Categoría: Educación

  • Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Un maestro de calidad para una educación de calidad

    Mucho se habla actualmente acerca de “reforma de la educación”, de “calidad educativa”, de “mejorar la formación de los docentes” y un largo etcétera, pero no se ve una reflexión profunda en torno a qué significa ser un verdadero maestro. Preguntarse por las virtudes que deben brillar en el alma de un maestro para que pueda ser llamado “buen maestro” o “excelente maestro”, “profesor de calidad”, supone antes, y más en estos tiempos que corren, decir qué significa serlo: ¿Qué es un maestro? ¿Cuál es el sentido y el significado último de su actividad docente? ¿Es solo aquel que entrega información al alumno, que busca llenar su mente con datos, fechas y conocimientos diversos? ¿Es acaso, como lo sostienen algunas corrientes muy actuales, un mero facilitador de instrumentos y herramientas para que el propio alumno construya, cree, forme su propio conocimiento?

    Para responder adecuadamente conviene fundarse en la experiencia común, esa experiencia que ha tenido todo aquel que ha estado frente a un maestro que lo ha sido realmente y que le ha marcado de tal modo que le permite decir que el maestro es mucho más que un instructor o facilitador, sino que ha llegado con su acción a descubrirnos el sentido último de nuestro vivir, al punto que su paso por nuestra vida nos ha agrandado la existencia. En efecto, la acción docente es con toda propiedad una acción que teniendo como finalidad más propia y específica la comunicación de un saber, esto es, que busca enseñar una verdad de tal modo que enriquezca la inteligencia del alumno, no obstante, se ordena últimamente a ayudar a que los educandos vivan una vida plenamente humana, una vida con sentido que les posibilite alcanzar esa plenitud a la que por su propia naturaleza están llamados. Es, a través de lo que enseña, que el maestro educa. La tarea del maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; sino que se trata de formar a la persona del educando, ayudarlo a ser plenamente hombre. La acción del maestro nos aparece entonces, no solo como una vocación, sino como una verdadera misión, que en cierto modo le sobrepasa, pero a la que no puede renunciar. Para llevarla a cabo, ha de contar, de modo más radical y fundamental con su palabra y con su ejemplo.

    1.- La palabra es aquello en lo que está contenido su propio saber y por lo cual puede comunicarlo a su alumno. Evidentemente, no solo es la voz exterior, sino que es una palabra íntima, una palabra sabia, una palabra que conoce y entiende de modo profundo aquello que enseña. El docente no está solo repitiendo de un libro, no está recitando una lección que le es ajena y exterior, sino que el maestro verdadero, comunica aquello conocido en lo más profundo de sí mismo y lo dice como si fuera suyo. No obstante, es un saber que él mismo sabe que ha recibido de otros maestros que le precedieron, por lo que su palabra aparece inserta en una tradición de conocimiento. Transmite lo que ha recibido. Muchas veces, enriquecido por su propia reflexión, pero en esa palabra brinda a su alumno un saber que, aunque suyo, no le pertenece absolutamente y, por tanto, exige fidelidad, respeto y reconocimiento a dicha tradición. Ha de ser palabra fiel.

    Ahora bien, junto con ello, es preciso que el maestro sepa comunicar su saber en el contexto de un orden aún mayor. Ni la matemática, ni la física, ni la biología, ni ninguna ciencia o arte en concreto, tiene la fuerza para colmar el corazón humano. De allí que no puede bastarle al alumno la simple recepción de esos conocimientos descontextualizados. Es preciso además, mostrarle el sentido, el lugar que ocupa dicha ciencia en el conjunto de la propia vida humana, por lo que debe ser una palabra profunda, una palabra que esté arraigada en su propia vida interior, en aquello que su propia vida es. El maestro tiene que hacer patente que a través de la misma ciencia se pueden describir realidades superiores, como el orden del universo, la belleza de las cosas, la misma hondura de la existencia humana, etc. Pero si el alumno no sabe qué sentido tiene su vida y qué es aquello que vale verdaderamente la pena, desde luego, que la ecuación de segundo grado, la célula, o los ríos de Chile, le traerán sin cuidado. Finalmente, esa palabra ha de ser una palabra amada, esto es, el maestro debe amar profunda y apasionadamente el saber que comunica, debe manifestar que es un bien de tal modo valioso que enriquece la propia vida. Ese amor a la verdad y al saber particular que posee el maestro es lo que despierta en el alumno la inclinación decidida a adquirirlo. Solo en la medida en que se vea dicho saber como algo capaz de mejorar la propia vida porque es algo bueno, el alumno se moverá a conocerlo. De otro modo, podría pasar como algo que el maestro quiere que el alumno sepa, pero que no tiene que ver con su propia existencia concreta. Cuántas veces en una clase no hemos entendido lo que se nos ha enseñado y, sin embargo, sí entendíamos, por la pasión con la que el maestro lo enseñaba, que algo grande debía haber allí contenido.

    Evidentemente, las palabras por sí mismas no son capaces de hacer que el alumno aprenda y crezca como persona, ya que es el mismo discípulo el que ha de realizar aquellos actos que le permitan entender y amar en propiedad, no obstante, las palabras del maestro, dice Klaus Droste, son verdaderos dones capaces de suscitar en el interior del alumno aquella voz interior que le permitan moverse a pensar y comprender lo que el maestro generosamente le ha transmitido. Las palabras del maestro son la semilla que ha de dar fruto en el corazón del discípulo. Como nos enseña Tomás de Aquino: “las palabras contundentes gratuitamente ofrecidas dan fruto interior, de manera tal que el discípulo de pocas cosas oídas muchas cosas buenas anuncie”.

    2.- Junto con la palabra, el maestro ha de contar con su propio ejemplo, esto es, manifestar una clara coherencia y equilibro vital. Dicho de otro modo, manifestar con sus acciones aquello que tiene concebido en su corazón. Precisamente, porque el obrar del maestro hace patente aquello en lo que consiste su vida, que el discípulo es movido más perfectamente al bien por las acciones del maestro que por sus dichos. Si hay incoherencia entre lo que dice y lo que hace, es indudable, y la experiencia nos lo confirma, que el alumno creerá más a las acciones. Ya podrá el maestro dominar perfectamente muchas técnicas pedagógicas, ser un artista en el uso de métodos y tecnologías educativas, pero si esto no está fundado en el orden de su vida interior, esto es, en su propia integridad personal, le será difícil, si no imposible formar hombres y mujeres buenos. Por eso la gran misión de la tarea educativa a la que todo maestro está llamado (vocación) supone que el educador entrega al alumno no solo realidades exteriores, como conocimientos, habilidades, destrezas, –que también–, sino que sobre todo, le entrega, la brinda, su propia persona.

    El centro de la misión educativa es la capacidad de donación que demuestra el educador en su acción cotidiana: su transparencia, su humildad, su disponibilidad, su testimonio, su afán de superación y de crecimiento para servir a los alumnos. La docencia como misión supone la entrega de sí mismo a la persona del educando, que espera en cada sala de clase que le enseñen a vivir. Faltarían a su misión aquellos maestros que enseñando matemáticas, las vocales, historia o biología, solo enseñaran eso y no comunicaran a través de esas ciencias, con sus palabras y ejemplos, aquello por lo que vale la pena vivir. Más que buenos maestros, expertos en el arte metodológico, grandes conocedores de sus ciencias, lo que se necesita de modo urgente son maestros buenos, que sean capaces de dejar en el corazón del alumno un recuerdo ejemplar, una huella profunda en el alma del discípulo que le permita orientar su propia vida y llenarla de significado. De esta manera, entendiendo de este modo la acción del maestro, es posible aspirar a una educación de calidad como la que se anhela.

  • Apuntes sobre el sentido de la Universidad

    Apuntes sobre el sentido de la Universidad

    En la actualidad, la institución universitaria vive una profunda crisis y confusión que exige ser restablecida para dirigir sus pasos hacia lo que ella esencialmente es. Dicha exigencia viene dada por la misma nobleza de la institución, pero también por la necesidad de ofrecer a las generaciones jóvenes una formación que posibilite dirigir la sociedad a su fin último, que es el Bien común, entendido este como el bien más pleno de la persona en sociedad.

    Debido a lo anterior es que hago mías las palabras del papa Benedicto XVI: “A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en  cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la capacitación técnica… Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la universidad, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre”.

    Estas palabras, llenas de sentido, sintetizan lo que queremos expresar sobre la misión de la universidad en general y de la universidad católica en particular. Por una parte, aparece la afirmación según la cual la universidad no puede ser reducida a una institución de formación técnica, en la que se busque únicamente la utilidad y el pragmatismo inmediato, menos aún, que se absolutice en ella la lógica economicista y empresarial. No es un lugar para formar a los alumnos en un mero saber técnico y útil que les capacite para ejercer una determinada función. Sin negar esta dimensión, sin desconocer que es la universidad “el lugar donde los estudiosos examinan a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica, contribuyendo así al enriquecimiento del saber humano”, el Papa, por otra parte, nos ilustra sobre lo que exige la vida universitaria, afirmando que la universidad se eleva y brinda mucho más. En efecto, es ella, como enseña Antonio Amado, el lugar donde se cultiva el saber superior, aquel que está pensado desde los fundamentos últimos de la realidad y que permite dar sentido y significado a los saberes particulares, esto es, donde la actitud sapiencial busca integrar todo conocimiento en la unidad del saber sobre la realidad. Es a la vez el lugar donde crece y se desarrolla el saber científico que eleva la cultura y el bienestar general, y a la vez, el lugar que orienta ese conocimiento al bien de la persona. Decía Tomás de Aquino que “todas las artes y todas las ciencias se ordenan a una sola cosa, a saber, la perfección del hombre en qué consiste su felicidad”. Por eso, la ciencia en sí misma  no nos dice nada si no está integrada en un orden superior, que es precisamente el de la dignidad de la persona humana. De allí  que bien ha definido la universidad el rey Alfonso X al decir que es “el ayuntamiento de maestros y discípulos que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes” Solo el vínculo voluntario con otros que están movidos por un amor común puede constituir vida universitaria. Amor a la verdad, pero sobre todo, amor a la Verdad, lo cual excede la sola formación intelectual y trasciende a lo humano, a lo moral. Esto es lo que posibilita la formación integral de aquellos que tienen el privilegio de ser parte de ella. Privar a la universidad de esta formación moral, como propia de su misión, es reducirla a un centro de formación técnica que nada tiene que ver con el espíritu que tradicionalmente animaba a dicha institución.

    Como se ve, no solo busca la universidad comunicar una serie de habilidades y conocimientos superficiales, sino que busca formar a la persona en su integridad, lo que supone la formación de “todas sus dimensiones”: corporal, afectiva, moral, intelectual e incluso, sobrenatural. De ese modo, el abogado no es solo un profesional que conoce los códigos y procedimientos, sino que ama la justicia y el derecho; el maestro no es solo un funcionario que aplica metodologías y tecnologías en el aula, sino que le mueve la vocación de educar en la verdad, el bien y la belleza; el periodista no es solo aquel que escribe y comunica, sino que defiende la verdad y su conocimiento; el médico no es solo quien trata enfermedades, sino que se busca la salud de las personas, etc. La universidad no solo capacita profesionalmente, sino que eleva humanamente, ya que el auténtico cultivo del conocimiento se vuelve imposible para quien no tiene una disciplina interior que le vincule con el orden de la verdad.

    Esta visión de la universidad, consiguientemente, supone y exige entre otras cosas, profesores, o mejor, maestros universitarios que posean no solo una seria formación intelectual que permita comunicar el saber que posee al que no sabe, sino que una humanidad cultivada, un sentido profundo de lo humano y del bien moral, y una libertad orientada a la comunicación de los grandes bienes del conocimiento al servicio de la formación de los alumnos.

    En efecto, ser maestro universitario no supone entretener a los alumnos y fomentar sus opiniones y juicios personales, sino transmitirles un saber profundo y hondo sobre la realidad, lo cual exige la posesión de ese saber, el amor por aquello que enseña, por sobre el dominio de la metodología concreta. No es el modo de comunicar lo que sabe lo que mueve al alumno a apasionarse por lo que estudia, sino la profundidad de lo que se le propone y el amor con el que se le transmite. Por otra parte, conscientes de la formación humana, el maestro universitario ha de ser ejemplo vivo para su alumno de aquel ideal de vida que busca proponerle. Como enseña Benedicto XVI: “En ese sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros: personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar, personas convencidas, sobre todo de la capacidad humana de avanzar”.

    En lo que respecta a una universidad de inspiración católica, en tanto que universidad, participa de la misma finalidad, esto es, en palabras de Juan Pablo II: “una comunidad académica que, de modo riguroso y crítico, contribuye a la tutela y desarrollo de la dignidad humana y de la herencia cultural mediante la investigación, la enseñanza y los diversos servicios ofrecidos a las comunidades locales, nacionales e internacionales”. No obstante, en tanto que católica se ha de dedicar por entero a “la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios. Por lo cual, ella, sin temor alguno, antes bien con entusiasmo trabaja en todos los campos del saber, consciente de ser precedida por Aquel que es «Camino, Verdad y Vida», el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin, y es el único capaz de dar en plenitud aquella Sabiduría, sin la cual el futuro del mundo estaría en peligro”.

    En efecto, toda universidad católica debe garantizar de forma institucional, esto es, no dejando a la benevolencia de algunos de sus miembros, una presencia cristiana en la sociedad en la que existe, iluminando los problemas y cuestiones más urgentes de la cultura actual. De allí que, como sostenía el mismo Juan Pablo II, “en cuanto católica, debe poseer las características siguientes: Una inspiración cristiana por parte, no solo de cada miembro, sino también de la comunidad universitaria como tal. Una reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones. La fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia. El esfuerzo institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida. Más allá de las dificultades, los que tienen la gracia de ser parte de la vida universitaria, por el bien de los mismos alumnos y de la sociedad, deben esforzarse en llevar a la práctica estos y los anteriores principios

  • Lo que no es la moral

    Lo que no es la moral

    La ética o moral es un hecho. Todos los seres humanos, sin importar cuáles sean sus costumbres, realizan acciones que consideran buenas o malas moralmente. Más aún, sin importar su concepción antropológica o ética, todos buscan realizar acciones que los hagan buenas personas. Realidades cotidianas que todos vivimos, como el premio, el castigo, el remordimiento o el arrepentimiento, nos constatan la existencia en el orden humano de este tipo de acciones. Es posible que no haya un tema sobre el cual se discuta tanto como el de las materias morales. Las opiniones se enfrentan sin que parezca posible conciliarlas. Por todo ello es que en nuestros tiempos posmodernos suele afirmarse que la moral es del orden de la opinión. No hay lugar para certezas. Cuando se trata de ciencias empíricas o técnicas que tienen que ver con cosas objetivas, palpables, ahí sí es posible la certeza objetiva, allí sí es posible afirmar proposiciones verdaderas y rechazar con seguridad las falsas. Sin embargo, esto no ocurre en el ámbito de la moral, que de ningún modo puede ser considerada una ciencia. En ella todo es subjetivo, todo es opinable.

    Pero eso dista mucho de ser verdadero. La moral no solo es un hecho empírico, sino que se puede reflexionar filosóficamente sobre el modo adecuado en que el ser humano puede obrar de un modo tal que pueda alcanzar la felicidad. No obstante, como pareciera más difícil afirmar el carácter científico (filosófico) que tiene la moral, tal vez resulta más conveniente, en esta oportunidad, dejar establecido al menos lo que no es la moral, de modo que se pueda luego establecer lo que es, con una base más sólida.

    1.–En primer lugar, un error que es necesario descartar es el que está fundado sobre un cierto individualismo moderno o posmoderno. Nos referimos a aquel que sostiene que la moral depende de lo que piensa cada uno. Es el famoso “para ti” o “para mí”, el conocido “yo pienso que” o “yo creo que”. Este error está fundado en el agnosticismo moral que sostiene que en estas materias nada puede ser conocido con certeza y, por tanto, el conocimiento sobre el obrar humano en relación con su felicidad queda reducido a la opinión personal. Pero al haber opiniones contrarias entre sí, sucede que las cosas son buenas y no son buenas dependiendo del sujeto que lo esté considerando o de las circunstancias. Así, por ejemplo, para una persona puede ser bueno y conveniente aceptar coimas para enriquecerse y darle un mejor nivel de vida a su familia, y para otro, puede resultar inaceptable desde todo punto de vista. Afirmar que cada uno puede sostener esa opinión como correcta es suponer que todo es relativo, que no hay bondad absoluta. Este relativismo moral, aunque está muy extendido en nuestros días, no deja de ser una equivocación, dado que se funda en un error del orden especulativo: la negación del principio de no-contradicción. ¿Qué señala este principio? “Es imposible que lo mismo sea y no sea a la vez y en el mismo sentido”. Dicho más simplemente: todo lo que es, es y lo que no es, no es. Así, una cosa no puede ser buena y no buena a la vez y en el mismo sentido. Puede alguien ser vanidoso y estudiante a la vez,sin duda, pero alguien no puede ser y no ser vanidoso a la vez y en el mismo sentido. Afirmar esto es a todas luces violar un principio

    fundamental de nuestra inteligencia, principio primero y, por tanto, evidente. De este modo, las cosas son y no son, lo cual es absurdo y contradictorio. Así, llevado al orden moral la negación de este principio, tenemos que quitar la vida a un niño inocente en el seno de su madre (aborto) es bueno y es malo a la vez, dependiendo de quien lo esté considerando. La dificultad está en llegar a conocer lo que son, en descifrar la bondad o maldad intrínseca de los actos, pero ese es otro problema, pero afirmar que en moral todo es relativo conduce a un completo escepticismo, que en el fondo nos conduce a pensar que da lo mismo lo que hacemos. Para salir de este error es preciso realizar un gran esfuerzo por conocer la verdad en el orden moral, pero no contentarse con la posición fácil del relativismo, que no es otra cosa que el capricho y el egoísmo personal.

    2.–Un segundo error en materia moral es el que está fundado en el culturalismo o historicismo. Ambos errores están íntimamente ligados al relativismo. Según estas corrientes, la moral cambia según las personas, las culturas y las épocas. Esto aumenta la sensación de que la moral es inestable y provisional. Lo que es bueno y lo que es malo moralmente, se afirma, va cambiando con el tiempo y las culturas. Algunas cosas que para los griegos eran consideradas como buenas y nobles, hoy son consideradas malas y reprobables. La esclavitud suele ser un ejemplo que se esgrime a menudo: para los griegos era buena la esclavitud, para nosotros es mala. Y más aún, en un mismo momento histórico hay diversas culturas con preceptos morales diferentes. En nuestros días, por ejemplo, mientras se defiende en el mundo occidental la dignidad de la mujer, vemos que en otros lugares no se la considera. Es decir, para ellos no es malo conculcar los derechos de la mujer, porque para ellos no los tiene. Esta consideración no deja de ser un error, ya que es el mismo “para mí”, “para ti” del relativismo, pero aplicado al orden cultural. Y es que el culturalismo no es más que otra forma de relativismo. ¿No hay culturas que tienen por buenos los sacrificios humanos? ¿No hay sociedades que mantienen la esclavitud? ¿Los romanos no concedían al padre el derecho de exponer al hijo recién nacido? La moral no puede ser universal, dicen, depende del tiempo y de las culturas.

    Quien afirme lo anterior desconoce que la moral no descansa en la ignorancia de estos hechos. Todo lo contrario, la reflexión racional sobre la cuestión de lo bueno y lo malo comenzó, precisamente, con el descubrimiento de esos hechos. En el siglo V a. C. eran ya ampliamente conocidos. Procedentes de viajes, corrían en Grecia noticias que contaban cosas fantásticas de las costumbres (ethos) de los pueblos vecinos. Pero los griegos no se contentaron con encontrar esas costumbres sencillamente absurdas, despreciables o primitivas, sino que los filósofos buscaron una medida o regla con la que medir las distintas maneras de vivir. Y a esa regla o medida la llamaron fisis o naturaleza. Así, la costumbre de las jóvenes escitas que se cortaban un pecho resultaba peor que su contraria. No diremos ahora cuáles actos están conformes a esa naturaleza, solo digamos que existe lo que podemos denominar con C.S Lewis “normas del comportamiento decente” que son obvias e iguales para todos los hombres. Que existan muchas culturas con diversas costumbres nada significa, más que hay diversas culturas con diversas costumbres. Porque sí quisiéramos, a partir de ello, afirmar que cada moral es válida en su cultura, ¿con qué derecho intentaríamos avanzar en la defensa de la dignidad humana? ¿Tienen dignidad las mujeres o solo las occidentales? ¿Qué pasa en las culturas que aún en nuestros días practican la ablación, por ejemplo? ¿Solo porque se practica en un determinado lugar basta para que no hagamos nada para detener semejante práctica o al menos, iluminar para que se vea el atentado atroz que eso supone para la mujer, para esas mujeres en concreto? La moral no puede depender de la cultura, porque no todas las culturas poseen costumbres que protejan la dignidad humana. Si fuera así, no deberíamos hacer nada para cambiar en la nuestra los aspectos en los que aún no está garantizado el respeto al ser humano. Para salir de este error es necesario considerar que el criterio no puede ser la propia cultura, sino la dignidad de la persona. Visto así, se aprecia enseguida cómo en realidad las diferencias entre las culturas son menos, mucho menos que las semejanzas, porque todas tienen en común el cultivo del ser humano. No existe cultura alguna que admire a los traidores o a los egoístas; lo mismo en relación al matrimonio: hay culturas que permiten el matrimonio con una, dos o más esposas, pero en todas es claro que no se puede estar con la mujer que a uno se le antoje. Dicho de otra manera, existe una ley natural común a todos los seres humanos en todos los tiempos y lugares. Otra cosa muy distinta es, que por diversas razones, no se conozca o no se quiera seguir dicha ley y por costumbre llegue a deformarse el sentido común en materias morales. Así, no puede afirmarse que la moral dependa de las culturas, ni de las épocas, sino que está inseparablemente unida a la naturaleza humana.

    3.–Finalmente, otro error muy difundido con respecto a la moral en nuestros días es aquel que sostiene que la moral es algo que impide disfrutar de la vida. La moral sería un conjunto de principios que reprimen, que coartan la “libertad de uno de hacer lo que le gusta”. Aparece la moral ante quienes así opinan como un conjunto de prohibiciones, más que de principios. La respuesta a tal afirmación exige una larga reflexión, pero diremos aquí, siguiendo a C.S Lewis, que “las reglas morales son instrucciones para hacer funcionar la máquina humana”. Son como las claves para hacer un uso correcto de eso que llamamos “nuestro Yo”. Dicho de otro modo, es la manera de asegurarnos la felicidad. Sí encontráramos un mapa que nos indica el camino para encontrar un tesoro en una isla perdida, ¿lo seguiríamos al pie de la letra o no? La respuesta es, evidentemente, que lo seguiríamos, siempre y cuando lo que queramos sea encontrar el tesoro, pues bien, ese tesoro es la felicidad y el mapa para encontrarlo son las reglas morales que nos guían en el camino hacia nuestra perfección. Las reglas morales, en lugar de coartarnos la libertad, son las que aseguran su mejor uso. Ellas son las que nos aseguran el camino a la plenitud humana. ¿Podríamos afirmar que las leyes del tránsito nos coartan nuestra libertad de ir por donde se nos ocurra? O debemos afirmar, por el contrario, que son ellas las que nos garantizan llegar sanos y salvos a casa. Claramente es esto último, ya que precisamente aquellos que no logran llegar “sanos y salvos” a casa es debido, en la mayoría de los casos, a que alguien no quiso respetar las normas.

    El orden moral, pese a ser tan cotidiano y tan cercano a nosotros, exige una reflexión y profundización al igual que el resto de saberes sobre la realidad. Mejor dicho, exige una mayor reflexión que el resto de saberes, porque está en juego nada menos que nuestra propia felicidad. En este sentido, debemos estar alertas a ciertas “ideas” que prevalecen en nuestros días y que pueden afectar la consideración del recto orden moral. Así, luego de lo visto, vemos que la moral no es algo que dependa de lo que cada uno piense o sienta, que no depende de la cultura o la historia y que, finalmente, no es algo que coarte la libertad, sino que la garantiza. Con estos principios, puede uno adecuadamente, enfrentar la reflexión sobre qué es el bien y qué el mal. Pero dejaremos este desafío para otra oportunidad. No seguirlas ir contra nuestro propio bien.

  • Gabriela Mistral – A 130 años del natalicio de la niña que fue Lucila

    Gabriela Mistral – A 130 años del natalicio de la niña que fue Lucila

    A 130 años del natalicio de Lucila Godoy Alcayaga, la niña que el mundo conoció y conoce como Gabriela Mistral, su obra literaria y humanitaria, su figura y su pensamiento conservan intacta su vigencia en Chile y el mundo.

    Pero Lucila Godoy Alcayaga es mucho más que Gabriela Mistral, es merecedora de nuestra atención, de nuestro tiempo y de nuestro estudio. La niña que creció entre montañas, mirando el cielo y las estrellas, y que se inspiró no solo en la magnífica geografía que la rodeaba, sino que también en su pueblo, encontró a la escritura – tanto poemas como prosa– como el vehículo para expresar lo que veía y que otros ni siquiera se daban cuenta: la pobreza, falta de educación, falta de respeto hacia las mujeres, pueblos indígenas y en forma especial lo que a ella le afectaba emocionalmente a lo más profundo.

    Lucila no tuvo que leer sobre pobreza, falta de oportunidades y las dificultades de crecer en una familia con un padre ausente. Todo esto lo vivió y lo expresó. Considerando las condiciones en las que nació y creció, no había indicio alguno de lo que el futuro tenía reservado para ella. A los 14 años, en su artículo “El perdón de una víctima”, una joven, profunda y valiente L. Godoy A. en forma directa y simple escribe sobre el horror del abuso a una mujer. Pocos años más tarde, cuando tenía 17, expresaba su preocupación por la mujer en su magnífico artículo “La instrucción de la mujer”, publicado en la Voz de Elqui. Hoy, a más de un siglo de esta publicación, desgraciadamente, aún aplica a muchos lugares del mundo. ¿Podría alguien haber imaginado que en unos pocos años, Lucila sería admirada y conocida por su labor como maestra y poetisa? ¿Que llegaría a ser considerada una de las más importantes figuras intelectuales y literarias de su época y del mundo contemporáneo? ¿Que llegaría a ganar el reconocimiento mundial al recibir el Premio Nobel? La respuesta es probablemente no. Pero a pesar de todas las dificultades, lo logró. El mundo reconoció y valoró a Lucila de Elqui, quien se convirtió en Lucila del mundo.

    ¿Por qué es importante Mistral?:

    Gabriela Mistral representó en su época y representará siempre los mejores valores de nuestro país y del continente americano, en todas sus facetas: como maestra, poetisa, ensayista, cronista, diplomática y humanitaria. Podemos hoy tomar cualquiera de sus ensayos, pensamientos o críticas y darnos cuenta que sus preocupaciones son las de nuestro mundo contemporáneo.

    Desde el punto de vista literario, Gabriela Mistral fue la primera persona latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Este gran reconocimiento abrió las puertas e invitó a Europa y al mundo no hispano parlante a conocer y valorar nuestra rica producción literaria. “Este premio es de América”, dijo Gabriela el día de la recepción del Nobel. Y así fue, porque muchos escritores latinoamericanos se vieron beneficiados.

    ¿Por qué recordarla y establecer una fundación en Nueva York?:

    Nueva York jugó un rol de gran importancia en la vida de Gabriela Mistral. Fue la ciudad donde publicó su primer libro Desolación (1922); en donde enseñó (Barnard, Vassar); en donde desempeñó labores diplomáticas tanto consulares como en la Liga de las Naciones, ahora conocida como la ONU; en donde forjó importantes relaciones intelectuales y es el lugar donde falleció. Por estas razones, un pequeño grupo de personas, liderado por Heraldo Muñoz, y después de la entrega del legado de Gabriela Mistral a Chile, formó esta fundación sin fines de lucro en el Estado de Nueva York. Somos un grupo muy pequeño en nuestra directiva y contamos con un excelente Consejo Honorario, todos voluntarios. Creemos firmemente en la misión de nuestra organización y entregamos lo mejor de nosotros, porque Gabriela ciertamente lo merece.

    Es para nosotros un gran honor y un privilegio ser parte de la fundación que honra y lleva su nombre. Pero nuestra fundación va más allá de recordarla. Nuestra misión es promover el importante legado literario y humanitario de Gabriela Mistral y continuar su labor de ayuda a los niños y adultos mayores necesitados en su Chile natal. Esta labor la hacemos entregando programas y proyectos de ayuda que tienen un impacto positivo en la vida de aquellos que más lo necesitan. Por ejemplo: Misión Humanitaria Médica a Chile; donación de sillas de ruedas; donación de equipos médicos; donación de pianos, iPads, libros, etc.

    Trabajamos con niños y jóvenes para que conozcan a Mistral, haciendo presentaciones, talleres y concursos, para que encuentren el vehículo para expresar sus sentimientos a través de la poesía y ensayos. Nuestra labor es también promover la obra literaria de Mistral. Para este efecto, realizamos presentaciones y eventos tanto en EE.UU. como alrededor del mundo, invitando a quienes no la conocen a conocerla y a quienes la conocen “algo” que la conozcan más. Por esta razón, la fundación traduce en forma continua y extensa la obra literaria de Gabriela Mistral. Para conmemorar los 70 años del Premio Nobel, publicamos el libro bilingüe De Chile al Mundo. 70 años del Premio Nobel de Literatura a Gabriela Mistral (disponible en confin.cl). En el 2018, ad portas de la celebración de los 130 años del natalicio, la fundación lanzó la revista anual bilingüe The Mistral Review. El primer volumen está dedicado a “Gabriela Mistral, la biblia y el pueblo judío”. Un importante tema en la vida de Mistral y que encontramos a través de toda su obra.

    Destacamos que las publicaciones se han hecho totalmente ad honorem y todas las ventas, tanto del libro como de la revista, van en su totalidad a financiar los programas y proyectos de Gabriela Mistral Foundation. Nuestro objetivo es hacer una diferencia en las vidas de quienes están en necesidad. Pero también, ¿por qué no soñar con la posibilidad de abrir el horizonte y las posibilidades de los niños… ya que quizás entre ellos podemos encontrar a otra Gabriela? Lucila le perteneció a Elqui, pero Gabriela le pertenece al mundo. Más de 20.000 personas al mes visitan nuestro sitio web desde distintos rincones del mundo, quienes nos solicitan información, ayuda, material etc. Estamos convencidos que con ayuda, atención y oportunidades, los niños tendrán un futuro mejor y así también será el futuro de nuestro planeta.

    Para celebrar este importante hito, Gabriela Mistral Foundation entrega un obsequio a los niños de Chile, los niños de Gabriela. Se trata de un proyecto realizado en colaboración con Historias para todos, que consiste en un video libro con ilustraciones, animación, narración e interpretación de lenguaje de señas chilena titulado Lucila y las palabras. La vida de Gabriela Mistral. Este video libro estará disponible en forma gratuita por medio del sitio web de Gabriela Mistral Foundation, Inc.; Ministerio de Educación, Ministerio de las Culturas, el Patrimonio y las Artes; Ministerio de Relaciones Exteriores, a través de sus consulados, e Historias para todos. Próximamente también estará disponible con narración en inglés

  • Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Consideraciones sobre la condición sexual de la persona humana

    Los pequeños alumnos de la guardería sueca Egalia no se consideran a sí mismos niños o niñas, sino que para ellos todo es neutro. La causa está en el método pedagógico que siguen sus profesores, al eliminar por completo el uso de palabras como él y ella. En su lugar utilizan el pronombre finlandés hen (similar al “it” del inglés), que, al ser neutro, sirve para referirse tanto a un hombre como a una mujer. Toda la línea didáctica de la escuela se caracteriza por la ausencia de referencias o estereotipos sexuales, lo que convierte a este centro en una experiencia única no solo en Suecia, sino que en todo el mundo.

    Esa neutralidad sexual pasó por primera vez a ser reconocida legalmente gracias al caso de Norrie Mel-Welby, un hombre que nació en Reino Unido, emigró cuando tenía siete años a Australia y al no identificarse con su sexo, a los 28 años se hizo una operación para convertirse en mujer. Ahora a los 48 años, su país de origen ha reconocido legalmente a una persona sin sexo definido. Norrie ha sido la primera persona en ser reconocida como tal, teniendo un sexo neutro en su partida de nacimiento.

    Pero tal vez el caso más increíble en este sentido es el de un niño argentino de 6 años (sí, 6 años) que ha pasado a ser considerado oficialmente como niña tras recibir de manos de las autoridades del Gobierno provincial de Buenos Aires un documento de identidad con su nuevo sexo y, por supuesto, nuevo nombre: Luana, de acuerdo al derecho a la “identidad autopercibida” establecido por ley, lo que supone el primer caso de autorización de cambio de sexo en el que no existe decisión  judicial previa. La madre reconoce que tan pronto como su hijo empezó a hablar, expresó su rechazo a identificarse como niño, con la afirmación: ‘Yo, nena’.

    Estos y otros casos manifiestan la influencia en Occidente de la llamada “ideología de género”, una ideología que tiene como finalidad cambiar radicalmente la sociedad a través de un giro en el modo de entender al mismo ser humano. Si bien su origen se remonta a ciertas corrientes feministas de la década de los 60 y de los 70, es a partir de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer llevada a cabo en Pekín en 1995, que se difunde masivamente. De modo sintético se puede decir que esta ideología sostiene que el sexo es simplemente una realidad dada por la naturaleza biológica, que nada tiene que ver con el género, el cual es una construcción libre del propio individuo. Lo sintetizaba Simone de Beauvoir al afirmar: “La mujer no nace, se hace”. Ante la cada vez mayor presencia de esta ideología, conviene reflexionar brevemente sobre la sexualidad humana o mejor dicho, sobre la condición sexual de la persona, dadas las consecuencias que puede tener para la familia, el matrimonio, la educación de los hijos, etc., el avance de estas ideas. La persona humana es un sujeto espiritual y libre pero que tiene, como la misma experiencia lo manifiesta, una dimensión material: la persona humana tiene cuerpo. Pero no tiene cuerpo como decimos que tenemos puesto un sombrero o que tenemos anteojos o que tenemos ropa: somos nuestro cuerpo. Al cuerpo lo vivenciamos como parte de nuestro ser. No decimos mi cuerpo tiene frío, sino que yo tengo frío; no decimos a mi cuerpo le duele la parte de arriba, sino decimos, me duele la cabeza. El cuerpo somos nosotros. No somos un ángel metido en un cuerpo material. Pero este cuerpo que somos, es tal cuerpo; y este cuerpo es el que es porque está configurado, organizado por un alma espiritual que le comunica la misma dignidad personal propia del espíritu. Nuestro cuerpo es un cuerpo personal, es el cuerpo de la persona humana. Por eso no podemos decir: “a mí me tienen que respetar porque soy digno y valgo por sí mismo, pero con mi cuerpo hagan lo que quieran”. ¡No! El cuerpo participa de la misma dignidad del ser personal. Y es allí, en el cuerpo personal, en el cuerpo informado y configurado por el alma espiritual, donde aparece la sexualidad.

    Los ángeles y Dios son seres personales pero no poseen sexualidad. Dios no es ni varón ni mujer; los ángeles no son varones o mujeres. Pero la persona humana por ser corpórea es una persona sexuada. Con su corporalidad viene, por así decirlo, incluida la sexualidad. La sexualidad es, por tanto, inseparable de la persona. El sexo no es del cuerpo, no es de la biología solamente, sino que es de la persona. No somos almas masculinas o femeninas encerradas en cuerpos que pueden o no corresponder con nosotros. El ser humano existe como varón y como mujer.

    La persona humana es una persona sexuada, por lo que existe necesariamente como persona masculina o persona femenina. La sexualidad es una dimensión constitutiva de la persona humana, no es algo extrínseco al ser personal; no es un simple atributo, no es un asunto meramente biológico o algo reducido a la mera genitalidad, como si cambiando ésta, como hizo Norrie, todo quedaría cambiado y solucionado. No se trata de agregarse ni sacarse nada, sino que el ser varón o mujer es un modo de ser de la persona humana; es  algo que impregna la humanidad del hombre y de la mujer en su totalidad.

    Y la pregunta que uno puede hacerse es ¿por qué la persona humana es sexuada? No puede ser propiamente para la propagación de la especie, porque conocemos en la naturaleza especies que se reproducen asexuadamente. Y sin embargo, la persona humana es varón y mujer. La razón la encontramos en la naturaleza misma del  ser personal: estar llamado al conocimiento y al amor. En efecto, la persona, por ser lo que es, alcanza su perfección y realización última en la entrega sincera de sí misma a los demás, de modo que la diferencia sexual significa una clara disposición hacia el otro, manifestando que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser-para-el-otro. Persona masculina y persona femenina, varón y mujer, no existen solo para estar uno al lado del otro, sino que están destinados a ser uno para el otro. El cuerpo humano sexuado, manifiesta la apertura a otro cuerpo personal sexuado, impulsa a la persona a salir de sí misma, a buscar al otro, a encontrarse con el otro. La persona está hecha para dar y recibir amor. De esto nos habla la condición sexual, o diríamos mejor, sexuada.

    De allí que salvaguardada totalmente la radical igualdad que hay entre uno y otro por el hecho de ser personas, es preciso reconocer también las diferencias que existen entre ellos, de modo que no atentemos contra esa singularidad: varón y mujer son iguales porque comparten la misma naturaleza, pero son diferentes porque la comparten de diversas maneras. Ser varón o ser mujer no se encuentra en la línea de lo específico, sino en la línea de concreción de esa especificidad, en la línea del distinto modo en que esa naturaleza se concreta. De allí que mientras más afirmemos que son  iguales en perfección personal, más debemos afirmar su distinción en el modo propio de ser persona. No existe la persona humana no concretizada. No existen personas humanas a las que se les añada extrínsecamente un sexo, porque la persona humana, como ya lo hemos dicho, incluye la corporeidad y por tanto, la sexualidad. De tal manera, que lo que verdaderamente existe es la persona masculina y persona femenina. La persona entera es varón o mujer “en la unidad de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se extiende a todos los ámbitos de su ser, desde el profundo significado de las diferencias físicas y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas y espirituales. La igual dignidad que existe  entre ambos, en nada disminuye las evidentes diferencias que  existen entre ambos. Claro que objetivamente, desde lo específico,  el varón y la mujer pueden hacer las mismas cosas, pero desde el punto de vista de la concreción de la especie, desde el punto de vista del modo propio de ser, el varón no hace las cosas como las  hace la mujer. El hombre piensa, la mujer piensa, pero no lo hacen  del mismo modo; lo hacen según su propio modo de ser. El hombre ama, la mujer ama, pero no lo hacen de la misma e igual forma. Esto no es muy tenido en cuenta en nuestros días en los que más bien, como señalan varios sociólogos y psicólogos, asistimos a una fuerte feminización del hombre y a una masculinización de la mujer.

    Vamos hacia una homologación, hacia la pérdida de la diversidad. De hecho lo que buscan las corrientes más radicales de la ideología de género, no es la igualdad entre varón y mujer, sino la anulación de esas categorías, tal como los ejemplos arriba citados lo evidencian. Por eso debemos defender y reivindicar con la misma vehemencia la igualdad como la diferencia. Las diferencias, en modo alguno, disminuyen la igual dignidad personal de unos y otros. Son iguales en dignidad, pero insistimos, esa igualdad no nos puede llevar a negar las diferencias y las especificidades propias de uno y otro sexo. De hecho las diferencias psicológicas y espirituales son más profundas que las biológicas, precisamente porque la corporeidad manifiesta la interioridad personal. No reconocer la realidad de varón o mujer de un sujeto humano, relegándolo al orden de lo neutro, es atentar contra su más profunda intimidad personal. Ahora bien, ¿qué es lo propiamente femenino y qué es lo propiamente masculino? ¿A qué se deben esas diferencias? No es  descabellado pensar que esas diferencias están fundadas en aquello que solo la mujer puede hacer y en aquello que solo el hombre puede hacer. Todo lo que hace la mujer puede hacerlo el varón y todo lo que hace el varón puede hacerlo la mujer, menos una cosa: ser madre o padre. Lo que manifiesta aún más que entre el varón y la mujer hay una verdadera diferencia ordenada a la mutua complementariedad porque para llegar a ser aquello que solo ella puede ser, necesita del varón y el varón para realizar aquello que solo él puede ser, necesita de la mujer. Lejos de ser una opresión tortuosa impuesta por una sociedad patriarcal, la posibilidad de ser madre brota de la misma naturaleza biológica y espiritual de la misma mujer. Puede, por cierto, alguna mujer no querer o no poder tener hijos, puede aborrecer o idolatrar la maternidad, lo que no se puede es negar que, como tal, la mujer dice orden a la maternidad. La paternidad y la maternidad configuran todo el ser masculino y el ser femenino dejando claro, por supuesto, que estas son características que no se reducen a lo biológico –porque se puede ser padre o madre espiritual–, pero están íntimamente ligados a ello. De allí que cortar el nexo íntimo que hay entre lo corpóreo y lo espiritual, entre la naturaleza y la cultura, supone atentar contra la misma esencia del ser humano y solo puede tener consecuencias negativas, sobre todo para esos niños de los ejemplos señalados, que sin ellos quererlo, son educados sin respetar su condición natural.

  • Principio y término de la verdadera libertad

    Principio y término de la verdadera libertad

    No es raro escuchar decir que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro. De esa manera, dicen, se garantiza y se asegura el respeto entre las personas. El principio de mi libertad, así, encuentra su fundamentación en el término de la libertad de los demás. Pero, cuando se afirma esto: ¿se piensa bien lo que se quiere significar? ¿Termina realmente mi libertad donde empieza la de mi vecino? ¿Dónde empieza y dónde termina verdaderamente la libertad humana?

    Para responder a esta pregunta conviene examinar con detenimiento la naturaleza de la libertad humana. Y lo primero que es necesario afirmar, contrariamente a lo que afirman ciertas corrientes materialistas y deterministas, es que el hombre es libre. Porque ¿quién de nosotros no ha advertido alguna vez que a pesar de la limitación, a pesar de los condicionamientos que nos rodean, hemos tomado algunas decisiones libres, en el sentido de realmente mías? ¿Quién no ha sentido alguna vez en la vida el vértigo de la libertad cuando debes tomar una decisión definitiva, absoluta, comprometedora, en la que muchos de tus amigos te decían: “no lo hagas”; “piénsalo bien”, y sin embargo, incluso aún con temor, con miedo, terminamos decidiéndonos por lo que queríamos en el fondo de nuestro corazón?

    Por mucho que afirmemos diversos determinismos, lo importante es que a pesar de esos condicionamientos, es posible darnos cuenta de que cada una de las decisiones que tomamos son decisiones que hemos tomado nosotros en lo más íntimo de nuestro ser. No estamos determinados por nuestros instintos, antes bien, podemos autodeterminarnos a elegir o no elegir; podemos autodeterminarnos a elegir una cosa u otra. Esta autodeterminación de nuestra voluntad es lo que suele llamarse libre albedrío o libre arbitrio. Mientras que los animales están totalmente determinados a hacer lo que su propia naturaleza les dicta, el hombre es capaz de actuar contra esa naturaleza, como se ve, por ejemplo en el caso de aquellos que realizan una huelga de hambre. Ser libres supone la capacidad de autodeterminarnos a actuar o, lo que es lo mismo, ser libre es tener la capacidad de elegir entre distintas alternativas.

    Ahora bien, si la libertad humana se reduce a este libre albedrío, si la naturaleza más propia de la libertad del hombre se queda en esta capacidad de elegir, es evidente que como muchas de nuestras elecciones podrían perjudicar a otra persona (por ejemplo cuando elijo mentirle a mi amigo o cuando elijo apropiarme de algo ajeno) es conveniente proteger la integridad de las personas afirmando que el término o límite de mi libertad debe ponerse allí donde el otro pueda verse perjudicado, porque, se entiende que no podemos perjudicar a las  personas. Pero, este modo de razonar olvida que quien ejerce la libertad es también una persona y, por tanto, tampoco ella puede perjudicarse a sí misma porque todos los hombres aspiran a su perfección y felicidad; y no a su degradación e infelicidad.

    Es precisamente a la luz de esa tendencia hacia la felicidad humana que aparece la verdadera dimensión de la  libertad. Si la libertad es solo capacidad de autodeterminarme, capacidad de elegir una cosa u otra, no es muy difícil terminar concluyendo que entonces con mi libertad puedo hacer lo que me da la gana, puedo elegir lo que quiera cuando quiera con quien quiera, y continuar siendo libre. Puedo elegir obedecer a mis padres o no;puedo elegir dar una limosna o no, puedo elegir estudiar o no, puedo abortar o no, puedo romper los vidrios de un negocio  en medio de una manifestación o no, y un larguísimo y extenso etc. Pero, esto sería entender la libertad, pero no entender su sentido, sería acercarse a la libertad de manera impropia, por cuanto supondría no considerar que la libertad de la que hablamos es la libertad de la persona humana, no es una libertad abstracta de no sé sabe bien quién, sino que es nuestra libertad. Y la persona humana no es una criatura sin destino, no es alguien que deambula por la vida sin saber a donde ir, sino que aspira con toda las fuerzas de su corazón a la felicidad. El hombre es un ser finalizado, tiene un fin que conseguir, que no es otro que su plenitud, que su realización personal, la cual no es solamente una realización superficial, una especie de pincelada que me permita al menos aparentar ante los demás que me porto más o menos bien, sino que supone la realización de lo más íntimo y profundo de nuestro ser personal, de aquello más noble que hay en nosotros: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Aspiramos a contemplar el ser de las cosas, a conocer la verdad y a amar el bien. Todos y cada uno de nosotros queremos ser felices, queremos poseer un bien que nos sacie y nos colme completamente y que una vez poseído ya no deseemos nada más, lo cual sólo puede encontrarse en un bien infinito.

    El hombre tiene sed de infinito, tiene sed  de un bien absoluto, de allí que no pueda verse saciado con ninguno de los bienes imperfectos que nos rodean. Ahora bien, precisamente porque el hombre tiende a poseer un bien absoluto es que los bienes que no son ese bien, los bienes finitos, imperfectos, los bienes singulares y concretos, nos son indiferentes y solo los queremos, sólo los amamos, si queremos. A diferencia de los animales que están absolutamente determinados por sus instintos a desear bienes concretos y singulares, bienes que deben buscar porque así se los determina su naturaleza específica. Así el ratón busca y ama el queso; así el león busca a la gacela para alimentarse; así la oveja huye del lobo; en cambio, el hombre, que aspira a la felicidad, que aspira a un bien absoluto y perfecto, al no encontrarlo, tiende a los diversos bienes particulares, si quiere, pero si no quiere no, porque los bienes particulares no llenan el corazón del hombre.

    Somos libres de todo lo finito porque tenemos un innato amor a lo Infinito. Lo finito sólo, buscado como fin y felicidad última, deja un vacío no siempre fácil de llenar. Es en este horizonte, es en esta perspectiva y sólo en ésta, que podemos apreciar la libertad, que podemos llamar libertad humana. Sólo a la luz de la tendencia humana a la plenitud aparece la verdadera dimensión de la libertad, sólo en esa perspectiva aparece el principio y el término de la libertad, porque, evidentemente, que si el ser humano quiere alcanzar su realización, ha de tender a los bienes que le acerquen a aquella felicidad que anhela, que como hemos dicho, supone la realización de lo más noble que posee. Una libertad que impida la felicidad y a la plenitud humana es sólo apariencia de libertad.

    La libertad rectamente entendida no puede ser sino aquel don que hemos recibido para ordenarnos por nosotros mismos a nuestra felicidad. La libertad no puede ser nunca el valor supremo, nunca debemos ponerla como fin. Es ella un maravilloso y grandísimo medio para ordenarnos a nuestro fin. Claro que es valiosa, y mucho. Por eso ha sido bueno que se la exija, que se la celebre, que se la proclame, pero es valiosa como medio que nos conduce a otros valores más altos como la verdad, el bien, la belleza, la justicia, etc. La libertad nos ha sido dada para ser felices, no infelices, nos ha sido dada para realizarnos como personas, no para fracasar como tales. Una libertad que conduzca a mi ruina no la podemos desear. Por eso, si queremos acercarnos convenientemente a la libertad, hay que entenderla en el horizonte de la realización y plenitud humana. Sólo así nos aparece como lo que es: el medio por el cual, gobernandonos a nosotros mismos, siendo plena y perfectamente dueños de nosotros mismos, nos orientamos a nuestro mayor bien. La libertad personal es señorío sobre mis actos y por eso sobre mí mismo. No como simple posibilidad de optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como la capacidad de decidir por mí mismo, en cada momento, lo que he de hacer para ser lo que quiero ser, lo que debo llegar a ser: una persona plena, realizada, feliz. Ahí, en el bien humano, está el principio y el término de la libertad y no en donde comienza la libertad del otro, porque de otro modo, podríamos cometer las peores atrocidades con el consentimiento de ese otro. 

  • Walter Crane: diseñador, artista, ilustrador y creador de los Libros Juguetes

    Walter Crane: diseñador, artista, ilustrador y creador de los Libros Juguetes

    “Alice was beginning to get very tired of sitting by her sister on the bank, and of having
    nothing to do: once or twice she had peeped into the book her sister was reading, but it had
    no pictures or conversations in it, “and what is the use of a book,” thought Alice “without
    pictures or conversation?” (Alice in Wonderland, Lewis Carroll).

    A 100 años de la muerte de Walter Crane, uno de los ilustradores más destacados d e l p e r í o d o v i c t o r i a n o , resulta interesante conocer más acerca de su vida como multifacético artista. Participó en los orígenes del Art &Craft, para luego mutar de manera inevitable hacia el Art Nouveau. No solo fue ilustrador de cuentos para niños, su arte también sirvió de complemento a textos de revistas, manifiestos, pinturas, cerámicas, vidrio, yeso y otras artes decorativas.

    El papel que cumplen las ilustraciones de libros durante el siglo XIX responde a la visión romántica y su afán por englobar las artes y no hacer diferencia entre arte y artesanía. En el ámbito de la ilustración, se trata de integrar texto e imagen desde una perspectiva expresiva. Ya en 1786 Heinrich Tischbein acompañó a Goethe en su recorrido por Italia, dibujando los paisajes, personas y experiencias de ese viaje. Era común que los aventureros románticos ilustraran sus bitácoras y narraciones. Algo así como la cámara de fotos que en la actualidad nos acompaña y registra las experiencias de nuestro viaje. Sin duda, una tímida aproximación a la cultura visual que hoy engloba a toda nuestra sociedad. Durante esos años era muy famoso el libro de Thomas Bewick titulado “History of the british birds”. En él, las viñetas no tienen una función solo descriptiva de las especies que se estudian en el texto, sino que se trata de dibujos que conducen al lector al mundo de los paisajes, hábitat geográficos y no biológicos y a paisajes naturales en los que se plasma también lo típico y pintoresco sin un fin netamente científico. Charlotte Bronte narra en su libro “Jane Eyre” cómo la protagonista resulta atraída por este libro porque tenía viñetas. Bewick reconocería más tarde que sus escritos iban dirigidos a los más jóvenes y que justamente esas viñetas constituían el anzuelo para que se motivaran con la lectura. ¿Pero era la ilustración gráfica el género dónde mejor se plasmaba la ambición romántica sobre la función de las artes? En la obra de Walter Crane específicamente se puede aprecia una unidad visual entre imagen y texto que además recupera la estética de los antiguos códices medievales. Crane valoraba la obra de Bewick, lo consideraba un gran artesano, cuyas aportaciones técnicas crearon escuela, pero sin cualidades poéticas o de estilo. La obra de Crane es en sí misma un manifiesto estético en el que toma partido por un estilo: Art & Craft en sus comienzos y luego por su sucesor natural el Art Nouveau. En ambos lo decorativo se entiende como una categoría artística superior, cercana a lo sublime.
    Los cuentos de los hermanos Grimm
    La colección de cuentos de hadas de los hermanos Jacob y Wilhem Grimm es conocida y querida por todo el mundo. Sin embargo, comúnmente se olvida que en realidad los hermanos Grimm fueron quizás los más sofisticados profesores del siglo XIX. Además de los cuentos y leyendas, ellos publicaron documentos legales, históricos, mitológicos y lingüísticos, además de un completo diccionario de alemán, en el cual empezaron a trabajar en 1838.

    LITTLE RED RIDING HOOD.
    Illustration by Walter Crane, 1875.

    Para ellos los cuentos de hadas, canciones y fábulas formaban parte del folclore popular y lograr recomponerlos era similar a un hallazgo arqueológico. Cuando publican su primera colección de cuentos titulada “Kinder und Hausmärchen” (Los niños y cuentos de casa) en 1812, ellos no tenían en mente que sus lectores serían tan jóvenes. De hecho, se trata de relatos con una cierta aproximación científica, en los que están también publicadas sus propias anotaciones sobre cada cuento de hadas, lo que claramente no corresponde a la idea de literatura entretenida para niños. Algunos de ellos con contenido brutal y erótico no eran aconsejables para lectores pequeños. Será Wilhelm Grimm quien realice, años después, una revisión de las historias y así hacerlas aptas a los niños. Después de 45 años y 7 ediciones, en 1857 esta colección de historias pasó de ser una científica y arqueológica recopilación de literatura folclórica a un genuino libro para niños que ilustraría Walter Crane durante la década de 1870.
    Walter Crane, los cuentos de hadas y más
    Este diseñador británico que influenciaría a generaciones completas de ilustradores durante el siglo XX da sus primeros pasos como artista bajo el alero del movimiento Art & Craft, liderado por su amigo William Morris. Influenciado por el arte de los prerrafaelitas, Crane abrazó la idea de hacer libros para niños por el potencial que eso significaba para él como diseñador gráfico. En éste ámbito Crane era sin duda el mejor, un experimentador incansable, capaz de mezclar a la perfección texto, decoración e imágenes con el objetivo de rescatar los libros de los niños con una estética unificada, todo cuidadosamente planeado.
    Nació en Liverpool y en esa ciudad aprendió con el conocido grabador William James Linton. A los 20 años produce su primer “libro juguete” de rimas para niños muy pequeños. Edmund Evans, un maestro en el arte de la impresión en color, lo ayudaría en este desafío. Su éxito inmediato venía a confirmar la necesidad de las familias de libros para niños de calidad. Es así como rápidamente Crane desarrolla cuarenta publicaciones en su estilo prerrafaelita en el que ya se vislumbran elementos importantes del Art Nouveau. La princesa y el sapo (1874), La Cenicienta (1873), La Bella y la Bestia (1874), Juan y las habichuelas mágicas (1875) y La Caperucita Roja (1875). Durante su vida, Crane ilustraría varios libros para niños y adultos, incluido el clásico libro de 1882 “Household Stories from the collection of the brothers Grimm” con una traducción de su hermana Lucy. Uno de los méritos de Crane es que logró cambiar la manera de concebir los cuentos para niños, fue uno de los primeros en realmente preocuparse por el hecho de que estos libros debían ser exquisitamente diseñados, logrando que además fueran un objeto de juguete que llamara la atención de los más pequeños. Crane fue la cabeza de una generación de artistas cuyas ideas sobre el diseño de libros estaba absolutamente influenciada por sus ilustraciones.
    Mientras la publicación de libros en Inglaterra avanzaba con rapidez, Crane y sus discípulos no dudaban en poner a prueba sus ideas. Para ellos el proceso de hacer libros, significaba encapsular sus ideas sobre el rol de las artes decorativas en la vida diaria. Ésta es la ideología tras el movimiento Arts & Craft y luego también parte importante del Art Nouveau y Art Deco. Como diseñador y artista, los dibujos de Crane responden a diferentes fuentes de inspiración. Por un lado la artesanía medieval de los illuminated manuscript o libros luminosos, el temprano Renacimiento italiano y la vanguardia prerrafaelita.
    Para el historiador William Feaver, la escena del banquete en el cuento La princesa y el sapo refleja esta mezcla de influencias. Desde la idea de una princesa al estilo de Botticelli, hasta el neoclasicismo que se ve en los muebles, y la influencia japonesa en los platos azul con blanco. Además, Crane fue activo en otras áreas de las artes decorativas como el diseño de tapices, vidrio y textiles en general. Fue fundador del gremio de artesanos en 1884. Era un hombre con fuertes creencias políticas y también, con sus ilustraciones apoyó a la causa socialista en su emisión de panfletos y revistas. Otras de las notables ilustraciones que realiza es para el libro de Oscar Wilde “El príncipe feliz y otros cuentos”, “El Quijote de la Mancha” y el aclamado “La Reina Hada” (The Faerie Queene) de Edmund Spenser.
    Su trabajo como ilustrador es amplio y ha llegado a nuestros días como un ejemplo de la belleza y delicadeza, así como de una depurada técnica en el trabajo del color y las figuras. Es además un reflejo de una sociedad que quería reflejar la belleza de la naturaleza y mostrar su mundo idealizado. Sus libros juguetes están destinados a estimular la conciencia visual de los niños, durante el proceso de lectura y el aprendizaje. Una de sus frases célebres es que “los artistas deben haber aprendido las formas que usan, con el corazón”.

  • La importancia de saber leer

    La importancia de saber leer

    En este nuevo comienzo del año académico he querido poner mi atención en los más pequeños. En aquellos alumnos que recién comienzan su vida escolar y que dan sus primeros pasos en el mundo de la lectura y la escritura. Es verdaderamente admirable ver cómo poco a poco estos niños logran descifrar esos caracteres, hasta hace poco extraños para ellos, y que ahora aparecen llenos de sentido, posibilitándoles acceder a mundos nuevos de conocimientos, pero también a historias de aventuras y de fantasía apasionantes. A veces da gusto ver cómo, con tan solo 4 o 5 años consiguen leer y escribir con mucha facilidad. No obstante, la tristeza aparece cuando uno se encuentra con jóvenes de 18 o 20 años que no solo leen mal sino que no tienen ningún gusto o afición por la lectura. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde ha quedado, después de 12 años de colegio, su pasión por las letras? ¿Qué ocurrió con esa precocidad literaria tan celebrada por sus padres? ¿Bastaba con enseñarles a leer o era necesaria una acción de otro tipo? A desentrañar lo que supone verdaderamente saber leer es que dedicaremos esta reflexión, la cual estará orientada a los niños como destinatarios últimos, pero dirigida de modo especial y directo a padres y maestros.

    En su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura en diciembre de 2010, Mario Vargas Llosa comienza con las siguientes palabras: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano (…). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas. La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura”. Este primer párrafo apunta a tres cuestiones que son claves para comprender la importancia de la lectura, así como su verdadero sentido.

    1.- En primer lugar, aparece con claridad que leer no es lo mismo que ser lector. En efecto, leer, en su más pleno sentido, no puede ser solo el acto mecánico por el que desciframos el significado de ciertos signos escritos. Si bien es cierto que saber leer indica, primeramente, la capacidad de decodificar signos –y así cuando decimos que alguien sabe leer o aprendió a leer, es a esto a lo que nos referimos–, no obstante, no puede esto confundirse con el hábito de leer. Solo quien posee este último merece el título de lector. Un niño de 6 años, gracias a la ayuda de la escuela y de sus padres, puede saber leer, pero desde luego, no es un lector.

    Para comprender bien esta diferencia comparémoslo con la actividad de escribir. Una cosa es saber escribir y otra ser escritor. Un escritor es alguien que no solo escribe, sino que lo hace de un modo habitual, pero además, siendo capaz de comunicar una verdad o una historia con cierto arte. Siguiendo con el ejemplo, no decimos que un niño de 6 años que sabe escribir, sea un escritor. Y si existe en castellano la palabra “escribidor”, que el diccionario de la Real Academia Española define como aquel que es “mal escritor”, también es posible hablar de “leedor”, para referirse al mal lector, esto es, a aquel que sabiendo leer, solo lo hace por motivos extrínsecos a la misma lectura, es decir, usa la lectura para poder enterarse de ciertas cosas útiles, pero que de no mediar dicha necesidad, se mantiene alejado de la actividad lectora. Se ve en Vargas Llosa esa pasión por la lectura y su deseo de leer las historias que se le presentaban. El poeta Salinas en una obra sobre los libros sostenía: “Uno de los efectos del desorden intelectual contemporáneo es que mientras ha crecido el número de leedores, se ha vuelto una rareza singular el tipo de puro lector”.

    Y ¿en qué consiste ser lector? Pues no en otra cosa que en leer por razones intrínsecas a la lectura, es decir, en la actividad de aquel que lee por el mismo bien que supone leer, no para informarse sobre algo, sino porque ha descubierto que la lectura es un bien en sí mismo. Como señala Salinas es lector “el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas. Ningún ánimo en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la escala social, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo”. El lector sabe leer, por supuesto, pero hay algo más en él que lo distingue y ennoblece: su amor por la lectura, su pasión por estarse junto a un libro descubriendo lo que tiene para ofrecer. Este amor por la lectura es descrito también por un prestigioso escritor infantil, Gustavo Martín Garzo, quien se ha referido al lector como alguien “que se olvida de sus ocupaciones cotidianas, que abandona el ámbito de lo estrictamente racional, y que solo vive para desvelar el misterio de una llamada tan desconocida como irresistible. Que lo hace no buscando un mayor conocimiento de sí mismo o del mundo, sino, sobre todo, llevado por un movimiento de fascinación”. El lector, aquel que verdaderamente sabe leer, es alguien que está fascinado por la lectura y le busca en razón del mismo gozo que supone leer. Es obvio que todos somos leedores, el problema está en ser solo eso y no atreverse a ser también un poco lectores, atreverse a disfrutar con la misma lectura. Porque la verdad es que aunque nunca se ha leído tanto como ahora, nunca han existido tan pocos lectores. Leer no está de moda. Los estudios sobre hábitos lectores son unánimes en constatar que los alumnos universitarios no leen o leen poco. Un estudio publicado hace unos años indica que en las preferencias de ocio de los adolescentes españoles, la lectura está anteúltima por delante de “no hacer nada”. De tal manera que si hoy los índices de analfabetismo son bajísimos porque casi todos saben leer, no estaría mal considerar otro tipo de “analfabetismo”: el de aquellos que solo se han quedado en la condición de leedores. Salir de este analfabetismo supone adquirir el gusto por la lectura, dicho de otro modo: querer leer.

    2.- En segundo lugar, ese gusto por leer está fundado en gran parte en aquello que se lee. En este sentido, saber leer no solo supone realizar la actividad lectora, ni disfrutar con la lectura, sino además saber qué es lo que se lee. Y este párrafo parece apuntarlo con claridad. Aprender a leer es lo más importante que le ha pasado a Vargas Llosa porque ha tenido la posibilidad de conocer a una serie de autores que le han mostrado un mundo absolutamente genial. Dumas, Víctor Hugo, Verne, Calderón, etc., son algunos de los clásicos mencionados por el escritor peruano. No dice que agradece haber aprendido a leer porque de ese modo puede leer el diario cada día y enterarse de las noticias; o leer las cartas de sus amigos y los emails del trabajo, sino que señala que de ese modo ha podido viajar con el capitán Nemo, y vivir diversas aventuras con diversos personajes entrañables. Son los clásicos aquellas obras que han conseguido expresar los más profundos deseos del corazón humano (los abismos de lo humano, dirá en otro lugar el autor) y que, por tanto, siempre se mantienen actuales. Son obras, como dice Italo Calvino que “nunca terminan de decir lo que tienen que decir”, porque su profundidad es inagotable. Siguen interpelándonos aún después de tantos siglos de haber sido escritos, de allí que sean obras que siempre se están releyendo. Estos son los libros que verdaderamente posibilitan convertirse en lector. No se hace uno lector, no adquiere gusto por la lectura, iniciándose en un tratado de química o de geología, sino en obras que causen gozo al alma. Por eso, el papel de los cuentos clásicos, de los cuentos de hadas, resulta insustituible en la formación del futuro lector.

    3.- En tercer lugar, aparece aquí lo que a mi juicio es más importante y permite entender más la importancia de la lectura. Si uno pregunta por la importancia de la lectura, es evidente que la respuesta será “sí, es importante”. Pero lo que no es tan claro es para qué es importante. ¿En dónde radica la importancia de la lectura? ¿En que nos permite conocer y acceder a informaciones que de otro modo no tendríamos? ¿Para poder aprobar los exámenes y así obtener un título? ¿Para conseguir trabajo o para leer las instrucciones de funcionamiento de la lavadora nueva? ¿Para qué es importante saber leer? Y Vargas Llosa en este primer párrafo da razón de ese “para qué”: Dice el ganador del Nobel que la literatura “enriqueció mi vida”. La lectura es importante porque enriquece la vida. Porque nos ayuda a ser mejores personas. Sobre esto va a volver después a lo largo de su discurso, pero ya queda claramente establecido: “Agradezco saber leer al hermano Justiniano porque a través de la lectura mi vida ha sido enriquecida”.

    La lectura literaria aparece como algo necesario, no por su utilidad o por su carácter pragmático, sino por su propia naturaleza, sobre todo en nuestros días, en que vivimos en una sociedad hiperteconologizada. A través de ese encuentro es posible una vida más armónica, equilibrada, más humana. Por eso conseguir que los alumnos se fascinen por la buena literatura es un desafío precioso al que estamos llamados todos. No es, de ninguna manera, algo utópico, aunque sea difícil y complejo. Es hacia allí donde debemos tender tanto los padres como los maestros: no solo a enseñar a leer, no solo a posibilitar que sean capaces de descifrar esos signos que les permiten acceder a la información que posee un texto, sino que debemos procurar transmitir pasión por la lectura acercando a los niños a los clásicos de siempre que les colman la vida de sentido. Y esto del único modo posible que existe para hacerlo: entusiasmarnos nosotros mismos con la buena literatura y practicarla a diario. Al principio puede que cueste, pero luego será parte de nuestra propia vida y solo desde allí podremos educar.

  • Palabra y ejemplo en la educación

    Palabra y ejemplo en la educación

    No por engendrado el hombre tiene, por eso, todo lo que tiene que tener para ser llamado hombre perfecto. Es hombre, pero hombre imperfecto. Su indigencia tanto física como espiritual exige que sea ayudado por los padres –los mismos que lo han engendrado–  a alcanzar el estado de ser humano pleno y perfecto, debe ser ayudado por otros a ser un hombre bueno y feliz. 

    Esta actividad mediante la cual los padres ayudan a sus hijos a vivir bien, es la que llamamos educación, la cual, de acuerdo a lo dicho, sigue a la generación y, por tanto, puede ser descrita como una “segunda generación”. Por eso, si la generación da la vida, la educación da la vida buena o, lo que es lo mismo, la vida humana plena. Y para realizar esta actividad los padres cuentan con dos instrumentos fundamentales, que desde luego no son ni internet, ni las consolas de videojuegos, ni ningún artilugio de la tecnología moderna. Nos referimos, en cambio, a algo connatural al ser humano, a saber, la palabra y al ejemplo. Y a ellos nos referiremos en esta oportunidad. 

    La educación da vida plena y perfecta. Pero, hay que entender que la vida humana no es cualquier modo de vida, sino  vida según la razón, según el logos, según la palabra. Decía Aristóteles que “el hombre es el único viviente que tiene palabra”;  y en otro lugar afirmaba el Filósofo: “los animales viven de recuerdos e imágenes, mientras que el hombre vive del arte y de la palabra”. De tal manera que la convivencia humana, tanto la que se da en la comunicación íntima de vida en la familia o entre amigos, como la que se hace presente en cualquier ámbito de la vida social, encuentra su fundamento en la palabra por la que el hombre hace fecunda su vida. 

    Si el hombre no vive de la razón, no vive como hombre y por tanto, no puede alcanzar su realización. La educación, por tanto, que se dirige a perfeccionar esa vida humana, esa vida racional, debe tener su origen en la palabra. En efecto, dice Enrique Martínez, “el hombre se convierte en maestro cuando le dirige a otro hombre una palabra manifestativa del ser, expresándole la realidad en tanto que entendida”. Los padres son educadores porque ellos, precisamente por ser padres y no por haber leído el libro de moda, son educadores de sus hijos, porque son ellos los que pueden decirle las palabras que el hijo requiere. Esto es preciso recalcarlo porque no suele ser muy entendido en nuestros días. Y es que muchas veces se piensa que para educar se requiere de alguna ciencia o revelación especial, cuando en realidad, lo que anhelan los hijos es a sus padres y no a expertos en materias educativas o psicológicas. Los padres, por el hecho de ser padres y de amar a sus hijos como si fueran parte de ellos mismos, por el hecho de asumir que engendrado el hijo, ahora han de vivir enteramente para ellos, son quienes pueden decirles aquellas palabras que le den sentido a la vida. Sólo los padres pueden contarles a los hijos a través de sus palabras, que son valiosos, que valen por lo que son, que vienen del amor y están hechos para el amor. De tal manera que el medio adecuado para causar la educación, la ciencia y la virtud en el hijo es la palabra de los padres; y en el discípulo, la palabra del maestro. 

    Ahora bien, esa palabra con la que los educadores cuentan, evidentemente que no es la palabra exterior. No es el sonido que proferimos al hablar. “Me esfuerzo en convencerte, si puedo, le decía San Agustín a su hijo, de que mediante esos signos que reciben el nombre de palabra, no aprendemos nada”. No por hablar se educa, ni se enseña. Es cosa de ver a tantos “opinólogos” que en nuestros días hablan hasta por los codos, pero en muy pocos casos, nos enseñan algo. La palabra exterior es sólo el envoltorio de algo más profundo. Si no se “envuelve algo”, entonces las palabras son huecas, vacías. Lo profundo que se transmite es lo que hay en el interior del educador, es aquella palabra interior en la que el educador ha entendido la realidad. Cuando el hombre entiende, forma en ese acto una palabra donde dice para sí lo que ha entendido. Esa palabra o concepto es el modo que tiene el hombre de hacerse con la realidad, de poseerla, de interiorizarla. Y es esa palabra en la que se entiende la realidad, la que es preciso “envolver”.  

    Por eso insistía San Agustín: “Cuando hablo, a las mentes hablo; visible por mi cuerpo percibo rostros visibles, pero gracias a lo que veo dirijo la palabra a lo que no veo. Dentro llevo la palabra concebida en el corazón y quiero que se presente en tus oídos lo que en el corazón he concebido, quiero decirte lo que está dentro, mostrarte lo oculto, busco como poder llegar a tu mente. Primeramente encuentro a modo de puerta tus oídos y porque no puedo llevarte la invisible palabra que en el corazón he concebido, le suministro a modo de vehículo, el sonido. Mira, latente está la palabra, patente el sonido; cargo lo latente sobre lo patente y llego al oyente; y así la palabra sale de mí, viene a ti y no se ha apartado de mí”. 

    Los conceptos en los que entendemos la realidad, son también llamados “verbo mental” o “palabra interior” y sin ella no es posible educar, puesto que si lo que decimos no expresa lo que tenemos en el corazón, serán palabras vacías, será hablar por hablar. No se educa por lo que se dice, sino por lo que uno concibe en su corazón. Y si uno no ha concebido nada en su interior, vana será su actividad educativa. Por eso que la palabra del padre y de la madre que aman son formativas, por eso las palabras del maestro que sabe lo que dice son formativas, si uno las escucha, claro está y las hace suyas. Por eso los apóstoles preguntaban a Cristo: “A quién iremos. Sólo tú tienes palabra de vida eterna”.  

     Junto a la palabra y en íntima relación con ella, para educar la vida humana –especialmente en lo que respecta a la formación moral– los padres y el maestro cuentan con el ejemplo. Lo que se llama ejemplo, no se reduce a formular un caso en el que se cumple o verifica claramente una ley general, sino que es una acción o situación moralmente imitable. Es algo más bien ejemplificante en la medida en que de algún modo tiene la índole de causa. Por otra parte, no es un dicho, sino un hecho, pues aunque a veces pueda ser ejemplar decir algo, es el hecho mismo de decirlo lo que es imitable. 

    La enseñanza se realiza por medio de la palabra. El ejemplo, en cambio, no consiste tanto en decir, cuanto en el hacer. Ahora bien, este hacer tiene la condición o cualidad de imitable, es digno de imitación y además mueve a ella, por lo cual posee eficacia para la conducta de otros hombres, que son los que lo ven. Por tanto, el ejemplo debe considerarse como un cierto modo de enseñar, como un enseñar activo y no verbal, incluso si la intención del que lo hace no haya sido darla. 

    El ejemplo ciertamente que no es una palabra pero, no obstante, la supone. El ejemplo no consiste en exponer unas razones, pero ellas están virtualmente contenidas en él, porque las suscitan en quien ve el ejemplo, en tanto, no se limita a verlo, sino que razona sobre él, considerándolo como la expresión empírica del modo de pensar de quien lo protagoniza. La conducta exterioriza lo que el hombre estima como bueno, y en la medida que el educando lo ve y lo estime bueno para él, lo imitará. Y así tenemos que aunque el ejemplo sea menos próximo a la intención formativa, es sin embargo, más eficaz. Así dice Santo Tomás: “Porque en lo que concierne a las acciones y pasiones humanas se cree menos en las palabras que en las obras, con lo cual si alguien pone en práctica algo que dice ser malo, más provoca con el ejemplo que disuade con la palabra”. Porque el ejemplo es más convincente que las palabras, en caso de conflicto prevalece más aquél que éstas. En otro lugar afirma Santo Tomás en el mismo sentido que “cuando las palabras de alguien disuenan de las obras que en él se manifiestan de una manera sensible, tales palabras dejan de ser dignas de crédito, y en consecuencia, viene a quedar sin valor la verdad en ella expresadas”.

    Es preciso recordar cuando se trata del ejemplo, que serlo no significa carecer de imperfecciones y no equivocarse nunca. Es preciso ser un ejemplo posible de imitar. Un padre que aparezca como perfecto, sin mácula, que no se equivoca nunca, es para un niño que suele equivocarse un ejemplo imposible y tenderá a buscar otros. Las caídas son muy formativas, cuando se muestra el hijo que pese a ellas se sigue anhelando la virtud y la perfección.  

    En definitiva, hay que decir que los hechos son en cuanto enseñanza, superiores a los dichos, no porque realmente enseñen más que éstos lo que se debe hacer, sino porque merecen un crédito mayor, en cuanto, signos de lo que de veras piensa el hombre que los hace. Esto no hace innecesaria la enseñanza mediante las palabras de lo que debe hacerse, sino que ambos, doctrina y ejemplo, palabra y ejemplo, deben ir de la mano. Deben ser concordes entre sí para que haya verdadera formación educativa. 

    La sociedad actual ha reemplazado las palabras por las imágenes y los ejemplos de nobleza moral, brillan por su ausencia. Por eso, en este nuevo año académico que comienza, bien vale hacerse el propósito de ser verdaderos ejemplos de bondad para nuestros hijos y dedicarles más tiempo para decirles esas palabras que surgen del corazón bien formado. 

  • El maestro: la pequeñez de lo superior

    El maestro: la pequeñez de lo superior

    La relación entre humildad y magnanimidad consiste en reconocer la dependencia y conjugarla con la grandeza de la vocación y de la dignidad del maestro. 

    Enseñar no es otra cosa que ayudar a otro hombre a adquirir el saber, es una acción por la que se comunica conocimiento a otro, pero no cualquier conocimiento sino aquel que está fuertemente arraigado en el entendimiento del profesor. El que enseña le transmite la ciencia al que aprende haciéndole pasar de no saber a saber. Evidentemente esa comunicación no se realiza al modo como el escultor esculpe su obra sobre el mármol, ni al modo como de un celular se envía información a otro. Si no que, en tanto que enseñar es ayudar a otro a saber, se cuenta con la acción del ayudado. El maestro propone unos conocimientos verdaderos,  unos conocimientos que él mismo ha pensado y lleva en su interior y se los explica al alumno quien, si quiere aprender, ha de  reproducir en su interior aquellos razonamientos que el maestro le ha enseñado. En este sentido la enseñanza es una verdadera tradición, en el que el maestro participa comunicando a otros lo que él ha recibido. No todo puede ser inventado o creado por cada maestro o por cada alumno aquello que vale la pena de ser conocido. Es posible, por la perfección del entendimiento humano, llegar a aprender por sí mismo, pero “aprender”, no es enseñar. De allí que nadie pueda enseñarse a sí mismo ni aprenderlo todo por sí mismo. Es necesario para la conservación del saber y el progreso del género humano, que el saber sea transmitido por maestros que de modo desinteresado comuniquen a  otros lo que ellos han tenido la posibilidad de aprender de otros. Cuando se piensa en la acción del maestro en esta lógica de comunicación, aparece como absolutamente necesaria una virtud constitutiva del ser del maestro. Nos referimos a la humildad. En efecto, el maestro ha de ser humilde, en primer lugar, porque ha de tener la conciencia humilde de que no es él la fuente última de aquello que enseña, sino que le viene dado. El maestro ha de reconocer que lo que él comunica, si bien es suyo, no es del todo suyo. Cuando el maestro de matemáticas enseña el teorema de Pitágoras, es claro que lo enseña como habiendo sido entendido por él, pero no es del todo del maestro, puesto que ha sido descubierto por el filósofo griego y transmitido de generación en generación. La humildad, en este sentido, hay que entenderla como la virtud de andar en verdad, como transparencia, como el hábito gracias al cual me alcanzo como persona, y alcanzo la verdad de mi propio ser personal, reconociendo aquello que me ha sido dado por otros. La humildad es la virtud moral por la que conocemos la verdad sobre nosotros mismos. Andar en la verdad de nosotros mismos. Santa Teresa decía que la humildad es la verdad, la verdad de uno, reconocerse tanto lo bueno como lo malo, tanto las virtudes como los defectos, por eso no se trata de falsa modestia, se trata de saberse capaz de realizar la actividad que uno realiza, con las imperfecciones propias, con las propias limitaciones y con las propias perfecciones. De allí que es por la humildad que reconocemos sobre todo nuestra dependencia, nuestra dependencia radical con respecto a Dios, pero de modo más concreto, la dependencia con respecto a los otros que nos han enseñado, a los padres, a nuestros maestros, a nuestros amigos, etc.  Sin aquellos que nos han enseñado, sin aquellos que nos han transmitido ese legado precioso, no podríamos enseñar.  Por eso, solo puede ser buen maestro alguien que ha sido a su vez buen alumno. Que ha sido capaz de atesorar en su corazón aquellas palabras que le han transmitido y que ahora, habiéndolas hecho suyas, las transmite a otros. 

    El reconocimiento de esta dependencia, el reconocimiento de nuestra limitación en el conocimiento, en tanto, hemos recibido lo que queremos comunicar, no se opone a la grandeza de nuestra vocación, a la grandeza de la actividad que aspiramos hacer. Así que como reconocemos nuestra dependencia de otros, debemos reconocer que lo que se espera de nosotros es algo valioso, es algo grande y tenemos que saber estar a la altura, debemos querer aspirar a ello. La virtud por la que se aspira de modo habitual a cosas grandes, es la magnanimidad, la grandeza de alma. Y no es de ningún modo incompatible con la humildad. Son como las dos caras de lo mismo: La relación entre humildad y magnanimidad consiste en reconocer la dependencia y conjugarla con la grandeza de la vocación y de la dignidad del maestro. 

    Porque, en efecto, la acción del maestro es algo grande, algo superior, que supone un acto de donación gratuito por el que el maestro se dispone a vivir para el alumno, a comunicarle su saber, a descender hasta donde se encuentra el alumno para elevarlo a un conocimiento, si es posible, superior al del propio maestro. De ninguna manera puede pensarse, como ciertos autores contemporáneos, que el maestro no sabe tanto como el alumno, que en este mundo tecnológico, las nuevas generaciones saben más que los maestros, que solo mediante la tecnología puede salvarse la educación. De ninguna manera. Los alumnos necesitan la presencia amorosa y sabia de un buen maestro que conforte su inteligencia y los conduzca por los caminos del saber. Es hoy más necesario que nunca. Porque de otro modo, la ciencia permanecería en la interioridad de algunos. Hay que hacer fructificar enormemente las potencialidades de los alumnos para que, no solo movidos por la ciencia del maestro, sino por el entorno y el cuidado de otros maestros, se disponga conveniente a aprender y profundizar sobre la realidad. Por ello siempre ha de reconocer el maestro que, como señala Josefína Aldecoa, “no hay profesión más hermosa que la del maestro”, porque a ella se reducen las demás acciones. Pensemos que más perfecto que sanar o más perfecto que arreglar un televisor, es enseñar medicina y enseñar a arreglar televisores. En efecto, la acción mediante la que se comunican conocimientos es, de hecho, aquella que posibilita que alguien sane o arregle. O ¿es que el médico, aquel que posee la ciencia, lo ha aprendido todo, absolutamente todo, por sí mismo? Es claro que no es así. 

    Por eso, grande es esta profesión, grande es la acción del maestro que al actuar por pura generosidad en transmitir su conocimiento, comunica con sus palabras su propia vida interior al discípulo. Este saberse realizando una acción de esta naturaleza superior, no debe impedir el acto de humildad, por el cuál sabiéndose deudor, sabiéndose pequeño, sabiéndose lleno de imperfecciones, reconoce la plenitud de la ciencia y se entrega a que el alumno la sepa y la acreciente. Magnanimidad y humildad, lejos de contraponerse, constituyen bellas virtudes de las que se ha de servir el maestro en orden a enseñar a sus alumnos. Grande en lo pequeño, pero también, pequeño en lo grande, en la más grande de las acciones que puede hacer un hombre por otro. No olvidemos, ni despreciemos la acción docente, sino al contrario, restablezcamos de modo urgente su prestigio, su dignidad, su nobleza, frente al creciente auge de las tecnologías y de aquella actitud por la que pareciera que el niño lo puede todo solo.