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  • La Respuesta Romántica

    La Respuesta Romántica

    ¿Que es el Romanticismo?; ¿es algo errático o una certeza?; ¿es de izquierda o de derecha?; ¿es revolucionario o reaccionario?; ¿que es lo que es? Tales preguntas no son académicas pero no por eso sin importancia. Al contrario, nos ayudan a entender el mundo en que vivimos.

    John William Waterhouse. The Lady of the Shalott, 1888

    En el Epílogo de la tercera edición de “La Vuelta del Peregrino” , C.S. Lewis se quejaba que por Romanticismo se entendían tantas cosas, que como palabra había pasado a no tener significación. “No usaría esta palabra para describir ningún fenómeno”, protestaba, ya que la considera “una palabra con tantas acepciones al punto de ser inútil y debería por ende, borrarse del vocabulario”. Con calma, Lewis!, si elimináramos palabras simplemente por tener múltiples y vagos significados, o porque se abuse de su significado, o éste se corrompa por una mala aplicación, resultaría casi imposible poder hablar o expresarnos. Tomemos como ejemplo la palabra “amor”. Pocas palabras han sido tan manoseadas como “amor” y sin embargo, pocas palabras son de tal importancia axiomática para el entendimiento de sí mismo.

    John Lennon y Jesucristo no quieren decir lo mismo cuando hablan del amor. Uno se pone una flor en el pelo y se embarca en un viaje alucinógeno a San Francisco, mientras que el otro acepta que le pon- gan una corona de espina en su cabeza y va al Gólgota a encontrar SU muerte. El uno se desvía, el otro muestra el CAMINO. El uno es sublime, y el otro ridículo. Por supuesto que C.S. Lewis entendía esto perfectamente. De hecho lo entendía tan bién que escribió un libroentero sobre el asunto. En “Cuatro Amores” quiso definir “el amor”. Y lo que es verdad de esa palabra “amor”, es igualmente verdad de la palabra “romanticismo”.

    Si queremos avanzar en entender el romanticismo, debemos aban- donar la noción de abolir la palabra “romanticismo”, y comenzar, en vez, a definir los términos. Lewis, a pesar de sus protestas, entendía perfectamente esto y del deseo de abolir la palabra, pasó a enumerar varias definiciones de la misma, argumentando que“podemos distinguir al menos siete especies de cosas a las que se le llaman románticas”. ¡De cuatro amores a siete romanticismos!, Lewis no estaba para abandonar el significado, o “mens sana” a otros hombres sin mente ni pecho!

    Ya que las siete definiciones del romanticismo, de Lewis son difíciles de manejar, es necesario afinar nuestra definición del romanticismo en una unidad comprensiva de la cual las otras definiciones sean sub sets. Que caracteriza o distingue al romanticismo, o volviendo a la pregunta inicial, ¿que es?. De acuerdo al Diccionario de Filosofía, Collins; el romanticismo es “un estilo de pensamiento y de percepción del mundo, que dominara la Europa del siglo XIX”. Partiendo en la cultura medieval temprana, se refería originalmente a los cuentos en la lengua Romance sobre el amor cortesano y otros temas sentimentales que se distinguen de las obras escritas en latín clásico. Desde el comienzo, por ende, “el romanticismo” estuvo en contra distinción del “clasicismo”. El primero se refiere a un punto de vista marcado por sentimientos refinados y recíprocos, y por lo tanto se puede decir que es introvertido, subjetivo, “sensible” y dado a los sueños nobles; el último está marcado por el empirismo, gobernado por la ciencia y medición precisa y podría llamársele extrovertido.

    Joseph Karl Stieler (1781–1858). Retrato de Ludwig van Beethoven Componiendo la Missa Solemnis. 1820 Current location Beethoven-Haus.

    Habiendo definido nuestros términos, entendiendo, en el sentido más amplio y general; podemos proceder a una discusión de la forma en que la sociedad humana ha oscilado entre las dos visiones alternativas de la realidad representada por el clasicismo y el romanticismo. Antes que nada, sin embargo, debemos insistir en que esta oscilación es en sí una aberración, producto de la modernidad. En la Edad Media no existía tal oscilación entre los dos extremos de la percepción. Al contrario, el mundo medieval se caracterizaba, y de hecho se definía por, una unidad teológica y filosófica que trascendía la división entre romanticismo y clasicismo. El nexo entre filosofía y teología en la visión del hombre en el Platonismo Agustino y el Aristotelismo Tomista estaba representado en la fusión de fides ratio, la unión de fe y razón. Tómese como ejemplo el uso figurativo o alegórico en la literatura medieval, o el uso del simbolismo en el arte de la época. La función de lo figurativo en el arte y la literatura medieval no tenía como propósito principal producir sentimientos espontáneos en el observador o lector, sino estimular al observador o lector a ver el significado filosófico o teológico contenido en la configuración simbólica. En este sentido, el arte medieval, iluminado por la filosofía y teología medieval, es mucho más objetivo y extrovertido que el ejemplo más “realista” del arte moderno. El primero apunta a las ideas abstractas que son el fruto de una tradición filosófica que existe independiente tanto del artista como del observador; el segundo recibe su “realismo” sólo de las emociones y sentimientos de aquellos que lo “experimentan” o “sienten”. Uno exige que el artista o el observador se proyecten más allá de sí mismos a la verdad trascendente que está afuera; mientras que el otro se desliza por los sentimientos de la experiencia subjetiva. El rendir lo trascendental a lo transitorio, lo perenne a lo efímero, es la característica de la sociedad post cristiana y por ende, post racional. Es la marca de la bestia. La fusión medieval de la fe y la razón se fragmentó, teológicamente, con la Reforma, y filosóficamente, con el neo clasicismo de fines del Renacimiento. El romanticismo y el clasicismo, puede decirse, representan intentos de reparar los fragmentos del huevo Humpty Dumpty del cuento. Son en realidad intentos de darle sentido al sinsentido de la fragmentación de fe y razón.

    La pretenciosa auto nominada “Ilustración” era el Fenix-Frankestein filosófico que se elevó de las cenizas de esta fragmentada unidad. Representa la razón sin fe, o mejor dicho, una fe ciega en la pura razón. De la misma forma que la fragmentación teológica de la Reforma Protestante había llevado a un rechazo de la ratio (razón) escolástica, incluyendo solo el fides; la fragmentación de la Ilustración-Renacimiento, llevó a un rechazo del fides, incluyendo sólo la ratio. La creencia que el hombre había destronado a los dioses de la superstición, llevaría muy rápidamente a la supersticiosa elevación del hombre a ser un dios auto adorador. En el tiempo esto llevó a la veneración de la diosa Razón en la Catedral Notre Dame de París durante el Reino del terror que surgió a continuación de la Revolución Francesa, la primera manifestación del totalitarismo racionalista. Si la Ilustración se caracterizó por el cientificismo y el escepticismo, es decir, la veneración de la ciencia y la denigración de la religión; la Respuesta Romántica en contra de la Ilustración se caracterizó por el escepticismo hacia la ciencia y la resurrección de la religión. El Romanticismo emergería, de hecho, como la reacción de “fe inarticulada” en contra de la “razón inarticulada”; es decir la veneración del corazón en guerra contra la veneración del seso. Fue un espectáculo muy alejado del paisaje de unión de corazón y seso que caracterizara a la civilización cristiana. La Respuesta Romántica, sería, sin embar- go, un paso significativo en la dirección correcta, llevando a muchos románticos de corazón noble, al corazón de Roma. Este fue el caso de al menos Inglaterra, Francia, aunque en Alemania se desvió vía el genio de Wagner y la locura de Nietzsche, a la psicosis de Hitler.

    La respuesta romántica en Inglaterra, puede decirse, tuvo su génesis en 1798 con la publicación de Las Baladas Líricas (Lyrical Ballads), de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge. Publicado sólo nueve años después de la Revolución Francesa, el poema Lyrical Ballads representaba el alejamiento y rechazo del racionalismo que había llevado al Reino del Terror. Wordsworth pasó de un “estado espiritual sereno y sublime” de un panteísmo optimista, evidente en sus “Lineas Compuesta varias millas sobre la Abadía de Tintern”, a un completo acuerdo con la Cristiandad Anglicana, evidente en la descripción alegórica de Cristo en “Resolución e Independencia”. Coleridge echó el guante del desafío de la Cristiandad en la sublimación de los sublime en “la Rima del Viejo Marinero”; y en sus “Himno al Alba en el valle de Chamouti” apuntó más allá de la naturaleza majestuosa (OSovran Blanc!) a la majestuosidad del Dios de la naturaleza:

    Quién te dio gloria como las Puertas del Cielo
    bajo la espléndida luna llena? Quién ordenó al sol
    que te vistiera con el arco iris? Quién ordenó guirnaldas a tus pies del azul más bello?
    Dios! Deja que los torrentes, como el clamor de naciones contesten! Y deja que las mesetas heladas hagan eco, Dios! Dios! Que canten los esteros de las praderas con voces alegres!
    Y los pinares, con sus suaves sonidos del alma!
    Que alcance su voz, más allá de los picos nevados,
    y que en su peligrosa caída, truenen, Oh Dios!

    En su reacción en contra de la Ilustración y sus monstruosos en- gendros, la Revolución Francesa, Wordsworth y Coleridge pasarían por sobre los errores y el terror de los tres siglos precedentes para redescubrir la pureza y un pasado cristiano, saltándose la herejía para encontrar la ortodoxia. Esta forma de reacción se repetiría en varias de las manifestaciones del neo-medievalismo que seguiría al Romanticismo de Wordsworth y de Coleridge. El renacimiento gótico, anunciado por el arquitecto Augustus Pugin en 1830 y defendido por el crítico de arte, John Ruskin, veinte años más tarde, buscaba descubrir una estética más pura a través de de las nociones de belleza del Medioevo. El Movimiento de Oxford, liderado por John Henry Newman, Edward Pussey y John Keble, buscaba un retorno a una visión católica más pura para la Iglesia de Inglaterra, saltándose la Reforma en un intento por injertar la Iglesia Anglicana Victoriana a la Iglesia Católica de la Inglaterra medieval, promoviendo la liturgia católica y la interpretación católica de los sacramentos. La hermandad pre-Rafaelita, formada después de 1850 por Dante Gabriel Rosseti, John Everett Millais, William Holman Hunt, y otros; buscaba una visión más pura del arte, pasando por sobre el arte de Renacimiento tardío, buscando la claridad de la pintura medieval y del Renacimiento temprano, pintura que, como lo sugiere la rúbrica de pre-Rafaelita, era anterior a las innovaciones de Rafael.

    John Everett Millais: Ophelia. 1851 – 1852 Tate Britain, London

    Quizás la voz poética emergente más importante de la Respuesta Romántica es la de Gerard Manley Hopkins, quien fuera recibido en la Iglesia Católica por John Henry Newman en 1866, veintiún años más tarde de la propia conversión de Newman. Influenciado por las figuras de la pre Reforma, como San Francisco y Duns Scotus, y por el rigor anti reformista de San Ignacio de Loyola, Hopkins escribió poesía llena del dinamismo de la ortodoxia religiosa. No publicado en vida, Hopkins estaba destinado a surgir como uno de los poetas más influyentes del siglo XX, después de la publicación de sus versos en 1918, casi treinta años después de su muerte. Aunque estas manifestaciones del Romanticismo neo medieval, transformaron la cultura del siglo XIX, contrastando con el optimismo y triunfalismo cientificista de la psiquis imperial Victoriana, sería un grave error sugerir que el Romanticismo siempre desembocó en el medievalismo. Las tendencias neo medievales de lo que podría denominarse Romanticismo Luminoso eran acompañadas a la par por un Romanticismo Oscuro, evidenciado en la vida y obra de Byron y Shelley, quienes demostraban tendencias nihilistas y desesperación ensimismada.

    Si Wordsworth y Coleridge reaccionaban en contra del ícono racionalista de la Revolución Francesa, Byron y Shelley pretendían reaccionar en contra de la propia reacción de Wordsworth y Coleridge!. Fuertemente influenciado por las Lyrical BalladsI, Byron y Shelley se sentían incómodos con el tradicionalismo Cristiano que Wodsworth y Coleridge comenzaban a hacer suyo. Byron dedicó bastante espacio en el Prefacio del Pergrinaje del Niño Harold, para atacar las monstruosas necedades de la edad media”, y Shelley en su “Defensa de la Poesía”, declaraba su horror de la Tradición, insistiendo que los poetas debían ser los esclavos del espíritu de los tiempos, y que “debían reflejar las sombras gigantescas que el futuro echa sobre el presente”. Esclavos del espíritu del Presente, y espejos de la Gigante presencia del Futuro, los poetas eran guerreros del Progreso que buscaba vencer los supers- ticiosos retazos de la Tradición. Es posible que estas soserías pudieran ser excusadas como locuras y liviandades de la juventud, sobre todo considerando que hay evidencia de que Byron aspiraba a algo más sólido que un deísmo inarticulado y sin credo, como en su “ The Prayer of Nature” (Oración de la Naturaleza); y que el ateísmo militante de Shelley se estaba convirtiendo en un panteísmo fugaz. Sus tempranas muertes así como la temprana muerte de su menos tenebroso colega Keats , truncaron su intento de encontrar la luz a partir de sus ensimismadas y oscuras existencias y anhelos. Como un ladrón furtivo en la noche, la muerte los ha preservado para siempre como íconos de la locura que a menudo, y casi a pesar de ellos mismos, alcanza alturas de belleza y percepción notables.

    En lo esencial, al comparar Wordsworth and Coleridge con Byron y Shelley, vemos la separación entre la altura de miras del Romanti- cismo Luminoso y el camino de profundidades de los Románticos oscuros. Sin embargo, si supusiéramos que la separación fuera permanente y que como en el caso de Oriente-Occidente de Kipling, “hebras que nunca se han de encontrar”, cometeríamos un grave error. Las dos vertientes del Romanticismo tienen más en común que el camino alto y el camino bajo que conducen a los “bellos, bellos bancos del Lago Lomond”, o visto de otra forma, convergen donde todos los caminos lo hacen, en Roma! Porque, como corresponde a un romance, el Romanticismo aún cuando sea Oscuro, a menudo lleva a Roma. La Influencia de Byron en la corriente oscura, cruzó la Mancha, y se entronizó en la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysmans, todos eximios exploradores de la desesperación, que en su momento descubrieron la realidad del infierno y retornaron despavoridos al seno de la madre Iglesia. Baudelaire fue recibido por la Iglesia en su lecho de muerte, Verlaine se convirtió en prisión; y Huysmans, habiendo intimado con lo diabólico, terminó sus días en un monasterio. La principal diferencia entre el Romanticismo Oscuro de Byron y Shelley y la decadencia de Baudelaire, Verlaine y Huysman, es que los primeros se internaron en la oscuridad de sus propios egos con nada, sino la Nada, que iluminara sus divagaciones; mientras que los últimos, se internaron profundo en su propia oscuridad interior aprovechando la luz de la teología. Los primeros se perdieron en las elocuciones circulares de la navegación ensimis- mada en redondo, mientras que los últimos descubrieron la Bestia, que habitaba en el pozo sin fondo de la obsesión consigo mismo y, golpeándose el pecho, se arrodillaron al fin ante el Cristo que sus propios pecados habían crucificado. Es interesante notar que la Decadencia Francesa, fue caracterizada por su preocupación con el simbolismo, que en sí, era un retorno al modo de comunicación que se empleaba en el arte medieval.

    Si el Romanticismo oscuro había cruzado la Mancha en disfraz Byroneano, metamorfoseándose en el simbolismo de la Decadencia Francesa, cruzó el Canal de nuevo, bajo el auspicio de Oscar Wilde, que era aficionado de Baudelaire y Verlain. De manera quizás perversa, Wilde había leído la obra recién publicada de Huysmans, A ReboursI, una obra maestra de la decadencia, durante su luna de miel en París que influenciaría profundamente su propia obra decadente: El Retrato de Dorian Gray. Tal como sus antecesores franceses, los decanos de la Decadencia Inglesa, también encontraron su camino a la Iglesia Católica, volviéndole la espalda al exceso y a la modernidad, favoreciendo el Cristianismo tradicional. Fuera de Wilde, que fue recibido en la Iglesia Católica en su lecho de muerte, otras figuras de la Decadencia Inglesa, se decidieron por el Papa, como Aubrey Beardsley, Lionel Johnson, John Gray, Ernest Dowson e incluso el enfant terrible de los 1890 ́s, Lord Alfred Douglas. Se puede ver, por lo tanto, que el camino alto y el camino bajo convergen en la vía de la Conversión Romana. El camino alto de la santidad fue seguido por Newman y Hopkins, ambos convertidos sacerdotes católicos, mientras que en el camino bajo del pecado, o la vía del hijo pródigo, fue elegido por un grupo amplio de decaden- tes franceses e Ingleses. No hay que olvidar que Oscar Wilde nunca se cansó de recordarnos que, incluso los santos han sido pecadores, y que todos los pecadores son llamados a la santidad.

    Caminante sobre el Mar de Nubes, Caspar David Friedrich. Kunsthalle de Hamburgo (1818).

    Desde la publicación de Lyrical Ballads en 1798, hasta la muerte de Oscar Wilde en 1900, la Respuesta Romántica podría verse , en general, como una reacción contra el superfluo racionalismo y la anti religión de la Ilustración. Pero a pesar de sus muchas faltas y desvíos, se las arregló para seguir el camino correcto, perdiendo el rumbo en pocas ocasiones. Concluyamos, volviendo a las preguntas iniciales.

    ¿Qué es el Romanticismo?
    Es la reacción generalmente sana del corazón a la testarudez de la cabeza. Es errático o una certitud? A menudo está en lo correcto, aunque también se equivoca, pero como en las palabras del mal entendido romántico, el Rey Lear “ se peca más en su contra sin ser un pecado en sí”.

    ¿Es de izquierda o de derecha?
    Ha sido sabio para no caer en esa trampa clasificatoria. Los conceptos políticos de izquierda o derecha son el producto del racionalismo “irracional” de la Revolución Francesa, es el lenguaje del parlamento de los necios. El verdadero Romanticismo, como el verdadero Clasicismo, siempre se ha preocupado de los asuntos del bien y el mal, contentándose con dejar la retórica de izquierda y derecha a los sinvergüenzas y charlatanes.

    ¿Es revolucionario o reaccionario?
    Depende, de cómo se definan los términos. Si hablamos de revoluciones políticas como la de 1789 o 1917, el Romanticismo es contra revolucionario yespléndidamente reaccionario, por lo menos en su manifestación Inglesa.

    ¿Que es, entonces?
    Es un esfuerzo de redescubrir lo que se ha perdido, un anhelar en las profundidades de la oscuridad de la modernidad por la luz de la verdad que preserva la tradición. Oscar Wilde nos recuerda “que estamos todos en el barro, pero algunos de nosotros, buscamos las estrellas”

    *Este artículo fue publicado en Diciembre del 2005 en Chronicles
    ** Traducción: Enrique Romo

  • EL CAPITÁN COOK

    EL CAPITÁN COOK

    El capitán James Cook (1728-1779) es uno de los hombres más viajados de la historia: dios tres vueltas al mundo en una época en la que el ser humano quiso conocer, ordenar y catalogar todo. Representa el cambio de mentalidad racionalista en acción y encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación, que lograron que este hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico.

    El capitán Cook es una figura poco conocida en el mundo de habla hispana. Sin embargo, en el mundo anglosajón es un verdadero ícono, contando con estatuas, billetes y estampillas en muchos de los países donde Cook no solo estuvo, sino que cambió su destino. Sin duda, se trata de uno de los hombres más viajados de la historia: dio tres vueltas al mundo en una época en la que el hombre quiso conocer, ordenar y catalogar todo. James Cook representa el cambio de mentalidad racionalista en acción, fruto de la meritocracia incipiente y ascendente desde el siglo XVIII. Encarna el espíritu aventurero, la autodisciplina y la superación que lograron que este joven hijo de campesinos de Yorkshire llegase a ser uno de los hombres más célebres del Imperio Británico y, en gran medida, uno de los arquitectos iniciales de la idea del Empire over seas.

    Sello impreso en Nueva Zelanda en homenaje al capitán Cook, ca. 1940

    Nació en Marton, Cleveland, Yorkshire, Inglaterra el 27 de octubre de 1728, en una familia campesina. Sus biógrafos insisten que desde la colina de su casa se veía el mar y que eso marcó su espíritu. Como familia se trasladaron a un cottage en Great Ayton, donde el patrón del lugar, Thomas Scott, notó rápidamente las habilidades del joven y fomentó su educación. Siendo un adolescente se fue a vivir a Staithes, un pueblo pesquero. Terminó su formación allí y luego viajó a Whitby, donde trabajó ocho años en la casa de un comerciante, John Walker. Allí vivió junto a la familia de su patrón, en el ático. Aún se puede visitar la casa del célebre capitán en Whitby. Walker era un mercader y almacenero del pueblo, de una religiosidad y rigor de vida extremo. La estancia con esta familia caló profundamente en el ser de Cook. El espíritu reformado y de disciplina de Walker lo acompañarán toda su vida. Sirvió con esmero y dedicación en su trabajo, por lo que se le ofreció el grado de capitán de un barco mercante, pero él lo rechazó para enrolarse en la Royal Navy. De este modo, Cook dejó Whitby y se trasladó a Londres.

    En dos años, el joven Cook logró llegar por sus propios méritos al grado de capitán. En ese entonces, Inglaterra peleaba la llamada “Guerra de los siete años” en Canadá. Los británicos habían iniciado su colonización en Norteamérica con territorios bastante escasos. Básicamente, las llamadas 13 colonias eran una franja de tierra en la costa este de lo que hoy es Estados Unidos. Francia tenía muchos más territorios que Inglaterra en Norteamérica y la “Guerra de los siete años”, que estalló en 1756, tuvo como propósito hacer retroceder el poderío francés. Esta guerra fue ganada por Inglaterra, quienes con ayuda del mismísimo capitán Cook lograron tomar la estratégica ciudad de Quebec en el río San Lorenzo. Si bien los ingleses ya habían logrado penetrar en la parte sur de lo que hoy es Canadá, con esta guerra llegaron al corazón del enclave francés en el Nuevo Mundo y terminaron con las aspiraciones imperiales francesas en estas tierras para siempre.

    El capitán James Cook arribó a lo que hoy es Canadá en 1758, cuando la guerra ya llevaba dos años. Le tocó presenciar el asedio de Louisbourg y luego se dedicó a trabajar en cartografía, que era uno de sus principales aficiones. Conoció a Samuel Holland, cartógrafo británico que estaba haciendo mapas de lo que hoy es Prince Edwards Island, y trabajó bajo su dirección. Viajó a Halifax para comenzar a mapear toda la costa. Más tarde hizo un trabajo de gran dificultad: mapear las corrientes y profundidades del río San Lorenzo, lo que fue estratégico para la guerra. Ese río era especialmente dificultoso de navegar ya que en su interior hay una serie de rápidos que entorpecían la entrada a Quebec. Los franceses habían mantenido en secreto esta información, lo que era una desventaja para los ingleses, quienes pretendían tomar la ciudad. Las mediciones de James Cook fueron determinantes para que los ingleses pudieran finalmente tomar Quebec y derrotar a los franceses.

    En 1760, Cook regresó a Londres y se instaló en la zona de Mall, para estar cerca del Almirantazgo. En la segunda mitad del siglo XVIII, Londres había crecido mucho y se trataba de una ciudad bullante y llena de movimiento. Un mercado en donde el Támesis era la gran carretera por la que la producción de todo el reino llegaba a Londres y desde ahí se repartía. El movimiento era frenético y las calles estaban repletas de gente. Con el avance de la Revolución Industrial comenzó a proliferar el consumo y Londres era el centro de este nuevo mundo de intercambio. El joven Cook estaba fascinado. En una taberna conoció a la hija del tabernero, Elizabeth, que se convirtió en su mujer y con la que tuvo varios hijos. Se fueron a vivir a Mile End y desde allí Cook iba constantemente al Almirantazgo. Lo nombraron cartógrafo real, en reconocimiento a su labor en el Nuevo Mundo y lo clave de sus mapas para el triunfo. Fue enviado a Canadá, donde estuvo varios meses dedicado a realizar mapas de la isla de Terranova. Trabajó en los mapas junto a Michael Lane y se interesó por la flora y la fauna de Terranova.

    El advenimiento del llamado Racionalismo y la idea que la razón humana era la que creaba la realidad habían cambiado la visión de mundo. Sir Francis Bacon llamaba desde su método experimental a dominar y controlar la naturaleza para establecer el “imperio del hombre en el mundo”. Es cierto que durante este período se cree en la existencia de un Dios creador, pero que después de crear el mundo, se fue y el mundo funciona solo, sin Él. Es un Dios creador, pero no providente, no actúa. El mundo depende del hombre, que tiene el control y dominio de ese hábitat. El interés por la cartografía era parte de ese afán de dominio y control. Ordenar, catalogar, medir todo. Europa se llenó de asociaciones científicas que querían terminar con lo desconocido, dominar lo antes ignorado y terminar con la superstición y el fanatismo. La ciencia estaba de moda y generalmente se incluía entre los pasatiempos y entretenimientos de las personas.

    En aquellos años se sabía que se produciría un alineamiento del planeta Venus con el Sol, evento que podría servir para conocer la distancia entre la Tierra y el Sol. Como el lugar donde se podría apreciar mejor este acontecimiento astronómico era desde el Pacífico, llamaron a James Cook para encomendarle un viaje con el fin de hacer la medición en alguna isla del Pacífico. James Cook inició así el primero de sus tres viajes que lo llevaron a dar la vuelta al mundo y a convertirse en el marinero con más millas navegables hasta entonces. Partieron en 1768 y regresaron tres años después, en 1771. Joseph Banks, un millonario y científico amateur, pagó una suma de dinero inimaginable por sumarse a la expedición. El gran terror a bordo de cualquier nave era el escorbuto, que para ese entonces no se sabía que era producido por falta de vitamina A, sino que se pensaba que se generaba casi espontáneamente. Cook ya intuía que tenía que ver con la dieta y había desarrollado unos barriles con repollos en vinagre con cáscaras de naranja que creía evitaban el mal. Obligaba a los marineros a comer estos repollos por turnos. Como no eran sabrosos ni lucían bien, muchos marineros no querían comerlos. Entonces Cook demostró tino y sabiduría. Comenzó a servir esta preparación en el comedor de oficiales y la convirtió en el banquete de los elegidos. Invitaba con regularidad a los marineros al comedor y les servía los repollos y así, no solo comían, sino que se sentían honrados de hacerlo. De este modo, evitó el escorbuto entre sus tripulantes y mostró manejar a su gente con gran psicología.

    Retrato de Sir Joseph Banks, de Sir Joshua Reynolds, 1773

    Después de una larga travesía, llegaron por primera vez a Tahití, isla que había sido descubierta poco tiempo antes por Samuel Wallis, quien la había calificado como el paraíso terrenal. Una isla de esplendoroso verde con mares turquesas y población amable. Un lugar donde los marineros no podían creer el hecho de que los jefes de la zona para halagarlos les ofrecían a sus propias mujeres. Parecía definitivamente el lugar más perfecto sobre la tierra y el lugar en el Pacífico para hacer las mediciones del paso de Venus con precisión. El Endeavour fue recibido por los nativos con gran alegría y los marineros estaban felices. La formación puritana de James Cook le hacía estar muy molesto frente al hecho que sus marineros se entregasen a los placeres carnales. Después de semanas de esparcimiento, lograron establecer lo que llamaron “Fuerte Venus”. James Cook estaba preocupado de preparar todo para cumplir a cabalidad con la medición de la alineación del Venus con el Sol. Otro miembro del equipo, el dibujante Sydney Parkinson, estabainteresado en dibujar lo más fielmente posible todo lo que veía en la isla, especialmente los bailes de las mujeres tahitianas, algo que parecía totalmente novedoso para los estándares europeos. Son numerosas las ilustraciones realizadas por este dibujante sobre las maravillas naturales y lo exótico de esta tierra y sus gentes.

    Finalmente, el día de las mediciones llegó y aunque el capitán James Cook actuó con gran precisión, no pudo lograr la medición exacta del momento en que Venus se alineó en el instante preciso del alineamiento. Aunque todas las observaciones habían sido hechas con rigor, James Cook se sentía frustrado. Antes de partir desde Gran Bretaña, el Almirantazgo le había encomendado dos misiones: medir el alineamiento de Venus y al culminar esa tarea debía abrir un sobre que contenía una misión secreta, que consistía en descubrir el llamado “Continente del Sur”, la llamada “Terra Australis”. La creencia popular establecía que si había una gran masa territorial en el hemisferio norte de la Tierra, debía haber un volumen similar al sur, ya que si no la Tierra misma debía desbalancearse. Su misión era descubrir ese continente perdido e incorporarlo a las tierras de la corona inglesa. Antes de partir en su nueva misión, el capitán Cook realizó los mapas de Tahití. Mientras tanto, los equipos de Joseph Banks se dedicaban a clasificar la flora y la fauna, y junto a Sydney Parkinson realizan múltiples dibujos. Banks embarcó en el Endeavour una serie de muestras botánicas e insistió en que un aborigen llamado Tupaia los acompañara durante el resto del viaje. Tupaia fue de gran utilidad, ya que la lengua de Tahití tiene muchos elementos comunes con las de otras regiones de la polinesia, lo que le permitió servir de intérprete. Sabemos mucho sobre todas estas cosas, ya que el mismo James Cook llevó un diario de su viaje que más tarde fue publicado y se convirtió en un éxito de ventas. Cook no creía en la existencia del continente del sur, pero muchos de su tripulación sí, entre ellos Joseph Banks. Años antes, en 1642, el holandés Abel Tasman arribó a unas tierras en el sur que pensó se trataba de las costas de este misterioso continente, y se esparció la idea que Tasman había llegado a Terra Australis. Las tierras a las que llegó este explorador fueron bautizadas como “Tasmania” en su honor y hoy sabemos que no era un continente, sino una isla frente a otra gran isla que hoy conocemos como Australia. Siguiendo el camino relatado por Tasman, el capitán Cook llegó las costas de Nueva Zelanda. Recorrió la costa y luego desembarcó, produciéndose el primer encuentro entre nativos blancos y maoríes. De hecho, al bajarse con su tripulación y enfrentarse a los maoríes, fueron los primeros blancos en presenciar el Haka, baile maorí de la guerra internacionalizado por el equipo de rugby neozelandés, los Old Blacks. Este baile no debió haber dejado tranquilos a los ingleses y cuando el jefe Terakau sacó una espada, algunos miembros de la tripulación temieron por sus vidas y dispararon. Timaru se encontró cara a cara con el capitán Cook y se saludaron como iguales. Cook le rindió honores al caído y logró el acercamiento con los habitantes de la isla. Tupaia fue esencial para lograr una real comunicación entre las partes. Esta prueba lingüística de comprensión entre la lengua de Tahití y esta nueva isla llevaron a Cook a pensar que se trataba del mismo pueblo. Por su parte, Joseph Banks y Sydney Parkinson realizaron muchos hallazgos e intentos de catalogación. Son múltiples los dibujos sobre la tierra y las gentes de nueva Zelanda de este primer viaje del capitán Cook. Una de las cosas que llamó profundamente la atención de los europeos fue la costumbre de realizar tatuajes simétricos en todo su cuerpo.

    Tras algunas semanas decidieron volver a embarcarse. Cook quería realizar los mapas de la zona. De este modo, se alejaron de la bahía que llamarían “Poverty Bay”. Avanzando por las costas de la isla llegaron a “Tolaga Bay”, lugar donde compartieron con los aborígenes, exploraron y dibujaron, para poder llevar reportesfidedignos a la Corona. Tras completar la cartografía de la isla y constatar que se trataba de dos islas de mediana dimensión y que no era Terra AustralisCook tomó posesión de la isla en nombre de la Corona británica. Tras esto, continuó la ruta, llegando a las costas de lo que hoy es Australia. En este lugar, la actual Sidney, quedaron sorprendidos por la flora abundante que se les presentaba a los ojos, por lo que la bautizaron como “Botany Bay”. Joseph Banks estaba fascinado. Las caricaturas de la época posterior a este viaje reflejan el entusiasmo y asombro que habría experimentado Banks y el equipo del Endeavour. Los dibujos de la flora y fauna encontrada sorprendieron al mundo. El mismo Joseph Banks, de regreso en Inglaterra, publicó un libro al que tituló Florilegium, que le valió el elogio de la comunidad científica londinense. De hecho, Banks y Cook se retrataron junto a lord Sandwich como expertos científicos, lo que los elevó a hombres de su tiempo y de moda. Las descripciones de esta “Botany Bay” llevaron luego al gobierno británico a concluir que se trataba de una fabulosa solución a la sobre densidad de las cárceles británicas. Ya las cárceles no daban abasto y desde hacía años se habían inaugurado los buques prisiones, que resultaban ser instalaciones complejas. Great Expectations, una de las novelas de Charles Dickens maduro, inicia cuando de un buque prisión se escapan dos presos que pelean a muerte. Uno de ellos se esconde en el cementerio y es ayudado por el joven Pip. Con esa primera escena comienza la historia de redención de un gran hombre y se revelan las injusticias del sistema británico. Para solucionar este tema, se pensó dar fin a los barcos prisiones y establecer una colonia penal en “Botany Bay”. Sería un lugar para prisioneros y para aquellos que requerían un nuevo comienzo, como otra vez Dickens deja en evidencia en su obra David Coperfield, donde los caídos y los villanos terminan en Australia, lugar de redención.

    Banksia integrifolia, de Nueva Zelanda, publicada en Florilegium, de Joseph Banks

    Cook y su tripulación continuaron mapeando las costas de Australia hacia el norte, pero su error fue intentar navegar cerca de la costa frente a Queensland, sin saber que ahí se encontraba la Gran Barrera de Coral. Es así como dañaron el casco del Endeavour y casi naufragan. Usando las velas como vendaje del casco, continuaron viaje hasta el norte y llegaron a lo que hoy se llama Cookstown. Eligieron un lugar en el que se juntaban dos ríos, que podía ser de gran utilidad para llevar la madera hasta allí. El río fue bautizado como Endeavour, ya que el barco fue reparado allí entre junio y agosto de 1770. No había muchos aborígenes en la zona, pero la necesidad de alimentos los hizo adentrarse en el territorio y avistaron los primeros canguros, que fueron dibujados por Sydney Parkinson. Luego escribiría en su diario “Cuán diversa y rica es la creación divina”. Nuevamente, Cook reclamó las tierras de la llamada Nueva Holanda para la Corona británica. Este acto fue esencial para la construcción de la idea del Imperio Británico e hizo de Cook un héroe nacional. De regreso a Gran Bretaña, pararon en Batavia, hoy Yakarta, que era colonia holandesa y había sido recién remodelada. Era un buen lugar para descansar, conseguir provisiones y terminar de reparar el Endeavour de modo adecuado. Pero estando allí los azotó la peste y murieron muchos hombres, incluido el joven tahitiano Tupaia. Al partir, se llevaron agua contaminada, por lo que la muerte siguió llevándose a varios tripulantes, entre los que estaba el joven dibujante Sydney Parkinson y el astrónomo Charles Green. En total, murió un tercio de los hombres de Cook. Finalmente, en julio de 1771 divisaron los acantilados de Dover. Habían regresado a casa, con solo parte de los hombres y el preciado tesoro botánico de esta vuelta al mundo de más de tres años.

    Retrato de Omai, de Sir Joshua Reynolds, 1776

    Cook fue directo al Almirantazgo en vez de visitar a su mujer e hijos. Estaba preocupado, temía que la estrella fuera Banks con sus contactos y no él. Y de hecho, fue así. Rápidamente, George III le ofreció dos embarcaciones a Banks para realizar una expedición para encontrar los mares del sur. Cook fue ascendido, sus mapas eran considerados de gran importancia, pero no le ofrecieron barcos ni tenía una próxima expedición. Cook, en vez de alegar contra Banks, le escribió agradeciéndole la oportunidad de haber hecho el viaje juntos; quería acompañarlo. Banks comenzó a exigir muchas comodidades: quería un barco con doble cubierta, lo que era inviable para un viaje como ese. Al no concedérsele lo que pedía, desistió de viajar. Así, en 1771 zarpó una nueva expedición de dos barcos: el Resolution, capitaneado por James Cook, y el Adventure, al mando de Tobias Furneaux. Cook llevó todos los adelantos que le permitieran más precisión en sus mediciones. John Harrison, un relojero importante, le diseñó un reloj que lo ayudaría a medir los grados de latitud al navegar y ser exacto en sus mediciones. La misión nuevamente era encontrar el continente del sur. De este modo, avanzaron hacia el sur y se acercaron a los hielos. El dibujante de a bordo de este segundo viaje fue William Hodges, quien retrató la inmensidad de los hielos de un modo fascinante. Tras avanzar lo más lejos que pudieron, sin llegar a tierra firme, regresaron hasta Tahití. Los hombres de Cook permanecieron ilesos y saludables como siempre, por lo estricto del capitán en relación a la dieta de los marineros. El Adventure, sin embargo, sufrió de escorbuto y Furneaux perdió a algunos hombres. En Tahití, todos los hombres pudieron descansar y gozar del “Paraíso terrenal”. Cook volvió a lamentar las licencias de sus hombres y los excesos en el pecado de la carne. Aparte de los placeres, presenciaron sacrificios humanos, lo que los escandalizó. Furneaux insistió en llevar a un aborigen y fue así como Omai se incorporó a la expedición. Cook exploró los mapas que había hecho Tupaia y resultó ser verídico lo dicho por el aborigen muerto en la hoy Yakarta. Partieron rumbo a Nueva Zelanda. Los barcos habían quedado de encontrarse en el Estrecho de la Reina Carlota, pero Cook llegó antes y esperó dos semanas. Ante la demora de Furneaux, Cook prosiguió camino al sur. Furneaux llegó poco después y al ver que Cook no estaba, decidió explorar y ordenó a sus tripulantes bajarse en una de las islas a buscar provisiones, pero fueron atacados y todos resultaron muertos. El resto de la tripulación, horrorizada por el evento, decidió retornar a Londres. Al arribar a la capital, Omai se convirtió en el centro de la atención de la sociedad londinense. Fue retratado por Sir Joshua Reynolds, el gran pintor del minuto, lo invitaron a eventos sociales de gran envergadura e incluso fue presentado al Rey. Todos querían conocerlo. Representaba lo exótico.

    Mientras tanto, Cook insistía en llegar lo más al sur posible. Sus relatos probablemente inspirarían al propio Coleridge al escribir su Balada del Viejo Marinero. Exploraron el hielo y llega hasta los 71 grados sur, lo que para ese entonces era lo más al sur alcanzado por los europeos. En esta expedición lo acompañó el joven George Vancouver, quien sería después protagonista de otros viajes en la costa oeste de Norteamérica y que dejaría su nombre plasmado en la zona. El joven Vancouver, antes de dar la vuelta para volver al norte, se asomó sobre el mástil para ser el hombre que llegó más al sur. Cook contó luego acerca de su acercamiento al polo antártico entre los hielos, lo que fascinó al público en una era de descubrimientos. Volvieron a Nueva Zelanda y se dirigieron hacia el Cabo de Hornos, donde pasaron la Navidad, para luego regresar a Londres. Volvió a casa en 1775 a casa, lleno de cosas que mostrar y con dos vueltas al mundo en el cuerpo. El mismo William Hodges lo retrató como un hombre maduro y experimentado. Fue aceptado en la Hospedería de Greenwich como reserva. La vida de comodidades había llegado. Era reconocido por sus méritos. La Corona le estaba agradecida y le pagaba con generosidad.

    El siglo XVIII había visto a Inglaterra cambiar. La incipiente Revolución Industrial estaba creando una sociedad de consumo y los bienes importados desde otras regiones gracias a la navegación y el auge de las compañías comerciales habían cambiado los gustos de los británicos. Por primera vez en la historia, había muchos bienes disponibles y la moda pasó a ser algo importante. El té había pasado a ser algo habitual en Inglaterra a tal punto, que el azúcar que lo acompañaba, antes un producto de lujo, era un bien básico. Josiah Wedgwood se había hecho millonario vendiendo porcelana. La reina Ana y Catalina la Grande de Rusia le habían comprado juegos únicos, y todas las mujeres querían su propia “China”. La India, desde donde venía el té y la seda con flores bordadas, se había convertido en un lugar fundamental. Muchos productos esenciales para el incipiente Imperio Británico provenían de allí. Encontrar un camino directo, sin pasar por África, implicaba evitar el control de los portugueses en el comercio. Se pensaba que debía existir un paso por el polo norte y los ingleses estaban empeñados en encontrarlo y controlarlo. El Almirantazgo sabía que Cook estaba retirado, pero no había capitán mejor que él. Por lo tanto, decidieron no llamarlo, sino lograr que él se ofreciera para la expedición. De este modo, James Cook fue invitado a una comida con Sir Hugh Palliser, contralor del Almirantazgo, y John Montagu, cuarto Earl de Sandwich, quienes le contaron lo que necesitaban y le pidieron ayuda para encontrar al capitán idóneo para esta empresa de suma importancia para la nación. Cook rápidamente se ofreció. Echaba de menos el mar, las comodidades estaban bien, pero él sabía que si lograba encontrar el paso, lo que vendría sería la nobleza, título que permanecería en las futuras generaciones. Esta tercera expedición podía ser la más importante de su vida. Cook era famoso, sus diarios de los viajes se habían publicado y se habían convertido en éxito en ventas, era un emblema nacional. La misión era secreta, nadie debía saber que Inglaterra buscaba el paso por el norte, por lo que públicamente se dijo que el viaje del capitán Cook tenía como fin devolver a Omai a su hábitat natural de Tahití. James Cook iría a bordo del Resolution y la otra nave, el Discovery, sería comandada por Charles Clarke. En este viaje lo acompañaron por segunda vez George Vancouver y William Bligh, quien más tarde sería inmortalizado por ser el capitán del motín del Bounty.

    Mapa de Nueva Zelanda realizado por el capitán Cook durante su primer viaje

    Este viaje dio la vuelta a África, pasando por Nueva Zelandia y Tahití, donde dejaron a Omai para luego seguir camino al norte. El genio de Cook se vio afectado, ya no era el mismo. El capitán templado, de decisiones mesuradas, había desaparecido. Era irascible y complejo. En la Isla de Morea ordenó matar a aldeanos por haberse comido la cabra del barco. Pasó por la Isla de Pascua y describió los moais. En 1883, arribó a Nueva Albion, Canadá, y luego a las Nuevas Hébridas. Al llegar a Alaska y al Ártico, concluyó que los mapas rusos que ocupaban no servían para nada. La falta de comida lo obligó a cazar lobos de mar para mantener a la tripulación. El hielo les impedía pasar, por lo que decidió abrirse camino. Así terminó divisando las islas de lo que hoy es Hawai, que él llamó islas Sandwich. Al llegar a lo que hoy es Waimea, fueron recibidos con honores y la gentileza y generosidad de los locales impresionó a toda la tripulación. Por esto, permanecieron varias semanas. Finalmente, decidieron partir para ver si lograban dar con el paso del norte, pero al poco andar, a causa del mal tiempo, el mástil de la embarcación se quebró, por lo que Cook decidió volver a Hawai para reparar el barco. Nadie sabe bien qué pasó, pero al parecer a los nativos no les gustó que Cook y sus hombres regresaran y no les dieron la bienvenida. Sin provisiones ni ayuda, Cook intentó tomar cosas por la fuerza y en la refriega resultó muerto. Allí, en medio del Pacífico, el gran navegante encontraría su última aventura el 14 de febrero de 1779. Tras este evento, la expedición continuó rumbo a Macao, dejando atrás el cuerpo del gran Capitán. La misión del paso del norte no se había logrado y con la muerte de Cook ya solo quedaba regresar a casa. El 11 de enero de 1780, los periódicos de Londres comunicaban la muerte de James Cook en Hawai.

    Hoy, a 250 años de su viaje, es importante apreciar el legado de este hombre. Un self made man que llegó a ser conocido como uno de los forjadores del Imperio Británico. El mundo no sería el mismo después de sus tres grandes viajes. Gran parte de la Tierra quedaría bajo la tutela de Britania gracias a este hombre que ayudó a construir ese Imperio anglosajón. Cook es una muestra del cambio en un mundo donde el mérito comenzaba a ser algo determinante. Es un adelantado. Hay estatuas y monumentos suyos en la mayoría de los lugares donde llegó. Sin embargo, en el siglo XXI ha sido sindicado como el causante de las muertes de miles de aborígenes y presentado como causa de vergüenza. Muchos de los monumentos dedicados a su persona han sido atacados y rayados, y no falta quien pida su eliminación de los lugares públicos. Pero a pesar de estos modernos discursos neomarxistas, que intentan condenar todo lo que huela a imperialismo, siempre y cuando no sea el propio, la historia del capitán Cook tiene mucho que decirles a ellos mismos. Muestra cómo alguien de baja cuna llegó a tocar el cielo creyendo en sus ideales. James Cook es, sin duda, uno de los aventureros más grandes de la historia y sus tres vueltas al mundo lo hacen merecedor todos los homenajes 

  • El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    El rey Arturo. La leyenda como Propaganda Política

    Si hay un rey que todos conocemos es a Arturo, famoso por su reino y sus caballeros. Pero, aunque decepcione a muchos, la realidad es muy distinta: Arturo nunca fue rey “de cota y espada”. ¿Por qué entonces ha llegado hasta nosotros envuelto en un aura de realeza? La respuesta está en la propaganda política de bretones y normandos. El rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda son un referente  mental que ha sobrevivido a generaciones. Si bien no existió como  tal en la realidad, se trata de un mito indestructible que nació como parte de una campaña política normanda para justificar su ocupación de las islas británicas.

    Los orígenes del mito:

    Arturo jamás fue rey. Ni siquiera vivió en la época en la que lo sitúa la leyenda. Aunque el “canon artúrico” nos presenta un rey del siglo XII, viviendo en una corte ideal regida por los valores de la  caballería medieval, Arturo como tal no existió. Es cierto que hubo un héroe que inspiró la leyenda, pero este líder vivió en el siglo VI y respondió a las realidades de esa época; por eso, jamás fue un rey de cota y espada a la usanza del siglo XII. La gran pregunta entonces es ¿cómo este líder del siglo V que apenas podemos afirmar que existió, se convirtió en el gran rey modelo de los reyes medievales? Para poder contestar esta pregunta hay que remontarse a la época de las grandes invasiones de los anglos, los jutos y los sajones a la Isla Británica.

    Tiempos caóticos:

    Las islas estaban habitadas por los “britons”, de origen celta,  quienes se romanizaron y se ajustaron al nuevo orden dado por la pax romana. Las legiones romanas eran las garantes del orden  y de la estabilidad de la zona, y cuando el Imperio entró en crisis —especialmente debido a los ataques de los hunos desde el Asia  central y los godos que atravesaron el Danubio y el Rhin—, los romanos tuvieron que retirar sus tropas de esas tierras lejanas para poder hacer frente a estas amenazas. Con la disminución de las tropas en Britania, los pictos —que desde el siglo II amenazaban  la frontera norte de la Britania civilizada—, comenzaron a rondar el Muro de Adriano, que marcaba el límite norte del Imperio. Ante estas amenazas, la administración británica pidió refuerzos a Roma, pero fue en vano; en el siglo V, Roma, convulsionada por problemas  internos, retiró en forma definitiva sus pocas tropas que aún  permanecían en la Isla.

    Este fue el comienzo del fin del orden y la estabilidad, y comenzó un periodo de anarquía y caos, que la historiografía llama habitualmente “The Dark Ages”, —“La Época Oscura”—, un periodo confuso y poco documentado, imposible de reconstruir con precisión por la escasez de fuentes. Sabemos que los britons  volvieron a sus lealtades tribales, al tiempo que afloraban los  caudillos en diversas regiones y que el norte fue invadido por los  pictos, mientras los Irish invadían el oeste; al mismo tiempo, los caudillos regionales peleaban para obtener la soberanía. Fue  en este contexto de desorden y desasosiego que se produjo la invasión anglosajona.

    Amenazas externas:

    Los anglosajones, oriundos de Dinamarca y del norte de Alemania, cruzaron el Canal de la Mancha para asentarse en el este de Britania, con la intención apoderarse de cada vez más territorios. En los habitantes de esta caótica Isla asediada por estos pueblos y gobernada por muchos caudillos locales, surgió pronto el ansia de ser liderados por alguien que lograra generar la unidad perdida tras el retiro de Roma. Entonces apareció Vortigern, quien se autodenominó Suburbus Tiranus y se impuso como rey de los britanos. Si bien alguna historiografía lo considera un rey traidor, y la leyenda lo muestra como una figura despreciable, la verdad  es que fue un importante terrateniente del siglo V que logró dar unidad a este periodo de caos. La razón de esta “mala fama” fue que, mientras quienes pusieron sus esperanzas en él pretendían que defendiera a Inglaterra de los invasores, Vortigen se alió a los sajones y los invitó a instalarse a cambio de que pelearan a su lado contra los jutos y los anglos.

    Las fuentes del periodo son pocas y poco confiables, pero existen. Gildas, por ejemplo, en su “Excidio Britanniae” critica a Vortigen  duramente por esta acción: dice que se alió con el jefe de los Sajones, Hengist y les entregó a cambio de sus servicios tierra fértiles en el este. Gildas insiste que los sajones no quedaron contentos con lo que se les dio, por lo que se sublevaron y Vortigern habría muerto en un incendio. Nennio, quien en el siglo IX escribe una “Historia de los Britanos” bastante mítica, dice que la traición de Vortigern se debió a la lujuria, ya que se habría enamorado de Rowina, la hija del líder sajón, Hengist. Éste le habría pedido la provincia de Kent a cambio de su hija.

    Historias aparte, lo cierto es que para el 488 d.C., Hengist y los  sajones ocupaban gran parte de Inglaterra, y los tiranos británicos que se unieron para hacerles frente soñaban con un paladín. Entonces, surgió Ambrosio Aureliano: éste será el verdadero Arturo, el líder que hace frente a los sajones en Britania del siglo VI y que logra detenerlos por una generación. Recién en el siglo IX que Nennio dirá que este líder fue Arturo. ¿Y cuándo surge la imagen que hoy tenemos de Arturo?

    Para tener el corazón del Arturo que hoy conocemos hubo que esperar hasta el año 1130, cuando Geoffrey de Monmouth escribió su “Historia de los Reyes de Britania” y creó al Arturo de nuestros arquetipos mentales, el rey medieval por excelencia, ejemplo de valentía y cristiandad. Tomando como base todo lo usable a Gildas, e inventando el resto con una creatividad magistral, Geoffrey propuso una historia completa de Arturo. Este libro fue un verdadero best seller de la época, y la gente dio por hecho que lo que allí se decía era verdad.

    El cruce entre la Historia de Arturo y la Historia de Britania es la batalla de Badon Hill, una batalla crucial que dio origen a la leyenda artúrica. Antes de esta batalla, los sajones amenazaban con ocupar toda la isla, pero Badon cambió el curso de la historia. En ella, los britanos lograron emprender una ofensiva contra los Sajones, unidos bajo el estandarte de un caudillo guerrero. La batalla ya es citada por Gildas, nuestra fuente del siglo VI, y luego por Nennio en el siglo IX, y ambos autores coinciden en que, tras ella, se produjo un retroceso de los sajones y se recuperó la hegemonía britona por una generación. Según Nennio, si los sajones hubieran ganado hubiera sido el fin, pero los britanos, gracias a la ventaja de la caballería, le torcieron la mano a los sajones que luchaban a pie. Además, los vencedores habrían sido guiados por un gran jefe. La gran pregunta  es, ¿ quien fue el líder de Badon? Nennio habla de Arturo, a quien se refiere como Dux belorum.

    Hay muchas teorías acerca de quién fue este Arturo citado por Nennio. Algunos han querido identificar al líder de Badon con Artorius Casto, líder romano del siglo II, sin embargo, es poco probable. Otros lo identifican con Riothamus, rey briton que fue en ayuda de Roma en el siglo V, y cuyo marco de acción coincide con los viajes atribuidos a Arturo por Geoffrey. Nuevas teorías dicen que Arturo no sería un nombre, sino un estandarte de oso, ya que en gaélico “Arth” es “oso”. Por tanto, podría haber sido quien peleaba bajo el estandarte del oso del reino de Powys. Sea cual fuere el Arturo histórico, este renacimiento británico del siglo VI, organizado a la sombra de un jefe, no incluye ninguno de los arquetipos de la leyenda: no hay mesa redonda, ni Camelot, ni espada mágica llamada Excalibur.

    La victoria no duró mucho: tras el triunfo parcial de los britones, los sajones se apoderaron de toda la isla; para el siglo VIII había reinos sajones en toda Britania. Los britanos fueron recluidos a Gales, Cornwailles, y el resto cruzó el Canal y pasó a Francia. Para el siglo X, los Sajones se consolidaron en la Isla como sí fuesen los pueblos nativos de la zona, creyéndose los formadores de  Inglaterra y despreciando a los galeses. Por su parte, estos últimos añoraban las glorias pasadas, cuando dominaban la isla, y por eso la tradición popular cantaba las gestas del héroe de Badon. A principios del Siglo IX ya se retrataba a Arturo como una gran Leyenda: las familias galesas cantaban las glorias de este héroe, los príncipes de Gales recibían por nombre Arturo, y los Britanos en Francia también cantaban las glorias de Arturo. El rey mítico pasó a ser inmortal.

    En el 1066, en las costas de Francia, surgió una fuerza militar liderada por el duque de Normandía que miraba a Inglaterra: los normandos. Éstos, herederos de los britones, no eran usurpadores; fueron los sajones quienes se asentaron en las tierras de los britones. El duque de Normandía, Guillermo, decidió revindicar a los britones, ayudándolos a recuperar lo propio, comenzando la reconquista de los territorios que les pertenecían. Es en este contexto que deciden revivir el mito Artúrico para usarlo como propaganda política.

    Guillermo venció a los sajones en la batalla de Hasting. A partir de entonces, los normandos tenían que mantener el orden pero para hacerlo tenían claro que se necesitaba mucho más que tropas: tenían que mostrarse como gobernantes justos. Además, era necesario ser legitimados rápidamente por la Iglesia, pues los monarcas franceses, de la dinastía de los Capetos, reclamaban este trono. Por todo ello, los normandos dirigieron la vista a los guerreros que habían tenido que trasladarse a Francia en busca de una figura mítica que los validara; el mejor candidato era Arturo. En el siglo XII, Enrique I, tercer rey normando en Inglaterra, pide a un monje galés, Geoffrey de Monmouth, que escriba la historia oficial de Britania, incluyendo la edad de oro de Arturo. Entonces el monje reinventa a Arturo para consolidar el nuevo orden inglés. Este mito se dispersa por las cortes europeas, y Arturo pasa a ser el monarca ideal y modelo de la  caballería perfecta.

    Nace el relato del mito:

    En tiempos de Geoffrey no se sabía nada del “Arturo Histórico”; sólo había permanecido la leyenda, a través de las tradiciones orales. Basándose en una serie de personajes históricamente comprobables, tradiciones, mitos orales, apoyado en la obra de Nennio, los Annales Cambriae y las recopilaciones de tradiciones populares galeses como el Mabinogion, y las poesías bárdicas de Taliesin y Aneurin, —además de mucha imaginación — Geoffrey reconstituyó la Era Artúrica, preparando la base para los relatos medievales posteriores. Por eso, no es exagerado afirmar que Monmouth es el creador del mito. Geoffrey fue un autor de gran importancia. Ganó el favor de Roberto I Duque de Gloucester y fue profesor de Historia de la Universidad de Oxford desde 1128 hasta 1139. Luego fue nombrado diácono de Llandaff, hacia 1140, y en el 1152 fue nombrado obispo de la abadía de Saint Aspa en Gales.

    Su obra más reconocida, la “Historia de los Reyes de Britania”,  pretendía narrar las vidas de los reyes británicos, desde Brutus el Troyano (mítico fundador del pueblo británico), hasta Caedwalla, rey de Gales del norte que reinó entre el 625 y el 634. La historia comienza con el relato de la llegada a Britania del legendario príncipe troyano Brutus, padre legendario de los britons. Después narra la historia de una serie de reyes que bien podrían no haber existido y a continuación hace hincapié en el periodo romano. Y luego, se acerca al corazón de la gesta artúrica. Sus narraciones continúan a principios del siglo V, cuando sitúa a Vortigern en el trono. Mormouth cuenta que el “usurpador” hizo un acuerdo con Hengist y Horsa, líderes de los sajones, pero estos últimos rompieron el pacto. Aislado en el norte, Vortigern pidió consejos a Merlín, quien le auguró que sería destronado por un rey de escasa edad. Aurelio Ambrosio lo hizo, pero murió pronto, y asumió su hermano Uther Pendragon, quien mantuvo a los sajones a raya y entabló estrechas relaciones con Merlín.

    Uther celebraba la Navidad en su corte. Un año asistió a ella el duque de Cornwall, Gorlois, con su mujer, Igraine. Uther se enferma de amor por esta última y el duque, ofendido, se retira: estalla la guerra entre ambos. Merlín decide ayudar a Uther, y “convirtiéndolo” en Gorlois, consigue que entre al castillo de Tintagel y yazca con Igrain. De esta unión nació Arturo, quien fue educado por Merlín. El talentoso joven, ya adolescente, asumió el trono tras retirar una espada de la piedra; desde entonces mantuvo a los sajones a raya.

    Geoffrey cuenta que Arturo conquistó Irlanda, Islandia y que incluso cruzó el Canal de la Mancha, haciendo importantes conquistas, que ninguna otra fuente menciona. También describe el matrimonio con Ginebra, y la espléndida corte situada en Caerlion upon Usk, en el límite sur de Gales. Finalmente, narra el fin de Arturo: emisarios romanos enviados por el Emperador Romolo Agusto llegaron a Camelot a exigir tributos, que Arturo se negó a pagar. Es más: organizó una expedición a Roma, dejando a Morded a cargo, pero este último intentó usurpar el trono y Arturo volvió a enfrentarlo. Entonces se produjo la fatídica Batalla de Camlan, en la que muere Morded y Arturo es herido.

    La leyenda no termina con el relato de Geoffrey. Él es el primer eslabón de lo que será un relato imparable que responde a lo que Joseph Campell llama “mitología creativa”. Muchos aportarán desde entonces al relato, dándole nuevas dimensiones que permitirán construir todos los arquetipos mentales de este mundo ideal del rey ideal. Entre ellos cabe mencionar a Chretien de Troyes (siglo XII), Wace y Wolfram von Eschenbach (siglo XII), Layamon (siglo XIII), Sir Thomas Malory (siglo XV), Edmund Spenser (siglo XVI), y Lord Alfred Tennyson (siglo XIX), entre otros.

    Hoy Arturo es inmortal. Aunque nació como consecuencia de una propaganda política de los normandos para legitimarse, la fuerza de lo creado superó la idea inicial. El mito Artúrico, y todo el canon legendario que lo rodea es hoy, una telaraña complejísima que sumada construye un mundo arquetipal perfecto, añorado y fascinante.

  • Leonor de Inglaterra

    Leonor de Inglaterra

    “La desconocida reina de Castilla, ocho siglos después”

    Hija y hermana de grandes reyes, entre ellos el mítico Ricardo Corazón de León, esta reina castellana refutó con su vida la idea de que, en el Medioevo, lo femenino se limitaba a lo doméstico. Aunque aún no hay una biografía definitiva de esta mujer excepcional, esto pronto va a cambiar gracias a una investigación financiada por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología de Chile. Para los ansiosos, aquí presentamos una primera aproximación al tema. A Leonor Plantagenet se deben muchos de los cambios culturales y políticos experimentados por Castilla durante el reinado de su marido, Alfonso VII; éstos permitieron que el reino adquiriera una condición hegemónica en la Península Ibérica. Y, al mismo tiempo que se desarrollaba como una gran gobernante, fue madre y esposa abnegada. Una mujer muy moderna, viviendo en el siglo XII.  

    Leonor es el nombre que los príncipes de Asturias escogieron para su primogénita, nacida en octubre del 2005. Pero quién será algún día reina de España no fue la primera en ostentarlo con orgullo en tierras ibéricas, sino que tiene un precedente en el siglo XII: Leonor Plantagenet, reina castellana, hija de la famosa Leonor de Aquitania y del poderoso Enrique II Plantagenet —rey de Inglaterra,  duque de Normandía y conde de Anjou—, hermana de Ricardo  Corazón de León y de Juan Sin Tierra. El nacimiento de la pequeña infanta Borbón ha generado en España un renovado interés por la Leonor medieval.

    Ya su nombre tiene una historia propia: la abuela de la monarca de Castilla se llamaba Aenor de Chatellerault, por eso cuando nació su hija se le conoció como “la otra Aenor” —en el latín de la época era “alia Aenor”—, de lo que derivó a Alienor. A su vez, Alienor le dio su nombre a su sexta hija con el rey inglés, nombre que “castellanizado” derivó en Leonor. Leonor Plantagenet nació hacia el año 1161, en el Castillo de Domfront, en Normandía, al norte de Francia. En 1170, cuando la niña todavía no cumplía los 10 años, fue prometida en matrimonio al rey de Castilla. Entonces tuvo que partir de la refinada corte de Poitiers, donde había sido criada por su madre entre trovadores, músicos y poetas, a Burgos, la sede cortesana del reino de su prometido. Según las crónicas de la época, la acompañó en esta larga travesía a tierras lejanas una magnífica comitiva, encabezada por el arzobispo de Toledo —primado eclesial de Castilla—, los obispos de Palencia, Segovia, Burgos, Calahorra y, en palabras de un antiguo relato, “la más exquisita flor de la nobleza de ambas Castillas, no faltando la representación de las órdenes religiosas de San Benito y el Císter, singularmente de las órdenes militares”. Por si fuera poco, a ese impresionante grupo se unían en solemne y prestigioso séquito, el arzobispo de Burdeos, los obispos de Achen, Poitiers, Angouleme,Saintes, Pirigod y Bazas, y una multitud de nobles ingleses, aquitanos, bretones y normandos. Ese impresionante cortejo tiene que haber impactado a quienes lo vieron pasar cruzando la columna pirenaica hasta Tarazona, desde Burdeos a España, donde el rey Alfonso de Castilla, junto a sus nobles y al rey de Aragón – con quien el castellano había recién acordado una alianza-, esperaba a su futura esposa, la joven princesa de Inglaterra.

    Leonor llevaba los derechos sobre Gascuña, que el rey Enrique le entregaba en dote a su yerno para sellar la alianza matrimonial. A cambio de ese preciado territorio, el monarca castellano le ofreció a su mujer la jurisdicción sobre 14 ciudades, 16 castillos y las rentas de 9 puertos; a estas grandiosas arras se sumaban, según los documentos, “la mitad de las ganancias que hiciese  (el rey) a los moros desde el día de su matrimonio”, dado que en ese momento, Alfonso y los otros reyes cristianos de España  se encontraban en una intensa campaña de reconquista de la Península Ibérica, invadida desde el siglo VIII por los árabes.

    La “Crónica de Veinte Reyes” coincide con otros relatos al retratar a Leonor como una esposa amable, “muy amiga de su marido” en palabras de un relator anónimo, y cuentan que la relación conyugal entre ambos fue cercana y fructífera. Esto es notable, dados

    los antecedentes de ambos: la turbulenta y odiosa relación que sostuvieron por mucho tiempo los padres de Leonor, el temprano orfanato de Alfonso que no conoció padre ni madre, y considerando que los matrimonios entre nobles en esta época —y más aún entre futuros reyes—, se concertaban por conveniencia política, lo que no fue la excepción en este caso. Algunos relatos han pintado un cuadro menos idílico: según unas crónicas encomendadas por Alfonso X y Sancho IV en la segunda mitad del siglo XIII, el rey Alfonso VIII habría compartido amorosamente en Toledo, por mucho tiempo,con una judía de nombre Fermosa, conocida también como Raquel. Cuentan que: “fue satisfecho por una judía…y se olvidó de su mujer; y encerrándose con ella durante largo tiempo, tanto que no la podía dejar de ninguna manera, ni le importaba otra cosa alguna; y estuvo encerrado con ella poco menos de siete años, y no se preocupaba de sí, ni de su reino, ni de ninguna otra cosa.” Sin embargo, la falsedad de estos relatos tardíos ha sido denunciada por más de un trabajo erudito como un intento siniestro para deshonrar la memoria del rey Alfonso,mientras otros estudios históricos ni siquiera los han estimado dignos de consideración.

    La “Crónica General de España” afirma que la reina fue “muy  amable a su marido el Rey” y la “Crónica de Veinte Reyes” narra que “don Alfonso, haciendo su vida buena y muy limpia con su mujer Leonor, tuvo con ella hijos los cuales a ustedes contaremos”. A lo largo de 44 años de feliz matrimonio nacieron 12 hijos: las infantas Berenguela, Sancha, Mafalda, Urraca, Blanca, Constanza y Leonor, y los infantes Sancho, Fernando, Enrique; además, hubo otros 2 hijos de los que no sabemos prácticamente nada porque  murieron al nacer. Sancho, el primer hijo hombre, solo vivió unos meses, mientras que Sancha apenas alcanzó a vivir 2 años y, por ello, también es muy poco lo que sabemos de ellos. De los otros hijos tenemos abundantes fuentes, no sólo porque vivieron más tiempo, sino además porque Alfonso y Leonor se preocuparon de su futuro político con dedicación e inteligencia.

    La reina se esmeró en la educación de sus hijos, tal como su madre Leonor lo había hecho con ella. Testimonio de que este esfuerzo rindió frutos es, tal vez, la fama de santidad que alcanzaron dos de sus nietos, San Luis IX de Francia —hijo de Blanca— y San Fernando III de Castilla-León —hijo de Berenguela—. La narración de la “Crónica Latina de los Reyes de Castilla” deja constancia del amor que Leonor sintió por sus hijos y de la dedicación con que habría asumido su maternidad. Cuando su hijo Fernando falleció en 1211, el anónimo relato señala que “la reina se metió en la cama donde yacía su hijo; besando su boca y colocando sus manos entre las suyas, intentó incluso revivirlo o morir con él”.

    Probablemente el efecto más significativo que tuvo la madre sobre la posición de sus hijos y su familia en el concierto europeo se deba al gran peso que tenía la familia angevina de Leonor sobre los destinos del continente. La reina llegó a Castilla dotada de una influencia política claramente más decisiva que la de su esposo, lo que le permitió gestionar acuerdos matrimoniales entre su descendencia y las principales dinastías europeas. Con ello, la estirpe de Leonor quedó instalada en las principales casas reales de la Europa del siglo XIII.

    Berenguela, la mayor, se casó con Alfonso IX, rey de León. Ello significó el vasallaje y subordinación de éste a su suegro, Alfonso de Castilla; algo importante si se considera la hegemonía que pretendió alcanzar Fernando II —padre de Alfonso IX— sobre el reino de Castilla cuando, durante la minoría de su sobrino Alfonso VIII, el territorio era gobernado por regentes. La infanta Urraca se unió en matrimonio a Alfonso II de Portugal, Blanca con Luis VIII de Francia y Leonor con Jaime I de Aragón. Fernando moriría a los 22 años y Enrique sucedió a su padre Alfonso en el trono de Castilla.Constanza, mientras tanto, fue la abadesa del poderoso monasterio cisterciense de Las Huelgas, fundado en Burgos a instancias de su madre. Este monasterio es prueba del patronazgo religioso que asumió Leonor y del rol que cumplió como promotora de la reforma cisterciense en España. Además, tratándose de una orden de origen francés, este patrocinio fue una clara manifestación del carácter europeo que, producto de su iniciativa, iría adquiriendo Castilla bajo su reinado.

    La presencia de la reina supuso una apertura política de Castilla hacia el reino más poderoso de Europa y una alianza estratégica con Enrique de Inglaterra, el monarca de mayor prestigio en ese momento. En ese sentido, Leonor parece haber cumplido una función determinante en la “europeización” que experimentó el Reino de Castilla durante el reinado de Alfonso VIII. Además de su aporte político, la reina parece haber participado en dos de las más notables obras del reinado de Alfonso VIII: la fundación del Hospital del Rey en Burgos y en la del Estudio General de Palencia. El hospital acogía a los peregrinos que viajaban a Santiago de Compostela y hasta el día de hoy puede apreciarse parte de sus antiguas dependencias. La escuela de Palencia es, según muchos historiadores, la primera universidad española, aunque gozó de corta vida y sus maestros se trasladaron a Valladolid.

    Siguiendo los pasos de su madre, y honrando la educación que recibió de ella mientras crecía en el ámbito cortesano que imperaba en Poitiers, la reina Leonor trajo consigo tradiciones culturales que eran desconocidas hasta entonces en la corte castellana. Aunque hay poca información al respecto, ella indica que la presencia de Leonor habría empapado la corte de Burgos con la elegancia y sofisticación literaria de las cortes extranjeras. ¿Habrá cargado por sobre los Pirineos hasta tierras castellanas la épica del Rey Arturo, que en tantas ocasiones habría animado las sesiones cortesanas  en Aquitania? Es difícil de saber hasta qué punto la influencia de la familia real inglesa entró en Castilla con Leonor, pero los versos del trovador Ramón Vidal de Bezalú pintan una escueta imagen de lo que podría haber significado el influjo Plantagenet en la corte de Alfonso VIII: “Y cuando el rey había convocado a su corte,tanto caballero, barón rico, y juglar, y la compañía se había reunido, entonces vino la reina Leonor modestamente vestida en con un manto de material fino, rojo, con bordes plateados, con leones dorados. se inclina ante el rey y cerca de él toma asiento.”

    Los leones dorados mencionados por el trovador son los leopardos que, sobre un fondo de gules, componían las armas heráldicas del rey de Inglaterra. Es precisamente en este período, y probablemente por influencia de Leonor, que el monarca castellano adoptó por primera vez, un escudo real, compuesto por un castillo dorado sobre un fondo de gules, usando los colores emblemáticos de  su suegro y manifestando, tal vez, el carácter familiar de la alianza. Según la historiadora Régine Pernoud la corte castellana era frecuentada,además de Ramón Vidal, por muchos otros artistas extranjeros que animaban la escena cultural. Cuando la ya envejecida Leonor de Aquitania visitó a su hija en el año 1200 para concertar el matrimonio entre su nieta Blanca y Luis VIII de Francia, ésta debe haber gozado con nostalgia del sofisticado ambiente artístico de la corte que, tanto en Burgos como en Toledo, entretenía y encantaba a los asistentes como antaño en la corte de Poitiers. La incipiente actividad artística en las cortes de Castilla deja también de manifiesto un importante fenómeno cultural y social que comenzaba a gestarse en la Europa del siglo XII: la decisiva participación de mujeres nobles en la promoción y desarrollo de las artes. Además, la visita de la duquesa de Aquitania no sólo revela la intensa actividad cortesana que se practicaba gracias a su hija en Castilla, sino que también da cuenta de la importancia política que iba adquiriendo este reino ibérico en el escenario diplomático de Europa.

    Leonor murió a los 53 años en su querida Burgos, el 31 de octubre del año 1214; sólo 25 días antes había fallecido su esposo, Alfonso VIII, rey de Castilla. Desde entonces sus sarcófagos han estado unidos por la piedra sepulcral en el Real Monasterio de Santa María de las Huelgas (Burgos) sumando 800 años a los 44 años de su feliz —y fructífera— unión conyugal.

  • Tributo a la Luz: Peregrinación Medieval a Lindisfarne

    Tributo a la Luz: Peregrinación Medieval a Lindisfarne

    La visita a interesantes monasterios e iglesias fueron parte de este recorrido cuyo destino final es uno los lugares más insignes del Reino Unido y uno de los prioratos más emblemáticos de la Inglaterra medieval.

    Europa ofrece al peregrino una gran cantidad de destinos que lo llevan al pasado. En 2004, cuando me encontraba investigando en la Universidad de Oxford, conocí a Alex, un irlandés, oriundo de Galway, que había estudiado Historia en la Universidad de Saint Andrews, en la costa este de Escocia. Al terminar ese año le sugerí a mi conocido celta que la próxima vez que nos volviéramos a reunir, haríamos juntos un viaje a un lugar emblemático de la Edad Media.

    Vista del Castillo de Northumberland, Lindisfarne. UK

    Pasaron tres años antes del esperado encuentro y el destino elegido fue el Priorato de Lindisfarne, fundado por monjes irlandeses en el siglo VIII. A parte del aguamiel que ahí se produce desde antaño, el lugar es también famoso por una espectacular y muy conocida copia que nos han dejado de los evangelios.

    En un pequeño Skoda iniciamos la travesía hacia el sureste, en dirección a Edimburgo, donde después nos internamos en la provincia escocesa de los Bordes (porque bordea con Inglaterra). La Abadía de Melrose, cuyos restos medievales revelan la atrocidad de las guerras anglo-escocesas del siglo XIV, fue nuestra primera parada. Ahí también está enterrado el corazón de Robert The Bruce, el mal retratado protagonista de una saga hollywoodense y quien fuera Rey de Escocia en la época en que esta nación se levantó en contra de Eduardo I de Inglaterra.

    Abadía de Lindisfarne. UK

    Sentados en un banco comenzamos a leer la prosa del venerable historiador Beda, autor de la celebrada Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés, escrita en el año 731, quien también escribió sobre la vida de San Cutberto y sobre la fundación del monasterio que ante nuestros ojos se levantaba. Todos los monasterios que visitamos esa mañana presentaban el mismo deterioro bélico, pues en estos conflictos los soldados se atrincheraban en los pocos edificios de piedra que había. Hay que decir que en esa época, los escoceses harían lo propio con muchos monasterios en el norte de Inglaterra. Como en todas partes, las guerras fronterizas han significado un desgaste lamentable del patrimonio medieval británico.

    El sitio de Walter Scott:
    Rumbo hacia el sur, nuestra siguiente parada fue el Monasterio de Dryburgh, cuyas ruinas del siglo XII nos esperaban con una calma que no experimentamos en ninguna otra parte del trayecto. Fue precisamente la paz del entorno de Dryburgh la que hizo que Sir Walter Scott, uno de los más connotados literatos decimonónicos, escogiera como el lugar de su eterno descanso. Al llegar se comprende de una vez por qué el autor de “Ivanhoe” admiraba aquellos parajes monásticos que evocan el mundo medieval que tanto le atraía.

    Nos habríamos quedado en Dryburgh todo el día, pero el tiempo apremiaba y debíamos llegar a la Abadía de Kelso. Kelso fue fundada por el Rey David I de Escocia en la primera mitad del siglo XII. La Abadía está emplazada en el corazón de una ciudad, es más, su pórtico en ruinas se levanta a pocos metros de una concurrida rotonda vehicular. Algo de tenebrosidad transmite este edificio, aquella que a muchos les parece típica de la época medieval, pero que más bien acusa la acción del hollín citadino y el paso inclemente de los siglos.

    Un “Haggis”:
    Jedburgh fue la ciudad escogida para visitar antes de cruzar la frontera con Inglaterra. Fundada en el siglo XII y al igual que los otros sitios, Jedburgh también sufrió la embestida de las guerras de independencia entre Escocia e Inglaterra, más todavía tratándose de un emplazamiento fronterizo,a pasos del río Tweed. A pesar de que hasta hoy conserva casi toda su estructura, su monasterio carece de techumbre. Se acercaba la hora de almuerzo y nos pareció pertinente hacerle honor a la cocina escocesa antes de cruzar el Tweed y llegar a tierras inglesas. Un plato del tradicional “Haggis”, que no me atrevería a describir, y un vaso de “Irn Bru” (una especie de Fanta made in Scotland) calmaron nuestra hambre y sed. Una hora después de cruzar el Tweed, la primera urbe inglesa que nos recibió fue Newcastle, y después de atravesar el río Tyne nos encontramos en la pequeña iglesia anglosajona de Saint Paul, en Jarrow. En esos momentos, nuestra peregrinación gozó de un momento sublime: con Alex contemplamos el vitral medieval más antiguo que se conserva en Europa y, mucho más importante que eso, éste adorna una de las ventanas de la iglesia que vio crecer y morir al mismísimo Beda. Esta pequeña iglesia de piedra fue construida en el siglo VII y desde el siglo XVI es administrada por los anglicanos.

    Escultura de la Iglesia de Lindisfarne. UK

    A día siguiente, la jornada en Durham fue intensa. Primero fuimos a la catedral, construida por los normandos hacia fines del siglo XI, una de las pocas catedrales románicas que sobreviven en Europa y donde se encuentran los restos de Beda y Cutberto. La historia nos dice que, cuando el Priorato de Lindisfarne (nuestro destino final) fue atacado por los vikingos el año 793, los monjes lograron escapar cargando el cuerpo de San Cutberto, su más valioso tesoro. Después de instalarse en diversas localidades de Northumberland, los monjes llegaron a un sitio que ofrecía la mejor protección: se trataba de un montículo rodeado por el río Wear, donde instalaron su abadía y la tumba de Cutberto. Los milagros que el santo obraba en beneficio de los peregrinos que, poco a poco, comenzaron a llegar a este lugar, propagaron la fama de Cutberto y sus fieles monjes en toda Inglaterra y se constituyó aquel lugar como diócesis.
    La catedral normanda que hoy rasca los cielos de Durham debe su imponente construcción a la importancia que adquirió en los siglos medievales este obispado. Testimonio de ésto son los impresionantes objetos que hasta hoy se conservan en el museo catedralicio.

    Bendita isla

    Seguimos nuestro rumbo sur por la costa noreste de Inglaterra hacia Holy Island, lugar donde, por obra fundacional del monje irlandés, San Aidan, se instaló en el siglo VII el Priorato de Lindisfarne, como dependiente del Monasterio de Iona (Escocia). Holy Island tiene una característica geográfica que se presenta como un atributo medieval: es una isla de marea, es decir, sólo se puede llegar desde el continente sí la marea está baja. Al momento de cruzar, grandes carteles advierten a turistas y peregrinos que no han de desafiar la naturaleza y deben respetar las horas precisas en que el mar se repliega para conectar la pequeña con la gran isla.
    Manuscrito de Evangelio de Lindisfarne. SVII. combina el estilo celta con el anglosajón

    La marea de aquella tarde nos hacía contar con unas pocas horas para llegar y cumplir nuestro cometido espiritual: rendirle honores a Cutberto y al monacato celta de la época, autor de los maravillosos evangelios del priorato y luz en un periodo mal llamado Dark Ages. Al llegar, nos sorprendió encontrar el museo cerrado, así también como las tiendas donde encontraríamos el Lindisfarne Mead (aguamiel), que los monjes preparan en forma tradicional desde hace muchos siglos, en base a la fermentación de la miel.

    Lejos de entregarnos al desánimo, procuramos concentrarnos en el aspecto más importante del viaje. Así subimos a una colina donde pudimos rezar y conversar, y por supuesto, admirar a lo lejos el castillo que se alza sobre el Mont Saint Michel de Northumberland. Luego, contemplamos durante un buen rato las ruinas del priorato y entramos con timidez a una pequeña iglesia que alberga una de las cosas más notables que presenciamos en todo el viaje: un tallado moderno de madera, tamaño natural, que representaba el traslado del cuerpo de San Cutberto a hombros de los monjes de Lindisfarne en dirección a la nueva fundación monacal que se establecería en Durham.

    Decir que el hallazgo fue conmovedor es la forma más escueta de describir el momento. Minutos más tarde, nos encontrábamos en una tienda comprando aguamiel y el atardecer nos advertía que la marea acechaba y debíamos regresar. Detrás dejábamos uno de los lugares de peregrinación más insignes del Reino Unido y uno de los prioratos másemblemáticos de la Inglaterra medieval. 

  • Hampton Court celebra a Enrique VIII

    Hampton Court celebra a Enrique VIII

    En 2009 se conmemoran los 500 años de la ascensión al trono de uno de los reyes más famosos de la historia. En el palacio, ubicado en Kingston, se mantiene vivo su legado y también, alguno de sus “fantasmas”.

    Hampton Court y St. James son los únicos palacios construidos por el Rey Enrique VIII que todavía sobreviven. El primero, ubicado en la ciudad de Kingston a unos 20 kilómetros del centro de Londres, es el mejor exponente del carácter de este monarca que llegó al poder en junio de 1509. Para conmemorar los 500 años de su ascensión al trono, se han organizado festejos y recreaciones de la época. Si bien Hampton Court Palace ofrece una muestra única de la historia de las cortes inglesas entre los años 1500 y mediados de 1700, es la herencia de Enrique VIII la que más encanta a los turistas. No sólo por el magnífico estilo Tudor, presente en muchos rincones del palacio, sino también por las misteriosas historias que subsisten y aún recuerdan a este monarca. Por ejemplo, dicen que todavía se sienten los gritos de Catalina Howard, quinta señora del rey, en una de las galerías del palacio donde vivió el arresto,domiciliario tras ser acusada de adulterio.
    Muchas de estas experiencias, además de un desarrollo integral que busca transmitir el valor patrimonial de este tipo de construcciones, es lo que mantiene vivo al palacio. Como explica William Le Fleming, education officer de Hampton Court, este recinto año a año cautiva a más de 5.000 visitantes. Pero lo más relevante es el trabajo que se ha realizado para atraer a niños y jóvenes. “Hemos implementado un concepto denominado family learning, con actividades que permiten que padres e hijos compartan juntos una experiencia entretenida. Además, gracias a distintas iniciativas puestas en marcha, cerca de 65 mil alumnos vienen a este recinto cada año”.

    Las visitas en terreno son usualmente las más memorables experiencias de aprendizaje que los estudiantes pueden tener, agrega Le Fleming. La Torre de Londres y Hampton Court Palace han ganado el Sandford Award que premia los esfuerzos por transmitir el legado patrimonial de Inglaterra. “El apoyo para estudiantes y profesores comprende recursos como entradas rebajadas y gratuitas, en algunos casos; sesiones interactivas; presentadores expertos vestidos con los atuendos de la época; cursos para profesores y entrega de materiales pedagógicos; cuenta-cuentos, y recreación de deportes”.Para este año se espera un 30% más de visitantes. Se cumplen cinco siglos de la ascensión al trono de Enrique VIII, y todo gira en torno a su memoria. Hay tours guiados por sus apartamentos, por los espacios habitados por sus mujeres, por las cocinas, juegos de justas y caza, entre otras muchas actividades que incluyen hasta la gastronomía del siglo XVI.
    El encanto de los Tudor.

    Famoso por sus seis señoras y varias otras excentricidades, Enrique VIII (1491 – 1547) buscó la inmortalidad en todas las tareas que emprendió. Quería una Inglaterra fuerte y poderosa, y para eso, era esencial mantener la dinastía a través de un heredero. La búsqueda de ese ansiado hijo fue lo que llevó a este monarca a desconocer la autoridad del Papa y a declararse cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Así cambió la historia para siempre.
    En Hampton Court se encuentran diversas muestras de su semblante. Enrique VIII se destacó desde niño por su carisma, inteligencia y sensibilidad artística. Aprendió latín, griego, leyes, matemáticas, teología, música y los secretos de la caballería. También el arte de la guerra, que lo llevó a consolidar el poderío naval inglés y, entre otros logros, a anexar Gales al Reino Unido. Si bien los orígenes de Hampton Court Palace se remontan a la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén en el siglo XIII, fue el cardenal Thomas Wolsey, arzobispo de York, quien le dio su magnificencia hacia el año 1514.

    Cuando en 1528 Wolsey entrega esta propiedad a Enrique VIII, Hampton Court era ya un palacio importante. Las ampliaciones y remodelaciones del monarca consolidaron este espacio como uno de los puntos más emblemáticos de reunión de la corte. Las cocinas del palacio son un monumento vivo a la cocina real y del entretenimiento. La construcción de más de 50 habitaciones destinadas a este propósito, le valieron a Enrique VIII la fama de “consumidor de alimentos y de mujeres”. Para ser justos, estos espacios se construyeron no sólo para alimentar al rey, sino más bien a los más de 1.200 miembros de la corte.

    Excepcionalmente rico en colorido y en decoración es la Royal Chapel. Fue en esta capilla, en 1540, que el arzobispo Cranmer entregó una carta a Enrique VIII, incriminando de adulterio a su joven señora, Catalina Howard, quien más tarde fue ejecutada en la Torre de Londres. En tanto, en el Great Hall se puede contemplar el exquisito gusto del monarca. Sus paredes están cubiertas por enormes tapices, que rememoran la historia de Abraham. Para conocer más de Enrique VIII se puede seguir el recorrido por sus habitaciones, comedores y hasta su peculiar baño. Si de intimidad se trata, Hampton Court tiene habilitada una sala con una muestra especial, denominada “Young Henry VIII” que da cuenta de sus distintas facetas, incluso como marido de seis mujeres (Catalina de Aragón, Ana Bolena, Jane Seymour, Anne de Cleves, Catalina Howard y Catalina Parr).

    Las mujeres de Enrique VIII:
    Catalina de Aragón se casa con Enrique VIII en 1509, mismo año que asciende al trono. En 1511 nace el Enrique, quien muere a los dos meses. La princesa María nace en 1516. En 1533 el monarca se divorcia de Catalina.

    Autor desconocido. National Portrait Gallery, London.

    Enrique VIII se casa con Ana Bolena en 1533, una de las damas de honor de Catalina de Aragón. Da a luz a la futura Reina Isabel I. Tres años después es decapitada bajo la acusación de adulterio, incesto y traición.

    National Portrait Gallery, London.

    En 1536 Enrique VIII contrae matrimonio con Jane Seymour y al año siguiente nace el príncipe Eduardo. Jane muere poco después del parto.
    Ana de Cleves, cuarta señora de Enrique VIII. El matrimonio, realizado en 1540,dura menos de un año y se anula en buenos términos y de mutuo acuerdo. 

    Catalina Howard, se casa con Enrique VIII en 1540. Al poco tiempo es puesta en arresto domiciliario bajo el cargo de traición. Fue ejecutada en 1542 en la Torre de Londres. La única mujer que sobrevivió a Enrique VIII fue Catalina Parr. Este matrimonio se efectuó en 1543 y duró cuatro años. En 1547 muere el monarca.

    Pintor desconocido. National Portrait Gallery.

  • The Relevance of Shakespeare

    The Relevance of Shakespeare

    Last week, to celebrate the 450th anniversary of Shakespeare’s birth, I focused on the “eternal Shakespeare”, arguing that Shakespeare is timeless and therefore, and paradoxically, that he is also timely. Here are a few of the timeless truths in Shakespeare that are also and always timely.
    In Romeo and Juliet the difference between true and false love, i.e. rational and irrational love, is highlighted. This is evident in Romeo’s blasphemous exclamation that “heaven is here / Where Juliet lives”. Juliet is Romeo’s alpha and omega, his beginning and his end. She is the goddess to which he owes the sum of all his worship. It is for this reason that he chooses this “heaven” even when it becomes his hell. In Dante’s Inferno the lustful are described as “those who make reason slave to appetite” or as those who let their erotic passions “master reason and good sense”. Like Paolo and Francesca in the Inferno, Shakespeare’s lovers have overthrown reason in pursuit of passion. Embracing their madness and blindness, their “love” has surrendered to the force of feeling. Their love is headless and therefore heedless of the bad consequences of the bad choices being made. Shakespeare and Dante are well aware of the danger of separating love from reason. Love, like faith, must be subject to reason; a love that denies or defies reason is illicit and is not really love at all.
    In some ways, Romeo and Juliet can be seen as a cautionary commentary on the two great commandments of Christ that we love the Lord our God and that we love our neighbor. The two lovers deny the love of God in their deification of each other, with disastrous consequences, and their respective families deny the love of neighbor in their vengeful feuding. It could be said that the venereal and vengeful passions of Verona represent the culture of death in microcosm. A society that turns its back on Christ and His commandments is on the path to suicide, to nihilistic self annihilation. If the lessons are not learned and the warnings heeded, the sinful society will be doomed to be damned.
    Similar lessons to those taught in Romeo and Juliet are taught in The Merchant of Venice in which the test of the caskets shows that true love is about dying to oneself so that one can give oneself fully and self-sacrificially to the beloved. This true love is contrasted with the self-centred desire of those who fail the test. In similar vein, the test of the rings at the end of the play reinforces the necessity of self-sacrifice in the sacrament of marriage. Finally, of course, Portia’s timeless wisdom reminds us that we must love our neighbor, showing the quality of mercy that God has shown to us.

    In Julius Caesar, Shakespeare pours scorn on Caesar’s vanity, on Antony’s bloodthirsty opportunism, on Cassius’ ambition, and on Brutus’ brutal idealism. Yet he is not cursing from the perspective of a worldly cynicism but from that of a believing Christian at a time when believing Christians were being tortured and put to death by the vanity of monarchs, by bloodthirsty opportunists, by political ambition, and by brutal idealism.

    There is, however, a deeper level of meaning in Julius Caesar that is all too often overlooked completely. It is the sound of silence within the play; the scream in the vacuum of the play’s vacuity. It is the unheard and unheeded voice of the virtuous. It is the voice of Calpurnia, which, if heeded, would have saved Caesar’s life; it is the voice of Portia, which, if heeded, might have urged Brutus to think twice about his involvement with the conspirators. It is the voice of the Soothsayer and of the augurers. It is the voice of Artemidorus, a teacher of rhetoric, whose note to Caesar is devoid of all rhetorical devices and direct to the point of bluntness. The note is not read, the voices are not heard, and the consequences are fatal. All that was missing in the play is the one thing necessary, the still, small voice of virtue and wisdom that the proud refuse to hear.

    The whole of Hamlet turns on the crucial distinction between reason and will, and between that which is and that which seems to be, and the test of success is the extent to which the protagonists conform their will to reason and to the reality to which it points, irrespective of all appearances to the contrary. This is Hamlet’s struggle throughout the play. In the end, through conforming his will to reason and in connecting reason to faith, he becomes the willing minister of Divine Providence, bringing justice to the wicked King Claudius and restoring justice to the realm.
    In many ways, Macbeth can be seen as the anti-Hamlet. Whereas Hamlet begins in the Slough of Despond, temperamentally tempted to despair, he grows in virtue throughout the play until he reaches the ripeness of Christian conversion and the readiness to accept his own death as part of God’s benign Providence. Hamlet grows in faith because he grows in reason; Macbeth loses his faith because he loses his reason.
    In a more general sense, the dynamism of the underlying dialectic in Shakespeare’s plays, and therefore of the dialogue, is centred on the tension between Christian conscience and self-serving, cynical secularism. Whereas the heroes and heroines of Shakespearean drama are informed by an orthodox Christian understanding of virtue, the villains are normally moral relativists and Machiavellian practitioners of secular real-politik.
    In the final analysis, the right reason for learning Shakespeare is to learn the right reason that Shakespeare teaches!

  • The Eternal Shakespeare

    The Eternal Shakespeare

    He was not of an age, but for all time!
    Ben Jonson on William Shakespeare
     
    These famous words of praise by the great poet, Ben Jonson, in honour of the even greater poet, William Shakespeare, were published in the First Folio edition of Shakespeare’s plays in 1623, only seven years after Shakespeare’s death. The words of praise have, therefore, become words of prophecy because none of the Bard of Avon’s contemporaries could have foreseen the extent to which Shakespeare would conquer the world in the centuries after his death. Today, on the 450th anniversary of his birth, he stands as a colossus who straddles the centuries, towering above all other writers, with the possible exception of Homer and Dante. His stature as a giant of civilization is itself sufficient reason to read and study his works. In spending time with Shakespeare we are communing with genius. Can there be many better and more fruitful and edifying ways of spending our time?

    by Abraham van Blyenberch, oil on canvas, circa 1617

    There is, however, another and deeper meaning behind Ben Jonson’s words. It is not merely that Shakespeare has survived the test of time, it is that his plays, and the truth and morality contained within them, transcend time. They are not merely works that endure in time, they are works that are beyond time. They are timeless. They have their inspiration in eternal verities and they point to those same verities. Such truths do not change with time, nor are they changed by it. They simply are.
    Perhaps the best way of illustrating this timeless dimension to Shakespeare is to compare the Heilige Geist with the zeitgeist, the Holy Spirit with the Spirit of the Age. The Holy Spirit does not change from one generation to the next. He simply is. The Spirit of the Age, on the other hand, is always changing. It is subject to time and is changed by it. The literal meaning of zeitgeist is Time-Spirit. One who serves the Time-Spirit is one who wants to seem relevant to the fads and fashions of his own day. He is primarily concerned with being up-to-date. The problem is that those who are up-to-date are very soon out of date because, as C. S. Lewis quipped, fashions are always coming and going, but mostly going. One who is relevant to the fashions of today will be irrelevant to the fashions of tomorrow.
    The reason that Shakespeare is not of an age but for all time is that he serves the Heilige Geist and not the zeitgeist. The truths that inspire his Muse and the truths that emerge in the fruits of his Muse (his plays and poems) are the truths of the Holy Spirit. Such truths do not merely stand the test of time they are the very truths by which time itself is tested. This timeless aspect of truth is very important for us to understand but perhaps a little difficult to grasp. It might, therefore, be useful to employ a famous philosophical riddle: If a tree falls in a forest and there’s nobody there to hear it fall does it make a sound? The answer is that of course it makes a sound because the sound of the tree falling is not dependent on anyone hearing it. We might rephrase the riddle thus: If Shakespeare’s works are neglected so that they are no longer performed or read, will Shakespeare and his works cease to be relevant? The answer is that of course they are still relevant because the goodness, truth and beauty of the works are not dependent on our ability to see or understand them. Indeed, it could and should be argued that a culture that could no longer read Shakespeare because of its illiteracy and barbarism was suffering the woeful consequence of neglecting the truths that Shakespeare’s plays reveal!
    Another way of understanding the timeless dimension of truth is to see it in relation to eternity. When we say that God is omnipresent, it doesn’t simply mean that God is present everywhere in time and space, though He is. More importantly it means that everything in time and space is present to Him. There is no past and future from the perspective of the eternalpresence of God. His omnipresence means that everything is present to Him. In a similar though less perfect sense, Shakespeare enters eternity when he dies. On the assumption that He goes to heaven and not to the other place, he will enter into the eternal presence of God. He will be timeless. Insofar as Shakespeare’s works are good, true and beautiful, which of course they are, and in so far as they are the fruits of God’s presence in the creative process, which is indubitable, those works will be enshrined with Shakespeare in eternity. They will be with him because they are an integral and essential part of who he is. In this sense, Shakespeare’s works simply are. They will be even when the world passes away.

    Ben Jonson’s folio

    These metaphysical first principles are crucial to our understanding of why we should learn Shakespeare, or indeed why we should learn anything else that contains goodness, truth and beauty. The learning of such things points us towards eternity and helps us to get there. Can anything else be more worth learning?
    Lest we be tempted to think that the foregoing discussion means that the learning of Shakespeare is purely a spiritual or mystical undertaking, connected solely to what philosophers call the anagogical meaning of life, we should remind ourselves of the paradox that the timeless is always timely. If the timeless resides in the eternal it means that all times are present to it. If it is timeless, it is always true – and, if it’s always true it is always relevant. It is for this reason that Shakespeare’s works are rightly listed amongst the “permanent things”, those things which are and will always be, and, in consequence, those things that are and will always be relevant.

  • Shakespeare: 450, Not Out

    Shakespeare: 450, Not Out

    Today is St. George’s Day. It is also Shakespeare’s birthday and, believe it or not, it is the day on which Shakespeare died. Apart from the astonishing coincidence that Shakespeare died on his own birthday, it is also singularly appropriate that England’s greatest poet should have been born and should have died on the feast day of her patron saint. It seems appropriate, therefore, that we should celebrate the 450th anniversary of Shakespeare’s birthday with a reference to cricket, that most quintessential of all English sports. Shakespeare is “450, Not Out”, continuing to hit his audiences for six after reaching several consecutive centuries of continuing relevance.
    On such a prestigious anniversary it would do well to remind ourselves of the enduring stature of the Bard of Avon.
    Arguably the three greatest writers of all time are Homer, Dante, and Shakespeare. Of the first of these, very little is known. Homer, it seems, has disappeared amidst the murk and mists of history. So great and wide is the chasm that separates him from us that he is almost invisible. What we know of him, for what it’s worth, is gleaned from allusive and elusive clues embedded in his work. Thus, for instance, it is widely presumed that, like Milton, he was blind. If so, like the blind seer Teiresias, he sees more in his blindness than those blinded by their own unwillingness to see.
    Much more is known of Dante, a devout Catholic and a disciple of the scholasticism of Thomas Aquinas, who lived much of his life as a political exile from his beloved Florence. Perhaps the fact that he is a thousand years closer to us than Homer might explain the greater knowledge. If so, why is it that such mystery continues to surround the seemingly elusive figure of William Shakespeare? In terms of the time that has elapsed from his time to ours, it would seem reasonable to presume that we should know more about the Bard of Avon than about the divinely-inspired poet of Italy, the latter of whom lived three hundred years earlier.
    Much of the mystery surrounding Shakespeare is linked to the age in which he lived. It was an age in which a large and alienated section of the population was considered outlaws by the state. In Elizabethan and Jacobean England it was a criminal offence to practice or propagate the Catholic religion, an offence that for priests was punishable by death. It is for this reason that England’s greatest poet remains largely unknown. He is unknown, first of all, because he sought to keep his religious life unknown, as far as possible, from the authorities. He is also unknown because later generations of Englishmen erected a myth in the nation’s likeness, ignoring or smothering the Bard’s “treacherous” popery in the interests of a nationally acceptable patriotic iconography. He became the posthumous victim of “patriotic correctness”.
    The overwhelming evidence for the Bard’s Catholicism is rooted in the solid facts of his life and in the theological, philosophical and moral truths to be found in his work.
    The factual evidence is to be found in documents, such as Shakespeare’s last will and testament and in the spiritual last will and testament of his father; in the persecution of Shakespeare family and friends for the practice of their faith; in court cases in which Shakespeare became embroiled; in property that he purchased; and in the sort of acquaintances and friends that he valued, and the type of people whom he considered enemies. All of these historical facts, pieced together meticulously by historians, paints a picture of Shakespeare’s life that points to his papist sympathies.
    The textual evidence to be gleaned from his work includes thinly veiled and sympathetic allusions to the work of the Catholic poet and martyr, St. Robert Southwell, and a host of allegorical connections in his poetry and plays to the religious and political turmoil of the times in which he lived. At its deepest level of meaning, Shakespeare’s oeuvre can be seen as a dialectical engagement with the opposing forces of Christian orthodoxy and secular fundamentalism, with the Bard’s sympathies clearly falling on the side of the former against the latter.
    One consequence of the emergence of the historically and textually verifiable Catholic Shakespeare is the construction of more acceptable “alternative” Shakespeares who can be made to dance obediently to the tune of the “religiously-correct” zeitgeist. Thus the dubious textual scholarship surrounding the “dark lady” of the sonnets was employed by Hollwood to depict an adulterous and hedonistic Bard in the travesty, Shakespeare in Love. More recently, the utterly absurd theory that Shakespeare’s plays were not written by the Bard but by Edward de Vere, the Earl of Oxford, has been resurrected by Hollywood. This so-called “Oxfordian theory”, which can be demolished with consummate ease with the merest modicum of historical scholarship, forms the basis of the more recent film, Anonymous.
    The construction of bogus Shakespeares is an act of treason against the real Shakespeare, who is still being hounded by his enemies 450 years after his birth. In this context, the distortions and fabrications that have dogged the Bard throughout the centuries can be said to be held at bay by the true scholars who are the Bard’s true friends. Set against the baying hounds who have hounded him, the true scholars can be likened to bloodhounds who unearth the evidence that sets Shakespeare and his times free of the falsehood that has surrounded them. Against the dogs of deception and deconstruction, such scholars can be likened to the hounds of heaven. Switching analogies, and considering the significance of today’s date, we might also liken the Shakespeare-abusers to deceitful dragons who have been slain by the scholarly St. George. As Henry V might have said, “The game’s afoot; Follow your spirit: and upon this charge, Cry — God for Shakespeare! England and Saint George!”

  • Shakespeare: 450 años, no está out

    Shakespeare: 450 años, no está out

    El 23 de abril es el día de San Jorge. Es también la fecha de nacimiento de Shakespeare, y aunque no se crea, el el mismo día en que Shakespeare murió. Fuera de la gran coincidencia de que Shakespeare muriera en el día de su nacimiento, es singularmente apropiado que el más grande poeta inglés haya nacido y muerto el día del santo patrono de Inglaterra. Parece apropiado, entonces, que celebremos los 450 años del nacimiento de Shakespeare con una referencia al cricket, el deporte más propiamente inglés que existe. Shakespeare es “450, NOT Out”, continúa influenciando audiencias por seis, tras haber alcanzado siglos consecutivos de continuada relevancia.
    En tan prestigioso aniversario sería bueno recordarnos de la perdurable estatura del Bardo de Avon.
    Posiblemente los tres grandes escritores de todos los tiempos son Homero, Dante y Shakespeare. Del primero de estos poco sabemos. Homero, parece haber desaparecido en la bruma de la historia. Entonces la distancia que nos separa de él es grande y amplia, lo que lo hace ser casi invisible. Lo que sabemos del él, que valga la pena está relacionado con claves alusivas a su obra. Por ejemplo es presumible que como Milton, el fue ciego. Si fue así, como el ciego vidente Teiresias, el veía más en su ceguera que aquellos cegados por su propia negación de ver.
    Bastante más se sabe de Dante, un devoto Católico y un discípulo de la Escolástica de Santo Tomás de Aquino, quien vivió la mayor parte de su vida como un exiliado político de su amada Florencia. Tal vez el hecho que el es mil años más cercano a nosotros que Homero pueda explicar este mayor conocimiento. Si es así, ¿por que el misterio continúa rodeando la figura aparentemente evasiva de William Shakespeare? En términos de tiempo que ha pasado desde su tiempo al nuestro, sería razonable de presumir que nosotros debiéramos saber más del Bardo de Avon que del divinamente inspirado poeta italiano, quien vivió trescientos años antes que éste.
    Mucho de los misterios que rodean a Shakespeare están ligados a la época en que él vivió. Fue un tiempo en la cual un gran grupo de la población fue alienada y considerada fuera de la ley por el estado. En la Inglaterra Isabelina y Jacobista era una ofensa criminal el practicar o propagar el catolicismo religioso, una ofensa que en el caso de los sacerdotes era castigada con la muerte. Esta es la razón por la cual el poeta más grande de Inglaterra ha permanecido casi desconocido. El es desconocido, primero que todo, porque quiso mantener su creencia religiosa oculta, en la medida de lo posible, de las autoridades. Es también desconocido porque las futuras generaciones de ingleses erigieron un mito basado en los gustos de la nación, ignorando o suavizando la traición papista del bardo en la iconografía de intereses patrióticos nacionalmente aceptables. El se convirtió en una víctima póstuma del “correcto patriótico”.
    La evidencia abrumadora del catolicismo del bardo está enraizada en los sólidos hechos factuales de su vida y en la verdad teológica, filosófica y moral que se encuentra en su obra.
    La evidencia factual se encuentra en documentos, tales como el testamento del propio Shakespeare y en el testamento y último deseo de su padre, en la persecución de la familia de Shakespeare y de sus amigos por la práctica de su fe, en casos de corte en los que Shakespeare se vio involucrado, en las propiedades que él compró, y en relación a los conocidos y amigos a quienes él valoraba y en relación al tipo de gente a quienes él consideraba sus enemigos. Todos estos hechos históricos, puestos en conjunto de modo meticuloso por historiadores, muestran un cuadro de la vida de Shakespeare que apunta a sus simpatías papistas.
    La evidencia textual que emana de su trabajo incluye finas y veladas alusiones de simpatía con el trabajo del poeta católico y mártir, St Robert Southwell y contiene conexiones alegóricas en su poesía y en sus obras con las realidades religiosas y políticas del tiempo en que él vivió. En el nivel más profundo de significado, la obra de Shakespeare puede ser vista como un compromiso dialéctico con las fuerzas opositoras de la cristiandad ortodoxa y el fundamentalismo secular, en las que las simpatías del bardo claramente caen hacia el lado de lo antiguo y en contra de lo nuevo.

    Portada de film Shakespeare in Love 

    Una de las consecuencias que emergen de la verificación histórica y textual del catolicismo de Shakespeare es la construcción de una más aceptable “alternativa” de Shakespeare, la cual puede bailar en forma obediente al ritmo del “ correcto religioso” del espíritu de los tiempos. De este modo queda en evidencia el estudio dudoso que rodea a la “dama oscura” de los sonetos empleados por Hollywood para mostrar a un adúltero y hedonístico bardo en la parodia Shakespeare in Love . Más recientemente, la teoría absurda que las obras de Shakespeare no fueron escritas por él sino por Edward de Vere, Conde de Oxford, también fueron resucitadas por Hollywood. Esta también llamada “ teoría de Oxford”, la cual puede ser demolida con facilidad consumada por el más mediocre estudioso de los hechos históricos, forma parte de la película reciente, Anonymous.

    Edward de Vere, 1575

    La construcción de estos falsos Shakespeare es un acto de traición contra el verdadero Shakespeare, quien es todavía perseguido por sus enemigos 450 años después de su nacimiento. En este contexto, la distorsión y fabricación que ha rodeado al bardo a través de los siglos puede decirse que ha llegado a puerto con la aparición de verdaderos estudiosos, quienes son los verdaderos amigos del bardo. Estos desentierran como sabuesos y muestran evidencias en contra de los sabuesos que lo persiguen las pruebas que liberan al verdadero Shakespeare de las falsedades creadas en el tiempo. Contra los perros del engaño y de la deconstrucción, aparecen los académicos del cielo. Considerando las analogías y la fecha de su nacimiento y muerte, podemos comprar a los abusadores e inventores del anti Shakespeare como dragones quienes fueron derrotados por los nuevos académicos , San Jorge. Como habría dicho Enrique V “ The Game’s afoot; Follow your spirit:and ipon this charge, Cry- Dios por Shakespeare! Inglaterra y San Jorge!!