamiento de acuerdo con la teoría decimonónica de la evolución social de los dos fundadores del comunismo. De ello no siempre resultaron estudios empíricos de mala calidad: una de las investigaciones precursoras sobre el campesinado medieval inglés pertenece a un marxista impecable, E. A. Kosminsky. Sus estudios sobre la historia agraria de Inglaterra en el siglo XII aparecieron en traducción inglesa en 1956, con un prefacio donde el autor proclamaba: «He basado mi trabajo en el método marxista- leninista», y en una nota al pie citaba respetuosamente los últimos trabajos de José Stalin. El libro constituye un estudio histórico esencial sobre los modelos de propiedad del período medieval. Para la investigación histórica, la rigidez del marxismo demostró ser un veneno menos letal que las doctrinas racistas de los nazis.
    De este modo, entre el año 1900 y el momento actual se desarrolló un amplio sector académico y universitario dedicado a explicar y representar la Edad Media ante un público relativamente amplio. Esto tiene su importancia, pero mucho más la tiene el cine, a causa de, su capacidad para transmitir imágenes. Muy poco después de su nacimiento, se comenzaron a hacer películas de tema medieval. Juana de Arco pasó al celuloide en 1900, y la primera película sobre Robin Hood data de 1908. Así como las ideas que tenemos en la actualidad del imperio romano o del salvaje oeste están compuestas por un 90 % de cine y un 10 % de realidad, del mismo modo cuando pensamos en la Edad Media lo más probable es que nos la representemos según lo que hemos visto en la pantalla.

    Como es lógico, en el cine europeo se pueden encontrar ejemplos de poderosas imágenes del Medievo: la versión expresionista de Lang de las antiguas leyendas germánicas del Nibelungenlied (1924), el clásico nacionalista épico de Eisenstein, Alexander Nevski, o El Séptimo Sello (1957), la sombría y evocadora pintura de la conciencia y la muerte durante la Edad Media tardía de Bergman. El cine francés ha ofrecido muchas interpretaciones memorables de Juana de Arco. Pero quien dominó el género fue Hollywood, con sus versiones de hechos históricos, de leyendas de la Edad Media y de obras de ficción ambientadas en el período medieval. Las novelas históricas de los románticos, que ya había hecho tanto para crear una Edad Media vívida y pintoresca, fueron objeto de traducción cinematográfica. La MGM adaptó una de las novelas medievales más leídas de Scott: en la producción de Ivanhoe de 1952 se ve un castillo especialmente construido para la película, y que se dejó envejecer durante todo un año antes de comenzar el rodaje. En 1958, el mismo libro dio origen a una serie de televisión. Nuestra Señora de París de Víctor Hugo fue llevada siete veces al cine, primero en Francia en 1906 y noventa años después en la versión de Disney de 1996.

    Las producciones épicas de Hollywood como El Cid (1961) han influido tan poderosamente en la imagen popular de la Edad Media como todo lo que han escrito los historiadores. En esa película, Charlton Heston, muy erguido y leal, sigue su camino en un mundo lleno de peligros, de príncipes malvados y de temibles invasores. De acuerdo con la apología convencional de la paz que se hacen los filmes bélicos de la época, no se retrata al Cid como en realidad fue, un buen capitán de mercenarios, ni como campeón del cristianismo contra los musulmanes. En lugar de ello, es un hijo leal de «España», una España multicultural donde todos, hasta los musulmanes son muy educados. Los enemigos de todos ellos son los invasores fundamentalistas de Marruecos, vestidos de negro. Heston-Cid interviene en un complejo torneo ante las murallas de la ciudad de Calahorra, demuestra su coraje y su clemencia en los combates y muere defendiendo Valencia contra los sitiadores africanos. Sofía Loren añade la intriga amorosa haciendo el papel de doña Jimena, la esposa del Cid, cuyos sentimientos se ven complicados por el hecho de que su marido ha dado muerte a su padre (lo cual, contrariamente a lo que podía suponerse, es un recurso romántico ya empleado en la tragedia clásica francesa del siglo XVII).

    Las tumbas medievales son un ejemplo excelso de arte

    Al igual que los grandes cuadros históricos del siglo XIX o las óperas de Richard Wagner y de otros compositores, las películas de tema medieval presentan imágenes vigorosas, imponentes e inolvidables a un público mucho más numeroso que los lectores de los estudios académicos. En realidad, las películas históricas hollywoodenses son una continuación sin fisuras de la pintura histórica y de las óperas del período anterior. Pertenecen a la misma cultura romántica tardía, lo que no sólo se ve claramente en la música, sino también en la idealización del heroísmo, en lo elemental de sus modelos de la masculinidad y la feminidad, y en su tono ingenuo y moralizante. Reforzada por toda una corriente de fantasías pseudomedievales como los libros de Tolkien, y habiendo encontrado una nueva expresión en los juegos electrónicos, la Edad Media romántica ha logrado transmitirse por los medios informáticos y convertirse en una imagen ampliamente difundida. 

  • Principio y término de la verdadera libertad

    Principio y término de la verdadera libertad

    No es raro escuchar decir que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro. De esa manera, dicen, se garantiza y se asegura el respeto entre las personas. El principio de mi libertad, así, encuentra su fundamentación en el término de la libertad de los demás. Pero, cuando se afirma esto: ¿se piensa bien lo que se quiere significar? ¿Termina realmente mi libertad donde empieza la de mi vecino? ¿Dónde empieza y dónde termina verdaderamente la libertad humana?

    Para responder a esta pregunta conviene examinar con detenimiento la naturaleza de la libertad humana. Y lo primero que es necesario afirmar, contrariamente a lo que afirman ciertas corrientes materialistas y deterministas, es que el hombre es libre. Porque ¿quién de nosotros no ha advertido alguna vez que a pesar de la limitación, a pesar de los condicionamientos que nos rodean, hemos tomado algunas decisiones libres, en el sentido de realmente mías? ¿Quién no ha sentido alguna vez en la vida el vértigo de la libertad cuando debes tomar una decisión definitiva, absoluta, comprometedora, en la que muchos de tus amigos te decían: “no lo hagas”; “piénsalo bien”, y sin embargo, incluso aún con temor, con miedo, terminamos decidiéndonos por lo que queríamos en el fondo de nuestro corazón?

    Por mucho que afirmemos diversos determinismos, lo importante es que a pesar de esos condicionamientos, es posible darnos cuenta de que cada una de las decisiones que tomamos son decisiones que hemos tomado nosotros en lo más íntimo de nuestro ser. No estamos determinados por nuestros instintos, antes bien, podemos autodeterminarnos a elegir o no elegir; podemos autodeterminarnos a elegir una cosa u otra. Esta autodeterminación de nuestra voluntad es lo que suele llamarse libre albedrío o libre arbitrio. Mientras que los animales están totalmente determinados a hacer lo que su propia naturaleza les dicta, el hombre es capaz de actuar contra esa naturaleza, como se ve, por ejemplo en el caso de aquellos que realizan una huelga de hambre. Ser libres supone la capacidad de autodeterminarnos a actuar o, lo que es lo mismo, ser libre es tener la capacidad de elegir entre distintas alternativas.

    Ahora bien, si la libertad humana se reduce a este libre albedrío, si la naturaleza más propia de la libertad del hombre se queda en esta capacidad de elegir, es evidente que como muchas de nuestras elecciones podrían perjudicar a otra persona (por ejemplo cuando elijo mentirle a mi amigo o cuando elijo apropiarme de algo ajeno) es conveniente proteger la integridad de las personas afirmando que el término o límite de mi libertad debe ponerse allí donde el otro pueda verse perjudicado, porque, se entiende que no podemos perjudicar a las  personas. Pero, este modo de razonar olvida que quien ejerce la libertad es también una persona y, por tanto, tampoco ella puede perjudicarse a sí misma porque todos los hombres aspiran a su perfección y felicidad; y no a su degradación e infelicidad.

    Es precisamente a la luz de esa tendencia hacia la felicidad humana que aparece la verdadera dimensión de la  libertad. Si la libertad es solo capacidad de autodeterminarme, capacidad de elegir una cosa u otra, no es muy difícil terminar concluyendo que entonces con mi libertad puedo hacer lo que me da la gana, puedo elegir lo que quiera cuando quiera con quien quiera, y continuar siendo libre. Puedo elegir obedecer a mis padres o no;puedo elegir dar una limosna o no, puedo elegir estudiar o no, puedo abortar o no, puedo romper los vidrios de un negocio  en medio de una manifestación o no, y un larguísimo y extenso etc. Pero, esto sería entender la libertad, pero no entender su sentido, sería acercarse a la libertad de manera impropia, por cuanto supondría no considerar que la libertad de la que hablamos es la libertad de la persona humana, no es una libertad abstracta de no sé sabe bien quién, sino que es nuestra libertad. Y la persona humana no es una criatura sin destino, no es alguien que deambula por la vida sin saber a donde ir, sino que aspira con toda las fuerzas de su corazón a la felicidad. El hombre es un ser finalizado, tiene un fin que conseguir, que no es otro que su plenitud, que su realización personal, la cual no es solamente una realización superficial, una especie de pincelada que me permita al menos aparentar ante los demás que me porto más o menos bien, sino que supone la realización de lo más íntimo y profundo de nuestro ser personal, de aquello más noble que hay en nosotros: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Aspiramos a contemplar el ser de las cosas, a conocer la verdad y a amar el bien. Todos y cada uno de nosotros queremos ser felices, queremos poseer un bien que nos sacie y nos colme completamente y que una vez poseído ya no deseemos nada más, lo cual sólo puede encontrarse en un bien infinito.

    El hombre tiene sed de infinito, tiene sed  de un bien absoluto, de allí que no pueda verse saciado con ninguno de los bienes imperfectos que nos rodean. Ahora bien, precisamente porque el hombre tiende a poseer un bien absoluto es que los bienes que no son ese bien, los bienes finitos, imperfectos, los bienes singulares y concretos, nos son indiferentes y solo los queremos, sólo los amamos, si queremos. A diferencia de los animales que están absolutamente determinados por sus instintos a desear bienes concretos y singulares, bienes que deben buscar porque así se los determina su naturaleza específica. Así el ratón busca y ama el queso; así el león busca a la gacela para alimentarse; así la oveja huye del lobo; en cambio, el hombre, que aspira a la felicidad, que aspira a un bien absoluto y perfecto, al no encontrarlo, tiende a los diversos bienes particulares, si quiere, pero si no quiere no, porque los bienes particulares no llenan el corazón del hombre.

    Somos libres de todo lo finito porque tenemos un innato amor a lo Infinito. Lo finito sólo, buscado como fin y felicidad última, deja un vacío no siempre fácil de llenar. Es en este horizonte, es en esta perspectiva y sólo en ésta, que podemos apreciar la libertad, que podemos llamar libertad humana. Sólo a la luz de la tendencia humana a la plenitud aparece la verdadera dimensión de la libertad, sólo en esa perspectiva aparece el principio y el término de la libertad, porque, evidentemente, que si el ser humano quiere alcanzar su realización, ha de tender a los bienes que le acerquen a aquella felicidad que anhela, que como hemos dicho, supone la realización de lo más noble que posee. Una libertad que impida la felicidad y a la plenitud humana es sólo apariencia de libertad.

    La libertad rectamente entendida no puede ser sino aquel don que hemos recibido para ordenarnos por nosotros mismos a nuestra felicidad. La libertad no puede ser nunca el valor supremo, nunca debemos ponerla como fin. Es ella un maravilloso y grandísimo medio para ordenarnos a nuestro fin. Claro que es valiosa, y mucho. Por eso ha sido bueno que se la exija, que se la celebre, que se la proclame, pero es valiosa como medio que nos conduce a otros valores más altos como la verdad, el bien, la belleza, la justicia, etc. La libertad nos ha sido dada para ser felices, no infelices, nos ha sido dada para realizarnos como personas, no para fracasar como tales. Una libertad que conduzca a mi ruina no la podemos desear. Por eso, si queremos acercarnos convenientemente a la libertad, hay que entenderla en el horizonte de la realización y plenitud humana. Sólo así nos aparece como lo que es: el medio por el cual, gobernandonos a nosotros mismos, siendo plena y perfectamente dueños de nosotros mismos, nos orientamos a nuestro mayor bien. La libertad personal es señorío sobre mis actos y por eso sobre mí mismo. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por mí mismo, en cada momento, lo que he de hacer para ser lo que quiero ser, lo que debo llegar a ser: una persona plena, realizada, feliz. Ahí, en el bien humano, está el principio y el término de la libertad y no en donde comienza la libertad del otro, porque de otro modo, podríamos cometer las peores atrocidades con el consentimiento de ese otro.